La religión de Steven Weinberg


“La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión.”

Alguien dijo alguna vez que el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones. Esta frase puede aplicarse a la religión como tal, pero también a la política actual. En general, cualquier maldad tiende a perpetuarse por medio de la justificación. Cualquier tirano te dirá sin parpadear que las atrocidades que comete son por el bien de los hombres, ya para que se salven una vez muertos (religión), ya para que se complazcan aquí en la tierra (política). Frente a esto, no valen medias tintas. Hay que decirlo claramente. El mayor logro de Occidente consistió en romper ese lazo genético que une a la mayoría de los hombres con la bondad reglada de las religiones laicas o etéreas. Dejamos de creer que debíamos imponer las virtudes que nosotros admiramos. Renunciamos a exigir al otro una prueba de fidelidad. Dejamos de imponerle las leyes divinas o paganas que nosotros sublimábamos. Este paso representa un punto de inflexión en la historia del hombre. Pero requiere grandes esfuerzos y un poder de abstracción descomunal. El hombre debe salir de su reducto mental, liberarse de los lastres de su innatura, y de la numinosidad que rodea su rictus y sus acciones cotidianas. La naturaleza ha dotado de gran importancia a todas esas acciones. La supervivencia depende de que la vulgaridad se vuelva sagrada. Si pensamos que comer, reproducirnos, o defecar son hechos trascendentes, reforzaremos los vínculos que nos unen a la vida y acabaremos teniendo más éxito. Esto es, seremos las criaturas que sobrevivan y habiten la tierra. Por eso todos los hombres han acabado abrazando alguna forma de religión. Pero existen claras diferencias. En occidente la religión ya no tiene el peso que tenía en el pasado. Los musulmanes moderados no son como los cristianos moderados o como los occidentales moderados. Hay entre ellos un porcentaje mucho mayor de fundamentalistas. Si solo existiese un grupo de radicales dispuestos a inmolarse en el nombre de Alá, el problema no sería tan grave. Pero de lo que no quiere darse cuenta la gente, tal vez porque entonces descubrirían una realidad mucho más cruda, es que existe ahí, en esos países árabes, una masa de creyentes, en buena medida representativa del sentir general, que están dispuestos a educar a sus hijos en el odio a las otras religiones (al menos les inoculan un rechazo frontal). Defienden prácticas y costumbres que en occidente han quedado abolidas hace mucho. Apoyan las diferencias de trato entre hombres y mujeres. Opinan que el apóstata debe morir a manos de los popes y los guardianes de las tradiciones que ellos representan. Muchos parecen buenas personas, conviven con nosotros de forma habitual, tienen másteres y ocupan puestos de representación en empresas de renombre. Pero, a pesar de todo, son la hez del mundo, y un problema de rabiosa actualidad. Siguen pensando y defendiendo posturas que a nosotros nos parecen superadas. Creemos que la edad media forma parte del pasado y sin embargo la tenemos ahí, en el patio de atrás, reproduciéndose como cucarachas. Muchos musulmanes apenas se ocupan de su aseo intelectual, no se preguntan si sus acciones son buenas o malas, solo si están aprobadas por las escrituras coránicas. Esta es una postura anticientífica que en occidente ya sabemos que consecuencias depara. Pero muchos países árabes siguen anclados en la época de las cruzadas y las luchas religiosas. Como dice Weinberg, la religión es la única cosa que hace malos a los buenos. Y esto es el mayor de todos los problemas a los que se enfrenta la humanidad. Si solo fuera una cuestión de malos y buenos, las líneas estarían claramente trazada, los adalides de Belcebú, serían pocos y estarían señalados. El problema es que la mayoría de la gente se vuelve mala cuando quiere hacer cosas buenas. El problema es que los malos son malos y los buenos también son malos. El problema es que la mayoría de musulmanes levantan el brazo cuando alguien les preguntan si creen que la mujer adúltera debe ser lapidada hasta la muerte. La semilla del odio y el fanatismo está inserta en un porcentaje muy alto de la población. Y es eso lo que hace que el problema adquiera una dimensión real sumamente peligrosa. El buenismo es la verdadera lacra social. En occidente nos lo hemos sacudido en parte al impedir que la religión accediera a los parlamentos y tomara decisiones de importancia a nivel gubernamental. Pero en cierta medida lo hemos traspasado a la política, y ahora está actuando a través de los estadistas y los burócratas. Y en Oriente ese mismo buenismo es todavía más ominoso, pues sigue anclado en la fe ciega, actuando a través de la religión y el fanatismo secuaz, aupado por el pueblo crédulo y devoto, apoyado por las mayorías representativas, y encumbrado y jaleado por la estupidez y la cerrazón humanas, que también son mayoritarias. 

Acerca de Eladio

Licenciado en biología. Profesor de instituto. Doctorando en economía.
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