De la igualdad de las clases a la igualdad de las razas: doscientos años de mentalidad comunista


La gran diversidad de vida que acoge nuestro planeta ha obligado a los naturalistas a utilizar una amplia jerarquía de categorías taxonómicas para abarcar el estudio de todos los animales y plantas que componen la delgada capa que solemos conocer como biosfera. Las diferencias se dejan sentir en todos los niveles, desde aquellas pequeñas variaciones que dependen del clima, y que afectan a las distintas poblaciones, hasta aquellos arquetipos anatómicos capaces de dar lugar a todo un nuevo reino de organismos.

Parece que no hay ningún problema a la hora de aceptar las diferencias que existen entre seres autótrofos y heterótrofos, o entre vertebrados e invertebrados. Pero en los últimos tiempos ha venido consolidándose un nuevo paradigma (o creencia) un tanto absurdo, que sin embargo ha calado con rapidez incluso en el seno de algunos cenáculos científicos. Dicha convicción asume como verdadero lo que solo es una proposición superflua, poniendo en duda la necesidad de diferenciar, dentro de una misma especie, varios grupos de individuos adaptados a distintos biotopos. Las razas han venido jugando el papel de taxón, para clasificar distintas poblaciones pertenecientes a una misma especie. El objetivo siempre ha sido resaltar las diferencias que sin duda existen entre aquellos grupos adaptados a diferentes entornos, pero que todavía no han divergido lo suficiente como para poder ser clasificados en especies distintas. Sin embargo, ahora parece que ese rol que siempre ha jugado la raza ya no tendría razón de ser.

Resulta significativo que esta nueva forma de negacionismo se fije de manera especial en el coeficiente intelectual del ser humano, e insista en afirmar que apenas existen diferencias entre unos cerebros y otros, mientras acepta sin problema otros rasgos diferenciadores como el color de la piel, la forma de los ojos, la masa muscular, o las razas de canes. Pareciera que existe una dualidad cartesiana entre el cuerpo y la mente, o entre los animales y el hombre. Resulta curioso ver a algunos supuestos científicos defender de soslayo una dicotomía tan anticuada.

En el fondo, se trataría de renegar de la idea siempre presente de una naturaleza fría e insensible (real), ajena a nuestros deseos, cercenadora de esperanzas, una lotería de genes “totalitaria”, indecidible, que estaría dictando la vida futura de todos los seres humanos, y que sólo concedería sabiduría o ingenio a una pequeña minoría de privilegiados. Aunque la cultura y la educación pueden poner algo de remedio, muchos ya parten de una posición intelectual más baja, que jamás podrán remontar por mucho que se esfuercen. Es contra esta condición indubitable contra la que se revelan todos aquellos que ven con cierto desagrado como la vida les ha reservado un papel secundario. Dado que son incapaces de enmendar a la mismísima naturaleza, acuden a la cultura para afirmar que todas las diferencias entre los seres humanos son fruto de una educación patriarcal, se hacen las víctimas propiciatorias del sistema, y culpan de su ineptitud a los que desde arriba les estarían impidiendo prosperar. Eso sí, jamás reconocen sus limitaciones. En este sentido, una de las expresiones más claras de esta nueva pataleta consiste en negar las razas. Las razas son la puerta de entrada a muchas justificaciones que estarían avalando un escenario totalmente distinto de aquel que gusta imaginar a muchos. Algunos son incapaces de entender la realidad natural de la que todos provenimos. Desde sus atalayas culturales, devenidos en progres, se revuelven contra su destino (u origen) biológico, en un intento suicida y desesperado por escapar de él, empleando la misma argucia que usan los creyentes cuando arguyen que la muerte no es el final de la vida. A veces se imaginan paraísos. Pero en otras ocasiones, cuando ya no tiene religión a la que acudir, el hombre laico se afana en negar la biología en un intento por borrar cualquier rastro del pasado que recuerde alguna injusticia, o que propicie alguna parcialidad, desconociendo completamente que la propia existencia de la vida es de por sí la mayor fuente de discriminación y selección que existe. Nada se puede hacer ante esto. La selección natural está continuamente discriminando individuos superiores e inferiores. Si aspiramos a eliminar la discriminación, hemos de saber que estamos yendo también contra los fundamentos del progreso biológico y cultural, y contra el principal proceso de mejora que utiliza la naturaleza.

