El capitalismo, o el rodillo de la evolución

Cualquiera que haya tenido la suerte de veranear en un pueblo de montaña sabrá por experiencia propia que las paredes de los prados, que antes funcionaban como lindes entre las distintas propiedades, hoy en día están medio arrumbadas, olvidadas de la mano de Dios. Los pocos minifundistas que quedan ya no trabajan para sacar adelante a sus familias. Utilizan la huerta como un mero entretenimiento, para superar el hastío que les provoca la jubilación (cuando son viejos), o para exteriorizar alguna fobia anticapitalista mal digerida (cuando son jóvenes), extraída a partir de esa idea del buen salvaje que Rousseau se encargó de cultivar toda su vida. Los pequeños terrenos han sido sustituidos por grandes explotaciones agrarias, mucho más rentables y mejor adaptadas a la maquinaria pesada que conforma los bienes de capital de una sociedad moderna y avanzada. Es lógico pensar que este tipo de conversiones se van a hacer efectivas en muchas otras áreas de la vida, a medida que el capitalismo y el progreso se vayan imponiendo a las viejas ideologías. Y es probable que en el futuro las personas ya no se acuerden de la lucha de clases, y solo vean una única manera de prosperar, la libertad económica y el sistema de precios. Igual que las nuevas tecnologías barrieron de la faz de la tierra a los viejos armatostes de la revolución industrial, así también la mejora en la calidad de vida hará que dejemos de preguntarnos por aquellos modelos de producción obsoletos que se basaban en la expoliación, la expropiación, la colectivización y la oferta pública masiva. De la misma forma que hoy resulta inimaginable volver al sistema de castas o regresar al estado medieval, mañana también resultará impensable adoptar las políticas socialistas que un día fueron tan aclamadas y veneradas por algunos sectores. El rodillo de la evolución se encargará de aplastar a todos los lenin y los marx, igual que pasó por encima de aquellos que defendían la teoría geocéntrica o el movimiento perpetuo, y sólo quedará de todos ellos un mal recuerdo, millones de huesos calcinados y algún que otro anacoreta.

Se suele pensar que los liberales defienden a los ricos por alguna razón oculta, tal vez porque les interesa mantener a esa casta oligárquica. Nada más lejos de la realidad. Al menos, los liberales que yo conozco no quieren privilegios de ningún tipo, y por eso defienden la riqueza. Quieren que los ricos y los capitalistas “se maten” entre ellos, que se degüellen si hace falta, que se dejen la piel y los cuernos para satisfacer a los consumidores, que somos todos. A todos nos conviene que aquellas empresas que no han sabido servir al ciudadano de a pie, y que no cubren sus necesidades reales, mueran para siempre a manos de aquellas otras que sí saben o pueden satisfacerle. Queremos que los empresarios lo pasen mal, que estén todo el día preocupados pensando cómo van a mejorar las condiciones de vida de sus clientes. Pero cuando tienen éxito, también queremos que se solacen con los frutos justos de su trabajo. Sabemos que esos beneficios son los incentivos que ponen en marcha un nuevo ciclo de competencia y de mejoras, la rueda virtuosa que lleva a vendedores y compradores a una situación mucho más favorable para ambos.

En un sistema legítimo, los ricos ayudan a vivir mejor a millones de personas. Y hacen eso en tanto en cuanto obtengan a cambio algún beneficio especial: su riqueza. La fórmula es muy sencilla. Si penalizamos esa plusvalía también estaremos condenando a todas las personas que han pagado voluntariamente para que el millonario pueda seguir proporcionándoles bienes y servicios. Hay que saber eso.

Como dice David Gordon: “El mercado libre no es, como imaginan los darwinistas sociales, una lucha entre ricos y pobres, fuertes y débiles. Es el medio principal por el que los seres humanos cooperan para vivir. Si cada uno de nosotros tuviera que producir su propia comida y refugio por sí mismo, casi nadie podría sobrevivir. La existencia de una sociedad a gran escala depende absolutamente de la cooperación social a través de la división del trabajo”.

Efectivamente, el capitalismo es competencia, pero no es una competencia salvaje a vida o muerte; no fenecen los más pobres y débiles. La competencia se produce entre las distintas empresas en liza, y la muerte solo afecta a aquellas instituciones privadas que no son capaces de producir bienes y valores sociales. Quienes mueren son las malas empresas, y quienes sobreviven son todos los consumidores que salen beneficiados tras esa carrera, sobre todo aquellos individuos más débiles que no habrían podido conseguir nada por sí mismos, ni siquiera los recursos fundamentales que son necesarios para subsistir.

La única verdad del mercado es la productividad real y la distribución libre de los productos. La capacidad productiva, y el acceso voluntario a los bienes producidos, son los dos únicos factores que marcan la diferencia entre un país rico y otro pobre. Cuando los políticos manipulan los precios de los bienes, ya sea con subvenciones, aranceles, préstamos, impuestos, controles administrativos o privilegios varios, alteran la información del estado productivo y la asignación eficiente de recursos. Si bajan artificialmente el valor de un bien, propician su escasez. Si lo suben, provocan la creación de un excedente inútil. No existe ninguna manipulación de precios que sea beneficiosa. Estas actuaciones siempre son nefastas, alteran los incentivos y la asignación correcta de recursos, y bloquean el principal mecanismo que pone en relación y que engrasa todo el engranaje, la oferta y la demanda libres, el sistema de precios.

Para que una sociedad prospere deben hacerlo también una cantidad significativa de individuos, y esto solo es posible si los empresarios acceden a los incentivos que les proporcionan los consumidores en forma de pagos, y si los consumidores tienen también la posibilidad de elegir aquellos bienes y servicios que más necesitan, al mejor precio. Todo esto solo ocurre si existe un sistema de precios libre, donde las dos partes pactan y acuerdan una transacción beneficiosa para ambas, sin interferencias de ningún tipo. Eso y nada más es el capitalismo. La relación mutua entre las personas. La máquina de engranajes. El funcionamiento del sistema. La pura evolución.

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I. Instituto Arquitas de Tarento: Decálogo educativo

1. El instituto Arquitas de Tarento es un centro educativo de alto rendimiento que promueve la difusión del conocimiento filosófico, científico y técnico a través de un enfoque de aprendizaje ordenado, sistemático y significativo, con la clara voluntad de fomentar la investigación y el desarrollo en cuatro áreas de innovación que resultan claves para mejorar el bienestar de la ciudadanía y para impulsar el progreso futuro de la humanidad. Estas áreas son la economía, la medicina, la robótica y la astronáutica. El objetivo es lograr una sociedad más libre y emprendedora, más abundante en bienes y servicios, con un parque empresarial mas rico y numeroso, una sociedad compuesta por personas más sanas y rejuvenecidas, con máquinas que dulcifiquen el trabajo diario, y con sistemas de propulsión que nos permitan avanzar poco a poco hacia la última de las fronteras: el espacio exterior.

2. Entendemos la educación en un sentido muy amplio, la definimos como cualquier proceso que tenga un efecto formativo y que facilite la asimilación de conocimientos, habilidades, valores y hábitos útiles para el ser humano. En este sentido, la educación puede ser un aprendizaje autodidacta, un proyecto investigativo, una campaña divulgativa, un congreso de especialistas, o una actividad escolar. No en vano, la palabra educar proviene etimológicamente del latín educere, locución que a su vez está compuesta del prefijo “e” por “ex” fuera, y “ducāre”, que significa guiar, conducir. Con lo que educar sería “guiar o conducir hacia afuera”, esto es, conocer la realidad externa y objetiva, por el camino que sea.

3. Se ofrece una educación completa apoyada en dos puntales básicos: el mérito individual, que depende de las habilidades y capacidades propias de cada persona, y los contenidos materiales de las asignaturas impartidas, que quedan reflejados en el currículo académico. Para asignar ese mérito, y a la vez elaborar los contenidos apropiados, debemos definir en primer lugar el modelo educativo que tomamos como guía.

4. Nuestro modelo educativo de enseñanza es de tipo evolucionista. Llamamos pedagogía evolucionista a la educación que utiliza el proceso de evolución por selección natural para explicar la realidad existente y organizar las distintas materias de estudio. Tomamos al proceso evolutivo como el más importante de todos los fenómenos naturales, lo convertimos en nuestro principal objeto de análisis y razón de ser, y detallamos todas sus singularidades, sus puntos de inflexión, sus causas últimas, sus hechos comunes y sus consecuencias más directas, precisando al mismo tiempo todos los pasos dados hasta ahora por la naturaleza (singularidades naturales), así como también aquellos retos y desafíos sociales que aún le quedan por encarar al hombre (singularidades humanas). La pedagogía evolucionista propone que la educación puede ser ampliamente mejorada si organizamos el conocimiento y el aprendizaje en función de las características históricas o evolutivas que tengan los temas que se vayan a impartir, mostrando a los alumnos la coherencia interna y la relación temporal y espacial que presentan los distintos procesos analizados. Entendemos la evolución natural como un fenómeno ecuménico, que abarca todas las fases del desarrollo de la materia, y que por tanto puede ser empleada para estudiar cualquier cuestión que queramos conocer.

5. Fomentamos el pensamiento sistemático y la sinergia de disciplinas. Creemos que la característica principal del conocimiento, aquella que lo convierte en relevante, es la ordenación sistemática (analítica y sintética) de sus contenidos, de modo que reflejen las particularidades propias de cada materia y la relación de disciplinas.

6. Buscamos integrar todo el conocimiento (estudio sintético) haciendo un énfasis especial en aquellos principios básicos de la evolución y aquellas características comunes a todas las ramas del saber humano.

7. Promovemos el estudio del conocimiento básico haciendo hincapié en todos aquellos hitos que han determinado el proceso evolutivo de la naturaleza. En función de esto, dividimos dicho conocimiento en cinco materias principales (primer estudio analítico): la Metafísica, la Física, la Biología, la Antropología y la Tecnología. La primera de ellas compila todo el saber que ha acumulado el hombre a lo largo de la historia, y promete reunirlo bajo unos principios axiomáticos realmente generales. A su vez, también incluye a la epistemología y los métodos o lenguajes del conocimiento (matemáticas y letras). En cambio, las otras disciplinas resultan del estudio de la materia y la organización que emerge a partir de cuatro tipos distintos de singularidades evolutivas: la singularidad espacio-temporal (física), la singularidad replicativa (biológica), la singularidad cognoscitiva (antropológica), y la singularidad artificial (tecnológica).

8. Promovemos el estudio del conocimiento aplicado haciendo hincapié en todos aquellos hitos y prácticas disruptivas que más han contribuido al progreso evolutivo y el avance de la humanidad. En función de esto, dividimos ese conocimiento en cuatro asignaturas importantes (segundo estudio analítico), las cuales atienden también a cuatro singularidades propias de la evolución humana: la conquista de las ideas en el ámbito de las ciencias del hombre y las humanidades (Economía), la conquista de la juventud en el ámbito de la medicina y las ciencias de la vida (Gerontología), la conquista del futuro en el ámbito de la tecnología (Robótica), y la conquista del universo en el ámbito de las ciencias físicas y del espacio (Astronáutica). El Instituto Arquitas de Tarento concibe el conocimiento como un conjunto integrado de saberes puestos al servicio de la humanidad. De esta manera, ordena dicho conocimiento de modo que se optimice ese beneficio general.

9. En definitiva, promovemos una educación individual basada en la meritocracia y el esfuerzo personal, y para ello cuidamos celosamente los contenidos de las distintas asignaturas, los dotamos de un significado y una coherencia internas, hacemos hincapié en aquellos determinantes básicos que han condicionado la evolución y la historia del universo, dividimos las ramas del saber en función de tales singularidades, y centramos finalmente la enseñanza en aquellas otras materias que, dentro de cada rama general, mayor aplicación e impacto tecnológico van a tener en un futuro próximo, para que los alumnos se familiaricen desde pequeños con esas herramientas prácticas y adquieran unos conocimientos suficientemente significativos, fáciles de asimilar y con numerosas salidas laborales.

Buscamos así reparar dos errores graves que comete el sistema de educación actual. En el plano metodológico existe una tendencia a abandonar la cultura del esfuerzo y sustituirla por una interpretación más lúdica y desapegada, que llega al extremo de proponer que sean los propios niños, a través de sus juegos y decisiones, los que dirijan y controlen todo el aprendizaje. Y en el plano de los objetivos y contenidos se desatienden también todas aquellas conexiones y correlaciones del conocimiento que hacen que éste tenga una estructura más sólida y coherente. Por el contrario, la educación evolucionista, al centrarse en la organización que evidencian los contenidos de las distintas materias, viene a solucionar de un plumazo estos dos problemas pedagógicos. De esta manera, no busca tanto ajustarse a las necesidades subjetivas y las exigencias de entretenimiento del alumno, como a todas aquellas otras obligaciones que se requieren para comprender y asimilar unos conocimientos concretos. Sobre todo, utiliza la evolución natural (y sus diversas singularidades) como proceso principal, para vertebrar y vincular todas las disciplinas existentes, haciendo más comprensibles y amenas las clases y las materias impartidas.

10. No estudiamos la evolución, sino que hacemos de la evolución el centro de nuestros estudios, dotando a los educandos de los instrumentos y métodos que se requieren para comprender las claves que están detrás del progreso natural (singularidades evolutivas naturales) y el desarrollo humano (singularidades evolutivas humanas), con el objeto último de que puedan aplicar esos conocimientos a sus propias vidas, para evolucionar también ellos como personas y alcanzar antes sus metas profesionales.

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El minarquismo y la ciencia básica: una relación de iguales

¿Cuál es el carácter esencial de las leyes científicas? ¿Cuándo se admite a trámite una hipótesis de trabajo? ¿Qué parámetros utiliza la comunidad científica para saber si una idea tiene visos de convertirse en teoría? Yo se lo diré. Los investigadores valoran una teoría como cierta cuando los presupuestos sobre los que se basa tal construcción superan en simplicidad y comprensión a los que existían o se exigían con anterioridad. Es decir, cuando la hipótesis que se demuestra cierta utiliza un número menor de fórmulas para explicar una cantidad igual o mayor de fenómenos. Así es como avanza el conocimiento, ampliando su marco de explicación y simplificando hasta el extremo dichas aclaraciones.

Por consiguiente, así debe operar también cualquier teoría social que se precie de ser científica. Por eso el minarquismo es el único sistema de articulación válido para todos los casos, el único que cree en la aplicación general de unas normas básicas para todos. El minarquismo liberal desea aplicar el concepto de libertad negativa  al mayor número posible de personas y territorios. Unas leyes simples, en un vasto territorio. Esa es la clave. Pocas fórmulas y muchos fenómenos. Un estado de derecho pequeño en cuanto a su administración, pero grande en lo que se refiere a su geografía y sus ámbitos de aplicación.

Ni el anarquismo de mercado de corte nacionalista, con sus continuas apelaciones a la división política y el relativismo legal, ni el socialismo antediluviano de vocación constructivista, con sus listas infinitas y su pléyade de legajos y normas, hacen nada para elaborar una verdadera teoría científica, el uno porque no busca una aplicación general, y el otro porque no aspira a implementar unas normas sencillas (contrarias al intervencionismo).

En segundo lugar, debemos saber que las leyes científicas no se quedan nunca en el mero formalismo. Siempre admiten distintos grados de complejidad. Aceptan un plano más abstracto de la realidad (por eso buscan la generalidad), pero no se olvidan de todas las propiedades emergentes que conlleva su aplicación y que habrá que analizar y explicar en los casos más concretos. De ahí que el liberalismo auténtico diferencie también entre leyes negativas (cuando la normativa se atiene a unas funciones muy básicas) y leyes positivas (cuando la normativa extralimita sus funciones y aspira a regular todos los aspectos concretos de una sociedad de bienes). En el primer caso tendremos un sistema minarquista. En el segundo un sistema socialista. La diferencia es considerable.

Los nuevos motores eléctricos de Tesla tienen menos piezas que los tradicionales de combustión. Por eso se estropean menos, son más eficientes y duran más. Con los Estados pasa lo mismo. Cuantas menos piezas (unidades políticas nacionalistas) mucho mejor.

Las duplicidades y los sistemas de redundancia sirven para solucionar ciertos problemas complejos, pero no facilitan unas normas básicas generales (y simples) propias de un Estado de derecho. El mercado administra bienes heterogéneos y complejos y por eso puede tener duplicidades y puede apelar a la competencia entre empresas. El Estado en cambio se encarga de gestionar normas simples, bienes homogéneos, leyes básicas. Por eso aquí las duplicidades son siempre inútiles y perjudiciales (impropias).

La forma más racional de enfrentar los problemas de una sociedad es la de utilizar un modelo multinivel, con distintos grados de abstracción, como hace la ciencia. Resulta absurdo que el liberal afirme que solo existen los individuos. Tan absurdo como esa otra evacuación del socialista que reduce todo a la existencia de colectivos. La realidad en cambio esta compuesta por ambas entidades. Por consiguiente, para entender estos distintos niveles de abstracción, tenemos que aceptar también los roles que juegan la política y la economía en todo el desarrollo. Como dice Thomas Sowell en su libro Economía básica: “Comprender las funciones políticas puede resultar tan difícil como entender las funciones económicas. Lo que es particularmente difícil es decidir qué cosas deberían hacerse a través del sistema económico y qué cosas deberían hacerse a través del sistema político”. Pero muchos liberales hodiernos ni siquiera se paran a pensar en estos matices. En cambio, solo quieren atender a la economía. Su comportamiento es un acto de rebeldía en respuesta a ese movimiento contrario del socialismo que solo busca alcanzar sus metas a través de la política. Pero es una actitud que en ningún caso está justificada. La economía tiene un papel insustituible a la hora de satisfacer la pléyade de necesidades que reclaman las personas a título personal. Pero la política también juega un rol importantísimo, esta vez en un plano más abstracto. Se encarga de garantizar un marco de regulación general, simple y único, que permita poner en marcha todos esos proyectos mas concretos que se materializan y se plasman en el ámbito individual. Incluso la separación de poderes, división que afecta en este caso a la propia política, atiende en último lugar a la necesidad que existe de blindar algunas leyes para impedir que sean modificadas de forma arbitraria por ciertos estamentos o instancias del gobierno de turno.

Tanto si creemos que podemos mejorar la sociedad apelando únicamente a la economía, como si pensamos que vamos a mejorarla utilizando solo los incentivos y garantías que ofrece la política, estamos cometiendo un error ontológico y epistemológico de proporciones gigantescas. La realidad más básica está compuesta de distintos niveles de abstracción. El método científico hace mucho que se dio cuenta de esta realidad (por eso actúa como actúa). Falta que también se enteren algunos liberales y todos los socialistas.

Una confederación es una alianza, unión o asociación entre personas, organizaciones o países para conseguir un determinado fin común, manteniendo cierta autonomía en otros aspectos. Eso es lo que define también a la minarquía: una dualidad legal basada en una unidad esencial en torno a ciertas leyes negativas (constitucionales) y una diversidad y variedad en todos los demás contratos (mercantiles). Para eso no hay que romper los países, como quieren los nacionalistas, sino luchar para conseguir un gobierno general basado exclusivamente en principios de libertad negativa. El Estado se tiene que limitar a regular esas libertades básicas. Lo que importa es la unión en torno a esos principios, no cualquier secesión y división política. Yo no creo que la decisión sobre los principios deba quedar al arbitrio de las decisiones voluntarias (bizcochables) de los distintos municipios. Creo en un gobierno central de mínimos,  suficientemente fuerte, que se limite a cumplir con su papel de árbitro. No creo en políticas regionalistas. Pero si apoyo una deslocalización provincial de las rentas y los gastos, hasta llegar al nivel privado de las empresas. Y poco más. Una federación de ayuntamientos cuasiprivados, sin apenas políticos. Y un gobierno central con una política austera, y muy pocos burócratas.

La ciencia también nos ha enseñado que lo más efectivo para combatir las plagas de parásitos consiste en atacarlos desde dos flancos distintos. O bien se reduce su grado de virulencia, o bien se disminuye su número y su distribución geográfica. Con el Estado pasa exactamente lo mismo. Hay que combatirlo siempre desde dos frentes opuestos: reduciendo y neutralizando su capacidad de hacer daño y reduciendo el número y la variedad de gobiernos en la sombra (o gobiernos emergentes). La primera es una lucha contra el socialismo y el intervencionismo dañinos. Y la segunda es un combate a muerte contra el nacionalismo (y todos sus adláteres), contra la creación de nuevos centros de mando, y contra la multiplicación exponencial de Estados y políticos.

Por lo demás, un territorio nacional grande tiende a ordenar sus instituciones sobre el principio de unidad de destino en lo universal del que nos habla Ortega y Gasset (es la única atalaya desde la que poder avistar ese destino). En cambio, un territorio nacional pequeño suele fomentar los sentimientos chovinistas, la autarquía, el cisma, el embrutecimiento pedáneo, la reducción al absurdo y todos esos sesgos y querencias pastoriles que alientan y promueven el salvajismo tribal, y que alejan al ser humano de la objetividad y la razón, acercándole a los animales. No en vano, la ciencia seria (docta) no casa nada bien con ninguna de esas pretensiones políticas que comulgan con el nacionalismo y se olvidan de que, en el plano más general, las leyes verdaderas siempre tienden a ser unívocas y uniformes.

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El Estado mundial de Ludwig von Mises

«El ideal último del liberalismo es la perfecta cooperación de toda la humanidad, llevada a cabo en paz y sin fricciones. El pensamiento liberal siempre ha tenido en cuenta a toda la humanidad y no solo a una parte. No se limita a ciertos grupos; no se limita al borde de la ciudad, de la provincia, de la nación o del continente. Es cosmopolita e internacional: tiene en cuenta a las personas de todo el mundo. El liberalismo es, en este sentido, humanismo, y el liberal, un ciudadano del mundo, un cosmopolita». (Ludwig von Mises, 1881-1973)

El liberalismo siempre es internacional, tiene en cuenta a las personas de todo el mundo. La declaración de Mises no deja lugar a la duda, no puede ser más certera. La defensa de la libertad tiene vocación de universalidad, como la ciencia, como el progreso…

Para que los diversos Estados del mundo respeten esos derechos universales del individuo, tiene que existir una entidad supranacional de control. O dicho de otra forma, si todos los Estados respetasen esos derechos, habría una entidad supranacional.

Lamentablemente, parece que algunos liberales no son conscientes del flaco favor que le hacen al liberalismo cuando se ponen del lado de los separatistas y los independentistas, creyendo acaso que están contribuyendo en algo a la defensa de la libertad y las voluntades individuales. En realidad, no son capaces de distinguir la libertad legítima que tiene una persona para elegir su propia manera de vivir, de las libertades políticas que ejercen las instituciones a la hora de inventarse nuevos estados y leyes que afectan sin excepción a la vida particular de todos los ciudadanos.

Siempre lo he dicho y lo mantengo ahora, muchos liberales no son capaces de diferenciar la economía de la política, el juego legítimo del mercado (heterogéneo) de aquellas reglas básicas (homogéneas) que permiten el desarrollo normal de ese juego tan importante; las necesidades subjetivas de los individuos de aquella necesidad objetiva que garantiza tales necesidades privadas a través de la articulación de unas reglas elementales unívocas. No son capaces, y mira que han tenido buenos maestros.

Comparar las instituciones del matrimonio y el Estado, como hace Rallo, para afirmar a continuación que todas las partes tienen derecho a independizarse, es no entender las diferencias que existen entre la economía y la política, o entre los acuerdos voluntarios (individualizables) y aquellos otros que son de necesario y obligado cumplimiento para todas las personas en una sociedad libre. Es la misma falta de entendimiento que acusan los anarcocapitalistas cuando abogan por la desaparición absoluta del Estado (de derecho).

Antes creía que existían dos tipos principales de personas: liberales y estatistas. Ahora creo que los dos grupos son estos: liberales universalistas (defensores del principio universal de la libertad) y el resto (relativistas, pseudoliberales, separatistas, chovinistas, estatistas).

Me da pena que mis hermanos liberales le hagan el caldo gordo a los separatistas y vendan su alma al diablo para defender una idea de secesión que no es otra cosa que una invitación a la ruptura, el relativismo y la proliferación mas abyecta de políticos y administraciones públicas.

Como siempre ha pasado a lo largo de la historia humana, los instintos animales mas bajos acaban venciendo a la razón por goleada y se llevan todos los triunfos y los aplausos del público. La gente prefiere frotarse el escroto en los árboles para impregnarlos de almizcle, miccionar en los arbustos para empaparlos de orines, y pelearse con otros grupos para dirimir el territorio, antes que buscar una solución verdadera, la cual siempre tendría que pasar por hallar una razón común y universal (científica). Cataluña y los separatistas solo son un ejemplo más dentro de esa historia de animalidad.

Lo más curioso del asunto es la forma en la que esos instintos se visten de racionalidad (liberales) o de democracia (charnegos) para aparentar una cosa que no son.

Lo más patético de todo es ver como una banda de delincuentes sediciosos se pasan la ley por el arco de triunfo y se hacen los demócratas y las víctimas. Seguro que ahora muchos atracadores de banco tirarán las pistolas y asaltarán las cajas con una urna bajo el brazo.

El pasado 1 de octubre, Cataluña declaró un órdago al estado español. Se convocó un referéndum para proclamar la independencia de facto. Las imágenes de nacionalistas votando en los colegios improvisados, entre gritos y lágrimas, como si vinieran de una dictadura totalitaria y llevaran cien años sin plebiscitos, hablan por si solas del nuevo estado (de histeria colectiva) que quieren crear.

En el pasado, cuando la barbarie reinaba en todo el mundo, nadie se andaba con chiquitas, se usaba la fuerza sin contemplación, para implantar todo tipo de tiranías. Ahora que todos nos hemos moderado, se enarbola la democracia para hacer exactamente lo mismo. Antes los débiles eran las víctimas. Ahora los débiles se hacen las víctimas. La diferencia no es trivial.

Las cámaras de televisión enfocan de cerca los negrales que presentan en el cuerpo muchos manifestantes, como efecto de las cargas policiales. Parece que esas muestras fueran suficiente para probar la legitimidad de sus reclamaciones. Hoy en día no se puede tocar a nadie. Te acusan enseguida de tirano. Pero yo me pregunto, si los buenos fueran siempre aquellos que reciben palos, ¿cómo podríamos justificar los palos que reciben los malos?

O mejor aún, si los buenos son siempre los que quieren separarse de un Estado constituido, como dicen algunos libertarios, ¿dónde queda el respeto a las leyes más básicas? Si defendemos la libertad del individuo, sin importar su color, su procedencia o sus gustos, ¿no deberíamos defender por encima de todo la universalidad del principio del que nos habla Mises, o la unidad de destino de Ortega, o el carácter universal de la ciencia?

Muchos liberales han perdido el norte. Ya no son liberales, son separatistas, anarquistas, sediciosos. Han sustituido el valor universal de la libertad por otras cuestiones de carácter secundario, tales como la secesión, la propiedad absoluta, o la abolición completa del Estado. Buscando la libertad de todos, ya no defienden la de nadie. Así pues, se han olvidado de la propia libertad, así como de las leyes generales que la garantizan en última instancia.

Creo que el liberal ya entiende suficientemente bien la trascendencia de la voluntariedad humana. Ahora hace falta que comprenda también la importancia que tiene el carácter universal de ese principio de obligado cumplimiento. No todo es voluntad. No todo es sedición e independencia. Sin unidad tampoco hay libertad.

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Microantropología: La paradoja del ejercicio físico (notas de Arquitas)

Si buscas adelgazar, el ejercicio físico no te va a servir de nada. La solución es dejar de comer. De nada vale hacer deporte. La ciencia ha demostrado la futilidad del ejercicio para bajar de peso. Por más deporte que hagamos, siempre quemamos las mismas calorías. El cuerpo se ha adaptado al esfuerzo. Cuando hacemos un consumo excesivo, corriendo o andando largas distancias, el organismo reduce su metabolismo o prescinde de algunos procesos fisiológicos, y compensa de ese modo el gasto extra de energía. Por paradójico que parezca, la explicación del fenómeno tiene bastante sentido. Ya sabes, si estas gordo, no corras, deja de comer.

“El estudio del modo en que nuestro organismo quema las calorías ayuda a explicar por qué la actividad física sirve de poco para adelgazar y cómo nuestra especie adquirió algunos de los rasgos evolutivos más distintivos.”

http://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/adaptados-al-ejercicio-702/la-paradoja-del-ejercicio-fsico-15119

 

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¿Qué hacen los liberales defendiendo el nacionalismo?

La idea de gobierno limitado que ha defendido siempre el liberalismo político implica dos cosas fundamentales íntimamente relacionadas, la reducción del número de administrativos y la reducción del número de administraciones. ¿Qué hacen entonces algunos liberales promoviendo su incremento masivo, arengando a las masas y concediendo más terreno al nacionalismo localista?

El Estado se reduce de dos maneras principales, podemos mantener igual su ámbito territorial pero eliminar una parte de su aparato, o podemos conservar su aparato pero ampliar el ámbito territorial. Por lo mismo, el Estado aumenta cuando se incrementa el número de burócratas, manteniendo el mismo territorio (socialismo intervencionista), o cuando se reduce su ámbito de acción, manteniendo la misma burocracia (nacionalismo independentista). Esto no es una opinión personal, es un principio de física. Para reducir la cantidad de una sustancia diluida en un líquido cualquiera podemos rebajar el compuesto mediante el filtrado de una cantidad concreta de moléculas (soluto), o podemos rebajarlo aumentando la cantidad relativa de disolvente. ¿Qué hacen entonces los liberales defendiendo la reducción del medio o ámbito de aplicación de las leyes y propiciando con ello la concentración relativa de políticos? ¿Qué es lo que les lleva en definitiva a defender el nacionalismo de concentración?

Hay que ir hacia un modelo con menos soluto (menos políticos) y más disolvente (naciones más grandes). Este es el estado óptimo. Lo que no quiere decir que siempre que aumentemos el tamaño del país o reduzcamos su aparato administrativo estaremos yendo hacia un modelo mas liberal (recuérdese que tenemos dos parámetros y dos variables dentro de cada uno de ellos). Si los factores que disminuyen el grado de libertad aumentan en mayor medida que aquellos otros que las garantizan, de nada servirá que insistamos en implementar los segundos. Pero eso no es óbice para renunciar a ellos. Es decir, puede haber países pequeños a los que la independencia les haya venido bien. Me podéis dar mil ejemplos (haberlos haylos). Pero lo que es indiscutible es que, manteniendo las mismas ideologías políticas, el mundo rebaja siempre el número de burócratas cuando desaparecen países, o cuando son necesarias menos administraciones para gobernar los mismos territorios. Esto es un hecho objetivo. 

Pero los liberales (no todos) ya no persiguen la libertad individual y la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, pilares fundamentales del liberalismo tradicional. Ahora defienden la libertad de los políticos para proclamarse independientes, el voto populista de cualquier minoría local, y las leyes etnicistas. Son los tontos útiles del nacionalismo y el chovinismo más rancios, que en España está representado por catalanes y vascos.

Hay liberales que, para combatir la distribución de rentas que lleva a cabo el socialismo español, aboga por la balcanización que quiere el nacionalismo catalán. Habría que recordarles que socialismo y nacionalismo han ido casi siempre de la mano (ej. ETA, Hitler, Mussolini…).

Hay liberales que creen que no debemos emplear la fuerza para mantener el orden. Habría que recordarles que la paz y el orden solo se alcanzan por la fuerza.

También están aquellos liberales aparentemente más coherentes que dicen no estar de acuerdo con la secesión de Cataluña, pero sí con la propia idea de secesión. Pero si los liberales (anarquistas de mercado) creen que las constituciones y las leyes también deben competir entre sí, al modo que lo hacen las empresas privadas en el mercado libre, no les debería importar lo más mínimo que Cataluña (u otras regiones) fuese socialista, comunista o como sea que quieran sus ciudadanos, siempre y cuando se independizase de España y entrase en ese juego de libre competencia. ¿Qué hacen entonces algunos de ellos defendiendo la secesión de naciones pero apostillando a continuación que no están de acuerdo con la separación nacional en el caso concreto de Cataluña? ¿Qué especie de contradicción es esta? ¿No será que también ellos creen en unas reglas mínimas fundamentales, supranacionales, aunque no lo reconozcan? ¿Es quizás el minarquismo una forma de organización ineludible, incluso para los anarquistas? ¿No será que no vale cualquier cosa, y que siempre debemos partir de unas normas básicas, incluso para competir?

Yo estaré siempre con aquellos que quieren construir naciones más libres, y no con aquellos que quieren más naciones. La calidad antes que la cantidad.

Un territorio nacional grande tiende a ordenar sus instituciones sobre el principio de unidad de destino en lo universal del que nos habla Ortega y Gasset. En cambio, un territorio nacional pequeño tiende a fomentar los sentimientos chovinistas, la autarquía, el cisma, el embrutecimiento pedáneo, la reducción al absurdo y todos aquellos sesgos y querencias que alientan el salvajismo tribal, alejan al ser humano de la objetividad y la razón y le acercan a los animales.

La secesión individual ya existe. España no es una prisión. Yo puedo ir a vivir a una infinidad de países distintos. No hacen falta más experimentos políticos rupturistas, hace falta unir al mayor número de países en torno a los principios unívocos del liberalismo. Y eso pasa por construir una nación liberal en crecimiento, geográficamente mayor, para que todos podamos movernos voluntariamente de un país a otro, y elegir las múltiples opciones que ya existen ahora mismo. Esa es la única secesión individual que nos previene del ostracismo y el destierro obligatorio. Me parece innecesario y peligroso aferrarse a la ingeniería social para defender la creación de nuevos experimentos y territorios soberanos, que a saber cómo resultarán. Luchemos por extender las libertades individuales y no por multiplicar los nichos políticos. Ese debería ser el auténtico lema del liberalismo. Eso debería hacer el auténtico liberal. Pero no lo hace.

“¡Contradicción!, ¡naturalmente! Cómo que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción.” (Miguel de Unamuno).

Todo es contradictorio en el nacionalismo, su idea de democracia (basada en el voto de una minoría territorial), su victimismo (que defienden desde el continuo agravio a las instituciones), su deseo de progreso (que nos devuelve las taifas), y ahora también sus liberales (que han renunciado a defender la libertad y la igualdad ante la ley de todas las personas).

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Charles Darwin y el arbol de la vida

David Attenborough se pregunta tres cuestiones: ¿Cómo y por qué Darwin llegó a la teoría de la evolución? ¿Por qué pensamos que sus conclusiones son correctas? ¿Y por qué su teoría es más importante que nunca? Veremos sus raices en Leicestershire, donde coleccionaba fósiles de niño, visitaremos la univesidad de Cambridge, donde Darwin y Attenborough estudiaron y donde muchos años después se descubrió la doble hélice del ADN. Terminaremos en el Museo de Historia Natural de Londres, donde Attenborough explicará de qué manera su visión revolucionó el modo en que miramos el mundo.

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Mi vida: tres proyectos vitales

Toda persona debería tener siempre en mente tres proyectos o intenciones proteicas, un proyecto literario, un proyecto académico y un proyecto empresarial. Creo que estos tres itinerarios completan en conjunto el programa de vida al que debe adscribirse cualquier ser humano que desee prosperar y que quiera realizarse. No en vano, agrupan en conjunto tres acciones o aspectos medulares de la vida: pensar (idear), enseñar (mostrar), y producir (proveer). El proyecto literario se sustenta a su vez en otros dos trabajos propedéuticos, el de escritor y el de lector. El proyecto académico aspira a canalizar todo ese conocimiento aprehendido y generado con la intención de articular un gran tratado general, un doctorado, o una carrera docente. Finalmente, el proyecto empresarial se encarga de materializar esos conocimientos en forma de bienes y servicios tangibles, aptos para ser producidos en masa y consumidos y disfrutados por todos. En mi caso, las materializaciones a las que dan paso estos tres trabajos son, en el mismo orden, las siguientes:

1. El replicador Liberal https://www.facebook.com/elreplicadorliberal/ (blog donde vierto todo lo que pienso y escribo).

2. La Teoría del Todo https://www.facebook.com/Teoría-del-Todo-234956283530687/ (título general que da pie a mi trabajo académico).

3. El Instituto Arquitas https://www.facebook.com/groups/arquitasdetarento/ (proyecto empresarial con el que algún día aspiro a crear una institución educativa con una filosofía de enseñanza nueva).

No se si me moriré habiendo cumplido todos estos proyectos. No obstante, el mapa geográfico ya está trazado. Y eso me ofrece también una cierta tranquilidad. Puedo moverme sabiendo hacia dónde tengo que dirigir mis esfuerzos. Sin duda, esta nueva situación mejora bastante mis posibilidades reales y marca un hecho diferencial con respecto a la vida de vagabundo que llevaba antes.

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El derecho de autodeterminación o la secesión individual son abstracciones irreales: el anarquismo de mercado no existe

De todos es conocida la famosa frase que espetó el profesor Bastos en uno de los congresos de economía austriaca que organiza todos los años el Instituto Juan de Mariana en la ciudad de Madrid: “El Estado no existe”. Posteriormente, el propio profesor puntualizó, en un artículo más reposado, que dicha afirmación respondía más a un deseo suyo que a una realidad actual. Pero ya no es que la frase apele únicamente a una posibilidad futura, es que es una aseveración que jamás será posible. Así pues,  lo verdaderamente real es todo lo contrario: el anarcocapitalismo no existe. Cualquier proyecto o defensa que queramos emprender debe basarse, para existir, en algún principio último de regulación. Por ejemplo, una de las proclamas que más les gusta repetir a los anarquistas de mercado es la que hace referencia al derecho de autodeterminación o a la secesión mas radical de todas: la secesión individual. Rallo usa la siguiente cita de Mises: “El derecho de autodeterminación del que hablamos no es el derecho de autodeterminación de las naciones, sino el derecho de autodeterminación de los habitantes de cualquier territorio lo suficientemente grande como para conformar una unidad administrativa independiente”. Y también nombra a Jesús Huerta de Soto: “Son tres los principios esenciales que han de regir la relación sana, pacífica y armoniosa entre las diferentes naciones: el principio de autodeterminación, el principio de completa libertad de comercio entre las naciones, y el principio de libertad de emigración e inmigración.”. Pues bien, para que los habitantes de cualquier territorio puedan conformar una unidad administrativa independiente, y para que los principios de Huerta de Soto puedan dar paso a una relación armoniosa entre las diferentes naciones, hace falta algún marco regulatorio general que incumba a todas esas naciones; siempre hace falta una institución de última instancia. Por tanto, solo existe el minarquismo. Cualquier forma de anarquía (también la anarquía de mercado) obedece a una abstracción irreal sin ningún tipo de lógica. Por extensión, teniendo en cuenta otros principios sagrados del liberalismo, es indudable que la defensa de un estado mínimo (o gobierno limitado, llámenlo como quieran) se hace necesaria y real en cualquier situación imaginable.

Postdata: El anarquista de mercado suele responder que él no está en contra del gobierno general, pero que éste debe resultar en cualquier caso del acuerdo mutuo y transitorio que firmen mediante contrato las partes que conforman un mercado libre (empresas, asociaciones, individuos). Pero si lo que decimos es que la condición básica del mercado es que exista de antemano un marco jurídico legítimo, este tampoco puede resultar a posteriori, o quedar al arbitrio de la evolución o las decisiones sociales. Para mejor de todos, el marco institucional es lo primero que hay que establecer, y casi lo único que debe conservarse. Solo entonces habrá mercado libre, cuando exista un entorno de libertad garantizado por la ley. Y esto sin duda es lo que se conoce como `Estado´ de derecho. No tiene otro nombre.

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La ley y las circunstancias: sobre la legitimidad del nacionalismo liberal

Ni la historia, ni las mayorías, ni el tamaño territorial, un liberal solo debería fijarse en el aspecto de la ley. Cuando la historia respalda los derechos sagrados del individuo, cuando las mayorías votan a un partido que legitima la libertad individual, cuando el área de ocupación de una nación cambia de tamaño para favorecer los derechos del hombre libre, un liberal debería defender la tradición histórica, el plebiscito democrático, la colonización de nuevos territorios, o la fragmentación de una nación entera en regiones más pequeñas. Cualquier defensa debe cambiar en virtud de las circunstancias concretas. Solo la égida de la libertad individual tiene que permanecer inalterable. Y para que esto sea así, para que la libertad individual pueda permanecer inalterable, todo lo demás debe quedar sometido a cambio, las costumbres, las mayorías, las fronteras, el tamaño de los países, etc..  Por eso no es contradictorio defender al mismo tiempo la conservación de las tradiciones y la llegada de la modernidad, la democracia y la dictadura, la libre circulación de personas y el control de fronteras, la expansión del imperio y el independentismo regional.

Las trifulcas que se vienen dando entre liberales conservadores, iusnaturalistas, democráticos, unionistas o nacionalistas, no tienen ningún sentido: ninguno alcanza a entender cuál es el objetivo prioritario de un liberal. Solo la defensa de una ley correcta da de lleno en la diana.

Ningún liberal que se precie puede defender siempre y en todo lugar, ora el independentismo, ora la unión del Estado. Lo único que el auténtico liberal defiende siempre es la libertad, que en unos casos aumenta con la fragmentación y en otros con la unión. Ahora bien, a igualdad de condiciones, o cuando existe una situación relativamente parecida, es más preferible apoyar un proyecto unitario que uno rupturista, por el simple hecho también de que sólo hay una verdadera libertad y una única forma de defenderla (la ley tiene un carácter universal). La separación queda por tanto para los casos más graves, cuando se trata de romper un Estado totalitario.

No tengo ningún reparo en decir que yo creo en un bien colectivo (nacional) que se limita a los principios de libertad que todos los individuos libres tienen que respetar para mantener dicha condición. Por tanto, tampoco existe contradicción alguna en el hecho de defender algunos bienes colectivos desde el liberalismo individualista. Antes bien, la libertad exige un marco institucional global, público, estatal, minarquista. Por contra, el liberal anarquista se aleja de sus postulados cuando ni siquiera contempla la inviolabilidad de unas leyes generales, necesarias para abanderar algún tipo de proyecto.

En definitiva, recomiendo que el debate se plantee en estos términos, analizando qué situación favorece más los derechos del individuo, en vez de centrar todo el foco de atención en el aderezo que debe llevar cada tipo de plato. Existen diversas formas de alcanzar la libertad, pero solo una manera de respetarla. Lo único que importa aquí es el tipo de ley que se consigue implementar en un momento dado; interesa saber si ésta ley es o no correcta. Si es adecuada, habrá que apoyar las tradiciones, la democracia, la expansión territorial… Si no lo es, habrá que destruir las tradiciones, anular la democracia, y detener la expansión. Esto es tan cierto que incluso se dan casos extremos en los que la dictadura o el nacionalismo pueden llevar razón, pero solo si anteponemos la ley correcta a todo lo demás. Como dijo Montesquieu: “La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”. También hay muchas formas de morir, pero al final solo está la muerte. Defendamos la libertad, así como las múltiples maneras de alcanzarla. O mejor dicho, solo defenderemos de verdad la libertad cuando aunemos todos los esfuerzos y consideremos todos los caminos para llegar a ella, sin dejar de recorrer ninguno.

Postdata: el artículo no defiende ningún tipo de relativismo, como me han recriminado algunos críticos. Antes bien, afirma un principio sagrado y absoluto: la libertad individual. Lo que es relativo es la clase de organización gubernamental que se puede aplicar para alcanzar tal principio. Pero tampoco digo que todas las organizaciones sean iguales, sino que, dependiendo del caso, unas sirven más que otras. Así, cuando se quiere imponer por la vía democrática un sistema totalitario (véase la Alemania nazi o la España republicana), solo cabe la alternativa de una dictadura transitoria. Es decir, precisamente porque la libertad se asienta en unos presupuestos absolutos, todo lo demás resulta relativo. Eso no es relativismo, como bien se podrá entender.

 

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El evolucionismo austriaco y el fundamento intelectual de la escuela austriaca de economía: una refutación epistémica (contra la teoría de César Martínez Meseguer)

Resulta bastante desalentador comprobar cómo aumenta, año tras año, el número de economistas austriacos que se prestan al mismo equívoco que hace tropezar también a la mayoría de científicos e investigadores ajenos a la propia escuela. Es ciertamente triste advertir cómo se prostituyen una y otra vez aquellos principios metodológicos que dieron origen a la escuela austriaca de economía y que supusieron un avance considerable con respecto al resto de corrientes. Pero más triste todavía es constatar que ese prostíbulo de ideas está regentado por los propios economistas austriacos. Este fenómeno aparece sobre todo entre aquellos integrantes de la escuela que se adscriben a lo que ellos gustan en denominar epistemología evolutiva o evolucionismo austriaco, que no es otra cosa que el enésimo ejemplo de cientificismo (o abuso científico).

En 2015 presenté una comunicación para el congreso de economía austriaca (https://elreplicadorliberal.com/2014/08/18/los-idearios-de-la-escuela-austriaca-una-critica-desde-el-minarquismo-a-las-teorias-anarcocapitalistas-y-evolucionistas/) donde hablaba de las tres corrientes que caracterizan a esta escuela de pensamiento: los anarcocapitalistas, los evolucionistas y los minarquistas. Los primeros defienden unos principios absolutos (Cosmos) que no creen conveniente implementar a través de unas instituciones estatales mínimas (Taxis). Los segundos sí creen en esa implementación estatal exigua, pero afirman que no existe ningún principio que sea completamente absoluto, pues el conocimiento es en todo caso provisional. Y los terceros están convencidos de que existen algunos principios absolutos de necesario cumplimiento, y además opinan que su aplicación estatal sirve para mejorar el marco regulatorio de una sociedad moderna. En aquella ocasión me posicioné a favor de esta última alternativa. Y aún sigo convencido de que es la mejor opción; la más inclusiva y garantista de todas. En diversas ocasiones he criticado las fallas argumentales que llevan al anarquismo de mercado a ser un sistema hasta cierto punto inferior al minarquismo. En este artículo sin embargo voy a hablar de algunas debilidades que acusa también el planteamiento evolucionista.

La teoría de la evolución de Darwin ha supuesto en mi vida una fuente constante de placer intelectual. Llevo años estudiando todas sus implicaciones, y ahora puedo decir que no existe otra construcción teórica que haya despertado en mí una emoción mayor. Recuerdo su descubrimiento casi como un acontecimiento místico, una especie de aparición imprevista, una manifestación que me redimió de mi vida anterior y me hizo abrazar la ciencia objetiva como nunca antes habría podido imaginar, siendo hasta hoy que no he querido desprenderme de esa necesidad incansable que me ha llevado desde entonces a buscar nuevos conocimientos y nuevas formas de aprender.

No obstante, esto no me impidió admirar también, años después, la metodología en la que se basa la filosofía general, supuestamente opuesta a aquella otra que utiliza la ciencia tradicional. Cuando llegó el tiempo de leer a los grandes clásicos, lo hice de nuevo con una voracidad incansable. La filosofía y la axiomática deductiva vinieron a completar todo el paisaje del conocimiento, y en aquellos tiempos tenía la sensación de haber alcanzado la plenitud intelectual, una imagen completa del mundo.

Todo esto me preparó para el día que habría de conocer el pensamiento que abrigaba la escuela austriaca de economía. Dicha escuela combina a la perfección la epistemología científica y la gnoseología filosófica, al tiempo que las aplica al estudio de la sociedad y los sistemas complejos de orden superior; ninguna otra escuela ha conseguido jamás ese grado de unificación. Por eso, cuando por fin conocí esta corriente de pensamiento, se despertaron en mi todas las emociones que mi mente era capaz de experimentar. Daba la impresión de que me había estado preparando durante años para recibir en la cara ese lengüetazo fresco de nueva sabiduría. La satisfacción no podía ser mayor.

De repente me vi absorbido por una escuela que era capaz de apreciar con suficiente detalle todas las cualidades importantes que ennoblecen el método científico: su prudencia, su precaución, su provisionalidad, su escepticismo, pero que al mismo tiempo se servía también de la filosofía y la metodología deductiva para armar una estructura de pensamiento centrada en aquellos pocos principios seguros que, en opinión de Aristóteles, componen el armazón teórico de la metafísica o ciencia primera: el apriorismo de la individualidad (o identidad) y la acción de supervivencia.

Por un lado tenemos todo el conocimiento científico de la realidad que se aplica a la descripción de sistemas complejos en constante evolución y cambio, que constituyen órdenes extensos espontáneos (de los cuales el más elaborado de todos es la sociedad que ha creado el hombre) y que solo pueden aparecer o elucidarse por medio del mecanismo de la prueba y el error. Debemos la explicación de tales sistemas a la insigne figura y premio Nobel de economía Friedrich Hayek. Pero por otro lado también disponemos de un conocimiento intemporal que, partiendo de unos principios muy básicos, innegables, es capaz de ofrecer de nuevo una información alternativa muy interesante (tan importante como los principios de los que se deduce). En este segundo caso, atribuimos el uso de dicho método (deductivo y axiomático) a la teoría de la acción humana de Mises.

Hayek y Mises vienen a representar los dos caminos por los que puede transitar el investigador austriaco a la hora de conocer la realidad externa del mundo en el que vive. El primero analiza los detalles concretos de los sistemas complejos, como hace la ciencia, y llega a ciertas conclusiones provisionales que dan pie a ampliar el marco de aplicación de la teoría económica. Y el segundo usa algunos determinantes básicos de la realidad para deducir, a través siempre de inferencias lógicas, algunas implicaciones seguras. No existe una visión del conocimiento más completa que esta, máxime cuando el objetivo último de ambos autores y ambos sistemas es analizar los mecanismos más complejos de todo el universo, y aquellos que más importan a los propios investigadores: las sociedades humanas en las que éstos viven.

Pero hete aquí que llegan los evolucionistas austriacos y, sin ningún miramiento, empiezan a derribar una de las dos salas que componen el cuerpo arquitectónico de esta magnífica construcción intelectual. Algunos autores como César Martínez Meseguer, arrastrados como muchos otros por ese hado que suele tener la ciencia, acaban creyendo que solo existe una forma de alumbrar las ideas, aquella que recurre a los experimentos y los modelos fácticos para demostrar todos los hechos apreciables por el hombre, despreciando completamente el camino seguro y el carácter absoluto de aquellos otros principios apodícticos que se asumen con la teoría pura y la metodología deductiva basada en axiomas irrefutables. Aquello que más caracteriza a la escuela austriaca, su visión global del conocimiento y su aceptación del dualismo metodológico, viene a ser negado por una parte significativa de sus alumnos más incondicionales. Si me hubieran dicho hace un tiempo que esto iba a ocurrir, no me lo habría creído de ninguna manera. Para mí, resulta tan evidente que la escuela austriaca se basa en una visión gnoseológica doble, que me parece imposible que alguien pueda negar esto, y al mismo tiempo quiera seguir llamándose austriaco.

César Martínez Meseguer considera que la tradición de la escuela austriaca se sustenta exclusivamente en el subjetivismo, el empirismo y la metodología científica, olvidándose por completo del método seguido por Mises en la acción humana (aunque él diga que no lo hace) y obviando también las enseñanzas que nos legó el padre fundador de dicha escuela, Carl Menger.

La prostitución del pensamiento de Menger resulta especialmente significativa. En su libro El método de las ciencias sociales Menger establece los principios del subjetivismo y el individualismo, pero también los pilares del dualismo metodológico. Lamentablemente, los evolucionistas austriacos que hoy dicen ser sus herederos, obvian deliberadamente este segundo aporte. El dualismo metodológico es crucial para entender el nacimiento de la escuela austriaca y el desarrollo intelectual del propio Menger. De hecho, la única causa que motivó la aparición de su libro, y que dio lugar a un nuevo registro intelectual y a toda una rama económica, estuvo propiciada por la guerra ideológica que mantuvo Menger con los empiristas y los historicistas de la época, que insistían en afirmar que solo había un método para conocer la historia. Podemos considerar que estos historiadores pertenecen al grupo de empiristas estrictos (monistas metodológicos), pues es obvio que pensaban que el estudio de la sociedad solo puede estar respaldado por una investigación exhaustiva que analice con detalle todo el cúmulo de datos y fuentes históricas recabadas y contrastadas de manera experimental. No había por tanto espacio para la especulación y el pensamiento abstracto que deriva de axiomas irrefutables. Sin embargo, Menger les vino a decir que existía la posibilidad de partir de un análisis puramente teórico, asumiendo algunas verdades indemostrables, pero seguras de todas maneras. Y así es como surgió una nueva corriente, una tradición de pensamiento que llega hasta nuestros días y que cada vez tiene un mayor número de adeptos y una mejor salud, a pesar de todas las fuerzas internas (Meseguer) o externas (historicistas) que continuamente están intentando desvirtuar esos principios.

Es difícil entender por qué aquellos que aprecian el método científico, y asumen un escepticismo razonable tan necesario para conocer la enorme diversidad de fenómenos que existen en la naturaleza, no pueden al mismo tiempo aceptar también algunos condicionantes básicos igualmente necesarios para que exista toda la realidad, admitiendo por tanto que hay algunas leyes fundamentales y algunas propiedades elementales, sin las cuales nada podría existir, que pueden tomarse como seguras y analizarse de manera teórica sin recurrir a la comprobación empírica. Resulta muy triste constatar ese tipo de sesgos intelectuales, sobre todo en aquellos integrantes que pertenecen a una escuela que nació gracias a la superación de este maniqueísmo metodológico, que divide desde siempre a científicos y filósofos.

Desde el evolucionismo austriaco se viene tachando a los rotbardianos de ser excesivamente radicales y totalitarios, por decir que existen algunas verdades seguras (axiomas) que no cambian con el paso del tiempo. En mi opinión, los únicos grupos radicales que manchan el nombre de la escuela austriaca son todas aquellas posiciones maniqueas que, como la del evolucionismo austriaco, no son capaces de admirar el amplio campo de entendimiento y la riqueza intelectual que detentan las ideas de dicha escuela. Ceñidos por una estrechez de miras injustificable, acaban constituyendo pequeñas tribus locales (grupitos radicales), unos en torno a Hayek, otros alrededor de Mises, y algunos apegados exclusivamente a la figura de Ayn Rand. Yo creo que una visión más rica de la escuela austriaca debe beber de diversos autores, fuera y dentro de dicha escuela. Esa es la gran visión de la economía y el conocimiento en general. A mí me mueve un gran respeto por las figuras más encomiables del pensamiento universal. En todos aprecio algunas cosas interesantes. Soy capaz de entender las aportaciones de Rothbard aunque no me identifique con el anarcocapitalismo, o los conceptos de Rand aunque no congenie con todas sus ideas epistemológicas.

Cuando Rothbard habla de axiomas básicos se refiere a un plano de la realidad más abstracto, relativo a la propia noción de individuo, perfectamente compatible con los órdenes espontáneos de Hayek, que nos hablan de otro nivel de organización, el que conforman millones de unidades individuales en perpetua relación. Hasta que no se entienda eso, no se podrá contemplar la realidad económica en toda su extensión, y las teorías austriacas permanecerán huérfanas y cojas.

Algunos creen que la tradición canónica del pensamiento liberal toma sus teorías de un raquítico grupo de autores incondicionales perfectamente identificados. Así por ejemplo se dice que Ayn Rand solo debe arrodillarse delante del pensamiento de Aristóteles o Tomás de Aquino, o que la escuela austriaca tiene que guardar silencio al paso de Friedrich Hayek y de nadie más. Sin embargo, yo pienso que la herencia de la escuela austriaca es muchísimo más rica que todo eso. No en vano, creo que hunde sus raíces en la propia esencia de la filosofía, por lo que no es extraño que participe del pensamiento de diversos autores (también de Kant). De hecho, el dualismo metodológico en el que se basa esta corriente económica nace al aceptar una doble vía de acceso al conocimiento, que añade al empirismo científico (fáctico) el reduccionismo filosófico (axiomático), y que termina integrándolo en su sistema de pensamiento del mismo modo que Kant acepta la dicotomía apriorismo-aposteriorismo al inicio de su trabajo más famoso (ahí se acaban todas las coincidencias con Kant). Por eso es muy importante poner de manifiesto la grandiosidad del edificio que ha levantado la filosofía a lo largo de los siglos, y recorrer una a una todas sus salas y estancias, sin dejar por el camino a ningún autor (aunque algunos resulten más importantes que otros), y culminando con las obras que nos han legado los principales epígonos de la Escuela Austriaca.

Si por algo se caracteriza la filosofía es por intentar resolver dos problemas relacionados: el problema de los universales y el problema de los particulares. Para ello, todos los pensadores han abordado, de una u otra manera, el concepto de individualidad o identidad, la cosa en sí, el Ser en tanto que Ser (para Heidegger el Ser es la idea que centra toda la problemática de la filosofía). Y en algunos casos han venido a resolver que esta cualidad particular (la individualidad) es a su vez la condición más universal que existe. Y lo mismo ha hecho la escuela austriaca en el ámbito de la economía, al recordarnos que la libertad individual es de largo el principio más sagrado que tenemos, y el único cuya aplicación conlleva un resultado positivo para toda la humanidad. ¿Quién me puede negar ahora que la escuela austriaca no bebe de una multitud de filosofías? Sus problemas son los mismos. Y en muchos casos, sus soluciones también. No es extraño por tanto que encontremos paralelismos por todas partes, al analizar el trabajo de una mayoría considerable de filósofos.

Además, nadie podrá negar que la ciencia también se ha basado en una episteme parecida (equivalente). Es tan rematadamente ridículo acusar a Rothbard de radical y totalitario por plantear una serie de axiomas básicos del conocimiento en el ámbito de la economía, como acusar a Euclides por construir su geometría en base también a una serie de axiomas y principios matemáticos.

Yo soy un gran admirador de la obra de Hayek y de la evolución natural como construcción intelectual, pero eso no me nubla la vista ni me impide ver también unos principios generales de necesario cumplimiento (que no evolucionan), como los que defendía Rothbard o Mises. Como he dicho, constituyen dos planos de la realidad completamente diferentes.

Abrigar esa complementariedad no supone una “mezcolanza infumable”, como ha llegado a calificarla César Meseguer. La integración consiste en casar las piezas de un puzle que presenta distintos niveles de organización, entre los que se encuentran el más abstracto de los axiomas (la acción humana), y el más concreto de los órdenes complejos (los detalles de las acciones que realizan millones de seres a título individual).

Cuando Rothbard afirma que los fines a establecer en una sociedad están nimbados con unos principios absolutos objetivamente buenos, no dice esto porque quiera imponer una determinada moral a todo el pueblo (lo que sí sería un motivo para declararle totalitario), sino porque quiere enfatizar aquella ética particular que se basa en la libertad del individuo y que se debe a cierto requisito fundamental o premisa irrenunciable, la cual nunca puede cambiar por mucho que evolucionen las cosas. En eso el evolucionismo no tiene nada que decir. Cuando Rothbard habla de leyes positivas y de derechos universales, lo hace únicamente en este sentido, y cualquier lectura distinta constituye una completa tergiversación de sus palabras.

