La infame revolución del proletariado que quiere Pablo Iglesias


Una de las expresiones más desgraciadas y bochornosas que integran el repertorio político de Pablo Iglesias, el líder de ese nuevo fenómeno de masas que está convulsionando la sociedad española, afirma lo siguiente: “…la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injustas que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia…”. Asombrosamente, existen bastantes personas que disculpan esta retórica populista aludiendo a la regeneración que supuestamente estaría aportando a la batalla de las ideas la emergencia en el escenario político de un partido nuevo, como si cualquier cosa novedosa supusiese siempre una situación mucho mejor.

En mi opinión, pienso que a Pablo solo se le puede catalogar acudiendo a las raíces que soportan su manera de pensar, sin dejarse distraer por las trifulcas y los juegos dialécticos que agrandan el arco parlamentario y que lo único que hacen es alimentar aún más el mito que rodea a la política. En el fondo, la causa principal de la emergencia de esta nueva formación no es distinta de la que acontece cada vez que el comunismo y el socialismo acometen una nueva envestida. Dicha causa reside en esa creencia ceremoniosa y mayoritaria que avala, de algún modo, el desiderátum de la igualdad. El imaginario colectivo está trufado de ideas relacionadas con este concepto, que constituyen la vitualla más frecuente de los envidiosos y de los fracasados. Lo único que ha hecho Pablo Iglesias es explotar ese campo abonado por la crisis económica. No hay ningún misterio en esto: la gente apoya ese tipo de iniciativas siempre que tiene oportunidad, los dislates intelectuales están a la orden del día, subyace en el individuo una manía inquisitorial que le hace apostar por el argumento ramplón y que le lleva a defender la equiparación absoluta de todas las cualidades humanas, así que las suyas queden convenientemente ocultas dentro de esa masa amorfa. En relación con esto, me gustaría traer a colación aquí una anécdota que me ocurrió no hace mucho, y que ilustra muy bien hasta qué punto las personas son devotas de esa lucha de clases que aspira a imponer la igualdad social, a través de la exaltación y dominación de una única casta de privilegiados: la prosapia proletaria.

Hace unos días, durante una reunión nocturna, una amiga mía se puso como un basilisco al escuchar un comentario que yo hice sobre un libro que había ojeado en una librería de Madrid, unas semanas antes. El libro en cuestión reúne un cúmulo de despropósitos difíciles de igualar. Es un libro esperpéntico, que lleva por título La Abolición del Trabajo. No es que mi amiga defendiese exactamente todo lo que se dice en ese libro grotesco. Lo que pasa es que malinterpretó algo que yo le dije en relación con él, y en seguida se puso a gritarme.

Nadie tiene derecho a ponerse así por algo que piense otra persona. Yo mismo tengo que aguantar muchas ideas que me parecen descabelladas y ridículas, y jamás me he puesto así. No solo tengo que aguantar las ideas, sino que además tengo que ver cómo esa manera de pensar acaba provocando infelicidad y pobreza social. Al menos eso es lo que yo creo. Independientemente de que tenga o no tenga razón, es indudable que me enfrento a creencias que me desagradan al menos tanto como le disgustan a mi amiga las mías. Y no por ello me enojo, ni quito la palabra, ni dejo de hablar. El problema principal que tienen muchas personas es que no aguantan las opiniones que refutan las suyas, y no las quieren escuchar. Esto tiene bemoles: precisamente mi amiga estaba reprochándome eso mismo. Estaba diciendo que yo no sabía escuchar y, de repente, sin solución de continuidad, empezó a gritar como si estuviese poseída por el diablo, sin dar opción a que yo me pudiera explicar. También es frecuente que las personas saquen conclusiones anticipadas. Muchas veces desean oír aquello que más les disgusta. De esta forma, tienen una escusa para atacar al adversario, cuando se quedan sin argumentos. Sinceramente, desconozco cuales fueron las razones concretas que enervaron a mi amiga, pero seguramente tienen bastante relación con estas que he dicho.

