Instituto Arquitas: introducción a la filosofía vital


Instituto Arquitas de Tarento

Organización dedicada a la promoción de la libertad individual y el progreso tecnológico. Nuestros referentes académicos son la escuela económica de Carl Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la corriente transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad)

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La Singularidad tecnológica como condición unamuniana

La idea central sobre la que gravita todo el pensamiento de Unamuno, y la angustia que le acompañó cada día de su vida, queda resumida con una sola palabra: muerte.  La constatación de ese dramático final, para el que todos tenemos que estar preparados de una u otra manera, y las ganas irremisibles de vivir, que también afectan a la mayoría de los seres conscientes, se confabulan para producir en el hombre un malestar y una pesadumbre rayanas con la metafísica. El óbito tiene para Unamuno una categoría ontológica. Es lo que el filósofo denomina el sentimiento trágico de la vida. La conclusión a la que llega Unamuno, después de meditar largo y tendido, revela una condición del hombre irrecusable (como toda ontología), la necesidad de trascender este mundo y creer en alguna forma de vida eterna: “… hay que mitologizar respecto a la otra vida como en tiempo de Platón…, no hay modo de concebir sin contradicciones y despropósitos la visión beatífica y la apocalipsis ¡Y sin embargo…! Hay que anhelarla, por absurda que nos parezca, es más, hay que creer en ella. Para vivir ¿eh?, no para comprender el universo… Hay que creer en la otra vida, en la vida eterna de mas allá de la tumba, y en una vida individual y personal, en una vida en que cada uno de nosotros sienta su conciencia y la sienta unirse, sin confundirse, con las demás conciencias todas en esa otra vida para poder vivir esta y soportarla y darle sentido y finalidad. Y hay que creer acaso en esa otra vida para merecerla, para conseguirla… Y hay sobre todo que sentir y conducirse como si nos estuviese reservada una continuación sin fin de nuestra vida terrenal después de la muerte”

Unamuno no consiente en aceptar esa suerte de indiferencia que practican algunos ateos irreverentes, mediante la cual consiguen ser tan felices, al menos, como los creyentes más comprometidos. Y tampoco concibe esa otra vertiente del ateo no menos comprometida, que, por mor de una honradez intelectual, lleva a sus adeptos a la muerte con una sonrisa en la boca, sabedores de que van a desaparecer, pero conscientes también de que se han mantenido honestos, firmes en sus convicciones escépticas, amantes fieles de la vida material, conscientes de las maravillas de este mundo, cuyo disfrute ya nadie les podrá arrebatar. La última mujer de Carl Sagan tiene unas hermosas palabras a este respecto: “Cuando mi esposo murió, porque era muy famoso por no ser creyente, muchas personas se me acercaban – todavía me sucede algunas veces – y me preguntaban si Carl había cambiado al final y se había convertido a la creencia en una vida después de la muerte. También me preguntan frecuentemente sí creo que lo volveré a ver. Carl enfrentó su muerte con infatigable valentía y nunca buscó refugio en ilusiones. La tragedia era que ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Nunca he esperado volver a reunirme con Carl. Pero, lo más grandioso es que cuando estuvimos juntos, por casi veinte años, vivimos con una vívida apreciación de cuán corta y cuán preciosa es la vida. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era alguna otra cosa diferente a un último adiós. Cada momento que estuvimos vivos y que estuvimos juntos fue milagroso – pero no en el sentido de haber sido inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que habíamos sido beneficiarios del azar… Que el puro azar haya sido tan generoso y tan amable… Que nos pudimos encontrar, como Carl escribió de forma tan hermosa en Cosmos, sabes, en la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo… Que hayamos podido estar juntos por veinte años. Eso es algo que me sostiene y que es mucho más significativo…La forma en la que me trató y la forma en la que yo lo traté a él, la forma en la  que nos cuidábamos el uno al otro y cuidábamos a nuestra familia, mientras vivió. Eso es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día. Creo que no volveré a ver a Carl nunca más. Pero lo ví. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso.”

No obstante, si todavía no nos convencen estas exhortaciones ateas, pero tampoco nos persuaden aquellas otras que insisten en someternos al juicio de Dios, todavía tenemos una última forma de trascender y cumplir de ese modo con la condición vital que describe Unamuno en sus ensayos. La singularidad tecnológica es lo más parecido a la vida eterna que tienen los incrédulos. La singularidad tecnológica es la religión de los ateos. En ella, también se proclama una resurrección final (suspensión de la vida); también hay un paraíso esperándonos al otro lado del abismo (la llegada de los robots supondrá el final del trabajo físico); y por supuesto, también existe un demiurgo: la razón y el potencial humano. No obstante, este nuevo dios no tiene los mismos atributos que describen los apóstoles de las religiones tradicionales. Más bien, viene a ser todo lo contrario, es un dios material, es el hombre convertido en dios, es el fin de la ciencia: su conclusión más radical. Pero es lo más parecido que existe a la figura que tienen en mente los devotos. En la sección de filosofía vital de este grupo, trataremos todos estos aspectos del alma humana, su relación íntima con las máquinas, la parusía tecnológica, y el sentimiento trágico que trae aparejado este nuevo advenimiento. No analizaremos el fondo del universo, como hacemos en la sección de filosofía general, sino que miraremos hacia dentro, al fondo del corazón humano, al corazón unamuniano.

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