Historia de la energía: una epopeya bíblica

Las revoluciones han venido siempre a rebufo de algún avance importante en materia energética. La primera de todas tuvo como protagonista a las bacterias, grupo de organismos que constituyen el reino Monera. Estos seres infinitesimales son los grandes inventores de la vida (han inventado todo el metabolismo). Entre sus más grandes hazañas también se cuenta la capacidad de producir energía a partir de la materia inorgánica, y almacenarla luego (para el transporte y la distribución) en unas moléculas que parecen hechas por un joyero para esa función: el ATP (adenosín trifosfato).

La segunda revolución es una de las más importantes, y también tiene como principal actor de reparto a las heroínas de la naturaleza: las bacterias. Las llamadas cianobacterias aprendieron a producir ATP rompiendo moléculas de agua mediante el uso de la luz (fotosíntesis oxigénica), generando como desecho oxígeno. Y ahí estuvo el quid de la cuestión. Las propias cianobacterias, y más tarde otro gran número de organismos, encontraron una solución todavía más maravillosa. Consiguieron reutilizar ese desecho, el oxígeno, para quemar moléculas orgánicas y lograr un rendimiento energético muy superior (por tanto, también son las inventoras del reciclaje). Hasta entonces solo se oxidaban hidratos de carbono de forma parcial, mediante fermentaciones anaeróbicas bastante precarias. Poco a poco la Tierra se fue inundando de oxígeno, pasando de tener trazas a constituir el 21% del total de gases que componen la atmósfera. Por encima de esa cantidad es probable que la situación se hubiera vuelto insostenible, ya que el oxígeno es altamente inflamable. Pero la proporción se equilibró mágicamente, como siempre se equilibra todo en la vida, en ese 21%, y los organismos supervivientes empezaron a copiar la estrategia de las cianobacterias. Los que no podían utilizar el oxígeno como oxidante para producir energía morían envenenados y tenían que retirarse a hábitats anoxigénicos. Quedaron, primero enterrados en el suelo y, más tarde, en el fondo de los estómagos de los herbívoros que acabarían poblando la Tierra.

La tercera revolución energética tuvo lugar cuando dos bacterias heterótrofas se fusionaron en un proceso llamado endosimbiosis. Una bacteria heterótrofa se comió a otra, y por alguna razón no la llegó a digerir. Se quedó en cambio flotando en su citoplasma para siempre y convirtiéndose en lo que hoy conocemos como mitocondrias. Los cloroplastos de las plantas tienen un origen similar. Con ello nacen las células eucariotas, ahítas de orgánulos, mucho más complejas que las bacterias. Esta complejidad es la base para la aparición de la pluricelularidad y los organismos de tamaño grande. Si las cianobacterias no hubieran descubierto las enormes posibilidades que tiene el empleo de oxígeno para obtener energía, probablemente nada de lo que vemos hoy sería realidad. Gracias a ese proceso de generación tan eficiente, es que ahora pueden existir grandes animales que corren por la sabana tirando de un consumo energético inimaginable para las bacterias procariotas de entonces.

La siguiente revolución tuvo lugar cuando algunos de esos animales de cuerpos grandes lograron una independencia energética todavía mucho mayor al conseguir utilizar parte de la energía para generar calor. Aparecen entonces los seres vivos endotermos, con movimientos mucho más ágiles y rápidos, que les proporcionan una adaptabilidad muy superior (pues no tenían que desperezarse cada mañana tomando largos baños de sol). Esto disparó todavía más la capacidad de movimiento de los organismos voluminosos y les permitió colonizar hábitats hasta entonces vetados para ellos. En el Mesozoico los reptiles se convirtieron en poderosísimas máquinas de matar, hecho principal que ha contribuido a la leyenda de los dinosaurios que hoy deja ojipláticos a niños y mayores.

La siguiente revolución tiene lugar ya en tiempos del hombre, cuando aparece el género humano. Algunos homínidos aprendieron a dominar el fuego y asar en la hoguera los trozos de carne que previamente habían despiezado. Esto abrió las puertas a una dieta mucho más rica y energética (el fuego permite una primera digestión externa de los alimentos, antes de ser consumidos, que facilita mucho la absorción de nutrientes). Hasta hoy todos los primates son básicamente herbívoros, aunque hagan de vez en cuando algunas incursiones para cazar (como los chimpancés). El hombre en cambio es la única especie de simio que cambió su dieta de forma radical, volviéndose principalmente carnívoro. Esto le aportó unos recursos extra, con un valor energético infinitamente superior, lo cual fue la base (entre otras cosas) para el desarrollo del cerebro, que pasó en poco tiempo de tener la dimensión de un chimpancé (400-500 cc) a la de un hombre actual (en torno a 1300 cc). No en vano, el cerebro es el órgano de nuestro cuerpo que más energía gasta.

Otra revolución posterior consistió en domesticar a los animales y las plantas. Con ello, aparecen las aldeas, el hombre abandona el nomadismo y se establece como agricultor y ganadero. Las fuentes de energía están ahora al alcance de la mano (en la cuadra y la vega). La civilización tal y como la conocemos está empezando a despuntar.

Pero habrá que esperar 10000 años para asistir a otro acontecimiento revolucionario, la revolución industrial. Las fuentes de carbón primero, y ya en el siglo XX los hidrocarburos extraídos a partir del petróleo, han permitido al ser humano pegar el acelerón definitivo, el último que hasta ahora podemos constatar en la carrera de la vida.

Por fin, la última revolución de todas se está fraguando ahora mismo. En vez de esperar a que la fotosíntesis haga crecer a los vegetales y que millones de masas arbóreas y trillones de toneladas de organismos planctónicos queden enterrados y comprimidos bajo tierra (empaquetados), el hombre está sustituyendo paulatinamente la extracción de carbón y petróleo por el uso directo de la energía del Sol (células fotovoltaicas), sin pasar por todos esos intermediarios naturales. Incluso se atreve a reproducir en el laboratorio pequeños esbozos de soles (fusión nuclear) ¿Cabe imaginar una revolución mayor? Pues sí.

Llegará el día en que nos enfrentemos a la colonización del Sistema Solar completo, para lo cual tendremos que usar toda la energía que produce nuestra estrella (de la cual hoy se desperdicia más del 99%), apoyándonos también en esas nuevas tecnologías que ya permiten fabricar algunos bocetos de soles. La esfera de Dyson es una megaestructura astronómica, propuesta en 1960 por el físico Freeman Dyson, que rodea completamente al Sol y aprovecha al máximo la energía lumínica y térmica del astro.

La última revolución energética será la antesala de una transformación sin precedentes. Cuando hayamos construido una esfera de Dyson, pasaremos de ser una civilización de tipo I en la escala de Kardashov, que sólo utiliza recursos de la Tierra, a una civilización de tipo II, que aprovecha todos los recursos del Sistema Solar. Y todo gracias a aquellas primeras criaturas, las cianobacterias, que un día, allá por el eón Arcaico, consiguieron un prodigio asombroso, casi a la altura del que ahora nosotros estamos a punto de alcanzar. Fabricaron ATP usando también la luz del Sol para romper el agua, y con los restos produjeron todavía mucho más ATP quemando hidratos de carbono. En un mundo de escasez, en el que la economía está obligada a basarse en esa condición para poner precio y trabajo a todos sus productos, la clave de la prosperidad consiste en encontrar recursos baratos y abundantes, y no hay nada más abundante y barato que el agua líquida y la luz del Sol.

Cuando la escasez energética deje de ser (en cierto modo) un factor limitante, y disminuya al mínimo la necesidad de trabajar –dicen algunos- habremos llegado al final del camino, ya no será necesario esforzarse. Otros en cambio ven la vida con un poco más de perspectiva, de forma menos ilusa. La epopeya de la energía es un camino que no tiene fin ni descanso. El tamaño es el propio universo. Las necesidades humanas se multiplican siguiendo el mismo ritmo que el abaratamiento de los recursos. No importa lo mucho que disminuya el precio de las energías. Las necesidades aumentan a la misma velocidad, y no se sacian nunca: tienen una capacidad infinita. Cuando hayamos colonizado toda la galaxia, nos quedará todavía la conquista del universo, y es muy probable que nos falten soles para tantos sueños.

 

Anuncios
Publicado en Artículos de biología, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

50 sistemas sociales en los que la razón objetiva y la libertad han quedado relegadas y suplantadas por el totalitarismo

Desde tiempo inmemorial, el hombre ha tenido solo una idea fija entre ceja y ceja: hacer que los demás se comporten como él cree que deben hacerlo. Esto se ha traducido en un sinnúmero de tiranías, tanto domesticas (familiares) como políticas. En ocasiones esas pretensiones llegan a ser patéticas, y se vuelven minuciosas y obsesivas. Todos los días nos enfrentamos a algún tipo de tirano, por la calle o en nuestra casa, que nos conmina a actuar de la forma que a él le place. La imposición moral es el enemigo público número uno de los librepensadores. La vida siempre ha sido mucho mejor sin esos moralistas quisquillosos y entrometidos. He aquí algunos de los resultados que ha tenido esa política de esclavos:

– Nazismo: la condición de rubio te da la razón
– Comunismo: la condición de obrero te da la razón
– Socialismo: la condición de progre te da la razón
– Keynesianismo: la condición de moroso te da la razón
– Democraticismo: la condición de mayoría te da la razón
– Mesianismo: la condición de iluminado te da la razón
– Supremacismo: la condición de blanco te da la razón
– Africanismo: la condición de negrata te da la razón
– Integrismo: la condición de salvaje te da la razón
– Igualitarismo: la condición de semejante te da la razón
– Feminismo: la condición de fea te da la razón
– Multiculturalismo: la condición de emigrante te da la razón
– Indigenismo: la condición de nativo te da la razón
– Servilismo: la condición de pope te da la razón
– Pobrismo: la condición de marginado te da la razón
– Relativismo: la condición de ignorante te da la razón
– Pedagogismo: la condición de alumno te da la razón
– Academicismo: la condición de colegiado te da la razón
– Esnobismo: la condición de innovador te da la razón
– Buenismo: la condición de mártir te da la razón
– Optimismo: la condición de ingenuo te da la razón
– Anarcocapitalismo: la condición de propietario te da la razón
– Evolucionismo: la condición de superviviente te da la razón
– Sindicalismo: la condición de liberado te da la razón
– Infantilismo: la condición de llorica te da la razón
– Nacionalismo: la condición de patriota te da la razón
– Conservadurismo: la condición de antigualla te da la razón
– Moralismo: la condición de pesado te da la razón
– Mercantilismo: la condición de agricultor te da la razón
– Ludismo: la condición de retrasado te da la razón
– Nudismo: la condición de despojado te da la razón
– Vegetarianismo: la condición de herbívoro te da la razón
– Animalismo: la condición de bestia te da la razón
– Corporativismo: la condición de oveja te da la razón
– Culturismo: la condición de quebrantahuesos te da la razón
– Culturalismo: la condición de cultureta te da la razón
– Holismo: la condición de irreductible te da la razón
– Hegelianismo: la condición de ininteligible te da la razón
– Esoterismo: la condición de alienado te da la razón
– Edonismo: la condición de vago te da la razón
– Pensionismo: la condición de jubilado te da la razón
– Mercachiflismo: la condición de charlatán te da la razón
– Sectarismo: la condición de elegido te da la razón
– Maniqueismo: la condición de miope te da la razón
– Altruismo: la condición de desprendido te da la razón
– Paletismo: la condición de pueblerino te da la razón
– Ecologismo: la condición de ciclista te da la razón
– Naturalismo: la condición de romántico te da la razón
– Intervencionismo: la condición de político te da la razón
– Fusionismo: la condición de chef te da la razón

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

Los versos de Richard Dawkins

Un gen egoísta muy andarín dijo:
«Tantísimos cuerpos ya ví.
Se creen muy despiertos
pero yo soy eterno.
No son más que mis máquinas 
de sobrevivir».” (Richard Dawkins)

Leer a Dawkins es un ejercicio de humildad sin precedentes. Si acaso, solo puede compararse con aquella otra humillación que aconteció tras los descubrimientos de Galileo. La sensación que uno tiene es la de estar leyendo una novela de ciencia ficción, salvo por el hecho de que en ella no se describe un futuro lejano, sino toda la historia de la Tierra. Tampoco estamos ante una utopía, más bien asistimos a una distopía indeseable. El hombre queda empequeñecido cuando se compara con el propósito ciego de la naturaleza. Su desaparición no significa nada. Ya sabíamos que no habitamos el centro del universo. Pero gracias a Dawkins también conocemos la ridícula función que nos ha sido asignada en esta esquina del cosmos: servir de carcasa para un gen. Nuestro ego se ve rebajado sustancialmente cuando comprendemos que estamos siendo (todo el tiempo) utilizados y despreciados por una simple molécula apenas perceptible.

Publicado en MIS AFORISMOS | Deja un comentario

Mis amigos los conservadores: carta de un liberal

Ya es hora de que los liberales empecemos a preguntarnos por qué congeniamos más con el conservador tradicional que con el revolucionario sedicioso, y por qué tendemos a asociar a la izquierda con las revoluciones y las convulsiones sociales más que con las tradiciones antiguas. Las leyes no son correctas porque sean vetustas, y tampoco porque sean modernas. Hasta ahí estamos de acuerdo. Las ideologías sólo son buenas porque, quienes las proclaman y las imparten, se atienen escrupulosamente a la verdad de los hechos. Sin embargo, esta afirmación no es del todo simétrica. Hay en las cosas antiguas una cualidad que supone una ventaja sobre las modernas, y que hace que la balanza se incline hacia estas últimas, haciendo también que los liberales se acerquen a los postulados que defienden los conservadores y que rechazan los revolucionarios. Las cosas antiguas, las que aún perduran hoy en día, han sido probadas a lo largo de millones de años de evolución, y han demostrado que pueden sobrevivir en las condiciones más adversas. Nadie puede decir lo mismo de una propuesta revolucionaria. Estamos de acuerdo en que los cambios son siempre necesarios, pero estos solo se podrán llevar a cabo sobre sistemas antiguos y robustos, de una solidez demostrada. Al fin y al cabo, las cosas antiguas están formadas también por miles de pequeños cambios y revoluciones pasadas, que en este caso ya han demostrado su utilidad práctica.

Por eso es que, de todas las revoluciones que puedan imaginarse, las más peligrosas son aquellas que quieren cargarse todo el pasado. La evolución progresa a través de pequeñas mutaciones graduales. Los saltos puntuados son hechos excepcionales. Los organismos están ajustados para funcionar de una manera precisa, han sido calibrados a lo largo de los eones. Es casi imposible que un golpe dado con fuerza en un reloj de cuerda pueda conllevar algún beneficio adicional para éste. Lo mismo ocurre con la sociedad. Las revoluciones que emprende la izquierda mediática siempre suelen salir mal. No solo quieren cambiar la sociedad, sino que lo quieren modificar todo (también la naturaleza), y además lo quieren hacer en países medianamente avanzados, con una solidez demostrada.

Por todo lo anterior, los liberales no congeniamos tanto con la izquierda como con los conservadores. El liberal parte de un principio natural absolutamente cierto: la existencia del individuo y la protección de todos aquellos incentivos y garantías que le permiten sobrevivir: la seguridad, la propiedad y la vida. Si el liberal defiende la vida tal y como ha funcionado a lo largo de millones de años, no le debería extrañar verse frecuentando los mismos lugares a los que acuden sus amigos los conservadores.

Es normal que un liberal afee el comportamiento de un conservador que, en el devenir de su ceguera, solo acierta a ver correctas aquellas tradiciones en las que se ha criado de pequeño. También está bien que el liberal inste al conservador a ser más crítico con aquellas visiones que le inculcan los mayores sin apelar a la razón, por pura convención moral, cuando todavía tiene la mente susceptible. Pero no haría bien si, por mor de esta censura, quisiera diferenciarse tanto del tradicionalismo que, viéndose rodeado de conservadores por un lado y revolucionarios izquierdistas por el otro, no supiera decidir cuáles son sus mejores amigos y sus compañeros de viaje.

No es extraño que el socialista no quiera aliarse con los conservadores. Su ideología está muy lejos de describir la realidad. Una realidad que, sin la menor de las dudas, es la que ha venido seleccionando aquellas cosas que mejor se conservaban.

No todo lo que se conserva es bueno. Pero sí es verdad que casi todo lo bueno tiende a conservarse. Hagamos de esta sociedad algo bueno, asociémonos con aquellos seres más moderados que quieren conservar el mundo tal y como funciona, y no con aquellos rebeldes que quieren que funcione tal y como ellos esperarían.

La Ilustración nos enseñó que el universo no está hecho a la medida del hombre. Los socialistas aprendieron muy bien esta lección al objeto de utilizarla contra la religión, que afirmaba que todos los astros giraban alrededor del cristiano o el devoto. Pero, paradójicamente, se les olvidó luego cuando, tras matar al demiurgo, quisieron ellos hacer de dioses y crear un mundo nuevo alrededor del falansterio.

Los idealistas pretenden mejorar la sociedad como si fueran ellos los primeros creadores. En cambio los conservadores, más realistas, solo esperan implementar aquellos cambios puntuales que mejoran lo que la naturaleza ya ha perfeccionado con anterioridad. Yo no tengo ninguna duda sobre cuál de las dos posturas es la que al final permite el desarrollo permanente y sostenido de los países, si aquella que observa el mundo con mirada de científico, modificando levemente las teorías previas para ampliar su marco de aplicación, manteniendo una atención escrupulosa y aviniéndose a la historia tradicional, el legado intelectual y las normas de la naturaleza, o aquella otra que quiere cambiar completamente el orden de las cosas, y que viene a enmendar la plana a la Diosa Razón y la Madre Tierra.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

¿Por qué soy un liberal conservador?

Un liberal sensu stricto cree unilateralmente en un único principio básico: el individuo, lo cual le convierte en el principal azote de totalitarios y sátrapas de toda laya. Pero muchas veces, tanta es su abstracción y su abnegación individualista, que tiende a olvidar todo el conjunto de marcos supraindividuales que limitan y definen a esos individuos: la idiosincrasia, el contexto, la geografía, la historia, la situación política, o la cultura tradicional, realidades todas ellas que pueden haber marcado la buena marcha de un determinado país o de una civilización, y de las que los individuos no pueden abstraerse.

Por el contrario, un conservador ortodoxo no suele referirse al individuo con tanta determinación, tiende más bien a exaltar la religión o cultura en la que le han educado, sin preguntarse si esa doctrina defiende o no una moral objetiva, paralizado por los primeros relatos que le han contado sus padres. No obstante, aquel conservador que ha tenido la suerte de nacer en una sociedad civilizada acaba protegiendo, aunque sea por casualidad (esto no importa), aquellos derechos humanos y aquellos contextos correctos en los que ha crecido, y lo hace con mucho más acierto y sensatez que el liberal individualista que solo repite maquinalmente frases y expresiones que priorizan al individuo y excluyen su entorno y su trama.

Cada uno de ellos, el liberal y el conservador, tiene sus propios sesgos de confirmación. Por eso, tal vez la decisión más sensata sea la que adopta el llamado “liberal conservador”, que coge lo bueno de ambas posturas y elabora con ellas una visión completa del mundo: con individuos, pero también con sociedades, contextos, ambientes. No hay nada peor que el maniqueísmo rampante que solo acierta a ver un nivel exclusivo de la realidad. Por eso no deberían asustarse, mis queridos amigos, cuando alguien añada a esa hermosa palabra que se escribe con L mayúscula: Liberal, otra que apele a la conservación de algunas tradiciones. Puede que el que les señale les esté acusando de beatería, patriotería, u homofobia. Pero ustedes saben que son auténticos liberales, y que su conservadurismo no tiene nada que ver con la pedantería religiosa, el chovinismo o la inclinación sexual, sino que apela a las tradiciones más importantes, la cultura y la naturaleza, que se han venido conservando (por algo) desde que el hombre apareció y fundó aldeas y familias, y desde el mismo momento en que surgió en Grecia la civilización que estaría llamada a formar el conjunto de costumbres e ideas más importante y avanzado de todos cuantos han existido: la civilización occidental.

No tengan miedo de que les llamen conservadores, pues la libertad es ante todo un principio que hay que conservar a toda costa. Es más, un principio solo cobra sentido si hace abstracción de la realidad pasajera del sujeto y consigue ser intemporal y aplicarse en todo momento y lugar, esto es, si se conserva. En un mundo lleno de peligros y agresiones, los conservantes evitan que las cosas se acaben pudriendo. El liberal debe ser, sobre todo y ante todo, una lata de conservas: un conservador ejemplar, una persona religiosa, un hombre de familia, un patriota convencido, y un occidental irrestricto. Y deberá ser todas esas cosas aunque no crea en Dios, ni tenga familia, ni defienda a su país, ni viva en Occidente. Será todo eso porque cree que la religión, la familia, el país o la cultura, son contextos en los que vive y se desarrolla el individuo, que solo puede vivir y desarrollarse dentro de ellos, que así ha sido siempre, y que por tanto solo se puede defender la libertad de esos individuos si se protegen al mismo tiempo los contextos tradicionales más adecuados en los que estos habitan. En definitiva, un liberal solo podrá defender sus valores si además es un conservador de pro; si es un liberal conservador.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

Rallo no es Dios: también se equivoca

Que lejos está Rallo, en la cuestión nacional, del genio y el sentido común que yo le atribuyo en muchas otras áreas del pensamiento. Para Rallo, derogar las autonomías setenteras, prohibir los partidos nacionalistas, controlar la inmigración ilegal, y promover el plan hidrológico nacional, es ir claramente en contra de la libertad individual. Lo dice en un artículo aparecido esta semana en El Confidencial (abajo tienen la fuente).

Al parecer son los sistemas autonómicos, que crean ciudadanos de primera y segunda clase, los partidos políticos, que quieren cargarse el marco general de convivencia que nos hemos dado todos los españoles de mutuo acuerdo, los inmigrantes, que en ocasiones vienen a España a delinquir, y los chovinistas que hace unos años boicotearon el trasvase del Ebro comprometiendo con ello la economía familiar de millones de individuos, los verdaderos puntos de referencia que hay que seguir si queremos expandir la libertad de esos individuos.

La manía persecutoria de ciertos liberales, que quieren negarle al Estado central cualquier papel importante, defendiendo cualquier expresión individual o minoritaria y cualquier cosa que suene a división, respeto de las minorías, o mercado privado, está cortocircuitando la mente de muchos librepensadores. Como decía Popper, la tolerancia a veces también es hija de la tiranía. Pues bien, en este caso constatamos de nuevo la misma paradoja. Hay ocasiones en las que el individualismo metodológico lleva a creer que toda división del Estado es buena, siendo que algunas veces esa segregación está alumbrando un abuso y un desorden mucho mayores.

Me dice un amigo que Rallo está a favor de la supresión de las autonomías si es para realizar una mayor descentralización, pero nunca si es para blindar esas nuevas regiones impidiendo que ellas mismas sean objeto de nuevas divisiones. Pero esa mayor descentralización a la que se refiere Rallo ya existe hoy en día: se llaman provincias. No hacen falta esas alforjas. Ya tenemos una división administrativa funcional operando a pleno rendimiento. Lo que hay que hacer es concretar sus competencias.

Como se puede ver, no estoy en contra de toda descentralización. De lo que estoy en contra es de todas las autonomías y todas las administraciones redundantes, estoy en contra de trocear un país hasta el infinito. No estoy de acuerdo con la segregación incondicional que plantea Rallo porque creo que algunas funciones importantes tienen que estar centralizadas y porque no creo que el futuro consista en volver a las taifas. Pero tampoco abogo por una centralización incondicional de todas las funciones. El problema es algo más complejo que todo eso.

La cuestión principal es que no pueden existir niveles superfluos de organización estatal sin dañar al sistema. Aquí hay dos problemas que se suelen mezclar. Uno es el problema de las duplicidades, que por si solo ya debería bastar para eliminar las autonomías. El otro es el que nos lleva a dirimir el tipo de autonomía que queremos dar a las unidades administrativas territoriales que constituyan finalmente un único nivel de ordenación infraestatal. En este caso se puede discutir más. Yo estoy a favor de conservar algunas competencias esenciales para el Estado, como por ejemplo el control del déficit, y descentralizar otras tales como la gestión de los recursos y las rentas que cada provincia genera de manera autónoma. Con lo que no estoy de acuerdo es con esa segregación multinivel que defiende Rallo, ni con la centralización exagerada que apoyan aquellos que reclaman a gritos una caja común y una solidaridad fiscal entre regiones.

El nudo gordiano del asunto consiste en discriminar (siempre consiste en eso) aquellas funciones básicas que comprometen el bienestar común de todos los ciudadanos y que por tanto deben quedar en las manos del Estado, de aquellas otras que fomentan una competencia sana y que dependen sobre todo del esfuerzo o mérito particular de una determinada zona del país. Toda solución que pase por plantear una ruptura o una unión incondicional o indiscriminada estará ninguneando alguno de estos dos aspectos. Rallo no contempla ningún fundamento esencial válido que deba quedar en manos del estado central, siempre y cuando el país se pueda disolver en un sinfín abigarrado de pequeñísimas regiones. Los unionistas más extremos, y la mayoría de socialistas, quieren que el Estado  asimile funciones que en realidad solo pueden pertenecer al mercado, distribuyendo las rentas sin atender al esfuerzo, entre aquellas comunidades más pobres. Yo lo que quiero es que se atienda correctamente a todas las necesidades, las que requiere el conjunto de la nación, y las que se pueden particularizar a nivel de provincia. Creo que esa visión es la que más se aproxima a un verdadero análisis integrador, que abarque todas las categorías administrativas, sin incurrir por ello en grandes costes o duplicidades inútiles.

Artículo de Rallo:

https://blogs.elconfidencial.com/economia/laissez-faire/2018-10-10/colectivismo-derechas-amenaza-libertad_1627735/?fbclid=IwAR2JCMfKGqPX1GFdLNrDsngNPLuA2iA4yKd1CxqkBSvLFs3f_4iT7VukIn4

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

Religión y socialismo: dos necedades y un mismo error

¿Que hace el socialista para explicar la riqueza? Nada. El socialista coge la riqueza, se llena los bolsillos, la reparte entre sus amigotes, concede subvenciones, y con los restos hace cestos y se los da a los pobres. El socialista no sabe explicar la riqueza. Para el socialista la riqueza se genera cuando el político obliga a alguien, más rico, a ceder involuntariamente parte de sus emolumentos a alguien más pobre. Ahora bien, en esta aclaración queda sin explicar cómo se ha enriquecido el primer oferente.

¿Que hace la religión para explicar el mundo? Nada. El devoto tampoco explica cómo se ordenan las cosas, y no ofrece ninguna solución para entender por qué vivimos en un mundo tan complejo. Su única respuesta consiste en explicar la complejidad (la inteligencia humana) con una complejidad (o inteligencia) todavía mayor (Dios). Igual hace el socialista, que explica el enriquecimiento acudiendo a una riqueza de orden superior (robándole el dinero a los ricos), sin preocuparse por entender las causas originales que llevan a una persona a acumular bienes.

El socialista soluciona (o explica) la riqueza retrayendo dinero de las personas más ricas, pero deja sin explicar cómo ese primer rico ha llegado a tener tantos recursos. El religioso explica la inteligencia con más inteligencia, pero deja igualmente sin explicar cómo esa primera inteligencia ha llegado a tener tantas capacidades. En ambos casos no se aclara ni se dilucida nada, simplemente se utilizan los efectos para intentar explicar esos mismos efectos.

El socialismo y la religión tienen múltiples coincidencias. Pero quizás la más grave y representativa de todas sea esa similitud que nos encontramos cuando constatamos que ninguna de las dos visiones sabe explicar nada.

Cierto amigo me preguntaba un día si yo creía que sería posible que una inteligencia alienígena hubiera creado la vida en la Tierra. Esperaba de mí una respuesta afirmativa. Y cuando se la dí, pensó que había encontrado un agujero en mis argumentos por el que arrastrarse. Me dijo que esta creencia mía era indistinguible de aquella otra que afirma que somos una creación divina. Cabe señalar, sin embargo, que yo no busco con esa afirmación entender el origen último de la inteligencia y la complejidad, como sí pretende la religión. Es muy distinto creer en la remota posibilidad de que una inteligencia superior se haya preocupado en crear un espacio apropiado para que vivamos nosotros, que creer que lo ha hecho una divinidad abstrusa (religiosa). En primer lugar, la heurística de la religión y la de la ciencia son completamente opuestas. La religión dice que Dios existe porque sí, y le asigna unas cualidades humanas bastante sospechosas. La ciencia simplemente contempla la posibilidad real de que no seamos la primera inteligencia que contempla los astros, pero jamás cejará en su empeño por entender cómo ha podido evolucionar esa inteligencia, ya sea aquí en la Tierra, o allende las estrellas. La ciencia utiliza una forma de razonamiento mucho más avanzado (y coherente). La religión, en cambio, usa una lógica pobre y pueril. Aunque al final la conclusión de ambas se parezca en algunos puntos, en el fondo no tienen nada que ver ni en los contenidos ni en las formas.

La religión diría: ¡que sabio es Dios que nos ha colocado una nariz para poder sostener las gafas! En cambio, gracias a la ciencia y el descubrimiento de la evolución sabemos que ha sido al revés. Nosotros hemos adaptado las gafas a la forma de nuestra nariz. En ambos casos el resultado es un órgano perfectamente ajustado a las condiciones o necesidades de su entorno. Pero esto no quiere decir que el órgano en cuestión haya sido creado deliberadamente por alguien. Lo que quiero afirmar con esto es que la religión no entra a valorar las causas reales de los fenómenos, se limita a inventarse una historia perfecta. La ciencia, por el contrario, no se dedica a poner parches absurdos. Aunque existiera una raza superior de alienígenas que se hubiera entretenido en crearnos, las preguntas lógicas que nos hacemos sobre el origen de la vida seguirían siendo necesarias y seguirían teniendo sentido. ¿Cómo evolucionaron los propios alienígenas? La respuesta está en el propio mecanismo de la evolución, no en la idea de Dios.

El universo tiene las constantes cosmológicas ajustadas al milímetro para permitir que nosotros estemos ahora aquí hablando de él. Del mismo modo, nuestro planeta goza también de las condiciones necesarias para albergar vida. Todo parece indicar que existe un mecanismo oculto que ajusta la hora del reloj cada cierto tiempo. Pero no vale con decir que ese mecanismo está movido por Dios o por una raza de extraterrestres. Hay que saber cómo se creó el universo que pudo albergar a esos alienígenas. Las respuestas religiosas siguen siendo demasiado simples, y no responden absolutamente nada. Lo que debemos entender son los sistemas de autoorganización que permiten explicar la existencia de un universo habitable sin necesidad de que exista una inteligencia previa. El orden correcto que hay que respetar a la hora de relatar la historia del universo empieza analizando la materia inorgánica y continúa aclarando cómo surge la vida y la inteligencia compleja a partir de ésta. La religión altera ese orden coherente al intentar explicar la inteligencia humana a través de una inteligencia todavía mayor. La ciencia en cambio no comete el mismo error, aunque contemple la posibilidad alienígena de la panspermia.

Y el socialismo, ¿qué podemos decir del socialismo? El socialismo es un caso aparte. Los socialistas se las dan de científicos, quieren pasar por laicos, pero no hacen sino imitar los argumentos que utiliza la religión para defenderse. El socialista intenta explicar y solucionar la escasa riqueza que padecen los pobres recurriendo también a una riqueza de orden superior (con trasvases de dinero), y deja sin explicar de nuevo las causas originales que han llevado al rico a tener ese estatus. Se podría decir incluso que los socialistas superan en gravedad y necedad a la propia religión, pues al contrario que ésta, que adora y rinde pleitesía a sus demiurgos, el socialismo se lanza en masa sobre los acaudalados millonarios, para arrebatarles hasta la última gota de sangre, en una suerte de aquelarre colectivo que lleva a la gran pantalla el famoso cuento de la gallina de los huevos de oro.

Por favor, no vayan al cine. La película que ponen los socialistas es un completo fiasco. Siempre lo ha sido.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | 3 comentarios

El marxismo acaba de fichar a un nuevo integrante: el transhumanista

En Estados Unidos existe un nuevo partido que aspira a convertirse en el primer grupo político transhumanista de la historia. Al mando de la nave está el filósofo y escritor Zoltan Istvan. Su objetivo es superar las limitaciones humanas que minan nuestro espíritu soñador, para acabar algún día con el envejecimiento físico, el sufrimiento involuntario y el confinamiento planetario. En los últimos meses ha conseguido que se unan a su causa más de 25.000 simpatizantes, una cantidad ridícula si la comparamos con el resto de la población, pero que puede llegar a ser significativa en el futuro si sigue esta rápida evolución.

https://www.eldiario.es/hojaderouter/tecnologia/Partido_Transhumanista-politica-robots-ciborgs-tecnologia_0_394060592.html

A priori, todo tecnócrata amante de la ciencia y la técnica debería abrazar la causa de Zoltan sin pensárselo dos veces. Yo soy el primero. Pero no nos precipitemos. Los partidos políticos que defienden causas muy concretas no son buenos partidos, y eso que el transhumanismo es uno de los asuntos más importante y de mayor actualidad que pueden contemplarse a día de hoy. Desde luego, no es comparable al partido animalista, que poco o nada va a hacer por el ser humano. Pero en cualquier caso, lo que necesitamos para trascender al hombre son partidos minimalistas, y no animalistas o transhumanistas. Es decir, necesitamos nula intervención estatal para que las empresas tecnológicas se desarrollen rápidamente y nos lleven pronto a las estrellas.

El marxismo cultural se caracteriza siempre por favorecer en exclusiva a un grupo de población: obreros (comunistas), mujeres (feministas), animales (ecologistas), nacionales (mercantilistas), catalanes (nacionalistas), empresaurios (intervencionistas), pobres (socialistas), y ahora también a los transhumanos. Pero esto es un error desde cualquier punto de vista. No se debe legislar solo para un grupo de personas. Los principios del derecho, para ser justos, tienen que ser universales, y no se pueden vender al mejor postor. La sociedad está hecha de múltiples funciones. Gobernar solo para una de ellas es negarle a las demás su derecho a existir, y es poner en peligro el delicado equilibrio que resulta de la combinación de tantas facetas. El marxismo cultural solo puede traer pobreza. Su causa solo se centra en alimentar el ego de un pequeño grupúsculo social, lo cual conduce a todo tipo de disputas y enfrentamientos, y conlleva al final el empobrecimiento general de toda la sociedad. Y esto se puede aplicar también al partido transhumanista. Aunque en este caso se quieran ampliar las expectativas de toda la humanidad, lo que se consigue en realidad es apoyar la causa de un pequeño gremio que, en este caso, ni siquiera existe todavía. No dudo que los transhumanos vayan a ser una realidad en el futuro. Pero por el momento lo que tenemos son investigadores, y éstos trabajan mucho mejor sabiendo que van a poder tomar decisiones al margen de la política. 

Todas las reivindicaciones que pueda hacer el partido transhumanista están implícitas ya en el partido liberal y el liberalismo. Para avanzar hacia el futuro solo hay que dejar atrás el pasado ideológico que ha venido lastrando el progreso de una mayoría de naciones. Debemos permitir que los científicos trabajen en un ambiente de libertad y competencia, buscando en todo momento la satisfacción del cliente, y aplacando los deseos del consumidor, que siempre estarán enfocados a vivir más años y a colonizar otros espacios. Eso se llama mercado libre, y no requiere de más políticos. Las personas ya sabemos lo que queremos. Nadie nos tiene que decir a donde deseamos llegar. Todo lo contrario, para alcanzar la eterna juventud o salir del planeta solo hace falta que nos bajen los impuestos y nos dejen en paz.    

Publicado en MIS NOTAS, Notas de tecnología | Deja un comentario

Mis comentarios en Facebook – Año 2014

Año 2014: parerga y miscelánea

Martes, 30 de diciembre de 2014 a las 09:40 UTC+01

El beneficio de las empresas subvencionadas es el perjuicio de todas las demás, más el perjuicio de la mayoría de consumidores.

Viernes, 26 de diciembre de 2014 a las 15:05 UTC+01

La gente piensa que el trabajo es un derecho absoluto, y todos creen justo exigir al Estado o al empresario que haga lo imposible para garantizar por siempre ese empleo. Pero como quiera que el empleo y la producción dependen de las necesidades cambiantes del consumidor, y como quiera que todos somos consumidores efectivos o potenciales, aquel que reclama un puesto fijo para sí mismo y para los demás también está obligando a toda la sociedad a que compre y viva con los productos que él fabrica, y en este sentido se está comportando como un auténtico tirano. Muchos de los derechos humanos de los que hace gala el demócrata, son en realidad derechos que legitiman el abuso y la dominación. Y el trabajo es, de todos, el más dañino.

Lunes, 15 de diciembre de 2014 a las 21:37 UTC+01

Los ideólogos del estatismo no entienden que la tecnología y el desarrollo solo pueden sustentarse en un marco verdadero, y por tanto juegan en contra de los ideales falsos del socialismo. Por eso, a medida que progresen, los socialistas irán enfrentándose a un mayor número de contradicciones, y veremos como se ponen cada vez más nerviosos. Esta semana Google les ha dado la primera lección. Pero vendrán más. Viva el desarrollo que deja atrás a todos los estúpidos y los ignaros, la mayoría de ellos socialistas recalcitrantes. Viva la selección natural. El triunfo de la libertad vendrá de la mano de la verdad y del progreso, y será imparable. Los liberales estamos de enhorabuena.

Lunes, 8 de diciembre de 2014 a las 00:31 UTC+01

Si la gente cree que se puede curar una enfermedad bebiendo vasos de agua (porque eso es la homeopatía) por qué nos asombramos que también crea que podremos salir de la crisis gastando más dinero, aumentando la deuda, implementando políticas keynesianas y en general consumiendo recetas improductivas y hueras, tan vacías de medicinas como los remedios de los homeópatas.

Lunes, 8 de diciembre de 2014 a las 00:30 UTC+01

Ahora todos los progres se rasgan las vestiduras. Pero entonces ninguno de ellos vio que eso era una felonía. Recuerdo que algunos decían que Bankia era como un Frankenstein, hecho de pedazos muertos. Pero ningún progre reparaba en lo absurdo que era intentar solucionar 10 problemas reuniéndolos bajo un mismo nombre. En general, ahora todos los progres ven claramente el despilfarro que los políticos hicieron con el erario público. Pero entonces nadie criticaba esos gastos. El plan E de Zapatero era aclamado y recibido con ilusión. Hoy en día continuan aclamando lo que dentro de cinco o seis años criticarán. Así son los progres, estúpidos e hipócritas. Primero se confunden, y más tarde, lejos de reconocer su error, denuncian lo que antes alentaban, y alientan lo que mañana denunciarán.

Viernes, 28 de noviembre de 2014 a las 10:25 UTC+01

Sobre el programa económico de Pablo: Como no podía ser de otra manera, Pablo Iglesias se estrella contra el muro de la realidad. Su programa se parece a las cartas que yo escribía a los Reyes Magos cuando era un niño. ¿Cómo puede ser la gente tan estúpida e infantil? Si vivimos mal, nos inventamos un mundo de golosina y ya esta, todo solucionado. Dicen estos iluminados que España es un país rico y que lo único que hay que hacer es repartir el dinero. Si tenemos deuda la solución es más deuda. Si no tenemos crédito porque en el pasado nos excedimos solicitando esos créditos, la solución es crédito para todos. Si todos los bancos y cajas públicos quebraron por corruptos, la solución es crear más bancos públicos. Si no hay trabajo, estos payasos sacan su varita mágica y ya esta, trabajo para todos. Y digo yo, para qué hacen falta los empresarios si ya tenemos a estos políticos. Vaya montón de mierda.

Miércoles, 26 de noviembre de 2014 a las 03:14 UTC+01

La maravillosa idea de Pablo Iglesias, el ungido, consiste en impagar la deuda que España ha contraído en los últimos años. Si el problema de la crisis es la falta de recursos y la merma del poder adquisitivo, motivada por los políticos y los burócratas, que siempre suelen gastar más de lo que ingresan, el impago de la deuda viene sin duda a agravar esa situación. Los políticos pueden seguir gastando del erario público y endeudando al país, porque eso no va a tener ninguna consecuencia. Siempre pueden impagar la deuda. Conclusión: el impago de la deuda forma parte del mismo problema que ha conducido a la situación que se intenta remediar, constituye otra argucia de los políticos para malversar el dinero de los ciudadanos. Resulta curioso que esos ciudadanos aclamen y disculpen a los mismos que les roban. Ya no es solo que los inversores salgan huyendo del país, al percatarse de las irresponsabilidades en las que incurren aquellos que no pagan, es que además el impago estimula sobremanera todas esas morosidades. La gente se siente motivada, y aspira a seguir robando y despilfarrando, cuando todas esas acciones no tienen ninguna consecuencia.

Sábado, 22 de noviembre de 2014 a las 12:14 UTC+01

El problema de la corrupción y la política es sistémico, encuentra sus raíces en la naturaleza humana, todos somos potencialmente corrompibles. Por eso, la solución a la corrupción no es la alternancia democrática, ni el cambio de gobierno, ni el juego electoral. La solución es la reducción drástica del Estado. El día que la gente entienda esto, la sociedad en su conjunto habrá dado un paso de gigante. Ese día habremos evolucionado más que en todo el tiempo que llevamos caminando por este planeta.

Miércoles, 19 de noviembre de 2014 a las 13:57 UTC+01

Defensa del minarquismo. El que niega algo tan básico como el principio de identidad no puede ser otra cosa que un relativista, porque si niega o duda de esa base también duda de todo lo demás. Y el que niega la identidad de una persona, su libertad individual, también pone en cuestión una premisa muy valiosa. A mi por el contrario me parece que lo más coherente, si crees en la libertad, es que también quieras defenderla de manera incondicional, con una institución legal unívoca. Lo otro es querer defender una causa sin tener una defensa. Para mi lo contradictorio es defender algo sin defenderlo en absoluto, apoyar la libertad sin establecer una norma, hacer una afirmación teórica sin convenir una aplicación. Un anarcocap cree que la contradicción del minarquista reside en defender la propiedad privada y el impuesto público al mismo tiempo. Piensa que un hombre es dueño absoluto de todas sus decisiones y que no comparte el mundo con otras personas, que no hay tal cosa como la propiedad comunal que obliga a todas las partes a cumplir cierta normativa. Pues bien la propiedad comunal más importante de todas es la que se establece para garantizar la libertad en todo el territorio nacional, es decir, la que se genera como consecuencia de la minarquia. Yo no digo que los anarcocapitalistas no crean en normas, claro que creen, digo, y es aquí donde son verdaderamente contradictorios, que no las quieren aplicar con carácter general. Es que la única manera de aplicar una norma fundamental es hacerlo de manera general. Es que creer en unas normas básicas y pensar que se van a aplicar de forma espontánea en un mundo en el que se demuestra que lo que se suele imponer es todo lo contrario, es ser bastante ingenuo e irresponsable.

Domingo, 16 de noviembre de 2014 a las 10:37 UTC+01

El capitalismo es el único sistema que permite que florezca la paz. En el mercado libre las personas se relacionan mediante intercambios voluntarios y la propiedad privada ayuda a delimitar el territorio y los bienes que atesora cada individuo y le estimula para que lo haga. Las guerras advienen cuando se rompen esas reglas, cuando no se respeta la propiedad del otro y cuando los intercambios de bienes se efectúan por la fuerza.

Jueves, 13 de noviembre de 2014 a las 18:38 UTC+01

Tan ingenuo es el que cree que necesitamos un Estado elefantiásico, porque no somos capaces de progresar por nosotros mismos, como el que cree que no necesitamos ningún Estado en absoluto, porque somos plenamente capaces. El punto óptimo está en el estado mínimo: la minarquía.

Miércoles, 12 de noviembre de 2014 a las 14:59 UTC+01

La equiparación de los derechos del hombre con los derechos de los animales no nos hace más humanos, nos hace más animales.

Martes, 11 de noviembre de 2014 a las 23:12 UTC+01

Podemos no va en contra de la casta. Podemos es la casta. Dice el diccionario que casta significa ascendencia y linaje. Y si nos vamos a lo básico, a las ideas, qué mayor linaje que ese que traspasa toda la historia del hombre, que se origina en Esparta, de la mano de adalides tan insignes y eruditos como Sócrates o Platón, que se moderniza y se vuelve académico con el mercantilismo y el marxismo, que se pone en práctica bajo el yugo de los totalitarismos y los fanatismos que asolaron y llenaron de muertos el siglo XX, y que se intenta reciclar y reinventar con ese socialismo refrito y esas democracias bananeras que proliferan en el mundo en este último siglo. La mayor casta de todas es la que lleva toda la historia ejerciendo el dominio, sodomizando y ultrajando a los individuos, mediante el uso injusto de la fuerza del Estado. Me refiero a la ideología comunista y socialista. Esa es la única casta que existe, la única que puede perdurar siglos, la única que sabe cómo apoltronarse y encastillarse en el poder, al objeto de limitar nuestras libertades más básicas, la única que defiende abiertamente un régimen hegemónico de mil años, el fin de la historia y el paraíso perpetuo. Y Podemos solo es la última entrega de este culebrón que se antoja eterno. Díganme ahora si no es una casta. La segunda acepción que tendría que contemplar el diccionario debería hacer referencia a este partido de nueva creación que, en el fondo, es tan antiguo como los átomos.

Domingo, 9 de noviembre de 2014 a las 14:05 UTC+01

El nacionalismo catalán no es más que otra forma de estatismo, uno tan rancio, tan primitivo y tan especioso que está inserto incluso en aquellas mentes que dicen ir en contra de cualquier forma de colectivismo.

Domingo, 9 de noviembre de 2014 a las 12:15 UTC+01

Cuanto más lo pienso, más me asombra. Cómo es posible que tanta gente se deje embaucar por el keynesianismo. Incluso antes de tener algún conocimiento y alguna noción sobre economía, yo ya intuía que las políticas de gasto que no tienen en cuenta la productividad son el cuento de la lechera. Cómo es posible que tantos adultos sigan creyendo en esas políticas. Cómo es posible que sigan creyendo en los Reyes Magos. Cómo pueden obviar algo tan básico. Cómo pueden estar tan ciegos como para no ver que la condición necesaria para usar un bien es la de producirlo previamente. Es tan ridícula la creencia keynesiana que no comprendo cómo puede primar en las academias y las universidades de todo el mundo. Bueno, en realidad sí lo entiendo. La mayoría de los adultos padecen toda su vida un síndrome conocido con el nombre de neotenia. Son niños encerrados en el cuerpo de un adulto. Los Reyes Magos son los padres. Pero muchas veces los padres también son los destinatarios de los juguetes. La mayoría de la gente ansía aferrarse a una creencia que le promete el paraíso y que no reclama ningún esfuerzo. Todos quieren creer en un mundo en el que no sea necesario trabajar, y donde todo te lo den hecho. Y en economía pasa lo mismo. La gente prefiere obviar la productividad, porque eso les permite imaginar un mundo de golosina, en el que lo único que tienen que hacer es recoger el maná que les va cayendo del cielo. No obstante, por más que lo pienso me sigue pareciendo inverosímil que tantos adultos puedan creer que la realidad está compuesta por este tipo de milagros. Al fin y al cabo, la mayoría de ellos siguen acudiendo a sus trabajos para poder subsistir, y jamás verán nada parecido a un alimento gratuito y abundante.

Martes, 28 de octubre de 2014 a las 16:24 UTC+01

La desigualdad es consustancial a la naturaleza. Lo importante es que esa desigualdad no se deba a las prebendas políticas basadas en la iniquidad y el expolio, sino a la capacidad y la habilidad privada de algunas personas para cubrir las necesidades de los demás ofreciéndoles un servicio o un bien voluntario y enriqueciéndose en el proceso. Eso es el capitalismo, no es más que el resultado de la libertad, que solo puede evidenciar diferencias, porque estas forman parte de la vida y pretender cambiar eso implica tener que imponer a los demás la voluntad de uno, para que no se diferencien de él.

Lunes, 27 de octubre de 2014 a las 17:58 UTC+01

Ningún tirano ha persistido en el poder sin el respaldo o la indiferencia irresponsable de una buena parte de la sociedad. Cuando acusamos con el dedo a un político, cuando le criminalizamos y le hacemos partícipe de todos nuestros problemas, estamos en realidad denunciando la ignominia y la estulticia de la condición humana, aquella que nos compete a todos. El político solo es el brazo ejecutor. El cuerpo y el cerebro que mueven ese brazo están formados por personas anónimas y aparentemente inocentes. El político es el chivo expiatorio. Su muerte y su defenestración nos redime a todos. Y por eso, una vez que nos vemos eximidos de cualquier responsabilidad y liberados de todo pecado, volvemos a depositar nuestra confianza en otro político y todo vuelve a comenzar.

Lunes, 27 de octubre de 2014 a las 02:03 UTC+01

Así ha sido siempre. El socialismo jamás funciona, y sus adeptos se dividen, crean facciones, fundan nuevos organismos, inventan una disculpa tras otra, y vuelven a desmoronarse, se parecen a esos insectos que se golpean continuamente contra el cristal de la ventana buscando la salida.

Domingo, 26 de octubre de 2014 a las 12:54 UTC+01

El poder corrompe… y qué hacemos? Cambiemos el poder, pongamos otros políticos (solución de un socialista). Las termitas se comen la madera… y qué hacemos? Cambiemos las termitas, pongamos otras termitas (solución de un controlador de plagas bien estúpido). Si el poder corrompe solo existe una solución: eliminar ese poder abusivo. ¡¡Hay que eliminar las termitas y sanear el edificio!! Hay que abolir la profesión del político.

Sábado, 18 de octubre de 2014 a las 18:16 UTC+02

La mujer y el hombre juegan roles reproductivos distintos, por lo que sus organismos, incluyendo su cerebro y sus comportamientos son diferentes. El hombre está enfocado a la defensa física de la prole y la mujer al cuidado energético, alimenticio etc. del bebé. Hasta aquí no creo que haya dicho nada que no sepa la mayoría de la gente y que no sea evidente. En definitiva, el hombre está más enfocado hacia la lucha, la conquista, el descubrimiento, facetas más relacionadas con la política, la economía y el conocimiento en general. No obstante, estoy hablando de determinismos genéticos. A nivel cultural hombre y mujer deben poder ejercer la función que voluntariamente quieran. Digo esto para ahorrarme la típica crítica que te tacha de machista y sexista por defender la verdad, las diferencias sexuales.

Jueves, 16 de octubre de 2014 a las 15:29 UTC+02

Hoy, que se anuncia una nueva recesión en Europa, que algunos venimos prediciendo desde hace tiempo, conviene ver este video de tres minutos, dirigido a todos aquellos ignorantes que siguen empeñados en criticar el capitalismo, los pablemos, los colectivistas, y los socialistas de todos los partidos. El día que la gente entienda estos conceptos simples, la evolución del mundo y el bienestar general se incrementarán considerablemente. Mientras tanto seguiremos padeciendo la estupidez del pueblo y los intereses de los políticos.

Domingo, 12 de octubre de 2014 a las 14:14 UTC+02

Vivimos en un mundo en el que los pobres votan para seguir siendo pobres y los ricos votan para seguir siendo ricos, y todos votan lo mismo: socialismo. La explicación de esto es simple. El intervencionismo político permite que unos pocos, siempre los mismos, mantengan sus cargos y sus poltronas a costa del resto, sin ofrecerles nada y sin permitirles nada. La antítesis de este sistema se llama capitalismo. Sin políticos y sin intervención económica, los ricos sólo son ricos si ofrecen algo a los pobres. Y los pobres solo son pobres si no tienen nada que ofrecer. La relación más importante de una sociedad es la relación de intercambio que se produce en el mercado libre, la cual solo se basa en la voluntad y la capacidad real de las personas. Cualquier intervención sobre esta relación reduce la libertad de las personas y empobrece sus vidas. Y esto es todo. No hay nada más que saber sobre política. Basta con entender que es la propia política la que genera todos los problemas, y que los políticos son los únicos individuos que tendrían que desaparecer.

Miércoles, 8 de octubre de 2014 a las 13:36 UTC+02

La religión de los animalistas modernos es una nueva versión de esa tendencia antropomórfica que ya existía en las creencias animistas y politeístas de las primeras tribus de Homo sapiens. En este sentido, no es más que una vuelta a los orígenes, un primitivismo y un atavismo sentimental. El problema actual es que se equipara a los animales con las personas, con lo cual los segundos pierden importancia con respecto a los primeros, se antepone la vida y la salud de los bichos y se aniquilan los derechos del hombre. La religión animalista también realiza sacrificios humanos.

Martes, 7 de octubre de 2014 a las 14:19 UTC+02

Leo algunos comentarios de Innisfree, para entretenerme. Más allá del contenido que vierte esta institución en las redes (apoyando a Podemos), que ya he dejado claro lo ingenuo y absurdo que me parece, quiero decir ahora simplemente lo desagradable que resulta hablar con una persona que cada dos frases está metiendo una apostilla del tipo: “tienes que leer más, eres un conservador, voy a hacer lo que me da la puta gana” Hay gente que, al debatir sobre un tema determinado, no deja de hacer demagogia, le basta el tiempo para referirse a la persona con la que está discutiendo y para distraer el debate con etiquetas y suposiciones infundadas que nada tienen que ver con los argumentos que se proponen. Estas personas intentan dejar al otro como un imbécil, no por lo que dice sino por lo que se supone que ha leído o experimentado, y realizan todo tipo de afirmaciones gratuitas. Esas personas no merecen ninguna respuesta. A mí me gusta discutir y me encanta enfrentarme a cualquiera que me lleve la contraria. Solo existe una excepción: estas personas que no saben discutir y que meten en la conversación todo tipo de apelaciones y suposiciones personales. Más de una vez me he encontrado de frente con estas actitudes, y siempre me han suscitado las mismas reflexiones.

Sábado, 27 de septiembre de 2014 a la 01:49 UTC+02

Siempre me ha repudiado profundamente el comunismo, sobre todo porque nunca ha valorado la vida de nadie, ni siquiera la de los más inocentes, los menores. Pero ahora estoy empezando a repudiar también algunas derivas libertarias, que vienen a concluir lo mismo. Algunos libertarios afirman que el niño no tiene derecho a reclamar su manutención, ni siquiera en los casos más extremos. Ningún adulto puede ser obligado a salvar la vida de un niño o un feto, si no es esa su intención. Incluso llegan a justificar la muerte del menor si el adulto no quiere protegerlo. Por tanto, la vida del menor no importaría tanto como la voluntad o la propiedad privada del adulto. Igual que hacían los comunistas, que anteponían su visión delirante y su proyecto megalómano a la vida de cualquier niño inocente, algunos libertarios ponen también la propiedad privada y la voluntad individual por delante de esas mismas vidas. En esto no se diferencian nada. Unos los matan. Y otros los dejan morir.

Jueves, 25 de septiembre de 2014 a las 00:41 UTC+02

Los grupos pro-vida se parecen a los lobbies abortistas en una cosa. Ambos creen en los milagros. Los primeros piensan que la vida aparece de repente, en el momento de la concepción. Y los segundos creen que aparece espontáneamente cuando el feto rompe la placenta. Ahora no tiene vida, y un instante después es un ser humano con todos los derechos, ¡milagro!

Martes, 23 de septiembre de 2014 a las 15:47 UTC+02

Hace veinte años que dejé de creer en Dios. Ahora soy ateo. Pero eso no quita para que aprecie la maravillosa labor que hace la iglesia a través de sus misioneros, o la paz espiritual que ofrece a decenas de miles de feligreses. Nunca se me ocurriría jactarme de mi condición de ateo. Tampoco votaré al partido de la libertad individual, porque lleva en su programa el derecho a la secesión, y yo estoy frontalmente en contra del nacionalismo. Pero esto no quita para que admire la función de divulgación de las ideas libertarias que lleva a cabo este partido, y para que le ofrezca todo mi apoyo y mi mejor deseos. El Instituto Juan de Mariana es una institución compuesta por miembros muy diversos, unidos en torno a algunas ideas principales. Tampoco coincido al cien por cien con algunos de sus miembros más insignes. Pero jamás repudiaré a una institución única en su género, que promueve las ideas de la escuela austriaca como nadie lo ha hecho nunca en nuestro país. Finalmente, tampoco voy jamás a rebajar la enorme importancia que tiene la figura del profesor Jesús Huerta de Soto, como hacen algunos miembros del Instituto Juan de Mariana. Señores, estamos todos en el mismo barco. Déjense de tonterías y apoyen a todas estas instituciones, sin menoscabar la importancia de ninguna de ellas. Todas desempeñan una función importante, y todas contribuyen a conseguir el objetivo que todos anhelamos, más allá de las diferencias inevitables e insignificantes que siempre surgen en el seno de cualquier proyecto común.

Martes, 16 de septiembre de 2014 a las 10:05 UTC+02

Un chamán y un oncólogo pueden coincidir a la hora de afirmar que el enfermo esta grave, pero las medicinas que aplicarán cada uno de ellos para curarle son muy diferentes y tienen consecuencias muy distintas. Igualmente, el diagnóstico de Podemos puede ser acertado, pero el tratamiento que propone llevará al enfermo a la tumba mucho antes de lo que lo hará la propia naturaleza. Son dos cosas distintas y hay que saber reconocerlas.

Lunes, 11 de agosto de 2014 a las 20:09 UTC+02

Hay dos formas de matar. Una es quitándote físicamente la vida. La otra es usar los impuestos para eliminar esa vida evitando que prosperes y seas feliz. Que nadie dude que Podemos practicará alguna de estas dos formas de eliminación.

Martes, 29 de julio de 2014 a la 01:38 UTC+02

Muy bien, Puyol es un corrupto. Pero, ¿qué pasa con todos los que han jaleado el nacionalismo estos lustros? ¿Qué pasa con los votantes del partido de Pujol? ¿Qué pasa con los políticos que han estado bailándole el agua? Ahora todos se quejan de la corrupción de Pujol. Pero olvidan que ellos han contribuido también a acrecentar esta situación, con su anuencia y su complacencia y su endiosamiento del político. Ellos son los que alimentan la arrogancia de los gobernantes, y les dan a entender que pueden excederse sin límite. Ahora se sorprenden, pero son ellos los que han contribuido más, animados por esa servidumbre voluntaria y estúpida, que les hace creer que el político siempre es un bien necesario.

Lunes, 24 de febrero de 2014 a las 10:55 UTC+01

Esto es un circo. Estamos rodeados de payasos. Unos tíos que cobran más de 700 euros por jornada se han encargado de verificar que ETA sigue teniendo armas. Maravilloso sainete. Los etarras les enseñaron el arsenal y luego se lo volvieron a llevar. Y han querido que todos pensásemos que era una entrega de armas. Y nuestros gobernantes les han dejado hacer. Toda esta farsa y esta humillación no se daría si los etarras fueran tratados como lo que son, una panda de delincuentes y asesinos.

 

Publicado en COMENTARIOS EN FACEBOOK | Deja un comentario

El problema de Dios: ciencia, religión y marxismo

1. Introducción

No hay un tema de conversación que despierte más animadversiones y que genere más controversias que aquel que acontece en torno a la religión y las creencias divinas. Ningún otro asunto humano tiene tantas repercusiones y aristas como éste. Ninguno tampoco ha propiciado tantas muertes y sufrimientos. Y al mismo tiempo, no existe otro motivo de polémica que haya procurado más felicidad y alegría. Por consiguiente, el problema de Dios no es algo baladí; no se resuelve dando un simple bandazo. No consiste únicamente en saber si creemos o dejamos de creer, o si queremos que la religión desaparezca para siempre o que persista por los siglos de los siglos. Tenemos que investigar todos los determinantes sociológicos (culturales y biológicos) del fenómeno en cuestión, todo el estroma de procesos numinosos que operan en nuestras cabezas, y todas las consecuencias morales y prácticas que ocasionan en la comunidad tales procesos. Solo así podremos opinar con conocimiento de causa sobre un asunto tan complicado y controvertido como éste.

El problema de Dios debe incluirse en cualquier caso dentro de un dilema epistémico de índole más general: el problema del conocimiento. Y éste a su vez debe atenerse a las distintas dimensiones de la realidad que aparecen ante nosotros, esto es, a las capacidades que tiene el observador para aprehender el mundo, y a los múltiples significados y funciones que juega la creencia en el ámbito de la cultura popular.

Según esto, debemos empezar dividiendo el mundo en tres partes distintas. Una parte es conocida, otra parte es conocible y una tercera resulta incognoscible. La ciencia y la razón pura se encargan de disponer el conocimiento que compete a las dos primeras secciones. En cambio, la fe se agarra desesperadamente a la última esfera de la realidad: el incognoscible, y a partir de ahí comienza a elaborar su propia narrativa del universo. Solo de ese modo puede concebir un mundo imaginario, irrefutable, e inmaterial. Pero esto no quiere decir que sus elucubraciones carezcan por completo de sentido lógico. El mundo inventado puede disponer también de un orden y unas reglas muy concisas. No obstante, esto no las hace reales.  

La epistemología, por tanto, se articula en torno a tres afirmaciones originales. Están aquellas hipótesis o preguntas que ya han sido demostradas utilizando la evidencia empírica (teorías científicas), aquellas otras que están en proceso de demostrarse (nuevas hipótesis científicas), y unas terceras que no necesitan ningún tipo de probatorio. Dentro de estas últimas tenemos a su vez dos clases más. Están aquellas aserciones que no necesitan demostración alguna, pues apelan a condiciones de posibilidad de la realidad que son de suyo indiscutibles, sin las cuales no existiría nada (filosofía). Y luego están aquellas últimas cuya indemostrabilidad no se debe a que sean proposiciones seguras, más bien al contrario, se debe a que están tan desapegadas del mundo y son tan irreales y ficticias que solo se puede decir de ellas que han sido reveladas por inspiración divina (religión).