La asertividad es un estilo de comunicación que se sitúa en un punto intermedio entre otras dos conductas polares: la agresividad y la pasividad. Suele definirse como un comportamiento comunicacional en el cual la persona no agrede ni se somete a la voluntad de los otros, sino que manifiesta sus convicciones y defiende sus derechos con autoconfianza y respeto. La asertividad es una forma de expresión consciente, congruente, clara, directa y equilibrada, cuya finalidad es comunicar las ideas sin herir o perjudicar, pero siendo al mismo tiempo intrépido e inflexible. Cuando una persona se comporta de ese modo, muchos piensan que está demostrando una actitud sumisa. No entienden cómo puede aguantar impertérrita todo el chaparrón de críticas y de invectivas que se ciernen sobre ella. Otros opinan todo lo contrario, consideran que la inflexibilidad es una mera manera de llevar la contraria y de reírse de ellos. Por tanto, creen que la otra persona les está agrediendo con esa actitud, de forma soslayada. En cualquier caso, estas dos exégesis tienen un origen parecido. La asertividad es una forma de expresión a medio camino entre la agresividad y la pasividad, y muchos la suelen confundir con estos extremos. Sin embargo, a mi me parece la actitud más honrosa que puede haber. Encuentro absurdo que alguien se enfade durante el transcurso de una discusión, simplemente porque el otro no te dé la razón. Jamás he visto que una persona admitiera sus errores al acabar una conversación. Esas admisiones son fruto de un proceso privado mucho más largo. Además, si uno cree que posee la verdad, poco importa lo que opinen los demás. Esas opiniones le hacen a uno creer que tiene una posición mejor, se ratifica en lo que dice, e incluso pueden ser fuente de muchas alegrías. Algunos disfrutamos por el mero hecho de discutir.

Otro motivo que me lleva a respetar y a escuchar impertérrito las ideas que expresan los otros, por muy absurdas que éstas me resulten, es que considero que mis opiniones estarán más elaboradas cuanto más sufran y soporten los embates del adversario. Igualmente, las manos callosas son más duras y firmes que aquellas que no han tenido que soportar ningún trabajo. Esto quiere decir que tendré que aguantar todas esas ideas, y dejar que se expresen como quieran.

La asertividad no es un comportamiento muy frecuente. Requiere de un equilibrio y un estoicismo difíciles de conseguir. Sin embargo, lo que he dicho hasta ahora puede contribuir a que nos acerquemos cada vez más a ese tipo de actitud. Al menos, a mí me ha servido.

Esto es todo lo que tengo que decir en relación con las formas. Ahora, volvamos al contenido de la discusión que encendió los ánimos de mi amiga. Platicábamos sobre el trabajo. Yo me estaba refiriendo a un libro que había encontrado unos días antes en una librería de Madrid y que había llamado mi atención, por lo absurdo de sus pretensiones. El libro abogaba a favor de una revolución lúdica un tanto ingenua. Según la tesis de su autor, el trabajo es la fuente de todas las miserias humanas. Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar. En consecuencia, había que iniciar una aventura colectiva basada en el júbilo generalizado. Yo me había mostrado crítico con todas estas ideas. Ya no es que el trabajo pueda dejar de existir, es que tampoco puede ser una fuente de satisfacción general. El trabajo nunca puede complacer a todos los trabajadores, ni siquiera a una mayoría. Por el contrario, mi amiga afirmaba que el trabajo tenía que reportar felicidad, en cualquiera de los casos. Al menos, eso tendría que ser lo que todos deberíamos promover: un mundo de trabajadores plenamente satisfechos.

Pero la felicidad no es algo que se pueda imponer con carácter general. Depende de cada persona, y siempre es fruto de las circunstancias particulares y de las capacidades individuales. Podemos aumentar la felicidad si permitimos que cada cual busque la misma en virtud de sus posibilidades reales. Pero debemos ser conscientes de que esa felicidad nunca podrá ser completa, en la medida en que tampoco lo son esas posibilidades. En ningún caso podrá consistir en una aventura generalizada, como parece que augura el autor del libro sobre el que discutíamos.

No obstante, mi amiga insistió. Afirmó que la vorágine capitalista en la que nos hallamos inmersos impide que las personas desempeñen profesiones que seguro les reportarían mucha más felicidad, y que por tanto es preciso cambiar esta circunstancia de una vez por todas. Lo que en realidad estaba defendiendo mi amiga con esta apelación es que el trabajador debe tomar las riendas de la sociedad, y decidir él qué trabajo desea desempeñar. En definitiva, estaba anunciando una nueva revolución proletaria, similar a la que ya existió en los siglos XIX y XX con la deriva comunista. Como veremos a continuación, estas ideas conducen siempre a una situación de dominación bastante reprobable.