César me califica de objetivista y racionalista extremo, e intuyo que ello se debe a que es incapaz de entender cómo se estructura el pensamiento de la escuela austriaca, que no está hecho de compartimentos estanco. Yo leo a Ayn Rand, a Murray Rothbard y a decenas de filósofos ajenos a la escuela austriaca, e intento construir una visión general del conocimiento. Yo creía en la objetividad científica mucho antes de conocer a la señora Rand. Y creía en la evolución natural mucho antes de conocer a Hayek. Lo que me parece magnífico de sus obras es el modo en el que han logrado integrar éstas visiones científicas en el estudio de la economía y la sociología.

César Meseguer intenta encasillarme, me pone la etiqueta de “objetivista rothbardiano”, pero es él el que acaba encasillándose a sí mismo cuando decide admirar exclusivamente la figura de Hayek y el orden espontáneo. Mi postura (dualista) es más inclusiva que la suya. Yo no tomo a un autor y lo elevo a la enésima potencia. A mí me parece que existen distintos niveles de organización. Esas visiones de la Escuela Austriaca, que a Meseguer le parecen contrarias, para mí son totalmente complementarias. No obstante, esto no quiere decir que mi enfoque consista en mezclar lo primero que se me pasa por la cabeza, como dice Meseguer. Simplemente, analizo la realidad tomando en cuenta varios estratos: la complejidad de los órdenes espontáneos y la simplicidad de los principios de organización que constituyen las condiciones de posibilidad de esos órdenes más complejos. Y asumiendo a continuación una metodología doble: la complejidad y la simplicidad deben tener un tratamiento metodológico distinto. La complejidad (o contingencia) solo se puede analizar científicamente, por el método de prueba y error y a través del ensayo. En cambio, la simplicidad máxima puede ser abordada de un modo bastante distinto, partiendo de unos hechos seguros, que son así precisamente porque constituyen cualidades muy sencillas y generales. Siempre me gusta recordar aquí los tres niveles que forman el armazón de la teoría de la EA: la praxeología (acción humana), la cataláctica (intercambio económico) y los órdenes extensos espontáneos. Eso no es crear un refrito de teorías, sino entender la realidad en toda su extensión, ordenar cada uno de sus niveles, y consignar los métodos que mejor se adaptan al estudio de los mismos.

Meseguer nunca ha entendido a qué se refiere Rothbard cuando habla de principios objetivos y leyes positivas. Lo confunde con el positivismo constructivista, como si fuera lo mismo. No es igual defender la libertad individual como principio absoluto de aplicación general, que defender el constructivismo y el absolutismo de aquellos estados socialistas que buscan precisamente todo lo contrario, anular la libertad individual para imponer a los demás todo tipo de normas particulares (verdadero positivismo).

La Escuela Austriaca nace con Menger. Para interpretar mejor ese nacimiento hay que remitirse a su libro de metodología (que es de lo que estamos hablando aquí): El método de las ciencias sociales. Ahí nace el concepto moderno de dualismo metodológico, que es lo que define en última instancia a la EA. El dualismo metodológico dice que hay dos caminos para llegar a la verdad, el método empírico de los historicistas, que en la época de Menger eran mayoría, y el método racionalista basado en axiomas y teorías formales. Cuando Menger toma esta segunda vía, se da cuenta de que el principio absoluto (deductivo) del cual debe partir siempre es de carácter individual y subjetivo. Y ahí nace el subjetivismo que caracteriza a la EA. Un subjetivismo trascendental, es decir, un subjetivismo que toma como principio un presupuesto completamente objetivo: la individualidad o subjetividad humana. Esto permite complementar al máximo los conceptos de subjetividad y objetividad. Luego, lo único que hace Mises es coger ese subjetivismo y darle categoría de axioma. Posteriormente, Hayek utiliza de nuevo el subjetivismo para enfatizar el orden espontáneo que emerge como consecuencia de todas las acciones individuales que acontecen en una sociedad. Y Rothbard se encuadra dentro de la misma tradición al coger el principio axiomático de la libertad individual y la acción humana e insistir en su carácter de verdad absoluta y su condición incuestionable. Todos ellos pertenecen al mismo acervo intelectual. Esa es la esencia y la trascendencia de la EA, el dualismo y el individualismo metodológico expresados en toda su extensión, y aplicados a todos los órdenes de la sociedad, desde la mera acción de un individuo libre, irrefutable, convertida en principio absoluto (Rothbard), a los extensos órdenes espontáneos de Hayek, pasando por las premisas e implicaciones lógicas de Mises. Así ha quedado grabada para siempre en la historia humana la línea argumental del pensamiento de la Escuela Austriaca.

Suele existir un equívoco común que relaciona apriorismo con falta de experiencia y que busca ridiculizar ese método por medio del absurdo. Pero esto no tiene el más mínimo sentido. Ningún conocimiento carece de experiencia. De lo que prescinde el apriorismo es de la experimentación, no de la experiencia. Toda afirmación requiere un conocimiento previo del mundo que solo puede venir de la experiencia. De lo contrario, cualquier niño pequeño podría pensar de forma racional. No obstante, una vez adquirimos experiencia, podemos usar ese conocimiento para realizar experimentos controlados, o podemos usarlo para especular con principios básicos que no pueden rechazarse sin negar al mismo tiempo toda la realidad natural, y que por tanto no necesitan ningún tipo de pruebas empíricas.

Así, podemos decir sin ambages que la praxeología y el apriorismo están íntimamente relacionados con la evolución y los órdenes espontáneos. La evolución darwiniana se basa en el principio de supervivencia de todos los seres vivos, y éste a su vez se sustenta en las acciones que estos seres ejecutan en su entorno concreto y que tienen como propósito mantener la estructura del individuo en cuestión. Uno de los postulados de la praxeología dice que las personas buscan con sus acciones pasar de un estado menos satisfactorio a otro más satisfactorio. En términos evolutivos, esto significa que todos los seres pretenden un beneficio que les mantenga como estructuras existentes. La satisfacción no es otra cosa que el incentivo que estimula a todos esos individuos y que les mueve a actuar para garantizar su conservación.

Otro axioma de la praxeología dice que las personas tienen más preferencia por el presente que por el futuro. También la preferencia temporal o la utilidad marginal son leyes absolutas relacionadas con la evolución biológica y la supervivencia natural, ya que los seres vivos están obligados a buscar un beneficio inmediato que garantice al máximo su existencia como individuos (y su reproducción diferencial). Cuanto más inmediato sea el beneficio, más seguros estarán frente a cualquier posible imprevisto. A igualdad de circunstancias, aquellos individuos que obtienen más bienes que sus congéneres, y que los consiguen antes, sobreviven más tiempo y acaban constituyendo todo lo que vemos. Por tanto, podemos decir de antemano, apriorísticamente, que los seres vivos (y las personas) tienden a valorar más los bienes presentes, y tienden también a actuar para mejorar su vida. Y como esas son leyes de las cuales depende toda la existencia, no es necesario que busquemos probarlas mediante experimentos difíciles, o aplicarlas usando nuevas inferencias, pues es evidente que se deben cumplir siempre.

Vemos por tanto la fuerte relación que existe entre la evolución natural, el orden espontáneo, el apriorismo extremo y la escuela austriaca, y el error que supone desvincular alguno de estos aspectos del conocimiento, como hace claramente Meseguer al dejarlo todo en manos de la prueba y el error. Aquellos que quieran conocer de antemano la teoría de la evolución natural, deberán aceptar previamente el método deductivo y los apriorismos austriacos. No en vano, el algoritmo que utiliza la fórmula darwiniana procede siempre a través de principios que tienen una naturaleza claramente existencial (metafísicos), que explican por qué existen todos los seres y por qué han desaparecido los que no existen. El mecanismo de prueba y error basado en la mutación aleatoria, el cambio, y la posterior adaptación (necesaria) a un entorno concreto (principio de ordenación que utilizan los evolucionistas austriacos para enfatizar el único método de análisis científico que ellos conciben), está sin embargo sustentado por algunos determinantes o condicionantes básicos (que los propios evolucionistas se empeñan en ningunear todo el rato) que son de suyo irrefutables (y completamente necesarios), y que por tanto pueden ser empleados para partir de un razonamiento infalible (inexperimentable) y para ir obteniendo algunas conclusiones inequívocas.

César Martínez Meseguer tiene la costumbre de repasar en sus artículos muchas de las nociones básicas que alimentan las teorías de la evolución darwiniana y la aparición del hombre. Muchas de esas ideas son bastante obvias, y parecen más dirigidas a combatir el creacionismo que a enriquecer el pensamiento de aquellos que estamos familiarizados con la evolución y que no tenemos ningún problema en aceptar los rudimentos básicos de la teoría darwiniana.

Nunca viene mal hablar de evolución. Sin embargo, lo que Meseguer no entiende es que el dualismo metodológico, en el que se inspira la escuela austriaca, ha superado hace tiempo esa absurda disputa que enfrentaba a empiristas y teóricos. No comprende que los verdaderos evolucionistas no necesitamos despreciar los presupuestos seguros que constituyen las bases últimas de la evolución y existencia de todos los seres vivos. Tampoco entiende que la supervivencia de los más aptos, aunque sometida a la prueba y el error,  entraña también una definición que arraiga en principios ultimísimos, de necesario cumplimiento, existenciales, y por tanto metafísicos, deductivos, apriorísticos. Esa es la paradoja del evolucionismo austriaco actual que encabeza Meseguer, la de arrogarse la representación de unas ideas que no alcanza a entender con suficiente profundidad, pero que utiliza prolíficamente (como si fuera el único que las conoce) para refutar a aquellos que él piensa que son sus enemigos más acérrimos. La imagen que me sugiere esta actitud intelectual es la de un perro retorciéndose con frenesí, mientras intenta morder el extremo de su propia cola, sin saber que forma una parte indisociable de su cuerpo.

Es de esperar que el futuro haga justicia a Carl Menger, y se corrija por fin esa falsa interpretación de la escuela austriaca que hoy en día se extiende como un cáncer maligno dentro del propio cuerpo de intelectuales que dicen formar parte de dicha tradición. Confío en que se recobre el brillo antiguo de la filosofía clásica, unido esta vez a los éxitos más recientes de la ciencia moderna, y que muchos hombres puedan gozar de esa imagen completa del mundo, que se perfila en el horizonte cuando se concibe el conocimiento de manera integral.

El propio Meseguer recuerda que Hayek abría ostensiblemente el periódico cuando Rothbard hablaba en la Mont Pelerin, para dejar bien claro que consideraba erróneo su pensamiento epistemológico y su deriva hacia posturas irreconciliables con la EAE. Pero de lo que Hayek apostataba no era de la defensa incondicional (e intemporal) que realizaba Rothbard a cuenta del principio axiomático de la libertad individual. Como Popper, Hayek reconoció al final de su vida que existen algunas nociones infalsables que, sin embargo, pueden ser catalogadas como racionales. Hayek renegaba, no de los principios incuestionables de Rothbard, sino de algunas conclusiones suyas (anarquistas), a las que había llegado como consecuencia de su particular defensa de la libertad.

Para Meseguer, el axioma de Mises puede ser aceptable siempre y cuando no se considere como verdad absoluta. Pero si no es una verdad absoluta tampoco es un principio aceptable. Solo se puede partir de un axioma correcto si se toma a priori como una verdad segura. Y solo se puede entender como verdad segura si se acepta también su absoluta universalidad. Y solo se puede tomar como verdad absoluta cuando nos hemos asegurado de que estamos tratando con un principio cuyo incumplimiento implica a su vez una negación completa de toda la realidad. Precisamente porque el axioma hace referencia a una cualidad asidua a la existencia de todas las cosas, es por lo que puede ser tomado como seguro y utilizado para iniciar toda la cadena de razonamientos sin necesidad de demostrarlo a posteriori (experimentalmente). Esta simple apreciación pone sobre la mesa la legitimidad en el uso del método deductivo, así como también la importancia del dualismo metodológico que integra a la ciencia y la filosofía bajo un mismo cuerpo teórico, acallando aquellas voces que, como la de Meseguer, aseguran que solo existe una fuente genuina de conocimientos.

El cientismo ha sido tradicionalmente considerado como aquella forma de pensamiento que aspiraba a conocer toda la realidad del mundo, incluidos los detalles más nimios de cualquier sistema complejo. En este caso, la ciencia era tomada como una herramienta perfecta al servicio de la humanidad, y se anunciaba a bombo y platillo, augurando que en breve seríamos capaces de manipular la sociedad humana como hacemos ahora con una muestra de laboratorio. Ese fue un cientifismo de corte comtiano (totalitario), basado en la exageración, la ausencia completa de límites y la capacidad infinita del hombre y el Estado. A él se opuso con fuerza la escuela austriaca de economía, con Hayek a la cabeza.

Pero gracias a Meseguer, debemos combatir ahora una nueva clase de cientifismo, aquella que toma a la ciencia, no como una herramienta omnipotente (comtiana), sino como la única herramienta legítima que existe: omnipresente. Este es el cientismo de los escépticos, y también el de todos aquellos relativistas radicales que no creen en ninguna verdad segura, y que piensan que todo debe quedar sometido a refutación. Al alimón, también es el cientismo que decidieron apadrinar la mayoría de evolucionistas hayekianos, en su afán por defender un conocimiento provisional basado exclusivamente en el método de la prueba y el error, y en contra de aquellos ideólogos que defendían el apriorismo extremo de Rothbard o el dualismo metodológico de Menger.

Esperemos que en el futuro los economistas austriacos se den cuenta también de este nuevo error intelectual, y decidan combatir esa segunda forma irracional de cientismo, como hicieron con la otra. En el fondo, ambas se oponen, en algún aspecto importante, a la teoría subjetiva del valor que siempre ha caracterizado a la escuela austriaca de economía. El idealismo comtiano (de corte constructivista) lo hace cuando afirma que “la ciencia del Estado” ostenta un poder de manipulación ilimitado, capaz de asignar un valor a las cosas sin tener apenas en cuenta las preferencias subjetivas de los distintos individuos. Y el cientismo mesegueriano menosprecia también el subjetivismo cuando asegura que la ciencia constituye la única herramienta que tenemos a nuestra disposición para valorar la subjetividad, despreciando completamente ese método alternativo (apriorístico) que ha venido a demostrar que dicha subjetividad es una condición de suyo irrefutable, requisito imprescindible para que existan todos los individuos (y las cosas), y elemento fundamental del principio más importante y universal que cabe imaginar.

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La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía

camino-soledad“La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía” es un artículo publicado por Eladio García García en el vol. 12, No. 1 (2015), págs. 287-321, de la revista Procesos de Mercado, co-editada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Unión Editorial.

Índice del volumen: http://dialnet.unirioja.es/ejemplar/406474

Resumen:

En este artículo se analizan los fundamentos filosóficos que caracterizan el ideario y el objetivo de la Escuela Austriaca de Economía. Los principios metodológicos de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. A tal efecto, se propone un sistema axiomático inspirado en el concepto rothbardiano de la libertad individual, y se intenta demostrar que dicho concepto tiene su asiento en los abismos y las simas que albergan el pensamiento más radical de todos: el pensamiento ontológico, la fosa mariana de la filosofía. Para cubrir este viaje a las profundidades, se deben aclarar primero algunos aspectos teóricos especialmente relevantes. En primer lugar, es necesario demostrar que la filosofía es una disciplina legítima, indispensable y rigurosa. Y posteriormente, se debe utilizar esta herramienta para realizar también una fundamentación filosófica y una defensa de los principios que ensalza la Escuela Austriaca de Economía. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos más imprescindibles de la realidad. Por tanto, también es la única que permite llevar a cabo un análisis filosófico adecuado, suficientemente profundo.


I. OBJETIVO

El objetivo que se propone el autor de este trabajo aspira a describir una teoría de tipo fundamental, en la cual tengan cabida todos los fenómenos que existen en la naturaleza, y en especial aquellos procesos económicos que constituyen la base natural del actuar humano. En suma, se pretende elaborar una teoría omnicomprensiva, que vincule los fenómenos sociales entre sí, y que también relacione estos fenómenos con aquellos otros que, si bien no pertenecen al ámbito específico de la sociología, sin embargo sí comparten una misma raíz. El hombre es un elemento más de la naturaleza. Si hablamos de fundamentos reales no podemos limitarnos a realizar un estudio que solo tenga en cuenta los hechos sociales. Tenemos que describir fenómenos que estén presentes en todas las estructuras del universo, y aplicar luego esas nociones en el marco concreto del ser humano.

Este objetivo coincide plenamente con el propósito que siempre ha perseguido la Escuela Austriaca de Economía. Aunque a priori parezca que los estudios de esta escuela se circunscriben al ámbito de la sociología, demostraremos aquí que en realidad tienen mucho más que ver con la filosofía y la metafísica. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos eidéticos que corroborarían la existencia de una realidad verdaderamente fundamental. Los principios metodológicos de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. Su análisis nos permitirá entender mejor cuán importantes son las contribuciones que ha hecho esta corriente de pensamiento al acervo general del conocimiento humano.

  1. Reducción metafísica del concepto de la libertad individual: de concepto económico a concepto metafísico

La idea seminal sobre la que se construye la matriz teórica de este estudio se inspira en una declaración del economista y pensador austriaco Murray Rothbard, que éste escribió en 1982, en los prolegómenos de uno de sus libros más famosos: La Ética de la Libertad. En ella el autor afirmaba lo siguiente: “Todas mis obras han girado en torno al tema central de la libertad humana. Tengo, en este punto, la convicción de que, si bien cada disciplina posee su propia autonomía e integridad, en el análisis final todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana están interrelacionadas y pueden integrarse en una ciencia o disciplina de la libertad individual.” (Rothbard, 2009, p. 21)

Esta reflexión de Rothbard tiene una profundidad y un calado enormes, y no ha habido hasta la fecha ningún exégeta que haya sido capaz de llevar a cabo un desarrollo adecuado de la misma, tal y como habría querido su autor. No existe una fundamentación de la libertad individual suficientemente extensa, que abarque todos los ámbitos de la naturaleza y el conocimiento humano. Es precisamente esa ausencia explicativa, y la propia convicción de Rothbard, lo que estaría justificando en gran medida el trabajo que aquí se presenta.

La libertad individual constituye un principio tan elemental que no existe otro que subyaga a este; no hay en el universo una ley que describa un fenómeno más básico. La libertad individual del hombre es solo la punta del iceberg, el corolario de una norma metafísica, de carácter general, que se puede aplicar a todas las cosas que habitan el orbe. No se equivocaba Rothbard cuando columbraba en su libro la enorme importancia que tiene este principio general: “…todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana pueden integrarse dentro de una disciplina de la libertad individual.” Si interpretamos las palabras de Rothbard en sentido literal, y si acertamos a darles un significado todavía más extenso, que abarque no solo las actividades humanas sino también cualquier otra circunstancia, podemos llegar a afirmar que todas las ciencias, desde la física más elemental, pasando por la biología y la antropología, y llegando hasta la economía y la política, analizan fenómenos que están interrelacionados y que pueden interpretarse como casos particulares de un hecho mucho más general.

En un sentido amplio, la libertad individual constituye una verdad de tipo metafísico; indemostrable. Es un axioma irrefutable, un presupuesto irreductible, que no cabe referir a ningún otro y que tampoco es necesario demostrar. En consecuencia, se puede decir que describe una cualidad de carácter irrenunciable, que supone un requisito existencial, necesario en el estudio de cualquier orden material, e implícito en la naturaleza de todos los seres del universo.

Por consiguiente, también constituye una cualidad sumamente importante para el ser humano. Precisamente por eso, tendemos a creer equivocadamente que solo nos afecta a nosotros. Estamos tan acostumbrados a valorar y asumir como nuestra esa facultad de obrar, que no concebimos otra forma de libertad que no sea aquella que disfrutamos nosotros de manera consciente, por medio de los sentidos y las acciones voluntarias. Por eso, si afirmamos que la libertad individual es una propiedad más de la materia, igual que lo es el volumen o la masa, inmediatamente habrá muchos que pensarán que estamos defendiendo tonterías, y no vacilarán un instante antes de negarnos su aprobación. Hace falta, por tanto, una explicación previa más exhaustiva, que consigne los puntos más básicos de nuestra propuesta. A continuación intentaré detallar las razones que me llevan a pensar así.

De las palabras de Rothbard que se han resaltado más arriba, se desprende que la libertad individual constituye una cualidad humana ciertamente importante. Pero si decimos que esa cualidad está inserta en la naturaleza de todas las cosas, enseguida nos mirarán con asombro y nos tomarán por locos. No hay duda de que ésta afirmación produce un cierto rechazo en la gente. El hombre, en su fuero interno, está completamente convencido de que es un ser único y especial, dotado de una espiritualidad y una intención que trascienden la materia. Sin embargo, aunque en principio pueda parecer extraño, lo cierto es que aquellas cualidades humanas que más valoramos, con frecuencia son cualidades que no podemos atribuir en exclusiva al género humano, a pesar de que también tengan una dimensión peculiar. En realidad, esto no debería producir ninguna sorpresa: si son cualidades que representan valores trascendentales, es obvio que tienen que trascender la realidad de cualquier ser particular, y afectar sin excepción a todas las cosas que existen. Pero esta afirmación desata profundos recelos en la mayoría de las personas. A todos les parece inaceptable asumir ese tipo de generalización. Si las cualidades que más nos identifican son también cualidades que tenemos que compartir con el resto de las criaturas, de algún modo esto hace que pierdan ese carácter especial, y que degeneren en hechos mucho más vulgares. El hombre necesita sentirse especial. Necesita henchirse de orgullo y llenarse de aliento. Por eso, siempre que es comparado con los demás animales, cada vez que se equipara con las criaturas inferiores, se produce en su interior una profunda sensación de desazón y de rechazo, que le impide aceptar esa identificación. Pero además, si la comparación que pretendemos hacer incluye a todas las cosas que existen en la naturaleza, ya sean estas seres vivos o estructuras inanimadas, la reacción que debemos esperar no dista mucho de la que se produciría si dijésemos que somos Santa Claus.

Sin embargo, muy a nuestro pesar, hemos tenido que ir aceptando la realidad de la que estamos hechos. Hace tiempo que asumimos que el hombre no formaba parte de ningún plan deliberado. Descubrimos cariacontecidos que no habitábamos el centro del universo, y fuimos poco a poco siendo conscientes de que tampoco estábamos al margen de las fuerzas evolutivas que modelan la forma y la fisionomía de todas las criaturas del planeta. Ahora, al comenzar el siglo XXI, nos vemos obligados a aceptar también otra generalización más. Existen cualidades humanas mucho mas importantes, que valoramos en mayor medida, que constituyen elementos fundamentales de la naturaleza, y que por consiguiente tampoco son exclusivas del género humano. La más importante de todas esas cualidades es la libertad individual.

La libertad individual, de la que tanto se enorgullecen los pensadores liberales, no es en realidad una propiedad exclusiva del hombre. Es una cualidad omnímoda, completamente general. No obstante, esto no debería ser motivo para que disminuyera ese orgullo, sino más bien para que aumentase, ya que nos estamos atribuyendo una propiedad verdaderamente importante. En un sentido amplio, podemos afirmar que todas las cosas que existen en el universo son individuos, y también podemos decir que todas ellas tienen un cierto grado de libertad. Todos los seres tienen una identidad particular. Su individualidad es lo que los convierte en entidades existentes y reconocibles. Sin esa propiedad no podrían existir, y tampoco podrían ser identificados como tales. Además, la individualidad también supone una cierta independencia a la hora de actuar. Todas las cosas que existen provocan algún efecto en su entorno, que viene determinado en parte por la naturaleza concreta de la cosa. Todos los seres actúan con un cierto grado de independencia y libertad. La existencia individual siempre va seguida de acciones individuales. Estas acciones se consideran libres en tanto en cuanto sean generadas por el individuo, sin que intervengan factores externos. En el caso concreto del ser humano, esas acciones individuales son codificadas en forma de normas, y se establecen y apuntalan leyes que indican y determinan los movimientos más apropiados, en orden a conseguir un bienestar general mayor. Ese marco constitucional acaba definiendo el nivel de progreso que alcanzan las distintas sociedades del planeta. El mayor o menor respeto del individuo, de lo que éste decide hacer con su vida y su propiedad, es lo que al final determina toda la organización del sistema y el desarrollo del mismo. En este sentido, la libertad individual constituye un valor humano sumamente importante. Pero esto no nos puede llevar a pensar que la libertad es una cualidad exclusivamente humana. No debemos olvidar que su importancia deriva, en última instancia, del hecho de que también sea una propiedad universal incuestionable, necesaria para existir y para actuar.

La libertad individual es un principio existencial; es el requisito más básico de todos. Todos los entes son estructuras individuales e independientes (si no lo fueran no serían entes, no existirían). Y la libertad es la forma en la que todos ellos se manifiestan, a través de las acciones particulares que son capaces de provocar en sus entornos. Tanto la individualidad como la acción libre del individuo, constituyen propiedades de carácter absoluto, que se pueden asignar a cualquier cosa del universo, y que se predican, en último término, del principio de la libertad individual que determina la existencia de todos los seres.

Según Rothbard: “La ética de la ley natural establece que, para todos los seres vivientes, es bueno lo que significa satisfacción de lo que es mejor para ese tipo concreto de criatura…” (Rothbard, 2009, p.37). Igualmente, para Santo Tomás de Aquino la acción del hombre es un caso particular de la ley natural por la cual se rigen todos los seres del universo, cada uno de ellos según su propia naturaleza y sus propios fines. Bajo estos mismos principios generales, Gabriel Zanotti, en su tesis de 1990, intenta conectar la praxeología de Mises y Rothbard con el pensamiento de Tomás de Aquino, que para el argentino es el fundamento último de la primera. Siguiendo al Aquinate, Zanotti afirma que todas las cosas finitas se mueven hacia sus fines mediante el desarrollo de sus potencialidades. Y continúa diciendo: “Pero respecto de los entes que se mueven, que pasan de la potencia al acto, Santo Tomás establece un principio fundamental, que abarca no sólo al movimiento en sentido propio, sino a toda operación… Me estoy refiriendo a este principio: todo agente obra por un fin. Es el principio de finalidad, intrínsecamente relacionado con la causa final, esto es, aquello por lo cual el agente obra.” (Zanotti, 2004, p.21). Esta visión integradora de la naturaleza constituye también el marco teórico que va a permitir desarrollar el argumentario que jalona los distintos apartados de este artículo. Bajo ese prisma, el principio de acción humana de Mises, todos los medios, los fines y la libertad del hombre, quedan reducidos a casos particulares, y empequeñecidos frente a la imagen de una realidad mucho mas grande.

Todas las cosas del universo son entes existentes. La tautología que entraña esta afirmación revela cuan absurdo es intentar pensar en alguna alternativa distinta. La existencia es la condición más fundamental de todas, y con ella también lo son las dos propiedades que están asociadas a la misma, a saber, la individualidad y la acción. Todos los objetos que existen son individuos, y todos ellos actúan de forma que consiguen mantener esa individualidad y esa existencia. Normalmente, un objeto inanimado e inerte no invita a pensar en ningún tipo de acción. No obstante, dicho objeto solo puede existir si es capaz de ejercer alguna acción que le beneficie y que le procure una cierta estabilidad. Pero al hombre le resulta difícil concebir una actuación que no esté producida por un individuo consciente, o que no esté dirigida a conseguir unos objetivos que hayan sido marcados previamente por él. Es conveniente que pongamos algún ejemplo que ilustre esta posibilidad. Utilizaré para ello el objeto más inerme que se me ocurre. Imagínese una piedra más o menos plana, llena de aristas y de ángulos, y otra, del mismo tamaño, completamente pulida y redonda, sin ningún abultamiento. Ambas se encuentran en la cima de una montaña. Pero, mientras la primera tenderá a permanecer ahí arriba, la segunda terminará por rodar colina abajo, sin detenerse en ninguna terraza de la orografía, hasta acabar en el fondo de algún valle. Es mucho más probable que la piedra redonda termine precipitándose y hundiéndose en alguna laguna o cuenca del terreno. La primera piedra estará expuesta a la abrasión de los elementos aéreos, pero la segunda será sometida a la erosión que provocan las escorrentías. Estos dos escenarios determinan la existencia y la forma de las dos piedras, tanto o más que su origen y su constitución. Esas piedras habrán actuado de distinta manera y con distintos resultados. Lo que entendemos aquí por acción no es solo la acción consciente de un individuo pensante, es el efecto que provocan en el entorno todos los objetos del mundo, por el mero hecho de existir y tener una forma y una estructura particular, la cual interfiere en dicho entorno de un modo también concreto, y con unas consecuencias para el objeto muy significativas. La acción no es otra cosa que el resultado de una fuerza física. En este sentido lato del término, podemos decir sin ambages que todos los objetos actúan, que todos producen un efecto en su entorno más próximo, y que todos reciben a cambio una reacción del entorno que acaba determinando su existencia y su permanencia en el mundo. La acción es una propiedad metafísica y universal, que determina la existencia de todos los seres.

La acción se manifiesta en los seres vivos con una intensidad mucho mayor, debido a que estos son individuos más complejos, con una capacidad de interactuar más elevada. Pero en el fondo, las reglas básicas que determinan la existencia de todos ellos son las mismas. La habilidad de Darwin consistió en darse cuenta de que los entes vivos existen y proliferan en base a los mismos principios que cualquier otro objeto. Subsisten en tanto en cuanto sean individuos (principio de la individuación) y en la medida en que actúen para mantenerse vivos y sobrevivir (principio de la acción). Las piedras que, en base a su forma, consigan habitar un entorno menos agresivo, acabarán perdurando más tiempo que aquellas que no puedan evitar esas agresiones erosivas. De igual manera, los animales que se mueven, se reproducen y actúan continuamente para habitar un entorno más favorable, existirán por más tiempo que aquellos que no saben o no pueden moverse de ese modo. La teoría darwiniana de la evolución es una teoría metafísica. Todos aquellos que critican esta teoría bajo el supuesto de que no hay suficientes evidencias que la corroboren (los creacionistas que afirman que nunca encontraremos el eslabón perdido, o los que dicen que el ojo es tan complejo que no puede haber aparecido por evolución), no se enteran que están yendo en contra de una proposición que no necesita ninguna demostración y que no tiene alternativas. La evolución darwiniana y la supervivencia del individuo son conceptos irrenunciables, ya que no hay nada que exista y sobreviva de otra manera. Todos los objetos existen porque se individualizan, y sobreviven porque compiten y se adaptan al entorno a través de alguna acción que consolida y fortalece esa individualidad o identidad. Todos los objetos deben adoptar una dimensión espacial (existir como individuos concretos, como estructuras únicas), y acto seguido deben adoptar también una dimensión temporal (actuar para mantener esa individualidad, por medio de las influencias que consigan provocar en el entorno, por el mero hecho de existir). A su vez, estas condiciones dimensionales determinan también la existencia, la forma y la estructura de todas las cosas. La selección natural moldea a todas las criaturas, sin excepciones de ningún tipo. La unanimidad que refleja esta visión de la naturaleza permite integrar las ciencias naturales bajo un mismo principio. Pero este principio también se puede extender al hombre. El ser humano también actúa movido por esos principios, para conseguir sobrevivir y permanecer (ese es su último objetivo, el sentido y la razón de su existencia y su creación). En este caso, la unanimidad afectaría no solo a las ciencias naturales, la física y la biología (las piedras y los animales), sino también a las ciencias sociales y humanas. La teoría de la evolución de Darwin y la teoría de la acción de Mises no son sino dos demostraciones particulares del mismo fenómeno general. La individuación y la acción determinan la existencia de todos los objetos, en unos casos constituyen la base principal de la supervivencia biológica, y en otros la base de la organización y la existencia social. Además, dentro de las ciencias humanas podemos implementar de nuevo otra integración. La síntesis que se alcanza al contemplar el sistema axiomático que aquí se propone, compuesto por dos principios (individuación y acción), permite elaborar una imagen todavía más unitaria. En concreto, resulta especialmente interesante detenerse a analizar esa combinación que aúna la teoría social y deductiva de Ludwig von Mises y la de Ayn Rand. Considero imprescindible destacar las contribuciones que han hecho a la metafísica estos dos autores, sin menoscabar ninguna de ellas. No en vano, cada uno se ha encargado de describir uno de los dos axiomas que componen la realidad. Ayn Rand centra sus investigaciones en el axioma de la existencia individual, o axioma de la identidad o individuación. Por su parte, Mises hace lo mismo con el axioma de la acción individual o acción humana. Mi intención es poner de manifiesto las profundas relaciones que creo que existen entre la escuela objetivista que fundó la filósofa ruso-americana y la escuela subjetivista de Menger y Mises. Las rencillas intestinas que se dan entre los integrantes de estas dos corrientes no tienen ninguna justificación. Hay buenas razones para pensar que esas dos escuelas representan los pilares del pensamiento más general de todos, y que por tanto se complementan y encajan como dos piezas de puzle, en el rompecabezas del universo. Su unión viene sellada por un principio absoluto, y sus detractores o enemigos incurren en un error que es proporcional al hecho que niegan.

  1. Reducción ontológica del concepto de la libertad individual: descomposición del concepto metafísico en sus elementos entitativos

Todas las cosas son entes finitos, que se mueven hacia fines concretos. Es decir, todas las cosas son entidades individuales (axioma randiano de la identidad), son seres particulares perfectamente delimitados y con unos fines que también son específicos. Y todos ellos se mueven en alguna dirección, presentan un propósito determinado, y buscan continuamente la manera de conseguirlo (axioma misesiano de la acción). Es decir, todos los seres detentan una libertad intrínseca, y protagonizan una acción que solo ellos saben provocar. Según nos dice Mises: “El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor” (Mises, 2011, p. 18). Para Mises, este es el principio más básico de la economía, que rige y mueve a toda la sociedad. No obstante, en términos generales, la satisfacción del hombre no es otra cosa que la manifestación de un estado anímico (una colocación interna) que tiene por objeto estimular su movimiento y su actuación, y que se deriva, a fin de cuentas, del logro de alguna meta que habrá tenido como resultado la prevalencia y la existencia del individuo humano (la propia satisfacción encuentra aquí su motivo principal: es el estímulo hormonal que insta a existir). De lo contrario, nada de eso se habría producido. Por consiguiente, este es un principio que se puede aplicar también a todas las cosas que existen.

Todas las estructuras presentan una posición que las identifica como tales. Como dijo Aristóteles: “…una cosa es un umbral porque está colocada de cierta manera” (Aristóteles, 2011, libro VIII, p. 259). Además, todas provocan un efecto determinado en el entorno, como resultado de haber adquirido esa posición. Y en todas ellas la supervivencia depende de que ese entorno que modifican, y sobre el que actúan, acabe procurándoles algún beneficio particular, gracias al cual consigan mantenerse tal y como son. Todas las cosas que existen tienen que haber provocado este efecto beneficioso. El propósito existencial de todas ellas es permanecer. Si existen es porque, de algún modo, han conseguido alcanzar dicho propósito. Todos los seres existen como individuos, y actúan para conseguir mantener y conservar esa existencia, y solo existen si consiguen su objetivo. No cabe otra alternativa. Y el ser humano no es ninguna excepción. El hombre se mueve y actúa en virtud de los mismos algoritmos, buscando fines existenciales, actuando sobre el entorno, y sirviéndose de los medios que tiene a su alcance. La única diferencia es que, en su caso, la razón y la conciencia juegan claramente a su favor, y le permiten planificar e interiorizar todos esos propósitos y movimientos.

En definitiva, no nos equivocamos si decimos que todos los seres albergan dos propiedades principales, que ya fueron puestas de manifiesto por Aristóteles hace muchos siglos, en su teoría del Ente. En primer lugar, todas las cosas son entidades finitas, individuales. Como dice el polímata griego: “…y esto es la sustancia o el individuo, que es precisamente lo que se manifiesta en una categoría tal; sin ello, no decimos nunca bueno o sentado, por ejemplo. Es evidente pues que gracias a esta categoría, son también todas las demás, por lo tanto el Ser en su sentido primero, y no el ser algo, sino el Ser absoluto, ha de ser la sustancia [el individuo]” (Aristóteles, 2011, Libro VII, p.208). Y en segundo lugar, las cosas también son entidades actoras, que se mueven según sus potencialidades, hacia objetivos concretos, con una libertad intrínseca, buscando un beneficio particular. De nuevo, Aristóteles sale al paso de esta afirmación para decirnos: “De manera que, si hay un fin de todas las cosas propias de la acción, este sería el bien propio de la acción” (Aristóteles, 2012, Libro I, p.28).

Por tanto, podemos estar seguros que todas las cosas que existen son entes individuales, y también son entes que actúan para conservar esa individualidad. La convicción que tiene que acompañar a esta declaración se debe precisamente a que esas dos características son las únicas que provocan y permiten toda existencia. En consecuencia, el principio de la libertad individual, que también participa de las mismas propiedades, estaría apelando igualmente a una realidad normativa que carece por completo de excepciones.

La libertad individual es una expresión que apela a dos hechos existenciales inseparables, la individuación de la cosa, y la acción libre del individuo. Estas propiedades constituyen dos axiomas irrefutables, imposibles de negar. Es imposible que exista algo que no se disponga en el espacio de una manera concreta, con una identidad. Y también es imposible que, una vez que haya adquirido esa identidad, esa cosa no provoque ningún efecto beneficioso en su entorno, a través de una acción que le permita conservar su existencia en el tiempo. Nada escapa a esta sentencia irrefutable. En el sentido lato que empleamos aquí, y como también nos dice Mises, incluso la ausencia de acción se consideraría igualmente un tipo de acción, con unas consecuencias claras: “Pues el no hacer nada y el estar ocioso también constituyen actuaciones que influyen en la realidad” (Mises, 2011, p.17).

La libertad individual es una locución que se compone de dos términos gramaticales: individual y libertad. Lo individual es lo identitario, la esencia del ente, su naturaleza existente, su cosificación espacial. Por su parte, la libertad alude directamente a la acción, es la facultad que tienen todos los seres para actuar según sus potencialidades (o para dejar de actuar), para provocar un efecto en el entorno que permita que se conserven y, en definitiva, para existir, desplazarse y moverse por la otra dimensión: la dimensión temporal. Estas dos cualidades, la individuación y la acción, constituyen los dos fundamentos más básicos de la realidad, y dan a la libertad individual el carácter trascendental que ésta tiene. Estos mismos atributos son resaltados ya por Santo Tomás de Aquino en el capítulo III del libro II de su Suma contra Gentiles, cuando explica las condiciones y características que configuran la esencia ontológica del Ente finito: “Toda acción y todo movimiento parecen ordenarse de algún modo al ser, ya para que se conserve según el individuo [acción], ya para que se adquiera por primera vez [individuación]. Y el mismo ser es un bien, y por esto todas las cosas apetecen el ser. Luego, toda acción y todo movimiento es por un bien” (Santo Tomás de Aquino, BAC, 1967).

El principio de la libertad individual, que defienden algunas escuelas de pensamiento (entre las que sobresale la Escuela Austriaca de Economía), no adquiere su importancia en base a unas decisiones arbitrarias o subjetivas. Se construye, en cambio, utilizando dos axiomas fundamentales, el axioma de la individuación y el axioma de la acción. Estos axiomas podrían describirse de la siguiente manera. Todas las cosas son individuos. Y todos los individuos producen algún efecto en su entorno. Ese efecto es una acción individual. Dicha acción recibe el nombre de libertad (grados de libertad). Además, cualquier individuo debe actuar siempre para beneficiarse a sí mismo (de manera egoísta), o al menos para no perjudicarse, de tal forma que solo existen aquellos individuos que producen esos efectos beneficiosos: que apetecen el Ser. Todos los demás desaparecen. El beneficio aquí es simplemente todo resultado que permite mantener la existencia, y que consecuentemente también permite asegurarla y mejorarla. La libertad individual, en el caso de que se atribuya al hombre, supone para éste unas cualidades y unos beneficios importantísimos. Esa importancia se debe precisamente a que es una propiedad que está inserta en la naturaleza existente de todas las cosas, en la sustancia más fundamental del universo y de la realidad. El valor ético de la libertad individual no tiene otra causa que la de ser también un valor eidético, sustentado sobre dos principios axiomáticos, y referible a una propiedad universal, necesaria en todo tiempo y lugar (es decir, afín a la existencia como tal, con sus dos dimensiones principales, la temporal y la espacial). Todo lo que existe debe cumplir dos condiciones básicas. Debe adquirir una posición espacial, una identidad, una individualidad, o una presencia concreta. Y además debe adoptar también una dimensión temporal, es decir, tiene que actuar según sus potencialidades, con una libertad intrínseca, en pos de la permanencia. Todo objeto tiene que provocar necesariamente un efecto que no le destruya, que le beneficie. Por consiguiente, todo lo que existe viene determinado por dos elementos entitativos de carácter absoluto: uno de naturaleza individual y otro de naturaleza actuante. Dichos elementos quedan a su vez definitivamente integrados en el concepto de la libertad individual.

La intención de este trabajo es analizar esa integración, involucrando en dicho estudio a las ciencias naturales y a las ciencias sociales, y elaborando una comparativa suficientemente amplia, que permita entender mejor el carácter esencial que revisten estos preceptos básicos, los principios referidos.

  1. Reducción gnoseológica del concepto de la libertad individual: unificación de las ciencias

Una vez que hemos reducido el concepto económico de la libertad individual (rothbardiano) a concepto metafísico (aristotélico), y que lo hemos descompuesto en sus dos elementos ontológicos (la individuación y la acción), quedaría por analizar la relación que existe entre ese concepto metafísico y todos los aspectos gnoseológicos que rodean al mismo. Es decir, vamos a ver de qué manera el concepto de la libertad individual contribuye, no solo a la unificación de las nociones y las ideas, sino también a la unificación de las herramientas con las que se elaboran éstas.

En 1998, el profesor emérito Eduard O. Wilson, notable entomólogo, autoridad moral en el estudio de las hormigas y los insectos, y pionero indiscutible de la sociobiología, afirmaba en su libro Consilience, La Unidad del Conocimiento, lo siguiente:

“Recuerdo muy bien la época en que me cautivó la idea del saber unificado […] Era yo un biólogo en ciernes, inflamado por el entusiasmo de la adolescencia, pero de teoría y visión cortas… De repente vi el mundo de una manera totalmente nueva… estaba subyugado, no podía dejar de pensar en las implicaciones que la evolución tenía para la clasificación y para el resto de la biología. Y para la filosofía. Y para todo… Me di cuenta de que podía subir los peldaños de la organización biológica, desde las partículas microscópicas de las células hasta los bosques que cubren las laderas de las montañas. Un nuevo entusiasmo se agitaba en mi interior. Los animales y las plantas que yo amaba tan profundamente volvían a entrar en el escenario como actores principales de un gran drama. La historia natural quedaba validada como una ciencia real. Había experimentado el hechizo jónico. Tomo esta expresión del físico e historiador Gerald Holton, quien la acuñó recientemente. Significa la creencia en la unidad de las ciencias, una convicción mucho más profunda que una simple proposición de trabajo, que el mundo es ordenado y puede ser explicado por un pequeño número de leyes naturales. Sus raíces se remontan a Tales de Mileto, en Jonia, en el siglo VI a.C. Dos siglos más tarde Aristóteles consideraba al legendario filósofo como el fundador de las ciencias físicas. Desde luego se le recuerda más concretamente por su convencimiento de que toda la materia está constituida en último término por agua. Aunque esta idea se suele citar como ejemplo de lo muy equivocadas que las especulaciones de los primitivos griegos podían llegar  a ser, su significado real es la metafísica que expresó acerca de la base material del mundo y de la unidad de la naturaleza. El hechizo, que se ha hecho cada vez más refinado, ha dominado el pensamiento científico desde entonces. En la física moderna, su punto central ha sido la unificación de todas las fuerzas físicas (la electrodebil, la fuerte, y la de la gravitación) […] Pero el conjunto del hechizo se extiende asimismo a otros campos de la ciencia, y para algunos va mas allá, alcanzando las ciencias sociales, y todavía más lejos, como explicaré más adelante, hasta tocar las humanidades”  (Eduard O. Wilson, 2009, p.9).

No comparto en absoluto la manera en la que Wilson aspira a unificar las ciencias naturales y las ciencias sociales. Pero sí me identifico plenamente con el espíritu que le impulsa a llevar adelante ese proyecto. Comparto la admiración que siente por la idea del saber unificado, y me siento cautivado ante esa forja, igual que él. Pero admito que Wilson es un científico positivista. Su idea de unificación pasa por conseguir que las ciencias sociales adopten el método y el diseño que prevalece en el estudio de las ciencias naturales. Como dice Mises «La gente tiene ideas equivocadas sobre una ciencia unificada, que debería estudiar el comportamiento de los seres humanos según los métodos empleados por la física de Newton, en el estudio de la masa y movimiento» (Mises, 2013, p.13). Los positivistas creen que solo existe un método de investigación (el suyo), y tachan a los filósofos de ignorantes y de hechiceros. Esta forma de entender la unificación es bastante ridícula, y enormemente simplista. Es preciso que insistamos una y otra vez en la necesidad de proponer una agrupación distinta, que también incluya a la filosofía. Y la mejor forma de conseguir esto es uniendo las ciencias naturales y las ciencias sociales a través del concepto más básico que existe: la libertad individual. La exactitud e irreductibilidad de este concepto, así como su ecumenicidad y su generalización, acreditan el método deductivo que emplea la filosofía, lo equiparan con el científico, y en consecuencia proponen una visión integral de la gnoseología, dualista (científica y filosófica, inductiva y deductiva).

Los apologistas del positivismo y el monismo metodológico solo conciben un método de estudio, el método científico. Es preciso que les hagamos ver que la noción de individuo constituye un hecho irrefutable, que no es preciso investigar, y que solo cabe afirmar o intuir de manera filosófica, exponiendo a continuación todas las implicaciones lógicas que podamos derivar. La individualidad (la existencia y la acción libre del individuo) es una cualidad que está inserta en todas las cosas que existen. Nada puede existir si no dispone de una entidad propia. Y nada surge si no es como individuo. Por tanto, podemos tomar esta cualidad y proponerla como principio básico, sin necesidad de comprobarla, pues todo lo que existe tiene que tenerla. Y a continuación podemos derivar algunas conclusiones importantes, por ejemplo, que la individualidad y la libertad de acción del ser humano constituyen también cualidades fundamentales, necesarias para el buen funcionamiento y el progreso firme de cualquier sociedad avanzada. Si las acciones que benefician a un agente en particular son siempre un requisito necesario para que éste exista, con más motivo lo serán todas aquellas que permiten que los seres se desarrollen y proliferen de manera conjunta.

Como vemos, aparte del método inductivo que emplea la ciencia, existiría otro método complementario: el método deductivo, que nos permitiría llegar también a conclusiones ciertamente razonables (y racionales). Es más, con ese método alcanzamos unas conclusiones determinantes, indiscutibles, absolutamente universales, y de un grado de generalización superior al de cualquier teoría científica.

La unificación no debe consistir en utilizar un único método de estudio, porque entonces estamos obviando un amplio abanico de investigaciones. La unificación no significa unificar las herramientas, y que al final solo tengamos un martillo. La unificación consiste en hallar un fenómeno único, que determine la naturaleza de todos los objetos de estudio y de todos los objetivos científicos, y en conseguir que todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición se pongan al servicio de este hallazgo. Precisamente, es la división epistemológica que contempla dos métodos racionales, el llamado dualismo metodológico, lo que nos estaría permitiendo utilizar uno de esos caminos para analizar mediante deducción el fenómeno que nos interesa, el más importante de todos.

La libertad individual es el fenómeno que buscamos. Si nos ajustamos a la idea de Wilson, según la cual es necesario establecer una unificación real de todas las ciencias, y si tomamos prestada la definición de Rothbard, que dice que la libertad individual constituye un presupuesto elemental de carácter indiscutible, podemos abordar un estudio integral de la naturaleza, y elaborar de ese modo un plan de acción suficientemente amplio y ambicioso.

En las ciencias naturales existe un consenso y un progreso que no se observa en el mundo de la economía y las ciencias humanas, donde todos parecen defender ideas contrarias. Este trabajo se propone eliminar esas diferencias. Para ello, es necesario elaborar una síntesis general que establezca los principios de acuerdo básicos que habrán de determinar el marco común de una verdadera teoría natural de la libertad. El liberalismo no puede tener otro objetivo distinto de ese. La importancia que aquí asignamos a la Escuela Austriaca de Economía se debe precisamente a que dicha escuela es la única corriente de pensamiento que ha sido capaz de identificar correctamente ese problema, y avanzar en las soluciones.


II. METODOLOGÍA

La metodología que defiendo en este trabajo es la misma que viene aplicando la Escuela Austriaca de Economía desde su origen, en todas las investigaciones en las que ha participado. La Escuela Austriaca, o escuela de Viena, es una corriente de pensamiento económico y político que se sustenta sobre dos pilares metodológicos básicos: el dualismo metodológico y el individualismo metodológico. Estos principios constituyen también la base doctrinal que soporta y que da consistencia a los argumentos que se exponen y defienden en este opúsculo.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas metodológicas

Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos afirmar que la clasificación es casi la única actividad intelectual que llevan a cabo los filósofos y los pensadores. La taxonomía es una ciencia fundamental, que está presente en todas las operaciones intelectuales que realiza el ser humano. Toda definición aspira a encuadrar el objeto que describe dentro de un orden determinado, junto con todos los demás objetos que comparten las mismas características. Cualquier proposición teorética pretende ordenar los diversos fenómenos que se observan en la naturaleza haciendo que estos queden incluidos en un conjunto más general y preciso. No hay duda que la clasificación ejerce en todas estas aspiraciones intelectuales un papel de primera magnitud. Ahora bien, de todas las clasificaciones posibles, la más importante y perentoria es aquella que trata de ordenar las distintas clases de conocimiento que existen, pues gracias a esta podemos conocer la función que desempeña el investigador, y también cómo se clasifican el resto de cosas.

En términos generales, dicha clasificación podría quedar de la siguiente manera. Solo existen tres disciplinas o herramientas de conocimiento fundamentales. En primer lugar, está la gnoseología, que trata de los métodos y la naturaleza del conocimiento. Luego vendría la metafísica, que abarca todo el conocimiento que se consigue gracias a la utilización de la deducción y la filosofía. Y finalmente tendríamos la física (según la definición aristotélica), dentro de la cual se ubican todas las ramas experimentales vinculadas al estatuto de la ciencia y el conocimiento fáctico (la física propiamente dicha, la química, la biología, etc…). Sin embargo, de las tres herramientas que acabamos de nombrar, solo las dos primeras serían realmente esenciales. La ciencia no lo es. La ciencia utiliza métodos indirectos, a través de los cuales llega a conocer la realidad solo después de una dura indagación. Por tanto, es incapaz de establecer principios realmente fundamentales, de manera inmediata; sus teorías siempre están cambiando y perfeccionándose, y siempre son provisionales. No ocurre lo mismo con la gnoseología y la metafísica. Estas disciplinas se constituyen a priori. En el momento de iniciarse la investigación ya deben tener claro qué principios básicos son verdaderos.

La gnoseología y la metafísica son disciplinas elementales. Lo son en la medida en que están obligadas a establecer unos principios apriorísticos. Dichos principios deben ser independientes de la experiencia, es decir, no pueden proponerse con posterioridad, como resultado del proceso fáctico. Tienen que basarse, por el contrario, en alguna necesidad general incuestionable, que garantice su carácter universal y su utilidad inmediata.

Cualquier búsqueda de conocimientos debe iniciar su travesía resolviendo una cuestión cardinal. Tiene que identificar el método gnoseológico que le va a permitir atravesar la parte del océano desconocida en la que decida adentrarse. Antes de echarnos a la mar, tenemos que revisar el contenido de nuestras mochilas, la solidez de la quilla sobre la que recae todo el peso del barco, las herramientas que se encuentran almacenadas en las bodegas del mismo, y las condiciones del piélago al que queremos llegar. Por tanto, la gnoseología es la primera disciplina que tenemos que contemplar, la primera en proponer unos principios fundamentales, que tendrán que establecerse incluso antes de haber iniciado cualquier búsqueda (de hecho, es la que permite dicha búsqueda); por eso decimos que es una ciencia apriorística. Y el dualismo metodológico es el único principio que nos puede indicar el camino correcto, desde el primer instante, ya que es el único que defiende la validez de esas verdades apriorísticas, el único que admite la filosofía como herramienta, y el único que se basa en una realidad incuestionable, universal e inmediata.

El universo está compuesto por dos tipos de fenómenos o cualidades. Todos los objetos constan de propiedades particulares y propiedades generales. El análisis de esos tipos requiere por tanto que contemplemos dos vías de conocimiento alternativas, que atiendan respectivamente a cada uno de ellos. De este modo, surgen y se desarrollan por separado la ciencia y la filosofía. La ciencia investiga los hechos concretos, y extrae posteriormente teorías generales. Por su parte, la filosofía se inspira en primer lugar en todos aquellos conceptos y fenómenos que se refieren a cualidades que son evidentes (absolutamente generales), y solo después deduce toda la serie de implicaciones lógicas particulares que se derivan de dichos conceptos. De la aceptación gnoseológica de esa doble posibilidad, de esa alternativa de caminos que comienza fijando su atención, ora en las propiedades generales, ora en las propiedades particulares, surgen también dos disciplinas básicas: la metafísica y la física. La metafísica es la disciplina que compete a la filosofía, la que emplea conceptos abstractos para producir una cosmovisión general del mundo. Por su parte, la física se corresponde con el estatuto de la ciencia. En su caso, los investigadores analizan primero los hechos físicos concretos, y posteriormente extraen conceptos y teorías más generales. La integración de la ciencia con la filosofía da lugar al método de conocimiento más exitoso y completo de todos: el dualismo metodológico.

El dualismo metodológico se deduce de manera inmediata, a partir de una realidad fundamental, de una dicotomía primordial: la existencia de dos tipos de fenómenos, generales y particulares. Dicha metodología utiliza dos vías distintas para alcanzar el conocimiento, la vía filosófica y la vía científica. La vía filosófica parte de fundamentos metafísicos, atinentes a fenómenos muy generales, y los intenta aplicar luego a los casos concretos. Por su parte, la vía científica usa un camino inverso, parte de hechos concretos, que posteriormente intenta relacionar con el objeto de construir teorías más generales. Por tanto, la metafísica y la física abarcan con sus estudios todos los ámbitos y todas las posibilidades de conocimiento que existen. Tanto la vía filosófica como la científica proponen sendas teorías generales. Sin embargo, una las propone al principio, y otra las elabora con posterioridad. De esta manera, solo la vía filosófica da cuenta de una realidad eidética, apriorística, y completamente general, pues es la única que está obligada a establecer una teoría inicial realmente universal.

Aparte de la gnoseología, la otra disciplina fundamental que es necesario apreciar es la metafísica. El dualismo metodológico es la herramienta que acredita a la filosofía, y ésta establece a su vez un presupuesto categórico universal, de carácter metafísico. La vía científica parte de presupuestos particulares, y efectúa afirmaciones relativas del tipo: “esta cebra es rayada”, o “aquella flor se pone mustia con el calor”. En cambio, la vía filosófica comienza diciendo: “el universo es…”  Evidentemente, los dos tipos de afirmación exigen el uso de una metodología concreta, y dan por hecho que podemos describir algunos fenómenos fundamentales. Pero sus investigaciones toman en consideración objetos completamente distintos, y se desarrollan de manera independiente. La vía filosófica intenta llegar a conclusiones lógicas derivándolas a partir de realidades absolutamente generales. La vía científica intenta reunir muchos fenómenos particulares y derivar luego teorías más generales. En ambos casos se describen los mismos fenómenos. Las ideas generales tienen muchas implicaciones a nivel particular, y los hechos particulares quedan mejor agrupados y definidos dentro de una teoría genérica, que aluda a procesos globales. Ahora bien, el modo que tienen estas dos vías de abordar el problema es bien distinto.

La filosofía, como quiera que se ve obligada a partir de presupuestos universales, debe asegurarse de que esos presupuestos sean absolutamente verdaderos. Deduce con ellos todas las conclusiones y las teorías que elabora, y lo hace de manera intuitiva, basándose en esas necesidades eidéticas que habrá identificado previamente en los hechos ecuménicos. En cambio, la ciencia, como está obligada a partir de hechos particulares contingentes, no tiene una referencia tan amplia. En su caso, cobra especial importancia la experimentación y la prueba. El proceso que utiliza la ciencia es inductivo, y presenta una incertidumbre intrínseca. La filosofía debe comenzar siempre con una certeza universal (nótese que no afirmamos que tenemos un conocimiento absoluto de todo, sino que conocemos absolutamente un fenómeno o cualidad determinada). Por su parte, la ciencia atribuye al hombre un desconocimiento inicial absoluto, observa hechos puntuales, detalles concretos, pero no sabe cómo se producen, ni cuáles son las causas últimas que los provocan. La ciencia trabaja con hechos posibles, que siempre pueden acabar siendo de otra manera, y que deben investigarse de forma fiable. De ahí que la demostración adquiera en ella un papel central, y que no se alcance nunca un conocimiento completo, seguro y definitivo. El investigador debe pertrecharse con un aparato técnico que le asegure y le confirme que está describiendo algo cierto, entre todas las posibilidades que existen, y también debe estar dispuesto a modificar en el futuro sus conclusiones, si así lo requieren los datos que va recabando. Sin embargo, la metafísica y la gnoseología atribuyen al hombre un conocimiento inicial absoluto. Como parten de hechos generales, están obligadas a contemplar principios que son absolutamente ciertos. La evidencia no se extrae, en este caso, de las experiencias fácticas, como hace la ciencia con sus objetos de estudio, se obtiene en cambio al utilizar una evidencia inmediata, que se extrae a partir del conocimiento de un fenómeno necesario, que no puede ser de otra manera, que se conoce y se reconoce con solo pensarlo, y que por tanto no necesita comprobación. En este sentido, el individualismo metodológico, que designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad (y la existencia), es el único principio filosófico que tiene la capacidad de responder a estas necesidades. Las únicas cualidades del universo que son realmente generales, las únicas que están presentes en todos los objetos del mundo, son la cualidad individual, que identifica al objeto, y la acción de supervivencia, que emana del mismo y que posibilita su permanencia. Cualquier cosa, si quiere existir, tiene que mostrarse como un individuo, tiene que tener unos límites reconocibles, tiene que aparecer en tanto que Ser, y tiene que actuar para conseguir permanecer tal cual. El principio de individuación y el principio de acción, que son base fundamental de este trabajo, deben ser considerados por todos como los principios más elementales que existen, los únicos que realmente suponen una condición sine qua non, y los únicos que acreditan y posibilitan la vía filosófica.

