24. El futuro

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¡La Escuela Austriaca de Economía no es una pseudociencia!

descarga (4)Con frecuencia, se suele acusar a la Escuela Austriaca de Economía de ser una doctrina liberal devenida en pseudociencia. La razón de dicha recriminación tiene varios orígenes posibles, pero sobre todo se basa en una creencia bastante extendida entre la élite intelectual. Muchos mamertos piensan que el método científico, las matemáticas, o la lógica euclidiana, son las únicas herramientas de trabajo que están legitimadas para entender la realidad del mundo. Pero como quiera que la EA utiliza un camino inverso que parte de principios apodícticos y que se sirve del lenguaje natural, muchos creen que esto aleja a dicha escuela de la realidad, tornándola en una suerte de superchería delirante, con ínfulas de seriedad, y abocándola a la marginación y el desprecio más absolutos.

Frente a estas críticas, y a tenor de la envergadura que han venido tomando las mismas en los últimos tiempos, solo cabe ofrecer una respuesta directa, tenemos que armar una réplica lo más detallada posible. Vamos a coger el toro por los cuernos. Veamos hasta que punto esas acusaciones, de las que son objeto los economistas austriacos, gozan de algún fundamento real. Vayamos por partes. Dividamos el pensamiento en tres categorías principales: Epistemología (métodos de conocimiento), Ontología (principios esenciales) y ciencias aplicadas (implementación de los principios abstractos al caso concreto del hombre). Y a continuación, una vez establecidos los parámetros del campo, pongamos a prueba las tesis de la EA con cada una de esas tres disciplinas básicas.

Uno de los pilares más importantes de la EA es la epistemología o gnoseología general. Tal vez no exista otra escuela en el panorama intelectual que haya hecho más esfuerzos por aclarar ese ámbito del conocimiento tan necesario. La gnoseología es una disciplina propedéutica, que resulta fundamental para iniciar cualquier proceso de investigación. A ningún arquitecto se le ocurriría comenzar la construcción de un edificio sin el consiguiente aparejador, que se encarga de determinar las técnicas y los medios que se requieren para llevar a cabo la obra. Y en el ámbito del conocimiento en general pasa exactamente lo mismo. Ningún investigador debería iniciar sus estudios sin haber recibido antes unas nociones básicas de epistemología, o sin tener claro cuáles son los límites, las herramientas y los aperos de la técnica que decida utilizar. En este sentido, la EA se ha preocupado más que ninguna otra corriente de pensamiento (con un celo exquisito rayano en la obsesión) por conocer y determinar las circunstancias concretas que estarían avalando la propia investigación. Así, ha venido a descubrir y apoyarse en una teoría sumamente importante para la indagación social, a saber, la teoría de la imposibilidad del socialismo.

Si por algo se caracteriza la ciencia básica, es por haber asumido los límites a los que se expone el hombre cuando pretende conocer la realidad que le rodea. Esa es la razón de que los científicos hayan renegado de la fe, o que al menos la aparten cuando entran en un laboratorio y se exponen ante una nueva prueba o examen. La ciencia es la antítesis de la religión, y jamás podrá haber una reconciliación entre ambas que vaya más allá de la mera aceptación. La primera solo corrobora un hecho cuando lo puede demostrar de manera segura, utilizando todo tipo de precauciones y sistemas redundantes. La segunda en cambio, afirma una realidad histórica irrepetible, muchas veces inventada o manipulada, que solo se basa en la palabra revelada de una autoridad designada a tal fin, o en opiniones tergiversadas y modificadas por el paso de los años y el deseo de los trasmisores, en una serie de afirmaciones que se atreven a ponderar sobre ciertas cuestiones del más allá, que de suyo están fuera del alcance de nuestras posibilidades como seres cognoscentes, y que por tanto se prestan a todo tipo de maquinaciones y fantasías.

Esta prudencia que caracteriza a la ciencia se traslada al ámbito social de la mano de la EA, que es la única que ha sabido delimitar el conocimiento de esta disciplina dentro de unos márgenes seguros. No en vano, la teoría de la imposibilidad del socialismo viene a decir que el hombre es incapaz de determinar el funcionamiento de un sistema altamente complejo. La sociedad humana es un conglomerado de acciones sumamente intrincado, el más complejo e impredecible que existe, que, como todo sistema complejo, está formado por muchos elementos distintos, los cuales funcionan solo cuando se deja que actúen las partes que los integran, con la información que cada una de ellas recibe a cada instante del entorno, sin pretender que uno de esos nodos (por ejemplo, una camarilla de políticos) controle y domine el orden y el movimiento de todos los demás. Pues bien, la EA ha sabido identificar correctamente esta barrera insuperable para el ser humano, y de ahí ha derivado lo que ha venido a convertirse en la principal crítica que se le podrá hacer jamás al socialismo, y en general a cualquier forma de totalitarismo, a saber, la de acusarle de pretender unas capacidades inverosímiles, imputándole la intención manifiesta de dirigir y dominar amplios sectores de la población, con la escusa de llevarles del ronzal por el buen camino, hacia una prosperidad y una salvación que se anuncian apoteósicas. Porque, no lo olvidemos, la EA es la única corriente de pensamiento que ha sabido oponerse con claridad a esas nuevas manifestaciones de religiosidad que surgen del comunismo, las cuales vienen a sustituir a los dogmas tradicionales, y acaban trocando la imagen del altar por el cacique del barrio. Por eso resulta harto ridículo que algunos quieran emprender a estas alturas una cruzada contra la EA, que la acusen de practicar la superchería, cuando es precisamente esta escuela la única que ha sabido darse cuenta a tiempo de las mutaciones que ha venido padeciendo la propia religión, de culto tradicional a creencia secular.

Lo paradójico de todo este asunto es que exista un amplio número de doctos científicos que defiendan el laicismo y el agnosticismo en los claustros y en las aulas, y que sin embargo se aferren de forma incondicional a la creencia del socialismo cuando platican en el bar, abogando por una ideología que tiene tantos ejemplos de paralelismo con la ortodoxia religiosa que a veces casi ni se distinguen. Y lo que más asombra es que estos mismos letrados acusen a la EA de defender una doctrina esotérica basada en supercherías y creencias irracionales, cuando en realidad son ellos los únicos que han decidido cambiar la fe tradicional por esa otra forma de religión que ha venido a sustituirla: el comunismo o socialismo (o en términos más generales estatismo), y que a día de hoy tiene casi tantos adeptos como ciudadanos existen en el mundo. Ningún país se libra de esta nueva plaga. La mayoría de personas apoyan al Estado de forma incondicional, y le dotan de poderes divinos, para que intervenga en la sociedad de forma masiva, como si de un Dios omnipotente se tratase. Resulta verdaderamente irritante que un adepto a estas nuevas formas de religiosidad te acuse a ti, un simpatizante de la escuela austriaca, de ser una persona crédula y devota, miembro de una secta marginal, siendo que ellos son ahora mismo los representantes en la tierra del mayor conglomerado de fanáticos religiosos que han existido nunca: los devotos del Estado moderno. En cambio, la EA, al haberse separado de todas esas doctrinas totalitarias y al haber adoptado una metodología basada en la prudencia, la epistemología y la falibilidad popperiana, ha retomado el camino de la ciencia en el ámbito de la sociología, y ha tomado el testigo del escepticismo y el pensamiento crítico, precisamente en aquellas áreas donde más falta hacía, aquellas en las que más autoridades pugnan por hacerse con el poder.

La ciencia solo se atiene a las pruebas verificables; no atiende a ninguna otra autoridad. Esa ha sido la clave de su éxito. Su equivalente en la economía es la EA, que sigue luchando para derribar las últimas autoridades que quedan todavía en la sociedad civilizada: los políticos.

El otro pilar de la escuela austriaca hace referencia a la segunda disciplina que hemos señalado más arriba: la ontología. Una vez establecido el método de trabajo, lo segundo más importante que debemos hacer es aclarar los principios que nos guían y nos avalan en esa labor. Puesto que ya hemos dicho que no confiamos en ninguna autoridad, y dado que carecemos de la capacidad de predicción que otros se arrogan falsamente, siendo que es imposible dirigir y controlar todas las variables que dominan un sistema complejo, lo único que podemos hacer es redirigir nuestra atención hacia aquellos hechos de la naturaleza tan simples y evidentes que no precisan de demostración alguna. Es aquí donde nace ese otro presupuesto de la gnoseología que al cabo se convertirá en el fundamento metodológico más importante de la EA: el dualismo metodológico. La ciencia experimental, la estadística y la medición empírica pueden abstraer ciertos datos de un sistema complejo. Pero también podemos partir de principios sumamente sencillos, que damos por ciertos, y derivar a continuación algunas conclusiones seguras. Lo que hace básicamente la EA es rescatar el concepto de axioma euclidiano, propio de las matemáticas, y reciclarlo y aplicarlo al objeto y a la causa de la sociología.

En este sentido, la EA se basa en un elemento absolutamente incuestionable: la acción humana. De nuevo, la ciencia también se caracteriza por buscar de forma incansable la verdad en las evidencias más generales. Aunque debe ser consciente de sus propios límites, y practicar una prudencia acorde con esa asunción, su principal objetivo es llegar a conocer el mayor número de certezas posibles. En esto la escuela austriaca se distingue de manera clara del resto de doctrinas, apareciendo como una de las escuelas que mejor se adecúa al carácter esencial de la ciencia canónica, pues no hay mayor verdad que aquella que alude directamente a la existencia de las cosas, señalando la acción que sin duda compete a todos los objetos que están presentes en el mundo, elucidando las características básicas que corresponden a esa acción, y consignando el carácter entitativo e individual que están obligados a tener todos los elementos que se avienen a dicha existencia. En el caso del hombre, esto se traduce en un principio de suma importancia: la acción individual, la acción humana. Que la escuela austriaca haya sido la única corriente de pensamiento que ha sabido poner en valor este principio, la única que lo ha utilizado para basar toda la teoría política y económica que ha producido a lo largo de su vida, habla muy bien de esta escuela de pensadores, y la sitúa como la primera corriente en conseguir analizar la sociedad con un claro espíritu científico. Y por eso, también resultan patéticos todos los magufos que ahora intentan relacionar a la EA con el esoterismo o con la magia negra.

En tercer lugar, debemos saber qué es lo que afirma la EA en materia de política y economía, a la hora de aplicar los principios gnoseológicos y ontológicos en los que se basa. La tercera cuestión importante que debemos abordar, luego de aclarar los métodos y los principios que otorgan notoriedad a nuestra disciplina, es conocer el modo por el cual dichos principios se aplican y se implementan en todos aquellos aspectos de la realidad que están más directamente relacionados con la vida diaria de las personas. Es decir, tenemos que abordar las ciencias sociales utilizando para ello la luz que proveen los principios arriba señalados. Y es aquí, al implementar el apero básico de la escuela austriaca, cuando nos damos cuenta de lo comprometida que está esta corriente de pensamiento con la búsqueda infatigable de la verdad. La EA ha basado siempre su teoría económica en el ahorro y la producción de bienes reales, en contraposición con todas las demás corrientes, que han abogado habitualmente por la fabricación artificial de moneda, la preeminencia de bienes nominales, la adulteración de los precios, la manipulación de las mercancías, la intervención del Estado y las arbitrariedades del gobierno de marras. La EA es la corriente de pensamiento que más abiertamente se ha manifestado en contra del Estado y las políticas Keynesianas, las cuales intentan cambiar y mejorar la situación de la economía como si de un taumaturgo se tratara, tocando a la gente con su barita mágica, modificando las cosas con decretos ley, sin atenerse lo más mínimo a la realidad. Según estos nuevos prestidigitadores, si los salarios son demasiado bajos, lo único que hace falta es que un político apruebe una norma que obligue a todas las empresas a subir los sueldos. Si hay demasiados pobres, solo tenemos que arrebatar una parte de las ganancias de las empresas para dársela a las clases más necesitadas. Si sube el tipo de interés, solo tenemos que bajarlo. Si los bancos quiebran por falta de moneda, solo tenemos que apretar el botón de producir más dinero. El verdadero esoterismo en la economía consiste en intentar paliar todos los problemas que afectan a los ciudadanos haciendo que los conejos salten de la chistera del mago de la política, de tres en tres. La mayor superchería de todas es aquella que busca paliar el hambre de los pobres distribuyendo los bienes entre las clases depauperadas sin acudir a las verdaderas causas que están detrás de esa depresión, que no son otras que la falta de productividad. El creacionista de turno siempre antepone los deseos a la realidad. Le gustaría que el mundo tuviera un sentido elevado, y que pudiéramos conseguir todo lo que nos proponemos con solo desearlo. El paniaguado del socialismo enfrenta los problemas de forma parecida. Solo acierta a ver la superficie especiosa de los fenómenos, y muy pocas veces percibe las causas últimas que están detrás de todo problema social, que únicamente se hallan en los primeros estadios de la cadena productiva. El socialista solo alcanza a emocionarse cuando un niño recibe un trozo de pan en alguna aldea apartada de la civilización. Pero le traen sin cuidado todas las medidas que han tenido que implementarse para fabricar esa barra. No hay nada más alejado de la ciencia que la visión miope y cortoplacista que padece el socialista de turno. Y no existe una corriente de pensamiento que más haya hecho por derribar ese mito socialista que la insigne escuela austriaca de economía. Por eso, cada vez que algún nuevo iluminado sale a la palestra para acusar a la EA de practicar la superchería, a uno le hierve la sangre y se le salen los ojos de las órbitas al ver cómo esos paniaguados pueden afirmar tal cosa y al mismo tiempo hacer la contraria (de cómo pueden arrogarse la función de guardianes máximos de la verdad y a la vez defender la mayor mentira de todas: una economía keynesiana basada en el gasto indiscriminado, la deuda galopante, las promesas de futuro, y la distribución arbitraria de bienes y servicios inexistentes). Sobre todo, resulta abracadabrante que estos nuevos ungidos ocupen puestos de catedrático en las principales universidades del país, y que hayan venido colonizando un amplio sector del ámbito “científico”. Vivimos en un mundo que se encuentra patas arriba, donde se confunde a los verdaderos científicos con los mayores estafadores y charlatanes de la historia, y a los más prudentes economistas con los peores alabarderos del régimen. En estas circunstancias, no podemos menospreciar el importante papel que desempeña la EA, su función como garante última de la verdad y como primera abanderada de la ciencia en el ámbito de la sociología. Pensadores de la talla de Mises y Hayek han abierto una brecha enorme con respecto a sus colegas, al haber convertido la economía y la política (últimas fronteras del conocimiento) en verdaderas ciencias.

Las ciencias sociales se dedican al estudio de los sistemas más complejos que existen en el universo, las sociedades de humanos. Por eso constituyen la última frontera que le queda por atravesar al hombre, el último camino transitable. En este sentido, la EA representa la vanguardia del conocimiento. Sus elites intelectuales deben jugar el papel de zapadores, convertirse en diestros exploradores, y construir los puentes que aún hacen falta para cruzar las últimas vaguadas que restan antes de alcanzar el éxito. Y deberán asumir también las primeras bajas que se produzcan en el ejército como consecuencia de las arremetidas y emboscadas que les tiendan los bárbaros y los salvajes. Son las demás corrientes de pensamiento las únicas que ostentan el título de pseudociencias, las únicas que defienden las creencias órficas de los pueblos fronterizos, las únicas que todavía creen en el fantasma de Keynes. Por su parte, la Escuela Austriaca es la única que se aviene al método racional de la ciencia en el ámbito de la política y la economía, la única que ha sido capaz de combatir a esas hordas de incivilizados, la única que ha aprendido a manejar las herramientas y los principios apropiados, la única que ha sabido determinar las causas reales y profundas del desarrollo humano (el ahorro y la productividad), y la única, en definitiva, que siempre ha ido con la verdad por delante.

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Documental: vida y obra de Friedrich A. Hayek (1899-1992)

 

Friedrich A. Hayek es sin duda el representante más conocido y divulgado de la Escuela Austriaca de Economía, el único que recibió el premio Nobel, uno de los que mejor escribía y exponía los argumentos, el que tenía una visión más amplia de la economía, y el primero que tuve el placer de conocer. Este documental sobre su vida y sus ideas es una joya del pensamiento universal, un estímulo sin parangón y un canto a la libertad.

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El estado de la ley y la calidad de la libertad

descarga (3)Con frecuencia, el debate político que acaece en torno a las formas de gobierno y las estructuras de poder adquiere unos tintes y unos derroteros harto insustanciales. Muchas veces, los hombres tendemos a perdernos en los detalles más nimios, sin acudir a la verdadera raíz del problema; nos fijamos exclusivamente en el dedo que señala la luna. ¿Cuál es el mejor sistema de gobierno? Algunos dicen que es la democracia. Pero a buen seguro existen monarquías que son mejores que muchos sistemas parlamentarios de libre elección. Aunque también hay realezas de corte tiránico, cuyas elites superan en vileza y pillaje a las peores democracias que alguna vez existieron. Hay quien dice que el tamaño del país es el principal factor a tener en cuenta. Pero hay países pequeños donde la barbarie cobra unas dimensiones estratosféricas. Y hay otros cuya miniaturización ha permitido que floreciera una libertad más duradera. Por su parte, los anarquistas de mercado aducen que es el tamaño del Estado lo único que importa. Pero hay sistemas anárquicos donde la violencia de las sectas y las facciones tribales se han infiltrado tanto en el tejido social que acaso sus ciudadanos lo ven ya como una cosa normal, y asumen la cesión de un diezmo a estos clanes mafiosos, con la condición de que no les hagan daño. Es verdad que todos estos factores que acabamos de señalar contribuyen en cierta medida a decantar el poder hacia uno u otro lado. No deberíamos pasarlos por alto. Pero muchas veces nos perdemos analizando este tipo de cualidades secundarias, y no atendemos al principal valor que tendría que servir para medir el grado de libertad de un país, que no es otro que el respeto hacia aquellas leyes que protegen nuestra vida y nuestra propiedad. Así, cualquier situación social puede ser recomendable siempre y cuando se dé la condición principal, a saber, el estado de la ley, la adecuación correcta de la Taxis (orden creado) al Kosmos (orden espontáneo), y la transición paulatina hacia un régimen de mayor libertad ciudadana. No nos ofusquemos intentando determinar el tamaño óptimo de un país o el grado de participación de sus ciudadanos. Miremos la luna. Contemplemos las leyes. Admiremos el principal factor que incide en la determinación del sistema de gobierno que más se adecúa al propósito de todo debate: la mejora de la nación. Analicemos el estado de su constitución, la calidad de sus normas y la aplicación de sus edictos. Hagamos que la legitimidad política recaiga en el imperio de la ley. No en vano, Hayek buscó un apelativo que describiera con rigor el sistema que él pensaba que era sin duda el más adecuado, y lo encontró en el concepto de isonomía, que significa igualdad ante la ley. Solo cabría añadir a este concepto hayekiano otro término si cabe más preciso: bonusnomía, leyes buenas, y uno más que nos dé la clave para saber qué entendemos por bueno: minarquía, leyes mínimas, gobierno limitado, prevalencia del individuo y del orden espontáneo, la seña de identidad del pensamiento de Hayek.

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Las nuevas formas de genocidio: de la eliminación de judíos a la eliminación de toreros

descarga (2)Existen dos tipos de personas, las que valoran la vida humana por encima de todas las cosas, y las que ponen dicha vida al servicio de sus fines y sus intereses personales. Los liberales y la gente de bien preferimos sin duda la primera jerarquía. En cambio, los socialistas y los comunistas se han destacado siempre por abrazar la segunda postura. Si por algo se caracterizan las revoluciones marxistas, es por haber sacrificado millones de vidas en el altar de las ideologías. Todo vale con tal de alcanzar el paraíso que anuncian las acémilas del régimen. Por eso, no me asombra en absoluto que los defensores de los animales y, en concreto, esa subespecie de mutantes que conforma la clase antitaurina, medren por lo general en las filas de la izquierda más rancia e intolerante, desposeida de sus antiguos imperios, desheredada por la propia evolución, y a punto de perder las últimas colonias. Antiguamente, los marxistas ocupaban continentes enteros y tenían carta blanca para cazar y matar judíos a diestro y siniestro. En aras de su lucha, enviaban al gulag a todos los representantes de la burguesía o del clero que podían atrapar, y no les temblaba la mano cuando llegaba la hora de ajusticiarlos. Hoy en día, al haberse civilizado la sociedad, los lacayos de Lenin han visto como mermaban sus fuerzas. Ya no pueden manifestar su infecta naturaleza como lo hacían antes, se han quedado para vestir santos, se sienten un tanto frustrados, y llenan las horas del día escribiendo panfletos y manifiestos en los que piden y desean la muerte de toreros o policías. Resultan ciertamente patéticos, anacrónicos, verdaderos monstruos del pasado, fantasmas de la muerte a medio camino entre dos mundos, zombies descabezados. Antes defendían las ideas que les inoculaba cualquier nuevo megalómano que saltara a la arena política, y anteponian las consignas del lider a la vida de sus conciudadanos o familiares. Así fue como se forjaron muchas tiranías. Ahora colocan al toro donde antes ponían al líder supremo. Antaño defendían abiertamente las mentiras que asperjaban y predicaban los turiferarios del materialismo dialéctico y los esbirros de Stalin. Pero ahora deben ir con más tino, pues se ha hecho patente que dichas ideas no contribuyen en nada a crear la sociedad moderna de la que ellos también se benefician. Por eso es que han sustituido la égida soviética por la causa animalista o por la religión del cambio climático. Ahora ponen a un toro de lidia o a una foca del Ártico por encima del hombre. Cualquier pensamiento es bienvenido con tal de que promueva la muerte de aquellos seres humanos que no opinan igual o que se interponen en su camino. Ese es el verdadero rostro de estos nuevos indeseables. Son los mismos misántropos de siempre con otros collares. Siempre han estado en contra del progreso y de la creación humana. Por eso no les importa nada la vida de los demás. Tienen a bien despreciar al principal impulsor de todos esos desarrollos: el ser humano. Llevan los genes de aquellos que antaño se jactaban de matar judíos y mendigos para limpiar las calles de escoria. Son sus dignos sucesores; sus reencarnaciones; sus imágenes especulares, sus continuadores. Matan al hombre para salvar al animal, igual que antes lo hacían para salvar al tirano que les sujetaba la brida.

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El ‘Brexit’ y la Unión Europea: la economía y la política

1e7fdafebc72ded3de2d45a9d6bd8ffa (1)Todo planteamiento relativo a la Unión Europea, y, en general, cualquier propuesta que tenga que ver con la unión de un grupo concreto de naciones, debería considerar, en primer lugar, una diferenciación de suma importancia, necesaria para entender dicho proceso de integración. Debería tener en cuenta la existencia de dos tipos de uniones de suyo incompatibles, la unión económica y la unión política. La primera consiste nada más que en eliminar las barreras al flujo de bienes, capitales y personas. La segunda en cambio aspira a conseguir todo lo contrario. La unión política no es otra cosa que la unión de todas aquellas fuerzas que, desde distintos flancos y con distintas escusas, han venido impidiendo desde siempre la función del libre mercado y el flujo internacional. Cualquier unión económica implica y demanda el respeto de unas leyes básicas que garanticen ese tránsito general. Pero esto no puede denominarse unión política. En todo caso, será una unión jurisdiccional. La unión política solo puede resultar en un aquelarre de burócratas, reunidos en torno a una hoguera de vanidades, con alevosía y nocturnidad, para convocar a todas las fuerzas del mal de las que son capaces (que son muchas).

La construcción de la Unión Europea se ha realizado en dos fases. Primero el mercado común, luego la unión política. No obstante, el primer paso nunca requirió del segundo. Eso es algo que nos quisieron vender los políticos que esperaban tener un retiro agradable en las instituciones europeas a cargo de todos los contribuyentes. Para eliminar fronteras y permitir la libre circulación de bienes y personas no hace falta crear un monstruo burocrático. El libre mercado requiere de menos leyes, y no de más. La construcción de la Europa postcomunista se basa en una concepción de la política que en realidad no disiente tanto de la que tenían los propios burócratas de la Unión Soviética. Ambas uniones han quedado en entredicho por la vorágine depredadora del recaudador de impuestos, y se han visto lastradas por la codicia infinita y el ansia de poder de los políticos, actitudes que se acrecientan si cabe más por su condición de exiliados en la ínsula de Bruselas, sede del Consejo Europeo, a donde van a parar todos los cadáveres de los ministeriales que agotan la legislatura en sus naciones de origen. Sabido es que los gatos viejos y moribundos, cuando están acorralados, son casi tan peligrosos como un tigre hambriento.

La Unión Soviética y la Unión Europea han dado muestras de ser parecidas. Y es probable que ambas acaben de igual manera. La separación de Inglaterra que anuncia el declive de la Unión Europea, se puede asemejar, salvando las distancias, a la caída del telón de acero que terminó dando la puntilla de gracia al proyecto megalómano de Stalin, y refutando de esa manera la teoría de Marx que previamente había augurado el éxito rotundo del comunismo y el socialismo internacional.

Quienes defendemos la libertad y el libre comercio solo podemos alegrarnos con este nuevo hecho histórico. Debemos agradecer a Inglaterra que haya dado el primer paso. Las sonrisas que ahora se dibujan en nuestras caras son las mismas que destacaban en los rostros, por otro lado escuálidos y demacrados, de los hombres y mujeres que se apostaban encima del muro de Berlín la noche que éste dejó de ejercer su función y de tener sentido.

Creo a pies juntillas en la unión económica y el mercado común. Desearía que esa unión fuera mundial, en el caso de que algún día pudiera ser posible. Por eso deseo que Inglaterra se separe definitivamente del resto de países europeos. Esto no es ninguna contradicción. Lo que impera hoy es una unión política que dificulta e impide la unión económica en torno a aquellos principios de libre mercado en los que yo siempre he creído. Más que una contradicción, mi apoyo al Brexit supone una reafirmación de mi posición inicial como liberal y como persona. No creo en la burocracia europea. Pero sí deseo que Europa camine hacia una mayor integración de su economía. Ese era el sueño inicial. Al principio solo había un mercado común. Luego vinieron los políticos, crearon las instituciones gubernamentales, se pusieron unos salarios exorbitados, toquetearon aquí y allá, como siempre hacen, y acabaron con aquel bello proyecto. La separación de Inglaterra recupera ese ideal perdido. Los países del continente seguirán comerciando con la isla en las mismas condiciones, por la cuenta que les trae. Solo cabe esperar un único peligro, el mismo de siempre, que los políticos resentidos de la Unión Europea castiguen ahora a Inglaterra con un embargo a la cubana. Ya hay algunos ministros que se han manifestado en este sentido. Esperemos que esto no ocurra jamás. Pero si ocurriese, no debería extrañarnos nada. Los políticos no aprenden. La maquinaria de la burocracia no descansa nunca. El populismo y la ensoñación marxista constituyen su combustible habitual. Y los pozos del alma humana que albergan ese comburente tienen reservas para mil años más. Solo cabe esperar que el hombre descubra algún día una energía más limpia, es decir, que se dé cuenta de que su destino no pasa por aceptar todo lo que le viene dado de la política, sino por entender que las únicas fuerzas que realmente estimulan el progreso social tienen una raíz económica, se deben a la iniciativa privada y las ganas de mejorar, y se hallan por tanto en el interior de cada individuo. Esos son los verdaderos resortes que habría que implementar en el aparato de la Unión Europea.

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La teoría de la imposibilidad del liberalismo: la mácula de Jesús Huerta de Soto

lockerothEl teorema de la imposibilidad del socialismo fue desarrollado inicialmente por la escuela austriaca de economía, en los años más negros del comunismo, precisamente para combatir de frente esta ideología nefanda, con el único objetivo de demostrar de una vez por todas cuán equivocados estaban aquellos ideólogos marxistas, y cuan errados están todos los que defienden sin paliativos el predominio del Estado y lo público a expensas de la propiedad privada y la libertad del individuo. Según el citado teorema, el socialismo deviene siempre en una planificación imposible, toda vez que no existe ningún ente que pueda manejar con la suficiente eficacia el volumen de información que se pone en movimiento en el seno de una sociedad moderna.

Las sociedades actuales constituyen sistemas enormemente complejos, compuestos por millones de individuos, actores permanentes que ni siquiera saben la mayoría de las veces qué plan acabarán prefiriendo al cabo del día. La información está distribuida entre cada uno de los elementos que componen el sistema. Y los procesos acontecen al momento, de forma inmediata, y muchas veces de manera inconsciente. No existe en el mundo ordenador alguno que pueda manipular semejante volumen de datos. Pero, incluso en el caso de que la cantidad tuviera un valor asequible, la cualidad de la información (de carácter tácito) vendría a dar al traste con cualquier intento de control centralizado. Con menos motivo por tanto puede arrogarse esa labor una camarilla de políticos insignificantes.

Ahora bien, en un alarde de profesionalismo, algunos autores austriacos han creído que podían extender la teoría del la imposibilidad del socialismo haciendo que incluyese también al liberalismo clásico (uno de ellos es el profesor Jesús Huerta de Soto). De esta manera, se han denominado a sí mismos anarquistas de mercado, y se han solazado pensando que se emancipaban para siempre de sus padres ideológicos, mucho más moderados y conservadores. En esto, han aprovechado para elevar su ego académico a la categoría más alta a la que éste puede aspirar, la de nuevos descubridores. Su rechazo absoluto del Estado se ha venido a convertir en una suerte de teoría definitiva, de la que ellos son los principales artífices. Con todo, cabe decir en honor a la verdad que esa extrapolación extrema, que han terminado practicando los liberales, no tiene el menor sentido.

El socialismo incurre en un error cuando pretende intervenir en la economía de forma masiva. Por eso es imposible que resulte en algo positivo. Pero no es verdad que el minarquismo y el liberalismo clásico incurran también en el mismo error. El liberalismo clásico no espera que el Estado acapare tamaño poder. La teoría del gobierno limitado defiende un ordenamiento social básico, casi residual. Precisamente, insta al Estado a reducirse a la mínima expresión porque es consciente de que no existe ningún gobierno que pueda maniobrar un sistema tan complejo como ese. Todos aquellos anarquistas de mercado que acusan al minarquismo de cometer los mismos pecados que comete el socialismo decimonónico eluden deliberadamente un hecho cardinal, a saber, que  la tesis central que cimenta el minarquismo es sin duda la misma que ellos utilizan para justificarse ante los tiranos y prevenirse de los sátrapas. Los anarquistas de mercado omiten deliberadamente ese pequeño matiz. La teoría que les da legitimidad, aquella que demuestra la imposibilidad de facto del socialismo, fue gestada en la cabeza de los liberales clásicos y los minarquistas mucho antes de que ellos –los anarquistas de mercado- aparecieran en escena. Sin embargo, estos últimos se empeñan una y otra vez en combatir ellos solos al dragón, y, no contentos con esto, acusan al resto de liberales de proporcionar alimento a la bestia, tal y como hacen los socialistas y los comunistas. Han llegado los últimos de todos, pero, curiosamente, pretenden hacerse con la hegemonía de la guerra. Yo llamo a esto orgullo de novato.

Lo mismo ocurre con ese otro reproche típico, que encandila a los nuevos adalides del liberalismo, y en el que se insinúa que cualquier Estado, tenga el tamaño que tenga, es de suyo incompatible con la causa libertaria, pues tiende a crecer de forma natural y a convertirse tarde o temprano en un gobierno eminentemente socialista. De nuevo esta acusación se vuelve en su contra. Si hay un sistema que pueda considerarse peligroso para la causa del liberal, ese es el sistema anarquista. El Estado siempre ha surgido de una situación previa de desorden y anarquía. Lo que más anhelan aquellos indeseables que están siempre al acecho, esperando una oportunidad para hacerse con el dominio de las instituciones por la fuerza, es que no exista ninguna ley general clara que se interponga en su camino. Los delincuentes siempre han florecido y se han enriquecido con el vacío de poder y el interregno.

En cualquier caso, sea como fuere, el anarcocapitalismo tampoco se libra de sufrir el acoso constante de esa parte de la sociedad que nunca querrá transigir con las normas y el orden establecido, con el agravante añadido de que, al no gozar de ninguna garantía general mínima, los anarquistas de mercado ven más comprometida su estabilidad que si dieran en conceder al Estado alguna función en esta materia, caso del gobierno limitado.

