El estado de la ley y la calidad de la libertad


descarga (3)Con frecuencia, el debate político que acaece en torno a las formas de gobierno y las estructuras de poder adquiere unos tintes y unos derroteros harto insustanciales. Muchas veces, los hombres tendemos a perdernos en los detalles más nimios, sin acudir a la verdadera raíz del problema; nos fijamos exclusivamente en el dedo que señala la luna. ¿Cuál es el mejor sistema de gobierno? Algunos dicen que es la democracia. Pero a buen seguro existen monarquías que son mejores que muchos sistemas parlamentarios de libre elección. Aunque también hay realezas de corte tiránico, cuyas elites superan en vileza y pillaje a las peores democracias que alguna vez existieron. Hay quien dice que el tamaño del país es el principal factor a tener en cuenta. Pero hay países pequeños donde la barbarie cobra unas dimensiones estratosféricas. Y hay otros cuya miniaturización ha permitido que floreciera una libertad más duradera. Por su parte, los anarquistas de mercado aducen que es el tamaño del Estado lo único que importa. Pero hay sistemas anárquicos donde la violencia de las sectas y las facciones tribales se han infiltrado tanto en el tejido social que acaso sus ciudadanos lo ven ya como una cosa normal, y asumen la cesión de un diezmo a estos clanes mafiosos, con la condición de que no les hagan daño. Es verdad que todos estos factores que acabamos de señalar contribuyen en cierta medida a decantar el poder hacia uno u otro lado. No deberíamos pasarlos por alto. Pero muchas veces nos perdemos analizando este tipo de cualidades secundarias, y no atendemos al principal valor que tendría que servir para medir el grado de libertad de un país, que no es otro que el respeto hacia aquellas leyes que protegen nuestra vida y nuestra propiedad. Así, cualquier situación social puede ser recomendable siempre y cuando se dé la condición principal, a saber, el estado de la ley, la adecuación correcta de la Taxis (orden creado) al Kosmos (orden espontáneo), y la transición paulatina hacia un régimen de mayor libertad ciudadana. No nos ofusquemos intentando determinar el tamaño óptimo de un país o el grado de participación de sus ciudadanos. Miremos la luna. Contemplemos las leyes. Admiremos el principal factor que incide en la determinación del sistema de gobierno que más se adecúa al propósito de todo debate: la mejora de la nación. Analicemos el estado de su constitución, la calidad de sus normas y la aplicación de sus edictos. Hagamos que la legitimidad política recaiga en el imperio de la ley. No en vano, Hayek buscó un apelativo que describiera con rigor el sistema que él pensaba que era sin duda el más adecuado, y lo encontró en el concepto de isonomía, que significa igualdad ante la ley. Solo cabría añadir a este concepto hayekiano otro término si cabe más preciso: bonusnomía, leyes buenas, y uno más que nos dé la clave para saber qué entendemos por bueno: minarquía, leyes mínimas, gobierno limitado, prevalencia del individuo y del orden espontáneo, la seña de identidad del pensamiento de Hayek.

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