Así las cosas, podemos decir que existen tres mundos distintos. El mundo conocido está compuesto de leyes y teorías lo suficientemente demostradas como para poder asegurar que son reales. Dentro del mundo conocible tenemos aquellas otras teorías científicas que aún están por descubrir, y aquellas implicaciones lógicas de la filosofía que todavía no se han desarrollado lo suficiente.

Finalmente, en el mundo incognoscible tenemos dos tipos de posiciones distintas. Están aquellos que inventan todo un universo de ilusiones y fantasmas (teología) y están aquellos otros que simplemente asumen la existencia de un mundo en parte imposible de conocer (agnosticismo o ateísmo). Los primeros se caracterizan por negar el incognoscible, y los segundos por asumirlo. Aunque las religiones se refieran al Misterio cuando hablan de Dios, en realidad poco misterio hay en unas afirmaciones que describen con tanto lujo de detalles lo que les ocurre a las almas cuando abandonan los cuerpos.

En el fondo todos somos creyentes, en el sentido de que todos creemos en la existencia del más allá. La prudencia y honestidad científicas nos impide a algunos imaginar y describir ese mundo inalcanzable, y nos obliga a aceptar unos límites a la razón y una cierta contención gnoseológica. Pero, en cualquier caso, compartimos con la religión el mismo misterio. No obstante, esa misma lógica nos lleva a asumir también la imposibilidad de describir la idiosincrasia concreta que caracteriza a ese universo oculto, lo cual nos hace reacios a aceptar cualquier opinión religiosa. No se puede describir aquello que no se puede conocer. La religión intenta justificarse diciendo que nadie puede demostrar que Dios no existe. Pero la verdad es que la religión nunca se ha contentado con decir que existe un mundo profundamente desconocido. Su razón de ser y su principal reivindicación siempre ha consistido en afirmar que ella es la única que sabe en detalle cómo es ese mundo oculto a los ojos del resto. El primer error lo comete la propia religión al asegurar que sabe tanto. La carga de la prueba entonces siempre recae sobre aquel que realiza una afirmación tan rotunda.

En un acto de estiramiento extremo, podemos aceptar incluso que la revelación divina puede constituir un tipo legítimo de conocimiento. En realidad, la palabra de Dios es indistinguible del sermón que pudiera ofrecernos una comunidad de extraterrestres que llegase a la Tierra. Serían entonces la religión y la ciencia totalmente compatibles. La una nos aportaría un conocimiento revelado por alguna civilización superior, y la otra uno obtenido por nosotros mismos. Pero esta no es la cuestión. De todas formas, cualquier civilización extraterrestre debería asumir también que hay una parte del universo que siempre será imposible de conocer. Dicha imposibilidad es un imperativo categórico que afecta a todos los existentes. La cuestión principal es que la ciencia admite siempre la incapacidad de conocerlo todo, y la religión en cambio asegura que ella (y su dios) ofrece un conocimiento definitivo. En ese sentido, son dos visiones totalmente irreconciliables. Si mañana descubrimos que existe Dios, de nuevo seríamos incapaces de asegurar al cien por cien que ese Ser que ha decidido revelarnos sus conocimientos, no pueda tener por encima otra criatura más omnisciente que él. Aquí la ciencia siempre tendrá razón al mostrarse prudente, y la religión siempre se equivocará. El misterio es inerradicable a la par que indecidible. Nunca podremos saber si no existe algo distinto más allá de lo que en realidad conocemos, ya sea por revelación o por experimentación. Por definición, lo desconocido no se presta a ningún tipo de elucubración.  

La cuestión central no es que los ateos no puedan demostrar la inexistencia de Dios, sino que los devotos no pueden consignar su existencia. Si el conocimiento de la realidad se basara en pruebas de autoridad o afirmaciones arbitrarias relativas al incognoscible, nunca habríamos podido salir del cerco de ignorancia en el que hemos vivido durante tanto tiempo. El valor de la ciencia reside precisamente en esa ética procedimental que busca respuestas claras a preguntas solubles. Y por oposición, el error deontológico de la religión se debe a su empeño por conocer una realidad completamente irresoluble.

2. Incompatibilidades gnoseológicas

De la clasificación anterior podemos extraer tres tipos de cosmovisiones distintas: la científica, la filosófica y la religiosa, todas ellas enfrentadas en mayor o menor medida. El problema de Dios es al fin y al cabo un problema de demarcación: se manifiesta en las fronteras que quedan establecidas con estas tres cosmovisiones.

La ciencia niega cualquier conocimiento que no pueda ser demostrado por medio de evidencias empíricas. Por tanto, sólo admite aquel conocimiento hipotético que puede ser sometido a prueba, y aquellas teorías que ya han sido demostradas con estas herramientas. Por consiguiente, se opone tanto a la filosofía como a la religión.

La filosofía se apoya en aquel conocimiento axiomático que no requiere demostraciones (ficticias o no), pero que tampoco realiza ningún tipo de elucubración religiosa. Se limita a contemplar aquellos principios apodícticos que describen condiciones de posibilidad de la existencia material. La filosofía tiende a aceptar sin problemas a la ciencia como método alternativo (aunque no necesariamente siempre), ya que es fácil darse cuenta de que existen a su vez un gran número de cualidades contingentes que no son de suyo necesarias. La ciencia en cambio es más recelosa, incapaz de comprender que existen algunas pocas propiedades del mundo que no requieren demostración al no tener alternativa.

La religión, aun admitiendo la posibilidad de la ciencia y la filosofía, se aventura a describir aquellas áreas del conocimiento que son de suyo incomprensibles. Y ese es su principal falla: la negación del incognoscible, el tercer tipo de esfera gnoseológica.

Por consiguiente, existirán dos clases principales de enfrentamientos: el enfrentamiento que mantienen la ciencia actual con la filosofía, y aquel otro que se establece con la religión. El problema de Dios se enmarcaría dentro de este segundo choque.

No puede haber compatibilidad entre dos visiones radicalmente opuestas, que se niegan mutuamente. No podemos afirmar al mismo tiempo una cosa y su contraria. O existe el incognoscible, como admite la ciencia, o no existe, como viene a decir la religión. O bien podemos conocer sólo una parte del universo, aquello que demostramos nosotros de forma fehaciente, o bien podemos conocerlo todo, también aquello que se nos revela por obra y gracia del Padre. En este sentido, ciencia y religión son irreconciliables.

Ciencia y religión son como dos púgiles, pueden verse, saludarse, hablar, incluso pueden convivir juntos (en la misma mente), pero arriba del ring solo puede quedar uno. O existe el incognoscible, o no existe. O bien creemos que a la verdad se accede a través de la razón, con análisis tediosos, o bien pensamos que podemos conocerlo todo con simples actos de fe. Las dos cosas son imposibles.

Algunos pensamos que hablar de cuestiones que no tienen sustento en el mundo real es peor que hacerse trampas al solitario. Es inventar un juego nuevo y un paquete completo de reglas, consistente en afirmar que el ganador tiene una escalera de color que nadie puede ver. Es imposible refrendar una jugada con una baza de cartas invisible. No obstante, el incognoscible permanece siempre ahí, dispuesto para todos aquellos que no tengan ningún escrúpulo a la hora de afirmar algo de lo que nunca tendrán constatación firme.

Se puede incluso ser agnóstico manteniendo al mismo tiempo una cierta dignidad. Al fin y al cabo, siempre existirá una parte del orbe de la que nunca tendremos noticia alguna. Pero no es eso lo que hacen todas las religiones. Estas se inventan un mundo paralelo lleno de detalles, escriben libros enteros donde reflejan las características de dicho mundo, y se matan por ver cuál de ellos impone sus reglas a los demás.

La ciencia en cambio dialoga sobre cosas mensurables. La religión aborda cuestiones del incognoscible que jamás podrán ser aprehendidas pero que sin embargo se quieren imponer con la mayor de las contundencias. Apelar a la materia o la energía que permanece desconocida, es igual que no decir nada. Y todavía es más grave querer aportar algo al conocimiento utilizando esa retórica imposible que acostumbra a gastar la teodicea, la cual siempre ha buscado un entendimiento imposible entre la ciencia y la religión.

Podemos hacer una clasificación general de las distintas posturas a las que da lugar la consideración de la religión. Por un lado están los ateos, que no creen. Luego tenemos a los agnósticos, que no se lo plantean. Y finalmente tendríamos a los devotos.

En cierto sentido, el problema de los ateos es parecido al de los creyentes. Ambos niegan un hecho que pertenece al incognoscible y que por tanto no se podría negar ni afirmar. Ahora bien, los ateos juegan con una ventaja que no tienen los crédulos. Como dijo Hume, las grandes afirmaciones requieren siempre de grandes demostraciones. Son los religiosos los que deben justificar sus afirmaciones. Y como no pueden, son ellos los primeros que deben callarse.

La posición agnóstica parece a todas luces la más prudente. Resulta imposible dirimir un problema irresoluble. No obstante, el agnosticismo a veces pone en igualdad de condiciones a ateos y creyentes, lo cual tampoco es demasiado justo. Como acabamos de ver, no es lo mismo afirmar a ciegas que existe un duende debajo de la cama que afirmar en cambio que no existen tales seres. Evidentemente, aunque no podamos comprobar qué es lo que se mueve ahí abajo, está claro a quién tendríamos que dar la razón para no acabar en un manicomio.

Con todo, tal vez la mejor postura sea la que toman los ateos agnósticos, que no creen en Dios pero coinciden con los agnósticos a la hora de afirmar que existe una cierta incertidumbre inerradicable.

En cualquier caso, lo que desde luego hay que rechazar con todas las fuerzas es esa adscripción militante del ateísmo más radical que ve a la religión sólo como un peligro. La religión es un fenómeno demasiado complejo como para querer ver en ella solamente cosas malas. No en vano, la religión desempeña una función adaptativa insustituible. Reviste a las acciones del ser humano de una fortaleza y un tesón que es difícil obtener de otra manera. Amalgama y une a la sociedad para que vaya al unísono cuando debe hacerlo. Y en muchos casos mueve a la caridad y a la compasión más que cualquier otra motivación. Políticas de tierra quemada, como las que quiere utilizar Richard Dawkins, que aboga por eliminar toda forma de religión, aparte de ser completamente inviables, demuestran un discernimiento bastante mejorable.

La religión es un apéndice más de nuestro cuerpo, literalmente. Su supresión eliminaría una parte importante de nuestra fisiología. Es como si intentásemos extirpar las emociones. Tendríamos que arrasar el sistema límbico. Incluso para un ateo sería complicado. Habría que extirparle todos aquellos recuerdos de fraternidad que hubiera dejado la huella religiosa. Y si nunca fue religioso, no obstante todavía habría que eliminar la impronta genética que heredó de sus ancestros.  

3. Compatibilidades mentales

Hasta aquí hemos visto todo el rango de incompatibilidades (gnoseológicas) que se generan cuando enfrentamos la ciencia con la religión. Pero también hemos adelantado algunas compatibilidades. Sin duda, ciencia y religión pueden coexistir pacíficamente en la mente de una única persona. Y también pueden coexistir como fenómenos sociales.

Dentro de los propios creyentes hay a su vez varias especies. Los hay que creen en un dios personificado (estos son los más primitivos). Los hay que quieren usar la física para demostrar a Dios. Los que apelan a un teísmo reformador. Y los que confían en la infinitud del cosmos y en el inerradicable misterio de la vida.

También existen físicos profesionales que han intentado probar la inmortalidad del alma haciendo uso de complicadas fórmulas matemáticas. Tipler, en “La física de la inmortalidad”, trata este tema haciendo uso de lo que él llama el Punto Omega, aquel momento del futuro en el que será posible reproducir todas las circunstancias anteriores y resucitar por tanto a los muertos, por mor de la tecnología y el poder de la ciencia. Pero estas afirmaciones obvian los límites últimos del conocimiento. Es imposible alcanzar un futuro en el que la ciencia haya conseguido superar todos los límites que impone el universo a la propia acción de los hombres. Más coherente me parece esa eternidad a la que se refiere Alex Vilenkin en su libro “Muchos mundos en uno: la búsqueda de otros universos” y que se consigue diciendo simplemente que hay infinitos mundos e infinitas formas de vivir, y que eso hace que de alguna manera sigamos existiendo en alguna parte.

La inmortalidad de Alex no es la de Tipler. La de Alex es espontánea y no implica consciencia por parte del hombre. Viviremos un número infinito de veces, en un número infinito de universos, pero no vamos a tener un registro continuo de nuestras vivencias, y por tanto tampoco vamos a ser conscientes de nuestra inmortalidad, lo cual es como si no la tuviéramos.

Pero el intento más científico y sólido de demostrar la existencia de la vida eterna es quizás el que viene a realizar Ray Kurzweil en su libro La singularidad está cerca, donde anuncia un futuro sin enfermedades, sin vejez, y con unas capacidades humanas aumentadas o sustituidas por la tecnología y la inteligencia artificial. No obstante, para ser justos hay que decir que la inmortalidad de Kurzweil es una inmortalidad de tipo biológico (rejuvenecedora), y por tanto no impide que desaparezcamos también cuando queramos hacerlo (mediante el suicidio), o cuando el universo entero colapse finalmente por efecto de la gravedad, o cuando acabe disuelto en un mar de polvo y átomos dispersos como consecuencia de una expansión infinita.

Hawkins por su parte dice haber demostrado la inexistencia de dios de manera definitiva, lo cual también prueba que los teóricos de la iglesia no son los únicos que confunden ciencia y religión.

El problema científico atiende a una cuestión mensurable, localizada, y previsible. El problema de la religión es que no se ciñe a un análisis comprobable. En cambio, trata de resolver una regresión infinita: ¿que hay más allá de lo más allá que podemos llegar? Para la religión sólo existe su dios. Pero uno siempre se puede imaginar un espacio y un tiempo anteriores o ulteriores a aquellos que tomamos como referencia. La regresión es interminable. La eternidad y el infinito son consideraciones necesarias en cualquier sistema coherente. Si pudiéramos demostrar definitivamente que el universo es finito, el problema podría tener visos de solucionarse. Pero esto es imposible: siempre quedará un halo de misterio que nos llevará a preguntarnos si existe algo más que desconocemos. No hay nada que podamos hacer.

La ciencia siempre busca causas. Pero el infinito por definición no requiere de ninguna causa original. El infinito también es la única forma lógica que podría permitirnos explicar el origen de todo sin tener que acudir a esa otra explicación peregrina que requiere un origen incausado (Big bang). ¿Por qué existe el mundo en lugar de nada? ¿Por qué deberíamos existir nosotros si al principio no había nada? Sin embargo, la eternidad es también bastante incomprensible. Todas las teorías científicas tratan de buscar una solución matemática para que los resultados de sus ecuaciones no adquieran valores infinitos (la mecánica cuántica es una de tales). Así, llegamos a la conclusión de que, tanto la concepción del infinito, como la idea de finitud, se enfrentan a algún tipo de problema insalvable. Y lo paradójico de todo es que solo existen estas dos soluciones. No hay más alternativas.

Al final la ciencia se ve abocada a responder a preguntas parecidas a las que se ha hecho siempre la religión, lo cual no quiere decir que tenga que contestar de la misma manera, pero sí puede llevarnos a pensar que existe una cierta compatibilidad o entendimiento entre ambas.

Al fin y al cabo, cualquier nuevo principio siempre debe dar por hecho ciertas condiciones iniciales, un punto de partida imposible de demostrar mediante otra teoría. Esta es la única manera que tenemos de superar esa recursividad infinita que nos dejaría sin principio. Los axiomas últimos resuelven esto de manera bastante acertada. Algunos creen que siempre vamos a poder cuestionar los axiomas. Pero, ¿por qué hay que dar por hecho que podemos hallar causas más profundas? Más bien es exactamente al contrario: no pueden existir causas más profundas en serie infinita. La existencia misma está condicionada por algunas cualidades de suyo necesarias, que hacen imposible cualquier otra realidad.

No podemos retrotraernos infinitamente. Las causas de los fenómenos no pueden ser siempre efectos de otras causas más básicas. Tenemos que establecer un principio lógico en algún punto. Esto es sin duda una obligación epistemológica, que nos viene impuesta junto con nuestro carácter de seres finitos. Pero puede que no sea un requisito de la naturaleza. Si los fenómenos dependieran de otros que a su vez dependieran de otros y así sucesivamente, nunca llegaríamos a conocer el origen de todo, pero no podríamos dejar de establecer algún principio de entendimiento. Así, el hecho de que podamos establecer principios prácticos que nos sirven a nosotros no significa que esos principios sean los últimos, y por supuesto tampoco significa que hayamos resuelto todos los problemas. Nada nos libra del incognoscible.  

Nietzsche decía que “no existe nada parecido a una ciencia carente de presuposiciones.. una ciencia exige una filosofía, una fe previas, para cobrar dirección, significado, límite, método, y derecho a existir… lo que subyace a nuestra fe en la ciencia sigue siendo una fe metafísica.” Tal vez Nietzsche confunda la fe religiosa con la filosofía y con la ciencia. Pero en parte tenía razón. Toda proposición requiere un punto de partida indemostrable, que no se puede arreglar por el método científico y que por tanto se debe presuponer siempre.

Lo importante aquí no es rechazar o aprobar los axiomas de la lógica, sino saber qué principios últimos son los que ya no podemos demostrar empíricamente. Si recurrimos a algunas cuestiones esenciales de la vida y la existencia de las cosas, podemos tomar algunas condiciones de la realidad absolutamente necesarias y verdaderas, y a partir de ahí utilizar las mismas para sustentar toda la teoría científica, sin necesidad de que debamos someterlas a prueba. Por ejemplo, cualquier científico asume el principio de causalidad sin necesidad de comprobarlo empíricamente.

Pero si lo que hacemos es utilizar como axiomas algunos presupuestos extraídos de la fe y la cultura, transmitidos de forma arbitraria de generación en generación, no estaremos utilizando la razón. Estaremos abrazando la fe. Los axiomas que utilizamos no pueden apelar en ningún caso a descripciones muy detalladas de la realidad. Para ser ciertos, deben basarse en cualidades muy fundamentales, tan simples y necesarias que no requieran demostración alguna, y que no tengan alternativas. Pero es evidente que cualquier historia religiosa tienen millones de alternativas que quedan de manifiesto con el gran número de creencias que existen. Dichas historias no pueden constituir nunca axiomas reales.

Hasta hace poco, el físico más famoso del planeta, Stephen Hawking, afirmaba que el universo había nacido sin ayuda de Dios. En su best-seller de 1998, Breve Historia del Tiempo, Hawking dejó claro que la idea de Dios le parecía un concepto superfluo para explicar el origen del Universo.

Sin embargo, ahora el famoso científico espera ir un paso más allá. Según declaraciones citadas por The Sunday Times, va a anunciar que por fin ha logrado completar «una teoría sobre el origen del Universo que no necesita la participación de Dios». Su muerte nos ha dejado con las ganas de saber hasta dónde podría haber llegado.

Como nos explica Pablo Jáuregui en un artículo reciente: ”Al parecer, sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el big bang, el Universo y el tiempo físico están inmersos en una quinta dimensión diferente a las tres dimensiones del espacio que percibimos y la cuarta dimensión en la que vivimos: el tiempo. Según el científico, las condiciones de esta quinta dimensión desencadenaron el estallido cósmico que dio origen al Universo hace unos 15.000 millones de años. Este descubrimiento confirma que «no es necesario apelar a algo que esté fuera del Universo para explicar su origen.”

La primera postura de Hawking es perfectamente válida. La ciencia no necesita a la religión para explicar el universo visible. No obstante, la ciencia nunca podrá hacer una afirmación como la que Hawking pretendía realizar en esa nueva visión del asunto a la que se intentaba acoger al final de su vida. La ciencia no puede demostrar la inexistencia de Dios sencillamente porque tal demostración requeriría una prueba de que el incognoscible no existe. Siempre podemos pensar que hay algo que se nos escapa. Esa duda nunca desaparecerá. Y nunca jamás vamos a poder conocer algo que, por su naturaleza y por la nuestra, no es posible alcanzar. El incognoscible es inerradicable. Si hay algo de lo que podemos estar seguros es de nuestra falta de seguridad absoluta en algunas cuestiones.

Parece que el mundo nos presenta un acertijo irresoluble. Pero tampoco podemos eludir la pregunta. Existe un vacío de desconocimiento imposible de rellenar. Y al mismo tiempo existe también una necesidad imperiosa por conocer. Somos seres limitados que ansiamos la inmortalidad. Somos criaturas finitas que existimos precisamente porque somos individuos (entidades concretas). A su vez, existimos también porque hemos sido creados para sobrevivir y perdurar el máximo tiempo posible. Y como somos finitos, no podemos dilucidar todos los problemas. Pero también somos supervivientes que han evolucionado y sobrevivido gracias al conocimiento, y deseamos saber cuál va a ser nuestro destino final; queremos resolver el futuro. De este nudo gordiano de paradojas surge toda la zozobra que aqueja y mortifica al ser humano, pero también todas las fruiciones que le vinculan con la vida y le hacen desear las cosas.

Como dice Richard Dawkins, todos somos ateos con respecto al 99,9 % de las religiones. No puede existir un enfrentamiento mayor que aquel que nace del desprecio hacia esas otras ideas que contravienen la creencia más sagrada de todas, y que intentan cuestionar la propia inmortalidad de uno. Si la vida es el valor más sagrado que existe, la vida indefinida es la máxima expresión de dicho valor, y la muerte eterna (o el infierno) es el precio más alto que tenemos que pagar por no seguir las indicaciones que nos hacen los popes desde sus cenáculos.

El ateísmo es la única forma que tiene el hombre de renunciar a todas esas importancias. Parece increíble que lo pueda hacer. El ateísmo es mucho peor que un suicidio. No se renuncia a la vida terrenal, se renuncia a la vida eterna, infinitamente más larga. Y sin embargo, algunos son capaces de vivir sin esa esperanza. Es muy difícil procesar la propia desaparición de uno sin volverse un poco loco, o sin abrazar alguna forma de religión. Muy bien lo ha tenido que hacer la naturaleza, es decir, muchas ganas de vivir ha tenido que infundir en los organismos, para que el cerebro no acabe colapsando como un castillo de naipes bajo el peso del sinsentido de la vida.

Precisamente, estoy seguro de que la evolución biológica nos ha dotado de unas estructuras cerebrales que eluden, la mayoría de las veces, todos esos problemas psicológicos que resultan de las múltiples contradicciones a las que continuamente nos estamos enfrentando. Y son precisamente esos mecanismos de refuerzo los que nos llevan a analizar la compatibilidad que puede existir entre ciencia y religión.

Para empezar, debemos diferenciar dos tipos de compatibilidades. La religión y la ciencia son perfectamente compatibles en la mente de una persona. Eso está más que demostrado. Pero no son compatibles si de lo que se trata es de evaluar sus planteamientos de partida y sus métodos de estudio. Algunos intentan demostrar que ciencia y religión son compatibles también en este sentido, y para ello ponen ejemplos de pensadores que han combinado ambas instituciones. Pero esto solo demuestra que el ser humano puede creer en las dos (puede ir un dia a misa y al siguiente acudir al laboratorio), no que sean compatibles en el plano racional.

De nuevo, acudo al más que recomendable artículo de Pablo Jáuregui (http://www.elmundo.es/cronica/2002/351/1026115676.html), para rescatar algunos párrafos del mismo:  “No todos los científicos comparten la visión atea de Hawking.Es falso creer que la ciencia y la religión son enemigas irreconciliables; algunos científicos no ven ninguna incompatibilidad entre la investigación y la fe. Un ejemplo es Charles Townes, el físico que inventó el láser, quien considera que la regularidad de la naturaleza refleja la existencia de un «diseño inteligente.”

“Francis Collins, el prestigioso investigador que encabeza el Proyecto Genoma en Estados Unidos, también cree que no existe ningún conflicto lógico entre la Teoría de la Evolución y el concepto de un Dios Creador. Y uno de los cosmólogos más prestigiosos del mundo, Allan Sandage, afirma que es perfectamente compatible ser científico y creyente.”

“De hecho, una encuesta publicada por la revista Nature en abril de 1998 reveló que un 40% de los científicos sigue creyendo en Dios. El otro 60% se divide entre un 45% que se define ateo y un 15% que se mantiene en la frontera escéptica del agnosticismo.”

“Al mismo tiempo, la Iglesia también ha empezado a dar pasos para crear un nuevo clima de paz y entendimiento con los científicos. El Vaticano ya ha pedido perdón formalmente por su intolerancia persecución de Galileo Galilei, y en 1996 el Papa Juan Pablo II reconoció que las ideas de Darwin «son más que una mera hipótesis.”

“En medio de este clima, prestigiosas universidades como Cambridge o Princeton han creado cátedras dedicadas exclusivamente a la reconciliación entre la religión y la ciencia. En Estados Unidos se han creado varias instituciones con este objetivo. Estos gestos son sorprendentes, si tenemos en cuenta que, en 1981, la Academia Nacional de las Ciencias en EEUU declaraba oficialmente que «la religión y la ciencia son esferas desligadas e incompatibles del pensamiento humano.”

“Cuando al propio Hawking se le preguntó si consideraba que la ciencia y la religión eran incompatibles, contestó que «si eso fuera cierto, entonces Newton no hubiera descubierto la Ley de la Gravedad». En efecto, Newton, el predecesor de Hawking en la Cátedra de Matemáticas de Cambridge, siempre fue un hombre muy religioso y llegó a afirmar que el movimiento uniforme de los planetas «reflejaba el sentido estético del Creador.» De hecho, Hawking siempre ha rechazado la etiqueta de «ateo» para definirse. En todo caso, considera que la idea de Dios es «necesaria» para explicar el origen del Universo. Aunque esto no implica que sea falsa.”

Sin duda, lo que acabamos de leer deja claro que la religión y la ciencia son compatibles en la mente de muchas personas. De lo contrario, no podrían aguantar el peso de la existencia. Esa compatibilidad puede catalogarse nuevamente como uno de los rasgos adaptativos que más han hecho por nuestra especie. Aquellos individuos que son capaces de combinar la ciencia y la religión, también son los que a la larga más probabilidades tienen de sobrevivir y reproducirse, ya que solo ellos pueden obrar con la fuerza y el convencimiento que insufla en los corazones la creencia en Dios, sin descuidar tampoco la obra material, el estudio de las cosas mundanas, y el apego a la tierra que se precisa para vivir aquí abajo.

Además, esta compatibilidad entre ciencia y religión, basada en la adaptación biológica de la mente, también se puede aplicar al nivel de toda la sociedad, como vamos a ver a continuación.

4. Compatibilidades sociales

La religión es un movimiento social adaptativo de la máxima importancia, y como tal debemos entenderlo. Otra forma de defender la compatibilidad entre ciencia y religión es la de enfrentarse al problema de Dios desde el estudio escrupuloso de la ciencia, comprendiendo que las creencias son un rasgo particular de nuestra especie, como la masa encefálica o el pulgar oponible. Ir en contra de la religión sería, entonces, igual que ir en contra del bipedalismo o de la habilidad para cazar en grupo. Se hace evidente por tanto que el rechazo absoluto de la religión no tiene el menor sentido, y la mayoría de las veces provoca graves daños a toda la comunidad.

A los creyentes no les gusta que se les compare con otros rasgos adaptativos, pues estamos en cierta medida menospreciando el valor numinoso que ellos le dan a sus creencias. Pero es indudable que esa visión científica contribuye también a entender la religión y hace que la relación con ella sea más amigable.

El hombre es un ser vivo eminentemente gregario. Representamos al mamífero más exitoso de todos, y ello es debido en gran parte a que también somos el vertebrado más social de todos los que existen. Nuestra sociedad es infinitamente más compleja que la de cualquier insecto social.

Dentro de este escenario evolutivo, es importante tener en cuenta el papel crucial que juega la formación y consolidación de grupos. La defensa de las libertades individuales es una de las reivindicaciones máximas de la sociedad occidental. Sin embargo, no podemos obviar que estamos determinados, en la mayoría de los casos, por un comportamiento voluntario que nos lleva a buscar continuamente la compañía y la ayuda de los demás. Por eso es importante saber también por qué se constituyen los grupos y qué respaldo de legitimidad tienen.

Los grupos se caracterizan principalmente por dos cosas, por aquello que aspiran a ofrecer, y por aquellos a los que quieren implicar. Así, un grupo se puede basar en el ofrecimiento de un principio doctrinal que atienda a cierto aspecto importante de la realidad, o puede en cambio ofrecer un principio espurio, sustentado en una capacidad contingente apenas importante. A su vez, los grupos pueden querer imponer ese principio a todas las personas, o solo a una parte de ellas.

De todas las clases de movimientos sociales, la más peligrosa es el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad de la persona ciertamente particular (contingente): su condición de obrero. A esto se unía su intención de extender esa condición a cualquier ser humano. El peligro viene precisamente cuando pretendemos imponer una cualidad particular de manera general, como si fuera un principio absoluto. Y el peligro del marxismo vino cuando se quiso hacer del trabajador obrero una suerte de ejemplo para todos los ciudadanos, convirtiendo la sociedad entera en un campo de concentración y exterminio donde solo era posible existir si demostrabas afinidad con el tirano o si eras un jornalero harapiento.

En el otro lado del espectro tenemos al liberalismo clásico, el cual se basa en un principio de suyo universal: la individualidad y la acción libre de las personas, que también se trata de imponer a todos los niveles, para asegurar el respeto de tales libertades, y cumplir con ese precepto ecuménico. Pero ahora, como el principio es absolutamente cierto, y como la consigna que defiende no acarrea ningún tipo de caudillaje, su aplicación en este caso no puede ser más correcta.

Soy consciente de que muchos grupos sociales emergentes (casi todos) tienen en realidad un abolengo marxista claro, y buscan hacerse con el poder del Estado para dictaminar normas que obliguen a todos a seguir sus preceptos y sus leyes. Pero ello no quita para que existan algunos pocos grupos que no tengan esa intención.

Con la religión ocurre algo parecido. Si es el movimiento de un grupo de personas que meramente se limitan a adorar a determinado dios, sin pretensiones de otro tipo, no puede ser en absoluto perseguible, ni se debe querer que desaparezca. Ahora bien, si ese grupo de fieles aspira a tomar el Estado por asalto e implantar sus ideas en todo el territorio, se convierte sin duda en una nueva clase de marxismo cultural, y desde ese mismo momento debe ser perseguido y denunciado.

Por eso es que la religión como tal no puede ser nunca rechazada apelando exclusivamente a su condición de creencia, e incluso tiene que contemplarse con agrado y admiración, como una forma mas de adaptación biológica, y como aquel comportamiento que ha llevado a nuestro linaje a ser la especie más exitosa de todo el planeta. Si creemos en la prosperidad, el desarrollo, el futuro, la expansión y la existencia del individuo humano, tenemos a su vez que creer, no solo en la razón, sino también en los sentimientos, la religión y las creencias divinas. A algunos esto les parecerá un contrasentido. Pero eso es porque no entienden la etología del ser humano, siendo por ello incapaces de apreciar el papel evolutivo que desempeña la idea de Dios en el proceso general de la vida. La fe es sin duda uno de los rasgos que mejor definen el poder de abstracción, el carácter perseverante y la posición de dominio del que ya es por méritos propios el chimpancé más exitoso sobre la Tierra.

En definitiva, hay movimientos que luchan por un principio correcto y que buscan hacerlo extensible al mayor número de ciudadanos posible (por ejemplo, el liberalismo aspira a defender la individualidad y la acción libre de todas las personas). Otros en cambio elevan a la categoría de principio universal una causa particular suya, un falso principio, que carece de la suficiente importancia (por ejemplo, los animalistas). Los más peligrosos quieren imponernos esa banalidad a través de la política (por ejemplo, el marxismo cultural). Y hay un cuarto grupo de individuos que se unen para luchar por un principio que, aunque falso, tiene sin embargo una importancia social considerable. Este es el caso de la religión, que puede actuar como amalgama social, como núcleo de identificación, y como catalizador de los sentimientos y la ética de toda una colectividad.

Resumiendo mucho, tendríamos por tanto un solo principio correcto (universal) y muchos principios falsos (como dice Carlos Rodríguez Braun, solo hay una forma de hacer el bien pero muchas de hacer el mal). Y dentro de los principios falsos existirían aquellos que son realmente intrascendentes y aquellos que, aunque falsos, pueden jugar un importante papel social. Finalmente dentro de los principios intrascendentes debemos incluir también a los más peligrosos de todos, que son los que aspiran a imponer esa banalidad a través de la política y el Estado, haciendo que toda la sociedad se guíe por los remedios que propone una pandilla de inútiles (marxistas).

La religión no es peligrosa por sí misma. Igualmente, la ciencia no es siempre un pozo de sabiduría. No en vano, la ciencia (el cientismo y el exceso de la razón) le tomó el relevo al acabar la Edad Media y la superó con creces. Los crímenes que se cometieron en nombre de la fatal arrogancia (que exacerbaba la razón), no tienen parangón con las cacerías de brujas de los siglos previos. Ciencia y religión pueden derivar ambas en movimientos totalitarios, y lo que determina esa desvío no son las características implícitas en estas dos instituciones sociales, sino su radicalización y su convergencia con el ideario marxista y el totalitarismo de Estado.

Por tanto, la religión solo puede ser peligrosa en tanto en cuanto se convierta en una corriente de índole marxista. En cambio, si es un movimiento apolítico, personal, o privado, puede suponer una de las instituciones más importantes de la sociedad, sirviendo como rasgo adaptativo de nuestra especie, canalizando un sin fin de sueños y anhelos humanos, ofreciendo un sentido a la vida, y haciendo que las personas se esfuercen por mejorar y por vivir en paz con los demás.

Ha quedado demostrado por tanto que la religión puede y debe convivir con la ciencia, en las sociedades y en la mente de las personas. Y esto se puede afirmar aunque a continuación digamos que ambas son incompatibles cuando de lo que se trata es de determinar su lógica y su coherencia internas. Incompatibilidad y compatibilidad tienen distintos tratamientos dependiendo de a qué nos refiramos. El problema de la religión no se puede resolver con un simple bandazo.

Publicado en Artículos de sociología, MIS ARTÍCULOS | 2 comentarios

Filosofía, ciencia, evolución, economía: mis trabajos más académicos

Agrupo en esta entrada todas aquellas conferencias, entrevistas y artículos que giran en torno al concepto de transversalidad de la ciencia, y que son el resultado de una profunda convicción personal, la de que el conocimiento humano tiene una razón de ser principal: el ecumenismo filosófico y la integración de saberes, convencimiento que me ha llevado a emprender un camino en solitario que espero me conduzca a entender y sistematizar todas esas conexiones, con el máximo grado de coherencia posible.


1. CONFERENCIAS Y ENTREVISTAS

1.1. Principios científicos y filosóficos de la libertad humana

Entrevista previa:

Conferencia:

1.2. La Teoría del Todo de las ciencias humanas

Entrevista previa:

Conferencia:

1.3. Introducción a la sociobiología y la bioeconomía



2. ARTÍCULOS CIENTÍFICOS

2.1. La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca

http://www.procesosdemercado.com/pdf/2015-1/011%20NOTA%205%20primavera%202015.pdf

camino-soledad

Filosofía política: el camino metodológico que atraviesa todo el conocimiento

 

 

 

 

 

 

 

 

2.2. Sociobiología: una aproximación desde la Escuela Austriaca

http://www.procesosdemercado.com/wp-content/uploads/2018/04/2017_02_articulo3.pdf

Biología política: la naturaleza como fundamento de la organización humana

 

Publicado en MEDIOS | Deja un comentario

La vida de Brian: un clásico liberal

La vida de Brian (Life Of Brian, 1979) es el tercer largometraje del grupo de comedia inglés Monty Python. La vida de Brian fue un éxito de taquilla, logrando la cuarta mayor recaudación de cualquier película en el Reino Unido en 1979, y la más alta de cualquier película británica en los Estados Unidos ese mismo año. Trata la historia de un judío que nace el mismo día que Jesucristo y ya de adulto es varias veces confundido con él. Ficha técnica: Dirección de Terry Jones. Producción de John Goldstone George Harrison (productor ejecutivo). Guión de Graham Chapman John Cleese Terry Gilliam Eric Idle Terry Jones Michael Palin. Música de Geoffrey Burgon. Fotografía de Peter Biziou. Montaje de Julian Doyle. Protagonistas: John Cleese Graham Chapman Terry Gilliam Terry Jones Michael Palin Eric Idle Terence Bayley Sue Jones-Davies. Ver todos los créditos (IMDb). Datos y cifras País Reino Unido Año 1978. Género Comedia. Duración 94 minutos.

La vida de Brian es la única película de contenido sarcástico que gusta por igual a gente de derechas e izquierdas. Lo que no sabe ninguno de estos dos grupos es que ese gusto que comparten se debe a que el film critica en parte a ambos dos. Por un lado es una critica ácida a la religión tradicional. Pero también es una denuncia de esa otra forma de creencia (laica) que viene siempre a sustituir a la primera. A la derecha conservadora le gusta la crítica que hace de los abusos de la razón que comete la izquierda comunista. Y a la izquierda le agrada que se metan con la religión católica. Ninguno de ellos sabe que la película es en realidad una réplica liberal en toda regla. Los liberales somos los únicos críticos que denunciamos por igual todos los sofismas antirracionalistas, aquellos que campan a sus anchas tanto en la izquierda (cientista) como en la derecha (religiosa).

Publicado en MIS NOTAS | Deja un comentario

La dictadura de Hayek

“…estoy totalmente en contra de las dictaduras, como instituciones a largo plazo. Pero una dictadura puede ser un sistema necesario para un período de transición. A veces es necesario que un país tenga, por un tiempo, una u otra forma de poder dictatorial. Como usted comprenderá, es posible que un dictador pueda gobernar de manera liberal. Y también es posible para una democracia el gobernar con una total falta de liberalismo. Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un Gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente… Desafortunadamente, en estos tiempos las democracias están concediendo demasiado poder al Estado. Esta es la razón por la cual soy muy cuidadoso de distinguir entre ‘democracias limitadas’ y ‘democracias ilimitadas’. Y obviamente mi elección es por las democracias limitadas. En algunos países, las mayorías son capaces de convertirse en grupos discriminatorias que favorecen a ciertas personas en detrimento de otras. Para mí se trata de democracias ilimitadas. Por otro lado, la democracia limitada debe ser capaz de dar a los propios grupos de contribuyentes las mismas posibilidades que al resto” Friedrich Hayek, El Mercurio (12-4-1981).

El sistema óptimo de organización social solo puede ser una mezcla de dictadura y democracia (por ejemplo, una democracia liberal). Tiene que ser una dictadura respecto de aquellas normas básicas sin las cuales no se podría garantizar la permanencia en el tiempo de un sistema suficientemente libre y democrático, y tiene que ser una democracia respecto de aquellas otras cuestiones menores que afectan a la vida colectiva, las preferencias, y las decisiones mayoritarias que tienen que ser acordadas en común, mediante plebiscito, por el conjunto de los ciudadanos. En consecuencia, existen dictaduras (de libre mercado) que, por basarse en principios verdaderos, quedan más legitimadas que algunas democracias parlamentarias que optan por conculcar esos principios de rigor. Y por lo mismo, es indudable que también debe haber dictadores mejores y peores. La gradación existe a todos los niveles. Aquellos que dicen que todas las dictaduras son malas, porque solo las democracias son buenas, indirectamente también están asumiendo que todos los principios son iguales, y, en consecuencia, tienden a ningunear dichos principios e introducir todo tipo de arbitrismos legales, basándose en la decisión mayoritaria. En un sentido lato, la dictadura es un sistema que impide a una mayoría acceder al gobierno y cambiar las normas que establece de antemano una minoría. Eso, por sí mismo, no nos habla de la calidad de las leyes, sino solo de su mecanismo de implementación. Si esas normas son esencialmente correctas, la dictadura es el sistema que mejor puede garantizar esos aciertos a medio y largo plazo, y en circunstancias convulsas. En estos casos, el cómo importa menos que el qué. Cuando hablamos de cuestiones esenciales, es preferible fijarse en la certitud de la norma que intentar modificarla o corregirla mediante votación. Nunca nadie ha dado a elegir al pueblo las leyes de la física. Y lo mismo deberíamos hacer con algunas normas de la democracia. Lógicamente, no queremos decir que el cómo no importe nada: las dictaduras conllevan otros problemas de ordenación que concitan su condena inmediata y que tienen su raíz en el cómo y no en el qué. Y luego también hay dictaduras horrendas basadas en principios equivocados. Pero eso no quiere decir que tengamos que manifestar un rechazo absoluto hacia toda forma de poder autoritario. En términos relativos, una dictadura normativa puede ser incluso mejor que una democracia de mayorías. Esto es así porque al final es la calidad de las leyes, y no la forma de elegirlas, lo que más importa a la hora de crear un sistema social adecuado. Y no hay que tener miedo a decir esto: es la verdad, y la verdad no suele ser patrimonio de las mayorías. Cuando dices que todas las dictaduras son iguales, de inmediato recibes el aplauso cálido y complaciente que te brinda una masa ingente de opinadores. Queda muy bien, es un eslogan fácil. Pero hay que atreverse a decir la verdad.

Publicado en MIS AFORISMOS | 1 Comentario

El Juez Ricardo González: un llamamiento a la razón en medio del desierto

La sentencia particular con la que se ha desmarcado el Juez Ricardo González en el caso de La Manada, contradiciendo a las otras partes intervinientes, es un ejercicio jurídico impecable, pero también un grito en el desierto. Contrasta con el testimonio contradictorio de la víctima, con los malabares de la sentencia del tribunal, y por supuesto también con el sentir mayoritario que manifiesta la turba de feligreses que han asaltado las calles de las principales ciudades de España.

La sentencia judicial que han emitido los otros dos jueces es en sí misma un atentado contra la razón más básica, alentado desde las calles por una jauría compuesta por millones de personas disminuidas psíquicas, llevadas por la fe, que son incapaces de seguir una simple cadena lógica de razonamientos, reflejo de una sociedad irracional, beoda y desenfrenada. Al lado de esta masa amorfa de gente enloquecida y sedienta de sangre, el hecho sexual que se juzga en la sentencia parece más bien un acto cometido por una carmelita mojigata que lo que verdaderamente ha sido. La condena se ha basado en el único testimonio de la víctima, el cual se contradice desde el primer momento, cuando la afectada declara ante la policía que había sido obligada a caminar con los condenados, viéndose luego en las imágenes que no fue así. La parte mayoritaria del tribunal (que ha condenado a los acusados) hace verdaderas cabriolas para justificar sus argumentos, como cuando dice que la chica agarró el miembro de uno de los denunciados para no desequilibrarse. En los vídeos no se aprecia forzamiento alguno, todo lo contrario. Parece que la mujer se aferra a los acusados mientras les besa las partes pudendas, por atrás y por delante. Además, hay motivos sobrados para pensar que la víctima denunció la supuesta agresión impulsada por un prurito que no era el de hacer trascender la verdad, porque le robaron el móvil, porque podía verse expuesta al escarnio público cuando todos viesen las imágenes, porque la dejaron tirada en el portal, porque se le pasó el efecto del alcohol. Lógicamente, todas estas suposiciones tampoco prueban la inocencia de los acusados, pero valen por sí mismas para dudar de la narración de la denunciante y absolverlos de inmediato.

Pero no podemos pedir peras al Olmo. España es un erial de victimismo feminista y una pocilga de irracionalidad. La sociedad española es el vivo reflejo del mundo que nos ha tocado vivir, un mundo que solo ha podido avanzar en el último medio siglo a fuerza del trabajo acumulado que ha ido decantando un mínimo porcentaje de individuos ilustrados. La mayoría está tan alejada de la ciencia, la modernidad, la razón, y la coherencia como lo puede estar una lamprea.

Quienes denunciamos esta situación somos acusados de colaborar con los violadores. Mientras, aquellos que nos querrían quemar en la pira, se permiten el lujo de mirar para otro lado cada vez que sale de la cárcel un violador confeso, que al poco vuelve a cometer delito. Los que pedimos la prisión permanente revisable para estos casos extremos de violencia, somos a la vez condenados por aquellos mismos que dejan libres en las calles a auténticos criminales. Estas son las paradojas que tiene la vida. No es algo novedoso. Viene siendo así desde siempre.

Miguel Servet murió quemado en la hoguera a manos de una turba de ignorantes.  Uno tiene la impresión de que no han cambiado muchas cosas desde entonces. Los acusados de La Manada son unos imbéciles mayúsculos si los comparamos con el bueno de Miguel. Pero la parte acusatoria sigue siendo la misma: una manada de fieras apenas más inteligentes que una piedra, que conciben el linchamiento como la única forma legítima de impartir justicia, y que se creen más capacitados que los propios profesionales y testigos. Hoy en día, víctimas y victimarios se han igualado en una suerte de aquelarre general. Existe la sensación de que el mundo avanza cada vez mas rápido, pero parece que eso no es incompatible con el retroceso que sufre el común de los mortales dentro de su cabeza.

No entiendo qué diferencia fundamental hay entre una violación con violencia física y otra con prevalimiento. Lo esencial es el consentimiento y la penetración. Lo que se haga para acceder al cuerpo del otro es secundario. Y la diferencia de tantos años en la pena que se impone en unos y otros casos me parece una abominación. Si se demuestra que has violado a una mujer sin recurrir a la violencia física, la pena se reduce a la mitad. Y sin embargo, a la gente le basta con que la chica diga que la penetraron sin su consentimiento para exigir que la pena se duplique.

Hay algunas cosas en las leyes que me chirrían un poco. Pero no voy a pedir la cabeza de los jueces. Esa es la diferencia que me separa del estado medieval en el que ha caído media España.

No todas las violaciones utilizan la fuerza física como medio de coacción. Pero todas las sentencias tienen que demostrar que ha existido resistencia y forzamiento. Ahora bien, cualquier acceso carnal que no implique forzamiento físico es siempre muy difícil de demostrar. A una mujer le puede interesar practicar sexo con un hombre por muchos motivos, para conseguir otras cosas, y no sería la primera vez que ocurre. Entonces, podemos alegar que el hombre se prevale de esa situación de necesidad y ya tenemos la monstruosidad jurídica: nueve años de condena.

Si no se puede informar de la víctima, tampoco se puede saber si es o no una víctima real. Si la justicia no puede juzgar a las supuestas víctimas, estas dejan de ser supuestas y los juicios se convierten en una suerte de aquelarre moderno en el que solo cabe linchar de antemano a los acusados. El argumento principal que escucho estos días en muchos medios de comunicación afirma que no se puede juzgar el comportamiento o la psicología de la víctima en cuestión, y que esta no tiene necesidad de manifestar su negativa a mantener relaciones sexuales con un varón. Ahora bien, dado que la definición de violación implica necesariamente la falta de consentimiento expreso por parte de la víctima, lo que estos medios nos vienen a sugerir es que no podemos medir ese consentimiento, teniendo entonces que admitir cualquier acusación sobre violación que efectúe una mujer. En definitiva, tenemos que aceptar que todas las mujeres dicen la verdad sin poner en duda su palabra. Hemos llegado al núcleo central del feminismo hodierno: la mujer se ha convertido en la nueva vaca sagrada del hinduismo vaginal, un ser divino al que hay que adorar cada vez que un hombre necesite expiar sus pecados naturales, un demiurgo incuestionable con forma de víctima.

Pero la cosa no se queda aquí. A partir de la sentencia de La Manada, en España se puede condenar a un sospechoso con la única carga de prueba que ofrece el testimonio de la víctima, contradictorio, basado exclusivamente en una percepción subjetiva eventual, la cual, ya no es que no tenga que ser analizada, es que ni siquiera tiene que ser exteriorizada por la propia denunciante en el momento de cometerse el acto delictivo. No se juzgan pues los hechos materiales, se juzga el mundo interior de una persona, su percepción mutable, el abismo de su pensamiento, la emoción intangible. La mujer puede mantener relaciones normales con un hombre y al cabo de un rato sentir en su fuero interno que ha sido violada por él, y correr a la comandancia a presentar una denuncia. No hay hechos. No hay violación. Pero da igual. Todo depende del estado anímico y cambiante de una persona en particular. El relativismo y la irracionalidad acaban de entrar por la puerta grande en el atrio de la justicia.

La vara de medir subjetiva también hace su acto de presencia cuando se trata de juzgar un hecho moralmente repudiable. Me da la impresión de que los acusados no están siendo condenados por violar a una chica. A falta de pruebas, se apela principalmente a su carácter de depravados, a la banalización que hacen del sexo, o a su machismo aprendido. Se mezcla el acto a enjuiciar, objeto de delito, con todo tipo de consideraciones éticas, volviendo a los tiempos en los que el Estado español (franquista) publicaba bandos moralizadores al acercarse el verano, para conservar las buenas costumbres, propiciar la decencia, y prohibir los baños indecorosos.

En un juicio (científico) la deontología investigativa prima siempre sobre cualquier sentimiento particular. Para esa deontología solo cuentan los hechos probados. Se ha señalado que la mujer estaba atemorizada, con los ojos cerrados. Pero ella misma reconoce que no manifestó otra actitud que no fuera esa. Ahora bien, una mujer con los ojos cerrados no es una prueba legal (y tampoco legítima). No se puede juzgar la vida interior de una persona. Si los ojos cerrado valieran por si solos como indicio probatorio en un caso de violación, todos los varones adultos tendríamos que estar encarcelados mañana mismo.

Resulta asombrosa la falta de discernimiento que manifiesta la mayoría de la gente en este punto. Parecen mentes preformadas de adolescentes, incapaces de inducir un simple hecho a partir de otro. Es asombrosa la estampida de irracionalidad que ha desencadenado el proceso de La Manada. Nos ha devuelto a la realidad. Uno es más o menos consciente. Pero cuando se manifiesta con tanta claridad y en un número tan elevado parece que despiertas todavía más. De repente, te das cuenta que vives en una isla rodeada por un océano de amebas y tiburones. Y te invade una cierta sensación de vértigo, una duda existencial que crece dentro de ti devorándote las entrañas. El hombre no tiene salvación. Estamos condenados para toda la eternidad. Pero el infierno no es una catacumba de fuego. Es un pozo de estupidez sin fondo.

La justicia no es una ciencia exacta. Cualquier análisis social conlleva cierta incertidumbre inerradicable. Además, los hombres que se ponen las togas son seres humanos de carne y hueso que cometen errores. Existen imprecisiones, ambivalencias, zonas grises, hechos inverificables. Pero lo que si es completamente seguro es que, si dejamos la justicia en manos del populacho y la gente no profesional, todos esos errores e incertidumbres se van a multiplicar por un factor de mil. De hecho, millones de personas, periodistas, políticos, e incluso algunos abogados, ya están clamando para cambiar la legislación, introducir la perspectiva de género, y de ese modo dejar de juzgar las actitudes de la víctima y centrarse exclusivamente en el comportamiento de los agresores. Es decir, quieren dar la espalda a la realidad, al análisis de todas las partes, a la investigación científica. Quieren que una violación deje de depender del consentimiento y se juzgue en función de la visión sesgada que se tenga de una de las partes implicadas. Si la actitud de las mujeres no importa para determinar si un acto sexual es una violación, cualquier acto sexual puede considerarse una violación. Solo tiene que haber una denuncia.

La jauría feminazi que ha actuado de comparsa en el juicio de la Manada exige como primera medida para cambiar las leyes que se vulnere el que sin duda es el principio más fundamental del derecho: el onus probandi. No quieren que se valore el comportamiento de la víctima. Ahora bien,  si no se puede poner en duda la declaración de la parte acusatoria, no existe presunción de inocencia. Y si no existe presunción de inocencia tampoco hay juicio: no tiene sentido encausar a alguien que ya de antemano se considera culpable. ¿Cómo es posible que millones de personas en todo el país no vean este error fundamental y en cambio se alcen al unísono para exigir la supresión inmediata de una ley jurídica tan importante, origen de todas las demás? Pues es posible: vivimos una Edad Media permanente. A veces se cuestiona la forma que tiene la Tierra o el movimiento que realiza alrededor del Sol. Otras lo que se pone en duda es la presunción de inocencia de todos los ciudadanos. Ahora le ha tocado a las ciencias jurídicas. La inquisición no admite excepciones.

Enlace a un resumen de la sentencia del Juez Ricardo González:

View story at Medium.com

 

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | 2 comentarios

El caso de La Manada: una oportunidad para analizar la irracionalidad con la que piensa la mayoría de la gente

Los hechos acaecidos con motivo de la sentencia que dictaminó ayer el tribunal de Navarra que juzgaba a los miembros de La Manada por la supuesta violación múltiple de una mujer durante las fiestas de San Fermín de 2016, han levantado polvaredas de indignación a lo largo y ancho de todo el país. Pero el caso también levanta una larga sombra de sospecha que pone en duda las capacidades reales que tendría la mayoría de la gente para razonar con coherencia y hacer juicios de valor sin involucrar a los sentimientos y atendiendo única y exclusivamente a la realidad.

Los hechos son los hechos y el caso en cuestión no tiene vuelta de hoja. Desde un punto de vista estrictamente científico, está bastante claro. Esto nos permite analizar también las torpezas que comete el ser humano cuando se dispone a valorar un acontecimiento sin asegurarse antes las herramientas necesarias. En aras de alcanzar una mayor objetividad, sugiero que nos detengamos a analizar los siguientes puntos:

1. La diferenciación clave entre una violación condenable y una relación sexual normal debería ser el grado de consentimiento que evidencian todos sus participantes. Una violación o un abuso requieren para darse de la inexistencia de consentimiento.

2. Si no hay consentimiento, la diferenciación entre una violación y un abuso sexual debería centrar la atención en el grado de daño o forzamiento que se utiliza contra la víctima. Un acto consumado es violación. Un simple tocamiento es abuso.

3. La víctima ha declarado en todo momento que no sintió dolor alguno y que lo único que manifestaba era el sentimiento profundo que le llevaba a desear que todo acabara rápido. Por eso mantuvo los ojos cerrados. Desgraciadamente, los sentimientos internos de la victima no son susceptibles de ser analizados en un juicio. Una mujer con los ojos cerrados y rodeada de hombres no es un hecho demostrativo que valga para probar la falta de consentimiento. Por tanto no se puede demostrar ni la violación ni el abuso. La mujer puede estar paralizada por el miedo o puede estar disfrutando de la relación. No hay manera de saberlo.

4. Las dudas razonables que plantea la sentencia contra La Manada son completamente legítimas. Por supuesto, dicha sentencia no es indicativo de una actitud machista por parte del tribunal. El órgano decisor se limita a poner en duda las pruebas que se le han presentado, pero lo que no hace en ningún caso es apoyar el sometimiento de las mujeres hacia los hombres. Por tanto no estamos hablando de machismo, como dicen muchos.

5. No se puede afear la actitud del tribunal cuando ni siquiera se ha leído la sentencia, y sobre todo si no se ha podido ver el vídeo de los hechos.

6. Es una posibilidad real que la mujer, temiendo la difusión que se pudiera hacer de las imágenes grabadas durante el acto, o por simple arrepentimiento, o por lucro, decidiera conscientemente o a través del autoengaño, denunciar a los chicos para aparecer como víctima.

7. Se debe admitir una cierta incapacidad real para determinar si un acto es o no violación, lo cual va a provocar sin duda una grave injusticia en aquellos casos en los que una mujer violada queda paralizada y no puede demostrar que no había consentimiento, ni condenar a sus agresores directos. Pero esta injusticia insalvable no puede justificar a su vez la introducción en las leyes de otra injusticia mucho mayor: la condena de personas inocentes que, ante la acusación falsa de violación, no puedan demostrar tampoco que la mujer estaba disfrutando y no se encontraba paralizada. En ciencia hay que admitir los límites cognoscitivos y las ambigüedades reales, a pesar de las injusticias constitutivas o los conflictos de conciencia que puedan traer aparejadas dichas limitaciones, y no se deben intentar reparar con afirmaciones teológicas que lo único que hacen es poner parches y proponer soluciones falsas mucho peores.

8. Si la sentencia llega a la conclusión de que no se puede demostrar si hubo falta de consentimiento y tampoco agresión, y si eso es lo que tira abajo la acusación de violación, por lógica pura la misma imposibilidad de demostrar tales comportamientos debería tumbar también la acusación de abuso, por mucho prevalimiento que se pueda suponer. Por tanto, bajo este prisma sentencia se queda sin fundamento alguno, y lo correcto sería absolver a los acusados. Ese es el único camino razonable cuando no hay forma de demostrar la falta de consentimiento.

La dama de la Justicia ha sido a menudo dibujada y esculpida con los ojos vendados. La venda en los ojos representa la fe en una justicia impuesta objetivamente, sin miedo ni favoritismos, independientemente de la identidad, el dinero, el poder o la debilidad de las partes. La justicia es ciega y se presupone imparcial. Pero para las masas aborregadas que hoy salen a las calles a vociferar en contra de la sentencia, y para muchos medios de comunicación y periodistas a sueldo, la demostración objetiva de un hecho consiste en interpelar al abogado de la defensa exigiendo que les diga si tiene hijas, y cuando reciben una contestación afirmativa preguntarle si actuaría igual en el caso de que su hija fuera la víctima. Está claro que algunos no entienden eso de que la justicia tiene que ser imparcial y por tanto tampoco puede ponerse en el lugar de un padre o una madre desolados. ¿Cabe mayor demostración de irracionalidad? No lo creo. Los maestros de ceremonias en estos aquelarres públicos son los mismos que antiguamente quemaban a niñas en la plaza del pueblo bajo la acusación de brujería. Hoy en día se han intercambiado los roles, y son las brujas las que querrían ahorcar a cualquier hombre que reciba una denuncia de una mujer, sin importarles la presunción de inocencia, la justicia, la objetividad o la verdad.

En definitiva, hay muchos puntos de irracionalidad en este caso:

Por parte del populacho: no fijarse en el hecho diferenciador, el consentimiento; no distinguir el abuso de la violación; no distinguir la certeza absoluta de la incapacidad para probar un hecho determinado; hacer valoraciones despreciando al mismo tiempo las pruebas más importantes, el vídeo, la sentencia, los testimonios.

Por parte del tribunal: tirar por el camino de en medio y dejarse influenciar por la opinión pública. O es violación o no lo es. Lo que no puede ser es un abuso. Si hay penetración múltiple y no hay consentimiento es violación. Si hay penetración múltiple y hay consentimiento no es violación. Si no se puede dirimir el consentimiento, ante la duda, los acusados tienen que quedar absueltos.

Por parte de la ley: no identificar el hecho diferenciador más importante en estos casos, que no es otro que el consentimiento de la supuesta víctima, tratando la penetración unas veces como violación y otras como delito de abuso. Si no hay consentimiento, la penetración siempre debería ser violación.

Si el derecho fuera tratado con el mismo rigor y escrúpulo que utilizan los científicos para valorar sus investigaciones académicas, el caso estaría listo para sentencia, y la polémica social no tendría sentido. Como la sociedad es un saco de nervios y de tripas, y la razón campa siempre por su ausencia, la polémica está a la orden del día. Vienen malos tiempos para la justicia.

Millones de personas, periodistas, políticos, e incluso algunos abogados, están aprovechando esta causa para proponer un  cambio aberrante en la legislación española: dicen que quieren introducir “la perspectiva de genero” ¿En que se traduce esto? Según nos cuentan, lo que hay que hacer es dejar de juzgar las actitudes de la victima y centrarse exclusivamente en el comportamiento de los agresores. Es decir, quieren dar la espalda a la realidad, al análisis de todas las partes, a la investigación científica. Quieren que una violación deje de depender del consentimiento y se juzgue en función de la visión sesgada que se tenga de una de las partes implicadas. Si la actitud de las mujeres no importa para determinar si un acto sexual es violación, cualquier acto sexual puede considerarse una violación ¿Cómo es posible que millones de personas no se percaten de esta falacia? El mundo es un erial baldío lleno de cerebros atrofiados.

El voto particular (absolutorio) de uno de los magistrados es el único ejercicio de derecho impecable que podemos rescatar. Lo único que merece la pena de todo el juicio. Su declaración se centra en la importancia del consentimiento y no en lo reprobables que son las prácticas sexuales. Garantiza la presunción de inocencia. No condena a los sospechosos por unos hechos que la parte acusatoria jamás ha tenido en cuenta. No basa la sentencia en el único testimonio de la víctima (que además es contradictorio). Imaginen si todos los juicios dependieran solo del testimonio de la víctima. Cualquiera podría acusar a cualquiera y salir airoso. Esto sería la selva (tal vez ya lo sea). Lo que debería producirnos repugnancia no es una relación sexual múltiple con una mujer joven. Lo verdaderamente asqueroso es la mentalidad anticientífica que padece el español medio, su incapacidad para hacer un juicio racional con un mínimo de coherencia, su falta de seriedad y madurez intelectual, su animalidad. Vemos el pasado salvaje como algo que es mejor olvidar. Pero continuamos haciendo sacrificios a nuestra manera. Reclamamos una justicia popular, queremos volver a linchar a los sospechosos en las calles y las plazas, como hacían antaño los hombres, y como hacen ahora los bárbaros islamistas del ISIS. Queremos arrebatar las togas a los verdaderos profesionales, para dárselas a la verdadera manada, el populacho imberbe y amateur. Queremos anteponer la ignorancia al estudio meticuloso, las prisas mediáticas a la reflexión meditada. Pero lo peor de todo es que, de los tres jueces, dos de ellos hayan cedido al chantaje que le ha tendido la masa aborregada de gente incultura. El resultado es una sentencia construida ad hoc  para aplacar la ira de los manifestantes y condenar a los acusados al máximo número de años sin poner en grave riesgo el prestigio de la magistratura, una sentencia que no se sostiene por ningún lado, que tira por el camino de en medio (el abuso sexual), y para la que preveo una muerte rápida, si la justicia acaba funcionando de verdad.

Postdata: durante todo el artículo hemos supuesto que la victima permanecía pasiva con los ojos cerrados. Esta actitud ya vale para absolver a los acusados. No obstante, existen indicios de un comportamiento proactivo que inclinaría todavía más la balanza en favor de dicha absolución. Vayamos a las fuentes:

Página 63 de la sentencia: “En el intervalo comprendido entre los segundos 00:16 a 00:22, se continúan escuchando gemidos y jadeos , de origen y contenido inespecífico así como un registro de voz de un varón que mantiene un breve dialogo, de un contenido semejante a : “¿Quieres que te la meta?, – “Sí”. – “pal fondo, vale.”