Si algo ha descubierto la ciencia es que la verdad no se corresponde con las expectativas que tiene la gente. En un principio, la evolución fue negada por los fundamentalistas religiosos porque contradecía su idea numinosa del origen (del mundo). Ahora es negada también por la izquierda laica porque, de nuevo, pone en duda su concepto de paraíso, la opinión de que todos somos iguales y debemos aspirar a tener las mismas oportunidades.

Como la naturaleza demuestra una y otra vez que existe una distinta condición natural (genética) de la que parten todos los seres vivos, una buena parte de la izquierda socialista ha acabado asumiendo la idea falsa de que los genes (su influencia) y la evolución natural son en realidad un constructo ideológico de la derecha reaccionaria para introducir con calzador sus medidas discriminatorias. De lo que no se dan cuenta es de que la discriminación se halla en la esencia misma de la vida (no se puede extirpar), y va implícita en la existencia de las cosas y del mundo; viene en el mismo paquete. Solo podemos aspirar a una igualdad en derechos básicos y libertades, lo cual quiere decir que no podemos obligar a las personas a modificar su naturaleza, sólo permitir que expresen aquella con la que han nacido. Sin embargo, muchos siguen empeñados en cambiar al hombre por la vía de la ingeniería social, para que se parezca en todo (oportunidades y rendimientos). Doscientos años de comunismo (igualitario) no han bastado para cambiar esta opinión masiva (y espuria).

Si existen diferencias exteriores entre negros y blancos (la piel), ¿cual es el motivo para negar la posibilidad de que existan también diferencias interiores (estructura cerebral, inteligencia)? Ni siquiera es cuestión de demostrar nada. Todo cambiaría si al menos aceptásemos, serenamente, la posibilidad de contemplar esas variaciones naturales, como hacemos con muchas otras. Tampoco se trata de decir que el cerebro de una raza es superior al de otra en todos los aspectos. Cada uno de ellos puede ser mejor en una determinada tarea cognitiva. Lo que no se puede negar es que existen diferencias sustanciales también dentro de la misma especie. Por tanto, se hace necesario atender a esa diversidad utilizando alguna clasificación taxonómica. La categoría de raza siempre ha cumplido ese papel. Es absurdo negar la existencia de las razas o buscar un nombre distinto para algo que siempre ha tenido una designación clara y específica ¿Cuál sería la razón de esta nueva moda negacionista? En este artículo se intentan esclarecer las claves para entender dichos motivos.

El maniqueísmo es una de las mayores lacras intelectuales, se encuentra ampliamente extendido por toda la historia del pensamiento. En concreto, el maniqueismo metodológico consiste en apreciar sólo los beneficios intelectuales de la ciencia o de la filosofía, sin reparar en el hecho de que ambas aportan muchos gananciales al conocimiento. Su correlato político aduce que solo son buenas las entidades privadas o las públicas, sin caer tampoco en la cuenta de que ambas dos desempeñan un rol social importante. Pero todavía existen muchos otros maniqueísmos adicionales. Y entre ellos, uno de los más extendidos avala la creencia de que el comportamiento humano solo está moldeado por la cultura. Este maniqueísmo cultural cobra materialidad de muchas maneras distintas. Su efecto más sonado es la negación de la biología o influencia de los genes, lo cual ha llevado a muchos a rechazar la existencia de las razas y sustituirla por otros conceptos, como el de etnia o población. Género y etnia son palabras que se usan hoy a modo de eufemismos, para dar al lenguaje una carga menos biológica, evitando así vocablos otrora tan extendidos como el sexo o la raza. Esta negación flagrante de la biología constituye uno de los apartados más graves dentro de ese esnobismo cultural, cada vez más extendido, que viene a negar diversos aspectos de la realidad natural, una tendencia que está teniendo un amplio eco en las sociedades modernas, ahitas de información, sumidas en la post verdad y repletas de relativismo.

La ciencia consiste en clasificar y describir objetos. Por tanto, es impropio del científico obviar ese fenómeno natural que lleva a algunas poblaciones de organismos a separarse y adaptarse a un entorno ligeramente distinto, modificando con ello su genotipo y fenotipo, sin que por ello constituyan una especie nueva. Es de rigor nombrar a ese fenómeno de alguna manera. No es lo mismo que una población se separe del grupo local y adopte algunos rasgos particulares a consecuencia del clima o la dieta, a que lo haga una población que termina por convertirse en una especie diferente, tras quedar aislada genéticamente y evolucionar por su cuenta durante millones de años.

