Política liberal: problemas y soluciones


LiberalismoQuizás, el principal error que cometemos los que aspiramos de alguna manera a defender la razón in extremis y, por ende, todo lo que esto implica, sus corolarios lógicos: los principios básicos, sea el de incurrir en una suerte de maximalismo que nos lleva a veces mas lejos de la realidad de lo que en principio podríamos haber deseado. No estoy diciendo que debamos desprendernos de los presupuestos que abanderamos en esa lucha. Lo que afirmo es que esa seguridad que nos caracteriza, nos impide ver que existe al mismo tiempo otra realidad incuestionable, a saber, la idiosincrasia que rodea a todas aquellas estructuras sociales a las que van dirigidas las pláticas que se predican del estudio de los basamentos teóricos que nosotros realizamos. Por ejemplo, si yo creo que la libertad de prensa es un requisito básico para la vida, que hay que defender a ultranza, sin concesiones ni consideraciones de otro tipo, obviando también la naturaleza de las creencias de todas aquellas personas a las que va dirigida mi súplica, y en consecuencia decido apostarme en la plaza pública o en las inmediaciones de una ciudad regida por la sharía, o adscrita a alguna otra tiranía, y me doy el privilegio de gritar a los cuatro vientos mis reivindicaciones, lo más probable es que mi cabeza acabe separada del resto del cuerpo más pronto que tarde. En ese caso, mi defensa habrá sido un esfuerzo baldío. Los principios que habré defendido seguirán siendo ciertos después del fatal desenlace. Pero también seguirán siendo ciertas, si cabe todavía más, aquellas situaciones injustas que inspiraron en principio mi lucha, y cuyas iniquidades se suponía que yo iba a erradicar. Este es un ejemplo extremo, pero sirve para ilustrar lo que les ocurre hoy en día a muchos liberales. Su defensa está íntimamente ligada al radicalismo que suele acompañar a las razones que ellos alegan. Los principios suelen invitar al postulante a que haga una demostración incuestionable, una égida incondicional, le proveen de seguridad y de firmeza, y hacen que no se arrugue ante nada ni ante nadie. La esencia del principio aspira a disminuir el número de excepciones hasta lograr que no quede ninguna en absoluto, y muchos confunden ese objetivo con una aplicación de sus postulados inmediata y absoluta. En otras ocasiones se suele tergiversar el propio concepto de absolutez. Admiro profundamente la filosofía de Ayn Rand. Pero reniego de ese maximalismo que adoptan muchos objetivistas seguidores suyos y que pretende aplicar los principios de Rand a los detalles más nimios de la realidad, instruyendo incluso sobre el buen gusto musical, o entrando a valorar teorías científicas de las que no tienen el patrocinio y con las que no tienen nada que ver. Da la impresión de que la filosofía de Rand sirva absolutamente para todo, y que incluso podamos recurrir a sus ideas cuando queremos cocinar unos huevos fritos. No es ese el absolutismo que yo defiendo. El absolutismo no significa una comprensión absoluta de todos los detalles, sino la comprensión de algunos principios simples absolutos. Evidentemente, los principios filosóficos pueden implementarse en todas las cosas, podemos deducir a partir de ellos algunas cuestiones importantes, pero no hasta el punto de venir a decirles a los científicos cuán equivocados están en materia de física nuclear, o lo mal que describen el funcionamiento de una célula o un órgano biológico.

Entre los liberales existen dos casos prototípicos que ponen de manifiesto, con rabiosa claridad, el error al que suele abocar el maximalismo teórico y la incontinencia racional. Uno se da en el ámbito de la Taxis, entre aquellos que se hacen llamar anarquistas de mercado. Y el otro acontece en el ámbito del Cosmos, suele afectar a los objetivistas o seguidores de la doctrina de Ayn Rand, y se presenta cuando estos intentan aclarar los principios metafísicos sobre los que se debe asentar la ética y la organización social.

