Utopía: la verdadera y la falsa


dibujo_utopia_www_gracielabello_com_ar_300Desde hace cierto tiempo vengo escuchando, de boca de algunos socialistas y comunistas de tomo y lomo, un mantra que se repite una y otra vez y que en cierta medida pone al descubierto la estafa piramidal en la que ha acabado convirtiéndose esa doctrina de postín, la lírica del Marxismo. Afirman éstos que el capitalismo, tal y como está planteado por los liberales, es una ideología idealista, una nueva utopía social, y que por tanto no tiene nada que envidiar a las que ellos defendían sin dobleces hasta hace bien poco. ¿Acaso se han quedado sin argumentos? ¿Por qué recurren a las mismas acusaciones que nosotros siempre hemos empleado contra ellos? Puede que ya no tengan nada más que decir. ¿Acaso se han dado cuenta de que su defensa resulta insostenible? ¿O puede ser que no tengan más balas en la recámara? ¿O tal vez es un síntoma de que se sienten acorralados? No sé muy bien cuáles son las causas de esa reacción. Sin embargo, incluso si conviniéramos en aceptar esta crítica hodierna, a saber, que el capitalismo es otra utopía más, cabría distinguir al menos dos tipos de idealismo, uno verdadero y otro falso.

La utopía comunista es una utopía sensu estricto, esto es, un delirio irrealizable, ontológicamente imposible. Los socialistas insisten, y en ello sustentan todo su debate, en una idea que a todas luces es imposible de aceptar: la igualación de los individuos y su dilución en el ácido clorhídrico del colectivo. No se puede igualar a los hombres sencillamente porque ninguno de ellos es igual a los demás. Su naturaleza los ha creado diferentes desde el mismo momento en que son individuos, discernibles del resto de cosas. No se puede crear una sociedad sobre la base de una única clase de trabajadores, pues es evidente que el progreso implica a muchos tipos distintos y conlleva siempre una especialización laboral y productiva inerradicable y constitutiva.

Por su parte, la utopía capitalista es en realidad una utopía falsa. Solo es utópica en un sentido meramente utilitarista y circunstancial (cultural). Es irrealizable porque la mayoría de la gente no cree en ella y no la quiere llevar a la práctica, y no porque en la naturaleza exista una ley que contradiga sus postulados básicos. Más bien, la naturaleza se muestra acorde con las ideas que blasona en su escudo el ideario capitalista. La competencia, la diversidad, el orden espontáneo, son aspectos comunes de la vida, que también se reflejan en el mundo animal, y que desde siempre han impulsado la evolución y la mejora adaptativa. Si la utopía capitalista no se puede llevar a la práctica, no es porque no sea una teoría correcta, sino porque los hombres no suelen estar de acuerdo con las teorías correctas; siempre suelen equivocarse, y nunca atienden a razones. El capitalismo prospera, no porque los hombres se entusiasmen con las ideas que éste plantea, sino porque se entusiasman con los resultados tecnológicos que produce, a despecho de las trabas que en principio van poniendo los ignaros por el camino. La utopía capitalista no se puede llevar a la práctica porque existe generalmente una estupidez innata en el ser humano que le hace ir en contra de las reglas más básicas de la naturaleza. El capitalismo sólo será posible cuando el hombre deje atrás esa cerrazón. En cambio, el socialismo sólo sería posible si modificásemos las reglas del universo. La quimera del capitalismo descansa sobre una idealización antropológica. En cambio, la ilusión socialista halla sus raíces en una imposibilidad ontológica y cosmológica. En el primer caso la utopía es tal porque defiende una teoría absolutamente correcta, que tiende a ser rechazada. En el segundo caso lo es porque defiende una teoría falsa, imposible de cumplir. Hay una enorme brecha entre estas dos concepciones. Cuando el socialista alega que nosotros también defendemos un objetivo imposible, en realidad de lo que se está dando cuenta es de lo imposible que resulta convencer a la gente para que adopte ese tipo de visión. A día de hoy, el capitalismo auténtico no tiene posibilidad de llevarse a la práctica simple y llanamente porque no existe un amplio consenso en torno a él. Y no existe ese consenso porque el hombre ha decidido dar la espalda a la razón y la verdad, y se mantiene anhelante, esperando la segunda venida del Señor (Marx).

