¡Cumplimos veinticinco artículos!


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Esta bitácora acaba de cumplir veinticinco artículos (me refiero aquí exclusivamente a los artículos largos). En el enlace que aparece abajo están todos esos escritos, para el que quiera consultarlos, ordenados cronológicamente, según han ido apareciendo: https://elreplicadorliberal.com/category/mis-articulos/

Aprovecho la conmemoración para agradecer a todos los que me siguen el hecho de que lo hagan. La madre de Flaubert repetía continuamente a sus amigas que tenía un hijo que estaba obsesionado con la literatura, y a su hijo le decía que las palabras le acabarían matando. Para Flaubert, la literatura era simplemente una forma de vida, una necesidad de la que no podía prescindir. Perfeccionista hasta la exasperación, tenía que repasar mil veces un texto para acabar medio satisfecho con lo que había escrito. Cioran decía que todo literato es un incauto y un perdedor «echado a perder por su talento». Cuando un amigo le anunciaba ilusionado que estaba preparando un libro, Cioran le respondía con un consejo lastimoso: “Al penetrar en el infierno literario, va usted a conocer sus artificios y su veneno; sustraído a lo inmediato, caricatura de sí mismo, ya no tendrá más que experiencias formales, indirectas. Se desvanecerá usted en la palabra. Los libros serán el único tema de su charla. En cuanto a los literatos, ningún provecho sacará de ellos. De esto solo se dará cuenta usted demasiado tarde, tras haber perdido sus mejores años en un medio sin espesor ni sustancia. ¿El literato? Un indiscreto que desvaloriza sus miserias, las divulga, las reitera: el impudor desfile de reticencias es su regla; se ofrece… vaciado por su fecundidad, fantasma que ha gastado su sombra, el hombre de letras disminuye con cada palabra que escribe”.

Aquellos que estamos obsesionados con la literatura, sabemos por experiencia que el esfuerzo de escribir es una labor bastante ingrata. Nunca acabamos de estar contentos con lo que publicamos. La tarea que realizamos demanda un trabajo ingente, que nunca finaliza. Sacrificamos nuestra vida en el altar de las palabras, sin que muchas veces recibamos nada a cambio. Generalmente, se nos ningunea y se pone en cuestión el trabajo que hacemos. Asimismo, levantamos una polvareda de críticas y admoniciones que acaban tapando los pocos cumplidos que también recibimos, y a veces ocurre que se nos olvida incluso el motivo de lo que hacemos. No escribimos porque queramos obtener el aplauso del público, aunque su aliento también nos haga bastante bien. Escribimos porque sentimos una necesidad imperiosa en lo más hondo de nuestros corazones. Escribimos porque, si no lo hiciéramos, caeríamos fulminados de inmediato. Escribimos sencillamente porque necesitamos vomitar todo lo que llevamos dentro, para que no se nos indigeste. La madre de Flaubert se equivocaba. La literatura no te mata. Como mucho te deja inválido, postrado en la cama, incapaz de desempeñar otra tarea que no sea la de escribir. Lo que te lleva a la tumba es exactamente lo contrario, constatar que ya no puedes construir otra frase, que te han abandonado las musas y que nunca más van a volver.

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