Darwinismo social: el verdadero y el falso


Quiero inaugurar este artículo usando la misma reflexión que emplearé en último caso para terminarlo: me voy a remitir a las conclusiones. De ese modo, el lector sabrá qué le espera en lo sucesivo, y a qué debe atenerse, si es que toma la decisión de seguir leyendo. El darwinismo social es un concepto muy ambiguo y polémico, y no me gustaría que nadie empezase este texto (o que lo dejase) cargando con toda la mochila de prejuicios y escrúpulos que a buen seguro habrán intentado colgarle a las espaldas. Por tanto, considero que es necesario incluir ahora una aclaración o acotación previa, a pesar de que volvamos a insistir en las mismas ideas a lo largo de todo el opúsculo.

Habitualmente, creemos que el darwinismo tiene una aplicación social que conlleva irremediablemente una visión imperialista del mundo, que conduce directamente a la matanza de millones de seres humanos, bajo la excusa de la inferioridad racial de una determinada parte de la población. Pero esto es completamente incierto. El darwinismo social será una teoría política correcta en la medida en que adopte un enfoque evolutivo aceptable, y sólo fallará cuando tergiverse las ideas que expuso Darwin en su teoría sobre el origen de las especies. Y es precisamente esa certitud inerradicable de la teoría la única cosa que me gustaría resaltar aquí.

La síntesis neodarwiniana ha venido a decir, entre otras cosas, que la selección natural opera a distintos niveles. Es una selección multinivel que se puede aplicar de igual modo a los genes, las poblaciones o las especies. En este sentido, resulta particularmente interesante comprobar que la escuela austriaca de economía (máxima representante actual del liberalismo clásico) tiene una teoría social basada también en tres niveles principales: la acción humana (praxeología), el intercambio económico (cataláctica), y los órdenes espontáneos. Por consiguiente, lo que voy a intentar defender a continuación es que el darwinismo social feten, aquel cuya aplicación conlleva una adopción adecuada, sólo puede resultar de esa combinación de factores que aúna por un lado la comprensión correcta de la selección natural, y por el otro la visión social que auspician los principios económicos de la escuela austriaca.

El darwinismo social es una teoría política que propugna la utilización de las leyes naturales que describen la evolución biológica y la selección natural (propuestas por Charles Darwin) para aplicarlas al ámbito de las instituciones humanas. Su demostración está basada en el concepto de supervivencia del más apto, concebido como mecanismo de evolución social, y en la creencia de que la selección natural puede ser estudiada y usada para mejorar la sociedad o la raza humana. Para ello solamente debemos insistir en la importancia que adquiere la competición por los recursos naturales entre las distintas entidades que forman una comunidad política, ya sean éstas individuos o colectivos (clanes, civilizaciones, etc…), y en la preeminencia indiscutible de aquellos grupos que resulten victoriosos en esa contienda. El  darwinista social no aspira a conocer cómo se ha logrado esa victoria, ni cuáles son los principios por los que se rige el ganador. Da por hecho que aquellos que consiguen vencer son siempre los mejores, en todos los sentidos, da igual las artimañas o estrategias que hayan utilizado para acceder al poder. El darwinista social considera que la sociedad se refuerza y perfecciona cuando los vencedores obtienen el dominio por el que han estado luchando todo el tiempo, e importa mucho menos qué quieran hacer con ese poder.

Pero todas estas ideas suelen llevar a pensar que la competencia favorece siempre a la raza más fuerte, o que la lucha tiene que llevar necesariamente a la desaparición de una de las partes en litigio, asesinada o destruida a manos de la otra facción. Estas interpretaciones justifican casi cualquier acción que cometan los hombres. Por ejemplo, se defiende la eugenesia como aquella medida legítima que es necesario aplicar para “depurar” o “mejorar” la especie humana. O se justifica el dominio de una determinada clase social apelando exclusivamente a sus habilidades maquiavélicas (monarquía), su beligerancia (feudalismo), o su mayor número (marxismo).