Página 246 de la sentencia: “Por el contrario, a mi juicio, en las imágenes quedan evidenciados movimientos proactivos incompatibles con la “noreacción” que se afirma y que sugieren una participación voluntaria por su parte. Ello resulta especialmente gráfico en el vídeo IMG7408 que recoge claramente el gesto de la mujer tomando en su mano el pene de uno de los varones y realizando movimientos masturbatorios sobre el mismo y esto, no durante los dos segundos que se afirman por la sala mayoritaria, sino durante toda la secuencia que recoge el vídeo y prácticamente desde el inicio de la grabación; en el vídeo IMG7409 es claramente perceptible el movimiento de ella al acomodar su postura cuando uno de los varones se acerca por detrás en lo que parece el inicio de una posible penetración; el movimiento sincrónico entre varón y mujer en el vídeo IMG7410 resulta de igual modo evidente. La imagen, coincidente en ambas, que recogen las fotografías IMG7413 e IMG7414, es inconcebible sin una aceptación y “proacción” de la mujer. En varios momentos, además, se escuchan sonidos de voz femenina que pueden describirse como gemidos o jadeos de carácter sexual. A este respecto y considerando que, de forma reiterada, firme y persistente a lo largo de todo su relato, tanto en comisaría, como en su declaración judicial y repetidamente en su declaración en juicio, se ha mantenido por la denunciante que no sintió ningún dolor en ningún momento, han de atribuirse a los sonidos propios de la relación sexual que se mantenía cuando se escuchan, y que, por otro lado, es lo que sugieren cuando se oyen.”

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

Sociobiología: una aproximación desde la Escuela Austriaca

“Sociobiología: una aproximacion desde la Escuela Austriaca” es un artículo publicado por Eladio García García en el vol. 14, No. 2 (2017), artículo 3, de la revista Procesos de Mercado, co-editada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Unión Editorial.

PDF: http://www.procesosdemercado.com/pdf/2015-1/011%20NOTA%205%20primavera%202015.pdf

Revista: http://www.procesosdemercado.com/vol-xiv-no2-2017/


La revista Procesos de Mercado publica en su último número un artículo mío titulado “Sociobiología, una aproximación desde la escuela austriaca”. Dicho opúsculo viene a cubrir un campo del conocimiento que creo no  ha tenido la suficiente repercusión ni la atención que se merece. La escuela austriaca es una corriente económica interdisciplinar, que se caracteriza por abordar, con una perspectiva global, todos aquellos asuntos que están relacionados con la organización política y económica de una sociedad compleja. Por ende, es la única agencia que se encuentra capacitada para construir un proyecto académico sólido, de grandes proporciones, que sistematice todo el conocimiento que tenemos del hombre y que lo fundamente en principios de la naturaleza mucho más generales. Diversos han sido los éxitos que ya ha cosechado esta escuela en el ámbito de la filosofía política y la metodología económica, pero queda todavía un largo camino que recorrer para hacer lo mismo con el segundo paradigma multidisciplinar más importante: la biología política y la bioeconomía.

Hace años conocí de casualidad (a una edad en la que todavía uno puede permitirse el lujo de planificar y reconducir su vida) el engranaje principal del cual brotan todas las respuestas honestas que el hombre es capaz de darse cuando indaga en la realidad que le rodea. Aquella integridad de pensamiento me cambió la vida. El estatuto de la ciencia solo tiene un sentido normativo práctico, coordinar y dirigir las acciones de las personas para que estas consigan unir de forma coherente todo el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos. Apreciamos la verdad en la medida en que logramos unificar dos hechos fraccionados que, a priori, no parecen tener ninguna relación razonable. La ciencia es generalización y la generalización encuentra su máxima expresión en esa cualidad de ser interdisciplinario que involucra a tantas asignaturas intelectuales como sea posible. De este modo, cuanto más generales son esas disciplinas, y más alejados están sus campos de acción, más general será también el resultado que obtenemos al tratar de combinarlas. En este sentido, podemos decir que solo existen tres materias troncales que vienen a cubrir todo el espectro de conocimientos: la filosofía general, las ciencias naturales y las ciencias sociales. Esto me ha llevado a considerar también dos ámbitos interdisciplinarios principales, la filosofía política, que intenta integrar la metafísica y las ciencias sociales (uniendo los dos extremos mas alejados del conocimiento), y la biología política o bioeconomía, que hace lo propio con las ciencias naturales y las ciencias humanas.

En 2015 la Revista Procesos de Mercado tuvo la consideración de publicar un artículo mío que giraba en torno a esa primera relación fundamental, el vínculo que se crea entre la filosofía y la sociología o la economía (https://elreplicadorliberal.com/2017/07/17/la-libertad-individual-objetivo-y-metodologia-de-la-escuela-austriaca-de-economia-2/). Ahora, en el último número, publica lo que yo considero que es la segunda parte de mi proyecto (vital): un estudio propedéutico que aspira a reformular la sociobiología tradicional por medio del análisis de algunas cuestiones relativas a la otra asociación importante que aquí hemos mencionado, aquella que trata de unir las ciencias naturales con las ciencias sociales, y, en particular, las dos ramas más significativas que destacan dentro de cada una de ellas: la biología y la economía. En ambos casos mi guía principal siempre ha sido la escuela austriaca. No he encontrado otro marco más apropiado.

Solo quiero mostrar mi agradecimiento a la revista, a sus directores y revisores, así como también a todas aquellas personas que a lo largo de estos años me han animado y han permitido que me expresara y que intentara, con menor o mayor fortuna, aportar mi pequeño granito de arena a la que sin duda es la obra más importante que acomete el hombre como individuo y como especie, una obra que si tuviéramos que definir diríamos que busca conocer la verdad por medio del apoyo que supone el principio de honradez que marca las decisiones que llevan a los seres humanos a abrazar la ciencia y el progreso, y abandonar definitivamente las comodidades que ofrecen las mentiras agradables, los lugares comunes, y la indiferencia ante la vida.


Fecha de recepción: 8 de junio de 2017.

Fecha de aceptación: 7 de octubre de 2017.

Resumen: En este trabajo se aborda el estudio de la economía desde el punto de vista de sus fundamentos básicos, tratando algunos aspectos de especial importancia, con independencia del contexto social, y con la intención clara de establecer un armazón interdisciplinar suficientemente fuerte, que utilice la analogía biológica y la metodología científica como principales herramientas de investigación, para tratar los asuntos sociales. Concretamente, se valoran dos predicados teóricos: la función empresarial (perteneciente al ámbito de la microeconomía) y la ley de la ventaja comparativa (relacionada en mayor medida con la teoría macroeconómica), y se intentan relacionar, respectiva- mente, con la función enzimática y la teoría simpátrica de la evolución, ambas pertenecientes en este caso al ámbito más extenso de las ciencias naturales. Para ello, se realiza una clasificación gnoseológica nueva, que pretende ordenar las distintas disciplinas dentro de unos márgenes lógicos apropiados, los cuales habrán de servirnos como nexo de unión y eje vertebrador de todo el discurso, favoreciendo su segmentación y fundamentación, y permitiendo al mismo tiempo la articulación de un estudio comparativo que tenga como finalidad cotejar algunas teorías y enunciados de la biología con aquellos correlatos sociológicos que gobiernan las relaciones humanas, el mercado libre y las disciplinas económicas. Finalmente, también se utilizan las leyes de la eficiencia dinámica y de la división del trabajo como principales constructos económicos, con la intención de demostrar el fuerte arraigo que tienen éstas teorías en la biología y la metodología más básicas, y con el objetivo último de entender la importancia que ambas adquieren en el contexto de una sociedad moderna, para impulsar la generación de bienes económicos, y para promover la creatividad empresarial, la especialización laboral y la expansión del conocimiento.

Abstract: This paper deals with the study of economics from the point of view of its basic foundations, analyzing some aspects of special importance, inde- pendently of the social context, and with the clear intention of establishing a suf- ficiently strong interdisciplinary framework, using the biological analogy and scientific methodology as main research tools, to address social issues. Specifi- cally, two theoretical predicates are valued: the business function (belonging to the field of microeconomics) and the law of comparative advantage (more closely related to macroeconomic theory), and they try to relate, respectively, to enzymatic function and sympatric theory of evolution, both belonging in this case to the most extensive field of natural sciences. For this, a new gnoseologi- cal classification is made, which intends to order the different disciplines within appropriate logical margins, which will serve as a union link and the backbone of the whole discourse, favoring its segmentation and foundation, and allowing it time the articulation of a comparative study whose purpose is to compare some theories and statements of biology with those sociological correlates that govern human relations, the free market and economic disciplines. Finally, the laws of dynamic efficiency and the division of labor are also used as main eco- nomic constructs, with the intention of demonstrating the strong roots of these theories in the most basic biology and methodology, and with the ultimate goal of understanding the importance that both acquire in the context of a modern society, to promote the generation of economic goods, and to promote business creativity, labor specialization and the expansion of knowledge.

Keywords: systems theory, sociobiology, economics, business function, enzy- matic function, comparative advantage, sympatry.

Clasificación JEL: A-12, A-13, B-52, B-53, D-21, D-51, E-23, F-43, L-26.


I OBJETIVOS BÁSICOS

1.    La función de la ciencia

El objetivo principal de este trabajo de investigación aspira a desarrollar una fundamentación económica basada en el uso y manejo de algunas nociones y teorías pertenecientes al ámbito de la biología. La convicción que sustenta este proyecto se basa en un hecho gnoseológico que viene avalado por la propia historia. Las ciencias básicas, y los conocimientos que de ellas se derivan, siempre progresan ampliando su campo de comprensión a través de dos procesos inversos (aunque claramente complementarios): una fragmentación o especialización, y una unificación o generalización. Todas las ciencias se construyen atendiendo en mayor o menor medida a estas dos maneras principales de tratar la información. A medida que se analiza un mayor número de fenómenos, los investigadores tienden a especializarse en algún campo en particular, de los muchos que van emergiendo del proceso intelectivo. Pero, por otra parte, también se ven obligados a reparar en aquellas cuestiones de orden superior que aglutinan sus conclusiones y que se inscriben necesariamente dentro de una teoría más general (con mayor grado de universalidad), la cual, a medida que crece, está obligada a ampliar su marco de explicación para integrar un número cada vez más grande de disciplinas y contenidos.

En este sentido, la fundamentación económica que se lleva a cabo aquí utiliza algunos conceptos básicos extraídos de la biología mole- cular o la genética de poblaciones, con la intención firme de dirigir sus propias investigaciones en el ámbito de la sociedad, para decan- tar y asentar un conocimiento más general, todo lo cual supone un paso muy importante en ese camino de integración que acabamos de subrayar. No en vano, la ciencia económica tiene por objeto estu- diar unos fenómenos sociales que son, en última instancia, una pequeña porción del abanico de hechos naturales que estudia la ciencia biológica. Por tanto, los principios de ésta última no pueden entrar nunca en contradicción con los postulados de aquella, e incluso, la mayoría de las veces deberían servir para explicarlos.

Por consiguiente, el proyecto investigativo que aquí se expone responde a la más elevada de todas las ortodoxias intelectuales, la cual forma parte del carácter esencial y el objeto programático y metodológico que tiene cualquier disciplina científica, que no es otro que el de aspirar a encontrar soluciones que ayuden a elaborar un conocimiento más general, el cual con toda seguridad tendrá que acabar rebasando el borde de la materia concreta, y derra- marse por las que estén en su base.

2.    La teoría general de sistemas

La tesis que vamos a defender en este trabajo queda suficiente- mente legitimada gracias a todos aquellos antecedentes históricos y al estado actual que ostentan dos de los principales constructos teóricos del siglo XX: la teoría general de sistemas y la disciplina de la sociobiología. Analizaremos ahora la primera de estas teorías, y dejaremos para más adelante (en el siguiente epígrafe) el estudio de la segunda.

La teoría general de sistemas fue inicialmente propuesta y desa- rrollada por Ludwig von Bertalanffy, y expuesta en su libro del mismo título. En palabras del propio autor:

«…hoy en día estos problemas (y otros) los están resolviendo la teoría diná- mica de los sistemas y la teoría del control. El isomorfismo entre leyes es presentado mediante ejemplos elegidos con ilustraciones intencionalmente sencillas, pero otro tanto es aplicable a casos más enrevesados, que andan lejos de ser matemáticamente triviales. Es así un hecho notable que sistemas biológicos tan diversos como el sistema nervioso central y la trama de regu- lación bioquímica en la célula resulten estrictamente análogos, lo cual se hace aún más significativo cuando se aprecia que esta analogía entre dife- rentes sistemas en diferentes niveles de organización biológica no es sino un miembro de una vasta clase de analogías» (Bertalanffy, 1976: XII).

Actualmente, la teoría general de sistemas se ha convertido, en opinión de Bertalanffy, en una disciplina madura:

«…una disciplina reconocida, objeto de cursos universitarios, textos, com- pilaciones, revistas, reuniones, grupos de trabajo, centros y demás accou- trements de un campo de enseñanza e investigación universitarias» (Bertalanffy, 1976: XI).

Creemos por tanto que ya ha llegado el momento de aplicar dicha teoría al objeto de comprender también las principales cues- tiones económicas que afectan al hombre, esto es, sus relaciones de intercambio, sus modos de producción, o su sistema político. De este debate deberán surgir las claves que permitan explicar la pros- peridad y la capacidad de innovación de una sociedad moderna en permanente cambio.

La función principal de la teoría de sistemas es analizar las fuerzas físicas y los procesos estructurales que están en el origen de cualquier organización natural, e ir identificando las leyes gene- rales que gobiernan esas estructuras complejas a distintos niveles, del mismo modo por ejemplo que Newton utiliza la fuerza de la gravedad para describir la caída de las manzanas o el movimiento de los planetas, entendiendo de ese modo el principio de ordena- ción que rige en toda la organización jerárquica.

Corresponde por tanto a la teoría de sistemas favorecer, en la medida de lo posible, la articulación de todas aquellas operaciones de transposición que permitan aplicar los conceptos tratados en distintas áreas del pensamiento, exactamente como hacen todos los científicos cuando buscan comparar y relacionar dos hechos aparentemente inconexos, al objeto de ampliar el marco de genera- lización de sus hipótesis de partida. Bertalanffy emplea la palabra isomorfismo para designar este tipo de operaciones. El neologismo se ajusta bastante bien a ese nuevo ámbito de estudio que son los sistemas. Pero en cualquier caso, el método que utiliza no se dife- rencia en lo esencial de aquellos otros que emplea la ciencia en todas sus investigaciones.

Por transposición isomórfica entendemos la comparación de dos hechos naturales al objeto de hallar un principio de ordena- ción subyacente, y la correspondiente relación que queda expre- sada en la forma de una teoría nueva más general. En nuestro caso vamos a utilizar el concepto de isomorfismo que propone Bertalanffy, suficientemente acreditado a lo largo de todos estos años, para parangonar algunas teorías de la biología y la econo- mía, siendo una de tales comparaciones aquella que haremos entre la función enzimática de una célula y la función empresarial del mercado.

La transposición isomórfica es también la principal operación gnoseológica que lleva a cabo la sociobiología. No en vano, su función consiste en relacionar todos los sistemas biológicos, con  el objetivo último de compararlos y asimilarlos a los sistemas sociales.

En este sentido, la propuesta principal que plantea este trabajo consiste en tomar al proceso biológico de la replicación como el isomorfismo más fundamental de todos, aquel mecanismo físico de organización que permite entender las causas básicas que están detrás del origen y evolución de toda la vida, y también de la cul- tura humana. Sobre todo, intentaremos aclarar las relaciones que existen entre la función enzimática de la biología y la función empresarial de la economía, y cómo estos dos procesos constitu- yen en último lugar dos claros ejemplos de replicación. Ya nos dice Bertalanffy que el sistema nervioso central y la trama de regula- ción bioquímica de la célula son sistemas estrictamente análogos. Pero en lo que nunca reparó fue en esa comparativa entre el cere- bro y los genes que ofrece la posibilidad de analizar el isomor- fismo más trascendental de todos: el proceso replicativo.

Una vez que entendamos y caractericemos este isomorfismo principal: la replicación, habremos conseguido identificar las cau- sas últimas que dan origen a toda la vida y la evolución. En gene- ral, podremos hallar las claves que determinan la producción o generación de complejidad. Y lo que es más interesante, seremos capaces de comprender los principales aspectos que impulsan la generación de bienes económicos y culturales cada vez más abundantes y diversos.

Posteriormente, este trabajo también se podrá extender al resto de analogías o isomorfismos naturales, aquellos que se requieren para completar la comparativa que relaciona todos los procesos de producción, económicos y biológicos. Precisamente, ese análisis completo de la naturaleza es lo que nos va a permitir abarcar el estudio de todos los mecanismos de homeostasis que aportan esta- bilidad a la mayoría de sistemas cibernéticos que integran la vida. El estudio de cualquier proceso físico debe empezar por analizar su modo particular de organización. Y esto es más cierto cuanto más complejo es el sistema en cuestión. La complejidad de la materia empieza a incrementarse (y adquiere mayores dimensiones) con el origen de la vida. Ese origen solo tiene una causa principal: la replicación molecular. Por tanto, la teoría general de sistemas, o teoría de la complejidad, deberá empezar resolviendo un problema cardinal: el criterio de demarcación que permite conocer los meca- nismos que dan origen a los seres vivos y que ponen en marcha el proceso de multiplicación genética. La solución a este problema nos tendrá que conducir a conocer también la causa general que está detrás del funcionamiento y evolución de todos los sistemas complejos, incluidas las sociedades humanas.

3.    La sociobiología a revisión

La economía es con seguridad una de las ramas del conocimiento que más corrientes de pensamiento y más especialidades ha gene- rado a lo largo de la historia moderna. Puede que esto se deba en parte al interés real que suscita dicha disciplina, unido también a su enorme complejidad. Para empezar, existen dos tipos de econo- mía básicos: economía ortodoxa o neoclásica (basada en la raciona- lidad, el equilibrio, el keynesianismo y el empirismo científico) y economía heterodoxa, dentro de la cual podemos distinguir a su vez otras dos clases: economía especialista, que concentra su aten- ción en el análisis de algún tema o aspecto económico muy con- creto (por ejemplo Neuroeconomía, Socioeconomía, Economía Institucional), y economía generalista, que busca por el contrario una aplicación más interdisciplinar. Aquí tenemos por un lado a la Escuela austriaca, que aplica la filosofía y la metodología al estu- dio de la economía; por otro a la Termoeconomía, que aplica la física a los mismos asuntos; y finalmente a la Bioeconomía, que uti- liza la biología. El programa de investigación de este artículo se enmarca dentro de esta última rama.

Por consiguiente, corresponde a este trabajo restringir el uso de la teoría general de sistemas a aquellas áreas de investigación que aspiren a cimentar la economía en algunos principios más esencia- les relativos a la biología. Para ello, es preciso que acudamos al encuentro de una nueva disciplina científica: la sociobiología. Por suerte, también constatamos aquí un importante desarrollo en los últimos años, crecimiento que ha permitido a la sociobiología ele- varse a la categoría de ciencia académica en solo unas décadas.

La sociobiología es la rama de la biología que aborda el estu- dio de las sociedades animales, y dado que el hombre es el animal que ha dado lugar a la sociedad más compleja y exitosa de todas, la sociobiología ha jugado tradicionalmente el papel de nexo de unión entre las ciencias biológicas y las ciencias humanas. Concretamente, supone un intento de aplicar los conceptos de la selección natural, la biología evolutiva o la ecología de poblaciones, al estudio de la conducta social de los homínidos actuales. En realidad, puede considerarse una forma correcta de darwinismo social.

La definición tradicional que se suele atribuir a la sociobiología ubica a esta disciplina dentro de aquella parte de la sociología que aborda el análisis de los aspectos biológicos que afectan o determi- nan el comportamiento social. Habitualmente, se han venido estu- diando solo algunas características de la conducta humana, relacionándolas con el comportamiento general que los etólogos observan en ciertos animales gregarios. Pero en sentido amplio, podemos considerar que la sociobiología estudia cualquier aspecto biológico (función, estructura, mecanismo) que nos sirva para analizar el comportamiento humano en sociedad.

Dentro de la sociobiología podemos distinguir a su vez varias áreas diferentes. Pero quizás, la más importante sea la que aquí designamos como bioeconomía. Veamos más en detalle cómo se define y cómo se articula esta nueva rama del conocimiento.

El objetivo principal de la sociobiología es el estudio de la organización social. Y el fenómeno clave en toda organización social es la relación de interacción que establecen los distintos elementos que componen el sistema, sin la cual éste no podría existir. De igual modo, el principal motivo de estudio de la quí- mica es el enlace químico que mantiene unidas a las moléculas, sin el cual tampoco ésta ciencia tendría el menor sentido. En el caso de las sociedades humanas, ese enlace o relación fundamental queda constituido por el proceso de producción y el intercambio económico. Ese es el principal motivo de que la economía sea considerada por muchos como la reina indiscutible de las ciencias sociales (no en vano, su análisis aborda el fenómeno que determina la unión y agregación de todas las partes del sistema). Y también es el motivo que nos lleva a proponer aquí a la bioeconomía como su más digna representante, ya que gracias a ella podemos estudiar el proceso de la producción y el intercambio utilizando un enfoque todavía más fundamental, basado en la biología.

Uno de los principales padres fundadores y exponentes de la sociobiología es el entomólogo estadounidense Edward O. Wilson. Acudamos por tanto a las explicaciones que nos ofrece este autor, relativas a las cuestiones que aquí incluimos dentro de la bioecono- mía. Wilson empieza planteando un defecto básico de las econo- mías tradicionales:

«En la ciencia económica…, la traducción del comportamiento individual al colectivo es el problema analítico clave. Pero en estas disciplinas rara- mente se considera la naturaleza exacta y las fuentes del comportamiento individual… Los modelos más avanzados de micro y macroeconomía están en el buen camino. Pero los teóricos se han puesto a sí mismos impe- dimentos innecesarios al cerrar su teoría a la biología y a la psicología serias, que comprenden principios obtenidos de la descripción atenta, de la experimentación y del análisis estadístico. Lo han hecho, según creo, para evitar quedar enmarañados en las formidables complejidades de estas ciencias fundamentales… Las teorías económicas pretenden asimismo crear modelos que tengan una aplicación lo más general posible, con los que suelen pergeñar abstracciones tan extremas que representan poco más que ejercicios de matemática aplicada… sus modelos contienen elegantes representaciones gráficas y soluciones analíticas a problemas teóricos de equilibrios. Pero, visto a través de los principios establecidos de las ciencias del comportamiento, son simplistas y con frecuencia engañosos» (Wilson, 1999: p. 297).

La solución que Wilson propone a continuación es la siguiente:

«Instilar psicología y biología en la teoría económica y demás teorías sociales, lo que sólo puede suponer ventajas para ellas, significa desmenu- zar y examinar microscópicamente los delicados conceptos de utilidad, preguntando por qué la gente se inclina en último término hacia determi- nadas elecciones y, al hallarse así predispuesta, por qué y bajo qué cir- cunstancias actúa sobre ellas. Más allá de esta tarea se encuentra el problema de la micro a la macroeconomía, el conjunto de procesos por los que la masa de decisiones individuales se traducen en pautas sociales» (Wilson, 1999: p. 300).

Con todo, podemos decir que Wilson acierta de pleno a la hora de plantear el problema básico, pero se equivoca en las soluciones que propone. Un poco más adelante insiste:

«En la actualidad el modelo de explicación dominante es la ya mencionada teoría de la elección racional… su concepto fundamental es que, por encima de todo, los seres humanos son racionales en sus acciones. Exami- nan tan bien como pueden todos los factores pertinentes, y ponderan el resultado probable de seguir cada una de las elecciones potenciales. Aña- den los costes y beneficios (inversión riesgo y retorno emocional y material) antes de decidirse. La opción preferida es la que maximiza la utilidad. No es esta una imagen adecuada de cómo piensa la gente. La mente humana no es una calculadora muy veloz, y la mayoría de decisiones han de tomarse con bastante rapidez, en escenas complejas y con información incompleta. De manera que la pregunta importante en la elección racional es: ¿cuánta información es suficiente? En otras palabras: ¿en qué momento la gente deja de reflexionar y se decide?» (Wilson, 1999: p. 303).

Wilson se percata de un problema verdadero en economía: la falta de fundamentos básicos que estén apoyados en la biología. También considera por un momento la importancia que ostenta la acción individual, así como la necesidad de partir siempre de dicha acción para elaborar una teoría social más sólida. Igualmente, se da cuenta de que los equilibrios y modelos matemáticos que anali- zan los economistas dejan fuera de la ecuación algo tan importante como el comportamiento humano. Sin embargo, incurre en el mismo error que caracteriza a todos los positivistas y a la mayoría de científicos. Al igual que ellos, Wilson también pretende reparar estos problemas insistiendo todavía más en el análisis empírico, la psicología, y la metodología científica, con la intención clara de buscar algún patrón o modelo de intervención sostenible que le permita reconducir o enmendar las acciones humanas. Así, consi- dera que el problema primordial que hay que analizar debe cen- trarse en resolver «cómo piensa la gente». Wilson no repara en ningún momento en la importancia intrínseca de la acción o libertad indi- vidual, aquella que resulta de dejar que sea la propia acción del individuo la que finalmente decida. Lo que pretende más bien es analizar en profundidad esas acciones, con el fulcro de la biología, para así poder determinar «cuánta información es suficiente o en qué momento se toman las decisiones».

Estas afirmaciones dejan al descubierto las verdaderas intencio- nes de Wilson. No le interesa lo más mínimo valorar el hecho en sí de la acción, la necesidad de que la acción emerja del propio indi- viduo, de forma independiente, dando salida a todos sus gustos y preferencias. Lo que Wilson pretende es diseccionar y analizar esas decisiones, y utilizar ecuaciones y medidas agregadas para elaborar a posteriori unos patrones de conducta que puedan imple- mentarse en el estudio de todas las sociedades. Wilson cae de nuevo en el error que había denunciado él mismo al inicio de sus reflexiones: «el intento por parte de los economistas de crear modelos estadísticos que tengan una aplicación lo más general posible, pergeñando abstracciones tan extremas que representan poco más que ejercicios de matemática aplicada». En realidad, Wilson pretende hacer algo muy parecido. Lo único que varía en su planteamiento es el cimiento biológico en el que dice apoyarse, pero no así la intención general de crear un modelo económico que pueda determinar qué acciones son mejores, con independencia de aquellas que toma el ciudadano de forma libre, a título personal.

Este objetivo positivista queda de manifiesto, si cabe todavía más, con el reconocimiento sincero que el autor realiza al final del capítulo que dedica a la bioeconomía:

«La magnitud de los problemas técnicos con los que se enfrentan los teó- ricos sociales en particular, no me importa admitirlo, intimida en extremo» (Wilson, 1999: p. 307).

Si Wilson queda intimidado por el trabajo que avizora, es senci- llamente porque su visión de la economía aspira a estudiar al indi- viduo humano sin tener en cuenta su subjetividad y sus decisiones, como si fuera un objeto científico inerte. Si Wilson hubiera enten- dido que puede renunciar a tamaña manipulación, y que los hom- bres ya actúan de la mejor manera posible en su ámbito particular (de forma automática), si hubiera comprendido que el orden social es esencialmente un orden espontáneo, que procede de abajo a arriba, por medio de la adición de millones de voluntades priva- das, seguro que no se habría sentido tan intimidado ni se habría preocupado tanto al contemplar el enorme trabajo que le esperaba.

Murray Rothbard en El hombre, la economía y el Estado nos dice algo que puede ayudarnos a comprender estas diferencias de matices:

«La psicología contempla el problema de cómo y por qué el individuo forma escalas de valores, y para responder a esas preguntas es adecuado considerar la tendencia individual a decidirse por una alternativa… La praxeología sin embargo es una ciencia lógica basada en la existencia de la acción per se; está interesada en explicar e interpretar la acción en su sentido universal y no en un sentido particular o específico» (Rothbard, 2011: p. 309).

Una de las principales intenciones de mi estudio consiste en realizar una revisión de la sociobiología que parta de un enfoque más liberal, consciente de la necesidad que existe de emplear a la ciencia básica (la biología) para iluminar las ciencias sociales, pero consciente también de las particularidades que afectan a esas cien- cias sociales, que impiden que éstas se puedan abordar con las mismas herramientas que usa a menudo el científico para desen- trañar los detalles de sus investigaciones. En estos casos, estamos hablando de sistemas muy complejos, con una información inabar- cable, que además están constituidos por personas, las cuales tam- poco son susceptibles de ser utilizadas como cobayas. La mejor solución en estos casos es dejar que el sistema se ordene solo, esto es, que los hombres actúen libremente en pos de aquellos objetivos que creen que les van a reportar mayor felicidad. No niego la vali- dez de los estudios estadísticos o psicológicos que buscan entender cómo realizamos nuestras elecciones y cómo podríamos manipu- lar a los agentes para instarlos a tomar mejores decisiones. Pero dudo de la importancia real que tengan todas esas pretensiones (me parecen más importantes sus peligros). Sobre todo, es necesa- rio comprender que muchas veces lo único que se debe hacer es permitir que el sistema se regule solo.

Con esto solucionamos el problema de la ordenación, ya que no necesitamos conocer y controlar toda la información psicológica que atesoran las personas; también optimizamos la función del sistema, cuyos resultados siempre estarán enfocados a satisfacer los deseos y objetivos particulares de cada uno de los ciudadanos (nadie mejor que ellos sabe cuáles son esos objetivos); y finalmente favorecemos también la sensación de libertad que invade a los individuos cuando se saben dueños de sí mismos, y cuando están más seguros de alcanzar las metas que se proponen y de sentir satisfacción por las cosas que hacen. Se trataría por tanto de rescatar la noción de acción individual que maneja la escuela austriaca de economía (una de las corrientes económicas que más han insistido en esa libertad individual) para el ámbito de la sociobiología.

Ya lo dijo el profesor Jesús Huerta de Soto en su libro Socialismo, cálculo económico y función empresarial, contraviniendo la afirma- ción que el propio Wilson realiza más arriba:

«La acción humana es por definición siempre racional, en el sentido de que ex ante, el actor siempre busca y selecciona los medios que cree más adecuados para alcanzar los fines que considera que le merecen la pena.» (Huerta de Soto, 2010: p. 49).

Esto no quiere decir que el actor acierte siempre. Simplemente, el profesor está apelando al hecho cierto de que la mejor manera de ordenar una sociedad, la más racional de todas, es aquella que comprende la importancia de permitir que los agentes actúen de forma libre e independiente, para acomodar las necesidades de todos los ciudadanos, y lo perjudicial que resulta hacer todo lo con- trario, a saber, intentar suplir esa subjetividad con mandatos que provengan de fuera, promovidos generalmente por alguna entidad ajena al individuo (por ejemplo, el Estado). Edward Wilson, en cambio, omite deliberadamente esa racionalidad implícita en la acción, y a partir de ahí elabora una teoría sociobiológica basada en una racionalidad opuesta, más acorde con el intervencionismo y las acciones colectivas de la política, dirigida a determinar cuál es la mejor manera que tienen todos los individuos de actuar, o cuándo cree él que deberían empezar a tomar decisiones.

Pero se puede construir también una sociobiología que se base en todo lo contrario, en la libertad de acción, el mercado libre, el emprendimiento privado, el orden espontáneo, o la función empre- sarial. Ese es sin duda el principal objetivo al que atiende este tra- bajo: unir la biología con la verdadera economía, haciendo que ésta última se articule en torno a un único motor o principio de compor- tamiento, el elemento más fundamental que gobierna el funciona- miento natural de cualquier sociedad moderna: la acción intencional del individuo, su deseo deliberado de prosperar y sobrevivir, y por extensión, el fin último que determina la existencia y continuidad de cualquier entidad o sistema material: la acción estabilizadora de todas sus unidades. En el fondo, no hay un principio natural más importante que ese.

La economía sólo podrá triunfar, y convertirse de ese modo en una ciencia respetable, si decide seguir los mismos pasos de las demás disciplinas, y se centra como ellas en comprender el princi- pal ingrediente del que está formada la sustancia que es su objeto de estudio (el individuo humano), como hace la física con los átomos, o la propia biología cuando analiza los genes y los alelos de un cariotipo en particular. Pero también si sabe diferenciar un átomo de una persona, entendiendo que la segunda no puede ser manipulada con las mismas herramientas que se usan para fisio- nar un núcleo o para reducir a la mitad una muestra de isótopos. Solo entonces la economía habrá conseguido alcanzar el estatus de ciencia real, y el lugar que se merece.

Existen ya algunas tentativas de generalizar la economía a tra- vés de su comparación con la biología. Concretamente, en España tenemos la tesis de bioeconomía del doctor Juan Carlos Martínez Coll. Pero estos intentos son bastante limitados e incompletos: solo abordan la competencia natural entre empresas. Otras veces, quienes intentan utilizar esa comparativa, suelen aportar unas soluciones harto equivocadas (es el caso de los positivistas).

En cambio, este trabajo acomete una comparativa que aspira a cubrir todo el proceso productivo, incluyendo a todos sus protago- nistas (no sólo la competencia entre empresarios, como hace Mar- tínez Coll). De ese modo, se pretende afianzar las ideas económicas en unos principios realmente fundamentales, que llegan incluso a considerar la metodología y la filosofía como una de las partes más esenciales del estudio, tal y como hace la escuela austriaca de eco- nomía en la mayoría de sus investigaciones.

Resumiendo, hasta ahora hemos acotado el cerco que delimita el objetivo principal de este trabajo. Para ello, hemos trazado nues- tro camino a través de cuatro niveles distintos de concreción. En primer lugar, este estudio se mueve en el ámbito de las ciencias básicas, que buscan siempre la mayor generalidad posible para todas sus teorías. Dentro de la ciencia, nos hemos apoyado en la teoría general de sistemas, que analiza la realidad de los sistemas complejos a través de las diversas analogías y similitudes que encuentra en la naturaleza. A su vez, dentro de los sistemas com- plejos, hemos reparado en aquellas organizaciones vivas que cons- tituyen la materia de estudio de la sociobiología y que, en último lugar, aspiran a describir el funcionamiento interno de las socieda- des y los colectivos humanos. Y finalmente, hemos elegido a la bioeconomía como la rama más importante de la sociobiología, aquella que trata el fenómeno que mejor explica la unión que acon- tece entre los individuos que forman una comunidad.

Es por ello que la sociobiología y la bioeconomía están obliga- das a afrontar un enfoque interdisciplinar completo, tienen que abordar una fundamentación biológica y metodológica suficien- temente amplia, que tenga en cuenta todas aquellas analogías que están implicadas en el proceso general de la producción y la gene- ración de bienes. En consecuencia, debemos empezar haciendo especial referencia a dos axiomas básicos de suyo incuestionables (que también utiliza la escuela austriaca): la acción y la individua- ción o individualidad humanas. En el siguiente epígrafe se des- criben las claves necesarias para llevar a cabo esta primera fundamentación.


II. MARCO METODOLÓGICO

1.    La clasificación gnoseológica

En primer lugar, corresponde a este trabajo establecer un criterio de clasificación de todas las ciencias, enumerando los distintos tipos de conocimiento que existen, resaltando aquellas materias que resultan más interesantes para el objetivo que se persigue, y delimitando el contexto y las circunstancias concretas que rodean las afirmaciones y demostraciones que aquí se van a realizar.

Sobre todo, nos interesa comparar la biología con la antropolo- gía (o economía), ya que de esa confrontación sale el principal refuerzo teórico que avala el modelo social de organización que aquí aspiramos a defender.

La clasificación que permita distinguir y comparar aquellas ciencias que se preocupan del estudio de la naturaleza (ciencias naturales), de aquellas otras que estudian exclusivamente al hom- bre (ciencias sociales) también permitirá diferenciar aquellas ramas del conocimiento que analizan la naturaleza básica de un fenómeno concreto (ciencias básicas), de aquellas otras que inten- tan extraer alguna aplicación práctica para el ser humano (ciencias aplicadas).

En cualquier caso, esta ordenación girará en torno a la impor- tancia que adquiere el hombre en todo el proceso investigativo, como agente generador de conocimientos y como principal benefi- ciario. En consecuencia, será también la clasificación que final- mente nos abra las puertas al análisis de las habilidades técnicas y los comportamientos éticos que motivan su progreso. A tenor de esto, propondremos unas aplicaciones prácticas, e intentaremos extraer algunas conclusiones deontológicas especialmente útiles.

2.    El aparato axiomático

Nuestro trabajo de investigación se formula a partir de dos impe- rativos naturales (o afirmaciones apodícticas) con una amplia rai- gambre en la filosofía clásica y el pensamiento general. No en vano, describen los dos atributos más esenciales de las cosas (del Ser). Escogemos por tanto estos principios porque consideramos, al igual que ya hiciera el propio Aristóteles, que no existen en el mundo otros elementos del conocimiento más generales que éstos. Para el estagirita, el análisis ontológico se descompone en dos axiomas principales. Por un lado está la individualidad o identidad de la cosa (el axioma de individuación):

 

«Es evidente pues que gracias a esta categoría, son también todas las demás, por lo tanto el Ser en su sentido primero, y no el ser algo, sino el Ser absoluto, ha de ser la sustancia [el individuo]» (Aristóteles, 2011, Libro VII: p. 208).

Y por el otro está la acción que emana de todo individuo, y que condiciona también su existencia particular (el axioma de la acción):

«De manera que, si hay un fin de todas las cosas propias de la acción, este sería el bien propio de la acción» (Aristóteles, 2012, Libro I: p. 28).

Aristóteles deja claro que estos dos principios son asiduos a la propia existencia de todas las entidades físicas, y posibilitan la misma en el plano más abstracto. Por tanto, son condiciones de posibilidad de la existencia, y constituyen requisitos fundamenta- les que no cabe demostrar en ningún caso.

3.    La reducción científica

Uniendo los marcos gnoseológicos y axiomáticos que acabamos de ver más arriba, concluimos ahora que el único método de investi- gación válido para la ciencia es el método reduccionista. La estra- tegia reduccionista reúne a un conjunto de tesis ontológicas y gnoseológicas basadas en la idea de que la realidad está consti- tuida por entidades individuales (principio de individuación) y que por tanto son estas unidades las que deben ser analizadas en primer lugar para entender cualquier fenómeno emergente que queramos explicar.

La reducción es una condición necesaria para comprender el mundo: estamos obligados a entender las causas últimas de los sis- temas físicos; el funcionamiento y la influencia (o acción) de sus elementos más básicos. Cualquier búsqueda intelectual debe con- sistir necesariamente en un proyecto de reducción.

Huelga decir que la generalización que plantea la sociobiología supera en ambición a la mayoría de generalizaciones que la ciencia lleva a cabo en áreas restrictivas. Pero en lo esencial no se diferen- cia en nada. La vocación de integración y las estrategias metodoló- gicas son idénticas.

Por consiguiente, será también esta estrategia la que usaremos y a la que nos adscribiremos en este artículo, conscientes de la importancia de combinar la reducción científica con la integración de sistemas, al objeto de describir aquellas partes fundamentales de las estructuras (biológicas o económicas) que constituyen la raíz que está detrás del surgimiento de cualquier fenómeno complejo.


III. MARCO TEÓRICO

1.    Marco interdisciplinar: la relación de disciplinas

La principal tesis gnoseológica que cimienta este trabajo tiene un neto carácter interdisciplinar: consiste en afirmar que las ciencias o materias de un orden inferior constituyen leyes y principios que deben cumplirse y aplicarse en los ordenamientos superiores, más complejos.

Comenzaremos señalando dos procesos o fenómenos económi- cos especialmente significativos, uno en el ámbito microscópico (el de los individuos) y otro en el plano macroscópico (el de las socie- dades). Estos procesos son, respectivamente, la función empresa- rial y la ventaja comparativa. Ambos servirán como cabecera para introducir el resto de leyes económicas. Posteriormente intentare- mos incardinar estas teorías económicas con algunos conceptos propios de la biología y la bioquímica. Concretamente, analizare- mos la función enzimática y la especiación simpátrica.

En conclusión, vamos a fijar nuestra atención en algunas leyes económicas de especial relevancia, y vamos a fundamentar sus postulados sobre bases científicas más sólidas, tomando en consi- deración algunos fenómenos generales de la naturaleza.

2.    Marco disciplinar: el proceso productivo

En general, queremos abordar el estudio del principal proceso que caracteriza a un sistema físico real, aquel que viene a determinar el funcionamiento y las acciones de todos los existentes (o partes) que lo componen, su homeostasis interna o equilibrio dinámico, esto es, la organización y distribución de su materia y energía, al objeto de asegurar su posición en el espacio y su continuidad en el tiempo.

Por su parte, el análisis de la homeostasis nos deberá llevar a estudiar varias cuestiones relacionadas. Veremos que el proceso económico de producción e intercambio es la actividad homeostática por excelencia, por cuanto que es la única que incardina el suministro de materias primas con la generación de nuevos bienes. En este sentido, la producción se encarga de orquestar y dirigir el funcionamiento general de todas las estructuras que constituyen el sistema en cuestión, relacionando el origen de cualquier generación de orden con el destino efectivo de un producto determinado. Para analizar dicho proceso tomaremos como referencia al productor (el productor es el actor principal del proceso de producción) y propondremos algunos ejemplos concretos relacionados con él (en futuros estudios esperamos analizar también el resto de factores que condicionan la producción: los recursos materiales, los destinatarios de la producción, los factores ambientales, y los otros productores).

El objetivo principal que se persigue con esta fundamentación aspira a describir algunos procesos biológicos de especial relevan- cia, cuyo entendimiento estoy seguro que puede contribuir a comprender mejor la importancia que se asigna a otros conceptos y nociones de la economía, la cataláctica, el mercado, o el comercio de bienes y servicios (su creación, distribución y consumo).

3.    Marco comparativo: las leyes bioeconómicas

Una vez aclarados los marcos (gnoseológicos y teóricos) que deli- mitan el escenario que precisa nuestra investigación, podemos pasar por fin a analizar el predicado de las leyes que protagonizan la obra.

Estudiaremos el proceso de producción en relación con dos hechos fundamentales: la acción y la individuación, y atendiendo también a cinco elementos básicos de dicho proceso: el productor, el sustrato, el consumidor, el medio y los otros productores.

A partir de ahora nos centraremos sobre todo en la parte más científica del trabajo, pero sin desdeñar tampoco las bases metodo- lógicas del mismo (los conceptos de acción e individuación). Para ello, abordaremos las principales leyes que conforman el núcleo teórico de la economía y la biología, a fin de poder compararlas y agruparlas en dos clases diferentes, dependiendo de si describen algún hecho relacionado con la acción productiva, o por el contrario atienden en mayor medida a la condición de individualidad que tie- nen que cumplir todas las entidades que participan en dicha pro- ducción (como ya hemos visto más arriba al abordar el pensamiento de Aristóteles, la acción y la individuación constituyen los dos determinantes básicos de toda la realidad).

Nuestra intención es estudiar el proceso de producción en rela- ción con cinco elementos esenciales presentes en toda generación de bienes: el productor (el actor principal del proceso de producción), el sustrato (los recursos materiales), el consumidor, el medio, y los otros productores. No obstante, este primer artículo tiene un carácter programático y se centrará sobre todo en el análisis de aquellas cuestiones que están relacionadas solo con el productor.

  • Cuadro general: estudio propedéutico

Al objeto de llevar a cabo un estudio comparativo suficientemente amplio, vamos a utilizar todos los aspectos que acabamos de expo- ner para construir una tabla de dos entradas, una superior para los dos hechos fundamentales, y otra lateral para los cinco elementos principales que participan en la producción. Al cruzar esos datos (los dos determinantes con los cinco elementos), aparecen de inme- diato las diez teorías más importantes de la economía, el núcleo proteico de cualquier estudio programático de la producción y el consumo de bienes y servicios. A continuación se exponen estos resultados en dos cuadros con distinto grado de detalle:

Cuadro 1

PRIMER NIVEL DE CONCRECIÓN PRINCIPALES TEORÍAS ECONÓMICAS

 

Acción Individuación
 

Productor

Teoría de la eficiencia dinámica Teoría de la división del trabajo
 

Sustrato

Teoría del capital Teoría del rendimiento decreciente
 

Consumidor

Teoría de costes Teoría de la determinación de precios
Medio Teoría de las instituciones Teoría monetaria
Otros productores Teoría de la competencia Teoría del monopolio

 

 

 

Cuadro 2

SEGUNDO NIVEL DE CONCRECIÓN PRINCIPALES TEORÍAS BIOECONÓMICAS

 

Filosofía Ciencia  

Acción

 

Individuación

Implicación científica Creatividad Desigualdad
Jerarquía científica Microciencia Macrociencia
Campo científico Microbiología Microeconomía Macrobiología Macroeconomía
 

 

 

 

 

Productor

Análisis de la acción en el proceso productivo y en relación con el productor.

Función enzimática Teoría de la catálisis enzimática

Análisis de la acción en el proceso productivo y en relación con el productor.

Función empresarial Teoría de la eficiencia dinámica

Análisis de la individuación en el proceso productivo y en relación con el productor.

Especialización animal

Teoría del simpatrismo

Análisis de la individuación en el proceso productivo y en relación con el productor.

Especialización humana

Teoría de la ventaja comparativa

 

Sustrato

Sustrato enzimático Teoría del ahorro y el capital  

Sustrato animal

Teoría del rendimiento decreciente
 

Consumidor

Producto enzimático  

Teoría de costes

Consumo animal Teoría de la determinación de precios
 

Medio

 

Medio enzimático

Teoría del Estado: medio institucional  

Medio animal

Teoría monetaria: medio de intercambio
Otros productores Competencia enzimática Teoría de la competencia Relaciones animales Teoría del monopolio

 

Los conceptos que están más directamente relacionados con la acción son el concepto de creación (creatividad en el caso del hom- bre) y el concepto de cambio. Y las cualidades más emparentadas con la individuación (o identidad) son la desigualdad y la diferencia.

La acción y la creación son conceptos íntimamente ligados (casi inse- parables). No puede haber creación sin que medie algún tipo de acción o cambio emergente (alguna generación). Y lo mismo ocurre con la otra pareja de cualidades: la individualidad y la desigualdad. Curiosamente, muchas corrientes políticas y económicas denuestan abiertamente estas propiedades básicas, e intentan ordenar la socie- dad en función de unos parámetros totalmente distintos, que favo- recen la igualación y castigan la creatividad. Uno de nuestros objetivos aquí pretende ofrecer un marco analítico alternativo, que esté acorde con esas cualidades esenciales de la naturaleza, y que por tanto se muestre a favor de restablecer aquellas baterías de medi- das que fomentan la creatividad, los cambios, la iniciativa privada, las diferencias positivas, la independencia de las personas, la liber- tad individual y, en definitiva, todo lo que está relacionado con la evolución y progreso de los sistemas naturales o sociales.

En todas las proposiciones y circunstancias que vamos a anali- zar intentaremos observar el fenómeno de la producción y la homeostasis interna de los sistemas implicados. El primer bloque de teorías se enmarcará dentro de la microeconomía y nos servirá para adentrarnos en el papel que juega la acción a lo largo de dicho proceso. Por su parte, las teorías que abordan la macroeconomía nos permitirán estudiar el carácter y papel de la individuación física en ese mismo proceso.

En último lugar, todos estos mecanismos biológicos y económi- cos vienen a confirmar una relación trascendental, la conexión íntima que existe entre los distintos niveles de organización, lo cual dice mucho a favor de la relevancia que tienen algunos fenómenos concretos. Su iteración en la naturaleza estaría poniendo de manifiesto unas causas particularmente profundas, unos motivos organizativos de necesario cumplimiento, y también una necesi- dad superior, de tipo político y humano. La observación de estos fenómenos resultaría fundamental para organizar correctamente la sociedad, y para contemplar un marco institucional y un régi- men legal acorde con esos principios, en conformidad con algunos modelos y teorías económicas, atinente a la probidad de ciertas acciones (públicas o privadas), y a tenor de la legitimidad ética, la autoridad moral, el éxito profesional y la relativa felicidad que aca- ban procurando a los ciudadanos todas estas consideraciones.

En este artículo nos limitaremos a señalar dos procesos o fenó- menos económicos especialmente significativos, uno en el ámbito microscópico (el de los individuos) y otro en el plano macroscópico (el de las sociedades). Estos procesos son, respectivamente, la fun- ción empresarial y la ventaja comparativa. Ambos nos servirán como cabecera para introducir el resto de leyes económicas. Poste- riormente intentaremos incardinar estas teorías económicas con algunos conceptos propios de la biología y la bioquímica. Concre- tamente, analizaremos la función enzimática y la especiación sim- pátrica. Por motivos de espacio no podemos abordar ahora (en este artículo) el análisis que afecta al resto de teorías que aparecen en las tablas, el cual quedará pendiente para futuros trabajos.

  • La acción productiva: función enzimática y función empresarial

En un sentido amplio, llamamos acción productiva a todas aque- llas intervenciones directas o indirectas que realiza el actor sobre su entorno más próximo, al objeto de procurarse algún bien econó- mico, biológico o físico. Definimos bienes como aquellos productos materiales o circunstanciales que resultan de las modificaciones que provoca el actor en su entorno y que le procuran algún tipo de bonanza o beneficio existencial concreto. A su vez, entendemos que una de las mejores maneras de que la acción del individuo con- cluya con éxito es incrementando la creatividad o capacidad para inventar nuevas formas de subsistencia (que le permitan conser- varse como tal).

  • Función empresarial

En el ámbito de la economía, la acción productiva adquiere máxima representatividad con la llamada función empresarial. Dicha fun- ción juega un papel crucial en el entramado evolutivo de todas las sociedades, y constituye un ejemplo de gran creatividad y eficien- cia dinámica. La acción productiva del empresario queda englo- bada dentro de un hecho mucho más general, que se predica en último lugar del axioma de la acción, pero que se manifiesta en lo concreto a través de las acciones innovadoras que nutren a la indus- tria de nuevos procesos de fabricación y relación. Como dice Jesús Huerta de Soto, la función empresarial:

«crea, descubre y transmite información sobre fines y medios, ajustando y coordinando de forma competitiva los planes contradictorios de los indivi- duos, y haciendo posible la vida en común de todos ellos con un número y una complejidad y riqueza de matices y elementos cada vez mayores» (Huerta de Soto, 2010: p. 85).

Y es de nuevo el propio Huerta de Soto quien se encarga de matizar, en otro trabajo suyo (en su Teoría de la eficiencia dinámica), esa característica principal de la acción, su dimensión creadora. Con esto y con todo, alcanzamos a ver por fin una definición de la función empresarial mucho más detallada y clarificadora:

«Todo acto empresarial descubre, coordina y elimina desajustes sociales… el proceso empresarial de coordinación social jamás se detiene ni agota… consiste básicamente en crear nueva información que por fuerza ha de modificar la percepción general de objetivos y medios de todos los actores implicados. Esto, a su vez, da lugar a la aparición sin límites de nuevos desajustes que supone nuevas oportunidades de ganancia empresarial, y así sucesivamente en un proceso dinámico que nunca termina y que cons- tantemente hace avanzar la civilización. es decir, la función empresarial no sólo hace posible la vida en sociedad, al coordinar el comportamiento desajustado de sus miembros, sino que también permite el desarrollo de la civilización al crear continuamente nuevos objetivos y conocimientos que se extienden en oleadas sucesivas por toda la sociedad; y además, y esto es muy importante, permite igualmente que este desarrollo sea tan armónico y ajustado como sea humanamente posible en cada circunstancia histó- rica» (Huerta de Soto, 2010: p. 78).

Huerta de Soto compara la función empresarial con una especie de Big Bang continuo que estaría permitiendo el crecimiento sin límites del conocimiento. Esta metáfora no sólo está muy bien traída, sino que además guarda una correspondencia exacta con la realidad. Propone una visión distinta de la economía, más diná- mica, que mantiene una fuerte relación con los procesos que ocu- rren habitualmente en la naturaleza, y que por tanto también tiene un gran valor para este trabajo, para toda la economía, y para la consideración general de la propia ciencia.

Centrémonos por tanto en ver qué dice el profesor Huerta de Soto en el artículo científico que expone su teoría dinámica, donde básicamente presenta un análisis que pasa por añadir, al tradicio- nal concepto de eficiencia, otro distinto que lo complementa y lo dinamiza:

«Esta idea de la eficiencia como la capacidad de «sacar algo de» aplicada al ámbito económico es anterior al mundo romano y puede remontarse incluso hasta la Grecia clásica en donde se utiliza por primera vez el término «eco- nomía» para referirse a la administración eficiente de la hacienda o casa familiar. Así, en el Económico, Jenofonte… se preocupa… de explicar cómo existen dos formas distintas de acrecentar la hacienda, equiparables en última instancia a dos dimensiones diferentes del concepto de eficiencia. Por un lado, la dimensión que podríamos calificar de «eficiencia estática» y que sería aquella que consiste en la buena gestión de los recursos dispo- nibles (o «dados») tendente a evitar su despilfarro… Pero junto a esta dimensión del concepto de eficiencia que hemos calificado de estática, Jeno- fonte da entrada también a una dimensión complementaria de carácter

«dinámico», que consiste en tratar de incrementar la hacienda actuando empresarialmente y comerciando con ella… Sin embargo, y a pesar de estos esperanzadores antecedentes, a partir del advenimiento de la Edad Moderna el concepto de eficiencia económica paulatinamente se estrecha y reduce, hasta llegar a referirse con carácter exclusivo a la dimensión está- tica, es decir, al actuar diligente tendente a evitar el despilfarro de los recur- sos dados» (Huerta de Soto, 2011: pp. 11-72).

En su artículo, Huerta de Soto recurre a la ciencia física, concre- tamente al concepto de energía, para buscar ejemplos que pongan de manifiesto los posibles errores en los que incurren los científi- cos e ingenieros al tratar con estos asuntos, dentro de sus respecti- vos campos. Su intención es comparar esta interpretación científica con la visión similar que se da entre los políticos y los economistas. Así nos dice:

«En esta evolución reduccionista, que empobrece notablemente el con- cepto de eficiencia con sus dos dimensiones distintas que ya había arti- culado Jenofonte, tiene una influencia determinante la forma en que el surgimiento y desarrollo de la física mecánica termina afectando a la evolución del pensamiento económico, especialmente a partir del siglo XIX… En este sentido la ley de la conservación de la energía, llega a adquirir un papel protagonista en el desenvolvimiento de la Física, y a nuestros efectos no debe pasar por alto su carácter esencialmente estático (la energía ni se crea ni se destruye tan sólo se transforma…). Posteriormente la segunda ley de la termodinámica enuncia que en todo proceso físico hay una parte de energía que se despilfarra, por ejemplo   en forma de calor que se disipa, por lo que los sistemas físicos no serían reversibles. Ambas leyes protagonizan el gran desenvolvimiento de la Física a lo largo del siglo XIX y explican por qué la mayoría de los científicos conciben los fenómenos físicos casi exclusivamente en términos  de energía. Además, la principal aplicación práctica de la ciencia física  se plasma en el desarrollo de la Ingeniería Mecánica, construida exclusivamente en base al concepto (estático) de eficiencia energética, que se define por los ingenieros como la minimización en el despilfarro de energía. Un ejemplo muy ilustrativo es el de la máquina de vapor, que se convierte en el bien de capital más típico en la Revolución Industrial. La máquina de vapor sirve para transformar calor en movimiento y levantamiento de pesos, siendo el objetivo de todo buen ingeniero mecánico el lograr el máximo de eficiencia (estática), entendida como el máximo de movimiento con el mínimo de consumo o despilfarro de energía» (Huerta de Soto, 2011: pp. 11-72).

No obstante, aunque Huerta de Soto recurra a ejemplos extraí- dos de la física para demostrar la forma en la que la concepción estática habría dominado al principio (en todas las investigaciones iniciales), considero oportuno que tomemos otros ejemplos toda- vía mejores, obtenidos esta vez del ámbito de la biología y la evolu- ción de la vida (que es también el ámbito en el que se enmarca este trabajo). Después de todo, la función empresarial, la competencia en materia de producción, o la generación de bienes económicos, responden a otro tipo de selección natural, una que da lugar a las mejores sociedades humanas que pueden existir. Es la biología básica, y no la física, la que utiliza algoritmos similares a la econo- mía, y la que analiza estructuras que presentan un nivel de com- plejidad parecido a aquel que se da en las sociedades que construyen los hombres.

Si bien es cierto que el concepto de conservación de la energía, o la noción de pérdida de calor, pueden contribuir a acrecentar esta visión estática que puebla y nubla el entendimiento de muchos científicos y economistas, también es verdad que esas mismas con- cepciones implican casi siempre un cierto dinamismo interno. La energía se transforma continuamente en materia, o en otras formas de energía, y el calor se pierde siempre como consecuencia de los cambios y las transmutaciones que operan en todos los sistemas físicos. No creo que estos ejemplos sean los más apropiados para entender por qué el hombre tiene tendencia a ver el mundo como si estuviese mirando una foto fija.

Sin embargo, la biología sí ofrece en este caso una explicación mucho mejor. Es en el ámbito de la biología donde más se ha ali- mentado el fijismo, y también donde se ha llevado a cabo una ver- dadera revolución en contra de esta visión inmovilista de la naturaleza. Las llamadas teorías fijistas, predecesoras y contrarias a la evolución por selección natural, llevaron a los zoólogos y botánicos del pasado a interpretar el mundo de una forma com- pletamente estática, y no fue hasta la introducción de la teoría darwiniana cuando los científicos comenzaron a tener algunas herramientas discursivas para combatir esta visión atrasada, y poder sustituirla por otra más dinámica.

Y esta realidad cronológica también se ha puesto de manifiesto en el ámbito de la biología molecular (microscópica). El hecho de que la enzimología haya propuesto en un principio una teoría que sólo atendía al mecanismo estático de la catálisis enzimática, no es más que la confirmación de esa tendencia natural del hombre a concebir el mundo como si fuese una foto fija, siendo el dinamismo y el cambio lo que resultaría en cualquier caso mucho más difícil de apreciar.

Esta torpeza inicial del hombre también vendría a demostrar la superioridad de algunos modelos económicos modernos que, esta vez sí, aspiran a introducir en sus ecuaciones unas variables diná- micas basadas en la función empresarial y la creatividad humana, en contraposición con aquellos otros más tradicionales que solo se fijan en el componente estático del problema, revelando con ello su incapacidad para profundizar en la esencia más básica de los fenó- menos sociales, y poniendo de relieve las carencias y defectos que caracterizan a estas teorías estáticas frente a aquellas otras que sí han adoptado una visión más activa.

  • Función enzimática

El mecanismo biológico que vamos a usar aquí para analizar la acción productiva, y para poner de manifiesto su dimensión más dinámica y creativa, es la función enzimática. Dicha función des- cribe la acción catalítica de moléculas proteicas dentro de un entorno celular homeostático. Durante este proceso las enzimas actúan como catalizadores de la conversión selectiva de un sus- trato concreto en una molécula diferente que se denomina pro- ducto, acelerando de ese modo la tasa de reacción en un orden de millones de veces. En relación con esto, consideramos que existen algunas similitudes con el proceso de producción que se lleva a cabo en un nivel superior, en el seno de las sociedades humanas, con la actividad propia de la función empresarial. Y afirmamos que estas sinergias pueden contribuir significativamente a aumentar la comprensión de todos esos fenómenos.

Se denomina función enzimática a la actividad catalizadora que llevan a cabo las enzimas que integran un sistema biológico dado. En términos generales, la catálisis enzimática mejora la eficacia de las interacciones que acontecen entre los elementos del sistema, aumentando de ese modo la velocidad de obtención del producto. Concretamente, la catálisis enzimática disminuye la energía que se necesita para lograr un choque efectivo entre las moléculas de sus- trato, lo que lleva a incrementar el número de choques que acaban generando el producto de la reacción.

Las enzimas son macromoléculas de naturaleza proteica que catalizan reacciones bioquímicas siempre y cuando éstas sean ter- modinámicamente posibles. Dichas enzimas son las proteínas más numerosas y específicas de la naturaleza. Se han descubierto alre- dedor de tres mil doscientos tipos, pero se calcula que existen muchos más. Esto pone de manifiesto el importante papel que jue- gan estos polímeros naturales en todos los organismos.

En la introducción que realiza Ignacio Núñez de Castro a su libro Enzimología, comenta el autor que:

«Ciertamente, el estudio de las enzimas (los agentes de la vida los llamaba el profesor Sols) nos pueden acercar, a pesar de la aspereza y sequedad del desarrollo matemático de la cinética enzimática, a entender un poco más los fenómenos vitales y, consecuentemente, a explicarnos qué es la vida, y por tanto a intentar responder algo de la gran pregunta: que es el hombre» (Núñez de Castro, 2012: p. 18).

De estas palabras del profesor Castro podemos extraer una pri- mera definición bastante elocuente. El principal motivo que mueve a los expertos del análisis enzimático es el estudio pormenorizado de «los agentes de la vida», indudables protagonistas de las transfor- maciones biofísicas que acontecen en los organismos biológicos. Con esto, queda clara la importancia capital que desempeña esta disciplina minoritaria en el ámbito de las ciencias básicas.

Toda definición debe ofrecer una aproximación general al tema implicado, exponiendo sus cualidades esenciales de la forma más concisa posible. Así, se puede decir que la enzimología es el estu- dio de las enzimas: los agentes de la vida. No obstante, también es necesario que insistamos en matizar un poco esta afirmación. ¿Qué son las enzimas?, ¿cuál es su papel en el organismo?, ¿y cómo desempeñan su función? Todas estas preguntas deberán ser acla- radas a continuación.

