La incertidumbre cuántica y el principio de identidad: dos hechos compatibles


adHace ya muchos años, cuando empezaba a despuntar mi interés por la Física y la Cosmología, y despertaba poco a poco mi gusto por las ciencias en general, y el aprecio de sus métodos, unos compañeros de universidad, viéndome de esta guisa: arrebatado, decidieron regalarme un libro que creyeron me podría interesar. Se titulaba El Tao de la Física. No recuerdo ahora quién era el autor. La cuestión es que su lectura me dejó indiferente (no logré acabarlo).  No me decepcionó porque ya me temía lo peor. La tesis que manejaba su autor intentaba convencernos del fabuloso poder que ostenta el ser humano en la naturaleza, pero al mismo tiempo nos apercibía del desperdicio que supone no darse cuenta de ese potencial latente. Todas sus ideas apelaban a una fuerza física casi mágica, imperceptible para muchos, que residiría en lo más hondo de nuestro ser, y que solo estaría limitada por nuestra imaginación y nuestro verdadero deseo de utilizarla. Apenas quedaba claro en la obra como se podía relacionar ese potencial oculto con las descripciones que aparecen en cualquier texto de fisiología animal. El libro en cuestión era un tótum revolútum compuesto de ideas científicas serias mezcladas con pseudociencia y aliñadas con una constelación de tópicos y frases hechas, más propios de un libro de autoayuda que de un manual serio de física elemental.

Las ideas científicas son el nuevo alimento de las religiones. A medida que la ciencia ha ido desvelando más parcelas de realidad, los mesías han abandonado el gusto por las clases de religión y han empezado a tomar conciencia de las teorías con las que la ciencia trabaja, al objeto de adaptarlas e integrarlas en sus visiones numinosas. Los hombres siempre están intentando encontrar un sentido profundo a sus vidas. Antiguamente, el chamán de marras obtenía esa importancia bebiendo del brebaje que elaboraba él mismo con hierbas alucinógenas, o comiendo los testículos de un individuo de otra tribu al que previamente habían sacrificado. Ahora ya no practicamos esos rituales sangrientos, pero seguimos pensando que el hombre dispone de un poder sagrado, sobrenatural, y que solo necesita invocar a las fuerzas de la naturaleza para hacer uso del mismo. El contexto ha cambiado, pero no así la naturaleza numinosa del hombre. En consecuencia, hoy en día se mira hacia la física cuántica y se observa con satisfacción un mundo completamente distinto, lleno de partículas subatómicas casi irreales. Así, muchos diletantes han creído encontrar en esta disciplina una nueva fuente de remedios, otro bálsamo de fierabrás, otra forma de canalizar sus deseos, y una cura definitiva, amparada por la ciencia más puntera. De ese modo, el comportamiento de dichas partículas es inmediatamente trasladado a la esfera humana, y es utilizado por estos nuevos gurús para hablar del hombre y para atribuirle unas habilidades increíbles, semejantes a esas características fantasmagóricas que muestran los corpúsculos de los que está hecha toda la materia.

Por ejemplo, se describe el microcosmos y se resalta el carácter simultáneo de dos valores observables, lo que en física se llama la superposición de estados (las partículas adoptan muchas posiciones a la vez). A continuación, nos llaman la atención para que apreciemos un fenómeno que los físicos denominan colapso de la función de onda, y que se utiliza para explicar por qué no se percibe esa misma ambigüedad de estados en las escalas grandes. Así, cuando la materia se une formando estructuras mayores y las partículas empiezan a interaccionar entre ellas, las ondas de probabilidad que definen a estas partículas colapsan inmediatamente, y se deciden invariablemente por una única posición. Evidentemente, ese colapso tiene que producirse. De lo contrario veríamos objetos muy extraños, dispuestos en múltiples sitios a la vez.  Pero a continuación, los autores de bestsellers de divulgación como El Tao de la Física dicen cosas tan raras como que ese colapso lleva a pensar que las partículas tienen algún grado de conciencia, y deciden por ellas mismas qué posición quieren ocupar. Esto es un completo absurdo, fruto de una incapacidad para distinguir el mundo macroscópico, donde surge la conciencia (cuando aparece la especie humana) del ámbito del microcosmos, donde no puede haber ningún grado de inteligencia.