Por supuesto, nadie está afirmando que el anarquismo de mercado no abrace ningún tipo de orden. Precisamente, el apellido «de mercado» hace referencia a un orden espontáneo y natural, que emerge en la sociedad cuando se deja que los distintos elementos que componen la misma compitan en libertad. Todas las discusiones con anarcocapitalistas terminan en uno de estos dos callejones sin salida, o bien te aseguran que cualquier estado mínimo acaba volviéndose mucho más grande, o bien te reprochan que digas que el anarquista de mercado no defiende también un tipo de organización concreta. Ahora bien, lo que resulta inconcebible es que, si se defiende tal cosa, no se vea necesario al mismo tiempo establecer alguna norma general básica. Incluso en un sistema anarquista extremo debe existir una normativa general gracias a la cual se garantice un cierto respeto generalizado. El anarquista puede decir que ese respeto se obtiene de manera natural, dejando que actúe el orden espontáneo, a lo cual un minarquista debe contestar que, aunque eso es en parte cierto, no lo es menos que un orden prefigurado, establecido de antemano, pueda también contribuir a agrandar el sistema en el que ambos creen. El minarquismo es una teoría más inclusiva. Concibe un orden espontáneo, pero no se olvida de las ventajas que tiene el orden deliberado, para aquellos casos en los que las leyes son más elementales, todas las cuales constituyen el marco de regulación que permite dicha emergencia espontánea. Si el anarquista de mercado siguiera su doctrina a rajatabla, hasta sus últimas consecuencias, como hace en política, debería abogar por la supresión incondicional de cualquier orden establecido de manera deliberada y con carácter previo, por ejemplo, debería rechazar la administración de aquellas vacunas y medicamentos que ya sabemos de antemano que son buenas para prevenir una enfermedad. Si podemos establecer con carácter previo algunas cuestiones evidentes y objetivas en el ámbito de la medicina, con más motivo debemos buscar también las mismas en el ámbito de la política y la organización social. Si creemos que hay que obligar a unos padres desconsiderados a incluir a sus hijos indefensos en el programa de vacunación, con más motivo debemos apostar por unas leyes básicas que incluyan a todos los individuos dentro de la categoría de seres humanos, con derecho a existir y a buscar su propia felicidad. Renunciar a esto es renunciar al logro y el éxito intelectual que ha permitido al hombre hacer algunos descubrimientos incuestionables. No debemos confundir el orden espontáneo con la dejación absoluta de funciones en materia legislativa o con la implantación de varios códigos de conducta que compitan en igualdad de condiciones. Solo existe un código civil que favorece la libre competencia, y es con este con el único con el que no debemos promover la competitividad. Tenemos que diferenciar la dimensión teórica de la propia ley, que siempre es general y universal, de la situación que ésta trata de describir, que, en el caso de las sociedades, es una situación variopinta, compleja y competitiva.

En definitiva, el anarquista de mercado carece por completo de razón cuando afirma que su sistema es considerablemente mejor que aquel que siempre ha defendido el liberal clásico. Pero sobre todo, la falla intelectual que más le deslegitima es la que intenta extrapolar la teoría de la imposibilidad del socialismo, haciendo que sirva también para criticar al minarquista. En este caso, el anarquista parece desconocer por completo el sentido y el propósito de dicha imposibilidad, así como también las razones históricas y los motivos teóricos que estarían detrás de la misma. La imposibilidad hace referencia a la incapacidad que padece cualquier grupo de poder para conocer y manipular de forma óptima un sistema complejo. Pero nada dice acerca de la manipulación de otros factores mucho más sencillos. Evidentemente, ningún líder podrá saber jamás qué le conviene a cada uno de los individuos que conforman la sociedad que él intenta dirigir desde su posición de poder. Pero existen algunos presupuestos simples que nadie puede negar y que podemos establecer a priori sin miedo a equivocarnos. Por ejemplo, el hecho de que deba haber una seguridad y una defensa básicas en todo el territorio, la propia idea de unidad territorial, y el marco constitucional que garantice esa situación y esa libertad, son condiciones necesarias para que nadie se arrogue después el privilegio de gobernar a los demás con mano de hierro, y de forma arbitraria.

Esa igualación absoluta entre hechos complejos y hechos sencillos (inmanejables los unos y de necesaria utilización los otros), la falsa identificación de ambas categorías, la equiparación de aquellas leyes que ponen claramente en riesgo la libertad de los individuos (al entrometerse de forma masiva en sus vidas privadas), con aquellas otras que simplemente buscan establecer unas condiciones básicas de partida (libertad negativa), es sin duda el principal error teórico que cometen los anarquistas de mercado, su talón de Aquiles, la vía de agua que terminará llevando su nave a pique, y el mejor argumento de que disponemos los verdaderos liberales para desenmascarar a esas novicias del liberalismo, anarquistas todas.

A veces me imagino a mi mismo en un universo paralelo, compartiendo vida y mantel con una versión de Huerta de Soto ligeramente distinta, más científica, menos religiosa, más liberal, y menos anarquista. Me veo escuchando sus conferencias y sus clases magistrales con la boca abierta, sin tener que asistir también a esas oraciones y jaculatorias que suele realizar al final de las mismas y que mete con calzador en el programa de sus clases. ¡Qué magnífica imagen!, Huerta de Soto, gran orador, maravilloso divulgador, enorme académico, y también agnóstico o ateo, y liberal clásico. Cuan apartadas están de la ciencia y la prudencia todas sus apelaciones al demonio, o su defensa del anarquismo más radical. Qué maravilla sería tener a un Huerta de Soto aristotélico, baconiano, dawkiniano, gran humanista pero también gran científico. No me interpreten mal. Tal vez vivamos en uno de los mejores universos posibles. Es difícil que se vuelva a repetir la figura que representa Huerta de Soto para todos los liberales. Admiro profundamente su legado y su obra. Pero esto no obsta para que admire un poquito más a un Huerta de Soto imaginario. Déjenme soñar. Tengo derecho. Me lo permite la ley.

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El cáncer, los genes y el ambiente: la polémica está servida

telomerosAgingpeqOKHace unas semanas, el cantante de Jarabe de Palo, Pau Donés, publicaba en un medio de comunicación una emotiva carta donde anunciaba que padecía cáncer y aprovechaba para apuntillar que se disponía a combatir la enfermedad con la serenidad que esta se merecía. La carta en sí es una llamada a la vida. El cantautor afirmaba en ella que pensaba seguir disfrutando del momento como lo había hecho siempre. No se lamenta de su situación, ni se hace la víctima, lo cual es de agradecer. Todo lo contrario, afronta el drama con valentía y con tesón. Se congratula de haber tenido la suerte de poder disfrutar de una vida intensa, al lado de su familia, enamorado de los suyos y de la música.

Carta de Pau: http://verne.elpais.com/verne/2015/12/23/articulo/1450892655_528925.html

Pero, si bien el principio de la carta es un verdadero canto a la vida, el final es en cambio un alegato de la muerte y una admonición del progreso. Según el autor de la misiva, los hombres vivimos en un mundo enfermo que nosotros mismos hemos propiciado: “Hay algo que estamos haciendo mal, no cabe la menor duda. Y ese algo tiene que ver con nuestra manera de vivir, seguro; ¿sociedad del bienestar? Sí, pero ¿a qué precio?”

Para el cantante, el cáncer ha adquirido un impacto mayor como consecuencia de algo que estamos haciendo mal. Pero esto es completamente falso. Lo cierto es que el cáncer ha aumentado porque lo estamos haciendo cada vez mejor, cada vez vivimos más años, y por eso cada vez las enfermedades relacionadas con la vejez tienen un impacto social más grande.

Hay personas que opinan que la mayor longevidad de nuestra sociedad occidental no explica el fenómeno del cáncer. En la era de Napoleón –nos dicen- las ciudades sufrían una incidencia de tumores muy superior a aquella que acumulaban los habitantes del campo. También nos invitan a que admitamos que las poblaciones con regímenes alimenticios ancestrales empiezan a aumentar vertiginosamente sus tasas de cáncer tras adoptar las dietas postindustriales. Bajo esta tesis, los factores principales del cáncer serían sin duda aquellos que tienen relación con el ambiente y los hábitos sociales del hombre (dieta, estilo de vida, etc…)

En realidad, el ambiente siempre es un factor a tener en cuenta, pero ni mucho menos el más decisivo. Si uno se fija en el proceso del cáncer, se dará cuenta que éste se debe menos a las mutaciones que provocan nuestros hábitos y más al programa genético que llevamos inserto dentro de nosotros. ¿Por qué digo esto? Muy sencillo. A lo largo de nuestra vida todos sufrimos diversos episodios de cáncer, mutaciones en nuestras células que no llegan a más porque tenemos potentes mecanismos de reparación que, o bien corrigen inmediatamente esas alteraciones, o bien conducen a las células mutadas a un suicidio o apoptosis programada. Y no es hasta que somos viejos que no empiezan a fallar esos sistemas de reparación, con el consecuente acumulo de mutaciones y la consabida aparición del cáncer (que requiere que se den a la vez varios tipos distintos de alteraciones genéticas). Por eso afirmo que, en términos generales, importa más el genoma que el ambiente. El entorno provoca todo tipo de mutaciones, pero mientras tengamos sistemas de reparación eficaces, esas alteraciones no tienen ningún efecto importante. Es el propio programa genético el que conlleva una disminución de las alertas que saltan en nuestros tejidos cuando aparece una mutación peligrosa, a medida que nos hacemos mayores.

No voy a negar que el ambiente y las costumbres influyan de manera importante a la hora de contraer una enfermedad. Nunca me ha gustado ese maniqueísmo absurdo que otorga importancia solo al entorno, o solo a los genes. El hombre es el resultado de ambas cosas, y estas influyen en mayor o menor medida en todos los aspectos de su vida y su destino como persona. Es posible incluso que el ambiente sea más decisivo en ciertos procesos biológicos. Pero en términos generales, cuando tratamos con la senectud, creo que tiene más importancia la carga genética.

Habitualmente, solemos dar demasiada relevancia a los factores exógenos, tales como la dieta o las costumbres. Los motivos de esto son variopintos, y nos ofrecen una perspectiva clara de la naturaleza humana. Nos enseñan a prevenirnos de esa otra enfermedad mental casi tan devastadora como el propio cáncer: la ignorancia y la estupidez.

Sobre todo, está esa idea anticapitalista que insiste en prevenirnos del progreso y la tecnología, que asegura que el hombre está esquilmando los recursos de la Tierra y que terminará agotando todas las reservas del planeta. Esa idea es la primera causa de muerte en muchos países, y es también el motivo de que haya tanta gente que de una importancia mucho mayor al ambiente que a los genes. A esto se suma el propio desconocimiento de los mecanismos moleculares que operan en el interior de las células, mucho más ocultos a la vista del hombre que esas escenas bucólicas que nos atiborran de emociones, con las que se muestran bellos paisajes, cabriolas de gacelas, exuberantes lagos, etc…, todo lo cual contribuye a incrementar esa sensación de apego a la tierra que nos lleva a considerar que el entorno es la única variable a tener en cuenta.

Independientemente de que el ambiente ejerza también una influencia considerable, lo que está claro es que el hombre tiene una enorme querencia hacia todas esas ideas que, en alguna medida, intentan oponerse al avance de la sociedad, avisándonos de lo mal que estamos haciendo las cosas, y poniendo todo tipo de palos en las ruedas del carro que impulsa el progreso humano.

Es verdad que la sociedad se encuentra profundamente enferma. Pero no es cierto que la sintomatología de su dolencia tenga algo que ver con el maltrato que los hombres propiciamos al planeta. Muy al contrario, la enfermedad presenta un cuadro clínico completamente distinto. La dolencia acusa una idiocia diferente, la cual lleva al hombre a renegar de las verdaderas causas que están detrás de su éxito y su bienestar. No se está destruyendo el planeta. Se está destruyendo el futuro de la humanidad. No se esquilman los bosques ni se secan las cuencas. Se esquilma la creatividad y se secan sus fuentes originarias. Se combate al empresario, se anatematiza el capitalismo, se promueve la vuelta al arado romano y se reivindica la bicicleta de pedales. Se apuesta por todo aquello que supone un mayor atraso, pero al mismo tiempo se disfrutan los bienes que se obtienen como consecuencia del abandono de todas esas costumbres ancestrales. La enfermedad por antonomasia del ser humano no es el cáncer o la vejez. Y tampoco lo es su ambición o su codicia. Su principal enfermedad se llama hipocresía, y se manifiesta de muchas maneras, ora con el comunismo, ora con el socialismo, ora con la ecología, ora con el feminismo, ora con el ludismo. En todas estas manifestaciones existe siempre un máximo común denominador: sus pacientes aquejan una profunda obcecación, que les lleva a enfrentarse a todo aquello que les permite existir, la libertad de trato, el libre intercambio, el comercio basado en acuerdos voluntarios, las recetas del capitalismo, los bienes del empresario, etc… Este trastorno obsesivo-compulsivo es semejante  a aquel que padecen las personas que sufren una variante rara de Lesch-Nyhan, un síndrome autodestructivo que lleva a los sujetos a morderse los dedos y los labios, llegando en casos extremos a la mutilación. Sin embargo, el síndrome de los socialistas es mucho más grave. Aquí no estamos hablando de una enfermedad rara, ni de unos pocos muñones amputados. La idiocia está ampliamente descrita y los casos de autodestrucción son numerosos. Sus efectos se dejan sentir en las cámaras y congresos de medio mundo, y afectan incluso a las personas sanas, que no sufren los síntomas. Y aunque existe una cura, parece que nadie está dispuesto a tomarse la pastilla. Nadie reconoce que está enfermo. Es más, la propia enfermedad lleva al paciente a creer que es la persona más lúcida que existe sobre la faz de la tierra. Ese motivo de arrogancia (la fatal arrogancia de la que nos habla Hayek en sus ensayos) es otra de las dificultades que enfrentan los médicos que intentan paliar esta enfermedad. Parece que la epidemia va para largo. Es posible que acabemos sucumbiendo a sus efectos. En el mejor de los casos, quedaremos renqueando. Puede ser que un día encontremos un antídoto que nos permita convivir con la enfermedad en mejores condiciones. Esa es la única esperanza a la que se aferran los familiares de aquellos pacientes a los que se les ha diagnosticado una dolencia crónica. Y esa es también la única esperanza que tenemos los liberales. No podemos ser optimistas. Pero al menos nosotros somos inmunes. Tal vez algún día los anticuerpos sean algo común en la sangre de todos los hombres. No obstante, el mundo sigue progresando. La pandemia socialista no ha conseguido que se detenga. Las enfermedades más virulentas tienen focos muy reducidos, se extienden rápido, pero también desaparecen rápido. La capacidad infecciosa siempre es inversamente proporcional al grado de mortalidad que tiene la enfermedad. El socialismo ostenta una capacidad infecciosa muy alta, y ha matado a millones de personas a lo largo de toda la historia. Ese es el motivo de que sus focos acaben extinguiéndose por sí mismos, como se extingue el Ebola cada vez que resurge. Es tan devastador que ni siquiera tiene tiempo de trasmitirse con suficiente eficacia. La Unión Soviética también implosionó por sí misma. Puede ser que el mundo avance tan rápido (la técnica progresa exponencialmente) que los políticos no tengan tiempo de ponerle trabas. La esperanza del liberal se halla, no en su capacidad de convencer a los ignaros (que no la tiene), sino en la propia fuerza de su verdad y en la habilidad que siempre ha demostrado la vida para abrirse paso. El liberal apuesta sin duda por un comportamiento humano más acorde con el mundo real. Y será ese envite el que al final prevalezca y acabe teniendo un mayor predominio en la naturaleza. Las falacias no funcionan demasiado tiempo. Los hombres con alas siempre acaban dándose de bruces contra el asfalto, por mucho que afirmen que pueden volar.

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La infame revolución del proletariado que quiere Pablo Iglesias: feliz día del consumidor

Como trabajadores, los hombres no podemos convertirnos nunca en soberanos de nuestras vidas, porque entonces estamos obligados a actuar también como dictadores, y a decidir sobre la vida de los demás. En términos económicos, el trabajador es un elemento productivo; es un bien de capital. Constituye la mano de obra con la que se fabrican los bienes de consumo. Como productor, no puede decidir qué produce o deja de producir. La soberanía que importa aquí es la del consumidor, no la del trabajador. La libertad que hay que garantizar es la que se genera cuando se eligen los bienes de consumo, no la que acontecería si se pudieran elegir los bienes de capital sin tener en cuenta los gustos de los consumidores. Un trabajador siempre tiene cierto margen de decisión, puede elegir si quiere trabajar, incluso puede elegir donde hacerlo. Pero nunca podrá escoger el salario que le gustaría ganar, o el mejor sitio para obtenerlo. Todo eso depende en último lugar de la demanda que exista en un determinado momento.

El trabajo siempre debe tener un componente desagradable. La mayoría de las cosas siempre cuestan esfuerzo. Venimos a este mundo con una mochila vacía, y para llenarla es necesario trabajar duro. Pero es que, además, el trabajo no es algo que podamos elegir nosotros, en virtud de aquello que nos guste. Cuando trabajamos nos convertimos en productores de bienes de consumo, lo que quiere decir que fabricamos bienes que están destinados al consumo de otras personas. Mientras no pretendamos obligar a los demás a consumir los productos que nosotros les digamos, tendremos que fabricar aquellos artículos que demanden ellos de manera voluntaria. Esto no tiene vuelta de hoja. El trabajo no es algo que esté dirigido a agradarnos a nosotros. Muy al contrario, tiene que venir determinado por los gustos y las apetencias de los consumidores. Si yo quiero ejercer la medicina, pero resulta que ya hay una oferta de médicos que cubre toda la demanda, solo tengo dos opciones. Puedo hacer que los demás enfermen, y aumentar así esa demanda, o puedo esforzarme para superar a mis colegas y agradar a un mayor número de clientes. Si acepto lo primero me habré convertido en un tirano. Si acepto lo segundo deberé esforzarme duro y afrontar todas las adversidades que vengan. Y muchas veces tendré que asumir que no puedo trabajar en aquello que me hace a mí más feliz. La demanda de un puesto de trabajo nunca coincide con la oferta. Y coincidirá menos si solo tenemos en cuenta los gustos del trabajador. Si esto fuera así, todos tendríamos un puesto agradable, estaríamos trabajando como capitanes, navegando en un bonito yate, recibiendo unos emolumentos abundantes, y dejándonos arrastrar por las olas, hacia una isla caribeña. Y todos los consumidores tendrían que comprarnos ese viaje. Sin embargo, los hombres tienen necesidades que exigen trabajos mucho más duros. Por ejemplo, necesitamos comer naranjas y patatas, y por tanto hace falta que alguien trabaje removiendo el abono que necesitan los campos. Si este ejemplo de trabajo no parece suficientemente desagradable puedo poner muchos más.

En cualquier caso, lo que tenemos que entender es que las personas tienen gustos profesionales que no coinciden al cien por cien con las necesidades reales que presentan por término medio todas las personas que consumen. Esta fórmula es bastante sencilla.

Que yo describa la realidad como algo desagradable no quiere decir que me jacte de que sea así. Simplemente, constato una situación, y afirmo que existe una regla sencilla que refuta esa creencia ingenua que aboga por abolir el trabajo, o por sustituirlo por otros empleos más agradables. Me niego a creer en estas pamemas. Pero eso no quiere decir que me agrade el sufrimiento de los demás, o que no me emocione cuando veo que alguien lo pasa mal. En cierta medida, todos lo pasamos mal, todos venimos a este valle de lágrimas a sufrir, y la mayoría de nosotros trabajamos en oficios que no nos gustan demasiado. La realidad siempre es más dura de lo que imaginamos. Y si creemos que nos podemos librar de esta pena, acabaremos sufriendo todavía más: chocaremos contra un muro de piedra infranqueable; terminaremos siendo consumidores insatisfechos, laminados por la tiranía del trabajador.

Las condiciones laborales deben mejorar, y de hecho lo hacen, gracias a que la capacidad productiva aumenta a medida que las sociedades capitalistas se desarrollan y se apoyan más en la técnica y el conocimiento científico. Pero no deben mejorar porque lo diga un determinado sindicato, o porque constituya un deseo general o una apetencia profesional. Los deseos se convierten en realidad solo cuando la realidad quiere.

La única soberanía legítima es la que viene impuesta por la voluntad del consumidor. Todos somos consumidores de bienes. La libertad auténtica debe respetar los gustos de cada uno de los individuos, sin hacer excepciones. Debe prevalecer la voluntad de aquellos que utilizan esos bienes. Pero la revolución del proletariado, tal y como la conciben los comunistas, utiliza exactamente el argumento contrario. Centra sus reivindicaciones en torno a la figura del trabajador y del obrero. Y, al hacer esto, deja de defender que cada uno haga y consuma lo que quiera, y pasa a exigir que todos consuman lo que el productor decida, en virtud de las necesidades que le sean afines. El comunismo aduce que su compromiso es la lucha contra el empresario. Sin embargo, lo que hace es convertir al empresario en el mayor de los tiranos, ya que le permite decidir qué quiere producir, sin atender a las necesidades de las personas (en general, en eso consiste precisamente la planificación social y económica que llevan a cabo todos los partidos políticos, sus arengas a favor de los supuestos sectores estratégicos, y su defensa del empleado).

Artículo completo aquí:

La infame revolución del proletariado que quiere Pablo Iglesias

Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Bitácora de un NICARAGÜENSE 18

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Los papeles de Panamá y el papelón de los políticos

imagen-sin-tituloLos papeles de Panamá han provocado ríos de tinta en las redes sociales y medios de comunicación de todo el mundo. Todos se llevan las manos a la cabeza ante el enorme escándalo que se ha destapado. Pero, ¿cuál ha sido la causa principal de este alboroto? Ni más ni menos que el intento por parte de muchos propietarios de pagar menos al fisco. Todos los años, el común de los mortales hace lo mismo cada vez que presenta la declaración de Hacienda. De otra forma, se comportarían como verdaderos estúpidos. Sin embargo, cuando eso lo hacen personas conocidas el caso se convierte en un verdadero serial.

Los políticos se llevan en impuestos la mitad del dinero que ganamos en un año. Dichas exacciones les sirven para corromper las instituciones y corromperse a si mismos. Podemos ha estado financiándose de manera ilegal durante todos los años en los que ha existido. Pero nadie se plantea seriamente ilegalizar a esta formación. Sin embargo, aparecen unos papeles que demuestran que los hombres de negocios son medianamente inteligentes, esto es, que se llevan el dinero a países que no se sirven del mismo para pervertir y corromper las instituciones, e inmediatamente todos se rompen las vestiduras.

Comprendemos bastante bien lo que significa la libertad cuando nos desplazamos por el mundo sin tener que dar cuentas a ningún mandatario. Pero, paradójicamente, casi nadie entiende que esa libertad se extiende también a nuestro dinero y nuestros bienes. ¿Quién es nadie para decirnos dónde tenemos que crear una sociedad o cómo tenemos que invertir nuestro capital? Nos ponemos estupendísimos cuando hablamos de derribar los muros de la vergüenza. Pero nos comportamos como verdaderos sinvergüenzas cuando pretendemos obligar a la gente a utilizar sus emolumentos como nosotros queramos. Al apoyar todas estas delaciones le estamos haciendo el caldo gordo a los políticos, que son los verdaderos hacedores de las corruptelas, y estamos haciéndoles la cama a los exiliados que huyen de las prisiones fiscales en las que se han convertido sus países, con la legítima esperanza de encontrar un lugar más propicio para vivir, donde no les roben el dinero.

Este artículo ha sido publicado en el diario digital MadridCode:

http://www.madridcode.com/2016/04/14/los-papeles-panama-papelon-los-politicos/

 

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El igualitarismo de izquierdas y los pactos de Estado

images (1)El igualitarismo que ponen en práctica los partidos de izquierdas tiene un claro corolario a nivel filosófico. Se llama relativismo. En política, la igualación alude directamente a las personas, y se deriva de esa manía marxista que clasifica a los individuos en función de su clase social, como si fueran castas hinduistas. Esta determinación brahmánica esclerotiza a la sociedad y condena a las personas a llevar una vida estéril, falta de motivaciones y recompensas. En cambio, en el plano de la filosofía, son las propias ideas las que acaban sufriendo esa igualación atroz. Cualquier valor destacable es tomado por un privilegio burgués, e inmediatamente deja de tener prioridad.

La sociedad está absorbida por esta relativización del pensamiento, la cual se deja sentir a todos los niveles. Cuando los votantes reclaman a la clase política un pacto de Estado, en realidad están diciendo que no les importan las ideas que tengan, con tal de que lleguen a un acuerdo.

Normalmente, cualquier solución tiene siempre dos posibles respuestas. Las hipótesis se plantean, y luego se confirman o se refutan. No existen terceras vías. El espacio y el tiempo son absolutos, como decía Newton, o cambian en función de la velocidad y la aceleración, como aducía Einstein.

Con la teoría política ocurre exactamente lo mismo. Solo existen dos soluciones posibles; dos hipótesis. O bien defendemos una reducción paulatina del Estado y una mayor liberalización de la economía, o bien apoyamos la injerencia del burócrata en todos los ámbitos. Los pactos entre partidos acaban distrayendo la atención del votante, impidiendo que se dé cuenta de cuál es la hipótesis verdadera, y disolviendo cualquier argumentario en el ácido corrosivo de la componenda política y el acuerdo de Estado. Hoy en día, son muchos los que se manifiestan claramente a favor de los pactos. Pues bien, no solo no tendrán pactos (ya que es imposible que los partidos que se encuentran a ambos lados del espectro ideológico puedan pactar nada) sino que además tampoco tendrán un gobierno estable. La crisis institucional que vive España actualmente es un producto más de ese relativismo cultural que acarrea la retórica del pueblo, ahíta de trampantojos marxistas.

Este artículo ha sido publicado en el diario digital MadridCode:

http://www.madridcode.com/2016/04/05/igualitarismo-izquierdas-los-pactos-estado/

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La celebración del libro y el aguafiestas del Estado

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En el día del libro, comparto con todos vosotros mi biblioteca personal (los libros que he leído y ojeado a lo largo de mi vida), y os animo a que hagáis lo mismo conmigo:

https://elreplicadorliberal.com/category/mi-biblioteca/

El libro es quizás el único elemento de la vida que engloba y supera a todos los demás. El libro intensifica y concentra la vivencia humana hasta unos extremos insospechados. Escribir es pensar en las cosas con una parsimonia y una perspectiva de siglos, mucho más profunda. La lectura permite ralentizar y detener el tiempo, viajar a épocas remotas, soñar con el futuro de la tecnología, o experimentar la vida de los autores (ochenta o noventa años) en el transcurso de unas pocas horas (el tiempo que se tarda en embaularse un texto). Leer es controlar el tiempo y el espacio, viajar por las dimensiones, llenarse de universo. Desgraciadamente, existen algunos badulaques del gobierno que entienden ese control de un modo bastante distinto. También aquí, en este lugar sagrado, nos encontramos con el Estado y sus adláteres, sus burócratas y sus lacayos. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué motivo todos los libros tienen hoy un 10% de descuento? Pues simple y llanamente porque el Estado lo impone por ley, no permite disminuir aún más su precio final, impidiendo de ese modo que nos salgan más económicos. Lo llaman tribunal de la competencia. Pero yo lo llamo ignominia y ganas de joder.

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Instituto Arquitas: introducción a la sociología empresarial

Instituto Arquitas de Tarento

Organización dedicada a la promoción de la libertad individual y el progreso tecnológico. Nuestros referentes académicos son la escuela económica de Carl Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la corriente transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad)

https://www.facebook.com/groups/arquitasdetarento/

Hashtag: #sociologiaempresarial

La Singularidad tecnológica como condición empresarial

A la larga, la verdad siempre prima sobre la mentira. Por mucho que el socialista repita una y otra vez aquello de que los mercados deben estar protegidos, a medio y largo plazo la realidad se acaba imponiendo a sus ideas como el día lo hace con la noche. Si dice que hay que proteger el sector del taxi, surge Uber; si afirma que la agricultura autóctona es un bien estratégico que hay que cuidar, surgen mil formas nuevas de transportar y conservar los alimentos que provienen de otros lugares; si dice que no se deben difundir determinadas ideas, aparece internet; si asegura que la energía solar es la esperanza de millones de personas, estalla la crisis de las renovables. A un socialista no se le puede convencer con las ideas. Su seña de identidad es la tozudez. Por algo tienen esas creencias. Pero sí le podemos llevar del ronzal en el terreno de la praxis. A la hora de poner en marcha sus pensamientos, el socialista tiene todas las de perder, ya que choca una y otra vez contra el muro de la verdad. Sus falacias no funcionan. Esta reflexión me lleva a ser profundamente pesimista en lo tocante a la educación y el proselitismo (como ya he dejado claro en algunos artículos https://elreplicadorliberal.com/2014/11/27/la-teoria-de-la-imposibilidad-de-la-trasmision-del-mensaje/ ). Nunca convenceremos a los socialistas de que están equivocados; son mayoría y tienen la demagogia de su lado. Sin embargo, soy optimista en lo que respecta a la razón y la tecnología (articulo: https://elreplicadorliberal.com/2016/02/05/la-singularidad-tecnologica-la-ultima-batalla-del-liberalismo/ ). Por eso reconozco en la acción empresarial algo sumamente importante y necesario para alcanzar el progreso social y acercarnos a la Singularidad tecnológica, caballo de batalla de este foro de debate. Los arquitanos debemos honrar a esos hombres valientes que utilizan las ideas del mejor modo posible, para trasformar la sociedad a través de la acción individual (empresarial). Mas allá del propio pensamiento (sociología académica) se encuentra un mundo de empeños y nuevas victorias, un mundo de empresarios y autónomos, de luchadores y de gente responsable, que eleva la sociedad a nuevas cotas de progreso, y que permite que todos los demás podamos disfrutar de una vida más propicia y feliz (sin duda, les debemos nuestra situación actual). Este foro también hablará de la mercadotecnia y las hazañas de esos héroes anónimos que, en contraposición con la clase política, trabajan a diario animados por un ansia personal de mejora (que se traduce al cabo del tiempo en una mejora sustancial de toda la población), para crear nuevas empresas, aplicaciones informáticas y soluciones productivas, sin que por ello reciban la más mínima atención de los medios de comunicación, los cuales sin embargo sí se fijan (y hasta se deshacen en elogios) en todos esos estadistas y politicastros de tres al cuarto que, por término general, suelen dificultar con sus acciones las gestas del empresario.

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Instituto Arquitas: introducción a la sociología académica

Instituto Arquitas de Tarento  

Organización dedicada a la promoción de la libertad individual y el progreso tecnológico. Nuestros referentes académicos son la escuela económica de Carl Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la corriente transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad)

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https://www.facebook.com/groups/arquitasdetarento/

La singularidad tecnológica como una condición académica

Los arquitanos también hablamos de política y economía. Existen, por lo general, dos maneras diferentes de afrontar la vida y la carrera intelectual. En una analizamos los hechos con una cierta parsimonia, consagrándonos a la difícil tarea de desarrollar una teoría verdaderamente general. En la otra, nos dedicamos a comentar los casos más particulares, de rabiosa actualidad, con artículos en prensa y comentarios en los principales medios de comunicación. Se pueden hacer las dos cosas, pero hay una cierta tendencia a volcarse más en una de ellas, por aquello de la limitación de espacio y de recursos. Jesús Huerta de Soto y Juan Ramón Rallo son dos casos prototípicos, el primero por estar enfocado a la vida académica, y el segundo por ser más visible en los medios de comunicación. Tanto el uno como el otro elaboran juicios de valor y desarrollan teorías económicas, y actúan al amparo de las mismas para transmitir esas ideas al público en general. No obstante, el primero se centra más en la elaboración de las propias ideas y el pensamiento en abstracto, mientras que el segundo adquiere una dinámica mas apegada a la realidad cotidiana, proselitista y periodística. Uno se dedica a enfatizar el pensamiento y la teoría general. El otro hace lo propio con la acción y el compromiso diario con las ideas que defiende.

Aunque el pensamiento y la acción deben ir de la mano, y ambos autores cultivan las dos facetas con gran maestría, es conveniente distinguir en ellos una cierta tendencia a especializarse en un campo determinado. De esa doble vertiente nacen y se constituyen todos los Think -Tank.

Pero no solo la divulgación y la política se ven afectadas de manera directa por esta dualidad operativa. En ingeniería pasa exactamente lo mismo. El inventor se centra en las nuevas ideas. Mientras que el empresario o el capitalista se encargan de ejecutarlas y ponerlas en práctica utilizando esos conocimientos al objeto de satisfacer los gustos de la gente y permitir las propias acciones de los ciudadanos.

Las ideas tienen un esplendor evocador. Son la semilla de la que nace toda la materia de la evolución. Además, constituyen un revulsivo importantísimo, ya que inspiran el amor por la sabiduría y la atracción por el conocimiento. Pero, en el fondo, son meras abstracciones sin ningún valor práctico inmediato. Hace falta un empresario para darles forma. Las acciones son las formas efectivas que culminan todo el proceso de conocimiento. En el análisis social, deberemos atender a ambos aspectos. Esta es la razón de que dividamos la sociología en dos ramas diferentes, sociología académica y sociología empresarial, y que las distingamos en función del cometido de la noticia o la enjundia de la reflexión que queramos presentar.

La acción es el tocado de cualquier pensamiento intelectual. No obstante, cualquier acción positiva debe ir precedida siempre de una buena idea, que se aprende y se transmite a las siguientes generaciones con resultados productivos. Ese es el espíritu de la sociología académica, el análisis de las ideas sociales que impulsan el progreso de la civilización y nos acercan cada vez más rápido a la última de las fronteras, la Singularidad tecnología, el Sancta Sanctorum de este grupo de debate. Efectivamente, no lo duden, los arquitanos también deseamos hablar de política y economía. Aunque nos atrae sobremanera todo lo que está relacionado con la tecnología y la ciencia, entendemos al mismo tiempo que la organización social y el ámbito del humanismo constituyen el caldo de cultivo en el que tiene lugar la cocción de las ideas y las acciones que, a fin de cuentas, son las principales impulsoras de la tecnología y la investigación que nos acerca a la Singularidad y a la inmortalidad.