Recapitulemos. El dualismo metodológico sería entonces el principio más básico de la gnoseología o epistemología general. Y lo mismo se podría decir del individualismo metodológico en relación con la metafísica. Estos dos principios son incuestionables, sustancian las dos disciplinas más fundamentales que existen, constituyen abstracciones inmediatas, legitiman la libertad individual que defienden todos los liberales, y se comportan como pilares básicos del conocimiento (como verdaderos principios). Resulta por tanto muy significativo que hayan sido también los pilares que ha elegido la Escuela Austriaca de Economía para levantar el edificio que alberga los postulados de sus teorías. Esta adopción vendría a confirmar, una vez más, la superioridad y la grandeza que distingue a esta escuela de pensamiento.

En este sentido, la escuela austriaca es la única corriente que ha conseguido entablar una relación completa con la realidad, tendente a establecer los principios que instituyen esas disciplinas fundamentales (el dualismo metodológico en el ámbito de la gnoseología y el individualismo metodológico en el ámbito de la metafísica). Se entenderá por tanto que defienda la importancia crucial que ha tenido ésta escuela de pensamiento en el contexto general de la historia humana. No existe parangón con ninguna otra. Ninguna ha conseguido describir los fundamentos de la realidad como lo ha hecho la escuela austriaca. Resulta paradójico que haya sido al mismo tiempo la escuela más ninguneada de todas las que han existido. Este hecho no puede dejar de sorprendernos. Es preciso que encontremos también una explicación para este rechazo general.

Existe, por tanto, una clara relación entre los problemas más trascendentales que siempre han preocupado a los filósofos, y aquellos otros que ha venido tratando la escuela austriaca durante su corta y precaria existencia. Es fundamental sacar a la luz esas conexiones, ya que esto nos va a permitir obtener una perspectiva más amplia, que realce el prestigio de la Escuela Austriaca de Economía, y que conciba la misma como parte de una trayectoria y una tradición filosófica milenarias. La escuela austriaca representa una de las etapas finales de dicho recorrido. Este peregrinaje nos habría llevado desde los primeros filósofos griegos hasta los pensadores modernos, y desde las primeras preguntas de los socráticos hasta las cotas de conocimiento más elevadas, donde se observa finalmente un paisaje de una univocidad magnífica, trazado en torno a una única verdad universal: el principio de individuación, la sacralización del individuo y de la libertad individual.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas sociológicas

Ahora bien, una vez demostrada la trascendencia de los principios que consagran y avalan la trayectoria intelectual de la Escuela Austriaca de Economía, tenemos que dirigir nuestra atención hacia otros dos aspectos de la misma idea. Debemos comprender las causas que han llevado a que dicha escuela haya sido la única en darse cuenta de la conveniencia de dichos principios, y también la única que ha sufrido el ostracismo de las demás corrientes y el desprecio de muchos pensadores ajenos a esas ideas, que se niegan a aceptarlas. Lo que más sorprende es el contraste que existe entre la importancia del pensamiento austriaco y el ninguneo al que se han visto sometidos aquellos que se han declarado partidarios y defensores de estas ideas.

Por tanto, tenemos que responder a dos cuestiones importantes. En primer lugar, es necesario saber cuáles son las razones que han hecho que la escuela austriaca se haya convertido en la única escuela de pensamiento preocupada por resolver los problemas más importantes de la filosofía, a pesar de ser una escuela de economistas. Y en segundo lugar tenemos que saber también qué razones llevan al resto de escuelas a rechazar el legado que han dejado los economistas austriacos, a pesar de la importancia que éste tiene. Cada una de estas cuestiones encuentra asimismo dos respuestas o motivos principales, atinentes a las dos disciplinas elementales que configuran todo el pensamiento de la escuela austriaca: la gnoseología y la metafísica.

El éxito que ha cosechado la escuela austriaca, a la hora de aplicar los principios axiomáticos al ámbito de las sociedades, atiende básicamente a dos motivos principales, uno gnoseológico y otro metafísico. Con respecto a la gnoseología, es preciso que entendamos que el estudio de las sociedades humanas exige a veces el uso de herramientas filosóficas, y el abandono de los métodos que se empeñan en prescribirnos los científicos. Un sistema complejo, lleno de datos y de informaciones, y compuesto por seres humanos impredecibles, no se deja analizar del mismo modo que se deja una muestra del laboratorio. La escuela austriaca tiene por objeto el estudio de esas sociedades complejas, y ha sido consciente desde el primer momento de la existencia de estos impedimentos gnoseológicos, que hacen necesario que partamos de algunos conceptos generales simples, intuitivos, que no requieran un probatorio experimental, y que puedan implementarse fácilmente en el análisis de esos sistemas tan complejos. Ese es el motivo gnoseológico que lleva a la escuela austriaca a interesarse por los problemas filosóficos y por los principios verdaderos que rigen dentro de la filosofía. Por eso adopta el dualismo metodológico, único sistema que admite la posibilidad de utilizar dos vías de conocimiento distintas, con lo cual también se legitima la filosofía y se devuelve al ámbito académico más serio, lugar del que nunca debería haber salido. La escuela austriaca utiliza un método muy antiguo, que es el mismo que aplicaban los primeros pensadores griegos, pero que hoy en día se encuentra bastante desprestigiado por culpa de esas investigaciones mediáticas que los científicos han convertido prácticamente en una religión. Es necesario que revirtamos esta situación, que recuperemos el arjé de los helenos; es necesario que enfaticemos los valores filosóficos de la Escuela Austriaca de Economía.

En el campo de la metafísica, la escuela austriaca también nos ha proporcionado otro principio fundamental: el individualismo metodológico. Este principio hace hincapié en el papel que juega el individuo humano dentro de las sociedades por él creadas. La economía y el bienestar de los hombres tienen mucho que ver con la libertad de estos, con su carácter de individuos, y con sus necesidades subjetivas,  todo lo cual lleva a pensar que el individuo es el único soberano y el principal motor de todos los sucesos que ocurren en una sociedad. Pero el individuo no es solo un elemento fundamental de la sociedad, es más bien un elemento fundamental del universo. Todas las cosas son individuos, entes concretos. Por consiguiente, la escuela austriaca estaría describiendo también aquí un hecho verdaderamente universal, nuevamente relacionado con el estatuto supremo de la filosofía.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas ideológicas

Hasta aquí, las razones metodológicas y sociológicas que estarían avalando el prestigio de la Escuela Austriaca de Economía, su interés por las verdades más esenciales y su merecida elevación a la categoría de escuela filosófica. Pasemos a ver ahora cuáles son los motivos de su defenestración, las causas ideológicas que ponen a esta escuela en la picota. Sin duda, el análisis de estas causas también servirá para realzar la trascendencia que tienen las ideas que defienden los economistas austriacos (como se suele decir, la adversidad siempre nos hace fuertes).

La crítica que se suele hacer a la escuela austriaca tiene igualmente dos razones principales, una gnoseológica y otra metafísica. Cada una de ellas encuentra eco en el rechazo que suele existir por parte de la comunidad científica hacia los principios que configuran esas dos disciplinas. Se critica el dualismo metodológico, y también se critica el individualismo metodológico (en general, se critica toda la filosofía).

La crítica más habitual está relacionada con el dualismo metodológico y tiene una raigambre antigua. Se basa en esa idea cientista que afirma que el único método racional es el método científico de la experimentación. Esta es la actitud que toman los monistas metodológicos y la mayoría de científicos expertos. Como la escuela austriaca utiliza una metodología distinta, dualista, que admite la posibilidad de partir también de principios filosóficos irrefutables, que no necesitan ser demostrados, algunos creen que esta escuela pertenece a la misma categoría a la que pertenecen todas las religiones del mundo, que tampoco admiten ninguna contrastación, que se aferran igualmente a una revelación incuestionable, y que se muestran igual de tajantes y seguras de sí mismas. No obstante, esta comparación es totalmente falsa. Debemos esforzarnos en distinguir dos tipos de verdades fundamentales (apriorísticas), las que se basan en una creencia arbitraria, de carácter divino, y las que se basan en un hecho natural, evidente e incontrovertible. Los conceptos y realidades que describe la escuela austriaca son tan esenciales que no requieren ningún tipo de probatorio, pero también son tan pedáneos y verdaderos que no necesitan apelar a ninguna clase de religión o creencia infundada. El ideario de los economistas austriacos no es un ideario medieval o esotérico, que adore a una figura incorpórea, antes bien, constituye una teoría racional completamente moderna, de carácter material. Los austriacos asumen de forma natural la utilización de la filosofía, y se basan para ello en una noción incuestionable, ubicua, presente en toda la materia y en todas las cosas: la individualidad.

El concepto de dualismo metodológico que acredita a la filosofía ha sido desarrollado sobre todo en el último siglo, y seguramente por eso todavía no tiene la aceptación que podría tener. Por tanto, contrariamente a lo que se suele pensar, son las demás ideologías las que acusan una actitud obsoleta, basada en una necedad cientista de amplia tradición académica, que solo admite un método de investigación.

En relación con la segunda acusación, la que se dirige, ya no contra el método, sino contra los principios que se derivan del uso del mismo, contra la metafísica y el individualismo metodológico, podemos aducir exactamente lo mismo. Las imputaciones más importantes provienen de nuevo de aquellos que quieren convertir el mundo en una organización dirigida y dominada por ellos, en un campo de experimentación científica, donde poder tener controladas todas las variables que se afanan en medir. El colectivismo y el totalitarismo son organizaciones de este tipo. En su caso, el control se efectúa sobre las personas, y las medidas originan Estados primitivos y atrasados, enemigos acérrimos del individualismo y de las sociedades abiertas. No obstante, dichos Estados se han visto beneficiados también por esa arrogancia moderna que ha prendido en la sociedad a rebufo del desarrollo de la ciencia experimental. Sus idearios abogan porque los individuos carezcan completamente de libertad, y porque todo se decida a través de un órgano dictatorial compuesto por un comité de sabios y profesionales científicos (o políticos), entre los cuales figuren por supuesto los propios interesados. De este modo, se escudan en esa supuesta profesionalidad científica, y justifican sin ambages cualquier acción de control y de inspección que se dirija a conseguir lo que ellos entienden que es más beneficioso. Por tanto, aunque la negación de la realidad individual y del derecho de libertad genere retraso y suponga un lastre importante, la sociedad al final acaba por encontrar alguna manera de progresar (la vida siempre se abre paso), y los negacionistas siempre se pueden subir al carro de la modernidad y gritar desde ahí arriba consignas y arengas en contra de la libertad del individuo.

Puesto que los cientistas y los monistas son, la mayoría de las veces, fervientes defensores del colectivismo y del constructivismo social, y puesto que todos ellos han sido relanzados y aclamados en los últimos siglos, cuando se ha confundido el éxito de la ciencia con el culto ciego a la diosa razón, unos y otros han venido a unirse y apoderarse de las instituciones académicas y universitarias, y del resultado de todo ello ha nacido una civilización moderna excesivamente arrogante, que en muchos casos desprecia cualquier idea que no se atenga a la deontología profesional que asumen como propia los científicos experimentales (los nuevos sabios). No es extraño, por tanto, que la Escuela Austriaca de Economía, de naturaleza interdisciplinar, que aboga por el establecimiento de un dualismo metodológico en el que quepan tanto la ciencia como la filosofía, y de clara tradición individualista, que necesariamente pasa por desacreditar a los colectivistas y a los políticos, haya sido siempre el blanco fácil de todas las burlas, y se la haya intentado encuadrar en la misma categoría en la que se suele encuadrar a los charlatanes y a los fanáticos religiosos.

Sin embargo, paradójicamente, son las demás ideologías las que pecan de primitivas, las únicas que pueden catalogarse de pseudociencias y designarse con ese estigma. Cuando uno comprende y acepta el ideario de la escuela austriaca, se traslada a una época anterior a la revolución industrial, cercana a la edad media. De repente, las otras corrientes aparecen como un conjunto esotérico de adivinaciones, malamente defendidas por una masa de ignorantes y analfabetos. Uno casi siente cómo crepita el fuego de la pira que arde bajo sus pies, avivado con los soplidos del rebuzno que emiten todos esos ignaros. La gente aun cree en ese desiderátum marxista que anuncia la llegada inexorable del socialismo científico, y que exige la inmediata abolición del sistema capitalista de libre competencia y de las leyes que establecen la libertad de comercio y de intercambio. Esa es la verdadera religión de nuestro tiempo, y no la que se suele achacar a la escuela austriaca. Esa es la única forma de subyugar a los creyentes y los beatos: prometiéndoles un futuro igualitario, un paraíso obligatorio diseñado por el sacerdote (o sabio) de forma milimétrica, en el que siempre va a ser necesario que alguien te diga qué tienes que hacer, o qué cosas te deben gustar, para ir a la par con los demás, en clara comunión. Como dice Rothbard: “En los movimientos religiosos mesiánicos, el milenio es invariablemente instaurado por una gran convulsión violenta, un Harmaguedón, un gran combate apocalíptico entre el bien y el mal. Tras este conflicto titánico se instauraría sobre la tierra un milenio, una nueva era de paz y armonía, un reino de justicia. […] En la versión de Marx, el instrumento que conduciría al advenimiento de su milenio, del comunismo, sería una violenta revolución mundial llevada a cabo por el proletariado oprimido. […] En efecto, al igual que los milenaristas, Marx llegó a sostener que el reino del mal sobre la Tierra alcanzaría su punto álgido justo antes de la Apocalipsis” (Rothbard, 2013, p. 917). Rothbard utiliza las palabras de Tuveson para recordarnos también otra cosa: “el milenarista [del socialismo] cree que la historia opera de tal forma que, cuando el mal haya alcanzado su punto máximo, la situación desesperada se invertirá. Se restablecerá el estado original, el estado verdaderamente armonioso de la sociedad, en la forma de algún género de orden igualitario” (Tuveson, 1984, pp 326-7). Sin embargo, dicho estado es contrario al orden natural que se establece con el mercado bajo el capitalismo, el cual solo se puede basar en las libertades individuales y en las diferencias que esa individualidad supone (como ya hemos dicho, la realidad más fundamental y la mayor verdad de todas no resulta del igualitarismo, resulta del hecho individual, de la identificación diferenciadora y de la capacidad del individuo para actuar, sobreponerse y subsistir; el mundo está hecho con estos seres). Por eso los comunistas siempre han odiado este sistema y siempre han vaticinado su muerte. Ante esta negativa, lo único que cabe hacer es utilizar de nuevo esa famosa frase que se atribuye a Galileo y que, al parecer, fue murmurada por éste después de ser obligado a retractarse en público. Muchos son los que afirman que el capitalismo está destinado a desaparecer… y sin embargo se mueve (la realidad y la verdad siempre acaban emergiendo).

Algún día la Escuela Austriaca de Economía será reconocida como lo que realmente es: una corriente interdisciplinar, una amalgama de ideas y pensamientos coherentes, reunidos sobre un tamiz general que abarca todas las disciplinas existentes; una cosmovisión filosófica con una aplicación social clara; una estructura de pensamiento enraizada en los clásicos griegos y arbolada por pensadores de todas las épocas. Algún día la escuela austriaca ocupará una posición preponderante en el estudio general de la naturaleza. Ese día aun tiene que llegar. Hasta entonces tendremos que soportar la división y la miopía que imperan en todos los ámbitos del conocimiento. Entablar una conversación con un economista austriaco, y descubrir que en realidad es un biólogo, un físico, o un psiquiatra, dice mucho del carácter omnicomprensivo y del motivo trascendental que guía a esta escuela de pensamiento, la escuela austriaca de economía (y filosofía). Al menos, esas charlas contribuyen a rebajar un poco la fiebre que uno padece cuando contempla el rechazo general que suscitan las ideas austriacas, y el desprecio que muestra el mundo académico hacia los maestros y los epígonos de dicha escuela, y hacia todos aquellos que se esfuerzan por pensar radicalmente. Este trabajo aspira a dignificar todo lo posible esos esfuerzos y a esos maestros. Considero que no hay mejor manera de hacer esto que la de resaltar la importancia de la que goza la metodología que auspicia todos esos empeños, metodología que es también el baluarte más importante que tiene cualquier estudioso de la ciencia o la filosofía.


III. CONCLUSIONES

La razón que ha llevado al autor de este trabajo a escoger el concepto rothbardiano de la libertad individual, al objeto de usarlo como gozne fundamental y simiente del mismo, encierra un motivo que, visto en perspectiva, nos da la clave para entender el verdadero propósito que estaría detrás de todo el estudio. La libertad individual es una noción económica, jurídica y política que mide el grado de responsabilidad y autonomía que detentan los ciudadanos de una determinada comunidad. Pero, al mismo tiempo, dicho concepto se puede descomponer en dos términos esenciales, que se refieren respectivamente a dos atributos del Ser absolutamente necesarios, afines a la propia existencia. La individualidad es definida entonces como la característica que aporta una concreción espacial a la cosa. La finitud espacial, a saber, la ubicación, es lo único que da sentido y presencia al individuo: nada existe si no es como un ente concreto; una entidad. Por su parte, la libertad alude directamente a la capacidad de acción del Ser, que no es otra cosa que su concreción temporal, esto es, su capacidad para sobrevivir y seguir existiendo. De esta manera, el concepto de la libertad individual permite ligar dos disciplinas tradicionalmente aisladas, que son las que están más alejadas entre sí (la economía y la ontología). Al hacer esto, acordamos los elementos metafísicos más simples y fundamentales de la realidad con aquellos otros que se aplican a la sociedad y los sistemas más evolucionados y complejos de todos, las comunidades humanas. Esta ligadura no es en absoluto arbitraria. Por el contrario, atiende a una relación importantísima. Si conseguimos integrar aquellas disciplinas que están más alejadas, podremos responder al deseo ultimísimo de elaborar una unificación gnoseológica general (en nuestro caso, una teoría sintética de la libertad individual), deseo que también tuvieron algunos de los filósofos más ilustres de la historia, Aristóteles o Descartes. A este respecto, Ortega y Gasset nos dice: “Téngase presente que para Descartes, como para Aristóteles y para nosotros en este estudio, ciencia es exclusivamente la teoría o teorías deductivas… todas las teorías deductivas forman un cuerpo continuo, se derivan las unas de las otras o mutuamente se implican, y los nombres de las distintas disciplinas designan meramente miembros de un unitario organismo. Esa ciencia única empieza con la metafísica y termina con la meteorología y con la fisiología” (Ortega y Gasset, 1958, p. 279).

De esta aceptación unitiva de la gnoseología, que Ortega no duda en referir a los clásicos (de la comunicabilidad de los géneros de Descartes), surge también una aceptación metafísica (la teoría aristotélica del Ente, o la teoría cartesiana del ente ensimismado, pensante y existente). El dualismo metodológico atribuye una importancia semejante a la ciencia y la filosofía, y abre de ese modo la puerta para que aceptemos una teoría deductiva basada en principios apriorísticos y absolutos, que es la misma que refiere Aristóteles cuando elabora su teoría del Ente finito, donde defiende que dichas entidades son siempre concretas (individuales). Como bien apostillará más tarde Suárez, el principio de no contradicción del estagirita viene a decir que no es posible que una misma cosa sea y no sea al mismo tiempo, de lo cual se deriva que «todo ente es uno, pues una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, por el hecho de que solo puede ser una cosa determinada [un ente concreto].» (Suárez, 2011, p. 95). Sobre los lomos de ésta teoría ontológica se construye el edificio intelectual que cobija bajo sus muros el pensamiento que brota de las ilustres cabezas de los filósofos y los metafísicos, pero que también alberga las estancias donde habitan todos aquellos economistas y pensadores que a lo largo de la historia han reivindicado la libertad individual del hombre como fundamento principal de sus ideas. Entre estos últimos, aparecen de forma destacada los epígonos de la Escuela Austriaca de Economía, empezando por Menger y terminando por Rothbard. El individualismo que defienden estos economistas hodiernos apela directamente a las propiedades más características y necesarias del Ente, cualidades que ya fueron puestas de manifiesto en los papiros que escribieron los clásicos griegos. La revolución marginalista y subjetivista que Menger inicia en el siglo XIX integra de forma magistral la defensa del dualismo y el individualismo metodológicos, y apela sin duda a la importancia que tiene el carácter individual del ente humano, importancia que se deriva directamente de esa otra que ostenta el ente en general –el hecho individual-. No puede haber otro principio de individuación –nos dice Suárez- más que la misma entidad de cada cosa, «que de suyo es tal y por si misma se distingue de las otras» (Suárez, 2011, p. 124). Con posterioridad, Hayek se encargará de desarrollar el concepto de la individualidad en entornos complejos, donde emerge un orden espontáneo como resultado de permitir que millones de seres manifiesten su individualidad y actúen en relación con ella. Por su parte, Mises, casi al mismo tiempo, labora también sobre los mismos atributos del Ente, resaltando la importancia que tiene la acción individual del hombre, y utilizando ésta como principio para fundar la ciencia económica. Por último, Rothbard afirmará por fin, a las claras, ya sin tapujos, que la libertad individual es un presupuesto universal, propio de una ciencia que está obligada a regirse y gobernarse por un apriorismo radical.

En realidad, las ideas y los principios que han defendido todos los epígonos de la escuela austriaca no son sino sucedáneos de la teoría del Ente que nace y se desarrolla con Aristóteles. No en vano, el ente humano es una parte indiscutible del ente general. Por tanto, es necesario que contemplemos estos esfuerzos de los austriacos como si se tratasen de uno solo. Todos aspiran a encontrar y consolidar un principio económico y social que, como ha quedado demostrado en este trabajo, es a la vez un hecho eidético y metafísico, capaz de contraponerse a ese otro principio que brega también por imponerse en todas las sociedades: el colectivismo y el socialismo. Este esfuerzo austriaco no es en absoluto baladí, antes bien, es el más importante de todos. Si conseguimos demostrar que el concepto de la libertad individual, y el individualismo que enarbolan con orgullo los economistas austriacos, se basa a su vez en un principio ontológico absolutamente cierto, estaremos en disposición de probar también que su concepto antagónico, la negación del individuo (el colectivismo, el comunismo, el estatismo), es la mayor mentira que jamás nos han contado, el error intelectual más grave de todos y el que peores consecuencias ha traído para la humanidad. En definitiva, estaremos preparados para asumir sin ambages las consecuencias naturales que depara la aceptación de una libertad auténtica (de un individuo real), y podremos instigar por fin una prosperidad y una bonanza sanas y duraderas. Ha llegado el momento de trasladar la lucha por la libertad del plano económico al plano filosófico, pues ese será el único terreno en el que se pueda preparar la batalla final. Este trabajo obedece y atiende al mismo propósito.


Referencias bibliográficas

Aristóteles (2011). Metafísica, Libro VII, p.208. Alianza Editorial, bolsillo.

Aristóteles (2011). Metafísica, Libro VIII, p.259. Alianza Editorial, bolsillo.

Aristóteles (2012). Ética a Nicómaco, Libro I, p.28. Alianza Editorial, bolsillo.

Huerta de Soto, Jesús (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial, p.51. Madrid: Unión Editorial.

Mises, Ludwig von (2013). Problemas epistemológicos de la economía, p. 13. Madrid: Unión Editorial.

Mises, Ludwig von (2011). La acción Humana, p.17. Madrid: Unión Editorial.

Mises, Ludwig von (2011). La acción Humana, p.18. Madrid: Unión Editorial.

Ortega y Gasset (1958). La idea de principio en Leibniz, p.279. Emecé Editores.

Rothbard, Murray (2009). La Ética de la Libertad. Madrid, p.21. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray (2009). La Ética de la Libertad. Madrid, p.37. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray (2013). Historia del Pensamiento Económico. Madrid, p.917. Madrid: Unión Editorial.

Santo Tomas de Aquino (1967), Suma contra Gentiles, BAC, Madrid.

Suarez, Francisco (2011). Disputaciones Metafísicas, p.95. Editorial Tecnos.

Suarez, Francisco (2011). Disputaciones Metafísicas, p.124. Editorial Tecnos.

Tuveson Ernest L. (1984). The Millenarian Structure of the Communist Manifesto, C.A. Patrides y Joseph Wittreich. The Apocalypse: in English Renaissance Thought and Literature. Ithaca: Cornell University Press, 1984, pp 326-7   

Wilson, O. Eduard (1999). Consilience, La unidad del conocimiento, p.9. Ediciones Galaxia Gutenberg.

Zanotti, Gabriel (2004), Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, p.21. Tesis de 1990, Unsta, Tucuman.

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El materialismo dialéctico: la mayor mentira jamás contada

Existen algunas estupideces en las que nadie cree. Otras tienen una serie de seguidores considerable. Algunas se convierten en mitos establecidos y pasan a formar parte del imaginario colectivo. Pero solo existe una manera de conseguir que una estupidez se convierta, por arte de birlibirloque, en un principio de obligado cumplimiento para todo el mundo. Y esa forma de estulticia no es otra que el materialismo dialéctico.

Concretamente, la estupidez que alienta el marxismo consiste en afirmar que todas las personas tienen que ir uniformadas y parecer más o menos iguales, según el grado de bobería que estemos dispuestos a asumir. El objetivo último aspira a convertir la sociedad en una suerte de escenario igualitario, una parusía redentora que habrá de llegar cuando todos los individuos colmen sus necesidades y se vuelvan eternos ganadores. Pero, siendo que la naturaleza es por definición diversa, y puesto que la evolución y el progreso natural se basan sobre todo en esa variabilidad intrínseca, los comunistas terminan procurando un estancamiento y una hambruna generalizados, precisamente lo contrario de lo que en principio afirman propiciar.

Todo en el materialismo dialéctico está pensado para hacer que una característica muy particular, propia de determinados individuos: su condición de obreros, se convierta en una suerte de cualidad general, y sea aceptada por la mayoría conversa, si es que no quiere acabar en el fondo de una fosa común.

Los ignorantes no entienden de principios. Nunca se guían por razones científicas. Les es ajena la sabiduría. En cambio, fundan sus ideas en aquellas reclamaciones hueras o aquellas características particulares que mas a mano tienen: sus gustos sexuales, sus modos de trabajo, su lengua natal, su amor a los animales, su modo de transporte, etc… La revolución del proletariado fue la primera de todas estas reivindicaciones. Pero le siguen muchas otras, todas las que pueden concebirse atendiendo exclusivamente a las distintas mediocridades con las que el hombre inculto colmata el vacío de su vida y rehuye la depresión que suscita su pobreza intelectual.

La dialéctica marxista está pensada para enfrentar a unos grupos con otros, con la esperanza de que todos los hombres sean parecidos. Es entonces cuando las proclamas se vuelven edictos, las sugerencias se convierten en imposiciones, y los gustos se transmutan en prohibiciones. El resultado no puede ser otro. Al elevar a la categoría de principio una banalidad humana cualquiera, todos quieren imponer su particular visión del mundo. Todos quieren la igualdad, pero al mismo tiempo todos quieren que los demás sean igual que ellos. El desenlace está claro. La sociedad se fragmenta en mil organizaciones distintas, cada una lucha por acaparar todo el poder, y todas caminan en línea recta hacia un arrumbamiento inevitable. La gente asume esa ignorancia imberbe como si fuera una ley de la naturaleza, y al hacerlo no solo obvian las verdaderas razones del mundo, también sustentan sus principios en un basamento ridículo, parangonando toda suerte de creencias infundadas, y aplicando sus trivialidades a todo el mundo. El totalitarismo sólo tiene una cara, por mucho que ahora algunos se la quieran lavar. Cuando pretendes convertir una banalidad personal (por ejemplo, tu gusto por los animales o las bicicletas, tus apetencias sexuales, o tu condición de trabajador) en una suerte de precepto absoluto impuesto por el Estado, el resultado no puede ser muy distinto. El marxismo cultural es la única deriva posible.

Podemos reunir todas las reivindicaciones que hacen estos nuevos grupos comunistas y agruparlas bajo una única estrategia de control social. Todos ellos apelan a los sentimientos de los demás, y todos quieren despertar la sensibilidad del poder, desconociendo por completo que ese tipo de demagogias constituye la semilla del único totalitarismo posible: aquel que aspira a convertir una cualidad particular en un principio de carácter universal.

Lo contrario consiste en defender que la afirmación del único principio verdadero pasa por reconocer la propiedad más ecuménica que existe: la individualidad de cada persona, sin pretender en ningún momento que esas particularidades propias de cada uno se conviertan en ariete y disculpa para ejercer la fuerza sobre el resto de ciudadanos. Todos somos poseedores de un sentimiento de pertenencia más o menos desarrollado. El problema aparece cuando queremos imponer de manera general ese sentimiento de identidad.

Las envidias y los rencores siempre han alimentado un afán de dominación muy extendido. La muchedumbre ha velado las armas a los peores tiranos; en realidad todos somos pequeños sátrapas en potencia, protegidos por nuestro anonimato y nuestra insignificancia, pero armados con una patética visión del mundo que deseamos imponer por la fuerza. Y así van naciendo los distintos grupos de presión, y así surge el marxismo cultural, dorado con la píldora de un sinfín de becerros y sacrificios, y alimentado con el vacío intelectual que caracteriza la vida de la mayoría de la gente.

Y el populismo es el otro lado de la moneda. Los líderes de las distintas facciones saben que hay muchas personas dispuestas a defender sus ideas con uñas y dientes, muriendo y matando. Por lo tanto, les ofrecen el oro y el moro, alimentan su rencor, propician las divisiones internas, y utilizan la demagogia en su propio beneficio. Y a poco van consiguiendo que el marxismo cultural agite todavía más la bandera de sus reivindicaciones.

Muchos viven en el mundo de planilandia, por lo que sólo conciben dos dimensiones (o facciones) espaciales, la derecha y la izquierda. Otros redactan tesis enteras hablando sobre el tamaño del clítoris masculino o la forma femenina del pene. Los hay que quieren fundirse con la naturaleza, pero solo consiguen que se funda su cerebro. Algunos aman tanto a los animales que acaban convirtiéndose en uno de tales. En el pasado los marxistas querían que todos fuéramos obreros modélicos. Pero, como se asumió que eso era imposible, los mismos que antes deseaban ver muertos a todos lo burgueses, ahora se afanan por conseguir que todos tengamos el mismo sexo, la misma raza, la misma especie, o incluso el mismo pelo. El comunismo se ha convertido en una hidra con muchas cabezas, pero sigue faltando el cerebro. No se dice nada falso si se añade que la mayoría de movimientos actuales son vástagos que nacen del mismo tronco; un tronco seco que intenta renovarse utilizando la misma savia de siempre, una ideología refrita, el enemigo sempiterno, el padre del comunismo, la más peligrosa de todas las pseudociencias.

Hay movimientos que luchan por un principio correcto y que buscan hacerlo extensible al mayor número posible de ciudadanos (por ejemplo, el liberalismo aspira a defender la individualidad y la acción libre de todas las personas). Otros en cambio elevan a la categoría de principio universal una causa particular suya, un falso principio, que carece de la suficiente importancia (por ejemplo, los defensores de los animales). Y los más peligrosos quieren imponernos esa banalidad absurda a través de la política (por ejemplo, los marxistas culturales).

De todas las clases de movimientos sociales que existen, el único realmente peligroso es aquel que hace suya la defensa de una cualidad particular, al tiempo que pretende imponerla de forma absoluta, convirtiendo la sociedad en una suerte de campo de concentración y exterminio donde solo sea posible existir si eres un acólito del tirano o un obrero harapiento. El mayor ejemplo de este tipo de movimientos lo tenemos en el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad personal realmente particular: su posición de asalariado, que quería extender a todos los seres humanos. El peligro viene precisamente con esa doble intención.

El análisis o descomposición terminológica de la locución con la que se quiere vestir de seriedad académica al marxismo, esto es, el materialismo dialéctico, nos permite descubrir algunas verdades escondidas sobre esta antigua ideología. El materialismo dialéctico se arroga el descubrimiento de América varios siglos después de que lo haya hecho la ciencia, la cual ya había asumido mucho antes que el mundo está hecho de materia que cambia y se transforma continuamente. Para ese viaje no hacían falta alforjas. No obstante, los marxistas creen haber hecho un descubrimiento revolucionario. Si a esto añadimos que su teoría sobre la materia y el cambio es completamente falaz, ya tenemos los dos ingredientes necesarios para cocinar una tiranía cristalina: arrogancia e ignorancia.

Marx creyó remover los cimientos de la ciencia cuando sentenció que todas las cosas se mueven hacia alguna parte y que los contrarios siempre se oponen. Pero la dialéctica de Marx no se limita a decir que las cosas se mueven de un lado para otro. Ante todo, es una teoría que se aplica a la sociedad y a la historia. Afirma que la sociedad camina irremisiblemente en una única dirección, hacia un enfrentamiento de clases cuyo resultado solo puede ser la victoria de una tribu en concreto. Y como Marx atribuía a los obreros una dignidad superior a todas las demás clases, son éstos los elegidos por Dios para ocupar el reino de los cielos.

Si por algo se caracterizan los marxistas, es por creer que tienen la verdad absoluta de su lado. De ahí que hayan sido muchos los intentos de asentar sus ideas en una axiomática auténtica. Esto les ha llevado incluso a negar el principio más fundamental de todos: el axioma aristotélico de la identidad o individuación, con lo cual también han venido a cargarse la libertad individual que ostenta el ser humano como miembro destacado de la realidad (no en vano, la existencia de una única clase o casta de individuos es la manifestación más palmaria de esa negación).

Como todo cambia, los marxistas interpretan que no existe ninguna cualidad de la materia que permanezca inmutable (habría que preguntarles por qué creen entonces en una ley absoluta y un destino irrevocable). Esto les lleva a negar también el principio de identidad.

Politzer, uno de los acólitos del régimen soviético más “eruditos”, habla del método dialéctico y expone su propia axiomática en uno de sus libros: “Si hablamos pues del método metafísico nos referimos a un método que ignora o desconoce la realidad del movimiento y el cambio… La metafísica ignora el movimiento en favor del reposo, el cambio en favor de lo idéntico. Nada hay nuevo bajo el sol, afirma. Así, es razonar en plan metafísico creer que el capitalismo es eterno, que los males y los vicios (corrupción, egoísmo,crueldad,etc…) engendrados por los hombres existirán siempre”

Me pregunto si el comunista Politzer no se paró alguna vez a pensar que su modelo de sociedad propone un sistema eterno que es exactamente igual a ese que él trataba de recriminar en los demás.

Para Politzer, la defensa del principio de identidad, que él atribuye a la burguesía, lleva a considerar al universo como una entidad siempre fija, inmutable. Y toma esta reflexión del propio Engels. Politzer cree que, si alguien defiende que una cosa es idéntica a sí misma, eso significa que también está afirmando que esa cosa no podrá cambiar jamás. Igualmente, piensa que, si una cosa no puede ser su contraria, tampoco existen contrarios. Parece imposible que alguien sea capaz de trastocar el significado de la identidad más de lo que lo ha hecho el propio Politzer. Es necesario que pongamos algo de sensatez en todo esto. Por tal concepto no podemos entender que los cambios o los contrarios no existen, sino que no existe ambigüedad con respecto a la identidad de una cosa. Es indudable que los existentes tienen unas particularidades propias que siempre permanecen fijas, todo el tiempo que se mantienen existiendo. Pero eso no significa que esa identidad sea eterna (lo que es eterno es la necesidad de que todas las cosas que existen tengan una propiedad identitaria), y tampoco significa que esa identidad no se transforme en otra, o que no provoque cambios significativos en su entorno más próximo. Precisamente, la defensa del principio de identidad nos lleva a proponer un mundo lleno de identidades distintas, donde cada cual actúa a su manera para cambiar las cosas. El cambio real sólo es posible si existe variedad, y la variedad solo proviene de aceptar un mundo repleto de identidades y formas distintas de organizarse. Por el contrario, el mundo que proponen los marxistas es el que en verdad acaba matando los cambios y la evolución de las cosas, pues lo que quieren es anular las identidades y convertir la sociedad en una parusía igualitaria. La ciencia sabe desde hace mucho que la diferencia de gradientes, la variabilidad genética y la asimetría de fuerzas es lo único que al final produce todos los movimientos y cambios de la naturaleza. Resulta paradójico que el marxismo se erija en defensor de la ciencia, de los cambios y del progreso, y sin embargo proponga la mayor homogeneidad social que cabe concebir.

Los marxistas pretendían que todos acabáramos siendo obreros de sus fábricas, a tiempo completo. Y en parte lo consiguieron. No obstante, la realidad actual es exactamente la contraria. Al final todos acabamos siendo capitalistas. El capitalismo es el gran triunfador. Las nuevas tecnologías permiten una mayor libertad e independencia; cada vez podemos actuar más como productores directos. Las aplicaciones tecnológicas facilitan y permiten que la gente se comunique, eliminan los intermediarios, y finalmente harán también que todos acabemos siendo capitalistas y productores. El futuro no tiene nada que ver con esa visión pacata que predicaba la secta comunista.

Nadie puede dudar que existen muchas dicotomías esenciales en la naturaleza. Pero, mientras el marxista quiere resolver esa dualidad a través de una lucha fratricida en la que al final solo quede una de las partes en liza, el capitalista se apoya en la misma dualidad para crear una armonía y una cooperación mayores, favoreciendo las relaciones voluntarias (contractuales) entre consumidores y productores, o entre burgueses y obreros, comprendiendo el importante papel que todos juegan, y entendiendo también sus necesidades y su necesidad. La verdadera dialéctica consiste en asegurar esa relación u oposición  natural a través del respeto a todas las partes.

Aparte de la dialéctica, el otro vocablo que utilizan los marxistas para enfatizar sus posturas es el del materialismo. Con este segundo nombre, los comunistas siguen pagados de sí mismos, pensando que no hay científicos más reputados que ellos.  Creen que el individualismo es sinónimo de subjetivismo, y que el colectivismo es el equivalente lógico de la objetividad. Así, de nuevo es Politzer el que nos dice que el individualista: “vive replegado en sí mismo, el mundo exterior no existe más que para él mismo… se cierra ante el mundo exterior, ante la realidad”. Pero no puede estar más equivocado. El individualismo hace referencia al hecho más objetivo de todos, el cual queda de manifiesto al afirmar que las cosas existen sólo como individuos particulares, y que la identidad es condición sine qua non para que la naturaleza adquiera algún tipo de presencia. Además, la única manera de mostrarse al mundo y abrirse a la realidad es actuando como un individuo. Nada está más alejado del solipsismo que achaca Politzer al capitalista que las acciones que parten del propio individuo (del empresario) y que buscan conservar esa posición y esa independencia a través del conocimiento objetivo de la realidad que acontece en el mercado, el libre intercambio entre las personas, y la consolidación de todas aquellas relaciones fructíferas que satisfacen necesidades reales. El colectivismo en cambio es un holismo superficial, inconsciente de los elementos más básicos de las cosas: sus constituyentes individuales, y contrario al método reduccionista que utiliza por término general la ciencia, en todas sus investigaciones, para conocer las causas de los fenómenos. De nuevo, resulta paradójico que el marxismo se atribuya unas facultades que por otro lado se empeña en pisotear cada vez que tiene oportunidad.

Alrededor del materialismo y la dialéctica de Hegel se fraguan a su vez todo un elenco de tonterías económicas, como ese rechazo a la plusvalía del burgués, o la teoría del valor trabajo que busca exaltar la figura de los obreros convirtiéndolos en decisores únicos de toda la producción. Con razón dice la sabiduría popular que cuando uno empieza a mentir ya no puede dejar de hacerlo, y que una mentira necesita mil más para poder mantenerse en el tiempo. Las mentiras tienen las patas muy cortas pero las explicaciones muy largas.

Negar la plusvalía es negar la producción. Es negar el beneficio obtenido por hacer algo que tiene un valor concreto para los demás. El empresario actúa según sus propias características, levanta de la nada una empresa fructífera, reúne los capitales necesarios, y acumula todo el ahorro del que es capaz. Nadie puede suplantarle en eso. Sus acciones son necesarias para dar trabajo a miles de personas y generar bienes abundantes. Pero el marxista le quita la posibilidad de beneficio (plusvalía), persigue todo aquello que pone en marcha el proceso de producción y que despierta la iniciativa del empresario, genera un trasvase de beneficios hacia la política, desligando completamente la producción real de los rendimientos obtenidos, favorece el gasto público y demoniza el ahorro privado, cortando de raíz cualquier nueva inversión capitalista, y seca finalmente todas las fuentes del bienestar y el progreso humano, dejando que se ahoguen en el fango todas aquellas expectativas y ganas de invertir que seguro habrían traído consigo las nuevas generaciones.

Por su parte, la teoría del valor trabajo hace algo parecido con respecto al consumo. Para los marxistas las cosas solo tienen el valor que deciden darle los productores. Curiosamente, ahora el comunista se pone del lado del arrendador, pero no lo hace para manifestar su aprecio por la producción y la iniciativa privada, sino para obligar a todos los consumidores a comprar aquellos bienes que decide fabricar el productor añadiendo más horas de trabajo. De este modo, el marxista insiste una vez más en implantar un sistema homogéneo, abusivo, y tiránico. Una mentira lleva a la otra, y al final la bola de nieve arrasa toda la colina y se precipita sobre las aldeas y las gentes del valle. A fuer de engañar a las masas una y otra vez, el socialismo consigue aniquilar para siempre cualquier rastro de civilización.

Si existe alguna teoría que apoye el fijismo y el inmovilismo, esa es la teoría de Engels y Marx. No hay nada más disparatado bajo el cielo que esa creencia espuria que pasa por tomar a un marxista por un científico, toda vez que el primero abraza una superchería de libro, que pone el acento en la inexistencia o anulación de los individuos, negando también las identidades de las distintas clases, la especialización del trabajo o la diversidad de la vida, mientras que el segundo está obligado a observar todas esas cualidades particulares si es que también desea identificar las causas originales que están detrás de los fenómenos naturales. La ciencia es depositaria de un conocimiento diverso, reflejo de un mundo que se muestra igualmente heterogéneo. Por el contrario, toda la enjundia del comunista consiste en decir que la perfección social se logra solo si todos los seres humanos acaban adoptando la misma condición, esto es, si todos ellos pasan a trabajar de obreros al servicio del mismo partido. Digámoslo de una vez por todas: el marxismo va en contra de la mayor verdad que existe, y por tanto también es la mayor mentira jamás contada. Y el socialismo moderno le va a la zaga. Tras asumir de mala gana que el mundo no puede estar habitado exclusivamente por obreros, los nuevos marxistas (el marxismo cultural) se han dividido en mil facciones y han trocado esas antiguas reivindicaciones por otras iguales, cuando no mucho peores: ahora quieren que solo haya gays, ciclistas o feministas. Y tras entender que es imposible segar la cabeza de todos los empresarios, ahora se dedican a escupirles en la cara, e intentan exprimirles todo lo que pueden, con la anuencia de las élites extractivas del Estado de turno, utilizando indiscriminadamente eso que llaman impuesto, y sacrificando algún que otro chivo expiatorio cada vez que fracasan.

 

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Conferencia: Principios filosóficos y científicos de la libertad humana

Conferencia en la sede de la Fundación César Navarro, sita en la ciudad de Getafe, Madrid.


La charla, entre los temas a tratar, dará respuesta a las siguientes preguntas: ¿Qué es la filosofía? ¿Qué es la ciencia? ¿Existe una filosofía rigurosa y racional? ¿Son complementarias ciencia y filosofía? ¿Qué nos dice la filosofía sobre la evolución de la materia? ¿Se pueden aplicar los principios de la filosofía para fundamentar una teoría de la libertad humana que esté en consonancia con los derechos universales del hombre y con los aspectos más importantes de la realidad? ¿Qué modelo de organización social se adecúa mejor a las condiciones de existencia de todo el universo?

Las preguntas serán respondidas a través del análisis de dos visiones contrapuestas, el reduccionismo científico o filosófico por un lado, y el holismo negador del individuo por el otro. Para ello se repasara todo el conocimiento humano, haciendo especial énfasis en cuatro categorías gnoseológicas: la física, la biología la antropología y la tecnología, y en cuatro materias aplicadas derivadas de las anteriores: la astronáutica, la gerontología, la economía y la robótica.

Como teorías importantes a tener en cuenta, señalaremos la selección natural de Darwin y la teoría económica de la escuela austriaca.

Y como principio unificador, tomaremos y abordaremos la transcendencia del individualismo metodológico y la libertad individual.


TABLAS PARA ENTENDER LA CHARLA

1. Tabla general del conocimiento

https://drive.google.com/open?id=0B-6sT9m35oONUVRKQldSZldUQlE

2. Tabla de las generaciones de individuos

https://drive.google.com/open?id=0B-6sT9m35oONdHFYRTQxaE9jcXM

 

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Hembrismo (marxista) y feminismo (liberal): el lenguaje exige una diferenciación clara

El hombre es un ser vivo eminentemente gregario. Representamos al mamífero más exitoso de todos, y ello es debido en buena medida a que también somos el vertebrado más social que existe. Nuestra sociedad es infinitamente más compleja que la de cualquier especie de insecto.

Dentro de este escenario evolutivo, es importante tener en cuenta el papel crucial que juega la formación y consolidación de grupos. La defensa de las libertades individuales es una de las reivindicaciones máximas de la sociedad occidental. Sin embargo, no podemos obviar que estamos determinados, en la mayoría de los casos, por un comportamiento voluntario que nos lleva a buscar continuamente la compañía y la ayuda de los demás. Por eso es importante saber también por qué se constituyen los grupos y qué respaldo de legitimidad tienen.

Los grupos se caracterizan principalmente por dos cosas, por aquello que aspiran a ofrecer, y por aquellos a los que quieren implicar. Así, un grupo se puede basar en el ofrecimiento de un principio doctrinal que atienda a cierto aspecto importante de la realidad, o puede en cambio ofrecer un principio espurio, sustentado en una capacidad o cualidad contingente apenas importante. A su vez, los grupos pueden querer imponer ese principio a todas las personas, o solo a una parte de ellas. En función de estos dos determinantes grupales, se constituyen cuatro colectivos distintos, los cuales quedan representados en la siguiente tabla:

                  Principio

Aplicación

principio universal principio contingente
imposición total Liberalismo Comunismo (y marxismo cultural)
imposición parcial Anarcocapitalismo Otros: ej. feminismo liberal

De estos cuatro tipos de movimientos sociales, el único realmente peligroso es el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad de la persona ciertamente particular (contingente): su condición de obrero.  A esto se unía su intención de extender esa condición a cualquier ser humano. El peligro viene precisamente cuando pretendemos imponer una cualidad particular de manera general, como si fuera un principio absoluto. Y el peligro del marxismo vino cuando se quiso hacer del trabajador obrero una suerte de ejemplo para todos los ciudadanos, convirtiendo la sociedad entera en un campo de concentración y exterminio donde solo era posible existir si demostrabas tu afinidad con el tirano o tu condición de jornalero harapiento.

En el otro lado del espectro tenemos al liberalismo clásico, el cual se basa en un principio de suyo universal: la individualidad y la acción libre de las personas, que también se trata de imponer a todos los niveles, para asegurarse el respeto de tales libertades y cumplir con esa condición ecuménica. Pero ahora, como el principio es absolutamente cierto, y como la consigna que defiende no acarrea ningún tipo de caudillaje, su aplicación en este caso no puede ser más correcta.

Existen a su vez otros dos movimientos que no buscan articularse a través de una imposición global, como es el caso de los anteriores. El primero de ellos, el anarcocapitalismo, parte del mismo principio del que parte el liberalismo. Pero, al contrario que este, considera que no hace falta extender a priori una aplicación general. Yo creo que esta forma de implementación no se corresponde con la condición universal que tiene el propio principio del que se parte, lo cual puede traer aparejados algunos problemas añadidos, que no existirían en el marco de una aplicación global efectiva. De aquí surgen las sempiternas disputas entre liberales clásicos y anarquistas de mercado. Con todo, el anarcocapitalismo se encuentra a años luz de poder provocar los mismos desastres que genera el marxismo, y en cualquier caso siempre debemos contemplar la posibilidad de que pueda funcionar relativamente bien en algunas sociedades extremadamente avanzadas.

Finalmente, están todos aquellos movimientos que se apoyan en una reivindicación muy particular (por ejemplo, los derechos de la mujer o la vida de los animales), para hacer de ella una causa y un nuevo motivo de lucha. En estos casos, si dichos grupos aspiran a imponer sus reglas a toda la sociedad, resulta imposible distinguirlos del marxismo, al menos en el plano general. La única diferencia constatable sería el tipo de becerro que cada uno escoge para rendirle culto (el comunismo original idolatra a la clase obrera en vez de a los animales o las mujeres). En conjunto, ese es el motivo de que todos estos movimientos se hayan agrupado bajo la denominación de marxismo cultural. Pero si estas asociaciones simplemente quisieran luchar por una causa que sus integrantes convinieran en considerar legítima, sin imponerla de manera general a través de la política, no pasarían de ser otra asociación más, con todas las garantías de derechos y deberes que tiene cualquier grupo voluntario de personas. Por eso estoy de acuerdo con esa visión que considera necesario diferenciar aquellos grupos de individuos que sólo se reúnen para alimentar alguna reivindicación concreta (por ejemplo algunas feministas), de aquellos otros que aspiran a utilizar el aparato del Estado para someter a los demás colectivos y convertir su causa espuria en una suerte de imposición marxista (hembrismo).

Soy consciente de que muchos grupos sociales emergentes (casi todos) tienen en realidad un abolengo comunista claro, y buscan hacerse con el poder del Estado para dictaminar edictos que obliguen a todos los ciudadanos a seguir sus preceptos y sus normas. Pero ello no quita para que existan algunos pocos grupos que no tengan ese mismo perfil. Por ejemplo, el grupo de feministas liberales. Por consiguiente, la denominación de feminismo, y su contraste con lo que se ha venido a llamar hembrismo, no solo es una categorización posible, sino que resulta completamente necesaria, toda vez que cumple con el papel principal que tiene cualquier lenguaje o sistema de comunicación, que no es otro que el de diferenciar o describir la realidad con el mayor grado de fidelidad y detalle que sea posible.

Con esto y con todo, cabe hacer todavía una reflexión final. Aunque hay que asumir la necesidad de admitir a cualquier movimiento liberal que luche por los derechos de la mujer, no considero que el liberalismo tenga necesidad de meterse en estos berenjenales. No creo que el liberal deba desenvainar la espada del feminismo para emprender una lucha que no es la suya, toda vez que la defensa del individuo ya implica en buena medida al sexo femenino. Si fuera cierto que la mujer está en clara desventaja con respecto al hombre, la mera defensa del individuo pondría un énfasis especial en conseguir que dicho colectivo se reintegrase a la sociedad en igualdad de condiciones, y haría mucho más por las mujeres que cualquier discriminación positiva que podamos imaginar. No hay mejor forma de ayudar a las mujeres que tratarlas como individuos soberanos, equiparando sus libertades legales con las de los hombres, y permitiendo que aquellas diferencias que vienen marcadas por el sexo se expresen también con la mayor naturalidad posible.

Por consiguiente, creo que una defensa liberal del feminismo es sustancialmente innecesaria, e incluso muchas veces puede ser un tanto contraproducente, ya que puede llevar a equívocos, sobre todo entre aquellas personas que no acaban de tener muy claro en qué consiste el liberalismo. Pero tampoco me alineo con esa postura que adoptan algunos liberales radicales y que tacha a todo feminismo de marxista, pues creo sinceramente haber demostrado aquí que, en lo esencial, el feminismo liberal no tiene prácticamente nada que ver con el marxismo cultural. El marxismo sólo se puede articular con la mediación del Estado, y un liberal jamás transigiría con esa condición.

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La inmortalidad biológica del hombre: ¿mito o realidad? (la conquista de la juventud)

Acaba de concluir el primer congreso internacional sobre longevidad y criopreservación celebrado en Madrid, en las instalaciones del consejo superior de investigaciones científicas (CSIC). Agradezco enormemente la invitación que me extendió el profesor José Luis Cordeiro para que asistiera al evento. Gracias a él, tuve el privilegio de acudir al que seguro es el simposio sobre rejuvenecimiento más importante en nuestro país organizado hasta la fecha. Un plantel de científicos y pensadores de primera línea estuvieron discutiendo durante tres días en torno a la viabilidad y el futuro de las técnicas que se encargan de preservar a bajas temperaturas todo tipo de órganos y tejidos, o de los avances en materia de curación de enfermedades degenerativas, siempre con la mira puesta en el objetivo soñado de la eterna juventud y la inmortalidad biológica.

Algunos pensarán que no se puede catalogar de científico un congreso en el que uno de los principales asuntos a tratar es el rejuvenecimiento humano. Varias noticias aparecidas en los medios de comunicación ratifican este pensamiento (https://www.actuall.com/vida/es-posible-frenar-el-envejecimiento-y-lograr-la-eterna-juventud-siete-expertos-lo-ponen-en-cuestion/). Sus autores sugieren que no es ético mezclar en un congreso a investigadores de reconocido prestigio, como la doctora María Blasco, con gurús y chamanes del envejecimiento que lo único que hacen es vender crecepelos y esperanzas vanas. En sus admoniciones, apelan a las dramáticas consecuencias que tendría la inmortalidad para la organización y la existencia general de la sociedad, sin percatarse de que los avances nunca están exentos de riesgo, pero se acogen porque aportan también muchas ventajas. No es que tengamos que elegir de repente entre la muerte y la vida. Y tampoco será una elección colectiva. Vamos a ir aumentando paulatinamente la esperanza de vida hasta llegar a conseguir curar la vejez. Casi nadie se va a resistir a estos incrementos de la edad. Y en cualquier caso, siempre habrá mucha gente que querrá optar por vivir indefinidamente. La supervivencia está grabada a fuego en nuestro código genético. Es la principal razón de la existencia. No se puede luchar contra eso.

Pero incluso, dentro de la dirección del propio congreso, hubo voces discrepantes, como la del cirujano cardiólogo español Javier Cabo, que vinieron a tachar el transhumanismo (movimiento cultural e intelectual que tiene como objetivo transformar la condición humana y en último lugar superar cualquier limitación física del hombre) de utópico y falto de realismo. Sus charlas, que han sido muy variopintas, han estado enfocadas en criticar a todos aquellos agoreros y vendeburras que pronostican el fin de la muerte y la senescencia.

Javier Cabo, arduo defensor de la tecnología y la lucha contra las enfermedades degenerativas, no cree sin embargo que el hombre vaya a poder erradicar cualquier signo de envejecimiento, y tampoco desea que la tecnología robótica acabe sustituyendo al hombre actual, en todas las áreas de la vida. Incluso, se ha aventurado a decir que, si eso ocurriera, él se opondría fuertemente, con todas sus ganas. Cabría preguntarle de qué modo podría actuar para impedir esa situación hipotética, es decir, cómo conseguiría de forma pacífica que las personas le diesen la espalda a los avances más trascendentales en medicina. Lo que está claro es que, si algún día el hombre consigue mejorar la tecnología y puede prescindir de su antigua carcasa de carne, será habitual ver cómo la mayoría de la gente acaba adoptando esas nuevas mejoras en sus condiciones de vida, independientemente de que esto lleve a la desaparición del ser humano tal y como lo conocemos hoy. Cabría preguntarle a Javier Cabo cómo se va a oponer a este desarrollo tecnológico si, para hacerlo, debe luchar al mismo tiempo contra la elección libre de las personas y la evolución natural de la especie humana.

Pero, dejando de lado todas estas disquisiciones especulativas sobre el futuro de la humanidad, y aviniéndonos en mayor medida con la realidad actual y los datos objetivos de los que disponemos, debemos preguntarnos sobre la posibilidad real que tiene el ser humano de trascender su propio cuerpo y conseguir evolucionar hacia una forma de vida radicalmente distinta. Cada vez que asisto a un congreso relacionado con estos temas, oigo de boca de algún oyente o participante el mismo tipo de admoniciones. La inmortalidad -nos dicen siempre- viola varias leyes de la física y la biología, y por tanto se debe descartar como posibilidad real. Es preciso que analicemos esta afirmación con más profundidad  para ver hasta qué punto está en lo cierto.

Yo soy de la opinión de que no existe a priori ninguna ley en la naturaleza que impida la posibilidad de alcanzar la inmortalidad orgánica, toda vez que no hay ningún principio que niegue la capacidad humana para detectar aquellos mecanismos biológicos que ya están a dia de hoy trabajando para conseguir esto mismo, que determinados cuerpos se mantengan jóvenes una serie de anualidades o por un tiempo indefinido. De los 0 a los 30 años, el organismo de cualquier persona consigue no solo mantenerse joven y saludable sino aumentar progresivamente su nivel de vigor físico. También existen algunas formas más simples de organismos que no envejecen jamás. Por tanto, la cuestión no sería tanto comprobar si la naturaleza se atiene o no a una ley que impida conservar la juventud, como buscar el modo por el cual podamos imitar a esa misma naturaleza. Parece sensato concluir que no existe ningún proceso biológico relacionado con la vejez que incapacite a un sistema complejo para conservar su homeostasis interna de forma indefinida.

Pero seamos un poco más rigurosos. Veamos los límites reales a los que nos enfrentamos. Cualquier búsqueda científica choca siempre con tres tipos de barreras de suyo infranqueables. La ciencia no es todopoderosa. La naturaleza humana es limitada. Y lo que tenemos que ver es si estos límites constituyen algún impedimento que se interponga también entre el hombre y sus ansias de alcanzar la inmortalidad biológica (digo inmortalidad biológica porque la muerte como hecho general siempre va a estar presente, ya sea debido a un accidente irreparable, a la propia voluntad de morir, o a un cataclismo universal; la muerte de la muerte solo es la muerte de la muerte biológica).

La primera barrera al conocimiento viene determinada por los grandes intervalos de tiempo y espacio. Así, es imposible que podamos analizar un suceso que haya ocurrido a una distancia mayor que la propia extensión del universo visible. El universo tiene esa dimensión observable porque nada hay más allá de sus límites que pueda enviarnos una señal que el ojo humano sea capaz de percibir, toda vez que la distancia que entonces nos separaría del objeto en cuestión sería mayor que aquella que puede recorrer la luz en el tiempo que dura la existencia del propio universo. Y como no existe nada que pueda viajar más rápido que la luz, y como tampoco existe más tiempo que aquel que determina la vida de todo el universo, no hay posibilidad alguna de comprobar un fenómeno que se encuentra fuera de esa barrera cósmica.

Una segunda limitación viene determinada, no por las grandes distancias, sino por las muy pequeñas. Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, resulta imposible observar una partícula subatómica sin que los instrumentos de medición, cualquiera que estos sean, produzcan en ella algún tipo de cambio que altere su estado natural. Y como la medición es condición sine quanum para conocer el estado de la partícula, jamás podremos determinar su funcionamiento o su estado objetivo.