Las enzimas son agentes que participan en el metabolismo aumentando la velocidad de las reacciones químicas. Las enzimas actúan sobre reacciones que se dan a velocidades muy bajas (termodinámicamente favorables) y lo que hacen es incrementar considerablemente esa cinética de velocidad. La forma que tiene una enzima de aumentar la velocidad de una reacción química es disminuyendo la energía libre de activación (ΔG). La energía de activación es la energía térmica que se debe suministrar a las moléculas reaccionantes para obtener un choque eficaz. Cuando una enzima disminuye la energía de activación de los reactantes, provoca un aumento proporcional en el número de choques efec- tivos. Los choques efectivos son todos aquellos encuentros que ocurren entre los reactantes o sustratos y que llevan a la forma- ción del producto.

Existen varios mecanismos para aumentar el número de cho- ques efectivos. La energía libre de activación es la resultante de dos componentes: el componente entálpico (ΔH) y el componente entrópico (ΔS), de acuerdo con la siguiente fórmula: ΔG = ΔH – TΔS. Así que las enzimas disponen en principio de dos opciones para disminuir ΔG. Pueden reducir el valor de la entalpia de activación (ΔH) o pueden aumentar el valor de la entropía de activación (ΔS). Las enzimas disminuyen la entalpía de activación (ΔH), esto es, el calor de la reacción o cantidad de energía intercambiada con el entorno, rebajando la propia energía de estabilización del complejo activado en comparación con aquella que tendría en el seno del agua. Para ello se valen de las características químicas de su centro activo, compuesto por una bolsa apolar que envuelve a los sustra- tos por completo y que crea un microambiente en el que la cons- tante dieléctrica es mucho menor que la que existiría en el medio acuoso. Esto hace que se eleve el número de interacciones electros- táticas entre la enzima y el sustrato, propiciando la estabilización del estado de transición activado que, consecuentemente, al resol- verse, dará lugar al producto final de la reacción.

Además de rebajar la energía de activación a través de la reduc- ción del componente entálpico, las enzimas también rebajan esa energía aumentando el valor de la variación de entropía (el valor de ΔS) que podemos medir en el paso del complejo enzima-sus- trato a complejo enzima-sustrato activado. La entropía determina el grado de desorden de un sistema en concreto. Así, por ejemplo, la entropía de una molécula depende de sus grados de libertad. Cuanto mayores son estos, mayor es también el valor de la entro- pía. Los grados de libertad dependen de la traslación, de la rota- ción o de la vibración de una molécula. Las reacciones enzimáticas transcurren en el interior de las enzimas, donde los sustratos y los reactivos del centro activo forman parte del mismo complejo. Por tanto, actúan como si sólo fuesen una molécula, y esto reduce sig- nificativamente su movimiento (sus grados de libertad), lo cual lleva a que aumente la diferencia entre ésta entropía, la de las molé- culas insertas en el centro activo, y aquella que presentaban esas mismas moléculas en el seno del agua. Es decir, aumenta ΔS y dis- minuye ΔG (para que se cumpla la fórmula que hemos enunciado más arriba).

Un tercer mecanismo que reduce la energía de activación del complejo enzima-sustrato, y que aumenta el efecto multiplicador de la velocidad de reacción, viene determinado por la orientación que adquieren los orbitales de los reactantes al unirse a la proteína catalítica, lo cual permite que se favorezca la aproximación, el encuentro y el tiempo de residencia de los mismos en el interior del complejo enzimático, y, consecuentemente, también la creación de su forma activada.

Finalmente, en los últimos años se han descubierto otros meca- nismos de activación más sutiles, que estarían favoreciendo igual- mente el aumento de la velocidad de reacción, pero que responderían a una visión menos clásica del mundo, más relacionada con la física cuántica o el conocido efecto túnel. En su libro de enzimología, Igna- cio Núñez de Castro resume perfectamente este enfoque novedoso:

«No podemos ocultar que… después de cincuenta años de la aplicación por Pauling de la teoría del estado de transición a la catálisis enzimática, el paradigma se está cuestionando y aparece el efecto túnel de pequeñas partículas a través de la barrera energética de la coordenada de reacción, como teoría alternativa de explicación de la catálisis enzimática… La con- sideración de las enzimas como estructuras estáticas, no teniendo en cuenta su elastoplasticidad intrínseca y sus continuos pequeños cambios conformacionales… se adapta muy bien a la teoría del estado de transi- ción. La enzima es considerada como complementaria al estado activado del sustrato y, partiendo de esta hipótesis, se han construido la mayor parte de las teorías para explicar las interacciones electrostáticas, la for- mación de determinados enlaces o la acomodación de las moléculas al sitio activo… Sin embargo, la consideración dinámica de la proteína como una macromolécula sometida a continuos cambios conformacionales sugiere más bien que la barrera energética es fluctuante, y algunos efectos catalí- ticos pueden explicarse por el efecto túnel a través de la barrera energé- tica» (Núñez de Castro, 2012: p. 94).

En algunos casos partículas muy pequeñas pueden penetrar una barrera energética mayor que su propia energía cinética, eludiendo de ese modo las leyes de la mecánica clásica, y respondiendo mejor al carácter cuántico que detentan las ondas-corpúsculo que ya des- cribió Einstein en sus ecuaciones de principios del siglo XX.

Existen varias demostraciones empíricas que prueban la vali- dez de esta nueva interpretación de la eficiencia para el caso de algunas enzimas. La vibración molecular y el carácter cuántico de la materia estarían jugando también a favor de la disminución del valor de la energía de activación, lo que a su vez aumentaría toda- vía más la velocidad de la reacción.

Costó mucho que los investigadores comprendieran esta nueva faceta (más dinámica) de las enzimas. Hasta hace bien poco solo tenían una imagen cuadriculada de las mismas, un modelo de llave y cerradura en el que se representaba a los reactantes acoplándose a la perfección dentro del centro activo del catalizador, y a éste con la forma exacta para que se diera dicho ensamblaje. Es muy significativo que esto mismo haya pasado también en el campo de la economía y la política, donde la mayoría de investigadores defienden, todavía hoy, una visión cuadriculada de la realidad. Así, a muchos les cuesta comprender los aspectos más dinámicos del proceso productivo, y suelen apoyar medidas que tienden a fomentar la distribución de los recursos dados, sin apenas reparar en la producción de los mismos, como si la creatividad y el dinamismo no existiesen en absoluto, o como si todo lo que tuviéramos que hacer fuera sentarnos a pensar cómo vamos a repartir las ganancias y plusvalías que al parecer caen del cielo.

Pero, hete aquí que el progreso se basa sobre todo en el descu- brimiento y la innovación, en la creatividad del hombre, y en la función del empresario que genera nueva información. Si la vida fuese un juego de suma cero en el que todo estuviera dado, solo sería necesario pensar cómo vamos a distribuir los bienes, no habría nada que crear, y no existiría la evolución. Pero la realidad es muy distinta, y las evidencias del progreso y el dinamismo se manifiestan a todos los niveles. Dichas certitudes también se pueden comprobar, salvando las distancias, cuando analizamos la capacidad que tienen algunas enzimas para producir aleatoria- mente nuevas conformaciones espaciales, hasta dar con aquellas que permiten el cambio adecuado y la fabricación del producto (o bien).

La teoría de la eficiencia dinámica que desarrolla el profesor Jesús Huerta de Soto propone un concepto de eficiencia que, ahora sabemos, tiene reflejo también en el campo de la biología molecu- lar, pudiendo ser aplicado por tanto a todos los niveles (sociales o naturales). En relación con este asunto, el español Ignacio Núñez de Castro, a la sazón profesor emérito de enzimología, ya se expre- saba hace algunos años en los mismos términos (Núñez de Castro, 2012: p. 94), dividiendo la eficiencia de las enzimas en dos tipos distintos: estática y dinámica, y reivindicando la segunda como la más precisa de las dos, de forma bastante similar a como la pre- senta el propio Huerta de Soto.

A fin de cuentas, la creación es la principal característica que define a un actor o un productor; su leitmotiv. Podemos  actuar para modificar el entorno en nuestro propio beneficio, o podemos ser todavía más creativos y cambiar nosotros mismos para propiciar a su vez un cambio del entorno totalmente novedoso. Esto último es lo que ocurre cada vez que aparece una nueva mutación adaptativa en el acervo genético de una especie, o cada vez que surge una nueva idea en la cabeza de algún empresario, o cada vez que se genera una nueva conformación en el seno de una enzima. Y es de vital impor- tancia que entendamos esto, pues todos los actos que participan en el progreso de la vida tienen siempre algún componente creativo. Sobre todo, debemos atender a esa visión dinámica de la economía y del mundo en general, y soltar el lastre que supone seguir abra- zando una concepción fijista mucho más atrasada y empobrecedora.

En definitiva, lo que tenemos que hacer es ir todavía un paso más allá, y analizar las claves básicas que están detrás de la evolu- ción de toda la complejidad que observamos en la  naturaleza. Pero para ello, no podemos quedarnos en la comparación que acabamos de hacer (la que relaciona la función catalítica de las proteínas con la función empresarial del mercado). Tenemos que aludir a un caso especial de catálisis: la autocatálisis. A fin de cuentas, la acción habitual de una enzima siempre tiene una naturaleza operativa. Los catalizadores no suelen evolucionar. Los cambios conformacionales que adopta la proteína, ya sean éstos clásicos o cuánticos, siempre son iteraciones repetitivas de un mismo proceso, que busca una y otra vez idéntico objetivo: la transformación de un sustrato en producto. Sin embargo, los cambios a los que se refiere Huerta de Soto en su teoría de la eficiencia dinámica, apelan a la función creativa del empresario, y son cambios de tipo evolutivo, que disponen la estructura de un modo completamente distinto. En este sentido, el cerebro sí es una máquina evolutiva. Las ideas relacionales que surgen en la mente de aquellos empresarios que encuentran una nueva oportunidad de negocio se corresponden con una estructura sináptica que, hasta ese momento, no se había dado en la cabeza de los susodichos, y que acabará fijándose en sus memorias y transmitiéndose a las siguientes generaciones como lo hace cualquier información genética.

Por lo tanto, propongo que la analogía correcta que deberíamos contemplar consiste en comparar la función empresarial, no con la función enzimática típica (proteica) que interviene en el metabolismo general, sino con la función de unas pequeñas moléculas llamadas ribozimas, que son los antecesores más antiguos de los genes. Las ribozimas son estructuras moleculares muy sencillas que catalizan su propia replicación de manera autónoma. Gracias a esta función enzimática primigenia es por lo que surge la vida y se pone en marcha el proceso de la evolución (hipótesis del mundo de ARN). Y ahí radica también la enorme importancia que adquiere la función empresarial en el panorama social, algo que viene reivindicando la Escuela austriaca en un gran número de trabajos.

La función empresarial juega un papel indiscutible como prin- cipal fuente de descubrimiento y nuevas oportunidades, y es el equivalente cultural de esa otra función enzimática que algún día puso en marcha el proceso evolutivo y el surgimiento inicial de la complejidad y desarrollo de las estructuras biológicas (y que hoy sigue actuando para propiciar la replicación molecular en el seno de las células). Así, los cambios conformacionales que sufren las ribozimas (o los genes actuales) y los cambios de relación que asis- ten al cerebro humano durante el proceso de descubrimiento empresarial, constituyen dos mecanismos hermanos, y son la base de la evolución o la eficiencia dinámica evolutiva, uno en el ámbito de las adaptaciones biológicas y el otro en el ámbito de la evolución cultural. No en vano, Richard Dawkins utilizó el nombre de memes para designar a esos nuevos replicadores cerebrales. En este sen- tido, acabamos de describir el principal isomorfismo que debería tener en cuenta la teoría general de sistemas: el proceso de la repli- cación (uno de los propósitos programáticos de este artículo).

La capacidad creativa del empresario (o el productor) responde al mismo mecanismo evolutivo de cambio que opera a nivel mole- cular, pero representado esta vez en los replicadores meméticos del cerebro. El cambio de un replicador tiene siempre la posibili- dad de conservarse (de replicarse) y supone por esto una oportuni- dad para probar una nueva conformación estructural, que acaso sea más adaptativa que la anterior. Esa es la base de cualquier evo- lución natural, y también de la evolución cultural. La teoría de la eficiencia dinámica del profesor Huerta de Soto está apelando al mismo proceso que ha venido permitiendo y generando la evolu- ción de toda la vida. No es otra cosa que esa misma evolución en el ámbito de la cultura y la sociedad. En su caso, son los memes del empresario los que se someten a reproducción diferencial, compi- tiendo entre sí para favorecer al consumidor, cambiando la confor- mación relacional del cerebro, experimentando nuevas posiciones y alcanzando nuevas soluciones y estabilizaciones adaptativas (o económicas). Y no es sino la misma evolución elevada a la enésima potencia, pues de todos es sabido que los replicadores meméticos sufren variaciones adaptativas que acontecen todos los días (no solo con el paso de una generación a otra, como ocurre con la evolución  darwiniana), se reproducen continuamente con el intercambio de ideas y el lenguaje, y se dirigen a un fin intencional concreto (no son tan azarosos como las mutaciones de los genes), que preludia un éxito mucho más rápido.

Por todo, la evolución cultural sufre una aceleración nunca antes conocida en la historia de la vida (en la que el empresario es uno de sus principales protagonistas), y la eficiencia dinámica se dispara, en este caso, a unas tasas imposibles de alcanzar en el mundo de los genes. Todo ello hace que la teoría de la eficiencia dinámica y la función empresarial (que analiza el profesor Huerta de Soto en algunos de sus trabajos) adquiera tamaña importancia, reclame una atención prioritaria por parte de todos los economis- tas, y se convierta en la única responsable de aquellas explica- ciones que permiten comprender los verdaderos resortes que están detrás del progreso de los sistemas complejos y, en definitiva, del bienestar general que asiste a los individuos que componen las sociedades humanas más desarrolladas.

  • La individuación productiva: simpatrismo y ventaja comparativa

Llamamos individuación productiva al proceso de diversifica- ción y especialización que acontece en el seno de un sistema natu- ral de producción, y que lleva a los individuos que componen dicho sistema a centrarse en una actividad concreta o restringirse a un área de trabajo determinada. El proceso de especialización propicia las desigualdades de los distintos componentes del conjunto, acentuando sus diferencias y remarcando sus caracterís- ticas particulares. Dicho proceso constituye además una implica- ción lógica del principio axiomático de la individuación. La mera existencia de entidades individuales hace que esa individualidad (su insistencia o su amplificación) constituya por sí misma un valor ciertamente importante. Todas las cosas son entes individuales y actúan como tales; todas ellas funcionan por y para atender esa característica elemental. Por tanto, cualquier proceso que vaya en la línea de favorecer ésta individualidad primaria tendrá garanti- zado un plus de efectividad. Por consiguiente, no resulta muy difí- cil entender por qué la desigualdad constituye, junto con la creatividad que asociamos más arriba a la acción, el punto arqui- médico sobre el que debe pivotar cualquier teoría que quiera com- prender el funcionamiento interno y las causas de la evolución de un sistema o un conjunto social.

La ley económica más importante que vamos a estudiar aquí es la ley de la ventaja comparativa. En este caso lo que se analiza es el fenómeno de la diversificación, el intercambio de bienes y el comer- cio internacional, y se concluye con una defensa teórica de la divi- sión del trabajo y la especialización laboral. Y, del mismo modo que la principal teoría de la acción productiva (la teoría de la eficiencia dinámica) presentaba, como vimos más arriba, una clara correspondencia con el mundo de la biología, concretamente con la dimensión dinámica de la catálisis enzimática, ahora también podremos establecer otra equivalencia similar. Compararemos la ventaja comparativa con la teoría evolutiva de la especiación sim- pátrica, y seremos capaces de extraer de nuevo algunas claves importantes que permitan elaborar una analogía parecida y una fundamentación mayor.

No hay duda de que existe una fuerte relación entre la eficiencia de un sistema cualquiera y su grado de especialización, relación que se puede rastrear incluso más allá de la economía, si acudimos al estudio de las ciencias naturales. Jonathan Weiner, reconocido escritor especializado en temas científicos, nos ofrece un ejemplo muy significativo:

«Lo esencial es la eficiencia, o lo que los economistas de la época de Darwin ya denominaban la división del trabajo… La ventaja de la divergencia es, de hecho, la misma que la división fisiológica del trabajo en los órganos de un mismo individuo, escribe Darwin en el Origen. No es de extrañar que Darwin recuerde el resto de su vida el lugar exacto del camino donde concibió esa visión» (Weiner, 2002: p. 232).

A continuación repasaremos y abundaremos en estas ideas que esboza Weiner, al objeto de entender mejor cómo se vertebra todo el conocimiento en torno a estos conceptos fundamentales relati- vos a la individualidad o identidad de las cosas.

  • La ventaja comparativa

La teoría de la ventaja comparativa fue inicialmente propuesta para demostrar que los países tienden a especializarse en la pro- ducción y exportación de aquellos bienes que fabrican con un coste relativamente más bajo respecto al resto del mundo, y que de igual manera tenderán a importar los bienes en los que son más inefica- ces y que por tanto producen con unos costes comparativamente más altos que el resto de naciones.

Esta teoría fue desarrollada por David Ricardo a principios del siglo XIX, y su postulado básico dice que, aunque un país no tenga ventaja absoluta en la producción de ningún bien, es decir, aunque fabrique todos sus productos de forma más cara que en el resto del mundo, le convendrá especializarse en aquellas mercancías para las que su ventaja sea comparativamente mayor o su desventaja comparativamente menor.

No obstante, aunque inicialmente se aplicó a la economía, la ley de la ventaja comparativa se sustenta en unos principios más gene- rales, que pueden aplicarse casi a cualquier cosa. No en vano, la tendencia a la especialización es una propensión fundamental que dirige la evolución de cualquier cambio natural. Las especies bio- lógicas surgen gracias a una especialización que las dota de una característica corporal que las capacita para adaptarse a un entorno determinado. Y cuanto más se especializan, más eficacia alcanzan en el desempeño de sus funciones vitales. Obviamente, la especia- lización también puede traer consecuencias negativas, por la exce- siva dependencia que se crea hacia determinadas circunstancias, lo cual puede llevar a la extinción inmediata del especialista, en el caso de que falte esa coyuntura. Pero ese es un problema derivado. Lo que es innegable es que toda especie surge para acomodarse a unas circunstancias particulares, y eso es sin duda lo que significa la especialización. Adaptación y especialización son, bajo este punto de vista, dos efectos sinónimos. No es extraño por tanto que Ricardo decidiese utilizar la ley de la ventaja comparativa en el ámbito más general de todos: el comercio internacional, para resal- tar las particularidades que condicionan y permiten cualquier intercambio de bienes. No obstante, lo que debe quedar claro es que la norma en cuestión se cumple en todos los órdenes de la naturaleza, no solo cuando analizamos una sociedad, sino tam- bién cuando estudiamos la evolución de la vida y la adaptación biológica de cualquier especie.

  • La especiación simpátrica

El mecanismo biológico que vamos a usar aquí para ilustrar la importancia de la individuación y el alcance de la desigualdad es el que acontece con la especiación simpátrica. Este mecanismo con- siste en la formación de una nueva especie sin que se establezca una barrera geográfica entre poblaciones. Por tanto, dicho proceso estaría poniendo de manifiesto la tendencia espontánea que existe en la naturaleza a la diferenciación y diversificación de cualquier especie animal, y nos estaría hablando también del importante papel que juega en la sociedad ese mismo fenómeno, esto es, la especialización laboral y la ventaja comparativa.

Darwin entendió muy pronto, cuando recorría como natura- lista los islotes de las Galápagos, que el aislamiento de las poblacio- nes que habitaban esa región del mundo había provocado una divergencia natural que enseguida se tradujo en un número de especies distintas en cada una de las islas. Es fácil comprender que, cuando existen barreras físicas que impiden la mezcla genética, las poblaciones aisladas acaban presentando rasgos fenotípicos ligera- mente distintos que, con el paso del tiempo, van acrecentando sus diferencias. Pero esto no resolvía un problema que traía de cabeza a Darwin. Dentro de su propia isla, las diferentes especies de pinzones no se encuentran aisladas las unas de las otras, y sin embargo se ha visto que siguen sufriendo un proceso de especiación semejante al que ocurre entre pinzones que sí están separados por el agua que baña las distintas costas. ¿Qué mecanismo de la naturaleza podría haber obrado para forzar a las poblaciones a diferenciarse todavía más, aún en ausencia de barreras físicas?

En su delicioso libro, El Pico del Pinzón, Jonathan Weiner recoge un episodio autobiográfico de la vida de Darwin en el cual éste relata la manera en la que se le ocurrió la solución al dilema que hemos apuntado más arriba:

«…los pinzones de Darwin no están aislados, cada especie en su propia isla. Por término medio hay siete u ocho especies en cada isla del archipié- lago. Además, hay un constante tráfico de pinzones visitantes. Los pája- ros pueden haber divergido, pero ahora no están separados. ¿Qué sucede cuando las ramas de la vida que han empezado a bifurcarse en aislamiento se reúnen de nuevo? Darwin tenía una respuesta, y es uno de los momen- tos más originales de su argumentación. Puedo recordar el sitio exacto del camino, mientras viajaba en mi carruaje, donde, para alegría mía, se me ocurrió la solución, recuerda Darwin en sus memorias, y prosigue: y eso fue mucho tiempo después de llegar a Down… no fue hasta ese momento, viajando en coche, cuando Darwin sintió que realmente comprendía la ramificación del árbol de la vida. ¿Qué empujaba a las ramas a bifurcarse una y otra vez?… Súbitamente Darwin se dio cuenta de que la adaptación a aislados islotes no era toda la respuesta. Vio un modo en el que la selec- ción natural, al actuar sobre las variedades locales… metería una cuña entre esas variedades separándolas en todo el mundo» (Weiner,  2002:  p. 228).

Darwin llamó a este proceso principio de divergencia. Pero hoy en día se denomina especiación simpátrica, y es uno de los fenóme- nos evolutivos más significativos que podemos consignar dentro de la selección natural. Weiner dice: «Cualquier salida de esa apre- miante competencia —por muy parcial que sea— le supondrá una enorme liberación, casi como si encontrara una nueva isla». Y es que de hecho no hace falta ninguna separación geográfica para que la selección natural actúe presionando a las poblaciones y las obligue a adoptar estrategias de adaptación diferentes. En la medida en que se dife- rencian de sus congéneres, los individuos de una misma población aumentan su propia especialización, mejorando de ese modo sus capacidades para explotar los recursos de un nicho determinado, y disminuyendo en la misma proporción la competencia con otros individuos de la misma especie, lo que les permitirá disfrutar de un número mayor de recursos.

En las islas de Darwin, los pinzones evolucionaron para adap- tarse a la ingesta de semillas de distinto tamaño, no porque exis- tiera una barrera geográfica que impedía su cruzamiento, sino porque esa especialización o radiación adaptativa aportaba por sí misma un claro beneficio neto.

La confirmación teórica de la idea de Darwin no llegaría hasta el siglo XX, con las investigaciones realizadas por el matrimonio Peter y Rosemary Grant en el ecosistema de las islas Galápagos. Sus estu- dios demostraron que la evolución biológica es mucho más habitual de lo que en principio podemos suponer: sucede casi a diario. Esto se debe en parte a que la especiación no es un fenómeno que venga condicionado necesariamente por la separación geográfica, sino que también se debe a una presión continua (omnipresente) que hace que aparezcan divergencias de manera espontánea dentro de la propia población, en un proceso que está íntimamente ligado con las características individuales que condicionan la existencia y el funcionamiento básico de todos los participantes. Weiner señala:

«Ahora los evolucionistas saben que el aislamiento de las especies no es simplemente una cuestión de poblaciones separadas por montañas, caño- nes o mares… El aislamiento de las especies consiste principalmente en las barreras invisibles que pueden eliminar una punta de población en una nueva isla o dividir una gran población en un conjunto de dispersas reservas de genes, más o menos solitarias… los pinzones de Darwin pue- den cruzarse, pero hay algo que se lo impide a la mayoría. Las barreras que rodean a los pájaros son invisibles porque han sido creadas por la pro- pia conducta de esas criaturas. No es la anatomía sin el instinto, lo que las mantiene apartadas» (Weiner, 2002: p. 257).

Lo que el matrimonio Grant descubrió es que las poblaciones de pinzones sufren un mayor grado de especialización cuando las condiciones del entorno se vuelven más adversas. En los años de sequía en los que escasean las semillas, bastan unas pocas genera- ciones para que se manifiesten esas diferencias en los picos de los distintos especímenes. Mientras un grupo de individuos modifica su conducta alimenticia y su fisonomía: adoptan instintos nuevos que les llevan a preferir las semillas más grandes y duras, y a engrosar el tamaño de su pico, otros individuos de la misma pobla- ción se especializan en buscar y triturar semillas más pequeñas, por lo que sus picos no experimentan ningún engrosamiento. Y esta evolución es reversible en los años de abundancia de lluvias, cuando las condiciones son más favorables, lo que pone de mani- fiesto la enorme plasticidad genética de los organismos, la impor- tancia de los instintos y el comportamiento, y la eficacia de la presión selectiva y la evolución natural que actúa sobre ellos.

Cuando corren buenos tiempos, la selección natural favorece la variabilidad genética y la hibridación que da lugar a esa variabili- dad. Pero en cambio, cuando llegan tiempos peores, los individuos adoptan comportamientos distintos que les llevan a reproducirse en entornos acotados y sólo con aquellos compañeros con los que guardan un mayor parecido. Weiner comenta a este respecto: «Sus linajes se unen y se separan, y de esa manera los pájaros están creándose y recreándose, una y otra vez.» (Weiner, 2002: p. 323). Resulta asom- broso comprobar cómo son zarandeados estos linajes, depen- diendo de la dirección de las fuerzas selectivas del entorno, casi como si se tratase de la tela de una bandera movida por el viento. Pero, sobre todo, queda demostrada la importancia que adquiere la desigualdad y la especialización a la hora de aumentar la eficacia general del sistema biológico, el cual se ve obligado a adoptar una mayor divergencia cada vez que las condiciones del medio se hacen más exigentes y reclaman un rendimiento productivo mayor. Asimismo, esta importancia se puede trasladar también al estudio de las sociedades humanas, para significar la relevancia que cobra la especialización de la mano de obra en el ámbito del mercado, la productividad, y el contexto internacional. De igual manera que los pinzones tienden a especializarse en la ingesta de un solo tipo de semillas, aunque sean mejores que los demás consumiendo varios tipos (en realidad un pinzón de pico grueso podría molturar también semillas más pequeñas sin ningún problema aparente, incluso con mejores resultados que algunos pinzones de pico más afilado), así también los países que dediquen sus recursos a la producción de un único bien, y que luego intercambien este en el mercado internacional (aún a sabiendas de que pueden superar a los demás países en la fabricación de varios bienes), gozarán de mayor ventaja con respecto a aquellos que no se especializan. Y eso es, en definitiva, lo que viene a decir la ley de la ventaja comparativa que propuso David Ricardo a principios del siglo XIX.


CONCLUSIONES

Estas leyes que acabamos de ver, y otras muchas más (la ley de costes, la ley de la determinación de precios, la ley de la utilidad marginal, la ley del rendimiento decreciente), constituyen en con- junto un armazón fundamental para defender el mercado libre y las sociedades abiertas, y adquieren mayor verosimilitud cuando entendemos que resultan de aceptar otras reglas más generales, que gobiernan el funcionamiento y la homeostasis interna de todos los sistemas y de toda la naturaleza.

Todas ellas se enmarcan dentro de un campo de estudio mucho más amplio, el de las teorías de la complejidad y la teoría de siste- mas, y cobran por tanto más importancia cuanto más complejo sea el objeto de estudio. Así por ejemplo, la especialización adquiere si cabe todavía más relevancia en aquellos casos en que los agentes en cuestión pueden diversificarse, relacionarse e intercambiar bie- nes con mayor facilidad, esto es, cuando dichos agentes conforman sociedades humanas con un elevado grado de libertad para el movimiento de bienes, capitales y personas.

En este trabajo he procurado realizar un estudio comparativo que me permitiese relacionar varias teorías en apariencia muy ale- jadas, unas pertenecientes al ámbito de la biología y otras inscritas en el campo más concreto de la economía. Ello me ha permitido fundamentar los teoremas y las leyes de las segundas en los pre- ceptos y fenómenos que analizan las primeras. Sigo en eso los pasos del padre de la escuela austriaca de economía, el teórico Carl Menger, que decía lo siguiente:

«la gran difusión que la llamada concepción organicista de las formacio- nes sociales ha tenido en la literatura científico-social de todos los países es sin duda una prueba elocuente de que realmente existe una clara semejanza entre los fenómenos sociales y los organismos naturales…» (Menger, 2006: p. 207).

Como puede verse, me interesa construir una teoría económica de corte ecuménico, enriquecida con algunas nociones propias de la biología y la metodología generales, suturada con puntos de unión que favorezcan la colaboración y participación de todas las ciencias, y coronada por hitos que señalen con claridad el camino que marcan aquellos principios filosóficos en los que todas ellas se basan. No en vano, mi propósito siempre ha sido realizar un estu- dio metodológico completo, y utilizar éste para derivar algunas nociones válidas en todos los campos del pensamiento, que sean especialmente útiles para entender las leyes generales que rigen la economía, aquellas normas que determinan el funcionamiento del sistema más complejo de todos, que es también el sistema que más incumbe y compete al ser humano: la sociedad civil. Al fin y al cabo, es nuestra felicidad y nuestro bienestar lo que está en juego. La última implicación lógica del conocimiento siempre debería aspirar a tener un carácter deontológico y una aplicación política de corte liberal, con miras a lograr un confort general mucho mayor. Ese es el motivo de que hayamos resaltado dos propiedades importantes: la creatividad del empresario y la desigualdad de funciones. Ambas se predican directamente de la ontología más básica, y procuran a su vez muchos más beneficios al hombre (no es casualidad por tanto que tengan este abolengo). Ambas conlle- van una responsabilidad y un esfuerzo individual mucho mayo- res, que sólo es posible encontrar en aquellos códigos morales y aquellos comportamientos éticos que están basados en el respeto a las diferencias, la pluralidad, la libertad personal, los valores meri- tocráticos y las destrezas competitivas que fomentan el avance, la generación de bienes, y el progreso de las sociedades. Y por supuesto, ambas están íntimamente relacionadas, como no podía ser de otra manera, con el carácter individual que detentan las per- sonas, con los elementos más fundamentales que constituyen la realidad, y con todos aquellos atributos físicos que han estado siempre en el punto de mira del liberalismo clásico y de todas las teorías económicas que vienen posicionándose a favor del libre mercado y los derechos inalienables del individuo.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ARISTÓTELES (2008).  Metafísica,  Libro  VII,  Madrid,  Bolsillo  Alianza Editorial [segunda reimpresión, 2011].

— (2012): Ética a Nicómaco, Libro I, Madrid, Bolsillo Alianza Edi- torial.

BERTALANFFY, L. Von (1968).  Teoría  general  de  los  sistemas,  México, Fondo de Cultura Económica [decimoctava reimpresión, 1976].

HUERTA DE SOTO, Jesús (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial, Madrid, Unión Editorial.

— (2011): «La teoría de la eficiencia dinámica», Procesos de mercado: revista europea de economía política, ISSN 1697-6797, Nº 1, 2004, pp. 11-72.

MENGER, Carl (2006). El método de las ciencias sociales, Madrid, Unión Editorial.

NUÑEZ DE CASTRO, Ignacio (2012). Enzimología, Ediciones Pirámide (grupo Anaya).

ROTHBARD, Murray N. (2004).  El  hombre,  la  economía  y  el  estado,

Madrid, Unión Editorial [2011].

WEINER, Jonathan (2002). El pico del pinzón, Barcelona, Editorial Galaxia Gutenberg.

WILSON, Edward O. (1998). Consilience, la unidad del conocimiento, Barcelona, Editorial Galaxia Gutenberg [1999].

Publicado en ARTÍCULOS EN REVISTAS CIENTÍFICAS, Artículos científicos en Procesos de Mercado, MEDIOS, Sociobiología: una aproximación desde la Escuela Austriaca | Deja un comentario

El antifeminismo de Camille Paglia

“Los hombres se han sacrificado y lisiado a sí mismos física y emocionalmente para alimentar, alojar y proteger a las mujeres y niños. Ninguno de sus sufrimientos y logros es registrado en la retórica feminista, que retrata a los hombres como explotadores, opresivos e insensibles” (Camille Paglia).

Hay tres cosas más que debería saber el ‘ginecomunismo’ o feminismo colectivista:

LA LEY no discrimina a las mujeres. Y no está bien que lo haga. Es un logro de las sociedades occidentales que ha costado mucho esfuerzo.

El EMPRESARIO puede o no discriminar a las mujeres. Lo correcto es que disponga de total libertad para contratar a los trabajadores que necesite.

LA NATURALEZA si discrimina a las mujeres. La maternidad y las preferencias laborales y sentimentales hacen imposible que las hembras puedan o quieran invertir la misma cantidad de recursos que los machos en un trabajo remunerado con dinero. Ante esto no hay nada que podamos hacer. Lo correcto aquí es entender cómo funciona la biología sin intentar adivinar qué es lo más correcto.

Publicado en MIS AFORISMOS | Deja un comentario

Taxonomía marxista

Los liberales son los únicos ideólogos que creen en la igualdad. Todos los demás son socialistas que creen en algún tipo de privilegio arbitrario. Solo se puede sostener la igualdad de todos los ciudadanos si antes nos aseguramos de respetar la variedad y las diferencias que surgen en la naturaleza de manera espontánea. Por eso, la única igualdad posible (viable) es aquella que queda establecida con la ley, en virtud de la cual todos los seres humanos tienen los mismos derechos y libertades básicos. La igualdad ante la ley es la única forma de igualdad que respeta nuestras libertades y permite la manifestación de todas las diferencias y habilidades que caracterizan a los individuos. Si intentamos llevar mas allá esa igualdad, esto es, si pretendemos extender la igualdad a otras áreas distintas de la justicia, y a otras manifestaciones que no sean las que cada cual emprende libre y voluntariamente, como es obvio que somos diferentes y que estas diferencias determinan todas nuestras habilidades y motivaciones, no solo no vamos a lograr esa pretendida igualdad, sino que además conseguiremos acentuar aquellas diferencias y privilegios perjudiciales (arbitrarios) que distorsionan las decisiones sanas que toman los individuos al cabo del día.

Las diferencias que caracterizan a las personas son importantes en la medida en que lo son también las propiedades metafísicas (necesarias) que identifican a todas las estructuras físicas. Las cosas existen debido a que tienen dos cualidades básicas. Por un lado son individuos concretos, y por el otro actúan para conservar esa individualidad el máximo de tiempo. En este sentido, toda diferencia no es otra cosa que la manifestación tangible que resulta de tales cualidades. Por tanto, la diferencia también es lo único que permite determinar el movimiento y la actuación particular, y, por extensión, la evolución permanente de cualquier sistema físico. Las diferencias sirven para identificar a las cosas, y se manifiestan con las acciones que cada una de ellas lleva a cabo. Y el ser humano no es ninguna excepción. Las diferencias son la fuente primaria del valor más importante que tiene la vida. Las diferencias abren las puertas a multitud de posibilidades y logros personales, y, en consecuencia, estimulan el esfuerzo de la gente, e instan a buscar nuevos objetivos. Por el contrario, la igualdad se traduce en un marasmo y un agotamiento inmediatos. Cualquier físico amateur sabe que el movimiento se detiene siempre que aparece un equilibrio térmico o una igualdad de concentraciones. La evolución solo encuentra un motor válido si los individuos pueden competir y diferenciarse (o distinguirse) al objeto de adaptarse a un hábitat concreto. Por eso el igualitarista tiende a rechazar siempre cualquier manifestación que tenga algo que ver con el progreso o el desarrollo, y sus medidas devienen siempre en atraso.

El igualitarismo es una idea antiquísima. No se le ocurrió a Marx una noche de verano. El igualitarismo es la manifestación última del deseo sempiterno de dominación que invade al hombre cuando compite para sobrevivir; es la excusa perfecta para igualar y someter a todo un pueblo. Y también es la base que está detrás de esa creencia, tan extendida y poco meditada, que gusta de equiparar la justicia con la igualdad. El igualitarismo, por tanto, se alimenta de dos deseos muy fuertes y mutuamente necesarios: un afán perverso por someter al prójimo, y un carácter mayoritario, pusilánime, ovejuno, ingenuo e ignorante. Ambos pertenecen a una tradición antediluviana, y están arraigados en el instinto que nace en la noche de los tiempos. Por tanto, no es extraño que se manifiesten a la vez y de todas las maneras posibles, en un acorde de repeticiones históricas que nunca tiene fin. En la actualidad, a medida que la sociedad se diversifica, aparecen también muchas otras formas de socialismo. La taxonomía colectivista evidencia constantemente una fuerte predisposición a quedarse. El colectivismo aprovecha todas las diferencias que se dan en una sociedad, aquellas que son debidas a categorías biológicas (especie, raza, sexo) y aquellas otras que tienen que ver con habilidades sociales (clase). Y se apoya en ellas para justificar sus demandas y pregonar sus promesas. Empezó usando solo las diferencias de carácter social (de clase), con las que disculpaba todas las barbaridades cometidas durante la revolución proletaria. Los obreristas que heredaron esa forma de pensar niegan hoy día las diferencias que se dan entre ricos y pobres, y continúan enfrentando a trabajadores con empresarios como antaño lo hicieran los coetáneos de Marx. Pero también se han diversificado mucho a medida que se desarrollaba el mundo. Hoy utilizan otras categorías distintas, de tipo biológico, una estrategia que les ha permitido copar diversas esferas de la sociedad, dando lugar a lo que se ha venido a conocer como marxismo cultural. De este modo, cobran fuerza nuevos y peligrosos movimientos:

  • Algunos grupos usan la categoría del sexo, niegan las diferencias sexuales y enfrentan a hombres y mujeres. Se llaman feministas.
  • Otros usan la categoría de raza: niegan las diferencias raciales, y dan la espalda a toda la riqueza genética que ha permitido el éxito evolutivo que disfruta nuestra especie.
  • Finalmente, los hay que usan la categoría de especie: niegan las diferencias entre humanos y animales, otorgan a todas las bestias los mismos derechos, y enfrentan a unos hombres con otros. Son los animalistas.

Pero las diferencias también se pueden usar para negar la propia identidad del colectivo, lo cual nos lleva a contemplar un abanico de ideologías todavía más amplio. Se pueden negar las diferencias de clase (marxismo), las razas humanas (nazismo), las civilizaciones históricas (relativismo cultural), los sexos (feminismo), las especies (animalismo). Pero paradójicamente también se pueden negar las diferencias que determinan la propia consideración de conjunto, obviando en este caso todas aquellas disconformidades que distinguen, identifican y agrupan a algunos colectivos importantes. Esto hace que algunos libertarios incurran en los mismos errores que cometen los socialistas. Confunden la lucha individualista con el rechazo absoluto de cualquier forma de colectivo, niegan la existencia del Estado, o afirman, como hacen los igualitaristas, que las razas no tienen existencia real.

En cualquier caso, el pecado original siempre consistirá en buscar un tipo de igualdad distinta de aquella que viene marcada en las leyes. La isonomía, que así se denomina a ese tipo de igualdad, permite que los ciudadanos nos agrupemos o nos segreguemos de la manera que queramos, pero siempre unidos dentro del único colectivo obligatorio que puede defenderse por la vía de la fuerza: el de los hombres libres.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

Creacionismo liberal en el siglo XXI: ¡¡vaya contradicción!!

Acabo de leer de madrugada un artículo en la página del Instituto Juan de Mariana que me ha dejado perplejo, casi noqueado. De repente se me han quitado las ganas de colaborar con esta insigne institución (seguro que se me pasará). Hasta tal punto ha llegado mi nivel de indignación, que me he lanzado sin pensarlo fuera de la cama para escribir algo al respecto. Se me ha quitado el sueño.

Todavía está caliente el artículo que publiqué en este mismo blog denunciando la negación que hacen las feministas de la propia biología (https://elreplicadorliberal.com/2018/03/09/el-feminismo-la-negacion-de-la-biologia/), y ya tengo que lamentar la misma adjuración por parte del otro bando (los liberales), esta vez con un dolor de corazón mucho mayor. Tantos años cultivando el pensamiento crítico y la razón, huyendo de toda superchería como quien huye del diablo, para que ahora, ya de viejo, tenga que asumir una parte de culpa a la hora de contribuir a extender ese tipo de abortos intelectuales. Me niego en rotundo. Por supuesto, soy consciente de que las ideas que evacua el autor de dicho artículo son propiedad de una única persona, y que el instituto en cuestión siempre se ha desvinculado de la opinión que tenga cualquier miembro. Pero, ¿quiere esto decir que no hay que utilizar ningún tipo de límite o filtro académico? ¿Puede el Instituto desvincularse tanto de las ideas de sus miembros que permita a estos jactarse de negar la propia evolución biológica con unos argumentos tan pobres? No lo creo. Porque para negar la evolución darwiniana primero hay que negar la ciencia casi al completo. Es imposible explicar la realidad sin acudir al darwinismo. “Nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución” ( Theodosius Dobzhansky). Ni la genética, ni la medicina, ni la ontología, ni la agricultura, ni la vida, ¡¡nada!!

Ahora voy a tener que soportar la vergüenza sobrevenida cada vez que alguien me pregunte si colaboro en alguna institución independiente. Admito que tal vez estoy exagerando un poco. El Instituto publica multitud de excelentes artículos, pero es que estoy impactado por lo que acabo de leer: que si la termodinámica hace imposible la evolución de las especies, que si las mutaciones no pueden producir cambios adaptativos, que si lo único que participa del proceso evolutivo es el azar, que si la defensa de la evolución estaría avalando el totalitarismo político, que si el eslabón perdido niega el progreso biológico… El autor de estas líneas demuestra una ignorancia supina en materias básicas para la ciencia, y cualquiera que se haya interesado mínimamente por cultivar este arte amatorio, que representa la búsqueda constante de la verdad, no puede menos que quedarse ojiplático ante cada una de las ideas que se vierten en ese opusculillo. Parece escrito por un niño que todavía no hubiera asistido a la escuela primaria, o por un creacionista airado de la Edad Media. Conozco al autor y me une a él un trato cordial que seguro va a seguir existiendo, pero no puedo dejar de denunciar (y lamentar) lo que éste dice.

Un porcentaje bastante significativo de científicos cae en el error de creer que la ciencia será capaz algún día de dar respuesta a todos los interrogantes que existen. El propio Hawking afirmaba eso a través de su sintetizador electrónico cada vez que alguien le preguntaba por los límites del conocimiento. Algunos llamamos cientismo a esa forma común de vanagloria. Pero lo que hace el autor del artículo que aquí nos ocupa (y preocupa) es una verdadera barbaridad. No se limita a criticar el cientismo de Hawking. Es evidente que no se contenta con delatar el exceso de arrogancia que entraña la ignorancia de cualquier tipo de límite gnoseológico. Antes bien, niega la propia teoría de la evolución biológica, la única construcción científica que da sentido y coherencia a todas las ciencias naturales. Al hacer esto, casi podemos decir que está equiparando la ciencia con el cientismo, como si fueran una y la misma cosa.

Si tienes estudios básicos sabes de buena mano que el segundo principio de la termodinámica se limita a afirmar que es imposible aumentar el orden del universo en términos absolutos, lo que no quiere decir que ese orden no se pueda incrementar localmente, para una estructura determinada. Los sistemas complejos aumentan su ordenamiento interno gracias a que producen un desorden mayor en su entorno, debido al calor que desprenden con su trabajo, sin contradecir para nada la segunda ley de la termodinámica. Si esto no fuera posible, como dice José Augusto, nada mínimamente complejo podría haber aparecido jamás. Parece mentira tener que decir esto.

Si el interfecto hubiera trabajado en un laboratorio, habría podido experimentar en carnes propias, todos los días, el mecanismo indefectible que pone en marcha y mueve la evolución natural. La habría puesto a prueba cada vez que hubiera tenido que clonar un gen nuevo o cultivar una cepa bacteriana.

Si el autor no cree en las mutaciones beneficiosas, tampoco debería aprobar la medicina (ni someterse a sus tratamientos) ¿Para qué tanta lucha por intentar cambiar alguna letra del código genético, si no hay mutaciones? ¿Por qué tenemos que seguir insistiendo en los beneficios de la terapia génica si no hay mecanismo alguno que, a través de un pequeño cambio, devenga en un funcionamiento fisiológico mejorado? ¿Para qué usar mutágenos sobre bacterias para mejorar alguna línea de producción o curar alguna enfermedad humana, si no existen mutágenos y tampoco bacterias mejoradas?

Otra cosa que se dice en el artículo es que la evolución es puro azar. Sin embargo, hace años que ningún científico serio discute este extremo.  En la evolución  también hay necesidad. Lean a Jacques Monod. Compren su libro: “El azar y la necesidad”. Ahí podrán hallar toda la información necesaria para no caer en este tipo de pamemas.

El eslabón perdido es una de las mayores desfachateces que se puede atribuir al género bobo. Los tontos siempre van a recurrir a ese tipo de argumentos infalsables. Por mucho que les pongamos delante de las narices toda las serie evolutiva de una determinada rama del árbol genealógico, ellos siempre se van a acoger a esos pequeñísimos puntos ciegos que pueden aparecer a veces. Siempre se puede alegar que existe un puntito desconocido. Pero es estúpido negar toda la línea por mor de ese desconocimiento mínimo, como es estúpido negar todos los descubrimientos de la ciencia simplemente porque aún no conocemos todo.

Y la política, ¡ay la política! ¿Cómo se puede relacionar la política totalitaria con la teoría de Darwin afirmando que ambas pecan de soberbias? ¿Qué muestra de mayor arrogancia existe que aquella que convierte al ser humano en la criatura preferida de Dios, a imagen y semejanza suya, o aquella que dice conocer el origen de todos los existentes mucho antes de empezar a estudiar la naturaleza con alguna seriedad? ¿Cómo se puede decir que el darwinismo (y la ciencia en general) propone una visión arrogante del mundo, cuando es exactamente todo lo contrario. El darwinismo resulta del esfuerzo ingente de miles de investigadores a lo largo de los siglos, que pusieron en duda la mayor arrogancia de todas: la religión. El darwinismo baja de su pedestal sagrado al hombre y lo coloca al lado del resto de criaturas, llevando a cabo un ejercicio de humildad que no tiene precedentes. Es la religión socialista la que ha arrastrado debajo de los pies del dictador a millones de personas imprudentes, precisamente porque éstas se creían tan vanidosas que ni siquiera se permitían cuestionar nada de lo que dijera el sátrapa de turno para elevarles el ego.

Por lo demás, el darwinismo ha venido a señalar la importancia del proceso espontáneo, mucho antes de que a Hayek se le ocurriera aplicarlo a las ciencias sociales para denunciar toda política intervencionista y centralizada. De hecho, se sabe que Darwin se inspiró en Adam Smith para componer su obra magna. ¿Cómo se puede tergiversar el mensaje liberal de esa manera, dando la vuelta a los argumentos como si fueran unos meros calcetines usados?

Negar la evolución no supone simplemente negar una teoría en particular. Lo que estamos haciendo es negar toda una materia académica. Negar la evolución es como negar el átomo en física o el intercambio en economía. Aquellos que niegan la evolución no proponen un cambio de modelo (como pueden hacer los comunistas en política). Lo que quieren es un modelo sin cambio. Y cuando negamos el cambio, negamos también toda la realidad. No en vano, la evolución es una teoría metafísica. La existencia no tiene alternativas. Solo existe aquello que sobrevive, y solo sobrevive aquello que evoluciona por selección natural. Negar la mayor de las verdades supone abrazar la mayor de las mentiras. No tiene excusa posible.

El artículo que ha motivado esta entrada:

https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/stephen-hawking-o-el-endiosamiento-de-la-razon

Publicado en MIS NOTAS, Notas de biología | Deja un comentario

El feminismo: la negación de la biología

La expresión más elevada de la ignorancia humana consiste en desconocer la propia naturaleza de la vida. Y la manifestación más extendida de dicha incultura pretende afirmar que todo comportamiento humano es una mera construcción social, que resulta de la cultura. En este sentido, cabe señalar el constante ninguneo al que son sometidas nuestras raíces biológicas, sobre todo en lo tocante al sexo.

El sexo nació para aumentar la variabilidad de las especies y permitir que se adaptaran a las condiciones ambientales siempre cambiantes. El sexo no es otra cosa que la aplicación de una estrategia impecable por parte de la naturaleza para propiciar el cambio de las proporciones genotípicas de las poblaciones, y acelerar así la evolución y la adaptación biológicas. El sexo es uno de los principales caballos de batalla del progreso natural. La mezcla de genes provoca nuevas combinaciones alélicas que, llegado el caso, pueden generar otras estrategias adaptativas distintas de las habidas hasta entonces. El sexo es la estrategia por antonomasia, aquella que permite explorar nuevas formas de supervivencia, más fecundas. Ahí radica su importancia, y eso explica también su generalización a lo largo y ancho de la Tierra, implicando a toda la flora y fauna del planeta.

Lo que no se explica es que haya grupos de población que se reúnan en torno a ciertas ideas de igualdad, al objeto de reivindicar la equiparación absoluta de los sexos, más allá de la necesaria igualdad con la que hombres y mujeres debemos ser tratados por la justicia o la ley. No se explica que los hijos de la naturaleza quieran ahora obviar todas las diferencias, consecuencias y condiciones que trae aparejada esa estrategia natural que rentabiliza la forma de reproducirse y expandirse, y de la que ellos son meros deudores.

Podemos decir que la naturaleza es una empresa que invierte todos sus recursos en producir nuevas copias genéticas, ligeramente modificadas (mejoradas), utilizando como materia prima aquel ADN que ya ha demostrado su efectividad a lo largo de millones de años. Así, la vida trata de combinar esos genes de mil maneras distintas, de igual forma que el orfebre mezcla los metales para obtener aleaciones más resistentes o maleables. Toda empresa busca la especialización de sus trabajadores, en la medida en que esa división aumenta el rendimiento por unidad producida, y mejora significativamente la calidad y cantidad de tales productos. La ley de la división del trabajo es una de las leyes más aceptadas y asumidas por la comunidad de científicos y expertos economistas. Pero no hay que ser un académico para darse cuenta de todos estos aciertos. Nosotros mismos buscamos siempre dedicarnos a una única profesión y emplear todo nuestro conocimiento y recursos en aprender ese negocio en concreto. Y la naturaleza ha hecho exactamente lo mismo. Las especies se especializan en explotar determinados nichos ecológicos. Los órganos del cuerpo se aplican solo a determinadas tareas o funciones fisiológicas. Las células se diferencian a partir de un endodermo y ectodermo comunes, y dan lugar a toda la variedad tisular de la que goza una criatura viva. Y por encima de todo, los individuos nacen con una especialidad suprema, la capacidad para generar óvulos o producir espermatozoides. En términos generales, ningún individuo suele emplear sus recursos para producir los dos gametos en la misma proporción y con la misma insistencia. Si acaso hay criaturas hermafroditas, éstas son una excepción a la regla, y en cualquier caso también ellas utilizan sus órganos especializados para fabricar unas veces esperma y otras óvulos. Por tanto, la mejor estrategia, también aquí, es la de la especialización y la división de funciones. Y la forma más inculta de obviar esa realidad es aquella que niega las diferencias de género (o sexo) que permiten todos esos desempeños.

Cuando la naturaleza se dispuso a producir gametos que pudieran fusionarse al objeto de barajar los genes que portaban en su interior, con la intención de aumentar la variabilidad y el fitness reproductivo, se encontró de inmediato con un doble problema de intereses. Por un lado, los gametos tenían que moverse con rapidez para poder encontrarse. Y por otro era imperativo que llevasen consigo las reservas energéticas que, luego de la fusión, iban a permitir al cigoto resultante aumentar su volumen y su tamaño e iniciar las fases de crecimiento del embrión y el feto. Esto lo resolvió la naturaleza, como no podía ser de otro modo, con división del trabajo. Algunos individuos se especializaron para producir gametos con alta movilidad: espermatozoides. Y hubo otros que fabricaron grandes células nutricias: óvulos. Así nacen los sexos masculino y femenino, y todas las diferencias físicas y comportamentales que traen aparejados estos roles y que determinan también la naturaleza particular del ser humano.

Ahora bien, todo esto supuso al mismo tiempo una diferencia radical en el uso que hacen machos y hembras de los recursos que tienen a su disposición. Mientras ellos destinaban mucha menos energía a la fabricación de gametos y al desarrollo del feto, ellas estaban obligadas por la naturaleza a invertir una cantidad de recursos muy superior. Ello hizo que los hombres reconocieran y reconducieran sus energías para emplearlas en otras funciones, tales como la defensa exterior (la guerra) o la caza mayor. Sus cuerpos se embrutecieron y se llenaron de músculos. Los de ellas por el contrario acumularon grandes reservorios de grasa en los pechos, las caderas y las nalgas. Todo esto contribuyó a su vez a hacer más atractivos esos rasgos sexuales secundarios, en la medida en que estos marcaban la diferencia entre el éxito (reproductivo) y el fracaso. Esa es la razón de que a nosotros nos gusten unas caderas anchas y unos pechos turgentes, y a ellas unos brazos musculosos y protectores. No tiene nada de misterioso. Nuestros gustos son simple reflejo de las estrategias más básicas que ha empleado la naturaleza para aumentar la supervivencia, precisamente porque esa supervivencia y esos gustos han permitido la selección eficaz de aquellos individuos que a día de hoy son los que habitan la tierra.  

Seguramente, lo que voy a decir a continuación puede escandalizar a una buena parte de los lectores que se acerquen a este artículo atraídos por el significado que el título les sugiere. Otros saldrán convencidos al acabar su lectura. En cualquier caso, no me preocupa ninguna de esas reacciones. No es mi cometido alegrar o entristecer a nadie en particular. Mi único objetivo es describir la realidad tal y como es, mal que pese a muchos. Empezaré por tanto por la parte más difícil de todas, la que describe al hombre como un ser superior a la mujer en algunas habilidades relacionadas con la inteligencia racional.

Por término general, el hombre está más predispuesto para la contemplación y el estudio pormenorizado de la naturaleza. Con esto no digo que haya que obligar a las mujeres a emplear su tiempo en otros menesteres, tales como coser o fregar. No se me alteren ustedes. No se marchen todavía. Sean valientes y sigan leyendo. A lo mejor entienden lo que quiero decir. No defiendo la dominación de la mujer por parte del hombre. Lo que afirmo es exactamente lo contrario a lo que ustedes puedan estar pensando, a saber, que en condiciones de absoluta libertad, los hombres tenderán siempre a estudiar y sistematizar la naturaleza, y convertirse de ese modo en científicos o directores de empresa en un grado mayor que las mujeres. La causa de que existan más científicos masculinos no reside sólo en el hecho de que las mujeres se hayan visto históricamente sometidas por los hombres, recluidas en el hogar y obligadas a ejercer tareas más pedáneas y menos agradecidas. La causa última se haya en los roles que la naturaleza ha dispuesto para hombres y mujeres. Las labores de los hombres han tenido siempre un campo de operaciones más extenso y abierto. Los hombres han salido a cazar, han ido a la guerra, o se han embarcado en exploraciones peligrosas mucho más que las mujeres. Por su parte las mujeres siempre han estado más enfocadas al interior, empleadas en el cuidado directo de las crías. Solo hay que ver el cuerpo que presentan unos y otros para deducir al instante estas conclusiones, sin entrar en más detalles. Repito que no estoy abogando por impedir que las mujeres hagan el trabajo que quieran. Mi constatación sólo cobra sentido en un ámbito de libertad plena, única situación que puede poner de manifiesto las distintas tendencias naturales que deben aflorar de forma espontánea en ambos sexos. No se equivoquen. No hablo de condicionamientos sociales sino de obligaciones naturales ineludibles.

Pero mi afirmación no se basa solo en estas cuestiones generales. Hay muchas investigaciones que avalan lo que estoy diciendo. Expondré una de ellas. El autismo es una enfermedad bastante más común en hombres que en mujeres. Los niños autistas se caracterizan por la obsesión que muestran hacia el orden y por el miedo que les producen las situaciones nuevas que no han previsto. Y parece que este comportamiento está bastante relacionado con ese sentimiento científico que impulsa a los investigadores a buscar patrones de control y órdenes subyacentes en la naturaleza. De hecho, algunos grupos de trabajo han presentado estudios que demostrarían lo que estamos afirmando, que los genes que determinan el autismo están ligados a genes que favorecen el intelectualismo y el anhelo de conocimiento abstracto. No es absurdo pensar que, dado que el hombre ha sido escogido por la selección para desempeñar un rol que le predispone a enfrentarse con la naturaleza y con el mundo exterior, la propia naturaleza le fue dotando de un innato sentido para la observación y la exploración, al tiempo que le proporcionaba fuertes músculos para la guerra y las excursiones. La mujer en cambio se especializó en producir óvulos inmóviles y pesados, cargados de reservas, a la espera de que llegaran los espermatozoides para realizar la fecundación. Ello fue determinante para que se convirtiera en el individuo biológico que hoy es. La hembra es la que carga con todo el desarrollo embrionario y la que más invierte en el crecimiento de la descendencia. Cuando tú inviertes más en un determinado bien, sueles cuidar de tu capital con mayor ahínco y preocupación. Y eso es lo que pasó con las mujeres. Desde el principio han tenido una participación mayor en las acciones dirigidas al cuidado de la prole; las atan a sus hijos unos lazos mucho más fuertes. Por eso la naturaleza las ha ido convirtiendo en madres cada vez más abnegadas, reservorios de energía, y ha propiciado también que sean ellas las que al final deciden y eligen sacrificar la vida profesional para aplicarse en las tareas de la casa. Son seres de interior porque es en el interior de los hogares donde llevan a cabo la tarea para la que la naturaleza las ha dotado: el cuidado de los recién nacidos. Por supuesto, esto no es una norma absoluta, ni debe utilizarse para justificar ninguna imposición cultural o política. Pero sí estaría explicando la tendencia y las diferencias sociales que aparecen por todas partes. Sobre todo permite entender que ciertas diferencias son de suyo inerradicables, en tanto en cuanto forman parte de la constitución natural y funcional de todos los seres vivos.

Todo lo anterior invita a pensar que la brecha salarial entre hombres y mujeres es una realidad insalvable. Ellas invierten parte de sus recursos en una empresa (la crianza) que no está pagada con salarios. Y lo hacen voluntariamente, con delectación y con placer, porque han sido creadas por la naturaleza para realizar esa función en concreto. Es legítimo que combatamos aquella brecha de género que se debe a injusticias sociales o injerencias machistas que restringen la libertad de elección de la mujer. Pero no podemos ir contra esa otra brecha salarial que está asociada con la condición natural y la voluntad biológica de hombres y mujeres, como no podemos ir tampoco contra aquellos niños que a los quince años miden menos que la media de su edad.

Soy licenciado en biología. Cada vez que alguien dice una nueva tontería relacionada con esta disciplina me lo tomo como algo muy personal; es como si me dieran una patada en toda la espinilla. Lo irónico es que aquellos grupos de mujeres que reivindican la igualdad biológica y su equiparación absoluta con los hombres lo hacen levantando las camisetas y mostrando la firmeza de sus glándulas mamarias enhiestas, una de las partes del cuerpo que mejor representa la diferencia de sexos y el origen natural de los mismos. Lo que es irónico es que muchas feministas se comporten como machirulos, precisamente porque tienen en su sangre un plus anormal de testosterona que las conduce a ser más agresivas y atrevidas que la media de mujeres, y a encauzar esa agresividad dirigiéndola hacia un único objetivo, para negar las diferencias de género que la propia testosterona ha ido moldeando en todos los cuerpos. Y es que la negación de la naturaleza trae estos contrasentidos. Es como decir con palabras que uno no puede hablar. Acaba siendo el hazmerreir de toda la clase. Sin embargo, cuando envolvemos esos absurdos y los decoramos de ideología, parece que la gente no tiene mayores problemas en aceptarlos y difundirlos.

El feminismo rancio que hoy nubla la mente de tantos hombres y mujeres no es más que un antiguo contrasentido, un absurdo fácil de detectar si no fuera porque se presenta envuelto en el papel de oro que la ideología igualitaria fabrica hoy en día para consumo de masas, masas que quedaron huérfanas con la caída del comunismo y que por tanto ya no pueden emocionarse con esa versión del igualitarismo que abogaba por eliminar las clases sociales en nombre del proletariado. Ahora se utiliza como símbolo a la mujer, se sacrifica al hombre, y se igualan los sexos. Pero han de saber que esta nueva lucha fracasará igual que lo hizo la antigua, pues está asentada en los mismos errores del pasado, y le avalan las mismas soflamas inútiles que antaño venían a negar también la naturaleza disímil del hombre, la riqueza del acervo cultural (las clases sociales), o la herencia biológica (los sexos). El comunismo luchaba para destruir la especialización y la riqueza laboral, poniendo por encima de todo a una única clase social. El feminismo intenta ahora una operación parecida: quiere destruir las diferencias sociales en materia de sexo, todo lo que la naturaleza se ha encargado de construir a lo largo de millones de años de evolución y selección natural.

Por consiguiente, lo que ahora se pretende es todavía más grave. Ahora se quiere ir en contra, no ya de los condicionamientos sociales, sino de las obligaciones que impone la propia naturaleza (las diferencias en los cromosomas sexuales o la anatomía del cuerpo), las cuales están todavía mucho más arraigadas en la existencia de los individuos. Con más motivo, estos nuevos ataques a la razón están condenados al fracaso. No obstante, esto no quiere decir que no puedan seguir insultando a la inteligencia, machaconamente, por los siglos de los siglos. Tenemos feminismo para rato. Habrá que seguir atándose los machos, como hacen los toreros. Toda la historia de la humanidad es un enfrentamiento a dos bandas entre la estupidez y la razón, el socialismo y el liberalismo, la negación de la verdad y el estudio sincero de la naturaleza. Y no lo vamos a cambiar ahora. Atémonos los machos y enfrentemos juntos ese destino. Todo el conocimiento acumulado se basa en esa condición de lucha y superación que enfrenta a los hombres de ciencia con aquellos adoquines que vienen a negar, ora la redondez de la tierra, ora la adaptación de las especies, ora la aparición evolutiva del sexo (y ahora también las diferencias sexuales que conlleva esa evolución natural).