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¡Cumplimos veinticinco artículos!

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Esta bitácora acaba de cumplir veinticinco artículos (me refiero aquí exclusivamente a los artículos largos). En el enlace que aparece abajo están todos esos escritos, para el que quiera consultarlos, ordenados cronológicamente, según han ido apareciendo: https://elreplicadorliberal.com/category/mis-articulos/

Aprovecho la conmemoración para agradecer a todos los que me siguen el hecho de que lo hagan. La madre de Flaubert repetía continuamente a sus amigas que tenía un hijo que estaba obsesionado con la literatura, y a su hijo le decía que las palabras le acabarían matando. Para Flaubert, la literatura era simplemente una forma de vida, una necesidad de la que no podía prescindir. Perfeccionista hasta la exasperación, tenía que repasar mil veces un texto para acabar medio satisfecho con lo que había escrito. Cioran decía que todo literato es un incauto y un perdedor «echado a perder por su talento». Cuando un amigo le anunciaba ilusionado que estaba preparando un libro, Cioran le respondía con un consejo lastimoso: “Al penetrar en el infierno literario, va usted a conocer sus artificios y su veneno; sustraído a lo inmediato, caricatura de sí mismo, ya no tendrá más que experiencias formales, indirectas. Se desvanecerá usted en la palabra. Los libros serán el único tema de su charla. En cuanto a los literatos, ningún provecho sacará de ellos. De esto solo se dará cuenta usted demasiado tarde, tras haber perdido sus mejores años en un medio sin espesor ni sustancia. ¿El literato? Un indiscreto que desvaloriza sus miserias, las divulga, las reitera: el impudor desfile de reticencias es su regla; se ofrece… vaciado por su fecundidad, fantasma que ha gastado su sombra, el hombre de letras disminuye con cada palabra que escribe”.

Aquellos que estamos obsesionados con la literatura, sabemos por experiencia que el esfuerzo de escribir es una labor bastante ingrata. Nunca acabamos de estar contentos con lo que publicamos. La tarea que realizamos demanda un trabajo ingente, que nunca finaliza. Sacrificamos nuestra vida en el altar de las palabras, sin que muchas veces recibamos nada a cambio. Generalmente, se nos ningunea y se pone en cuestión el trabajo que hacemos. Asimismo, levantamos una polvareda de críticas y admoniciones que acaban tapando los pocos cumplidos que también recibimos, y a veces ocurre que se nos olvida incluso el motivo de lo que hacemos. No escribimos porque queramos obtener el aplauso del público, aunque su aliento también nos haga bastante bien. Escribimos porque sentimos una necesidad imperiosa en lo más hondo de nuestros corazones. Escribimos porque, si no lo hiciéramos, caeríamos fulminados de inmediato. Escribimos sencillamente porque necesitamos vomitar todo lo que llevamos dentro, para que no se nos indigeste. La madre de Flaubert se equivocaba. La literatura no te mata. Como mucho te deja inválido, postrado en la cama, incapaz de desempeñar otra tarea que no sea la de escribir. Lo que te lleva a la tumba es exactamente lo contrario, constatar que ya no puedes construir otra frase, que te han abandonado las musas y que nunca más van a volver.

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Utopía: la verdadera y la falsa

dibujo_utopia_www_gracielabello_com_ar_300Desde hace cierto tiempo vengo escuchando, de boca de algunos socialistas y comunistas de tomo y lomo, un mantra que se repite una y otra vez y que en cierta medida pone al descubierto la estafa piramidal en la que ha acabado convirtiéndose esa doctrina de postín, la lírica del Marxismo. Afirman éstos que el capitalismo, tal y como está planteado por los liberales, es una ideología idealista, una nueva utopía social, y que por tanto no tiene nada que envidiar a las que ellos defendían sin dobleces hasta hace bien poco. ¿Acaso se han quedado sin argumentos? ¿Por qué recurren a las mismas acusaciones que nosotros siempre hemos empleado contra ellos? Puede que ya no tengan nada más que decir. ¿Acaso se han dado cuenta de que su defensa resulta insostenible? ¿O puede ser que no tengan más balas en la recámara? ¿O tal vez es un síntoma de que se sienten acorralados? No sé muy bien cuáles son las causas de esa reacción. Sin embargo, incluso si conviniéramos en aceptar esta crítica hodierna, a saber, que el capitalismo es otra utopía más, cabría distinguir al menos dos tipos de idealismo, uno verdadero y otro falso.

La utopía comunista es una utopía sensu estricto, esto es, un delirio irrealizable, ontológicamente imposible. Los socialistas insisten, y en ello sustentan todo su debate, en una idea que a todas luces es imposible de aceptar: la igualación de los individuos y su dilución en el ácido clorhídrico del colectivo. No se puede igualar a los hombres sencillamente porque ninguno de ellos es igual a los demás. Su naturaleza los ha creado diferentes desde el mismo momento en que son individuos, discernibles del resto de cosas. No se puede crear una sociedad sobre la base de una única clase de trabajadores, pues es evidente que el progreso implica a muchos tipos distintos y conlleva siempre una especialización laboral y productiva inerradicable y constitutiva.

Por su parte, la utopía capitalista es en realidad una utopía falsa. Solo es utópica en un sentido meramente utilitarista y circunstancial (cultural). Es irrealizable porque la mayoría de la gente no cree en ella y no la quiere llevar a la práctica, y no porque en la naturaleza exista una ley que contradiga sus postulados básicos. Más bien, la naturaleza se muestra acorde con las ideas que blasona en su escudo el ideario capitalista. La competencia, la diversidad, el orden espontáneo, son aspectos comunes de la vida, que también se reflejan en el mundo animal, y que desde siempre han impulsado la evolución y la mejora adaptativa. Si la utopía capitalista no se puede llevar a la práctica, no es porque no sea una teoría correcta, sino porque los hombres no suelen estar de acuerdo con las teorías correctas; siempre suelen equivocarse, y nunca atienden a razones. El capitalismo prospera, no porque los hombres se entusiasmen con las ideas que éste plantea, sino porque se entusiasman con los resultados tecnológicos que produce, a despecho de las trabas que en principio van poniendo los ignaros por el camino. La utopía capitalista no se puede llevar a la práctica porque existe generalmente una estupidez innata en el ser humano que le hace ir en contra de las reglas más básicas de la naturaleza. El capitalismo sólo será posible cuando el hombre deje atrás esa cerrazón. En cambio, el socialismo sólo sería posible si modificásemos las reglas del universo. La quimera del capitalismo descansa sobre una idealización antropológica. En cambio, la ilusión socialista halla sus raíces en una imposibilidad ontológica y cosmológica. En el primer caso la utopía es tal porque defiende una teoría absolutamente correcta, que tiende a ser rechazada. En el segundo caso lo es porque defiende una teoría falsa, imposible de cumplir. Hay una enorme brecha entre estas dos concepciones. Cuando el socialista alega que nosotros también defendemos un objetivo imposible, en realidad de lo que se está dando cuenta es de lo imposible que resulta convencer a la gente para que adopte ese tipo de visión. A día de hoy, el capitalismo auténtico no tiene posibilidad de llevarse a la práctica simple y llanamente porque no existe un amplio consenso en torno a él. Y no existe ese consenso porque el hombre ha decidido dar la espalda a la razón y la verdad, y se mantiene anhelante, esperando la segunda venida del Señor (Marx).

Nadie ha expresado mejor que Rothbard esta diferencia radical entre unos utópicos y otros. En su libro Hacia una Nueva Libertad afirma lo siguiente: “Si bien para el libertario es vital sostener ante todo su ideal último y extremo, esto no lo hace, en contraposición con lo que dice Hayek, un utópico. El verdadero utópico es el que defiende un sistema contrario a la ley natural de los seres humanos y del mundo real. Un sistema utópico es aquel que no podría funcionar aun si fuera posible persuadir a todos de que lo lleven a la práctica… El objetivo utópico de la izquierda, el comunismo –la abolición de la especialización y la adopción de la uniformidad- no podría funcionar incluso si todos estuviesen dispuestos a adaptarlo de forma inmediata. Y no podría hacerlo porque viola la naturaleza misma del hombre y del mundo, en especial la unicidad e individualidad de cada persona, de sus habilidades e intereses, y porque significaría una drástica caída en la producción de riqueza tan grande como para sentenciar a la mayor parte del género humano a una rápida inanición y extinción. En resumen, el término utópico, en el lenguaje popular, combina dos tipos de obstáculos en el camino de un programa radicalmente diferente del statu quo. Uno es que viola la naturaleza del hombre y del mundo, y por ende no podría funcionar al aplicarse. Un ejemplo es la utopía del comunismo. El otro es la dificultad de convencer a una cantidad suficiente de personas de que el programa debería ser adoptado. El primero es en realidad una mala teoría, porque viola la naturaleza del hombre, el último es sencillamente un problema de la voluntad humana, la dificultad de convencer a una cantidad suficiente de gente de la validez de la doctrina. En el sentido peyorativo del término común se aplica sólo al primero. Por tanto, en el sentido más profundo la doctrina libertaria no es utópica sino eminentemente realista, porque es la única teoría realmente consistente con la naturaleza del hombre y del mundo… el libertario no niega la variedad y diversidad del hombre, la glorifica y busca dar a esa diversidad su expresión total en un mundo de absoluta libertad. Y al hacerlo también genera un enorme aumento en la productividad y en la calidad de vida de todos, un resultado eminentemente práctico que por lo general los verdaderos utópicos desdeñan como si fuera un perverso materialismo.”

A pesar de todo, el mundo sigue hacia delante, la vida se abre camino, y el capitalismo prosigue acaparando más cuotas de poder. Y esto es así porque en realidad el capitalismo no es otra cosa que la manifestación más pura de la naturaleza, expresada través de las acciones humanas. Como también dice Rothbard, un poco después del párrafo que hemos incluido más arriba: “El libertarianismo triunfa con el tiempo debido a que él y sólo él es compatible con la naturaleza del hombre y del mundo. Únicamente con la libertad puede alcanzar el hombre la prosperidad, la realización y la felicidad… En pocas palabras, el libertarianismo triunfa porque es verdadero, porque es la política correcta para la humanidad, y finalmente la verdad triunfará”.

La globalización y, en definitiva, cualquier acción de progreso encaminada a promover la unicidad de las ideas capitalistas en torno a los principios que dicta la madre naturaleza, tiene en suma el mismo efecto sobre dichas acciones: su desarrollo. Siempre se me achaca que defienda una minarquía mundial, una proyección de los ideales capitalistas aplicados en el mayor territorio posible. Para mi es raro que alguien que cree en una idea concreta y que hace proselitismo de la misma, no quiera luego que esta se extienda como la pólvora al mayor número posible de regiones. Me parece una contradicción, máxime cuando lo que defendemos es la ampliación de la libertad de conciencia, de movimiento, de capitales, o de palabra, de todas las gentes del planeta. También me han dicho, desde algunos cenáculos liberales, que la minarquía mundial es otra utopía más que añadir al ya abultado saco de ideales que el hombre lleva a sus espaldas. No obstante, lo que yo defiendo es la tendencia a asumir también una cierta globalización en las ideas. No pretendo que la minarquía mundial sea una realidad mañana. Digo que es a lo que hay que tender, la asíntota a la que debemos acercarnos en la medida de nuestras posibilidades. La utopía socialista está convencida de poder implantar de la noche a la mañana un socialismo real. Igual hacen los anarquistas de mercado, convencidos como están de que van a ser capaces de eliminar por completo el Estado. Lo que yo promuevo es bastante más realista (y prudente), una tendencia a la globalización, que nos permita ir deshaciéndonos de aquellas partes del Estado (la mayoría) que son claramente inservibles. Además, tampoco defiendo una minarquía universal que tenga a bien controlar todos los asuntos. La minarquía se basa exclusivamente en unos principios muy básicos (una legislación comunal), y deja que las distintas regiones y comunidades compitan entre ellas para disponer de una legislación particular que ofrezca una mejora progresiva comparativamente mayor. No se puede decir, por tanto, que yo sea un utópico, y que los demás son unos simples incomprendidos.

Los socialistas tienen una concepción de la libertad bastante equivocada. Creen en una suerte de libertad positiva. Asumen que el hombre solo será libre cuando consiga deshacerse de las ataduras que le impiden alcanzar todos los objetivos que se propone en la vida. Esto les lleva a defender una teoría completamente irreal, que se opone de facto a la naturaleza. Las propias leyes de la vida son vistas también como enemigas de esas aspiraciones. Los socialistas sólo serán libres cuando todos sean absolutamente ricos, cuando el paraíso que anunciaba el marxismo haga acto de presencia (un poco más tarde de lo que en principio se preveía) y todos puedan cantar al unísono La Marsellesa. Pero como esto es completamente imposible, los socialistas acaban promoviendo la pobreza mucho más de lo que ellos se imaginan.  

La libertad tiene un carácter inmanente, alejado de cualquier anhelo particular. No es un capricho que el hombre quiera ser libre a todas horas, ni ha de pensarse en la libertad como un constructo humano o una adopción circunstancial, ni siquiera como una idea esencial en economía. La libertad radica en algo mucho más fundamental, se basa en una ley natural (el hombre es una mera manifestación de esa norma). Dentro del conjunto de leyes que la naturaleza pone a nuestra disposición, la libertad se encuentra en el escalafón más alto. La libertad es un principio metafísico. Renunciar a la libertad es renunciar a la existencia. Ir en contra de la libertad del individuo es ir en contra de la estructura y el surgimiento de la vida. Querer que lo individual se diluya en la masa, que desaparezca, o promover la colectivización en todos los órdenes sociales, o defender la hegemonía absoluta del Estado, es tan contrario a la naturaleza como querer construir una casa sin ladrillos, o como querer estudiar un átomo sin hablar de los electrones y los protones que lo constituyen. Si un arquitecto proyecta una construcción sin tener en cuenta la argamasa y los cimientos, estará condenado desde el principio al fracaso más absoluto. El arquitecto estaría dando la vuelta al orden lógico por el cual han venido sucediendo todos los fenómenos, estaría yendo en contra de la misma naturaleza, al querer que las cosas dejen de ser tal y como son, esto es, que dejen de ser cosas (individuales). No existe ningún acto de negación de la vida y del mundo más grande que ese. Pero curiosamente, tampoco existe una ideología con más seguidores. Es en lo que cree la mayoría de la gente (los comunistas y los socialistas). Muchos suelen estar predispuestos a aceptar esas ideas que afirman que la sociedad se construye desde arriba, empezando por el tejado, con la mano divina de los políticos, sin pararse a valorar el verdadero fundamento que está detrás de cualquier sistema organizado, esto es, sus partes individuales y su acción independiente e interesada. Su postura es tan absurda que, trasladada a otras ciencias, resulta simplemente esperpéntica. Es como si un físico dejara por un momento de creer en los átomos para hacerlo solo en las macromoléculas, o como si un biólogo dejara de creer en el gen y pasara a hablar solamente de organismos. Igualmente, los economistas que no creen y que no fundamentan sus teorías en el principio de propiedad privada y la libertad individual, están abandonando la metodología que más éxitos ha reportado a la raza humano: el reduccionismo científico.

En resumidas cuentas, podríamos decir que la esencia del colectivismo y el intervencionismo socialista consiste en tomar las consecuencias (los agregados) como causas (como entes individuales, indivisos y responsables) y en hacer de ese motivo una suerte de principio histórico ineludible. No en vano, el socialismo siempre acarrea alguna defensa del agregado sobre la parte (el bien común, la clase única, el estado omnímodo). En este sentido, no existe una utopía que merezca más esa denominación. El progresismo socialista no es en absoluto un progresismo. El progreso se basa en las acciones individuales de los distintos seres, y el socialismo lo que está defendiendo es una parusía definitiva, el estado inerme de un compuesto isotónico, y la inalterable situación de un mundo de agentes iguales en todos los aspectos.

Las acciones (libres) de cada uno de los entes materiales que constituyen cualquier colectividad vienen a conformar el funcionamiento conjunto de todo sistema. Toda la naturaleza resulta de la acción individual y las peculiaridades de cada uno de los componentes que quedan dispuestos de tal o cual manera, pero siempre de forma independiente al resto de existencias, en el interior de las estructuras. La libertad individual (la acción libre de los individuos) está en la base de todo, y no hacemos mal en considerarla un principio de tipo superior. Vasili Grossman dice en una novela suya que: “la historia de la humanidad es la historia de su libertad…el progreso es en esencia el progreso de la libertad humana. Ya que la vida misma es libertad, la evolución de la vida es la evolución de la libertad” Ivan Grigorievich, el personaje con el que Grossman introduce al lector en estas reflexiones sobre la libertad, siente y comprende todo eso de una forma especial: “Por enormes que sean los rascacielos y potentes los cañones, por ilimitado que sea el poder del Estado y imponentes los imperios, todo eso no es más que humo y niebla que desaparecerá. Lo que permanece, se desarrolla y vive es solo una verdadera fuerza, que consiste en una sola cosa: la libertad… A Ivan Grigorievich no le sorprendía que la palabra libertad estuviera en sus labios cuando, de estudiante, fue a parar a Siberia, que la palabra viviese en él y que ahora tampoco hubiese desaparecido de su cabeza”. Por lo mismo, no debería sorprendernos que la libertad pueda tomarse como un axioma a partir del cual podamos explicarlo todo. La libertad es un concepto universal basado en un hecho también universal, el hecho de existir y disponerse, de actuar y de influir en el entorno. La existencia exige una libertad fundamental, la libertad de ser y de actuar de un modo particular. Esta libertad surge espontáneamente al ocupar una posición, al existir. La existencia es la manifestación más pura de la libertad. La única premisa para obrar libremente es haber existido.

Sin embargo, algunos empiezan a pensar que la libertad que defendemos los individualistas supone otra idealización, es decir, una nueva utopía. Habría que ver qué entienden ellos por libertad. Si consideran que la libertad tiene que ser absoluta, es normal que también acepten ese estatus de quimera. Pero los únicos que defienden una libertad absoluta son los socialistas. Solo ellos quieren alcanzar sus objetivos políticos a costa de negar las leyes y los límites más básicos de la naturaleza. Los verdaderos liberales defienden una utopía muy distinta, consustancial a la existencia, prosaica. Promueven una cierta libertad, que siempre va ligada a las restricciones que impone la vida, de las que ellos también son conscientes. Para los auténticos liberales, la libertad es esencial (y absoluta) en el sentido de que representa un principio completamente general. No obstante, el contenido de ese principio está llamado a describir la realidad de la vida. Y la realidad es que el hombre es un ser individual, finito, limitado, que nunca podrá gozar de una libertad absoluta.

Quienes piensan que la libertad constituye otro ideal más, acaso quieren que ésta sea tan imposible de alcanzar como aquellas medidas que ellos defendieron en el pasado y que ahora les empiezan a fallar. O acaso quieren que la libertad sea la nueva excusa para imponer un dominio completo, aquel que va en paralelo con el devenir de sus predicamentos y sus intervenciones. Pero la libertad solo es absoluta y fundamental en un sentido axiomático. Todos estamos llamados a ser libres. La naturaleza en general no es otra cosa que la manifestación de millones de acciones libres, independientes, e individuales. Y es por eso mismo que la libertad no puede ser absoluta en términos de potencia, ya que los individuos no pueden hacer todo lo que desearían. Precisamente, si existe libertad individual es porque hay individuos, y si hay individuos es porque existen entes que son concretos y finitos (limitados). La consideración de existente implica algún tipo de límite. Los verdaderos idealistas son aquellos que niegan al individuo y se decantan por una libertad absoluta (inalcanzable) y un dominio omnímodo y paralizante (edénico), contrarios a la realidad más básica de cualquier ser vivo. Y los falsos utopistas (los verdaderos liberales) son aquellos que creen en la posibilidad de un mundo más libre en lo político (menos político), a pesar de que reconocen que existen grandes intereses creados y fuertes cortapisas ideológicas, y a pesar de que asuman también unas limitaciones naturales infranqueables (pero necesarias).

La libertad es un principio fundamental, apegado a la realidad más básica de todas las criaturas. Cualquier cosa, por el mero hecho de existir y ocupar una posición determinada, adquiere una independencia y una actuación que no es otra cosa que la manifestación más elemental de esa libertad. La existencia implica libertad de acción. Y muchas cosas disponiéndose de muchas maneras dan lugar a muchas libertades. La existencia supone libertad, en el sentido más estricto de la palabra. Y la acción libre e independiente que emana de las cosas que existen viene a constituir el mundo que vemos. Esa acción es lo primero. Pero, precisamente porque se debe a la existencia, ha de ser también una acción concreta, que no puede proceder como si fuera ilimitada. Como dice Sartre en su ensayo sobre verdad y existencia, «El fundamento del saber es la libertad. El límite del saber es también la libertad. La libertad no crea la finitud; por el contrario, gracias a la finitud hay libertad». La libertad individual siempre estará sometida a las circunstancias que rodean y determinan a cualquier sujeto, precisamente porque esa condición de sujeto es lo que otorga la única posibilidad que tenemos de existir y de ser libres. Esa condición de frontera es la única alternativa de que disponemos para gozar de una cierta libertad, la mayor posible, y para morirnos cuando ya hayamos superado todos los límites. Por su parte, toda negación del individuo, en cualquier grado (cualquier ideología de corte colectivista) es asimismo una negación de la libertad y un error del sistema. 

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Documental: Apocalipsis: Stalin – El demonio

¿Quién fue Stalin? ¿El hombre que derrotó al nazismo? ¿El «Padre de los pueblos»? ¿O el criminal más grande de su tiempo? En Apocalipsis Stalin se pinta el retrato de uno de los déspotas más feroces del siglo XX, utilizando película de archivo de la época.

Stalin, citando al propio Hitler: «No podemos gobernar sin la ayuda de la fuerza. Todos lo medios están justificados. Cuando la política lo exige, uno debe mentir, traicionar, e incluso matar. Emancipo al hombre de la humillante quimera llamada conciencia»

http://www.rtve.es/m/alacarta/videos/documaster/documaster-apocalipsis-stalin-demonio/3561459/?media=tve

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Instituto Arquitas: introducción a la filosofía vital

Instituto Arquitas de Tarento

Organización dedicada a la promoción de la libertad individual y el progreso tecnológico. Nuestros referentes académicos son la escuela económica de Carl Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la corriente transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad)

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Hashtag: #filosofiavital

La Singularidad tecnológica como condición unamuniana

La idea central sobre la que gravita todo el pensamiento de Unamuno, y la angustia que le acompañó cada día de su vida, queda resumida con una sola palabra: muerte.  La constatación de ese dramático final, para el que todos tenemos que estar preparados de una u otra manera, y las ganas irremisibles de vivir, que también afectan a la mayoría de los seres conscientes, se confabulan para producir en el hombre un malestar y una pesadumbre rayanas con la metafísica. El óbito tiene para Unamuno una categoría ontológica. Es lo que el filósofo denomina el sentimiento trágico de la vida. La conclusión a la que llega Unamuno, después de meditar largo y tendido, revela una condición del hombre irrecusable (como toda ontología), la necesidad de trascender este mundo y creer en alguna forma de vida eterna: “… hay que mitologizar respecto a la otra vida como en tiempo de Platón…, no hay modo de concebir sin contradicciones y despropósitos la visión beatífica y la apocalipsis ¡Y sin embargo…! Hay que anhelarla, por absurda que nos parezca, es más, hay que creer en ella. Para vivir ¿eh?, no para comprender el universo… Hay que creer en la otra vida, en la vida eterna de mas allá de la tumba, y en una vida individual y personal, en una vida en que cada uno de nosotros sienta su conciencia y la sienta unirse, sin confundirse, con las demás conciencias todas en esa otra vida para poder vivir esta y soportarla y darle sentido y finalidad. Y hay que creer acaso en esa otra vida para merecerla, para conseguirla… Y hay sobre todo que sentir y conducirse como si nos estuviese reservada una continuación sin fin de nuestra vida terrenal después de la muerte”

Unamuno no consiente en aceptar esa suerte de indiferencia que practican algunos ateos irreverentes, mediante la cual consiguen ser tan felices, al menos, como los creyentes más comprometidos. Y tampoco concibe esa otra vertiente del ateo no menos comprometida, que, por mor de una honradez intelectual, lleva a sus adeptos a la muerte con una sonrisa en la boca, sabedores de que van a desaparecer, pero conscientes también de que se han mantenido honestos, firmes en sus convicciones escépticas, amantes fieles de la vida material, conscientes de las maravillas de este mundo, cuyo disfrute ya nadie les podrá arrebatar. La última mujer de Carl Sagan tiene unas hermosas palabras a este respecto: “Cuando mi esposo murió, porque era muy famoso por no ser creyente, muchas personas se me acercaban – todavía me sucede algunas veces – y me preguntaban si Carl había cambiado al final y se había convertido a la creencia en una vida después de la muerte. También me preguntan frecuentemente sí creo que lo volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con infatigable valentía y nunca buscó refugio en ilusiones. La tragedia era que ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Nunca he esperado volver a reunirme con Carl. Pero, lo más grandioso es que cuando estuvimos juntos, por casi veinte años, vivimos con una vívida apreciación de cuán corta y cuán preciosa es la vida. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era alguna otra cosa diferente a un último adiós. Cada momento que estuvimos vivos y que estuvimos juntos fue milagroso – pero no en el sentido de haber sido inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que habíamos sido beneficiarios del azar… Que el puro azar haya sido tan generoso y tan amable… Que nos pudimos encontrar, como Carl escribió de forma tan hermosa en Cosmos, sabes, en la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo… Que hayamos podido estar juntos por veinte años. Eso es algo que me sostiene y que es mucho más significativo…La forma en la que me trató y la forma en la que yo lo traté a él, la forma en la  que nos cuidábamos el uno al otro y cuidábamos a nuestra familia, mientras vivió. Eso es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. Creo que no volveré a ver a Carl nunca más. Pero lo ví. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso.”

No obstante, si todavía no nos convencen estas exhortaciones ateas, pero tampoco nos persuaden aquellas otras que insisten en someternos al juicio de Dios, todavía tenemos una última forma de trascender y cumplir de ese modo con la condición vital que describe Unamuno en sus ensayos. La singularidad tecnológica es lo más parecido a la vida eterna que tienen los incrédulos. La singularidad tecnológica es la religión de los ateos. En ella, también se proclama una resurrección final (suspensión de la vida); también hay un paraíso esperándonos al otro lado del abismo (la llegada de los robots supondrá el final del trabajo físico); y por supuesto, también existe un demiurgo: la razón y el potencial humano. No obstante, este nuevo dios no tiene los mismos atributos que describen los apóstoles de las religiones tradicionales. Más bien, viene a ser todo lo contrario, es un dios material, es el hombre convertido en dios, es el fin de la ciencia: su conclusión más radical. Pero es lo más parecido que existe a la figura que tienen en mente los devotos. En la sección de filosofía vital de este grupo, trataremos todos estos aspectos del alma humana, su relación íntima con las máquinas, la parusía tecnológica, y el sentimiento trágico que trae aparejado este nuevo advenimiento. No analizaremos el fondo del universo, como hacemos en la sección de filosofía general, sino que miraremos hacia dentro, al fondo del corazón humano, al corazón unamuniano.

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Instituto Arquitas: introducción a la filosofía general

Instituto Arquitas de Tarento

Organización dedicada a la promoción de la libertad individual y el progreso tecnológico. Nuestros referentes académicos son la escuela económica de Carl Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la corriente transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad)

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Hashtag: #filosofiageneraldelametafisica

La Singularidad tecnológica como condición evolutiva

La singularidad tecnológica representa el último hito de la evolución del ser humano. Tan es así, que aún estamos esperando impacientes a que llegue. Pero, en un sentido amplio, el mecanismo de la evolución se extiende a lo largo de toda la historia del hombre, y mas allá todavía. En consecuencia, son muchos los jalones que salpican el camino. Para comprender ese último paradigma podemos retrotraernos en el tiempo y analizar también todos aquellos sucesos significativos que le han precedido. De ese modo, la singularidad tecnológica se enmarcaría dentro de una visión bastante más amplia, que abarca otras singularidades de tipo físico, biológico y humano. Quizás, la mejor manera de comprender el progreso de la tecnología sea entender también el desarrollo que ha experimentado el propio universo a lo largo de su existencia, esto es, los hitos de la materia. Es por ello que reservamos este bloque temático: la filosofía general, para entender y profundizar en el estudio de la evolución como concepto universal. Parafraseando a Carl Sagan, podemos decir que «la evolución (o el universo) representa todo lo que es, todo lo que ha sido y todo lo que será». O como dijo el genetista ruso Theodosius Dobzhansky, «nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución». Hablaremos pues de la evolución en si (filosofía general de la metafísica), de la evolución del universo (filosofía general de la física), del origen de la vida (filosofía general de la biología), de la aparición y el progreso del hombre (filosofía general de la sociología) y, finalmente, del advenimiento de la era tecnológica y la inteligencia artificial (filosofía general de la técnica). Veremos cuáles son los principios generales que marcan esa evolución y comprobaremos hasta qué punto estamos determinados a convertirnos en máquinas inmortales. Esta última fase del desarrollo es el colofón perfecto para una historia plagada de sorpresas y llena de ambrosias intelectuales.  La extensión de la vida permitirá, en último lugar, que seamos testigos de excepción de esos acontecimientos únicos, y que podamos verlos en primera fila. Déjenme que termine esta nota introductoria con una frase de Kurzweil: “El advenimiento de la inteligencia artificial fuerte es la transformación más importante que presenciará este siglo. De hecho, es comparable a la importancia que tuvo el advenimiento de la propia biología. Significará que finalmente una creación de la biología ha dominado su propia inteligencia y ha descubierto los medios para superar sus limitaciones”

Al objeto de cumplir los propósitos que nos hemos marcado más arriba, dividiremos la temática de este grupo en cinco grandes bloques, los cuales estarán a su vez compuestos por dos categorías distintas. En total, abordaremos diez grandes temas de discusión, todos los cuales estarán dedicados a analizar los retos y dificultades que enfrenta el hombre actual (sociológicos, tecnológicos, físicos, biológicos, económicos, filosóficos) a la hora de alcanzar la última de las fronteras, la singularidad tecnológica, el advenimiento de la inteligencia artificial, la muerte de la muerte, y la colonización del universo. A continuación se exponen los asuntos que serán del interés de este foro:

  1. Filosofía

1.1. Filosofía general: Análisis de los principios generales de la libertad y el desarrollo evolutivo y tecnológico. Aquí abordaremos cinco grandes temas principales relacionados con los principios de la evolución material: metafísica, física, biología, sociología y tecnología

1.2. Filosofía vital: Análisis de las relaciones que entabla el ser humano con las máquinas.

  1. Sociología

2.1. Sociología académica-Think (solución parcial): Análisis de las ideas y los órdenes sociales que fomentan la libertad y el cambio tecnológico.

2.2. Sociología empresarial-Tank (solución definitiva): Análisis de las ideas y los órdenes sociales que favorecen y desarrollan la mercadotecnia.

  1. Biología

3.1. Biología criónica (solución parcial): Análisis de las técnicas y métodos que permiten la suspensión controlada de la vida.

3.2. Biología gerontológica (solución definitiva): Análisis de las técnicas y métodos que permiten la detención del envejecimiento.

  1. Tecnología

4.1. Tecnología biónica (solución parcial): Análisis de las técnicas y  métodos que permiten la creación de ciborgs.

4.2. Tecnología robótica (solución definitiva): Análisis de las técnicas y métodos que permiten la creación de robots.

  1. Física

5.1. Física solar (solución parcial): Análisis de las técnicas que permitirán la exploración del sistema solar.

5.2. Física galáctica (solución definitiva): Análisis de las técnicas que permitirán la colonización del universo.

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Aritmética socialista: nihilismo cultural y lucha de clases

filoEl socialismo procede siempre a través de dos operaciones opuestas, una igualación y una diferenciación. En la primera operación se tiende a equiparar a todas las culturas. En la segunda se insiste en las diferencias que dividen a las clases sociales que integran una misma nación. El socialista aplica un doble rasero. Defiende el multiculturalismo, el relativismo, la armonía y el hermanamiento de todas las civilizaciones y, a continuación, utiliza esos mismos principios igualitarios para promover la lucha de clases. Las incoherencias son palmarias. Por un lado dice que todo el mundo debería ser igual, tener los mismos derechos, los mismos ingresos, las mismas necesidades. Pero por otro lado se cuida mucho de distinguir el estatus social de cada persona. ¿Cuál es el motivo de que las razas y las culturas deban convivir en paz y sin embargo las clases sociales tengan que matarse? No tiene ningún sentido. En realidad, debería haber más diferencias entre aquellas personas que pertenecen a distintas culturas que entre aquellas otras que conviven dentro de una misma sociedad.

No hace falta ser demasiado listo para darse cuenta de las nefastas consecuencias que traen aparejadas estas dos operaciones. Por un lado, se enfrenta a los ciudadanos de una misma cultura, impidiendo su convivencia y su desarrollo pacífico. Y por el otro se obvian completamente los principios legales que llevan a determinadas sociedades a prosperar mucho más rápido que otras.