Finalmente, existe otra frontera al conocimiento que está a medio camino entre lo muy grande y lo muy pequeño, y que viene determinada en esta ocasión por la complejidad interna que detenta una estructura dada. Cabe la posibilidad de que un sistema ni demasiado grande ni demasiado pequeño, sea sin embargo tan complejo que ni siquiera podamos analizarlo implicando a todas las computadoras del mundo, y poniéndolas a trabajar a jornada completa durante toda la existencia del universo. El conocimiento aumenta de manera exponencial, pero hay que advertir que esta regla no es una ley exclusiva de nuestra forma de progresar. Afecta a muchas cosas. En este caso también existe un incremento exponencial de las relaciones e interacciones que sufren las partículas o elementos de un sistema cualquiera, a medida que añadimos más componentes al mismo. De ahí que no podamos asegurar tampoco el estudio exhaustivo de una red compuesta por un número determinado de elementos. Aunque nuestras capacidades progresan cada vez a mayor velocidad, y se esperan grandes avances en los próximos lustros, es indudable que existen procesos en la naturaleza que exhiben también un incremento exponencial de su grado de complejidad, haciendo imposible su descripción física. Imagínese un sistema de N elementos en el que todos ellos pueden  influir sobre los demás en algún grado, o pueden no hacerlo. Existirán así 2 elevado a N(N-1) diferentes modos o estados del sistema. Con N=20 el número de estados distintos superaría el número de átomos que hay en el universo, haciendo inviable cualquier mapa exhaustivo que pretenda evaluar todas las interacciones. Pues bien, téngase ahora en cuenta que el sistema metabólico que sostiene las funciones vitales de cualquier organismo está formado por una red de relaciones con un valor de N muy superior a 20. Se habrá dado cuenta entonces de lo difícil que es describir ese sistema, y la imposibilidad de abarcarlo todo.

Estos tres impedimentos gnoseológicos que acabamos de ver también constituyen importantes barreras tecnológicas, entre las que está por supuesto aquella que dificulta el acceso al conocimiento que necesitamos para revertir el envejecimiento y alcanzar la inmortalidad. En el ámbito de lo muy grande, es evidente que, si el universo entero colapsase el día de mañana, todos los seres humanos iríamos detrás de él, aunque hubiéramos descubierto hace tiempo el elixir de la eterna juventud. También pasaría lo mismo si colapsasen los átomos que componen dicho universo, por mor de algún cambio en las constantes físicas que determinan las fuerzas que mantienen unidas a las partículas que constituyen los mismos. En ese caso, de nuevo desapareceriamos, y no habría ningún remedio médico al que pudiéramos acogernos. Finalmente, también huelga decir que, aunque consigamos revertir el envejecimiento, podemos sufrir en cualquier momento un accidente grave que destruya para siempre la delicada y compleja estructura que nos mantiene con vida.

El tercero de estos problemas es más o menos subsanable. En el futuro seguramente podremos hacer copias de nosotros mismos y guardarlas en una caja de seguridad. Suena a ciencia ficción, pero no es una posibilidad descabellada. Sin embargo, los otros dos problemas tienen peores visos de solucionarse, por no decir que no tienen ninguno. Tendríamos que controlar las fuerzas que determinan el destino del universo entero, un dominio que se presupone bastante inverosímil. Por consiguiente, la inmortalidad es, en términos absolutos, una quimera imposible. Otra cosa bien  distinta es que consigamos revertir el envejecimiento en el plano de la biología, que es al fin y al cabo lo que se trata de discutir en los simposios y congresos creados a tal efecto.

Algunos aluden a ciertas leyes de la naturaleza que, según ellos, estarían impidiendo también esto último. Pero esas leyes no existen. Así, hay quienes se acogen a la segunda enmienda de la termodinámica para intentar demostrar que nunca podremos detener el envejecimiento. Pero esta apelación lo único que demuestra es la ignorancia en materia de leyes que tienen algunos. La segunda ley de la termodinámica afirma que ningún proceso de la naturaleza puede aumentar el orden general del universo. Pero eso no quiere decir que no pueda haber ordenamientos locales. Si existen sistemas ordenados, tales como los seres vivos, no es porque contravengan las leyes de la termodinámica sino porque se constituyen como sistemas abiertos que consiguen expulsar energía en forma de calor, provocando así un desorden del entorno mayor que el orden local que suponen sus cuerpos (entropía negativa). Por tanto, si conseguimos algún día ser inmortales no será tampoco porque vayamos en contra de la segunda ley de la termodinámica. Y por lo mismo, si no lo conseguimos no será porque nos lo impida la segunda ley. En cualquier caso haremos lo mismo que hemos hecho siempre: desordenar nuestro entorno más de lo que ordenamos nuestra “casa”.

Javier Cabo sin embargo, no se contentó con recurrir a una sola ley. En un momento del congreso empezó a repasar todos los principios en los que se basa la realidad, matemáticos, físicos, cuánticos, para aducir a continuación que nada hay en la ciencia que haga presagiar que vamos a poder erradicar la vejez de nuestra sociedad. No obstante, como hemos dicho, la realidad es exactamente la contraria. No existe ninguna ley que lo prohiba.

El único impedimento que podría mandar al traste nuestros deseos de inmortalidad, es la barrera gnoseológica que hemos descrito más arriba y que aparece frente a nosotros cuando nos damos de bruces contra un sistema excesivamente complejo. Y el problema es que los mecanismos bioquímicos que intervienen en el proceso de envejecimiento, y que debemos desentrañar para revertir la senescencia, se encuentran inmersos en una red de tales características. Sin embargo, también aquí hay motivos suficientes para la esperanza.

El envejecimiento es fruto de un proceso que lleva a los organismos a perder paulatinamente todos sus sistemas de reparación molecular, lo cual hace que vayan perdiendo las capacidades para regenerarse y mantenerse a sí mismos por un tiempo indefinido. Pero estos mecanismos de reparación no son todos los que existen en un organismo. Se reducen a unos cuantos procesos bioquímicos elementales, y por tanto no deberían escapar al control del hombre; no tenemos que lidiar con toda la complejidad del entramado celular. Si encontramos las claves genéticas que permiten al sistema biológico conservar esas reparaciones, como hace habitualmente cuando somos jóvenes, no debería existir ningún problema para apretar las teclas necesarias que inviertan el proceso y nos devuelvan a la juventud.

No estamos hablando de controlar el universo entero, ni tampoco queremos dominar las fuerzas que rigen en el átomo. Nada podremos hacer cuando todo el mundo colapse sobre sí mismo, o cuando se expanda y se diluya tanto que ya ni siquiera pueda mantener unidas a las partículas que componen los núcleos atómicos. De lo que se trata es de controlar los sistemas biológicos de los que estamos hechos. Y dado que podemos reducir la complejidad a unos cuantos mecanismos cruciales, todos los que están implicados en el proceso de reparación celular, resulta lógico pensar que vamos a poder ganarle la batalla a la muerte biológica. Ese día llegará probablemente no tardando mucho, en las próximas décadas. Sin duda se avecinan tiempos apasionantes. Y por primera vez, aquellos que siempre han negado la posibilidad de conseguir algún nuevo logro científico, tendrán la oportunidad de mantenerse vivos y ver lo equivocados que estaban, dando cuenta constante de su craso error.

Termino este artículo volviendo al evento que ha reunido hace unas semanas en Madrid al mayor elenco de expertos mundiales en criónica y técnicas antienvejecimiento. Y para resumirlo, aludiré al panel que lucía el primer día del simposio, durante la primera hora. Allí se reunieron las cuatro principales áreas de experimentación que están hoy en dia dedicadas en cuerpo y alma a combatir a todos los niveles los efectos de la senectud: la bioquímica, la citología, la histología, y la estética. Maria blasco representaba la lucha bioquímica. Sus investigaciones con telómeros y telomerasa están en la vanguardia del mundo. Juan Carlos Izpisúa representaba el frente de ataque de la citología. Sus pruebas con células quiméricas permitirán el día de mañana poder obtener algunas líneas pluripotentes, aptas para ser implantadas. Pedro Guillén aludió a la histología y nos habló de sus trabajos con tejidos de cartílago. Finalmente Ricardo Ruiz, esteticista profesional, nos instó a no olvidar tampoco la apariencia externa. No haríamos bien en descuidar esta faceta de nuestra vida, toda vez que la salud del cuerpo y de la mente está también relacionada con la satisfacción que produce el vernos sanos y jóvenes, y con la posibilidad de sentir al mismo tiempo la aceptación de los demás.

Allí estaba también Aubrey de Grey, dispuesto a contradecir el pesimismo antropológico del doctor Cabo, que había usado anteriormente una escena de La guerra de las galaxias donde se exponía a su protagonista a una congelación radical, tal vez con la intención de sugerir que la criónica sólo es posible en las películas de ciencia ficción. En su réplica, De Grey quiso afear el gesto del doctor recordándole lo inapropiado de utilizar ese pase cinematográfico, y también su mala disposición a aceptar una posibilidad científica que abre muchos interrogantes debido precisamente a que no contraviene ningún principio fundamental de la naturaleza.

Sin duda, no existen mejores representantes de la ciencia en todo el mundo que los asistentes al primer congreso internacional de longevidad y criopreservación. Nadie puede decir que no estén realizando una investigación seria y prometedora. Lógicamente, todavía no hay ninguna evidencia constatable. Pero eso no puede tirar por tierra todas las aplicaciones que se abren con estos nuevos campos. Y tampoco dice nada acerca de la posibilidad de éxito futuro. Ninguna teoría científica está constatada hasta que se prueba la verdad. Por el contrario, todas pasan por un periodo de incertidumbre en el que solo son meras hipótesis de trabajo. Pero eso no las descarta como proposiciones científicas. La especulación es el primer paso coyuntural que debe dar cualquier teoría racional. Negar esa especulación o esa posibilidad, como vino a hacer el Doctor Cabo al intentar mostrarnos lo que se entiende por evidencias científicas, es no comprender la naturaleza real del conocimiento humano o el mecanismo gnoseológico que opera en todo descubrimiento. El fin de la muerte biológica es una posibilidad cada vez más cercana. Y haríamos mal en ningunear esta realidad o en pretender cambiarla. No se puede luchar contra la propia evolución. El progreso es una fuerza imparable. La vida siempre acaba abriéndose camino.

En el pasado, los hombres se veían abocados a la muerte convencidos de que su cuerpo acabaría degradándose hasta el punto de convertirse en una osamenta más o menos reconocible. La única esperanza que albergaban era que sus familiares y amigos tuvieran la delicadeza de amortajarles con la mejor de las disposiciones, y les dedicasen una última oración antes de enterrarlos bajo tierra. Afortunadamente, hoy existe una alternativa bastante más halagüeña. Una opción que es incluso mejor que ese aquelarre de destrucción que ahora tanto le gusta a la gente: la cremación. Podemos quedar congelados en tinajas de acero inoxidable, a la espera de ser reanimados en algún momento del futuro. Hace unos años no me habría importado que mi familia me hubiera quemado hasta que solo quedasen unas cuantas cenizas negras, o que hubieran arrojado mi cadáver a una jauría de perros hambrientos que seguro habrían dado buena cuenta de él. Pero ahora soy más conservador. Abrigo la posibilidad de vivir miles de años. Quiero mantenerme. No quiero cerrar ninguna puerta. Prefiero incluso que me devoren los gusanos lentamente antes que esfumarme de golpe, en unos pocos minutos, por efecto del fuego. ¡Cuanto más quede de mi, mucho  mejor!

No obstante, el objetivo final siempre será vencer a la muerte y alcanzar el elixir de la eterna juventud. La gerontología es la ciencia que se dedica a estudiar los principales aspectos del envejecimiento. Su campo de acción aborda todas las dimensiones de la vejez (psicológicas, económicas, culturales, etc…). Pero a nosotros solo nos importa la rama de la medicina especializada en investigar y atender las enfermedades y los procesos que están asociados con el paso de los años. Intuimos que existen fuertes razones para creer que esta deriva se puede revertir.

La naturaleza nos demuestra una y otra vez que podemos ser optimistas. La conservación de la juventud no es una quimera imposible, ni siquiera es algo de lo que no tengamos ninguna evidencia. Existen innumerables casos en la naturaleza que lo demuestran. Hay eventos naturales que atestiguan que la muerte no es condición necesaria para la vida. La única condición sería la propia vida, nunca la muerte.

Hace ya varias décadas que Richard Dawkins se refería a los genes utilizando un sobrenombre bastante evocador y novedoso por aquella época. Los llamaba espirales inmortales, y no se equivocaba. No nos debe dar miedo utilizar ese sobrenombre, con toda la literalidad de la que seamos capaces. La inmortalidad no es otra cosa que la conservación de una disposición estructural en un orden determinado, durante un tiempo indefinido. Al fin y al cabo, somos lo que somos porque estamos hechos de unas estructuras atómicas colocadas de cierta forma. Y la función de los genes ha sido precisamente esa: mantener esa posición inalterable, pasar a la siguiente generación, cambiar a lo sumo alguna letra o palabra del código, pero manteniendo en general el mismo mensaje. Por tanto, ya hace mucho que las moléculas alcanzaron la inmortalidad. La vida y la evolución biológica deben su existencia a ese hecho crucial.

Pero no solo las moléculas han conseguido vivir eternamente. En nuestro organismo existen millones de células y órganos enteros que son virtualmente inmortales, ya que tienen la capacidad de regenerarse, pudiendo renovarse constantemente, sin apreciar síntomas de fatiga. El hígado es el caso más típico. El reverso tenebroso de esa facultad hepática es el tumor maligno. Las células del cáncer también han alcanzado la inmortalidad, y, al igual que la vida, existen sólo gracias a esa fabulosa capacidad de proliferar.

Pero aquí no queda la cosa. Todavía resulta más asombroso constatar que hay algunos organismos que no envejecen jamás, a los que les crece otra vez cualquier parte amputada del cuerpo, o que se escinden en dos individuos completamente sanos y aptos para la vida, repitiendo dicho proceso de manera indefinida, tantas veces como sea necesario, igual que hace la célula tumoral antes y después de asaltar los bastiones del tejido sano. Existen incluso algunas medusas que son capaces de rejuvenecer, volviendo una y otra vez al estado larvario.

A pesar de todo, hay que reconocer que estos superorganismos son formas de vida bastante simples. No obstante, no existe ninguna ley natural que prohíba que otros seres o especies más complejas puedan hacer lo mismo. El día que la tecnología consiga curar el envejecimiento en los humanos, ese día nos habrá tocado a nosotros ser inmortales. Y no representará en términos generales ninguna novedad. Simplemente, constituirá un paso más en la evolución de la vida, un acontecimiento que, aunque se ponga de manifiesto en distinto grado, según el momento histórico, entraña siempre una misma eidética, una referencia a los principios más básicos de la naturaleza, a la supervivencia de las cosas. Sin duda, han sido esos principios los que han puesto en marcha la propia evolución y proliferación de la vida, y los que permitieron que los primeros seres vivos pudieran reproducirse y sobrevivir en tales condiciones. Y serán también los que determinen nuestro futuro y nuestro destino. Las células germinales ya han alcanzado la inmortalidad; no cesan de dividirse. Gracias a ello estamos aquí. Ahora solo resta que lo consigan también las células somáticas (nuestros cuerpos).

La inmortalidad no es un problema irresoluble. Antes bien, es una condición de la naturaleza y de la vida, y solo es cuestión de tiempo que se manifieste también en nosotros. Únicamente, tendremos que dar con las herramientas médicas que permitan revertir el proceso del envejecimiento. La vejez es un desarrollo degenerativo que se opone totalmente al hecho mismo de vivir, a la propiedad más básica de la existencia: la permanencia, y al prurito que resulta de todo ello: la imperiosa necesidad de  conservarse. Por tanto, dicha vejez no es condición de nada, antes bien, es un lastre y un residuo del pasado, que seguro nos vamos a sacudir en el futuro.

En cierta medida, ya somos seres inmortales. El mejor epitafio que hoy podemos escribir está grabado a fuego en el muro de Facebook. Somos la primera generación que habrá dejado un rastro indeleble de datos, vivencias y deseos, impresos en la nube. Hasta ahora, la mayoría de gente moría en la más absoluta de las ignorancias. Nadie daba cuenta de ellos, y nadie sabrá jamás cuales fueron sus historias personales. Todas esas vidas se han perdido para siempre, haciendo buena la frase que pronunciaba el replicante Roy Batty en el monólogo que pone punto final a la película Blade Runner: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Pero nosotros no moriremos. Hoy ya podemos asegurar que somos inmortales, y que perviviremos en las opiniones y los escritos que recorren las redes sociales, gracias a la tecnología electrónica. Algún día, más pronto que tarde, esas técnicas que hoy son capaces de grabar nuestras ideas en un disco duro, conseguirán también conservar toda la información de la mente. Ese día, los hombres habremos logrado finalmente alcanzar la fuente de la que mana el elixir de la eterna juventud, esa con la que soñaron tantos exploradores y colonos de antaño, y que, paradójicamente, llevó a muchos de ellos a arriesgar su vida y morir olvidados por todos, muy lejos de casa, en algún lugar apartado de la selva. A nosotros no nos pasará lo mismo. Somos exploradores más avezados, nos ampara la veteranía; llevamos más tiempo buscando. Conseguiremos nuestro objetivo. Estamos tocados por el destino.

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Entrevista: ciencia y filosofía, ¿qué son?, ¿cómo se clasifican?, ¿a dónde nos llevan?

Entrevista para LVX DE LIBERTAD, en la que me preguntaron sobre mi idea de ciencia y filosofía, y sobre la participación de ambas en la aventura del conocimiento y el progreso humano. Agradezco a Pedro Paniagua la invitación que me hizo y el trato que me dispensó.

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Ignacio Echevarría: oda de homenaje a un héroe caído en combate

Estos últimos días hemos asistido a una nueva masacre de los extremistas islámicos. Entre las víctimas se encontraba un muchacho español, Ignacio Echevarría, que, pertrechado con un simple patinete, la emprendió a golpes con los carniceros que estaban acuchillando a una mujer en el puente de Londres. La muerte de Ignacio a manos de los islamistas pone sobre la mesa, otra vez, el principal problema que está en el origen de todas estas olas de atentados indiscriminados, que no es otro que la posición que adoptamos los occidentales ante tales situaciones, nuestra complacencia, nuestra ignorancia, nuestro relativismo.

Aquí se juntan muchas cualidades. La cobardía es una de ellas. Pero yo creo que por encima de todas destaca la estupidez y la ignorancia. Muchos han alabado la acción de Ignacio. Pero muchos otros la critican, dicen que se sacrificó inútilmente, que fue en contra de su propia condición de ser humano, o de la ley natural de la supervivencia. Hay todo un batiburrillo de explicaciones pseudointelectuales de personas aburridas y acémilas estúpidas que infestan las redes sociales, incapaces de entender la psicología evolutiva, la genética, la historia y la naturaleza humana, íntimamente unidas a la empatía, la solidaridad, la unión, las neuronas espejo, la especiación biológica y tantas otras virtudes y mecanismos de la vida, que son la base de la sociedad, la civilización, la evolución y el respeto mutuo.

La mayoría de objetivistas randianos, humanistas obsesivos, y mucha gente normal, no termina de entender bien la relación natural que existe entre el egoísmo y el altruismo. Los que más presumen de conocer el principio del egoísmo son los más ignorantes al respecto. El altruismo es una forma de egoísmo y eso es lo que quería decir Ayn Rand. Somos individuos que vivimos y nos beneficiamos de la sociedad colectiva. Por tanto la acción de ayudar a los demás es una actitud egoísta y un impulso innato y adaptativo que en último término y en lo general nos beneficia a nosotros como seres egoístas. Y eso es todo. La muerte de Ignacio es el típico acto egoísta de un individuo gregario, una actitud que ha hecho el mundo, y que está en la base de todo el progreso civilizatorio.

¡Ánimo Ignacio! Los enemigos cabalgan dentro y fuera de las murallas. Tu has sido víctima de ambos dos, de los islamistas iracundos y de los occidentales imbéciles e imberbes, de la inteligencia maléfica y de la estupidez bonachona y bien pensante. Por eso eres un héroe por partida doble. Descansa en paz. La verdad siempre estará de tu lado. Esa jamás la podrá vilipendiar ninguno de tus enemigos. Descansa. Te lo mereces. Has hecho más en un segundo de lo que han hecho todos los políticos y todos sus palmeros en el último siglo de imbecilidad histórica.

 

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Populismo liberal: Revilla (¡que maravilla!) y los chicos musculados de la Alt Right

Dice Miguel Ángel Revilla, en una especie de entrevista para El Español, que toda la culpa del yihadismo se la debemos a la foto de las Azores, esa en la que sale Aznar luciendo nuevos amigos. ¡Menudo análisis sesudo¡ Se conoce que el entrevistado es un experto geopolítico de primera línea. ¡Ya quisieran muchos! Todos los días, miles de yihadistas se levantan de la cama pensando en los españoles, con la cara de Aznar en la cabeza, dispuestos a inmolarse en una plaza pública, muriendo y matando, todo porque un día el presidente de España decidió parar los pies al sátrapa de Irak Saddam Hussein.

En general, todas las reflexiones que suele hacer para los medios este economista y político cántabro son del mismo estilo, así de simplistas. Pero la gente le adora. El auditorio se llena cada vez que decide hablar para el público. Y el periodista se pregunta: “Aún no se ha descubierto la fórmula Revilla, esa que lo hace ir varias noches por semana a las televisiones y subir la audiencia ostensiblemente. La misma que crea colas en la Feria del Libro de Madrid para firmar su última publicación: Ser feliz no es caro. Quizá en esa fórmula esté el componente de la naturalidad, quizá el del populismo.”

Revilla es un personaje paradigmático, un ejemplo típico de cómo se puede movilizar el pensamiento general a base de frases vacías y afirmaciones huecas. Leyendo a este pensador “universal”, no sé por qué me he acordado también de aquellos amigos liberales de la derecha alternativa que un día creyeron ver en esas movilizaciones colectivas la solución perfecta a todos sus fracasos como divulgadores del liberalismo.

La derecha alternativa es un conjunto de ideologías de origen estadounidense bastante heterogéneo. Por eso resulta imposible posicionarse a favor o en contra de todo el movimiento. Pero hay una cualidad que la define y que despoja a sus seguidores de toda razón: su populismo recalcitrante.

Uno de los mantras básicos de la Alt Right es la defensa a ultranza que hacen sus adeptos de todo lo que tenga que ver con el pueblo, y el rechazo unánime de todo lo que huela a élite o a poder. Pues bien, soy incapaz de comprar ese nuevo mensaje, toda vez que el pueblo es, la mayoría de las veces, sinónimo de ignorancia y de zafiedad. El pueblo no es nada. A menudo es ejemplo de los peores valores. Son las ideas las que tienen o no algún valor. Es más, muchas élites están ahí precisamente porque tienen un respaldo masivo del pueblo llano, con independencia de que luego adquieran vida propia y cometan más fechorías de las que en principio se les podría presuponer. Entiendo que la apelación al pueblo moviliza grandes masas, tiene mucho músculo y llega a ser una posición bastante más práctica que la de apoyar a las elites de la verdad o la sabiduría. Pero siempre nos hallamos en una encrucijada, y hay que elegir. O nos quedamos del lado de la verdad, o nos pasamos con los chicos duros y musculosos de la Alt Right y de las masas. O Galileo o el geocentrismo. No queda otra. Yo solo puedo escoger lo primero, a despecho de que acabe más solo que la una. Es una cuestión de honestidad personal e integridad intelectual.

Tal vez mis amigos liberales de la Alt Right me puedan explicar algun día por qué decidieron de repente abrazar el populismo, a pesar de haber visitado los mayores paraninfos de la filosofía y el conocimiento general, después de rechazar ese ritual masivo que reproduce el socialismo con cada nueva manifestación, después de saber de primera mano lo difícil que resulta enajenarse de la creencia mayoritaria y pensar con un poco de lógica e independencia. No obstante, ellos saben que les deseo lo mejor. No pretendo compararles con los marxistas. No voy a caer en ese tipo de equiparaciones estúpidas. Su causa es exactamente la opuesta. Pero sus medios se parecen en algunos aspectos. Por eso no puedo seguirles.

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Sociobiología: una aproximación desde la escuela austriaca (charla)

La Sociobiología y la escuela austriaca (minuto 31): una fundamentación biológica de la economía y la producción. Fundación Rafael del Pino. Congreso de economía austriaca.


TABLA

Para llevar a cabo un estudio comparativo suficientemente amplio, utilicé una tabla de dos entradas, una superior para los dos hechos fundamentales, y otra lateral para los cinco elementos que participan en la producción de bienes. Dentro de dicha tabla pude encajar las principales teorías económicas que se deben abordar en cualquier estudio general de economía. Por un lado, consideré los dos determinantes básicos de la realidad: el axioma de la acción y el axioma de la individuación. Y por el otro los cinco elementos esenciales que participan en el proceso productivo. Al cruzar esos dos determinantes con los cinco elementos, obtuve las diez teorías más importantes de la economía, el núcleo proteico de cualquier estudio programático de la producción y el consumo de bienes y servicios.

Acción Individuación
Productor Teoría de la eficiencia dinámica Teoría de la división del trabajo
Sustrato Teoría del capital Teoría del rendimiento decreciente
Consumidor Teoría de costes Teoría de la determinación de precios
Medio Teoría de las instituciones Teoría monetaria
Otros productores Teoría de la competencia Teoría del monopolio

 

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El sistema inmunológico, el problema del Islam y las tres barreras naturales

Un organismo biológico evolucionado presenta hasta tres barreras principales de entrada, que le protegen de las agresiones externas y le permiten conservar su homeostasis y su equilibrio interno. Una primera línea de defensa mecánica constituida por distintos tegumentos y mucosas, y que en los mamíferos denominamos piel. Una segunda barrera que constituye el sistema químico inmunitario. Y una tercera frontera formada por todas las membranas que protegen la información genética y que dan consistencia y cobertura a las células que albergan dicha información.

A su vez, cada uno de estos bastiones pueden dividirse también en tres empalizadas distintas que evitan en mayor o menor medida la entrada de patógenos en el organismo. La piel está constituida por una epidermis queratinizada, una dermis conjuntiva y una hipodermis adiposa. El sistema inmunitario protege los organismos de las infecciones con tres líneas de defensa de especificidad creciente: la inflamación y la fiebre, la inmunidad innata y la inmunidad adquirida. Y el sistema citológico (celular) cuenta también con hasta tres barreras de entrada: dos membranas en las células animales a las que se añade una pared celular cuando el organismo es un vegetal.

La piel es un bastión prácticamente inexpugnable, el mayor órgano del cuerpo, una barrera protectora que aísla al organismo del medio que lo rodea. Miles de millones de bacterias beneficiosas colonizan la superficie de esta fortificación y ejercen como soldados solícitos, impidiendo que otros bacilos dañinos invadan esas regiones y produzcan infección.

El sistema inmunitario tiene toda una batería de respuestas químicas (sistema del complemento) y celulares que, bien de manera innata (leucocitos), bien de forma adquirida (linfocitos), atacan y neutralizan de inmediato cualquier agente que se introduzca en el torrente sanguíneo o en las zonas intersticiales del cuerpo.

Las células de nuestro organismo también están repletas de mecanismos para expulsar las toxinas y demorar la entrada de virus y demás agentes infecciosos. Antes de llegar al núcleo celular, estos agentes deben atravesar una membrana externa y otra interna. Y en el caso de los vegetales también deben superar una rígida pared celular constituida por fibrillas de celulosa perfectamente entretejidas.

Todo el cuerpo es una barrera detrás de otra. Pero en estas, llega el liberal hodierno a la evolución y reduce todas sus explicaciones sobre inmigración a una política de fronteras abiertas. Si alguien no tiene claro cuál va a ser el desenlace que trae aparejada ésta falta de estrategias, es que no sabe nada de biología.

Debemos estar atentos a cualquier negligencia que se pueda cometer en relación con los derechos humanos y en materia de libertades. Y atacar sin escrúpulos, como hacen los linfocitos, de manera específica. Por ejemplo, la indumentaria que porta la mujer musulmana no es solamente una moda ingenua o una costumbre religiosa. Tiene detrás toda una significación totalitaria. Me da igual que la dueña acepte con devoción vestirse con esa prenda opresiva. La cuestión de fondo es que la sociedad en la que se ha criado no acepta que ella se vista de otra manera, y desde pequeña la educa y la adoctrina para que prefiera tamaña sumisión.

Cuando permitimos que la sociedad se llene de familias que tienen entre sus más altos principios obligar a los demás y obligarse a sí mismas a llevar ciertas prendas y comportarse de determinada manera, que no nos extrañe luego que esa sociedad libre que tanto nos ha costado construir empiece a resquebrajarse.

Denunciar esta invasión no es sinónimo de racismo. A mi me importa un bledo la raza de una persona, siempre y cuando sea una criatura completamente libre, llena de posibilidades. Pero seguiré señalando y denunciando cualquier raza o cultura que acepte mayoritariamente la imposición voluntaria o involuntaria de una determinada actitud. Y también a todos aquellos occidentales, pazguatos permisivos, que no se dan cuenta del peligro al que nos someten a los demás con su excesiva transigencia.

Decía un amigo mío una vez que el jamón es el control de paso fronterizo más barato y efectivo del mundo. Te lo comes, pasas. No te lo comes, pues no pasas. Con esto nos evitaríamos muchos radicalismos islámicos. Por supuesto esta propuesta tiene un aire jocoso bastante irreal. Pero entraña una verdad como un puño. Hay que cerrar las fronteras al fanatismo o abrirlas para expulsar a los radicales. Hay que detectar a los fanáticos analizando comportamientos familiares y tradiciones indignas de una sociedad libre. Muchos se entretienen en detectar lo que denominan micromachismos sociales, pero no quieren percatarse del verdadero machismo inserto en la mayoría de familias musulmanas. Hoy Europa se ha convertido en una enorme piruleta roja. Todos corean canciones de amor. Pero nadie propone medidas de excepción contra el fanatismo. Solo amor. Mañana volverán a morir asesinados. Muchos serán niños, jóvenes, inocentes.

La libertad debe protegerse con hasta tres barreras distintas: jurídicas, legislativas y ejecutivas. Estos tres poderes serían semejantes a los tres tipos de barreras que parece que siempre utiliza la naturaleza para blindarse de todas las agresiones externas. Sin estos mecanismos de protección no hay ser vivo que sobreviva. Y tampoco se puede constituir ninguna sociedad libre. Metanselo en la cabeza todos aquellos liberales puristas que creen que la emancipación del individuo consiste tan solo en ir incrementando la libertad indefinidamente, abogando por la desnaturalización paulatina del ejército, o el levantamiento de toda frontera. Nadie duda que el liberalismo se basa en la libertad de movimiento de capitales, personas y bienes. Pero cuando lo que se mueven son agentes patógenos indeseables, resulta indispensable establecer un cordón sanitario de varias capas, y una unidad territorial infranqueable. La integridad territorial de una nación es un monopolio natural que hay que cuidar de forma unívoca y unilateral, con barreras comunes y con toda la determinación que sea posible. No existen varios territorios en competencia. Existe solo una nación amenazada, un organismo a proteger, un enemigo común (el totalitarismo) y una única forma de libertad (la libertad individual).

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La filosofía de Daniel Dennet

“En primer lugar hay que aclarar que no existe la ciencia libre de filosofía. Hay ciencia en la que no te tomas la molestia de examinar tus presupuestos filosóficos, y ciencia en la que sí lo haces. Pero siempre hay presupuestos filosóficos” (Daniel Dennet; Boston, Massachusetts; 28 de marzo de 1942)

Uno de los vicios más recurrentes que se pueden atribuir al hombre es esa manía sempiterna que le lleva a abrazar constantemente alguna forma inverosímil de maniqueísmo. La mitad de las disputas que tienen lugar entre los seres humanos encuentran su origen en alguna postura relacionada con este hábito generalizado. El maniqueísmo es el origen de un buen número de facciones y, por ende, también de todos los enfrentamientos que surgen con motivo de éstas.

La falta de entendimiento proviene siempre por dos vías principales. O bien las visiones resultan completamente irreconciliables, o bien son los propios protagonistas de dichas imágenes los que extreman tanto sus puntos de vista que no alcanzan a discernir la complementariedad que entrañan tales posturas. Este segundo caso es lo que conocemos comúnmente como maniqueísmo.

Maniqueos son aquellos que no admiten la complementariedad del sujeto y el objeto, aquellos que solo dan crédito al individuo o al colectivo, los que niegan la realidad del Estado, o esos otros que pasan por encima de la libertad individual y la propiedad privada. Maniqueos son todos los que renuncian a legislar sus derechos fundamentales (la Taxis), o los que dicen que los principios legales no tienen ningún fundamento natural (el Cosmos). Maniqueos son los que rechazan lo universal en favor de lo particular (nominalistas), o lo particular en favor de lo universal (totalitarios). Maniqueos también son todos aquellos que desconocen la relación que existe entre la ciencia y la filosofía, los que no comprenden, o no quieren comprender, que el conocimiento humano tiene siempre dos vías de entrada, desde lo muy general (apodíctica) o desde lo muy particular (experimental), todos los que no admiten la posibilidad de contemplar dos propiedades naturales, unas contingentes (posibles) y otras necesarias (seguras), todos los que no diferencian dos categorías gnoseológicas insustituibles, el apriorismo y el aposteriorismo, el racionalismo y el empirismo. En definitiva, maniqueos son todos aquellos pensadores hemipléjicos que no alcanzan a ver la dicotomía esencial que constituye el mimbre de toda la realidad, que obedece por tanto a una dualidad también ontológica, y que da lugar necesariamente al dualismo metodológico que cristaliza con la ciencia y la filosofía, y que ha estado vigente a lo largo de toda la historia, desde que el ser humano adoptase la razón como única guía de su vida y sus pensamientos, con los jónicos (primeros científicos) y los itálicos (primeros filósofos), allá por el siglo VI a. C.

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La cruzada contra Jordi Cruz: los mismos energúmenos de siempre

Estos días se ha levantado una polvareda gigantesca en las redes sociales al socaire de unas declaraciones realizadas por Jordi Cruz, afamado y premiado cocinero español, en las que éste venía a reconocer que su restaurante daba cabida a una serie de trabajadores (becarios) a los que no remuneraba económicamente, sino con horas de placer intelectual y oportunidades de futuro. Entonces, una marabunta de analfabetos, ha empezado a criticar esa forma concreta de negocio. Los mismos que otras veces denuncian con inquina que la sociedad se mueva solo por dinero, dejando de lado otros sentimientos y motivaciones más intangibles, ahora, curiosamente, solo contemplan una única forma de trabajo, aquella que está pagada con eso que ellos llaman el vil dinero.

O sea, que para ellos sólo existe la remuneración económica inmediata. No puede haber alguien que quiera trabajar por placer, o para granjearse un currículo que le permita en el futuro ganar muchos más emolumentos. ¿Quien es aquí el esclavista? El que impide a los demás decidir cómo les tienen que pagar, o el que ofrece esas opciones a personas que no podrían alcanzar sus sueños de no ser por estas oportunidades. Curiosa esclavitud esa que impera hoy en día en todas las relaciones humanas y que se basa en las decisiones voluntarias que adoptan todas las partes, en la posibilidad de rescindir el acuerdo cuando alguna de ellas así lo determine, y en la satisfacción y oportunidades que genera esa relación.

Yo trabajé un año en la universidad pública española, investigando en el departamento de bioquímica, sin obtener remuneración económica alguna. No cambiaría aquel año por nada del mundo. Nadie vino a solicitar mis servicios. Yo personalmente me encargué de pedir esa plaza y ofrecerme como trabajador voluntario, porque en aquel momento no había otra cosa en el planeta que quisiera hacer, y hasta habría pagado porque me hubiesen dejado investigar con los mejores maestros. Pero seguro que los verdugos y los analfabetos que han linchado en las redes a Jordi Cruz también me habrían impedido disfrutar de ese goce intelectual y académico, si hubieran sabido que estaba siendo “esclavizado” por mis profesores.

Creo que ahora la nueva iniciativa de los verdugos de Jordi Cruz consiste en prohibir también el voluntariado. Dicen que las personas que ayudan a los demás sin cobrar un solo duro están siendo esclavizadas por las ONGs. Les deseo todo el éxito del mundo en su nueva cruzada. Ya sabemos lo necesario que es liberar al ser humano de las cadenas neoliberales que le oprimen los tobillos y le impiden caminar. Hay que exigir a Jordi Cruz que no contrate en sus fogones a más esclavos. Mejor que se queden en casa, mirando para las alpabardas, aprendiendo de vez en cuando alguna receta casera de su adorable abuela.

Esclavitud: relación violenta en la que el propietario compra la totalidad de los servicios futuros del trabajador al precio que él mismo determina.     

Lo que Jordi Cruz hace en sus fogones con todos sus empleados: relación voluntaria en la que el propietario compra los servicios del trabajador durante un cierto periodo de tiempo al precio que ambos pactan.

Si no ves la diferencia, puede que tu también seas un pequeño tirano en potencia.

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Los errores de interpretación del evolucionismo en el ámbito de la escuela austriaca

La evolución biológica es un proceso de variación basado en el cambio continuo y la adaptación paulatina a un entorno que también está en permanente transformación. Por consiguiente, solo puede operar a través de un mecanismo basado en la prueba y el error. Pero eso no quiere decir que todo en ella sea cambio. Las condiciones básicas de existencia que son necesarias para poner en marcha todo ese proceso de prueba y error no pueden estar a su vez sometidas a tales alteraciones. La obligación de cualquier investigador es determinar cómo y por qué se modifican los organismos con el paso del tiempo. Pero también debe saber cuáles son los cimientos que sostienen todo el proceso de cambio. Por ejemplo, un prerrequisito fundamental para que la evolución biológica se ponga en marcha es que los individuos sean capaces de sufrir esos cambios, conservarlos en su acervo genético, y transmitirlos a la siguiente generación. Y esto solo se consigue si las formaciones físicas en cuestión tienen la capacidad de replicarse o reproducirse, manteniendo la información de la que son depositarios en las diversas copias que surgen de dicha multiplicación, y permitiendo a la vez cierto margen para el cambio y las nuevas pruebas (a través de las mutaciones puntuales). Es decir, cualquier tipo de evolución compleja en la que podamos pensar (biológica o cultural) exige la aparición de unas estructuras con capacidad para replicarse. De esta manera, si acudimos a tales condiciones, podemos extraer o describir algunas cualidades del proceso que nos permiten postular y defender ciertos principios seguros, sin los cuales no podríamos hablar de ningún proceso evolutivo, ni éste se llegaría a ejecutar en ningún caso. Por tanto, también resulta absurdo pensar que dichos condicionantes van a cambiar como consecuencia de ese mismo proceso. Las bases esenciales del mecanismo de cambio no pueden alterarse ni someterse a cuestionamiento alguno. Cualquier intento en ese sentido resulta completamente absurdo.

Los axiomas son principios existenciales, absolutos y seguros, y lo son precisamente porque condicionan y determinan toda la existencia (en este caso la replicación condiciona toda la existencia mínimamente compleja). Cualquier cualidad que sea necesaria para que existan las cosas, deberá ser tomada como segura y elevada a la categoría de principio irrefutable. Y no podrá ser puesto en duda en ningún caso, ni pretender que solo vamos a poder afirmarlo cuando usemos la empírea para demostrarlo o cuando el propio sistema de prueba y error lo ponga de manifiesto. Muy al contrario, debemos tomarlo como principio seguro, apriorístico, e invariable.

Algunos economistas de la escuela austriaca (como César Martínez Meseguer) desean enfatizar tanto el mecanismo de prueba y error que llegan a decir que no podemos realizar ninguna afirmación segura, confundiendo el hecho importante de los cambios físicos con los condicionantes últimos que determinan todas esas variaciones. Resulta paradójico que sean los propios evolucionistas austriacos los que menos entienden la esencia de la evolución. Quieren creer tanto en la variación y el cambio, que se olvidan de que ésta se basa a su vez en algunos principios o condiciones de posibilidad completamente necesarios, invariables, observables y conocibles.

Algunos también afirman que el hombre no debe intervenir en esa evolución, como si los resultados de la misma ya fueran suficiente demostración de verosimilitud. Le arrebatan al hombre la posibilidad de participar en esas transformaciones a través de su regulación, como si esto no fuera necesario para mejorar la vida (para eso ya ésta la evolución). Este tipo de evolucionismo conduce a ciertos austriacos a abrazar el anarquismo de mercado, en la esperanza de que las reglas naturales de la selección (el orden espontáneo) les llevarán siempre y en todo momento por el mejor camino posible.

Estas dos apreciaciones del evolucionismo (el evolucionismo hayekiano radical , y el anarquismo rothbardiano) son dos posturas ciertamente sesgadas. Ambas se niegan a apreciar una parte importante de la realidad. En unos casos, los hayekianos, obvian lo que los griegos llamaban el Cosmos (las leyes naturales absolutas). En otros, los rothbardianos, ningunean la capacidad humana para ordenar la sociedad en base a esos mismos principios (la Taxis). Así las cosas, para remediar estas fallas, es vital que entendamos la naturaleza como un sistema determinado siempre por algunos condicionantes de necesario cumplimiento, que son además fácilmente observables y entendibles (axiomatizados), y que también se pueden articular a través de una normativa sencilla de fácil aplicación (Estado mínimo). Los evolucionistas hayekianos radicales y los anarquistas rothbardianos no tienen razón sencillamente porque no quieren entender todos los aspectos de la realidad (objetivos y subjetivos). No consideran en su ecuación todas las vertientes o dimensiones de la epistemología y la naturaleza. Con ello, dan la espalda a una parte fundamental del conocimiento, se niegan a admitir ciertas verdades seguras, obvian los elementos básicos de todo proceso natural (evolucionistas hayekianos). Y también obvian la capacidad humana para articular un sistema artificial de leyes generales que garanticen tales fundamentos (anarquistas rothbardianos).

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Darwinismo social: el verdadero y el falso

Quiero inaugurar este artículo usando la misma reflexión que emplearé en último caso para terminarlo: me voy a remitir a las conclusiones. De ese modo, el lector sabrá qué le espera en lo sucesivo, y a qué debe atenerse, si es que toma la decisión de seguir leyendo. El darwinismo social es un concepto muy ambiguo y polémico, y no me gustaría que nadie empezase este texto (o que lo dejase) cargando con toda la mochila de prejuicios y escrúpulos que a buen seguro habrán intentado colgarle a las espaldas. Por tanto, considero que es necesario incluir ahora una aclaración o acotación previa, a pesar de que volvamos a insistir en las mismas ideas a lo largo de todo el opúsculo.

Habitualmente, creemos que el darwinismo tiene una aplicación social que conlleva irremediablemente una visión imperialista del mundo, que conduce directamente a la matanza de millones de seres humanos, bajo la excusa de la inferioridad racial de una determinada parte de la población. Pero esto es completamente incierto. El darwinismo social será una teoría política correcta en la medida en que adopte un enfoque evolutivo aceptable, y sólo fallará cuando tergiverse las ideas que expuso Darwin en su teoría sobre el origen de las especies. Y es precisamente esa certitud inerradicable de la teoría la única cosa que me gustaría resaltar aquí.

La síntesis neodarwiniana ha venido a decir, entre otras cosas, que la selección natural opera a distintos niveles. Es una selección multinivel que se puede aplicar de igual modo a los genes, las poblaciones o las especies. En este sentido, resulta particularmente interesante comprobar que la escuela austriaca de economía (máxima representante actual del liberalismo clásico) tiene una teoría social basada también en tres niveles principales: la acción humana (praxeología), el intercambio económico (cataláctica), y los órdenes espontáneos. Por consiguiente, lo que voy a intentar defender a continuación es que el darwinismo social feten, aquel cuya aplicación conlleva una adopción adecuada, sólo puede resultar de esa combinación de factores que aúna por un lado la comprensión correcta de la selección natural, y por el otro la visión social que auspician los principios económicos de la escuela austriaca.

El darwinismo social es una teoría política que propugna la utilización de las leyes naturales que describen la evolución biológica y la selección natural (propuestas por Charles Darwin) para aplicarlas al ámbito de las instituciones humanas. Su demostración está basada en el concepto de supervivencia del más apto, concebido como mecanismo de evolución social, y en la creencia de que la selección natural puede ser estudiada y usada para mejorar la sociedad o la raza humana. Para ello solamente debemos insistir en la importancia que adquiere la competición por los recursos naturales entre las distintas entidades que forman una comunidad política, ya sean éstas individuos o colectivos (clanes, civilizaciones, etc…), y en la preeminencia indiscutible de aquellos grupos que resulten victoriosos en esa contienda. El  darwinista social no aspira a conocer cómo se ha logrado esa victoria, ni cuáles son los principios por los que se rige el ganador. Da por hecho que aquellos que consiguen vencer son siempre los mejores, en todos los sentidos, da igual las artimañas o estrategias que hayan utilizado para acceder al poder. El darwinista social considera que la sociedad se refuerza y perfecciona cuando los vencedores obtienen el dominio por el que han estado luchando todo el tiempo, e importa mucho menos qué quieran hacer con ese poder.

Pero todas estas ideas suelen llevar a pensar que la competencia favorece siempre a la raza más fuerte, o que la lucha tiene que llevar necesariamente a la desaparición de una de las partes en litigio, asesinada o destruida a manos de la otra facción. Estas interpretaciones justifican casi cualquier acción que cometan los hombres. Por ejemplo, se defiende la eugenesia como aquella medida legítima que es necesario aplicar para “depurar” o “mejorar” la especie humana. O se justifica el dominio de una determinada clase social apelando exclusivamente a sus habilidades maquiavélicas (monarquía), su beligerancia (feudalismo), o su mayor número (marxismo).

En estos casos, la competencia se suele entender como una lucha intestina entre varios colectivos sociales, y cada uno de nosotros tenemos que tomar parte y posicionarnos a favor de alguno de ellos. El darwinismo social consiste entonces en utilizar la teoría de Darwin con miras a primar exclusivamente a un determinado colectivo, al objeto de eliminar a los demás grupos, y lo único que varía en este juego de estrategias es la situación que nosotros ocupamos dentro de todos esos movimientos. Si queremos preponderar por la fuerza a una raza determinada, nos convertimos ipso facto en darwinistas sociales de derechas (nazismo). En cambio, si lo que queremos es crear una sociedad igualitaria basada en la colectivización de todos los bienes y factores de producción, tenemos que abrazar un darwinismo social de izquierdas (comunismo o socialismo), y habrá que eliminar a todas las clases sociales, dejando a salvo solamente una. Pero, en ambos casos, lo que conseguiremos será promover una competencia de suma 0, en la que necesariamente tendrá que haber un ganador y un perdedor.

No obstante, las consecuencias ideológicas obvias que se derivan de este tipo de visiones genocidas (de eliminaciones sistemáticas), todas aquellas que han llevado al enfrentamiento y exterminio de una parte de la población, no nos debe conducir a pensar que el darwinismo social es también una teoría abominable. En sentido lato, el darwinismo social no es otra cosa que la aplicación de la biología a la sociología, lo cual supone una de las generalizaciones científicas y filosóficas más importantes que existen.

La interpretación correcta de la teoría de Darwin, y su adecuada aplicación, no vienen de la mano de ninguno de los dos tipos de corrientes que acabamos de ver más arriba. Existe asimismo una tercera aplicación mucho más oportuna y realista.

El verdadero darwinismo es aquel que no excluye ningún nivel social de ordenación. Considera al individuo y al colectivo como dos entidades reales, que hay que tener en cuenta a la hora de atender las necesidades organizativas de una sociedad. En este caso, no se ningunea ningún ámbito de jerarquía. Como dice Wilson en su libro El sentido de la existencia humana: “…la clave es la selección multinivel. Esta formulación reconoce que la selección natural existe en dos niveles: la selección natural, radicada en la competencia, y la cooperación entre los miembros de un mismo grupo”. Por consiguiente, ninguna teoría se debe centrar exclusivamente en un individuo o un colectivo determinados, sino que debe entender que ambas categorías son reales y están sometidas a los mismos vaivenes evolutivos y presiones ambientales. Si consideramos la competencia como una virtud esencial, debemos apoyar aquellas situaciones reales que generen una mayor diversidad, no sólo en individuos sino también en estratos o grupos sociales, y tenemos que avalar las únicas medidas y condiciones de posibilidad que al final permiten una pugna sana y creativa entre todas esas entidades.

La lucha por la vida y la existencia es un combate a todos los niveles, individuales y colectivos, egoístas y altruistas, subjetivos y objetivos. Por consiguiente, sólo si atendemos a todos ellos estaremos garantizando también nuestra propia supervivencia y nuestra seguridad personal. No cabe duda que el éxito de cualquier criatura depende siempre de dos tipos de beneficios o acciones, del beneficio directo que consigue dicha criatura a costa de los demás (beneficio individual), o de aquel otro que, de forma indirecta, propicia un beneficio en los demás que a la larga también le favorece a ella (beneficio colectivo). No debemos obviar ninguno de estos dos mecanismos evolutivos, pues son la causa respectivamente de que existan individuos más exitosos que otros (mejorados), y de que existan también organismos multicelulares, relaciones simbióticas, sociedades de insectos y comunidades humanas.

Pero el auténtico darwinista social también es consciente de que el nivel del individuo es el más esencial de todos, que se encuentra en la base de toda la pirámide social, y que por tanto se debe tener en cuenta en primer lugar, a la hora de elaborar los principios funcionales y las normas deontológicas que dotan de sentido e impulso a toda la estructura social.

En relación con esto, la única ideología política que tiene en cuenta esas dos consideraciones, a saber, el reconocimiento de distintos niveles de organización, y la apreciación de un nivel más fundamental, es el liberalismo clásico. El liberalismo propugna una defensa férrea y cerrada del individuo, pero no como un ente aislado de poder fáctico, sino como la principal fuente de comportamiento social, origen y motor de todas las relaciones humanas, y encuentro entre todas las personas y agregaciones de una comunidad. Igual que el físico aprende a reconocer en los átomos a los principales actores e ingredientes básicos de toda la materia, el liberal clásico atribuye a las acciones individuales un papel protagonista en la elaboración del mesénquima que acaba dando consistencia a todas las sociedades.

En este sentido, me parece impropia la mala fama que ha recibido el darwinismo social en el último medio siglo, tan impropia como esa interpretación opuesta que hacen los nazis y los comunistas en relación con el mismo tema. Cada vez que alguien se atreve a utilizar esta teoría interdisciplinar para sacar algunas conclusiones políticas o económicas, se expone a ser tachado por los demás de nazi y de racista, como si los que defendemos ciertas leyes generales que afectan tanto a la biología como a las humanidades, fuéramos instigadores de un odio patriótico irracional. Nadie que entienda el concepto de evolución podrá estar de acuerdo con aquellas depuraciones que propugnaba la superioridad de una única raza y su dominio absoluto. Cualquier idiota sabe hoy en dia que los sistemas más estables y evolucionados (las selvas) son también los depositarios de la mayor diversidad genética y el mayor número de especies animales y vegetales que pueden catalogarse en un ecosistema. Precisamente, la evolución darwiniana se basa en esa diversidad y adaptación, que procuran millones de individuos distintos, para poder poner en marcha sus mecanismos operativos. La supremacía de un sólo espécimen o una raza concreta (darwinismo social de derechas), así como la de una única clase social (darwinismo social de izquierdas), no tienen nada que ver con el rico proceso natural de evolución que promueve la vida. Cualquier objeción a esta afirmación constituye un fraude intelectual de proporciones bíblicas.

En el estudio preliminar a Los primeros principios de Herbert Spencer, el prologuista José Luis Monereo Pérez rescata para el lector una analogía del autor que reza lo siguiente: “no se podrán comprender de una manera racional las verdades sociológicas, si antes no se han comprendido racionalmente las verdades biológicas”. Ahora bien, dichas analogías, al igual que el resto de las aplicaciones del darwinismo, pueden tener algunas fallas considerables. Es cierto que sólo comprenderemos plenamente las verdades sociológicas cuando hayamos entendido como funciona la naturaleza en ámbitos más generales, esto es, cuando hayamos desentrañado los principios que gobiernan todo el orden universal. Pero en el camino podemos cometer graves errores. Si creemos que la defensa del darwinismo social debería conducirnos a realizar también una defensa cerrada de algún individuo en particular (Hitler), o de un estrato social concreto (Marx), si creemos que debemos estar del lado de todos aquellos grupos que salen victoriosos en las refriegas violentas o las guerras mundiales, si pensamos que el liberalismo económico propicia una lucha salvaje que consiste en defender a toda entidad que alcance el éxito a cualquier precio, a pesar de que arrastre con ella una destrucción mucho mayor que los logros que dice abrazar, si creemos que la evolución es solamente una lucha de dientes y garras, estaremos incurriendo en una equivocación flagrante. Pero también nos estaremos equivocando si pensamos que la evolución no beneficia a determinados individuos o actitudes en detrimento de otros, y que solo se dedica a premiar la simbiosis y la colectivización (como le gustaría creer al sociólogo de izquierdas). Solo aquellas aplicaciones o analogías biológicas que tienen a bien considerar la evolución como un mecanismo multinivel (que selecciona todas aquellas estrategias que producen beneficios en diversos niveles: individuales y colectivos), podrán interpretar dicha evolución de la mejor manera posible, máxime cuando estamos hablando de una especie (humana) que ha basado gran parte de su éxito evolutivo en la inteligencia personal de sus miembros y la colaboración social. Lo correcto en cualquier caso consiste en no obviar la importancia de las necesidades individuales por mor de una apuesta social colectiva a gran escala, ni tampoco pasar por alto las necesidades sociales y los bienes públicos bajo la creencia de que solo existen beneficios individuales y propiedades privadas.

Y para tener en cuenta ambos aspectos, hay que saber diferenciar en primer lugar cuales son las necesidades individuales y cuales las colectivas. Y seguidamente, sin solución de continuidad, hay que apostar por ese principio que resaltaba Adam Smith en sus ensayos económicos (la mano invisible), el cual parte del interés propio de cada ciudadano (el cervecero o el panadero) y contempla a su vez cómo este aliciente personal sirve para generar un orden espontáneo y un beneficio social mucho más amplio.

Además, una vez exonerados de las cargas ideológicas que nos llevan a defender, ora a los individuos, ora a los colectivos, debemos considerar también la posibilidad de proteger dicho interés con la fuerza del Estado y las cámaras legislativas, pero no con un sistema que aplaste la iniciativa privada (colectivismo exagerado) o que solo conceda crédito a aquellas decisiones que se toman en el ámbito privado (anarquismo de mercado), sino con uno que sea consciente de que existen distintos niveles de organización, bienes individuales (heterogéneos) y bienes colectivos (homogéneos), y que la mejor manera de tener en cuenta estos dos estratos de la realidad consiste en apoyar unas leyes generales que estén en consonancia con estas jerarquías, dejando que los individuos actúen para satisfacer sus necesidades particulares solo en aquellos casos en los que compitan para ver cuál de ellos beneficia en mayor medida al resto de la sociedad. Y esto se llama economía de mercado, se basa en la capitalización, el ahorro y la productividad, y se articula gracias a aquella competencia empresarial que tiene como único propósito satisfacer al consumidor medio.

Como dijo Spencer: “El hombre definitivo será tal que sus necesidades particulares coincidirán con las necesidades públicas. Será el hombre que, realizando espontáneamente lo que le indica su naturaleza, realizará también incidentalmente las necesidades de una unidad social; y el que, sin embargo, no podrá manifestar la plenitud de su naturaleza más que a condición de que todos los demás hagan otro tanto”. Spencer se da cuenta aquí de que existen ambos tipos de bienes, públicos y privados, y que todos se satisfacen dejando que los individuos actúen libremente buscando los suyos propios.

Ahora bien, también es preciso reconocer que no todos los individuos o asociaciones buscan su propio interés a través de la participación en el mercado y la generación de una ganancia general. Por consiguiente, deben existir unas normas básicas de obligado cumplimiento, un estado mínimo que, a modo de observador imparcial, garantice que todos los individuos sin excepción busquen el beneficio propio a través del intercambio voluntario con sus coetáneos, y no mediante relaciones o vínculos violentos. Algunos Spencerianos también han llegado a creer que el Estado no es en absoluto necesario, y es aquí precisamente donde entran en clara contradicción con sus propias ideas, pues nada hay más contrario a los principios biológicos universalmente válidos que la ausencia de un marco regulatorio del mercado que garantice también en el plano general tales proposiciones. Pero igualmente se equivocan algunos exegetas como José Luis Monereo (el prologuista de la obra de Spencer), cuando interpretan el liberalismo económico que asocian al spencerianismo como: “todo un símbolo de autocomplacencia, que se quebró estrepitosamente cuando se constató en los hechos que la ideología liberal individualista había fracasado sistemáticamente por ser incapaz de suministrar los lazos sociales necesarios para la cohesión social y el gobierno pacífico y eficiente de la sociedad industrial cuyo triunfo defendía encarecidamente”. Sin embargo, no existe mayor exponente y mejor ejemplo de esos lazos civiles a los que se refiere Monereo que las sociedades industriales que se fraguaron en el siglo XIX como consecuencia de la revolución industrial, el libre mercado, y la competencia empresarial.

Ni tan corto ni tan largo. Ni los individualistas radicales que solo creen en la propiedad privada, ni los prologuistas del socialismo que aspiran a seguir impartiendo justicia bajo la prebenda exclusiva del beneficio colectivo. La única interpretación darwinista válida es aquella que defiende una organización social basada en la competencia empresarial orientada a la producción de bienes económicos que tengan una demanda voluntaria real, esto es, que sean satisfactorios para los distintos consumidores. El beneficio general (la satisfacción de todos los consumidores) debe estar basado también en aquel beneficio particular que permite la ganancia del empresario o el individuo, y que le insta a producir. O dicho de otra manera: ¡al colectivo por el individuo!. Solo así podemos abrazar una teoría multinivel más realista y fundada, y constituir una sociedad atenta con todos los beneficios y necesidades, y más exitosa que las demás.

En el fondo, no debería resultar muy difícil entender que el orden espontáneo de la naturaleza que evoca la mano invisible de Adam Smith, y que defiende también el liberalismo, atiende al interés privado del individuo y lo pone al servicio del interés público que queda representado por todos los consumidores. Asimismo, tampoco debería entrañar ninguna dificultad comprender que las necesidades de la gente pueden ser heterogéneas, cuando hablamos de gustos personales, o pueden ser homogéneas, cuando nos hacemos con los principios y leyes generales que garantizan a todos los ciudadanos el derecho a disfrutar por igual de dicha heterogeneidad. Igualmente, tampoco es difícil entender que el mercado, por su naturaleza, es la institución que mejor sirve a las necesidades múltiples que tiene cada persona, y que el Estado limitado, por la suya, es el que mejor atiende y protege las necesidades unívocas. Y que por eso, solo cuando atendemos a estos dos niveles de ordenación y utilizamos las instituciones adecuadas para procurar dichos cuidados, es cuando de verdad la evolución y el progreso humano alcanzan la mayor de las velocidades y la mayor cota de desarrollo posible.

