La inmortalidad biológica del hombre: ¿mito o realidad? (la conquista de la juventud)


Acaba de concluir el primer congreso internacional sobre longevidad y criopreservación celebrado en Madrid, en las instalaciones del consejo superior de investigaciones científicas (CSIC). Agradezco enormemente la invitación que me extendió el profesor José Luis Cordeiro para que asistiera al evento. Gracias a él, tuve el privilegio de acudir al que seguro es el simposio sobre rejuvenecimiento más importante en nuestro país organizado hasta la fecha. Un plantel de científicos y pensadores de primera línea estuvieron discutiendo durante tres días en torno a la viabilidad y el futuro de las técnicas que se encargan de preservar a bajas temperaturas todo tipo de órganos y tejidos, o de los avances en materia de curación de enfermedades degenerativas, siempre con la mira puesta en el objetivo soñado de la eterna juventud y la inmortalidad biológica.

Algunos pensarán que no se puede catalogar de científico un congreso en el que uno de los principales asuntos a tratar es el rejuvenecimiento humano. Varias noticias aparecidas en los medios de comunicación ratifican este pensamiento (https://www.actuall.com/vida/es-posible-frenar-el-envejecimiento-y-lograr-la-eterna-juventud-siete-expertos-lo-ponen-en-cuestion/). Sus autores sugieren que no es ético mezclar en un congreso a investigadores de reconocido prestigio, como la doctora María Blasco, con gurús y chamanes del envejecimiento que lo único que hacen es vender crecepelos y esperanzas vanas. En sus admoniciones, apelan a las dramáticas consecuencias que tendría la inmortalidad para la organización y la existencia general de la sociedad, sin percatarse de que los avances nunca están exentos de riesgo, pero se acogen porque aportan también muchas ventajas. No es que tengamos que elegir de repente entre la muerte y la vida. Y tampoco será una elección colectiva. Vamos a ir aumentando paulatinamente la esperanza de vida hasta llegar a conseguir curar la vejez. Casi nadie se va a resistir a estos incrementos de la edad. Y en cualquier caso, siempre habrá mucha gente que querrá optar por vivir indefinidamente. La supervivencia está grabada a fuego en nuestro código genético. Es la principal razón de la existencia. No se puede luchar contra eso.

Pero incluso, dentro de la dirección del propio congreso, hubo voces discrepantes, como la del cirujano cardiólogo español Javier Cabo, que vinieron a tachar el transhumanismo (movimiento cultural e intelectual que tiene como objetivo transformar la condición humana y en último lugar superar cualquier limitación física del hombre) de utópico y falto de realismo. Sus charlas, que han sido muy variopintas, han estado enfocadas en criticar a todos aquellos agoreros y vendeburras que pronostican el fin de la muerte y la senescencia.

Javier Cabo, arduo defensor de la tecnología y la lucha contra las enfermedades degenerativas, no cree sin embargo que el hombre vaya a poder erradicar cualquier signo de envejecimiento, y tampoco desea que la tecnología robótica acabe sustituyendo al hombre actual, en todas las áreas de la vida. Incluso, se ha aventurado a decir que, si eso ocurriera, él se opondría fuertemente, con todas sus ganas. Cabría preguntarle de qué modo podría actuar para impedir esa situación hipotética, es decir, cómo conseguiría de forma pacífica que las personas le diesen la espalda a los avances más trascendentales en medicina. Lo que está claro es que, si algún día el hombre consigue mejorar la tecnología y puede prescindir de su antigua carcasa de carne, será habitual ver cómo la mayoría de la gente acaba adoptando esas nuevas mejoras en sus condiciones de vida, independientemente de que esto lleve a la desaparición del ser humano tal y como lo conocemos hoy. Cabría preguntarle a Javier Cabo cómo se va a oponer a este desarrollo tecnológico si, para hacerlo, debe luchar al mismo tiempo contra la elección libre de las personas y la evolución natural de la especie humana.