El descalabro de Europa al que asistimos hoy en día tiene bastante relación con esta aritmética. La lucha de clases fomenta el odio hacia el rico y despierta las envidias de los ciudadanos, reduce la inversión y provoca desmotivación y abulia entre los trabajadores, produce inseguridad y genera paro, etc. Y la multiculturalidad acaba creando guetos en el corazón de las ciudades, omite aquellos delitos que cometen algunas culturas con más frecuencia, rompe las normas de convivencia, y acaba con una tradición de siglos basada en el respeto y los logros sociales.

La política de subvenciones a la que se adscribe Europa ha lastrado el desarrollo de determinadas zonas durante décadas. Andalucía es un buen ejemplo. Las ayudas a la ganadería y la agricultura impiden que las regiones caminen hacia modelos más sostenibles, que abandonen la economía de subsistencia y la sustituyan por los servicios o las tecnologías. Y las políticas de integración han tenido como resultado un aumento progresivo de la violencia y los delitos. Lo que está pasando estos días en Colonia con los refugiados sirios y los norteafricanos debería despertar nuestra cautela.

En definitiva, la aritmética socialista consta de una serie de adiciones, multiplicaciones y divisiones erróneas que acaban traduciéndose en una mengua de los logros occidentales que tanto ha costado conseguir. Solo cabe esperar que la fracción no sea total y aun quede tiempo de remediar la situación.

Este artículo ha sido publicado en el diario digital MadridCode:

http://www.madridcode.com/2016/02/05/aritmetica-socialista-nihilismo-cultural-y-lucha-de-clases/

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La obsesión literaria de Celine

“Andaba por ahí enfundado en una bata atada con una cuerda; era una especie de polichinela que metía, por qué negarlo, un poco de miedo. Ya no comía casi. Se saltaba los almuerzos y las cenas; solo tenía una gran pasión por los croissants. Su vida, sus últimas energías, las gastaba en el trabajo. Escribía en las pocas horas matutinas de alivio que le dejaban las migrañas cada vez más fuertes. Luego, por la noche, me llamaba para leerme lo que había hecho. Declamaba fuerte, a trompicones rompiendo las frases. Pero nunca se quedaba contento con lo que hacía. Volvía a escribir diez, veinte veces el mismo capítulo. Siempre en busca del ritmo musical perfecto… Pero sus ataques se volvieron cada vez más violentos y seguidos, hasta que llegó el definitivo, el 1 de julio de 1961. Acababa de terminar Rigdón. Murió sin permitirme que llamara a un médico.” (Luciette Destouches, la mujer de Celine)

CELINE-1955

Solo quiero leer y escribir. Ya sea que acabe ganando el premio Nobel de literatura, o que termine siendo ignorado por todos y muriendo en la más absoluta de las indigencias, la de la soledad y el olvido, en realidad solo existen dos cosas en esta vida que quiero hacer. Solo quiero leer y escribir. Estoy ávido de nuevas lecturas, y me obsesiona la posibilidad de que me muera sin escribir aquella frase, o sin corregir ese texto. Lo reconozco. Soy esclavo de mis ideas. Padezco una enfermedad compulsiva para la que no existe ninguna cura. Es una variante del síndrome hipercinético que cursa con un exceso de producción literaria. No hay medicina que me pueda devolver a la inopia feliz de la infancia, ni nada que resista la corrosión que produce esta locura adictiva; ningún paliativo. Los síntomas me paralizan de cuerpo entero, y me incapacitan para el resto de tareas. Solo puedo leer y escribir. Y la enfermedad es más grave si tenemos en cuenta las circunstancias personales, pues es bastante probable que termine muriéndome de hambre que no ganando el premio Nobel de literatura. Flaubert decía que la corrección de una frase le podía llevar varios días de trabajo. Pero Flaubert escribió una buena novela. Lo peor es emplear ese tiempo sin obtener nada a cambio; ningún reconocimiento. Eso me produce cierta ansiedad. En sus textos biográficos, Schopenhauer agradecía a la suerte el no tener mujer ni hijos, y a su padre que le hubiera dejado una renta suficientemente grande, con la que poder dedicarse el resto de su vida a la única actividad para la que se veía capacitado y animado, a saber, el estudio y la ciencia. ¿Cuántos schopenhauer han carecido de la misma suerte? Lo peor de las vocaciones es que te arrastran a una situación para la que no existe normalmente ningún remedio. Toda tu vida gira en torno a la obsesión, lo cual hace que vayas perdiendo poco a poco el contacto con la realidad. Todo se vuelve onírico y etéreo, y un poco más tarde terminas perdiendo también el sentido que antaño te permitía valorar con prudencia tus capacidades reales. Es la locura.

Ayer tuve un sueño. Voy al médico. Me ausculta. Me trata con la parsimonia de un profesional, poniendo el máximo cuidado en todo lo que hace. Luego, tras realizar la valoración pertinente, se acerca a mi con idéntica tranquilidad, y me recomienda un protector. De primeras, no comprendo muy bien lo que me quiere decir. No responde a mis insinuaciones, ni le importa el silencio que se acaba abriendo entre los dos y que suplica algún tipo de aclaración. Pero los sueños siempre tienen una salida para todo. Al cabo de unos segundos me doy perfecta cuenta. Intuyo que se refiere a la figura del mecenas que siempre solía acompañar a todos los filósofos de renombre. Efectivamente. Sin que yo le pregunte, el doctor toma la iniciativa, se acerca todavía más, y asiente con la cabeza. Me da la impresión de que es un poco anacrónico, pero acepto la prescripción sin rechistar.

En la farmacia me miran mal. Tenemos protectores de estómago, me dicen. Es evidente que no han entendido la receta. Salgo a la calle de nuevo. ¿A dónde voy? ¿Alguien sabe cómo puedo conseguir un protector de mentes? Camino dando tumbos. Todas las calles se estrechan. Voy de mal en peor. Cada vez me exaspera más la vida, o mejor dicho, las tareas habituales que van incluidas en el paquete, esas funciones vitales y repetitivas con las que tenemos que vivir querámoslo o no, y a las que estamos obligados a dedicar la mayor parte del día. Todas se vuelven insoportables a medida que pasa el tiempo, y, a la vez, dramáticamente, se hacen mucho más evidentes. Oigo los latidos de mi corazón retumbar dentro de la caja torácica, y me parece que estoy escuchando el sonido que hace una bomba de relojería a punto de explotar. Soy consciente de que cada vez me queda menos tiempo. Esa sensación apremiante me lleva a valorar mucho más el poco provecho que saco de la vida. Por eso, solo quiero leer y escribir. Pero tengo que comer, y dormir, y descansar. El marasmo no me deja respirar. Todo me molesta. La ropa me pesa. Me tengo que vestir. Solo quiero leer y escribir.

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La economía colaborativa, el bitcoin, el software de Samsung y el anarcocapitalismo: coincidencias, problemas y soluciones

economia-colaborativa-874x492Las empresas tecnológicas, que buscan mercado en el sector de la fabricación de teléfonos móviles, han venido utilizando estos últimos años dos estrategias distintas. Por un lado, Apple se ha centrado en el desarrollo de un código cerrado, su sistema operativo solo corre en los teléfonos que fabrica la propia compañía. Por otro lado, Samsung ha preferido usar un sistema completamente abierto, al alcance de todos los usuarios. Ambas estrategias tienen ventajas y desventajas. El software de Apple corre mucho mejor que el de la competencia, ya que se ajusta con mayor eficacia al hardware que la propia compañía diseña en exclusiva para dicho programa. Pero Samsung le gana en versatilidad. Su sistema operativo no funciona con tanta eficacia, ya que tiene que gustar al mismo tiempo a muchas novias. Pero, al ser abierto, está disponible para cualquier empresa que desee adoptarlo, y son muchas las que se afanan en utilizarlo y en mejorarlo. Esta competencia abierta estimula el progreso de la técnica y facilita los cambios y las mejoras de los terminales. Apple no puede competir en ese terreno. No obstante, las dos estrategias tienen éxito, ya que saben explotar las ventajas que presentan cada una de ellas. Pero uno no puede dejar de pensar si sería posible utilizar lo mejor de ambas para crear una compañía superior.

Existe en política una situación bastante similar. Se suele debatir mucho sobre si sería más conveniente descentralizar algunos servicios y funciones del Estado o, por el contrario, hay que dejarlos tal y como están ahora. Los samsunianos de la política desearían descentralizar todos los servicios habidos y por haber, hasta que no quedase ni rastro del Estado. Les gustan los códigos abiertos. El equivalente de Samsung en el ámbito de la política es el anarcocapitalismo. Por su parte, los applelianos mas comprometidos ven en esta acción un claro peligro. Su estrategia consiste en centralizarlo todo, dejando en manos de la compañía (el Estado) el diseño tanto del software como del hardware. El equivalente político de Apple es el estatismo.

Los applelianos son más eficaces a la hora de coordinar las partes que integran su sistema. Los samsunianos lo son a la hora de sacar provecho de la competencia. Tal vez deberíamos razonar, igual que en el caso anterior, que el punto óptimo se alcanza exclusivamente al combinar las dos estrategias, usando las ventajas de cada una de ellas, centralizando algunos servicios fundamentales, pero permitiendo la competencia en todos los demás sectores. Pues bien, esa combinación fetén se da solamente con la minarquía. La descentralización es efectiva siempre y cuando no se quiera centrifugar también aquellas funciones básicas que constituyen las reglas de juego que sostienen todo el sistema.

Aquellos desarrolladores del software telefónico que apuestan por permitir la máxima descentralización, tienen que subsanar los perjuicios que esta decisión trae aparejados. Sus terminales son mucho más vulnerables a las infecciones y los virus que circulan a diario por la red, y están continuamente batallando con ellos. Afortunadamente, su habilidad consiste precisamente en ser buenos competidores. Un caso típico de esto que estoy diciendo es el sistema de bitcoin. Puesto que sus creadores han elegido que esta moneda funcione mediante códigos abiertos, deben realizar un gran esfuerzo para desarrollar un software seguro que garantice la masa monetaria de sus usuarios.

En general, caminamos hacia una economía bastante más descentralizada de la que tenemos hoy en día, en la que cada cual tendrá la posibilidad de comerciar directamente con los productores, facilitando de esa manera el trasiego de mercancías, y disminuyendo el coste final de las mismas. Es lo que se ha venido a llamar economía colaborativa, que no es otra cosa que el descubrimiento que algunos han hecho del capitalismo. En términos generales, esto traerá cambios sustanciosos y muy beneficiosos para todos. Pero también va a suponer algunos problemas. El mayor de ellos es la seguridad. Con este sistema de mercado, los individuos también tendrán que asumir la responsabilidad en materia de protección. De la misma manera, si no existe Estado, son los individuos los únicos responsables de contratar una agencia de seguridad privada. Pero esta estrategia, llevada al extremo, conlleva muchos conflictos innecesarios. Si no existe un marco legal básico y común, es difícil saber a qué atenerse cada vez que se enfrenten dos litigantes. La teoría del minarquismo viene a remediar en parte este problema. Existen determinadas funciones básicas y generales que no se pueden descentralizar bajo ningún concepto. Los desarrolladores del software de bitcoin se están dando cuenta también que para maximizar la seguridad de sus programas es necesario implementar un cierto control general, aunque para todo lo demás sigan manteniendo un código abierto.

El Estado solo sirve para articular unas leyes generales, en cuyo caso sobran el 90% de los políticos que hoy en día asisten campanudos al congreso de los diputados. Cuando la tecnología avance lo suficiente como para permitir que prescindamos de casi todos los intermediarios, también podremos deshacernos de los políticos, que son los únicos intermediarios que no aportan valor alguno al producto final, y que lo único que hacen es poner trabas al libre intercambio y a la relación que surge espontáneamente entre los productores y los consumidores.

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La felicidad de Sigmund Freud

“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo” (Sigmund Freud, 1856-1939)

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No cabe duda de que la felicidad es un estado perceptivo difícilmente objetivable. Siempre acaba dependiendo, de uno u otro modo, del ánimo y la disposición que tenga el sujeto en un momento determinado, esto es, de su condición, sus circunstancias, o su fortuna. No tiene por qué estar relacionada con los hechos de la realidad. Pero por lo mismo tampoco tiene por qué obviarlos. Hay muchas formas de ser feliz, dentro de las cuales también se encuentran aquellos estados que sienten emoción cuando buscan comprender la verdad, o cuando consiguen alcanzarla.

Ninguna de las dos maneras de ser feliz que apunta Freud en el adagio que aparece más arriba tiene nada que ver con la realidad. En una, la felicidad se consigue dando la espalda a la verdad. En la otra se logra engañando a los demás. Sin embargo, Freud se olvida de un tercer motivo de felicidad, completamente distinto de los dos anteriores. Existe un estado de gracia que aviene solo cuando observamos la realidad, y cuando utilizamos la razón para descubrir el mundo que nos rodea. Los filósofos lo llaman amor por la sabiduría. Los científicos prefieren usar otros términos más asépticos. Pero en el fondo todos están apelando a lo mismo.

La omisión del psicoanalista londinense no es anecdótica, resulta mucho más grave de lo que parece, pues no existe una felicidad más segura y precisa que esa que está basada en la objetividad. Las otras dos dependen, en mayor o menor medida, de una convicción bastante frágil; completamente subjetiva. En cambio, ésta tercera consigue hacer pasar los sentimientos por el arco del triunfo de la razón, obteniendo de ese modo una argamasa emocional más consistente, más consciente.

Existen igualmente dos formas distintas de filosofar, la de aquellos que buscan construir un sistema de pensamiento completo, y la de aquellos otros que solo tratan de cargárselo. Los primeros hallan su felicidad en la razón y la observación de los hechos. Los segundos la localizan allende los mares, en el piélago de irracionalidad y cerrazón que conlleva todo comportamiento destructivo. Ortega y Gasset, Aristóteles, o Kant, pertenecen al primer género. Cioran y Nietzsche son algunos de los representantes del segundo grupo.

Emil Cioran dice que: “no comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuando hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil recurrir a ella, que no iba a servirnos de ninguna ayuda… Para concebir la irrealidad y penetrarse de ella es preciso tenerla constantemente presente ante el espíritu. El día que se la siente, que se la ve, todo se hace irreal, salvo esa irrealidad, que es la única que hace la vida tolerable”.

En la misma línea, Nietzsche se aviene con estos argumentos cuando trata de destruir, por todos los medios, cualquier símbolo o baliza moral que convenga al hombre, el código de las religiones, o el sistema de las ciencias. Nada le vale. Todo le parece ridículo. Incluso, su propia enfermedad, que le llevó a la muerte, puede servirnos aquí de metáfora para entender el cariz que tenía su pensamiento. En cierta ocasión se puso a conversar amablemente con un caballo; ahí radica el inicio de la locura y la sinrazón que le llevaría años después a la tumba.

Por el contrario, veamos lo diferente que es la definición de filósofo que nos ofrece Ortega y Gasset: “hay en el teorizador, sobre todo en su forma prominente, que es el filósofo, una fruición de descifrador de enigmas en que, por lo pronto, pierde el enigma todo el carácter patético que por accidente puede envolver y lo empareja con el jeroglífico, la charada y las palabras cruzadas”. Para Ortega la filosofía es algo más que la mera complacencia de una fábula o un crucigrama. Es una reflexión verídica, no es un juego de artificios: “El frente común religión-mito-poesía consiste pues en una interpretación puramente imaginativa del mundo y a ella habría el hombre de acogerse definitivamente si no hubiera existido filosofía… la filosofía no es demostrar con la vida lo que es la verdad, sino estrictamente lo contrario, demostrar la verdad para, gracias a ello, poder vivir auténticamente.”

En todos estos filósofos pervive siempre un único propósito general, la búsqueda sincera de la felicidad, que solo hallan a través del estudio continuo y la abnegación personal. No obstante, muchos de ellos creen haberla encontrado cuando rompen todo lazo de unión con el mundo. El propio Freud describe la felicidad como un sucedáneo de la mentira o la ignorancia (de unos y de otros). Pero la felicidad no se cocina solo en el cazo de la incultura. Una felicidad mas sólida, segura y sana surge de entre los escombros, al contemplar el nuevo mundo que queda abierto delante de nosotros cuando descubrimos algo y constatamos que la realidad no se reduce a las sombras chinescas que se proyectan en la pared, sino que se extiende más allá, que nos rodea y nos sobrepasa y nos sobrecoge. Entonces, caminamos todo el día perplejos, aprendiendo a contemplar esa magnificencia deslumbrante, contrayendo las pupilas, y admirando al mismo tiempo las habilidades que nosotros mismos mostramos a la hora de encontrar nuevas soluciones, cada vez más cerca del foco del que emana esa luz cegadora.

Sin embargo, no todos pueden gozar de las ambrosías científicas. Algunos tienen miedo. Se sienten más seguros en el interior oscuro y húmedo de la cueva. Pero esas cavernas platónicas, como así se llaman, también son el hogar del sentimiento más bajo que puede haber. Si basamos nuestra felicidad en una mera apreciación subjetiva, en un gesto onanista, o en la visión que tenemos del cuerpo de los demás, corremos el riesgo de padecer los vaivenes anímicos que afectan también a esos organismos, y en tales casos, somos incapaces de salir indemnes, y quedamos subyugados. En cambio, aquellos que pueden mirar al sol de frente, sin quemarse las retinas, alcanzan un estado de felicidad mucho más fiable. Son correspondidos con el amor incondicional que aporta la filosofía, o se deleitan con los éxitos y descubrimientos que depara la ciencia. Sienten un gusanillo que les recorre la piel de arriba a abajo. Y consiguen finalmente una satisfacción objetiva mucho más duradera y permanente. El sol siempre sale por el Este. Si nos produce felicidad ese hecho incontrovertible, tendremos asegurada una vida repleta de alegrías, una sucesión de matinales, y una orgía perpetua. En cambio, si pensamos que el Sol sale por Antequera, y basamos en esto toda nuestra felicidad, probablemente mañana descubramos que no llevábamos razón, y entonces todas nuestras ilusiones habrán sido en balde, y quedaremos afligidos para el resto de nuestra vida. No digo que el hombre no pueda vivir de ilusiones falsas. Digo que se vive mejor si esas ilusiones están asociadas con hechos verídicos, asentadas sobre roca madre. La verdad nunca te traiciona. La felicidad del científico no se acaba jamás. En cambio, la del enamorado tiene los días contados. Dura lo que tarda en llegar el desengaño.

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La paradoja del liberalismo y el problema básico de cualquier teoría social

paradojaSiempre que intentemos establecer un régimen social adecuado, el que nosotros consideremos más oportuno, nos vamos a encontrar de frente con un dilema que tiene difícil resolución. Supongamos que tenemos razón, y que la propuesta que ofrecemos es realmente la mejor. En primer lugar, tenemos que convencer a la mayoría de la gente de que dicha proposición les va a reportar más beneficios. Pero al mismo tiempo, constatamos que las mayorías históricas nunca se han caracterizado por compartir tales proposiciones. Casi siempre han elegido la peor opción. Por un lado, está el hecho de que las mayorías no suelen acertar a la hora de definir y colegir la verdad de las cosas. Este atributo siempre ha pertenecido a las minorías. La verdad es difícil de aceptar, cuando no imposible de ver. Su aprehensión requiere grandes dotes, una inteligencia superior a la media, y sobre todo mucho esfuerzo. Nacemos ignorantes y es muy difícil quitarnos de encima ese estigma. La mayoría acaba muriendo casi igual que nació. En la caverna de Platón solo hubo un hombre que consiguió arrastrarse hasta la salida y contemplar el Sol naciente. Y cuando regresó a la cueva para contar a sus amigos su gran descubrimiento, que las sombras que veían eran en realidad un espejismo, el efecto óptico que provocaban sus cuerpos opacos al interponerse entre la luz que provenía de afuera y las paredes de la gruta, estos le tacharon de loco y casi le matan. Esta metáfora platónica nos ofrece una lección sobre el comportamiento humano. La característica más reconocible en las mayorías es la ignorancia. Unida a la tozudez, de la que también disponen a raudales, produce en ellas el efecto que hemos apuntado más arriba: casi siempre se equivocan.

Pero, por otro lado, también es un hecho que las decisiones de las mayorías son, hasta cierto punto, un mal necesario con el que hay que convivir. No en vano, muchos liberales insistimos recurrentemente en la idea de que la mejoría solo será posible en la medida en que perfeccionemos el canal que nos permite llegar a la gente de a pie y trasmitir el mensaje que proclamamos. No tendría sentido que insistiésemos en hablar y debatir con los demás si no comprendiésemos, al mismo tiempo, aunque solo sea de manera tácita, que nunca vamos a conseguir nada si no convencemos a la mayoría de que está profundamente equivocada. Al apelar a la razón, y al identificarnos con cualquier medida que se muestre renuente con la violencia y que apueste por las buenas maneras,  implícitamente estamos admitiendo que el éxito de nuestro discurso debe pasar necesariamente por convencer a esa mayoría de personas que constituye el foro al cual van dirigidas nuestras palabras, y la masa en la cual se deben materializar. El barro con el que trabaja el sociólogo o el filósofo político está compuesto de muchedumbres. Su obra pasa por moldear a estas gentes, hacerlas entrar en razón, enmendar su voluntad. Si un alfarero o un ceramista tuvieran a bien considerar que la estructura y la consistencia del barro que cobra forma en sus manos no es un asunto de su incumbencia, inmediatamente dejarían de ser alfareros y ceramistas. Igualmente, si un sociólogo rechaza la idea de que debe convencer a la gente para que esta apruebe el grueso de sus medidas (aquí nos referimos solo a medidas básicas y normas marco; no entramos a valorar la vida personal de cada cual, que para nada tiene que ser moldeada), inmediatamente deja de ser sociólogo y se convierte, bien en otro profesional, bien en un tirano en potencia.

Por tanto, es necesario convencer a la gente (hay que aplicar el consenso). El convencimiento es un prerrequisito para alumbrar una sociedad más libre; tenemos que aceptarlo (ya lo aceptamos cuando insistimos en trasmitir el mensaje). Sin un consenso mayoritario (y no es que yo crea demasiado en la democracia) es difícil que la sociedad emprenda un proyecto estable a largo plazo. No hablo de convencer a todos. Simplemente digo que, si no hay una masa crítica de convencidos, el sistema se vuelve inestable, surgen revueltas aquí y allá, y finalmente se bien abajo. Una sociedad libre se debe basar en ciertas reglas sociales que se habrán de implementar de manera coactiva. Casi nadie pone en cuestión la aplicación de coacción en aquellos supuestos aislados en los que el criminal no se ajusta a las normas cívicas, y pretende romper la convivencia y el respeto mutuo. No obstante, el problema sigue siendo el de conseguir que la mayoría escéptica se amolde a esos presupuestos sin alzarse en armas. El problema no es una minoría de inadaptados. El problema aviene cuando una mayoría de gente abandona en bloque esas normas de convivencia y se revuelve contra el sistema. Es aquí cuando surge la gran paradoja del liberal, a saber, la de denunciar costumbres y creencias que siempre han pertenecido a la mayoría, y hacerlo al mismo tiempo contando con esa mayoría, a fin de integrarla en el proyecto.

He ahí la gran contradicción. El liberal, y toda persona que tenga la intención de establecer un modelo de sociedad correcto (véase que no tiene por qué ser un liberal; no estamos ahora valorando el modelo de sociedad, sino las dificultades que surgen a la hora de implementarlo), está llamada a revertir el carácter mayoritario de la gente, que siempre suele estar en contra de la verdad, como ya hemos demostrado más arriba. Por tanto, el liberal es consciente de que los principios de las mayorías suelen derivar en teorías arbitrarias, que por lo general no tienen relación con la realidad y no conllevan ningún progreso. Prueba de ello son los honores que siempre han recibido las ideas socialistas, en todas las modalidades en las que se han presentado. La democracia, que no es sino el poder de las mayorías, deviene frecuentemente en tiranía, precisamente por eso que estamos diciendo. En palabras de Hayek: El liberalismo es una doctrina sobre lo que debiera ser la ley; la democracia una doctrina sobre la manera de determinar lo que será la ley… con independencia del peso de las razones generales a su favor, la democracia no entraña un valor último o absoluto y ha de ser juzgada por sus logros… los liberales consideran muy importante que los poderes de cualquier mayoría temporal se hallen limitados por principios… La soberanía popular es la concepción básica de los demócratas doctrinarios. Significa según ellos, que el gobierno de la mayoría es ilimitado e ilimitable. El ideal democrático, originalmente pensado para impedir cualquier abuso de poder, se convierte así en la justificación de un nuevo poder arbitrario… La democracia degenera en demagogia si se parte del supuesto según el cual lo justo en una democracia es lo que la mayoría decide como tal.”

Pero así como somos conscientes de que las mayorías y las democracias entrañan casi siempre grandes mentiras, repetidas de manera sistemática, también debemos hacernos a la idea de que esas mayorías son por lo general violentas y reacias. La única solución pasa por conseguir que lo dejen de ser. Carlos Rodríguez Braun, que de esto sabe mucho, aprecia de manera significativa el pensamiento de Adam Smith, precisamente por esa moderación que recorre toda su obra. En la introducción que hace al libro de Smith, La Teoría de los Sentimientos Morales, nos dice lo siguiente: “La moderación smithsiana se observa en los criterios que recomienda seguir para las reformas… Las reformas han de hacerse con cautela y con una permanente atención al consenso popular. Hay que adaptarse a lo que piensa la gente y seguir el consejo de Solón: no buscar el mejor sistema, sino el mejor que el pueblo sea capaz de tolerar”. No estaría de más que interiorizásemos ese consejo de Solón, a fin de contemplar las posibilidades reales que tenemos de alcanzar el éxito. Nuestro proyecto se basa en unas premisas verdaderas. Nadie mínimamente sensato pone en duda eso. Pero la verdad también está compuesta por una mayoría de gente que se muestra reacia a aceptarla. Esa es la gran paradoja del liberal. Solo tenemos un material de trabajo: la masa humana. Pero, por lo que sea, ese material es el menos propicio para trabajar. Solo podemos obrar con moderación, siguiendo escrupulosamente los dictados de la realidad. Pero al mismo tiempo, solo podemos laborar con una materia prima en cierta medida inservible. Los átomos que manipula el físico no se rebelan contra él.  Los del sociólogo o el economista sí que lo hacen. Ese será siempre su gran problema.

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El decálogo de intenciones del Mises Hispano

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Dice el Instituto Mises Hispano, en el decálogo de intenciones que aparece en su página web, que la misión y la finalidad de dicha institución es «la generación de opinión académica encaminada a la defensa de las ideas de libertad, educando al público en la importancia de colocar la elección humana como el centro de la teoría social, promoviendo la investigación crítica de las instituciones y la historia, y avanzando en la tradición de Ludwig von Mises y Murray Rothbard en defensa de la ética de la propiedad privada, la economía de mercado, la autodeterminación política de las comunidades voluntarias, y las relaciones internacionales pacíficas. Siendo depositarios del legado institucional del Ludwig von Mises Institute, compartimos su visión y misión aplicada al mundo hispanohablante»

Comulgo con gran parte de las ideas que se esbozan en esta declaración de principios, y apoyo firmemente el esfuerzo que hace el Mises Hispano para divulgar las teorías de la libertad, si bien hay algo en esa afirmación que me chirría sobremanera, y que hace que esos principios adquieran unos tintes grotescos.

La propiedad privada y la ausencia de coacción es un requisito universal, una condición básica del hombre, necesaria para que éste emprenda nuevos proyectos y provea al mundo de un futuro mucho mejor. Por su parte, la autodeterminación política es una reivindicación colectivista, que deja todo al arbitrio de las decisiones de los grupos independentistas. No es posible defender al mismo tiempo la separación más radical y la unión más general. Los principios básicos son unívocos, por cuanto que apelan directamente a la unidad de las personas. En cambio, los anhelos separatistas son rupturistas, distorsionan la realidad y vuelven inviable cualquier principio de acuerdo, cualquier proyecto común y cualquier claridad normativa. En este sentido, la declaración de intenciones que aparece en la página del Instituto Mises Hispano entraña una clara contradicción, afirma que su objetivo es la defensa de la propiedad privada, pero también se ratifica a la hora de apoyar la autodeterminación política de las regiones. En definitiva, el instituto se jacta de defender al mismo tiempo una condición universal: la propiedad privada, y una cualidad secesionista, ambigua, local, múltiple, y dispersa. Esto es un oxímoron.

Todos los conceptos deben ser matizados. Incluso cuando se defiende el valor sagrado de la libertad hay que hacer alguna consideración ulterior. No se puede amparar la acción del asesino bajo la escusa de estar defendiendo su libertad de movimiento. Con más motivo, cuando se defiende la autodeterminación de todo un pueblo, se debería matizar que solo se blande esa bandera si el pueblo en cuestión trata de huir de una dictadura sanguinaria (circunstancia poco probable). La separación en sí no es mala ni buena. Depende de qué se quiera separar. La propiedad privada puede también encubrir o disculpar otras violaciones graves: te violé porque eras mía; era mi casa, son mis cosas. Todas estas matizaciones no serían necesarias si fuéramos conscientes de que el principio de la libertad queda en cuestión en el momento que usamos esa libertad para ir en contra del propio principio. En este sentido, la segregación de los pueblos también puede vulnerar dicho precepto. ¿Por qué entonces muchos liberales se empeñan en defender de forma incondicional ese derecho de autodeterminación? El principio del liberalismo es la libertad individual del hombre, no la separación de su pueblo. Por encima de todo, debemos promover una férrea unidad en lo esencial, la cual deja de existir en el momento que anteponemos el principio de autodeterminación al principio que garantiza esa libertad del individuo. No debemos confundir la libertad de acción, que acontece en el marco de nuestras vidas personales, con el respeto uniforme que todos debemos procesar a las leyes básicas que permiten esa libertad y esa variedad. Sin embargo muchos libertarios equivocan esos dos frentes, y gustan de poner en el frontispicio de sus panegíricos y decálogos esa reivindicación falaz que hacen también los chovinistas y los estatistas regionales: la autodeterminación de los pueblos.

No me gusta la deriva ideológica que ha tomado el Mises Hispano. En sus artículos de análisis hay mucho más espacio para las ideas anarquistas que para el liberalismo canónico. Está claro que esa visión ha sido fomentada por sus directores y encargados editoriales, a los que conozco y con los que me une una relación consentida y fructífera. Pero no puedo aceptar el fraude que supone esa deriva anarquista. Nunca he dicho nada. Cada cual puede hacer lo que quiera con sus proyectos intelectuales. Pero ha llegado un punto en el que ya sólo leo artículos del Mises con esa seña de identidad.

Quizás, la adulteración más grave que hace el Instituto Mises Hispano es la de usar el nombre del economista que mejor representa a la Escuela Austriaca de Economía, para denominar a una institución que tiende a alejarse cada vez más de los principios básicos que proponía en vida este insigne padrino. Ludwig von Mises jamás fue un anarquista reconocido. Defendía un gobierno limitado, al más puro estilo de la tradición liberal. Resulta bastante indecoroso, y hasta cierto punto un tanto inmoral, usar el nombre de un muerto para defender ideas que éste jamás avaló cuando estaba vivo.

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Sandeces: La ignominia del comunismo de Kim Sung en los ojos de una niña norcoreana, hija del regimen

Algunos vídeos me hacen llorar de rabia. Este es uno de ellos. El sufrimiento indecible de esa niña es resultado del comunismo teórico que aún hoy en día defienden muchos indeseables aquí en Europa. Solo espero que el horror se abata sobre sus vidas como se abate sobre las vidas de todos los norcoreanos, al menos un segundo, para que sientan en carnes propias la medicina que recetan a los demás.

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Las bibliotecas: luces y sombras

20160201_022933La biblioteca es un lugar extrañísimo; es un espacio paradigmático, un paraninfo de contradicciones. Dentro de una biblioteca se experimentan al mismo tiempo dos sensaciones contrapuestas, antípodas del sentimiento: una soledad cenobítica y una compañía inquebrantable. El estudio meticuloso exige un total aislamiento, una prueba de fuego. Pero, a cambio, uno está encerrado en compañía de miles de libros, en una grata comunión. Estar en una biblioteca es estar solo y a la vez estar acompañado por una multitud de personajes de ahora, de antes y de todos los tiempos. En una biblioteca se experimenta la mayor soledad y el mayor acompañamiento que pueda imaginar el hombre. No existe otro lugar en la Tierra tan cargado de vida y al mismo tiempo tan aislado del resto. Divina paradoja, confluencia de sentimientos, ensalada de hojas, reino de los cielos. Esa mirada solo existe en las bibliotecas personales, y en los ojos de aquellos hombres que han tenido la precaución de construir un zaguán de libros en la entrada de su casa, para retomar la lectura inmediatamente, cuando huyen del mundo. La luz mortecina. El silencio absoluto. Y los libros. Los libros llenos de voces y de resplandores; conocimientos. Divina paradoja. La penumbra y la luz. El silencio medicinal de la palabra impresa. El zumbido constante de la literatura y la inteligencia. La oscuridad y la ilustración, y la luz mortecina, y la luz.

