La teoría de la imposibilidad del liberalismo: la mácula de Jesús Huerta de Soto


lockerothEl teorema de la imposibilidad del socialismo fue desarrollado inicialmente por la escuela austriaca de economía, en los años más negros del comunismo, precisamente para combatir de frente esta ideología nefanda, con el único objetivo de demostrar de una vez por todas cuán equivocados estaban aquellos ideólogos marxistas, y cuan errados están todos los que defienden sin paliativos el predominio del Estado y lo público a expensas de la propiedad privada y la libertad del individuo. Según el citado teorema, el socialismo deviene siempre en una planificación imposible, toda vez que no existe ningún ente que pueda manejar con la suficiente eficacia el volumen de información que se pone en movimiento en el seno de una sociedad moderna.

Las sociedades actuales constituyen sistemas enormemente complejos, compuestos por millones de individuos, actores permanentes que ni siquiera saben la mayoría de las veces qué plan acabarán prefiriendo al cabo del día. La información está distribuida entre cada uno de los elementos que componen el sistema. Y los procesos acontecen al momento, de forma inmediata, y muchas veces de manera inconsciente. No existe en el mundo ordenador alguno que pueda manipular semejante volumen de datos. Pero, incluso en el caso de que la cantidad tuviera un valor asequible, la cualidad de la información (de carácter tácito) vendría a dar al traste con cualquier intento de control centralizado. Con menos motivo por tanto puede arrogarse esa labor una camarilla de políticos insignificantes.

Ahora bien, en un alarde de profesionalismo, algunos autores austriacos han creído que podían extender la teoría del la imposibilidad del socialismo haciendo que incluyese también al liberalismo clásico (uno de ellos es el profesor Jesús Huerta de Soto). De esta manera, se han denominado a sí mismos anarquistas de mercado, y se han solazado pensando que se emancipaban para siempre de sus padres ideológicos, mucho más moderados y conservadores. En esto, han aprovechado para elevar su ego académico a la categoría más alta a la que éste puede aspirar, la de nuevos descubridores. Su rechazo absoluto del Estado se ha venido a convertir en una suerte de teoría definitiva, de la que ellos son los principales artífices. Con todo, cabe decir en honor a la verdad que esa extrapolación extrema, que han terminado practicando los liberales, no tiene el menor sentido.

El socialismo incurre en un error cuando pretende intervenir en la economía de forma masiva. Por eso es imposible que resulte en algo positivo. Pero no es verdad que el minarquismo y el liberalismo clásico incurran también en el mismo error. El liberalismo clásico no espera que el Estado acapare tamaño poder. La teoría del gobierno limitado defiende un ordenamiento social básico, casi residual. Precisamente, insta al Estado a reducirse a la mínima expresión porque es consciente de que no existe ningún gobierno que pueda maniobrar un sistema tan complejo como ese. Todos aquellos anarquistas de mercado que acusan al minarquismo de cometer los mismos pecados que comete el socialismo decimonónico eluden deliberadamente un hecho cardinal, a saber, que  la tesis central que cimenta el minarquismo es sin duda la misma que ellos utilizan para justificarse ante los tiranos y prevenirse de los sátrapas. Los anarquistas de mercado omiten deliberadamente ese pequeño matiz. La teoría que les da legitimidad, aquella que demuestra la imposibilidad de facto del socialismo, fue gestada en la cabeza de los liberales clásicos y los minarquistas mucho antes de que ellos –los anarquistas de mercado- aparecieran en escena. Sin embargo, estos últimos se empeñan una y otra vez en combatir ellos solos al dragón, y, no contentos con esto, acusan al resto de liberales de proporcionar alimento a la bestia, tal y como hacen los socialistas y los comunistas. Han llegado los últimos de todos, pero, curiosamente, pretenden hacerse con la hegemonía de la guerra. Yo llamo a esto orgullo de novato.

Lo mismo ocurre con ese otro reproche típico, que encandila a los nuevos adalides del liberalismo, y en el que se insinúa que cualquier Estado, tenga el tamaño que tenga, es de suyo incompatible con la causa libertaria, pues tiende a crecer de forma natural y a convertirse tarde o temprano en un gobierno eminentemente socialista. De nuevo esta acusación se vuelve en su contra. Si hay un sistema que pueda considerarse peligroso para la causa del liberal, ese es el sistema anarquista. El Estado siempre ha surgido de una situación previa de desorden y anarquía. Lo que más anhelan aquellos indeseables que están siempre al acecho, esperando una oportunidad para hacerse con el dominio de las instituciones por la fuerza, es que no exista ninguna ley general clara que se interponga en su camino. Los delincuentes siempre han florecido y se han enriquecido con el vacío de poder y el interregno.