Como trabajadores, los hombres no podemos convertirnos nunca en soberanos de nuestras vidas, porque entonces estamos obligados a actuar también como dictadores, y a decidir sobre la vida de los demás. En términos económicos, el trabajador es un elemento productivo; es un bien de capital. Constituye la mano de obra con la que se fabrican los bienes de consumo. Como productor, no puede decidir qué produce o deja de producir. La soberanía que importa aquí es la del consumidor, no la del trabajador. La libertad que hay que garantizar es la que se genera cuando se eligen los bienes de consumo, no la que acontecería si se pudieran elegir los bienes de capital sin tener en cuenta los gustos de los consumidores. Un trabajador siempre tiene cierto margen de decisión, puede elegir si quiere trabajar, incluso puede elegir donde hacerlo. Pero nunca podrá escoger el salario que le gustaría ganar, o el mejor sitio para obtenerlo. Todo eso depende en último lugar de la demanda que exista en un determinado momento.

La razón que yo iba a alegar, justo en el momento en el que mi amiga se levantó de la mesa y empezó a gritar como alma que lleva el diablo, podría haber aportado algo de luz al debate que manteníamos. Pero ella ya no escuchó más. Empezó a chillar como si yo le estuviera arrebatando a un hijo. Poco después me tenía que ir de la casa en la que estábamos, sin dar más explicaciones. Si hubiera sido más comedida y hubiera atendido al consejo que ella misma me había hecho un poco antes, el de escuchar a los demás, habría podido oír mis razones, y tal vez hubiera entendido lo que quería decirle. El trabajo siempre debe tener un componente desagradable. La mayoría de las cosas siempre cuestan esfuerzo. Venimos a este mundo con una mochila vacía, y para llenarla es necesario trabajar duro. Pero es que, además, el trabajo no es algo que podamos elegir nosotros, en virtud de aquello que nos guste. Cuando trabajamos nos convertimos en productores de bienes de consumo, lo que quiere decir que fabricamos bienes que están destinados al consumo de otras personas. Mientras no pretendamos obligar a los demás a consumir los productos que nosotros les digamos, tendremos que fabricar aquellos artículos que demanden ellos de manera voluntaria. Esto no tiene vuelta de hoja. El trabajo no es algo que esté dirigido a agradarnos a nosotros. Muy al contrario, tiene que venir determinado por los gustos y las apetencias de los consumidores. Si yo quiero ejercer la medicina, pero resulta que ya hay una oferta de médicos que cubre toda la demanda, solo tengo dos opciones. Puedo hacer que los demás enfermen, y aumentar así esa demanda, o puedo esforzarme para superar a mis colegas y agradar a un mayor número de clientes. Si acepto lo primero me habré convertido en un tirano. Si acepto lo segundo deberé esforzarme duro y afrontar todas las adversidades que vengan. Y muchas veces tendré que asumir que no puedo trabajar en aquello que me hace a mí más feliz. La demanda de un puesto de trabajo nunca coincide con la oferta. Y coincidirá menos si solo tenemos en cuenta los gustos del trabajador. Si esto fuera así, todos tendríamos un puesto agradable, estaríamos trabajando como capitanes, navegando en un bonito yate, recibiendo unos emolumentos abundantes, y dejándonos arrastrar por las olas, hacia una isla caribeña. Y todos los consumidores tendrían que comprarnos ese viaje. Sin embargo, los hombres tienen necesidades que exigen trabajos mucho más duros. Por ejemplo, necesitamos comer naranjas y patatas, y por tanto hace falta que alguien trabaje removiendo el abono que necesitan los campos. Si este ejemplo de trabajo no parece suficientemente desagradable puedo poner muchos más.