Pero, dejando de lado todas estas disquisiciones especulativas sobre el futuro de la humanidad, y aviniéndonos en mayor medida con la realidad actual y los datos objetivos de los que disponemos, debemos preguntarnos sobre la posibilidad real que tiene el ser humano de trascender su propio cuerpo y conseguir evolucionar hacia una forma de vida radicalmente distinta. Cada vez que asisto a un congreso relacionado con estos temas, oigo de boca de algún oyente o participante el mismo tipo de admoniciones. La inmortalidad -nos dicen siempre- viola varias leyes de la física y la biología, y por tanto se debe descartar como posibilidad real. Es preciso que analicemos esta afirmación con más profundidad  para ver hasta qué punto está en lo cierto.

Yo soy de la opinión de que no existe a priori ninguna ley en la naturaleza que impida la posibilidad de alcanzar la inmortalidad orgánica, toda vez que no hay ningún principio que niegue la capacidad humana para detectar aquellos mecanismos biológicos que ya están a dia de hoy trabajando para conseguir esto mismo, que determinados cuerpos se mantengan jóvenes una serie de anualidades o por un tiempo indefinido. De los 0 a los 30 años, el organismo de cualquier persona consigue no solo mantenerse joven y saludable sino aumentar progresivamente su nivel de vigor físico. También existen algunas formas más simples de organismos que no envejecen jamás. Por tanto, la cuestión no sería tanto comprobar si la naturaleza se atiene o no a una ley que impida conservar la juventud, como buscar el modo por el cual podamos imitar a esa misma naturaleza. Parece sensato concluir que no existe ningún proceso biológico relacionado con la vejez que incapacite a un sistema complejo para conservar su homeostasis interna de forma indefinida.

Pero seamos un poco más rigurosos. Veamos los límites reales a los que nos enfrentamos. Cualquier búsqueda científica choca siempre con tres tipos de barreras de suyo infranqueables. La ciencia no es todopoderosa. La naturaleza humana es limitada. Y lo que tenemos que ver es si estos límites constituyen algún impedimento que se interponga también entre el hombre y sus ansias de alcanzar la inmortalidad biológica (digo inmortalidad biológica porque la muerte como hecho general siempre va a estar presente, ya sea debido a un accidente irreparable, a la propia voluntad de morir, o a un cataclismo universal; la muerte de la muerte solo es la muerte de la muerte biológica).

La primera barrera al conocimiento viene determinada por los grandes intervalos de tiempo y espacio. Así, es imposible que podamos analizar un suceso que haya ocurrido a una distancia mayor que la propia extensión del universo visible. El universo tiene esa dimensión observable porque nada hay más allá de sus límites que pueda enviarnos una señal que el ojo humano sea capaz de percibir, toda vez que la distancia que entonces nos separaría del objeto en cuestión sería mayor que aquella que puede recorrer la luz en el tiempo que dura la existencia del propio universo. Y como no existe nada que pueda viajar más rápido que la luz, y como tampoco existe más tiempo que aquel que determina la vida de todo el universo, no hay posibilidad alguna de comprobar un fenómeno que se encuentra fuera de esa barrera cósmica.

Una segunda limitación viene determinada, no por las grandes distancias, sino por las muy pequeñas. Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, resulta imposible observar una partícula subatómica sin que los instrumentos de medición, cualquiera que estos sean, produzcan en ella algún tipo de cambio que altere su estado natural. Y como la medición es condición sine quanum para conocer el estado de la partícula, jamás podremos determinar su funcionamiento o su estado objetivo.

Finalmente, existe otra frontera al conocimiento que está a medio camino entre lo muy grande y lo muy pequeño, y que viene determinada en esta ocasión por la complejidad interna que detenta una estructura dada. Cabe la posibilidad de que un sistema ni demasiado grande ni demasiado pequeño, sea sin embargo tan complejo que ni siquiera podamos analizarlo implicando a todas las computadoras del mundo, y poniéndolas a trabajar a jornada completa durante toda la existencia del universo. El conocimiento aumenta de manera exponencial, pero hay que advertir que esta regla no es una ley exclusiva de nuestra forma de progresar. Afecta a muchas cosas. En este caso también existe un incremento exponencial de las relaciones e interacciones que sufren las partículas o elementos de un sistema cualquiera, a medida que añadimos más componentes al mismo. De ahí que no podamos asegurar tampoco el estudio exhaustivo de una red compuesta por un número determinado de elementos. Aunque nuestras capacidades progresan cada vez a mayor velocidad, y se esperan grandes avances en los próximos lustros, es indudable que existen procesos en la naturaleza que exhiben también un incremento exponencial de su grado de complejidad, haciendo imposible su descripción física. Imagínese un sistema de N elementos en el que todos ellos pueden  influir sobre los demás en algún grado, o pueden no hacerlo. Existirán así 2 elevado a N(N-1) diferentes modos o estados del sistema. Con N=20 el número de estados distintos superaría el número de átomos que hay en el universo, haciendo inviable cualquier mapa exhaustivo que pretenda evaluar todas las interacciones. Pues bien, téngase ahora en cuenta que el sistema metabólico que sostiene las funciones vitales de cualquier organismo está formado por una red de relaciones con un valor de N muy superior a 20. Se habrá dado cuenta entonces de lo difícil que es describir ese sistema, y la imposibilidad de abarcarlo todo.

