La obsesión literaria de Celine


“Andaba por ahí enfundado en una bata atada con una cuerda; era una especie de polichinela que metía, por qué negarlo, un poco de miedo. Ya no comía casi. Se saltaba los almuerzos y las cenas; solo tenía una gran pasión por los croissants. Su vida, sus últimas energías, las gastaba en el trabajo. Escribía en las pocas horas matutinas de alivio que le dejaban las migrañas cada vez más fuertes. Luego, por la noche, me llamaba para leerme lo que había hecho. Declamaba fuerte, a trompicones rompiendo las frases. Pero nunca se quedaba contento con lo que hacía. Volvía a escribir diez, veinte veces el mismo capítulo. Siempre en busca del ritmo musical perfecto… Pero sus ataques se volvieron cada vez más violentos y seguidos, hasta que llegó el definitivo, el 1 de julio de 1961. Acababa de terminar Rigdón. Murió sin permitirme que llamara a un médico.” (Luciette Destouches, la mujer de Celine)

CELINE-1955

Solo quiero leer y escribir. Ya sea que acabe ganando el premio Nobel de literatura, o que termine siendo ignorado por todos y muriendo en la más absoluta de las indigencias, la de la soledad y el olvido, en realidad solo existen dos cosas en esta vida que quiero hacer. Solo quiero leer y escribir. Estoy ávido de nuevas lecturas, y me obsesiona la posibilidad de que me muera sin escribir aquella frase, o sin corregir ese texto. Lo reconozco. Soy esclavo de mis ideas. Padezco una enfermedad compulsiva para la que no existe ninguna cura. Es una variante del síndrome hipercinético que cursa con un exceso de producción literaria. No hay medicina que me pueda devolver a la inopia feliz de la infancia, ni nada que resista la corrosión que produce esta locura adictiva; ningún paliativo. Los síntomas me paralizan de cuerpo entero, y me incapacitan para el resto de tareas. Solo puedo leer y escribir. Y la enfermedad es más grave si tenemos en cuenta las circunstancias personales, pues es bastante probable que termine muriéndome de hambre que no ganando el premio Nobel de literatura. Flaubert decía que la corrección de una frase le podía llevar varios días de trabajo. Pero Flaubert escribió una buena novela. Lo peor es emplear ese tiempo sin obtener nada a cambio; ningún reconocimiento. Eso me produce cierta ansiedad. En sus textos biográficos, Schopenhauer agradecía a la suerte el no tener mujer ni hijos, y a su padre que le hubiera dejado una renta suficientemente grande, con la que poder dedicarse el resto de su vida a la única actividad para la que se veía capacitado y animado, a saber, el estudio y la ciencia. ¿Cuántos schopenhahuer han carecido de la misma suerte? Lo peor de las vocaciones es que te arrastran a una situación para la que no existe normalmente ningún remedio. Toda tu vida gira en torno a la obsesión, lo cual hace que vayas perdiendo poco a poco el contacto con la realidad. Todo se vuelve onírico y etéreo, y un poco más tarde terminas perdiendo también el sentido que antaño te permitía valorar con prudencia tus capacidades reales. Es la locura.

Ayer tuve un sueño. Voy al médico. Me ausculta. Me trata con la parsimonia de un profesional, poniendo el máximo cuidado en todo lo que hace. Luego, tras realizar la valoración pertinente, se acerca a mi con idéntica tranquilidad, y me recomienda un protector. De primeras, no comprendo muy bien lo que me quiere decir. No responde a mis insinuaciones, ni le importa el silencio que se acaba abriendo entre los dos y que suplica algún tipo de aclaración. Pero los sueños siempre tienen una salida para todo. Al cabo de unos segundos me doy perfecta cuenta. Intuyo que se refiere a la figura del mecenas que siempre solía acompañar a todos los filósofos de renombre. Efectivamente. Sin que yo le pregunte, el doctor toma la iniciativa, se acerca todavía más, y asiente con la cabeza. Me da la impresión de que es un poco anacrónico, pero acepto la prescripción sin rechistar.

En la farmacia me miran mal. Tenemos protectores de estómago, me dicen. Es evidente que no han entendido la receta. Salgo a la calle de nuevo. ¿A dónde voy? ¿Alguien sabe cómo puedo conseguir un protector de mentes? Camino dando tumbos. Todas las calles se estrechan. Voy de mal en peor. Cada vez me exaspera más la vida, o mejor dicho, las tareas habituales que van incluidas en el paquete, esas funciones vitales y repetitivas con las que tenemos que vivir querámoslo o no, y a las que estamos obligados a dedicar la mayor parte del día. Todas se vuelven insoportables a medida que pasa el tiempo, y, a la vez, dramáticamente, se hacen mucho más evidentes. Oigo los latidos de mi corazón retumbar dentro de la caja torácica, y me parece que estoy escuchando el sonido que hace una bomba de relojería a punto de explotar. Soy consciente de que cada vez me queda menos tiempo. Esa sensación apremiante me lleva a valorar mucho más el poco provecho que saco de la vida. Por eso, solo quiero leer y escribir. Pero tengo que comer, y dormir, y descansar. El marasmo no me deja respirar. Todo me molesta. La ropa me pesa. Me tengo que vestir. Solo quiero leer y escribir.

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