Nadie ha expresado mejor que Rothbard esta diferencia radical entre unos utópicos y otros. En su libro Hacia una Nueva Libertad afirma lo siguiente: “Si bien para el libertario es vital sostener ante todo su ideal último y extremo, esto no lo hace, en contraposición con lo que dice Hayek, un utópico. El verdadero utópico es el que defiende un sistema contrario a la ley natural de los seres humanos y del mundo real. Un sistema utópico es aquel que no podría funcionar aun si fuera posible persuadir a todos de que lo lleven a la práctica… El objetivo utópico de la izquierda, el comunismo –la abolición de la especialización y la adopción de la uniformidad- no podría funcionar incluso si todos estuviesen dispuestos a adaptarlo de forma inmediata. Y no podría hacerlo porque viola la naturaleza misma del hombre y del mundo, en especial la unicidad e individualidad de cada persona, de sus habilidades e intereses, y porque significaría una drástica caída en la producción de riqueza tan grande como para sentenciar a la mayor parte del género humano a una rápida inanición y extinción. En resumen, el término utópico, en el lenguaje popular, combina dos tipos de obstáculos en el camino de un programa radicalmente diferente del statu quo. Uno es que viola la naturaleza del hombre y del mundo, y por ende no podría funcionar al aplicarse. Un ejemplo es la utopía del comunismo. El otro es la dificultad de convencer a una cantidad suficiente de personas de que el programa debería ser adoptado. El primero es en realidad una mala teoría, porque viola la naturaleza del hombre, el último es sencillamente un problema de la voluntad humana, la dificultad de convencer a una cantidad suficiente de gente de la validez de la doctrina. En el sentido peyorativo del término común se aplica sólo al primero. Por tanto, en el sentido más profundo la doctrina libertaria no es utópica sino eminentemente realista, porque es la única teoría realmente consistente con la naturaleza del hombre y del mundo… el libertario no niega la variedad y diversidad del hombre, la glorifica y busca dar a esa diversidad su expresión total en un mundo de absoluta libertad. Y al hacerlo también genera un enorme aumento en la productividad y en la calidad de vida de todos, un resultado eminentemente práctico que por lo general los verdaderos utópicos desdeñan como si fuera un perverso materialismo.”

A pesar de todo, el mundo sigue hacia delante, la vida se abre camino, y el capitalismo prosigue acaparando más cuotas de poder. Y esto es así porque en realidad el capitalismo no es otra cosa que la manifestación más pura de la naturaleza, expresada través de las acciones humanas. Como también dice Rothbard, un poco después del párrafo que hemos incluido más arriba: “El libertarianismo triunfa con el tiempo debido a que él y sólo él es compatible con la naturaleza del hombre y del mundo. Únicamente con la libertad puede alcanzar el hombre la prosperidad, la realización y la felicidad… En pocas palabras, el libertarianismo triunfa porque es verdadero, porque es la política correcta para la humanidad, y finalmente la verdad triunfará”.

La globalización y, en definitiva, cualquier acción de progreso encaminada a promover la unicidad de las ideas capitalistas en torno a los principios que dicta la madre naturaleza, tiene en suma el mismo efecto sobre dichas acciones: su desarrollo. Siempre se me achaca que defienda una minarquía mundial, una proyección de los ideales capitalistas aplicados en el mayor territorio posible. Para mi es raro que alguien que cree en una idea concreta y que hace proselitismo de la misma, no quiera luego que esta se extienda como la pólvora al mayor número posible de regiones. Me parece una contradicción, máxime cuando lo que defendemos es la ampliación de la libertad de conciencia, de movimiento, de capitales, o de palabra, de todas las gentes del planeta. También me han dicho, desde algunos cenáculos liberales, que la minarquía mundial es otra utopía más que añadir al ya abultado saco de ideales que el hombre lleva a sus espaldas. No obstante, lo que yo defiendo es la tendencia a asumir también una cierta globalización en las ideas. No pretendo que la minarquía mundial sea una realidad mañana. Digo que es a lo que hay que tender, la asíntota a la que debemos acercarnos en la medida de nuestras posibilidades. La utopía socialista está convencida de poder implantar de la noche a la mañana un socialismo real. Igual hacen los anarquistas de mercado, convencidos como están de que van a ser capaces de eliminar por completo el Estado. Lo que yo promuevo es bastante más realista (y prudente), una tendencia a la globalización, que nos permita ir deshaciéndonos de aquellas partes del Estado (la mayoría) que son claramente inservibles. Además, tampoco defiendo una minarquía universal que tenga a bien controlar todos los asuntos. La minarquía se basa exclusivamente en unos principios muy básicos (una legislación comunal), y deja que las distintas regiones y comunidades compitan entre ellas para disponer de una legislación particular que ofrezca una mejora progresiva comparativamente mayor. No se puede decir, por tanto, que yo sea un utópico, y que los demás son unos simples incomprendidos.