En estos casos, la competencia se suele entender como una lucha intestina entre varios colectivos sociales, y cada uno de nosotros tenemos que tomar parte y posicionarnos a favor de alguno de ellos. El darwinismo social consiste entonces en utilizar la teoría de Darwin con miras a primar exclusivamente a un determinado colectivo, al objeto de eliminar a los demás grupos, y lo único que varía en este juego de estrategias es la situación que nosotros ocupamos dentro de todos esos movimientos. Si queremos preponderar por la fuerza a una raza determinada, nos convertimos ipso facto en darwinistas sociales de derechas (nazismo). En cambio, si lo que queremos es crear una sociedad igualitaria basada en la colectivización de todos los bienes y factores de producción, tenemos que abrazar un darwinismo social de izquierdas (comunismo o socialismo), y habrá que eliminar a todas las clases sociales, dejando a salvo solamente una. Pero, en ambos casos, lo que conseguiremos será promover una competencia de suma 0, en la que necesariamente tendrá que haber un ganador y un perdedor.

No obstante, las consecuencias ideológicas obvias que se derivan de este tipo de visiones genocidas (de eliminaciones sistemáticas), todas aquellas que han llevado al enfrentamiento y exterminio de una parte de la población, no nos debe conducir a pensar que el darwinismo social es también una teoría abominable. En sentido lato, el darwinismo social no es otra cosa que la aplicación de la biología a la sociología, lo cual supone una de las generalizaciones científicas y filosóficas más importantes que existen.

La interpretación correcta de la teoría de Darwin, y su adecuada aplicación, no vienen de la mano de ninguno de los dos tipos de corrientes que acabamos de ver más arriba. Existe asimismo una tercera aplicación mucho más oportuna y realista.

El verdadero darwinismo es aquel que no excluye ningún nivel social de ordenación. Considera al individuo y al colectivo como dos entidades reales, que hay que tener en cuenta a la hora de atender las necesidades organizativas de una sociedad. En este caso, no se ningunea ningún ámbito de jerarquía. Como dice Wilson en su libro El sentido de la existencia humana: “…la clave es la selección multinivel. Esta formulación reconoce que la selección natural existe en dos niveles: la selección natural, radicada en la competencia, y la cooperación entre los miembros de un mismo grupo”. Por consiguiente, ninguna teoría se debe centrar exclusivamente en un individuo o un colectivo determinados, sino que debe entender que ambas categorías son reales y están sometidas a los mismos vaivenes evolutivos y presiones ambientales. Si consideramos la competencia como una virtud esencial, debemos apoyar aquellas situaciones reales que generen una mayor diversidad, no sólo en individuos sino también en estratos o grupos sociales, y tenemos que avalar las únicas medidas y condiciones de posibilidad que al final permiten una pugna sana y creativa entre todas esas entidades.

La lucha por la vida y la existencia es un combate a todos los niveles, individuales y colectivos, egoístas y altruistas, subjetivos y objetivos. Por consiguiente, sólo si atendemos a todos ellos estaremos garantizando también nuestra propia supervivencia y nuestra seguridad personal. No cabe duda que el éxito de cualquier criatura depende siempre de dos tipos de beneficios o acciones, del beneficio directo que consigue dicha criatura a costa de los demás (beneficio individual), o de aquel otro que, de forma indirecta, propicia un beneficio en los demás que a la larga también le favorece a ella (beneficio colectivo). No debemos obviar ninguno de estos dos mecanismos evolutivos, pues son la causa respectivamente de que existan individuos más exitosos que otros (mejorados), y de que existan también organismos multicelulares, relaciones simbióticas, sociedades de insectos y comunidades humanas.

Pero el auténtico darwinista social también es consciente de que el nivel del individuo es el más esencial de todos, que se encuentra en la base de toda la pirámide social, y que por tanto se debe tener en cuenta en primer lugar, a la hora de elaborar los principios funcionales y las normas deontológicas que dotan de sentido e impulso a toda la estructura social.

En relación con esto, la única ideología política que tiene en cuenta esas dos consideraciones, a saber, el reconocimiento de distintos niveles de organización, y la apreciación de un nivel más fundamental, es el liberalismo clásico. El liberalismo propugna una defensa férrea y cerrada del individuo, pero no como un ente aislado de poder fáctico, sino como la principal fuente de comportamiento social, origen y motor de todas las relaciones humanas, y encuentro entre todas las personas y agregaciones de una comunidad. Igual que el físico aprende a reconocer en los átomos a los principales actores e ingredientes básicos de toda la materia, el liberal clásico atribuye a las acciones individuales un papel protagonista en la elaboración del mesénquima que acaba dando consistencia a todas las sociedades.