Por lo visto, hay personas que no observan ningún problema a la hora de atribuir a las cosas cualidades que son propias y exclusivas del ser humano. Este fenómeno psíquico se denomina antropomorfización y tiene en el ejemplo que acabamos de ver una de sus máximas expresiones.

Pero esta facilidad para tomar características de un nivel estructural y aplicarlas a otro nivel completamente distinto, no discurre solo en un sentido. Muchos popes del iluminismo cuántico enumeran también toda una serie de propiedades afines a las partículas elementales, y no dudan en aplicarlas en este caso al hombre, como si éste fuera también una partícula más.

A nivel macroscópico, el espacio y el tiempo juegan un papel vital en la construcción de la realidad. En el microcosmos, en cambio, un conjunto de partículas pueden comportarse como si fueran una sola (condensado bose-einstein), o pueden hallarse entrelazadas, interaccionando entre ellas a miles de kilómetros de distancia, como si no hubiese espacio que las separase. Sin embargo, en el macrocosmos ocurre todo lo contrario. Cada objeto tiene una posición única y muestra una individualidad que le permite definirse y existir. Es absurdo aplicar propiedades del microcosmos al macrocosmos y pretender que nosotros, seres del macrocosmos, nos comportemos como si fuéramos meras partículas elementales. Es como pretender atribuirnos los mismos gustos que tienen las tortugas solo porque compartimos un antecesor común. Aunque estemos hechos exclusivamente de átomos, de ninguna manera somos átomos aislados.

Es absurdo que alguien afirme que las partículas sufren colapso cuando se unen a otras para formar estructuras más grandes, y a continuación se diga que esos objetos más grandes  pueden comportarse igual que las partículas aisladas de las que están hechos, como si no hubiera obrado ningún colapso.

En el microcosmos las partículas se encuentran entrelazadas unas con otras, pero esto no quiere decir que los humanos también podamos estarlo. La unión espiritual y la comunión con el resto de seres del planeta es una creencia muy anhelada y extendida entre la gente. Y muchos creen ver en la física cuántica una constatación definitiva de estas ideas. Esta apreciación es tan estúpida como fácil, y es típica de personas que desconocen por completo el significado real de las teorías científicas.

Por supuesto, también los relativistas de nuevo cuño han decidido unirse a la fiesta de la física y han creído ver en la mecánica cuántica una nueva manera de justificar todos estos sinsentidos y absurdos. La observación de las partículas subatómicas implica la alteración de su posición o su movimiento. Esto es algo inevitable (principio de incertidumbre de Heisenberg). Si no podemos estudiar un fenómeno sin alterarlo en cierta medida, tampoco podemos conocerlo del todo. Por eso deducimos que existe un límite de tamaño que estaría impidiendo cualquier análisis objetivo de la materia a escalas muy pequeñas. Ahora bien, esto no quiere decir que no exista nada objetivo, o que el método científico carezca de validez. Antes de llegar a esa barrera inferior, existe un sin fin de datos y fenómenos accesibles al entendimiento. Sin embargo, los nuevos relativistas se basan en esas propiedades de la física cuántica para asegurar que no hay nada que pueda ser objetivo, y que todo depende del sujeto que realiza la observación. Su razonamiento lleva a cabo una reducción completamente absurda. Dado que no podemos medir la posición de una partícula aislada, tampoco podemos medir la posición de una vaca lechera, por ejemplo. Esta es otra salida de pata de banco de los amigos de lo paranormal, y también de todos aquellos magufos que han creído encontrar en la física cuántica a un nuevo y mejor aliado. Asimismo, ilustra también ese error común que ya hemos visto y que consiste en confundir el microcosmos con el macrocosmos, y atribuir propiedades de uno al otro.