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La cesión ignominiosa del PSOE

1452775552_335656_1452775957_noticia_normalHay formas muy decorosas de ceder el asiento. Por ejemplo, cuando entra una chica embarazada en el vagón del metro y no tiene un lugar donde sentarse. Y luego están las formas ignominiosas. Verbigracia, cuando un político cede su escaño para que se siente un colega suyo de otro partido. En este caso, la ignominia se agrava todavía más si el colega en cuestión no representa las ideas que defiende el partido que decide sacrificar a su compromisario. Y todavía se complica mucho más cuando nos enteramos que ese tipo de cesiones se realizan con vistas a obtener otros acuerdos más oscuros, que probablemente jamás llegaremos a conocer. Pero lo más grave de todo es que exista una ley (o un vacío legal) que permita a una organización política cometer ese tipo de tropelías.

El PSOE ha renunciado a cuatro escaños para que el partido de Artur Mas y ERC formen grupo en el senado. Lo llaman cortesía parlamentaria. Pero ni el eufemismo oculta las razones macabras que pueden estar detrás de este gesto. ¿Dónde queda la cortesía con los ciudadanos que han votado a un partido concreto y ahora se enteran que su voto ha sido utilizado para aumentar la representación de otro grupo? Habría dado igual que alguien les hubiera puesto una pistola en la cabeza y les hubiera conminado a votar a otras siglas, justo delante del colegio electoral. Se suele pensar que esto solo ocurre con las dictaduras. Pero no es así. La democracia suele ser a veces una dictadura encubierta. Y este caso es un buen ejemplo de ello.

Ya no es solo que los votos no valgan lo mismo según el partido que queramos que nos represente (ley D’hondt). Es que luego los políticos pueden cederse los escaños como si fuesen simples cromos, sin importar cuántos les hayamos otorgado los votantes. Al margen de los problemas intrínsecos que entraña cualquier sistema democrático, que son muchos, lo que clama al cielo es que ni siquiera se respeten las preferencias electorales de los ciudadanos. Por supuesto luego todos dicen ser muy democráticos.

¡Y todavía me preguntáis cuál ha sido el motivo de que no haya ido a votar! No quiero legitimar un sistema ignominioso, del que todos los políticos participan y que muchos ciudadanos aplauden. Aquellos que decidieron utilizar su voto para alimentar este circo mediático deberán callarse el día que arrecien todas las desgracias. Yo soy el único que podrá quejarse. Yo no he contribuido. Prefiero ceder mi asiento a una embarazada antes que dárselo a un político.

Este artículo ha sido publicado en el diario digital MadridCode:

http://www.madridcode.com/2016/01/20/la-cesion-ignominiosa-del-psoe/

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Adagio de Ortega y Gasset sobre los partidos políticos

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Las sinergias del conocimiento

robotLa pasada semana tuve el privilegio de disfrutar de una de las cosas que más me satisfacen: sumergirme en las sinergias del conocimiento. Con motivo de la estancia en nuestro país del profesor José Luis Cordeiro, opté por acudir a las conferencias que éste impartió en algunas fundaciones e instituciones de la capital. Más tarde, pude confirmar que mi decisión no había sido en balde. Sirvió para que me empapara del espíritu optimista que trasmiten las ideas que preconiza Cordeiro sobre el futuro de la humanidad. Y también me permitió encontrar la inspiración necesaria para escribir algunas cosas al respecto. Fruto de ello ha sido la crónica que he realizado sobre una de sus charlas, donde me centro en describir un hecho que ocurrió en el transcurso de la misma:

La ponencia de Cordeiro y los corderos de Podemos

José Cordeiro es profesor en la Universidad de la Singularidad, cuyo principal impulsor es el científico y empresario Ray Kurzweil. Hace quince años compré el libro de Kurzweil que lleva por título La era de las máquinas espirituales, e inmediatamente fui absorbido por su lectura. En él, su autor explica con relativa sencillez cómo será nuestra vida de aquí a unos pocos años. Afirma que nos estamos acercando aceleradamente a una singularidad tecnológica, momento en el cual trascenderemos la biología y nos convertiremos en robot mucho más sofisticados de lo que nadie pueda imaginar ahora. Su lectura me produjo un gran impacto. Tengo esa obra como uno de los libros que más han modificado mi forma de pensar. También he escrito una pequeña reseña laudatoria sobre el mismo:

Ray Kurzweil: LA SINGULARIDAD ESTÁ CERCA

Muchas de las tesis que expuso Kurzweil en esa obra pertenecen todavía al ámbito de la ciencia ficción. Pero sus opiniones están muy bien fundamentadas. Algunos de sus pronósticos ya se han cumplido. Y lo que todavía es más importante, la mayoría de ellos están a la vuelta de la esquina. En las próximas décadas las máquinas acabarán superando la inteligencia del hombre, y entonces dará comienzo una nueva era biológica. El profesor Cordeiro es una de las principales mentes impulsoras de estas ideas en todo el mundo. Sus conferencias han hecho que reviva en mi la llama de aquel anhelo infantil que me atrapó hace ya quince años, mientras leía la obra de Kurzweil. Ahora, con el bagaje relativo que otorga el paso del tiempo, he podido reflexionar un poco más a fondo sobre todos estos asuntos. Fruto de esto es el artículo que he publicado en mi blog y que lleva por título La singularidad tecnológica, la última batalla del liberalismo:

La singularidad tecnológica: la última batalla del liberalismo (la conquista de las ideas)

Una de las cosas que he descubierto estos días, mientras revisaba algunos textos de Cordeiro, es que éste no solo tiene formación en ingeniería, sino que además ha realizado cursos de economía internacional y está familiarizado e interesado con la defensa de las ideas de la escuela austriaca. Resulta muy agradable comprobar cómo los descubrimientos que uno va haciendo en distintos momentos de su vida (la singularidad tecnológica, o la economía de la escuela austriaca) no solo no se ven enriquecidos al incorporar las ideas de otros pensadores, sino que además acaban encajando a la perfección, como piezas de un puzzle mucho más grande, vinculado con la imagen del rompecabezas que recompone la estructura de todo el universo. Y es agradable, a su vez, pensar que esas ideas han encajado igual de bien en la mente de algunos de los mejores divulgadores y pensadores de nuestra época. Todo esto me produce muchas satisfacciones. En cierta medida, me interesa todo lo que está relacionado con la unidad del saber. Estoy desarrollando una teoría que intenta ahondar en esa faceta del conocimiento. El año pasado presenté una conferencia que versaba sobre este asunto: La teoría del todo, patrimonio de la Escuela Austriaca de Economía:

La Teoría del Todo, patrimonio de la Escuela Austriaca de Economía

Mi objetivo con esta charla, y mi propósito en general, aspira a crear un sistema de pensamiento que integre la filosofía con la biología y con la economía. El próximo paso será terminar de escribir el libro que tengo entre manos y que aborda en detalle esa problemática. Mientras tanto, sigo sumando motivos a la causa. El profesor Cordeiro me ha ofrecido estos días la oportunidad de reflexionar sobre las sinergias que existen entre la tecnología y la economía, y a él le debo este maravilloso placer. Gracias por todo, profesor.

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La ponencia de Cordeiro y los corderos de Podemos

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José Luis Cordeiro

José Luis Cordeiro es una eminencia internacional en el campo de la ingeniería y la inteligencia artificial. Cursó estudios en el MIT, donde obtuvo su licenciatura. Después completó una especialización en economía internacional y política comparada en Georgetown University, y una maestría en administración de empresas (MBA), entre otros muchos títulos. Actualmente, es profesor en varias universidades en todo el mundo. Ha promovido cursos de prospectiva y de la Escuela Austriaca de Economía en su país natal. Y ha escrito varios libros que son usados en más de 100 instituciones universitarias.

Pero, sobre todo, me interesa destacar su papel como fundador de la Universidad de la Singularidad en el Silicon Valley, un centro de desarrollo puntero en el ámbito de las nuevas tecnologías. Cordeiro es un convencido seguidor de Ray Kurzweil, principal impulsor de dicha institución.

El pasado sábado tuvimos la fortuna de recibir al profesor Cordeiro en la sede del Instituto Juan de Mariana. Aunque su conferencia versaba sobre nuevas tecnologías (su impacto en las próximas décadas), el ponente comenzó haciendo una alusión al comunismo, a sus nefastas consecuencias en el mundo y en su propia persona (el padre de Cordeiro murió de una grave enfermedad debido a las trabas burocráticas que puso el gobierno venezolano para su salida del país y su tratamiento en un hospital extranjero). Esto despertó las iras de algunos participantes.

Asistí a la conferencia de Cordeiro con gran expectación (hace quince años leí el libro de Ray Kurzweil La era de las máquinas espirituales, y quedé impresionado por las ideas que allí se exponían). Pero al parecer, no todos acudieron con el mismo ánimo. Al poco de comenzar la charla, hubo dos personas que se levantaron de sus asientos y se encaminaron hacia la salida mientras blandían una mueca de desagrado en sus rostros. Horas después estos sujetos se definían en las redes como votantes de Podemos y afirmaban que se habían sentido estafados, por acudir a una reunión científica-tecnológica que había resultado ser una charla sobre política.

Esta anécdota nos permite identificar dos rasgos frecuentes en muchos votantes de izquierda radical (Podemos). En primer lugar, consignamos su profunda ignorancia, su desconocimiento en materia científica, la estrechez de miras que les impide ver las relaciones de la política con la tecnología, y su incapacidad para evaluar el prestigio y la carrera profesional de un intelectual de la talla del profesor Cordeiro (al que llegan a tachar de charlatán). En segundo lugar, comprendemos también la tremenda arrogancia y desfachatez intelectual de los susodichos, su sentimiento de superioridad y su incapacidad para escuchar otras opiniones.

Cuando la ignorancia se combina con la soberbia, el cóctel explosivo que emerge de dicha mezcla produce en los organismos una devastación completa. La embriaguez que resulta de todo ello se llama socialismo (o comunismo). Es una pena constatar que media España se encuentra a día de hoy paralizada por esta indisposición, completamente borracha, enferma e intoxicada con estas ideas.

Este artículo ha sido publicado en el diario digital MadridCode: http://www.madridcode.com/2016/02/16/la-ponencia-de-cordeiro-y-los-corderos-de-podemos/

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La singularidad tecnológica: la última batalla del liberalismo (la conquista de las ideas)

no-internetNo será a través del convencimiento, el proselitismo o la pedagogía como los liberales acabaremos ganando la guerra que nos enfrenta desde hace siglos con los socialistas y los colectivistas. No les ganaremos en las urnas, donde suelen tener mayoría. Y por supuesto tampoco les venceremos en la universidad, de la que se vienen apropiando desde hace mucho tiempo. No les convenceremos con la palabra. La ignorancia del vulgo no atiende a estas sutilezas académicas, pues forma parte de su condición el rechazar cualquier tipo de lógica. En lo tocante a los asuntos más esenciales, el hombre nunca se ha dejado convencer por nadie. Nunca ha dado su brazo a torcer de forma voluntaria. Cuando lo ha hecho es porque no le ha quedado más remedio. Y será precisamente esa circunstancia irremisible la que también dará la victoria a los liberales cuando llegue el momento de acometer la última de las batallas. La victoria, en ese caso, será sin duda un triunfo tecnológico. Esto ya ha ocurrido en menor grado en otros periodos de la historia. La revolución industrial fue más bien una consecuencia del descubrimiento del carbón y la invención de la máquina a vapor, que del escaso éxito que pudieron haber cosechado los goliardos en su lucha contra el régimen feudal. Y, aunque el desarrollo de la técnica que trajo dicha industrialización también contribuyó a nutrir de armas y de motivos a la revolución rusa y las guerras mundiales, al final terminó por imponerse la democracia y la paz.

Con esto no quiero decir que debamos renunciar a las ideas, esto es, a la manera con la que los liberales nos expresamos y luchamos intentando convencer a los políticos y economistas keynesianos para que depongan su actitud. Las ideas tienen un valor intrínseco, y su defensa, cuando es noble y verdadera, es un acto de honestidad que no necesita justificación. Por otro lado, tampoco se puede decir que nuestras consignas caigan siempre en saco roto. Al menos, una pequeña parte de la población se habrá convencido de ellas. Eso vale para abrir una brecha y mantener viva la llama de la antorcha. De todas formas, no es lo mismo que el mundo se vea impelido por el espíritu de la constitución americana que se vea invadido por las ideas que veneran los turiferarios de Fidel Castro o los gorilas de Hugo Chávez. Sin embargo, la guerra no se ganará en el atrio de las universidades o en el ágora de las academias. Se ganará de una forma mucho más sencilla: dejando que sea el curso de los acontecimientos el que haga el trabajo más duro. Es decir, permitiendo que sea la propia evolución del mundo, sus algoritmos y sus desarrollos, la que finalmente haga claudicar a los socialistas. En realidad ya lo está haciendo todos los días. La ley de la evolución otorga más éxito a aquellos individuos que ajustan su comportamiento a la realidad, mientras que deja morir de hambre a todos los que acaban persiguiendo alguna ilusión peligrosa o inútil. Los países que restringen el comercio libre y el intercambio, el movimiento de bienes y personas, la creatividad de sus empresarios y, en definitiva, cercenan y limitan la vida y la lucha que emprenden de manera espontánea sus ciudadanos para salir adelante, acaban desapareciendo más pronto que tarde y, si acaso no se extinguen, quedan conminados a ocupar pequeños emplazamientos alejados del resto de la sociedad. En cambio, aquellas naciones que apuestan por medidas más acordes con la realidad y el funcionamiento de las sociedades, van adquiriendo paulatinamente más habilidades, más éxitos, y se perpetúan al cabo del tiempo. Puede que la mentira alcance más triunfos en el corto plazo. Pero a la larga es la verdad la que se acaba imponiendo.

En este sentido, la ley de los rendimientos acelerados, que afirma que el mundo progresa de manera exponencial y que pronto (en el plazo de unos pocos años) alcanzaremos un punto de no retorno, en el que el bienestar y el desarrollo se dispararán a niveles inimaginables hoy en día, es un añadido de la teoría evolutiva y un principio de la naturaleza que juega claramente a favor del capitalista y el liberal, y que vendrá en su ayuda no tardando mucho. Jamás el éxito tendrá tanto significado como cuando esta ley esté actuando a pleno rendimiento. La última batalla del liberalismo tendrá un escenario futurista.

En su libro, La Singularidad está cerca, el inventor y científico norteamericano Ray Kurzweil nos dice que la progresión de la evolución siempre ha procedido de manera logarítmica: “tendríamos que acabar con el capitalismo y con cualquier vestigio de competencia para parar esta progresión”. Y acompaña esa declaración con algunos ejemplos bastante visuales: “hace medio milenio, el fruto de un cambio de paradigma como fue el del nacimiento de la imprenta necesitó más de un siglo para que fuera ampliamente adoptado. Hoy los frutos de importantes cambios de paradigma, como el caso de los teléfonos móviles y de la World Wide Web son adoptados en periodos de apenas unos pocos años”.

Kurzweil define la Singularidad de la siguiente manera: “es un tiempo venidero en el que el ritmo de cambio tecnológico será tan rápido y su repercusión tan profunda que la vida humana se verá transformada de forma irreversible”.

Pero estos paradigmas no se aplican exclusivamente a la evolución tecnológica, se aplican a todo tipo de evolución. El equilibrio puntuado propuesto por Niles Eldredge y Stephen Jay Gould en 1972 describe el fenómeno de la biología en los mismos términos. Las especies evolucionan a través de periodos de cambio rápido seguidos de periodos de relativa tranquilidad. Según subraya Kurzweil en su libro, estos eventos se corresponden con sucesivos periodos de aumento exponencial del orden y la complejidad, que a su vez coincidirían con alguna adaptación significativa para todas las especies del planeta, una mejora en el diseño de los organismos. Ejemplos de esto son el surgimiento del ADN, la multicelularidad, la bilateralidad, o en el caso de los primates, la evolución del pulgar oponible o el bipedalismo.

En general, el aumento exponencial de la complejidad es un fenómeno global que tiene en la tecnología a su último aliado. Y dentro de ésta, la Singularidad constituye la culminación de todo el proceso, la fusión del hombre con la máquina, y el surgimiento de un mundo que continuará siendo humano pero que trascenderá nuestras raíces biológicas. El universo acabará saturándose de inteligencia. Ese es su destino. Así de lapidarias son las afirmaciones que realiza Ray Kurzweil en su libro.

Hay muchos factores que contribuyen al avance exponencial de la tecnología. La reducción del tamaño de los transistores, que viene sucediéndose año tras año, disminuye progresivamente la distancia que hay entre cada uno de ellos, acortando de ese modo el espacio que deben recorrer los electrones e incrementando en la misma proporción la velocidad de ciclo de los semiconductores. Su menor tamaño aumenta también el número de puertas lógicas por unidad de superficie, y reduce el calor residual que produce el flujo de electrones y que constituye también un problema para el funcionamiento de los chips. Y al mismo tiempo estas mejoras disminuyen el coste de fabricación y el precio del producto final, con el consecuente aumento de la demanda y la inversión en nuevas tecnologías. Todo esto da lugar a varios feedback positivos. La propia tecnología mejorada ayuda a su vez a los investigadores en el desarrollo de nuevas formas de mejorar la producción y la efectividad de los dispositivos. Como consecuencia de todo esto, los beneficios para la industria y la sociedad en general se dejan sentir en el plazo de unos pocos años. Esto es lo que ha llevado a Ray Kurzweil a afirmar que “…el crecimiento exponencial subyacente de la economía es una fuerza mucho más poderosa que las recesiones periódicas. Y lo que es más importante, las recesiones, incluidas las depresiones, representan solo desviaciones temporales respecto de la curva subyacente. En cada caso la economía termina por estar en el mismo lugar en el que estaría si la recesión no se hubiera producido.”

Todo esto no quita importancia al trabajo que han hecho los liberales en el plano ideológico, o los ejércitos y los soldados en el plano militar. Seguramente, sin su ayuda, los países habrían derivado hacia una dictadura hegemónica de corte universal. La Unión Soviética habría invadido Europa. El islamismo estaría amputando clítoris a diestro y siniestro en todas las regiones del mundo. Y el comunismo chino proveería de alimentos a los niños de América y Asia que el propio régimen se habría encargado de empobrecer previamente. Digamos que los intelectuales del liberalismo han abonado el terreno para que, en última instancia, puedan emerger y mantenerse unas instituciones y un marco legislativo apropiados para el advenimiento de la tecnología y la singularidad final, la cual será la encargada de dar la última puntilla al socialismo y el comunismo decimonónicos. Los liberales mantiene las tensiones con los estatistas, conservan las tradiciones inglesas que derivan de la revolución de 1688, transmiten las ideas de John Locke en materia de libertades, y acaban propiciando un progreso lento pero continuo, lastrado por los partidarios del comunismo, pero al mismo tiempo animado por las ideas de los librecambistas, un progreso que en última instancia deriva en un sistema capitalista moderno y un desarrollo competitivo bajo el cual los enemigos de la libertad tienen cada vez menos papeles que desempeñar.

El ludismo fue un movimiento obrero que apareció en Inglaterra a raíz del odio que muchos trabajadores tenían hacia las nuevas máquinas de tejer (los telares industriales) que, según ellos, destruían empleo y les dejaban sin trabajo. Si les hubiéramos hecho caso, hoy en día seguiríamos vistiendo harapos llenos de remiendos. Gracias a las máquinas, la ropa dejó de ser un artículo de lujo. En realidad, el movimiento ludita no es más que otra manifestación del socialismo, otra disculpa para controlar e intervenir la economía, retrasar los avances, y beneficiar así a las clases mejor asentadas. La mayor pesadilla del ludita es despertarse un día y encontrar un mundo lleno de robots, donde los hombres ya no tendrán que trabajar más y donde todo estará perfectamente organizado al efecto de conseguir el mayor bienestar y la mayor satisfacción posibles. Esta visión de futuro no es una utopía imposible, ni tampoco es una distopía. Sencillamente es un resultado lógico de la evolución humana. No es una solución irremisible, pero si es bastante probable. En el futuro seremos más y seremos mejores. Viviremos con más salud, mejoraremos nuestra calidad alimenticia, y seguramente prolongaremos nuestra vida por un tiempo casi ilimitado. Pero los luditas piensan que las máquinas son perjudiciales en cualquier caso. No les gusta tener que hablar con un surtidor cada vez que llenan el depósito de gasolina, o con un contestador automático cuando llaman a una empresa buscando información. Creen que las máquinas destruyen puestos de trabajo. En realidad no se equivocan. Por supuesto, el número de empleados de gasolinera habrá disminuido con el tiempo, y aquellos que hubieran tenido esa profesión toda su vida saldrán ciertamente perjudicados. Pero como dijo Bastiat, hay muchas cosas que no se ven. No se ve el beneficio económico que conlleva la automatización del mercado para todos los consumidores, o la bajada del precio de los productos como consecuencia del ahorro de salarios. Estos beneficios son infinitamente mayores que los perjuicios locales que sufren algunos sectores obsoletos. Las máquinas perjudican a los lobbies y grupos de presión que desean obligar al resto de la población a consumir unos productos determinados, con tal de que ellos se perpetúen en sus puestos de trabajo por tiempo indefinido. Pero en cambio benefician enormemente al resto. Mejoran la vida de las personas y contribuyen a crear una sociedad más libre y competitiva, sin presiones de ningún tipo, sin grupos privilegiados y sin estafadores sindicales.

Muchos agoreros ignorantes tienen miedo de que los robots acaben suplantando a la raza humana. No se dan cuenta de que más bien seremos nosotros los que iremos transformándonos poco a poco en robots. Los robots jamás nos arrebatarán por la fuerza nuestro puesto laboral o nuestro lugar en la Tierra. Convivirán con el ser humano, serán su herramienta de trabajo, y le facilitarán la vida enormemente. Tendremos robots que harán las tareas que a nosotros nos resultan más extenuantes. Uno será más o menos rico en función de los robots que tenga a su cargo. Comerciaremos con ellos, los alquilaremos, nos enriqueceremos a su costa, y en última instancia nos convertiremos en ellos. Ya lo somos en cierta medida, somos máquinas biológicas. Pero aún debemos trascender esa base material (bioquímica) de la que estamos hechos. Nuestros sistemas vitales son mucho más ineficaces. Algún día seremos capaces de diseñar unos órganos mucho mejores.

Jamás existirá una lucha entre el hombre y el robot, como plasman muchas películas de ciencia ficción. Los robots no serán una especie distinta, serán nuestra especie evolucionada y modificada por la tecnología. La robotización tampoco traerá el comunismo, como se advierte en algunas distopías y novelas del género. Más bien será hija del capitalismo, la competencia y el liberalismo.

Cualquier sistema de la naturaleza (y por supuesto también las máquinas del futuro) puede ser dividido en tres componentes diferentes,  una fuente de energía, un engranaje interno y un interfaz. Por ejemplo, el cable que va a la pantalla de un ordenador es su fuente de energía. El cañón de electrones que producía la imagen en la pantalla de los antiguos televisores, y la circuitería interna que ordenaba la información a tal efecto, constituyen un ejemplo de engranaje. Y la pantalla y el teclado de los actuales ordenadores forman parte del interfaz que permite que la máquina se relacione e interactúe con el exterior. Igualmente, los seres humanos también podemos ser divididos en los mismos elementos. Dentro de nuestras células hay una maquinaria que produce energía (mitocondrias), otra que se encarga de procesar la información (ej. Histonas que empaquetan el ADN) y una tercera que conecta todo el sistema con el exterior (ej. proteínas y moléculas que actúan como receptores en la membrana lipídica). En todos estos casos, cuando nos fijamos en las posibles mejoras que pueden implementarse en los sistemas mecánicos, tenemos que acudir a analizar alguna de esas tres partes.

Por suerte, existen algunos materiales tan prodigiosos que son capaces ellos solos (con la consabida investigación) de producir avances y mejoras en los tres campos arriba citados. Entonces, consideramos a estos materiales verdaderas joyas de la química; ambrosías de la naturaleza. El grafeno es uno de ellos, tal vez el más importante de todos. Actualmente, se están fabricando baterías con este material que quintuplican la capacidad de las actuales. Igualmente, el grafeno es la esperanza de futuro en lo que a procesadores se refiere. Cuando alcancemos el límite de tamaño en el uso de los chips actuales (estamos llegando a ese límite), el grafeno podrá alargar el proceso litográfico (la técnica de fabricación y reducción de los transistores, las unidades mínimas fundamentales de un procesador) mucho más tiempo. Finalmente, el grafeno también traerá una revolución semejante en el ámbito del interfaz. El grafeno puede llegar a ser un material más duro que el diamante y también bastante más liviano. Muchas de las estructuras que utilizarán los robots para interactuar con el entorno en un futuro cercano estarán hechas de grafeno o de algún material similar (con base carbónica). No obstante, todavía tendremos que esperar algunos años para ver estos adelantos. El grafeno tardará algunos lustros en llegar a los mercados y convertirse en un producto comercial disponible en todas las tiendas.

Hoy en día el interfaz de los robots se encuentra en una fase de desarrollo bastante avanzada. Tenemos esqueletos robóticos de todo tipo. Disponemos de materiales que pueden hacer las veces de músculos, huesos y articulaciones. Existen en el mercado máquinas que se mueven igual que las gacelas, y que no pierden el equilibrio cuando son sometidas a golpes y patadas. El problema más acuciante tiene que ver con las otras dos clases de componentes, las fuentes de energía y los engranajes internos. Las baterías que hemos desarrollado hasta ahora todavía son muy precarias. Apenas dan para algunos minutos de autonomía si tienen que mover una máquina de un tamaño similar al hombre. Y no digamos ya los engranajes y las circuiterías internas. Los procesadores que suplen a los sentidos y sustituyen el cerebro de una persona apenas pueden dirigir a los robots a través de un entorno natural. Ningún robot puede todavía moverse con éxito en un hábitat urbano. Pero todo esto mejorará a medida que nos acerquemos en los próximos años a la singularidad tecnológica.

En las próximas décadas veremos cómo se solucionan todos estos problemas técnicos. Entonces, también quedará resuelto el problema de la política. Las baterías permitirán una autonomía de días, y el hardware de los robots conseguirá procesar toda la información proveniente de los sentidos y necesaria para desenvolverse con soltura en el mundo. Y ningún país querrá tener un gobierno socialista, nadie en su sano juicio estará dispuesto a sacrificar su vida para defender una causa y unas ideas que le condenan irremisiblemente a una vida de decadencia, comparativamente mucho peor que la que entonces llevaremos. A medida que la civilización avance, el contraste entre aquellos individuos que decidan abrazar las falacias económicas que hoy están a la orden del día, y aquellos otros que adapten su vida a la realidad y las nuevas tecnologías, será cada vez más evidente, y en consecuencia disminuirán las ganas de perseverar en el atraso. La evidencia aplastante hará que la balanza caiga del lado de los liberales. Y los pocos que aún se nieguen a abrazar la civilización, acabarán extinguiéndose de forma natural, o quedarán encerrados en pequeños guetos, concentrados en algunas colonias aisladas en la montaña; insignificantes.

El único peligro real es que alguno de esos lobos solitarios haga uso de las facilidades que le ofrece el mundo moderno para utilizar la tecnología al objeto de provocar una hecatombe (ej. incitando a enjambres de nanobots replicantes para que destruyan el planeta). Pero incluso esto es poco probable. El poder de la tecnología, basado en el acierto y en la libertad económica, podrá reducir a estos incautos sin muchos problemas. El mundo también sabrá blindarse en materia de seguridad. No obstante, hay que ser conscientes de que siempre quedará algún residuo de amenaza.

Es difícil saber exactamente cuando llegará la singularidad tecnológica. Algunos afirman que nuestra generación será la primera en poder disponer de las herramientas que nos den acceso finalmente a la vida eterna (el propio Kurzweil es muy optimista a este respecto). Al parecer, nuestra memoria podrá tener varias copias de seguridad guardadas en un cajón cerrado con llave, y nuestro cuerpo constará de un material casi indestructible. No obstante, parece que hay aquí un claro sesgo de confirmación. Es un poco sospechoso que aquellos mismos que pronostican todos estos adelantos sean los primeros que se beneficien de ellos (Kurzweil ya tiene más de sesenta años). Parece que ese límite esté colocado ad hoc, para que los que se emocionan hoy pensando en todas estas posibilidades alcancen in extremis la inmortalidad. Además, nunca les he oído hablar de los posibles problemas que puede tener su teoría. Aducen que el universo se llenará de vida inteligente en el plazo de unos años. Pero el Sol es una estrella de segunda generación. Antes han existido millones de astros semejantes. Sin embargo, el universo que vemos está completamente vacío de vida. Al menos hasta donde conocemos, nunca ha habido una civilización con la capacidad suficiente como para superar la singularidad y extenderse por el cosmos. Esto puede tener varios motivos (por ejemplo, que la Tierra sea el único planeta con vida en todo el universo). Pero hay que tener también en cuenta que uno de esos motivos puede ser algún tipo de cuello de botella o imposibilidad material que desconozcamos hoy en día y que haría inviable un progreso de esa escala.

En cualquier caso, ya sea que consigamos colonizar toda la galaxia o que solo nos quedemos a medio camino, el porvenir acabará llegando de una u otra manera, y lo hará del modo que siempre lo ha hecho, seleccionando aquellos especímenes que hayan sido capaces de sobrevivir. No hay alternativas. Toda esta discusión sobre el futuro de la humanidad resulta en un debate un tanto inútil cuando se trata de elegir al mejor político. La progresión geométrica que nos acerca cada vez más rápido a la singularidad tecnológica parece prácticamente imparable, y es independiente del tipo de gobierno que dirija el destino de los países (evidentemente, siempre dentro de una cierta normalidad democrática). Esa elección política tiene un peso relativo sobre la vida de los ciudadanos (como hemos visto, las recesiones económicas producen actualmente una desviación despreciable en la curva ascendente del progreso social), y dicha influencia solo durará los años que quedan para alcanzar el paradigma tecnológico, que al parecer no son muchos. Al socialista le queda poco tiempo para seguir conteniendo el progreso. Pronto este se disparará de manera imparable. El socialismo, al ser un sistema que promueve el hambre y la muerte, tiene la batalla perdida desde el primer momento. Cuando los humanos trascendamos la biología, también dejaremos atrás el socialismo. Ninguno de sus adeptos sabe su futuro. Luchan animados por las ideas del marxismo, porque creen que forman parte de una clase social llamada a vencer al enemigo burgués. Sin embargo, en la lucha de clases que ellos pronostican, no serán los obreros los que tengan la última palabra. Serán los tecnócratas, los científicos, los liberales, y en general todos aquellos que creen que el enemigo principal es el estatista, el ludita o el tecnófobo, y en ningún caso el empresario o el robot.

Posdata: algunos lectores me han reprochado que soy demasiado optimista. Comparto algunas de las dudas que tiene la gente en relación con este asunto. Al final del artículo indico que pueden existir cuellos de botella que desconocemos y que impedirían de alguna manera el progreso de la tecnología. La colonización de la galaxia implica además otros problemas relativos a la naturaleza del espacio.

No obstante, si soy optimista no es porque crea que van a desaparecer todos los problemas, sino porque pienso que el totalitarismo y el socialismo, al estar basados en una felonía, tienden a mitigarse a medida que progresa la sociedad y dependemos cada vez más de las habilidades reales y el conocimiento verídico de nuestro entorno y nuestro ser. Las razones son varias:

– La tecnología facilita la vida de las personas, aumenta el bienestar, y reduce las inestabilidades y protestas que surgen como consecuencia de la pobreza, el hambre o la envidia.

– La tecnología requiere de una organización social más compleja y refinada, que solo se puede mantener si se implementan sistemas encaminados a respetar las instituciones y la libertad de las personas, y tendentes a construir una paz más duradera.

– La tecnología facilita el acceso a la educación y aumenta la comprensión de los seres humanos. Nos pone sobre la pista de las verdaderas causas que motivan la riqueza y el progreso.

En la medida en que la tecnología sea el resultado más claro del progreso, y no solo su causa, es obvio que también será una señal inequívoca y una garantía de todo ese desarrollo.

No obstante, soy consciente de los peligros que entraña dicho futuro. Todo en la vida implica alguna clase de riesgo. Pueden surgir hecatombes que ni siquiera somos capaces de imaginar. El socialista siempre estará al acecho. Incluso cabe la remota posibilidad de que nunca podamos desarrollar una inteligencia artificial superior a la nuestra. Sin embargo, la tendencia general no es esa. Este artículo ha querido analizar sobre todo este hecho, la naturaleza básica de las fuerzas que están detrás de todo progreso, una naturaleza que siempre acaba siendo positiva y favorable, y cuya comprensión nos ayuda a enfrentar el futuro con más decisión y optimismo.

Da la impresión de que hoy en día los liberales somos una especie en extinción. El pesimismo inunda el ánimo del librecambista cada vez que éste se para a contemplar el panorama político. El socialismo y el intervencionismo están acaparando todos los medios de comunicación y se han hecho con la palabra en todos los foros sociales. Al parecer, ellos son la única alternativa al poder. Gran parte de la sociedad les aclama y les requiere. Pareciera que no existe otra salida. No obstante, si analizamos el mundo con una perspectiva más amplia, desde el punto de vista de la tecnología y la prospectiva, a medio plazo el cuento cambia considerablemente. Los que se acabarán extinguiendo serán los socialistas, y nosotros recobraremos esa salud y esa legitimidad que nunca debimos perder. La historia nos dará la razón. La tecnología será nuestra aliada. Y el socialismo tendrá finalmente que claudicar. El mero hecho de que el mundo continúe avanzando y prosperando, a pesar de todo, es ya una señal inequívoca de su fracaso, y un símbolo de nuestra conquista.