Resulta absurdo que algunos crean necesario escribir decenas de artículos para demostrar que las razas son un invento cultural, casi tan absurdo como tratar de probar la redondez de la Tierra en los tiempos actuales ¿Cómo no van a existir las razas? ¿Cómo llamamos entonces a aquellas poblaciones de una misma especie que se han adaptado a un entorno particular y que muestran por ello algunos rasgos fenotípicos comunes?

La raza es una unidad taxonómica con los mismos derechos que cualquier otra, que sirve a todos los efectos para catalogar a un grupo de individuos emparentados, que evoluciona durante miles de años para adaptarse a un entorno concreto, sin que por ello se constituyan dos especies independientes. Dentro de una misma especie existen dos tipos de variabilidad genética, aquella que distingue a un individuo de los demás y que lo hace único, y aquella que identifica un grupo poblacional adaptado a determinadas condiciones del entorno (raza).  

La etnia sirve también para catalogar aquellos grupos de personas que pertenecen a una unidad cultural dentro de una especie determinada. Y la raza hace lo mismo con las unidades genéticas. Vuelvo a preguntar: ¿cómo llamáis vosotros a un grupo de gente que pertenece a una unidad genotípica y fenotípica? No son individuos aislados. No son especies distintas. No son etnias culturales. Son razas.

Como he dicho más arriba, la ciencia consiste en clasificar cosas. Eso no quiere decir que las clasificaciones sean perfectas, o que debamos saber exactamente cómo podemos ordenar todos los objetos, y menos aún cómo podemos incluir las transiciones, las mezclas, los eslabones perdidos, u otros casos más complicados. No sabemos exactamente todos los pasos que ha dado la naturaleza, o toda la serie de transiciones evolutivas de todas las especies que habitan la Tierra. Pero eso no obsta para defender la teoría de la evolución. No sabemos cómo clasificar todas las variedades adaptativas que nos encontramos en el reino animal. Pero esto no es motivo tampoco para negar las razas. Aunque no podamos determinar todos los aspectos de la teoría, sabemos que existen grupos de población que se han adaptado a grandes regiones continentales, y que eso debe ser catalogado de alguna manera (subespecie o raza, me da igual). Que existan otras adaptaciones distintas (más locales), por ejemplo la adaptación a la altitud, no anula lo dicho anteriormente. Todo lo contrario, nos obliga a seguir clasificando, entendiendo, ordenando, y avanzando (científicamente hablando).

También están los que se decantan por evitar el nombre de raza y prefieren usar la denominación de subespecie. Pero esto es una mera cuestión nominal. Además, por qué habríamos de empobrecer el idioma, renunciando a una categoría, cuando tenemos dos formas de agrupar a los seres vivos. Teniendo en cuenta el elevado número de diferencias anatómicas y fisiológicas que existen dentro de una misma especie, es bastante probable que en algún momento tengamos que necesitar los dos nombres.

A veces me recriminan que diga que las mujeres que juegan al fútbol constituyen un subconjunto de la población con un porcentaje más alto de marimachos. Pero, ¿por qué tenemos que negar que hay hombres afeminados y mujeres andróginas? Hombres y mujeres son distintos. Cuando un hombre o una mujer tiene algunos rasgos del otro género fuera de lo normal lo único que podemos hacer es nombrar ese comportamiento con alguna designación diferente: marimachos y afeminados son palabras que catalogan estos aspectos. Cuando hay algo que no gusta, la gente tiende a negarlo, y lo primero que hace es evitar usar el nombre por el que se conoce a esa realidad. Esto pasa también con las razas.

La justificación más frecuente que se alega para negar las razas consiste en decir que dicho concepto está manchado de sangre, ya que ha sido utilizado muchas veces para disculpar la masacre de millones de personas. Pero, ¿qué más da que haya sido usado de manera errónea y vil? Un cuchillo también se utiliza para matar, y no dudamos en usarlo todos los días para partir la carne. Lo que hace que el comportamiento y el pensamiento de un individuo sean magnánimos no es la ocultación de una verdad, sino su admisión sincera (y difícil), en este caso la aceptación de las diferencias raciales, que a continuación habrá de ser respetada en oposición a aquellos que usan esa misma realidad como arma arrojadiza para enfrentar a los seres humanos. Me niego de plano a cambiar de designación, obligado por esos energúmenos que matan y masacran a la ciudadanía en nombre de la raza. Lo que es absurdo es negar la diversidad sólo porque ésta se utilice para justificar el asesinato. Es como mandar callar a otro porque no opina lo mismo que tu, y creer luego que ese silencio impuesto es un síntoma de respeto.

