El huerto de Juan Ramón Jiménez


Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol.
Y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando

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Ahora, con 40 años, empiezo a estar penetrado y henchido de cultura. Mi cabeza está preñada de ideas. Releo una y otra vez los libros que más me impresionaron. Me afano en pulir una explicación del mundo que ahora ya puedo decir que no tiene demasiados secretos. Contemplo la vida y aprecio en ella un sinfín de aristas y colores que antes no existían. Mis teorías se han vuelto sobre sí mismas. Las primeras ideas se han visto ratificadas con las últimas, aunque pertenezcan a ámbitos del conocimiento muy alejados, precisamente porque pertenecen a ámbitos muy distintos. Empiezo, pues, a mirar el cuadro del mundo con una especie de regocijo contenido, consciente de todos sus lados, pero consciente también de la caducidad que está impresa en esa mirada. Esta época de esplendor también coincide con la madurez. Y en ella, la muerte también empieza a hacerse evidente. Algunos achaques me recuerdan que no duraré demasiado tiempo. En la pubertad veía cómo mi cuerpo se iba hinchando paulatinamente, se llenaba de músculos y nuevos resortes de carne y hueso, se volvía más turgente, se mostraba más eufórico, y no podía evitar sentirme bien al pensar que algún día habría de convertirme en un hombre. Pero ahora veo como se bate en retirada, el cabello se debilita, aparecen las primeras arrugas, los ojos ya no brillan con aquel fulgor inicial, y, en consecuencia, tampoco puedo abstraerme de esa otra imaginación que augura un tipo de hinchazón muy distinto, uno que aviene con los primeros estertores de la muerte y que se intensifica con la descomposición y putrefacción del cuerpo. Todo me recuerda que algún día habré de morir. Al menos, cuando pienso en todo esto, me queda el consuelo de saber que el gozo intelectual que pude haber sentido en algún momento de mi vida no es nada comparado con el júbilo que sentirán los hombres del mañana, atravesados de un conocimiento mucho mayor. Lamento que mi vida se acabe tan pronto. No obstante, mi vida no es otra cosa que sensaciones y pensamientos, y estos no desaparecerán nunca, van a estar siempre ahí, animando a otros organismos mucho mas eruditos que el mío. Los pájaros nunca van a dejar de cantar; el huerto florido, y el pozo encalado. El mismo consuelo que infundía tranquilidad a Juan Ramón Jiménez cuando imaginaba su huerto con su verde árbol y su pozo blanco, también alentaba a David Hume en sus últimos días. Hume afirmaba que la felicidad más perfecta tiene que ver con la contemplación del más perfecto de los objetos, el universo. Y acababa su alegoría con la siguiente frase: “Pero nos conforta que, si empleamos dignamente las facultades que aquí se nos asignan, estas se ampliarán en otro estado de existencia, de forma que lleguemos a ser más adecuados adoradores de nuestro hacedor, y que la tarea que no puede nunca concluirse en el tiempo sea propia de una eternidad.”

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