En cualquier caso, sea como fuere, el anarcocapitalismo tampoco se libra de sufrir el acoso constante de esa parte de la sociedad que nunca querrá transigir con las normas y el orden establecido, con el agravante añadido de que, al no gozar de ninguna garantía general mínima, los anarquistas de mercado ven más comprometida su estabilidad que si dieran en conceder al Estado alguna función en esta materia, caso del gobierno limitado.

Por supuesto, nadie está afirmando que el anarquismo de mercado no abrace ningún tipo de orden. Precisamente, el apellido “de mercado” hace referencia a un orden espontáneo y natural, que emerge en la sociedad cuando se deja que los distintos elementos que componen la misma compitan en libertad. Todas las discusiones con anarcocapitalistas terminan en uno de estos dos callejones sin salida, o bien te aseguran que cualquier estado mínimo acaba volviéndose mucho más grande, o bien te reprochan que digas que el anarquista de mercado no defiende también un tipo de organización concreta. Ahora bien, lo que resulta inconcebible es que, si se defiende tal cosa, no se vea necesario al mismo tiempo establecer alguna norma general básica. Incluso en un sistema anarquista extremo debe existir una normativa general gracias a la cual se garantice un cierto respeto generalizado. El anarquista puede decir que ese respeto se obtiene de manera natural, dejando que actúe el orden espontáneo, a lo cual un minarquista debe contestar que, aunque eso es en parte cierto, no lo es menos que un orden prefigurado, establecido de antemano, pueda también contribuir a agrandar el sistema en el que ambos creen. El minarquismo es una teoría más inclusiva. Concibe un orden espontáneo, pero no se olvida de las ventajas que tiene el orden deliberado, para aquellos casos en los que las leyes son más elementales, todas las cuales constituyen el marco de regulación que permite dicha emergencia espontánea. Si el anarquista de mercado siguiera su doctrina a rajatabla, hasta sus últimas consecuencias, como hace en política, debería abogar por la supresión incondicional de cualquier orden establecido de manera deliberada y con carácter previo, por ejemplo, debería rechazar la administración de aquellas vacunas y medicamentos que ya sabemos de antemano que son buenas para prevenir una enfermedad. Si podemos establecer con carácter previo algunas cuestiones evidentes y objetivas en el ámbito de la medicina, con más motivo debemos buscar también las mismas en el ámbito de la política y la organización social. Si creemos que hay que obligar a unos padres desconsiderados a incluir a sus hijos indefensos en el programa de vacunación, con más motivo debemos apostar por unas leyes básicas que incluyan a todos los individuos dentro de la categoría de seres humanos, con derecho a existir y a buscar su propia felicidad. Renunciar a esto es renunciar al logro y el éxito intelectual que ha permitido al hombre hacer algunos descubrimientos incuestionables. No debemos confundir el orden espontáneo con la dejación absoluta de funciones en materia legislativa o con la implantación de varios códigos de conducta que compitan en igualdad de condiciones. Solo existe un código civil que favorece la libre competencia, y es con este con el único con el que no debemos promover la competitividad. Tenemos que diferenciar la dimensión teórica de la propia ley, que siempre es general y universal, de la situación que ésta trata de describir, que, en el caso de las sociedades, es una situación variopinta, compleja y competitiva.

En definitiva, el anarquista de mercado carece por completo de razón cuando afirma que su sistema es considerablemente mejor que aquel que siempre ha defendido el liberal clásico. Pero sobre todo, la falla intelectual que más le deslegitima es la que intenta extrapolar la teoría de la imposibilidad del socialismo, haciendo que sirva también para criticar al minarquista. En este caso, el anarquista parece desconocer por completo el sentido y el propósito de dicha imposibilidad, así como también las razones históricas y los motivos teóricos que estarían detrás de la misma. La imposibilidad hace referencia a la incapacidad que padece cualquier grupo de poder para conocer y manipular de forma óptima un sistema complejo. Pero nada dice acerca de la manipulación de otros factores mucho más sencillos. Evidentemente, ningún líder podrá saber jamás qué le conviene a cada uno de los individuos que conforman la sociedad que él intenta dirigir desde su posición de poder. Pero existen algunos presupuestos simples que nadie puede negar y que podemos establecer a priori sin miedo a equivocarnos. Por ejemplo, el hecho de que deba haber una seguridad y una defensa básicas en todo el territorio, la propia idea de unidad territorial, y el marco constitucional que garantice esa situación y esa libertad, son condiciones necesarias para que nadie se arrogue después el privilegio de gobernar a los demás con mano de hierro, y de forma arbitraria.