Abandonemos todo prejuicio y usemos preguntas objetivas (posibles) ¿Por qué no puede haber razas que sean superiores intelectualmente a otras? Con esto no quiero decir que la raza blanca sea superior en todo. Eso no está demostrado. Aunque tampoco sería imposible.

Lo que sí se ha comprobado es que la raza negra es superior en muchos deportes explosivos, ya que tiene más masa muscular. A esta idea no se opone nadie. Por su parte, la raza blanca es superior en las pruebas de natación, debido a que sus huesos tienen menos densidad, lo que hace que aumente la flotabilidad del cuerpo. ¿Por qué no podría haber también una raza con un coeficiente intelectual superior a la media?

El fenotipo es la suma del genotipo y el ambiente. Si se aceptan las diferencias fenotípicas se tienen que aceptar a continuación las variables genotípicas, por muy pequeñas que éstas sean, y llamar a eso de alguna manera: razas. Un 0.001 ya sería suficiente para justificar la necesidad de dar algún nombre a esas diferencias. Después de leer el genoma humano supimos que las diferencias genéticas se traducen en unas diferencias fenotípicas mucho mayores, que evidencian las complejas formas que tienen los genes de expresarse. Un gen puede dar lugar a varias proteínas distintas. Por tanto, pequeñísimas diferencias en los genes se traducen en grandes diferencias fenotípicas.

La existencia de clases sociales se basa en la división del trabajo y ésta a su vez es una de las bases más importantes de la evolución natural. La división del trabajo es también lo que propicia la aparición de nuevas especies y el aumento de la diversidad biológica. La raza (desideologizada) tendría el mismo origen y la misma función general.

La moda que ahora viene a negar las razas es una de las mayores estupideces que ha parido la mente humana, propias de sociólogos y culturetas con escasa formación en biología. Casi en todas las especies existen razas. Las razas responden a una adaptación lógica, que permite sobrevivir a determinadas condiciones ambientales. Queda por tanto suficientemente demostrado lo absurdo que resulta negar estas adaptaciones. Pero todavía tenemos que comprender por qué el hombre se presta tanto a este tipo de memeces. ¿Por qué hay tanta gente que es incapaz de distinguir el racismo: la aniquilación y exterminio del diferente, con el racialismo: la aceptación y estudio de las diferencias raciales?

El concepto de raza hace referencia a una noción absolutamente necesaria, que identifica y describe un hecho biológico irrefutable. Su negación no tiene ningún sentido. Y además entraña muchos peligros. Negar la realidad conduce siempre a muchas confusiones. Pero si además negamos también la diversidad, el efecto puede ser catastrófico. Cuando Marx negó la legitimidad de la categoría de clase, la sociedad se deslizó hacia un precipicio por el que acabaron precipitándose millones de personas. La igualdad de todos los seres humanos solo se consigue por la vía del asesinato y el genocidio. Si no matas a millones de personas lo natural es que haya diversas clases y razas. La única diferencia entre unas y otras políticas igualitarias es el grupo de población que se decide perseguir, o el rasgo (genético o cultural) que se busca eliminar. Esa igualdad sólo se justifica desde el buenismo y la corrección política que tienden a practicar todos los partidos. Tal vez tenga algunos fundamentos electoralistas. Pero no tiene en absoluto ningún fundamento racional.

Los biólogos somos los que más razones podemos enarbolar para estar cabreados. Nosotros hemos hecho de la diversidad natural nuestra forma de trabajo. Y ahora resulta que nos la quieren quitar. Normalmente, el comunismo siempre ha ninguneado la influencia de nuestra disciplina y la importancia que tiene para el comportamiento del hombre. Existe la idea generalizada de que los genes solo son un factor decisivo en los animales inferiores. La falta de conocimientos biológicos, que evidencian un gran número de personas, se traduce a la larga en una serie de teorías absurdas que acaban obviando algunos de los aspectos más importantes de la vida, tales como la distribución de los roles productivos entre las distintas clases sociales,  la importancia de las diferencias sexuales en el ámbito de la familia, o el papel que juegan las razas en el conjunto del paisaje adaptativo. El consecuente peligro que todo esto trae aparejado acaba manifestándose a través de un propósito imposible (igualitario) que, en el mejor de los casos, impide que la sociedad se diversifique y acumule todas las capacidades y especialidades que son necesarias para salir adelante como conjunto, y en el peor, termina con una matanza desenfrenada que aspira a eliminar por la fuerza esas diferencias naturales y culturales, imposibles de ocultar.