Pero será difícil librarnos de los prejuicios que se han instalado en el imaginario colectivo a raíz de algunas aplicaciones nefastas del darwinismo. Ciertas corrientes intelectuales de dudosa acreditación insisten en poner todo su énfasis en demostrar que la teoría evolutiva avala un principio colectivo según el cual la naturaleza estaría favoreciendo constantemente las asociaciones de individuos, el comunitarismo y la simbiosis entre especies (darwinismo social de izquierdas). Otros grupos no menos ajenos a estas disputas pseudointelectuales pretenden todo lo contrario, quieren enfatizar solamente al individuo, y creen que toda la evolución natural apoya sus ideas de dominio y selección basadas en una competencia salvaje y sanguinaria que tiene como resultado la victoria de un único contrincante (darwinismo social de derechas). En cambio, nosotros los liberales clásicos, sabemos que esto no es así. Nosotros somos los verdaderos darwinistas sociales. No nos basamos en ninguna ideología maniquea. Asumimos como reales todos los niveles de la naturaleza, e igual que hacen los científicos profesionales, estudiamos la acción de la selección natural aplicándola a todos los niveles, elaboramos un patrón de acción utilizando una metodología reduccionista, observando primero las partes constituyentes del sistema, los individuos o los átomos, pero partiendo de ahí, aspiramos luego a producir un modelo multinivel lo más ajustado posible a la realidad, con la selección ejerciendo presión a distintas alturas.  Dicho sistema no es ni más ni menos que el modelo que aplica el liberal clásico para describir el mundo. En la base, la acción humana; sobre esta, las relaciones de intercambio; como propiedad emergente, los órdenes espontáneos o las sociedades abiertas; y como garantía última, un estado mínimo basado en la ley.

Por tanto, solo existe una manera correcta de entender la competitividad y la evolución (y de llevarla al plano de la sociedad), y es aquella que permite el enfrentamiento de los individuos solo cuando este tiene como consecuencia la mejora de la propia evolución y el progreso general de todos los ciudadanos, situación que solo se da cuando se favorece la competencia libre de las personas por ver cuál de ellas es la que ofrecen mejores cosas a los demás. Esta es la única consideración que tiene en cuenta, tanto las necesidades de los individuos, que competirán para mejorar su vida personal, como las necesidades del colectivo, que se beneficiará de las ofertas mejoradas que realicen esos competidores. Y este sistema no tiene otro nombre que mercado libre, y no se basa nada más que en la propiedad privada de los medios de producción (necesaria para generar interés), en la importancia del capital como generador de riqueza (capitalismo), en la distribución de los bienes producidos a través del intercambio libre, y en la demanda soberana del consumidor.

La teoría multinivel de la selección natural que hoy acepta ya toda la comunidad científica tiene su equivalente político en esa otra teoría liberal que sustenta sus principios en el respeto a la libertad personal, en la medida en que éste respeto fomente la competencia entre individuos que buscan satisfacer las necesidades de la sociedad en su conjunto; de todos los consumidores. Solo bajo esa óptica es posible contemplar una selección ciertamente enriquecedora, capaz de escoger a los mejores individuos y a las mejores sociedades. Solo así se tienen en cuenta todos los niveles de organización que constituyen el cuerpo y el tejido de cualquier entidad comunitaria, empezando por el primer constituyente de todos: el individuo (sus acciones e intereses personales), y llegando hasta el último de ellos: el colectivo que integra a toda una nación, o la cultura que representa a una civilización entera.

Por consiguiente, la teoría de los tres niveles de la escuela austriaca (y con ella el liberalismo clásico) no es otra cosa que el corolario lógico que emana de los principios científicos que caracterizan a la evolución biológica. Resulta incomprensible que, habiendo aceptado hace siglos las ideas de Darwin, todavía estemos peleándonos en las urnas por ver quién alcanza la mayoría parlamentaria para implantar un sistema de organización social completamente distinto al anterior. Pero más increíble aún es que aquellos mismos que defienden la selección natural y que se dicen científicos, apoyen al mismo tiempo una colectivización y una centralización económica que arrasa completamente con la competencia empresarial, la iniciativa privada, la diversidad de agencias, y la libertad de mercado.

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“A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos.” Félix Lope De Vega

“A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos.” Félix Lope De Vega. El Replicador Liberal.  https://elreplicadorliberal.com


 

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La caverna de Platón

“Y por último, creo yo, sería el Sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio Sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar. Y después de esto, colegiría ya con respecto al Sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.” (Platón, 427-347 a. C.)

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero lo que en realidad pasa es que hay miles de personas que no son capaces de leer ni una sola palabra. Lean… y después miren… y verán las cosas con otros ojos. Los libros te aportan una visión preciosista y detallada del mundo que no tiene sustituto posible. En cambio, las imágenes apenas alcanzan a rascar la superficie especiosa de la realidad y los fenómenos. Para contemplar el Sol primero hay que renegar de los amigos y compañeros que te sodomizan todos los días con el mismo mensaje, hay que rechazar la comodidad paralizante del rebaño y los prejuicios acomodaticios del principiante, hay que ascender a duras penas la rampa de la cueva en la que has nacido y donde te has criado, hay que encontrar la salida, procesar la información que llega por la vía de los sentidos, y solo entonces uno puede admirar las imágenes que envía la luz a través de las pupilas, sin correr el riesgo de quemarse las retinas en el intento. Si alguien piensa que puede mirar directamente a la luz, sin haber pasado antes por este trance, sin unas gafas de sol con filtro, acabará más ciego de lo que estaba al principio, cuando compartía morada con la grey cavernícola. Lean y piensen, imaginen y mediten, y solo luego miren de nuevo las imágenes. Estas solo valen lo que valen las lecturas y los razonamientos que se hayan realizado con carácter previo.

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Las contradicciones nacionalistas de Jesús Huerta de Soto

u2-liberalismo-y-nacionalismo-1-638Jesús Huerta de Soto, en su manifiesto nacionalista, viene a decir lo siguiente: siempre que se cumplan los principios a los que nos hemos referido, un liberal debería apoyar el nacionalismo. Señores: ¡¡siempre que se cumplan los principios!! ¿Y cuáles son esos principios? Pues todos los que defiende el liberalismo clásico. Por tanto, eso no es nacionalismo. Eso es una sola nación libre asentada sobre unos valores únicos, simples y claros. Eso es el minarquismo liberal de toda la vida. Huerta de Soto crea una gran confusión entre los más advenedizos al denominarlo así. El nacionalismo nunca se ha caracterizado por defender principios universales. Todo lo contrario, su esencia consiste en anteponer lo particular a lo general. En consecuencia, los liberales no podemos calificarnos como nacionalistas. Nuestros principios no se basan en la identidad nacional sino en la universalidad de la libertad. Nosotros atendemos a una realidad mucho más amplia.

Y es que ningún sistema de la naturaleza, y por extensión, ningún orden social, puede escapar a las leyes generales que determinan las condiciones de posibilidad de una estructura dada. Cuando un anarquista te asegura que no hace falta atender a ese orden general, porque devendrá de forma espontánea, te está diciendo que no hace falta observar las leyes generales de la gravitación universal para lanzar un cohete al espacio, o que no es necesario contemplar la síntesis neodarwiniana para seleccionar una nueva línea celular. Huerta de Soto se ve obligado a dejar claro, siempre con carácter previo, que su defensa nacionalista depende en cualquier caso de unas condiciones iniciales. Pero entonces ya no es el nacionalismo que entienden los anarquistas y que aplauden los charnegos. Es simple y llanamente minarquismo. Cuando un liberal se dispone a defender la anarquía o el nacionalismo, suele sentirse obligado a aclarar que defiende tales sistemas siempre y cuando éstos se basen en unos valores comunes, en la propiedad privada, en la segregación libre, en la libertad de movimiento, etc… Señores: ¡¡unos valores comunes!! Por tanto, el liberal está introduciendo de antemano unos presupuestos universales que vienen a negar la propia naturaleza segregadora del nacionalismo, o el carácter arbitrario de la anarquía, esa a la que algunos de ellos dicen pertenecer.

Cualquier definición de sistema apela a un orden superior necesario, al cual pertenecen todos los elementos que conforman esa estructura. Todos deberán tener unas cualidades comunes para ser considerados partes del mismo organismo. En consecuencia, cualquier orden social en el que podamos pensar, debe presentar también algún tipo de requisito general previo que, si creemos que no tenemos que garantizar (mediante algún tipo de constitución fundacional o carta magna), estaremos expuestos a que desaparezca en cualquier momento o, en el peor de los casos, ni siquiera seremos capaces de empezar a construirlo.

Nadie niega los subconjuntos regionales que puedan aparecer como consecuencia de la idiosincrasia geográfica y cultural de un determinado país. Lo que digo es que la existencia de subconjuntos implica también la existencia de un conjunto general mayor (matemáticas básicas), que podremos llamar Estado o como nos dé la gana, pero que en ningún momento podremos negar (como hacen los nacionalistas), u olvidarnos de él (como hacen los anarquistas).

Los liberales suelen desmontar la trama intelectual del argumentario anarco-comunista señalando las múltiples contradicciones que sin duda se producen con esta ideología. No es difícil enumerarlas. Resumiendo, podemos decir que resulta bastante absurdo intentar defender al mismo tiempo el igualitarismo bakuniano y la ausencia completa de coacción, pues es evidente que los hombres tendemos a ser diferentes si nos dejan libres. Pero igual de absurdo es defender la libertad en toda su extensión (como principio) y decir luego que ésta deviene a posteriori, de forma espontánea, como hacen los anarcocapitalistas y evolucionistas hayekianos. O considerarse un liberal de pro, pero dejar a continuación que sean las distintas regiones las que interpreten la libertad como más les plazca. Por definición, un principio no puede devenir con posterioridad, ni puede quedar al arbitrio de las decisiones subjetivas que se tomen en cada uno de los territorios. No estoy diciendo que no existan identidades nacionales, o que no debamos ordenar el espacio nacional dividiéndolo en secciones o comunidades más pequeñas, y cediendo luego algunas competencias territoriales. Estoy diciendo que, más allá de ésta clasificación competencial, existe también un orden general más abstracto y unas condiciones de partida (unas estipulaciones básicas), que son las que crean y habilitan ese espacio político, y que constituyen en cualquier caso las únicas garantías que permiten el florecimiento y la existencia de todas las divisiones internas. Y eso, señores míos, es la minarquía, el único sistema que tiene en cuenta todos los niveles de organización, y el valor de la función de utilidad que desempeñan todos ellos.

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El remanso de las ciencias naturales y el calvario de las ciencias sociales: aquellos maravillosos años

La ciencia y la política son dos empresas incompatibles, antitéticas. La política está trufada de beatos y de eunucos, adultos que se comportan como adolescentes, razonan como púberes, y arguyen como infantes. Aquí no valen demostraciones de ningún tipo, puede más la ideología del sacerdote o la palabra que emana de la boca del profeta. El fracaso que acarrea la política, de izquierda o de derecha, sirve exclusivamente para que cada uno de esos sectores de la bancada se tire los trastos a la cabeza del otro, y ascienda al poder de manera periódica. En eso consiste precisamente la alternancia democrática que tanto alaban los creyentes del Estado. Jamás se falsea ningún programa político. Los que abandonan el poder quedan en evidencia delante de su electorado, pero lo retoman sin problemas al cabo de unos años, vuelven a ser votados y vuelven a aplicar las mismas medidas que les llevaron en su día a la derrota. En cualquier caso, todos hacen prácticamente lo mismo. Es como si un ptolemaico y un creacionista se disputasen el dudoso honor de ejercer como referentes intelectuales. Durante unos años todos actuaríamos como si la Tierra fuera el centro del universo, y en la legislatura siguiente todos obraríamos como si el centro del universo fuese la Tierra. Y todos acusarían a los heliocentristas de ser los causantes de los errores que, con toda seguridad, arreciarían invariablemente cada vez que el geocentrismo decidiese utilizar unos cálculos equivocados. El ejemplo cobraría matices todavía más absurdos si los heliocentristas, que son los acusados, ni siquiera supusiesen una promesa lejana en el panorama electoral, apenas constituida por una minoría representativa, y solo sirviesen de chivo expiatorio, para hacer recaer la culpa sobre ellos, cada vez que dijesen que la Tierra gira alrededor del Sol. Pues bien, aunque parezca increíble, esto es precisamente lo que ocurre hoy en día con las democracias parlamentarias que gobiernan una buena parte de países occidentales. De igual modo, se culpabiliza a los neoliberales (los heliocentristas de la política) de ser los causantes de todas las crisis económicas, cuando en realidad jamás ha existido un gobierno mínimamente liberal. Todos los socialistas, de derecha o de izquierda, utilizan la política para intervenir masivamente en la economía de sus respectivos países, y acaban destruyendo todo aquello que tocan, y cuanto más destruyen, más insisten en decir que ellos son los únicos que pueden arreglar las cosas, y que son otros, los liberales desaparecidos, los que deben responsabilizarse de todas esas negligencias y desastres. Y cuanto más aúllan, más palmeros y adocenados surgen de entre las ruinas de los edificios y salen a recibirles, y por eso chillan todavía más fuerte, y por eso siguen disputándose el poder cual aves de rapiña y arruinando a la sociedad cada vez más, y volviendo a gritar a la menor oportunidad, en contra del capitalismo salvaje, que nunca termina de llegar.

Artículo completo aquí:

https://elreplicadorliberal.com/2015/01/27/el-remanso-de-las-ciencias-naturales-y-el-calvario-de-las-ciencias-sociales/

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Reducción del Estado: tres objetivos claves

Llamadme simple, llamadme como queráis, pero yo solo alcanzo a ver dos posturas enfrentadas, la que defiende principios esenciales basados exclusivamente en la libertad individual y el respeto hacia los proyectos de vida de los demás (liberalismo clásico, minarquismo), y por tanto está dispuesta a intervenir en cualquier momento y en cualquier frente (privado y público), y la que no los defiende, bien porque niegue esos principios, bien porque se olvide de proteger alguno de sus flancos (anarcocapitalistas, anarquistas, socialistas, populistas, comunistas, talibanes).

Hoy en día vivimos en medio de un océano de ideologías casi infinito. Invadidos por los neologismos, vamos a la deriva. Apenas nos hemos suscrito a una corriente de pensamiento concreta, cuando ya nos gritan al oído consignas que no alcanzamos a comprender muy bien,  y que nos instan a subirnos al carro de algún otro movimiento. La gente necesita nuevos juguetes que calmen su desánimo y su aburrimiento: socialismo del siglo XXI, nueva izquierda, derecha alternativa, teología de la liberación… Unos son mejores que otros; se escacharran más tarde. Pero en el fondo todos son refritos ideológicos que abundan en lo mismo. Y muchas veces contribuyen poco a aclarar las medidas prácticas reales que podrían implementarse al objeto de mejorar algo la sociedad.

Esta moda colectiva por afiliarse a nuevos movimientos ha afectado incluso a los propios liberales, que ahora ya no se contentan con renegar del comunismo decimonónico, sino que también rechazan su pasado más inmediato. Muchos de ellos, llegan al extremo de comparar el liberalismo clásico con el socialismo de toda la vida, e incluso dicen que es mucho peor, en la medida en que se parece más a lo que ellos defienden. Muchas veces da la impresión de que, en vez de debatir, estuviesen jugando un derbi. ¿Qué me dirían si Einstein hubiese despotricado en contra de Newton? Pues exactamente eso es lo que hacen muchos liberales hodiernos cuando critican con tanto fervor la tradición que les ha dado de mamar, amparados a veces en el respaldo y la anuencia de sus popes intelectuales, ávidos por fundar un movimiento rompedor. Ya no hacen ciencia; siguen modas, convocan sensaciones, practican aquelarres. Se creen muy originales. Pero los sentimientos desiderativos de los que hacen gala son en realidad más antiguos que la humanidad.

Nunca me cansaré de repetir que la verdadera lucha de los liberales tiene un horizonte efectivo mucho más pequeño del que algunos imaginan. Las únicas estrategias legítimas, las únicas que hacen verdadero honor a su nombre, son aquellas que encaminan sus pasos hacia un fin accesible, y que en el transcurso del viaje aportan todas las claves que se necesitan para lograr ese objetivo. De lo contrario, no serían estrategias. En este sentido, la construcción de una sociedad más libre pasa necesariamente por asumir la realidad que nos rodea, bajar a la arena política, buscar el consenso social, y proponer una batería de medidas claras. No digo que no se deba discutir sobre los requisitos de una sociedad más radical, asentada sobre un estado reducido a la mínima expresión o incluso ausente. Pero hay que tener claro cuáles son las diferencias que existen entre una y otra cuestión. El ámbito no puede ser el mismo. El debate sobre la existencia o no del Estado tiene que limitarse al campo académico, y debe consistir en un mero juego intelectual, un análisis de fronteras, en el borde, como la teoría de cuerdas. Sin embargo, la acción y la praxis del liberal deben estar representadas por unas propuestas más acordes con las circunstancias políticas del momento y las posibilidades reales que tenemos, las cuales no son ni de lejos las que nos llevarían a poder establecer un sistema sin Estado. La buena noticia es que disponemos de unas recetas claras para llevar a buen término esa acción liberal. Son pocas, y, además, son también las que más importan a la hora de mejorar las condiciones de vida de la gente. Calculo que su implementación, esto es, el paso de la socialdemocracia a la democracia liberal, arrojaría unos beneficios netos infinitamente mayores que aquellos que devendrían con el paso de la democracia liberal a la sociedad minarquista o anarquista. Por tanto, la lucha del liberal clásico (realista) no solo es una lucha legítima por cuanto que es viable, también es legítima porque constituye la égida más efectiva y beneficiosa de todas. Estas son las únicas medidas que debemos tomar:  

  1. Renovación fiscal del Estado: límites a la entrada de capitales en el sistema de gobierno. Establecimiento de un único impuesto al consumo que simplifique los trámites administrativos y que grave entre un 10 y un 20 por ciento de la renta anual de una persona.
  2. Renovación financiera del Estado: límites a la salida de capitales en el sistema de gobierno. Establecimiento de una normativa que prohíba incurrir en gastos excesivos y que elimine el déficit y la deuda nacionales.
  3. Renovación estructural del Estado: límites a la estructura interna del sistema de gobierno. Establecimiento de un programa que abogue por reducir el tamaño del Estado y por eliminar su intervención en el ámbito privado, a todos los niveles, quedando sus funciones reducidas a garantizar el cumplimiento de las leyes, la defensa nacional, una sanidad y una educación básicas (no universales), y un nivel de infraestructuras públicas acorde con las necesidades colectivas que requiere de antemano cualquier proyecto civil en común.                                   
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Un resumen de todo el conocimiento: las principales proezas de la razón humana ilustradas con videos y documentales

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1. FILOSOFÍA

La filosofía (del latín philosophĭa, y este del griego antiguo φιλοσοφία, «amor por la sabiduría»)1 es el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje (Fuente Wikipedia). Sobre todo destaca el estudio del Ser en cuanto tal, y el estudio del conocimiento en sí mismo. Todos los demás problemas son derivados de estos dos anteriores.

El proceso en cuestión que analiza la filosofía es la evolución de todo. Y la égida o aspiración humana que marca e impulsa estos estudios es “la conquista de los primeros principios”.

1.1. Filosofía metafísica: estudio del Ser en cuanto tal

La metafísica (del latín metaphysica, y este del griego μετὰ φυσική, «más allá de la física»)1 es una rama de la filosofía que estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad.


1.2. Filosofía epistémica: estudio del conocimiento en sí mismo

La epistemología (del griego ἐπιστήμηepistḗmē, “conocimiento”, y λόγος lógos, “estudio”) es la rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es el conocimiento.


2. FÍSICA

2.1. Física básica: El origen y evolución de la materia

La física (del lat. physica, y este del gr. τὰ φυσικά, neutro plural de φυσικός, ‘natural, relativo a la naturaleza’) es la ciencia natural que se encarga del estudio de la energía, la materia, el tiempo y el espacio, así como las interacciones de estos cuatro conceptos entre sí.

El origen de la materia y energía del universo es la llamada Singularidad física que acontece con el Big Bang.

2.1.1. Origen de la materia: Big Bang


2.1.2. Estructura y función de la materia: Teoría de campo unificado


2.1.3. Evolución general de la materia: Cartografía del universo a gran escala


2.2. Física aplicada: la conquista del espacio

Uno de los retos más importantes en la evolución del ser humano es la colonización del entorno espacial. Finalmente, el último esfuerzo tecnológico del hombre tendrá que ver con la exploración espacial y la ampliación indefinida de nuestras fronteras, allende las galaxias. El suceso en sí que deberemos analizar durante este viaje es la propia “evolución de la materia” y el origen de la misma (la Singularidad física). La ciencia básica que estudia estos fenómenos es la Cosmología. Por lo demás, el suceso que acontece con el propio viaje del hombre es lo que venimos a denominar “la conquista del espacio”, y el punto de inflexión que determina el origen de ese viaje es una singularidad de tipo humano (de la historia del hombre). Por su parte, la ciencia aplicada más importante que debe dar cuenta de esta singularidad humana es la Astronáutica. Y el hecho más trascendente al que se debe aplicar esta ciencia es aquel que intenta ampliar el marco de la vida.

2.2.1. Astronáutica planetaria: la terraformación de planetas


2.2.2. Astronáutica interestelar: la búsqueda de vida inteligente


3. BIOLOGÍA

3.1. Biología básica: el origen y evolución de la vida

La biología (del griego βίος [bíos], «vida», y -λογία [-logía], «tratado, estudio, ciencia») es la ciencia que estudia a los seres vivos y, más específicamente, su origen, su evolución y sus propiedades: nutrición, morfogénesis, reproducción(asexual y sexual), patogenia, etc.

El origen de la vida en el universo es la llamada Singularidad biológica que acontece con la cocción de la sopa prebiótica.

3.1.1. El origen de la materia viva: sopa prebiótica y replicadores


3.1.2. La estructura y función de la materia viva: genoma y proteoma humano


3.1.3. La evolución general de la materia viva


3.2. Biología aplicada: la conquista de la juventud

El suceso en sí que hay que analizar en biología básica es “la evolución de la vida” y la materia orgánica. El fenómeno particular que determina este nuevo periodo de la historia del universo, y que da lugar a la Singularidad biológica, es la aparición de unas moléculas replicativas que, con el tiempo, habrán de convertirse en los genes que todos portamos hoy en el interior de nuestras células. La ciencia básica que estudia este fenómeno es la Biología. Y el suceso humano que mejor describe y domina ese campo de estudio es lo que llamamos “la conquista de la juventud”, la reversión del proceso biológico de envejecimiento, el dominio y control del proceso de la vida. En este sentido, la ciencia aplicada que dará cuenta de estos avances es la Gerontología.

3.2.1. Gerontología preservativa: la suspensión del cuerpo


3.2.2. Gerontología regenerativa: la reversión de la senectud


4. ANTROPOLOGÍA

4.1. Antropología básica: el origen del hombre y la evolución de la sociedad

La antropología (del griego ἄνθρωπος ánthrōpos, «hombre (humano)», y λόγος, logos, «conocimiento») es la ciencia que estudia al ser humano de una forma integral. Para abarcar la materia de su estudio, la antropología recurre a herramientas y conocimientos producidos por las ciencias sociales y las ciencias naturales. La aspiración de la disciplina antropológica es producir conocimiento sobre el ser humano en diversas esferas, intentando abarcar tanto las estructuras sociales de la actualidad, la evolución biológica de nuestra especie, el desarrollo y los modos de vida de pueblos que han desaparecido y la diversidad de expresiones culturales y lingüísticas que caracterizan a la humanidad.

El origen de la vida inteligente es la llamada Singularidad antropológica que acontece con la aparición del hombre.

4.1.1. El origen de la materia consciente: la aparición del hombre


4.1.2. La estructura y función de la materia consciente: proyecto neuroma humano


4.1.3. La evolución general de la materia consciente: el progreso de la sociedad


4.2. Antropología aplicada: la conquista de las ideas

El suceso al que da lugar la Singularidad antropológica es “la evolución del hombre” y la cultura. Y la singularidad humana que marca el paso de una sociedad pobre y atrasada a otra mucho más avanzada es aquella que determina el cambio de mentalidad que acontece cuando los hombres aceptan las reglas de juego de una civilización libre y abierta. En este sentido, el suceso que determina ese cambio de paradigma es la “conquista de las ideas”, entendiendo por ideas aquellas opiniones normalizadas que contribuyen al progreso de la sociedad. Y la ciencia aplicada que más hace por discernir y aclarar esa importancia ideológica es la Economía.

4.2.1. Economía liberal: las bases del liberalismo 


4.2.2. Economía empresarial: la revolución industrial


5. TECNOLOGÍA

5.1. Tecnología básica: el origen y evolución de la tecnología

La tecnología es el conjunto de conocimientos técnicos, científicamente ordenados, que permiten diseñar y crear bienes, servicios que facilitan la adaptación al medio ambiente y la satisfacción de las necesidades esenciales y los deseos de la humanidad. Es una palabra de origen griego, τεχνολογία, formada por téchnē (τέχνη, arte, técnica u oficio, que puede ser traducido como destreza) y logía (λογία, el estudio de algo).

El alter ego de la tecnología, y el punto de inflexión que marca su evolución real y su origen autónomo, es el cambio de paradigma que deviene con la inteligencia artificial y la Singularidad tecnológica.

5.1.1. El origen de la inteligencia artificial


5.1.2. La estructura y función de la inteligencia artificial


5.1.3. La evolución general de la inteligencia artificial


5.1. Tecnología aplicada: la conquista del futuro

La singularidad humana y la aplicación científica que más se corresponde con esa evolución de las máquinas viene determinada por el cambio de paradigma que supone la transición hacia una inteligencia superior. El suceso que acontecerá con este cambio es lo que he venido a llamar “la conquista del futuro”, por ser el futuro inmediato lo que más caracteriza a dicha hazaña: la singularidad tecnológica es el paso definitivo hacia un futuro de progreso imparable, y la última singularidad que acontece con la evolución del universo. La ciencia aplicada que se dedica a estudiar el mejor modo de alcanzar ese futuro es la Robótica.

5.1.1. Robótica dinámica: baterías y fuentes de energía


5.1.2. Robótica cinemática: interfaces y procesadores

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Ludismo alimentario: el veneno de la leche de vaca

g19-26921Me encocora que existan tantos mitos relacionados con la comida. Uno de los más absurdos tiene relación con la leche de vaca. La ingesta de leche por parte de nuestra especie es producto de una adaptación favorable. Durante el paleolítico la gente se moría de hambre porque dependía de las condiciones climatológicas y las estaciones del año. La leche es un aporte fundamental y continuo de grasas y otros nutrientes. Mas recientemente, en los países nórdicos la gente se moría porque no había la suficiente luz para sintetizar la vitamina D, que a su vez participa en la producción de calcio. La leche vino a solucionar eso. Estos son dos ejemplos de progresos sociales basados en la leche. Pero hay más.

En cualquier caso, lo que tenemos que entender es que la leche es resultado de una de las revoluciones mas grandiosas que han acontecido a lo largo de nuestra evolución como especie, casi comparable a la aparición y desarrollo del neocórtex y las circunvoluciones cerebrales. Somos hijos del neolítico. La leche es un producto más de esta fabulosa revolución. Es fruto de la domesticación de plantas y animales, y del control de la naturaleza. Nunca antes otra especie había modificado tanto el entorno para ajustarlo a sus propias necesidades. Las otras dos transformaciones importantes son la revolución industrial, que inicia su andadura a finales del siglo XVIII, y la revolución robótica en ciernes, a la que asistimos hoy en día. Pues bien, la leche de vaca es fruto de la revolución neolítica, como las fábricas lo son de la revolución industrial o los ordenadores de la revolución informática. Ir en contra de la leche es como ir en contra del telar, la jornada laboral, la máquina de vapor o el carbón. Es una especie de ludismo alimentario. Los vegetarianos y los animalistas son los luditas de la dieta. Igual que hubo luditas en la revolución industrial que querían destruir las fábricas, e igual que empiezan a aparecer luditas de la revolución robótica que pronostican que las máquinas nos van a dejar sin trabajo (señal de que estamos asistiendo a un verdadero cambio), también hay luditas de la revolución neolítica que se oponen a todo lo que tenga que ver con la domesticación de animales o con el consumo de alimentos que deriven de estos.

Hay mucho oráculo de Delfos y falso profeta en este mundillo de las dietas. Y como todo ludita que se precie, estos también aspiran a devolver al hombre a su estado de naturaleza. Pero ni siquiera ellos se creen lo que dicen. Son hijos del progreso tanto como lo somos los demás, y no van a renunciar a esos éxitos. Son Hipócritas. Y ya se sabe que los embusteros siempre suelen estar rodeados de una camarilla de estúpidos que se alimentan de sus ideas como si no tuvieran nada más que comer. 

Yo lo que defiendo es la ingesta moderada de todo tipo de alimentos. Por eso se me escapa una carcajada cada vez que sale un nuevo estudio hablando mal sobre algún tipo de comida. Al poco vendrá otro que dirá exactamente lo contrario. Y es normal. Los alimentos están compuestos por muchas sustancias, y cada uno de ellos actúa sobre el organismo de diferente manera. Además, las enfermedades también tienen muchas causas. Hablar de un solo alimento, y demonizarlo hasta el punto de considerar que es preciso eliminarlo por completo de la dieta, es cuanto menos ridículo.

La paranoia de los dietistas hodiernos no tiene límites. La gente acude a sus consultas buscando un remedio mágico que les devuelva la salud o la vitalidad. Por eso, como lo más normal es una dieta rica en todo tipo de alimentos, ellos intentan encontrar una combinación distinta (mágica) que deseche algunas comidas y prepondere otras. En realidad es otro chivo expiatorio, de tantos como hay. Le echamos la culpa a determinados alimentos porque no queremos afrontar los problemas de salud que se derivan de nuestra vida sedentaria o nuestros excesos nocturnos o diarios. Nos sentimos avergonzados y arrepentidos por comer demasiado, y vamos corriendo al médico para que nos recete la dieta perfecta, la dieta de la piña. Así, pensamos, purificaremos el cuerpo y eliminaremos los tóxicos que se acumulan en la sangre. Pero deberíamos haber acudido antes al psiquiatra. Los tóxicos no los tenemos en el torrente sanguíneo, los tenemos diluidos en el líquido cefalorraquídeo, y es eso lo que nos impide pensar con claridad.

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La propiedad intelectual no tiene sentido

chile-propiedad-intelectual-1Lo del plagio es algo bastante relativo. A veces me plagio a mí mismo, lo cual no tiene mucho sentido. Una vez me di cuenta de que había escrito lo mismo en dos momentos diferentes de mi vida. Otras veces me siento como una especie de plagiador plagiado, es decir, leo un artículo de algún autor muerto y compruebo para mi asombro que decía exactamente lo mismo que yo he pensado en algún otro momento de mi vida. Por tanto, no tiene mucho sentido pretender agarrar las ideas como si fueran frutos maduros. Las ideas van y vienen, se multiplican, se escapan, se olvidan. La propiedad intelectual es un derecho bastante difuso; no se puede medir. Lo que me lleva a pensar que tampoco podemos protegerla. Todo aquello que se reproduce hasta el infinito se convierte en un bien libre, como el aire. Y a nadie se le ocurre patentar el oxígeno. La ciencia económica no presta demasiada atención a esos bienes. Son hechos dados que no es necesario introducir en la cadena de producción. No estoy defendiendo que alguien use su nombre para publicar el libro de otra persona. En ese caso no estaría plagiando una idea, sino un producto acabado (el libro) con una demanda concreta y un número de ejemplares limitado. Ahora bien, una simple idea no es nada. Solo es una idea. No tiene todavía ningún olor, no tiene valor para nadie. Hay que convertirla en producto para que adquiera un código de barras y tenga una demanda. Si yo te robo una idea y la convierto antes que tú en un producto más barato, estoy contribuyendo al bienestar de una mayor cantidad de gente, y te estoy obligando a ti a competir conmigo y luchar para satisfacer a los clientes. Es decir, estoy promoviendo la apertura, estoy generando mercados, y estoy animando la economía. Una idea aislada no es nada. Pero esa misma idea reproducida en la cabeza de muchos individuos lo es prácticamente todo. Es la fuente de la competencia y el motor del éxito y la excelencia, aumenta la oferta, y satisface la demanda. La propiedad no está hecha de ideas. Todos tenemos ideas. La propiedad solo está formada por aquellos bienes que se ha demostrado que tienen algún valor. Y esta demostración solo acontece cuando las ideas se convierten en un producto que demande la gente. Así, lo mejor es que las ideas no se puedan patentar ni proteger, pues todavía no hay en ellas ningún valor que podamos asegurar. Este deviene sólo cuando el inventor se esfuerza para transformar su idea en un artículo vendible. El inventor únicamente tiene derecho a ocultar sus intenciones el tiempo que él crea conveniente, para aventajar a sus posibles imitadores. Para eso existen acuerdos de confidencialidad y secretos de empresa. Pero no tiene derecho a perseguir a sus imitadores. La imitación es el fenómeno biológico y cultural más importante de todos. Sin imitación no existiría la vida. No habría genes. Y tampoco existiría la cultura, que no es más que otra forma de imitación (memética). Porque hay imitación hay vida. Perseguir la imitación es perseguir la vida; es como pretender culpar a una persona por tener dos piernas. No tiene ningún sentido.

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Defensa de la minarquía: algunas nociones básicas

chapa_redonda_de_5_cm-r2cdb00a5000b43e6874ce7be2b60b969_x7j3i_8byvr_324La minarquía, a diferencia del anarcocapitalismo, es un sistema inclusivo, armónico, que atiende a todos los problemas que existen, y que intenta repararlos en la medida de lo posible.

Partimos de la base de que todos los sistemas son imperfectos. Asimismo, asumimos que, tanto el mercado como el Estado, presentan algunos fallos de funcionamiento evidentes. Consideramos también que dichos fallos son intrínsecos al sistema, dependen de su propia manera de actuar, y no se pueden eliminar.

El mercado falla a la hora de establecer una institución general que garantice el cumplimiento normativo en todos los casos. El mercado se dedica a cubrir necesidades subjetivas de las personas, así que no puede actuar también para garantizar esas exigencias universales de la mejor manera posible. Pero como el mercado se basa al fin y al cabo en una normativa de carácter general, puesto que solo funciona correctamente cuando existe un marco apropiado y se respeta el valor sagrado de la libertad, el mercado tiene que recurrir al Estado para obtener de este esas garantías ecuménicas de seguridad.

Por su parte, el Estado falla a la hora de satisfacer necesidades subjetivas. En este caso, el mercado es el mejor garante de dichas necesidades. El Estado es un monopolio de la seguridad y por consiguiente no puede dedicarse a satisfacer necesidades concretas de los ciudadanos; no debería hacerlo. 

Ni el Estado ni el mercado pueden ejercer funciones que queden fuera de sus respectivos ámbitos de intervención, y que sean contrarias a sus capacidades intrínsecas. Por ejemplo, el mercado no puede regular una normativa objetiva porque su acción se centra en las necesidades subjetivas de los distintos individuos. Y del mismo modo, el Estado tampoco puede ofrecer bienes heterogéneos y subjetivos, ya que solo está preparado para solucionar cuestiones más abstractas, pertenecientes al ámbito de las reglas y disposiciones negativas que constituyen las condiciones de posibilidad del mercado.

Así, teniendo en cuenta que existen bienes y necesidades heterogéneos que sólo pueden cubrirse dejando que actúe el mercado libre a través de la oferta y la demanda, y viendo que también existen algunos bienes homogéneos completamente objetivos, leyes básicas y condiciones de posibilidad que solo pueden ser ofrecidas y estipuladas por un órgano que ostente el mismo rango: el Estado, podemos concluir que ambas instituciones son necesarias y legítimas, y que deberán jugar un papel importante en cualquier sociedad moderna.  

En cuanto al problema de la información, éste no es un problema en absoluto. El mercado libre actúa mediante órdenes espontáneos e información distribuida de fácil manejo. Y el Estado actúa por imperativo legal sobre grandes volúmenes de datos. No obstante, cuando se trata de implementar unas reglas básicas (sencillas y negativas) no estamos hablando ya de manipular órdenes complejos. El problema de información que afecta a los estados grandes: socialistas e intervencionistas (teoría de la imposibilidad del socialismo), viene motivado porque se quiere controlar una cantidad ingente de datos. Pero la minarquía no aspira a eso. Para establecer unas normas básicas objetivas no es necesario manipular grandes cantidades de información.

Conviene que los anarquistas entiendan la diferencia que entraña la asunción de estas dos categorías gnoseológicas, el sujeto y el objeto. Esa es su principal equivocación: que no distinguen nada. Creen en la implantación absoluta del mercado, pero luego no respaldan esta postura con una defensa radical de esos mismos principios a nivel estatal (general). Confían en que estos se generen de manera natural y evolutiva. Pero, como quiera que son condiciones de posibilidad, de nada vale que uno crea que van a aparecer a posteriori si constituyen precisamente las circunstancias por las que se origina todo.

Quienes asumen que existen problemas en todos los ámbitos, deberían abrazar la minarquía y no la anarquía. Hay bienes públicos y homogéneos que tienen que ver con la legislación general y con el carácter universal de las normas y las leyes, y que se resuelven mejor con una institución que también sea general. Y después existen otros bienes heterogéneos que deben quedar exclusivamente en manos de los particulares y las empresas privadas. Existen muchas valoraciones subjetivas. Pero también hay algunos valores objetivos. Es más, la existencia de la posibilidad de valores subjetivos se asienta sobre el respeto universal y objetivo hacia esos mismos valores particulares. Objetividad y subjetividad van de la mano y contribuyen por igual a generar ámbitos de libertad cada vez mayores. El Estado y el mercado son el reflejo de todos esos valores, cada uno en su ámbito. El Estado representa un código universal de valores, la codificación social de algunas normas objetivas. Y el mercado es la manifestación más palmaria de los intereses particulares de cada individuo. Negar cualquiera de ellos es negar la capacidad de las personas para ser libres, ya sea porque nos oponemos a las garantías estatales que aseguran de antemano una normativa general que proteja la libertad de todos, ya sea porque creemos que no necesitamos respetar los gustos que cada uno satisface en el mercado libre y en su ámbito particular de acción.

Con todo, lo único que tenemos que consignar y delimitar es el papel que juegan el Estado y el mercado en el funcionamiento general de toda la sociedad. El Estado tiene que ser mínimo, tiene que limitarse a ofrecer unas garantías básicas, sin entrometerse en los asuntos del mercado. Y el mercado tiene que procurar bienes y servicios para todos, pero no puede meterse a dirimir asuntos que tienen que ver con las decisiones que se afrontan a un nivel más alto, el de las condiciones básicas y las necesidades homogéneas. Nadie puede asegurar que ambas instituciones desempeñen estas funciones de forma inmejorable. Pero sí podemos saber que el sistema óptimo se constituye con las dos. Igualmente, no sabemos si un coche recién salido del taller causará a su propietario algún otro incidente. Pero sí podemos saber que, en el caso de que funcione, el óptimo de pareto sólo se logrará cuando todos los sistemas operen con el máximo rendimiento, atendiendo exclusivamente al papel que juegan cada uno de ellos dentro del sistema. Así, el chasis, al igual que el Estado, permite integrar y unificar todas las funciones y estructuras del vehículo. Por su parte, el resto de componentes se dedican, como hace también el mercado, a satisfacer un requerimiento mecánico en particular. Sería absurdo pensar que un coche puede prescindir de alguno de estos elementos. Del mismo modo, solo existe una forma de llevar a una sociedad hacia una situación inmejorable, y es la de contemplar todos los tipos de necesidades que se requieren para ello: objetivas y subjetivas. Y esto solo tiene un nombre: minarquía. 

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Objetivismo versus subjetivismo: historia de un enfrentamiento falso

sujeto_objeto12Introducción

Lo que está ocurriendo en algunos cenáculos académicos del liberalismo español, y casi me atrevería a decir que mundial (por lo general afines a la tradición económica de la Escuela Austriaca), no tiene precedentes históricos, y tampoco se entiende desde un punto de vista meramente teórico. Mientras algunos profesores de reconocido prestigio apuestan nada menos que por rescatar la figura intelectual de Paul Feyerabend, el mismo que escribió una teoría anarquista del conocimiento, otros abrazan el anarquismo político, y varias comparsas de cachorros libertarios avanzan al mismo tiempo, a paso ligero, anunciando la muerte de la razón a manos del relativismo y la anarquía más absurdas. No se entiende que una escuela de pensamiento caracterizada por defender los valores más sagrados del ser humano, ligados a su libertad personal, esté engendrando dentro de su seno tamaña variedad de monstruos intelectuales, pupilos decididos a despojar al conocimiento de cualquier rastro de seguridad que este pueda albergar.

Muchos libertarios, movidos quizás por esa idea capital del austrianismo que se sustenta en el valor subjetivo y los contratos voluntarios, han acabado creyendo que solo existe ese valor, y que la objetividad es poco menos que una quimera o una ilusión inalcanzables. Así, llegan al punto de confundir las categorías del sujeto y del objeto, las mezclan, las alteran, o incluso las suprimen. Para estos nuevos intérpretes de la libertad ya no existen teorías económicas, todo son hipótesis y conocimiento provisional. Todo es susceptible de cambiarse. No hay nada seguro, repiten una y otra vez, como papagayos a sueldo. Ya no existen referentes generales. Tampoco existe el individuo y el Estado. Ahora todos son individuos. Como el Estado es el problema, neguemos el problema. Eso parecen gritar.

Por supuesto, tampoco existen leyes generales susceptibles de ser aplicadas a los casos concretos, solo importan las normas locales, lo que decida cada pueblo, la democracia popular inflada de chovinismos. En lo que parece ser una auténtica contradicción, muchos de ellos se alzan iracundos contra las formas de gobierno democrático y el populismo imperante en muchas regiones del mundo, pero a continuación defienden la segregación nacional en su propio país, la hiperdemocracia de corte nacionalista, el derecho de todos a decidir sobre cualquier cosa, el voto con los pies, o la competencia regional en cualquier materia, y no parecen entender que no existe mayor populismo que aquella visión paleta de la política y la realidad que asume todas las decisiones que determinen los intereses partidistas de las distintas masas provincianas.

Decía Feyerabend, ese ínclito hijo del relativismo, que “la idea de que la ciencia puede y debe regirse según una reglas fijas y de que su racionalidad consiste en un acuerdo con tales reglas no es realista y está viciada. No es realista puesto que tiene una visión demasiado simple del talento de los hombres y de las circunstancias que animan o causan su desarrollo. Y está viciada puesto que el intento de fortalecer las reglas levantará indudablemente barreras a lo que los hombres podrían haber sido, y reducirá nuestra humanidad incrementando nuestras cualificaciones profesionales. Podemos librarnos de la idea y del poder que pueda poseer sobre nosotros mediante un detallado estudio de la obra de Galileo, Lutero, Marx o Lenin y mediante alguna familiaridad con la filosofía hegeliana y con la alternativa que provee Kierkegaard, recordando que la separación existente entre las ciencia y las artes es artificial, que es el efecto lateral de una idea de profesionalismo que deberíamos eliminar… Podemos hacer que la ciencia pase de ser una matrona inflexible y exigente a ser una atractiva y condescendiente cortesana que intente anticiparse a cada deseo de su amante.… Cuanto más sólido, bien definido y espléndido es el edificio erigido por el entendimiento, más imperioso es el deseo de la vida por escapar de él hacia la libertad”. Es imposible encontrar un texto que tenga más negaciones del concepto austriaco de la libertad. En primer lugar, por las llamadas que hace a entender las figuras de Marx, Lenin y Hegel. En segundo lugar, por las arengas que realiza a la falta de responsabilidad, esfuerzo o profesionalidad. Y en tercer lugar, por suplir esas exigencias con la promesa de una cortesana solícita y esmerada, siempre atenta a los deseos o esperanzas del varón, una imagen que recuerda más a un libro de autoayuda que a un tratado científico. Para Feyerabend el concepto de libertad está más próximo al que manifiestan los socialistas, que al que usan los propios liberales. En ambos casos se confunde la libertad del individuo, que está basada en el derecho constitucional, con esa otra libertad que desearía ir en contra de todas las reglas establecidas por la naturaleza, al objeto de conseguir que el hombre sea una y mil cosas al mismo tiempo, y para complacer los deseos y caprichos de todos los aspirantes al Nirvana político.

Sobre todo, el mayor error intelectual de los libertarios anarquistas viene precedido por una incapacidad innata para distinguir entre distintas categorías gnoseológicas, un embozo mental que amenaza con teñir de negro todo el pensamiento liberal, y un torpedo en la línea de flotación del baluarte más importante que tiene el hombre, su evolución intelectual, su dimensión científica, y su búsqueda racional de conocimientos.

La ciencia no tendría sentido, y tampoco habría estado nunca legitimada para actuar, si el hombre no hubiera asumido de antemano un hecho diferencial: la distinción entre la categoría subjetiva y la categoría objetiva. Antes de iniciar cualquier investigación, o en el transcurso de la misma, el hombre se da cuenta de su condición de sujeto, y percibe al mismo tiempo la capacidad para salir de dicha situación y caminar en aras de una verdad más objetiva y real. El método científico no es otra cosa que la acción de un sujeto que busca un objeto en el entorno que habita. Por eso es tan importante distinguir con claridad estas dos categorías, y saber qué nos ofrecen y qué nos exigen cada una de ellas.

Asimismo, también es necesario percibir la realidad subjetiva e individual de las demás entidades, esto es, sus partes distinguibles. La ciencia siempre practica el reduccionismo. No existe otra manera de adquirir conocimientos. Podríamos recurrir al holismo e indagar las cualidades de las cosas atendiendo exclusivamente a las propiedades emergentes y los fenómenos colectivos. Pero entonces estaríamos empezando la casa por el tejado. El reduccionismo en cambio aboga por una visión individualista, de las partes, que no excluye ninguna faceta de la realidad, pues abarca los fenómenos individuales y también esas cualidades emergentes que aparecen como resultado de la agregación de los distintos elementos en el interior de los sistemas. El individualismo no dice que no haya que estudiar las propiedades emergentes. Dice que hay que analizarlas en consideración con los microfundamentos que de suyo se encuentran en los constituyentes más básicos de cualquier organización. El individualismo no es un atomismo, como algunos piensan. Simplemente considera que los colectivos resultan en último caso de las acciones de los individuos que integran esos conjuntos. El individualismo tampoco debería negar la existencia de colectividades. Al fin y al cabo, todas las entidades, salvo las partículas fundamentales, son colectivos de unidades. Si negamos los colectivos estamos negando cualquier realidad que no sea una partícula elemental, cosa que resulta bastante ridícula.

Siempre me han parecido absurdas las disputas que se dan entre aquellos que defienden a los individuos y aquellos que defienden las colectividades. Ambas entidades son reales. Lo único que hay que entender es que los individuos son la referencia principal y la base metodológica para desarrollar una teoría válida aplicable al mundo macroscópico. Si soy liberal no es porque niegue los colectivos, es porque creo que el individuo humano es el primer principio de comportamiento que hace funcionar la sociedad, igual que el átomo es el elemento básico que determina la función química de una molécula en particular. El reduccionismo metodológico que emplean las ciencias naturales y el individualismo metodológico que utilizan las ciencias sociales son en realidad dos métodos intercambiables: es el mismo método con distintos usos. Es la pura ciencia en acción.

Desgraciadamente, el relativismo se ha colado también por la puerta de atrás en la casa de los liberales. Resulta paradigmático que una tradición con unos valores tan altos se haya infectado tan rápido con este viejo virus. Y también es curioso que sean esos mismos liberales enfermos los que aboguen por promover la ciencia y la investigación como si fueran los primeros adalides en esas empresas. Muchos de ellos tienen a gala mostrar abiertamente su repudio y su desprecio por la filosofía, y su apego y sus alabanzas al magisterio de la ciencia. Les parece que la ciencia se ajusta mejor a su esquema de trabajo (si es que tienen alguno). En la ciencia, las teorías no son construcciones perfectas, van cambiando con el tiempo, por eso les gustan. Pero desconocen por completo lo que en realidad significan dichos cambios. La ciencia no sustituye completamente unas teorías por otras, simplemente las modifica. Además, la ciencia nace en el momento que los hombres adquieren conciencia de las categorías subjetiva y objetiva, y de la necesidad de superar la primera (en la que están inmersos) para ir hacia la segunda (de la que todavía no son dignos). En cambio, el relativismo de nuestros días, el liberal del subjetivismo radical, ni siquiera tiene la capacidad o las ganas para diferenciar una hipótesis de una teoría. Comete una falsa identificación entre el sujeto y el objeto, convierte al objeto en algo subjetivo, afronta la realidad con una duda permanente, le gusta hacer hincapié en la modulabilidad de la verdad y la incapacidad del ser humano para afirmar nada. Ahora ya no es que no conozcamos una parte importante de la realidad, es que ni siquiera podemos afirmar que existe alguna cosa. Ahí es donde nos quieren llevar.

Para ser más precisos, deberíamos distinguir, no ya dos categorías gnoseológicas, sino cuatro. Existe un sujeto absoluto (un hecho completamente particular), un sujeto relativo (por ejemplo, una teoría científica), un objeto relativo (un axioma general), y un objeto absoluto  (un axioma apodíctico, irrefutable). El sujeto absoluto es cualquier fenómeno particular que observamos en la naturaleza a primera vista. El sujeto relativo es una teoría científica susceptible de modificarse con la intención clara de ampliar su explicación. El objeto relativo es un axioma evidente pero no incausado (por ejemplo, la acción humana). Y el objeto absoluto es un axioma evidente e incausado (un primer principio: la acción en general).

Quienes mejor perciben y describen esa realidad categórica son sin duda aquellos liberales que, tras entender la importancia de la acción humana y el individualismo, distinguen en esta afirmación dos componentes distintos, la trascendencia general de dichas acciones (la acción en sí, el hecho objetivo) y las particularidades propias que afectan a cada una de las acciones (el hecho subjetivo). El motivo último de que debamos distinguir dos categorías gnoseológicas no es otro que el de entender también la complementariedad que sin duda existe entre ambas.

En cambio, algunos liberales afirman que el valor es completamente subjetivo, y que, en el supuesto de que tuviera alguna importancia objetiva, ésta sería absolutamente irrelevante (como afirman Daniel Mondejar y Roy Vazquez-Guerra en los medios de comunicación en los que se suelen prodigar), ya que el mercado sólo tiene en cuenta el valor que atribuyen los sujetos a los bienes que consumen o acumulan (Roy dice que el valor objetivo y subjetivo no pueden coexistir). Este ninguneo permanente de una de las dos categorías gnoseológicas, conlleva una teoría liberal fallida, y no tiene razón de ser, es un ataque completamente gratuito, y responde a una ignorancia absoluta en lo atinente a la naturaleza de los principios que guían cualquier adquisición de conocimiento o realización intelectual.

Para los anarquistas y los relativistas de nuevo cuño, todo depende del lugar o el momento. Hacen acopio de todas las falacias en las que creían los historicistas a los que se enfrentó Menger (y eso a pesar de que el propio Daniel defiende solo a este autor: “la Escuela Austriaca es todo lo malo que vino después de Menger”).

Los subjetivistas acusan a los objetivistas de un exceso de comodidad y de practicar una ideología asentada en valores fijos y creencias infundadas. Dicha comodidad nacería, según ellos, de una especie de necesidad interna semejante a esa otra acomodación que lleva a las personas a convertirse a alguna religión en particular. Pero la necesidad de seguridad no solo es emocional o espiritual, también es racional. La ciencia también persigue una seguridad mayor. De lo contrario, nunca habría pretendido alcanzar un mejor conocimiento del mundo. Los valores que alimentan esa búsqueda de seguridad no son exclusivos de la religión. En algunos casos también pertenecen al ámbito de la lógica. Si yo conozco el mundo que me rodea, puedo estar más seguro de que no me va a pasar nada. Que esos valores y principios que decido abrazar sean en algunos casos absolutos, no quiere decir que me hayan sido revelados. Existen algunos hechos en la naturaleza tan evidentes y necesarios que pueden tomarse para elaborar unos axiomas irrefutables, sin que por ello tengamos que construir toda una creencia religiosa. No tiene nada que ver. No tienen nada que ver las creencias islámicas o la religión cristiana con la metafísica aristotélica. El que no sepa ver esto no tiene ni idea de lo que es la filosofía y la razón.

El ataque que llevan a cabo los libertarios radicales del subjetivismo contra todo lo que aparenta algún tipo de seguridad se centra principalmente en tres áreas de estudio distintas: los axiomas de la Escuela Austriaca, el Objetivismo de Ayn Rand, y el Iusnaturalismo inspirado en el derecho natural. A continuación me detendré a analizar por separado cada una de estas arremetidas.


  1. Ataque a la Escuela Austriaca

No alcanzo a entender el ataque gratuito que se está produciendo en los últimos tiempos hacia la Escuela Austriaca, en muchas ocasiones orquestado desde el propio interior de la misma, inspirado tal vez por ese afán estéril y esa moda pasajera (postmoderna) que aboga por cuestionar absolutamente todo. Nadie dice que la Escuela Austriaca sea infalible. Es evidente que ha tenido que cometer algunos errores graves. Por supuesto, tampoco es la única escuela que existe bajo el Sol. Es obvio que ha habido otras contribuciones valiosas a la economía, probablemente muy superiores en algunos campos a las ideas que haya podido aportar la Escuela Austriaca. Es absurdo resaltar los estudios en microeconomía de los últimos lustros para quitar mérito a la Escuela Austriaca. No tiene sentido afirmar que la teoría subjetiva del valor puede ser matematizada, y que el mainstream ya ha adoptado en sus modelos muchas de las ideas que propugnaba la Escuela Austriaca, para a continuación restar importancia a ésta última. Es ridículo que se diga que la Escuela Austriaca no es una escuela de economía, solo porque coincida con otras corrientes en algunas de sus tesis, o solo porque no tenga la patente en todos los descubrimientos habidos y por haber, o solo porque haya decidido prescindir en sus investigaciones del análisis matemático y los gráficos (cosa que tampoco es cierta del todo). Que la Escuela Austriaca no utilice las matemáticas por término general, no quiere decir que reniegue de ellas. Si acaso, la incorporación de las matemáticas lo que hace es añadir más motivos para tener en cuenta el enorme valor que tienen los principios que defiende la Escuela Austriaca, los cuales se basan en el dualismo metodológico para afirmar la existencia de dos heurísticas complementarias, una empírica o matemática (aposteriorística), y otra teórica o lingüística (apriorística). Hasta ahora, veo más motivos para quejarme del resto de corrientes, que siempre han tendido a rechazar la metodología apriorística, que de la propia Escuela Austriaca, la cual, aunque es verdad que prefiere usar los aprioris de la acción humana, lo hace por consideración hacia esa metodología inclusiva (dual) que no niega ninguno de los dos caminos, y también porque se ha percatado de que existía un claro vacío intelectual (propiciado precisamente por ese odio sempiterno que desprenden los cientistas hacia cualquier método apriorístico que se cruce en su camino) sobre el que era necesario insistir, y que había que remediar cuanto antes.

Por todo ello, me considero un seguidor orgulloso de la Escuela Austriaca, pienso que existen razones suficientes para creer que dicha escuela no es una corriente más, y que incluso tiene una personalidad propia muy marcada, forjada en las mil batallas que ha emprendido contra el socialismo y el estatismo, la mayoría de las veces en solitario. Precisamente, su insistencia casi exclusiva en el valor fundamental del axioma de la acción humana, le ha otorgado una conciencia y un respeto por la libertad del individuo muy superiores al resto de corrientes intelectuales, y la ha convertido en digna heredera del liberalismo clásico y la filosofía griega. Y eso casi es lo único que hay que tener en cuenta para considerar a la Escuela Austriaca como una de las corrientes más importantes que han existido dentro del pensamiento moderno.

Sin embargo, autores como Bryan Caplan se empeñan en decirnos que la Escuela Austriaca no es una corriente de pensamiento heterodoxa. Pero yo leo a Menger y a Mises y no dejo de ver reflexiones y argumentos originales, que entran en clara disconformidad con todas esas prácticas tradicionales de los historicistas, los empiristas, los cientistas, los keynesianos, los comunistas y los economistas en general. Sin duda, la economía neoclásica moderna ha adoptado parte del arsenal de la Escuela Austriaca, y ha superado en algunos campos a la misma. Pero no se podrá decir que esta escuela no ha representado un papel protagonista. Nadie más que ella se ha percatado de la importancia que tiene el método apriorístico en la economía, y por supuesto ninguna otra ha usado y ha exprimido ese hallazgo como lo ha hecho la Escuela Austriaca. Y ya solo eso debería ser motivo para otorgarle un valor incalculable.

Algunos economistas austriacos recelan de la praxeología, e intentan solucionar sus supuestas carencias con una tabla de medidas auxiliares que, según nos dicen, vendrían a reparar los excesos metafísicos en los que incurrimos los demás cuando aceptamos unos principios indudables. Otros directamente rechazan el núcleo duro de la teoría, el axioma de la acción. Ninguno de ellos entiende en qué consiste dicha axiomática. Un principio apodíctico no es susceptible de reparación, ya que se basa en un presupuesto cuya alteración viene a negar la propia realidad del mundo. Por tanto, resulta absurdo intentar cambiarlo al objeto de construir una imagen más perfeccionada de la realidad, cuando es la propia realidad la que depende en última instancia de ese principio inalterable (como es el caso del axioma de la acción).

En última instancia, lo que se busca con ese tipo de negaciones, que ponen en duda el carácter más esencial de la realidad, es cuestionar absolutamente todo. Pero este intento supone una afirmación paralizante y fútil, y es también el origen del mayor contrasentido de todos, una paradoja que deja al pensador completamente desarmado. Si todo es dudoso, también lo será la propia duda, y en consecuencia no todo es dudoso. Descartes se dio cuenta de que esa era una duda absurda, y utilizó esa única seguridad, que concede la constatación de una realidad innegable (la propia duda), como atalaya para renovar todo el conocimiento clásico previo. Pero los demagogos del relativismo apenas reparan en esa contradicción.