Los socialistas tienen una concepción de la libertad bastante equivocada. Creen en una suerte de libertad positiva. Asumen que el hombre solo será libre cuando consiga deshacerse de las ataduras que le impiden alcanzar todos los objetivos que se propone en la vida. Esto les lleva a defender una teoría completamente irreal, que se opone de facto a la naturaleza. Las propias leyes de la vida son vistas también como enemigas de esas aspiraciones. Los socialistas sólo serán libres cuando todos sean absolutamente ricos, cuando el paraíso que anunciaba el marxismo haga acto de presencia (un poco más tarde de lo que en principio se preveía) y todos puedan cantar al unísono La Marsellesa. Pero como esto es completamente imposible, los socialistas acaban promoviendo la pobreza mucho más de lo que ellos se imaginan.  

La libertad tiene un carácter inmanente, alejado de cualquier anhelo particular. No es un capricho que el hombre quiera ser libre a todas horas, ni ha de pensarse en la libertad como un constructo humano o una adopción circunstancial, ni siquiera como una idea esencial en economía. La libertad radica en algo mucho más fundamental, se basa en una ley natural (el hombre es una mera manifestación de esa norma). Dentro del conjunto de leyes que la naturaleza pone a nuestra disposición, la libertad se encuentra en el escalafón más alto. La libertad es un principio metafísico. Renunciar a la libertad es renunciar a la existencia. Ir en contra de la libertad del individuo es ir en contra de la estructura y el surgimiento de la vida. Querer que lo individual se diluya en la masa, que desaparezca, o promover la colectivización en todos los órdenes sociales, o defender la hegemonía absoluta del Estado, es tan contrario a la naturaleza como querer construir una casa sin ladrillos, o como querer estudiar un átomo sin hablar de los electrones y los protones que lo constituyen. Si un arquitecto proyecta una construcción sin tener en cuenta la argamasa y los cimientos, estará condenado desde el principio al fracaso más absoluto. El arquitecto estaría dando la vuelta al orden lógico por el cual han venido sucediendo todos los fenómenos, estaría yendo en contra de la misma naturaleza, al querer que las cosas dejen de ser tal y como son, esto es, que dejen de ser cosas (individuales). No existe ningún acto de negación de la vida y del mundo más grande que ese. Pero curiosamente, tampoco existe una ideología con más seguidores. Es en lo que cree la mayoría de la gente (los comunistas y los socialistas). Muchos suelen estar predispuestos a aceptar esas ideas que afirman que la sociedad se construye desde arriba, empezando por el tejado, con la mano divina de los políticos, sin pararse a valorar el verdadero fundamento que está detrás de cualquier sistema organizado, esto es, sus partes individuales y su acción independiente e interesada. Su postura es tan absurda que, trasladada a otras ciencias, resulta simplemente esperpéntica. Es como si un físico dejara por un momento de creer en los átomos para hacerlo solo en las macromoléculas, o como si un biólogo dejara de creer en el gen y pasara a hablar solamente de organismos. Igualmente, los economistas que no creen y que no fundamentan sus teorías en el principio de propiedad privada y la libertad individual, están abandonando la metodología que más éxitos ha reportado a la raza humano: el reduccionismo científico.

En resumidas cuentas, podríamos decir que la esencia del colectivismo y el intervencionismo socialista consiste en tomar las consecuencias (los agregados) como causas (como entes individuales, indivisos y responsables) y en hacer de ese motivo una suerte de principio histórico ineludible. No en vano, el socialismo siempre acarrea alguna defensa del agregado sobre la parte (el bien común, la clase única, el estado omnímodo). En este sentido, no existe una utopía que merezca más esa denominación. El progresismo socialista no es en absoluto un progresismo. El progreso se basa en las acciones individuales de los distintos seres, y el socialismo lo que está defendiendo es una parusía definitiva, el estado inerme de un compuesto isotónico, y la inalterable situación de un mundo de agentes iguales en todos los aspectos.

Las acciones (libres) de cada uno de los entes materiales que constituyen cualquier colectividad vienen a conformar el funcionamiento conjunto de todo sistema. Toda la naturaleza resulta de la acción individual y las peculiaridades de cada uno de los componentes que quedan dispuestos de tal o cual manera, pero siempre de forma independiente al resto de existencias, en el interior de las estructuras. La libertad individual (la acción libre de los individuos) está en la base de todo, y no hacemos mal en considerarla un principio de tipo superior. Vasili Grossman dice en una novela suya que: “la historia de la humanidad es la historia de su libertad…el progreso es en esencia el progreso de la libertad humana. Ya que la vida misma es libertad, la evolución de la vida es la evolución de la libertad” Ivan Grigorievich, el personaje con el que Grossman introduce al lector en estas reflexiones sobre la libertad, siente y comprende todo eso de una forma especial: “Por enormes que sean los rascacielos y potentes los cañones, por ilimitado que sea el poder del Estado y imponentes los imperios, todo eso no es más que humo y niebla que desaparecerá. Lo que permanece, se desarrolla y vive es solo una verdadera fuerza, que consiste en una sola cosa: la libertad… A Ivan Grigorievich no le sorprendía que la palabra libertad estuviera en sus labios cuando, de estudiante, fue a parar a Siberia, que la palabra viviese en él y que ahora tampoco hubiese desaparecido de su cabeza”. Por lo mismo, no debería sorprendernos que la libertad pueda tomarse como un axioma a partir del cual podamos explicarlo todo. La libertad es un concepto universal basado en un hecho también universal, el hecho de existir y disponerse, de actuar y de influir en el entorno. La existencia exige una libertad fundamental, la libertad de ser y de actuar de un modo particular. Esta libertad surge espontáneamente al ocupar una posición, al existir. La existencia es la manifestación más pura de la libertad. La única premisa para obrar libremente es haber existido.

