El insulto de Churchill


“Hasta para insultar hay que tener talento. Pero hay quien convierte el insulto en simple instinto” (Winston Churchill, 1874-1965)

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Los defensores de la paz incondicional, los que reclaman una información aséptica, los que exigen la presencia de unos medios de comunicación neutrales, los que te ponen cara de bueno para suplicarte que les respondas con un lenguaje y un tono moderados, todos ellos son también los mejores compinches del régimen, los amigos más fieles de los tiranos y los  mayores encubridores de la dictadura. La complacencia del pueblo es el único requisito que exige el sátrapa para gobernar. Se tiende a pensar que los dirigentes son los principales culpables de las desgracias que minan el ánimo y la salud de un pueblo. Pero yo creo que son simples títeres. El principal culpable siempre es el propio pueblo, su ignorancia y su imbecilidad. El dirigente solo es un reflejo en el agua, la sombra de un enjambre de langostas apunto de abatirse sobre una superficie agostada y reseca.

Los arcanos de la tiranía dejan de tener misterio en el momento que comprendemos el proceso que abastece de ignorancia a la sociedad civil. La tolerancia excesiva, popular, conlleva una transigencia igual de grave. Las tiranías medran y proliferan allí donde el desinterés de la gente es más fuerte. Las personas suelen desconectar de la realidad cuando ignoran sus causas. Y la ignorancia también conlleva una cierta complacencia con el autócrata. Lo primero que la gente ignora son los motivos que están detrás de sus problemas. Los defensores de la paz incondicional acusan un mayor grado de optimismo que el resto de la gente. Tienen tendencia a observar el aspecto más favorable de la vida, y como quiera que esta no suele ser tan benigna como ellos creen, acaban desconociendo completamente los motivos principales que están detrás de sus desgracias, hasta el punto de que vuelven a caer una y otra vez en los mismos errores.

Me enervo, y me sale un uñero, cada vez que leo en las noticias la declaración de intenciones del hombre actual. El manifiesto en cuestión se halla lleno de moralinas, conminaciones, y proclamaciones inquisitoriales de todo tipo. Enarbolando la bandera de la cordura y la bondad, el biempensante va dando rienda suelta a toda una serie de decretos y normativas que terminan exigiendo el silencio de los ciudadanos en el nombre de la paz (¡Habrase visto tamaña desfachatez!) Y son diversas las ocasiones en las que se exhorta al periodista para que ofrezca una información más neutral. Le recomiendan que solo debe dar el dato de la noticia, nunca la opinión. ¿Acaso ha existido alguna vez una persona en este mundo que se haya formado sin recibir consejo ni opinión de otra? ¿Acaso no es denunciando y contrastando las injurias como el aprendiz va escogiendo aquella forma de pensar que le permite discernir la realidad? ¿No es esta animadversión hacia la opinión una evidencia clara de la sumisión que padece el ciudadano de a pie y que reclama el tirano de turno? El cacique busca por todos los medios que nadie le recrimine sus actos, y se encuentra en su salsa cuando nadie lo hace.

La ciencia se vale de la asepsia para llegar más rápido a la verdad. El médico también usa el quirófano para llegar al paciente sin provocarle una septicemia. Pero no debemos olvidar que el tirano también usa la asepsia (y la censura) cuando quiere llegar al pueblo y dirigirlo con mano de hierro.

Los periodistas deben tener derecho a opinar, difamar, delatar, calumniar, aunque ello les lleve a veces a equivocarse. En eso consiste la libertad. Voltaire se inventó un estilo literario nuevo (el factum satírico) como medida de fuerza para prevenirse de todos aquellos estamentos que ejercen el poder de manera tiránica. Sus escritos iban dirigidos a la nobleza y el clero, que en aquella época eran los principales instigadores de las imposturas y las injusticias. Hoy en día el periodismo ha tomado el relevo de Voltaire. Pero parece que muchos profesionales no entienden en qué consiste su trabajo. Desprecian la sátira y reivindican en cambio una comunicación insabora, libre de toda opinión, como si los oyentes fuéramos todos estúpidos, como si no supiéramos discernir la realidad de la ficción, o entender las dobleces de la ironía.

Ser radical y dogmático no es de por si malo ni bueno. Para hacer un juicio de valor debemos analizar las ideas a las que apelan esos adjetivos. Es el sustantivo el que importa, no el adjetivo. Por ejemplo, la generalización de la ciencia consiste en radicalizar la extensión de los fenómenos. Einstein fue radical al afirmar que el tiempo constituía otra dimensión del universo. Y puesto que no se equivocó, su radicalismo tampoco constituyó ningún error. De la misma manera, también hay que ser dogmático y extremo cuando defendemos ciertos principios sociales.

Los periodistas papanatas deben superar, de una vez por todas, ese estreñimiento verbal que padecen con cierta asiduidad en los medios de comunicación. Démosles una razón; recetémosles un laxante. Enseñémosles las causas que están detrás del derecho a opinar. Mostrémosles los motivos que justifican y legitiman el insulto y la crítica. El idioma español está lleno de adjetivos descalificativos, y esto, lejos de ser un problema, es una de sus mayores virtudes. Permite describir fielmente la ignominia de los seres humanos. El insulto es la única forma verbal que tenemos los hombres para delatar a los mentirosos y los tiranos. Si no lo usamos, los tiranos emplearán sus formas no verbales para acabar con nosotros. El insulto y la sátira son las únicas verdades y las únicas armas que tenemos los ciudadanos para enfrentarnos al acoso constante de nuestros líderes. En estos casos, el remilgo del periodista se convierte en un estorbo despreciable, y el remilgado en un nuevo enemigo a batir.

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