En este sentido, me parece impropia la mala fama que ha recibido el darwinismo social en el último medio siglo, tan impropia como esa interpretación opuesta que hacen los nazis y los comunistas en relación con el mismo tema. Cada vez que alguien se atreve a utilizar esta teoría interdisciplinar para sacar algunas conclusiones políticas o económicas, se expone a ser tachado por los demás de nazi y de racista, como si los que defendemos ciertas leyes generales que afectan tanto a la biología como a las humanidades, fuéramos instigadores de un odio patriótico irracional. Nadie que entienda el concepto de evolución podrá estar de acuerdo con aquellas depuraciones que propugnaba la superioridad de una única raza y su dominio absoluto. Cualquier idiota sabe hoy en dia que los sistemas más estables y evolucionados (las selvas) son también los depositarios de la mayor diversidad genética y el mayor número de especies animales y vegetales que pueden catalogarse en un ecosistema. Precisamente, la evolución darwiniana se basa en esa diversidad y adaptación, que procuran millones de individuos distintos, para poder poner en marcha sus mecanismos operativos. La supremacía de un sólo espécimen o una raza concreta (darwinismo social de derechas), así como la de una única clase social (darwinismo social de izquierdas), no tienen nada que ver con el rico proceso natural de evolución que promueve la vida. Cualquier objeción a esta afirmación constituye un fraude intelectual de proporciones bíblicas.

En el estudio preliminar a Los primeros principios de Herbert Spencer, el prologuista José Luis Monereo Pérez rescata para el lector una analogía del autor que reza lo siguiente: “no se podrán comprender de una manera racional las verdades sociológicas, si antes no se han comprendido racionalmente las verdades biológicas”. Ahora bien, dichas analogías, al igual que el resto de las aplicaciones del darwinismo, pueden tener algunas fallas considerables. Es cierto que sólo comprenderemos plenamente las verdades sociológicas cuando hayamos entendido como funciona la naturaleza en ámbitos más generales, esto es, cuando hayamos desentrañado los principios que gobiernan todo el orden universal. Pero en el camino podemos cometer graves errores. Si creemos que la defensa del darwinismo social debería conducirnos a realizar también una defensa cerrada de algún individuo en particular (Hitler), o de un estrato social concreto (Marx), si creemos que debemos estar del lado de todos aquellos grupos que salen victoriosos en las refriegas violentas o las guerras mundiales, si pensamos que el liberalismo económico propicia una lucha salvaje que consiste en defender a toda entidad que alcance el éxito a cualquier precio, a pesar de que arrastre con ella una destrucción mucho mayor que los logros que dice abrazar, si creemos que la evolución es solamente una lucha de dientes y garras, estaremos incurriendo en una equivocación flagrante. Pero también nos estaremos equivocando si pensamos que la evolución no beneficia a determinados individuos o actitudes en detrimento de otros, y que solo se dedica a premiar la simbiosis y la colectivización (como le gustaría creer al sociólogo de izquierdas). Solo aquellas aplicaciones o analogías biológicas que tienen a bien considerar la evolución como un mecanismo multinivel (que selecciona todas aquellas estrategias que producen beneficios en diversos niveles: individuales y colectivos), podrán interpretar dicha evolución de la mejor manera posible, máxime cuando estamos hablando de una especie (humana) que ha basado gran parte de su éxito evolutivo en la inteligencia personal de sus miembros y la colaboración social. Lo correcto en cualquier caso consiste en no obviar la importancia de las necesidades individuales por mor de una apuesta social colectiva a gran escala, ni tampoco pasar por alto las necesidades sociales y los bienes públicos bajo la creencia de que solo existen beneficios individuales y propiedades privadas.

Y para tener en cuenta ambos aspectos, hay que saber diferenciar en primer lugar cuales son las necesidades individuales y cuales las colectivas. Y seguidamente, sin solución de continuidad, hay que apostar por ese principio que resaltaba Adam Smith en sus ensayos económicos (la mano invisible), el cual parte del interés propio de cada ciudadano (el cervecero o el panadero) y contempla a su vez cómo este aliciente personal sirve para generar un orden espontáneo y un beneficio social mucho más amplio.