 

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Ray Kurzweil: LA SINGULARIDAD ESTÁ CERCA

20160202_004030En los años 90 del pasado siglo, cuando aún estaba recuperándome de los efectos colaterales de la pubertad, quedé fascinado por la lectura del libro de Ray kurzweil intitulado «La era de las máquinas espirituales». El futuro estaba realmente cerca y nuestra generación sería la primera en poder experimentar el último cambio de paradigma.

Con motivo de la charla que imparte este sábado José Luis Cordeiro en el Instituto Juan de Mariana estoy leyendo «La singularidad esta cerca», del mismo autor. Y estoy retomando la conmoción que antaño me produjo la lectura de su otro libro.

Recomiendo encarecidamente la lectura de estos dos libros, así como la asistencia a la charla del profesor Cordeiro, que tendrá lugar este sábado a las ocho de la tarde en el Instituto Juan de Mariana. A continuación expongo aquí los datos de la conferencia:

José Luis Cordeiro visita nuestro Instituto desde la NASA en California para plantearnos que las tecnologías están cambiando radicalmente a la humanidad. Estamos encaminándonos hacia un nuevo mundo dirigido por los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas. La humanidad se está acercando rápidamente a lo que a algunos llaman la «singularidad»: el momento en que la inteligencia artificial alcanzará niveles de inteligencia humana y, a continuación, la superará. Esto quizá cambie para siempre la vida en la Tierra.

José Luis Cordeiro es presidente del Millennium Project en Venezuela, además de miembro fundador y docente de la Singularity University (NASA, Silicon Valley).

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El insulto de Churchill

“Hasta para insultar hay que tener talento. Pero hay quien convierte el insulto en simple instinto” (Winston Churchill, 1874-1965)

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Los defensores de la paz incondicional, los que reclaman una información aséptica, los que exigen la presencia de unos medios de comunicación neutrales, los que te ponen cara de bueno para suplicarte que les respondas con un lenguaje y un tono moderados, todos ellos son también los mejores compinches del régimen, los amigos más fieles de los tiranos y los  mayores encubridores de la dictadura. La complacencia del pueblo es el único requisito que exige el sátrapa para gobernar. Se tiende a pensar que los dirigentes son los principales culpables de las desgracias que minan el ánimo y la salud de un pueblo. Pero yo creo que son simples títeres. El principal culpable siempre es el propio pueblo, su ignorancia y su imbecilidad. El dirigente solo es un reflejo en el agua, la sombra de un enjambre de langostas apunto de abatirse sobre una superficie agostada y reseca.

Los arcanos de la tiranía dejan de tener misterio en el momento que comprendemos el proceso que abastece de ignorancia a la sociedad civil. La tolerancia excesiva, popular, conlleva una transigencia igual de grave. Las tiranías medran y proliferan allí donde el desinterés de la gente es más fuerte. Las personas suelen desconectar de la realidad cuando ignoran sus causas. Y la ignorancia también conlleva una cierta complacencia con el autócrata. Lo primero que la gente ignora son los motivos que están detrás de sus problemas. Los defensores de la paz incondicional acusan un mayor grado de optimismo que el resto de la gente. Tienen tendencia a observar el aspecto más favorable de la vida, y como quiera que esta no suele ser tan benigna como ellos creen, acaban desconociendo completamente los motivos principales que están detrás de sus desgracias, hasta el punto de que vuelven a caer una y otra vez en los mismos errores.

Me enervo, y me sale un uñero, cada vez que leo en las noticias la declaración de intenciones del hombre actual. El manifiesto en cuestión se halla lleno de moralinas, conminaciones, y proclamaciones inquisitoriales de todo tipo. Enarbolando la bandera de la cordura y la bondad, el biempensante va dando rienda suelta a toda una serie de decretos y normativas que terminan exigiendo el silencio de los ciudadanos en el nombre de la paz (¡Habrase visto tamaña desfachatez!) Y son diversas las ocasiones en las que se exhorta al periodista para que ofrezca una información más neutral. Le recomiendan que solo debe dar el dato de la noticia, nunca la opinión. ¿Acaso ha existido alguna vez una persona en este mundo que se haya formado sin recibir consejo ni opinión de otra? ¿Acaso no es denunciando y contrastando las injurias como el aprendiz va escogiendo aquella forma de pensar que le permite discernir la realidad? ¿No es esta animadversión hacia la opinión una evidencia clara de la sumisión que padece el ciudadano de a pie y que reclama el tirano de turno? El cacique busca por todos los medios que nadie le recrimine sus actos, y se encuentra en su salsa cuando nadie lo hace.

La ciencia se vale de la asepsia para llegar más rápido a la verdad. El médico también usa el quirófano para llegar al paciente sin provocarle una septicemia. Pero no debemos olvidar que el tirano también usa la asepsia (y la censura) cuando quiere llegar al pueblo y dirigirlo con mano de hierro.

Los periodistas deben tener derecho a opinar, difamar, delatar, calumniar, aunque ello les lleve a veces a equivocarse. En eso consiste la libertad. Voltaire se inventó un estilo literario nuevo (el factum satírico) como medida de fuerza para prevenirse de todos aquellos estamentos que ejercen el poder de manera tiránica. Sus escritos iban dirigidos a la nobleza y el clero, que en aquella época eran los principales instigadores de las imposturas y las injusticias. Hoy en día el periodismo ha tomado el relevo de Voltaire. Pero parece que muchos profesionales no entienden en qué consiste su trabajo. Desprecian la sátira y reivindican en cambio una comunicación insabora, libre de toda opinión, como si los oyentes fuéramos todos estúpidos, como si no supiéramos discernir la realidad de la ficción, o entender las dobleces de la ironía.

Ser radical y dogmático no es de por si malo ni bueno. Para hacer un juicio de valor debemos analizar las ideas a las que apelan esos adjetivos. Es el sustantivo el que importa, no el adjetivo. Por ejemplo, la generalización de la ciencia consiste en radicalizar la extensión de los fenómenos. Einstein fue radical al afirmar que el tiempo constituía otra dimensión del universo. Y puesto que no se equivocó, su radicalismo tampoco constituyó ningún error. De la misma manera, también hay que ser dogmático y extremo cuando defendemos ciertos principios sociales.

Los periodistas papanatas deben superar, de una vez por todas, ese estreñimiento verbal que padecen con cierta asiduidad en los medios de comunicación. Démosles una razón; recetémosles un laxante. Enseñémosles las causas que están detrás del derecho a opinar. Mostrémosles los motivos que justifican y legitiman el insulto y la crítica. El idioma español está lleno de adjetivos descalificativos, y esto, lejos de ser un problema, es una de sus mayores virtudes. Permite describir fielmente la ignominia de los seres humanos. El insulto es la única forma verbal que tenemos los hombres para delatar a los mentirosos y los tiranos. Si no lo usamos, los tiranos emplearán sus formas no verbales para acabar con nosotros. El insulto y la sátira son las únicas verdades y las únicas armas que tenemos los ciudadanos para enfrentarnos al acoso constante de nuestros líderes. En estos casos, el remilgo del periodista se convierte en un estorbo despreciable, y el remilgado en un nuevo enemigo a batir.

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¿Quién será el próximo presidente de España?

257531-944-1334Las últimas elecciones españolas han dejado un panorama político insólito, bastante más complejo que cualquiera de los anteriores. El bipartidismo tradicional se ha escindido en dos, uno de derechas (PP y Ciudadanos) y otro de izquierdas (PSOE y Podemos). Y a esto hay que sumar el creciente impulso de los nacionalistas y el esfuerzo de Izquierda Unida por mantenerse a flote. Ante tal situación, parece que cualquier vaticinio que se haga en torno a la figura del próximo presidente de España puede acabar teniendo menos éxito que las predicciones de año nuevo de Rapel. Con todo, el escenario que se perfila no es tan complicado como parece. No en vano, los futuribles pueden quedar reducidos solo a tres casos.

En primer lugar, parece sumamente improbable que vayamos a una repetición de las elecciones. Esta opción solo se contemplaría si fuera imposible cualquier tipo de acuerdo. Pero parece que Pedro Sánchez no está por la labor. Si se repiten los comicios, Sánchez tiene todas las de perder. Y como juega el papel de bisagra principal, y puede ponerse de acuerdo a derecha y a izquierda, parece bastante improbable que no acabe optando por una u otra salida con tal de gobernar.

En segundo lugar, la situación se simplifica mucho cuando comprendemos que solo existen dos posibilidades de gobierno. Los dos únicos líderes que pueden gobernar son los presidentes del primer y el segundo partido más votados, esto es, el PSOE  y el PP. Los demás solo pueden ejercer la función de apoyo, y ocupar algunas de las carteras ministeriales. Es imposible que un partido que ha obtenido menos votos que otro le robe la presidencia.

Pero todavía existiría una última posibilidad de gobierno. Lo lógico sería pensar que solo puede gobernar Rajoy con la anuencia de Ciudadanos y el PSOE, o Pedro Sánchez con el apoyo de Podemos y los nacionalistas. Pero cabe la posibilidad de que el PSOE acepte un pacto con el PP si Rajoy renuncia finalmente a la presidencia. En este caso, podría gobernar Pedro Sánchez con el apoyo de Ciudadanos y la abstención del PP. También podría ser que Sánchez cediese el escaño de presidente a un candidato nuevo del PP si con ello obtuviera amplios poderes en el nuevo gabinete. Esta tercera posibilidad es más retorcida que las otras dos. Pero la negativa de Rajoy a la propuesta que le ha hecho el Rey para que sea el candidato parece que apunta en esa dirección.

Esta última posibilidad tiene más visos de convertirse en real por cuanto que satisface al sector más constitucionalista del PSOE, que a día de hoy no ve con buenos ojos las alianzas de Sánchez con las facciones más radicales del nacionalismo. Igualmente, satisfaría al propio Sánchez, que podría colmar por fin sus ansias de poder. Y dejaría además medianamente satisfecho al PP, que salvaría los muebles y evitaría verse completamente desplazado por las alianzas de izquierda. Además, Rajoy parece ser el único candidato a la presidencia del gobierno con el suficiente sentido de estado como para sacrificar su propia carrera política en beneficio de un acuerdo que libre a España de un gobierno rupturista, secesionista, y profundamente anticonstitucional. Rajoy ya no puede aspirar a ocupar un cargo más alto que el que ha ostentado en la anterior legislatura. Y sobre todo, es más consciente que Sánchez del enorme peligro que entraña un gobierno secuestrado por los comunistas y los nacionalistas.

El único que perdería en todo esto, si se diera esa tercera posibilidad, es Pablo Iglesias. Seguramente, el dirigente de Podemos ya sabrá en qué estado se encuentra su situación. Por eso ha echado un órdago a Pedro Sánchez en la rueda de prensa posterior a la reunión que ha mantenido con el Rey. En ella ha dicho que quiere la vicepresidencia para él, y las carteras de economía, interior y defensa para sus correligionarios de partido. Y en una actitud que solo puede calificarse de prepotente, con un tono rayano en el desprecio, ha añadido que a Pedro Sánchez le ha sonreído el destino por tenerle a él como socio de gobierno. Es indudable que Pablo está completamente seguro de que es una pieza imprescindible en el tablero del presidente socialista, y sabe que éste hará lo que sea para alcanzar el poder. De lo que no se ha percatado ninguno de ellos, ni Pablo ni Pedro, es de la presencia en el campo de un tercer jugador. Puede que los dos sean tan arrogantes que no han sido capaces de reparar en este pequeño matiz. Rajoy también puede mover ficha. Y vaya si lo ha hecho. Ha renunciado a su propia investidura como presidente. Ahora la pelota está en el tejado de Pedro Sánchez.

Es posible que Pablo Iglesias haya firmado su sentencia de muerte al hacer esas declaraciones exigiendo la vicepresidencia. Puede que haya humillado al partido socialista tanto que éste ya no quiera pactar con él. Aunque parece que a Pedro Sánchez  no le importa que le ofendan, y solo le mueve el poder, no hay duda de que existe un creciente descontento dentro de las filas del principal partido de la oposición. El disgusto afecta a muchos de sus dirigentes históricos. Esto inclinaría todavía más la balanza hacia el lado del Partido Popular.

En los próximos días veremos en qué desemboca todo esto. El sainete aun no ha terminado. Conocemos a todos los protagonistas. Uno por uno, se han ido retratando a medida que avanzaba la obra. Pero falta por saber el final. Lo peor de todo es que, al acabar la función, no nos podremos levantar del asiento para volver a casa y olvidar lo que hemos visto. Estamos obligados a permanecer en el teatro toda la legislatura. Durante ese periodo, los actores seguirán haciendo el payaso, veremos cómo repiten las mismas escenas una y otra vez. Y estoy seguro de que no dudarán en cobrarnos una entrada cada vez más cara, agravada con todo tipo de impuestos, tasas y tributos, que irán directamente a financiar la bufonada y el vodevil.

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Cioran: el pesimismo de la inteligencia

«Emil M. Cioran, el eterno suicida que vale la pena leer y releer»

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Política liberal: problemas y soluciones

LiberalismoQuizás, el principal error que cometemos los que aspiramos de alguna manera a defender la razón in extremis y, por ende, todo lo que esto implica, sus corolarios lógicos: los principios básicos, sea el de incurrir en una suerte de maximalismo que nos lleva a veces mas lejos de la realidad de lo que en principio podríamos haber deseado. No estoy diciendo que debamos desprendernos de los presupuestos que abanderamos en esa lucha. Lo que afirmo es que esa seguridad que nos caracteriza, nos impide ver que existe al mismo tiempo otra realidad incuestionable, a saber, la idiosincrasia que rodea a todas aquellas estructuras sociales a las que van dirigidas las pláticas que se predican del estudio de los basamentos teóricos que nosotros realizamos. Por ejemplo, si yo creo que la libertad de prensa es un requisito básico para la vida, que hay que defender a ultranza, sin concesiones ni consideraciones de otro tipo, obviando también la naturaleza de las creencias de todas aquellas personas a las que va dirigida mi súplica, y en consecuencia decido apostarme en la plaza pública o en las inmediaciones de una ciudad regida por la sharía, o adscrita a alguna otra tiranía, y me doy el privilegio de gritar a los cuatro vientos mis reivindicaciones, lo más probable es que mi cabeza acabe separada del resto del cuerpo más pronto que tarde. En ese caso, mi defensa habrá sido un esfuerzo baldío. Los principios que habré defendido seguirán siendo ciertos después del fatal desenlace. Pero también seguirán siendo ciertas, si cabe todavía más, aquellas situaciones injustas que inspiraron en principio mi lucha, y cuyas iniquidades se suponía que yo iba a erradicar. Este es un ejemplo extremo, pero sirve para ilustrar lo que les ocurre hoy en día a muchos liberales. Su defensa está íntimamente ligada al radicalismo que suele acompañar a las razones que ellos alegan. Los principios suelen invitar al postulante a que haga una demostración incuestionable, una égida incondicional, le proveen de seguridad y de firmeza, y hacen que no se arrugue ante nada ni ante nadie. La esencia del principio aspira a disminuir el número de excepciones hasta lograr que no quede ninguna en absoluto, y muchos confunden ese objetivo con una aplicación de sus postulados inmediata y absoluta. En otras ocasiones se suele tergiversar el propio concepto de absolutez. Admiro profundamente la filosofía de Ayn Rand. Pero reniego de ese maximalismo que adoptan muchos objetivistas seguidores suyos y que pretende aplicar los principios de Rand a los detalles más nimios de la realidad, instruyendo incluso sobre el buen gusto musical, o entrando a valorar teorías científicas de las que no tienen el patrocinio y con las que no tienen nada que ver. Da la impresión de que la filosofía de Rand sirva absolutamente para todo, y que incluso podamos recurrir a sus ideas cuando queremos cocinar unos huevos fritos. No es ese el absolutismo que yo defiendo. El absolutismo no significa una comprensión absoluta de todos los detalles, sino la comprensión de algunos principios simples absolutos. Evidentemente, los principios filosóficos pueden implementarse en todas las cosas, podemos deducir a partir de ellos algunas cuestiones importantes, pero no hasta el punto de venir a decirles a los científicos cuán equivocados están en materia de física nuclear, o lo mal que describen el funcionamiento de una célula o un órgano biológico.

Entre los liberales existen dos casos prototípicos que ponen de manifiesto, con rabiosa claridad, el error al que suele abocar el maximalismo teórico y la incontinencia racional. Uno se da en el ámbito de la Taxis, entre aquellos que se hacen llamar anarquistas de mercado. Y el otro acontece en el ámbito del Cosmos, suele afectar a los objetivistas o seguidores de la doctrina de Ayn Rand, y se presenta cuando estos intentan aclarar los principios metafísicos sobre los que se debe asentar la ética y la organización social.

De los dos grupos, tal vez el más problemático sea el primero, el de los anarquistas y los críticos absolutos del Estado. Las discusiones metodológicas que entablan los epistemólogos del objetivismo pertenecen a una categoría más abstracta y alejada de la realidad, y aunque también conllevan muchas aplicaciones, no tiene un marchamo tan práctico, ni evidencia un carácter tan programático como el de aquellos que defienden teorías que son eminentemente sociales. El problema de los anarquistas es que quieren una sociedad sin ningún tipo de amalgama política, y la quieren ya. Su impaciencia y su objetivo contrastan con una mayoría de gente incapaz de entender esas reivindicaciones ni siquiera en su forma más atemperada. Los anarquistas desdeñan ese consejo smithsoniano que afirmaba que hay que contentarse con moderar lo que muchas veces no se puede aniquilar sin gran violencia: “Cuando no pueda vencer los enraizados prejuicios del pueblo a través de la razón y la persuasión, no intentará someterlo mediante la fuerza sino que observará religiosamente lo que Cicerón llamó con justicia la máxima divina de Platón: no emplear más violencia contra el país de la que se emplea contra los padres. Adaptará lo mejor que pueda sus planes públicos a los hábitos y los prejuicios establecidos de la gente y arreglará en la medida de sus posibilidades los problemas que puedan derivarse de la falta de esas reglamentaciones a las que el pueblo es reacio a someterse. Cuando no puede instituir el bien, no desdeñará mejorar el mal: pero, como Solón, cuando no pueda imponer el mejor sistema legal, procurará establecer el mejor que el pueblo sea capaz de tolerar.” (La teoría de los sentimientos morales; Parte VI, sección 2).

El problema que suele aquejar a cualquier partido liberal (el caso de PLIB en España es uno de ellos) enraíza precisamente en ese maximalismo que acabamos de señalar. La defensa a ultranza de unos principios abstrusos, que la mayoría de la población apenas alcanza a entender, conduce a un fracaso seguro cuando estos se intentan transmitir a la grey ignorante. Además, la inmoderada posición que adoptan los defensores de dichos principios, les hace pensar en una aplicación inmediata y completa, y les lleva a cometer la torpeza de exigir demasiadas cosas.

El PLIB se ha metido en unos berenjenales teóricos y administrativos a los que no estaban acostumbrados sus socios y afectos. Ha creado un partido jerárquico, similar al de todos aquellos que le han precedido. Los liberales rechazan muchas de las consignas y costumbres que aceptan sin problemas los partidos políticos al uso. No es extraño que surjan continuas discrepancias entre sus miembros. Además el maximalismo que suelen practicar les lleva a defender causas innecesarias, que entorpecen el paso firme que debería guiar a sus escuadrones. Una de las razones de que los grupos liberales presenten un rozamiento interno tan significativo, y una mayor discrepancia entre sus miembros de la que manifiestan los grupos que no son liberales, es que ellos no creen tanto en la fuerza de la unión colectiva y anteponen siempre la libertad y la decisión individual. Hasta tal punto hacen esto que ni siquiera saben ponerse de acuerdo a la hora de defender o agrupar sus propios postulados. Otro motivo del fracaso de los liberales es que tienden a ser demasiado absolutistas; están influenciados por esa forma de razonar que prioriza el principio por sobre los pactos y las componendas tan comunes en sus rivales. Esto les lleva de nuevo al maximalismo, y les enfrenta a todos los problemas que se acaban contrayendo con el mismo.

No obstante, la solución al maximalismo no tiene que pasar en ningún caso por el rechazo de los principios y la razón lógica que es fuente ineludible de los mismos. Los principios deben seguir siendo la seña de identidad de los liberales, y el punto de mira de sus objetivos y propósitos. Sin embargo, los liberales deberíamos perseguir también un acuerdo de mínimos, sobre todo en aquellos casos en los que queramos bajar a la arena política en la que luchan a diario los partidos y las organizaciones sociales. Es perentorio que entendamos y aceptemos también esto. Y una vez lo hayamos aceptado, es preciso que busquemos una definición que nos permita alcanzar ese acuerdo de mínimos, lo que en el argot se denomina programa político.

En primer lugar, un partido liberal debería tener una estructura organizativa muy distinta de la que habitualmente se conoce en los medios, tan distinta que no podría ni siquiera considerarse un partido político. No debería entrar en campaña. No debería estructurarse de forma jerárquica. No debería granjearse el éxito a base de mítines y eslóganes. Debería parecerse a un think tank. Debería constituirse en torno a unas ideas claras, organizar charlas y conferencias, sin aspirar a nada más. Debería ser una asociación académica sin ánimo de lucro, con la particularidad de tener entre sus objetivos, no solo el de difundir sus ideas, sino también el de participar en las elecciones generales y ocupar el mayor número posible de escaños. Algunos podrán decir que esta combinación es imposible. Pero yo digo que no lo es. Es mucho más simple de lo que algunos piensan. Cojamos cualquier organización o asociación académica y hagamos que, además de todas las égidas y acciones que ésta suele respaldar, tenga también entre sus objetivos ese de presentarse a las elecciones. Pero nada mas, ni mítines, ni presidenciales, ni eslóganes. Desnudemos esa apuesta política de todo el boato que la suele acompañar. Dejemos que sea solo una candidatura más. En diversas ocasiones he visto como se invitaba a Juan Ramón Rallo para que se presentase a las siguientes elecciones democráticas (muchas veces de forma socarrona, sin pretensión de tener éxito). Rallo siempre ha reusado esa oferta; siempre rehúye la relación con la política. Pero si le dijéramos que no tiene que hacer nada, solamente cumplir con la burocracia que le faculta para presentarse a las próximas elecciones, y seguir con sus charlas y conferencias, y en todo caso abanderar su causa con un programa político sencillo, compuesto por tres o cuatro puntos básicos, ¿acaso nos respondería de la misma manera? Probablemente. No obstante, también cabe la posibilidad de que se lo piense.

Una vez aclarada la estructura organizativa que debería adoptar un partido liberal, también tenemos que abordar la elaboración de los principios en los que esta se debería sustentar, el acuerdo de mínimos que hemos subrayado más arriba. La máxima del liberal, su principal reivindicación, busca reducir la influencia y el peso que tiene la política en el desempeño de la vida de las personas. Pero un acuerdo de mínimos no puede radicalizarse hasta el punto de negar cualquier tipo de influencia. Tres son los ejes vertebradores sobre los que debería pivotar cualquier declaración de intenciones que aspire a organizar la sociedad y el Estado bajo presupuestos liberales, y de la manera más eficaz y menos problemática posible. En primer lugar, se debería contemplar una reducción de la estructura administrativa. Posteriormente habría que abordar una reducción de la influencia social que tiene dicha estructura. Y en tercer lugar deberíamos reducir también sus afluentes. El Estado es una estructura como cualquier otra, y por tanto su composición consta de tres partes o características principales: la propia estructura interna, y sus dos relaciones con el entorno, las influencias que provoca la estructura en derredor suyo, y las influencias que produce a su vez el entorno en la estructura en cuestión (afluencias). De ahí que debamos considerar tres campos de acción básicos. A continuación pasaré a detallar someramente los mismos:

  1. Reducción de la estructura física: eliminación de una parte considerable del aparato administrativo (senado, comunidades autónomas) No eliminamos el Estado en su conjunto, ni impedimos la competencia provincial que tanto gusta a algunos liberales. Solo eliminamos algunos niveles. Las regiones podrán seguir compitiendo entre ellas en materia fiscal o legislativa. No obstante, habrá una legislación básica que regirá sobre todas ellas y que ninguna se podrá saltar.
  2. Reducción de las influencias: clara separación entre el Estado y la empresa. Eliminación de aranceles, subvenciones o privilegios de cualquier tipo. Privatización paulatina de algunas empresas públicas. Saneamiento del gasto.Control exhaustivo de la deuda y el déficit.No eliminamos las ayudas a la educación y la sanidad. No nos proponemos eliminar la educación y la sanidad públicas. Mantendremos en manos del Estado aquellos sectores estratégicos que despiertan más controversia entre el público en general, a pesar de que entendamos que su eliminación mejoraría considerablemente la calidad de la oferta. Tal vez acaben cayendo por su propio peso.
  3. Reducción de las afluencias. Disminución del acaparamiento de recursos por parte del Estado.Bajada sistemática de los impuestos.Tipo impositivo único. No eliminamos los impuestos, sino que simplificamos enormemente el aparato fiscal. Mantendríamos un único impuesto al consumo, que también sería progresivo, gravaría mas a aquellas familias o personas que consumieran un mayor número de bienes.

Todas estas medidas, explicadas de forma sencilla, ayudarían a rebajar el grado de desacuerdo que existe con aquellas personas que no se sienten identificadas con el liberalismo, y también reduciría drásticamente la controversia interna que aflora habitualmente en las reuniones y debates que entablan los propios liberales. Todo ello coadyuvaría para hacer de la égida liberal una protección más tangible y realista. Conseguiríamos una línea de ataque más homogénea y sólida, una efectividad más grande, y sobre todo una mayor visibilidad política, situaciones que ahora no existen ni por asomo. Por lo demás, estoy seguro de que esas medidas minimalistas contribuirían al desarrollo de la nación mucho más que si a éstas se sumaran otras más radicales.

Algunos liberales opinan que su causa es completamente incompatible con la política, y que se mancharían las manos si intentasen agarrar algún cargo institucional. Pero un partido liberal no tiene por qué ser una bajada de pantalones. Todo lo contrario, es una llamada a la sensatez y una oportunidad para la libertad. Ahora bien, un partido liberal no puede convertirse en una imagen en miniatura de los partidos tradicionales que a día de hoy copan todo el espectro político, como ha pasado recientemente con el PLIB. Un partido liberal debe carecer de estructura organizativa y tiene que agrupar a sus miembros en torno a unas ideas sencillas, defendidas desde el atrio de un congreso académico y no desde el escenario de un mitin político. Un partido liberal debe aprobar un programa simple, indudable, y moderado. Un programa que tendrá que aplicarse sin argucias de ningún tipo, sin concesiones ni componendas, y de forma inmediata. La moderación, claridad y sencillez de las ideas que se defiendan en esos debates será la llave para lograr a posteriori una aplicación programática incondicional, y también será clave para que se produzca una mayor aceptación general, que aglutine a un mayor número de liberales y que no despierte tantas sospechas y recelos entre aquellos otros no comparten el contenido del mensaje liberal. No estoy diciendo que el éxito va a ser inmediato y rotundo. Estoy diciendo que será mucho mayor que el que ahora se consigue. Esta es la única vía de acceso al gobierno que tienen todas aquellas personas sensatas que desean dejar a sus hijos una sociedad más libre, responsable e individualista, pero que entienden al mismo tiempo que la institución del Estado y el orden colectivo forman también una parte incuestionable de la realidad del individuo, y que el progreso social solo será durable si proviene de una evolución paulatina y una asunción voluntaria, y no por la vía de la revolución o la imposición general.

La buena noticia es que bastan unas pocas medidas sencillas para disparar dicho progreso, hasta el punto de hacerlo imparable. Cierta reducción administrativa, control exhaustivo del gasto, separación real del Estado y la empresa, y bajada paulatina de los impuestos. Medidas todas ellas bastante fáciles de comprender. Lo único que hace falta es disposición, un partido político que solo defienda esas medidas y que se distinga de los actuales por la claridad de sus propuestas y la rapidez de su ejecución (la implementación exhaustiva de las mismas), sin dobleces de ningún tipo. Hartos estamos de aquellos políticos que solo dicen sandeces, o de aquellos otros que dicen una cosa y luego hacen otra. La escusa que suelen poner todos ellos es que el arte de gobernar es más complicado de lo que a priori parece desde fuera. ¡Mentira! Quienes soñamos con una sociedad mejor debemos hacer hincapié en la claridad de nuestras ideas, y tenemos que estar contentos de que la situación actual pueda mejorar simplemente aplicando unas medidas sencillas. La suerte del liberal estriba en el carácter esencial de su doctrina, la cual apela indiscutiblemente al orden social espontáneo y a las capacidades reales de las personas, y por tanto consiste, más que en hacer, en dejar de hacer. Esto, unido al hecho de que los principios verdaderos se basan siempre en fórmulas bastante simples, debería llevarnos a comprender que nuestro objetivo es mucho más fácil de alcanzar y está mucho más cerca que el de aquellos (socialistas y políticos profesionales) que aspiran a construir un paraíso en la Tierra.

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La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía (Revista Procesos de Mercado: presentación y enlaces)

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«La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía» es un artículo publicado por Eladio García García en el vol. 12, No. 1 (2015), págs. 287-321, de la revista Procesos de Mercado, co-editada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Unión Editorial.

PDF: http://www.procesosdemercado.com/pdf/2015-1/011%20NOTA%205%20primavera%202015.pdf

Índice del volumen: http://dialnet.unirioja.es/ejemplar/406474

https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2015/10/27/procesos-de-mercado-vol-12-numero-1/

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El socialismo salvaje

BwxzX-fIcAAGlAkLa gente suele decir que la crisis económica se debió al capitalismo salvaje. Sin embargo, jamás ha existido tal cosa. Nunca ha habido un sistema político que fuera merecedor de ese nombre. El sistema que siempre ha preponderado, puede que haya sido salvaje, pero jamás fue capitalista. El libre mercado no ha existido nunca. Los que dicen que el capitalismo salvaje se ha llevado por delante el bienestar social son los mismos que lo han destruido. Al emplear todas las medidas intervencionistas que se pueden imaginar, propiciaron malas inversiones, alteraron el precio real de los bienes, provocaron expectativas falsas, hincharon la burbuja especulativa, espantaron las inversiones, contravinieron los gustos naturales del consumidor, subvencionaron el fracaso, igualaron por abajo, frenaron el emprendimiento, desviaron recursos hacia vías muertas, menguaron los factores de producción, dilapidaron el presupuesto familiar, incrementaron la deuda nacional, crearon ilusiones monetarias y, en general, vinieron a provocar una ficción tan grande que al cabo del tiempo ya nadie sabía qué era verdad y qué era mentira. Y esta situación sirvió en bandeja la disculpa que usaron luego para zafarse de sus errores delante del electorado. Los políticos de izquierdas (es decir, todos los políticos) se parecen bastante a los maltratadores de mujeres, que primero las golpean y luego las acusan de haberse provocado ellas solas todos los cardenales y heridas que muestran en su cuerpo. Igualmente, los socialistas destruyen todo lo que tocan, y luego dicen que la culpa es del capitalismo salvaje. Pero su inquina no va dirigida solo contra las mujeres. El socialista es un maltratador de hombres, sus golpes propician el derrumbe de toda la sociedad, sus chantajes emocionales y su demagogia arremeten contra la inteligencia de todos los ciudadanos, y sus insultos y vejaciones constituyen una afrenta grave a la dignidad de la raza humana. Aquí, el único salvaje que existe es el adherente de las ideas que enarbola el socialismo.

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Entrevista a Francisco Capella, polemista y polímata de la escuela austriaca

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1. Presentación de la entrevista


3. Programa de la entrevista

3.1. El instituto Juan de Mariana y la libertad individual.

Me encuentro en la sede del Instituto Juan de Mariana, al lado de Francisco Capella, uno de sus principales socios fundadores. Para mí es un placer estar aquí, en compañía de Capella, charlar con él y contribuir a conocerle mejor. El Instituto Juan de Mariana es uno de los pocos baluartes del liberalismo que aún quedan en España. La defensa de la libertad no puede tener un espacio mejor que este.

3.2. ¿Quién es Capella?

Si me pidieran que motejara al interfecto en unas pocas palabras, elegiría solamente dos calificativos: iconoclasta y polímata.