Einstein es el padre de la principal teoría que describe la naturaleza física del macrocosmos: la relatividad general (la fuerza de la gravedad es la única que influye a larga distancia, en las grandes escalas de tamaño, y por tanto la única que ordena las estructuras más grandes del universo). Después de darla a conocer al mundo, pasó el resto de su vida intentando adaptar las leyes que describen el mundo cuántico (el de las fuerzas atómicas) con aquellas otras que dictan la naturaleza del macrocosmos y que él había descrito en su teoría de la relatividad. Pero murió sin ver cumplido su objetivo. Y ahora, una serie de papanatas mucho menos versados en la materia que el propio Einstein, pretenden hacernos creer que esos dos mundos pueden ser descritos de la misma forma, con las mismas leyes, llegando al punto de pensar que las propiedades de una única partícula pueden ser trasladadas a un objeto compuesto por miles de millones de esas partículas.

Hay tantas paranoias relacionadas con este asunto de la física que me llevaría mucho tiempo enumerarlas y describirlas todas. Por ejemplo, existen homeópatas que afirman que el agua tiene memoria (como los humanos) y que sabe leer las palabras que se pegan en los botes. Y los hay que dicen que el pensamiento puede influir en la estructura molecular, de igual modo que influye en el comportamiento de un animal. De nuevo están aplicando una propiedad de un nivel estructural concreto para describir otro nivel completamente distinto, confundiendo, ya no las churras con las merinas, sino las ovejas con los átomos.

En fin, podría estar horas hablando de todas estas incongruencias. Pero me quiero detener finalmente en otra creencia pagana muy extendida que también hace uso de la física cuántica para desacreditar algunas teorías políticas y económicas. De todos es sabido que el liberalismo fundamenta sus mayores reivindicaciones en la libertad del individuo. Por su parte, el socialismo aboga por todo lo contrario, antepone el colectivo al individuo, y somete a estos últimos a un continuo ninguneo. Finalmente, los relativistas, algunos de los cuales también provienen del ámbito liberal (libertarianismo y subjetivismo), desprecian cualquier principio que pueda presentárseles, y en consecuencia también ningunean aquellos idearios que resaltan sobremanera la importancia y el valor del individuo. Lo mollar del asunto es que ambos sectores ideológicos (relativistas y socialistas) coinciden a veces a la hora de usar la incertidumbre constitutiva que impera en la física cuántica como excusa para ir en contra de los liberales.

Así, los relativistas hodiernos (aquellos que no conciben ningún tipo de principio) suelen acudir a la física cuántica para dar el último espaldarazo a sus teorías epistémicas (o a su falta de teorías). El principio de incertidumbre afirma que no se puede conocer la posición y la velocidad de una partícula al mismo tiempo, lo que pone un límite inferior a las aspiraciones intelectuales de cualquier ser humano. Pero es sumamente inadecuado trasladar ese principio de la física al ámbito del macrocosmos. En el macrocosmos también existen límites; estos se basan en la enorme complejidad que adquieren los sistemas compuestos por millones de partes. Pero no se puede decir que esos sistemas se vean afectados por los mismos obstáculos que impiden el conocimiento de la realidad cuando se observan cosas muy pequeñas. Y por supuesto, es absurdo apelar a la incertidumbre cuántica para justificar una incertidumbre completa en el ámbito de los sistemas grandes. Evidentemente, existen también muchas certitudes. Así, los que utilizan la física cuántica para desacreditar cualquier teoría válida cometen un error muy peligroso. Esto les lleva defender que no hay nada seguro en la vida y que todo es relativo; que no existen principios objetivos y que las cosas nunca se concretan en algo cierto. Eso lo piensan algunos libertarios compañeros míos. Este relativismo físico suele desembocar en un relativismo moral que amenaza la estabilidad y el progreso de las sociedades avanzadas, fundadas en valores de necesaria observancia.