Hay dos maneras de negar la evolución. Se pueden negar todas sus causas y todos sus mecanismos, como han hecho siempre los creacionistas, o se pueden negar sus consecuencias más inmediatas, las adaptaciones, las diferencias de comportamiento y las distintas estrategias (sexuales). La última negación está protagonizada hoy en día por los movimientos feministas de segunda ola que, tras erigirse en los nuevos guardianes de la moral, no dejan de hostigar a la razón y al sentido común.

Charles Darwin era un pusilánime. No se atrevía a discutir en público. Si acaso debatía, siempre solía caer enfermo y pasar varios días en la cama. Pero tenía un bulldozer que lo defendía de los ataques de la Iglesia (Huxley). Esperemos que todavía queden hombres de verdad que se batan el cobre para ahuyentar también a este nuevo fanatismo religioso, lleno de catecúmenos obsesionados ahora con el sexo masculino.

Publicado en Artículos de sociología, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

Francisco de Quevedo y la estupidez

“Todos los que parecen estúpidos, lo son, y además también lo son la mitad de los que no lo parecen” Francisco de Quevedo (1850-1645)

En toda especie existen siempre dos divisiones o jerarquías inferiores, una genética y otra cultural. La genética constituye las razas a las que pertenecen un determinado porcentaje de individuos de la especie. Por su parte, la división cultural condiciona lo que se conoce comunmente como clase social. La raza es resultado de una adaptación necesaria a unas condiciones ambientales determinadas. En cambio, la clase se basa en la división del trabajo y la necesidad que existe de que distintos grupos de población trabajen en distintas áreas de la industria. Ambas agrupaciones son fundamentales para el buen equilibrio y la organización general de una sociedad cualquiera, como también lo son para la supervivencia o prevalencia de cualquier especie animal o vegetal. A lo largo de la historia ha habido principalmente dos ideologias que han pretendido destruir esta doble organización jerárquica. En su estupidez infinita, los socialistas y los comunistas no han parado jamás de meter cizaña con el objeto de enfrentar a unas clases sociales con otras. Por otro lado, la versión del socialismo que desembocó en el nazismo o nacionalsocialismo se ocupó en su caso de asesinar y exterminar a millones de personas por el simple hecho de pertenecer a una raza concreta. Cuando la maldad se basa, como en estos dos casos, en una ignorancia tal que ni siquiera se respeta el orden natural y la clasificación lógica de una agrupación cualquiera, lo único que cabe hacer es asombrarse de lo estúpido que puede llegar a ser el hombre, y paliar en la medida de lo posible las consecuencias que trae aparejadas ese analfabetismo profundo.

Publicado en MIS AFORISMOS | Deja un comentario

Universo secreto, viaje al interior de la celula

La célula (del latin  cellula, diminutivo de cella, ‘hueco’)[1]​ es la unidad morfológica y funcional de todo ser vivo. De este modo, puede clasificarse a los organismos vivos según el número de células que posean: si solo tienen una, se les denomina unicelulares (como pueden ser los  o las bacterias, organismos microscópicos); si poseen más, se les llama pluricelulares. En estos últimos el número de células es variable: de unos pocos cientos, como en algunos nematodos, a cientos de billones (1014), como en el caso del ser humano. (Fuente: Wikipedia)

Publicado en Biología estructural (el mecanismo de la vida), CIENCIA, OTROS, Vídeos de ciencias naturales | Deja un comentario

La política y la economía de Thomas Sowell

“La política ha sido llamada algunas veces el arte de lo posible, pero esta frase se aplica con mayor certeza a la economía. La política permite a las personas votar por lo imposible, lo que puede ser una de las razones por las que los políticos son mas populares que los economistas, que contantemente recuerdan a las personas que nada es gratis en esta vida y que no hay soluciones, sino que solo se pueden conformar compromisos”

La política vive de ilusiones porque las personas (votantes y dirigentes) que participan de ella están metidas en un despacho del congreso, o salen a proclamar su voto solo una vez cada cuatro años. Cuando te alejas de la realidad, o cuando solo te acuerdas de ella de pascuas a ramos, la realidad no suele coincidir con aquello que piensas, y éste es un campo abonado para todo tipo de lucubraciones. Como el hombre desea las cosas más de lo que piensa en ellas, la política se convierte entonces en sumidero de todas esas reivindicaciones alocadas, y acaba procurando una utopía totalitaria. Todos quieren mejorar la vida propia y de los demás, pero como no hay limitaciones a lo que pueden hacer con el dinero de otros, acaban desbocados en medio de un bancal, inmersos en una carrera hacia el país de las maravillas, y ya sabemos cómo resulta ese viaje: está lleno de contradicciones y paradojas. En cambio, el mercado les obliga a trabajar y producir sus propios alimentos, les impele a responsabilizarse de sus ganancias, les acerca a la realidad cotidiana que determina y embrida sus vidas y sus negocios. Tienen que comer todos los días. Tienen que laborar en un mundo real. Tienen que relacionarse con los demás de manera pacífica. El mercado les da lo que la política les quita: la sensatez y la verdad.

Publicado en MIS AFORISMOS | Deja un comentario

El capitalismo, o el rodillo de la evolución

Cualquiera que haya tenido la suerte de veranear en un pueblo de montaña sabrá por experiencia propia que las paredes de los prados, que antes funcionaban como lindes entre las distintas propiedades, hoy en día están medio arrumbadas, olvidadas de la mano de Dios. Los pocos minifundistas que quedan ya no trabajan para sacar adelante a sus familias. Utilizan la huerta como un mero entretenimiento, para superar el hastío que les provoca la jubilación (cuando son viejos), o para exteriorizar alguna fobia anticapitalista mal digerida (cuando son jóvenes), extraída a partir de esa idea del buen salvaje que Rousseau se encargó de cultivar toda su vida. Los pequeños terrenos han sido sustituidos por grandes explotaciones agrarias, mucho más rentables y mejor adaptadas a la maquinaria pesada que conforma los bienes de capital de una sociedad moderna y avanzada. Es lógico pensar que este tipo de conversiones se van a hacer efectivas en muchas otras áreas de la vida, a medida que el capitalismo y el progreso se vayan imponiendo a las viejas ideologías. Y es probable que en el futuro las personas ya no se acuerden de la lucha de clases, y solo vean una única manera de prosperar, la libertad económica y el sistema de precios. Igual que las nuevas tecnologías barrieron de la faz de la tierra a los viejos armatostes de la revolución industrial, así también la mejora en la calidad de vida hará que dejemos de preguntarnos por aquellos modelos de producción obsoletos que se basaban en la expoliación, la expropiación, la colectivización y la oferta pública masiva. De la misma forma que hoy resulta inimaginable volver al sistema de castas o regresar al estado medieval, mañana también resultará impensable adoptar las políticas socialistas que un día fueron tan aclamadas y veneradas por algunos sectores. El rodillo de la evolución se encargará de aplastar a todos los lenin y los marx, igual que pasó por encima de aquellos que defendían la teoría geocéntrica o el movimiento perpetuo, y sólo quedará de todos ellos un mal recuerdo, millones de huesos calcinados y algún que otro anacoreta.

Se suele pensar que los liberales defienden a los ricos por alguna razón oculta, tal vez porque les interesa mantener a esa casta oligárquica. Nada más lejos de la realidad. Al menos, los liberales que yo conozco no quieren privilegios de ningún tipo, y por eso defienden la riqueza. Quieren que los ricos y los capitalistas “se maten” entre ellos, que se degüellen si hace falta, que se dejen la piel y los cuernos para satisfacer a los consumidores, que somos todos. A todos nos conviene que aquellas empresas que no han sabido servir al ciudadano de a pie, y que no cubren sus necesidades reales, mueran para siempre a manos de aquellas otras que sí saben o pueden satisfacerle. Queremos que los empresarios lo pasen mal, que estén todo el día preocupados pensando cómo van a mejorar las condiciones de vida de sus clientes. Pero cuando tienen éxito, también queremos que se solacen con los frutos justos de su trabajo. Sabemos que esos beneficios son los incentivos que ponen en marcha un nuevo ciclo de competencia y de mejoras, la rueda virtuosa que lleva a vendedores y compradores a una situación mucho más favorable para ambos.

En un sistema legítimo, los ricos ayudan a vivir mejor a millones de personas. Y hacen eso en tanto en cuanto obtengan a cambio algún beneficio especial: su riqueza. La fórmula es muy sencilla. Si penalizamos esa plusvalía también estaremos condenando a todas las personas que han pagado voluntariamente para que el millonario pueda seguir proporcionándoles bienes y servicios. Hay que saber eso.

Como dice David Gordon: “El mercado libre no es, como imaginan los darwinistas sociales, una lucha entre ricos y pobres, fuertes y débiles. Es el medio principal por el que los seres humanos cooperan para vivir. Si cada uno de nosotros tuviera que producir su propia comida y refugio por sí mismo, casi nadie podría sobrevivir. La existencia de una sociedad a gran escala depende absolutamente de la cooperación social a través de la división del trabajo”.

Efectivamente, el capitalismo es competencia, pero no es una competencia salvaje a vida o muerte; no fenecen los más pobres y débiles. La competencia se produce entre las distintas empresas en liza, y la muerte solo afecta a aquellas instituciones privadas que no son capaces de producir bienes y valores sociales. Quienes mueren son las malas empresas, y quienes sobreviven son todos los consumidores que salen beneficiados tras esa carrera, sobre todo aquellos individuos más débiles que no habrían podido conseguir nada por sí mismos, ni siquiera los recursos fundamentales que son necesarios para subsistir.

La única verdad del mercado es la productividad real y la distribución libre de los productos. La capacidad productiva, y el acceso voluntario a los bienes producidos, son los dos únicos factores que marcan la diferencia entre un país rico y otro pobre. Cuando los políticos manipulan los precios de los bienes, ya sea con subvenciones, aranceles, préstamos, impuestos, controles administrativos o privilegios varios, alteran la información del estado productivo y la asignación eficiente de recursos. Si bajan artificialmente el valor de un bien, propician su escasez. Si lo suben, provocan la creación de un excedente inútil. No existe ninguna manipulación de precios que sea beneficiosa. Estas actuaciones siempre son nefastas, alteran los incentivos y la asignación correcta de recursos, y bloquean el principal mecanismo que pone en relación y que engrasa todo el engranaje, la oferta y la demanda libres, el sistema de precios.

Para que una sociedad prospere deben hacerlo también una cantidad significativa de individuos, y esto solo es posible si los empresarios acceden a los incentivos que les proporcionan los consumidores en forma de pagos, y si los consumidores tienen también la posibilidad de elegir aquellos bienes y servicios que más necesitan, al mejor precio. Todo esto solo ocurre si existe un sistema de precios libre, donde las dos partes pactan y acuerdan una transacción beneficiosa para ambas, sin interferencias de ningún tipo. Eso y nada más es el capitalismo. La relación mutua entre las personas. La máquina de engranajes. El funcionamiento del sistema. La pura evolución.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de economía | 5 comentarios

I. Instituto Arquitas de Tarento: Decálogo educativo

1. El instituto Arquitas de Tarento es un centro educativo de alto rendimiento que promueve la difusión del conocimiento filosófico, científico y técnico a través de un enfoque de aprendizaje ordenado, sistemático y significativo, con la clara voluntad de fomentar la investigación y el desarrollo en cuatro áreas de innovación que resultan claves para mejorar el bienestar de la ciudadanía y para impulsar el progreso futuro de la humanidad. Estas áreas son la economía, la medicina, la robótica y la astronáutica. El objetivo es lograr una sociedad más libre y emprendedora, más abundante en bienes y servicios, con un parque empresarial mas rico y numeroso, una sociedad compuesta por personas más sanas y rejuvenecidas, con máquinas que dulcifiquen el trabajo diario, y con sistemas de propulsión que nos permitan avanzar poco a poco hacia la última de las fronteras: el espacio exterior.

2. Entendemos la educación en un sentido muy amplio, la definimos como cualquier proceso que tenga un efecto formativo y que facilite la asimilación de conocimientos, habilidades, valores y hábitos útiles para el ser humano. En este sentido, la educación puede ser un aprendizaje autodidacta, un proyecto investigativo, una campaña divulgativa, un congreso de especialistas, o una actividad escolar. No en vano, la palabra educar proviene etimológicamente del latín educere, locución que a su vez está compuesta del prefijo “e” por “ex” fuera, y “ducāre”, que significa guiar, conducir. Con lo que educar sería “guiar o conducir hacia afuera”, esto es, conocer la realidad externa y objetiva, por el camino que sea.

3. Se ofrece una educación completa apoyada en dos puntales básicos: el mérito individual, que depende de las habilidades y capacidades propias de cada persona, y los contenidos materiales de las asignaturas impartidas, que quedan reflejados en el currículo académico. Para asignar ese mérito, y a la vez elaborar los contenidos apropiados, debemos definir en primer lugar el modelo educativo que tomamos como guía.

4. Nuestro modelo educativo de enseñanza es de tipo evolucionista. Llamamos pedagogía evolucionista a la educación que utiliza el proceso de evolución por selección natural para explicar la realidad existente y organizar las distintas materias de estudio. Tomamos al proceso evolutivo como el más importante de todos los fenómenos naturales, lo convertimos en nuestro principal objeto de análisis y razón de ser, y detallamos todas sus singularidades, sus puntos de inflexión, sus causas últimas, sus hechos comunes y sus consecuencias más directas, precisando al mismo tiempo todos los pasos dados hasta ahora por la naturaleza (singularidades naturales), así como también aquellos retos y desafíos sociales que aún le quedan por encarar al hombre (singularidades humanas). La pedagogía evolucionista propone que la educación puede ser ampliamente mejorada si organizamos el conocimiento y el aprendizaje en función de las características históricas o evolutivas que tengan los temas que se vayan a impartir, mostrando a los alumnos la coherencia interna y la relación temporal y espacial que presentan los distintos procesos analizados. Entendemos la evolución natural como un fenómeno ecuménico, que abarca todas las fases del desarrollo de la materia, y que por tanto puede ser empleada para estudiar cualquier cuestión que queramos conocer.

5. Fomentamos el pensamiento sistemático y la sinergia de disciplinas. Creemos que la característica principal del conocimiento, aquella que lo convierte en relevante, es la ordenación sistemática (analítica y sintética) de sus contenidos, de modo que reflejen las particularidades propias de cada materia y la relación de disciplinas.

6. Buscamos integrar todo el conocimiento (estudio sintético) haciendo un énfasis especial en aquellos principios básicos de la evolución y aquellas características comunes a todas las ramas del saber humano.

7. Promovemos el estudio del conocimiento básico haciendo hincapié en todos aquellos hitos que han determinado el proceso evolutivo de la naturaleza. En función de esto, dividimos dicho conocimiento en cinco materias principales (primer estudio analítico): la Metafísica, la Física, la Biología, la Antropología y la Tecnología. La primera de ellas compila todo el saber que ha acumulado el hombre a lo largo de la historia, y promete reunirlo bajo unos principios axiomáticos realmente generales. A su vez, también incluye a la epistemología y los métodos o lenguajes del conocimiento (matemáticas y letras). En cambio, las otras disciplinas resultan del estudio de la materia y la organización que emerge a partir de cuatro tipos distintos de singularidades evolutivas: la singularidad espacio-temporal (física), la singularidad replicativa (biológica), la singularidad cognoscitiva (antropológica), y la singularidad artificial (tecnológica).

8. Promovemos el estudio del conocimiento aplicado haciendo hincapié en todos aquellos hitos y prácticas disruptivas que más han contribuido al progreso evolutivo y el avance de la humanidad. En función de esto, dividimos ese conocimiento en cuatro asignaturas importantes (segundo estudio analítico), las cuales atienden también a cuatro singularidades propias de la evolución humana: la conquista de las ideas en el ámbito de las ciencias del hombre y las humanidades (Economía), la conquista de la juventud en el ámbito de la medicina y las ciencias de la vida (Gerontología), la conquista del futuro en el ámbito de la tecnología (Robótica), y la conquista del universo en el ámbito de las ciencias físicas y del espacio (Astronáutica). El Instituto Arquitas de Tarento concibe el conocimiento como un conjunto integrado de saberes puestos al servicio de la humanidad. De esta manera, ordena dicho conocimiento de modo que se optimice ese beneficio general.

9. En definitiva, promovemos una educación individual basada en la meritocracia y el esfuerzo personal, y para ello cuidamos celosamente los contenidos de las distintas asignaturas, los dotamos de un significado y una coherencia internas, hacemos hincapié en aquellos determinantes básicos que han condicionado la evolución y la historia del universo, dividimos las ramas del saber en función de tales singularidades, y centramos finalmente la enseñanza en aquellas otras materias que, dentro de cada rama general, mayor aplicación e impacto tecnológico van a tener en un futuro próximo, para que los alumnos se familiaricen desde pequeños con esas herramientas prácticas y adquieran unos conocimientos suficientemente significativos, fáciles de asimilar y con numerosas salidas laborales.

Buscamos así reparar dos errores graves que comete el sistema de educación actual. En el plano metodológico existe una tendencia a abandonar la cultura del esfuerzo y sustituirla por una interpretación más lúdica y desapegada, que llega al extremo de proponer que sean los propios niños, a través de sus juegos y decisiones, los que dirijan y controlen todo el aprendizaje. Y en el plano de los objetivos y contenidos se desatienden también todas aquellas conexiones y correlaciones del conocimiento que hacen que éste tenga una estructura más sólida y coherente. Por el contrario, la educación evolucionista, al centrarse en la organización que evidencian los contenidos de las distintas materias, viene a solucionar de un plumazo estos dos problemas pedagógicos. De esta manera, no busca tanto ajustarse a las necesidades subjetivas y las exigencias de entretenimiento del alumno, como a todas aquellas otras obligaciones que se requieren para comprender y asimilar unos conocimientos concretos. Sobre todo, utiliza la evolución natural (y sus diversas singularidades) como proceso principal, para vertebrar y vincular todas las disciplinas existentes, haciendo más comprensibles y amenas las clases y las materias impartidas.

10. No estudiamos la evolución, sino que hacemos de la evolución el centro de nuestros estudios, dotando a los educandos de los instrumentos y métodos que se requieren para comprender las claves que están detrás del progreso natural (singularidades evolutivas naturales) y el desarrollo humano (singularidades evolutivas humanas), con el objeto último de que puedan aplicar esos conocimientos a sus propias vidas, para evolucionar también ellos como personas y alcanzar antes sus metas profesionales.

Publicado en Estatutos de Arquitas, THINK TANK: INSTITUTO ARQUITAS DE TARENTO | Deja un comentario

El minarquismo y la ciencia básica: una relación de iguales

¿Cuál es el carácter esencial de las leyes científicas? ¿Cuándo se admite a trámite una hipótesis de trabajo? ¿Qué parámetros utiliza la comunidad científica para saber si una idea tiene visos de convertirse en teoría? Yo se lo diré. Los investigadores valoran una teoría como cierta cuando los presupuestos sobre los que se basa tal construcción superan en simplicidad y comprensión a los que existían o se exigían con anterioridad. Es decir, cuando la hipótesis que se demuestra cierta utiliza un número menor de fórmulas para explicar una cantidad igual o mayor de fenómenos. Así es como avanza el conocimiento, ampliando su marco de explicación y simplificando hasta el extremo dichas aclaraciones.

Por consiguiente, así debe operar también cualquier teoría social que se precie de ser científica. Por eso el minarquismo es el único sistema de articulación válido para todos los casos, el único que cree en la aplicación general de unas normas básicas para todos. El minarquismo liberal desea aplicar el concepto de libertad negativa  al mayor número posible de personas y territorios. Unas leyes simples, en un vasto territorio. Esa es la clave. Pocas fórmulas y muchos fenómenos. Un estado de derecho pequeño en cuanto a su administración, pero grande en lo que se refiere a su geografía y sus ámbitos de aplicación.

Ni el anarquismo de mercado de corte nacionalista, con sus continuas apelaciones a la división política y el relativismo legal, ni el socialismo antediluviano de vocación constructivista, con sus listas infinitas y su pléyade de legajos y normas, hacen nada para elaborar una verdadera teoría científica, el uno porque no busca una aplicación general, y el otro porque no aspira a implementar unas normas sencillas (contrarias al intervencionismo).

En segundo lugar, debemos saber que las leyes científicas no se quedan nunca en el mero formalismo. Siempre admiten distintos grados de complejidad. Aceptan un plano más abstracto de la realidad (por eso buscan la generalidad), pero no se olvidan de todas las propiedades emergentes que conlleva su aplicación y que habrá que analizar y explicar en los casos más concretos. De ahí que el liberalismo auténtico diferencie también entre leyes negativas (cuando la normativa se atiene a unas funciones muy básicas) y leyes positivas (cuando la normativa extralimita sus funciones y aspira a regular todos los aspectos concretos de una sociedad de bienes). En el primer caso tendremos un sistema minarquista. En el segundo un sistema socialista. La diferencia es considerable.

Los nuevos motores eléctricos de Tesla tienen menos piezas que los tradicionales de combustión. Por eso se estropean menos, son más eficientes y duran más. Con los Estados pasa lo mismo. Cuantas menos piezas (unidades políticas nacionalistas) mucho mejor.

Las duplicidades y los sistemas de redundancia sirven para solucionar ciertos problemas complejos, pero no facilitan unas normas básicas generales (y simples) propias de un Estado de derecho. El mercado administra bienes heterogéneos y complejos y por eso puede tener duplicidades y puede apelar a la competencia entre empresas. El Estado en cambio se encarga de gestionar normas simples, bienes homogéneos, leyes básicas. Por eso aquí las duplicidades son siempre inútiles y perjudiciales (impropias).

La forma más racional de enfrentar los problemas de una sociedad es la de utilizar un modelo multinivel, con distintos grados de abstracción, como hace la ciencia. Resulta absurdo que el liberal afirme que solo existen los individuos. Tan absurdo como esa otra evacuación del socialista que reduce todo a la existencia de colectivos. La realidad en cambio esta compuesta por ambas entidades. Por consiguiente, para entender estos distintos niveles de abstracción, tenemos que aceptar también los roles que juegan la política y la economía en todo el desarrollo. Como dice Thomas Sowell en su libro Economía básica: “Comprender las funciones políticas puede resultar tan difícil como entender las funciones económicas. Lo que es particularmente difícil es decidir qué cosas deberían hacerse a través del sistema económico y qué cosas deberían hacerse a través del sistema político”. Pero muchos liberales hodiernos ni siquiera se paran a pensar en estos matices. En cambio, solo quieren atender a la economía. Su comportamiento es un acto de rebeldía en respuesta a ese movimiento contrario del socialismo que solo busca alcanzar sus metas a través de la política. Pero es una actitud que en ningún caso está justificada. La economía tiene un papel insustituible a la hora de satisfacer la pléyade de necesidades que reclaman las personas a título personal. Pero la política también juega un rol importantísimo, esta vez en un plano más abstracto. Se encarga de garantizar un marco de regulación general, simple y único, que permita poner en marcha todos esos proyectos mas concretos que se materializan y se plasman en el ámbito individual. Incluso la separación de poderes, división que afecta en este caso a la propia política, atiende en último lugar a la necesidad que existe de blindar algunas leyes para impedir que sean modificadas de forma arbitraria por ciertos estamentos o instancias del gobierno de turno.

Tanto si creemos que podemos mejorar la sociedad apelando únicamente a la economía, como si pensamos que vamos a mejorarla utilizando solo los incentivos y garantías que ofrece la política, estamos cometiendo un error ontológico y epistemológico de proporciones gigantescas. La realidad más básica está compuesta de distintos niveles de abstracción. El método científico hace mucho que se dio cuenta de esta realidad (por eso actúa como actúa). Falta que también se enteren algunos liberales y todos los socialistas.

Una confederación es una alianza, unión o asociación entre personas, organizaciones o países para conseguir un determinado fin común, manteniendo cierta autonomía en otros aspectos. Eso es lo que define también a la minarquía: una dualidad legal basada en una unidad esencial en torno a ciertas leyes negativas (constitucionales) y una diversidad y variedad en todos los demás contratos (mercantiles). Para eso no hay que romper los países, como quieren los nacionalistas, sino luchar para conseguir un gobierno general basado exclusivamente en principios de libertad negativa. El Estado se tiene que limitar a regular esas libertades básicas. Lo que importa es la unión en torno a esos principios, no cualquier secesión y división política. Yo no creo que la decisión sobre los principios deba quedar al arbitrio de las decisiones voluntarias (bizcochables) de los distintos municipios. Creo en un gobierno central de mínimos,  suficientemente fuerte, que se limite a cumplir con su papel de árbitro. No creo en políticas regionalistas. Pero si apoyo una deslocalización provincial de las rentas y los gastos, hasta llegar al nivel privado de las empresas. Y poco más. Una federación de ayuntamientos cuasiprivados, sin apenas políticos. Y un gobierno central con una política austera, y muy pocos burócratas.

La ciencia también nos ha enseñado que lo más efectivo para combatir las plagas de parásitos consiste en atacarlos desde dos flancos distintos. O bien se reduce su grado de virulencia, o bien se disminuye su número y su distribución geográfica. Con el Estado pasa exactamente lo mismo. Hay que combatirlo siempre desde dos frentes opuestos: reduciendo y neutralizando su capacidad de hacer daño y reduciendo el número y la variedad de gobiernos en la sombra (o gobiernos emergentes). La primera es una lucha contra el socialismo y el intervencionismo dañinos. Y la segunda es un combate a muerte contra el nacionalismo (y todos sus adláteres), contra la creación de nuevos centros de mando, y contra la multiplicación exponencial de Estados y políticos.

Por lo demás, un territorio nacional grande tiende a ordenar sus instituciones sobre el principio de unidad de destino en lo universal del que nos habla Ortega y Gasset (es la única atalaya desde la que poder avistar ese destino). En cambio, un territorio nacional pequeño suele fomentar los sentimientos chovinistas, la autarquía, el cisma, el embrutecimiento pedáneo, la reducción al absurdo y todos esos sesgos y querencias pastoriles que alientan y promueven el salvajismo tribal, y que alejan al ser humano de la objetividad y la razón, acercándole a los animales. No en vano, la ciencia seria (docta) no casa nada bien con ninguna de esas pretensiones políticas que comulgan con el nacionalismo y se olvidan de que, en el plano más general, las leyes verdaderas siempre tienden a ser unívocas y uniformes.

Publicado en Artículos de política, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

El Estado mundial de Ludwig von Mises

«El ideal último del liberalismo es la perfecta cooperación de toda la humanidad, llevada a cabo en paz y sin fricciones. El pensamiento liberal siempre ha tenido en cuenta a toda la humanidad y no solo a una parte. No se limita a ciertos grupos; no se limita al borde de la ciudad, de la provincia, de la nación o del continente. Es cosmopolita e internacional: tiene en cuenta a las personas de todo el mundo. El liberalismo es, en este sentido, humanismo, y el liberal, un ciudadano del mundo, un cosmopolita». (Ludwig von Mises, 1881-1973)

El liberalismo siempre es internacional, tiene en cuenta a las personas de todo el mundo. La declaración de Mises no deja lugar a la duda, no puede ser más certera. La defensa de la libertad tiene vocación de universalidad, como la ciencia, como el progreso…

Para que los diversos Estados del mundo respeten esos derechos universales del individuo, tiene que existir una entidad supranacional de control. O dicho de otra forma, si todos los Estados respetasen esos derechos, habría una entidad supranacional.

Lamentablemente, parece que algunos liberales no son conscientes del flaco favor que le hacen al liberalismo cuando se ponen del lado de los separatistas y los independentistas, creyendo acaso que están contribuyendo en algo a la defensa de la libertad y las voluntades individuales. En realidad, no son capaces de distinguir la libertad legítima que tiene una persona para elegir su propia manera de vivir, de las libertades políticas que ejercen las instituciones a la hora de inventarse nuevos estados y leyes que afectan sin excepción a la vida particular de todos los ciudadanos.

Siempre lo he dicho y lo mantengo ahora, muchos liberales no son capaces de diferenciar la economía de la política, el juego legítimo del mercado (heterogéneo) de aquellas reglas básicas (homogéneas) que permiten el desarrollo normal de ese juego tan importante; las necesidades subjetivas de los individuos de aquella necesidad objetiva que garantiza tales necesidades privadas a través de la articulación de unas reglas elementales unívocas. No son capaces, y mira que han tenido buenos maestros.

Comparar las instituciones del matrimonio y el Estado, como hace Rallo, para afirmar a continuación que todas las partes tienen derecho a independizarse, es no entender las diferencias que existen entre la economía y la política, o entre los acuerdos voluntarios (individualizables) y aquellos otros que son de necesario y obligado cumplimiento para todas las personas en una sociedad libre. Es la misma falta de entendimiento que acusan los anarcocapitalistas cuando abogan por la desaparición absoluta del Estado (de derecho).

Antes creía que existían dos tipos principales de personas: liberales y estatistas. Ahora creo que los dos grupos son estos: liberales universalistas (defensores del principio universal de la libertad) y el resto (relativistas, pseudoliberales, separatistas, chovinistas, estatistas).

Me da pena que mis hermanos liberales le hagan el caldo gordo a los separatistas y vendan su alma al diablo para defender una idea de secesión que no es otra cosa que una invitación a la ruptura, el relativismo y la proliferación mas abyecta de políticos y administraciones públicas.

Como siempre ha pasado a lo largo de la historia humana, los instintos animales mas bajos acaban venciendo a la razón por goleada y se llevan todos los triunfos y los aplausos del público. La gente prefiere frotarse el escroto en los árboles para impregnarlos de almizcle, miccionar en los arbustos para empaparlos de orines, y pelearse con otros grupos para dirimir el territorio, antes que buscar una solución verdadera, la cual siempre tendría que pasar por hallar una razón común y universal (científica). Cataluña y los separatistas solo son un ejemplo más dentro de esa historia de animalidad.

Lo más curioso del asunto es la forma en la que esos instintos se visten de racionalidad (liberales) o de democracia (charnegos) para aparentar una cosa que no son.

Lo más patético de todo es ver como una banda de delincuentes sediciosos se pasan la ley por el arco de triunfo y se hacen los demócratas y las víctimas. Seguro que ahora muchos atracadores de banco tirarán las pistolas y asaltarán las cajas con una urna bajo el brazo.

El pasado 1 de octubre, Cataluña declaró un órdago al estado español. Se convocó un referéndum para proclamar la independencia de facto. Las imágenes de nacionalistas votando en los colegios improvisados, entre gritos y lágrimas, como si vinieran de una dictadura totalitaria y llevaran cien años sin plebiscitos, hablan por si solas del nuevo estado (de histeria colectiva) que quieren crear.

En el pasado, cuando la barbarie reinaba en todo el mundo, nadie se andaba con chiquitas, se usaba la fuerza sin contemplación, para implantar todo tipo de tiranías. Ahora que todos nos hemos moderado, se enarbola la democracia para hacer exactamente lo mismo. Antes los débiles eran las víctimas. Ahora los débiles se hacen las víctimas. La diferencia no es trivial.

Las cámaras de televisión enfocan de cerca los negrales que presentan en el cuerpo muchos manifestantes, como efecto de las cargas policiales. Parece que esas muestras fueran suficiente para probar la legitimidad de sus reclamaciones. Hoy en día no se puede tocar a nadie. Te acusan enseguida de tirano. Pero yo me pregunto, si los buenos fueran siempre aquellos que reciben palos, ¿cómo podríamos justificar los palos que reciben los malos?

O mejor aún, si los buenos son siempre los que quieren separarse de un Estado constituido, como dicen algunos libertarios, ¿dónde queda el respeto a las leyes más básicas? Si defendemos la libertad del individuo, sin importar su color, su procedencia o sus gustos, ¿no deberíamos defender por encima de todo la universalidad del principio del que nos habla Mises, o la unidad de destino de Ortega, o el carácter universal de la ciencia?

Muchos liberales han perdido el norte. Ya no son liberales, son separatistas, anarquistas, sediciosos. Han sustituido el valor universal de la libertad por otras cuestiones de carácter secundario, tales como la secesión, la propiedad absoluta, o la abolición completa del Estado. Buscando la libertad de todos, ya no defienden la de nadie. Así pues, se han olvidado de la propia libertad, así como de las leyes generales que la garantizan en última instancia.

Creo que el liberal ya entiende suficientemente bien la trascendencia de la voluntariedad humana. Ahora hace falta que comprenda también la importancia que tiene el carácter universal de ese principio de obligado cumplimiento. No todo es voluntad. No todo es sedición e independencia. Sin unidad tampoco hay libertad.

Publicado en MIS AFORISMOS | 1 Comentario

Microantropología: La paradoja del ejercicio físico (notas de Arquitas)

Si buscas adelgazar, el ejercicio físico no te va a servir de nada. La solución es dejar de comer. De nada vale hacer deporte. La ciencia ha demostrado la futilidad del ejercicio para bajar de peso. Por más deporte que hagamos, siempre quemamos las mismas calorías. El cuerpo se ha adaptado al esfuerzo. Cuando hacemos un consumo excesivo, corriendo o andando largas distancias, el organismo reduce su metabolismo o prescinde de algunos procesos fisiológicos, y compensa de ese modo el gasto extra de energía. Por paradójico que parezca, la explicación del fenómeno tiene bastante sentido. Ya sabes, si estas gordo, no corras, deja de comer.

“El estudio del modo en que nuestro organismo quema las calorías ayuda a explicar por qué la actividad física sirve de poco para adelgazar y cómo nuestra especie adquirió algunos de los rasgos evolutivos más distintivos.”

http://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/adaptados-al-ejercicio-702/la-paradoja-del-ejercicio-fsico-15119

 

Publicado en Antropología básica, Microantropología, Notas de Arquitas | Deja un comentario

¿Qué hacen los liberales defendiendo el nacionalismo?

La idea de gobierno limitado que ha defendido siempre el liberalismo político implica dos cosas fundamentales íntimamente relacionadas, la reducción del número de administrativos y la reducción del número de administraciones. ¿Qué hacen entonces algunos liberales promoviendo su incremento masivo, arengando a las masas y concediendo más terreno al nacionalismo localista?

El Estado se reduce de dos maneras principales, podemos mantener igual su ámbito territorial pero eliminar una parte de su aparato, o podemos conservar su aparato pero ampliar el ámbito territorial. Por lo mismo, el Estado aumenta cuando se incrementa el número de burócratas, manteniendo el mismo territorio (socialismo intervencionista), o cuando se reduce su ámbito de acción, manteniendo la misma burocracia (nacionalismo independentista). Esto no es una opinión personal, es un principio de física. Para reducir la cantidad de una sustancia diluida en un líquido cualquiera podemos rebajar el compuesto mediante el filtrado de una cantidad concreta de moléculas (soluto), o podemos rebajarlo aumentando la cantidad relativa de disolvente. ¿Qué hacen entonces los liberales defendiendo la reducción del medio o ámbito de aplicación de las leyes y propiciando con ello la concentración relativa de políticos? ¿Qué es lo que les lleva en definitiva a defender el nacionalismo de concentración?

Hay que ir hacia un modelo con menos soluto (menos políticos) y más disolvente (naciones más grandes). Este es el estado óptimo. Lo que no quiere decir que siempre que aumentemos el tamaño del país o reduzcamos su aparato administrativo estaremos yendo hacia un modelo mas liberal (recuérdese que tenemos dos parámetros y dos variables dentro de cada uno de ellos). Si los factores que disminuyen el grado de libertad aumentan en mayor medida que aquellos otros que las garantizan, de nada servirá que insistamos en implementar los segundos. Pero eso no es óbice para renunciar a ellos. Es decir, puede haber países pequeños a los que la independencia les haya venido bien. Me podéis dar mil ejemplos (haberlos haylos). Pero lo que es indiscutible es que, manteniendo las mismas ideologías políticas, el mundo rebaja siempre el número de burócratas cuando desaparecen países, o cuando son necesarias menos administraciones para gobernar los mismos territorios. Esto es un hecho objetivo. 

Pero los liberales (no todos) ya no persiguen la libertad individual y la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, pilares fundamentales del liberalismo tradicional. Ahora defienden la libertad de los políticos para proclamarse independientes, el voto populista de cualquier minoría local, y las leyes etnicistas. Son los tontos útiles del nacionalismo y el chovinismo más rancios, que en España está representado por catalanes y vascos.

Hay liberales que, para combatir la distribución de rentas que lleva a cabo el socialismo español, aboga por la balcanización que quiere el nacionalismo catalán. Habría que recordarles que socialismo y nacionalismo han ido casi siempre de la mano (ej. ETA, Hitler, Mussolini…).

Hay liberales que creen que no debemos emplear la fuerza para mantener el orden. Habría que recordarles que la paz y el orden solo se alcanzan por la fuerza.

También están aquellos liberales aparentemente más coherentes que dicen no estar de acuerdo con la secesión de Cataluña, pero sí con la propia idea de secesión. Pero si los liberales (anarquistas de mercado) creen que las constituciones y las leyes también deben competir entre sí, al modo que lo hacen las empresas privadas en el mercado libre, no les debería importar lo más mínimo que Cataluña (u otras regiones) fuese socialista, comunista o como sea que quieran sus ciudadanos, siempre y cuando se independizase de España y entrase en ese juego de libre competencia. ¿Qué hacen entonces algunos de ellos defendiendo la secesión de naciones pero apostillando a continuación que no están de acuerdo con la separación nacional en el caso concreto de Cataluña? ¿Qué especie de contradicción es esta? ¿No será que también ellos creen en unas reglas mínimas fundamentales, supranacionales, aunque no lo reconozcan? ¿Es quizás el minarquismo una forma de organización ineludible, incluso para los anarquistas? ¿No será que no vale cualquier cosa, y que siempre debemos partir de unas normas básicas, incluso para competir?

Yo estaré siempre con aquellos que quieren construir naciones más libres, y no con aquellos que quieren más naciones. La calidad antes que la cantidad.

Un territorio nacional grande tiende a ordenar sus instituciones sobre el principio de unidad de destino en lo universal del que nos habla Ortega y Gasset. En cambio, un territorio nacional pequeño tiende a fomentar los sentimientos chovinistas, la autarquía, el cisma, el embrutecimiento pedáneo, la reducción al absurdo y todos aquellos sesgos y querencias que alientan el salvajismo tribal, alejan al ser humano de la objetividad y la razón y le acercan a los animales.

La secesión individual ya existe. España no es una prisión. Yo puedo ir a vivir a una infinidad de países distintos. No hacen falta más experimentos políticos rupturistas, hace falta unir al mayor número de países en torno a los principios unívocos del liberalismo. Y eso pasa por construir una nación liberal en crecimiento, geográficamente mayor, para que todos podamos movernos voluntariamente de un país a otro, y elegir las múltiples opciones que ya existen ahora mismo. Esa es la única secesión individual que nos previene del ostracismo y el destierro obligatorio. Me parece innecesario y peligroso aferrarse a la ingeniería social para defender la creación de nuevos experimentos y territorios soberanos, que a saber cómo resultarán. Luchemos por extender las libertades individuales y no por multiplicar los nichos políticos. Ese debería ser el auténtico lema del liberalismo. Eso debería hacer el auténtico liberal. Pero no lo hace.

“¡Contradicción!, ¡naturalmente! Cómo que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción.” (Miguel de Unamuno).

Todo es contradictorio en el nacionalismo, su idea de democracia (basada en el voto de una minoría territorial), su victimismo (que defienden desde el continuo agravio a las instituciones), su deseo de progreso (que nos devuelve las taifas), y ahora también sus liberales (que han renunciado a defender la libertad y la igualdad ante la ley de todas las personas).

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

Charles Darwin y el arbol de la vida

David Attenborough se pregunta tres cuestiones: ¿Cómo y por qué Darwin llegó a la teoría de la evolución? ¿Por qué pensamos que sus conclusiones son correctas? ¿Y por qué su teoría es más importante que nunca? Veremos sus raices en Leicestershire, donde coleccionaba fósiles de niño, visitaremos la univesidad de Cambridge, donde Darwin y Attenborough estudiaron y donde muchos años después se descubrió la doble hélice del ADN. Terminaremos en el Museo de Historia Natural de Londres, donde Attenborough explicará de qué manera su visión revolucionó el modo en que miramos el mundo.

Publicado en Biología elemental (origen y evolución de la vida), CIENCIA, OTROS, Vídeos de ciencias naturales | Deja un comentario

Mi vida: tres proyectos vitales

Toda persona debería tener siempre en mente tres proyectos o intenciones proteicas, un proyecto literario, un proyecto académico y un proyecto empresarial. Creo que estos tres itinerarios completan en conjunto el programa de vida al que debe adscribirse cualquier ser humano que desee prosperar y que quiera realizarse. No en vano, agrupan en conjunto tres acciones o aspectos medulares de la vida: pensar (idear), enseñar (mostrar), y producir (proveer). El proyecto literario se sustenta a su vez en otros dos trabajos propedéuticos, el de escritor y el de lector. El proyecto académico aspira a canalizar todo ese conocimiento aprehendido y generado con la intención de articular un gran tratado general, un doctorado, o una carrera docente. Finalmente, el proyecto empresarial se encarga de materializar esos conocimientos en forma de bienes y servicios tangibles, aptos para ser producidos en masa y consumidos y disfrutados por todos. En mi caso, las materializaciones a las que dan paso estos tres trabajos son, en el mismo orden, las siguientes:

1. El replicador Liberal https://www.facebook.com/elreplicadorliberal/ (blog donde vierto todo lo que pienso y escribo).

2. La Teoría del Todo https://www.facebook.com/Teoría-del-Todo-234956283530687/ (título general que da pie a mi trabajo académico).

3. El Instituto Arquitas https://www.facebook.com/groups/arquitasdetarento/ (proyecto empresarial con el que algún día aspiro a crear una institución educativa con una filosofía de enseñanza nueva).

No se si me moriré habiendo cumplido todos estos proyectos. No obstante, el mapa geográfico ya está trazado. Y eso me ofrece también una cierta tranquilidad. Puedo moverme sabiendo hacia dónde tengo que dirigir mis esfuerzos. Sin duda, esta nueva situación mejora bastante mis posibilidades reales y marca un hecho diferencial con respecto a la vida de vagabundo que llevaba antes.

Publicado en MIS NOTAS | Deja un comentario

El derecho de autodeterminación o la secesión individual son abstracciones irreales: el anarquismo de mercado no existe

De todos es conocida la famosa frase que espetó el profesor Bastos en uno de los congresos de economía austriaca que organiza todos los años el Instituto Juan de Mariana en la ciudad de Madrid: “El Estado no existe”. Posteriormente, el propio profesor puntualizó, en un artículo más reposado, que dicha afirmación respondía más a un deseo suyo que a una realidad actual. Pero ya no es que la frase apele únicamente a una posibilidad futura, es que es una aseveración que jamás será posible. Así pues,  lo verdaderamente real es todo lo contrario: el anarcocapitalismo no existe. Cualquier proyecto o defensa que queramos emprender debe basarse, para existir, en algún principio último de regulación. Por ejemplo, una de las proclamas que más les gusta repetir a los anarquistas de mercado es la que hace referencia al derecho de autodeterminación o a la secesión mas radical de todas: la secesión individual. Rallo usa la siguiente cita de Mises: “El derecho de autodeterminación del que hablamos no es el derecho de autodeterminación de las naciones, sino el derecho de autodeterminación de los habitantes de cualquier territorio lo suficientemente grande como para conformar una unidad administrativa independiente”. Y también nombra a Jesús Huerta de Soto: “Son tres los principios esenciales que han de regir la relación sana, pacífica y armoniosa entre las diferentes naciones: el principio de autodeterminación, el principio de completa libertad de comercio entre las naciones, y el principio de libertad de emigración e inmigración.”. Pues bien, para que los habitantes de cualquier territorio puedan conformar una unidad administrativa independiente, y para que los principios de Huerta de Soto puedan dar paso a una relación armoniosa entre las diferentes naciones, hace falta algún marco regulatorio general que incumba a todas esas naciones; siempre hace falta una institución de última instancia. Por tanto, solo existe el minarquismo. Cualquier forma de anarquía (también la anarquía de mercado) obedece a una abstracción irreal sin ningún tipo de lógica. Por extensión, teniendo en cuenta otros principios sagrados del liberalismo, es indudable que la defensa de un estado mínimo (o gobierno limitado, llámenlo como quieran) se hace necesaria y real en cualquier situación imaginable.

Postdata: El anarquista de mercado suele responder que él no está en contra del gobierno general, pero que éste debe resultar en cualquier caso del acuerdo mutuo y transitorio que firmen mediante contrato las partes que conforman un mercado libre (empresas, asociaciones, individuos). Pero si lo que decimos es que la condición básica del mercado es que exista de antemano un marco jurídico legítimo, este tampoco puede resultar a posteriori, o quedar al arbitrio de la evolución o las decisiones sociales. Para mejor de todos, el marco institucional es lo primero que hay que establecer, y casi lo único que debe conservarse. Solo entonces habrá mercado libre, cuando exista un entorno de libertad garantizado por la ley. Y esto sin duda es lo que se conoce como `Estado´ de derecho. No tiene otro nombre.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

La ley y las circunstancias: sobre la legitimidad del nacionalismo liberal

Ni la historia, ni las mayorías, ni el tamaño territorial, un liberal solo debería fijarse en el aspecto de la ley. Cuando la historia respalda los derechos sagrados del individuo, cuando las mayorías votan a un partido que legitima la libertad individual, cuando el área de ocupación de una nación cambia de tamaño para favorecer los derechos del hombre libre, un liberal debería defender la tradición histórica, el plebiscito democrático, la colonización de nuevos territorios, o la fragmentación de una nación entera en regiones más pequeñas. Cualquier defensa debe cambiar en virtud de las circunstancias concretas. Solo la égida de la libertad individual tiene que permanecer inalterable. Y para que esto sea así, para que la libertad individual pueda permanecer inalterable, todo lo demás debe quedar sometido a cambio, las costumbres, las mayorías, las fronteras, el tamaño de los países, etc..  Por eso no es contradictorio defender al mismo tiempo la conservación de las tradiciones y la llegada de la modernidad, la democracia y la dictadura, la libre circulación de personas y el control de fronteras, la expansión del imperio y el independentismo regional.

Las trifulcas que se vienen dando entre liberales conservadores, iusnaturalistas, democráticos, unionistas o nacionalistas, no tienen ningún sentido: ninguno alcanza a entender cuál es el objetivo prioritario de un liberal. Solo la defensa de una ley correcta da de lleno en la diana.

Ningún liberal que se precie puede defender siempre y en todo lugar, ora el independentismo, ora la unión del Estado. Lo único que el auténtico liberal defiende siempre es la libertad, que en unos casos aumenta con la fragmentación y en otros con la unión. Ahora bien, a igualdad de condiciones, o cuando existe una situación relativamente parecida, es más preferible apoyar un proyecto unitario que uno rupturista, por el simple hecho también de que sólo hay una verdadera libertad y una única forma de defenderla (la ley tiene un carácter universal). La separación queda por tanto para los casos más graves, cuando se trata de romper un Estado totalitario.

No tengo ningún reparo en decir que yo creo en un bien colectivo (nacional) que se limita a los principios de libertad que todos los individuos libres tienen que respetar para mantener dicha condición. Por tanto, tampoco existe contradicción alguna en el hecho de defender algunos bienes colectivos desde el liberalismo individualista. Antes bien, la libertad exige un marco institucional global, público, estatal, minarquista. Por contra, el liberal anarquista se aleja de sus postulados cuando ni siquiera contempla la inviolabilidad de unas leyes generales, necesarias para abanderar algún tipo de proyecto.

En definitiva, recomiendo que el debate se plantee en estos términos, analizando qué situación favorece más los derechos del individuo, en vez de centrar todo el foco de atención en el aderezo que debe llevar cada tipo de plato. Existen diversas formas de alcanzar la libertad, pero solo una manera de respetarla. Lo único que importa aquí es el tipo de ley que se consigue implementar en un momento dado; interesa saber si ésta ley es o no correcta. Si es adecuada, habrá que apoyar las tradiciones, la democracia, la expansión territorial… Si no lo es, habrá que destruir las tradiciones, anular la democracia, y detener la expansión. Esto es tan cierto que incluso se dan casos extremos en los que la dictadura o el nacionalismo pueden llevar razón, pero solo si anteponemos la ley correcta a todo lo demás. Como dijo Montesquieu: “La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”. También hay muchas formas de morir, pero al final solo está la muerte. Defendamos la libertad, así como las múltiples maneras de alcanzarla. O mejor dicho, solo defenderemos de verdad la libertad cuando aunemos todos los esfuerzos y consideremos todos los caminos para llegar a ella, sin dejar de recorrer ninguno.

Postdata: el artículo no defiende ningún tipo de relativismo, como me han recriminado algunos críticos. Antes bien, afirma un principio sagrado y absoluto: la libertad individual. Lo que es relativo es la clase de organización gubernamental que se puede aplicar para alcanzar tal principio. Pero tampoco digo que todas las organizaciones sean iguales, sino que, dependiendo del caso, unas sirven más que otras. Así, cuando se quiere imponer por la vía democrática un sistema totalitario (véase la Alemania nazi o la España republicana), solo cabe la alternativa de una dictadura transitoria. Es decir, precisamente porque la libertad se asienta en unos presupuestos absolutos, todo lo demás resulta relativo. Eso no es relativismo, como bien se podrá entender.

 

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

El evolucionismo austriaco y el fundamento intelectual de la escuela austriaca de economía: una refutación epistémica (contra la teoría de César Martínez Meseguer)

Resulta bastante desalentador comprobar cómo aumenta, año tras año, el número de economistas austriacos que se prestan al mismo equívoco que hace tropezar también a la mayoría de científicos e investigadores ajenos a la propia escuela. Es ciertamente triste advertir cómo se prostituyen una y otra vez aquellos principios metodológicos que dieron origen a la escuela austriaca de economía y que supusieron un avance considerable con respecto al resto de corrientes. Pero más triste todavía es constatar que ese prostíbulo de ideas está regentado por los propios economistas austriacos. Este fenómeno aparece sobre todo entre aquellos integrantes de la escuela que se adscriben a lo que ellos gustan en denominar epistemología evolutiva o evolucionismo austriaco, que no es otra cosa que el enésimo ejemplo de cientificismo (o abuso científico).

En 2015 presenté una comunicación para el congreso de economía austriaca (https://elreplicadorliberal.com/2014/08/18/los-idearios-de-la-escuela-austriaca-una-critica-desde-el-minarquismo-a-las-teorias-anarcocapitalistas-y-evolucionistas/) donde hablaba de las tres corrientes que caracterizan a esta escuela de pensamiento: los anarcocapitalistas, los evolucionistas y los minarquistas. Los primeros defienden unos principios absolutos (Cosmos) que no creen conveniente implementar a través de unas instituciones estatales mínimas (Taxis). Los segundos sí creen en esa implementación estatal exigua, pero afirman que no existe ningún principio que sea completamente absoluto, pues el conocimiento es en todo caso provisional. Y los terceros están convencidos de que existen algunos principios absolutos de necesario cumplimiento, y además opinan que su aplicación estatal sirve para mejorar el marco regulatorio de una sociedad moderna. En aquella ocasión me posicioné a favor de esta última alternativa. Y aún sigo convencido de que es la mejor opción; la más inclusiva y garantista de todas. En diversas ocasiones he criticado las fallas argumentales que llevan al anarquismo de mercado a ser un sistema hasta cierto punto inferior al minarquismo. En este artículo sin embargo voy a hablar de algunas debilidades que acusa también el planteamiento evolucionista.

La teoría de la evolución de Darwin ha supuesto en mi vida una fuente constante de placer intelectual. Llevo años estudiando todas sus implicaciones, y ahora puedo decir que no existe otra construcción teórica que haya despertado en mí una emoción mayor. Recuerdo su descubrimiento casi como un acontecimiento místico, una especie de aparición imprevista, una manifestación que me redimió de mi vida anterior y me hizo abrazar la ciencia objetiva como nunca antes habría podido imaginar, siendo hasta hoy que no he querido desprenderme de esa necesidad incansable que me ha llevado desde entonces a buscar nuevos conocimientos y nuevas formas de aprender.

No obstante, esto no me impidió admirar también, años después, la metodología en la que se basa la filosofía general, supuestamente opuesta a aquella otra que utiliza la ciencia tradicional. Cuando llegó el tiempo de leer a los grandes clásicos, lo hice de nuevo con una voracidad incansable. La filosofía y la axiomática deductiva vinieron a completar todo el paisaje del conocimiento, y en aquellos tiempos tenía la sensación de haber alcanzado la plenitud intelectual, una imagen completa del mundo.

Todo esto me preparó para el día que habría de conocer el pensamiento que abrigaba la escuela austriaca de economía. Dicha escuela combina a la perfección la epistemología científica y la gnoseología filosófica, al tiempo que las aplica al estudio de la sociedad y los sistemas complejos de orden superior; ninguna otra escuela ha conseguido jamás ese grado de unificación. Por eso, cuando por fin conocí esta corriente de pensamiento, se despertaron en mi todas las emociones que mi mente era capaz de experimentar. Daba la impresión de que me había estado preparando durante años para recibir en la cara ese lengüetazo fresco de nueva sabiduría. La satisfacción no podía ser mayor.

De repente me vi absorbido por una escuela que era capaz de apreciar con suficiente detalle todas las cualidades importantes que ennoblecen el método científico: su prudencia, su precaución, su provisionalidad, su escepticismo, pero que al mismo tiempo se servía también de la filosofía y la metodología deductiva para armar una estructura de pensamiento centrada en aquellos pocos principios seguros que, en opinión de Aristóteles, componen el armazón teórico de la metafísica o ciencia primera: el apriorismo de la individualidad (o identidad) y la acción de supervivencia.

Por un lado tenemos todo el conocimiento científico de la realidad que se aplica a la descripción de sistemas complejos en constante evolución y cambio, que constituyen órdenes extensos espontáneos (de los cuales el más elaborado de todos es la sociedad que ha creado el hombre) y que solo pueden aparecer o elucidarse por medio del mecanismo de la prueba y el error. Debemos la explicación de tales sistemas a la insigne figura y premio Nobel de economía Friedrich Hayek. Pero por otro lado también disponemos de un conocimiento intemporal que, partiendo de unos principios muy básicos, innegables, es capaz de ofrecer de nuevo una información alternativa muy interesante (tan importante como los principios de los que se deduce). En este segundo caso, atribuimos el uso de dicho método (deductivo y axiomático) a la teoría de la acción humana de Mises.

Hayek y Mises vienen a representar los dos caminos por los que puede transitar el investigador austriaco a la hora de conocer la realidad externa del mundo en el que vive. El primero analiza los detalles concretos de los sistemas complejos, como hace la ciencia, y llega a ciertas conclusiones provisionales que dan pie a ampliar el marco de aplicación de la teoría económica. Y el segundo usa algunos determinantes básicos de la realidad para deducir, a través siempre de inferencias lógicas, algunas implicaciones seguras. No existe una visión del conocimiento más completa que esta, máxime cuando el objetivo último de ambos autores y ambos sistemas es analizar los mecanismos más complejos de todo el universo, y aquellos que más importan a los propios investigadores: las sociedades humanas en las que éstos viven.

Pero hete aquí que llegan los evolucionistas austriacos y, sin ningún miramiento, empiezan a derribar una de las dos salas que componen el cuerpo arquitectónico de esta magnífica construcción intelectual. Algunos autores como César Martínez Meseguer, arrastrados como muchos otros por ese hado que suele tener la ciencia, acaban creyendo que solo existe una forma de alumbrar las ideas, aquella que recurre a los experimentos y los modelos fácticos para demostrar todos los hechos apreciables por el hombre, despreciando completamente el camino seguro y el carácter absoluto de aquellos otros principios apodícticos que se asumen con la teoría pura y la metodología deductiva basada en axiomas irrefutables. Aquello que más caracteriza a la escuela austriaca, su visión global del conocimiento y su aceptación del dualismo metodológico, viene a ser negado por una parte significativa de sus alumnos más incondicionales. Si me hubieran dicho hace un tiempo que esto iba a ocurrir, no me lo habría creído de ninguna manera. Para mí, resulta tan evidente que la escuela austriaca se basa en una visión gnoseológica doble, que me parece imposible que alguien pueda negar esto, y al mismo tiempo quiera seguir llamándose austriaco.

César Martínez Meseguer considera que la tradición de la escuela austriaca se sustenta exclusivamente en el subjetivismo, el empirismo y la metodología científica, olvidándose por completo del método seguido por Mises en la acción humana (aunque él diga que no lo hace) y obviando también las enseñanzas que nos legó el padre fundador de dicha escuela, Carl Menger.

La prostitución del pensamiento de Menger resulta especialmente significativa. En su libro El método de las ciencias sociales Menger establece los principios del subjetivismo y el individualismo, pero también los pilares del dualismo metodológico. Lamentablemente, los evolucionistas austriacos que hoy dicen ser sus herederos, obvian deliberadamente este segundo aporte. El dualismo metodológico es crucial para entender el nacimiento de la escuela austriaca y el desarrollo intelectual del propio Menger. De hecho, la única causa que motivó la aparición de su libro, y que dio lugar a un nuevo registro intelectual y a toda una rama económica, estuvo propiciada por la guerra ideológica que mantuvo Menger con los empiristas y los historicistas de la época, que insistían en afirmar que solo había un método para conocer la historia. Podemos considerar que estos historiadores pertenecen al grupo de empiristas estrictos (monistas metodológicos), pues es obvio que pensaban que el estudio de la sociedad solo puede estar respaldado por una investigación exhaustiva que analice con detalle todo el cúmulo de datos y fuentes históricas recabadas y contrastadas de manera experimental. No había por tanto espacio para la especulación y el pensamiento abstracto que deriva de axiomas irrefutables. Sin embargo, Menger les vino a decir que existía la posibilidad de partir de un análisis puramente teórico, asumiendo algunas verdades indemostrables, pero seguras de todas maneras. Y así es como surgió una nueva corriente, una tradición de pensamiento que llega hasta nuestros días y que cada vez tiene un mayor número de adeptos y una mejor salud, a pesar de todas las fuerzas internas (Meseguer) o externas (historicistas) que continuamente están intentando desvirtuar esos principios.

Es difícil entender por qué aquellos que aprecian el método científico, y asumen un escepticismo razonable tan necesario para conocer la enorme diversidad de fenómenos que existen en la naturaleza, no pueden al mismo tiempo aceptar también algunos condicionantes básicos igualmente necesarios para que exista toda la realidad, admitiendo por tanto que hay algunas leyes fundamentales y algunas propiedades elementales, sin las cuales nada podría existir, que pueden tomarse como seguras y analizarse de manera teórica sin recurrir a la comprobación empírica. Resulta muy triste constatar ese tipo de sesgos intelectuales, sobre todo en aquellos integrantes que pertenecen a una escuela que nació gracias a la superación de este maniqueísmo metodológico, que divide desde siempre a científicos y filósofos.

Desde el evolucionismo austriaco se viene tachando a los rotbardianos de ser excesivamente radicales y totalitarios, por decir que existen algunas verdades seguras (axiomas) que no cambian con el paso del tiempo. En mi opinión, los únicos grupos radicales que manchan el nombre de la escuela austriaca son todas aquellas posiciones maniqueas que, como la del evolucionismo austriaco, no son capaces de admirar el amplio campo de entendimiento y la riqueza intelectual que detentan las ideas de dicha escuela. Ceñidos por una estrechez de miras injustificable, acaban constituyendo pequeñas tribus locales (grupitos radicales), unos en torno a Hayek, otros alrededor de Mises, y algunos apegados exclusivamente a la figura de Ayn Rand. Yo creo que una visión más rica de la escuela austriaca debe beber de diversos autores, fuera y dentro de dicha escuela. Esa es la gran visión de la economía y el conocimiento en general. A mí me mueve un gran respeto por las figuras más encomiables del pensamiento universal. En todos aprecio algunas cosas interesantes. Soy capaz de entender las aportaciones de Rothbard aunque no me identifique con el anarcocapitalismo, o los conceptos de Rand aunque no congenie con todas sus ideas epistemológicas.

Cuando Rothbard habla de axiomas básicos se refiere a un plano de la realidad más abstracto, relativo a la propia noción de individuo, perfectamente compatible con los órdenes espontáneos de Hayek, que nos hablan de otro nivel de organización, el que conforman millones de unidades individuales en perpetua relación. Hasta que no se entienda eso, no se podrá contemplar la realidad económica en toda su extensión, y las teorías austriacas permanecerán huérfanas y cojas.

Algunos creen que la tradición canónica del pensamiento liberal toma sus teorías de un raquítico grupo de autores incondicionales perfectamente identificados. Así por ejemplo se dice que Ayn Rand solo debe arrodillarse delante del pensamiento de Aristóteles o Tomás de Aquino, o que la escuela austriaca tiene que guardar silencio al paso de Friedrich Hayek y de nadie más. Sin embargo, yo pienso que la herencia de la escuela austriaca es muchísimo más rica que todo eso. No en vano, creo que hunde sus raíces en la propia esencia de la filosofía, por lo que no es extraño que participe del pensamiento de diversos autores (también de Kant). De hecho, el dualismo metodológico en el que se basa esta corriente económica nace al aceptar una doble vía de acceso al conocimiento, que añade al empirismo científico (fáctico) el reduccionismo filosófico (axiomático), y que termina integrándolo en su sistema de pensamiento del mismo modo que Kant acepta la dicotomía apriorismo-aposteriorismo al inicio de su trabajo más famoso (ahí se acaban todas las coincidencias con Kant). Por eso es muy importante poner de manifiesto la grandiosidad del edificio que ha levantado la filosofía a lo largo de los siglos, y recorrer una a una todas sus salas y estancias, sin dejar por el camino a ningún autor (aunque algunos resulten más importantes que otros), y culminando con las obras que nos han legado los principales epígonos de la Escuela Austriaca.