Estos tres impedimentos gnoseológicos que acabamos de ver también constituyen importantes barreras tecnológicas, entre las que está por supuesto aquella que dificulta el acceso al conocimiento que necesitamos para revertir el envejecimiento y alcanzar la inmortalidad. En el ámbito de lo muy grande, es evidente que, si el universo entero colapsase el día de mañana, todos los seres humanos iríamos detrás de él, aunque hubiéramos descubierto hace tiempo el elixir de la eterna juventud. También pasaría lo mismo si colapsasen los átomos que componen dicho universo, por mor de algún cambio en las constantes físicas que determinan las fuerzas que mantienen unidas a las partículas que constituyen los mismos. En ese caso, de nuevo desapareceriamos, y no habría ningún remedio médico al que pudiéramos acogernos. Finalmente, también huelga decir que, aunque consigamos revertir el envejecimiento, podemos sufrir en cualquier momento un accidente grave que destruya para siempre la delicada y compleja estructura que nos mantiene con vida.

El tercero de estos problemas es más o menos subsanable. En el futuro seguramente podremos hacer copias de nosotros mismos y guardarlas en una caja de seguridad. Suena a ciencia ficción, pero no es una posibilidad descabellada. Sin embargo, los otros dos problemas tienen peores visos de solucionarse, por no decir que no tienen ninguno. Tendríamos que controlar las fuerzas que determinan el destino del universo entero, un dominio que se presupone bastante inverosímil. Por consiguiente, la inmortalidad es, en términos absolutos, una quimera imposible. Otra cosa bien  distinta es que consigamos revertir el envejecimiento en el plano de la biología, que es al fin y al cabo lo que se trata de discutir en los simposios y congresos creados a tal efecto.

Algunos aluden a ciertas leyes de la naturaleza que, según ellos, estarían impidiendo también esto último. Pero esas leyes no existen. Así, hay quienes se acogen a la segunda enmienda de la termodinámica para intentar demostrar que nunca podremos detener el envejecimiento. Pero esta apelación lo único que demuestra es la ignorancia en materia de leyes que tienen algunos. La segunda ley de la termodinámica afirma que ningún proceso de la naturaleza puede aumentar el orden general del universo. Pero eso no quiere decir que no pueda haber ordenamientos locales. Si existen sistemas ordenados, tales como los seres vivos, no es porque contravengan las leyes de la termodinámica sino porque se constituyen como sistemas abiertos que consiguen expulsar energía en forma de calor, provocando así un desorden del entorno mayor que el orden local que suponen sus cuerpos (entropía negativa). Por tanto, si conseguimos algún día ser inmortales no será tampoco porque vayamos en contra de la segunda ley de la termodinámica. Y por lo mismo, si no lo conseguimos no será porque nos lo impida la segunda ley. En cualquier caso haremos lo mismo que hemos hecho siempre: desordenar nuestro entorno más de lo que ordenamos nuestra “casa”.

Javier Cabo sin embargo, no se contentó con recurrir a una sola ley. En un momento del congreso empezó a repasar todos los principios en los que se basa la realidad, matemáticos, físicos, cuánticos, para aducir a continuación que nada hay en la ciencia que haga presagiar que vamos a poder erradicar la vejez de nuestra sociedad. No obstante, como hemos dicho, la realidad es exactamente la contraria. No existe ninguna ley que lo prohiba.