En cualquier caso, lo que tenemos que entender es que las personas tienen gustos profesionales que no coinciden al cien por cien con las necesidades reales que presentan por término medio todas las personas que consumen. Esta fórmula es bastante sencilla. Si mi amiga se hubiera parado a escucharla habría comprendido lo que quería decirle, y no me habría acusado de ser un negrero. Porque lo que se puso a decirme ella de manera atragantada es que yo, al asegurar que el trabajo supone un esfuerzo y una fatiga inerradicables, pretendía conseguir que todas las personas siguieran sufriendo. Sacó a colación a su abuelo, que había trabajado en la mina arriesgando su vida. Adujo que yo hablaba desde una posición muy cómoda. Pero esto no tiene nada que ver con lo que yo estaba intentando defender. Que yo describa la realidad como algo desagradable no quiere decir que me jacte de que sea así. Simplemente, constato una situación, y afirmo que existe una regla sencilla que refuta esa creencia ingenua que aboga por abolir el trabajo, o por sustituirlo por otros empleos más agradables. Me niego a creer en estas pamemas. Pero eso no quiere decir que me agrade el sufrimiento de los demás, o que no me emocione cuando veo que alguien lo pasa mal. En cierta medida, todos lo pasamos mal, todos venimos a este valle de lágrimas a sufrir, y la mayoría de nosotros trabajamos en oficios que no nos gustan demasiado. La realidad siempre es más dura de lo que imaginamos. Y si creemos que nos podemos librar de esta pena, acabaremos sufriendo todavía más: chocaremos contra un muro de piedra infranqueable; terminaremos siendo consumidores insatisfechos, laminados por la tiranía del trabajador.

Las condiciones laborales deben mejorar, y de hecho lo hacen, gracias a que la capacidad productiva aumenta a medida que las sociedades capitalistas se desarrollan y se apoyan más en la técnica y el conocimiento científico. Pero no deben mejorar porque lo diga un determinado sindicato, o porque constituya un deseo general o una apetencia profesional. Los deseos se convierten en realidad solo cuando la realidad quiere.

La única soberanía legítima es la que viene impuesta por la voluntad del consumidor. Todos somos consumidores de bienes. La libertad auténtica debe respetar los gustos de cada uno de los individuos, sin hacer excepciones. Debe prevalecer la voluntad de aquellos que utilizan esos bienes. Pero la revolución del proletariado, tal y como la conciben los comunistas, utiliza exactamente el argumento contrario. Centra sus reivindicaciones en torno a la figura del trabajador y del obrero. Y, al hacer esto, deja de defender que cada uno haga y consuma lo que quiera, y pasa a exigir que todos consuman lo que el productor decida, en virtud de las necesidades que le sean afines. El comunismo aduce que su compromiso es la lucha contra el empresario. Sin embargo, lo que hace es convertir al empresario en el mayor de los tiranos, ya que le permite decidir qué quiere producir, sin atender a las necesidades de las personas (en eso consiste precisamente la planificación social y económica que llevan a cabo todos los partidos, sus arengas a favor de los supuestos sectores estratégicos, que solo ellos, los políticos, saben determinar).

Por tanto, no es difícil imaginar las causas que han hecho que el marxismo haya acabado promoviendo siempre una sociedad totalitaria y atrasada. Los marxistas siempre han apoyado una teoría objetiva del valor, siempre han pretendido que los bienes fabricados tuvieran una estimación medible (que fueran los que ellos dijesen), siempre han intentado calcular este guarismo, siempre han buscado la forma de imponer al consumidor un valor extraído de sus propias cábalas, y ajeno por tanto a los menesteres que preocupan constantemente al usuario. Por ello, siempre han ido en contra de las necesidades reales de las personas, que siempre son subjetivas. Y al ir en contra de esas necesidades vitales, también han impedido el desarrollo social que impulsa esa búsqueda desiderativa.

En economía existe una ley que afirma que los costes siempre tienen que seguir a los precios. En términos sociales esto es lo mismo que decir que los productores (el empresario, el trabajador, el capitalista) siempre deben atenerse a la demanda del consumidor. El empresario incurre en costes si el cliente decide aceptar el precio de los productos que éste fabrica. No existe otra forma de libertad, ni un soberano mejor. Si el empresario no se atiene a esta doctrina, acaba desapareciendo, sustituido por otro empresario que sí reciba el apoyo y el dinero del cliente. Por eso, cualquier subvención, cualquier ayuda externa al empresario, cualquier reivindicación que atienda exclusivamente a las necesidades del patrón o del trabajador, cualquier defensa política, cualquier decisión que no sea la que el consumidor ejerce espontáneamente al comprar sus productos, va siempre en detrimento de todos nosotros (todos somos consumidores), e impide que se satisfagan las necesidades reales, y que se consiga un óptimo de felicidad.

