La sonrisa de Shakespeare


“Hay sonrisas que hieren como puñales” (William Shakespeare, 1564-1616)

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“Con un mazazo verde, entre vítores, aplausos, sonrisas y selfies, Laurent Fabius finalmente dio por aprobado el Acuerdo de París.” Así concluía ayer, según relatan ya algunos medios de comunicación, la enésima cumbre sobre cambio climático celebrada por la mayoría de países del mundo, con la anuencia de los grupos ecologistas y las organizaciones antisistema. Pero para algunos, el espectáculo que se ha ofrecido al finalizar la cumbre no ha podido ser más bochornoso. Ver a todos esos monigotes políticos clausurar el congreso entre risas y alharacas, festejando con alborozo la inminente lapidación de miles de millones de euros, el secuestro de la economía mundial y el futuro de las siguientes generaciones me produce la misma sensación que me daría ver a un tonto caminar hacia un desfiladero tocando las maracas. ¿Que festejan estos pazguatos? Incluso en el caso de que eso del cambio fuera tal y como dicen (que no lo es) lo que han firmado ayer allí es un acuerdo que sin duda va a sacrificar una gran cantidad de recursos económicos en el altar de las ideologías, recursos que, de no ser infrautilizados por el estadista, habrían contribuido al bienestar del hombre mucho más de lo que algunos imaginan. En cambio ahora serán destinados a un fondo perdido (una buena parte vuelve a destinarse al desarrollo de los países de África, donde seguirá siendo utilizado por muchos de los sátrapas que hoy en día tiranizan esas regiones del mundo para continuar aferrándose al poder). El luto y no la fiesta es lo que tienen que celebrar todos esos senadores y dirigentes del mundo, junto con todos sus adláteres ciudadanos. Todos ellos nos van a llevar a una muerte segura. Nos asfixiarán lentamente. Seremos más pobres de lo que hubiéramos sido de no haber firmado esos acuerdos, tendremos menos recursos para combatir las adversidades naturales, entre ellas la que ocasiona el supuesto cambio climático (si lo hubiera), menos medicamentos, menos longevidad, menos puestos de trabajo, menos tecnología, etc… Pero al menos queda el consuelo de saber que moriremos con una sonrisa en la boca, como mueren todos los tontos. ¡Maldito consuelo!

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