Si por algo se caracteriza la filosofía es por intentar resolver dos problemas relacionados: el problema de los universales y el problema de los particulares. Para ello, todos los pensadores han abordado, de una u otra manera, el concepto de individualidad o identidad, la cosa en sí, el Ser en tanto que Ser (para Heidegger el Ser es la idea que centra toda la problemática de la filosofía). Y en algunos casos han venido a resolver que esta cualidad particular (la individualidad) es a su vez la condición más universal que existe. Y lo mismo ha hecho la escuela austriaca en el ámbito de la economía, al recordarnos que la libertad individual es de largo el principio más sagrado que tenemos, y el único cuya aplicación conlleva un resultado positivo para toda la humanidad. ¿Quién me puede negar ahora que la escuela austriaca no bebe de una multitud de filosofías? Sus problemas son los mismos. Y en muchos casos, sus soluciones también. No es extraño por tanto que encontremos paralelismos por todas partes, al analizar el trabajo de una mayoría considerable de filósofos.

Además, nadie podrá negar que la ciencia también se ha basado en una episteme parecida (equivalente). Es tan rematadamente ridículo acusar a Rothbard de radical y totalitario por plantear una serie de axiomas básicos del conocimiento en el ámbito de la economía, como acusar a Euclides por construir su geometría en base también a una serie de axiomas y principios matemáticos.

Yo soy un gran admirador de la obra de Hayek y de la evolución natural como construcción intelectual, pero eso no me nubla la vista ni me impide ver también unos principios generales de necesario cumplimiento (que no evolucionan), como los que defendía Rothbard o Mises. Como he dicho, constituyen dos planos de la realidad completamente diferentes.

Abrigar esa complementariedad no supone una “mezcolanza infumable”, como ha llegado a calificarla César Meseguer. La integración consiste en casar las piezas de un puzle que presenta distintos niveles de organización, entre los que se encuentran el más abstracto de los axiomas (la acción humana), y el más concreto de los órdenes complejos (los detalles de las acciones que realizan millones de seres a título individual).

Cuando Rothbard afirma que los fines a establecer en una sociedad están nimbados con unos principios absolutos objetivamente buenos, no dice esto porque quiera imponer una determinada moral a todo el pueblo (lo que sí sería un motivo para declararle totalitario), sino porque quiere enfatizar aquella ética particular que se basa en la libertad del individuo y que se debe a cierto requisito fundamental o premisa irrenunciable, la cual nunca puede cambiar por mucho que evolucionen las cosas. En eso el evolucionismo no tiene nada que decir. Cuando Rothbard habla de leyes positivas y de derechos universales, lo hace únicamente en este sentido, y cualquier lectura distinta constituye una completa tergiversación de sus palabras.

César me califica de objetivista y racionalista extremo, e intuyo que ello se debe a que es incapaz de entender cómo se estructura el pensamiento de la escuela austriaca, que no está hecho de compartimentos estanco. Yo leo a Ayn Rand, a Murray Rothbard y a decenas de filósofos ajenos a la escuela austriaca, e intento construir una visión general del conocimiento. Yo creía en la objetividad científica mucho antes de conocer a la señora Rand. Y creía en la evolución natural mucho antes de conocer a Hayek. Lo que me parece magnífico de sus obras es el modo en el que han logrado integrar éstas visiones científicas en el estudio de la economía y la sociología.

César Meseguer intenta encasillarme, me pone la etiqueta de “objetivista rothbardiano”, pero es él el que acaba encasillándose a sí mismo cuando decide admirar exclusivamente la figura de Hayek y el orden espontáneo. Mi postura (dualista) es más inclusiva que la suya. Yo no tomo a un autor y lo elevo a la enésima potencia. A mí me parece que existen distintos niveles de organización. Esas visiones de la Escuela Austriaca, que a Meseguer le parecen contrarias, para mí son totalmente complementarias. No obstante, esto no quiere decir que mi enfoque consista en mezclar lo primero que se me pasa por la cabeza, como dice Meseguer. Simplemente, analizo la realidad tomando en cuenta varios estratos: la complejidad de los órdenes espontáneos y la simplicidad de los principios de organización que constituyen las condiciones de posibilidad de esos órdenes más complejos. Y asumiendo a continuación una metodología doble: la complejidad y la simplicidad deben tener un tratamiento metodológico distinto. La complejidad (o contingencia) solo se puede analizar científicamente, por el método de prueba y error y a través del ensayo. En cambio, la simplicidad máxima puede ser abordada de un modo bastante distinto, partiendo de unos hechos seguros, que son así precisamente porque constituyen cualidades muy sencillas y generales. Siempre me gusta recordar aquí los tres niveles que forman el armazón de la teoría de la EA: la praxeología (acción humana), la cataláctica (intercambio económico) y los órdenes extensos espontáneos. Eso no es crear un refrito de teorías, sino entender la realidad en toda su extensión, ordenar cada uno de sus niveles, y consignar los métodos que mejor se adaptan al estudio de los mismos.

Meseguer nunca ha entendido a qué se refiere Rothbard cuando habla de principios objetivos y leyes positivas. Lo confunde con el positivismo constructivista, como si fuera lo mismo. No es igual defender la libertad individual como principio absoluto de aplicación general, que defender el constructivismo y el absolutismo de aquellos estados socialistas que buscan precisamente todo lo contrario, anular la libertad individual para imponer a los demás todo tipo de normas particulares (verdadero positivismo).

La Escuela Austriaca nace con Menger. Para interpretar mejor ese nacimiento hay que remitirse a su libro de metodología (que es de lo que estamos hablando aquí): El método de las ciencias sociales. Ahí nace el concepto moderno de dualismo metodológico, que es lo que define en última instancia a la EA. El dualismo metodológico dice que hay dos caminos para llegar a la verdad, el método empírico de los historicistas, que en la época de Menger eran mayoría, y el método racionalista basado en axiomas y teorías formales. Cuando Menger toma esta segunda vía, se da cuenta de que el principio absoluto (deductivo) del cual debe partir siempre es de carácter individual y subjetivo. Y ahí nace el subjetivismo que caracteriza a la EA. Un subjetivismo trascendental, es decir, un subjetivismo que toma como principio un presupuesto completamente objetivo: la individualidad o subjetividad humana. Esto permite complementar al máximo los conceptos de subjetividad y objetividad. Luego, lo único que hace Mises es coger ese subjetivismo y darle categoría de axioma. Posteriormente, Hayek utiliza de nuevo el subjetivismo para enfatizar el orden espontáneo que emerge como consecuencia de todas las acciones individuales que acontecen en una sociedad. Y Rothbard se encuadra dentro de la misma tradición al coger el principio axiomático de la libertad individual y la acción humana e insistir en su carácter de verdad absoluta y su condición incuestionable. Todos ellos pertenecen al mismo acervo intelectual. Esa es la esencia y la trascendencia de la EA, el dualismo y el individualismo metodológico expresados en toda su extensión, y aplicados a todos los órdenes de la sociedad, desde la mera acción de un individuo libre, irrefutable, convertida en principio absoluto (Rothbard), a los extensos órdenes espontáneos de Hayek, pasando por las premisas e implicaciones lógicas de Mises. Así ha quedado grabada para siempre en la historia humana la línea argumental del pensamiento de la Escuela Austriaca.

Suele existir un equívoco común que relaciona apriorismo con falta de experiencia y que busca ridiculizar ese método por medio del absurdo. Pero esto no tiene el más mínimo sentido. Ningún conocimiento carece de experiencia. De lo que prescinde el apriorismo es de la experimentación, no de la experiencia. Toda afirmación requiere un conocimiento previo del mundo que solo puede venir de la experiencia. De lo contrario, cualquier niño pequeño podría pensar de forma racional. No obstante, una vez adquirimos experiencia, podemos usar ese conocimiento para realizar experimentos controlados, o podemos usarlo para especular con principios básicos que no pueden rechazarse sin negar al mismo tiempo toda la realidad natural, y que por tanto no necesitan ningún tipo de pruebas empíricas.

Así, podemos decir sin ambages que la praxeología y el apriorismo están íntimamente relacionados con la evolución y los órdenes espontáneos. La evolución darwiniana se basa en el principio de supervivencia de todos los seres vivos, y éste a su vez se sustenta en las acciones que estos seres ejecutan en su entorno concreto y que tienen como propósito mantener la estructura del individuo en cuestión. Uno de los postulados de la praxeología dice que las personas buscan con sus acciones pasar de un estado menos satisfactorio a otro más satisfactorio. En términos evolutivos, esto significa que todos los seres pretenden un beneficio que les mantenga como estructuras existentes. La satisfacción no es otra cosa que el incentivo que estimula a todos esos individuos y que les mueve a actuar para garantizar su conservación.

Otro axioma de la praxeología dice que las personas tienen más preferencia por el presente que por el futuro. También la preferencia temporal o la utilidad marginal son leyes absolutas relacionadas con la evolución biológica y la supervivencia natural, ya que los seres vivos están obligados a buscar un beneficio inmediato que garantice al máximo su existencia como individuos (y su reproducción diferencial). Cuanto más inmediato sea el beneficio, más seguros estarán frente a cualquier posible imprevisto. A igualdad de circunstancias, aquellos individuos que obtienen más bienes que sus congéneres, y que los consiguen antes, sobreviven más tiempo y acaban constituyendo todo lo que vemos. Por tanto, podemos decir de antemano, apriorísticamente, que los seres vivos (y las personas) tienden a valorar más los bienes presentes, y tienden también a actuar para mejorar su vida. Y como esas son leyes de las cuales depende toda la existencia, no es necesario que busquemos probarlas mediante experimentos difíciles, o aplicarlas usando nuevas inferencias, pues es evidente que se deben cumplir siempre.

Vemos por tanto la fuerte relación que existe entre la evolución natural, el orden espontáneo, el apriorismo extremo y la escuela austriaca, y el error que supone desvincular alguno de estos aspectos del conocimiento, como hace claramente Meseguer al dejarlo todo en manos de la prueba y el error. Aquellos que quieran conocer de antemano la teoría de la evolución natural, deberán aceptar previamente el método deductivo y los apriorismos austriacos. No en vano, el algoritmo que utiliza la fórmula darwiniana procede siempre a través de principios que tienen una naturaleza claramente existencial (metafísicos), que explican por qué existen todos los seres y por qué han desaparecido los que no existen. El mecanismo de prueba y error basado en la mutación aleatoria, el cambio, y la posterior adaptación (necesaria) a un entorno concreto (principio de ordenación que utilizan los evolucionistas austriacos para enfatizar el único método de análisis científico que ellos conciben), está sin embargo sustentado por algunos determinantes o condicionantes básicos (que los propios evolucionistas se empeñan en ningunear todo el rato) que son de suyo irrefutables (y completamente necesarios), y que por tanto pueden ser empleados para partir de un razonamiento infalible (inexperimentable) y para ir obteniendo algunas conclusiones inequívocas.

César Martínez Meseguer tiene la costumbre de repasar en sus artículos muchas de las nociones básicas que alimentan las teorías de la evolución darwiniana y la aparición del hombre. Muchas de esas ideas son bastante obvias, y parecen más dirigidas a combatir el creacionismo que a enriquecer el pensamiento de aquellos que estamos familiarizados con la evolución y que no tenemos ningún problema en aceptar los rudimentos básicos de la teoría darwiniana.

Nunca viene mal hablar de evolución. Sin embargo, lo que Meseguer no entiende es que el dualismo metodológico, en el que se inspira la escuela austriaca, ha superado hace tiempo esa absurda disputa que enfrentaba a empiristas y teóricos. No comprende que los verdaderos evolucionistas no necesitamos despreciar los presupuestos seguros que constituyen las bases últimas de la evolución y existencia de todos los seres vivos. Tampoco entiende que la supervivencia de los más aptos, aunque sometida a la prueba y el error,  entraña también una definición que arraiga en principios ultimísimos, de necesario cumplimiento, existenciales, y por tanto metafísicos, deductivos, apriorísticos. Esa es la paradoja del evolucionismo austriaco actual que encabeza Meseguer, la de arrogarse la representación de unas ideas que no alcanza a entender con suficiente profundidad, pero que utiliza prolíficamente (como si fuera el único que las conoce) para refutar a aquellos que él piensa que son sus enemigos más acérrimos. La imagen que me sugiere esta actitud intelectual es la de un perro retorciéndose con frenesí, mientras intenta morder el extremo de su propia cola, sin saber que forma una parte indisociable de su cuerpo.

Es de esperar que el futuro haga justicia a Carl Menger, y se corrija por fin esa falsa interpretación de la escuela austriaca que hoy en día se extiende como un cáncer maligno dentro del propio cuerpo de intelectuales que dicen formar parte de dicha tradición. Confío en que se recobre el brillo antiguo de la filosofía clásica, unido esta vez a los éxitos más recientes de la ciencia moderna, y que muchos hombres puedan gozar de esa imagen completa del mundo, que se perfila en el horizonte cuando se concibe el conocimiento de manera integral.

El propio Meseguer recuerda que Hayek abría ostensiblemente el periódico cuando Rothbard hablaba en la Mont Pelerin, para dejar bien claro que consideraba erróneo su pensamiento epistemológico y su deriva hacia posturas irreconciliables con la EAE. Pero de lo que Hayek apostataba no era de la defensa incondicional (e intemporal) que realizaba Rothbard a cuenta del principio axiomático de la libertad individual. Como Popper, Hayek reconoció al final de su vida que existen algunas nociones infalsables que, sin embargo, pueden ser catalogadas como racionales. Hayek renegaba, no de los principios incuestionables de Rothbard, sino de algunas conclusiones suyas (anarquistas), a las que había llegado como consecuencia de su particular defensa de la libertad.

Para Meseguer, el axioma de Mises puede ser aceptable siempre y cuando no se considere como verdad absoluta. Pero si no es una verdad absoluta tampoco es un principio aceptable. Solo se puede partir de un axioma correcto si se toma a priori como una verdad segura. Y solo se puede entender como verdad segura si se acepta también su absoluta universalidad. Y solo se puede tomar como verdad absoluta cuando nos hemos asegurado de que estamos tratando con un principio cuyo incumplimiento implica a su vez una negación completa de toda la realidad. Precisamente porque el axioma hace referencia a una cualidad asidua a la existencia de todas las cosas, es por lo que puede ser tomado como seguro y utilizado para iniciar toda la cadena de razonamientos sin necesidad de demostrarlo a posteriori (experimentalmente). Esta simple apreciación pone sobre la mesa la legitimidad en el uso del método deductivo, así como también la importancia del dualismo metodológico que integra a la ciencia y la filosofía bajo un mismo cuerpo teórico, acallando aquellas voces que, como la de Meseguer, aseguran que solo existe una fuente genuina de conocimientos.

El cientismo ha sido tradicionalmente considerado como aquella forma de pensamiento que aspiraba a conocer toda la realidad del mundo, incluidos los detalles más nimios de cualquier sistema complejo. En este caso, la ciencia era tomada como una herramienta perfecta al servicio de la humanidad, y se anunciaba a bombo y platillo, augurando que en breve seríamos capaces de manipular la sociedad humana como hacemos ahora con una muestra de laboratorio. Ese fue un cientifismo de corte comtiano (totalitario), basado en la exageración, la ausencia completa de límites y la capacidad infinita del hombre y el Estado. A él se opuso con fuerza la escuela austriaca de economía, con Hayek a la cabeza.

Pero gracias a Meseguer, debemos combatir ahora una nueva clase de cientifismo, aquella que toma a la ciencia, no como una herramienta omnipotente (comtiana), sino como la única herramienta legítima que existe: omnipresente. Este es el cientismo de los escépticos, y también el de todos aquellos relativistas radicales que no creen en ninguna verdad segura, y que piensan que todo debe quedar sometido a refutación. Al alimón, también es el cientismo que decidieron apadrinar la mayoría de evolucionistas hayekianos, en su afán por defender un conocimiento provisional basado exclusivamente en el método de la prueba y el error, y en contra de aquellos ideólogos que defendían el apriorismo extremo de Rothbard o el dualismo metodológico de Menger.

Esperemos que en el futuro los economistas austriacos se den cuenta también de este nuevo error intelectual, y decidan combatir esa segunda forma irracional de cientismo, como hicieron con la otra. En el fondo, ambas se oponen, en algún aspecto importante, a la teoría subjetiva del valor que siempre ha caracterizado a la escuela austriaca de economía. El idealismo comtiano (de corte constructivista) lo hace cuando afirma que “la ciencia del Estado” ostenta un poder de manipulación ilimitado, capaz de asignar un valor a las cosas sin tener apenas en cuenta las preferencias subjetivas de los distintos individuos. Y el cientismo mesegueriano menosprecia también el subjetivismo cuando asegura que la ciencia constituye la única herramienta que tenemos a nuestra disposición para valorar la subjetividad, despreciando completamente ese método alternativo (apriorístico) que ha venido a demostrar que dicha subjetividad es una condición de suyo irrefutable, requisito imprescindible para que existan todos los individuos (y las cosas), y elemento fundamental del principio más importante y universal que cabe imaginar.

Publicado en Artículos de biología, MIS ARTÍCULOS | 1 Comentario

La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía

camino-soledad“La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía” es un artículo publicado por Eladio García García en el vol. 12, No. 1 (2015), págs. 287-321, de la revista Procesos de Mercado, co-editada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Unión Editorial.

PDF: http://www.procesosdemercado.com/pdf/2015-1/011%20NOTA%205%20primavera%202015.pdf

Índice del volumen: http://dialnet.unirioja.es/ejemplar/406474


Resumen:

En este artículo se analizan los fundamentos filosóficos que caracterizan el ideario y el objetivo de la Escuela Austriaca de Economía. Los principios metodológicos de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. A tal efecto, se propone un sistema axiomático inspirado en el concepto rothbardiano de la libertad individual, y se intenta demostrar que dicho concepto tiene su asiento en los abismos y las simas que albergan el pensamiento más radical de todos: el pensamiento ontológico, la fosa mariana de la filosofía. Para cubrir este viaje a las profundidades, se deben aclarar primero algunos aspectos teóricos especialmente relevantes. En primer lugar, es necesario demostrar que la filosofía es una disciplina legítima, indispensable y rigurosa. Y posteriormente, se debe utilizar esta herramienta para realizar también una fundamentación filosófica y una defensa de los principios que ensalza la Escuela Austriaca de Economía. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos más imprescindibles de la realidad. Por tanto, también es la única que permite llevar a cabo un análisis filosófico adecuado, suficientemente profundo.


I. OBJETIVO

El objetivo que se propone el autor de este trabajo aspira a describir una teoría de tipo fundamental, en la cual tengan cabida todos los fenómenos que existen en la naturaleza, y en especial aquellos procesos económicos que constituyen la base natural del actuar humano. En suma, se pretende elaborar una teoría omnicomprensiva, que vincule los fenómenos sociales entre sí, y que también relacione estos fenómenos con aquellos otros que, si bien no pertenecen al ámbito específico de la sociología, sin embargo sí comparten una misma raíz. El hombre es un elemento más de la naturaleza. Si hablamos de fundamentos reales no podemos limitarnos a realizar un estudio que solo tenga en cuenta los hechos sociales. Tenemos que describir fenómenos que estén presentes en todas las estructuras del universo, y aplicar luego esas nociones en el marco concreto del ser humano.

Este objetivo coincide plenamente con el propósito que siempre ha perseguido la Escuela Austriaca de Economía. Aunque a priori parezca que los estudios de esta escuela se circunscriben al ámbito de la sociología, demostraremos aquí que en realidad tienen mucho más que ver con la filosofía y la metafísica. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos eidéticos que corroborarían la existencia de una realidad verdaderamente fundamental. Los principios metodológicos de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. Su análisis nos permitirá entender mejor cuán importantes son las contribuciones que ha hecho esta corriente de pensamiento al acervo general del conocimiento humano.

  1. Reducción metafísica del concepto de la libertad individual: de concepto económico a concepto metafísico

La idea seminal sobre la que se construye la matriz teórica de este estudio se inspira en una declaración del economista y pensador austriaco Murray Rothbard, que éste escribió en 1982, en los prolegómenos de uno de sus libros más famosos: La Ética de la Libertad. En ella el autor afirmaba lo siguiente: “Todas mis obras han girado en torno al tema central de la libertad humana. Tengo, en este punto, la convicción de que, si bien cada disciplina posee su propia autonomía e integridad, en el análisis final todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana están interrelacionadas y pueden integrarse en una ciencia o disciplina de la libertad individual.” (Rothbard, 2009, p. 21)

Esta reflexión de Rothbard tiene una profundidad y un calado enormes, y no ha habido hasta la fecha ningún exégeta que haya sido capaz de llevar a cabo un desarrollo adecuado de la misma, tal y como habría querido su autor. No existe una fundamentación de la libertad individual suficientemente extensa, que abarque todos los ámbitos de la naturaleza y el conocimiento humano. Es precisamente esa ausencia explicativa, y la propia convicción de Rothbard, lo que estaría justificando en gran medida el trabajo que aquí se presenta.

La libertad individual constituye un principio tan elemental que no existe otro que subyaga a este; no hay en el universo una ley que describa un fenómeno más básico. La libertad individual del hombre es solo la punta del iceberg, el corolario de una norma metafísica, de carácter general, que se puede aplicar a todas las cosas que habitan el orbe. No se equivocaba Rothbard cuando columbraba en su libro la enorme importancia que tiene este principio general: “…todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana pueden integrarse dentro de una disciplina de la libertad individual.” Si interpretamos las palabras de Rothbard en sentido literal, y si acertamos a darles un significado todavía más extenso, que abarque no solo las actividades humanas sino también cualquier otra circunstancia, podemos llegar a afirmar que todas las ciencias, desde la física más elemental, pasando por la biología y la antropología, y llegando hasta la economía y la política, analizan fenómenos que están interrelacionados y que pueden interpretarse como casos particulares de un hecho mucho más general.

En un sentido amplio, la libertad individual constituye una verdad de tipo metafísico; indemostrable. Es un axioma irrefutable, un presupuesto irreductible, que no cabe referir a ningún otro y que tampoco es necesario demostrar. En consecuencia, se puede decir que describe una cualidad de carácter irrenunciable, que supone un requisito existencial, necesario en el estudio de cualquier orden material, e implícito en la naturaleza de todos los seres del universo.

Por consiguiente, también constituye una cualidad sumamente importante para el ser humano. Precisamente por eso, tendemos a creer equivocadamente que solo nos afecta a nosotros. Estamos tan acostumbrados a valorar y asumir como nuestra esa facultad de obrar, que no concebimos otra forma de libertad que no sea aquella que disfrutamos nosotros de manera consciente, por medio de los sentidos y las acciones voluntarias. Por eso, si afirmamos que la libertad individual es una propiedad más de la materia, igual que lo es el volumen o la masa, inmediatamente habrá muchos que pensarán que estamos defendiendo tonterías, y no vacilarán un instante antes de negarnos su aprobación. Hace falta, por tanto, una explicación previa más exhaustiva, que consigne los puntos más básicos de nuestra propuesta. A continuación intentaré detallar las razones que me llevan a pensar así.

De las palabras de Rothbard que se han resaltado más arriba, se desprende que la libertad individual constituye una cualidad humana ciertamente importante. Pero si decimos que esa cualidad está inserta en la naturaleza de todas las cosas, enseguida nos mirarán con asombro y nos tomarán por locos. No hay duda de que ésta afirmación produce un cierto rechazo en la gente. El hombre, en su fuero interno, está completamente convencido de que es un ser único y especial, dotado de una espiritualidad y una intención que trascienden la materia. Sin embargo, aunque en principio pueda parecer extraño, lo cierto es que aquellas cualidades humanas que más valoramos, con frecuencia son cualidades que no podemos atribuir en exclusiva al género humano, a pesar de que también tengan una dimensión peculiar. En realidad, esto no debería producir ninguna sorpresa: si son cualidades que representan valores trascendentales, es obvio que tienen que trascender la realidad de cualquier ser particular, y afectar sin excepción a todas las cosas que existen. Pero esta afirmación desata profundos recelos en la mayoría de las personas. A todos les parece inaceptable asumir ese tipo de generalización. Si las cualidades que más nos identifican son también cualidades que tenemos que compartir con el resto de las criaturas, de algún modo esto hace que pierdan ese carácter especial, y que degeneren en hechos mucho más vulgares. El hombre necesita sentirse especial. Necesita henchirse de orgullo y llenarse de aliento. Por eso, siempre que es comparado con los demás animales, cada vez que se equipara con las criaturas inferiores, se produce en su interior una profunda sensación de desazón y de rechazo, que le impide aceptar esa identificación. Pero además, si la comparación que pretendemos hacer incluye a todas las cosas que existen en la naturaleza, ya sean estas seres vivos o estructuras inanimadas, la reacción que debemos esperar no dista mucho de la que se produciría si dijésemos que somos Santa Claus.

Sin embargo, muy a nuestro pesar, hemos tenido que ir aceptando la realidad de la que estamos hechos. Hace tiempo que asumimos que el hombre no formaba parte de ningún plan deliberado. Descubrimos cariacontecidos que no habitábamos el centro del universo, y fuimos poco a poco siendo conscientes de que tampoco estábamos al margen de las fuerzas evolutivas que modelan la forma y la fisionomía de todas las criaturas del planeta. Ahora, al comenzar el siglo XXI, nos vemos obligados a aceptar también otra generalización más. Existen cualidades humanas mucho mas importantes, que valoramos en mayor medida, que constituyen elementos fundamentales de la naturaleza, y que por consiguiente tampoco son exclusivas del género humano. La más importante de todas esas cualidades es la libertad individual.

La libertad individual, de la que tanto se enorgullecen los pensadores liberales, no es en realidad una propiedad exclusiva del hombre. Es una cualidad omnímoda, completamente general. No obstante, esto no debería ser motivo para que disminuyera ese orgullo, sino más bien para que aumentase, ya que nos estamos atribuyendo una propiedad verdaderamente importante. En un sentido amplio, podemos afirmar que todas las cosas que existen en el universo son individuos, y también podemos decir que todas ellas tienen un cierto grado de libertad. Todos los seres tienen una identidad particular. Su individualidad es lo que los convierte en entidades existentes y reconocibles. Sin esa propiedad no podrían existir, y tampoco podrían ser identificados como tales. Además, la individualidad también supone una cierta independencia a la hora de actuar. Todas las cosas que existen provocan algún efecto en su entorno, que viene determinado en parte por la naturaleza concreta de la cosa. Todos los seres actúan con un cierto grado de independencia y libertad. La existencia individual siempre va seguida de acciones individuales. Estas acciones se consideran libres en tanto en cuanto sean generadas por el individuo, sin que intervengan factores externos. En el caso concreto del ser humano, esas acciones individuales son codificadas en forma de normas, y se establecen y apuntalan leyes que indican y determinan los movimientos más apropiados, en orden a conseguir un bienestar general mayor. Ese marco constitucional acaba definiendo el nivel de progreso que alcanzan las distintas sociedades del planeta. El mayor o menor respeto del individuo, de lo que éste decide hacer con su vida y su propiedad, es lo que al final determina toda la organización del sistema y el desarrollo del mismo. En este sentido, la libertad individual constituye un valor humano sumamente importante. Pero esto no nos puede llevar a pensar que la libertad es una cualidad exclusivamente humana. No debemos olvidar que su importancia deriva, en última instancia, del hecho de que también sea una propiedad universal incuestionable, necesaria para existir y para actuar.

La libertad individual es un principio existencial; es el requisito más básico de todos. Todos los entes son estructuras individuales e independientes (si no lo fueran no serían entes, no existirían). Y la libertad es la forma en la que todos ellos se manifiestan, a través de las acciones particulares que son capaces de provocar en sus entornos. Tanto la individualidad como la acción libre del individuo, constituyen propiedades de carácter absoluto, que se pueden asignar a cualquier cosa del universo, y que se predican, en último término, del principio de la libertad individual que determina la existencia de todos los seres.

Según Rothbard: “La ética de la ley natural establece que, para todos los seres vivientes, es bueno lo que significa satisfacción de lo que es mejor para ese tipo concreto de criatura…” (Rothbard, 2009, p.37). Igualmente, para Santo Tomás de Aquino la acción del hombre es un caso particular de la ley natural por la cual se rigen todos los seres del universo, cada uno de ellos según su propia naturaleza y sus propios fines. Bajo estos mismos principios generales, Gabriel Zanotti, en su tesis de 1990, intenta conectar la praxeología de Mises y Rothbard con el pensamiento de Tomás de Aquino, que para el argentino es el fundamento último de la primera. Siguiendo al Aquinate, Zanotti afirma que todas las cosas finitas se mueven hacia sus fines mediante el desarrollo de sus potencialidades. Y continúa diciendo: “Pero respecto de los entes que se mueven, que pasan de la potencia al acto, Santo Tomás establece un principio fundamental, que abarca no sólo al movimiento en sentido propio, sino a toda operación… Me estoy refiriendo a este principio: todo agente obra por un fin. Es el principio de finalidad, intrínsecamente relacionado con la causa final, esto es, aquello por lo cual el agente obra.” (Zanotti, 2004, p.21). Esta visión integradora de la naturaleza constituye también el marco teórico que va a permitir desarrollar el argumentario que jalona los distintos apartados de este artículo. Bajo ese prisma, el principio de acción humana de Mises, todos los medios, los fines y la libertad del hombre, quedan reducidos a casos particulares, y empequeñecidos frente a la imagen de una realidad mucho mas grande.

Todas las cosas del universo son entes existentes. La tautología que entraña esta afirmación revela cuan absurdo es intentar pensar en alguna alternativa distinta. La existencia es la condición más fundamental de todas, y con ella también lo son las dos propiedades que están asociadas a la misma, a saber, la individualidad y la acción. Todos los objetos que existen son individuos, y todos ellos actúan de forma que consiguen mantener esa individualidad y esa existencia. Normalmente, un objeto inanimado e inerte no invita a pensar en ningún tipo de acción. No obstante, dicho objeto solo puede existir si es capaz de ejercer alguna acción que le beneficie y que le procure una cierta estabilidad. Pero al hombre le resulta difícil concebir una actuación que no esté producida por un individuo consciente, o que no esté dirigida a conseguir unos objetivos que hayan sido marcados previamente por él. Es conveniente que pongamos algún ejemplo que ilustre esta posibilidad. Utilizaré para ello el objeto más inerme que se me ocurre. Imagínese una piedra más o menos plana, llena de aristas y de ángulos, y otra, del mismo tamaño, completamente pulida y redonda, sin ningún abultamiento. Ambas se encuentran en la cima de una montaña. Pero, mientras la primera tenderá a permanecer ahí arriba, la segunda terminará por rodar colina abajo, sin detenerse en ninguna terraza de la orografía, hasta acabar en el fondo de algún valle. Es mucho más probable que la piedra redonda termine precipitándose y hundiéndose en alguna laguna o cuenca del terreno. La primera piedra estará expuesta a la abrasión de los elementos aéreos, pero la segunda será sometida a la erosión que provocan las escorrentías. Estos dos escenarios determinan la existencia y la forma de las dos piedras, tanto o más que su origen y su constitución. Esas piedras habrán actuado de distinta manera y con distintos resultados. Lo que entendemos aquí por acción no es solo la acción consciente de un individuo pensante, es el efecto que provocan en el entorno todos los objetos del mundo, por el mero hecho de existir y tener una forma y una estructura particular, la cual interfiere en dicho entorno de un modo también concreto, y con unas consecuencias para el objeto muy significativas. La acción no es otra cosa que el resultado de una fuerza física. En este sentido lato del término, podemos decir sin ambages que todos los objetos actúan, que todos producen un efecto en su entorno más próximo, y que todos reciben a cambio una reacción del entorno que acaba determinando su existencia y su permanencia en el mundo. La acción es una propiedad metafísica y universal, que determina la existencia de todos los seres.

La acción se manifiesta en los seres vivos con una intensidad mucho mayor, debido a que estos son individuos más complejos, con una capacidad de interactuar más elevada. Pero en el fondo, las reglas básicas que determinan la existencia de todos ellos son las mismas. La habilidad de Darwin consistió en darse cuenta de que los entes vivos existen y proliferan en base a los mismos principios que cualquier otro objeto. Subsisten en tanto en cuanto sean individuos (principio de la individuación) y en la medida en que actúen para mantenerse vivos y sobrevivir (principio de la acción). Las piedras que, en base a su forma, consigan habitar un entorno menos agresivo, acabarán perdurando más tiempo que aquellas que no puedan evitar esas agresiones erosivas. De igual manera, los animales que se mueven, se reproducen y actúan continuamente para habitar un entorno más favorable, existirán por más tiempo que aquellos que no saben o no pueden moverse de ese modo. La teoría darwiniana de la evolución es una teoría metafísica. Todos aquellos que critican esta teoría bajo el supuesto de que no hay suficientes evidencias que la corroboren (los creacionistas que afirman que nunca encontraremos el eslabón perdido, o los que dicen que el ojo es tan complejo que no puede haber aparecido por evolución), no se enteran que están yendo en contra de una proposición que no necesita ninguna demostración y que no tiene alternativas. La evolución darwiniana y la supervivencia del individuo son conceptos irrenunciables, ya que no hay nada que exista y sobreviva de otra manera. Todos los objetos existen porque se individualizan, y sobreviven porque compiten y se adaptan al entorno a través de alguna acción que consolida y fortalece esa individualidad o identidad. Todos los objetos deben adoptar una dimensión espacial (existir como individuos concretos, como estructuras únicas), y acto seguido deben adoptar también una dimensión temporal (actuar para mantener esa individualidad, por medio de las influencias que consigan provocar en el entorno, por el mero hecho de existir). A su vez, estas condiciones dimensionales determinan también la existencia, la forma y la estructura de todas las cosas. La selección natural moldea a todas las criaturas, sin excepciones de ningún tipo. La unanimidad que refleja esta visión de la naturaleza permite integrar las ciencias naturales bajo un mismo principio. Pero este principio también se puede extender al hombre. El ser humano también actúa movido por esos principios, para conseguir sobrevivir y permanecer (ese es su último objetivo, el sentido y la razón de su existencia y su creación). En este caso, la unanimidad afectaría no solo a las ciencias naturales, la física y la biología (las piedras y los animales), sino también a las ciencias sociales y humanas. La teoría de la evolución de Darwin y la teoría de la acción de Mises no son sino dos demostraciones particulares del mismo fenómeno general. La individuación y la acción determinan la existencia de todos los objetos, en unos casos constituyen la base principal de la supervivencia biológica, y en otros la base de la organización y la existencia social. Además, dentro de las ciencias humanas podemos implementar de nuevo otra integración. La síntesis que se alcanza al contemplar el sistema axiomático que aquí se propone, compuesto por dos principios (individuación y acción), permite elaborar una imagen todavía más unitaria. En concreto, resulta especialmente interesante detenerse a analizar esa combinación que aúna la teoría social y deductiva de Ludwig von Mises y la de Ayn Rand. Considero imprescindible destacar las contribuciones que han hecho a la metafísica estos dos autores, sin menoscabar ninguna de ellas. No en vano, cada uno se ha encargado de describir uno de los dos axiomas que componen la realidad. Ayn Rand centra sus investigaciones en el axioma de la existencia individual, o axioma de la identidad o individuación. Por su parte, Mises hace lo mismo con el axioma de la acción individual o acción humana. Mi intención es poner de manifiesto las profundas relaciones que creo que existen entre la escuela objetivista que fundó la filósofa ruso-americana y la escuela subjetivista de Menger y Mises. Las rencillas intestinas que se dan entre los integrantes de estas dos corrientes no tienen ninguna justificación. Hay buenas razones para pensar que esas dos escuelas representan los pilares del pensamiento más general de todos, y que por tanto se complementan y encajan como dos piezas de puzle, en el rompecabezas del universo. Su unión viene sellada por un principio absoluto, y sus detractores o enemigos incurren en un error que es proporcional al hecho que niegan.

  1. Reducción ontológica del concepto de la libertad individual: descomposición del concepto metafísico en sus elementos entitativos

Todas las cosas son entes finitos, que se mueven hacia fines concretos. Es decir, todas las cosas son entidades individuales (axioma randiano de la identidad), son seres particulares perfectamente delimitados y con unos fines que también son específicos. Y todos ellos se mueven en alguna dirección, presentan un propósito determinado, y buscan continuamente la manera de conseguirlo (axioma misesiano de la acción). Es decir, todos los seres detentan una libertad intrínseca, y protagonizan una acción que solo ellos saben provocar. Según nos dice Mises: “El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor” (Mises, 2011, p. 18). Para Mises, este es el principio más básico de la economía, que rige y mueve a toda la sociedad. No obstante, en términos generales, la satisfacción del hombre no es otra cosa que la manifestación de un estado anímico (una colocación interna) que tiene por objeto estimular su movimiento y su actuación, y que se deriva, a fin de cuentas, del logro de alguna meta que habrá tenido como resultado la prevalencia y la existencia del individuo humano (la propia satisfacción encuentra aquí su motivo principal: es el estímulo hormonal que insta a existir). De lo contrario, nada de eso se habría producido. Por consiguiente, este es un principio que se puede aplicar también a todas las cosas que existen.

Todas las estructuras presentan una posición que las identifica como tales. Como dijo Aristóteles: “…una cosa es un umbral porque está colocada de cierta manera” (Aristóteles, 2011, libro VIII, p. 259). Además, todas provocan un efecto determinado en el entorno, como resultado de haber adquirido esa posición. Y en todas ellas la supervivencia depende de que ese entorno que modifican, y sobre el que actúan, acabe procurándoles algún beneficio particular, gracias al cual consigan mantenerse tal y como son. Todas las cosas que existen tienen que haber provocado este efecto beneficioso. El propósito existencial de todas ellas es permanecer. Si existen es porque, de algún modo, han conseguido alcanzar dicho propósito. Todos los seres existen como individuos, y actúan para conseguir mantener y conservar esa existencia, y solo existen si consiguen su objetivo. No cabe otra alternativa. Y el ser humano no es ninguna excepción. El hombre se mueve y actúa en virtud de los mismos algoritmos, buscando fines existenciales, actuando sobre el entorno, y sirviéndose de los medios que tiene a su alcance. La única diferencia es que, en su caso, la razón y la conciencia juegan claramente a su favor, y le permiten planificar e interiorizar todos esos propósitos y movimientos.

En definitiva, no nos equivocamos si decimos que todos los seres albergan dos propiedades principales, que ya fueron puestas de manifiesto por Aristóteles hace muchos siglos, en su teoría del Ente. En primer lugar, todas las cosas son entidades finitas, individuales. Como dice el polímata griego: “…y esto es la sustancia o el individuo, que es precisamente lo que se manifiesta en una categoría tal; sin ello, no decimos nunca bueno o sentado, por ejemplo. Es evidente pues que gracias a esta categoría, son también todas las demás, por lo tanto el Ser en su sentido primero, y no el ser algo, sino el Ser absoluto, ha de ser la sustancia [el individuo]” (Aristóteles, 2011, Libro VII, p.208). Y en segundo lugar, las cosas también son entidades actoras, que se mueven según sus potencialidades, hacia objetivos concretos, con una libertad intrínseca, buscando un beneficio particular. De nuevo, Aristóteles sale al paso de esta afirmación para decirnos: “De manera que, si hay un fin de todas las cosas propias de la acción, este sería el bien propio de la acción” (Aristóteles, 2012, Libro I, p.28).

Por tanto, podemos estar seguros que todas las cosas que existen son entes individuales, y también son entes que actúan para conservar esa individualidad. La convicción que tiene que acompañar a esta declaración se debe precisamente a que esas dos características son las únicas que provocan y permiten toda existencia. En consecuencia, el principio de la libertad individual, que también participa de las mismas propiedades, estaría apelando igualmente a una realidad normativa que carece por completo de excepciones.

La libertad individual es una expresión que apela a dos hechos existenciales inseparables, la individuación de la cosa, y la acción libre del individuo. Estas propiedades constituyen dos axiomas irrefutables, imposibles de negar. Es imposible que exista algo que no se disponga en el espacio de una manera concreta, con una identidad. Y también es imposible que, una vez que haya adquirido esa identidad, esa cosa no provoque ningún efecto beneficioso en su entorno, a través de una acción que le permita conservar su existencia en el tiempo. Nada escapa a esta sentencia irrefutable. En el sentido lato que empleamos aquí, y como también nos dice Mises, incluso la ausencia de acción se consideraría igualmente un tipo de acción, con unas consecuencias claras: “Pues el no hacer nada y el estar ocioso también constituyen actuaciones que influyen en la realidad” (Mises, 2011, p.17).

La libertad individual es una locución que se compone de dos términos gramaticales: individual y libertad. Lo individual es lo identitario, la esencia del ente, su naturaleza existente, su cosificación espacial. Por su parte, la libertad alude directamente a la acción, es la facultad que tienen todos los seres para actuar según sus potencialidades (o para dejar de actuar), para provocar un efecto en el entorno que permita que se conserven y, en definitiva, para existir, desplazarse y moverse por la otra dimensión: la dimensión temporal. Estas dos cualidades, la individuación y la acción, constituyen los dos fundamentos más básicos de la realidad, y dan a la libertad individual el carácter trascendental que ésta tiene. Estos mismos atributos son resaltados ya por Santo Tomás de Aquino en el capítulo III del libro II de su Suma contra Gentiles, cuando explica las condiciones y características que configuran la esencia ontológica del Ente finito: “Toda acción y todo movimiento parecen ordenarse de algún modo al ser, ya para que se conserve según el individuo [acción], ya para que se adquiera por primera vez [individuación]. Y el mismo ser es un bien, y por esto todas las cosas apetecen el ser. Luego, toda acción y todo movimiento es por un bien” (Santo Tomás de Aquino, BAC, 1967).

El principio de la libertad individual, que defienden algunas escuelas de pensamiento (entre las que sobresale la Escuela Austriaca de Economía), no adquiere su importancia en base a unas decisiones arbitrarias o subjetivas. Se construye, en cambio, utilizando dos axiomas fundamentales, el axioma de la individuación y el axioma de la acción. Estos axiomas podrían describirse de la siguiente manera. Todas las cosas son individuos. Y todos los individuos producen algún efecto en su entorno. Ese efecto es una acción individual. Dicha acción recibe el nombre de libertad (grados de libertad). Además, cualquier individuo debe actuar siempre para beneficiarse a sí mismo (de manera egoísta), o al menos para no perjudicarse, de tal forma que solo existen aquellos individuos que producen esos efectos beneficiosos: que apetecen el Ser. Todos los demás desaparecen. El beneficio aquí es simplemente todo resultado que permite mantener la existencia, y que consecuentemente también permite asegurarla y mejorarla. La libertad individual, en el caso de que se atribuya al hombre, supone para éste unas cualidades y unos beneficios importantísimos. Esa importancia se debe precisamente a que es una propiedad que está inserta en la naturaleza existente de todas las cosas, en la sustancia más fundamental del universo y de la realidad. El valor ético de la libertad individual no tiene otra causa que la de ser también un valor eidético, sustentado sobre dos principios axiomáticos, y referible a una propiedad universal, necesaria en todo tiempo y lugar (es decir, afín a la existencia como tal, con sus dos dimensiones principales, la temporal y la espacial). Todo lo que existe debe cumplir dos condiciones básicas. Debe adquirir una posición espacial, una identidad, una individualidad, o una presencia concreta. Y además debe adoptar también una dimensión temporal, es decir, tiene que actuar según sus potencialidades, con una libertad intrínseca, en pos de la permanencia. Todo objeto tiene que provocar necesariamente un efecto que no le destruya, que le beneficie. Por consiguiente, todo lo que existe viene determinado por dos elementos entitativos de carácter absoluto: uno de naturaleza individual y otro de naturaleza actuante. Dichos elementos quedan a su vez definitivamente integrados en el concepto de la libertad individual.

La intención de este trabajo es analizar esa integración, involucrando en dicho estudio a las ciencias naturales y a las ciencias sociales, y elaborando una comparativa suficientemente amplia, que permita entender mejor el carácter esencial que revisten estos preceptos básicos, los principios referidos.

  1. Reducción gnoseológica del concepto de la libertad individual: unificación de las ciencias

Una vez que hemos reducido el concepto económico de la libertad individual (rothbardiano) a concepto metafísico (aristotélico), y que lo hemos descompuesto en sus dos elementos ontológicos (la individuación y la acción), quedaría por analizar la relación que existe entre ese concepto metafísico y todos los aspectos gnoseológicos que rodean al mismo. Es decir, vamos a ver de qué manera el concepto de la libertad individual contribuye, no solo a la unificación de las nociones y las ideas, sino también a la unificación de las herramientas con las que se elaboran éstas.

En 1998, el profesor emérito Eduard O. Wilson, notable entomólogo, autoridad moral en el estudio de las hormigas y los insectos, y pionero indiscutible de la sociobiología, afirmaba en su libro Consilience, La Unidad del Conocimiento, lo siguiente:

“Recuerdo muy bien la época en que me cautivó la idea del saber unificado […] Era yo un biólogo en ciernes, inflamado por el entusiasmo de la adolescencia, pero de teoría y visión cortas… De repente vi el mundo de una manera totalmente nueva… estaba subyugado, no podía dejar de pensar en las implicaciones que la evolución tenía para la clasificación y para el resto de la biología. Y para la filosofía. Y para todo… Me di cuenta de que podía subir los peldaños de la organización biológica, desde las partículas microscópicas de las células hasta los bosques que cubren las laderas de las montañas. Un nuevo entusiasmo se agitaba en mi interior. Los animales y las plantas que yo amaba tan profundamente volvían a entrar en el escenario como actores principales de un gran drama. La historia natural quedaba validada como una ciencia real. Había experimentado el hechizo jónico. Tomo esta expresión del físico e historiador Gerald Holton, quien la acuñó recientemente. Significa la creencia en la unidad de las ciencias, una convicción mucho más profunda que una simple proposición de trabajo, que el mundo es ordenado y puede ser explicado por un pequeño número de leyes naturales. Sus raíces se remontan a Tales de Mileto, en Jonia, en el siglo VI a.C. Dos siglos más tarde Aristóteles consideraba al legendario filósofo como el fundador de las ciencias físicas. Desde luego se le recuerda más concretamente por su convencimiento de que toda la materia está constituida en último término por agua. Aunque esta idea se suele citar como ejemplo de lo muy equivocadas que las especulaciones de los primitivos griegos podían llegar  a ser, su significado real es la metafísica que expresó acerca de la base material del mundo y de la unidad de la naturaleza. El hechizo, que se ha hecho cada vez más refinado, ha dominado el pensamiento científico desde entonces. En la física moderna, su punto central ha sido la unificación de todas las fuerzas físicas (la electrodebil, la fuerte, y la de la gravitación) […] Pero el conjunto del hechizo se extiende asimismo a otros campos de la ciencia, y para algunos va mas allá, alcanzando las ciencias sociales, y todavía más lejos, como explicaré más adelante, hasta tocar las humanidades”  (Eduard O. Wilson, 2009, p.9).

No comparto en absoluto la manera en la que Wilson aspira a unificar las ciencias naturales y las ciencias sociales. Pero sí me identifico plenamente con el espíritu que le impulsa a llevar adelante ese proyecto. Comparto la admiración que siente por la idea del saber unificado, y me siento cautivado ante esa forja, igual que él. Pero admito que Wilson es un científico positivista. Su idea de unificación pasa por conseguir que las ciencias sociales adopten el método y el diseño que prevalece en el estudio de las ciencias naturales. Como dice Mises «La gente tiene ideas equivocadas sobre una ciencia unificada, que debería estudiar el comportamiento de los seres humanos según los métodos empleados por la física de Newton, en el estudio de la masa y movimiento» (Mises, 2013, p.13). Los positivistas creen que solo existe un método de investigación (el suyo), y tachan a los filósofos de ignorantes y de hechiceros. Esta forma de entender la unificación es bastante ridícula, y enormemente simplista. Es preciso que insistamos una y otra vez en la necesidad de proponer una agrupación distinta, que también incluya a la filosofía. Y la mejor forma de conseguir esto es uniendo las ciencias naturales y las ciencias sociales a través del concepto más básico que existe: la libertad individual. La exactitud e irreductibilidad de este concepto, así como su ecumenicidad y su generalización, acreditan el método deductivo que emplea la filosofía, lo equiparan con el científico, y en consecuencia proponen una visión integral de la gnoseología, dualista (científica y filosófica, inductiva y deductiva).

Los apologistas del positivismo y el monismo metodológico solo conciben un método de estudio, el método científico. Es preciso que les hagamos ver que la noción de individuo constituye un hecho irrefutable, que no es preciso investigar, y que solo cabe afirmar o intuir de manera filosófica, exponiendo a continuación todas las implicaciones lógicas que podamos derivar. La individualidad (la existencia y la acción libre del individuo) es una cualidad que está inserta en todas las cosas que existen. Nada puede existir si no dispone de una entidad propia. Y nada surge si no es como individuo. Por tanto, podemos tomar esta cualidad y proponerla como principio básico, sin necesidad de comprobarla, pues todo lo que existe tiene que tenerla. Y a continuación podemos derivar algunas conclusiones importantes, por ejemplo, que la individualidad y la libertad de acción del ser humano constituyen también cualidades fundamentales, necesarias para el buen funcionamiento y el progreso firme de cualquier sociedad avanzada. Si las acciones que benefician a un agente en particular son siempre un requisito necesario para que éste exista, con más motivo lo serán todas aquellas que permiten que los seres se desarrollen y proliferen de manera conjunta.

Como vemos, aparte del método inductivo que emplea la ciencia, existiría otro método complementario: el método deductivo, que nos permitiría llegar también a conclusiones ciertamente razonables (y racionales). Es más, con ese método alcanzamos unas conclusiones determinantes, indiscutibles, absolutamente universales, y de un grado de generalización superior al de cualquier teoría científica.

La unificación no debe consistir en utilizar un único método de estudio, porque entonces estamos obviando un amplio abanico de investigaciones. La unificación no significa unificar las herramientas, y que al final solo tengamos un martillo. La unificación consiste en hallar un fenómeno único, que determine la naturaleza de todos los objetos de estudio y de todos los objetivos científicos, y en conseguir que todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición se pongan al servicio de este hallazgo. Precisamente, es la división epistemológica que contempla dos métodos racionales, el llamado dualismo metodológico, lo que nos estaría permitiendo utilizar uno de esos caminos para analizar mediante deducción el fenómeno que nos interesa, el más importante de todos.

La libertad individual es el fenómeno que buscamos. Si nos ajustamos a la idea de Wilson, según la cual es necesario establecer una unificación real de todas las ciencias, y si tomamos prestada la definición de Rothbard, que dice que la libertad individual constituye un presupuesto elemental de carácter indiscutible, podemos abordar un estudio integral de la naturaleza, y elaborar de ese modo un plan de acción suficientemente amplio y ambicioso.

En las ciencias naturales existe un consenso y un progreso que no se observa en el mundo de la economía y las ciencias humanas, donde todos parecen defender ideas contrarias. Este trabajo se propone eliminar esas diferencias. Para ello, es necesario elaborar una síntesis general que establezca los principios de acuerdo básicos que habrán de determinar el marco común de una verdadera teoría natural de la libertad. El liberalismo no puede tener otro objetivo distinto de ese. La importancia que aquí asignamos a la Escuela Austriaca de Economía se debe precisamente a que dicha escuela es la única corriente de pensamiento que ha sido capaz de identificar correctamente ese problema, y avanzar en las soluciones.


II. METODOLOGÍA

La metodología que defiendo en este trabajo es la misma que viene aplicando la Escuela Austriaca de Economía desde su origen, en todas las investigaciones en las que ha participado. La Escuela Austriaca, o escuela de Viena, es una corriente de pensamiento económico y político que se sustenta sobre dos pilares metodológicos básicos: el dualismo metodológico y el individualismo metodológico. Estos principios constituyen también la base doctrinal que soporta y que da consistencia a los argumentos que se exponen y defienden en este opúsculo.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas metodológicas

Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos afirmar que la clasificación es casi la única actividad intelectual que llevan a cabo los filósofos y los pensadores. La taxonomía es una ciencia fundamental, que está presente en todas las operaciones intelectuales que realiza el ser humano. Toda definición aspira a encuadrar el objeto que describe dentro de un orden determinado, junto con todos los demás objetos que comparten las mismas características. Cualquier proposición teorética pretende ordenar los diversos fenómenos que se observan en la naturaleza haciendo que estos queden incluidos en un conjunto más general y preciso. No hay duda que la clasificación ejerce en todas estas aspiraciones intelectuales un papel de primera magnitud. Ahora bien, de todas las clasificaciones posibles, la más importante y perentoria es aquella que trata de ordenar las distintas clases de conocimiento que existen, pues gracias a esta podemos conocer la función que desempeña el investigador, y también cómo se clasifican el resto de cosas.

En términos generales, dicha clasificación podría quedar de la siguiente manera. Solo existen tres disciplinas o herramientas de conocimiento fundamentales. En primer lugar, está la gnoseología, que trata de los métodos y la naturaleza del conocimiento. Luego vendría la metafísica, que abarca todo el conocimiento que se consigue gracias a la utilización de la deducción y la filosofía. Y finalmente tendríamos la física (según la definición aristotélica), dentro de la cual se ubican todas las ramas experimentales vinculadas al estatuto de la ciencia y el conocimiento fáctico (la física propiamente dicha, la química, la biología, etc…). Sin embargo, de las tres herramientas que acabamos de nombrar, solo las dos primeras serían realmente esenciales. La ciencia no lo es. La ciencia utiliza métodos indirectos, a través de los cuales llega a conocer la realidad solo después de una dura indagación. Por tanto, es incapaz de establecer principios realmente fundamentales, de manera inmediata; sus teorías siempre están cambiando y perfeccionándose, y siempre son provisionales. No ocurre lo mismo con la gnoseología y la metafísica. Estas disciplinas se constituyen a priori. En el momento de iniciarse la investigación ya deben tener claro qué principios básicos son verdaderos.

La gnoseología y la metafísica son disciplinas elementales. Lo son en la medida en que están obligadas a establecer unos principios apriorísticos. Dichos principios deben ser independientes de la experiencia, es decir, no pueden proponerse con posterioridad, como resultado del proceso fáctico. Tienen que basarse, por el contrario, en alguna necesidad general incuestionable, que garantice su carácter universal y su utilidad inmediata.

Cualquier búsqueda de conocimientos debe iniciar su travesía resolviendo una cuestión cardinal. Tiene que identificar el método gnoseológico que le va a permitir atravesar la parte del océano desconocida en la que decida adentrarse. Antes de echarnos a la mar, tenemos que revisar el contenido de nuestras mochilas, la solidez de la quilla sobre la que recae todo el peso del barco, las herramientas que se encuentran almacenadas en las bodegas del mismo, y las condiciones del piélago al que queremos llegar. Por tanto, la gnoseología es la primera disciplina que tenemos que contemplar, la primera en proponer unos principios fundamentales, que tendrán que establecerse incluso antes de haber iniciado cualquier búsqueda (de hecho, es la que permite dicha búsqueda); por eso decimos que es una ciencia apriorística. Y el dualismo metodológico es el único principio que nos puede indicar el camino correcto, desde el primer instante, ya que es el único que defiende la validez de esas verdades apriorísticas, el único que admite la filosofía como herramienta, y el único que se basa en una realidad incuestionable, universal e inmediata.

El universo está compuesto por dos tipos de fenómenos o cualidades. Todos los objetos constan de propiedades particulares y propiedades generales. El análisis de esos tipos requiere por tanto que contemplemos dos vías de conocimiento alternativas, que atiendan respectivamente a cada uno de ellos. De este modo, surgen y se desarrollan por separado la ciencia y la filosofía. La ciencia investiga los hechos concretos, y extrae posteriormente teorías generales. Por su parte, la filosofía se inspira en primer lugar en todos aquellos conceptos y fenómenos que se refieren a cualidades que son evidentes (absolutamente generales), y solo después deduce toda la serie de implicaciones lógicas particulares que se derivan de dichos conceptos. De la aceptación gnoseológica de esa doble posibilidad, de esa alternativa de caminos que comienza fijando su atención, ora en las propiedades generales, ora en las propiedades particulares, surgen también dos disciplinas básicas: la metafísica y la física. La metafísica es la disciplina que compete a la filosofía, la que emplea conceptos abstractos para producir una cosmovisión general del mundo. Por su parte, la física se corresponde con el estatuto de la ciencia. En su caso, los investigadores analizan primero los hechos físicos concretos, y posteriormente extraen conceptos y teorías más generales. La integración de la ciencia con la filosofía da lugar al método de conocimiento más exitoso y completo de todos: el dualismo metodológico.

El dualismo metodológico se deduce de manera inmediata, a partir de una realidad fundamental, de una dicotomía primordial: la existencia de dos tipos de fenómenos, generales y particulares. Dicha metodología utiliza dos vías distintas para alcanzar el conocimiento, la vía filosófica y la vía científica. La vía filosófica parte de fundamentos metafísicos, atinentes a fenómenos muy generales, y los intenta aplicar luego a los casos concretos. Por su parte, la vía científica usa un camino inverso, parte de hechos concretos, que posteriormente intenta relacionar con el objeto de construir teorías más generales. Por tanto, la metafísica y la física abarcan con sus estudios todos los ámbitos y todas las posibilidades de conocimiento que existen. Tanto la vía filosófica como la científica proponen sendas teorías generales. Sin embargo, una las propone al principio, y otra las elabora con posterioridad. De esta manera, solo la vía filosófica da cuenta de una realidad eidética, apriorística, y completamente general, pues es la única que está obligada a establecer una teoría inicial realmente universal.

Aparte de la gnoseología, la otra disciplina fundamental que es necesario apreciar es la metafísica. El dualismo metodológico es la herramienta que acredita a la filosofía, y ésta establece a su vez un presupuesto categórico universal, de carácter metafísico. La vía científica parte de presupuestos particulares, y efectúa afirmaciones relativas del tipo: “esta cebra es rayada”, o “aquella flor se pone mustia con el calor”. En cambio, la vía filosófica comienza diciendo: “el universo es…”  Evidentemente, los dos tipos de afirmación exigen el uso de una metodología concreta, y dan por hecho que podemos describir algunos fenómenos fundamentales. Pero sus investigaciones toman en consideración objetos completamente distintos, y se desarrollan de manera independiente. La vía filosófica intenta llegar a conclusiones lógicas derivándolas a partir de realidades absolutamente generales. La vía científica intenta reunir muchos fenómenos particulares y derivar luego teorías más generales. En ambos casos se describen los mismos fenómenos. Las ideas generales tienen muchas implicaciones a nivel particular, y los hechos particulares quedan mejor agrupados y definidos dentro de una teoría genérica, que aluda a procesos globales. Ahora bien, el modo que tienen estas dos vías de abordar el problema es bien distinto.

La filosofía, como quiera que se ve obligada a partir de presupuestos universales, debe asegurarse de que esos presupuestos sean absolutamente verdaderos. Deduce con ellos todas las conclusiones y las teorías que elabora, y lo hace de manera intuitiva, basándose en esas necesidades eidéticas que habrá identificado previamente en los hechos ecuménicos. En cambio, la ciencia, como está obligada a partir de hechos particulares contingentes, no tiene una referencia tan amplia. En su caso, cobra especial importancia la experimentación y la prueba. El proceso que utiliza la ciencia es inductivo, y presenta una incertidumbre intrínseca. La filosofía debe comenzar siempre con una certeza universal (nótese que no afirmamos que tenemos un conocimiento absoluto de todo, sino que conocemos absolutamente un fenómeno o cualidad determinada). Por su parte, la ciencia atribuye al hombre un desconocimiento inicial absoluto, observa hechos puntuales, detalles concretos, pero no sabe cómo se producen, ni cuáles son las causas últimas que los provocan. La ciencia trabaja con hechos posibles, que siempre pueden acabar siendo de otra manera, y que deben investigarse de forma fiable. De ahí que la demostración adquiera en ella un papel central, y que no se alcance nunca un conocimiento completo, seguro y definitivo. El investigador debe pertrecharse con un aparato técnico que le asegure y le confirme que está describiendo algo cierto, entre todas las posibilidades que existen, y también debe estar dispuesto a modificar en el futuro sus conclusiones, si así lo requieren los datos que va recabando. Sin embargo, la metafísica y la gnoseología atribuyen al hombre un conocimiento inicial absoluto. Como parten de hechos generales, están obligadas a contemplar principios que son absolutamente ciertos. La evidencia no se extrae, en este caso, de las experiencias fácticas, como hace la ciencia con sus objetos de estudio, se obtiene en cambio al utilizar una evidencia inmediata, que se extrae a partir del conocimiento de un fenómeno necesario, que no puede ser de otra manera, que se conoce y se reconoce con solo pensarlo, y que por tanto no necesita comprobación. En este sentido, el individualismo metodológico, que designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad (y la existencia), es el único principio filosófico que tiene la capacidad de responder a estas necesidades. Las únicas cualidades del universo que son realmente generales, las únicas que están presentes en todos los objetos del mundo, son la cualidad individual, que identifica al objeto, y la acción de supervivencia, que emana del mismo y que posibilita su permanencia. Cualquier cosa, si quiere existir, tiene que mostrarse como un individuo, tiene que tener unos límites reconocibles, tiene que aparecer en tanto que Ser, y tiene que actuar para conseguir permanecer tal cual. El principio de individuación y el principio de acción, que son base fundamental de este trabajo, deben ser considerados por todos como los principios más elementales que existen, los únicos que realmente suponen una condición sine qua non, y los únicos que acreditan y posibilitan la vía filosófica.

Recapitulemos. El dualismo metodológico sería entonces el principio más básico de la gnoseología o epistemología general. Y lo mismo se podría decir del individualismo metodológico en relación con la metafísica. Estos dos principios son incuestionables, sustancian las dos disciplinas más fundamentales que existen, constituyen abstracciones inmediatas, legitiman la libertad individual que defienden todos los liberales, y se comportan como pilares básicos del conocimiento (como verdaderos principios). Resulta por tanto muy significativo que hayan sido también los pilares que ha elegido la Escuela Austriaca de Economía para levantar el edificio que alberga los postulados de sus teorías. Esta adopción vendría a confirmar, una vez más, la superioridad y la grandeza que distingue a esta escuela de pensamiento.

