El facha y el progre: tanto monta, monta tanto


De todas las antinomias que existen, tal vez la que obtiene un resultado más contradictorio es esa acusación que lanzan los progres contra sus enemigos ideológicos, en la que vienen a llamarles fascistas o fachas. Si preguntan a alguien por este concepto, la respuesta más habitual que van a escuchar es la que relaciona el fascismo con el odio al extranjero y la exaltación de la nación de la que uno es oriundo.

Sin embargo, el progre puede convivir con dos afirmaciones antitéticas sin que le estalle la cabeza. Por un lado, apela a la igualdad para vituperar la riqueza, y con ella a los ricos, y por otro lado se siente perfectamente cómodo usando invectivas que acusan al enemigo de criminalizar al extranjero. Siendo ellos los primeros que han dividido a la sociedad en dos clases enfrentadas, no se entiende que acusen a los demás de hacer lo mismo. La única diferencia es el tipo de magnitud que unos y otros estarían midiendo. El progre mide los caudales, y en función de los mismos concede a unos hombres más derechos que a otros. En cambio, el fascista lo que mide es el origen del individuo, al objeto de usar este dato para segregar a la población. 

Cualquier acusación que realice un progre, con intención de denunciar la falta de igualdad, está de antemano capada por la simple razón de que el proponente del argumento carece de toda credibilidad debido a que defiende una discriminación muy parecida a aquella contra la que quiere querellarse. Para que el antifascista pueda afirmar sin contradecirse que el fascista es un totalitario de derechas que privilegia a sus compatriotas, debe primero sacudirse el estigma del comunismo bajo el cual se han cometido las mayores segregaciones de la historia, y con el cual se sigue jugando a diario cada vez que se marca a las personas por el dinero que tienen.

El facha es un individuo que exalta los méritos de su nación solo porque es la suya. Hasta ahí todos estamos de acuerdo. Sin embargo el progre quiere que pensemos que cualquier defensa nacional es una exaltación irracional. Y eso es claramente una falacia de primer orden. Si esto fuera así, no se podría hacer defensa de ninguna nación, y, con ella, tampoco de ninguna fórmula legal. Y si no podemos hacer un objeto de las leyes, la ciencia se convierte en un batiburrillo de opiniones subjetivas más o menos defendibles que nadie puede llegar a demostrar. Lo que nos viene a decir el progre indirectamente es que no existen unas ideas mejores que otras. Sabido es la relación íntima que siempre ha existido entre el socialismo y el pos-modernismo o la post verdad. En ese afán por igualarlo todo, se cae también en una relativización del pensamiento que busca remediar la frustración de los débiles o los inútiles a costa de rebajar o laminar las habilidades de quienes sí han podido descollar en algún campo. Igual que no se quiere ricos, tampoco se quiere que la gente humille a sus coetáneos al mostrarles las deficiencias intelectuales que por lo general padecemos los hombres. La mayoría, ni sabemos enriquecernos, ni somos inteligentes. Y esto escama a muchos ingratos. No soportan el agravio comparativo, y terminan por aniquilar cualquier rastro de superioridad, venga de donde venga. 

El problema del socialismo es su incapacidad para entender la raíz de la superioridad. Sin apenas analizar a qué se debe, embisten contra cualquier capote que parezca descollar en lontananza. Y claro, también se cargan aquella superioridad que está basada en un esfuerzo legítimo, o que devuelve a la sociedad mucho más de lo que gana. 

El progre no solo entra en contradicción al acusar al facha. Además, ni siquiera se para a analizar a qué se debe el rechazo que el supuesto facha dice emplear para envolverse en la bandera. La patria también se defiende del bárbaro. La patria puede estar representando unos valores legítimos y honorables. Su defensa no solo es irracional, también puede tener fuertes razones objetivas. Si el progre utiliza el apelativo de facha para referirse a todo aquel que defiende su nación, deberá aceptar también que todas las normas son igual de legítimas, que no se pueden hacer distingos entre unos ciudadanos y otros en lo relativo a sus ideas, que todas las naciones defienden los mismos valores, y que él, como defensor de unos principios socialistas, tampoco goza de la menor relevancia. De nuevo, otro contrasentido acude a su encuentro. Un agujero negro no encierra tantas paradojas como un socialista eufórico.

No señores. Debemos decirlo alto y claro. El nacionalismo tiene dos vertientes que no se pueden confundir, porque son lo contrario. Puede ser irracional cuando solo se defiende la nación porque es una nación, porque puede crearse o escindirse (como hacen los nacionalistas catalanes o vascos, los socialistas que les alaban el oído, o los liberales que creen en la segregación nacional incondicional), o puede defenderse buscando la protección del acoso de los bárbaros que, allende los mares, intentan saquear las instituciones para hacerse con el poder (como hace Vox cuando promete devolver a los delincuentes a su país de origen).

El nacionalismo es legitimo o ilegitimo, igual que es legítimo o ilegítimo defender a los ricos dependiendo de si han obtenido su dinero de manera lícita, con esfuerzo y servicio, o si lo han ganado con impuestos, arrimándose a un político. Los progres lapidan al empresario y al autónomo con piedras de hacienda hasta que ya no puede mantenerse en pie, y luego favorecen la extensión de la política, a cuya sombra se enriquecen los banqueros de pitiminí, los empresaurios, y las asociaciones y colectivos de toda laya y de dudosa reputación. 

El progre no es capaz de hacer un análisis más allá de sus propios prejuicios. Podría haber acertado por casualidad. Pero tampoco lo hace. Su obsesión por igualarlo todo le lleva paradójicamente  a segregar a la población, para emprender a continuación una batalla contra la excelencia y el poder legítimo de la ley. Él es el único facha que existe, aparte de aquellos pocos reductos que todavía niegan el holocausto judío. Atado a estas ideas, solo sabe responder con una admonición: ¡eres un facha de mierda!  Y hace un pequeño esfuerzo mental para obviar que los fachas como él suelen hacer este tipo de monigotes, reduciéndolo todo a un insulto y una acusación ad hominem, sin pararse a ver que hay detrás de la defensa nacional. 

El progre es un pobre hombre, una víctima de su propia incapacidad, que lucha contra la marea en un mar de contradicciones, y que solo sabe salir del paso acusando a los demás de algo que en el fondo debería atribuirse a su propia persona. Ya se sabe lo atrevida que es la ignorancia. La próxima vez que te acusen de facha por defender tu país, recuérdales las aniquilaciones que se cometen en nombre de la igualdad de oportunidades o el relativismo cultural, y las cimas a las que ha llegado el hombre después de defender los derechos básicos del individuo, de cuya legitimidad depende el orgullo por la patria y el sentimiento de nación. Solo hay un pequeño puñado de países que defienden la vida y la propiedad, y no hay nada más honorable que sentir amor hacia esas regiones.       

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