Finalmente, existe otra clase de libertarios que también utilizan la mecánica cuántica como herramienta arrojadiza, para desacreditar algunas teorías asociadas al liberalismo, relacionadas con la escuela objetivista de Ayn Rand. Dicha escuela aspira a rescatar el principio de identidad o principio de individuación de la filosofía, al objeto de aplicarlo al ámbito de la economía y la vida social, y con la intención de endurecer el concepto de la libertad individual que los liberales manejamos para describir la sociedad. Si logramos demostrar que las ideas de los liberales están enraizadas en un conocimiento de la realidad absoluto, propio de los principios más generales de la filosofía (axiomático), habremos ratificado definitivamente nuestras teorías económicas. Pero algunos ponen en duda esa absolutez del principio. Y los más excéntricos afirman que, como las partículas se encuentran en varios estados al mismo tiempo, y no tienen individualidad, eso dejaría sin efecto el principio de identidad y frustraría el intento de convertir este presupuesto en una verdad absoluta para usarlo a continuación como baluarte del ideario liberal.

En primer lugar, habría que responder que, aunque fuera cierto que la mecánica cuántica pone en jaque la universalidad del principio, esto no quiere decir que dicha generalización se vea comprometida. El universo observable es un mundo hecho principalmente de individuos, y esto ya es suficiente prueba para justificar el uso de esta condición básica (la condición de que todas las cosas deben tener una identidad) y desarrollar a partir de ella una teoría social plenamente satisfactoria. La individuación y su corolario lógico, la acción individual, son condiciones de posibilidad, instancias previas, necesarias para que todas las cosas existan y se manifiesten, y por tanto pueden ser utilizadas como puntos de partida, para desarrollar una teoría lógica. No en vano, Mises supo emplear esa acción individual para pergeñar una teoría omnicomprensiva, que aportaba conocimientos en muchos campos y áreas de la economía teórica. El mero hecho de que la individualidad sea una propiedad tan general, e incluso si consentimos en admitir que no es absoluta, debe otorgar un carácter de primacía a todas aquellas teorías que usan esa primera circunstancia para construir sus leyes y hacer sus predicciones.

En segundo lugar, diremos que el concepto filosófico de individualidad no se ve en absoluto alterado por ese otro concepto de la física moderna que concibe la partícula como una función de onda. Lo importante en todo esto es la condición de posibilidad que atribuye identidad a todas las cosas que existen. Y una onda de probabilidad también es un objeto con identidad, finito, limitado, ubicado en una región concreta del espacio y el tiempo.

Finalmente, y para acabar, debemos insistir en algo que tiene que quedar claro. Una cosa sin identidad es una contradicción en sus términos, no tiene sentido. Hasta ahora hemos visto que podemos prescindir del carácter absoluto del principio que defendemos, y no por ello renunciar a la importancia que tiene la generalización que este principio lleva a cabo en la naturaleza. Incluso si no fuera absoluto, el principio en si es de una trascendencia indudable. Que afecte o no también en el ámbito de la física cuántica, en el borde mismo del conocimiento fáctico, es casi una anécdota sin importancia.

Pero es que además podemos estar seguros de que el principio de individuación es un principio realmente absoluto, pues se basa en el hecho de que no puede existir nada que carezca de identidad. Eso es irrefutable. No es necesario implementar demostración alguna para saber de antemano que todas las cosas del orbe deben tener algún tipo de identidad. Cualquier propiedad que imaginemos tiene la obligación de apelar siempre a una identidad concreta.

Como hemos visto, es importante que diferenciemos el macrocosmos del microcosmos, para no confundir sus propiedades. Pero también es necesario que entendamos que ambos mundos se deben atener a unas condiciones básicas. Existen algunas cualidades que son comunes a ambos dos y que conforman necesariamente toda la realidad. La identidad, tal y como la define la filosofía, la propiedad entitativa por antonomasia, o el sentido del ser en tanto que ser, es una condición de partida ineludible, cuya falta compromete toda la realidad, la propia existencia, y que por tanto debe afectar a todos los mundos imaginables, por mucho que algunos quieran ver en la superposición cuántica una excepción a dicho principio, o una refutación definitiva del mismo.