En este sentido, la escuela austriaca es la única corriente que ha conseguido entablar una relación completa con la realidad, tendente a establecer los principios que instituyen esas disciplinas fundamentales (el dualismo metodológico en el ámbito de la gnoseología y el individualismo metodológico en el ámbito de la metafísica). Se entenderá por tanto que defienda la importancia crucial que ha tenido ésta escuela de pensamiento en el contexto general de la historia humana. No existe parangón con ninguna otra. Ninguna ha conseguido describir los fundamentos de la realidad como lo ha hecho la escuela austriaca. Resulta paradójico que haya sido al mismo tiempo la escuela más ninguneada de todas las que han existido. Este hecho no puede dejar de sorprendernos. Es preciso que encontremos también una explicación para este rechazo general.

Existe, por tanto, una clara relación entre los problemas más trascendentales que siempre han preocupado a los filósofos, y aquellos otros que ha venido tratando la escuela austriaca durante su corta y precaria existencia. Es fundamental sacar a la luz esas conexiones, ya que esto nos va a permitir obtener una perspectiva más amplia, que realce el prestigio de la Escuela Austriaca de Economía, y que conciba la misma como parte de una trayectoria y una tradición filosófica milenarias. La escuela austriaca representa una de las etapas finales de dicho recorrido. Este peregrinaje nos habría llevado desde los primeros filósofos griegos hasta los pensadores modernos, y desde las primeras preguntas de los socráticos hasta las cotas de conocimiento más elevadas, donde se observa finalmente un paisaje de una univocidad magnífica, trazado en torno a una única verdad universal: el principio de individuación, la sacralización del individuo y de la libertad individual.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas sociológicas

Ahora bien, una vez demostrada la trascendencia de los principios que consagran y avalan la trayectoria intelectual de la Escuela Austriaca de Economía, tenemos que dirigir nuestra atención hacia otros dos aspectos de la misma idea. Debemos comprender las causas que han llevado a que dicha escuela haya sido la única en darse cuenta de la conveniencia de dichos principios, y también la única que ha sufrido el ostracismo de las demás corrientes y el desprecio de muchos pensadores ajenos a esas ideas, que se niegan a aceptarlas. Lo que más sorprende es el contraste que existe entre la importancia del pensamiento austriaco y el ninguneo al que se han visto sometidos aquellos que se han declarado partidarios y defensores de estas ideas.

Por tanto, tenemos que responder a dos cuestiones importantes. En primer lugar, es necesario saber cuáles son las razones que han hecho que la escuela austriaca se haya convertido en la única escuela de pensamiento preocupada por resolver los problemas más importantes de la filosofía, a pesar de ser una escuela de economistas. Y en segundo lugar tenemos que saber también qué razones llevan al resto de escuelas a rechazar el legado que han dejado los economistas austriacos, a pesar de la importancia que éste tiene. Cada una de estas cuestiones encuentra asimismo dos respuestas o motivos principales, atinentes a las dos disciplinas elementales que configuran todo el pensamiento de la escuela austriaca: la gnoseología y la metafísica.

El éxito que ha cosechado la escuela austriaca, a la hora de aplicar los principios axiomáticos al ámbito de las sociedades, atiende básicamente a dos motivos principales, uno gnoseológico y otro metafísico. Con respecto a la gnoseología, es preciso que entendamos que el estudio de las sociedades humanas exige a veces el uso de herramientas filosóficas, y el abandono de los métodos que se empeñan en prescribirnos los científicos. Un sistema complejo, lleno de datos y de informaciones, y compuesto por seres humanos impredecibles, no se deja analizar del mismo modo que se deja una muestra del laboratorio. La escuela austriaca tiene por objeto el estudio de esas sociedades complejas, y ha sido consciente desde el primer momento de la existencia de estos impedimentos gnoseológicos, que hacen necesario que partamos de algunos conceptos generales simples, intuitivos, que no requieran un probatorio experimental, y que puedan implementarse fácilmente en el análisis de esos sistemas tan complejos. Ese es el motivo gnoseológico que lleva a la escuela austriaca a interesarse por los problemas filosóficos y por los principios verdaderos que rigen dentro de la filosofía. Por eso adopta el dualismo metodológico, único sistema que admite la posibilidad de utilizar dos vías de conocimiento distintas, con lo cual también se legitima la filosofía y se devuelve al ámbito académico más serio, lugar del que nunca debería haber salido. La escuela austriaca utiliza un método muy antiguo, que es el mismo que aplicaban los primeros pensadores griegos, pero que hoy en día se encuentra bastante desprestigiado por culpa de esas investigaciones mediáticas que los científicos han convertido prácticamente en una religión. Es necesario que revirtamos esta situación, que recuperemos el arjé de los helenos; es necesario que enfaticemos los valores filosóficos de la Escuela Austriaca de Economía.

En el campo de la metafísica, la escuela austriaca también nos ha proporcionado otro principio fundamental: el individualismo metodológico. Este principio hace hincapié en el papel que juega el individuo humano dentro de las sociedades por él creadas. La economía y el bienestar de los hombres tienen mucho que ver con la libertad de estos, con su carácter de individuos, y con sus necesidades subjetivas,  todo lo cual lleva a pensar que el individuo es el único soberano y el principal motor de todos los sucesos que ocurren en una sociedad. Pero el individuo no es solo un elemento fundamental de la sociedad, es más bien un elemento fundamental del universo. Todas las cosas son individuos, entes concretos. Por consiguiente, la escuela austriaca estaría describiendo también aquí un hecho verdaderamente universal, nuevamente relacionado con el estatuto supremo de la filosofía.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas ideológicas

Hasta aquí, las razones metodológicas y sociológicas que estarían avalando el prestigio de la Escuela Austriaca de Economía, su interés por las verdades más esenciales y su merecida elevación a la categoría de escuela filosófica. Pasemos a ver ahora cuáles son los motivos de su defenestración, las causas ideológicas que ponen a esta escuela en la picota. Sin duda, el análisis de estas causas también servirá para realzar la trascendencia que tienen las ideas que defienden los economistas austriacos (como se suele decir, la adversidad siempre nos hace fuertes).

La crítica que se suele hacer a la escuela austriaca tiene igualmente dos razones principales, una gnoseológica y otra metafísica. Cada una de ellas encuentra eco en el rechazo que suele existir por parte de la comunidad científica hacia los principios que configuran esas dos disciplinas. Se critica el dualismo metodológico, y también se critica el individualismo metodológico (en general, se critica toda la filosofía).

La crítica más habitual está relacionada con el dualismo metodológico y tiene una raigambre antigua. Se basa en esa idea cientista que afirma que el único método racional es el método científico de la experimentación. Esta es la actitud que toman los monistas metodológicos y la mayoría de científicos expertos. Como la escuela austriaca utiliza una metodología distinta, dualista, que admite la posibilidad de partir también de principios filosóficos irrefutables, que no necesitan ser demostrados, algunos creen que esta escuela pertenece a la misma categoría a la que pertenecen todas las religiones del mundo, que tampoco admiten ninguna contrastación, que se aferran igualmente a una revelación incuestionable, y que se muestran igual de tajantes y seguras de sí mismas. No obstante, esta comparación es totalmente falsa. Debemos esforzarnos en distinguir dos tipos de verdades fundamentales (apriorísticas), las que se basan en una creencia arbitraria, de carácter divino, y las que se basan en un hecho natural, evidente e incontrovertible. Los conceptos y realidades que describe la escuela austriaca son tan esenciales que no requieren ningún tipo de probatorio, pero también son tan pedáneos y verdaderos que no necesitan apelar a ninguna clase de religión o creencia infundada. El ideario de los economistas austriacos no es un ideario medieval o esotérico, que adore a una figura incorpórea, antes bien, constituye una teoría racional completamente moderna, de carácter material. Los austriacos asumen de forma natural la utilización de la filosofía, y se basan para ello en una noción incuestionable, ubicua, presente en toda la materia y en todas las cosas: la individualidad.

El concepto de dualismo metodológico que acredita a la filosofía ha sido desarrollado sobre todo en el último siglo, y seguramente por eso todavía no tiene la aceptación que podría tener. Por tanto, contrariamente a lo que se suele pensar, son las demás ideologías las que acusan una actitud obsoleta, basada en una necedad cientista de amplia tradición académica, que solo admite un método de investigación.

En relación con la segunda acusación, la que se dirige, ya no contra el método, sino contra los principios que se derivan del uso del mismo, contra la metafísica y el individualismo metodológico, podemos aducir exactamente lo mismo. Las imputaciones más importantes provienen de nuevo de aquellos que quieren convertir el mundo en una organización dirigida y dominada por ellos, en un campo de experimentación científica, donde poder tener controladas todas las variables que se afanan en medir. El colectivismo y el totalitarismo son organizaciones de este tipo. En su caso, el control se efectúa sobre las personas, y las medidas originan Estados primitivos y atrasados, enemigos acérrimos del individualismo y de las sociedades abiertas. No obstante, dichos Estados se han visto beneficiados también por esa arrogancia moderna que ha prendido en la sociedad a rebufo del desarrollo de la ciencia experimental. Sus idearios abogan porque los individuos carezcan completamente de libertad, y porque todo se decida a través de un órgano dictatorial compuesto por un comité de sabios y profesionales científicos (o políticos), entre los cuales figuren por supuesto los propios interesados. De este modo, se escudan en esa supuesta profesionalidad científica, y justifican sin ambages cualquier acción de control y de inspección que se dirija a conseguir lo que ellos entienden que es más beneficioso. Por tanto, aunque la negación de la realidad individual y del derecho de libertad genere retraso y suponga un lastre importante, la sociedad al final acaba por encontrar alguna manera de progresar (la vida siempre se abre paso), y los negacionistas siempre se pueden subir al carro de la modernidad y gritar desde ahí arriba consignas y arengas en contra de la libertad del individuo.

Puesto que los cientistas y los monistas son, la mayoría de las veces, fervientes defensores del colectivismo y del constructivismo social, y puesto que todos ellos han sido relanzados y aclamados en los últimos siglos, cuando se ha confundido el éxito de la ciencia con el culto ciego a la diosa razón, unos y otros han venido a unirse y apoderarse de las instituciones académicas y universitarias, y del resultado de todo ello ha nacido una civilización moderna excesivamente arrogante, que en muchos casos desprecia cualquier idea que no se atenga a la deontología profesional que asumen como propia los científicos experimentales (los nuevos sabios). No es extraño, por tanto, que la Escuela Austriaca de Economía, de naturaleza interdisciplinar, que aboga por el establecimiento de un dualismo metodológico en el que quepan tanto la ciencia como la filosofía, y de clara tradición individualista, que necesariamente pasa por desacreditar a los colectivistas y a los políticos, haya sido siempre el blanco fácil de todas las burlas, y se la haya intentado encuadrar en la misma categoría en la que se suele encuadrar a los charlatanes y a los fanáticos religiosos.

Sin embargo, paradójicamente, son las demás ideologías las que pecan de primitivas, las únicas que pueden catalogarse de pseudociencias y designarse con ese estigma. Cuando uno comprende y acepta el ideario de la escuela austriaca, se traslada a una época anterior a la revolución industrial, cercana a la edad media. De repente, las otras corrientes aparecen como un conjunto esotérico de adivinaciones, malamente defendidas por una masa de ignorantes y analfabetos. Uno casi siente cómo crepita el fuego de la pira que arde bajo sus pies, avivado con los soplidos del rebuzno que emiten todos esos ignaros. La gente aun cree en ese desiderátum marxista que anuncia la llegada inexorable del socialismo científico, y que exige la inmediata abolición del sistema capitalista de libre competencia y de las leyes que establecen la libertad de comercio y de intercambio. Esa es la verdadera religión de nuestro tiempo, y no la que se suele achacar a la escuela austriaca. Esa es la única forma de subyugar a los creyentes y los beatos: prometiéndoles un futuro igualitario, un paraíso obligatorio diseñado por el sacerdote (o sabio) de forma milimétrica, en el que siempre va a ser necesario que alguien te diga qué tienes que hacer, o qué cosas te deben gustar, para ir a la par con los demás, en clara comunión. Como dice Rothbard: “En los movimientos religiosos mesiánicos, el milenio es invariablemente instaurado por una gran convulsión violenta, un Harmaguedón, un gran combate apocalíptico entre el bien y el mal. Tras este conflicto titánico se instauraría sobre la tierra un milenio, una nueva era de paz y armonía, un reino de justicia. […] En la versión de Marx, el instrumento que conduciría al advenimiento de su milenio, del comunismo, sería una violenta revolución mundial llevada a cabo por el proletariado oprimido. […] En efecto, al igual que los milenaristas, Marx llegó a sostener que el reino del mal sobre la Tierra alcanzaría su punto álgido justo antes de la Apocalipsis” (Rothbard, 2013, p. 917). Rothbard utiliza las palabras de Tuveson para recordarnos también otra cosa: “el milenarista [del socialismo] cree que la historia opera de tal forma que, cuando el mal haya alcanzado su punto máximo, la situación desesperada se invertirá. Se restablecerá el estado original, el estado verdaderamente armonioso de la sociedad, en la forma de algún género de orden igualitario” (Tuveson, 1984, pp 326-7). Sin embargo, dicho estado es contrario al orden natural que se establece con el mercado bajo el capitalismo, el cual solo se puede basar en las libertades individuales y en las diferencias que esa individualidad supone (como ya hemos dicho, la realidad más fundamental y la mayor verdad de todas no resulta del igualitarismo, resulta del hecho individual, de la identificación diferenciadora y de la capacidad del individuo para actuar, sobreponerse y subsistir; el mundo está hecho con estos seres). Por eso los comunistas siempre han odiado este sistema y siempre han vaticinado su muerte. Ante esta negativa, lo único que cabe hacer es utilizar de nuevo esa famosa frase que se atribuye a Galileo y que, al parecer, fue murmurada por éste después de ser obligado a retractarse en público. Muchos son los que afirman que el capitalismo está destinado a desaparecer… y sin embargo se mueve (la realidad y la verdad siempre acaban emergiendo).

Algún día la Escuela Austriaca de Economía será reconocida como lo que realmente es: una corriente interdisciplinar, una amalgama de ideas y pensamientos coherentes, reunidos sobre un tamiz general que abarca todas las disciplinas existentes; una cosmovisión filosófica con una aplicación social clara; una estructura de pensamiento enraizada en los clásicos griegos y arbolada por pensadores de todas las épocas. Algún día la escuela austriaca ocupará una posición preponderante en el estudio general de la naturaleza. Ese día aun tiene que llegar. Hasta entonces tendremos que soportar la división y la miopía que imperan en todos los ámbitos del conocimiento. Entablar una conversación con un economista austriaco, y descubrir que en realidad es un biólogo, un físico, o un psiquiatra, dice mucho del carácter omnicomprensivo y del motivo trascendental que guía a esta escuela de pensamiento, la escuela austriaca de economía (y filosofía). Al menos, esas charlas contribuyen a rebajar un poco la fiebre que uno padece cuando contempla el rechazo general que suscitan las ideas austriacas, y el desprecio que muestra el mundo académico hacia los maestros y los epígonos de dicha escuela, y hacia todos aquellos que se esfuerzan por pensar radicalmente. Este trabajo aspira a dignificar todo lo posible esos esfuerzos y a esos maestros. Considero que no hay mejor manera de hacer esto que la de resaltar la importancia de la que goza la metodología que auspicia todos esos empeños, metodología que es también el baluarte más importante que tiene cualquier estudioso de la ciencia o la filosofía.


III. CONCLUSIONES

La razón que ha llevado al autor de este trabajo a escoger el concepto rothbardiano de la libertad individual, al objeto de usarlo como gozne fundamental y simiente del mismo, encierra un motivo que, visto en perspectiva, nos da la clave para entender el verdadero propósito que estaría detrás de todo el estudio. La libertad individual es una noción económica, jurídica y política que mide el grado de responsabilidad y autonomía que detentan los ciudadanos de una determinada comunidad. Pero, al mismo tiempo, dicho concepto se puede descomponer en dos términos esenciales, que se refieren respectivamente a dos atributos del Ser absolutamente necesarios, afines a la propia existencia. La individualidad es definida entonces como la característica que aporta una concreción espacial a la cosa. La finitud espacial, a saber, la ubicación, es lo único que da sentido y presencia al individuo: nada existe si no es como un ente concreto; una entidad. Por su parte, la libertad alude directamente a la capacidad de acción del Ser, que no es otra cosa que su concreción temporal, esto es, su capacidad para sobrevivir y seguir existiendo. De esta manera, el concepto de la libertad individual permite ligar dos disciplinas tradicionalmente aisladas, que son las que están más alejadas entre sí (la economía y la ontología). Al hacer esto, acordamos los elementos metafísicos más simples y fundamentales de la realidad con aquellos otros que se aplican a la sociedad y los sistemas más evolucionados y complejos de todos, las comunidades humanas. Esta ligadura no es en absoluto arbitraria. Por el contrario, atiende a una relación importantísima. Si conseguimos integrar aquellas disciplinas que están más alejadas, podremos responder al deseo ultimísimo de elaborar una unificación gnoseológica general (en nuestro caso, una teoría sintética de la libertad individual), deseo que también tuvieron algunos de los filósofos más ilustres de la historia, Aristóteles o Descartes. A este respecto, Ortega y Gasset nos dice: “Téngase presente que para Descartes, como para Aristóteles y para nosotros en este estudio, ciencia es exclusivamente la teoría o teorías deductivas… todas las teorías deductivas forman un cuerpo continuo, se derivan las unas de las otras o mutuamente se implican, y los nombres de las distintas disciplinas designan meramente miembros de un unitario organismo. Esa ciencia única empieza con la metafísica y termina con la meteorología y con la fisiología” (Ortega y Gasset, 1958, p. 279).

De esta aceptación unitiva de la gnoseología, que Ortega no duda en referir a los clásicos (de la comunicabilidad de los géneros de Descartes), surge también una aceptación metafísica (la teoría aristotélica del Ente, o la teoría cartesiana del ente ensimismado, pensante y existente). El dualismo metodológico atribuye una importancia semejante a la ciencia y la filosofía, y abre de ese modo la puerta para que aceptemos una teoría deductiva basada en principios apriorísticos y absolutos, que es la misma que refiere Aristóteles cuando elabora su teoría del Ente finito, donde defiende que dichas entidades son siempre concretas (individuales). Como bien apostillará más tarde Suárez, el principio de no contradicción del estagirita viene a decir que no es posible que una misma cosa sea y no sea al mismo tiempo, de lo cual se deriva que «todo ente es uno, pues una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, por el hecho de que solo puede ser una cosa determinada [un ente concreto].» (Suárez, 2011, p. 95). Sobre los lomos de ésta teoría ontológica se construye el edificio intelectual que cobija bajo sus muros el pensamiento que brota de las ilustres cabezas de los filósofos y los metafísicos, pero que también alberga las estancias donde habitan todos aquellos economistas y pensadores que a lo largo de la historia han reivindicado la libertad individual del hombre como fundamento principal de sus ideas. Entre estos últimos, aparecen de forma destacada los epígonos de la Escuela Austriaca de Economía, empezando por Menger y terminando por Rothbard. El individualismo que defienden estos economistas hodiernos apela directamente a las propiedades más características y necesarias del Ente, cualidades que ya fueron puestas de manifiesto en los papiros que escribieron los clásicos griegos. La revolución marginalista y subjetivista que Menger inicia en el siglo XIX integra de forma magistral la defensa del dualismo y el individualismo metodológicos, y apela sin duda a la importancia que tiene el carácter individual del ente humano, importancia que se deriva directamente de esa otra que ostenta el ente en general –el hecho individual-. No puede haber otro principio de individuación –nos dice Suárez- más que la misma entidad de cada cosa, «que de suyo es tal y por si misma se distingue de las otras» (Suárez, 2011, p. 124). Con posterioridad, Hayek se encargará de desarrollar el concepto de la individualidad en entornos complejos, donde emerge un orden espontáneo como resultado de permitir que millones de seres manifiesten su individualidad y actúen en relación con ella. Por su parte, Mises, casi al mismo tiempo, labora también sobre los mismos atributos del Ente, resaltando la importancia que tiene la acción individual del hombre, y utilizando ésta como principio para fundar la ciencia económica. Por último, Rothbard afirmará por fin, a las claras, ya sin tapujos, que la libertad individual es un presupuesto universal, propio de una ciencia que está obligada a regirse y gobernarse por un apriorismo radical.

En realidad, las ideas y los principios que han defendido todos los epígonos de la escuela austriaca no son sino sucedáneos de la teoría del Ente que nace y se desarrolla con Aristóteles. No en vano, el ente humano es una parte indiscutible del ente general. Por tanto, es necesario que contemplemos estos esfuerzos de los austriacos como si se tratasen de uno solo. Todos aspiran a encontrar y consolidar un principio económico y social que, como ha quedado demostrado en este trabajo, es a la vez un hecho eidético y metafísico, capaz de contraponerse a ese otro principio que brega también por imponerse en todas las sociedades: el colectivismo y el socialismo. Este esfuerzo austriaco no es en absoluto baladí, antes bien, es el más importante de todos. Si conseguimos demostrar que el concepto de la libertad individual, y el individualismo que enarbolan con orgullo los economistas austriacos, se basa a su vez en un principio ontológico absolutamente cierto, estaremos en disposición de probar también que su concepto antagónico, la negación del individuo (el colectivismo, el comunismo, el estatismo), es la mayor mentira que jamás nos han contado, el error intelectual más grave de todos y el que peores consecuencias ha traído para la humanidad. En definitiva, estaremos preparados para asumir sin ambages las consecuencias naturales que depara la aceptación de una libertad auténtica (de un individuo real), y podremos instigar por fin una prosperidad y una bonanza sanas y duraderas. Ha llegado el momento de trasladar la lucha por la libertad del plano económico al plano filosófico, pues ese será el único terreno en el que se pueda preparar la batalla final. Este trabajo obedece y atiende al mismo propósito.


Referencias bibliográficas

Aristóteles (2011). Metafísica, Libro VII, p.208. Alianza Editorial, bolsillo.

Aristóteles (2011). Metafísica, Libro VIII, p.259. Alianza Editorial, bolsillo.

Aristóteles (2012). Ética a Nicómaco, Libro I, p.28. Alianza Editorial, bolsillo.

Huerta de Soto, Jesús (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial, p.51. Madrid: Unión Editorial.

Mises, Ludwig von (2013). Problemas epistemológicos de la economía, p. 13. Madrid: Unión Editorial.

Mises, Ludwig von (2011). La acción Humana, p.17. Madrid: Unión Editorial.

Mises, Ludwig von (2011). La acción Humana, p.18. Madrid: Unión Editorial.

Ortega y Gasset (1958). La idea de principio en Leibniz, p.279. Emecé Editores.

Rothbard, Murray (2009). La Ética de la Libertad. Madrid, p.21. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray (2009). La Ética de la Libertad. Madrid, p.37. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray (2013). Historia del Pensamiento Económico. Madrid, p.917. Madrid: Unión Editorial.

Santo Tomas de Aquino (1967), Suma contra Gentiles, BAC, Madrid.

Suarez, Francisco (2011). Disputaciones Metafísicas, p.95. Editorial Tecnos.

Suarez, Francisco (2011). Disputaciones Metafísicas, p.124. Editorial Tecnos.

Tuveson Ernest L. (1984). The Millenarian Structure of the Communist Manifesto, C.A. Patrides y Joseph Wittreich. The Apocalypse: in English Renaissance Thought and Literature. Ithaca: Cornell University Press, 1984, pp 326-7   

Wilson, O. Eduard (1999). Consilience, La unidad del conocimiento, p.9. Ediciones Galaxia Gutenberg.

Zanotti, Gabriel (2004), Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, p.21. Tesis de 1990, Unsta, Tucuman.

Publicado en ARTÍCULOS DE REVISTAS CIENTÍFICAS, Artículos científicos en Procesos de Mercado, La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía, MIS PAPERS | Deja un comentario

El materialismo dialéctico: la mayor mentira jamás contada

Existen algunas estupideces en las que nadie cree. Otras tienen una serie de seguidores considerable. Algunas se convierten en mitos establecidos y pasan a formar parte del imaginario colectivo. Pero solo existe una manera de conseguir que una estupidez se convierta, por arte de birlibirloque, en un principio de obligado cumplimiento para todo el mundo. Y esa forma de estulticia no es otra que el materialismo dialéctico.

Concretamente, la estupidez que alienta el marxismo consiste en afirmar que todas las personas tienen que ir uniformadas y parecer más o menos iguales, según el grado de bobería que estemos dispuestos a asumir. El objetivo último aspira a convertir la sociedad en una suerte de escenario igualitario, una parusía redentora que habrá de llegar cuando todos los individuos colmen sus necesidades y se vuelvan eternos ganadores. Pero, siendo que la naturaleza es por definición diversa, y puesto que la evolución y el progreso natural se basan sobre todo en esa variabilidad intrínseca, los comunistas terminan procurando un estancamiento y una hambruna generalizados, precisamente lo contrario de lo que en principio afirman propiciar.

Todo en el materialismo dialéctico está pensado para hacer que una característica muy particular, propia de determinados individuos: su condición de obreros, se convierta en una suerte de cualidad general, y sea aceptada por la mayoría conversa, si es que no quiere acabar en el fondo de una fosa común.

Los ignorantes no entienden de principios. Nunca se guían por razones científicas. Les es ajena la sabiduría. En cambio, fundan sus ideas en aquellas reclamaciones hueras o aquellas características particulares que mas a mano tienen: sus gustos sexuales, sus modos de trabajo, su lengua natal, su amor a los animales, su modo de transporte, etc… La revolución del proletariado fue la primera de todas estas reivindicaciones. Pero le siguen muchas otras, todas las que pueden concebirse atendiendo exclusivamente a las distintas mediocridades con las que el hombre inculto colmata el vacío de su vida y rehuye la depresión que suscita su pobreza intelectual.

La dialéctica marxista está pensada para enfrentar a unos grupos con otros, con la esperanza de que todos los hombres sean parecidos. Es entonces cuando las proclamas se vuelven edictos, las sugerencias se convierten en imposiciones, y los gustos se transmutan en prohibiciones. El resultado no puede ser otro. Al elevar a la categoría de principio una banalidad humana cualquiera, todos quieren imponer su particular visión del mundo. Todos quieren la igualdad, pero al mismo tiempo todos quieren que los demás sean igual que ellos. El desenlace está claro. La sociedad se fragmenta en mil organizaciones distintas, cada una lucha por acaparar todo el poder, y todas caminan en línea recta hacia un arrumbamiento inevitable. La gente asume esa ignorancia imberbe como si fuera una ley de la naturaleza, y al hacerlo no solo obvian las verdaderas razones del mundo, también sustentan sus principios en un basamento ridículo, parangonando toda suerte de creencias infundadas, y aplicando sus trivialidades a todo el mundo. El totalitarismo sólo tiene una cara, por mucho que ahora algunos se la quieran lavar. Cuando pretendes convertir una banalidad personal (por ejemplo, tu gusto por los animales o las bicicletas, tus apetencias sexuales, o tu condición de trabajador) en una suerte de precepto absoluto impuesto por el Estado, el resultado no puede ser muy distinto. El marxismo cultural es la única deriva posible.

Podemos reunir todas las reivindicaciones que hacen estos nuevos grupos comunistas y agruparlas bajo una única estrategia de control social. Todos ellos apelan a los sentimientos de los demás, y todos quieren despertar la sensibilidad del poder, desconociendo por completo que ese tipo de demagogias constituye la semilla del único totalitarismo posible: aquel que aspira a convertir una cualidad particular en un principio de carácter universal.

Lo contrario consiste en defender que la afirmación del único principio verdadero pasa por reconocer la propiedad más ecuménica que existe: la individualidad de cada persona, sin pretender en ningún momento que esas particularidades propias de cada uno se conviertan en ariete y disculpa para ejercer la fuerza sobre el resto de ciudadanos. Todos somos poseedores de un sentimiento de pertenencia más o menos desarrollado. El problema aparece cuando queremos imponer de manera general ese sentimiento de identidad.

Las envidias y los rencores siempre han alimentado un afán de dominación muy extendido. La muchedumbre ha velado las armas a los peores tiranos; en realidad todos somos pequeños sátrapas en potencia, protegidos por nuestro anonimato y nuestra insignificancia, pero armados con una patética visión del mundo que deseamos imponer por la fuerza. Y así van naciendo los distintos grupos de presión, y así surge el marxismo cultural, dorado con la píldora de un sinfín de becerros y sacrificios, y alimentado con el vacío intelectual que caracteriza la vida de la mayoría de la gente.

Y el populismo es el otro lado de la moneda. Los líderes de las distintas facciones saben que hay muchas personas dispuestas a defender sus ideas con uñas y dientes, muriendo y matando. Por lo tanto, les ofrecen el oro y el moro, alimentan su rencor, propician las divisiones internas, y utilizan la demagogia en su propio beneficio. Y a poco van consiguiendo que el marxismo cultural agite todavía más la bandera de sus reivindicaciones.

Muchos viven en el mundo de planilandia, por lo que sólo conciben dos dimensiones (o facciones) espaciales, la derecha y la izquierda. Otros redactan tesis enteras hablando sobre el tamaño del clítoris masculino o la forma femenina del pene. Los hay que quieren fundirse con la naturaleza, pero solo consiguen que se funda su cerebro. Algunos aman tanto a los animales que acaban convirtiéndose en uno de tales. En el pasado los marxistas querían que todos fuéramos obreros modélicos. Pero, como se asumió que eso era imposible, los mismos que antes deseaban ver muertos a todos lo burgueses, ahora se afanan por conseguir que todos tengamos el mismo sexo, la misma raza, la misma especie, o incluso el mismo pelo. El comunismo se ha convertido en una hidra con muchas cabezas, pero sigue faltando el cerebro. No se dice nada falso si se añade que la mayoría de movimientos actuales son vástagos que nacen del mismo tronco; un tronco seco que intenta renovarse utilizando la misma savia de siempre, una ideología refrita, el enemigo sempiterno, el padre del comunismo, la más peligrosa de todas las pseudociencias.

Hay movimientos que luchan por un principio correcto y que buscan hacerlo extensible al mayor número posible de ciudadanos (por ejemplo, el liberalismo aspira a defender la individualidad y la acción libre de todas las personas). Otros en cambio elevan a la categoría de principio universal una causa particular suya, un falso principio, que carece de la suficiente importancia (por ejemplo, los defensores de los animales). Y los más peligrosos quieren imponernos esa banalidad absurda a través de la política (por ejemplo, los marxistas culturales).

De todas las clases de movimientos sociales que existen, el único realmente peligroso es aquel que hace suya la defensa de una cualidad particular, al tiempo que pretende imponerla de forma absoluta, convirtiendo la sociedad en una suerte de campo de concentración y exterminio donde solo sea posible existir si eres un acólito del tirano o un obrero harapiento. El mayor ejemplo de este tipo de movimientos lo tenemos en el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad personal realmente particular: su posición de asalariado, que quería extender a todos los seres humanos. El peligro viene precisamente con esa doble intención.

El análisis o descomposición terminológica de la locución con la que se quiere vestir de seriedad académica al marxismo, esto es, el materialismo dialéctico, nos permite descubrir algunas verdades escondidas sobre esta antigua ideología. El materialismo dialéctico se arroga el descubrimiento de América varios siglos después de que lo haya hecho la ciencia, la cual ya había asumido mucho antes que el mundo está hecho de materia que cambia y se transforma continuamente. Para ese viaje no hacían falta alforjas. No obstante, los marxistas creen haber hecho un descubrimiento revolucionario. Si a esto añadimos que su teoría sobre la materia y el cambio es completamente falaz, ya tenemos los dos ingredientes necesarios para cocinar una tiranía cristalina: arrogancia e ignorancia.

Marx creyó remover los cimientos de la ciencia cuando sentenció que todas las cosas se mueven hacia alguna parte y que los contrarios siempre se oponen. Pero la dialéctica de Marx no se limita a decir que las cosas se mueven de un lado para otro. Ante todo, es una teoría que se aplica a la sociedad y a la historia. Afirma que la sociedad camina irremisiblemente en una única dirección, hacia un enfrentamiento de clases cuyo resultado solo puede ser la victoria de una tribu en concreto. Y como Marx atribuía a los obreros una dignidad superior a todas las demás clases, son éstos los elegidos por Dios para ocupar el reino de los cielos.

Si por algo se caracterizan los marxistas, es por creer que tienen la verdad absoluta de su lado. De ahí que hayan sido muchos los intentos de asentar sus ideas en una axiomática auténtica. Esto les ha llevado incluso a negar el principio más fundamental de todos: el axioma aristotélico de la identidad o individuación, con lo cual también han venido a cargarse la libertad individual que ostenta el ser humano como miembro destacado de la realidad (no en vano, la existencia de una única clase o casta de individuos es la manifestación más palmaria de esa negación).

Como todo cambia, los marxistas interpretan que no existe ninguna cualidad de la materia que permanezca inmutable (habría que preguntarles por qué creen entonces en una ley absoluta y un destino irrevocable). Esto les lleva a negar también el principio de identidad.

Politzer, uno de los acólitos del régimen soviético más “eruditos”, habla del método dialéctico y expone su propia axiomática en uno de sus libros: “Si hablamos pues del método metafísico nos referimos a un método que ignora o desconoce la realidad del movimiento y el cambio… La metafísica ignora el movimiento en favor del reposo, el cambio en favor de lo idéntico. Nada hay nuevo bajo el sol, afirma. Así, es razonar en plan metafísico creer que el capitalismo es eterno, que los males y los vicios (corrupción, egoísmo,crueldad,etc…) engendrados por los hombres existirán siempre”

Me pregunto si el comunista Politzer no se paró alguna vez a pensar que su modelo de sociedad propone un sistema eterno que es exactamente igual a ese que él trataba de recriminar en los demás.

Para Politzer, la defensa del principio de identidad, que él atribuye a la burguesía, lleva a considerar al universo como una entidad siempre fija, inmutable. Y toma esta reflexión del propio Engels. Politzer cree que, si alguien defiende que una cosa es idéntica a sí misma, eso significa que también está afirmando que esa cosa no podrá cambiar jamás. Igualmente, piensa que, si una cosa no puede ser su contraria, tampoco existen contrarios. Parece imposible que alguien sea capaz de trastocar el significado de la identidad más de lo que lo ha hecho el propio Politzer. Es necesario que pongamos algo de sensatez en todo esto. Por tal concepto no podemos entender que los cambios o los contrarios no existen, sino que no existe ambigüedad con respecto a la identidad de una cosa. Es indudable que los existentes tienen unas particularidades propias que siempre permanecen fijas, todo el tiempo que se mantienen existiendo. Pero eso no significa que esa identidad sea eterna (lo que es eterno es la necesidad de que todas las cosas que existen tengan una propiedad identitaria), y tampoco significa que esa identidad no se transforme en otra, o que no provoque cambios significativos en su entorno más próximo. Precisamente, la defensa del principio de identidad nos lleva a proponer un mundo lleno de identidades distintas, donde cada cual actúa a su manera para cambiar las cosas. El cambio real sólo es posible si existe variedad, y la variedad solo proviene de aceptar un mundo repleto de identidades y formas distintas de organizarse. Por el contrario, el mundo que proponen los marxistas es el que en verdad acaba matando los cambios y la evolución de las cosas, pues lo que quieren es anular las identidades y convertir la sociedad en una parusía igualitaria. La ciencia sabe desde hace mucho que la diferencia de gradientes, la variabilidad genética y la asimetría de fuerzas es lo único que al final produce todos los movimientos y cambios de la naturaleza. Resulta paradójico que el marxismo se erija en defensor de la ciencia, de los cambios y del progreso, y sin embargo proponga la mayor homogeneidad social que cabe concebir.

Los marxistas pretendían que todos acabáramos siendo obreros de sus fábricas, a tiempo completo. Y en parte lo consiguieron. No obstante, la realidad actual es exactamente la contraria. Al final todos acabamos siendo capitalistas. El capitalismo es el gran triunfador. Las nuevas tecnologías permiten una mayor libertad e independencia; cada vez podemos actuar más como productores directos. Las aplicaciones tecnológicas facilitan y permiten que la gente se comunique, eliminan los intermediarios, y finalmente harán también que todos acabemos siendo capitalistas y productores. El futuro no tiene nada que ver con esa visión pacata que predicaba la secta comunista.

Nadie puede dudar que existen muchas dicotomías esenciales en la naturaleza. Pero, mientras el marxista quiere resolver esa dualidad a través de una lucha fratricida en la que al final solo quede una de las partes en liza, el capitalista se apoya en la misma dualidad para crear una armonía y una cooperación mayores, favoreciendo las relaciones voluntarias (contractuales) entre consumidores y productores, o entre burgueses y obreros, comprendiendo el importante papel que todos juegan, y entendiendo también sus necesidades y su necesidad. La verdadera dialéctica consiste en asegurar esa relación u oposición  natural a través del respeto a todas las partes.

Aparte de la dialéctica, el otro vocablo que utilizan los marxistas para enfatizar sus posturas es el del materialismo. Con este segundo nombre, los comunistas siguen pagados de sí mismos, pensando que no hay científicos más reputados que ellos.  Creen que el individualismo es sinónimo de subjetivismo, y que el colectivismo es el equivalente lógico de la objetividad. Así, de nuevo es Politzer el que nos dice que el individualista: “vive replegado en sí mismo, el mundo exterior no existe más que para él mismo… se cierra ante el mundo exterior, ante la realidad”. Pero no puede estar más equivocado. El individualismo hace referencia al hecho más objetivo de todos, el cual queda de manifiesto al afirmar que las cosas existen sólo como individuos particulares, y que la identidad es condición sine qua non para que la naturaleza adquiera algún tipo de presencia. Además, la única manera de mostrarse al mundo y abrirse a la realidad es actuando como un individuo. Nada está más alejado del solipsismo que achaca Politzer al capitalista que las acciones que parten del propio individuo (del empresario) y que buscan conservar esa posición y esa independencia a través del conocimiento objetivo de la realidad que acontece en el mercado, el libre intercambio entre las personas, y la consolidación de todas aquellas relaciones fructíferas que satisfacen necesidades reales. El colectivismo en cambio es un holismo superficial, inconsciente de los elementos más básicos de las cosas: sus constituyentes individuales, y contrario al método reduccionista que utiliza por término general la ciencia, en todas sus investigaciones, para conocer las causas de los fenómenos. De nuevo, resulta paradójico que el marxismo se atribuya unas facultades que por otro lado se empeña en pisotear cada vez que tiene oportunidad.

Alrededor del materialismo y la dialéctica de Hegel se fraguan a su vez todo un elenco de tonterías económicas, como ese rechazo a la plusvalía del burgués, o la teoría del valor trabajo que busca exaltar la figura de los obreros convirtiéndolos en decisores únicos de toda la producción. Con razón dice la sabiduría popular que cuando uno empieza a mentir ya no puede dejar de hacerlo, y que una mentira necesita mil más para poder mantenerse en el tiempo. Las mentiras tienen las patas muy cortas pero las explicaciones muy largas.

Negar la plusvalía es negar la producción. Es negar el beneficio obtenido por hacer algo que tiene un valor concreto para los demás. El empresario actúa según sus propias características, levanta de la nada una empresa fructífera, reúne los capitales necesarios, y acumula todo el ahorro del que es capaz. Nadie puede suplantarle en eso. Sus acciones son necesarias para dar trabajo a miles de personas y generar bienes abundantes. Pero el marxista le quita la posibilidad de beneficio (plusvalía), persigue todo aquello que pone en marcha el proceso de producción y que despierta la iniciativa del empresario, genera un trasvase de beneficios hacia la política, desligando completamente la producción real de los rendimientos obtenidos, favorece el gasto público y demoniza el ahorro privado, cortando de raíz cualquier nueva inversión capitalista, y seca finalmente todas las fuentes del bienestar y el progreso humano, dejando que se ahoguen en el fango todas aquellas expectativas y ganas de invertir que seguro habrían traído consigo las nuevas generaciones.

Por su parte, la teoría del valor trabajo hace algo parecido con respecto al consumo. Para los marxistas las cosas solo tienen el valor que deciden darle los productores. Curiosamente, ahora el comunista se pone del lado del arrendador, pero no lo hace para manifestar su aprecio por la producción y la iniciativa privada, sino para obligar a todos los consumidores a comprar aquellos bienes que decide fabricar el productor añadiendo más horas de trabajo. De este modo, el marxista insiste una vez más en implantar un sistema homogéneo, abusivo, y tiránico. Una mentira lleva a la otra, y al final la bola de nieve arrasa toda la colina y se precipita sobre las aldeas y las gentes del valle. A fuer de engañar a las masas una y otra vez, el socialismo consigue aniquilar para siempre cualquier rastro de civilización.

Si existe alguna teoría que apoye el fijismo y el inmovilismo, esa es la teoría de Engels y Marx. No hay nada más disparatado bajo el cielo que esa creencia espuria que pasa por tomar a un marxista por un científico, toda vez que el primero abraza una superchería de libro, que pone el acento en la inexistencia o anulación de los individuos, negando también las identidades de las distintas clases, la especialización del trabajo o la diversidad de la vida, mientras que el segundo está obligado a observar todas esas cualidades particulares si es que también desea identificar las causas originales que están detrás de los fenómenos naturales. La ciencia es depositaria de un conocimiento diverso, reflejo de un mundo que se muestra igualmente heterogéneo. Por el contrario, toda la enjundia del comunista consiste en decir que la perfección social se logra solo si todos los seres humanos acaban adoptando la misma condición, esto es, si todos ellos pasan a trabajar de obreros al servicio del mismo partido. Digámoslo de una vez por todas: el marxismo va en contra de la mayor verdad que existe, y por tanto también es la mayor mentira jamás contada. Y el socialismo moderno le va a la zaga. Tras asumir de mala gana que el mundo no puede estar habitado exclusivamente por obreros, los nuevos marxistas (el marxismo cultural) se han dividido en mil facciones y han trocado esas antiguas reivindicaciones por otras iguales, cuando no mucho peores: ahora quieren que solo haya gays, ciclistas o feministas. Y tras entender que es imposible segar la cabeza de todos los empresarios, ahora se dedican a escupirles en la cara, e intentan exprimirles todo lo que pueden, con la anuencia de las élites extractivas del Estado de turno, utilizando indiscriminadamente eso que llaman impuesto, y sacrificando algún que otro chivo expiatorio cada vez que fracasan.

 

Publicado en Artículos de política, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

Conferencia: Principios filosóficos y científicos de la libertad humana

Conferencia en la sede de la Fundación César Navarro, sita en la ciudad de Getafe, Madrid.


La charla, entre los temas a tratar, dará respuesta a las siguientes preguntas: ¿Qué es la filosofía? ¿Qué es la ciencia? ¿Existe una filosofía rigurosa y racional? ¿Son complementarias ciencia y filosofía? ¿Qué nos dice la filosofía sobre la evolución de la materia? ¿Se pueden aplicar los principios de la filosofía para fundamentar una teoría de la libertad humana que esté en consonancia con los derechos universales del hombre y con los aspectos más importantes de la realidad? ¿Qué modelo de organización social se adecúa mejor a las condiciones de existencia de todo el universo?

Las preguntas serán respondidas a través del análisis de dos visiones contrapuestas, el reduccionismo científico o filosófico por un lado, y el holismo negador del individuo por el otro. Para ello se repasara todo el conocimiento humano, haciendo especial énfasis en cuatro categorías gnoseológicas: la física, la biología la antropología y la tecnología, y en cuatro materias aplicadas derivadas de las anteriores: la astronáutica, la gerontología, la economía y la robótica.

Como teorías importantes a tener en cuenta, señalaremos la selección natural de Darwin y la teoría económica de la escuela austriaca.

Y como principio unificador, tomaremos y abordaremos la transcendencia del individualismo metodológico y la libertad individual.


TABLAS PARA ENTENDER LA CHARLA

1. Tabla general del conocimiento

https://drive.google.com/open?id=0B-6sT9m35oONUVRKQldSZldUQlE

2. Tabla de las generaciones de individuos

https://drive.google.com/open?id=0B-6sT9m35oONdHFYRTQxaE9jcXM

 

Publicado en Conferencias y charlas en la Fundación César Navarro, CONFERENCIAS, CHARLAS Y SIMPOSIOS, Videoteca del blog | Deja un comentario

Hembrismo (marxista) y feminismo (liberal): el lenguaje exige una diferenciación clara

El hombre es un ser vivo eminentemente gregario. Representamos al mamífero más exitoso de todos, y ello es debido en buena medida a que también somos el vertebrado más social que existe. Nuestra sociedad es infinitamente más compleja que la de cualquier especie de insecto.

Dentro de este escenario evolutivo, es importante tener en cuenta el papel crucial que juega la formación y consolidación de grupos. La defensa de las libertades individuales es una de las reivindicaciones máximas de la sociedad occidental. Sin embargo, no podemos obviar que estamos determinados, en la mayoría de los casos, por un comportamiento voluntario que nos lleva a buscar continuamente la compañía y la ayuda de los demás. Por eso es importante saber también por qué se constituyen los grupos y qué respaldo de legitimidad tienen.

Los grupos se caracterizan principalmente por dos cosas, por aquello que aspiran a ofrecer, y por aquellos a los que quieren implicar. Así, un grupo se puede basar en el ofrecimiento de un principio doctrinal que atienda a cierto aspecto importante de la realidad, o puede en cambio ofrecer un principio espurio, sustentado en una capacidad o cualidad contingente apenas importante. A su vez, los grupos pueden querer imponer ese principio a todas las personas, o solo a una parte de ellas. En función de estos dos determinantes grupales, se constituyen cuatro colectivos distintos, los cuales quedan representados en la siguiente tabla:

                  Principio

Aplicación

principio universal principio contingente
imposición total Liberalismo Comunismo (y marxismo cultural)
imposición parcial Anarcocapitalismo Otros: ej. feminismo liberal

De estos cuatro tipos de movimientos sociales, el único realmente peligroso es el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad de la persona ciertamente particular (contingente): su condición de obrero.  A esto se unía su intención de extender esa condición a cualquier ser humano. El peligro viene precisamente cuando pretendemos imponer una cualidad particular de manera general, como si fuera un principio absoluto. Y el peligro del marxismo vino cuando se quiso hacer del trabajador obrero una suerte de ejemplo para todos los ciudadanos, convirtiendo la sociedad entera en un campo de concentración y exterminio donde solo era posible existir si demostrabas tu afinidad con el tirano o tu condición de jornalero harapiento.

En el otro lado del espectro tenemos al liberalismo clásico, el cual se basa en un principio de suyo universal: la individualidad y la acción libre de las personas, que también se trata de imponer a todos los niveles, para asegurarse el respeto de tales libertades y cumplir con esa condición ecuménica. Pero ahora, como el principio es absolutamente cierto, y como la consigna que defiende no acarrea ningún tipo de caudillaje, su aplicación en este caso no puede ser más correcta.

Existen a su vez otros dos movimientos que no buscan articularse a través de una imposición global, como es el caso de los anteriores. El primero de ellos, el anarcocapitalismo, parte del mismo principio del que parte el liberalismo. Pero, al contrario que este, considera que no hace falta extender a priori una aplicación general. Yo creo que esta forma de implementación no se corresponde con la condición universal que tiene el propio principio del que se parte, lo cual puede traer aparejados algunos problemas añadidos, que no existirían en el marco de una aplicación global efectiva. De aquí surgen las sempiternas disputas entre liberales clásicos y anarquistas de mercado. Con todo, el anarcocapitalismo se encuentra a años luz de poder provocar los mismos desastres que genera el marxismo, y en cualquier caso siempre debemos contemplar la posibilidad de que pueda funcionar relativamente bien en algunas sociedades extremadamente avanzadas.

Finalmente, están todos aquellos movimientos que se apoyan en una reivindicación muy particular (por ejemplo, los derechos de la mujer o la vida de los animales), para hacer de ella una causa y un nuevo motivo de lucha. En estos casos, si dichos grupos aspiran a imponer sus reglas a toda la sociedad, resulta imposible distinguirlos del marxismo, al menos en el plano general. La única diferencia constatable sería el tipo de becerro que cada uno escoge para rendirle culto (el comunismo original idolatra a la clase obrera en vez de a los animales o las mujeres). En conjunto, ese es el motivo de que todos estos movimientos se hayan agrupado bajo la denominación de marxismo cultural. Pero si estas asociaciones simplemente quisieran luchar por una causa que sus integrantes convinieran en considerar legítima, sin imponerla de manera general a través de la política, no pasarían de ser otra asociación más, con todas las garantías de derechos y deberes que tiene cualquier grupo voluntario de personas. Por eso estoy de acuerdo con esa visión que considera necesario diferenciar aquellos grupos de individuos que sólo se reúnen para alimentar alguna reivindicación concreta (por ejemplo algunas feministas), de aquellos otros que aspiran a utilizar el aparato del Estado para someter a los demás colectivos y convertir su causa espuria en una suerte de imposición marxista (hembrismo).

Soy consciente de que muchos grupos sociales emergentes (casi todos) tienen en realidad un abolengo comunista claro, y buscan hacerse con el poder del Estado para dictaminar edictos que obliguen a todos los ciudadanos a seguir sus preceptos y sus normas. Pero ello no quita para que existan algunos pocos grupos que no tengan ese mismo perfil. Por ejemplo, el grupo de feministas liberales. Por consiguiente, la denominación de feminismo, y su contraste con lo que se ha venido a llamar hembrismo, no solo es una categorización posible, sino que resulta completamente necesaria, toda vez que cumple con el papel principal que tiene cualquier lenguaje o sistema de comunicación, que no es otro que el de diferenciar o describir la realidad con el mayor grado de fidelidad y detalle que sea posible.

Con esto y con todo, cabe hacer todavía una reflexión final. Aunque hay que asumir la necesidad de admitir a cualquier movimiento liberal que luche por los derechos de la mujer, no considero que el liberalismo tenga necesidad de meterse en estos berenjenales. No creo que el liberal deba desenvainar la espada del feminismo para emprender una lucha que no es la suya, toda vez que la defensa del individuo ya implica en buena medida al sexo femenino. Si fuera cierto que la mujer está en clara desventaja con respecto al hombre, la mera defensa del individuo pondría un énfasis especial en conseguir que dicho colectivo se reintegrase a la sociedad en igualdad de condiciones, y haría mucho más por las mujeres que cualquier discriminación positiva que podamos imaginar. No hay mejor forma de ayudar a las mujeres que tratarlas como individuos soberanos, equiparando sus libertades legales con las de los hombres, y permitiendo que aquellas diferencias que vienen marcadas por el sexo se expresen también con la mayor naturalidad posible.

Por consiguiente, creo que una defensa liberal del feminismo es sustancialmente innecesaria, e incluso muchas veces puede ser un tanto contraproducente, ya que puede llevar a equívocos, sobre todo entre aquellas personas que no acaban de tener muy claro en qué consiste el liberalismo. Pero tampoco me alineo con esa postura que adoptan algunos liberales radicales y que tacha a todo feminismo de marxista, pues creo sinceramente haber demostrado aquí que, en lo esencial, el feminismo liberal no tiene prácticamente nada que ver con el marxismo cultural. El marxismo sólo se puede articular con la mediación del Estado, y un liberal jamás transigiría con esa condición.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

La inmortalidad biológica del hombre: ¿mito o realidad? (la conquista de la juventud)

Acaba de concluir el primer congreso internacional sobre longevidad y criopreservación celebrado en Madrid, en las instalaciones del consejo superior de investigaciones científicas (CSIC). Agradezco enormemente la invitación que me extendió el profesor José Luis Cordeiro para que asistiera al evento. Gracias a él, tuve el privilegio de acudir al que seguro es el simposio sobre rejuvenecimiento más importante en nuestro país organizado hasta la fecha. Un plantel de científicos y pensadores de primera línea estuvieron discutiendo durante tres días en torno a la viabilidad y el futuro de las técnicas que se encargan de preservar a bajas temperaturas todo tipo de órganos y tejidos, o de los avances en materia de curación de enfermedades degenerativas, siempre con la mira puesta en el objetivo soñado de la eterna juventud y la inmortalidad biológica.

Algunos pensarán que no se puede catalogar de científico un congreso en el que uno de los principales asuntos a tratar es el rejuvenecimiento humano. Varias noticias aparecidas en los medios de comunicación ratifican este pensamiento (https://www.actuall.com/vida/es-posible-frenar-el-envejecimiento-y-lograr-la-eterna-juventud-siete-expertos-lo-ponen-en-cuestion/). Sus autores sugieren que no es ético mezclar en un congreso a investigadores de reconocido prestigio, como la doctora María Blasco, con gurús y chamanes del envejecimiento que lo único que hacen es vender crecepelos y esperanzas vanas. En sus admoniciones, apelan a las dramáticas consecuencias que tendría la inmortalidad para la organización y la existencia general de la sociedad, sin percatarse de que los avances nunca están exentos de riesgo, pero se acogen porque aportan también muchas ventajas. No es que tengamos que elegir de repente entre la muerte y la vida. Y tampoco será una elección colectiva. Vamos a ir aumentando paulatinamente la esperanza de vida hasta llegar a conseguir curar la vejez. Casi nadie se va a resistir a estos incrementos de la edad. Y en cualquier caso, siempre habrá mucha gente que querrá optar por vivir indefinidamente. La supervivencia está grabada a fuego en nuestro código genético. Es la principal razón de la existencia. No se puede luchar contra eso.

Pero incluso, dentro de la dirección del propio congreso, hubo voces discrepantes, como la del cirujano cardiólogo español Javier Cabo, que vinieron a tachar el transhumanismo (movimiento cultural e intelectual que tiene como objetivo transformar la condición humana y en último lugar superar cualquier limitación física del hombre) de utópico y falto de realismo. Sus charlas, que han sido muy variopintas, han estado enfocadas en criticar a todos aquellos agoreros y vendeburras que pronostican el fin de la muerte y la senescencia.

Javier Cabo, arduo defensor de la tecnología y la lucha contra las enfermedades degenerativas, no cree sin embargo que el hombre vaya a poder erradicar cualquier signo de envejecimiento, y tampoco desea que la tecnología robótica acabe sustituyendo al hombre actual, en todas las áreas de la vida. Incluso, se ha aventurado a decir que, si eso ocurriera, él se opondría fuertemente, con todas sus ganas. Cabría preguntarle de qué modo podría actuar para impedir esa situación hipotética, es decir, cómo conseguiría de forma pacífica que las personas le diesen la espalda a los avances más trascendentales en medicina. Lo que está claro es que, si algún día el hombre consigue mejorar la tecnología y puede prescindir de su antigua carcasa de carne, será habitual ver cómo la mayoría de la gente acaba adoptando esas nuevas mejoras en sus condiciones de vida, independientemente de que esto lleve a la desaparición del ser humano tal y como lo conocemos hoy. Cabría preguntarle a Javier Cabo cómo se va a oponer a este desarrollo tecnológico si, para hacerlo, debe luchar al mismo tiempo contra la elección libre de las personas y la evolución natural de la especie humana.

Pero, dejando de lado todas estas disquisiciones especulativas sobre el futuro de la humanidad, y aviniéndonos en mayor medida con la realidad actual y los datos objetivos de los que disponemos, debemos preguntarnos sobre la posibilidad real que tiene el ser humano de trascender su propio cuerpo y conseguir evolucionar hacia una forma de vida radicalmente distinta. Cada vez que asisto a un congreso relacionado con estos temas, oigo de boca de algún oyente o participante el mismo tipo de admoniciones. La inmortalidad -nos dicen siempre- viola varias leyes de la física y la biología, y por tanto se debe descartar como posibilidad real. Es preciso que analicemos esta afirmación con más profundidad  para ver hasta qué punto está en lo cierto.

Yo soy de la opinión de que no existe a priori ninguna ley en la naturaleza que impida la posibilidad de alcanzar la inmortalidad orgánica, toda vez que no hay ningún principio que niegue la capacidad humana para detectar aquellos mecanismos biológicos que ya están a dia de hoy trabajando para conseguir esto mismo, que determinados cuerpos se mantengan jóvenes una serie de anualidades o por un tiempo indefinido. De los 0 a los 30 años, el organismo de cualquier persona consigue no solo mantenerse joven y saludable sino aumentar progresivamente su nivel de vigor físico. También existen algunas formas más simples de organismos que no envejecen jamás. Por tanto, la cuestión no sería tanto comprobar si la naturaleza se atiene o no a una ley que impida conservar la juventud, como buscar el modo por el cual podamos imitar a esa misma naturaleza. Parece sensato concluir que no existe ningún proceso biológico relacionado con la vejez que incapacite a un sistema complejo para conservar su homeostasis interna de forma indefinida.

Pero seamos un poco más rigurosos. Veamos los límites reales a los que nos enfrentamos. Cualquier búsqueda científica choca siempre con tres tipos de barreras de suyo infranqueables. La ciencia no es todopoderosa. La naturaleza humana es limitada. Y lo que tenemos que ver es si estos límites constituyen algún impedimento que se interponga también entre el hombre y sus ansias de alcanzar la inmortalidad biológica (digo inmortalidad biológica porque la muerte como hecho general siempre va a estar presente, ya sea debido a un accidente irreparable, a la propia voluntad de morir, o a un cataclismo universal; la muerte de la muerte solo es la muerte de la muerte biológica).

La primera barrera al conocimiento viene determinada por los grandes intervalos de tiempo y espacio. Así, es imposible que podamos analizar un suceso que haya ocurrido a una distancia mayor que la propia extensión del universo visible. El universo tiene esa dimensión observable porque nada hay más allá de sus límites que pueda enviarnos una señal que el ojo humano sea capaz de percibir, toda vez que la distancia que entonces nos separaría del objeto en cuestión sería mayor que aquella que puede recorrer la luz en el tiempo que dura la existencia del propio universo. Y como no existe nada que pueda viajar más rápido que la luz, y como tampoco existe más tiempo que aquel que determina la vida de todo el universo, no hay posibilidad alguna de comprobar un fenómeno que se encuentra fuera de esa barrera cósmica.

Una segunda limitación viene determinada, no por las grandes distancias, sino por las muy pequeñas. Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, resulta imposible observar una partícula subatómica sin que los instrumentos de medición, cualquiera que estos sean, produzcan en ella algún tipo de cambio que altere su estado natural. Y como la medición es condición sine quanum para conocer el estado de la partícula, jamás podremos determinar su funcionamiento o su estado objetivo.

Finalmente, existe otra frontera al conocimiento que está a medio camino entre lo muy grande y lo muy pequeño, y que viene determinada en esta ocasión por la complejidad interna que detenta una estructura dada. Cabe la posibilidad de que un sistema ni demasiado grande ni demasiado pequeño, sea sin embargo tan complejo que ni siquiera podamos analizarlo implicando a todas las computadoras del mundo, y poniéndolas a trabajar a jornada completa durante toda la existencia del universo. El conocimiento aumenta de manera exponencial, pero hay que advertir que esta regla no es una ley exclusiva de nuestra forma de progresar. Afecta a muchas cosas. En este caso también existe un incremento exponencial de las relaciones e interacciones que sufren las partículas o elementos de un sistema cualquiera, a medida que añadimos más componentes al mismo. De ahí que no podamos asegurar tampoco el estudio exhaustivo de una red compuesta por un número determinado de elementos. Aunque nuestras capacidades progresan cada vez a mayor velocidad, y se esperan grandes avances en los próximos lustros, es indudable que existen procesos en la naturaleza que exhiben también un incremento exponencial de su grado de complejidad, haciendo imposible su descripción física. Imagínese un sistema de N elementos en el que todos ellos pueden  influir sobre los demás en algún grado, o pueden no hacerlo. Existirán así 2 elevado a N(N-1) diferentes modos o estados del sistema. Con N=20 el número de estados distintos superaría el número de átomos que hay en el universo, haciendo inviable cualquier mapa exhaustivo que pretenda evaluar todas las interacciones. Pues bien, téngase ahora en cuenta que el sistema metabólico que sostiene las funciones vitales de cualquier organismo está formado por una red de relaciones con un valor de N muy superior a 20. Se habrá dado cuenta entonces de lo difícil que es describir ese sistema, y la imposibilidad de abarcarlo todo.

Estos tres impedimentos gnoseológicos que acabamos de ver también constituyen importantes barreras tecnológicas, entre las que está por supuesto aquella que dificulta el acceso al conocimiento que necesitamos para revertir el envejecimiento y alcanzar la inmortalidad. En el ámbito de lo muy grande, es evidente que, si el universo entero colapsase el día de mañana, todos los seres humanos iríamos detrás de él, aunque hubiéramos descubierto hace tiempo el elixir de la eterna juventud. También pasaría lo mismo si colapsasen los átomos que componen dicho universo, por mor de algún cambio en las constantes físicas que determinan las fuerzas que mantienen unidas a las partículas que constituyen los mismos. En ese caso, de nuevo desapareceriamos, y no habría ningún remedio médico al que pudiéramos acogernos. Finalmente, también huelga decir que, aunque consigamos revertir el envejecimiento, podemos sufrir en cualquier momento un accidente grave que destruya para siempre la delicada y compleja estructura que nos mantiene con vida.

El tercero de estos problemas es más o menos subsanable. En el futuro seguramente podremos hacer copias de nosotros mismos y guardarlas en una caja de seguridad. Suena a ciencia ficción, pero no es una posibilidad descabellada. Sin embargo, los otros dos problemas tienen peores visos de solucionarse, por no decir que no tienen ninguno. Tendríamos que controlar las fuerzas que determinan el destino del universo entero, un dominio que se presupone bastante inverosímil. Por consiguiente, la inmortalidad es, en términos absolutos, una quimera imposible. Otra cosa bien  distinta es que consigamos revertir el envejecimiento en el plano de la biología, que es al fin y al cabo lo que se trata de discutir en los simposios y congresos creados a tal efecto.