De los dos grupos, tal vez el más problemático sea el primero, el de los anarquistas y los críticos absolutos del Estado. Las discusiones metodológicas que entablan los epistemólogos del objetivismo pertenecen a una categoría más abstracta y alejada de la realidad, y aunque también conllevan muchas aplicaciones, no tiene un marchamo tan práctico, ni evidencia un carácter tan programático como el de aquellos que defienden teorías que son eminentemente sociales. El problema de los anarquistas es que quieren una sociedad sin ningún tipo de amalgama política, y la quieren ya. Su impaciencia y su objetivo contrastan con una mayoría de gente incapaz de entender esas reivindicaciones ni siquiera en su forma más atemperada. Los anarquistas desdeñan ese consejo smithsoniano que afirmaba que hay que contentarse con moderar lo que muchas veces no se puede aniquilar sin gran violencia: “Cuando no pueda vencer los enraizados prejuicios del pueblo a través de la razón y la persuasión, no intentará someterlo mediante la fuerza sino que observará religiosamente lo que Cicerón llamó con justicia la máxima divina de Platón: no emplear más violencia contra el país de la que se emplea contra los padres. Adaptará lo mejor que pueda sus planes públicos a los hábitos y los prejuicios establecidos de la gente y arreglará en la medida de sus posibilidades los problemas que puedan derivarse de la falta de esas reglamentaciones a las que el pueblo es reacio a someterse. Cuando no puede instituir el bien, no desdeñará mejorar el mal: pero, como Solón, cuando no pueda imponer el mejor sistema legal, procurará establecer el mejor que el pueblo sea capaz de tolerar.” (La teoría de los sentimientos morales; Parte VI, sección 2).

El problema que suele aquejar a cualquier partido liberal (el caso de PLIB en España es uno de ellos) enraíza precisamente en ese maximalismo que acabamos de señalar. La defensa a ultranza de unos principios abstrusos, que la mayoría de la población apenas alcanza a entender, conduce a un fracaso seguro cuando estos se intentan transmitir a la grey ignorante. Además, la inmoderada posición que adoptan los defensores de dichos principios, les hace pensar en una aplicación inmediata y completa, y les lleva a cometer la torpeza de exigir demasiadas cosas.

El PLIB se ha metido en unos berenjenales teóricos y administrativos a los que no estaban acostumbrados sus socios y afectos. Ha creado un partido jerárquico, similar al de todos aquellos que le han precedido. Los liberales rechazan muchas de las consignas y costumbres que aceptan sin problemas los partidos políticos al uso. No es extraño que surjan continuas discrepancias entre sus miembros. Además el maximalismo que suelen practicar les lleva a defender causas innecesarias, que entorpecen el paso firme que debería guiar a sus escuadrones. Una de las razones de que los grupos liberales presenten un rozamiento interno tan significativo, y una mayor discrepancia entre sus miembros de la que manifiestan los grupos que no son liberales, es que ellos no creen tanto en la fuerza de la unión colectiva y anteponen siempre la libertad y la decisión individual. Hasta tal punto hacen esto que ni siquiera saben ponerse de acuerdo a la hora de defender o agrupar sus propios postulados. Otro motivo del fracaso de los liberales es que tienden a ser demasiado absolutistas; están influenciados por esa forma de razonar que prioriza el principio por sobre los pactos y las componendas tan comunes en sus rivales. Esto les lleva de nuevo al maximalismo, y les enfrenta a todos los problemas que se acaban contrayendo con el mismo.

No obstante, la solución al maximalismo no tiene que pasar en ningún caso por el rechazo de los principios y la razón lógica que es fuente ineludible de los mismos. Los principios deben seguir siendo la seña de identidad de los liberales, y el punto de mira de sus objetivos y propósitos. Sin embargo, los liberales deberíamos perseguir también un acuerdo de mínimos, sobre todo en aquellos casos en los que queramos bajar a la arena política en la que luchan a diario los partidos y las organizaciones sociales. Es perentorio que entendamos y aceptemos también esto. Y una vez lo hayamos aceptado, es preciso que busquemos una definición que nos permita alcanzar ese acuerdo de mínimos, lo que en el argot se denomina programa político.