En el siglo XXI aún existen países modernos como España en los que centenares de miles de personas están dispuestas a votar a un partido político que lleva en su programa las mismas reivindicaciones que ya defendían los socialistas del siglo XIX. Esto pone de evidencia que el totalitarismo, el fascismo, el estalinismo, el nazismo, etc…, no son meros accidentes históricos. Forman parte de la naturaleza humana y definen a la ralea de ignorantes que a pesar de todo siguen creyendo que la solución pasa siempre por acometer algún tipo de acción política.

No deberíamos confundir la soberanía que defiende Pablo Iglesias con la soberanía que debería caracterizar a una sociedad verdaderamente libre. Pablo quiere devolver la soberanía al pueblo, pero lo quiere hacer a través de la igualación de todos sus ciudadanos, emprendiendo una nueva revolución proletaria, una tiranía del trabajador. Esto requiere la presencia de un nuevo líder político, con mano de hierro, que diga cómo se debe acometer esa igualación y quiénes son los que tienen que desprenderse de sus bienes, para alcanzar esa paridad. Todo esto supone una imposición, un latrocinio y una exigencia ética incompatibles con la moral y con la libertad de las personas. Solo habremos devuelto la soberanía a los ciudadanos cuando los políticos dejen de meter sus narices en las decisiones privadas que toma la gente a diario, al actuar como verdaderos consumidores, eligiendo aquellos artículos que más les apetecen, y obligando a las empresas a cubrir esa demanda cambiante o a desaparecer si no la cubren. Esto se llama capitalismo, y libre competencia, y voluntad de las partes, pero ya sabemos qué opinión le merecen a Pablo estas palabras. Los liberticidas no congenian con esa forma de organización, pues nunca ha estado entre sus preferencias la defensa de una libertad auténtica, atenta a las necesidades reales del individuo.

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2 respuestas a La infame revolución del proletariado que quiere Pablo Iglesias

  1. JUAN ANTONIO dijo:

    Este tipo de movimientos totalitarios triunfan, muchas veces, por la dejadez y la falta de coraje de los partidos llamados tradicionales. Yo distingo siempre entre pueblo y populacho. El populacho siempre quiere pan y circo, no dar golpe y saquear al prójimo. Entrando en el caso que nos ocupa, tenemos un país demasiado acostumbrado y educado en el odio a la libertad, prefiriéndo siempre al hiper-estado abrasador, creyendo que éste le solucionará todo. El Sr. Pablo Iglesias es un buen comunista, en el sentido que sabe disfrazar su ideología para cuando llegue el momento oportuno, actuar y dar el golpe definitivo, leninismo puro y duro. Lo que ocurre es que existe un caldo de cultivo propicio a que este tipo de movimientos anti-democráticos calen, y cuenten con cierto apoyo entre el populacho. A mí me costó años (he sido comunista convencido) salir de la secta. Y he salido por mis propias fuerzas, leyéndo otras cosas y razonando, utilizándo la cabeza, que para eso la tenemos. Siento tristeza cuando veo lo que pasa en este pais: Millones de imbéciles, masas idiotizadas por completo, que lo único que saben hacer es intentar joder al supuesto rico, para quitándole todo lo que tiene, tenerlo ellos, claro. Pobre destino nos espera si esta horda (Podemos) toca mínimamente poder. Ojalá no.

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  2. JFM dijo:

    Es que la llamdad revolucion del proletariado fué una estafa. Una estafa en la que obreos y campesinos pasaron l mucha hambre y privaciones, vivieron en casas insalubres, vieron a sus hijos morir por la polucion que generaban fabricas comptemente desprovistas de dispositivos de proteccion, que morian en accidentes de trabajo porque las maquinas no tenian los dispositivos de sguridad que las de los paises capiatlistas habian tenipo por decadas, fueron esclavos en el Gulag (cuyo principal proposito NO era la represion politica sino proporcionar mano de obra esclva) y fueron obligados a despejar campos de minas por el metodo del pisado todo poara que los bolcheviques se pusieron morados de caviara, emprendeieran proyectos tan faronicos como inutiles ysastidfacieran sus sueños de dominio univerasl quemando el 30% del PNB en armaemnto.

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