Esa igualación absoluta entre hechos complejos y hechos sencillos (inmanejables los unos y de necesaria utilización los otros), la falsa identificación de ambas categorías, la equiparación de aquellas leyes que ponen claramente en riesgo la libertad de los individuos (al entrometerse de forma masiva en sus vidas privadas), con aquellas otras que simplemente buscan establecer unas condiciones básicas de partida (libertad negativa), es sin duda el principal error teórico que cometen los anarquistas de mercado, su talón de Aquiles, la vía de agua que terminará llevando su nave a pique, y el mejor argumento de que disponemos los verdaderos liberales para desenmascarar a esas novicias del liberalismo, anarquistas todas.

A veces me imagino a mi mismo en un universo paralelo, compartiendo vida y mantel con una versión de Huerta de Soto ligeramente distinta, más científica, menos religiosa, más liberal, y menos anarquista. Me veo escuchando sus conferencias y sus clases magistrales con la boca abierta, sin tener que asistir también a esas oraciones y jaculatorias que suele realizar al final de las mismas y que mete con calzador en el programa de sus clases. ¡Qué magnífica imagen!, Huerta de Soto, gran orador, maravilloso divulgador, enorme académico, y también agnóstico o ateo, y liberal clásico. Cuan apartadas están de la ciencia y la prudencia todas sus apelaciones al demonio, o su defensa del anarquismo más radical. Qué maravilla sería tener a un Huerta de Soto aristotélico, baconiano, dawkiniano, gran humanista pero también gran científico. No me interpreten mal. Tal vez vivamos en uno de los mejores universos posibles. Es difícil que se vuelva a repetir la figura que representa Huerta de Soto para todos los liberales. Admiro profundamente su legado y su obra. Pero esto no obsta para que admire un poquito más a un Huerta de Soto imaginario. Déjenme soñar. Tengo derecho. Me lo permite la ley.

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2 respuestas a La teoría de la imposibilidad del liberalismo: la mácula de Jesús Huerta de Soto

  1. You soy ateo y no comparto el misticismo católico con Huerta de Soto. La maravilla de ser libertario puede hacer que un ateo y un catolico conservador, con diferentes palabras pueden coincidir 100%. Y coincido en gran medida en su cosmovisión. Reducir y atar el estado es un imperativo moral y a medio plazo creo que para que no vuelva a matar o mandar hay que reducirle a 0. Pero yo no estaré vivo para verlo, me temo.

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  2. Amigos:

    Este escrito termina siendo, no de cuan convenientes o ciertas puedan ser las ideas de los ancap o de los minarquistas, con respecto al gobierno, sino a las creencias religiosas o no de sus cultores.
    La verdad es que en tanto no se sepa de cierto como son las realidades y los orígenes del universo ni las causas del big bang, los ateos tienen que aceptar que, al haberlo habido, este hecho tiene que haber tenido una causa. Esa causa ES Dios. Que no necesariamente va a ser como lo diga ninguna de las religiones que se arrogan ese conocimiento.
    Pero, pensar en la existencia de una causa para absolutamente todos lo efectos que somos capaces de percibir, no indica otra cosa que inteligencia y curiosidad científica.

    Si Dios es la causa del big bang, o el big bang es un efecto de una causa llamada Dios (o de cualquier otro apelativo), es una discusión absolutamente esteril. Pero mientras no hayan sido capaces de explicar con pelos y señales quien o que causó el big bang, y cómo, todos estamos en el mismo barco y yendo en la misma dirección, a donde la pelotica de agua, con trocitos secos, en donde andamos montados, le de la gana al autor del big bang de habernos enviado.

    Si nos ponemos a ver, estamos todos en esa pelotica, moviéndonos a unas velocidades vertiginosas, hacia no sabemos donde, provenientes de otro lugar desconocido, y sin tener idea alguna de cuando llegaremos, ni de si llegaremos a un destino… o no.

    Yo no he visto jamás una mejor definición de lo que resulta estar perdidos irremediablemente.

    No sabemos, de donde venimos, donde estamos, ni hacia donde nos dirigimos. No sabemos, de cierto, el tiempo que llevamos en esto, ni el que nos queda por delante.

    Y… estando así de perdidos y en un nivel de conocimientos tan elementales… ¿tendremos la soberbia de creer que sabemos algo?

    ¿Qué diferencia puede haber entre ser creyente o ateo, cuando no sabemos realmente nada de nada; de donde venimos, donde estamos, o a donde vamos? Ambos: creyentes y ateos estamos en el mismo bote. Y nuestros argumentos tienen exactamente el mismo valor; cero, cuando los comparamos con la inmensidad del universo, y nuestra infinita ignorancia, cuando ni siquiera sabemos que es ni de que tamaño, ni lo podremos saber nunca… a menos que los creyentes estuviésemos en lo cierto y pasando a otra dimensión, con la muerte, llegáramos, quizás, a poder conocerlo.

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