El único impedimento que podría mandar al traste nuestros deseos de inmortalidad, es la barrera gnoseológica que hemos descrito más arriba y que aparece frente a nosotros cuando nos damos de bruces contra un sistema excesivamente complejo. Y el problema es que los mecanismos bioquímicos que intervienen en el proceso de envejecimiento, y que debemos desentrañar para revertir la senescencia, se encuentran inmersos en una red de tales características. Sin embargo, también aquí hay motivos suficientes para la esperanza.

El envejecimiento es fruto de un proceso que lleva a los organismos a perder paulatinamente todos sus sistemas de reparación molecular, lo cual hace que vayan perdiendo las capacidades para regenerarse y mantenerse a sí mismos por un tiempo indefinido. Pero estos mecanismos de reparación no son todos los que existen en un organismo. Se reducen a unos cuantos procesos bioquímicos elementales, y por tanto no deberían escapar al control del hombre; no tenemos que lidiar con toda la complejidad del entramado celular. Si encontramos las claves genéticas que permiten al sistema biológico conservar esas reparaciones, como hace habitualmente cuando somos jóvenes, no debería existir ningún problema para apretar las teclas necesarias que inviertan el proceso y nos devuelvan a la juventud.

No estamos hablando de controlar el universo entero, ni tampoco queremos dominar las fuerzas que rigen en el átomo. Nada podremos hacer cuando todo el mundo colapse sobre sí mismo, o cuando se expanda y se diluya tanto que ya ni siquiera pueda mantener unidas a las partículas que componen los núcleos atómicos. De lo que se trata es de controlar los sistemas biológicos de los que estamos hechos. Y dado que podemos reducir la complejidad a unos cuantos mecanismos cruciales, todos los que están implicados en el proceso de reparación celular, resulta lógico pensar que vamos a poder ganarle la batalla a la muerte biológica. Ese día llegará probablemente no tardando mucho, en las próximas décadas. Sin duda se avecinan tiempos apasionantes. Y por primera vez, aquellos que siempre han negado la posibilidad de conseguir algún nuevo logro científico, tendrán la oportunidad de mantenerse vivos y ver lo equivocados que estaban, dando cuenta constante de su craso error.

Termino este artículo volviendo al evento que ha reunido hace unas semanas en Madrid al mayor elenco de expertos mundiales en criónica y técnicas antienvejecimiento. Y para resumirlo, aludiré al panel que lucía el primer día del simposio, durante la primera hora. Allí se reunieron las cuatro principales áreas de experimentación que están hoy en dia dedicadas en cuerpo y alma a combatir a todos los niveles los efectos de la senectud: la bioquímica, la citología, la histología, y la estética. Maria blasco representaba la lucha bioquímica. Sus investigaciones con telómeros y telomerasa están en la vanguardia del mundo. Juan Carlos Izpisúa representaba el frente de ataque de la citología. Sus pruebas con células quiméricas permitirán el día de mañana poder obtener algunas líneas pluripotentes, aptas para ser implantadas. Pedro Guillén aludió a la histología y nos habló de sus trabajos con tejidos de cartílago. Finalmente Ricardo Ruiz, esteticista profesional, nos instó a no olvidar tampoco la apariencia externa. No haríamos bien en descuidar esta faceta de nuestra vida, toda vez que la salud del cuerpo y de la mente está también relacionada con la satisfacción que produce el vernos sanos y jóvenes, y con la posibilidad de sentir al mismo tiempo la aceptación de los demás.

Allí estaba también Aubrey de Grey, dispuesto a contradecir el pesimismo antropológico del doctor Cabo, que había usado anteriormente una escena de La guerra de las galaxias donde se exponía a su protagonista a una congelación radical, tal vez con la intención de sugerir que la criónica sólo es posible en las películas de ciencia ficción. En su réplica, De Grey quiso afear el gesto del doctor recordándole lo inapropiado de utilizar ese pase cinematográfico, y también su mala disposición a aceptar una posibilidad científica que abre muchos interrogantes debido precisamente a que no contraviene ningún principio fundamental de la naturaleza.