Además, una vez exonerados de las cargas ideológicas que nos llevan a defender, ora a los individuos, ora a los colectivos, debemos considerar también la posibilidad de proteger dicho interés con la fuerza del Estado y las cámaras legislativas, pero no con un sistema que aplaste la iniciativa privada (colectivismo exagerado) o que solo conceda crédito a aquellas decisiones que se toman en el ámbito privado (anarquismo de mercado), sino con uno que sea consciente de que existen distintos niveles de organización, bienes individuales (heterogéneos) y bienes colectivos (homogéneos), y que la mejor manera de tener en cuenta estos dos estratos de la realidad consiste en apoyar unas leyes generales que estén en consonancia con estas jerarquías, dejando que los individuos actúen para satisfacer sus necesidades particulares solo en aquellos casos en los que compitan para ver cuál de ellos beneficia en mayor medida al resto de la sociedad. Y esto se llama economía de mercado, se basa en la capitalización, el ahorro y la productividad, y se articula gracias a aquella competencia empresarial que tiene como único propósito satisfacer al consumidor medio.

Como dijo Spencer: “El hombre definitivo será tal que sus necesidades particulares coincidirán con las necesidades públicas. Será el hombre que, realizando espontáneamente lo que le indica su naturaleza, realizará también incidentalmente las necesidades de una unidad social; y el que, sin embargo, no podrá manifestar la plenitud de su naturaleza más que a condición de que todos los demás hagan otro tanto”. Spencer se da cuenta aquí de que existen ambos tipos de bienes, públicos y privados, y que todos se satisfacen dejando que los individuos actúen libremente buscando los suyos propios.

Ahora bien, también es preciso reconocer que no todos los individuos o asociaciones buscan su propio interés a través de la participación en el mercado y la generación de una ganancia general. Por consiguiente, deben existir unas normas básicas de obligado cumplimiento, un estado mínimo que, a modo de observador imparcial, garantice que todos los individuos sin excepción busquen el beneficio propio a través del intercambio voluntario con sus coetáneos, y no mediante relaciones o vínculos violentos. Algunos Spencerianos también han llegado a creer que el Estado no es en absoluto necesario, y es aquí precisamente donde entran en clara contradicción con sus propias ideas, pues nada hay más contrario a los principios biológicos universalmente válidos que la ausencia de un marco regulatorio del mercado que garantice también en el plano general tales proposiciones. Pero igualmente se equivocan algunos exegetas como José Luis Monereo (el prologuista de la obra de Spencer), cuando interpretan el liberalismo económico que asocian al spencerianismo como: “todo un símbolo de autocomplacencia, que se quebró estrepitosamente cuando se constató en los hechos que la ideología liberal individualista había fracasado sistemáticamente por ser incapaz de suministrar los lazos sociales necesarios para la cohesión social y el gobierno pacífico y eficiente de la sociedad industrial cuyo triunfo defendía encarecidamente”. Sin embargo, no existe mayor exponente y mejor ejemplo de esos lazos civiles a los que se refiere Monereo que las sociedades industriales que se fraguaron en el siglo XIX como consecuencia de la revolución industrial, el libre mercado, y la competencia empresarial.

Ni tan corto ni tan largo. Ni los individualistas radicales que solo creen en la propiedad privada, ni los prologuistas del socialismo que aspiran a seguir impartiendo justicia bajo la prebenda exclusiva del beneficio colectivo. La única interpretación darwinista válida es aquella que defiende una organización social basada en la competencia empresarial orientada a la producción de bienes económicos que tengan una demanda voluntaria real, esto es, que sean satisfactorios para los distintos consumidores. El beneficio general (la satisfacción de todos los consumidores) debe estar basado también en aquel beneficio particular que permite la ganancia del empresario o el individuo, y que le insta a producir. O dicho de otra manera: ¡al colectivo por el individuo!. Solo así podemos abrazar una teoría multinivel más realista y fundada, y constituir una sociedad atenta con todos los beneficios y necesidades, y más exitosa que las demás.

En el fondo, no debería resultar muy difícil entender que el orden espontáneo de la naturaleza que evoca la mano invisible de Adam Smith, y que defiende también el liberalismo, atiende al interés privado del individuo y lo pone al servicio del interés público que queda representado por todos los consumidores. Asimismo, tampoco debería entrañar ninguna dificultad comprender que las necesidades de la gente pueden ser heterogéneas, cuando hablamos de gustos personales, o pueden ser homogéneas, cuando nos hacemos con los principios y leyes generales que garantizan a todos los ciudadanos el derecho a disfrutar por igual de dicha heterogeneidad. Igualmente, tampoco es difícil entender que el mercado, por su naturaleza, es la institución que mejor sirve a las necesidades múltiples que tiene cada persona, y que el Estado limitado, por la suya, es el que mejor atiende y protege las necesidades unívocas. Y que por eso, solo cuando atendemos a estos dos niveles de ordenación y utilizamos las instituciones adecuadas para procurar dichos cuidados, es cuando de verdad la evolución y el progreso humano alcanzan la mayor de las velocidades y la mayor cota de desarrollo posible.