Nuestra especie muestra una gran diversidad genética y una adaptación a todos los ambientes planetarios. Es lógico que se subdivida en diferentes razas. Podemos buscar otros nombres distintos, pero nunca vamos a poder obviar esas diferencias. Además, la búsqueda desesperada por encontrar otros nombres para referirnos a lo que siempre ha sido conocido como raza puede suponer añadidos y complicaciones innecesarias. Algunos piensan que la definición de población puede ser uno de tales sustitutos. Pero la palabra población solo apela al lugar geográfico que ocupa un grupo determinado de individuos, no al cluster genético adaptado a toda una unidad morfoclimática. Hay que insistir que nos estamos refiriendo a las adaptaciones biológicas, las cuales acarrean necesariamente un cambio genético. Los cambios culturales son un segundo tipo de adaptación. Cabría diferenciar como mínimo los distintos tipos de cambios que experimenta un organismo.

Por otra parte, tenemos que insistir también en que el concepto de raza no viene a negar la complejidad que existe dentro de cada grupo taxonómico. Nadie está afirmando que una raza se compone de un cluster exclusivo de genes. Lo único que se dice es que hay grupos de clusters que contienen algunos genes, característicos de ese grupo, que han evolucionado para adaptarse a una extensa región climática. Una población no puede sustituir el concepto de raza sencillamente porque una población es cualquier grupo de individuos habitantes de un lugar determinado. Mi pueblo tiene una población de 80 habitantes y el pueblo más cercano tiene otra de 70. Ambas están dentro del mismo valle y sus diferencias no corresponden a ninguna región climática particular. Por tanto, es necesario usar otra denominación para designar aquellos grupos de seres vivos adaptados a una gran región morfoclimática, lo que siempre se ha conocido como raza. En este sentido, la genética de poblaciones estudia la variación de las frecuencias alélicas en un grupo de organismos que comparte el mismo hábitat.

En otros casos, los negacionistas pretenden derribar la noción de raza a base de confundir los niveles jerárquicos de análisis. Para renunciar al concepto más restringido de raza, apelan a aquellas familias de genes que están extendidas por todo el mundo, y que se salen sin duda del círculo que marca el taxón de la raza. Hay que recordarles que estamos utilizando una taxonomía que aplica solo en el nivel del organismo (igual que la especie o el género), y no en el de los genes. De la misma manera que hay genes idénticos repartidos por todo el mundo, sin que ello suponga que debamos replantearnos la existencia de las especies, también los hay que se ciñen a un lugar morfoclimático concreto, y que identifican a una raza. Todo requiere un nombre. Que existan familias de genes dispersos por toda la Tierra no anula el hecho de que también hay familias de genes que permiten la adaptación a una vasta región climática. Ningún taxón es un compartimento estanco. Los géneros, las especies, los órdenes, todos tienen genes o familias de genes comunes, y no por eso dejan de ser especies, géneros u órdenes. Tampoco la raza se ha planteado nunca como algo totalmente aislado.

Al usar el concepto de raza no se está diciendo que las razas sean compartimentos estancos. Solo se señala un subconjunto de organismos, con características similares, de todos los que tienen capacidad para reproducirse entre sí. Es un hecho que la división intraespecífica en distintos grupos biológicos ocurre dentro de la especie humana y que a eso le damos el nombre coloquial de raza. La ciencia académica puede llamarlo subespecie, pero eso ya es una cuestión aparte; terminológica. Lo que no se puede decir de ninguna manera es que la raza no existe. También hoy usamos una clasificación binomial para designar a las especies que antes conocíamos solo por su nombre vulgar. Cuando se puso el nombre de Lucanus cervus al ciervo volador nadie pensó que esa especie era una invención. Que a la raza se le llame ahora con el nombre de subespecie no pone en cuestión la existencia de la raza, tan solo modifica su designación. Y de todos modos, tampoco queda claro que subespecie y raza sean la misma cosa. Es posible que debamos usar a la vez los dos términos. Como ya hemos dicho más arriba, la naturaleza es sumamente diversa, y se apresta a muchos tipos de clasificaciones.