Aquellos que critican el principio de individuación aludiendo a la incertidumbre que hallan en la mecánica cuántica, acaso se comportan igual que esos otros críticos empeñados en refutar la teoría de la relatividad aduciendo que no es capaz de explicar todavía los fenómenos que ocurren en el microcosmos, o los que operan en el centro de los agujeros negros. Y se comportan también como aquellos pazguatos que gustan de criticar a la ciencia porque ésta no ha podido todavía explicar lo que ocurrió antes del Big Bang. Los físicos se defienden afirmando que esa pregunta no tiene ningún sentido, pues el propio espacio y tiempo empieza a formarse con la explosión originaria que da lugar al universo (por tanto, es absurdo preguntar qué había antes). Igualmente, podríamos decir que no tiene sentido preguntarse por un universo sin individualidades, sin cosas, pues no existe nada que carezca de identidad particular. De la misma forma que tiene que haber una o varias dimensiones (espaciales o temporales), que constituyan la matriz en la que se desenvuelven todas las criaturas, también tienen que existir criaturas, estructuras concretas, entes finitos, individuos. La existencia es siempre una existencia individual. Sin individuos no existe la existencia. Por consiguiente, la individualidad es el principio más básico de la realidad, y es absoluto, ya que toda la existencia está fundada en él, y lo que no lo está tampoco existe.

No importa que una partícula esté en dos lugares al mismo tiempo, como dice la física. En cualquier caso, sigue siendo un ente finito, una función de onda única: distinguible. El concepto filosófico de identidad no hace referencia a una particularidad concreta, por ejemplo, al hecho de que una cosa tenga una propiedad corpuscular u ondulatoria. Hace referencia en cambio al hecho de que sea una cosa, un individuo. Y esa cosificación apela a un principio que está por encima de cualquier opinión, y que no hace falta demostrar con experimentos, o mejor dicho, que se demuestra con solo aceptar la propia existencia, asunción que está implícita en cualquier planteo, y que por tanto tienen que reconocer incluso aquellos relativistas que ponen en duda toda la realidad.

Si el principio de identidad es absoluto, esto es, si puede aplicarse de antemano y de manera segura a todos los fenómenos, es porque su contravención o su falta de aplicación a cualquier nivel o en cualquier circunstancia nos llevaría a suponer que aquello sobre lo que lo aplicamos y que lo refuta, carece por completo de una identidad concreta, en cuyo caso no podría existir, y por tanto tampoco podría servir para refutar nada. Este es el motivo también del ridículo que hacen los relativistas más radicales cuando deciden emplear esa sofistería barata que intenta cuestionarlo todo. Cualquier afirmación que pretenda negar el principio de identidad cae sin remedio en una contradicción irresoluble, pues todo el mundo está obligado a existir como individuo para poder hacer o manifestar algo. El propio acto de dudar es ya de por sí una ratificación absoluta del principio más universal de todos, el hecho de existir como algo concreto, como un individuo. Que más se puede decir. Nada. Solamente podemos acabar con una frase de Ayn Rand. Como diría esta autora ruso-americana, para negar el principio de identidad tendríamos que salir de la propia realidad. Pero entonces ya no seriamos nada, y por tanto no se nos podría tener en cuenta a la hora de catalogar los objetos del orbe con la intención de buscar posibles errores o refutaciones de la teoría, con lo cual el principio en cuestión seguiría siendo absoluto, esto es, seguiría afectando a todos los objetos que existieron, existen y existirán en la naturaleza.

Moraleja: No haríamos bien en negar la mecánica cuántica por mor del principio de identidad, ni el principio de identidad por mor de la mecánica cuántica. Ambas son evidencias del entendimiento, edificios intelectuales, elementos de la naturaleza, y productos de la razón, el uno científico (experimento de la rejilla: https://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Young), y el otro filosófico (principio de identidad: https://es.wikipedia.org/wiki/Principio_de_identidad).

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