Francisco Capella es miembro de honor del Instituto Juan de Mariana, pero suele defender a la escuela austriaca de una forma muy particular, con emboscadas y ataques permanentes. Su lema podría ser el siguiente: critiquémoslo todo, y si no podemos criticar, maticemos, maticemos siempre. Capella es un iconoclasta irreverente. No le importa lo más mínimo denunciar las ideas que alumbraron sus padres intelectuales, sin con ello piensa que está redimiendo algún pecado original. Para él, la verdad siempre está por encima de la paz del hogar. Capella es el perfecto polemista; siempre tiene alguna crítica que hacer. Le vemos asistir a las conferencias en silencio, concentrado en lo que se dice o se hace, y, al mismo tiempo, tomando notas sin descanso, maltratando las teclas de su pequeño ordenador portátil, que siempre va con él, como una extensión de su cuerpo, o de su mente. Cualquier idea le sugiere un aluvión de nuevas admoniciones. Capella ve mil problemas donde la mayoría no vemos nada en absoluto. El conferenciante teme el momento en el que, acabada la charla, toca responder las preguntas envenenadas que seguro le va a lanzar este espadachín de la crítica. Sabe que estas no van a ser compasivas. Capella no hace prisioneros. Esto tiene dos consecuencias opuestas. La crítica acerva siempre suele tener el efecto de un revulsivo. Estimula el pensamiento y las ideas, y limpia de telarañas las esquinas de las cabezas más complacientes. Pero, a veces también se pueden cometer algunos excesos. Capella suele hacer una enmienda a la totalidad, es un torpedo en la línea de flotación de la escuela austriaca, sus críticas son cargas de profundidad, lanzadas para destruir los cimientos que sostienen a esta escuela. Por ejemplo, cuando acusa a la escuela austriaca de ser demasiado vehemente a la hora de defender sus propios principios, o cuando afirma que no existen verdades seguras. No tengo nada en contra de las matizaciones. Pero si lo criticamos todo, incluso los principios básicos que son la razón de ser de cualquier institución académica, corremos el riesgo de cargarnos aquello que estamos intentando corregir, y entonces no nos queda nada que podamos enmendar. Hay ciertas concepciones que no se deberían tocar, igual que no se debería tocar el pilar central de un edificio en construcción. Al escuchar a Capella, a veces uno tiene la impresión de que no se puede afirmar nada. Evidentemente esto solo es una sensación. Capella también tiene principios que defiende sin concesiones. Pero a veces es excesivamente elocuente y celoso a la hora de criticar ciertas ideas de la escuela austriaca, sin las cuales nada de lo que afirma dicha escuela tendría el menor sentido.Precisamente ese carácter de polemista que le acompaña siempre, hace de Capella una persona enigmática y distante cuando no se la conoce. Sin embargo, doy fe de que en las distancias cortas gana muchos enteros; es mucho mas afable y cercano de lo que en principio parece.En cualquier caso, Capella tiene un rasgo personal que a mí siempre me atrae mucho. De todos los afectos al Instituto Juan de Mariana, él tal vez sea el pensador más interdisciplinar. Es un polímata consumado, sus conocimientos no se circunscriben a un área concreta. Normalmente existen dos tipos de comportamientos académicos, el generalista y el especialista. No hay duda de que ambos son necesarios. Pero el primero suele ser menos frecuente. El Instituto Juan de Mariana es un caso típico, hay muchos más especialistas que generalistas, casi todos son economistas o sociólogos o periodistas o abogados o financieros. No obstante, la escuela austriaca de economía es, de todas las corrientes de pensamiento, la más interdisciplinar que existe. Por lo menos es la que más se ha acercado al planteamiento de una teoría económica verdaderamente general, abordándola desde todas sus vertientes (monetaria, ética, psicológica, filosófica). Se entenderá por tanto el motivo que hace que me atraiga tanto la figura que representa Capella.

El propósito de esta charla-coloquio es conocer un poco más a fondo al personaje, repasar su vida, su obra, y por supuesto abordar también sus ideas más significativas y controvertidas. Como hemos dicho, Capella resulta bastante enigmático y distante, precisamente por ese carácter de polemista que le acompaña siempre. Por tanto, trataremos de traspasar esa carcasa con la que se reviste y con la que opera habitualmente. Y una vez abierto el melón, tal vez podamos poner en cuestión también alguna de sus ideas, devolverle con la misma moneda. Nuestro objetivo no solo será conocer su forma de pensar, sino también intentar cuestionarla allí donde podamos o nos dejen.

3.3. Hoja de ruta.

Sin más dilaciones, vamos a empezar proponiendo una hoja de ruta. Vayamos por orden. Suelen acusarme de ser demasiado sistemático en lo que hago, pero yo creo que el orden, al igual que la constancia, es una de las claves para lograr cualquier objetivo que nos propongamos. Así que empezaremos diciendo las partes en las que se va a dividir esta charla.

Comenzaremos analizando la biografía, la vida de Capella, e intentaremos sonsacar algunas anécdotas de su pasado, de su niñez y su juventud, que nos hablen de cuáles fueron sus orígenes; buscaremos que nos diga cómo llegó finalmente a descubrir la escuela austriaca y cómo consiguió relacionarse con otras personas de sus mismos gustos.

Después analizaremos el pensamiento de nuestro invitado. Concretamente, vamos a considerar la Física y la Biología en primer lugar, su importancia a la hora de iluminar el pensamiento económico, que es en lo que más énfasis pone Capella, y que yo suscribo rotundamente. Empezaremos por la Física, disciplina que nuestro entrevistado domina a la perfección (Capella es licenciado en esta materia). Luego pasaremos a hablar de la importancia que sin duda tiene también la Biología. Posteriormente hablaremos directamente de la sociología y la economía, y de cómo se relacionan éstas con las disciplinas más básicas. Y finalmente hablaremos de una cuestión un poco más controvertida, la filosofía. En principio, Capella se niega a incluir a esta rama del pensamiento dentro de la investigación seria y la cosmovisión austriaca. Cada vez que alguien relaciona a la escuela austriaca con la filosofía y rehuye someter sus axiomas a falsación, Capella le tacha de sectario. Yo no estoy de acuerdo con esto. Creo que la escuela austriaca es deudora de los principios más básicos de la filosofía, y que su negación pone en jaque todo el edificio intelectual que esta ha levantado en el último siglo y medio. En este caso, la crítica de Capella hace un flaco favor a la égida de la libertad y a la causa del liberalismo austriaco. Intentaremos poner en un brete a Capella en relación con este asunto y estaremos atentos a sus respuestas, a ver cómo sale del paso.

Por último, hablaremos de las inquietudes de Capella de cara al futuro, sus proyectos académicos, su perspectiva en el Instituto Juan de Mariana, etc.

Como he dicho, Capella tiene un rasgo personal bastante atrayente: es un pensador interdisciplinar. La escuela austriaca de economía es la corriente que más se ha acercado al planteamiento de una teoría omnímoda, que abarque todas las disciplinas académicas, no solo las ciencias sociales. Se entenderá por tanto la importancia que tienen y la significación que debemos dar a este tipo de representantes del austrianismo económico.

Es más, estoy tan convencido de que ese carácter interdisciplinar es la seña que mejor define a la escuela austriaca, coincido tanto con Capella en cuanto a la búsqueda de una fundamentación que exceda de una vez por todas lo meramente económico (física, biológica), que no puedo dejar de pensar que incluso el propio Capella se queda corto en este propósito. Capella suele decir que hay que ir más allá de la escuela austriaca. Por mi parte, coincido tanto con esta visión que pienso que hay que ir incluso más allá de Capella. Es decir, no nos podemos limitar a la biología o la física. Debemos encontrar también una fundamentación filosófica, no solo científica. Si algo caracteriza a la escuela austriaca es su carácter esencialmente filosófico, la adopción del método deductivo y el dualismo metodológico, en contraposición con los positivistas y los historicistas del siglo XIX, y la afirmación de que existen verdades evidentes de las que se puede partir para acometer un razonamiento lógico. Si nos olvidamos de esto, estaremos ignorando la razón que hizo nacer a la escuela austriaca de economía. Para mi decepción, Capella es renuente a aceptar el método filosófico que implicaría la aceptación del dualismo metodológico. Resulta irónico que el miembro del Instituto Juan de Mariana que más aboga por ampliar la visión de la economía, se mofe luego del método que más hace por expandir y completar esa visión global, a instancias de la ciencia, pero sobre todo teniendo en cuenta la filosofía.

3.4. Biografía de Francisco Capella.

3.4.1. Currículo.

Francisco Capella es licenciado en Ciencias Físicas (Astrofísica, Universidad Complutense de Madrid); realizó estudios de postgrado en Astrofísica (Instituto de Astrofísica de Canarias y Universidad de La Laguna) y en Inteligencia Artificial e Ingeniería del Conocimiento (Facultad de Informática de la Universidad Politécnica de Madrid); ha completado un Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca

3.4.2. Pero vayamos a los orígenes, háblanos de cómo fue tu infancia y tu juventud.

¿A qué se dedicaban tus padres, cómo era el núcleo familiar en el que te educaste? ¿Qué hechos significativos marcaron esos primeros años de tu vida? También me interesa saber cuándo te empiezas a interesar por la física, la biología, la economía, en qué orden llegan a tu vida esos afanes intelectuales y por qué motivos.

3.4.3. Interés por la física.

Me consta que tu elección académica fue fruto de un pensamiento que algunos considerarían un tanto arrogante. En aquellos años tan decisivos, Capella creía que las humanidades eran para perdedores y que las ciencias exactas, al ser más difíciles que las otras, estaban destinadas a estudiantes con un expediente académico más alto.

Yo no soy físico, pero le debo mucho a la física. La física, concretamente la astrofísica, fue lo que despertó mi curiosidad y motivó mi asombro por el mundo. Siempre recordaré con gran cariño las primeras lecturas de los libros de Carl Sagan. Me gustaría saber si Capella sintió la misma atracción por los fenómenos físicos, y si esto le llevó en parte a estudiar esta ciencia, o por el contrario su elección fue fruto de una deliberación completamente calculada, es decir, si se debió exclusivamente a un razonamiento elitista relacionado más con la destreza intelectual y la aplicación práctica, que con el puro deseo.

 3.5. Teoría de Francisco Capella

3.5.1. Física

3.5.1.1. Influencias de la física en la economía

¿Es posible que la física pueda servirnos para mejorar una teoría económica? ¿Puede la física influir de ese modo? ¿Sacamos de su estudio alguna lección para la economía?

3.5.1.2. Ejemplos concretos: mecánica cuántica.

Hasta ahora no se ha conseguido unificar la mecánica cuántica con la relatividad general, el microcosmos con el macrocosmos. ¿De qué modo eso puede influir en el análisis de los sistemas sociales que pertenecen al macrocosmos? Es decir, muchos piensan que la incertidumbre inherente en el mundo de los átomos es aplicable al mundo de los hombres. Sabemos que en el microcosmos una partícula no tiene una posición concreta y que esto no es solo fruto de un problema de incertidumbre en el análisis, es decir, nos consta que objetivamente eso es exactamente así. Pero en la economía es fundamental identificar a la persona concreta y determinar su posición particular, su individualidad, su propiedad, sus bienes, etc… La defensa de la propiedad privada se basa precisamente en eso. ¿Qué les diría Capella a aquellos que intentan fusionar el microcosmos con el macrocosmos antes incluso de que lo hagan los físicos, aquellos que intentan sacar lecciones del microcosmos para interpretar la realidad del macrocosmos, en este caso, la realidad social?

3.5.2. Biología

3.5.2.1. Influencias de la Biología en la economía.

Capella ha dicho en repetidas ocasiones que la Biología está más próxima a la Sociología que la Física, y que por tanto tiene más que decir sobre esta. Me gustaría que nos dijera por qué cree esto y cuáles son esas aplicaciones de la Biología al campo de la Economía. Yo creo que si la Biología es más significativa es simple y llanamente porque la teoría de la evolución es en cierto modo una teoría metafísica, que nos habla de cosas que existen o que dejan de existir, y que por eso se puede aplicar a todo lo que vemos. Pero Capella no cree en la Filosofía. ¿Cómo defiende él entonces esa relación? ¿Qué opina Capella sobre esto, que ejemplos existen?

3.5.2.2. Ejemplo concreto: los organismos pluricelulares.

Me consta que Capella habla de la aparición de organismos multicelulares y de cómo sirve esto para ilustrar el proceso cooperativo del mercado. En este sentido, cualquier paso de lo individual a lo plural, en el ámbito de la naturaleza, nos sirve también para ilustrar el proceso cooperativo al que se abocan de forma espontánea los individuos humanos. Tal vez, aquella idea de Adam Smith en la que éste venía a resaltar la importancia del interés personal del panadero a la hora de contribuir al bien común de la población no sea, después de todo, un concepto únicamente económico, sino que tenga un fuerte arraigo en la naturaleza. Esto nos hablaría de una teoría económica firmemente fundamentada en la realidad general.

3.5.2.3. Ejemplo concreto: la moralidad.

Otra de las cuestiones de las que nos habla Capella, que también sirven para apreciar esas relaciones entre la biología y la economía, es la moralidad.  La moralidad humana se basa en reacciones de supervivencia que tienen un arraigo claramente instintivo. Muchos comportamientos se deben a la mera supervivencia, y entre ellos destacan todos los que tienen que ver con la moral. Solemos considerar las cosas como buenas o malas dependiendo de si nos permiten seguir existiendo o por el contrario nos conducen a la desaparición. Me interesa que Capella nos guíe un poco por estas ideas.

3.5.2.4. Ejemplo concreto: la Sociobiología.  Cooperación versus competencia.

Una de las ramas de la Biología que mas enfatiza la relación entre naturaleza y sociedad humana es la Sociobiología, cuyo padre es Eduard Wilson. En repetidas ocasiones hemos visto a Capella recomendando algunos libros de este autor. ¿Qué aplicaciones de la Biología a la Economía nos aporta la Sociobiología?

La Sociobiología nos permite entender mejor el proceso social. Vemos que la cooperación y la división del trabajo están ampliamente extendidas en el reino animal y que también son importantes en las sociedades abiertas, donde las capacidades para interaccionar con otros y coordinarse con ellos se ven enormemente favorecidas por las condiciones de libertad que disfrutan dichas sociedades. Pero, ¿cómo compaginamos la cooperación social con el egoísmo? ¿Cómo relacionamos la propiedad privada o el interés propio que defienden los liberales con las sinergias que también han de darse en un sistema social colaborativo? Para mí la cooperación y el interés propio son completamente compatibles. Lo único que hace falta es entender que la cooperación siempre ha de ser voluntaria. Entonces comprenderemos que toda colaboración se produce como consecuencia de algún interés o motivo ínsito en la mente del individuo que decide cooperar.

La naturaleza nos da ejemplos de parásitos que tienen gran éxito como resultado de sus adaptaciones. ¿Por qué debemos entonces criticar y rechazar la actitud parasitaria de algunos grupos privilegiados? ¿Son los estados un ejemplo de parasitismo exitoso?

Si la cooperación libre entre individuos acontece siempre y cuando se den las condiciones de libertad necesarias para ello, y si en la naturaleza estas condiciones no son generales, pues existen evidentes casos de parasitismo, entonces, ¿es necesaria una cierta política de control, una constitución que plasme por escrito las normas que provean a la sociedad de esas garantías? ¿A la luz de estos estudios, que le dirías a un liberal en ciernes, debemos defender el minarquismo o el anarquismo de mercado?

Existe también un mal uso de la Sociobiología: el darwinismo social. Esta mala interpretación también nace como consecuencia de afirmar que la teoría de la evolución se puede aplicar al estudio social. Pero en muchos casos, dicha aplicación es fallida ¿Qué les diría Capella a todos aquellos que confunden el darwinismo con esa aplicación social bajo la cual se ha llegado a justificar incluso el genocidio? ¿Depende el darwinismo social de una construcción cultural inventada?, ¿es fruto del desconocimiento y ninguneo de la autentica Biología?

3.5.2.5. Ejemplo concreto: la definición de vida.

Coincido con Capella en afirmar que la vida se puede definir en pocas palabras y que el problema de su definición es en realidad un problema falso. Sin embargo no coincido con él a la hora de abordar algunas cuestiones más técnicas. Para Capella la vida aparece cuando surgen los primeros agentes autopoyéticos, estructuras que se crean a sí mismas. Me gustaría que explicara un poco esta postura y poder después entrar a discutir sobre ella.

Capella afirma que la replicación viene mas tarde. Yo en cambio pienso que el replicador no es más que la estructura física básica que permite la autocreación y la autopoyesis. La autogeneración provoca reproducción, según Capella. Yo pienso que la reproducción es el origen de la autogeneración. Aquí tendríamos que diferenciar dos visiones distintas en cuanto al origen de la vida, los holistas y los reduccionistas. Los reduccionistas de la Biología suelen fijarse en la replicación de las moléculas para aquilatar la causa que da origen a la vida. La replicación es un proceso físico-químico fundamental. En cambio, quienes solo desean analizar las propiedades emergentes, suelen tener más apego por todas aquellas ideas que hablan de sistemas entrópicos disipadores de energía. Los reduccionistas no negamos el hecho de que los sistemas vivos tienen que ser sistemas abiertos que disipan energía y que cumplen la segunda ley de la termodinámica. Pero nos negamos en rotundo a aceptar que esa disipación sea la causa última de todo. La disipación de energía apela directamente al sistema en general, el cual debe producir más desorden en su entorno que el orden que se genera con la disposición de su estructura. Esta visión es holista. Advierte un fenómeno neto, una especie de conjunción material que se resuelve con una disipación global y un desorden universal. Pero no enfoca el asunto en el proceso físico concreto que lleva a los sistemas a comportarse de esta manera. En cambio, la replicación si es un fenómeno físico concreto, que nos permite entender por qué la materia inorgánica acaba complicándose de la manera que lo hace. La replicación es el proceso que mas habitualmente señala el reduccionista de la biología. Ese debe ser el mecanismo que nos aporte las claves para entender este fenómeno tan singular, el origen de la vida. No cabe otra manera de interpretarlo. Tampoco se deben contraponer los sistemas autopoyéticos con los sistemas replicativos. En el fondo, un sistema autopoyético es un sistema replicativo sensu estricto. La autopoyesis designa un sistema capaz de reproducirse y mantenerse por sí mismo. Y la forma de reproducción más básica de todas es la replicación molecular. Una estructura material adquiere moléculas del entorno y las ordena en un sistema complejo, solo cuando consigue replicarse. La replicación permite la complicación. Y la complicación permite una acción de mayor calado, más elaborada. Dichas acciones son precisamente las que describen todos los teóricos de la autopoyesis cuando hablan de sistemas capaces de autoabastecerse de elementos y construirse a sí mismos. No obstante, hay que entender que esa construcción proteica, esas máquinas moleculares que se reúnen para disipar energía, se basan en cualquier caso en el hecho replicativo de las moléculas. Evidentemente, cualquier sistema que se crea tiene que disipar energía, y más aun si el sistema en cuestión adquiere una complejidad cada vez mayor, que tiene que compensar produciendo un desorden más grande en su entorno. Pero esta no es la razón básica de su existencia. La disipación es solo una condición que tienen que cumplir como estructuras que son. En lo que hay que insistir es en el motivo último de esos ordenamientos, que no es otro que el proceso de la replicación y la copia interna.

3.5.2.6. Ejemplo concreto: el libre albedrio y la libertad individual

El determinismo físico es una de las cuestiones que trae de cabeza a más pensadores y estudiosos de la naturaleza, todos ellos preocupados por entender mejor el mundo que les rodea, del que forman parte inseparable. Unos lo rechazan sin paliativos, mientras que otros lo defienden sin hacer ningún tipo de concesión. En este debate no existen medias tintas. Están en juego muchas cosas. El determinismo echa por tierra las esperanzas de muchas personas, las cuales desearían que sus comportamientos estuviesen impregnados de un aura misteriosa, o que al menos no fuesen objeto del mismo tratamiento que damos a los instintos animales o a las cosas inanimadas. Pero me interesa sobre todo ahora esa forma de trascendencia que aplican también algunos pensadores liberales. Ciertos liberales con ascendencia de sociólogos aducen que el determinismo biológico o físico que suelen requerir en sus tratados los científicos y los naturalistas para describir el mundo, es incompatible con la libertad individual que ellos defienden en sus estudios sociológicos. Les resulta difícil comprender que nuestro cerebro es un producto más de la evolución, y aunque admiten esa teoría en casi todos los casos, cuando se trata de describir la mente humana siempre se cuidan de hacer una clara separación.  Argumentan que la mente y la consciencia tienen “un algo” inmaterial que permitiría de algún modo rehuir las leyes físicas de la naturaleza. Esta sustancia mágica convertiría las reacciones químicas en algo distinto. Una especie de fuerza mística, que nunca acaba de definirse, habría invadido en algún momento de la evolución la masa encefálica del homo sapiens, y le habría otorgado la capacidad de elegir sin que medie en el proceso ningún factor mecánico, externo o interno. Llaman a esa capacidad del hombre para poder actuar al margen de la naturaleza libre albedrio. Pero yo digo que no es más que una nueva forma de convertir al ser humano en un individuo especial, numinoso, igual que lo han sido todas las creencias que a lo largo de la historia han intentado rebatir la edad de la Tierra o la teoría de la evolución. ¿Qué opina Capella sobre el determinismo?

3.5.3. Economía y sociología

La Sociología y la Economía (la reina de la sociología) tienen que ser disciplinas que recojan las enseñanzas de la Física y la Biología y las apliquen al comportamiento social del hombre. La Física y la Biología son más fundamentales que la Economía y esto se tiene que reflejar en cualquier proposición teórica que hagamos. Ya hemos hablado de todo esto. Ahora vamos a ver más específicamente en qué se traducen estas influencias. Vamos a abordar directamente la economía. Para ello, analizaremos todas las polémicas que surgen en torno a esta ciencia social. Si por algo se caracteriza la economía es por el grado de controversia que genera entre los partidarios de los distintos movimientos. Por consiguiente, el repaso de todas estas animadversiones nos permitirá componer una imagen general del estado en el que se encuentran a día de hoy las ideas relativas al mercado y la ordenación social. A su vez, esas desavenencias también nos permitirán ver con mayor nitidez las zonas fronterizas que demarcan el terreno ideológico de cada movimiento, mostrándonos aquellos lugares donde la controversia se vuelve más intensa y donde todos se esfuerzan por pulir y mejorar sus propios argumentos.

3.5.3.1. Primera disputa: La teoría moral. Moralistas iusnaturales frente a moralistas kantianos. Los moralistas iusnaturales afirman que el estudio de la ética debe basarse en leyes naturales. En cambio los kantianos aseguran que la moral solo debe regirse por el deber y la obligación, esto es, por una especie de autoimposición que venza a los instintos y se sobreponga a ellos. La influencia de la Física y la Biología y su comparación con la Economía hace que nos decantemos por la visión iusnaturalista, ya que nos lleva a observar la importancia que tienen ciertos aspectos de la naturaleza en el desarrollo y desempeño de la moral humana, lo cual conduce a su vez a admitir una dualidad legislativa que el propio Capella suele resaltar en sus charlas: leyes descriptivas (de la naturaleza) versus leyes prescriptivas (de la ética). Al fin y al cabo esta es la misma diferenciación que hace Hayek entre Cosmos y Taxis. Háblanos un poco de la diferencia entre leyes descriptivas (naturales, físicas) y leyes prescriptivas (sociales, éticas) y también de lo que tienen en común.

3.5.3.2. Segunda disputa: La teoría del Estado. Dentro de la propia escuela austriaca existe también mucho debate y controversia. Como diría María Blanco, existen varias tribus que continuamente se están peleando. Creo que coincidimos a la hora de clasificarlas: evolucionistas, anarcocapitalistas y minarquistas. Pero tú dices que todas se equivocan en algo. En el congreso de economía austriaca de hace dos años yo expuse una clasificación idéntica, pero defendía ahí que una de las tres corrientes es en cierta medida superior a las demás. Tu en cambio afirmas que todas tienen cosas aprovechables y otras que son claramente desechables. Me gustaría que nos explicaras tu postura a este respecto. ¿Cómo se puede afirmar que todas merecen la misma atención si cada una plantea una solución distinta y en conjunto abarcan todo el arco iris de soluciones que ofrece el liberalismo?, ¿no sería el minarquismo la postura más elegante, al ser precisamente la mas inclusiva, tal y como tu defiendes? El minarquismo tiene en cuenta el Cosmos y la Taxis, las leyes naturales (el orden espontáneo) y las leyes artificiales (instituciones estatales). ¿No es esta la postura a la que tú te suscribes?

3.5.3.3. La teoría monetaria. Si hablamos de disputas no podemos pasar por alto las disensiones que Capella mantiene con Huerta de Soto. El instituto Juan de Mariana surge como un embrión a partir de las reuniones que se realizaban en torno a los seminarios de Huerta de Soto. Pero luego se ha ido distanciando en algunas posturas. La más importante de esas desavenencias tiene que ver con la teoría de los bancos, el famoso coeficiente de caja del 100% y su oponente, la reserva fraccionaria. Capella ya ha expuesto su punto de vista en diversas ocasiones. Pero me gustaría que nos dijera cual es la razón fundamental para defender la reserva fraccionaria.

Si es verdad que existe una especie de especulación generalizada que da lugar a la burbuja crediticia, y si es cierto que todos los agentes de la sociedad acaban incurriendo en esa ilusión, ¿no sería bueno que existieran unas medidas de control para enfriar esa situación, dentro de las cuales se podría considerar el coeficiente de caja del 100% que defiende Huerta de Soto como una de ellas?

3.5.3.4. La teoría del marketing. Hasta ahora hemos comentado las disputas que se producen dentro de casa. Pero también existen disputas con otras corrientes de pensamiento contrarias al liberalismo. Aquí tenemos que preguntarnos varias cosas. ¿Por qué los enemigos son legión? ¿Por qué no suelen ser frecuentes las ideas del liberalismo? ¿Por qué suele triunfar siempre el colectivismo? Y en último lugar, ¿por qué no son tan frecuentes las mujeres dentro del instituto Juan de Mariana? ¿Tiene esto algo que ver con lo anterior? Evidentemente, a todos nos gustaría que fueran más comunes, pero cuales son las causas. Algunos hablan de factores sociales. Pero yo siempre creo que los acontecimientos sociales tienen en último lugar unas causas biológicas. Me gustaría que Capella nos hablara de sus impresiones a este respecto.

3.5.4. Filosofía y metodología

3.5.4.1. Epistemología.

En primer lugar vamos a acotar las definiciones. La noción de Gnoseología y la de Ontología suelen ser objeto de confusión con bastante profusión. ¿Podría darnos Capella una definición de ambas que facilitara su diferenciación?

3.5.4.1.1. Método de la Filosofía.

Para Capella la fundamentación de la escuela austriaca llega hasta la Biología, o como mucho hasta la Física. Pero no va más allá. Deja de lado la Filosofía; no acepta la Filosofía como método racional. Yo creo en cambio que hay que ir más allá de Capella y aceptar también esta disciplina. La escuela austriaca se fundamenta en las declaraciones de Menger, el cual era evidentemente un dualista. Menger enfatizó el método deductivo de la razón pura por encima del método empírico que pregonaba la escuela historicista, lo cual le valió profundas críticas en el seno de esta escuela. Por tanto surge una pregunta que me gustaría plantearle al entrevistado. ¿Cómo se puede ser austriaco y negar la filosofía? ¿Qué es entonces el dualismo metodológico?

¿Existe para Capella alguna disciplina filosófica rescatable? Sabemos que Capella repite siempre esa clasificación que hacían los antiguos (metafísica, gnoseología, lógica, ética, teología). Pero luego rechaza la filosofía. ¿Hay alguna de estas disciplinas que justifiquen la filosofía?

Yo he dividido el pensamiento en gnoseología, metafísica y física. Para mí la teología no tiene cabida en una filosofía racional, y la lógica es una parte constitutiva de la gnoseología, esto es, de las herramientas de trabajo. Por otro lado, la ética es el estudio de las reglas y los valores que avalan a la sociedad civil y por tanto pueden ser integradas dentro de la metafísica como una de sus implicaciones más importantes. Por eso yo divido el conocimiento exclusivamente en gnoseología, metafísica y física. ¿Cuál es la división de Capella?

3.5.4.1.2. Método de la ciencia.

Me consta que Capella es un defensor declarado de la falsación popperiana. Cabe resaltar que Popper propuso el método de la falsación para establecer un cordón sanitario y un límite de demarcación con el que poder diferenciar las teorías científicas y racionales de aquellas otras que no lo eran (de aquellas que no se someten a prueba y que siempre se justifican a pesar de que la realidad se empeñe en demostrar lo contrario). Y precisamente esa proposición que no era científica y que inspiró a Popper para presentar alguna prueba que la desacreditara como teoría fue el ideario del comunismo, la misma que insta a los liberales austriacos a ponerse en guardia y a enseñar los dientes. Cuando Popper se dio cuenta que sus correligionarios en el partido comunista justificaban cualquier matanza de civiles, se percató también de cuál era el problema que arrastran todas las ideas irracionales, que no es otro que el de defender unos planteamientos completamente blindados a la refutación y la corrección. Así, mientras la ciencia evoluciona por prueba y error, y esto le permite ir aproximándose paulatinamente a la verdad, las ideas irracionales persisten en la mentira porque no aceptan ninguna corrección. Por tanto, el comunismo no solo sería una teoría política fallida, también sería una teoría completamente irracional. Para sus acólitos, toda matanza que se haga en nombre de la causa, sirve para demostrar que se está en el camino correcto. Sin embargo, esto solo demuestra que la causa no tiene ninguna justificación racional y que lo único que se busca es imponer una verdad artificialmente creada.

Para enfatizar este aspecto tan importante del liberalismo, Capella habla a veces del sesgo de confirmación, el cual viene a decir que siempre tratamos de defender las propias ideas sin contrastarlas con los demás. En cambio, la mentalidad científica consiste en cargarse las ideas propias, lo antes posible. ¿Por qué es bueno esto, por qué son tan buenas las ideas de Popper para la economía?

3.5.4.2. Metafísica.

3.5.4.2.1. La justificación lógica de los axiomas. Capella aspira a reducir el pensamiento de la escuela austriaca a través de una interpretación biológica de sus postulados. En alguna ocasión ha insistido en la necesidad de reconocer que la biología es más fundamental que la praxeología. No tengo ninguna objeción a este respecto. Convengo con Capella a la hora de afirmar que debemos basar la acción humana en algunos conceptos de la biología y la evolución. Y estoy tan comprometido con esa idea que incluso pienso que Capella se queda corto. No solo hay que ir más allá de la escuela austriaca. Hay que ir más allá de la escuela de Capella. Capella apenas toca el tema de la filosofía. Las pocas ocasiones en las que recomienda la lectura de algún filósofo siempre acude a la bibliografía de Daniel Denett, que no es un filósofo puro sino un filósofo de la ciencia.

Muchos praxeólogos no comprenden bien las bases biológicas de la economía austriaca. Este es un fallo que no se cansa de repetir Capella. Pero Capella también acusa otra carencia. No comprende que el pensamiento de la escuela austriaca tiene raíces mucho más profundas, que arraigan en el terreno de la ontología y la filosofía.

En la universidad de verano que organiza todos los años el Instituto Juan de Mariana, Capella ofreció una charla que llevaba por título «Más allá de la escuela austriaca». Con ella movió la conciencia de algunos asistentes, que no se reconocieron en ese espacio supraeconómico. Así, algunos de ellos se pusieron a hablar de evolución sacando a relucir algunas supuestas fallas de dicha teoría. Todos coincidían a la hora de afirmar que la evolución ha terminado por detenerse con el hombre, el cual es libre para ir en contra de los mecanismos de supervivencia que instan a las demás especies. El hombre ya no se comporta para optimizar su éxito reproductivo. Pero esta es una creencia falaz que se basa en una cierta incapacidad para reconocer el núcleo central de la teoría, así como sus implicancias particulares. Un rasgo o un comportamiento no tiene que ser directamente adaptativo. Vivimos en un mundo de cuatro dimensiones. Tal vez una acción o un rasgo de nuestra conducta no sea hoy lo mas adaptativa que se podría esperar. Pero existe porque en el pasado sí que lo fue. Y no tiene que ser un pasado muy lejano. También puede ocurrir que el beneficio no sea inmediato. Puede que mi acción me beneficie a medio o largo plazo y que la adaptación no se vea de inmediato. Otras veces es el espacio el que juega un factor decisivo. A lo mejor esa acción no provoca un beneficio directo en el entorno más cercano. No obstante a través del beneficio de los demás también es posible que yo salga beneficiado. Existe incluso un tipo de mutación que se explica con la teoría neutralista y que no es beneficiosa ni perjudicial, se extiende en la población por deriva genética, y se mantiene en el tiempo como si hubiera sido seleccionada positivamente. Pero además existen actos y rasgos que pueden empeorar una situación dada y que, mientras no hagan desaparecer por completo al individuo, perviven en él. Se puede considerar que son actos de una entidad que existe y sobrevive, aunque su persistencia seguramente se vea dañada a largo plazo. En definitiva, somos seres que habitamos el espacio y el tiempo, mostramos rasgos adaptativos dentro de ese contexto, y hay que tener en cuenta todas estas circunstancias. Muchas veces, existen adaptaciones que pueden quedar ocultas a nuestro entendimiento porque no consideramos suficientemente esas distancias en el tiempo y el espacio.