Sin duda, no existen mejores representantes de la ciencia en todo el mundo que los asistentes al primer congreso internacional de longevidad y criopreservación. Nadie puede decir que no estén realizando una investigación seria y prometedora. Lógicamente, todavía no hay ninguna evidencia constatable. Pero eso no puede tirar por tierra todas las aplicaciones que se abren con estos nuevos campos. Y tampoco dice nada acerca de la posibilidad de éxito futuro. Ninguna teoría científica está constatada hasta que se prueba la verdad. Por el contrario, todas pasan por un periodo de incertidumbre en el que solo son meras hipótesis de trabajo. Pero eso no las descarta como proposiciones científicas. La especulación es el primer paso coyuntural que debe dar cualquier teoría racional. Negar esa especulación o esa posibilidad, como vino a hacer el Doctor Cabo al intentar mostrarnos lo que se entiende por evidencias científicas, es no comprender la naturaleza real del conocimiento humano o el mecanismo gnoseológico que opera en todo descubrimiento. El fin de la muerte biológica es una posibilidad cada vez más cercana. Y haríamos mal en ningunear esta realidad o en pretender cambiarla. No se puede luchar contra la propia evolución. El progreso es una fuerza imparable. La vida siempre acaba abriéndose camino.

En el pasado, los hombres se veían abocados a la muerte convencidos de que su cuerpo acabaría degradándose hasta el punto de convertirse en una osamenta más o menos reconocible. La única esperanza que albergaban era que sus familiares y amigos tuvieran la delicadeza de amortajarles con la mejor de las disposiciones, y les dedicasen una última oración antes de enterrarlos bajo tierra. Afortunadamente, hoy existe una alternativa bastante más halagüeña. Una opción que es incluso mejor que ese aquelarre de destrucción que ahora tanto le gusta a la gente: la cremación. Podemos quedar congelados en tinajas de acero inoxidable, a la espera de ser reanimados en algún momento del futuro. Hace unos años no me habría importado que mi familia me hubiera quemado hasta que solo quedasen unas cuantas cenizas negras, o que hubieran arrojado mi cadáver a una jauría de perros hambrientos que seguro habrían dado buena cuenta de él. Pero ahora soy más conservador. Abrigo la posibilidad de vivir miles de años. Quiero mantenerme. No quiero cerrar ninguna puerta. Prefiero incluso que me devoren los gusanos lentamente antes que esfumarme de golpe, en unos pocos minutos, por efecto del fuego. ¡Cuanto más quede de mi, mucho  mejor!

No obstante, el objetivo final siempre será vencer a la muerte y alcanzar el elixir de la eterna juventud. La gerontología es la ciencia que se dedica a estudiar los principales aspectos del envejecimiento. Su campo de acción aborda todas las dimensiones de la vejez (psicológicas, económicas, culturales, etc…). Pero a nosotros solo nos importa la rama de la medicina especializada en investigar y atender las enfermedades y los procesos que están asociados con el paso de los años. Intuimos que existen fuertes razones para creer que esta deriva se puede revertir.

La naturaleza nos demuestra una y otra vez que podemos ser optimistas. La conservación de la juventud no es una quimera imposible, ni siquiera es algo de lo que no tengamos ninguna evidencia. Existen innumerables casos en la naturaleza que lo demuestran. Hay eventos naturales que atestiguan que la muerte no es condición necesaria para la vida. La única condición sería la propia vida, nunca la muerte.

Hace ya varias décadas que Richard Dawkins se refería a los genes utilizando un sobrenombre bastante evocador y novedoso por aquella época. Los llamaba espirales inmortales, y no se equivocaba. No nos debe dar miedo utilizar ese sobrenombre, con toda la literalidad de la que seamos capaces. La inmortalidad no es otra cosa que la conservación de una disposición estructural en un orden determinado, durante un tiempo indefinido. Al fin y al cabo, somos lo que somos porque estamos hechos de unas estructuras atómicas colocadas de cierta forma. Y la función de los genes ha sido precisamente esa: mantener esa posición inalterable, pasar a la siguiente generación, cambiar a lo sumo alguna letra o palabra del código, pero manteniendo en general el mismo mensaje. Por tanto, ya hace mucho que las moléculas alcanzaron la inmortalidad. La vida y la evolución biológica deben su existencia a ese hecho crucial.

