Carta de un ateo a otro ateo, la noche de Reyes


Reyes-MagosEn unas fechas como estas, ahítas de rituales y tradiciones vetustas, solemnes recuerdos de viejos amigos ausentes, y tristes añoranzas de infancias perdidas, es importante comprender que no debemos hurtar a los niños esa ilusión navideña que a nosotros ya no nos conmociona tanto, pero que a ellos todavía les llena de felicidad y les aporta satisfacción, la noche de Reyes. Es más, no deberíamos hurtarles ninguna ilusión, por falsas que éstas sean. Me desesperan esos padres ateos que se niegan en rotundo a educar a sus hijos en la fe, robándoles las ilusiones que seguramente solo podrán sentir en ese momento de su vida. Yo no soy creyente, pero a mis hijos les educaría con gusto en la religión católica. Los niños necesitan cuentos, fantasía, historias imaginarias, y eso es independiente de las conclusiones agnósticas a las que puedan haber llegado sus progenitores en la edad madura. Me exaspera esa suficiencia adulta que convierte al niño en una imagen especular de su padre, como si éste ya tuviera que nacer crecido. Si uno ha de ser ateo, lo mejor es evolucionar y alcanzar ese estado desde una posición previa de ignorancia e ilusión. Esa es la mejor manera de apreciar los logros racionales de la madurez, y también la mejor forma de disfrutar las visiones idílicas que nos ofrece la infancia y la bisoñez. Es más, no hay otra forma de progresar como individuo que la de empezar desde abajo, sin nada en absoluto, e ir metiendo cosas en la mochila a su debido tiempo, a medida que vayamos recorriendo el camino, respetando las etapas, disfrutando con cada nueva adquisición, como un coleccionista de objetos. No hay nada peor que coger a un niño y tomarlo por un adulto, cargando a sus espaldas una mochila que apenas puede levantar.

Por lo demás, no hay ningún problema en dejar que los niños crean en fantasías. Todo lo contrario, su desarrollo cognitivo requiere de esas imaginaciones. Durante la infancia el cerebro se está recomponiendo constantemente, igual que ocurre en los sueños de los adultos. ¿Acaso las imágenes oníricas, con todo lo absurdas que son, modifican en algo nuestra percepción de la realidad cuando estamos despiertos? En absoluto. Es más, se sabe que esas visiones nocturnas reordenan la información que el cerebro ha procesado durante el día y constituyen una función fisiológica fundamental, necesaria para pensar y vivir. Igualmente, los niños necesitan la fantasía para ordenar y asimilar la información que van recibiendo del entorno, y no les basta con la noche. Necesitan soñar despiertos. Aquellos padres que impiden esta función, están privando a sus hijos de uno de los mecanismos más importantes de su formación. Que un niño crea en los Reyes Magos con cinco años tiene sobre su desarrollo cognitivo un efecto muy positivo, y ninguna clase de perjuicio. Algunos creen que la educación del niño debe basarse siempre, en todas las etapas, en un proceso de aprendizaje lógico y realista. De lo contrario -nos dicen- corremos el riesgo de que el menor acabe siendo un adulto ingenuo y pueril, capaz de creerse las historias más inverosímiles (algunos liberales piensan erróneamente que esas ilusiones infantiles allanan el camino a las ideas socialistas y abocan al niño a una neotenia permanente y a una vida de pandereta, irreflexiva y doctrinaria). Pero en este caso, influyen sobre todo otros motivos distintos, por ejemplo, el adoctrinamiento que reciba el menor a lo largo de su juventud, o las influencias con las que se junte al llegar a la madurez. Además, un adulto ingenuo es tan anacrónico y resulta tan fallido como un niño con progeria. Cada cosa a su debido tiempo.

El niño es niño, y no hay que sacar conclusiones exageradas de su comportamiento infantil. Los laicistas aborrecen la religión. Muchos ateos se vuelven tan exageradamente racionalistas que ni siquiera conceden a los demás la libertad de creer lo que ellos quieran. Y algunos llegan incluso a prohibir a los niños cualquier mínima ligereza a este respecto.

Recuerdo que cuando era pequeño me solía asaltar, en medio de la noche, un miedo irracional que apenas llegaba a comprender y dominar. Pero entonces hablaba con Dios y al momento se desvanecían todas mis preocupaciones, y dejaba de temblar. Ahora no creo en Dios. Pero tengo otros recursos para evitar ese malestar. Quién sabe qué hubiera sido de mi si en esos primeros años de mi vida, no me hubiera podido aferrar a la única esperanza que se tiene cuando aún no se comprende el mundo de forma racional. Cuando pienso en todo esto, me embarga una sensación de profundo rechazo hacia todos aquellos progenitores que deciden privar a sus hijos del único recurso que tienen para ser felices. Me aburren sus justificaciones, me aborrecen sus obligaciones, y me encocora su arrogancia racionalista y su visaje cenizo. Dejemos que los niños sean lo que son; no les convirtamos en adultos prematuros, ni queramos influir en su personalidad anticipándonos varios años a la propia naturaleza, instándoles a modificar su carácter natural, convirtiéndoles en viejos antes incluso de que les salga bozo y les cambie la voz. Dejémosles en paz, no les adoctrinemos, no les atiborremos con ideas inapropiadas para su edad. Disfrutemos de su frescura y su renovación, aprovechemos las palabras ingenuas y las sonrisas cándidas que nos regalan con su presencia. Y dejémosles en paz. Por Dios, sobre todo ¡dejémosles en paz!

 

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3 respuestas a Carta de un ateo a otro ateo, la noche de Reyes

  1. Autien dijo:

    ¡Magnifica carta!, recomendable para muchos.

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  2. Autien dijo:

    ¡Impresionante carta!, recomendable para que la lean muchos.

    Le gusta a 1 persona

  3. Es sano si se presenta como lo que son: cuentos y fantasías. Lo que me disgusta es adoctrinar a los niños y hacerles creer mentiras: animales que hablan, partenogénesis en mamíferos o zombies.

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