Algunos aluden a ciertas leyes de la naturaleza que, según ellos, estarían impidiendo también esto último. Pero esas leyes no existen. Así, hay quienes se acogen a la segunda enmienda de la termodinámica para intentar demostrar que nunca podremos detener el envejecimiento. Pero esta apelación lo único que demuestra es la ignorancia en materia de leyes que tienen algunos. La segunda ley de la termodinámica afirma que ningún proceso de la naturaleza puede aumentar el orden general del universo. Pero eso no quiere decir que no pueda haber ordenamientos locales. Si existen sistemas ordenados, tales como los seres vivos, no es porque contravengan las leyes de la termodinámica sino porque se constituyen como sistemas abiertos que consiguen expulsar energía en forma de calor, provocando así un desorden del entorno mayor que el orden local que suponen sus cuerpos (entropía negativa). Por tanto, si conseguimos algún día ser inmortales no será tampoco porque vayamos en contra de la segunda ley de la termodinámica. Y por lo mismo, si no lo conseguimos no será porque nos lo impida la segunda ley. En cualquier caso haremos lo mismo que hemos hecho siempre: desordenar nuestro entorno más de lo que ordenamos nuestra “casa”.

Javier Cabo sin embargo, no se contentó con recurrir a una sola ley. En un momento del congreso empezó a repasar todos los principios en los que se basa la realidad, matemáticos, físicos, cuánticos, para aducir a continuación que nada hay en la ciencia que haga presagiar que vamos a poder erradicar la vejez de nuestra sociedad. No obstante, como hemos dicho, la realidad es exactamente la contraria. No existe ninguna ley que lo prohiba.

El único impedimento que podría mandar al traste nuestros deseos de inmortalidad, es la barrera gnoseológica que hemos descrito más arriba y que aparece frente a nosotros cuando nos damos de bruces contra un sistema excesivamente complejo. Y el problema es que los mecanismos bioquímicos que intervienen en el proceso de envejecimiento, y que debemos desentrañar para revertir la senescencia, se encuentran inmersos en una red de tales características. Sin embargo, también aquí hay motivos suficientes para la esperanza.

El envejecimiento es fruto de un proceso que lleva a los organismos a perder paulatinamente todos sus sistemas de reparación molecular, lo cual hace que vayan perdiendo las capacidades para regenerarse y mantenerse a sí mismos por un tiempo indefinido. Pero estos mecanismos de reparación no son todos los que existen en un organismo. Se reducen a unos cuantos procesos bioquímicos elementales, y por tanto no deberían escapar al control del hombre; no tenemos que lidiar con toda la complejidad del entramado celular. Si encontramos las claves genéticas que permiten al sistema biológico conservar esas reparaciones, como hace habitualmente cuando somos jóvenes, no debería existir ningún problema para apretar las teclas necesarias que inviertan el proceso y nos devuelvan a la juventud.

No estamos hablando de controlar el universo entero, ni tampoco queremos dominar las fuerzas que rigen en el átomo. Nada podremos hacer cuando todo el mundo colapse sobre sí mismo, o cuando se expanda y se diluya tanto que ya ni siquiera pueda mantener unidas a las partículas que componen los núcleos atómicos. De lo que se trata es de controlar los sistemas biológicos de los que estamos hechos. Y dado que podemos reducir la complejidad a unos cuantos mecanismos cruciales, todos los que están implicados en el proceso de reparación celular, resulta lógico pensar que vamos a poder ganarle la batalla a la muerte biológica. Ese día llegará probablemente no tardando mucho, en las próximas décadas. Sin duda se avecinan tiempos apasionantes. Y por primera vez, aquellos que siempre han negado la posibilidad de conseguir algún nuevo logro científico, tendrán la oportunidad de mantenerse vivos y ver lo equivocados que estaban, dando cuenta constante de su craso error.

Termino este artículo volviendo al evento que ha reunido hace unas semanas en Madrid al mayor elenco de expertos mundiales en criónica y técnicas antienvejecimiento. Y para resumirlo, aludiré al panel que lucía el primer día del simposio, durante la primera hora. Allí se reunieron las cuatro principales áreas de experimentación que están hoy en dia dedicadas en cuerpo y alma a combatir a todos los niveles los efectos de la senectud: la bioquímica, la citología, la histología, y la estética. Maria blasco representaba la lucha bioquímica. Sus investigaciones con telómeros y telomerasa están en la vanguardia del mundo. Juan Carlos Izpisúa representaba el frente de ataque de la citología. Sus pruebas con células quiméricas permitirán el día de mañana poder obtener algunas líneas pluripotentes, aptas para ser implantadas. Pedro Guillén aludió a la histología y nos habló de sus trabajos con tejidos de cartílago. Finalmente Ricardo Ruiz, esteticista profesional, nos instó a no olvidar tampoco la apariencia externa. No haríamos bien en descuidar esta faceta de nuestra vida, toda vez que la salud del cuerpo y de la mente está también relacionada con la satisfacción que produce el vernos sanos y jóvenes, y con la posibilidad de sentir al mismo tiempo la aceptación de los demás.

Allí estaba también Aubrey de Grey, dispuesto a contradecir el pesimismo antropológico del doctor Cabo, que había usado anteriormente una escena de La guerra de las galaxias donde se exponía a su protagonista a una congelación radical, tal vez con la intención de sugerir que la criónica sólo es posible en las películas de ciencia ficción. En su réplica, De Grey quiso afear el gesto del doctor recordándole lo inapropiado de utilizar ese pase cinematográfico, y también su mala disposición a aceptar una posibilidad científica que abre muchos interrogantes debido precisamente a que no contraviene ningún principio fundamental de la naturaleza.

Sin duda, no existen mejores representantes de la ciencia en todo el mundo que los asistentes al primer congreso internacional de longevidad y criopreservación. Nadie puede decir que no estén realizando una investigación seria y prometedora. Lógicamente, todavía no hay ninguna evidencia constatable. Pero eso no puede tirar por tierra todas las aplicaciones que se abren con estos nuevos campos. Y tampoco dice nada acerca de la posibilidad de éxito futuro. Ninguna teoría científica está constatada hasta que se prueba la verdad. Por el contrario, todas pasan por un periodo de incertidumbre en el que solo son meras hipótesis de trabajo. Pero eso no las descarta como proposiciones científicas. La especulación es el primer paso coyuntural que debe dar cualquier teoría racional. Negar esa especulación o esa posibilidad, como vino a hacer el Doctor Cabo al intentar mostrarnos lo que se entiende por evidencias científicas, es no comprender la naturaleza real del conocimiento humano o el mecanismo gnoseológico que opera en todo descubrimiento. El fin de la muerte biológica es una posibilidad cada vez más cercana. Y haríamos mal en ningunear esta realidad o en pretender cambiarla. No se puede luchar contra la propia evolución. El progreso es una fuerza imparable. La vida siempre acaba abriéndose camino.

En el pasado, los hombres se veían abocados a la muerte convencidos de que su cuerpo acabaría degradándose hasta el punto de convertirse en una osamenta más o menos reconocible. La única esperanza que albergaban era que sus familiares y amigos tuvieran la delicadeza de amortajarles con la mejor de las disposiciones, y les dedicasen una última oración antes de enterrarlos bajo tierra. Afortunadamente, hoy existe una alternativa bastante más halagüeña. Una opción que es incluso mejor que ese aquelarre de destrucción que ahora tanto le gusta a la gente: la cremación. Podemos quedar congelados en tinajas de acero inoxidable, a la espera de ser reanimados en algún momento del futuro. Hace unos años no me habría importado que mi familia me hubiera quemado hasta que solo quedasen unas cuantas cenizas negras, o que hubieran arrojado mi cadáver a una jauría de perros hambrientos que seguro habrían dado buena cuenta de él. Pero ahora soy más conservador. Abrigo la posibilidad de vivir miles de años. Quiero mantenerme. No quiero cerrar ninguna puerta. Prefiero incluso que me devoren los gusanos lentamente antes que esfumarme de golpe, en unos pocos minutos, por efecto del fuego. ¡Cuanto más quede de mi, mucho  mejor!

No obstante, el objetivo final siempre será vencer a la muerte y alcanzar el elixir de la eterna juventud. La gerontología es la ciencia que se dedica a estudiar los principales aspectos del envejecimiento. Su campo de acción aborda todas las dimensiones de la vejez (psicológicas, económicas, culturales, etc…). Pero a nosotros solo nos importa la rama de la medicina especializada en investigar y atender las enfermedades y los procesos que están asociados con el paso de los años. Intuimos que existen fuertes razones para creer que esta deriva se puede revertir.

La naturaleza nos demuestra una y otra vez que podemos ser optimistas. La conservación de la juventud no es una quimera imposible, ni siquiera es algo de lo que no tengamos ninguna evidencia. Existen innumerables casos en la naturaleza que lo demuestran. Hay eventos naturales que atestiguan que la muerte no es condición necesaria para la vida. La única condición sería la propia vida, nunca la muerte.

Hace ya varias décadas que Richard Dawkins se refería a los genes utilizando un sobrenombre bastante evocador y novedoso por aquella época. Los llamaba espirales inmortales, y no se equivocaba. No nos debe dar miedo utilizar ese sobrenombre, con toda la literalidad de la que seamos capaces. La inmortalidad no es otra cosa que la conservación de una disposición estructural en un orden determinado, durante un tiempo indefinido. Al fin y al cabo, somos lo que somos porque estamos hechos de unas estructuras atómicas colocadas de cierta forma. Y la función de los genes ha sido precisamente esa: mantener esa posición inalterable, pasar a la siguiente generación, cambiar a lo sumo alguna letra o palabra del código, pero manteniendo en general el mismo mensaje. Por tanto, ya hace mucho que las moléculas alcanzaron la inmortalidad. La vida y la evolución biológica deben su existencia a ese hecho crucial.

Pero no solo las moléculas han conseguido vivir eternamente. En nuestro organismo existen millones de células y órganos enteros que son virtualmente inmortales, ya que tienen la capacidad de regenerarse, pudiendo renovarse constantemente, sin apreciar síntomas de fatiga. El hígado es el caso más típico. El reverso tenebroso de esa facultad hepática es el tumor maligno. Las células del cáncer también han alcanzado la inmortalidad, y, al igual que la vida, existen sólo gracias a esa fabulosa capacidad de proliferar.

Pero aquí no queda la cosa. Todavía resulta más asombroso constatar que hay algunos organismos que no envejecen jamás, a los que les crece otra vez cualquier parte amputada del cuerpo, o que se escinden en dos individuos completamente sanos y aptos para la vida, repitiendo dicho proceso de manera indefinida, tantas veces como sea necesario, igual que hace la célula tumoral antes y después de asaltar los bastiones del tejido sano. Existen incluso algunas medusas que son capaces de rejuvenecer, volviendo una y otra vez al estado larvario.

A pesar de todo, hay que reconocer que estos superorganismos son formas de vida bastante simples. No obstante, no existe ninguna ley natural que prohíba que otros seres o especies más complejas puedan hacer lo mismo. El día que la tecnología consiga curar el envejecimiento en los humanos, ese día nos habrá tocado a nosotros ser inmortales. Y no representará en términos generales ninguna novedad. Simplemente, constituirá un paso más en la evolución de la vida, un acontecimiento que, aunque se ponga de manifiesto en distinto grado, según el momento histórico, entraña siempre una misma eidética, una referencia a los principios más básicos de la naturaleza, a la supervivencia de las cosas. Sin duda, han sido esos principios los que han puesto en marcha la propia evolución y proliferación de la vida, y los que permitieron que los primeros seres vivos pudieran reproducirse y sobrevivir en tales condiciones. Y serán también los que determinen nuestro futuro y nuestro destino. Las células germinales ya han alcanzado la inmortalidad; no cesan de dividirse. Gracias a ello estamos aquí. Ahora solo resta que lo consigan también las células somáticas (nuestros cuerpos).

La inmortalidad no es un problema irresoluble. Antes bien, es una condición de la naturaleza y de la vida, y solo es cuestión de tiempo que se manifieste también en nosotros. Únicamente, tendremos que dar con las herramientas médicas que permitan revertir el proceso del envejecimiento. La vejez es un desarrollo degenerativo que se opone totalmente al hecho mismo de vivir, a la propiedad más básica de la existencia: la permanencia, y al prurito que resulta de todo ello: la imperiosa necesidad de  conservarse. Por tanto, dicha vejez no es condición de nada, antes bien, es un lastre y un residuo del pasado, que seguro nos vamos a sacudir en el futuro.

En cierta medida, ya somos seres inmortales. El mejor epitafio que hoy podemos escribir está grabado a fuego en el muro de Facebook. Somos la primera generación que habrá dejado un rastro indeleble de datos, vivencias y deseos, impresos en la nube. Hasta ahora, la mayoría de gente moría en la más absoluta de las ignorancias. Nadie daba cuenta de ellos, y nadie sabrá jamás cuales fueron sus historias personales. Todas esas vidas se han perdido para siempre, haciendo buena la frase que pronunciaba el replicante Roy Batty en el monólogo que pone punto final a la película Blade Runner: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Pero nosotros no moriremos. Hoy ya podemos asegurar que somos inmortales, y que perviviremos en las opiniones y los escritos que recorren las redes sociales, gracias a la tecnología electrónica. Algún día, más pronto que tarde, esas técnicas que hoy son capaces de grabar nuestras ideas en un disco duro, conseguirán también conservar toda la información de la mente. Ese día, los hombres habremos logrado finalmente alcanzar la fuente de la que mana el elixir de la eterna juventud, esa con la que soñaron tantos exploradores y colonos de antaño, y que, paradójicamente, llevó a muchos de ellos a arriesgar su vida y morir olvidados por todos, muy lejos de casa, en algún lugar apartado de la selva. A nosotros no nos pasará lo mismo. Somos exploradores más avezados, nos ampara la veteranía; llevamos más tiempo buscando. Conseguiremos nuestro objetivo. Estamos tocados por el destino.

Publicado en Artículos de Arquitas, Artículos de biología, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

Entrevista: ciencia y filosofía, ¿qué son?, ¿cómo se clasifican?, ¿a dónde nos llevan?

Entrevista para LVX DE LIBERTAD, en la que me preguntaron sobre mi idea de ciencia y filosofía, y sobre la participación de ambas en la aventura del conocimiento y el progreso humano. Agradezco a Pedro Paniagua la invitación que me hizo y el trato que me dispensó.

Publicado en ENTREVISTAS Y CUESTIONARIOS, Videoteca del blog | Deja un comentario

Ignacio Echevarría: oda de homenaje a un héroe caído en combate

Estos últimos días hemos asistido a una nueva masacre de los extremistas islámicos. Entre las víctimas se encontraba un muchacho español, Ignacio Echevarría, que, pertrechado con un simple patinete, la emprendió a golpes con los carniceros que estaban acuchillando a una mujer en el puente de Londres. La muerte de Ignacio a manos de los islamistas pone sobre la mesa, otra vez, el principal problema que está en el origen de todas estas olas de atentados indiscriminados, que no es otro que la posición que adoptamos los occidentales ante tales situaciones, nuestra complacencia, nuestra ignorancia, nuestro relativismo.

Aquí se juntan muchas cualidades. La cobardía es una de ellas. Pero yo creo que por encima de todas destaca la estupidez y la ignorancia. Muchos han alabado la acción de Ignacio. Pero muchos otros la critican, dicen que se sacrificó inútilmente, que fue en contra de su propia condición de ser humano, o de la ley natural de la supervivencia. Hay todo un batiburrillo de explicaciones pseudointelectuales de personas aburridas y acémilas estúpidas que infestan las redes sociales, incapaces de entender la psicología evolutiva, la genética, la historia y la naturaleza humana, íntimamente unidas a la empatía, la solidaridad, la unión, las neuronas espejo, la especiación biológica y tantas otras virtudes y mecanismos de la vida, que son la base de la sociedad, la civilización, la evolución y el respeto mutuo.

La mayoría de objetivistas randianos, humanistas obsesivos, y mucha gente normal, no termina de entender bien la relación natural que existe entre el egoísmo y el altruismo. Los que más presumen de conocer el principio del egoísmo son los más ignorantes al respecto. El altruismo es una forma de egoísmo y eso es lo que quería decir Ayn Rand. Somos individuos que vivimos y nos beneficiamos de la sociedad colectiva. Por tanto la acción de ayudar a los demás es una actitud egoísta y un impulso innato y adaptativo que en último término y en lo general nos beneficia a nosotros como seres egoístas. Y eso es todo. La muerte de Ignacio es el típico acto egoísta de un individuo gregario, una actitud que ha hecho el mundo, y que está en la base de todo el progreso civilizatorio.

¡Ánimo Ignacio! Los enemigos cabalgan dentro y fuera de las murallas. Tu has sido víctima de ambos dos, de los islamistas iracundos y de los occidentales imbéciles e imberbes, de la inteligencia maléfica y de la estupidez bonachona y bien pensante. Por eso eres un héroe por partida doble. Descansa en paz. La verdad siempre estará de tu lado. Esa jamás la podrá vilipendiar ninguno de tus enemigos. Descansa. Te lo mereces. Has hecho más en un segundo de lo que han hecho todos los políticos y todos sus palmeros en el último siglo de imbecilidad histórica.

 

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

Populismo liberal: Revilla (¡que maravilla!) y los chicos musculados de la Alt Right

Dice Miguel Ángel Revilla, en una especie de entrevista para El Español, que toda la culpa del yihadismo se la debemos a la foto de las Azores, esa en la que sale Aznar luciendo nuevos amigos. ¡Menudo análisis sesudo¡ Se conoce que el entrevistado es un experto geopolítico de primera línea. ¡Ya quisieran muchos! Todos los días, miles de yihadistas se levantan de la cama pensando en los españoles, con la cara de Aznar en la cabeza, dispuestos a inmolarse en una plaza pública, muriendo y matando, todo porque un día el presidente de España decidió parar los pies al sátrapa de Irak Saddam Hussein.

En general, todas las reflexiones que suele hacer para los medios este economista y político cántabro son del mismo estilo, así de simplistas. Pero la gente le adora. El auditorio se llena cada vez que decide hablar para el público. Y el periodista se pregunta: “Aún no se ha descubierto la fórmula Revilla, esa que lo hace ir varias noches por semana a las televisiones y subir la audiencia ostensiblemente. La misma que crea colas en la Feria del Libro de Madrid para firmar su última publicación: Ser feliz no es caro. Quizá en esa fórmula esté el componente de la naturalidad, quizá el del populismo.”

Revilla es un personaje paradigmático, un ejemplo típico de cómo se puede movilizar el pensamiento general a base de frases vacías y afirmaciones huecas. Leyendo a este pensador “universal”, no sé por qué me he acordado también de aquellos amigos liberales de la derecha alternativa que un día creyeron ver en esas movilizaciones colectivas la solución perfecta a todos sus fracasos como divulgadores del liberalismo.

La derecha alternativa es un conjunto de ideologías de origen estadounidense bastante heterogéneo. Por eso resulta imposible posicionarse a favor o en contra de todo el movimiento. Pero hay una cualidad que la define y que despoja a sus seguidores de toda razón: su populismo recalcitrante.

Uno de los mantras básicos de la Alt Right es la defensa a ultranza que hacen sus adeptos de todo lo que tenga que ver con el pueblo, y el rechazo unánime de todo lo que huela a élite o a poder. Pues bien, soy incapaz de comprar ese nuevo mensaje, toda vez que el pueblo es, la mayoría de las veces, sinónimo de ignorancia y de zafiedad. El pueblo no es nada. A menudo es ejemplo de los peores valores. Son las ideas las que tienen o no algún valor. Es más, muchas élites están ahí precisamente porque tienen un respaldo masivo del pueblo llano, con independencia de que luego adquieran vida propia y cometan más fechorías de las que en principio se les podría presuponer. Entiendo que la apelación al pueblo moviliza grandes masas, tiene mucho músculo y llega a ser una posición bastante más práctica que la de apoyar a las elites de la verdad o la sabiduría. Pero siempre nos hallamos en una encrucijada, y hay que elegir. O nos quedamos del lado de la verdad, o nos pasamos con los chicos duros y musculosos de la Alt Right y de las masas. O Galileo o el geocentrismo. No queda otra. Yo solo puedo escoger lo primero, a despecho de que acabe más solo que la una. Es una cuestión de honestidad personal e integridad intelectual.

Tal vez mis amigos liberales de la Alt Right me puedan explicar algun día por qué decidieron de repente abrazar el populismo, a pesar de haber visitado los mayores paraninfos de la filosofía y el conocimiento general, después de rechazar ese ritual masivo que reproduce el socialismo con cada nueva manifestación, después de saber de primera mano lo difícil que resulta enajenarse de la creencia mayoritaria y pensar con un poco de lógica e independencia. No obstante, ellos saben que les deseo lo mejor. No pretendo compararles con los marxistas. No voy a caer en ese tipo de equiparaciones estúpidas. Su causa es exactamente la opuesta. Pero sus medios se parecen en algunos aspectos. Por eso no puedo seguirles.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

Sociobiología: una aproximación desde la escuela austriaca (charla)

La Sociobiología y la escuela austriaca (minuto 31): una fundamentación biológica de la economía y la producción. Fundación Rafael del Pino. Congreso de economía austriaca.


TABLA

Para llevar a cabo un estudio comparativo suficientemente amplio, utilicé una tabla de dos entradas, una superior para los dos hechos fundamentales, y otra lateral para los cinco elementos que participan en la producción de bienes. Dentro de dicha tabla pude encajar las principales teorías económicas que se deben abordar en cualquier estudio general de economía. Por un lado, consideré los dos determinantes básicos de la realidad: el axioma de la acción y el axioma de la individuación. Y por el otro los cinco elementos esenciales que participan en el proceso productivo. Al cruzar esos dos determinantes con los cinco elementos, obtuve las diez teorías más importantes de la economía, el núcleo proteico de cualquier estudio programático de la producción y el consumo de bienes y servicios.

Acción Individuación
Productor Teoría de la eficiencia dinámica Teoría de la división del trabajo
Sustrato Teoría del capital Teoría del rendimiento decreciente
Consumidor Teoría de costes Teoría de la determinación de precios
Medio Teoría de las instituciones Teoría monetaria
Otros productores Teoría de la competencia Teoría del monopolio

 

Publicado en Conferencias y charlas en el Instituto Juan de Mariana, CONFERENCIAS, CHARLAS Y SIMPOSIOS, Videoteca del blog | Deja un comentario

El sistema inmunológico, el problema del Islam y las tres barreras naturales

Un organismo biológico evolucionado presenta hasta tres barreras principales de entrada, que le protegen de las agresiones externas y le permiten conservar su homeostasis y su equilibrio interno. Una primera línea de defensa mecánica constituida por distintos tegumentos y mucosas, y que en los mamíferos denominamos piel. Una segunda barrera que constituye el sistema químico inmunitario. Y una tercera frontera formada por todas las membranas que protegen la información genética y que dan consistencia y cobertura a las células que albergan dicha información.

A su vez, cada uno de estos bastiones pueden dividirse también en tres empalizadas distintas que evitan en mayor o menor medida la entrada de patógenos en el organismo. La piel está constituida por una epidermis queratinizada, una dermis conjuntiva y una hipodermis adiposa. El sistema inmunitario protege los organismos de las infecciones con tres líneas de defensa de especificidad creciente: la inflamación y la fiebre, la inmunidad innata y la inmunidad adquirida. Y el sistema citológico (celular) cuenta también con hasta tres barreras de entrada: dos membranas en las células animales a las que se añade una pared celular cuando el organismo es un vegetal.

La piel es un bastión prácticamente inexpugnable, el mayor órgano del cuerpo, una barrera protectora que aísla al organismo del medio que lo rodea. Miles de millones de bacterias beneficiosas colonizan la superficie de esta fortificación y ejercen como soldados solícitos, impidiendo que otros bacilos dañinos invadan esas regiones y produzcan infección.

El sistema inmunitario tiene toda una batería de respuestas químicas (sistema del complemento) y celulares que, bien de manera innata (leucocitos), bien de forma adquirida (linfocitos), atacan y neutralizan de inmediato cualquier agente que se introduzca en el torrente sanguíneo o en las zonas intersticiales del cuerpo.

Las células de nuestro organismo también están repletas de mecanismos para expulsar las toxinas y demorar la entrada de virus y demás agentes infecciosos. Antes de llegar al núcleo celular, estos agentes deben atravesar una membrana externa y otra interna. Y en el caso de los vegetales también deben superar una rígida pared celular constituida por fibrillas de celulosa perfectamente entretejidas.

Todo el cuerpo es una barrera detrás de otra. Pero en estas, llega el liberal hodierno a la evolución y reduce todas sus explicaciones sobre inmigración a una política de fronteras abiertas. Si alguien no tiene claro cuál va a ser el desenlace que trae aparejada ésta falta de estrategias, es que no sabe nada de biología.

Debemos estar atentos a cualquier negligencia que se pueda cometer en relación con los derechos humanos y en materia de libertades. Y atacar sin escrúpulos, como hacen los linfocitos, de manera específica. Por ejemplo, la indumentaria que porta la mujer musulmana no es solamente una moda ingenua o una costumbre religiosa. Tiene detrás toda una significación totalitaria. Me da igual que la dueña acepte con devoción vestirse con esa prenda opresiva. La cuestión de fondo es que la sociedad en la que se ha criado no acepta que ella se vista de otra manera, y desde pequeña la educa y la adoctrina para que prefiera tamaña sumisión.

Cuando permitimos que la sociedad se llene de familias que tienen entre sus más altos principios obligar a los demás y obligarse a sí mismas a llevar ciertas prendas y comportarse de determinada manera, que no nos extrañe luego que esa sociedad libre que tanto nos ha costado construir empiece a resquebrajarse.

Denunciar esta invasión no es sinónimo de racismo. A mi me importa un bledo la raza de una persona, siempre y cuando sea una criatura completamente libre, llena de posibilidades. Pero seguiré señalando y denunciando cualquier raza o cultura que acepte mayoritariamente la imposición voluntaria o involuntaria de una determinada actitud. Y también a todos aquellos occidentales, pazguatos permisivos, que no se dan cuenta del peligro al que nos someten a los demás con su excesiva transigencia.

Decía un amigo mío una vez que el jamón es el control de paso fronterizo más barato y efectivo del mundo. Te lo comes, pasas. No te lo comes, pues no pasas. Con esto nos evitaríamos muchos radicalismos islámicos. Por supuesto esta propuesta tiene un aire jocoso bastante irreal. Pero entraña una verdad como un puño. Hay que cerrar las fronteras al fanatismo o abrirlas para expulsar a los radicales. Hay que detectar a los fanáticos analizando comportamientos familiares y tradiciones indignas de una sociedad libre. Muchos se entretienen en detectar lo que denominan micromachismos sociales, pero no quieren percatarse del verdadero machismo inserto en la mayoría de familias musulmanas. Hoy Europa se ha convertido en una enorme piruleta roja. Todos corean canciones de amor. Pero nadie propone medidas de excepción contra el fanatismo. Solo amor. Mañana volverán a morir asesinados. Muchos serán niños, jóvenes, inocentes.

La libertad debe protegerse con hasta tres barreras distintas: jurídicas, legislativas y ejecutivas. Estos tres poderes serían semejantes a los tres tipos de barreras que parece que siempre utiliza la naturaleza para blindarse de todas las agresiones externas. Sin estos mecanismos de protección no hay ser vivo que sobreviva. Y tampoco se puede constituir ninguna sociedad libre. Metanselo en la cabeza todos aquellos liberales puristas que creen que la emancipación del individuo consiste tan solo en ir incrementando la libertad indefinidamente, abogando por la desnaturalización paulatina del ejército, o el levantamiento de toda frontera. Nadie duda que el liberalismo se basa en la libertad de movimiento de capitales, personas y bienes. Pero cuando lo que se mueven son agentes patógenos indeseables, resulta indispensable establecer un cordón sanitario de varias capas, y una unidad territorial infranqueable. La integridad territorial de una nación es un monopolio natural que hay que cuidar de forma unívoca y unilateral, con barreras comunes y con toda la determinación que sea posible. No existen varios territorios en competencia. Existe solo una nación amenazada, un organismo a proteger, un enemigo común (el totalitarismo) y una única forma de libertad (la libertad individual).

Publicado en Artículos de biología, Metaeconomía, Metaeconomía biológica, MIS NOTAS | Deja un comentario

La filosofía de Daniel Dennet

“En primer lugar hay que aclarar que no existe la ciencia libre de filosofía. Hay ciencia en la que no te tomas la molestia de examinar tus presupuestos filosóficos, y ciencia en la que sí lo haces. Pero siempre hay presupuestos filosóficos” (Daniel Dennet; Boston, Massachusetts; 28 de marzo de 1942)

Uno de los vicios más recurrentes que se pueden atribuir al hombre es esa manía sempiterna que le lleva a abrazar constantemente alguna forma inverosímil de maniqueísmo. La mitad de las disputas que tienen lugar entre los seres humanos encuentran su origen en alguna postura relacionada con este hábito generalizado. El maniqueísmo es el origen de un buen número de facciones y, por ende, también de todos los enfrentamientos que surgen con motivo de éstas.

La falta de entendimiento proviene siempre por dos vías principales. O bien las visiones resultan completamente irreconciliables, o bien son los propios protagonistas de dichas imágenes los que extreman tanto sus puntos de vista que no alcanzan a discernir la complementariedad que entrañan tales posturas. Este segundo caso es lo que conocemos comúnmente como maniqueísmo.

Maniqueos son aquellos que no admiten la complementariedad del sujeto y el objeto, aquellos que solo dan crédito al individuo o al colectivo, los que niegan la realidad del Estado, o esos otros que pasan por encima de la libertad individual y la propiedad privada. Maniqueos son todos los que renuncian a legislar sus derechos fundamentales (la Taxis), o los que dicen que los principios legales no tienen ningún fundamento natural (el Cosmos). Maniqueos son los que rechazan lo universal en favor de lo particular (nominalistas), o lo particular en favor de lo universal (totalitarios). Maniqueos también son todos aquellos que desconocen la relación que existe entre la ciencia y la filosofía, los que no comprenden, o no quieren comprender, que el conocimiento humano tiene siempre dos vías de entrada, desde lo muy general (apodíctica) o desde lo muy particular (experimental), todos los que no admiten la posibilidad de contemplar dos propiedades naturales, unas contingentes (posibles) y otras necesarias (seguras), todos los que no diferencian dos categorías gnoseológicas insustituibles, el apriorismo y el aposteriorismo, el racionalismo y el empirismo. En definitiva, maniqueos son todos aquellos pensadores hemipléjicos que no alcanzan a ver la dicotomía esencial que constituye el mimbre de toda la realidad, que obedece por tanto a una dualidad también ontológica, y que da lugar necesariamente al dualismo metodológico que cristaliza con la ciencia y la filosofía, y que ha estado vigente a lo largo de toda la historia, desde que el ser humano adoptase la razón como única guía de su vida y sus pensamientos, con los jónicos (primeros científicos) y los itálicos (primeros filósofos), allá por el siglo VI a. C.

Publicado en MIS AFORISMOS | Deja un comentario

La cruzada contra Jordi Cruz: los mismos energúmenos de siempre

Estos días se ha levantado una polvareda gigantesca en las redes sociales al socaire de unas declaraciones realizadas por Jordi Cruz, afamado y premiado cocinero español, en las que éste venía a reconocer que su restaurante daba cabida a una serie de trabajadores (becarios) a los que no remuneraba económicamente, sino con horas de placer intelectual y oportunidades de futuro. Entonces, una marabunta de analfabetos, ha empezado a criticar esa forma concreta de negocio. Los mismos que otras veces denuncian con inquina que la sociedad se mueva solo por dinero, dejando de lado otros sentimientos y motivaciones más intangibles, ahora, curiosamente, solo contemplan una única forma de trabajo, aquella que está pagada con eso que ellos llaman el vil dinero.

O sea, que para ellos sólo existe la remuneración económica inmediata. No puede haber alguien que quiera trabajar por placer, o para granjearse un currículo que le permita en el futuro ganar muchos más emolumentos. ¿Quien es aquí el esclavista? El que impide a los demás decidir cómo les tienen que pagar, o el que ofrece esas opciones a personas que no podrían alcanzar sus sueños de no ser por estas oportunidades. Curiosa esclavitud esa que impera hoy en día en todas las relaciones humanas y que se basa en las decisiones voluntarias que adoptan todas las partes, en la posibilidad de rescindir el acuerdo cuando alguna de ellas así lo determine, y en la satisfacción y oportunidades que genera esa relación.

Yo trabajé un año en la universidad pública española, investigando en el departamento de bioquímica, sin obtener remuneración económica alguna. No cambiaría aquel año por nada del mundo. Nadie vino a solicitar mis servicios. Yo personalmente me encargué de pedir esa plaza y ofrecerme como trabajador voluntario, porque en aquel momento no había otra cosa en el planeta que quisiera hacer, y hasta habría pagado porque me hubiesen dejado investigar con los mejores maestros. Pero seguro que los verdugos y los analfabetos que han linchado en las redes a Jordi Cruz también me habrían impedido disfrutar de ese goce intelectual y académico, si hubieran sabido que estaba siendo “esclavizado” por mis profesores.

Creo que ahora la nueva iniciativa de los verdugos de Jordi Cruz consiste en prohibir también el voluntariado. Dicen que las personas que ayudan a los demás sin cobrar un solo duro están siendo esclavizadas por las ONGs. Les deseo todo el éxito del mundo en su nueva cruzada. Ya sabemos lo necesario que es liberar al ser humano de las cadenas neoliberales que le oprimen los tobillos y le impiden caminar. Hay que exigir a Jordi Cruz que no contrate en sus fogones a más esclavos. Mejor que se queden en casa, mirando para las alpabardas, aprendiendo de vez en cuando alguna receta casera de su adorable abuela.

Esclavitud: relación violenta en la que el propietario compra la totalidad de los servicios futuros del trabajador al precio que él mismo determina.     

Lo que Jordi Cruz hace en sus fogones con todos sus empleados: relación voluntaria en la que el propietario compra los servicios del trabajador durante un cierto periodo de tiempo al precio que ambos pactan.

Si no ves la diferencia, puede que tu también seas un pequeño tirano en potencia.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | 1 Comentario

Los errores de interpretación del evolucionismo en el ámbito de la escuela austriaca

La evolución biológica es un proceso de variación basado en el cambio continuo y la adaptación paulatina a un entorno que también está en permanente transformación. Por consiguiente, solo puede operar a través de un mecanismo basado en la prueba y el error. Pero eso no quiere decir que todo en ella sea cambio. Las condiciones básicas de existencia que son necesarias para poner en marcha todo ese proceso de prueba y error no pueden estar a su vez sometidas a tales alteraciones. La obligación de cualquier investigador es determinar cómo y por qué se modifican los organismos con el paso del tiempo. Pero también debe saber cuáles son los cimientos que sostienen todo el proceso de cambio. Por ejemplo, un prerrequisito fundamental para que la evolución biológica se ponga en marcha es que los individuos sean capaces de sufrir esos cambios, conservarlos en su acervo genético, y transmitirlos a la siguiente generación. Y esto solo se consigue si las formaciones físicas en cuestión tienen la capacidad de replicarse o reproducirse, manteniendo la información de la que son depositarios en las diversas copias que surgen de dicha multiplicación, y permitiendo a la vez cierto margen para el cambio y las nuevas pruebas (a través de las mutaciones puntuales). Es decir, cualquier tipo de evolución compleja en la que podamos pensar (biológica o cultural) exige la aparición de unas estructuras con capacidad para replicarse. De esta manera, si acudimos a tales condiciones, podemos extraer o describir algunas cualidades del proceso que nos permiten postular y defender ciertos principios seguros, sin los cuales no podríamos hablar de ningún proceso evolutivo, ni éste se llegaría a ejecutar en ningún caso. Por tanto, también resulta absurdo pensar que dichos condicionantes van a cambiar como consecuencia de ese mismo proceso. Las bases esenciales del mecanismo de cambio no pueden alterarse ni someterse a cuestionamiento alguno. Cualquier intento en ese sentido resulta completamente absurdo.

Los axiomas son principios existenciales, absolutos y seguros, y lo son precisamente porque condicionan y determinan toda la existencia (en este caso la replicación condiciona toda la existencia mínimamente compleja). Cualquier cualidad que sea necesaria para que existan las cosas, deberá ser tomada como segura y elevada a la categoría de principio irrefutable. Y no podrá ser puesto en duda en ningún caso, ni pretender que solo vamos a poder afirmarlo cuando usemos la empírea para demostrarlo o cuando el propio sistema de prueba y error lo ponga de manifiesto. Muy al contrario, debemos tomarlo como principio seguro, apriorístico, e invariable.

Algunos economistas de la escuela austriaca (como César Martínez Meseguer) desean enfatizar tanto el mecanismo de prueba y error que llegan a decir que no podemos realizar ninguna afirmación segura, confundiendo el hecho importante de los cambios físicos con los condicionantes últimos que determinan todas esas variaciones. Resulta paradójico que sean los propios evolucionistas austriacos los que menos entienden la esencia de la evolución. Quieren creer tanto en la variación y el cambio, que se olvidan de que ésta se basa a su vez en algunos principios o condiciones de posibilidad completamente necesarios, invariables, observables y conocibles.

Algunos también afirman que el hombre no debe intervenir en esa evolución, como si los resultados de la misma ya fueran suficiente demostración de verosimilitud. Le arrebatan al hombre la posibilidad de participar en esas transformaciones a través de su regulación, como si esto no fuera necesario para mejorar la vida (para eso ya ésta la evolución). Este tipo de evolucionismo conduce a ciertos austriacos a abrazar el anarquismo de mercado, en la esperanza de que las reglas naturales de la selección (el orden espontáneo) les llevarán siempre y en todo momento por el mejor camino posible.

Estas dos apreciaciones del evolucionismo (el evolucionismo hayekiano radical , y el anarquismo rothbardiano) son dos posturas ciertamente sesgadas. Ambas se niegan a apreciar una parte importante de la realidad. En unos casos, los hayekianos, obvian lo que los griegos llamaban el Cosmos (las leyes naturales absolutas). En otros, los rothbardianos, ningunean la capacidad humana para ordenar la sociedad en base a esos mismos principios (la Taxis). Así las cosas, para remediar estas fallas, es vital que entendamos la naturaleza como un sistema determinado siempre por algunos condicionantes de necesario cumplimiento, que son además fácilmente observables y entendibles (axiomatizados), y que también se pueden articular a través de una normativa sencilla de fácil aplicación (Estado mínimo). Los evolucionistas hayekianos radicales y los anarquistas rothbardianos no tienen razón sencillamente porque no quieren entender todos los aspectos de la realidad (objetivos y subjetivos). No consideran en su ecuación todas las vertientes o dimensiones de la epistemología y la naturaleza. Con ello, dan la espalda a una parte fundamental del conocimiento, se niegan a admitir ciertas verdades seguras, obvian los elementos básicos de todo proceso natural (evolucionistas hayekianos). Y también obvian la capacidad humana para articular un sistema artificial de leyes generales que garanticen tales fundamentos (anarquistas rothbardianos).

Publicado en MIS NOTAS, Notas de biología | Deja un comentario

Darwinismo social: el verdadero y el falso

Quiero inaugurar este artículo usando la misma reflexión que emplearé en último caso para terminarlo: me voy a remitir a las conclusiones. De ese modo, el lector sabrá qué le espera en lo sucesivo, y a qué debe atenerse, si es que toma la decisión de seguir leyendo. El darwinismo social es un concepto muy ambiguo y polémico, y no me gustaría que nadie empezase este texto (o que lo dejase) cargando con toda la mochila de prejuicios y escrúpulos que a buen seguro habrán intentado colgarle a las espaldas. Por tanto, considero que es necesario incluir ahora una aclaración o acotación previa, a pesar de que volvamos a insistir en las mismas ideas a lo largo de todo el opúsculo.

Habitualmente, creemos que el darwinismo tiene una aplicación social que conlleva irremediablemente una visión imperialista del mundo, que conduce directamente a la matanza de millones de seres humanos, bajo la excusa de la inferioridad racial de una determinada parte de la población. Pero esto es completamente incierto. El darwinismo social será una teoría política correcta en la medida en que adopte un enfoque evolutivo aceptable, y sólo fallará cuando tergiverse las ideas que expuso Darwin en su teoría sobre el origen de las especies. Y es precisamente esa certitud inerradicable de la teoría la única cosa que me gustaría resaltar aquí.

La síntesis neodarwiniana ha venido a decir, entre otras cosas, que la selección natural opera a distintos niveles. Es una selección multinivel que se puede aplicar de igual modo a los genes, las poblaciones o las especies. En este sentido, resulta particularmente interesante comprobar que la escuela austriaca de economía (máxima representante actual del liberalismo clásico) tiene una teoría social basada también en tres niveles principales: la acción humana (praxeología), el intercambio económico (cataláctica), y los órdenes espontáneos. Por consiguiente, lo que voy a intentar defender a continuación es que el darwinismo social feten, aquel cuya aplicación conlleva una adopción adecuada, sólo puede resultar de esa combinación de factores que aúna por un lado la comprensión correcta de la selección natural, y por el otro la visión social que auspician los principios económicos de la escuela austriaca.

El darwinismo social es una teoría política que propugna la utilización de las leyes naturales que describen la evolución biológica y la selección natural (propuestas por Charles Darwin) para aplicarlas al ámbito de las instituciones humanas. Su demostración está basada en el concepto de supervivencia del más apto, concebido como mecanismo de evolución social, y en la creencia de que la selección natural puede ser estudiada y usada para mejorar la sociedad o la raza humana. Para ello solamente debemos insistir en la importancia que adquiere la competición por los recursos naturales entre las distintas entidades que forman una comunidad política, ya sean éstas individuos o colectivos (clanes, civilizaciones, etc…), y en la preeminencia indiscutible de aquellos grupos que resulten victoriosos en esa contienda. El  darwinista social no aspira a conocer cómo se ha logrado esa victoria, ni cuáles son los principios por los que se rige el ganador. Da por hecho que aquellos que consiguen vencer son siempre los mejores, en todos los sentidos, da igual las artimañas o estrategias que hayan utilizado para acceder al poder. El darwinista social considera que la sociedad se refuerza y perfecciona cuando los vencedores obtienen el dominio por el que han estado luchando todo el tiempo, e importa mucho menos qué quieran hacer con ese poder.

Pero todas estas ideas suelen llevar a pensar que la competencia favorece siempre a la raza más fuerte, o que la lucha tiene que llevar necesariamente a la desaparición de una de las partes en litigio, asesinada o destruida a manos de la otra facción. Estas interpretaciones justifican casi cualquier acción que cometan los hombres. Por ejemplo, se defiende la eugenesia como aquella medida legítima que es necesario aplicar para “depurar” o “mejorar” la especie humana. O se justifica el dominio de una determinada clase social apelando exclusivamente a sus habilidades maquiavélicas (monarquía), su beligerancia (feudalismo), o su mayor número (marxismo).

En estos casos, la competencia se suele entender como una lucha intestina entre varios colectivos sociales, y cada uno de nosotros tenemos que tomar parte y posicionarnos a favor de alguno de ellos. El darwinismo social consiste entonces en utilizar la teoría de Darwin con miras a primar exclusivamente a un determinado colectivo, al objeto de eliminar a los demás grupos, y lo único que varía en este juego de estrategias es la situación que nosotros ocupamos dentro de todos esos movimientos. Si queremos preponderar por la fuerza a una raza determinada, nos convertimos ipso facto en darwinistas sociales de derechas (nazismo). En cambio, si lo que queremos es crear una sociedad igualitaria basada en la colectivización de todos los bienes y factores de producción, tenemos que abrazar un darwinismo social de izquierdas (comunismo o socialismo), y habrá que eliminar a todas las clases sociales, dejando a salvo solamente una. Pero, en ambos casos, lo que conseguiremos será promover una competencia de suma 0, en la que necesariamente tendrá que haber un ganador y un perdedor.

No obstante, las consecuencias ideológicas obvias que se derivan de este tipo de visiones genocidas (de eliminaciones sistemáticas), todas aquellas que han llevado al enfrentamiento y exterminio de una parte de la población, no nos debe conducir a pensar que el darwinismo social es también una teoría abominable. En sentido lato, el darwinismo social no es otra cosa que la aplicación de la biología a la sociología, lo cual supone una de las generalizaciones científicas y filosóficas más importantes que existen.

La interpretación correcta de la teoría de Darwin, y su adecuada aplicación, no vienen de la mano de ninguno de los dos tipos de corrientes que acabamos de ver más arriba. Existe asimismo una tercera aplicación mucho más oportuna y realista.

El verdadero darwinismo es aquel que no excluye ningún nivel social de ordenación. Considera al individuo y al colectivo como dos entidades reales, que hay que tener en cuenta a la hora de atender las necesidades organizativas de una sociedad. En este caso, no se ningunea ningún ámbito de jerarquía. Como dice Wilson en su libro El sentido de la existencia humana: “…la clave es la selección multinivel. Esta formulación reconoce que la selección natural existe en dos niveles: la selección natural, radicada en la competencia, y la cooperación entre los miembros de un mismo grupo”. Por consiguiente, ninguna teoría se debe centrar exclusivamente en un individuo o un colectivo determinados, sino que debe entender que ambas categorías son reales y están sometidas a los mismos vaivenes evolutivos y presiones ambientales. Si consideramos la competencia como una virtud esencial, debemos apoyar aquellas situaciones reales que generen una mayor diversidad, no sólo en individuos sino también en estratos o grupos sociales, y tenemos que avalar las únicas medidas y condiciones de posibilidad que al final permiten una pugna sana y creativa entre todas esas entidades.

La lucha por la vida y la existencia es un combate a todos los niveles, individuales y colectivos, egoístas y altruistas, subjetivos y objetivos. Por consiguiente, sólo si atendemos a todos ellos estaremos garantizando también nuestra propia supervivencia y nuestra seguridad personal. No cabe duda que el éxito de cualquier criatura depende siempre de dos tipos de beneficios o acciones, del beneficio directo que consigue dicha criatura a costa de los demás (beneficio individual), o de aquel otro que, de forma indirecta, propicia un beneficio en los demás que a la larga también le favorece a ella (beneficio colectivo). No debemos obviar ninguno de estos dos mecanismos evolutivos, pues son la causa respectivamente de que existan individuos más exitosos que otros (mejorados), y de que existan también organismos multicelulares, relaciones simbióticas, sociedades de insectos y comunidades humanas.

Pero el auténtico darwinista social también es consciente de que el nivel del individuo es el más esencial de todos, que se encuentra en la base de toda la pirámide social, y que por tanto se debe tener en cuenta en primer lugar, a la hora de elaborar los principios funcionales y las normas deontológicas que dotan de sentido e impulso a toda la estructura social.

En relación con esto, la única ideología política que tiene en cuenta esas dos consideraciones, a saber, el reconocimiento de distintos niveles de organización, y la apreciación de un nivel más fundamental, es el liberalismo clásico. El liberalismo propugna una defensa férrea y cerrada del individuo, pero no como un ente aislado de poder fáctico, sino como la principal fuente de comportamiento social, origen y motor de todas las relaciones humanas, y encuentro entre todas las personas y agregaciones de una comunidad. Igual que el físico aprende a reconocer en los átomos a los principales actores e ingredientes básicos de toda la materia, el liberal clásico atribuye a las acciones individuales un papel protagonista en la elaboración del mesénquima que acaba dando consistencia a todas las sociedades.

En este sentido, me parece impropia la mala fama que ha recibido el darwinismo social en el último medio siglo, tan impropia como esa interpretación opuesta que hacen los nazis y los comunistas en relación con el mismo tema. Cada vez que alguien se atreve a utilizar esta teoría interdisciplinar para sacar algunas conclusiones políticas o económicas, se expone a ser tachado por los demás de nazi y de racista, como si los que defendemos ciertas leyes generales que afectan tanto a la biología como a las humanidades, fuéramos instigadores de un odio patriótico irracional. Nadie que entienda el concepto de evolución podrá estar de acuerdo con aquellas depuraciones que propugnaba la superioridad de una única raza y su dominio absoluto. Cualquier idiota sabe hoy en dia que los sistemas más estables y evolucionados (las selvas) son también los depositarios de la mayor diversidad genética y el mayor número de especies animales y vegetales que pueden catalogarse en un ecosistema. Precisamente, la evolución darwiniana se basa en esa diversidad y adaptación, que procuran millones de individuos distintos, para poder poner en marcha sus mecanismos operativos. La supremacía de un sólo espécimen o una raza concreta (darwinismo social de derechas), así como la de una única clase social (darwinismo social de izquierdas), no tienen nada que ver con el rico proceso natural de evolución que promueve la vida. Cualquier objeción a esta afirmación constituye un fraude intelectual de proporciones bíblicas.

En el estudio preliminar a Los primeros principios de Herbert Spencer, el prologuista José Luis Monereo Pérez rescata para el lector una analogía del autor que reza lo siguiente: “no se podrán comprender de una manera racional las verdades sociológicas, si antes no se han comprendido racionalmente las verdades biológicas”. Ahora bien, dichas analogías, al igual que el resto de las aplicaciones del darwinismo, pueden tener algunas fallas considerables. Es cierto que sólo comprenderemos plenamente las verdades sociológicas cuando hayamos entendido como funciona la naturaleza en ámbitos más generales, esto es, cuando hayamos desentrañado los principios que gobiernan todo el orden universal. Pero en el camino podemos cometer graves errores. Si creemos que la defensa del darwinismo social debería conducirnos a realizar también una defensa cerrada de algún individuo en particular (Hitler), o de un estrato social concreto (Marx), si creemos que debemos estar del lado de todos aquellos grupos que salen victoriosos en las refriegas violentas o las guerras mundiales, si pensamos que el liberalismo económico propicia una lucha salvaje que consiste en defender a toda entidad que alcance el éxito a cualquier precio, a pesar de que arrastre con ella una destrucción mucho mayor que los logros que dice abrazar, si creemos que la evolución es solamente una lucha de dientes y garras, estaremos incurriendo en una equivocación flagrante. Pero también nos estaremos equivocando si pensamos que la evolución no beneficia a determinados individuos o actitudes en detrimento de otros, y que solo se dedica a premiar la simbiosis y la colectivización (como le gustaría creer al sociólogo de izquierdas). Solo aquellas aplicaciones o analogías biológicas que tienen a bien considerar la evolución como un mecanismo multinivel (que selecciona todas aquellas estrategias que producen beneficios en diversos niveles: individuales y colectivos), podrán interpretar dicha evolución de la mejor manera posible, máxime cuando estamos hablando de una especie (humana) que ha basado gran parte de su éxito evolutivo en la inteligencia personal de sus miembros y la colaboración social. Lo correcto en cualquier caso consiste en no obviar la importancia de las necesidades individuales por mor de una apuesta social colectiva a gran escala, ni tampoco pasar por alto las necesidades sociales y los bienes públicos bajo la creencia de que solo existen beneficios individuales y propiedades privadas.

Y para tener en cuenta ambos aspectos, hay que saber diferenciar en primer lugar cuales son las necesidades individuales y cuales las colectivas. Y seguidamente, sin solución de continuidad, hay que apostar por ese principio que resaltaba Adam Smith en sus ensayos económicos (la mano invisible), el cual parte del interés propio de cada ciudadano (el cervecero o el panadero) y contempla a su vez cómo este aliciente personal sirve para generar un orden espontáneo y un beneficio social mucho más amplio.

Además, una vez exonerados de las cargas ideológicas que nos llevan a defender, ora a los individuos, ora a los colectivos, debemos considerar también la posibilidad de proteger dicho interés con la fuerza del Estado y las cámaras legislativas, pero no con un sistema que aplaste la iniciativa privada (colectivismo exagerado) o que solo conceda crédito a aquellas decisiones que se toman en el ámbito privado (anarquismo de mercado), sino con uno que sea consciente de que existen distintos niveles de organización, bienes individuales (heterogéneos) y bienes colectivos (homogéneos), y que la mejor manera de tener en cuenta estos dos estratos de la realidad consiste en apoyar unas leyes generales que estén en consonancia con estas jerarquías, dejando que los individuos actúen para satisfacer sus necesidades particulares solo en aquellos casos en los que compitan para ver cuál de ellos beneficia en mayor medida al resto de la sociedad. Y esto se llama economía de mercado, se basa en la capitalización, el ahorro y la productividad, y se articula gracias a aquella competencia empresarial que tiene como único propósito satisfacer al consumidor medio.

Como dijo Spencer: “El hombre definitivo será tal que sus necesidades particulares coincidirán con las necesidades públicas. Será el hombre que, realizando espontáneamente lo que le indica su naturaleza, realizará también incidentalmente las necesidades de una unidad social; y el que, sin embargo, no podrá manifestar la plenitud de su naturaleza más que a condición de que todos los demás hagan otro tanto”. Spencer se da cuenta aquí de que existen ambos tipos de bienes, públicos y privados, y que todos se satisfacen dejando que los individuos actúen libremente buscando los suyos propios.

Ahora bien, también es preciso reconocer que no todos los individuos o asociaciones buscan su propio interés a través de la participación en el mercado y la generación de una ganancia general. Por consiguiente, deben existir unas normas básicas de obligado cumplimiento, un estado mínimo que, a modo de observador imparcial, garantice que todos los individuos sin excepción busquen el beneficio propio a través del intercambio voluntario con sus coetáneos, y no mediante relaciones o vínculos violentos. Algunos Spencerianos también han llegado a creer que el Estado no es en absoluto necesario, y es aquí precisamente donde entran en clara contradicción con sus propias ideas, pues nada hay más contrario a los principios biológicos universalmente válidos que la ausencia de un marco regulatorio del mercado que garantice también en el plano general tales proposiciones. Pero igualmente se equivocan algunos exegetas como José Luis Monereo (el prologuista de la obra de Spencer), cuando interpretan el liberalismo económico que asocian al spencerianismo como: “todo un símbolo de autocomplacencia, que se quebró estrepitosamente cuando se constató en los hechos que la ideología liberal individualista había fracasado sistemáticamente por ser incapaz de suministrar los lazos sociales necesarios para la cohesión social y el gobierno pacífico y eficiente de la sociedad industrial cuyo triunfo defendía encarecidamente”. Sin embargo, no existe mayor exponente y mejor ejemplo de esos lazos civiles a los que se refiere Monereo que las sociedades industriales que se fraguaron en el siglo XIX como consecuencia de la revolución industrial, el libre mercado, y la competencia empresarial.

Ni tan corto ni tan largo. Ni los individualistas radicales que solo creen en la propiedad privada, ni los prologuistas del socialismo que aspiran a seguir impartiendo justicia bajo la prebenda exclusiva del beneficio colectivo. La única interpretación darwinista válida es aquella que defiende una organización social basada en la competencia empresarial orientada a la producción de bienes económicos que tengan una demanda voluntaria real, esto es, que sean satisfactorios para los distintos consumidores. El beneficio general (la satisfacción de todos los consumidores) debe estar basado también en aquel beneficio particular que permite la ganancia del empresario o el individuo, y que le insta a producir. O dicho de otra manera: ¡al colectivo por el individuo!. Solo así podemos abrazar una teoría multinivel más realista y fundada, y constituir una sociedad atenta con todos los beneficios y necesidades, y más exitosa que las demás.

En el fondo, no debería resultar muy difícil entender que el orden espontáneo de la naturaleza que evoca la mano invisible de Adam Smith, y que defiende también el liberalismo, atiende al interés privado del individuo y lo pone al servicio del interés público que queda representado por todos los consumidores. Asimismo, tampoco debería entrañar ninguna dificultad comprender que las necesidades de la gente pueden ser heterogéneas, cuando hablamos de gustos personales, o pueden ser homogéneas, cuando nos hacemos con los principios y leyes generales que garantizan a todos los ciudadanos el derecho a disfrutar por igual de dicha heterogeneidad. Igualmente, tampoco es difícil entender que el mercado, por su naturaleza, es la institución que mejor sirve a las necesidades múltiples que tiene cada persona, y que el Estado limitado, por la suya, es el que mejor atiende y protege las necesidades unívocas. Y que por eso, solo cuando atendemos a estos dos niveles de ordenación y utilizamos las instituciones adecuadas para procurar dichos cuidados, es cuando de verdad la evolución y el progreso humano alcanzan la mayor de las velocidades y la mayor cota de desarrollo posible.

Pero será difícil librarnos de los prejuicios que se han instalado en el imaginario colectivo a raíz de algunas aplicaciones nefastas del darwinismo. Ciertas corrientes intelectuales de dudosa acreditación insisten en poner todo su énfasis en demostrar que la teoría evolutiva avala un principio colectivo según el cual la naturaleza estaría favoreciendo constantemente las asociaciones de individuos, el comunitarismo y la simbiosis entre especies (darwinismo social de izquierdas). Otros grupos no menos ajenos a estas disputas pseudointelectuales pretenden todo lo contrario, quieren enfatizar solamente al individuo, y creen que toda la evolución natural apoya sus ideas de dominio y selección basadas en una competencia salvaje y sanguinaria que tiene como resultado la victoria de un único contrincante (darwinismo social de derechas). En cambio, nosotros los liberales clásicos, sabemos que esto no es así. Nosotros somos los verdaderos darwinistas sociales. No nos basamos en ninguna ideología maniquea. Asumimos como reales todos los niveles de la naturaleza, e igual que hacen los científicos profesionales, estudiamos la acción de la selección natural aplicándola a todos los niveles, elaboramos un patrón de acción utilizando una metodología reduccionista, observando primero las partes constituyentes del sistema, los individuos o los átomos, pero partiendo de ahí, aspiramos luego a producir un modelo multinivel lo más ajustado posible a la realidad, con la selección ejerciendo presión a distintas alturas.  Dicho sistema no es ni más ni menos que el modelo que aplica el liberal clásico para describir el mundo. En la base, la acción humana; sobre esta, las relaciones de intercambio; como propiedad emergente, los órdenes espontáneos o las sociedades abiertas; y como garantía última, un estado mínimo basado en la ley.

Por tanto, solo existe una manera correcta de entender la competitividad y la evolución (y de llevarla al plano de la sociedad), y es aquella que permite el enfrentamiento de los individuos solo cuando este tiene como consecuencia la mejora de la propia evolución y el progreso general de todos los ciudadanos, situación que solo se da cuando se favorece la competencia libre de las personas por ver cuál de ellas es la que ofrecen mejores cosas a los demás. Esta es la única consideración que tiene en cuenta, tanto las necesidades de los individuos, que competirán para mejorar su vida personal, como las necesidades del colectivo, que se beneficiará de las ofertas mejoradas que realicen esos competidores. Y este sistema no tiene otro nombre que mercado libre, y no se basa nada más que en la propiedad privada de los medios de producción (necesaria para generar interés), en la importancia del capital como generador de riqueza (capitalismo), en la distribución de los bienes producidos a través del intercambio libre, y en la demanda soberana del consumidor.

La teoría multinivel de la selección natural que hoy acepta ya toda la comunidad científica tiene su equivalente político en esa otra teoría liberal que sustenta sus principios en el respeto a la libertad personal, en la medida en que éste respeto fomente la competencia entre individuos que buscan satisfacer las necesidades de la sociedad en su conjunto; de todos los consumidores. Solo bajo esa óptica es posible contemplar una selección ciertamente enriquecedora, capaz de escoger a los mejores individuos y a las mejores sociedades. Solo así se tienen en cuenta todos los niveles de organización que constituyen el cuerpo y el tejido de cualquier entidad comunitaria, empezando por el primer constituyente de todos: el individuo (sus acciones e intereses personales), y llegando hasta el último de ellos: el colectivo que integra a toda una nación, o la cultura que representa a una civilización entera.

Por consiguiente, la teoría de los tres niveles de la escuela austriaca (y con ella el liberalismo clásico) no es otra cosa que el corolario lógico que emana de los principios científicos que caracterizan a la evolución biológica. Resulta incomprensible que, habiendo aceptado hace siglos las ideas de Darwin, todavía estemos peleándonos en las urnas por ver quién alcanza la mayoría parlamentaria para implantar un sistema de organización social completamente distinto al anterior. Pero más increíble aún es que aquellos mismos que defienden la selección natural y que se dicen científicos, apoyen al mismo tiempo una colectivización y una centralización económica que arrasa completamente con la competencia empresarial, la iniciativa privada, la diversidad de agencias, y la libertad de mercado.

Publicado en Artículos de biología, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

“A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos.” Félix Lope De Vega

“A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos.” Félix Lope De Vega. El Replicador Liberal.  https://elreplicadorliberal.com


 

Publicado en Fototeca del blog | Deja un comentario

La caverna de Platón

“Y por último, creo yo, sería el Sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio Sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar. Y después de esto, colegiría ya con respecto al Sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.” (Platón, 427-347 a. C.)

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero lo que en realidad pasa es que hay miles de personas que no son capaces de leer ni una sola palabra. Lean… y después miren… y verán las cosas con otros ojos. Los libros te aportan una visión preciosista y detallada del mundo que no tiene sustituto posible. En cambio, las imágenes apenas alcanzan a rascar la superficie especiosa de la realidad y los fenómenos. Para contemplar el Sol primero hay que renegar de los amigos y compañeros que te sodomizan todos los días con el mismo mensaje, hay que rechazar la comodidad paralizante del rebaño y los prejuicios acomodaticios del principiante, hay que ascender a duras penas la rampa de la cueva en la que has nacido y donde te has criado, hay que encontrar la salida, procesar la información que llega por la vía de los sentidos, y solo entonces uno puede admirar las imágenes que envía la luz a través de las pupilas, sin correr el riesgo de quemarse las retinas en el intento. Si alguien piensa que puede mirar directamente a la luz, sin haber pasado antes por este trance, sin unas gafas de sol con filtro, acabará más ciego de lo que estaba al principio, cuando compartía morada con la grey cavernícola. Lean y piensen, imaginen y mediten, y solo luego miren de nuevo las imágenes. Estas solo valen lo que valen las lecturas y los razonamientos que se hayan realizado con carácter previo.

Publicado en MIS AFORISMOS | Deja un comentario