En primer lugar, un partido liberal debería tener una estructura organizativa muy distinta de la que habitualmente se conoce en los medios, tan distinta que no podría ni siquiera considerarse un partido político. No debería entrar en campaña. No debería estructurarse de forma jerárquica. No debería granjearse el éxito a base de mítines y eslóganes. Debería parecerse a un think tank. Debería constituirse en torno a unas ideas claras, organizar charlas y conferencias, sin aspirar a nada más. Debería ser una asociación académica sin ánimo de lucro, con la particularidad de tener entre sus objetivos, no solo el de difundir sus ideas, sino también el de participar en las elecciones generales y ocupar el mayor número posible de escaños. Algunos podrán decir que esta combinación es imposible. Pero yo digo que no lo es. Es mucho más simple de lo que algunos piensan. Cojamos cualquier organización o asociación académica y hagamos que, además de todas las égidas y acciones que ésta suele respaldar, tenga también entre sus objetivos ese de presentarse a las elecciones. Pero nada mas, ni mítines, ni presidenciales, ni eslóganes. Desnudemos esa apuesta política de todo el boato que la suele acompañar. Dejemos que sea solo una candidatura más. En diversas ocasiones he visto como se invitaba a Juan Ramón Rallo para que se presentase a las siguientes elecciones democráticas (muchas veces de forma socarrona, sin pretensión de tener éxito). Rallo siempre ha reusado esa oferta; siempre rehúye la relación con la política. Pero si le dijéramos que no tiene que hacer nada, solamente cumplir con la burocracia que le faculta para presentarse a las próximas elecciones, y seguir con sus charlas y conferencias, y en todo caso abanderar su causa con un programa político sencillo, compuesto por tres o cuatro puntos básicos, ¿acaso nos respondería de la misma manera? Probablemente. No obstante, también cabe la posibilidad de que se lo piense.

Una vez aclarada la estructura organizativa que debería adoptar un partido liberal, también tenemos que abordar la elaboración de los principios en los que esta se debería sustentar, el acuerdo de mínimos que hemos subrayado más arriba. La máxima del liberal, su principal reivindicación, busca reducir la influencia y el peso que tiene la política en el desempeño de la vida de las personas. Pero un acuerdo de mínimos no puede radicalizarse hasta el punto de negar cualquier tipo de influencia. Tres son los ejes vertebradores sobre los que debería pivotar cualquier declaración de intenciones que aspire a organizar la sociedad y el Estado bajo presupuestos liberales, y de la manera más eficaz y menos problemática posible. En primer lugar, se debería contemplar una reducción de la estructura administrativa. Posteriormente habría que abordar una reducción de la influencia social que tiene dicha estructura. Y en tercer lugar deberíamos reducir también sus afluentes. El Estado es una estructura como cualquier otra, y por tanto su composición consta de tres partes o características principales: la propia estructura interna, y sus dos relaciones con el entorno, las influencias que provoca la estructura en derredor suyo, y las influencias que produce a su vez el entorno en la estructura en cuestión (afluencias). De ahí que debamos considerar tres campos de acción básicos. A continuación pasaré a detallar someramente los mismos:

  1. Reducción de la estructura física: eliminación de una parte considerable del aparato administrativo (senado, comunidades autónomas) No eliminamos el Estado en su conjunto, ni impedimos la competencia provincial que tanto gusta a algunos liberales. Solo eliminamos algunos niveles. Las regiones podrán seguir compitiendo entre ellas en materia fiscal o legislativa. No obstante, habrá una legislación básica que regirá sobre todas ellas y que ninguna se podrá saltar.
  2. Reducción de las influencias: clara separación entre el Estado y la empresa. Eliminación de aranceles, subvenciones o privilegios de cualquier tipo. Privatización paulatina de algunas empresas públicas. Saneamiento del gasto.Control exhaustivo de la deuda y el déficit.No eliminamos las ayudas a la educación y la sanidad. No nos proponemos eliminar la educación y la sanidad públicas. Mantendremos en manos del Estado aquellos sectores estratégicos que despiertan más controversia entre el público en general, a pesar de que entendamos que su eliminación mejoraría considerablemente la calidad de la oferta. Tal vez acaben cayendo por su propio peso.
  3. Reducción de las afluencias. Disminución del acaparamiento de recursos por parte del Estado.Bajada sistemática de los impuestos.Tipo impositivo único. No eliminamos los impuestos, sino que simplificamos enormemente el aparato fiscal. Mantendríamos un único impuesto al consumo, que también sería progresivo, gravaría mas a aquellas familias o personas que consumieran un mayor número de bienes.