Sin embargo, algunos empiezan a pensar que la libertad que defendemos los individualistas supone otra idealización, es decir, una nueva utopía. Habría que ver qué entienden ellos por libertad. Si consideran que la libertad tiene que ser absoluta, es normal que también acepten ese estatus de quimera. Pero los únicos que defienden una libertad absoluta son los socialistas. Solo ellos quieren alcanzar sus objetivos políticos a costa de negar las leyes y los límites más básicos de la naturaleza. Los verdaderos liberales defienden una utopía muy distinta, consustancial a la existencia, prosaica. Promueven una cierta libertad, que siempre va ligada a las restricciones que impone la vida, de las que ellos también son conscientes. Para los auténticos liberales, la libertad es esencial (y absoluta) en el sentido de que representa un principio completamente general. No obstante, el contenido de ese principio está llamado a describir la realidad de la vida. Y la realidad es que el hombre es un ser individual, finito, limitado, que nunca podrá gozar de una libertad absoluta.

Quienes piensan que la libertad constituye otro ideal más, acaso quieren que ésta sea tan imposible de alcanzar como aquellas medidas que ellos defendieron en el pasado y que ahora les empiezan a fallar. O acaso quieren que la libertad sea la nueva excusa para imponer un dominio completo, aquel que va en paralelo con el devenir de sus predicamentos y sus intervenciones. Pero la libertad solo es absoluta y fundamental en un sentido axiomático. Todos estamos llamados a ser libres. La naturaleza en general no es otra cosa que la manifestación de millones de acciones libres, independientes, e individuales. Y es por eso mismo que la libertad no puede ser absoluta en términos de potencia, ya que los individuos no pueden hacer todo lo que desearían. Precisamente, si existe libertad individual es porque hay individuos, y si hay individuos es porque existen entes que son concretos y finitos (limitados). La consideración de existente implica algún tipo de límite. Los verdaderos idealistas son aquellos que niegan al individuo y se decantan por una libertad absoluta (inalcanzable) y un dominio omnímodo y paralizante (edénico), contrarios a la realidad más básica de cualquier ser vivo. Y los falsos utopistas (los verdaderos liberales) son aquellos que creen en la posibilidad de un mundo más libre en lo político (menos político), a pesar de que reconocen que existen grandes intereses creados y fuertes cortapisas ideológicas, y a pesar de que asuman también unas limitaciones naturales infranqueables (pero necesarias).

La libertad es un principio fundamental, apegado a la realidad más básica de todas las criaturas. Cualquier cosa, por el mero hecho de existir y ocupar una posición determinada, adquiere una independencia y una actuación que no es otra cosa que la manifestación más elemental de esa libertad. La existencia implica libertad de acción. Y muchas cosas disponiéndose de muchas maneras dan lugar a muchas libertades. La existencia supone libertad, en el sentido más estricto de la palabra. Y la acción libre e independiente que emana de las cosas que existen viene a constituir el mundo que vemos. Esa acción es lo primero. Pero, precisamente porque se debe a la existencia, ha de ser también una acción concreta, que no puede proceder como si fuera ilimitada. Como dice Sartre en su ensayo sobre verdad y existencia, «El fundamento del saber es la libertad. El límite del saber es también la libertad. La libertad no crea la finitud; por el contrario, gracias a la finitud hay libertad». La libertad individual siempre estará sometida a las circunstancias que rodean y determinan a cualquier sujeto, precisamente porque esa condición de sujeto es lo que otorga la única posibilidad que tenemos de existir y de ser libres. Esa condición de frontera es la única alternativa de que disponemos para gozar de una cierta libertad, la mayor posible, y para morirnos cuando ya hayamos superado todos los límites. Por su parte, toda negación del individuo, en cualquier grado (cualquier ideología de corte colectivista) es asimismo una negación de la libertad y un error del sistema. 

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