Pero será difícil librarnos de los prejuicios que se han instalado en el imaginario colectivo a raíz de algunas aplicaciones nefastas del darwinismo. Ciertas corrientes intelectuales de dudosa acreditación insisten en poner todo su énfasis en demostrar que la teoría evolutiva avala un principio colectivo según el cual la naturaleza estaría favoreciendo constantemente las asociaciones de individuos, el comunitarismo y la simbiosis entre especies (darwinismo social de izquierdas). Otros grupos no menos ajenos a estas disputas pseudointelectuales pretenden todo lo contrario, quieren enfatizar solamente al individuo, y creen que toda la evolución natural apoya sus ideas de dominio y selección basadas en una competencia salvaje y sanguinaria que tiene como resultado la victoria de un único contrincante (darwinismo social de derechas). En cambio, nosotros los liberales clásicos, sabemos que esto no es así. Nosotros somos los verdaderos darwinistas sociales. No nos basamos en ninguna ideología maniquea. Asumimos como reales todos los niveles de la naturaleza, e igual que hacen los científicos profesionales, estudiamos la acción de la selección natural aplicándola a todos los niveles, elaboramos un patrón de acción utilizando una metodología reduccionista, observando primero las partes constituyentes del sistema, los individuos o los átomos, pero partiendo de ahí, aspiramos luego a producir un modelo multinivel lo más ajustado posible a la realidad, con la selección ejerciendo presión a distintas alturas.  Dicho sistema no es ni más ni menos que el modelo que aplica el liberal clásico para describir el mundo. En la base, la acción humana; sobre esta, las relaciones de intercambio; como propiedad emergente, los órdenes espontáneos o las sociedades abiertas; y como garantía última, un estado mínimo basado en la ley.

Por tanto, solo existe una manera correcta de entender la competitividad y la evolución (y de llevarla al plano de la sociedad), y es aquella que permite el enfrentamiento de los individuos solo cuando este tiene como consecuencia la mejora de la propia evolución y el progreso general de todos los ciudadanos, situación que solo se da cuando se favorece la competencia libre de las personas por ver cuál de ellas es la que ofrecen mejores cosas a los demás. Esta es la única consideración que tiene en cuenta, tanto las necesidades de los individuos, que competirán para mejorar su vida personal, como las necesidades del colectivo, que se beneficiará de las ofertas mejoradas que realicen esos competidores. Y este sistema no tiene otro nombre que mercado libre, y no se basa nada más que en la propiedad privada de los medios de producción (necesaria para generar interés), en la importancia del capital como generador de riqueza (capitalismo), en la distribución de los bienes producidos a través del intercambio libre, y en la demanda soberana del consumidor.

La teoría multinivel de la selección natural que hoy acepta ya toda la comunidad científica tiene su equivalente político en esa otra teoría liberal que sustenta sus principios en el respeto a la libertad personal, en la medida en que éste respeto fomente la competencia entre individuos que buscan satisfacer las necesidades de la sociedad en su conjunto; de todos los consumidores. Solo bajo esa óptica es posible contemplar una selección ciertamente enriquecedora, capaz de escoger a los mejores individuos y a las mejores sociedades. Solo así se tienen en cuenta todos los niveles de organización que constituyen el cuerpo y el tejido de cualquier entidad comunitaria, empezando por el primer constituyente de todos: el individuo (sus acciones e intereses personales), y llegando hasta el último de ellos: el colectivo que integra a toda una nación, o la cultura que representa a una civilización entera.

Por consiguiente, la teoría de los tres niveles de la escuela austriaca (y con ella el liberalismo clásico) no es otra cosa que el corolario lógico que emana de los principios científicos que caracterizan a la evolución biológica. Resulta incomprensible que, habiendo aceptado hace siglos las ideas de Darwin, todavía estemos peleándonos en las urnas por ver quién alcanza la mayoría parlamentaria para implantar un sistema de organización social completamente distinto al anterior. Pero más increíble aún es que aquellos mismos que defienden la selección natural y que se dicen científicos, apoyen al mismo tiempo una colectivización y una centralización económica que arrasa completamente con la competencia empresarial, la iniciativa privada, la diversidad de agencias, y la libertad de mercado.

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