La explicación para todos estos despropósitos nominales hay que buscarla en la creencia que algunos han asumido como verdad. Muchos piensan que están luchando contra el racismo cuando afirman negar la realidad de las razas. Se comportan igual que los que quieren curarse del cáncer pensando en positivo.

Voy a terminar este artículo con alguna de las reflexiones que el premio Nobel de medicina y codescubridor de la estructura en doble hélice del ADN, el biólogo estadounidense James Watson, utiliza para acallar a los lacayos del “conservadurismo progre”, los cuales abogan por reducir la diversidad evolutiva y el impacto del progreso a través de la negación de lo que solo es una de sus consecuencias lógicas, las razas: “Me gustaría haber cambiado, que hubiese habido nuevos descubrimientos científicos que mostrasen que lo adquirido es mucho más importante que lo innato, pero no los he visto… Di la espalda a la izquierda porque no les gusta la genética. La genética implica que a veces en la vida fracasamos porque tenemos malos genes. [Las personas de izquierdas] quieren que todo fracaso en la vida sea culpa del malvado sistema” (Articulo https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4756148/).

Demos la espalda a la izquierda retrograda. Abracemos de una vez la verdad de los hechos, aunque eso implique aceptar que a veces portamos malos genes (o que algunos de nuestros congéneres los portan). Las diferencias raciales siempre estarán ahí para recordarnos que tenemos un pasado evolutivo y un futuro distinto, aunque algunos curillas desearían no haber tenido nunca nada que ver con el mono rhesus.

Sin pasado no hay futuro. Sin futuro no hay progreso. Y sin cambio no hay progreso ni futuro. Admitamos pues que somos hijos de múltiples cambios (también raciales) que ameritan para conseguir una mayor supervivencia y desarrollo. Esto implica que somos diferentes, que pudimos haber sido superados por otras razas, y que también podemos ser inferiores o superiores en el plano intelectual. Nada de esto debe quedar al margen de la suposición. Nada debe quedar fuera de la teoría. Tampoco la inteligencia, que no es más que otro órgano del cuerpo. Descartes quiso hacer una distinción clara para así poder explicar el mundo de las almas. Cientos de años después, los laicos (socialistas) siguen abrazando esa diferenciación etérea, aunque ya no crean en animas. Esto da fe del poder que tiene esta visión trascendental de la mente, que unida al concepto de igualdad, lleva a los bienpensantes y democraticistas a imaginar que los hombres tenemos todos las mismas oportunidades y la misma inteligencia de base. Sin embargo, solo hay algo que enriquece nuestra vida. Ese algo es la diferencia y la diversidad extendidas a todos los planos, lo cual implica necesariamente que es posible que seamos también más tontos y más pobres que otras personas (o que otras razas). Y esto no gusta a envidiosos y vagos. Como además la diversidad es algo natural (por necesario), a los vagos se suman los idealistas del socialismo que acuerdan la imposición cultural como solución única, buscando con ello una justicia igualitaria (espuria) contraria a la naturaleza del hombre. Y a los socialistas idealistas se suman los socialistas aviesos, interesados exclusivamente en obtener dinero fácil (robado o expropiado mediante impuestos y corruptelas). Vagos, tontos, socialistas, y ladrones, ya tenemos a todos los integrantes de esta sopa o ensalada social que ha venido a llamarse izquierda revolucionaria, pero que solo tiene un nombre propio: marxismo cultural, y un color político: comunismo. Para todos ellos, la raza es otra forma de desigualdad que hay que superar. Los vagos y los tontos no quieren ser identificados como una raza inferior. Los socialistas no quieren renunciar a las ideas de Marx que abogan por una única clase de trabajadores con las mismas oportunidades. Y los ladrones no quieren que los vagos y los socialistas cierren el chiringuito de las subvenciones y las prebendas, que todos ellos usan para ocultar su auténtica naturaleza y que queda a disposición de todo aquel que esté dispuesto a justificar la apropiación y el uso del dinero ajeno con la excusa de mejorar la vida de sus conciudadanos.

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