Todas estas medidas, explicadas de forma sencilla, ayudarían a rebajar el grado de desacuerdo que existe con aquellas personas que no se sienten identificadas con el liberalismo, y también reduciría drásticamente la controversia interna que aflora habitualmente en las reuniones y debates que entablan los propios liberales. Todo ello coadyuvaría para hacer de la égida liberal una protección más tangible y realista. Conseguiríamos una línea de ataque más homogénea y sólida, una efectividad más grande, y sobre todo una mayor visibilidad política, situaciones que ahora no existen ni por asomo. Por lo demás, estoy seguro de que esas medidas minimalistas contribuirían al desarrollo de la nación mucho más que si a éstas se sumaran otras más radicales.

Algunos liberales opinan que su causa es completamente incompatible con la política, y que se mancharían las manos si intentasen agarrar algún cargo institucional. Pero un partido liberal no tiene por qué ser una bajada de pantalones. Todo lo contrario, es una llamada a la sensatez y una oportunidad para la libertad. Ahora bien, un partido liberal no puede convertirse en una imagen en miniatura de los partidos tradicionales que a día de hoy copan todo el espectro político, como ha pasado recientemente con el PLIB. Un partido liberal debe carecer de estructura organizativa y tiene que agrupar a sus miembros en torno a unas ideas sencillas, defendidas desde el atrio de un congreso académico y no desde el escenario de un mitin político. Un partido liberal debe aprobar un programa simple, indudable, y moderado. Un programa que tendrá que aplicarse sin argucias de ningún tipo, sin concesiones ni componendas, y de forma inmediata. La moderación, claridad y sencillez de las ideas que se defiendan en esos debates será la llave para lograr a posteriori una aplicación programática incondicional, y también será clave para que se produzca una mayor aceptación general, que aglutine a un mayor número de liberales y que no despierte tantas sospechas y recelos entre aquellos otros no comparten el contenido del mensaje liberal. No estoy diciendo que el éxito va a ser inmediato y rotundo. Estoy diciendo que será mucho mayor que el que ahora se consigue. Esta es la única vía de acceso al gobierno que tienen todas aquellas personas sensatas que desean dejar a sus hijos una sociedad más libre, responsable e individualista, pero que entienden al mismo tiempo que la institución del Estado y el orden colectivo forman también una parte incuestionable de la realidad del individuo, y que el progreso social solo será durable si proviene de una evolución paulatina y una asunción voluntaria, y no por la vía de la revolución o la imposición general.

La buena noticia es que bastan unas pocas medidas sencillas para disparar dicho progreso, hasta el punto de hacerlo imparable. Cierta reducción administrativa, control exhaustivo del gasto, separación real del Estado y la empresa, y bajada paulatina de los impuestos. Medidas todas ellas bastante fáciles de comprender. Lo único que hace falta es disposición, un partido político que solo defienda esas medidas y que se distinga de los actuales por la claridad de sus propuestas y la rapidez de su ejecución (la implementación exhaustiva de las mismas), sin dobleces de ningún tipo. Hartos estamos de aquellos políticos que solo dicen sandeces, o de aquellos otros que dicen una cosa y luego hacen otra. La escusa que suelen poner todos ellos es que el arte de gobernar es más complicado de lo que a priori parece desde fuera. ¡Mentira! Quienes soñamos con una sociedad mejor debemos hacer hincapié en la claridad de nuestras ideas, y tenemos que estar contentos de que la situación actual pueda mejorar simplemente aplicando unas medidas sencillas. La suerte del liberal estriba en el carácter esencial de su doctrina, la cual apela indiscutiblemente al orden social espontáneo y a las capacidades reales de las personas, y por tanto consiste, más que en hacer, en dejar de hacer. Esto, unido al hecho de que los principios verdaderos se basan siempre en fórmulas bastante simples, debería llevarnos a comprender que nuestro objetivo es mucho más fácil de alcanzar y está mucho más cerca que el de aquellos (socialistas y políticos profesionales) que aspiran a construir un paraíso en la Tierra.

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