¿A dónde quiero llegar con esta digresión? Deseo señalar que existen algunos principios que incumben a todas las cosas, también al hombre. Y que por eso también se deben reflejar en este. El hombre no detiene la evolución. El hombre continúa evolucionando. Todo evoluciona. La evolución no es otra cosa que la persistencia del ser, su existencia continua. Para mí la falsación de Popper es fundamental en el ámbito científico, donde la prueba juega un papel esencial. Pero no puede aplicarse a una cosa tan básica y evidente como es la libertad individual y el individualismo. La individualidad es condición de posibilidad de la existencia. Hay principios existenciales que justifican la metafísica y que estarían reclamando su diferenciación con la ciencia y la empiria. Por ejemplo, lo bueno te mantiene, lo malo te destruye. Capella también rubrica esta afirmación siempre que puede. No obstante, al usar estos términos existenciales lo que estamos es legitimando la metafísica, la persistencia del ser, que dicen los filósofos. No en vano, la supervivencia de la que hablan los biólogos y la persistencia a la que se refiere Platón, Aristóteles o Espinoza, vienen a ser dos conceptos intercambiables. Para mí, la teoría de la evolución es una teoría metafísica. Existen algunos fundamentos tan esenciales que no precisan demostración (falsación). Se llaman axiomas. La individualidad es un axioma. ¿Qué tiene que decir Capella respecto a esto?

3.5.4.2.2. Ayn Rand y los axiomas

Ayn Rand era una defensora acérrima del individualismo, que utiliza como base filosófica para desarrollar todas sus teorías. En esto no se diferencia del austrianismo. ¿Por qué tiene Capella tanta tirria a esta autora? ¿No es el individualismo un axioma compartido por ambas escuelas?

El principal argumento que esgrime Capella para criticar el objetivismo afirma que los randianos rechazan completamente las emociones y solo dan importancia a la razón, es decir, no tienen en cuenta que la razón también se vale de las emociones para actuar y para dirimir. Pero Rand nunca negó las emociones. ¿Hasta qué punto la crítica de Capella va dirigida, no tanto a la escuela objetivista como a los miembros más radicales de dicha escuela?

Veamos lo que nos dice la autora de La rebelión de Atlas: “Las emociones son el resultado de tus juicios de valor; están causadas por tus premisas básicas, que puedes tener de forma consciente o inconsciente, que pueden ser correctas o incorrectas. Un capricho es una emoción cuya causa ni conoces ni te interesa descubrir. Ahora, ¿qué significa actuar por capricho? Significa que un hombre actúa como un zombi, sin ningún conocimiento de con qué está tratando, de lo que quiere lograr, o de lo que le motiva. Quiere decir que actúa en un estado de demencia temporal. ¿Es esto lo que llamáis “jugoso” y “colorido”? Creo que el único jugo que puede salir de tal situación es sangre. Actuar contra los hechos de la realidad sólo puede resultar en destrucción” Ante la pregunta de si se deben ignorar por completo las emociones, eliminarlas completamente de la propia vida, Rand contesta lo siguiente: “Por supuesto que no. Uno sólo tiene que mantenerlas en su lugar. Una emoción es una respuesta automática, un efecto automático de las premisas de valor del hombre. Un efecto, no una causa. No hay ningún enfrentamiento necesario, ninguna dicotomía entre la razón del hombre y sus emociones – siempre que él observe la relación adecuada. Un hombre racional sabe – o hace cuestión de descubrir – la fuente de sus emociones, las premisas básicas de las que proceden; si sus premisas están equivocadas, las corrige. Él nunca actúa basado en emociones que no puede explicar, cuyo sentido no entiende. Al evaluar una situación, él sabe por qué reacciona como lo hace y si está en lo cierto. No tiene conflictos internos, su mente y sus emociones están integradas, su consciencia está en perfecta armonía. Sus emociones no son sus enemigas, son su forma de disfrutar de la vida. Pero no son su guía, la guía es su mente. Esta relación no puede ser revertida, sin embargo. Si un hombre toma sus emociones como la causa y su mente como su efecto pasivo, si se deja guiar por sus emociones y usa su mente sólo para racionalizar o justificarlas de alguna manera – entonces está actuando inmoralmente, se está condenando a la miseria, al fracaso, a la derrota, y no logrará nada más que destrucción – la suya propia y la de los demás”

¿Hasta que punto, a tenor de lo visto, Capella se refiere en sus críticas al objetivismo de Rand, o por el contrario lo que intenta es motejar a algunos de sus miembros y sus herederos actuales?

3.6. Proyectos académicos 

3.6.1. ¿Está Capella satisfecho con lo que ha conseguido en su vida? ¿Qué le falta por conseguir? ¿Cuáles son sus proyectos futuros? 

Existe un rumor por ahí que dice que tienes una tesis entre manos. Pero nunca acaba de llegar. ¿Es verdad lo que dicen algunos, que a veces el polímata abarca tantos temas y tiene tantos intereses que acaba siendo una mente dispersa, incapaz de centrarse y sentarse a escribir un tratado, porque no tiene la suficiente constancia?

3.6.2. Para acabar, vamos a plantear algunas preguntas un poco más personales y jocosas, aunque sin abandonar del todo la seriedad. 

3.6.2.1. Dinos cómo es un día en la vida de Capella.

3.6.2.2. Ahora una pregunta aún más particular (finalmente esta pregunta no fue planteada en la entrevista). Si quieres las respondes, o si quieres no. Capella compara en alguna de sus conferencias la religión y el matrimonio. En ambos casos se necesita el autoengaño. Sin embargo el engaño y el auto engaño suponen un esfuerzo considerable. La felicidad y los proyectos personales acaban dependiendo de otros. La religión es un proyecto compartido que sirve para la cohesión social, mientras que el amor sirve para la cohesión familiar. Pero todos estos proyectos roban mucho tiempo. ¿Existe una entrega a esos proyectos ajenos que es incompatible con el desarrollo de los proyectos propios? ¿Es por tanto incompatible la creencia en la religión o en las relaciones sentimentales con la vida del académico? ¿Es incompatible el reposo y la tranquilidad con el estrés del engaño y la mentira? ¿Es incompatible la razón y la verdad con el engaño y la mentira? O de forma más directa, ¿es Capella una persona religiosa o atea? Y en segundo lugar y no menos importante, ¿es Capella una persona solitaria, se ha impuesto esa soledad, por eso no está casado? Sabemos que Einstein se lo pensó mucho antes de casarse. Escribió una lista con los pros y los contras del matrimonio. Y aunque finalmente acabó contrayendo nupcias, su lista estaba bastante equilibrada. ¿Es incompatible la vida sentimental con el proyecto académico? ¿O es que Capella nunca ha encontrado a esa persona ideal?

FIN DE LA ENTREVISTA

 

 

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Adagio de Adam Smith sobre el interés

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La libertad de Cervantes

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar  la vida.” (Cervantes, 1547-1616)

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El Quijote cervantino entraña una crítica acerba a todas las novelas de caballería que por aquella época estaban a la orden del día y tenían un éxito arrollador entre las clases más pudientes y las señoras y condesas que frecuentaban los salones de palacio y asistían a las sesiones literarias de moda. Cervantes denuncia aquí la falta de realismo de estas novelas de aventura, en las que solo existen héroes y villanos, donde todos son, o muy buenos, o muy malos (como en las actuales telenovelas), y donde siempre vence el bien sobre el mal. Para ello, Cervantes se inventa un personaje patético, la antípoda de la nobleza y la hidalguía, y la antonomasia del anti héroe, todo ello concentrado en la figura de Don Quijote de la Mancha, cuyas aventuras y desventuras reflejan mucho mejor esos defectos comunes que suelen aquejar a la raza humana.

La novela de Cervantes inaugura una época distinta. Su obra da origen a una literatura más realista y desgarradora, donde se describe y cartografía mucho mejor la condición natural del hombre. Por tal motivo, se tiene a Cervantes como el padre intelectual de la novela moderna, y por eso se le idolatra, y por eso se considera tan importante el personaje del Quijote. El Ulises de Joyce, o el Quijote de Cervantes, son obras que simbolizan el paso histórico de la adolescencia a la madurez, un punto de inflexión en la civilización y el culmen de la literatura occidental. Y no exageramos ni un ápice si comparamos esa trasformación literaria con aquella otra que aconteció en Grecia dos mil años antes y que supuso el cambio del mito por el logos y el surgimiento de la ciencia moderna. Ahí reside la gran importancia del Quijote. No entraña solo un interés literario. Supone también el éxito de la razón y la verdad, y el fracaso de la irracionalidad y la brutalidad. El siglo diecinueve nos ha dejado obras de un realismo apabullante, costumbristas o naturalistas unas (las francesas) y cosmogónicas o psicológicas las otras (las inglesas). En ellas se han abordado todos los aspectos más trascendentales del ser humano, y se ha diseccionado su espíritu con una habilidad y una corrección muy superiores a las que pueda haber demostrado cualquier tratado de antropología de la misma época. Pero en cualquiera de los casos, lo que está claro es que el origen geográfico de ese análisis moderno se halla enclavado en el corazón mismo de España (Alcalá de Henares), y se lo debemos al insigne y docto escritor Miguel de Cervantes Saavedra.

Por todo ello, tampoco es extraño que Cervantes toque frecuentemente el tema de la libertad individual. La libertad humana es otra verdad que el autor quiso honrar en las páginas de su obra. Por eso introduce diversos diálogos con referencias claras a esa libertad. Buena muestra de ello es el adagio que aparece más arriba y que no me resisto a repetir de nuevo: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar  la vida.”

La importancia literaria del Quijote nos está hablando también de la importancia social que entraña el respeto por la libertad del hombre.

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Carta de un ateo a otro ateo, la noche de Reyes

Reyes-MagosEn unas fechas como estas, ahítas de rituales y tradiciones vetustas, solemnes recuerdos de viejos amigos ausentes, y tristes añoranzas de infancias perdidas, es importante comprender que no debemos hurtar a los niños esa ilusión navideña que a nosotros ya no nos conmociona tanto, pero que a ellos todavía les llena de felicidad y les aporta satisfacción, la noche de Reyes. Es más, no deberíamos hurtarles ninguna ilusión, por falsas que éstas sean. Me desesperan esos padres ateos que se niegan en rotundo a educar a sus hijos en la fe, robándoles las ilusiones que seguramente solo podrán sentir en ese momento de su vida. Yo no soy creyente, pero a mis hijos les educaría con gusto en la religión católica. Los niños necesitan cuentos, fantasía, historias imaginarias, y eso es independiente de las conclusiones agnósticas a las que puedan haber llegado sus progenitores en la edad madura. Me exaspera esa suficiencia adulta que convierte al niño en una imagen especular de su padre, como si éste ya tuviera que nacer crecido. Si uno ha de ser ateo, lo mejor es evolucionar y alcanzar ese estado desde una posición previa de ignorancia e ilusión. Esa es la mejor manera de apreciar los logros racionales de la madurez, y también la mejor forma de disfrutar las visiones idílicas que nos ofrece la infancia y la bisoñez. Es más, no hay otra forma de progresar como individuo que la de empezar desde abajo, sin nada en absoluto, e ir metiendo cosas en la mochila a su debido tiempo, a medida que vayamos recorriendo el camino, respetando las etapas, disfrutando con cada nueva adquisición, como un coleccionista de objetos. No hay nada peor que coger a un niño y tomarlo por un adulto, cargando a sus espaldas una mochila que apenas puede levantar.

Por lo demás, no hay ningún problema en dejar que los niños crean en fantasías. Todo lo contrario, su desarrollo cognitivo requiere de esas imaginaciones. Durante la infancia el cerebro se está recomponiendo constantemente, igual que ocurre en los sueños de los adultos. ¿Acaso las imágenes oníricas, con todo lo absurdas que son, modifican en algo nuestra percepción de la realidad cuando estamos despiertos? En absoluto. Es más, se sabe que esas visiones nocturnas reordenan la información que el cerebro ha procesado durante el día y constituyen una función fisiológica fundamental, necesaria para pensar y vivir. Igualmente, los niños necesitan la fantasía para ordenar y asimilar la información que van recibiendo del entorno, y no les basta con la noche. Necesitan soñar despiertos. Aquellos padres que impiden esta función, están privando a sus hijos de uno de los mecanismos más importantes de su formación. Que un niño crea en los Reyes Magos con cinco años tiene sobre su desarrollo cognitivo un efecto muy positivo, y ninguna clase de perjuicio. Algunos creen que la educación del niño debe basarse siempre, en todas las etapas, en un proceso de aprendizaje lógico y realista. De lo contrario -nos dicen- corremos el riesgo de que el menor acabe siendo un adulto ingenuo y pueril, capaz de creerse las historias más inverosímiles (algunos liberales piensan erróneamente que esas ilusiones infantiles allanan el camino a las ideas socialistas y abocan al niño a una neotenia permanente y a una vida de pandereta, irreflexiva y doctrinaria). Pero en este caso, influyen sobre todo otros motivos distintos, por ejemplo, el adoctrinamiento que reciba el menor a lo largo de su juventud, o las influencias con las que se junte al llegar a la madurez. Además, un adulto ingenuo es tan anacrónico y resulta tan fallido como un niño con progeria. Cada cosa a su debido tiempo.

El niño es niño, y no hay que sacar conclusiones exageradas de su comportamiento infantil. Los laicistas aborrecen la religión. Muchos ateos se vuelven tan exageradamente racionalistas que ni siquiera conceden a los demás la libertad de creer lo que ellos quieran. Y algunos llegan incluso a prohibir a los niños cualquier mínima ligereza a este respecto.

Recuerdo que cuando era pequeño me solía asaltar, en medio de la noche, un miedo irracional que apenas llegaba a comprender y dominar. Pero entonces hablaba con Dios y al momento se desvanecían todas mis preocupaciones, y dejaba de temblar. Ahora no creo en Dios. Pero tengo otros recursos para evitar ese malestar. Quién sabe qué hubiera sido de mi si en esos primeros años de mi vida, no me hubiera podido aferrar a la única esperanza que se tiene cuando aún no se comprende el mundo de forma racional. Cuando pienso en todo esto, me embarga una sensación de profundo rechazo hacia todos aquellos progenitores que deciden privar a sus hijos del único recurso que tienen para ser felices. Me aburren sus justificaciones, me aborrecen sus obligaciones, y me encocora su arrogancia racionalista y su visaje cenizo. Dejemos que los niños sean lo que son; no les convirtamos en adultos prematuros, ni queramos influir en su personalidad anticipándonos varios años a la propia naturaleza, instándoles a modificar su carácter natural, convirtiéndoles en viejos antes incluso de que les salga bozo y les cambie la voz. Dejémosles en paz, no les adoctrinemos, no les atiborremos con ideas inapropiadas para su edad. Disfrutemos de su frescura y su renovación, aprovechemos las palabras ingenuas y las sonrisas cándidas que nos regalan con su presencia. Y dejémosles en paz. Por Dios, sobre todo ¡dejémosles en paz!

 

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La guerra de Cicerón

“Si ha de hacerse la guerra, hágase únicamente con la mira de obtener la paz.” (Cicerón, 106 a. C. – 43 a. C.)

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La libertad es una lucha permanente a lo largo de la historia. Muchas veces la libertad ha requerido la guerra. Lo que tenemos actualmente se lo debemos a millones de soldados que dieron su vida para que hoy disfrutemos de libertad. No hay nada más antiliberal que defender la libertad negando la guerra.

No hay duda de que el capitalismo y el comercio se fundan en el respeto mutuo entre las personas, el libre intercambio y la paz mundial. En buena medida, el comercio sirve para endulzar las costumbres y a la vez está motivado por esa dulcificación constitutiva. Pero no hay que confundir la esencia del librecambismo con el carácter general de la sociedad. El mundo está gobernado y dirigido por el proteccionismo que impera en las altas instancias, y la lucha por el poder político se extiende más allá de cualquier concesión local que se haga a la libertad de las personas. El proteccionismo y el mercantilismo propugnan exactamente lo contrario. Para estas doctrinas, el flujo de mercancías no puede depender de las ventajas de cada país y de la calidad de los productos. El proteccionismo defiende “lo mío” de la misma manera que un bruto defiende su pequeña almena de locuras. No existen razones lógicas que le asistan. La única razón es que es “mío”. En consecuencia, su única defensa será la lucha permanente, la obligación y la fuerza (la guerra). En cambio, cuando la distribución de bienes depende de la calidad de los mismos, las personas acuden voluntariamente a comprarlos en el mercado, no existen fronteras, ni hay políticos que nos insten a adquirir los productos nacionales. Pero cuando dicha distribución depende de una necia idea chovinista, el tirano deberá imponer cualquier nueva adquisición bajo una fuerte amenaza, empleando las armas cuando sea necesario. La esencia del proteccionismo es la guerra, la del liberalismo es la paz. Ahora bien, el liberalismo no puede luchar contra el proteccionismo usando las mismas formas que emplea para comerciar con el artesano o el productor. Solo en este sentido, el liberalismo está obligado a hacer la guerra. No hace la guerra porque esa sea su esencia y su condición, sino justamente por todo lo contrario, porque no lo es, porque debe vencer a un enemigo que sí tiene como característica invariable esa de combatir con las armas. El liberalismo hace la guerra para buscar la paz. El proteccionismo la emprende para buscar su lugar en el mundo, porque no tiene otra forma de existir. Es imprescindible que no confundamos el sentido que anima estas dos búsquedas. En el primer caso la guerra es un medio. En el segundo es un fin.

No deberíamos denunciar ciegamente cualquier tipo de guerra, como si todos los contendientes fueran iguales, sin apreciar las razones que están detrás de cada uno de ellos. Esa confusión simplona es la semilla del pacifismo incondicional y melifluo que infesta hoy en día muchas conciencias nativas de occidente, y es también la sentencia de muerte de dicha civilización, a manos de aquellos que nunca quisieron ni querrán la paz.

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Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 14.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 5 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

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Filosofía del blog: La Síntesis Liberal

PrintComo afirma el aforismo que aparece en la cabecera de mi blog, aquí el lector va a encontrar un espacio amplio para debatir y pensar sobre todas las materias del conocimiento, esto es, un lugar de unión entre la ciencia y la filosofía, y entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. En definitiva, se encontrará con un remanso de paz en medio del bullicio y la vorágine habituales, una alternativa a ese mundo cada vez más complejo y abigarrado donde los hombres tienden por defecto a especializarse en una asignatura concreta, y por esas van perdiendo paulatinamente la visión global que caracterizaba el pensamiento de sus antecedentes clásicos. No en vano, esta integración fundamental constituye el pilar central sobre el que se levanta el edificio intelectual que aquí se presenta. Y la unión no se reduce a la gnoseología. No es solo una unión de disciplinas, es al mismo tiempo una unión de principios. Como también afirmo en el adagio que preside la cabecera del blog, el autor del mismo se tiene por un liberal contestatario, con un mensaje propagandístico, la difusión de un principio metafísico fundamental digno de ser enseñado o trasmitido, en torno al cual se amalgaman todas las notas y artículos que van a publicarse en este foro. Huelga decir que la libertad individual es ese principio básico del cual se predica todo lo demás.

El título del blog hace referencia a dos ideas que cambiaron mi vida de forma definitiva, los replicadores de Richard Dawkins, y el liberalismo económico de la Escuela Austriaca. La sinergia de estos dos conceptos me permitió avizorar una acuerdo entre las ciencias naturales y las ciencias sociales que iba más allá de cualquier intento que se hubiera hecho hasta entonces.

Posteriormente también encontré vasos comunicantes que unían la ciencia con la filosofía y que quedaban conectados a través del principio de libertad individual. Inmediatamente, me atrajeron todas las disciplinas del pensamiento, las científicas y las filosóficas. De repente, todas me parecieron importantes. Considero que todas ellas deben tener puesta su mira telescópica en el objetivo de la libertad. La única verdad eterna, la metafísica más trascendental, es la que se basa en el principio filosófico de la libertad individual. Asimismo, creo que la ciencia solo encuentra su camino, de continua evolución y de sucesivas rectificaciones, cuando se deja que los hombres actúen libremente, contrastando sus opiniones, en sana competencia, y en pro de las ideas y demostraciones más eficaces y prósperas, las cuales suelen ser también las más provechosas y las que a la larga tienen una mayor aceptación.

Básicamente, los seres humanos tenemos dos vías para incrementar nuestra libertad y contribuir de esa manera a afianzar la conducta en torno al principio metafísico y la verdad más general de todas: la libertad individual. La primera tiene que ver con el entorno donde nos movemos y consiste en reducir el grado de coacción que éste ejerce sobre el individuo en cuestión. La segunda depende de la propia estructura interna del sujeto y aumenta en proporción directa al volumen de conocimientos que atesora el susodicho en su interior. Por consiguiente, la disminución progresiva del Estado (el aparato de coacción externa más ominoso de todos), así como el apego a la literatura (la mayor fuente de aprendizaje), constituyen las dos únicas herramientas que tiene el hombre para salir de su estado natural, predominantemente coercitivo, y desarrollar todas sus potencialidades y facultades. Esas dos claves, la disminución del Estado y el aumento del conocimiento, la aversión a la política y el amor a la sabiduría, son también los dos velámenes que mueven y dirigen el destino de este blog, unidos por sus grátiles a una única verga mayor: la libertad individual, el principio más general de todos.

 

 

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Índice de impacto estatal: la medición del nivel de libertad

328px-Saturno_devorando_a_sus_hijos_thumb[14]El índice de estatalización, o índice de impacto estatal, mide el grado de infiltración del gobierno en el entramado de la sociedad civil. Se calcula dividiendo el número de empleados públicos por el número total de ciudadanos, y el número de ingresos estatales (vía impuestos) por el producto interior bruto de una nación. De esta manera, se cubren los dos factores que determinan el nivel de implicación que tiene el gobierno de un país con respecto al grupo general de personas que componen el mismo. Es decir, se calcula el volumen de trabajadores que participan en la consolidación del Estado y el volumen de recursos que los mismos se llevan en la aplicación de dichas funciones, todo ello comparado con la fuerza bruta de los ciudadanos que representan el grueso de la nación.

La fórmula que he desarrollado resulta del producto de dos cocientes o fracciones naturales, y describe el índice de impacto estatal de una determinada región. A continuación se muestra la expresión matemática:

IIE= (nº de funcionarios públicos)/(nº total de ciudadanos)×(ingresos públicos)/(producto interior bruto)

Esta fórmula debería permitirnos medir el grado de estatalización al que está sometido un determinado país, y compararlo con los ratios de otros estados. A su vez, esta comparativa nos dotaría de un muestreo amplio en virtud del cual poder contrastar también el grado de bienestar que alcanzan los países con IIE diferentes, e indicarnos la tendencia que es preciso apoyar si queremos contribuir a ese bienestar disminuyendo o erradicando dicha estatalización. Lo lógico es que, a mayor infiltración del Estado, menor sea el grado de bienestar social que disfrutan los ciudadanos. El IIE simplemente vendría a ratificar con datos esta presunción.

Uno de los principales factores que modifican esos ratios matemáticos es el grado de integración o división de la sociedad en torno a las ideas e instituciones que velan por la libertad y la independencia de todos los ciudadanos. Un caso típico, en el que se pone en jaque esa unidad, es la segregación nacional.

Cuando se secesiona un país aparece ipso facto un nuevo Estado, con el consecuente aumento de funcionarios públicos y administraciones locales, y con la consecuente disminución del número total de ciudadanos en cada uno de los países que son objeto de tal división. Todo ello, unido al hecho de la relativización en materia legislativa, lleva a que el índice de impacto estatal tienda a incrementarse paulatinamente (aumenta el numerador y disminuye el denominador). Solo en el caso de que el país que se separa tenga el claro propósito de rebajar drásticamente el número de funcionarios, podríamos contemplar un escenario en el que el IIE neto disminuyese de manera apreciable. Pero no suele ser eso lo que ocurre en estos casos. El nacionalismo tiene una clara vocación política. Y en cualquier caso, a igualdad de circunstancias, para países o regiones cuya separación no modifica en nada su política de estado, la unión del territorio siempre contribuye mucho más a rebajar el valor de IIE que su posible separación. No hay duda de que, si la gobernanza se reduce a la gestión de un único Estado, y si el número total de ciudadanos no se ve disminuido por la secesión o las fronteras, el cociente que mide el índice de impacto estatal en dicho país obtiene un valor más bajo que el que se obtendría de la suma de los índices de cada una de las regiones y naciones en el caso de que se separasen, lo cual supone un índice de libertad mayor en el primer caso que en el segundo. Esto nos debería llevar a defender la integridad y la globalización por encima de la división y las segregaciones nacionales, incluso en aquellos casos en los que la separación se justifique apelando al incremento de la competencia y la libertad legislativa que eso traería, como parecen insinuar un alto porcentaje de liberales hodiernos.

Lo repetiré mil veces si hace falta: el liberal anarcocapitalista se equivoca de pleno cuando quiere someter a competencia las leyes básicas que estipulan el ordenamiento jurídico bajo el cual se establecen las condiciones esenciales necesarias para que exista la libertad que él mismo acostumbra a defender. Una ley fundamental no puede ser objeto de mercadeo. Una ley ética universal no es equiparable a un churro o a una patata. Churros y patatas los hay de muchos tipos. Los empresarios pueden competir entre ellos para ver que churros se ajustan más al carácter y el gusto de la población. Pero la ley básica no es un bien heterogéneo en manos de un churrero de feria. Solo existe una ley universal fundamental y una aplicación correcta. En este caso su comercialización resulta nefasta y absurda, e implica la inmediata relativización y desnaturalización del bien en cuestión, el cual es sin duda el más grande de todos los que existen, esto es, el único que favorece la dotación del resto de bienes. El anarquista de mercado se equivoca si lo que quiere es eliminar el Estado y privatizar completamente la oferta de seguridad y la impartición de leyes. Básicamente, es incapaz de diferenciar dos categorías legislativas muy distintas: la esencial, que no debe someterse al arbitrio de las preferencias en materia de gustos, y la contingente, que sí debe hacerlo. Las leyes más básicas no pueden ser en ningún caso un bien variable sometido al agrado particular. Muy al contrario, son un bien homogéneo, irrenunciable y por tanto uniforme (estatal). El índice de impacto estatal debe tender a cero, pero en ningún caso puede ser igual que cero. En otras palabras, un estado mínimo es necesario.

 

 

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La sonrisa de Shakespeare

«Hay sonrisas que hieren como puñales» (William Shakespeare, 1564-1616)

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“Con un mazazo verde, entre vítores, aplausos, sonrisas y selfies, Laurent Fabius finalmente dio por aprobado el Acuerdo de París.” Así concluía ayer, según relatan ya algunos medios de comunicación, la enésima cumbre sobre cambio climático celebrada por la mayoría de países del mundo, con la anuencia de los grupos ecologistas y las organizaciones antisistema. Pero para algunos, el espectáculo que se ha ofrecido al finalizar la cumbre no ha podido ser más bochornoso. Ver a todos esos monigotes políticos clausurar el congreso entre risas y alharacas, festejando con alborozo la inminente lapidación de miles de millones de euros, el secuestro de la economía mundial y el futuro de las siguientes generaciones me produce la misma sensación que me daría ver a un tonto caminar hacia un desfiladero tocando las maracas. ¿Que festejan estos pazguatos? Incluso en el caso de que eso del cambio fuera tal y como dicen (que no lo es) lo que han firmado ayer allí es un acuerdo que sin duda va a sacrificar una gran cantidad de recursos económicos en el altar de las ideologías, recursos que, de no ser infrautilizados por el estadista, habrían contribuido al bienestar del hombre mucho más de lo que algunos imaginan. En cambio ahora serán destinados a un fondo perdido (una buena parte vuelve a destinarse al desarrollo de los países de África, donde seguirá siendo utilizado por muchos de los sátrapas que hoy en día tiranizan esas regiones del mundo para continuar aferrándose al poder). El luto y no la fiesta es lo que tienen que celebrar todos esos senadores y dirigentes del mundo, junto con todos sus adláteres ciudadanos. Todos ellos nos van a llevar a una muerte segura. Nos asfixiarán lentamente. Seremos más pobres de lo que hubiéramos sido de no haber firmado esos acuerdos, tendremos menos recursos para combatir las adversidades naturales, entre ellas la que ocasiona el supuesto cambio climático (si lo hubiera), menos medicamentos, menos longevidad, menos puestos de trabajo, menos tecnología, etc… Pero al menos queda el consuelo de saber que moriremos con una sonrisa en la boca, como mueren todos los tontos. ¡Maldito consuelo!

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El Estado de Frédéric Bastiat

«Todo el mundo quiere vivir a expensas del Estado. Olvidan que el Estado vive a expensas de todo el mundo.» Frédéric Bastiat (1801-1850)

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La causa de que el socialismo fracase una y otra vez es la misma que aquella que hace fracasar también al idiota que sueña con graduarse en la universidad, o al enclenque que aspira a ganar la competición de halterofilia de su barrio. El Estado es una gran ficción. No el Estado como tal, sino el Estado que se arroga unas capacidades inverosímiles. El político suele imaginarse a sí mismo como un gran hombre de negocios. Pero el Estado en el que medra no se parece a ninguna gestoría de empleo, no produce metales, no inventa transistores, y tampoco fabrica zapatos. El político, en cuanto llega al poder, se dispone a manipular todas las industrias del país, y espera que los directivos de esas empresas se dobleguen de inmediato ante sus nuevas directrices, e incluso piensa que lo hará tan bien que todos le lisonjearán y le aclamarán como si fuera el nuevo empresario del año. No existe una arrogancia mayor que ésta. Y tampoco hay ejemplos de una creencia más servil que la de aquellos ciudadanos que acaban pensando que el Estado tiene la solución a todos sus problemas. En el fondo, el Estado es como una vieja lotera gorda y famosa, sentada delante de su administración los días previos a la Navidad. Todos ponen sus esperanzas y su dinero en ella. Y la gran mayoría no recibe nada a cambio. Solo unos pocos se benefician del esfuerzo de todos los demás. El motivo de esto es bastante evidente: las bolas numeradas no discriminan por razón de mérito. Y el político tampoco lo hace. El azar juega en ambos casos un papel preponderante. La impericia del político le lleva en su caso a tomar decisiones generalmente arbitrarias, que están fundadas en la más absoluta ignorancia, y alimentadas con la vanidad que le sugiere su cargo. Por otro lado, la realidad social de la que todos somos partícipes, aquella que se intenta cambiar para mejor, no es una obra exclusiva del Estado, ni mucho menos. La crean principalmente los individuos que actúan a diario en el ámbito particular. Los políticos no crean nada. Todo lo contrario, subsisten a base de rapiñas, sustrayendo mediante impuestos el alimento y los recursos que se procuran los trabajadores en el tajo. Por ende, ningún ciudadano podrá jamás vivir a expensas del Estado demasiado tiempo, solo lo podrá hacer durante el periodo que dure la ficción, y solo si pertenece al selecto grupo de privilegiados que languidece a la sombra del gobierno de turno.

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El huerto de Juan Ramón Jiménez

Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol.
Y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando

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Ahora, con 40 años, empiezo a estar penetrado y henchido de cultura. Mi cabeza está preñada de ideas. Releo una y otra vez los libros que más me impresionaron. Me afano en pulir una explicación del mundo que ahora ya puedo decir que no tiene demasiados secretos. Contemplo la vida y aprecio en ella un sinfín de aristas y colores que antes no existían. Mis teorías se han vuelto sobre sí mismas. Las primeras ideas se han visto ratificadas con las últimas, aunque pertenezcan a ámbitos del conocimiento muy alejados, precisamente porque pertenecen a ámbitos muy distintos. Empiezo, pues, a mirar el cuadro del mundo con una especie de regocijo contenido, consciente de todos sus lados, pero consciente también de la caducidad que está impresa en esa mirada. Esta época de esplendor también coincide con la madurez. Y en ella, la muerte también empieza a hacerse evidente. Algunos achaques me recuerdan que no duraré demasiado tiempo. En la pubertad veía cómo mi cuerpo se iba hinchando paulatinamente, se llenaba de músculos y nuevos resortes de carne y hueso, se volvía más turgente, se mostraba más eufórico, y no podía evitar sentirme bien al pensar que algún día habría de convertirme en un hombre. Pero ahora veo como se bate en retirada, el cabello se debilita, aparecen las primeras arrugas, los ojos ya no brillan con aquel fulgor inicial, y, en consecuencia, tampoco puedo abstraerme de esa otra imaginación que augura un tipo de hinchazón muy distinto, uno que aviene con los primeros estertores de la muerte y que se intensifica con la descomposición y putrefacción del cuerpo. Todo me recuerda que algún día habré de morir. Al menos, cuando pienso en todo esto, me queda el consuelo de saber que el gozo intelectual que pude haber sentido en algún momento de mi vida no es nada comparado con el júbilo que sentirán los hombres del mañana, atravesados de un conocimiento mucho mayor. Lamento que mi vida se acabe tan pronto. No obstante, mi vida no es otra cosa que sensaciones y pensamientos, y estos no desaparecerán nunca, van a estar siempre ahí, animando a otros organismos mucho mas eruditos que el mío. Los pájaros nunca van a dejar de cantar; el huerto florido, y el pozo encalado. El mismo consuelo que infundía tranquilidad a Juan Ramón Jiménez cuando imaginaba su huerto con su verde árbol y su pozo blanco, también alentaba a David Hume en sus últimos días. Hume afirmaba que la felicidad más perfecta tiene que ver con la contemplación del más perfecto de los objetos, el universo. Y acababa su alegoría con la siguiente frase: “Pero nos conforta que, si empleamos dignamente las facultades que aquí se nos asignan, estas se ampliarán en otro estado de existencia, de forma que lleguemos a ser más adecuados adoradores de nuestro hacedor, y que la tarea que no puede nunca concluirse en el tiempo sea propia de una eternidad.”

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