Una de las acusaciones más comunes que suelen hacer aquellos que no entienden la naturaleza del axioma, consiste en comparar la praxeología con cualquier otra religión. ¿Acaso piensan que las intuiciones axiomáticas son comparables a las revelaciones divinas? Pero, díganme por favor que tiene que ver la afirmación de que todas las cosas son individuos con esas otras aseveraciones que realizan los creyentes en torno a la figura de Dios o del demonio. Que dos proposiciones se parezcan por su dimensión cognoscitiva (su grado de aplicación) no quiere decir que también se asemejen en su contenido ideológico. Está claro que la religión lleva a cabo afirmaciones arbitrarias sobre fenómenos complejos que en ningún caso puede conocer, y que la metafísica aristotélica las hace sobre fenómenos telúricos muy simples y de imposible negación. Los iluminados aducen que existen duendes verdes. Por su parte, los principios aristotélicos afirman que existe la sustancia, el individuo. En ambos casos se prescinde de la experimentación. Pero eso no quiere decir que sean dos afirmaciones equiparables. La afirmación de Aristóteles prescinde de cualquier explicación experimental porque recala en un hecho tan fundamental que no tiene alternativas y que por tanto no necesita ser demostrado. Por el contrario, la afirmación que sugiere la existencia de duendes prescinde de toda demostración porque se niega a confirmar un hecho que, en este caso, sí precisaría de una comprobación y una evidencia más elaboradas.

Otro error de los economistas austriacos es la predilección exclusiva que tienen por el valor subjetivo de las cosas. Que asumamos que la economía se centra en las valoraciones que hacen los distintos individuos, no quiere decir que no existan también ciertos valores objetivos dignos de ser subrayados. Que un libro de autoayuda esté basado en puras falacias y frases vacías (valor objetivo), no impide que mucha gente se beneficie con su lectura de manera fecunda. Esto también es un hecho objetivo. No debemos impedir esos beneficios. Pero tampoco deberíamos obviar la intrascendencia que tienen los libros de autoayuda para el progreso general de la sociedad.

Marxistas como Politzer han defendido que el materialismo dialéctico es la verdadera ciencia social, precisamente porque aspira a alcanzar una mayor objetividad, prescindiendo de considerar al individuo, y centrándose exclusivamente en la realidad aséptica (y material) del objeto externo. Pero no se dan cuenta que el individuo es la realidad más básica de todo sistema social, y que al estudiar la sociedad son ellos mismos, los seres humanos, su subjetividad y sus preferencias, los que tienen que ser valorados y objetivados en primer lugar. En este caso, es el objetivismo extremo el que está cayendo en un radicalismo patológico. Algunos seguidores del Objetivismo de Ayn Rand cometen también un error parecido al centrarse demasiado en la categoría objetiva, desoyendo las voces que claman por subrayar la importancia de los valores del individuo. Así, se deslizan poco a poco por una pendiente resbaladiza, y acaban recriminando cualquier gusto estético personal.

La única cosa que recomiendo a todos ellos es que intenten entender el núcleo central de la filosofía política de Murray Rothbard, donde se da un ejemplo de equilibro perfecto entre el hecho subjetivo y el hecho objetivo. No en vano, su defensa del valor universal (la condición objetiva) del individuo (la condición subjetiva), y la distinción entre esas dos categorías gnoseológicas, queda reflejada en una frase de Elisha Hurlbut que el propio Rothbard utiliza para asentar su postura: “El ejercicio de una facultad en los individuos se refiere únicamente a su uso. Una cosa es la manera como se ejerce, que implica una cuestión de moral, y otra cosa distinta es el derecho a este ejercicio”. Cuando Rothbard aboga por buscar y por imponer unas leyes objetivas (y éticas) de la libertad no se está refiriendo a esas imposiciones que pretenden manipular al individuo hasta el punto de anular su personalidad por completo (no es una ética positiva), sino a esas otras que quieren asegurar su independencia y su libertad (es una ética negativa). Esto queda patente a lo largo de gran parte de su obra. Y resulta tan obvio que parece mentira que Rothbard haya sido malinterpretado sistemáticamente en este sentido. Ello sólo se explica si asumimos como verdaderas la obcecación y la cabezonería que empañan las opiniones que evacua a diario el relativista moral o el extremista del subjetivismo.

Otro error habitual es considerar a Hayek y al orden espontáneo como las únicas fuerzas de la naturaleza que entran en juego a la hora de ordenar un sistema complejo. Los adalides de esta confusión son los evolucionistas hayekianos radicales. Pero a ello ha contribuido también el propio Hayek, gran escéptico del método apriorístico de Mises, y crítico de una única clase de cientismo. Cuando Hayek habla del cientifismo, solo constata la arrogancia de aquellos científicos que pretenden hacer una ciencia social constructivista. Pero nada dice acerca de ese otro cientismo monista que ningunea los principios metodológicos de la filosofía apriorística, por considerarlos una mera superchería.

Y, llegados a este punto, tenemos que hablar también de esa crítica a Rothbard que efectúan quienes lo comparan con el totalitarismo basándose exclusivamente en su defensa de unos valores objetivos de la libertad, seguros y universales. De nuevo, sus críticos no entienden que la naturaleza es un sistema multinivel, en el que existen órdenes espontáneos compuestos por millones de relaciones, y basados en los contratos y acuerdos voluntarios que firman las distintas partes (que son actos subjetivos), y luego una realidad más abstracta que solo puede responder a valoraciones apodícticas, y que también es susceptible de codificarse (igual que se codifica las relaciones personales con contratos voluntarios) a través de una carta en la que queden recogidas todas las principales leyes que gobiernan y permiten el propio orden espontáneo de la economía.

No discuto exclusivamente para acercar posiciones. No digo que no me guste llegar a un cierto consenso. Pero existen para mi otras ventajas más realistas e interesantes, por ejemplo, poder influir en terceras personas, poder influir a largo plazo en el pensamiento de la persona con la que discuto, reforzar mi mensaje con argumentos más sólidos, o simplemente disfrutar de la conversación. Lo de convencer al otro me parece algo secundario, y bastante más improbable. Sin embargo, no soporto a esas personas que, no contentas con falsificar la realidad, pretenden además apropiarse de toda una escuela de pensamiento. Estas suelen entrar en contradicción cuando dicen que la Escuela Austriaca admite de forma general sus ideas, pero luego se preocupan en refutar las tesis de una buena parte de la propia escuela. Si el consenso está de su lado, ¿por qué sienten la obligación de disputar las ideas de autores tan consumados como Rothbard o el propio Huerta de Soto? Por ejemplo, es falso que toda la Escuela Austriaca haya adoptado el evolucionismo hayekiano tal y como lo entienden algunos. De hecho, la suya es una de las varias corrientes que, dentro de la Escuela Austriaca han cogido una única idea básica y un autor predilecto y los han estirado para que abarcasen todo el pensamiento generado por dicha corriente. En cualquier caso, ese es el extremismo que deberíamos combatir dentro de la escuela, y no aquel otro que asegura poder partir de principios axiomáticos irrefutables, pues este último sólo constata unos hechos sencillos y unas implicaciones  particulares, y en ningún momento se arroga un conocimiento absoluto de todo. Los axiomas nos hablan de un método alternativo al que usa la ciencia. Por tanto, no es un método excluyente sino complementario. En cambio, los cientistas monistas y los evolucionistas hayekianos se empeñan en observar siempre una única metodología y un único nivel de ordenamiento.

Lo segundo que podemos decir con respecto a esto, tiene que ver directamente con el error que cometen los hayekianos radicales al tratar de defender sus propios principios (o debería decir sus hipótesis). El principal fallo reside en el hecho de que muchas veces son incapaces de distinguir dos categorías fenoménicas muy distintas, los hechos simples y los hechos complejos. Cuando Hayek habla sobre el orden espontáneo de la economía, cuando critica el constructivismo y el intervencionismo, o cuando propone la teoría de la imposibilidad del socialismo, lo hace sobre aquellos hechos que revelan una naturaleza social compleja. Si el socialismo es imposible es porque nadie puede manejar el gran número de datos que contiene un sistema social altamente complejo. Pero se olvida de que en la naturaleza existen también hechos simples y sencillos, que se pueden tomar como principios seguros para derivar una serie de implicaciones lógicas, y que constituyen en último lugar las propias condiciones de posibilidad del sistema que opera con orden espontáneo. Por consiguiente, se suele encumbrar a Hayek y olvidarse de la otra cara de la moneda: Mises. Este es un error que comete incluso el propio Huerta de Soto, al intentar aplicar la teoría de la imposibilidad del socialismo al liberalismo clásico, y hacer pasar por verdadera una nueva teoría de la imposibilidad del liberalismo. El liberalismo clásico o minarquismo pretende dirigir la economía a través de normas y leyes muy básicas y sencillas, que respeten aquellos principios que sabemos que son completamente seguros y necesarios: la libertad individual, el respeto de la propiedad, el cumplimiento de los contratos, etc… No se puede decir que esto es imposible, como lo puede ser la organización colectiva de los comunistas. Nadie está diciendo que haya que intervenir la sociedad masivamente, y manipular un elevado número de datos. No tiene ningún sentido ese trasvase teórico que hace Huerta, y no lo tiene porque no es lo mismo pontificar sobre sistemas complejos que nunca llegaremos a conocer, que hacerlo sobre verdades simples y seguras, absolutamente necesarias y de fácil acceso. Hayek habla sobre la imposibilidad de conocer un sistema complejo. Pero el racionalismo extremo, que critican algunos, se refiere solo a verdades apodícticas, pocas y simples, cuyo conocimiento no entraña ninguna dificultad ni aspira a dirigir toda la sociedad. Por tanto, tampoco se pueden equiparar con la ingeniería social.

En definitiva, creo que siempre viene bien distinguir esas dos categorías de fenómenos, para así valorar todos los aportes que ha efectuado la Escuela Austriaca de Economía, tanto los que hace Hayek en relación con los sistemas complejos, como los que hace Mises y Rothbard al hablar de los principios y fijarse en el fenómeno más evidente y seguro de todos: la acción humana. De esta manera, no dejaremos coja a la EA, y no obviaremos una buena parte de sus razonamientos.

Igual pasa cuando consideramos la política. Existe una tendencia a valorar solo las acciones colectivas y espontáneas sin apreciar apenas el orden constitucional que se ejerce de manera deliberada a escala global. Y se suele acudir a la naturaleza para encontrar justificaciones que avalen esa tendencia maniquea. Así, nos dicen que los animales se mueven por impulsos innatos y que nadie los dirige desde arriba. Pero esto no es cierto. La evolución biológica procede gracias al interés particular y “voluntario” de cada individuo de la especie, pero por encima de todo existen algunas leyes básicas que regulan todo ese proceso competitivo. Y en la sociedad ocurre lo mismo. Los contratos voluntarios son estipulaciones jurídicas basadas en la acción privada y natural de cada una de las partes. Dichos contratos son un reflejo de las acciones y relaciones individuales que también demuestran tener los animales en sus propios entornos. Pero las leyes generales de la naturaleza también deben ser susceptibles de codificarse a través de un ordenamiento jurídico general que ofrezca garantías a todo el proceso. Si no contemplamos esas dos vertientes de la organización, estaremos dejando de lado algunos problemas graves, como hacen los voluntaristas y los individualistas extremos. Tan malo es negar el colectivo por mor de defender al individuo, como negar el individuo por mor de defender al colectivo. En ambos casos se desatienden problemas que podrían tener mejor solución. Lo único que hace falta es darse cuenta que el individuo está en el origen de cualquier proyecto colectivo, y que todo colectivo debe estipular unas reglas generales que vayan en defensa de la libertad de acción de todos los individuos. No debemos anular al individuo, ya que es la única fuente principal de comportamiento. Pero tampoco debemos negar al colectivo, única entidad con potestad para ejercer una defensa radical de todos los individuos. Y no está mal que codifiquemos mediante normas artificiales, tanto la reglamentación de los contratos voluntarios, dejando que sean las partes las que decidan las condiciones, como aquellas otras que operan en un ámbito más abstracto, el de la constitución y legislación de un país al completo, permitiendo y favoreciendo un orden general abierto a la libertad.


  1. Ataque al Objetivismo

El desprecio hacia el objetivismo de Ayn Rand se manifiesta muchas veces en un ataque furibundo a su idea del egoísmo. Por ejemplo, Daniel Mondéjar, y otros como él, afirman que es cuestionable que la naturaleza humana se pueda describir con una sola característica (la del egoísmo). Resulta curioso que las mismas personas que se empeñan en aceptar solo la categoría subjetiva, afirmen de repente que es necesario observar también otras dimensiones o cualidades del problema. De pronto, dicen que existe tanto el egoísmo como el altruismo, y que no son incompatibles. Para muchos de ellos el objetivismo peca de atomismo, de querer compartimentalizar todo el conocimiento (y cada vez que dicen esto se mofan de Ayn Rand). Pero lo que ocurre es que ninguno de ellos alcanza a comprender en qué consiste en realidad el principio egoísta que defiende la autora ruso-americana. El egoísmo es para los objetivistas un principio de comportamiento, como lo es la acción humana para los austriacos (de hecho proceden de la misma consideración). En consecuencia, ninguno de ellos niega las propiedades emergentes que resultan de esas acciones individuales. Como ya hemos visto más arriba, el individualismo metodológico no es un atomismo. Simplemente, sienta las bases para entender mejor los procesos colectivos, donde evidentemente se producen actos de altruismo que sin embargo siempre están fundados en un interés particular, en un egoísmo en sentido extenso.

También se compara el objetivismo con la religión. Pero de nuevo tenemos que decir que la filosofía no es un absolutismo que fidelice al creyente como lo hace la fe. Nadie en la filosofía objetivista pretende crear una sociedad a partir de unas tablas de la ley que dictaminen cualquier circunstancia de la vida personal de los agentes. Los axiomas son radicales simplemente porque defienden la inalienable libertad del individuo, precisamente lo contrario de lo que suele intentar cualquier religión. No se busca una felicidad positiva sino negativa. Es decir, se pretenden fijar las bases de una sociedad que permita que cada cual busque su propia felicidad del mejor modo posible. Evidentemente, estas bases serán universales. Pero esto no quiere decir que aboguen por  imponer una normas restrictivas tal y como lo haría una tiranía al uso. Todo lo contrario, la universalidad apela a la importancia que tiene la libertad individual para todos los ciudadanos en todas las circunstancias.

No obstante, la designación que hace de sí mismo el objetivismo puede mover a engaño. Para enmendar esta posible malinterpretación, debemos insistir en el hecho claro de que un objetivista no niega en ningún caso la subjetividad, antes bien, la contempla como un valor objetivo, y por eso la reafirma. En cambio, el subjetivista austriaco si suele negar una de las dos categorías, en este caso la objetividad y generalidad de los hechos que se tratan de observar.

No hay duda de que los axiomas son postulados absolutos. Pero incluso si no lo fueran, admitiendo alguna de las críticas que hacen nuestros enemigos, lo que está claro es que siguen siendo generalizaciones fundamentales, imprescindibles para conocer la realidad. Toda crítica a los axiomas es una futilidad sin mucho recorrido, un juego de niños que no tendría mayor trascendencia si no estuviera protagonizado por adultos.

Y tampoco tiene ningún sentido contraponer la Escuela Austriaca con el Objetivismo de Ayn Rand, más allá de los detalles lógicos que los puedan diferenciar. La una hace más hincapié en el valor subjetivo que caracteriza la acción humana en economía, y el otro resalta con mayor motivo el carácter objetivo que tienen esas valoraciones individuales. Pero en ningún caso se oponen. Sus epígonos tradicionales jamás pensaron como piensan estos de ahora. Ayn Rand defendía también los valores subjetivos del individuo. Y Hayek dejaba claro que él no estaba en contra de la universalidad de los principios (el Cosmos). Pero ahora las cosas han cambiado un poco. Nadie está a la altura de aquellos primeros referentes intelectuales. Pensándolo mejor, podemos incluso llegar a entenderlo. Esta decadencia va en paralelo con el movimiento postmoderno del relativismo, lo cual no es de extrañar. La Escuela Austriaca defiende una verdad llena de grandes valores, y es normal que aparezcan frente a ella toda una nueva gama de indeterministas, nominalistas, negacionistas y subjetivistas.     


  1. Ataque al Iusnaturalismo

Quienes se niegan a aceptar la existencia de algunos presupuestos de partida, tampoco suelen aprobar los derechos naturales. Y también equiparan falsamente el derecho divino con el derecho natural, como si fueran la misma cosa.

Al mismo tiempo, afirman que el derecho es una invención humana que no viene marcada por la naturaleza. Da la impresión de que esten diciendo que la aparición del hombre ha puesto en cuarentena, o incluso ha anulado, todas las leyes naturales que existían con anterioridad a esa aparición.

A veces aducen incluso que las personas no tienen derecho a la vida, solo a defenderse mediante contratos voluntarios. Pero desconocen que la vida es un prerrequisito para ejercer la voluntad. Suelen atribuir importancia a la seguridad y la legislación que garantiza el cumplimiento de los contratos, pero olvidan que no pueden crear el derecho que les salga de las narices. Intuyen la existencia de unos bienes necesarios, pero a continuación afirman que todo es contingente y que cualquier acción debe estar supeditada exclusivamente a la voluntad de las partes, como si esa voluntad emergiera de la nada, como por arte de magia, como si no fuera necesaria una serie lógica de exigencias, basadas, no en la necesidad o capricho de los particulares, sino en la universalidad de las leyes naturales que a fin de cuentas determinan el estado y el movimiento de todas las cosas.

Se critica el apriorismo radical por ser una metodología muy parecida a la religión. Pero curiosamente, son los mismos que rechazan esos principios apriorísticos, los que también niegan cualquier fundamentación científica basada en la naturaleza (y la razón). Afirman que no debemos fundar las normas sociales en ninguna ley de carácter natural, dando a entender que el mundo se apoya sobre afirmaciones hechas ad hoc (y actos de fe).

En general, todo el relativismo, el voluntarismo, y el subjetivismo extremos son en sí mismos una contradicción en términos, un desvío científico, un sesgo ideológico, y una claudicación de la razón y el discernimiento intelectual. Vale la pena poner todas las medidas que estén a nuestro alcance para hacerles frente. Sobre todo, hay que denunciar ese error gnoseológico que cometen todos ellos, el hecho de que no acierten a distinguir dos categorías de fenómenos: subjetivos y objetivos, particulares y generales, individuales y colectivos, y de que no quieran contemplar algunas condiciones básicas, u ordenar las mismas bajo un único código general creado para ese propósito, en consonancia con la realidad que manifiesta la propia naturaleza, que también es categórica.

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La Sciocracia: la enésima distopía totalitaria

maxresdefaultHoy les vengo a contar una historia de miedo. Les voy a resumir sucintamente el programa que defiende la Sciocracia Mundial. La Sciocracia es el nuevo platonismo, el gobierno de los sabios. Al parecer, el hombre sigue sin comprender. Reinventa los mismos errores una y otra vez. La Sciocracia descansa en la idea de que los electores de base deberían tener un distinto poder decisorio, en virtud de su conocimiento fáctico y su poder raciocognitivo científicamente probados. El problema de esto siempre es el mismo. Los más tontos, que son mayoría, no se dejarían gobernar por los más listos. Las revueltas estarían garantizadas. Además, los más listos tampoco tienen asegurado el acierto. Muy al contrario, por lo general se tienden a equivocar, ya que suelen ser demasiado arrogantes. Como son tan listos, tienden a creer en la ingeniería y la intervención social. La Sciocracia hace un nuevo énfasis en la politización de la sociedad, ya que piensa que todas las decisiones (o una mayoría de ellas) tienen que recaer en un grupo o parlamento de sabios elegido por ciudadanos inteligentes. En este sentido, se aleja del pensamiento liberal, y por ende también de la verdad. A fin de cuentas, los sciocratas no son tan sabios como ellos quieren creer.

Los sciocratas desearían que toda transacción económica quedase registrada exhaustivamente en algún libro de cuentas universal. Para ello, deberían contar con una sofisticadísima base de datos, de tal forma que pudieran rastrear el origen del pago, del producto, o del interés de todo ciudadano. Pretenden tener un máximo conocimiento sobre un gran número de factores económicos (son cientistas), sin darse cuenta de que la sociedad funciona exclusivamente mediante orden espontáneo, gracias a la especialización y la información exclusiva que posee cada persona en su ámbito particular de trabajo. Sería ideal que todos tuviéramos conocimiento casi semanal de una multitud ingente de cuestiones. Pero no es así. Nadie puede manejar ese volumen de negocio, por muy sabio que sea.

La Sciocracia es una nueva ocurrencia política, pero no propone nada que no hayamos visto ya. Es un republicanismo de nuevo cuño, quiere que los ciudadanos se mantengan expectantes de lo que ocurre a su alrededor, y voten constantemente todo tipo de propuestas. Convierte a todos los ciudadanos en políticos, como si ya no tuviéramos suficiente con los que ahora hay. El liberalismo en cambio aboga por una reducción drástica del Estado, para devolver las competencias a la gente, allí donde verdaderamente las tienen, en sus vidas diarias, en las decisiones que cada cual toma a diario en función de la información que solo él conoce.

La Sciocracia, además, propone que se hagan test para valorar la inteligencia de las personas, y en función de ello otorgar un mayor o menor derecho (o peso) al votante. De nuevo, abraza ese mito platónico que concibe la sociedad como si fuera un enorme tablero de ajedrez, manejado solo por los más capacitados para mover las fichas.

En definitiva, la Sciocracia devendría en totalitarismo al poco de nacer. Toda ideología que aboga por politizar la sociedad y profesionalizar al máximo la política, acaba convirtiéndose tarde o temprano en una nueva tiranía. Y la Sciocracia no es una excepción. Antes bien, es la quintaesencia de tal intento. Primero porque decide quienes tienen que tomar las decisiones (los más sabios). Y segundo porque quiere que esas elecciones se extiendan a un gran número de circunstancias (republicanismo, hiperdemocracia).  

La Sciocracia es una forma hipertrofiada de ingeniería social, y por tanto se encuentra en las antípodas del liberalismo y la libertad. La Sciocracia es una nueva distopía huxleyana. Todas las decisiones se llevan a cabo por medio de sondeos y plebiscitos, e implementadas sobre todo tipo de circunstancias. La demoscopia sería, según Paco Mota (uno de sus principales impulsores) “una ventana abierta a los deseos y las creencias de las personas, y podría rentar unos beneficios increíbles saber qué desea la humanidad en cada instante y en un número ingente de cuestiones”. En esta creencia hallamos el verdadero error de la Sciocracia, que es el mismo en el que incurre también el socialismo y el comunismo. Como ignoran el mecanismo real que opera de forma natural en cualquier sociedad, a saber, el orden espontáneo, la mano invisible de Adam Smith, la distribución voluntaria y automática de bienes y servicios en el mercado de valores, para disfrute de todos, como ignoran ese mecanismo, creen en cambio que hace falta recabar un gran número de datos, y delegar el manejo de los mismos en una élite preparada. Es decir, incurren en ese fatal error que predispone al hombre para analizar la sociedad como si fuera una simple muestra de laboratorio, con todos sus controles y sus mediciones. Pero como quiera que los hombres no viven encerrados en un laboratorio, y no son conjuntos medibles, el sciócrata termita destripando una rata equivocada, mata la iniciativa, y destruye la sociedad (deviene en totalitario). La historia se repite. El victimario cambia de máscara, pero no hace nada original. Las víctimas somos todos. La ideología totalitaria es una Hidra con muchas cabezas y preñada de buenas intenciones: Platón, Maquiavelo, Marx, Lenin, Hitler, y ahora la Sciocracia.  

En este vídeo aparece una entrevista a Paco Mota, uno de los mayores representantes de esta nueva (o vieja) ideología: https://www.youtube.com/watch?time_continue=16&v=6vAJbYoKo-E

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Principio de individuación versus principio de indeterminación: metafísica de particulares versus física de partículas (filosofía y ciencia)

image_evento_final_14781_2015-05-12_11_14_171. Principio de indeterminación

El nombre con el que se designa la teoría de la relatividad de Einstein puede llevar a veces a engaño, sobre todo si se carece de las herramientas de análisis y la formación científica adecuadas. Dicha denominación da el aspecto de estar ofreciendo una tribuna a todos aquellos jinetes del apocalipsis que anuncian la muerte del objetivismo en beneficio de un empirismo y un relativismo de corte radical. Pero nada más lejos de la realidad. La teoría dice que la localización de los sucesos físicos, tanto en el espacio como en el tiempo, son relativos al estado de movimiento del observador. No obstante, esto no quiere decir que debamos descartar la realidad objetiva. Lo único que está sugiriendo la teoría es que las dimensiones se ven distintas dependiendo de la atalaya (la posición y el movimiento) que los observadores usen para mirar el espacio. Afirma que los observadores transitan por una parte distinta del universo, lo cual no implica que ese universo por el que se mueven sea también relativo. Todo lo contrario, el universo y la realidad son tan objetivos como lo eran en las descripciones que hacía la teoría gravitatoria de Newton. Simplemente, para Einstein el espacio y el tiempo dejan de ser conceptos estáticos y pasan a constituir una trama que va cambiando al moverse el observador por ellos, como no podía ser de otra manera.

Pero, si bien con la teoría de la relatividad general podemos decir que estamos totalmente a salvo del llamado problema de los universales, no ocurre lo mismo con la mecánica cuántica. Estaríamos faltando a la verdad si no hiciéramos énfasis en esta cuestión.

Einstein mantuvo toda su vida una férrea convicción. Se fue a la tumba creyendo que el mundo tenía existencia real y que nuestras impresiones debían estar basadas en algo objetivo. Pero al mismo tiempo, también fue el padre de la teoría onda-corpúsculo, que describía la materia en su plano fundamental, y que la consideraba, ora como un punto, ora como una función. Y nada le causaba más problemas y desdichas que esa ambigüedad esencial. Como dijo en una ocasión: “¡De un lado están las ondas y del otro los cuantos. Y la realidad de ambos es tan sólida como una roca. Pero lo cierto es que con todo esto el diablo hace un verso (un verso que, dicho sea de paso, rima”.

La teoría de la relatividad de Einstein plantea una concepción del mundo completamente determinista, y su descubridor estuvo satisfecho con ella durante un tiempo “relativamente” razonable. Pero entonces apareció Heisenberg para proponer un principio nuevo: el principio de incertidumbre, el cual venía a decir que la incertidumbre es un rasgo intrínseco de la realidad, y lo que es peor, también es un rasgo inerradicable, es decir, un límite insuperable al conocimiento y las aspiraciones del hombre.

Ya no había duda de que la mecánica cuántica ofrecía un reto diferente a la teoría de la relatividad general. Sus postulados establecían límites a lo que podía verse y medirse. Básicamente, lo que vino a decir es algo bastante lógico. Cada vez que intentamos medir la posición de una partícula, es inevitable modificar su posición o su velocidad en algún grado. Así, cuanto más conocemos su posición, más desconocemos su velocidad, y a la inversa, cuanto más conocemos su velocidad, más difícil nos resulta determinar su posición. Y esto no es algo que podamos resolver de alguna manera. El objeto de la medida, al ser tan pequeño (cuántico), siempre va a resultar modificado por cualquier aparato que usemos para observarlo, incluso si el aparato es tan pequeño como un fotón.

El principio de incertidumbre puso de relieve las profundas diferencias que existen entre la mecánica cuántica y la mecánica clásica, y con ello también distanció a Einstein de la nueva ola de físicos que, ante las aplastantes evidencias, empezaban a considerar la incertidumbre como un hecho más o menos incuestionable. La vieja guardia comenzaba a ser superada por las nuevas generaciones de investigadores, menos comprometidas con el universo erigido sobre los cimientos de la física clásica establecida por Newton. Para Heisenberg era la propia medida la que definía lo que se estaba midiendo, situación que irritaba profundamente a Einstein. Heisenberg pensaba que especular sobre la naturaleza de la realidad que yace más allá del reino de la observación y la medida es un empeño completamente absurdo.

Pero entonces apareció Niels Bohr para complicar todavía más la existencia de Einstein. El principio de incertidumbre dejaba al menos una esperanza a la visión clásica de la física. Aunque no seamos capaces de observar la realidad con precisión, eso no quiere decir que ésta no tenga una naturaleza objetiva, independiente del observador. Pero Bohr venía a decir que las ondas y los corpúsculos son dos propiedades lumínicas complementarias, y que solo la totalidad del fenómeno agota la posible información sobre los objetos, por lo que preguntar si la luz es una onda o una partícula carece por completo de sentido. Lo cierto es que la onda y la partícula eran más bien dos comportamientos de la luz, que se manifiestan de distinta manera según el experimento que estemos realizando (pruebas del efecto fotoeléctrico o de la doble rendija). En este caso, la incertidumbre no está provocada por la observación sino que es intrínseca al sistema. Esto se vino a poner de manifiesto con el experimento de las dos ranuras de Young. En éste usamos una partícula que lanzamos sobre dos rendijas abiertas. Si no medimos dicha partícula, ésta se comporta como una onda, atraviesa las dos rendijas a la vez y se interfiere a sí misma al otro lado. Pero si medimos el fotón antes de que alcance las ranuras, entonces provocamos el colapso de su función de onda, y se comporta como una partícula clásica, atraviesa una única rendija y no produce patrón de interferencias.

Pero Einstein no se rindió. Su cabeza empezó entonces a trabajar para imaginar y diseñar un experimento mental que le permitiera refutar la interpretación de Copenhague (así se llamó al consenso que aprobaba la incertidumbre cuántica y las nuevas reglas de la mecánica). No obstante, lo que en otro tiempo le había servido para desarrollar la teoría general de la relatividad, su gran imaginación, ahora se habría de quedar en papel mojado. Einstein propuso un experimento en el que, al parecer, era posible determinar al mismo tiempo la posición y la velocidad de la partícula con una precisión mayor de la admitida por el principio de incertidumbre. Pero enseguida Bohr contraatacó e identificó un error en el experimento del ulmense.

Con todo, la tozudez de Einstein le llevaría a embarcarse en un viaje en solitario en busca de una teoría de campo unificada que salvase su visión objetiva y determinista de la realidad, (independiente de las medidas e intrínsecamente definida). Pero también acabó aceptando y reconociendo los argumentos del propio Bohr, y cesaron los intentos de refutar el principio de incertidumbre. A partir de entonces Einstein pondría todos sus esfuerzos en demostrar, ya no los errores de la mecánica cuántica, sino su incompletitud y su provisionalidad.

Del mismo modo que Maxwell había unificado en el siglo XIX la electricidad y el electromagnetismo, Einstein esperaba hacer lo mismo con el electromagnetismo y la teoría de la relatividad general. Tenía la esperanza de que ese descubrimiento le diera finalmente la razón sobre la naturaleza determinista de la realidad: “Usted cree en un Dios que juega a los dados y yo en una ley y un orden completos en un mundo que existe objetivamente y que, de manera puramente especulativa, me esfuerzo en entender” Esta frase se encuentra dentro de los escritos que Einstein dirigió a Bohr en 1944. Y prosigue: “aunque esta no sea por el momento más que una firme creencia, espero que llegue el momento en que alguien descubra un camino más realista o quizás un fundamento más tangible del que yo he podido descubrir.”

Alrededor de 1955 aparecieron una serie de artículos escritos por Bohm (no confundir con Bohr) sobre las denominadas variables ocultas. Esta formulación alternativa supone la existencia de ciertos parámetros desconocidos que serían los responsables de las características probabilísticas de la mecánica cuántica. Dichas formulaciones pretendían restablecer el determinismo que había refutado la interpretación de la Escuela de Copenhague. Bajo estas nuevas suposiciones, la mecánica cuántica sería una descripción provisional del mundo físico, y su probabilidad un fruto del desconocimiento de esos parámetros ocultos. Para Bohr en cambio la mecánica cuántica era una teoría completa cuyas hipótesis fundamentales no podían ser susceptibles de modificación. Entendía por completitud el que la función de onda proporciona una descripción exhaustiva de un sistema individual. Para Einstein en cambio una teoría completa debería hacer una proposición determinista. Las variables ocultas, una vez descubiertas, podrían restaurar ese determinismo. Pero lo cierto es que esas variables ocultas permanecen a día de hoy más ocultas que nunca.

Einstein alentó en principio el acuerdo con la teoría de las variables ocultas, la cual coincidía con su ataque a la mecánica cuántica basado en la supuesta incompletitud que aquejaba la nueva visión del átomo. Pero, paradójicamente, terminó por despreciar también esta teoría por ser demasiado chapucera. En opinión de Bell, Einstein estaba buscando un descubrimiento mucho más profundo del fenómeno cuántico. La adición de unas simples variables no encajaba dentro de las expectativas de Einstein, que seguía buscando una teoría de campo unificado.

La cuestión importante aquí es que Bell consiguió describir un experimento que pudo decidir finalmente quién tenía razón, los defensores de las variables ocultas, o los teóricos de Copenhague. Solo debían medir las correlaciones de pares de electrones para un determinado conjunto de detectores de spin, y repetir luego el experimento con distinta orientación. El teorema de Bell afirmaba que ninguna teoría local de variables ocultas podría reproducir el mismo tipo de correlaciones que la mecánica cuántica. Finalmente, el experimento reveló un elevado grado de concordancia a favor de esta última. El sueño de Einstein de encontrar una teoría final determinista quedaba, una vez más, hecho pedazos. Hasta ahora nadie ha podido vencer a la mecánica cuántica.

Las disputas intestinas entre Einstein y la Escuela de Copenhague tienen un claro reflejo y una continuación en esas otras controversias dialécticas (a otro nivel) que llevan a cabo los liberales afines al principio de identidad de Aristóteles (seguidores de la Escuela Objetivista de Ayn Rand), con aquellos otros (más relativistas) que ponen en duda el carácter absoluto o verdadero de tal principio. Y, a pesar de que mi cometido hasta ahora ha sido el de ilustrar la batalla que enfrentó a Einstein con los defensores de la mecánica cuántica (y el principio de indeterminación), y constatar a su vez el éxito aplastante (aunque tal vez provisional) que obtuvieron estos últimos, lo que intentaré a continuación será demostrar que el principio de identidad no guarda una relación directa con ese fracaso de Einstein. Por tanto, haríamos mal en renunciar a éste principio simplemente porque el alemán no fue capaz de refutar las tesis de sus oponentes ideológicos.


2. Principio de individuación

El principio de identidad es un principio clásico de la filosofía según el cual toda entidad es idéntica a sí misma. El principio de identidad es el reverso lógico del principio de no contradicción que afirma que una proposición y su contradicción no pueden ser ambas ciertas al mismo tiempo y en el mismo sentido. Aristóteles dice que “es imposible que al mismo tiempo y bajo una misma relación se dé y no se dé, en un mismo sujeto, un mismo atributo”. Por su parte, el principio de individuación designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad y concreción de cada ente, la diferenciación y pluralidad de los individuos, y la particularización de lo universal en el ser singular. El principio de individuación determina por tanto aquellas condiciones que hacen que los entes tengan identidad y sean algo concreto. El principio de individuación y el principio de identidad son dos formalizaciones lógicas que vienen a constatar lo mismo, a saber, que toda existencia tiene que ser ella misma y no puede ser otra cosa, es decir, que está obligada a tener identidad y ser un individuo. Pero el problema surge cuando los físicos descubren que las partículas fundamentales muestran un comportamiento aberrante, que parece contradecir esos principios de la lógica formal. Por ejemplo, según la mecánica cuántica, un fotón puede estar al mismo tiempo en dos lugares distintos, o tener también dos propiedades opuestas.    

En primer lugar, deberíamos aceptar que el principio de identidad no necesita ser absoluto para tener validez, y para poder aplicarse con éxito a un gran número de fenómenos físicos, sin que por ello tengamos que ponerlo a prueba de antemano. Todas las agencias espaciales siguen usando la teoría de Newton para lanzar y dirigir sus cohetes propulsados, aunque tengan a mano las fórmulas matriciales de la relatividad general. Las teorías científicas no se sustituyen por otras nuevas, más bien se modifican, se amplían, se corrigen, pero no se sustituyen. La ciencia progresa igual que lo hace la construcción de un edificio. Su elevación no compromete los pilares de las plantas bajas, antes bien, esos pilares son necesarios para que la estructura adquiera altura. En la ciencia pasa lo mismo. Caminamos a hombros de gigantes, y no los sustituimos ni los matamos. Hay ciertas cosas o partes de la teoría que siempre serán verdaderas y de las que podemos estar completamente seguros.

El problema que se plantea en torno a la mecánica cuántica tiene una naturaleza similar. Las teorías que podamos describir en el futuro en relación con la física de partículas no van a refutar la relatividad general de Einstein. Podrán modificar su edificio, a veces de forma radical. Pero no van a derribarlo. La teoría unificada tendrá que integrar en su formulación las variables que operan a gran escala, la fuerza de la gravedad y la relatividad general, y todas aquellas que lo hacen a escalas microscópicas, la cromodinámica cuántica y la electrodinámica cuántica. De la misma forma, la incertidumbre o indeterminación cuántica no viene a contradecir la determinación y la identidad de los objetos que constituyen el macrocosmos. La incertidumbre solo se aplica cuando las partículas están completamente aisladas y no sufren ninguna interacción con el entorno. Pero eso no es lo que pasa en la naturaleza en la mayoría de casos. Normalmente, el mundo está compuesto por millones de corpúsculos que interaccionan en estructuras más grandes. En ese caso, se produce lo que se llama el colapso de la onda, la partícula deja de tener varios valores simultáneos y aparece una identidad clara (es lo mismo que ocurre cuando medimos e interferimos en el fotón durante el experimento de la doble rendija de Young).

El principio de individuación (que describe el proceso por el cual aparece la identidad) se aplica a todo el universo, pues todo él está hecho de partículas que están en constante interacción. Solamente en el caso de que exista una partícula aislada, podemos hacernos la pregunta de si tiene o no identidad, pero esa situación es prácticamente irreal. Por tanto, con mayor razón podemos coger el principio de identidad y aplicarlo a los sistemas más complejos e interactivos de toda la naturaleza, las sociedades humanas, y a las relaciones más importantes que se dan dentro de esos sistemas, las relaciones económicas (como hace Ayn Rand).

La interacción produce el colapso de la onda. El colapso genera la identidad. La identidad se manifiesta de manera inmediata cuando las interacciones se hacen presentes. La sociedad humana es un sistema repleto de interacciones, a todos los niveles. Por consiguiente, no existe una estructura mejor a la que poder aplicar el principio de identidad. La identidad aparece cuando surgen las interacciones, y, por lo mismo, cobra más importancia cuando estas aumentan. Un sistema con muchas interacciones es también un sistema con muchas identidades, y con muchas partes elementales. La interacción no es otra cosa que el resultado de la acción de dos o más individuos. Si existen interacciones es porque existen individuos. Si existen individuos, no podemos negar que se cumple el principio de identidad. Si la individualidad aparece desde el mismo momento en que dos partículas interaccionan (cosa que no debería extrañarnos: la individualidad siempre se manifiesta por oposición a lo demás), tampoco podemos negar el carácter universal de dicho principio. Y si la sociedad humana está constituida por millones de individuos e interacciones, tampoco deberíamos negar la enorme importancia que tiene este principio objetivista en la descripción del comportamiento de dichas sociedades.

Por lo demás, también deberíamos entender que el principio de identidad es un principio filosófico, y no un principio científico. Por tanto, no requiere ninguna prueba fáctica. En filosofía no tiene sentido recabar información (miles de datos) para saber si una estructura concreta se comporta como una partícula o como una onda. El principio de identidad de la filosofía dice simplemente que toda entidad es idéntica a sí misma, es decir, designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad y concreción del ente (principio de individuación). Identidad e individuación vendrían a ser la misma cosa, la una la cualidad y el otro el proceso que determina la misma. Por tanto, nada se dice sobre las partes que constituyen esa entidad. El principio de identidad es un principio existencial, describe una cualidad que deben cumplir todos los objetos que existen. Para ser una entidad existente es necesario que la cosa sea indivisible, es decir, que no se pueda dividir en otras partes más elementales. Pero esta prohibición no se debe a que no esté constituida por dichas partes, sino al hecho de que su división supone también su desaparición como entidad unitaria. El principio de individuación es sencillamente la entidad total de la cosa (como decían los nominalistas). Dicho principio no apela a las partículas fundamentales, su lucha no es la misma que impulsaba a Einstein. El principio de identidad se refiere a todas aquellas cosas que tienen una estructura definida. Una entidad existente puede tener también un comportamiento intrínseco ondulatorio o particular. Pero, en cualquier caso, seguirá siendo una cosa concreta, finita, y seguirá ejerciendo la función de elemento determinado. Sin embargo, lo que Einstein buscaba era un principio determinista, que le diera la clave del funcionamiento real de los elementos más básicos de la naturaleza. En cambio, lo que dice el principio de identidad es que todas las cosas deben ser algo determinado, pero no entra a valorar la naturaleza concreta de la materia. Basta con que haya cosas concretas a un nivel relativamente básico para que la materia pueda organizarse con alguna coherencia, determinando su posición y su unidad.  

La metafísica estudia el ser en tanto que ser, y no sus cualidades concretas. Dicho análisis no se confirma acudiendo a la naturaleza interna de la estructura. Lo que hace que las cosas tengan identidad no es su constitución interna sino sus límites externos y su posición en el espacio. Así, una partícula tiene identidad tanto si es fundamental como si no lo es. De la misma manera, una onda de probabilidad es también una cosa concreta, con  identidad propia, y da igual que esté compuesta por una superposición de estados. Las personas también son entidades únicas, y sin embargo están formadas por millones de partículas en distintas posiciones. Pero eso no impide que sigan siendo una entidad. Y lo mismo ocurre con una onda. Una onda está formada por una partícula en distintos estados y eso tampoco quiere decir que carezca de identidad propia.

Ahora me dirán, si bueno, estoy de acuerdo, pero sigue existiendo una clara indefinición (o incompletitud) a la hora de medir una partícula aislada. Puede que no hayamos llegado a resolver todavía ese punto. Nadie debe dar la espalda a este problema. Pero eso no quiere decir que debamos rechazar la universalidad del principio de identidad. No podemos hacer otra cosa que ratificarnos en lo que ya hemos dicho más arriba:

  1. En primer lugar, el problema de la indeterminación cuántica es más un problema científico (de identificación de las cualidades concretas de un ser particular) que filosófico (de identificación del ser en tanto que ser). No sabemos cómo se comportan las partículas a escala microscópica. Pero sería absurdo que pusiéramos en duda que se comportan de alguna manera, y que por tanto tienen alguna identidad. Si la ciencia no asumiera un comportamiento observable, cualquiera que este sea, su búsqueda tampoco tendría ninguna razón de ser.  
  2. La mecánica cuántica no tiene la última palabra, es una teoría inacabada, y todavía nos puede deparar muchas sorpresas. Tal vez la incompletitud a la que se refería Einstein pueda resolverse del lado del alemán.
  3. Además, la mecánica cuántica es bastante irrelevante para el caso general que nos ocupa. La mayoría de las veces el mundo opera con individuos perfectamente definidos, y no con indeterminaciones físicas. Solo las partículas aisladas tienen la manía de aparecer en varios sitios al mismo tiempo.   
  4. Una partícula puede encontrarse en dos posiciones distintas, quebrantando así el principio de identidad. Pero también podemos suponer que cada una de esas dos posiciones es una partícula distinta, con distinta identidad. La onda simplemente sería la manifestación emergente que resulta de esa combinación de partículas o individuos o posiciones.
  5. Finalmente, podemos considerar también que una onda de probabilidad es, a todos los efectos, un individuo completamente irreductible. No es que esté formada por partículas en estados superpuestos, es que es en sí misma un estado único indivisible. Sería absurdo entonces hablar de estados simultáneos o contradictorios. Imaginen que ya hemos llegado al estado más fundamental de la materia. Tenemos una partícula que ya no se puede dividir más. Esta partícula no puede ser adimensional. Cualquier teoría imaginable tiene que tener unas dimensiones y un marco conceptual. A la realidad le pasa lo mismo. El infinito no es una opción. A medida que profundizamos más en la naturaleza básica de la materia, vamos encontrando partículas cada vez más pequeñas. Pero no podemos estar haciendo esto indefinidamente. Cualquier teoría definitiva, que busque esa completitud, ha de determinar también un tamaño mínimo para la materia. En física clásica este tamaño se llama longitud de Planck. Y en la física más puntera el problema se remedia sustituyendo los puntos adimensionales por las cuerdas multidimensionales (teoría de cuerdas). De ese modo, llega un momento en el que las partículas tienen cierta dimensión, pero no están constituidas por otros elementos. Con el infinito no se elaboran teorías. Y esto también lo saben los físicos de partículas. La teoría de cuerdas, que pretende ir un paso más allá de la mecánica cuántica, propone un modelo fundamental que asume que las partículas puntuales son en realidad estados vibracionales de un objeto extendido llamado cuerda o filamento que vibra en un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones. Es muy posible que ese límite inferior sea una condición de posibilidad del propio universo. Y eso es precisamente lo que marca también el principio filosófico de individuación, a saber, que todas las estructuras y las cosas están obligadas a tener una identidad concreta, la cual solo será posible si existen unos límites reconocibles y unas dimensiones de partida.

Imaginen que llegamos a la conclusión de que una onda de probabilidad es simplemente una onda de probabilidad, y que no tiene sentido que nos refiramos a ella como el producto que resulta de la superposición de los distintos estados de una misma partícula, es decir, que no tiene sentido describir una onda con las mismas palabras o expresiones que usamos para describir los corpúsculos. Imaginen que la onda es en sí una entidad elemental, atómica, una cosa concreta e indivisa, un individuo. De hecho, es el propio Bohr el que afirma en uno de sus trabajos que la función de onda proporciona una descripción exhaustiva de un sistema individual.

No niego que nos falta cierta información vital, y que no podemos concluir con una respuesta que satisfaga a todas las partes. Los físicos siguen a la espera de encontrar una teoría unificada, y, mientras no la encuentren, no podemos decir que tenemos todas las respuestas. Tal vez nunca la encuentren. Puede ser que nos estemos enfrentando a límites insuperables. Pero debemos incidir en una diferenciación clara, para no caer en una falsa identificación. Los conceptos científicos están en permanente evolución, ampliando sus visiones y sus marcos teóricos. Ese es el rasgo más distintivo de las ciencias experimentales. Por tanto, es lógico que no hayan encontrado todavía una solución fetén. Ahora bien, no podemos confundir esa labor científica con el trabajo que realizan los filósofos. Los filósofos no hacen ciencias experimentales. Proponen principios apodícticos, los cuales no requieren de ningún probatorio, ya que se fijan en hechos absolutamente necesarios (condiciones de posibilidad). Por tanto, es absurdo esperar a los resultados de los científicos para confirmar o desmentir una idea filosófica. La ciencia y la filosofía se complementan en muchos aspectos, pero no se pisan el trabajo. El principio de identidad no queda anulado porque descubramos una partícula aislada dispuesta en distintos estados. El principio de identidad es mucho más que todo eso. Quien no entienda esto, no sabrá tampoco de filosofía. Ya sé que muchos solo le hacen ojitos a la ciencia. Pero no saben lo que se pierden. Desconocen el enorme bagaje intelectual y las grandes aportaciones que ha realizado la filosofía al acervo común del hombre. Cojean de un lado, y no les preocupa. Solo le hacen ojitos a la ciencia, y cuando ésta les responde con un desaire, no conciben otra fuente de conocimientos, y casi se vuelven relativistas. La filosofía aristotélica es una tabla de salvación. Pero muchos ni siquiera saben que Aristóteles también ejerció como físico. Todo eso les queda demasiado lejos o muy grande. Desconocen lo que es una categoría universal. No saben lo que es un imperativo categórico o un principio incausado. Confunden el axioma con la hipótesis, el sujeto con el objeto, la clara de huevo con los huevos de Clara. Sumidos en ese adormecimiento profundo que provocan los quehaceres diarios, solo contemplan aquello que entra dentro de su propia especialidad. Por desgracia, el mundo se ha llenado de especialistas que ya no tienen nada de especial.    

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La defensa norteamericana de Jean-Francois Revel

“Los jóvenes antimundialistas son en realidad unos vejestorios ideológicos, fantasmas resurgidos de un pasado de ruinas y sangre…, Estados Unidos, país que, en doscientos veinte años no ha conocido ni una sola dictadura, mientras que Europa las ha coleccionado… La verdad es que la izquierda europea no ha entendido nada de la historia del siglo XX. Sigue siendo fanática con los moderados y moderada con los fanáticos… Se ve perfectamente para qué nos sirven los Estados Unidos: para consolarnos de nuestros propios fracasos alimentando la fábula de que ellos lo hacen aún peor que nosotros y que lo que va mal en nuestro país se debe a ellos.” (Revel, 1924-2006)

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Cualquier desmán que puedan cometer los Estados Unidos en materia económica o política, cualquier declaración o cualquier acción de sus presidentes o sus embajadores, por muy mala que pueda ser, resulta anecdótica y ridícula si la comparamos con las dictaduras bananeras de Sudamérica, con la mojigatería vergonzante de Europa, con el matonismo zarista de Rusia, con el comunismo edulcorado de China, con la corrupción institucional de África, o con la teocracia sanguinaria de los países islámicos. Imaginen qué pasaría si no hubiera existido jamás una tradición anglosajona (Inglaterra, Estados Unidos, Israel). El mundo sería una bazofia irrespirable, repleta de sicofantes, sátrapas, intestinos, suplicatorios, plañideras, puritanos, asesinos, pogromos, leviatanes, hotentotes, caudillos, capitostes y alfeñiques. No merecería la pena vivir en este planeta. No escatimo recursos a la hora de criticar alguna postura de los Estados Unidos (por ejemplo, el nacionalismo conservador de los republicanos). Pero mi seña de identidad será siempre la misma que ha marcado el destino de los ingleses y los norteamericanos (la Revolución Gloriosa de 1688), a todas luces mucho mejor que el páramo cultural en el que se han convertido los países que rodean a estas naciones libres. Todos debemos hacer un examen de conciencia, mirarnos el ombligo, reconocer nuestros errores, y, si podemos, afear el gesto a todos esos manifestantes que salen a las calles en nuestras regiones y nuestras ciudades, blandiendo su obsesión antiamericana, como si fuera un triunfo de la sociedad entera. Los enemigos de Norteamérica salen de debajo de las piedras, como las serpientes y las culebras, saltan a las primeras de cambio, como las hienas en un festín de carne, siembran cizaña allí por donde van, se arrogan la defensa de las libertades. Todos ellos reivindican la misma serie de derechos y conquistas sociales. Y al parecer esas reclamaciones suelen tener un efecto hipnotizador en la gente. Pero una vez despojadas de la parafernalia y el postureo ideológico que suele acompañarlas, estas defensas no esconden otra cosa que un nuevo pretexto para imponer otra tiranía popular, la hez del mundo, la Tierra entera, si exceptuamos a Inglaterra y los Estados Unidos de América.

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El mensaje liberal: ¿quién tiene la culpa de que no se transmita, el mensajero o el receptor?

6a00d8341c595453ef017c3457ade1970b-320wiEs un hecho que los liberales somos una minoría de incomprendidos bastante exigua. Pero ya he dicho en repetidas ocasiones que no haríamos bien en achacar esa escasa difusión a una falta de talento del mensajero, como parece que quieren hacer algunos. Estaríamos prostituyendo nuestro mensaje si quisiéramos envolverlo en una caja bonita atada con cintas de colores. Nuestras ideas son las que son, y, precisamente porque son así, es que no gozan de tanta difusión. La verdad siempre es más difícil de digerir, sobre todo si aquel que debe consumirla tiene cuatro estómagos, rumia la comida y se pasa todo el día masticando cosas que apenas llevan sustancia (caso de los socialistas). El liberalismo está repleto de buenos académicos, personas ilustrísimas, exponentes notables, y expertos sin tacha. De lo que no está hecho el liberalismo es de caramelos, piruletas y píldoras doradas. El liberalismo no está preparado para agradar a la masa, sino para honrar a la verdad. El repudio general reverdece los laureles del liberalismo más que ninguna otra cosa, ya que evidencia una puesta en acción que acusa una estupidez pluscuamperfecta, que suele afectar a una mayoría de gregarios. Si somos atacados por las masas es porque tenemos un discurso cargado de razones. Y ya se sabe que la gente no suele atender a razones, no suele sacudirse nuca la pereza intelectual, pocas veces tienen tiempo para leer un libro de economía, y menos aún para armar un argumentario propio.

Esta situación del liberal, parecida a la que tendría un paria cualquiera en una tierra lejana, tiene diversas manifestaciones y consecuencias, pero ninguna más representativa que aquella que le hace aparecer como un defensor a ultranza de cualquier empresa o empresario. Nada más lejos de la realidad. Los liberales no defendemos a las empresas. No es culpa nuestra (del mensajero) que los receptores sean unos tarugos intelectuales, unos adoquines incapaces de comprender qué mecanismos y qué organización apoyamos. Nosotros no protegemos a las empresas privadas. Defendemos la competencia empresarial libre de protección y encaminada a satisfacer las necesidades de los ciudadanos, esto es, de todos los consumidores. Ese es el único mecanismo virtuoso de la economía. Pero muchos socialistas, que al parecer sufren de hemiplejia y falta de atención, deducen que, como no defendemos sus políticas intervencionistas, obligatoriamente tenemos que ser fieles partidarios del mundo empresarial, cualquiera que este sea, aunque apenas se distinga lo público de lo privado. No caen en la cuenta de que una empresa privada que está subvencionada por el Estado no es otra cosa que un pseudópodo suyo, y no tiene nada que ver con el sistema de libre comercio.

Dos ejemplos recientes de esto que estoy diciendo:

Primer caso. En España las temperaturas se desploman. La demanda energética sube. La oferta se encarece. Se impone el precio marginal que establecen las eléctricas más caras del sector. Todo muy lógico. Pero como vivimos en un mundo de palurdos y mercachifles, toda la gente corre a decir que se viene el fin del mundo. Extrapolan los precios actuales de la energía para pronosticar un gasto adicional en la factura de cientos de euros a final de año. Se demoniza a las empresas eléctricas y por extensión al malvado capitalismo. Todos creen que es culpa de los liberales: ¡malditos sean!. Calculan que morirán de frío al menos algunos miles de personas. Quieren intervenir todavía más el mercado de las energías, sin tener en cuenta que eso traerá un nuevo incremento de los costes (si los precios se mantienen por debajo de su valor natural, aumenta el número de demandantes, el mercado termina desabastecido, y aparece la inflación). Quieren fijar precios, desconociendo completamente los factores naturales que influyen en esos valores. Esto es un cataclismo -nos dicen-. Pero en unos días, cuando las temperaturas empiecen a subir, todo volverá a la normalidad, salvo el comportamiento irracional de todos estos “expertos” de la economía, que seguirá mostrando un grado de anormalidad cada vez mayor. Parece que se reafirman con cada nuevo fracaso o falso pronóstico de sus tesis elementales. Ignoran por completo la ley de la oferta y la demanda, la teoría marginalista, la tabla del dos. Se hacen llamar economistas. Dicen que han estudiado. Pero son un atajo de inútiles. Parecen una caterva de físicos y químicos de pacotilla, jugando a ser científicos, intentando determinar el grado de solubilidad de una sustancia concreta sin aceptar primero la existencia del átomo.

Segundo caso. Donald Trump dice en su discurso de investidura que va a proteger y favorecer a las empresas norteamericanas, para que la nación sea mucho más rica y grande. Si pretende favorecerlas bajando impuestos me parece perfecto. Si lo quiere hacer cobrando un peaje cada vez que importen o exporten algún producto, entonces se equivoca. En ese caso el nacionalismo empresarial no produce beneficios netos. Solo el libre mercado los produce. Las empresas no son buenas o malas porque sean de un país en concreto. Solo son buenas si venden más bienes y satisfacen más necesidades. Por eso las empresas deben competir libremente en el mercado internacional y sobrevivir únicamente si benefician al consumidor medio. Si se protegen las empresas del propio país, se obliga a los estadounidenses a consumir sus propios bienes, se les prohíbe acceder al mercado internacional y se les impide buscar productos mejores y más baratos alrededor del mundo. Y esto disminuye su capacidad relativa y sus probabilidades de tener éxito y encontrar aquello que les haga más felices. Mal empieza la legislatura de Donald Trump si piensa castigar a las empresas que produzcan servicios fuera del país. Si así lo hiciera, Trump no sería más que otro socialista, otro estatista insaciable, un intervencionista de derechas, un nacionalista de mercado. Trump se parecería mucho más a un socialista que a un liberal. Pero como el mensaje que transmiten los liberales no está hecho para que sea comprendido por el progre, todos acaban pensando que Trump representa el capitalismo y el libre mercado. Son este tipo de tergiversaciones las que hacen que los liberales caigamos en desgracia. Nadie nos escucha. Nadie nos entiende. Pero no es un problema del mensajero, sino una tara del receptor. Los liberales no comunicamos mal. Simplemente, la libertad no vende.

Con ello tampoco quiero desalentar al liberal. No digo que no debamos mejorar todo lo posible nuestra estrategia y nuestra oratoria. Digo que esa mejora no traerá demasiados cambios. El mundo de la propaganda seguirá siendo de aquellos que mejor saben mentir, o de aquellos que son más vulnerables al engaño, y en cualquier caso estará repleto de oyentes adocenados, incapaces de entender. Y esto no lo va a cambiar ni el mismísimo Rasputín. 

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La incertidumbre cuántica y el principio de identidad: dos hechos compatibles

adHace ya muchos años, cuando empezaba a despuntar mi interés por la Física y la Cosmología, y despertaba poco a poco mi gusto por las ciencias en general, y el aprecio de sus métodos, unos compañeros de universidad, viéndome de esta guisa: arrebatado, decidieron regalarme un libro que creyeron me podría interesar. Se titulaba El Tao de la Física. No recuerdo ahora quién era el autor. La cuestión es que su lectura me dejó indiferente (no logré acabarlo).  No me decepcionó porque ya me temía lo peor. La tesis que manejaba su autor intentaba convencernos del fabuloso poder que ostenta el ser humano en la naturaleza, pero al mismo tiempo nos apercibía del desperdicio que supone no darse cuenta de ese potencial latente. Todas sus ideas apelaban a una fuerza física casi mágica, imperceptible para muchos, que residiría en lo más hondo de nuestro ser, y que solo estaría limitada por nuestra imaginación y nuestro verdadero deseo de utilizarla. Apenas quedaba claro en la obra como se podía relacionar ese potencial oculto con las descripciones que aparecen en cualquier texto de fisiología animal. El libro en cuestión era un tótum revolútum compuesto de ideas científicas serias mezcladas con pseudociencia y aliñadas con una constelación de tópicos y frases hechas, más propios de un libro de autoayuda que de un manual serio de física elemental.