Pero no solo las moléculas han conseguido vivir eternamente. En nuestro organismo existen millones de células y órganos enteros que son virtualmente inmortales, ya que tienen la capacidad de regenerarse, pudiendo renovarse constantemente, sin apreciar síntomas de fatiga. El hígado es el caso más típico. El reverso tenebroso de esa facultad hepática es el tumor maligno. Las células del cáncer también han alcanzado la inmortalidad, y, al igual que la vida, existen sólo gracias a esa fabulosa capacidad de proliferar.

Pero aquí no queda la cosa. Todavía resulta más asombroso constatar que hay algunos organismos que no envejecen jamás, a los que les crece otra vez cualquier parte amputada del cuerpo, o que se escinden en dos individuos completamente sanos y aptos para la vida, repitiendo dicho proceso de manera indefinida, tantas veces como sea necesario, igual que hace la célula tumoral antes y después de asaltar los bastiones del tejido sano. Existen incluso algunas medusas que son capaces de rejuvenecer, volviendo una y otra vez al estado larvario.

A pesar de todo, hay que reconocer que estos superorganismos son formas de vida bastante simples. No obstante, no existe ninguna ley natural que prohíba que otros seres o especies más complejas puedan hacer lo mismo. El día que la tecnología consiga curar el envejecimiento en los humanos, ese día nos habrá tocado a nosotros ser inmortales. Y no representará en términos generales ninguna novedad. Simplemente, constituirá un paso más en la evolución de la vida, un acontecimiento que, aunque se ponga de manifiesto en distinto grado, según el momento histórico, entraña siempre una misma eidética, una referencia a los principios más básicos de la naturaleza, a la supervivencia de las cosas. Sin duda, han sido esos principios los que han puesto en marcha la propia evolución y proliferación de la vida, y los que permitieron que los primeros seres vivos pudieran reproducirse y sobrevivir en tales condiciones. Y serán también los que determinen nuestro futuro y nuestro destino. Las células germinales ya han alcanzado la inmortalidad; no cesan de dividirse. Gracias a ello estamos aquí. Ahora solo resta que lo consigan también las células somáticas (nuestros cuerpos).

La inmortalidad no es un problema irresoluble. Antes bien, es una condición de la naturaleza y de la vida, y solo es cuestión de tiempo que se manifieste también en nosotros. Únicamente, tendremos que dar con las herramientas médicas que permitan revertir el proceso del envejecimiento. La vejez es un desarrollo degenerativo que se opone totalmente al hecho mismo de vivir, a la propiedad más básica de la existencia: la permanencia, y al prurito que resulta de todo ello: la imperiosa necesidad de  conservarse. Por tanto, dicha vejez no es condición de nada, antes bien, es un lastre y un residuo del pasado, que seguro nos vamos a sacudir en el futuro.

En cierta medida, ya somos seres inmortales. El mejor epitafio que hoy podemos escribir está grabado a fuego en el muro de Facebook. Somos la primera generación que habrá dejado un rastro indeleble de datos, vivencias y deseos, impresos en la nube. Hasta ahora, la mayoría de gente moría en la más absoluta de las ignorancias. Nadie daba cuenta de ellos, y nadie sabrá jamás cuales fueron sus historias personales. Todas esas vidas se han perdido para siempre, haciendo buena la frase que pronunciaba el replicante Roy Batty en el monólogo que pone punto final a la película Blade Runner: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Pero nosotros no moriremos. Hoy ya podemos asegurar que somos inmortales, y que perviviremos en las opiniones y los escritos que recorren las redes sociales, gracias a la tecnología electrónica. Algún día, más pronto que tarde, esas técnicas que hoy son capaces de grabar nuestras ideas en un disco duro, conseguirán también conservar toda la información de la mente. Ese día, los hombres habremos logrado finalmente alcanzar la fuente de la que mana el elixir de la eterna juventud, esa con la que soñaron tantos exploradores y colonos de antaño, y que, paradójicamente, llevó a muchos de ellos a arriesgar su vida y morir olvidados por todos, muy lejos de casa, en algún lugar apartado de la selva. A nosotros no nos pasará lo mismo. Somos exploradores más avezados, nos ampara la veteranía; llevamos más tiempo buscando. Conseguiremos nuestro objetivo. Estamos tocados por el destino.

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