Las ideas científicas son el nuevo alimento de las religiones. A medida que la ciencia ha ido desvelando más parcelas de realidad, los mesías han abandonado el gusto por las clases de religión y han empezado a tomar conciencia de las teorías con las que la ciencia trabaja, al objeto de adaptarlas e integrarlas en sus visiones numinosas. Los hombres siempre están intentando encontrar un sentido profundo a sus vidas. Antiguamente, el chamán de marras obtenía esa importancia bebiendo del brebaje que elaboraba él mismo con hierbas alucinógenas, o comiendo los testículos de un individuo de otra tribu al que previamente habían sacrificado. Ahora ya no practicamos esos rituales sangrientos, pero seguimos pensando que el hombre dispone de un poder sagrado, sobrenatural, y que solo necesita invocar a las fuerzas de la naturaleza para hacer uso del mismo. El contexto ha cambiado, pero no así la naturaleza numinosa del hombre. En consecuencia, hoy en día se mira hacia la física cuántica y se observa con satisfacción un mundo completamente distinto, lleno de partículas subatómicas casi irreales. Así, muchos diletantes han creído encontrar en esta disciplina una nueva fuente de remedios, otro bálsamo de fierabrás, otra forma de canalizar sus deseos, y una cura definitiva, amparada por la ciencia más puntera. De ese modo, el comportamiento de dichas partículas es inmediatamente trasladado a la esfera humana, y es utilizado por estos nuevos gurús para hablar del hombre y para atribuirle unas habilidades increíbles, semejantes a esas características fantasmagóricas que muestran los corpúsculos de los que está hecha toda la materia.

Por ejemplo, se describe el microcosmos y se resalta el carácter simultáneo de dos valores observables, lo que en física se llama la superposición de estados (las partículas adoptan muchas posiciones a la vez). A continuación, nos llaman la atención para que apreciemos un fenómeno que los físicos denominan colapso de la función de onda, y que se utiliza para explicar por qué no se percibe esa misma ambigüedad de estados en las escalas grandes. Así, cuando la materia se une formando estructuras mayores y las partículas empiezan a interaccionar entre ellas, las ondas de probabilidad que definen a estas partículas colapsan inmediatamente, y se deciden invariablemente por una única posición. Evidentemente, ese colapso tiene que producirse. De lo contrario veríamos objetos muy extraños, dispuestos en múltiples sitios a la vez.  Pero a continuación, los autores de bestsellers de divulgación como El Tao de la Física dicen cosas tan raras como que ese colapso lleva a pensar que las partículas tienen algún grado de conciencia, y deciden por ellas mismas qué posición quieren ocupar. Esto es un completo absurdo, fruto de una incapacidad para distinguir el mundo macroscópico, donde surge la conciencia (cuando aparece la especie humana) del ámbito del microcosmos, donde no puede haber ningún grado de inteligencia.

Por lo visto, hay personas que no observan ningún problema a la hora de atribuir a las cosas cualidades que son propias y exclusivas del ser humano. Este fenómeno psíquico se denomina antropomorfización y tiene en el ejemplo que acabamos de ver una de sus máximas expresiones.

Pero esta facilidad para tomar características de un nivel estructural y aplicarlas a otro nivel completamente distinto, no discurre solo en un sentido. Muchos popes del iluminismo cuántico enumeran también toda una serie de propiedades afines a las partículas elementales, y no dudan en aplicarlas en este caso al hombre, como si éste fuera también una partícula más.

A nivel macroscópico, el espacio y el tiempo juegan un papel vital en la construcción de la realidad. En el microcosmos, en cambio, un conjunto de partículas pueden comportarse como si fueran una sola (condensado bose-einstein), o pueden hallarse entrelazadas, interaccionando entre ellas a miles de kilómetros de distancia, como si no hubiese espacio que las separase. Sin embargo, en el macrocosmos ocurre todo lo contrario. Cada objeto tiene una posición única y muestra una individualidad que le permite definirse y existir. Es absurdo aplicar propiedades del microcosmos al macrocosmos y pretender que nosotros, seres del macrocosmos, nos comportemos como si fuéramos meras partículas elementales. Es como pretender atribuirnos los mismos gustos que tienen las tortugas solo porque compartimos un antecesor común. Aunque estemos hechos exclusivamente de átomos, de ninguna manera somos átomos aislados.

Es absurdo que alguien afirme que las partículas sufren colapso cuando se unen a otras para formar estructuras más grandes, y a continuación se diga que esos objetos más grandes  pueden comportarse igual que las partículas aisladas de las que están hechos, como si no hubiera obrado ningún colapso.

En el microcosmos las partículas se encuentran entrelazadas unas con otras, pero esto no quiere decir que los humanos también podamos estarlo. La unión espiritual y la comunión con el resto de seres del planeta es una creencia muy anhelada y extendida entre la gente. Y muchos creen ver en la física cuántica una constatación definitiva de estas ideas. Esta apreciación es tan estúpida como fácil, y es típica de personas que desconocen por completo el significado real de las teorías científicas.

Por supuesto, también los relativistas de nuevo cuño han decidido unirse a la fiesta de la física y han creído ver en la mecánica cuántica una nueva manera de justificar todos estos sinsentidos y absurdos. La observación de las partículas subatómicas implica la alteración de su posición o su movimiento. Esto es algo inevitable (principio de incertidumbre de Heisenberg). Si no podemos estudiar un fenómeno sin alterarlo en cierta medida, tampoco podemos conocerlo del todo. Por eso deducimos que existe un límite de tamaño que estaría impidiendo cualquier análisis objetivo de la materia a escalas muy pequeñas. Ahora bien, esto no quiere decir que no exista nada objetivo, o que el método científico carezca de validez. Antes de llegar a esa barrera inferior, existe un sin fin de datos y fenómenos accesibles al entendimiento. Sin embargo, los nuevos relativistas se basan en esas propiedades de la física cuántica para asegurar que no hay nada que pueda ser objetivo, y que todo depende del sujeto que realiza la observación. Su razonamiento lleva a cabo una reducción completamente absurda. Dado que no podemos medir la posición de una partícula aislada, tampoco podemos medir la posición de una vaca lechera, por ejemplo. Esta es otra salida de pata de banco de los amigos de lo paranormal, y también de todos aquellos magufos que han creído encontrar en la física cuántica a un nuevo y mejor aliado. Asimismo, ilustra también ese error común que ya hemos visto y que consiste en confundir el microcosmos con el macrocosmos, y atribuir propiedades de uno al otro.

Einstein es el padre de la principal teoría que describe la naturaleza física del macrocosmos: la relatividad general (la fuerza de la gravedad es la única que influye a larga distancia, en las grandes escalas de tamaño, y por tanto la única que ordena las estructuras más grandes del universo). Después de darla a conocer al mundo, pasó el resto de su vida intentando adaptar las leyes que describen el mundo cuántico (el de las fuerzas atómicas) con aquellas otras que dictan la naturaleza del macrocosmos y que él había descrito en su teoría de la relatividad. Pero murió sin ver cumplido su objetivo. Y ahora, una serie de papanatas mucho menos versados en la materia que el propio Einstein, pretenden hacernos creer que esos dos mundos pueden ser descritos de la misma forma, con las mismas leyes, llegando al punto de pensar que las propiedades de una única partícula pueden ser trasladadas a un objeto compuesto por miles de millones de esas partículas.

Hay tantas paranoias relacionadas con este asunto de la física que me llevaría mucho tiempo enumerarlas y describirlas todas. Por ejemplo, existen homeópatas que afirman que el agua tiene memoria (como los humanos) y que sabe leer las palabras que se pegan en los botes. Y los hay que dicen que el pensamiento puede influir en la estructura molecular, de igual modo que influye en el comportamiento de un animal. De nuevo están aplicando una propiedad de un nivel estructural concreto para describir otro nivel completamente distinto, confundiendo, ya no las churras con las merinas, sino las ovejas con los átomos.

En fin, podría estar horas hablando de todas estas incongruencias. Pero me quiero detener finalmente en otra creencia pagana muy extendida que también hace uso de la física cuántica para desacreditar algunas teorías políticas y económicas. De todos es sabido que el liberalismo fundamenta sus mayores reivindicaciones en la libertad del individuo. Por su parte, el socialismo aboga por todo lo contrario, antepone el colectivo al individuo, y somete a estos últimos a un continuo ninguneo. Finalmente, los relativistas, algunos de los cuales también provienen del ámbito liberal (libertarianismo y subjetivismo), desprecian cualquier principio que pueda presentárseles, y en consecuencia también ningunean aquellos idearios que resaltan sobremanera la importancia y el valor del individuo. Lo mollar del asunto es que ambos sectores ideológicos (relativistas y socialistas) coinciden a veces a la hora de usar la incertidumbre constitutiva que impera en la física cuántica como excusa para ir en contra de los liberales.

Así, los relativistas hodiernos (aquellos que no conciben ningún tipo de principio) suelen acudir a la física cuántica para dar el último espaldarazo a sus teorías epistémicas (o a su falta de teorías). El principio de incertidumbre afirma que no se puede conocer la posición y la velocidad de una partícula al mismo tiempo, lo que pone un límite inferior a las aspiraciones intelectuales de cualquier ser humano. Pero es sumamente inadecuado trasladar ese principio de la física al ámbito del macrocosmos. En el macrocosmos también existen límites; estos se basan en la enorme complejidad que adquieren los sistemas compuestos por millones de partes. Pero no se puede decir que esos sistemas se vean afectados por los mismos obstáculos que impiden el conocimiento de la realidad cuando se observan cosas muy pequeñas. Y por supuesto, es absurdo apelar a la incertidumbre cuántica para justificar una incertidumbre completa en el ámbito de los sistemas grandes. Evidentemente, existen también muchas certitudes. Así, los que utilizan la física cuántica para desacreditar cualquier teoría válida cometen un error muy peligroso. Esto les lleva defender que no hay nada seguro en la vida y que todo es relativo; que no existen principios objetivos y que las cosas nunca se concretan en algo cierto. Eso lo piensan algunos libertarios compañeros míos. Este relativismo físico suele desembocar en un relativismo moral que amenaza la estabilidad y el progreso de las sociedades avanzadas, fundadas en valores de necesaria observancia.

Finalmente, existe otra clase de libertarios que también utilizan la mecánica cuántica como herramienta arrojadiza, para desacreditar algunas teorías asociadas al liberalismo, relacionadas con la escuela objetivista de Ayn Rand. Dicha escuela aspira a rescatar el principio de identidad o principio de individuación de la filosofía, al objeto de aplicarlo al ámbito de la economía y la vida social, y con la intención de endurecer el concepto de la libertad individual que los liberales manejamos para describir la sociedad. Si logramos demostrar que las ideas de los liberales están enraizadas en un conocimiento de la realidad absoluto, propio de los principios más generales de la filosofía (axiomático), habremos ratificado definitivamente nuestras teorías económicas. Pero algunos ponen en duda esa absolutez del principio. Y los más excéntricos afirman que, como las partículas se encuentran en varios estados al mismo tiempo, y no tienen individualidad, eso dejaría sin efecto el principio de identidad y frustraría el intento de convertir este presupuesto en una verdad absoluta para usarlo a continuación como baluarte del ideario liberal.

En primer lugar, habría que responder que, aunque fuera cierto que la mecánica cuántica pone en jaque la universalidad del principio, esto no quiere decir que dicha generalización se vea comprometida. El universo observable es un mundo hecho principalmente de individuos, y esto ya es suficiente prueba para justificar el uso de esta condición básica (la condición de que todas las cosas deben tener una identidad) y desarrollar a partir de ella una teoría social plenamente satisfactoria. La individuación y su corolario lógico, la acción individual, son condiciones de posibilidad, instancias previas, necesarias para que todas las cosas existan y se manifiesten, y por tanto pueden ser utilizadas como puntos de partida, para desarrollar una teoría lógica. No en vano, Mises supo emplear esa acción individual para pergeñar una teoría omnicomprensiva, que aportaba conocimientos en muchos campos y áreas de la economía teórica. El mero hecho de que la individualidad sea una propiedad tan general, e incluso si consentimos en admitir que no es absoluta, debe otorgar un carácter de primacía a todas aquellas teorías que usan esa primera circunstancia para construir sus leyes y hacer sus predicciones.

En segundo lugar, diremos que el concepto filosófico de individualidad no se ve en absoluto alterado por ese otro concepto de la física moderna que concibe la partícula como una función de onda. Lo importante en todo esto es la condición de posibilidad que atribuye identidad a todas las cosas que existen. Y una onda de probabilidad también es un objeto con identidad, finito, limitado, ubicado en una región concreta del espacio y el tiempo.

Finalmente, y para acabar, debemos insistir en algo que tiene que quedar claro. Una cosa sin identidad es una contradicción en sus términos, no tiene sentido. Hasta ahora hemos visto que podemos prescindir del carácter absoluto del principio que defendemos, y no por ello renunciar a la importancia que tiene la generalización que este principio lleva a cabo en la naturaleza. Incluso si no fuera absoluto, el principio en si es de una trascendencia indudable. Que afecte o no también en el ámbito de la física cuántica, en el borde mismo del conocimiento fáctico, es casi una anécdota sin importancia.

Pero es que además podemos estar seguros de que el principio de individuación es un principio realmente absoluto, pues se basa en el hecho de que no puede existir nada que carezca de identidad. Eso es irrefutable. No es necesario implementar demostración alguna para saber de antemano que todas las cosas del orbe deben tener algún tipo de identidad. Cualquier propiedad que imaginemos tiene la obligación de apelar siempre a una identidad concreta.

Como hemos visto, es importante que diferenciemos el macrocosmos del microcosmos, para no confundir sus propiedades. Pero también es necesario que entendamos que ambos mundos se deben atener a unas condiciones básicas. Existen algunas cualidades que son comunes a ambos dos y que conforman necesariamente toda la realidad. La identidad, tal y como la define la filosofía, la propiedad entitativa por antonomasia, o el sentido del ser en tanto que ser, es una condición de partida ineludible, cuya falta compromete toda la realidad, la propia existencia, y que por tanto debe afectar a todos los mundos imaginables, por mucho que algunos quieran ver en la superposición cuántica una excepción a dicho principio, o una refutación definitiva del mismo.

Aquellos que critican el principio de individuación aludiendo a la incertidumbre que hallan en la mecánica cuántica, acaso se comportan igual que esos otros críticos empeñados en refutar la teoría de la relatividad aduciendo que no es capaz de explicar todavía los fenómenos que ocurren en el microcosmos, o los que operan en el centro de los agujeros negros. Y se comportan también como aquellos pazguatos que gustan de criticar a la ciencia porque ésta no ha podido todavía explicar lo que ocurrió antes del Big Bang. Los físicos se defienden afirmando que esa pregunta no tiene ningún sentido, pues el propio espacio y tiempo empieza a formarse con la explosión originaria que da lugar al universo (por tanto, es absurdo preguntar qué había antes). Igualmente, podríamos decir que no tiene sentido preguntarse por un universo sin individualidades, sin cosas, pues no existe nada que carezca de identidad particular. De la misma forma que tiene que haber una o varias dimensiones (espaciales o temporales), que constituyan la matriz en la que se desenvuelven todas las criaturas, también tienen que existir criaturas, estructuras concretas, entes finitos, individuos. La existencia es siempre una existencia individual. Sin individuos no existe la existencia. Por consiguiente, la individualidad es el principio más básico de la realidad, y es absoluto, ya que toda la existencia está fundada en él, y lo que no lo está tampoco existe.

No importa que una partícula esté en dos lugares al mismo tiempo, como dice la física. En cualquier caso, sigue siendo un ente finito, una función de onda única: distinguible. El concepto filosófico de identidad no hace referencia a una particularidad concreta, por ejemplo, al hecho de que una cosa tenga una propiedad corpuscular u ondulatoria. Hace referencia en cambio al hecho de que sea una cosa, un individuo. Y esa cosificación apela a un principio que está por encima de cualquier opinión, y que no hace falta demostrar con experimentos, o mejor dicho, que se demuestra con solo aceptar la propia existencia, asunción que está implícita en cualquier planteo, y que por tanto tienen que reconocer incluso aquellos relativistas que ponen en duda toda la realidad.

Si el principio de identidad es absoluto, esto es, si puede aplicarse de antemano y de manera segura a todos los fenómenos, es porque su contravención o su falta de aplicación a cualquier nivel o en cualquier circunstancia nos llevaría a suponer que aquello sobre lo que lo aplicamos y que lo refuta, carece por completo de una identidad concreta, en cuyo caso no podría existir, y por tanto tampoco podría servir para refutar nada. Este es el motivo también del ridículo que hacen los relativistas más radicales cuando deciden emplear esa sofistería barata que intenta cuestionarlo todo. Cualquier afirmación que pretenda negar el principio de identidad cae sin remedio en una contradicción irresoluble, pues todo el mundo está obligado a existir como individuo para poder hacer o manifestar algo. El propio acto de dudar es ya de por sí una ratificación absoluta del principio más universal de todos, el hecho de existir como algo concreto, como un individuo. Que más se puede decir. Nada. Solamente podemos acabar con una frase de Ayn Rand. Como diría esta autora ruso-americana, para negar el principio de identidad tendríamos que salir de la propia realidad. Pero entonces ya no seriamos nada, y por tanto no se nos podría tener en cuenta a la hora de catalogar los objetos del orbe con la intención de buscar posibles errores o refutaciones de la teoría, con lo cual el principio en cuestión seguiría siendo absoluto, esto es, seguiría afectando a todos los objetos que existieron, existen y existirán en la naturaleza.

Moraleja: No haríamos bien en negar la mecánica cuántica por mor del principio de identidad, ni el principio de identidad por mor de la mecánica cuántica. Ambas son evidencias del entendimiento, edificios intelectuales, elementos de la naturaleza, y productos de la razón, el uno científico (experimento de la rejilla: https://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Young), y el otro filosófico (principio de identidad: https://es.wikipedia.org/wiki/Principio_de_identidad).

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Burrología: defensa de la educación pública universal

blog-116– Liberal: ¿qué pasaría si eliminamos de golpe todos los colegios públicos?

– Socialista: Pues que los niños pobres no podrían estudiar.

– Liberal: NO, los niños pobres podrían ir a los mejores colegios privados con cheques que el Estado les daría para costear su educación.

– Socialista: Ok, pero que pasaría con las clases medias. Tendrían que hacer frente a una educación más cara.

– Liberal: NO, los niños de clase media tendrían acceso a una educación privada mucho más barata, por dos motivos. Cuando desaparecieran definitivamente todos los colegios públicos, aumentaría la competencia entre los colegios privados, que bajarían el coste de sus servicios para captar más clientes. Por lo demás, al aumento del poder adquisitivo de los padres como consecuencia de la reducción drástica de los impuestos que traería aparejada la eliminación de todos los colegios públicos y la burocracia que los soporta, también redundaría en un abaratamiento relativo de la educación.

– Socialista: Ok, pero… ¿qué pasaría con las clases ricas? Las clases pudientes pagan muchos más impuestos que el resto, y por tanto también tienen derecho a disfrutar de una educación gratuita.

– Liberal: Me lo dices o me lo cuentas (ojiplático). ¿Ahora te eriges en defensor de los derechos de los ricos? Lo que tienen que ver mis ojos. Los ricos pueden pagarse una buena educación privada, y resulta inmoral que las clases pobres contribuyan al erario público para costear la educación de sus hijos. Además, los ricos también se verían beneficiados por la reducción impositiva y la competencia empresarial que resultase de la eliminación de la educación publica.

– Socialista: Ok, pero entonces ¿qué sentido tiene la educación pública gratuita y universal?

– Liberal: Ninguno

– Nuevo liberal: Ok, ya lo he entendido, gracias.

– Socialista recalcitrante: pero… pero… pero… me da igual lo que digas… ¡viva la enseñanza gratuita! Hiiiaaaaa Hiiiiiiaaaaa (rebuzno)

– Liberal: La educación pública universal es una égida indefendible. Su acción indiscriminada, sus ayudas omnímodas, para todos (su condición de universal), no consigue otra cosa que olvidarse del pobre y el marginado. Resultan evidentes la confusión y la contradicción en las que necesariamente acaban cayendo todas esas formas de subsidio que promueven por principio la inclusión y el abastecimiento de cualquier ciudadano. Ni ayudan debidamente al pobre (porque está claro que no centran todos los recursos en él), ni incentivan correctamente al rico (porque le castigan innecesariamente al quitarle más recursos de los que serían extrictamente necesarios para ayudar solo a los pobres que verdaderamente lo necesitan).

– Socialista recalcitrante: Hiiiaaaaa Hiiiiiiaaaaa

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Documental: vida y obra de Ayn Rand (1905-1982)

Ayn Rand, seudónimo de Alisa Zinóvievna Rosenbaum (San Petersburgo, Imperio ruso, 2 de fefrero de 1905-Nueva York, Estados Unidos, 6 de marzode 1982), filósofa y escritora estadounidense de origen judío ruso, ampliamente conocida por haber escrito los superventas El manantial y La Revelión del Atlas, y por haber desarrollado un sistema filosóico al que denominó «objetivismo».

Rand defendía el egoísmo racional, el individualismo y el capitalismo laissez faire, argumentando que es el único sistema económico que le permite al ser humano vivir como ser humano, es decir, haciendo uso de su facultad de razonar. En consecuencia, rechazaba absolutamente el socialismo, el altruismo y la religión.

Entre sus principios sostenía que el hombre debe elegir sus valores y sus acciones mediante la razón, que cada individuo tiene derecho a existir por sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros para sí, y que nadie tiene derecho a obtener valores provenientes de otros recurriendo a la fuerza física. (Fuente Wikipedia)

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Los robots generan puestos de trabajo: los socialistas se vuelven a equivocar

nos-quitaran-los-robots-todos-los-trabajos-istockLa mecanización de la sociedad no empeora la vida de la gente, y por tanto no se le puede tener miedo. Los luditas no tienen razón. Los robots no vienen a destruir nada, sino a construir una sociedad más eficaz, llena de empleos y de trabajo. Todo el que quiera podrá esforzarse para generar riqueza y recursos. En el futuro, gracias a la tecnología, se va a amplificar enormemente el campo de acción del ser humano. Y cuando los límites humanos se amplían, las posibilidades de trabajar también lo hacen:  

  1. Los robots destruyen muchos puestos de trabajo, pero también generan otros nuevos. El progreso tiene esa particularidad. Como decía Schumpeter, la evolución de la sociedad es siempre una destrucción creativa. Y así tiene que ser. Toda evolución lo es. En consecuencia, no debemos fijarnos en lo que se destruye y se pierde con el transcurso del tiempo, sino en todo lo que ganamos al sustituir ese pasado por algo mucho mejor.
  2. Los robots incrementan la productividad y abaratan los costes y el precio de todas las mercancías, con lo cual benefician a todos los consumidores, y de éste modo todos pueden trabajar menos para acceder a los mismos bienes, o trabajar lo mismo para obtener más productos y generar más tránsito de mercancías y más empleo.
  3. Los robots otorgan más protagonismo a la microeconomía, y, por tanto, empoderan al individuo particular, favorecen las relaciones de intercambio, ponen al alcance de la mano más factores de producción y herramientas que antes estaban reservadas a unos pocos, y que permiten ganar más dinero y trabajar más. Todos podremos tener un pequeño ejército de robots que trabajarán por nosotros y que alquilaremos para distintas funciones. Todos nos volveremos pequeños propietarios de insumos (factores de producción alejados del consumo), y generaremos riqueza, movilizando el mercado y creando un sinfín de nuevas necesidades laborales. Ahora se suele llamar a esto “economía colaborativa”, pero eso es un pleonasmo, la economía siempre es colaborativa, pues no tiene otro sentido que ese, el de intercambiar bienes y colaborar con el prójimo en esa tarea. Yo lo llamaría economía de pequeños productores. Hoy en día todos somos consumidores (de hecho, es lo que tenemos que ser si queremos sobrevivir), pero solo algunos de nosotros podemos ejercer la función de primeros productores o desempeñar el papel de capitalistas. En cambio, mañana seguiremos siendo consumidores de última instancia, pero también podremos ejercitarnos como rentistas y productores de bienes de capital, y eso traerá aparejada una explosión de relaciones, colaboraciones y oportunidades de negocio nunca antes vistas.

Como vemos, el trabajo no disminuye con la robotización de la economía sino que aumenta, se potencia, se renueva, y se diversifica. Trabajaremos lo mismo para ser mucho más ricos. Y podremos optar por trabajar aún mucho más si lo que queremos es ser infinitamente más ricos.

El ludismo siempre ha venido a rechazar las innovaciones bajo la excusa de proteger a los trabajadores. Los sindicatos y los socialistas de todos los partidos se arrogan la defensa exclusiva del empleado y utilizan para ello todo tipo de protecciones (subvenciones, aranceles, prebendas, nacionalizaciones). Y también consideran que la robótica es un peligro para el trabajador, coincidiendo en eso con los luditas. Suelen pensar que los recursos son siempre los mismos y que habremos de compartirlos con los robots del mañana. No entienden que la tecnología tiene el efecto de aumentar indefinidamente esos recursos. No saben que el hombre también es inventor. Tampoco entendieron que el petróleo no se iba a terminar, pues estamos descubriendo continuamente nuevos pozos, gracias a las nuevas técnicas de sondeo y prospección. Los luditas y los socialistas se dicen progresistas, pero son conservadores, como también lo son los tradicionalistas o los nacionalistas, que tampoco quieren que cambie nada, ninguna tradición. Su maniática y obsesiva forma de proteger los derechos del trabajador impide que estos evolucionen al mismo ritmo que lo hace la sociedad, y por consiguiente condenan a ésta a una vida permanente de atraso y de penuria. Los verdaderos progresistas somos los liberales, aquellos que creemos en el mercado, quienes optamos por dejar que la tecnología nos absorba y nos sustituya, sin proteccionismos de ningún tipo, y aunque ello suponga la pérdida de algunos puestos de trabajo.

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La libertad de Juan Ramón Rallo

“El amor a la libertad no debería entender de profesiones” Juan Ramón Rallo

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Normalmente, se suele definir a los liberales como aquellas personas que rechazan de plano el poder político y la acción de los Estados, y aprueban por el contrario cualquier medida privada y cualquier tipo de mercadería, sea del modo que sea, venga de donde venga. Pero, en contra de lo que pueda parecerles a algunos, los liberales tampoco defendemos el mercado. No protegemos a entidades colectivas. No defendemos una sangría sin reglas, o la ley de la selva. Defendemos al individuo en contra de los Estados hegemónicos y los mercados intervenidos. Defendemos la libertad de las personas, los contratos voluntarios, la soberanía del consumidor, la ampliación de las relaciones humanas, el comercio pacífico, y la competencia empresarial que propicia y mejora el consumo voluntario y la vida de todos. Promovemos la disputa empresarial y la incomodidad de los empresarios, a los que obligamos a luchar única y exclusivamente para satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos, so pena de morir y desaparecer si no cumplen con ese cometido. Asimismo, nos oponemos a las políticas socialistas del Estado con la misma saña y la misma fuerza que empleamos para denunciar a las empresas y empresarios que aprovechan estas políticas para hacer negocios en nombre del mercado.  No defendemos una profesión. No defendemos a un gremio en particular. No promovemos la lucha de clases. Defendemos un valor universal y una ley irrevocable, defendemos el derecho de todos a ser libres. Defendemos la libertad de intercambio, de movimiento, de creencias… Defendemos al individuo sin distingos de ningún tipo, y por encima de todo y de todos, por encima de políticos y empresarios, y por encima de aquellos que desearían medrar sin ofrecer a cambio un beneficio a la sociedad (nosotros somos los verdaderos socialistas). En definitiva, combatimos la subvención, el nepotismo, el clasismo y los privilegios. Y defendemos aquella libertad que nos hace mejores personas (más independientes y responsables), y que nos devuelve la soberanía individual, tantas veces mancillada y ultrajada por las élites del mundo, públicas o privadas.

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II. Instituto Arquitas de Tarento: Bases teóricas

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  1. 1. Denominación

Arquitas de Tarento (430 a.C. – 360 a.C.) fue un filósofo, matemático, astrónomo, estadista griego, contemporáneo de Platón y miembro destacado de la escuela pitagórica. Sus gestas más importantes están relacionadas con áreas del pensamiento tan dispares como la política y la mecánica, lo cual pone de relieve el espíritu universal que poseía este talento presocrático, sus dotes como polímata griego. Arquitas fomentó el comercio internacional veinte siglos antes de que lo hiciera Adam Smith, y condujo una reforma política en Tarento que llevó a esta ciudad a ser una de las más ricas y pobladas de la Magna Grecia. Pero la hazaña que más fama le ha reportado tiene que ver con la disciplina de la robótica, ya que fue el inventor del primer robot documentado de la historia, una especie de mecanismo con alas, similar a un pájaro, al que logró hacer volar cerca de trescientos metros gracias al impulso de un núcleo de vapor comprimido. Por todo esto, por haber sido uno de los primeros defensores del libre mercado, y por haber desarrollado el primer autómata que se conoce, consideramos a este filósofo como un digno representante de los valores ecuménicos y la misión principal que se persigue en esta institución, y por ese motivo tomamos su nombre para designar a la misma.


2. Objetivos y fines

2.1. Declaración de intenciones: Promovemos el pensamiento integral y la sinergia de disciplinas a través de la utilización de un enfoque sistemático (analítico y sintético), con la clara vocación de abarcar la totalidad de actividades y experiencias del aprendizaje humano, a fin de comprender toda la evolución natural (física y biológica) y el progreso ulterior del hombre (humano y tecnológico), y con el objeto de consolidar la unidad del conocimiento filosófico y científico que permita alcanzar un desarrollo superior y una mayor calidad de vida.

2.2. Referentes intelectuales: Nuestros referentes intelectuales son la escuela económica de Carl Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la corriente transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad). El análisis social del presente (económico) y del futuro (tecnológico) agrupa y determina aquellos dos aspectos del conocimiento que son más relevantes para el desarrollo pleno del ser humano. Además, la clara vocación interdisciplinar que caracteriza a estas dos escuelas las hace dignas candidatas a convertirse en ejemplo y modelo de esta institución. De ahí que tomemos a las mismas como máximos exponentes y como guías principales de todo el proyecto.

En consecuencia, los estudios que abordamos abarcan una amplia gama de disciplinas y distintas líneas de investigación, todas las cuales están encaminadas a conocer y resolver los retos a los que se enfrenta el hombre en el nuevo siglo. Concretamente, fijamos nuestra atención en el último paradigma evolutivo, el más importante de todos, la singularidad tecnológica, el advenimiento de la inteligencia artificial. Asimismo, dedicamos la mayor parte de nuestros esfuerzos y recursos a la ingente tarea de entender y explicar las labores más apremiantes que anteceden a ese advenimiento, esto es, la construcción de una sociedad libre que atraiga capitales e inversiones y que propicie los cambios pertinentes para el florecimiento de nuevas ideas y empresas, estimulando la creación de un entorno tecnológico que impulse la prosperidad y que acelere las transformaciones.

2.3. Objetivo fenoménico: Tomamos al proceso evolutivo como el más importante de todos los fenómenos naturales, lo convertimos en nuestro principal objeto de estudio y razón de ser, y detallamos todas sus singularidades, sus puntos de inflexión, sus causas últimas, sus hechos comunes y sus consecuencias más directas, analizando todos los pasos dados hasta ahora por la naturaleza, así como también aquellos retos y desafíos sociales que aún le quedan por encarar al hombre. En este contexto, consideramos la libertad económica y la tecnología humana como las expresiones más elevadas de la evolución natural, y damos por hecho que aquellos que desean integrarse en este proyecto educativo cumplen al menos tres condiciones básicas: creer en la evolución darwiniana, creer en la libertad de mercado, y creer en el futuro tecnológico.

2.4. Objetivo clasificatorio (ciencias básicas): Dividimos el conocimiento básico en torno a cinco materias principales: la Filosofía, la Física, la Biología, la Sociología y la Tecnología. La primera de ellas compila todo el conocimiento que ha acumulado el hombre a lo largo de la historia, y promete reunirlo bajo unos principios axiomáticos realmente generales. A su vez, también incluye la epistemología y los métodos o lenguajes del conocimiento (matemáticas y letras). En cambio, las otras resultan del estudio de la materia y la organización que emerge a partir de cuatro tipos distintos de singularidades evolutivas: la singularidad espaciotemporal (física), la singularidad replicativa (biológica), la singularidad cognoscitiva (antropológica),y la singularidad artificial (tecnológica).

2.5. Objetivo clasificatorio (ciencias aplicadas): Por su parte, las materias aplicadas que se corresponden con las anteriores nos hablan también de unos logros técnicos o singularidades humanas sin precedentes. El Instituto Arquitas de Tarento concibe el conocimiento como un conjunto integrado de saberes puestos al servicio de la humanidad. De esta manera, ordena dicho conocimiento de modo que se optimice ese beneficio general. El mayor provecho de todos es hijo único del progreso social. Y el mayor progreso social se lleva a cabo a instancias de la técnica y las ciencias aplicadas de última generación. Dentro de estas, existen también cuatro disciplinas principales, la Economía en el ámbito de las ciencias del hombre y las humanidades, la Gerontología en el ámbito de las ciencias de la vida, la Robótica en el ámbito de la tecnología, y la Astronáutica en el ámbito de las ciencias físicas y del espacio. Por consiguiente, serán estas nuevas disciplinas disruptivas las que se tendrán en cuenta, y sobre las que más hincapié se haga, a la hora de divulgar el conocimiento y elaborar el currículo académico que delimite las funciones educativas de ésta institución.

Aspiramos a combinar el estudio del estado actual de la técnica (el álter ego de las ciencias naturales), con el conocimiento del mercado, la producción, el intercambio de bienes y la función empresarial (el álter ego de las ciencias humanas), al objeto de reunir todos los recursos y energías disponibles en torno al valor que van a generar en los próximos años cuatro materias principales: la Economía (la conquista de las ideas) la Gerontología (la conquista de la juventud), la Robótica (la conquista del futuro) y la Astronáutica (la conquista del universo). Estas cuatro disciplinas abarcan todo el conocimiento útil en Física, Biología, Sociología y Tecnología, y serán necesarias para alcanzar los objetivos que deberán guiar los pasos de una sociedad del futuro verdaderamente avanzada y libre. Por lo mismo, estas cuatro materias van a atraer una inversión ingente en capital y recursos, que dejará pequeñas todas las demás campañas. Esto supone una oportunidad de oro para aquellas regiones del mundo que logren anticiparse a los cambios que se avecinan en los próximos lustros.

Si hablamos de conocimiento útil, no podemos dejar de fijarnos en la consecución del mayor logro de la naturaleza, el culmen de la evolución natural, y el último estadío en la transformación humana, el advenimiento de la inteligencia artificial. En este sentido, cabe resaltar cuatro áreas de trabajo distintas:

  1. a) Antropología aplicada: La implementación de las ideas que propician el progreso (Economía liberal), y las acciones e iniciativas humanas que lo ponen en marcha (Economía empresarial), preparan a la sociedad para la llegada de ese escenario final, y adelantan su venida más que cualquier otra medida que podamos imaginar.
  2. b) Biología aplicada: Los avances en el conocimiento de la medicina y las enfermedades que están relacionadas con la vejez, y el estudio de las terapias y las técnicas médicas que detienen el declive físico y revierten el proceso de senescencia (Gerontología regenerativa), así como la conservación de cuerpos y órganos durante largos periodos de tiempo en estado de suspensión (Gerontología criopreservativa), van a conseguir aumentar significativamente nuestra calidad y nuestra expectativa de vida, van a mejorar considerablemente la salud física y el estado de bienestar y, en último lugar, van a permitir hallar las claves biológicas de la eterna juventud.
  3. c) Tecnología aplicada: La implementación de la tecnología, al objeto de construir nuevas máquinas y nuevas formas de inteligencia (Robótica cinemática), y con el propósito también de mejorar las fuentes de energía que alimentan todos esos mecanismos (Robótica dinámica), auguran la consecución del objetivo definitivo, el advenimiento de la inteligencia artificial.
  4. d) Física aplicada: La manipulación y colonización del espacio exterior y la materia inerte, esto es, la conquista del sistema solar (Astronáutica planetaria) y las galaxias (Astronáutica interestelar), nos devolverán finalmente al lugar del que una vez provenimos, provistos en esta ocasión de una inteligencia extraordinaria

3. Actividades

Para el cumplimiento de estos fines se realizarán las siguientes actividades:

3.1. Declaración de intenciones: Nos dedicamos a la educación, investigación y difusión de las ideas que promueven la libertad del individuo, su igualdad ante la ley, la prosperidad de las sociedades, la exploración de nuevos paradigmas evolutivos y soluciones tecnológicas, y el patrocinio de todas aquellas ciencias básicas o aplicadas que capitaneen y protagonicen dicha búsqueda (la economía en la sociología, la gerontología en la biología, la robótica en la tecnología y la astronáutica en la física).

3.2. Principal actividad: La educación es la principal labor que aspiramos a desempeñar. Entendemos la educación en un sentido muy amplio, la definimos como cualquier proceso que tenga un efecto formativo y que facilite la asimilación de conocimientos, habilidades, valores y hábitos útiles para el ser humano. En este sentido, la educación puede ser un aprendizaje autodidacta, un proyecto investigativo, una campaña divulgativa, un congreso de especialistas, o una actividad escolar. No en vano, la palabra educar proviene etimológicamente del latín educere, que a su vez está compuesta del prefijo “e” por “ex” fuera, y “ducāre”, que significa guiar, conducir. Con lo que educar sería “guiar o conducir hacia afuera”, esto es, conocer la realidad externa y objetiva, por el camino que sea.

3.3. Modelo educativo: Nuestro modelo educativo de enseñanza es de tipo evolucionista. Llamamos pedagogía evolucionista a la educación que utiliza el proceso de evolución por selección natural para organizar las distintas materias de estudio. No estudiamos la evolución, sino que ponemos la evolución en el centro de nuestros estudios. La pedagogía evolucionista propone que la educación del hombre puede ser ampliamente mejorada si organizamos el conocimiento y el aprendizaje en función de las características históricas o evolutivas que tengan los temas que se vayan a impartir, mostrando a los alumnos la coherencia interna y la relación temporal o espacial que presentan los distintos procesos analizados. Entendemos la evolución natural como un fenómeno ecuménico, que abarca todas las fases del desarrollo de la materia, y que por tanto puede ser empleada para estudiar cualquier cuestión que queramos.

3.4. Modelo pedagógico: En virtud de lo anterior, el currículo académico de nuestra institución otorga una mayor prevalencia e importancia a los contenidos materiales de las asignaturas impartidas, dejando en un segundo plano las necesidades adaptativas de los educandos. En consecuencia, se ofrece una educación elitista, basada en el mérito, las habilidades y las capacidades propias de cada alumno. No nos oponemos a las adaptaciones curriculares que se ofrecen en otros centros, ni negamos su importante papel para la sociedad. Simplemente, nuestra oferta se especializa en exprimir las habilidades y destrezas de aquellas personas que gozan de unas capacidades innatas superiores a la media, o de aquellos otros que, por circunstancias personales, se esfuerzan al máximo para conseguir mejorar sus calificaciones.

Nacemos como alternativa al plan general de estudios, para ofrecer un producto distinto, que creemos ha sido ninguneado en los últimos tiempos (a pesar de la demanda real que tiene) por la mayoría de parlamentos e instituciones sociales, bajo la excusa de que hay que tratar a todos los alumnos por igual, so pena de incumplir algún precepto deontológico. Nosotros creemos que existe la posibilidad de que sean los propios alumnos los que se adapten al currículo escolar, y no éste el que tenga que ajustarse a las necesidades del alumno. Por eso nos postulamos como alternativa y por eso creemos que tenemos algo nuevo que ofrecer.

La educación evolucionista aspira a resolver dos errores principales. En el plano metodológico existe una tendencia moderna a abandonar la cultura del esfuerzo y sustituirla por una interpretación más lúdica y desapegada, que llega al extremo de proponer que sean los propios niños, a través de sus juegos, los que dirijan y controlen todo el aprendizaje. Y, en el plano de los objetivos y los contenidos, se desatienden deliberadamente aquellas conexiones y correlaciones del conocimiento que harían que éste tuviera una estructura más sólida y coherente. Por el contrario, la educación evolucionista, al centrarse precisamente en los contenidos de las distintas materias, viene a solucionar de un plumazo estos dos problemas pedagógicos. Por un lado, no busca tanto ajustarse a las necesidades subjetivas y las exigencias de entretenimiento del alumno, como a todas aquellas otras obligaciones que se requieren para comprender y asimilar unos contenidos concretos. Y por el otro, utiliza la evolución natural como proceso general para vertebrar y vincular todas las disciplinas existentes, haciendo más comprensibles y amenas las clases y las materias impartidas.

3.5. Modelo académico: El principio de nuestra programación se basa en un enfoque integral. Creemos que la característica principal del conocimiento, aquella que lo convierte en relevante, es la ordenación sistemática (analítica y sintética) de sus contenidos, de modo que reflejen las particularidades evolutivas de cada materia y la relación de disciplinas. Dado que el objetivo final es que los aprendices asimilen y extraigan algún usufructo, los contenidos habrán de ser suficientemente significativos, y para ello deberán reflejar las relaciones que existen entre todas las disciplinas, y atender también al ordenamiento objetivo de todos los fenómenos. Cuando se estudia la materia atendiendo a su organización, evolución y distribución natural, se memorizan más rápido los contenidos y se comprende mejor lo que se está analizando.

Promovemos una educación integrada, que gire en torno a los principios básicos interdisciplinarios, y que genere en los alumnos una curiosidad inmediata por saber cómo progresa el universo, qué periodos han sido más significativos, cómo se puede manipular la naturaleza al objeto de beneficiar al hombre, a qué cambios aspiramos en el futuro, qué modelo social se adecúa mejor a esos principios, o qué medidas normativas permiten un marco legislativo más favorable a esa evolución natural.

El progreso evolutivo es la principal fuente de valor que tiene la vida y, en virtud de esto, consideramos de gran importancia resaltar aquellas áreas de investigación que más hacen por fomentar ese desarrollo. Las dos patas de nuestra égida son la libertad y la tecnología, las ciencias humanas y las ciencias tecnológicas, las áreas en las que más destacó Arquitas de Tarento, y los dos campos de estudio que más afectan a la vida del hombre. Nuestros referentes académicos se encuentran equitativamente repartidos entre dos escuelas de pensamiento, la liberal de Menger (la Escuela Austriaca de Economía) y la transhumanista de Ray Kurzweil (la Universidad de la Singularidad). Asimismo, nuestra mira está puesta en aquellos puntos de inflexión que han dotado al progreso humano de un mayor recorrido y una aceleración más elevada. Sobre todo, trataremos de inculcar en los alumnos la importancia que ostentan los cambios de paradigma que contribuyen a afianzar dicha celeridad, para que luego puedan aplicar esos conocimientos a la mejora de sus propias vidas y profesiones.

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III. Instituto Arquitas de Tarento: Organigrama de materias

20 asuntos para alcanzar la singularidad tecnológica

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Hace ya tiempo que descubrí que la vida podía ser una fuente continua de sorpresas y una permanente aventura. Me confortó saber que no necesitaba demasiados recursos. El devenir del universo, la ciencia de la vida, el paraninfo de la filosofía, las promesas de la tecnología, y en general todo el pensamiento y la reflexión que suscitaban esos vastos campos de conocimiento, me dio la oportunidad de leer diversos libros, incrementar la felicidad y la autoestima, y dar un nuevo sentido y una dirección definitiva a mi vida y mi existencia. Me cautivó sobre todo la unidad del conocimiento, su búsqueda y su categorización. Motivo por el cual decidí dividir el saber en cinco áreas diferentes: Filosofía, Física, Biología, Sociología y Tecnología, en representación de los principales elementos que contiene la naturaleza: las condiciones de posibilidad, la materia inorgánica, las formas vivas, los seres humanos, y los robots inteligentes.

Al aplicar los elementos de la filosofía al resto de disciplinas obtenemos las ciencias elementales. Y si estudiamos la propia organización y transformación de la materia tenemos las ciencias estructurales (que son cuatro).

Cada una de estas disciplinas estructurales se divide, a su vez, en otras dos categorías fundamentales: una categoría básica y otra categoría aplicada. La ciencia básica describe los fenómenos generales por los cuales evolucionan la materia, la vida, el hombre y las máquinas. Por su parte, las ciencias aplicadas me sirven para resaltar aquellos descubrimientos e investigaciones que tienen un objetivo práctico concreto. Si hablamos de conocimiento útil, no hay mejor cosa que podamos hacer que fijarnos en la consecución del mayor logro de la naturaleza, el culmen de la evolución natural y artificial, y el último estadio en la trasformación humana, el advenimiento de la inteligencia artificial. En este sentido, cabe resaltar cuatro áreas de trabajo distintas: 1. Antropología aplicada: La implementación de las ideas que propician el progreso (Economía liberal), y las acciones humanas que lo ponen en marcha (Economía empresarial), preparan a la sociedad para la llegada de ese escenario final, y adelantan su venida más que cualquier otra medida que podamos imaginar; 2. Biología aplicada: Los avances en el conocimiento y el estudio de las causas que revierten la muerte (Gerontología regenerativa), así como la conservación de los cuerpos en estado de suspensión (Gerontología criopreservativa), permiten encontrar las claves biológicas de la eterna juventud, y alcanzar a ver algún día esos logros señalados; 3. Tecnología aplicada: La implementación de la tecnología, al objeto de construir nuevas máquinas y nuevas formas de inteligencia (Robótica cinemática), así como la mejora de las fuentes de energía que alimentan todos esos mecanismos (Robótica dinámica), auguran la consecución del objetivo definitivo, el advenimiento de la inteligencia artificial; 4. Física aplicada: La manipulación y colonización del espacio exterior y la materia inerte, esto es, la conquista del sistema solar (Astronáutica planetaria) y las galaxias (Astronáutica interestelar), nos devuelve finalmente al lugar del que una vez provinimos, en esta ocasión provistos ya de una inteligencia supina, tan o más importante que la propia gravedad a la hora de determinar el destino ulterior de todo el universo.

De esta combinación de esfuerzos resultan los dieciséis asuntos que ordenan los temas que abordamos de manera separada en este foro. A continuación ofrezco al lector un organigrama que recoge de forma esquemática todos esos asuntos y materias.  Esas asignaturas se centran, sobre todo, en la comprensión de la evolución de la materia y la vida, la libertad del ser humano, y la tecnología que todo ello trae aparejada. Dichos objetivos pasan por aplicar nuestra inteligencia en todos los órdenes del conocimiento, y finalmente delegar la misma en unas formas biológicas completamente distintas: las máquinas autómatas. Todos los asuntos y sucesos que contemplo aquí tienen por objeto hacer realidad aquella magnífica visión que tuve en un momento de mi vida, el descubrimiento de un vasto universo lleno de posibilidades y un conocimiento susceptible de integrarse bajo un único sistema general y un objetivo común. Espero que compartan conmigo esta afición por la sabiduría, y que disfruten de la aventura que entraña la misma tanto como lo hago yo.

*Documento original que incluye el organigrama de Arquitas en el que aparecen todas las materias que existen (la unidad del conocimiento).

https://drive.google.com/file/d/0B-6sT9m35oONUGRjLXRIM0djZDg/view?usp=sharing


1. Metafísica
1.1. Materia: Metafísica básica.

Asignatura de gnoseología.

Suceso singular: la evolución del conocimiento.

Asunto: Gnoseología filosófica (historia de la filosofia, método apriorístico, oratoria, literatura). Asunto: Gnoseología científica (historia de la ciencia, método aposteriorístico, matemáticas).
1.2. Materia: Metafísica aplicada.

Asignatura de ontología.

Suceso singular: la conquista de los principios.

Asunto: Ontología natural (principios de la física y la biología, origen de la materia y la vida compleja). Asunto: Ontología social (principios de la antropología y la tecnología, origen del hombre y las máquinas).

 

2. Física
2.1. Materia: Física básica.

Asignatura de física.

Suceso singular: la evolución del universo.

Asunto: Microfísica (mecánica cuántica, física atómica, química). Asunto: Macrofísica (planetología, cosmología).
2.2. Materia: Física aplicada.

Asignatura de astronáutica.

Suceso singular: la conquista del espacio.

Asunto: Astronáutica planetaria (exploración del sistema solar). Asunto: Astronáutica interestelar (exploración del universo).

 

3. Biología
3.1. Materia: Biología básica.

Asignatura de biología.

Suceso singular: la evolución de la vida.

Asunto: Microbiología (genética, bioquímica, citología). Asunto: Macrobiología (ecología, zoología, botánica).
3.2. Materia: Biología aplicada.

Asignatura de gerontología

Suceso singular: la conquista de la juventud.

Asunto: Gerontología regenerativa (medicina del envejecimiento). Asunto: Gerontología preservativa (criónica, criopreservación).

 

4. Antropología
4.1. Materia: Antropología básica.

Asignatura de antropología.

Suceso singular: la evolución del hombre.

Asunto: Micro antropología: (neurología) Asunto: Macro antropología (sociología, historia)
4.2. Materia: Antropología aplicada.

Asignatura de economía

Suceso singular: la conquista de las ideas.

Asunto: Economía teórica (función empresarial, comercio internacional). Asunto: Economía empresarial (técnicas de emprendimiento, escuelas de negocio).

 

5. Tecnología
5.1. Materia: Tecnología básica. Asignatura de tecnología

Suceso singular: la evolución de las máquinas.

Asunto: Micro tecnología Asunto: Macro tecnología
5.2. Materia: Tecnología aplicada.

Asignatura de robótica

Suceso singular: La conquista del futuro.

Asunto: Robótica dinámica (energética, baterias). Asunto: Robótica cinemática (mecánica, informática, ingeniería).

 

Esta institución lucha para conseguir mayores cuotas de progreso. El esfuerzo que reclama el objetivo al cual nos sumamos aquí es realmente titánico, y debe implicar a todas las áreas del conocimiento, haciendo suyos los problemas que van a ir surgiendo a medida que nos aproximemos a nuestro destino final. Por tal motivo, consideramos oportuno enumerar, por orden de aparición, cada uno de esos inconvenientes y problemas, así como todos los tipos de soluciones que harán posible el éxito de esta misión. En total, dividiremos el debate en diez asuntos distintos. El objetivo es alcanzar la singularidad tecnológica. Y los inconvenientes con los que habremos de enfrentarnos son básicamente diez. Diez son por tanto también las asignaturas pendientes.

En un nivel más general, el debate se centrará en torno a cinco materias básicas: la Metafísica (la evolución del conocimiento), la Física (la evolución de la materia), la Biología (la evolución de la vida), la Antropología (la evolución del hombre) y la Tecnología (la evolución de las máquinas. La primera de ellas aúna todo el conocimiento básico que ha acumulado el hombre a lo largo de la historia, y promete reunirlo bajo unos principios realmente generales. Por su parte, las otras cuatro nos hablan también de sus logros técnicos, y estarán presididas por las cuatro materias prácticas que, a mi modo de ver, más contribuyen al avance social: la Economía (Sociología), la Gerontología (Biología), la Robótica (Tecnología) y la Astronáutica (Física).

  1. Metafísica: Y la conquista de los principios

Toda revolución tiene que estar basada de antemano en unos principios claros, que sean capaces de integrar los principales aspectos de la misión, y reunir y galvanizar a todas las fuerzas. La filosofía es la única disciplina que está capacitada para concitar este entendimiento global y ofrecer al ser humano una visión general abstracta y una unión férrea en torno a dichos principios. El primero de los problemas a los que se enfrenta el género humano es la idea misma de vida, su conceptualización más general, y su sentido más profundo. Antes de actuar deberemos meditar sobre todo esto.

1.1. Metafísica epistémica. El primer debate importante debe acontecer en torno a las relaciones del hombre con la naturaleza, su vivencia de índole personal, su día a día, y los problemas que conlleva su propio proceso de conocer. En este ámbito es en el que se mueve la filosofía epistémica. No analiza los principios del universo, sino que estudia la forma de llegar a ellos. Hashtag #arquitasfilosofiaepistemica

1.2. Metafísica ontológica. El problema más universal de la filosofía consiste en hallar unos principios de la realidad verdaderamente elementales. Esto se hace más evidente y necesario al tratar de entender los profundos cambios que operan en el interior de las sociedades, cuando éstas avanzan y prosperan hacia nuevas fronteras (tema principal de este grupo de debate). Una sociedad en permanente cambio tiene que tener algún asidero seguro, un puerto donde recalar los días de tormenta, para no irse a pique. Ese precepto general es el principio de individuación, cuyo correlato lógico es la libertad y la acción humanas. Hashtag #arquitasfilosofiametafisica

  1. Antropología. Y la conquista de las ideas

El segundo problema importante con el que nos vamos a encontrar en nuestro camino hacia la Singularidad tecnológica tiene que ver con el grado de aceptación social; es un problema sociológico. Habremos de conseguir que la sociedad como conjunto vaya transformándose paulatinamente al objeto de aceptar los avances que aún están por llegar. En este sentido, será necesaria una mentalidad y una organización nuevas.

2.1. Economía teórica. El proselitismo, la divulgación, la actividad política, y en general la difusión de todas aquellas ideas que insistan en generar un orden y un clima social favorable para la libertad y el progreso de los individuos, serán las primeras acciones a tener en cuenta. No obstante, estos medios solo ponen a nuestra disposición una solución parcial. Con frecuencia vemos que las ideas que priman en la sociedad, aquellas que más aclamaciones reciben, son las que llevan el mensaje opuesto, el intervencionismo, el socialismo y el utopismo. Hashtag #arquitaseconomialiberal

2.2. Economía empresarial. La solución definitiva vendrá de la mano de la propia tecnología, del avance espontáneo que se produce en las sociedades debido a la naturaleza competitiva y la búsqueda permanente del hombre, en pos de una vida mejor y más abundante. Las nuevas aplicaciones de internet, la economía colaborativa (valga la redundancia), y muchas otras estrategias de la mercadotecnia, harán más por la humanidad en los próximos años que todos los panegíricos y llamadas a la conversión que puedan haber hecho los liberales a lo largo de la historia reciente. Hashtag #arquitaseconomiaempresarial

  1. Biología. Y la conquista de la juventud

Una vez hayamos solucionado el primero de los problemas prácticos, el problema social, sitos ya en una sociedad abierta a los avances y en continuo progreso, el siguiente paso será detener el envejecimiento humano. El objetivo que nos mueve y nos inspira aquí es el de poder ser la primera generación de hombres que goce del privilegio de ver a la estirpe humana alcanzar el último punto de inflexión en la evolución de la naturaleza, la singularidad tecnológica, la transustanciación del cuerpo orgánico en cuerpo robótico. Pero antes de lograr esto, estamos obligados a perdurar al menos el tiempo necesario para alcanzar a ver tamaña proeza.

3.1. Gerontología criopreservativa. A falta de una solución definitiva que remedie el problema del envejecimiento, el plan B pasa por conservar la información de la que somos portadores, haciendo uso de la Criónica. El objetivo de la crionización del cuerpo (o del cerebro) es vencer el problema de la pérdida de información que afecta al finado después de la muerte, su descomposición. Hashtag #arquitasgerontologiacriopreservativa

3.2. Gerontología regenerativa. La Gerontología es la ciencia del envejecimiento, y está dirigida a vencer los problemas que surgen con la edad, y, en último caso, a revertir la propia senectud. Aportará una solución definitiva al problema de la pérdida de la información y permitirá que conservemos los datos de nuestro cerebro y nuestros genes sin necesidad de pasar por el difícil trago de la muerte y la reanimación posterior. Hashtag #arquitasgerontologiaregeneratia

 

  1. Tecnología. Y la conquista del futuro

El siguiente paso en la carrera por alcanzar la singularidad tecnológica vendrá de la mano de la ingeniería robótica. Una vez que sepamos mantenernos con vida, la siguiente proeza consistirá en cambiar las piezas de nuestro cuerpo orgánico como si fueran piezas de Lego, al objeto de mejorar las capacidades del mismo. A pesar de haber vencido al desgaste y al envejecimiento, seguiremos expuestos a todos aquellos accidentes mecánicos que, de una u otra forma, acabarán tarde o temprano dando al traste con nuestra existencia. Para conservar la información de nuestro cuerpo, también bajo estas circunstancias, deberemos construir unos organismos más resistentes, y generar copias de seguridad electrónicas, que permitan reponer todas las piezas en caso de accidente. La robótica será crucial en esta fase de nuestro desarrollo.

4.1. Robótica dinámica. Se encarga de estudiar los movimientos mecánicos y eléctricos de los robots en relación con las causas que los producen, esto es, con las fuentes de generación y el almacenamiento de la energía destinada a producir dichos movimientos. De este modo, aspira a mejorar el rendimiento de las baterías y la producción energética que suministra trabajo a las máquinas inteligentes. Hastag #arquitasroboticadinamica

4.2. Robótica cinemática. Se encarga de estudiar los movimientos mecánicos (interface) y eléctricos (transistores) de los robots en sus condiciones de espacio y tiempo, sin tener en cuenta las causas (energéticas) que los producen. La robótica nos permitirá, en último caso, dar el salto definitivo a un sustrato distinto, y acometer, de ese modo, la transustanciación de la vida. El propósito final de la robótica no es crear máquinas que colaboren con las tareas del hombre, sino utilizar la información que hoy en día se encuentra almacenada en forma bioquímica para incorporarla a otros soportes más fiables. Es decir, nos convertiremos en robots. Hastag #arquitasroboticacinematica

 

  1. Física: Y la conquista del universo

Finalmente, el último esfuerzo tecnológico tendrá que ver con la exploración espacial y la ampliación de nuestras fronteras. Una vez hayamos logrado conservar y mejorar nuestros cuerpos sésiles, los humanoides estaremos en disposición de emprender el último de los viajes, la colonización del entorno espacial.

5.1. Astronáutica planetaria. El objetivo más fácil será el de extender la información de la que somos depositarios al perímetro de nuestro sistema solar, incrementando de esta manera su propia conservación. Hastag #arquitasastronauticaplanetaria

5.2. Astronáutica interestelar. La última acción de todas, la frontera definitiva, el paso final de la evolución del universo, el viaje que nos hará definitivamente inmortales, alejándonos de los vaivenes y caprichos del Sol (que algún día habrá de desaparecer también, cuando se agote su combustible), consistirá en extender la información humana por todo el orbe. La transustanciación del hombre en máquina tiene su punto de máxima expresión en el hecho de conseguir que la inteligencia que habita la Tierra acabe convirtiéndose en la inteligencia del universo, esto es, que la materia inorgánica termine tornándose toda ella materia orgánica, y forma inteligente. Hashtag #arquitasastronauticainterestelar

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La variable del tamaño en la defensa de la libertad nacional: pequeña crítica a Juan Ramón Rallo

el-estado-tamano-y-calidad-620x310Algunos libertarios de mi país sitúan al estado español en la misma repisa ideológica en la que colocan también al nacionalismo catalán o al abertzalismo vasco. Gustan de invocar un montón de cualidades afines a todos ellos para justificar de alguna manera la defensa de tamaña equiparación. Pero yerran a la hora de analizar un hecho diferencial de vital importancia: el tamaño. Así, por ejemplo, Juan Ramón Rallo, y muchos otros liberales de su misma cuerda, afirman que la égida nacional del estado español supone una amenaza a la libertad individual si cabe todavía mayor que la lucha separatista que han emprendido en las últimas décadas los nacionalistas catalanes o los vascos. La razón de ese mayor peligro estaría, según ellos, en el mayor tamaño del Estado, que atribuyen sin dudar a la nación española, como si la dimensión territorial y la magnitud de las instituciones políticas fueran una y la misma cosa. De este modo, como los liberales repudiamos por término general los Estados grandes, muchos caen en las garras del nacionalismo de corte más separatista, abducidos por esa creencia romántica que mitifica las causas de las minorías y los nacionalismos ultramontanos. Por el contrario, mi defensa va exactamente en la línea contraria, la de reivindicar las bondades de una nación con una historia y un territorio más grandes. Esto no significa que defienda un país en particular solo por su mayor tamaño. Soy consciente de que existen muchas otras variables que entran en juego a la hora de valorar el grado de libertad que disfrutan los ciudadanos de un determinado territorio, variables que pueden hacer que una nación grande se convierta en una tiranía mucho más peligrosa que otras más pequeñas. No obstante, aquí me limito a analizar únicamente esa variable dimensional, y por tanto no entro a juzgar las demás magnitudes. Entonces, manteniendo constantes todos los demás factores, lo que digo es que, a la hora de defender las libertades individuales, el incremento del tamaño del país sería más una ventaja que un inconveniente.

Coincido con Rallo a la hora de valorar los derechos individuales por encima de cualquier sentimiento nacional particularista y subjetivo. Pero es esto mismo, la defensa objetiva del individuo, lo que me lleva a disentir de Rallo a la hora de equiparar completamente un terruño pequeñito con una nación mucho más grande. Precisamente, la reivindicación que proclama el derecho a la segregación, y el chovinismo localista que ello conlleva, insisten mucho más en esa misma subjetividad y arbitrariedad nacionalista de la que Rallo huye, y de la que yo también reniego. A igualdad de condiciones, el nacionalismo es más nacionalismo y se hunde más en sus propios errores y falacias cuanto más hace por defender la separación y el aislamiento de terrenos cada vez más pequeños y pueblerinos. A igualdad de condiciones, esto es, para dos naciones más o menos iguales, con el mismo grado de intervencionismo, lo que debemos defender es la unidad en torno a los principios universales de la libertad. La objetividad camina siempre en el sentido de la generalización y no en el de la atomización de ideas, y por tanto cuando hablamos de principios sociales y marcos esenciales de convivencia, lo correcto es defender la nación que sea más grande en términos geográficos y humanos. Por supuesto, siempre hablo desde la comparación de dos países más o menos iguales en todos los demás factores, esto es, cuando la variable solo es el tamaño. Un país pequeño tiene legitimidad para segregarse e independizarse solo cuando intenta huir de una nación opresora más grande y solo cuando quiere fundar un sistema más libre. Pero si no existe esa diferencia con respecto a la nación madre, lo mejor siempre es defender su unidad, y con ella la posibilidad de disminuir el rozamiento interno y extender los preceptos del liberalismo a un mayor número de personas. Nuestros principios serán más fuertes y verdaderos si conseguimos aplicarlos con éxito a un mayor número de situaciones, igual que pasa con cualquier hipótesis científica.

El nacionalismo es contrario al liberalismo, y lo es por los mismos motivos que llevan también a oponerse, consciente o inconscientemente, a los valores más sagrados de la ciencia y la verdad. Y puesto que dichos valores tienen mucho que ver con el tamaño de la empresa, con la capacidad de generalizar, y con la posibilidad de extender las ideas y la teoría para que abarquen y expliquen un mayor número de fenómenos naturales, el liberalismo tiene que aspirar, como cualquier otra ciencia, a tratar los mismos aspectos generales que competen en su caso a la economía y la política.

Por todo ello, el nacionalismo y el liberalismo disienten claramente a la hora de escoger los valores que guían sus distintas reivindicaciones y que caracterizan sus principios. El nacionalismo escoge valores relativos. Por su parte, la seña de identidad del liberalismo auténtico (verdadero) atiende exclusivamente a principios objetivos. Su aplicación debe por tanto aspirar a la generalidad, y es por eso que el mayor tamaño del Estado (en términos geográficos) es muchas veces sinónimo de una mayor apertura de ideas y una defensa más sólida de la libertad y la igualdad ante la ley:

1. El nacionalismo es un movimiento relativista, que prioriza las características particulares del propio terruño por encima de las verdades universales. Para el nacionalista las cosas no son buenas en función de sus características objetivas, sino porque son cosas que pertenecen a su pequeño núcleo de población. Esto, aparte de despertar un sentimiento tribal y primitivo muy peligroso en el hombre, que en el pasado se ha cobrado millones de muertes, constituye la antítesis del proyecto científico y los valores cosmopolitas y abiertos de una sociedad moderna y avanzada.

2. El nacionalismo es un movimiento colectivista y por tanto niega una verdad fundamental: la libertad del individuo, la individualidad, el elemento básico de cualquier conjunto de cosas. De este modo, hace exactamente lo contrario de lo que hace la ciencia, que siempre va en busca de elementos más esenciales y atómicos, y siempre mira los fenómenos por debajo de su superficie, sacándose de encima el velo de irrealidad que suele cegar la mirada de aquellos que no se preocupan por conocer otra realidad que no sea la suya propia, las meras apariencias.

3. El nacionalismo crea fronteras y rivalidades, impide el progreso global, la integración y comunicación entre los humanos, y la libre competencia entre un número cada vez más amplio de personas cívicas y responsables. El nacionalismo promueve la autarquía y el mercantilismo y se cierra al avance de la libertad y el mercado libre en todas las regiones del mundo. Por el contrario, la ciencia siempre busca abrirse al razonamiento y la contrastación, integrando cada vez un mayor número de pruebas y ensayos, uniendo a los distintos grupos de investigación en una competencia sana y fértil, y sentando las bases de una sociedad más abierta.

Imaginemos que tenemos que lidiar con un Estado socialdemócrata. Ciertamente, cuanto mayor sea éste peores van a ser las ingerencias de sus gobernantes en la vida privada de los ciudadanos. Lo que piensa una parte de los liberales es que la fracturación de ese Estado en otros más pequeños fomentaría la competencia nacional y terminaría por mejorar la situación general. Yo dudo mucho de que esto fuera asi. Para empezar todo proceso de nacionalización implica a unas fuerzas políticas y apela a un sentimiento patriótico y un movimiento antiglobalización que va casi siempre unido al afan por gobernar e intervenir más la economía. No obstante si la carta constitucional del nuevo Estado aboga claramente por instaurar una nación fundada en los principios liberales, yo podría apoyar esa nacionalización (sin embargo esto no es lo que ocurre hoy en día en ningun país del mundo, si exceptuamos a las antiguas repúblicas soviéticas).

Por otro lado, la competencia se debe fomentar sólo en aquellos casos que no incumban a los principios básicos. Yo sería partidario de un estado federal en el que los distintos gobiernos compitieran por los recursos y se quedaran el beneficio de sus esfuerzos. Pero sometidos todos a una misma constitución básica de reglamentos sencillos y universales.

Finalmente, lo ideal siempre es extender la libertad a un mayor número de personas, y eso se cumple en menor medida cuando se dividen los países para crear distintas constituciones con distintos reglamentos.

Todo esto me lleva a pensar que la segregación nacional es por lo general una mala opción y un camino erróneo.

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La importancia de Elon Musk en la evolución de la tecnología

elon-musk-1Elon Musk (28 de junio de 1971) es un inventor y empresario sudafricano, cofundador de PayPal, Tesla Motors, Space X, o Hiperloop.

Musk es conocido por haber creado el primer automóvil eléctrico apto para ser producido en masa, por haber adquirido SolarCity, que suministra electricidad renovable a los automóviles de Tesla, por diseñar un sucesor privado del Transbordador espacial (el F9/Dragon), por crear PayPal, el sistema de pagos en línea más grande del mundo, y, finalmente, por ser el principal promotor del proyecto más ambicioso que existe hoy en día para llevar al hombre al Planeta Rojo (Musk pretende llevar a decenas de personas en menos de una década).

Para más detalles de su vida leer aquí: http://www.gentleman.elconfidencial.com/personajes/2016-11-10/tesla-motors-elon-musk-silicon-valley-marte_1287547/

Todas estas aventuras pueden parecer distópicas a ojos del común de los mortales, meras bravuconadas sin mucho recorrido, más propias de un loco solitario que de una persona cuerda. Sin embargo, la verdad es que a Elon Musk le acredita un pasado lleno de éxitos y una trayectoria imparable. No se puede decir que estemos delante de un nuevo profeta o una persona excéntrica. Musk es el capitán de un barco que ya ha recorrido los cinco mares sin haber sufrido ni una sola vía de agua en su casco. No podemos juzgarle con tanta ligereza y decir que no es más que otro fanático de la tecnología.

Algunos (como Fernando Díaz Villanueva en su programa la ContraCrónica) han venido sugiriendo que las empresas de Musk pueden ser motivo de una nueva burbuja especulativa, como las que vienen afectándonos cada cierto tiempo. Las nuevas tecnologías, así como el desarrollo cada vez más acelerado de las mismas, entrañan también algunos riesgos ocultos. El mismo optimismo que sirve para hinchar las burbujas económicas tradicionales, puede servir para desencadenar una carrera ciega hacia un futuro dudoso que conlleve problemas parecidos. La Escuela Austriaca de Economía nos ha enseñado a tener mucha precaución a la hora de valorar las promesas que respaldan los políticos o los empresarios adjuntos al régimen, y siempre se ha demostrado que esa atención nos podría haber librado de muchos sinsabores y penalidades. Pero, ¿hasta qué punto una burbuja tecnológica del tipo de la que puede haber propiciado Musk es equiparable a una burbuja inmobiliaria o bancaria, del tipo de las que estamos acostumbrados a sufrir habitualmente? ¿Es posible que nos estemos emocionando tanto con los progresos de la tecnología (con la idea de la singularidad tecnológica y la vida eterna) que perdamos un poco el sentido de la realidad y la lógica más esencial? Personalmente creo que existen algunas diferencias. Por ejemplo, las inversiones en tecnología, aunque exageradas, nunca suelen caer en saco roto y siempre sirven para aumentar nuestros conocimientos sobre ingeniería y nuestro acercamiento a un futuro mucho mejor.

A veces creo que los economistas austriacos tienen una visión un tanto reducida de lo que es la realidad, tal vez llevados por un celo que exige la única observancia de sus principios, sin atender a nada más. Me pasa con los anarcocapitalistas, que creo que no alcanzan a entender suficientemente la importancia que tienen algunas políticas y geopolíticas internacionales. Y me empieza a pasar también con algunos analistas del ciclo, que no alcanzan a comprender los desarrollos de la tecnología.

Lo que no entienden en absoluto algunos analistas de la Escuela Austriaca es que, incluso si es cierto que la especulación de Musk es exagerada (seguramente lo sea), sus proyectos están basados en la tecnología más prometedora que existe a día de hoy, y se apoyan sobre el suceso evolutivo más importante desde la aparición del hombre. Por tanto, la suya podrá ser una burbuja de mercado, pero es una pompa de jabón un tanto peculiar, que nunca llegará a estallar en pedazos. Puede equivocarse en los plazos, pero no en la esencia y el espíritu del proyecto. Nunca se va a producir una espiral de subida continua de los precios, alejada de toda base real. Todo lo contrario. Nos está acercando a un futuro que ya está aquí. Musk quiere hacer la tecnología más accesible a la clase media. Su coche eléctrico ya es asequible para una familia con un ingreso normal. Y si acaso sus empresas adquieren un valor en bolsa tan alto, a pesar de que todavía representan industrias nacientes, es porque hay decenas de miles de inversores que se están dando cuenta del futuro que tiene dicha tecnología. Y hay evidencias para pensar que no se equivocan un ápice.

La inversión en infraestructuras que al poco van a quedar obsoletas, o que nunca serán utilizadas, supone un despilfarro de recursos enorme. Pero no así la investigación en tecnologías trascendentales que serán de uso común en el futuro próximo.

Desde luego, yo estoy en contra de cualquier tipo de ayuda gubernamental. Deberíamos dejar que el mercado decidiese qué tecnología es mejor. Y también soy consciente de que el combustible de hidrocarburo es superior energéticamente a cualquier otro que podamos imaginar, y posiblemente lo sea siempre. Pero en cuestión de autonomía la producción de energía solar es incomparable. Nunca podremos tener un pozo de petroleo en el jardín de nuestra casa. Pero sí podremos tener un tejado de placas solares. Y la autonomía será clave en el futuro próximo, cuando gracias a las nuevas aplicaciones informáticas todos podamos convertirnos en pequeños productores, y cuando sea necesario que millones de robots inteligentes se muevan permanentemente sin depender de cables o fuentes energéticas externas.

No obstante, también podría ser que consiguiésemos alimentar las máquinas con cargadores de inducción, a través de ondas electromagnéticas. Entonces, podríamos usar combustibles fósiles para producir electricidad, y recargar las baterías a distancia. De cualquier manera, lo que es seguro es que necesitamos una fuente de energía ubicua, del tipo de la que está intentando implementar Elon Musk en sus coches eléctricos.

Pero, ¿cuáles son en realidad esas certezas de futuro?, ¿por qué Elon Musk es tan importante a pesar de que sus propuestas puedan parecer en principio arriesgadas y manirrotas? Musk está trabajando en el desarrollo de una tecnología cardinal. Dicha tecnología se centra en el proceso evolutivo más trascendental después del origen de la vida y la aparición de la inteligencia humana. Me estoy refiriendo a la singularidad tecnológica, al surgimiento de la inteligencia artificial y los robots autónomos. Musk está investigando precisamente en aquellas áreas que van a ser cruciales para alcanzar esta meta.

Cualquier sistema autónomo consta de una fuente generadora de energía y una maquinaria de movimiento completamente independientes y autosuficientes. Y lo mismo pasa con los robots. Tendrán que tener un sistema de producción y almacenamiento energético, y una estructura que consuma esa energía y que se mueva por el entorno con absoluta soltura.

En este sentido, las investigaciones de Musk van dirigidas hacia dos objetivos claros, por un lado se encaminan al desarrollo de sistemas de producción (SolarCity) y almacenamiento (baterias Tesla) de energía eléctrica a partir de la radiación que proviene del Sol, una fuente inagotable y ubicua que va a ser sin duda el último de los recursos que optemos por explotar, y por otro lado se enfocan también en el desarrollo de una máquina (un coche) capaz de moverse por sí sola a través de un entorno complejo, con un interfaz (Tesla Motors) y un sistema de inteligencia artificial (autopilot) lo suficientemente potentes como para detectar la ruta más correcta y esquivar los obstáculos del camino sin ayuda externa. Por tanto, las empresas de Musk no son meras industrias automovilísticas o fábricas de producción eléctrica. Musk está contribuyendo como ningún otro ingeniero al desarrollo e implementación de la inteligencia artificial y el futuro de la robótica, a través del desarrollo de los dos elementos que otorgan a esos robots el estatus de seres independientes y sucesores del hombre, la obtención de energía y el uso de la misma para moverse por el entorno libremente. En eso reside la importancia de Elon Musk.

Una crítica frecuente que se le suele hacer a Musk es que sus empresas están investigando exclusivamente en energía fotovoltaica. Pero Musk hace mucho más que desarrollar placas solares. Si enfoca todos sus recursos en esta área es porque otras fuentes como la energía nuclear o los combustibles fósiles ya son tecnologías maduras, o están descartadas por motivos de seguridad nacional. Nadie discute que el día de mañana las baterias Tesla puedan ser recargadas con esas fuentes. La electricidad solo es un medio de transporte y almacenamiento energético, y se puede obtener de todas las maneras que quieras. Seguramente habrá que aprovechar todas las fuentes, también los combustibles. Pero de cualquier forma, tendremos que tener unas baterias del tipo de las que está desarrollando Musk. Y esto es importantisimo.

Musk dijo en una ocasión que las cosas más importantes de Internet ya han sido creadas: “existirá innovación, sin duda, pero los grandes problemas de Internet ya han sido resueltos”. Y no le faltaba razón. Tras la revolución informática y el crecimiento de la red de redes, que supuso un cambio radical en las comunicaciones y el flujo de información a través de todo el mundo, viene ahora la revolución que nos va a permitir incrementar infinitamente el flujo y transporte de la propia materia, y con ella también el de nuestros cuerpos y nuestras mercancías. Podemos ver en el coche eléctrico el antecesor de los exoesqueletos y los robots que en un futuro habitarán y coparán nuestro espacio y, finalmente, terminarán sustituyéndonos. Esta nueva revolución culminará con la mayor de todas las disrupciones evolutivas, la última de ellas, el tránsito hacia un mundo completamente distinto, el mundo que está anticipando y preparando Elon Musk en sus laboratorios, un mundo transhumano de seres artificiales. Antes de que existiera el hombre había otras formas de inteligencia que se movían también de forma autónoma por este planeta. Y el hombre tampoco será el último peldaño de esta escalera. El último eslabón lo pondrá la robótica, y todas aquellas personas que, como Elon Musk, están contribuyendo ahora a su desarrollo.

La tecnología que está desarrollando Elon Musk en sus fábricas y laboratorios no genera burbujas especulativas del tipo de las que estamos acostumbrados a sufrir con los políticos y los especuladores al uso. Si acaso, Musk puede fallar a la hora de asignar plazos. Pero no hay duda de que acierta en la dirección y el objetivo que toma. Sus inversiones son seguras, no acabarán en un aeropuerto inservible o en cualquier otra infraestructura inútil. Su obra será perdurable, impepinable, necesaria, y llegará mas pronto de lo que algunos piensan (la tecnología evoluciona de manera exponencial). 

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Las elecciones en los Estados Unidos: libertad económica frente a libertad política

trump-hillaryAquellos que no confiamos por lo general en ningún político, tenemos que soportar habitualmente el rechazo masivo de toda la grey de piadosos que, continuamente, ponen sus esperanzas y sus deseos en un candidato en particular. Los que así pensamos, solemos atribuir a los gobernantes una demagogia y un populismo que van más allá de lo admisible y que rozan el ridículo. Pero muchas veces no nos percatamos de que la palabra populismo apela directamente al pueblo, y  que si no fuera por éste no existiría la demagogia.

Las elecciones norteamericanas solo han sido un ejemplo más. Los medios de comunicación en todo el mundo han impulsado una campaña publicitaria a favor de los demócratas en la que, como la mejor de las telenovelas, se ha intentado crear un personaje bueno y uno malo malísimo. El New York Times daba antes de las elecciones una mayoría aplastante a los demócratas, demostrando una vez más lo infectados que están los medios con toda la bazofia de ideas que excreta el intelecto humano para regocijo de los adoquines.

Hace dos legislaturas, cuando se alzó al poder el primer hombre de color (no puedo decir negro, aquí en Estados Unidos es sinónimo de esclavo), todo el mundo corría a felicitarle. A Obama se le concedió inmediatamente el premio Nobel de la paz, como si nos hubiera salvado de la tercera guerra mundial, y ahora se demoniza a Trump como si nos fuera a meter en ella.

Donald Trump no es santo de mi devoción, como no lo es prácticamente ningún político. El susodicho aboga por un proteccionismo y un nacionalismo económico profundamente conservadores y retrógrados, en materia de inmigración puede llegar a plantear ideas bastante descabelladas, y parece que su afán megalómano puede hacer que se resienta el déficit estadounidense, que ya está de por sí bastante maltrecho.

Sin embargo, también se ha manifestado en continuas ocasiones a favor de la rebaja de impuestos y la libertad empresarial, y en contra de la Reserva Federal y de esa lacra keynesiana que impulsa la bajada artificial de los tipos de interés.

Necesitamos tiempo para saber el efecto concreto que tendrán todas estas promesas. De momento, lo único que puedo decir es que la ganancia de Trump, mas allá de toda la incertidumbre que despierta, o precisamente por eso, y más allá también del hecho de que no es sino la victoria de otro bufón más en la corte, viene también a enmendar la plana a todos esos palmeros y adictos que una y otra vez apoyan esas ideas que abogan por recortar nuestras libertades en materia económica, mientras utilizan el anzuelo y el engaño de la lucha social. Con la disculpa de reforzar nuestras libertades sociales y plantar cara al conservadurismo, muchos demócratas y progresistas eligen por defecto aquellas alternativas políticas que les prometen una justicia social basada en la protección de las minorías, la liberalización del aborto o la igualdad salarial, a cambio de un control más férreo de sus economías y sus empresas. Por lo general la gente prefiere la libertad social a la libertad económica, sin darse cuenta de que la primera solo promete ya unas cuantas migajas, mientras que la segunda traería un desarrollo y una mejora en la calidad de vida inimaginables hoy en día, mil veces mayores que las que se han conseguido con el matrimonio gay o la renta de inserción. Y no es que me oponga a que los hombres se casen entre ellos, o a que decidan pasar el resto de sus vidas juntos. Lo que me niego es a aceptar ese mantra que continuamente nos están repitiendo los políticos y sus acólitos, mediante el cual nos quieren convencer de que las libertades sociales son mucho más importantes y necesarias que las libertades económicas.

Por todos lados veo libertades sociales. Hoy en día prácticamente ya no hay nada más que hacer en esta materia. Siempre quedará un rastro de conservadurismo y un cierto rechazo al inmigrante y a lo desconocido, y no digo que no debamos seguir luchando para reducir esas influencias perniciosas a la mínima expresión, hasta que se conviertan en residuos prácticamente insignificantes. Pero me doy perfecta cuenta de que las sociedades actuales, todas las que han abrazado el progreso, gozan de gran permisibilidad en el plano de los derechos sociales, libertad de expresión, libertad de prensa, libertad religiosa, libertad sexual, etc… y que esta es suficientemente grande y se incrementa paulatinamente con el transcurso de los años, llegando incluso en algunos casos a ser excesiva (como ocurre con el aborto incondicional, sin respeto por el feto completamente formado). En cambio la libertad económica tiene todavía mucho camino que recorrer hasta llegar a una situación parecida, y aún encuentra muchos enemigos y adversos que están dispuestos a poner todo tipo de trabas y palos en la rueda. Por todo ello, me parece más importante resaltar la importancia que supone el ascenso al poder de un gobierno de derechas (sin ser yo de derechas) o un partido republicano (sin ser yo republicano), y la trascendencia del cambio que ello conlleva, así como la situación que se avecina también en los Estados Unidos tras la victoria de Trump.

Una vez más, los agoreros de toda laya vuelven a anunciar el apocalipsis, como tantas veces han hecho a lo largo de la historia. Una vez más la religión y las creencias pesan sobre la prudencia y la cordura, y todos se lanzan a buscar dioses y demonios, lloran la pérdida irreparable de Hillary Clinton, o se hacen el harakiri delante de la foto triunfante de Donald Trump. Curiosamente, aquellos que más dicen luchar en contra del conservadurismo y la religión, son los que más ofrendas hacen al dios pagano de la democracia y al Estado biempensante.

Si una cosa tiene buena la victoria reciente de los republicanos, es la cara que se les ha quedado a todos aquellos que daban por hecho el éxito de Hillary; a todos los que creen que solo deberían ganar los demócratas, los negritos, o las mujeres; a todos aquellos que anteponen la demagogia, el buenismo, el color de la piel o los atributos sexuales, por encima de la reflexión sesuda y las ideas racionales y científicas. El mundo está lleno de histriones y de profetas, y ver como todos ellos son ninguneados por la realidad es una de las sensaciones más agradables que uno puede llegar a tener. Pero como no quiero caer también en una nueva suerte de demagogia, no voy a decir que apoyo la reciente victoria de Donald Trump. Simplemente, me mantengo a la expectativa, activo todas mis alarmas, y permanezco cauteloso a la espera de lo que pueda suceder, a sabiendas de que todos los políticos son malos por necesidad, pero sabedor también de que algunos pueden ser a veces un poquito mejores que sus alternativas. Y como ya he dicho que creo más en la defensa actual de la libertad económica que en todas aquellas libertades y reivindicaciones sociales que realizan los progres, y aunque Trump no es ni de lejos la mejor opción del liberalismo económico, y siendo que Hilary es la peor de ellas, hoy estoy relativamente contento, con una especie de satisfacción estoica, consciente de que cualquier resultado político es siempre una desgracia para la libertad, pero un poco animado con las muecas y las parálisis faciales que veo en las caras de mis amigos demócratas cuando se enteran de la victoria aplastante del empresario y magnate neoyorkino

Estoy harto de que se piense que la verdad es siempre patrimonio de aquellos que echan una lagrimita cada vez que ven a un pobre pidiendo en la calle, de aquellos que piensan que todos los negros mueren a manos de la policía porque existe racismo, de aquellos que creen que lo mejor para un país es que todas las mujeres puedan abortar cuando ellas quieran, sin ningún tipo de restricción. Estoy harto de la demagogia barata y del buenismo incondicional. Estoy harto de que se piense que vamos a progresar mucho más como civilización si conseguimos que otras asociaciones de homosexuales se sumen al festival internacional que se organiza todos los años con motivo del día del orgullo gay (y con el erario de todos los contribuyentes), que si logramos reducir los impuestos y rebajar la deuda pública a menos de la mitad, para que todos los ciudadanos conserven los bienes que son fruto de su trabajo y sus decisiones particulares. Estoy harto de que la libertad sea permanentemente secuestrada por aquellos que creen que saben cómo debemos comportarnos los demás, por aquellos que utilizan los impuestos y el dinero de todos para promocionar su propia ideas de bienestar. Y por eso hoy siento en mi interior una cierta alegría contenida, que no se apaga ni siquiera cuando pienso en todas las estupideces y alharacas que ha vertido y vomitado Trump en el tiempo que dura una campaña.

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Dualismo metodológico: fundamento ontológico y corolario político (segunda réplica a Francisco Capella)

altruismo

Esta es una respuesta a la réplica que hizo Capella (https://intelib.wordpress.com/?s=eladio) a un artículo mío (https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/el-anarcocapitalismo-pragmatico-por-que-rallo-y-capella-tampoco) que a su vez pretendía refutar algunas ideas que él había vertido en otro escrito anterior (https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/mas-problemas-del-anarcocapitalismo).

Ante todo, quiero dar las gracias a Francisco Capella e Ismael Rodríguez por el tiempo que han invertido en leer mi artículo y elaborar con posterioridad una respuesta más o menos larga. Uno escribe básicamente por dos motivos, por una necesidad interna que en algunos casos llega a ser absolutamente incontrolable, y por un afán morboso de protagonismo que busca la confrontación directa y que aspira a provocar opiniones y reacciones en las demás personas. Gracias a Francisco e Ismael, ambos motivos han quedado plenamente satisfechos con este artículo. Se lo agradezco sinceramente.

1. Lo esencial

1.1. Lo que no pretendo

En lo relativo al asunto que nos ocupa, no puedo menos que empezar señalando el error con el que Capella inaugura su crítica a mi artículo, equivocación que sin duda le lleva a plantear una suposición de partida falsa, lo cual hace que el resto del análisis quede un tanto menguado, cuando no completamente invalidado. Según él, yo pretendo defender que en las ciencias sociales “solo vale la lógica y la deducción a partir de unos principios axiomáticos autoevidentes”. De ese modo, me atribuye un simplismo y una rigidez que rayan en lo absurdo. Una vez más, creo que Capella es incapaz de entender el dualismo metodológico que yo reivindico, el cual no dice en ningún momento que solo sirva un método de estudio, sino que lo que dice es que existen dos métodos esenciales para entender todas las ciencias, también la sociología. Jamás he apoyado ni apoyaré esa crítica burda que hacen algunos adeptos a la escuela austriaca, con la que buscan desprestigiar las matemáticas, aduciendo que no constituyen un lenguaje adecuado para estudiar la sociedad humana, en ninguna de sus facetas. Asimismo, tampoco creo que la deducción axiomática sea la única forma de abordar esa misma problemática.

No por pensar que el método deductivo es más apropiado para el estudio de la sociedad, y que el método inductivo lo es para el estudio de la física o la biología, tenemos que creer también que solo podemos usar un método de análisis en cada una de esas ramas.

Ahora bien, una vez que aceptamos que todas las ciencias pueden estudiarse a través de dos métodos igualmente válidos, lo siguiente que debemos saber es qué nos dice cada uno de esos métodos, y qué información podemos obtener de ambos dos. De este modo, en lo relativo al conocimiento fundamental, debemos saber que hay ciertas cuestiones básicas que pueden dirimirse acudiendo exclusivamente al análisis de los axiomas: yendo de lo generala lo particular.

En este sentido, lo único que yo digo es que la minarquía es relativamente superior al anarquismo (en cualquiera de sus formas) y que ello queda suficientemente demostrado desde el primer momento, cuando aplicamos los axiomas básicos al estudio de la sociedad. Pero esto no significa que no existan una cantidad innumerable de hechos sociológicos que puedan ser susceptibles de analizarse usando el método empírico, y tampoco quiere decir que debamos descartar el papel que juegan los experimentos fácticos como medida de confirmación de las evidencias apodícticas (axiomáticas).

En primer lugar, yo no pretendo establecer un conocimiento completo, definitivo, y cerrado, como parece que me achaca Capella. Me limito al conocimiento apriorístico y al análisis de unos hechos fundamentales que en absoluto son todos los que existen (aunque sí son los únicos que nos pueden enseñar algunos fenómenos realmente generales). Por tanto, dicho conocimiento solo es definitivo en el sentido de que afirma algo que no puede ser puesto en duda de ninguna manera, pero no porque aspire a explicarlo absolutamente todo. Por ejemplo, el axioma de la acción (humana) garantiza que todas las intervenciones que acomete el hombre se hagan desde el punto de vista de un ser individual limitado y egoísta, pero no dice nada con respecto a los gustos que motivan y provocan las acciones concretas de un determinado individuo. Lo que yo afirmo es que el estudio de esos axiomas también permite deducir algunas cosas respecto a la política y la economía, como muy bien sabrá cualquier estudioso de Mises y de la Escuela Austriaca (no propongo nada nuevo). Y lo que digo es que, dentro de ese conjunto de deducciones, está aquella que califica a la minarquía como un sistema superior al anarquismo (esto lo desarrollaré más adelante). Pero quiero dejar claro que, en ningún caso, intento valorar todos los aspectos de la realidad y las sociedades.

Por consiguiente, yo no defiendo que las ciencias sociales deban abordarse con una sola metodología. Uno de los principios apodícticos que utilizo es el dualismo metodológico, así como la constatación ontológica de que la realidad está compuesta en cualquier caso por dos tipos de fenómenos: complejos y simples. Pero en ningún momento digo que cada tipo fenoménico deba ser analizado con una sola herramienta (considero que ambos tienen que ser dilucidados usando las dos). Lo que digo es que existe determinada información que solo podemos deducir a partir del empleo de una de esas herramientas, y otra que seguro requiere el uso del otro pertrecho. En concreto, lo que afirmo es que los presupuestos axiomáticos pueden conducirnos a entender que la minarquía es un correlato lógico de dichos principios, y la forma de gobierno que mejor se ajusta a los mismos. No pretendo determinar el tamaño concreto que deberá tener el Estado del futuro. Solo quiero insistir en el hecho de que, tenga el tamaño que tenga, siempre hará falta algún ente general de gobierno para poder atender a todos los aspectos de la realidad, y a los dos tipos de hechos por los que queda constituida la misma. Y como eso es un principio ontológico, que no se puede negar de ninguna de las maneras, como la realidad está compuesta de hechos simples y complejos, y como la minarquía es el único sistema que atiende por igual a ambos dos, consciente de la importancia del orden espontáneo y las necesidades subjetivas (fenómenos complejos y diversos) pero también de esos principios e instituciones generales (fenómenos simples y unívocos) que ponen su atención en todas aquellas cualidades que facilitan las condiciones necesarias para que exista libertad y para que la sociedad se ordene de forma espontánea, como todo eso es así, podemos afirmar sin ninguna duda que la minarquía es la única forma de gobierno que optimiza ese conocimiento y esas capacidades, y que es al fin y al cabo la principal implicación sociológica que podemos deducir de tales principios.

La ciencia ofrece un procedimiento alternativo que seguramente nos llevará algún día a ser capaces de saber qué tamaño mínimo del Estado es el más efectivo, o simplemente nos permitirá confirmar experimentalmente lo que ya nos aseguran los axiomas de antemano. En cualquier caso, la ciencia debe centrarse en analizar otros factores más complejos que no pueden ser dirimidos por la vía deductiva (estadísticas, medias, etc…). Lo que hay que entender es que, aunque ambos métodos valen para estudiar las sociedades (Capella dice que yo creo que la sociedad solo se puede analizar apriorísticamente), cada uno de ellos aporta distinta información y nos provee de distintas capacidades intelectuales.

El estudio de la gobernabilidad se puede abordar de dos maneras diferentes, con dos herramientas complementarias, comparando el desarrollo de distintas sociedades con distintos tamaños y distintos pesos del Estado, o demostrando la superioridad de la minarquía de forma apriorística. Si lo hacemos de la segunda manera, lo que hay que entender es que esa demostración axiomática hace innecesaria cualquier prueba o evidencia experimental posterior.

El dualismo metodológico no dice que sean necesarios los dos métodos en todos los casos. Dice simplemente que tenemos dos herramientas para analizar el mundo. Pero evidentemente, si un método es apodíctico, también es suficiente para demostrar alguna característica en concreto, siempre y cuando ésta característica se pueda deducir fácilmente del axioma principal. A la hora de analizar distintos fenómenos, unas veces podemos aplicar el apriorismo, otras el aposteriorismo y otras una mezcla de ambos. Y en el tercer caso, si valen los dos métodos, una vez que demostremos apriorísticamente algo en concreto, la prueba a posteriori resulta siempre redundante y superflua.

También es cierto que el axioma que escojamos (para iniciar la deducción) puede estar equivocado. No obstante, si tenemos cuidado en elegir aquellos principios que apelan a cuestiones realmente básicas, tan esenciales que resulta imposible ponerlas en entredicho, nos aseguramos a su vez que esos principios van a ser siempre verdaderos. Afortunadamente, no resulta muy difícil dar con esos presupuestos. Simplemente, son los más sencillos de todos, aquellos que constituyen condiciones de posibilidad generales, todos aquellos que determinan cualidades necesarias para que un objeto exista.

Por otra parte, tampoco estoy afirmando que todo lo que se ha hecho en filosofía a lo largo de la historia haya resultado del uso de principios axiomáticos autoevidentes. Que yo los utilice no significa que me arrogue la capacidad de abarcar con ellos todo lo que se ha escrito o se puede escribir en torno a esta disciplina. Ahora bien, sí que creo que la filosofía se diferencia de la ciencia esencialmente por el modo de abordar los problemas y principiar sus estudios. Esta dicotomía queda patente a lo largo de toda la historia intelectual del hombre, influye y determina el modo de proceder de unos y otros, y es la única característica que explica por qué debemos hacer una distinción a la hora de catalogar por un lado a la ciencia y por otro a la filosofía. No en vano, nadie negará que la epistemología es una materia fundamental, que necesariamente determina todo lo demás. No es ilegítimo por tanto que apele a esa forma del conocimiento para atravesar con ella todo el saber humano que existe, y para clasificar el mismo en dos categorías principales.

De nuevo, cuando Capella dice que “solo ofrezco clasificaciones definitivas con pocos criterios independientes y complementarios que resultan en particiones únicas, perfectas, y completas del mundo sin problemas de límites, matices o interpretaciones, peligrosas porque ocultan sus propios defectos y no sueles considerar alternativas posibles” cae otra vez en ese error que aviene cuando uno no entiende suficientemente en qué consiste el dualismo metodológico (al menos el que yo planteo). Cuando propongo dichas clasificaciones, cerradas y perfectas, estoy hablando exclusivamente en términos axiomáticos, estoy usando el método deductivo y estoy elaborando una serie de implicaciones lógicas directas. Precisamente, como soy dualista, también soy consciente de que existe un vasto campo de exploración que está obligado a considerar todas las alternativas y los matices, pero a eso lo llamo ciencia (no filosofía). No es apropiado que se me acuse de pretender un conocimiento completo cuando únicamente busco sentar las bases del pensamiento filosófico, y cuando propongo un dualismo que sin duda considera la existencia de otro método alternativo que abarca un conjunto de fenómenos seguramente mucho más variado y diverso que el que yo atribuyo a la filosofía. Solo estoy planteando una teoría filosófica basada en algunos principios axiomáticos susceptibles de aplicarse a todos los objetos del orbe, y capaces de describir algunas de las cualidades que definen los mismos. Normalmente esto se suele confundir con el hecho de pretender un conocimiento absolutamente completo, pero solo es absoluto en el sentido de que trata fenómenos que se manifiestan en todas las cosas, lo cual no quiere decir que abarque todo lo que se puede decir con respecto al mundo. Como he dicho, soy dualista metodológico, lo que quiere decir que creo en la existencia de un método científico que viene a complementar el análisis de la naturaleza, asistiendo precisamente en aquellos casos en los que la complejidad y diversidad fenoménica no permiten exponer clasificaciones perfectas y completas. Así que la acusación que me hace Capella carece del menor sentido.

Por lo mismo, tampoco digo que la filosofía y la ciencia sean alternativas excluyentes. Todo lo contrario, afirmo que ambas contribuyen al entendimiento general del mundo y que se pueden y se deben implementar en todas las ciencias. Lo que sí quiero constatar es la necesidad de distinguirlas y usarlas en su justa medida. Como decían los escolásticos: hay que dividir para unir.

Nunca he pretendido afirmar que Capella y Rallo sean “ejemplo de todos los males cientistas”. Simplemente digo que el anarquismo pragmático que defienden ambos constituye otra manifestación de ese cientismo. Por supuesto, soy consciente de que los positivistas lógicos o los historicistas del siglo XIX practicaban un cientismo bastante más radical que el suyo. Me consta que Rallo y Capella utilizan la lógica deductiva y están familiarizados con los axiomas. Pero creo que no los entienden con la suficiente profundidad y significación. Igual que los evolucionistas austriacos, ellos también dicen que los axiomas solo sirven en determinados casos, aplicados a la economía, y siempre y cuando tengamos en cuenta que pueden ser refutados en el futuro, si se demostrase que son falsos. Lo que no acaban de entender es que existen algunos principios que apelan a las cualidades más básicas del Ser y que nunca pueden ser refutados, pues ello nos llevaría a negar la propia existencia de todo, y entonces ya no habría nada que replantear o cuestionar. En realidad, están desnaturalizando el propio significado del axioma, y están mezclando ambas metodologías, como si los apriorismos, que son de suyo evidencias irrefutables, pudieran someterse igualmente al escrutinio y el escalpelo del científico.

Capella me tacha de fanático y sectario del minarquismo, pero no se da cuenta que la propuesta minarquista es la más moderada de todas, ya que tiene a bien considerar todos los niveles jerárquicos, todas las formas epistémicas, y todos los desafíos que permiten abordar la problemática social, tanto los que avienen con la evolución y el orden espontáneo (empírico) como aquellos otros que resultan de unas instituciones generales dadas de antemano (apodíctico). Como dijo Aristóteles: “El principio está en el medio de todo”. La minarquía vendría a ser en política ese medio y esa ecuanimidad que necesita la teoría.

El Estado cumple la función de garante máximo de aquellos principios que previamente ha validado la filosofía. Mientras que el mercado y el orden espontáneo son las instituciones que mejor representan el conocimiento fáctico y científico que se obtiene mediante prueba y error. Capella sin embargo, al pretender que los axiomas más fundamentales también puedan ser objeto de duda, atribuye todo el conocimiento a un único método (la demostración empírica), olvidándose de esas cuestiones que resultan tan importantes y esenciales que no tienen alternativa y que por tanto nunca pueden ponerse en cuestión. En esto, se asemeja a los evolucionistas y se acerca peligrosamente al anarquismo más radical.

1.2. Lo que sí pretendo

Mi objetivo es reivindicar la filosofía, y no me voy a echar atrás en este propósito, aunque algunos piensen que quiero desprestigiar a la ciencia, o aunque crean que no sigo una metodología suficientemente seria. Sinceramente, creo que existe una filosofía racional, muy útil para comprender algunas cuestiones de la vida. No creo en esa filosofía socrática que solo consiste en plantear cuestiones, ni en esos filósofos que animan a los demás a hacerse preguntas que no tienen respuesta. Una vez oí a uno de esos filosofillos de postín decir que lo que diferencia a la filosofía de la religión es que la primera consiste en pensar sobre preguntas que no podemos responder, mientras que la segunda trata de dar respuesta a preguntas que no podemos contestar. Sin embargo, tan estéril es hablar solo de algo que no conocemos como preguntarnos por algo que nunca podremos llegar a saber. Lo único que cambia en estas dos afirmaciones es el grado de osadía del interlocutor, pero no así el contenido de las mismas. Ambas reivindican la ignorancia como única máxima y objetivo del saber humano, lo cual solo puede conducirnos a un lugar no muy alejado de aquel del que partíamos.

La filosofía no puede utilizar los métodos de la ciencia (ya que no es lo mismo). Para que la filosofía sea racional e independiente al mismo tiempo tiene por tanto que asentar sus bases en unos presupuestos seguros, que no requieran demostración alguna y que queden patentes desde el primer momento. Dichos presupuestos se llaman axiomas y solo pueden servir de algo si apelan a conceptos verdaderamente absolutos e innegables, ya que de lo contrario estaríamos describiendo una propiedad falsable y estaríamos haciendo ciencia. Afortunadamente, algunas cualidades de las cosas, aquellas que tienen que ver con la existencia en general, apelan a consideraciones verdaderamente irrefutables, que podemos utilizar para elaborar un conocimiento seguro, por la vía deductiva. Ahora bien, si se piensa que esos axiomas pueden ser refutados algún día (como conviene en afirmar Capella) perdemos la lógica del razonamiento y la esencia de los mismos, y nos convertimos en monistas metodológicos, y solo aprobamos el método de la falsación y el empleo de la ciencia. Asimismo, en ausencia de demostraciones fácticas, la única forma que tiene la filosofía de convertirse en una disciplina racional es la de utilizar principios verídicos que describan fenómenos o hechos que sean tan simples y necesarios que no dejen lugar a la duda, y que nos permitan por tanto afirmar que estamos elaborando un conocimiento real y seguro, a pesar de no poder demostrarlo de forma empírica. Si negamos esto, estaremos negándole a la filosofía cualquier posibilidad legítima de existir como disciplina racional y, entonces, creeremos que solo la ciencia puede jugar ese papel.

La filosofía establece unos presupuestos básicos innegables. Pero si se quedase ahí no tendría demasiada relevancia. Lo que hay que entender también es que, aparte de esas abstracciones iniciáticas, se pueden obtener algunas conclusiones o implicaciones que afectan de forma más directa a muchos de los fenómenos que observamos a diario. En este sentido, podemos estar seguros de que la filosofía contribuye al conocimiento de la naturaleza como lo hace la ciencia, y que igualmente afecta a las decisiones que incumben a la política, la ética o la economía. En concreto, este artículo gira en torno al debate político que salpimientan las charlas de minarquistas y anarquistas. Por consiguiente, me limitaré únicamente a resaltar algunas derivadas que incumben exclusivamente a este campo.

Yo simplemente intento construir un sistema axiomático basado en el individualismo y el dualismo metodológicos. De ahí se deducen algunas cosas interesantes, como la de que la minarquía es una forma de organización social superior al anarquismo. Por eso me parece importante resaltar que la minarquía es también un sistema dual, que tiene a bien considerar tanto los problemas complejos como los principios básicos, respetando por un lado el orden espontáneo y por otro las instituciones más básicas y necesarias del Estado, y que esto no es en ningún caso una casualidad, ya que tiene que ver con el hecho de que la realidad de la naturaleza responde de igual modo a esa dicotomía, y que por eso debemos usar dos métodos de investigación y atender siempre a dos tipos de fenómenos naturales (simples y complejos).

Veámoslo de forma un poco más detallada. El individualismo metodológico apela a un único principio básico, el hecho de que todos los existentes son individuos. Esto conlleva muchas otras cualidades susceptibles de ser analizadas, tales como la finitud, la concreción, la acción individual, etc… Por eso todas estas cualidades resultan tan importantes y por eso se pueden usar en último lugar para explicar los sistemas más complejos de todos: la economía de una sociedad (como hizo Mises). Además, el propio dualismo puede ser deducido también a partir de ese individualismo. Un individuo finito implica necesariamente un entorno que lo limite y lo acote. Esto conlleva a su vez la existencia de algunos fenómenos simples, aquellos que competen solo a ese individuo, y otros mucho más complejos, cuando se juntan diversos elementos del entorno para componer un sistema superior. De aquí nace el dualismo ontológico y también el metodológico. Así, descubrimos por ejemplo que podemos partir de hechos absolutamente simples, como hace la filosofía, o de otros mucho más complejos, como hace la ciencia, y que en ambos casos podemos llegar a constatar una situación verídica. Y de aquí también se deducen algunas implicaciones políticas, económicas y éticas. Concretamente, en el asunto que nos ocupa: el de la política, debemos asumir también dos ámbitos distintos, el individual y el colectivo, la cosa en sí y la cosa unida a todas las demás cosas, el individuo y su entorno. En este sentido, el minarquismo es el único sistema que asume esos principios de forma correcta, respetando la acción libre de cada ser, pero entendiendo también que el Estado tiene una función importantísima, la de estipular un marco general de regulación, haciendo que todo el colectivo se atenga a las normas que garantizan esos derechos individuales. De este modo, se tiene en cuenta tanto al colectivo como al individuo, y se establece todo ello en función del principio que nos sirve para desarrollar todo el razonamiento: el individualismo metodológico.

En definitiva, la minarquía es el único sistema de gobierno que respeta y contempla toda aquella información que opera en los sistemas complejos, que está distribuida entre cada uno de los elementos que componen dichos sistemas, y que solo se puede conocer de forma tácita o parcial por cada una de las partes (de ahí que debamos defender la libertad de acción de las mismas). Pero también atiende a ese otro tipo de información más simple que constituye las bases de cualquier orden general, las condiciones para que se dé tal complejidad, y los prerrequisitos necesarios para que emerjan espontáneamente esas nuevas cualidades. Esta información debe existir con carácter previo, e igual que en la naturaleza la complejidad de una selva está precedida por un universo mucho más simple, constituido únicamente por cuatro fuerzas físicas elementales, en la sociedad humana la economía y el mercado también deben estar asentados sobre unas leyes esenciales previas, que ofrezcan una garantía general y un marco legislativo común. En epistemología, el axioma es aquel concepto que viene a representar a esas leyes esenciales inmediatas. Y la única traducción posible que podemos hacer de estos axiomas en el ámbito de la política es la de describir y ordenar un Estado mínimo que, con carácter previo (inmediato, apriorístico) se encargue de establecer las normas básicas que proveen a la sociedad de estabilidad y progreso.

2. Lo accesorio

Tampoco entiendo demasiado la crítica que hace Capella al hecho de que yo diga que la única justificación de la Escuela Austriaca es la oposición al socialismo. Nada en este mundo tiene sentido si no existe un contrario con el cual contrastarse y al cual oponerse. El día solo tiene sentido si existe la noche. Igualmente, la defensa de la libertad solo queda definida cuando constatamos que existen grupos de personas que quieren oprimirnos. El individuo solo existe si existe a su vez un entorno que lo niega. No es una cuestión de autoconsistencia interna. Es simple y llanamente una evidencia por oposición. Reto a Capella a que me ponga un ejemplo que invalide esta afirmación.

Capella dice: Cualquier cosa que se diga, cualquier tema que se estudie, Eladio no está contento si no hacemos un análisis metodológico que distinga claramente la inducción científica de la deducción filosófica; y según él esto último es lo único válido en este ámbito. ¿Por qué? Esencialmente porque sí, porque lo dice él” En primer lugar, yo no digo que sea lo único válido, digo que es la esencia epistémica que debemos contemplar para realizar cualquier análisis posterior. Además, no entiendo por qué Capella, después de haber leído un extenso opúsculo mío, se afana en decir que no me prodigo lo suficiente, y que me limito a responder con afirmaciones vacías. Básicamente, todo mi esfuerzo está dirigido a explicar esa dualidad y explicar también su reflejo en las ciencias sociales y la economía. Jamás en mi vida he pretendido convencerme a mí mismo y convencer a nadie usando la expresión «porque si».

Capella dice, refiriéndose a la minarquía: “¿Y eso cómo se consigue? ¿Cuál es ese límite máximo o mínimo al que hay que llegar? ¿Cómo sabemos si lo hemos alcanzado o si nos hemos excedido?” “Aquí haría falta algo más de detalle en el análisis. Tal vez algunos problemas de la falta de gobierno central no tienen solución, o se agravan con el gobierno central” Véase que yo no estoy afirmando que conozca cual es el límite máximo o mínimo al que hay que llegar cuando reducimos el tamaño del Estado, ni que no haya problemas insolubles que se puedan agravar con el gobierno central. Capella pretende pasar de la cualidad a la cantidad, sin solución de continuidad. Mi defensa del minarquismo basada en el dualismo metodológico afirma simplemente que la forma más completa y prudente de analizar la realidad, y por defecto también el gobierno de un país, consiste en considerar dos metodologías y dos realidades distintas, la de los fenómenos complejos y la de los hechos sencillos. No estoy analizando el grado de reducción que deberemos aplicar al Estado, cuestión que con toda seguridad tendrá que dirimirse de manera empírica (con el paso de los años y con el método que Capella defiende). Estoy diciendo que, si queremos alcanzar el óptimo de Pareto, esa reducción no podrá ser nunca completa, pues existen algunos hechos y principios tan fundamentales que no pueden quedar al arbitrio de las decisiones evolutivas, y que lo mejor es que sean impuestos con carácter inmediato y de forma unilateral. Una cosa es analizar el grado de reducción del Estado y otra muy distinta entender la necesidad de otorgar un mínimo de poder a un ente general, en representación de aquellos hechos y principios que nunca podrán ser puestos en duda por el análisis empírico. Lo primero es fruto de una duda razonable. Lo segundo lo es de una certeza irrefutable. De nuevo, conviene no confundir estos dos hechos principales, para no caer en los errores que, en mi opinión, comete continuamente el propio Capella.

Según Capella, yo propongo “una caricatura del científico”, pues digo que éste debe estar consagrado a la tarea de manipular las muestras que tiene delante de sus narices y que ha preparado él mismo para invocar alguna función concreta. Y dice: “Sin embargo no está muy claro qué es eso de “invocar alguna función concreta, si es que significa algo; algunos científicos manipulan muestras, pero otros analizan muestras preexistentes (sólo observan, no experimentan) o generadas por otros científicos; las muestras utilizadas no siempre están delante de las narices, sino que a veces están muy lejos (astrofísica, cosmología)”. Con la expresión “delante de sus narices” simplemente quería enfatizar el hecho de que la ciencia empírica trabaja con hechos manejables, no quería decir literalmente que los científicos toquen el objeto que observan con sus apéndices nasales. Creo que Capella se entretiene en criticar cuestiones puramente lingüísticas que no tienen demasiado recorrido.

Acaba Capella su crítica igual que la empezó, apelando a mi negativa a estudiar la sociedad de forma científica. Y dice: “Según él, la sociedad no puede estudiarse de forma científica, porque “es un sistema altamente complejo. Supongo que entonces las sociedades no humanas tampoco pueden estudiarse de forma científica porque son órdenes complejos (y la sociobiología no sería científica); y el ser humano como sistema complejo tampoco puede estudiarse de forma científica. La psicología y la medicina tampoco son ciencias, y no existen las ciencias de los sistemas”. Esta rúbrica final viene a constatar el error que recorre toda la réplica de Capella, y que consiste en creer que mi defensa del apriorismo vendría a negar la posibilidad de que la ciencia haga sus propios estudios en el campo de la sociología y los sistemas complejos. Repito una vez más: para poder hacer un análisis completo de la sociedad hay que usar dos métodos de conocimiento, saber cómo se aplican, entender qué podemos extraer de ellos, y finalmente implementarlos correctamente, sin obviar ninguno de ellos. En el plano de la sociedad, la minarquía es el único sistema que hace esa implementación, el único que respeta el orden espontáneo que surge en la naturaleza como consecuencia de las distintas alternativas a las que se enfrenta la acción y los gustos personales (que vendrían a ser el método de prueba y error que practica la ciencia) y el único que contempla también los principios más generales del derecho (que vendrían a ser todos aquellos principios que se demuestran de forma inmediata y que se corresponden con los axiomas que investiga la filosofía).

Me interesa mucho que Capella indique cuales son las expresiones que, según él mismo dice, utilizo yo torpemente por “escribir deprisa y sin pensar”. De ese modo, tendría la oportunidad de subsanarlas en el futuro.

Con respecto a la metáfora de las formaciones Kársticas, decir que es posible que sea un tanto inapropiada. Simplemente, a mí me sugiere esa capacidad que tiene el agua para ir profundizando a través de todas las vetas del terreno, igual que hace la filosofía cuando se abstrae de los fenómenos más superficiales y ahonda en el problema de la realidad, hasta crear auténticos cenotes.

Me parece interesante acabar resaltando el último párrafo de la réplica de Capella, donde éste apela a nuestra amistad y nuestras aficiones comunes. Para mí la amistad es el único estado que favorece el diálogo fructífero y pacífico. Dicha amistad se pone a prueba y se refuerza cada vez que dos personas entran en desacuerdo, discuten acaloradamente sobre un tema concreto, y salen indemnes. El artículo en cuestión queda en un segundo plano si consideramos todo lo que la discusión nos aporta como personas, y todo lo que en concreto Capella me ha aportado y me seguirá aportando como intelectual. Además de pensar que, en términos generales, navegamos él y yo en el mismo barco, esto es, nuestras ideas no son tan distintas como en principio podría parecer a tenor de la discusión. No obstante, a veces es conveniente exagerar los detalles para animar la polémica y fortalecer el debate. Por tanto, no puedo dejar de suscribir y agradecer esa última consideración que hace Capella al final de su artículo.

En el tramo final de su crítica, Capella también recomienda la lectura de la réplica “devastadora” que realiza Ismael Rodríguez con motivo de mi trabajo. Este consejo no es extraño viniendo de quien viene, pues Ismael ofrece una respuesta bastante parecida a la que hace el propio Capella, atacando igualmente mi concepto de dualismo sin saber muy bien lo que significa. Para él, vale lo mismo que he dicho más arriba.

Ismael dice que no soy dualista porque “uso afirmaciones invariables que no dependen de demostración alguna”. ¡Pues claro! Pero esto no quiere decir que no sea dualista, sino simplemente que estoy usando uno de los dos métodos. Al parecer, Ismael querría que una afirmación invariable fuera al mismo tiempo variable y demostrable. Se evidencia en él aquella misma falta de entendimiento a la hora de concebir el dualismo que ya hemos resaltado más arriba. Precisamente, si pienso que el minarquismo es el único sistema que optimiza las energías de una sociedad, es porque es el único que atiende con el debido rigor a esa cualidad, esto es, que tiene a bien considerar aquellos principios apodícticos que pueden implementarse ipso facto, y aquellos otros sucesos que deben quedar en manos de las decisiones privadas, el orden espontáneo, o la experimentación científica o ciudadana. Esto es una afirmación categórica irrefutable, pero en cualquier caso es una afirmación que no niega la posibilidad de usar la demostración y la prueba en los casos en que estas sean requeridas, sino todo lo contrario, que las incluye de facto en su proposición de partida. Lo que es irrefutable es el hecho de que se pueden usar dos herramientas. No por afirmar algo con absoluta seguridad estamos negando que existan otros hechos que deban ser puestos en duda y analizados empíricamente. Convendría que Ismael no confundiera esto. No tiene ningún sentido que me acuse de practicar el apriorismo puro y contravenir el principio del dualismo, cuando lo que estoy haciendo es usar precisamente esa parte del dualismo que viene a ratificar los axiomas.

Da la impresión de que tanto Capella como Ismael quieren tratar todos los hechos de la misma forma, aplicando en cualquier caso los axiomas que ellos consideren oportunos, pero al mismo tiempo intentando probarlos con demostraciones fácticas. Esto denota una incapacidad para la identificación y una falta de discernimiento absoluta. Que se pueda estudiar la sociedad con ambos métodos no quiere decir que todas las características sociales deban ser analizadas y dilucidadas con las dos herramientas. Lo que viene a decirnos el dualismo metodológico es que un sistema está compuesto por distintos tipos de fenómenos y que por tanto es conveniente distinguirlos y clasificarlos al objeto de darles un tratamiento diferenciado. Los fenómenos simples y seguros no pueden ser demostrados mediante la ciencia porque no necesitan tales evidencias. Y los fenómenos complejos no pueden ser afirmados a priori de manera categórica porque en su caso requieren siempre una demostración fáctica. Así opera el dualismo metodológico.

La segunda acusación de Ismael tiene que ver con la parte donde hablo de Rallo, cuando afirmo que la teoría y la práctica siempre deben ir unidas. En este caso, yo no digo que no haga falta ninguna prueba. Precisamente, digo todo lo contrario, a saber, que una teoría científica tiene que seguirse de una prueba práctica y que por tanto la praxis y la teoría siempre deben ir de la mano.

Respecto a la falta de concreción que me achaca Ismael, decir que ya me fue difícil resumir el artículo, que éste solo pretendía abordar la epistemología y la metodología que se corresponde con un sistema de gobierno apropiado, y que para saber de qué manera se puede analizar la forma concreta que tendría dicho Estado hay que acudir a la ciencia, y cambiar de tema (Ismael, te puedo remitir a otros artículos que tengo colgados en mi blog donde hablo de estos asuntos y que seguro responderán a eso que me pides).

Ismael acaba diciendo que lo rescatable de mi artículo es que ofrece la mejor solución para cada tipo de caso. Curiosamente, esa es la esencia del dualismo metodológico que él dice que yo no respeto. Hay algunas cuestiones básicas que hay que tratar de manera general y que solo quedan representadas con un gobierno central, y otras muchas que deben quedar en manos de los particulares y depender en cualquier caso de las decisiones privadas y el orden espontáneo. No tiene sentido que se me acuse de negar precisamente aquello que me empeño en defender todo el rato (el dualismo). Pero menos sentido tiene decir que mi mejor propuesta es precisamente aquella que continuamente se me está criticando. Se nota que Ismael ha perdido en este punto el norte y no acaba de entender del todo la parte mollar de mi trabajo. Al fin y al cabo, toda esta discusión se debe al hecho de que mis interlocutores no entienden suficientemente el dualismo metodológico, y menos aún la esencia irrefutable de los axiomas y el carácter epistemológico y apriorístico de la propia filosofía.

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