El cambio climático: otra vuelta de tuerca de la izquierda progre


El debate en torno al cambio climático se enmarca dentro de una controversia mucho más general relativa a la mejor manera de organizar y gestionar una sociedad. Es este un debate enconado, sempiterno, que no parece tener una fácil solución a medio plazo: existen múltiples partes enfrentadas, enrocadas detrás de sus prejuicios y sus paranoias, profundamente ideologizadas. La cuestión básica es que hay personas que prefieren sacrificar el desarrollo social en aras del cuidado del medio ambiente, y otros que no están dispuestos a demoler los cimientos del progreso solo porque exista una hipótesis que propone al hombre como el principal culpable del calentamiento global.

Pero, a pesar de que la polémica se centra en el clima, las posturas enfrentadas son herederas de dos visiones irreconciliables, que han venido enturbiando siempre cualquier posible entendimiento: la izquierda y la derecha, o si se quiere, los intervencionistas y los liberales. No es esta una cuestión baladí. La sociedad está partida en dos, profundamente dividida: puede verse a sí misma como un colectivo homogéneo, o como una cualidad emergente que se explica única y exclusivamente a partir de las propiedades individuales de sus elementos. Estas dos visiones están implícitas en la propia organización jerárquica de todos los sistemas físicos, y se corresponden a su vez con dos estructuras neuronales completamente distintas. Es como si la naturaleza se hubiera encargado de reproducir en el cerebro la misma dicotomía básica que aparece una y otra vez en todos los sistemas, pero lo hubiera hecho de forma sesgada, ora creando unos cerebros con un pensamiento más holístico, ora creando otros más individualistas. 

Los debates políticos responden a una realidad tan incrustada en la propia esencia de la teoría de sistemas, y en las cabezas de los hombres, que el mero hecho de intentar llegar a un acuerdo de mínimos se vuelve una tarea casi imposible. La mitad de la población vive en un universo unidimensional, donde todo son colectivos y en el que el individuo queda completamente difuminado. El resto habita un universo paralelo, con libertades individuales de las que emergen todas las propiedades que aparecen en los niveles inmediatamente superiores. Estos dos universos psicológicos apenas se influyen. Solo unos pocos agujeros de gusano permiten el paso de algunos individuos a través de ellos, cada muchos años. Por lo general, el socialista que llega a la edad adulta como socialista, se muere socialista. Y el liberal, que consigue viajar a través de un agujero de gusano, ya nunca vuelve sobre sus pasos, y se aleja cada vez más rápido, a la velocidad de la luz, hacia nuevos horizontes. La mayoría de las veces resulta imposible que un socialista se encuentre con un liberal en un espacio común, son galaxias paralelas cada vez más alejadas por la expansión del universo. Para llegar al planeta del liberal hace falta una nave de libros y de lecturas que el socialista apenas sabe que existe.

Es muy posible que un día la tecnología solucione por fin el problema de la polución ambiental (si es que hay algún problema). Pero los mamertos del cambio climático seguirán achacando esa solución a sus presiones para cambiar el modelo de producción, mientras que los defensores del sistema capitalista tendrán que seguir aguantando la lluvia de críticas vertidas sobre ellos a pesar de ser los únicos adalides de esos avances. Aquel día, nada habrá cambiado bajo el Sol abrasador.

Todos dicen tener la razón, y los datos que unos y otros se tiran a la cabeza no parece que resuelvan nada. Resulta frustrante discutir en este ambiente tan enrarecido. Se trata de analizar sistemas complejos difíciles de mensurar, que se prestan a todo tipo de interpretaciones, referencias, números y cantidades. Todo el mundo tiene una ristra de cifras que saca a colación cada vez que alguien les lleva la contraria. Yo por mi parte tengo las mías, pero si acaso se me ocurre ponerlas encima de la mesa, al momento quedan tapadas con otras tantas dataciones que parecen demostrar lo contrario, sacadas vete tu a saber de qué revista. Es frecuente que los detractores me interpelen para pedirme la fuente de la que he extraído la información, como si eso pudiera zanjar el asunto. Antes bien, todos decimos tener fuentes de reconocido prestigio.  

No me resultaría difícil convertir este artículo en un batiburrillo de gráficas y expresiones matemáticas a favor o en contra del calentamiento climático antropogénico. Pero no pasaría nada. Alguien afirmaría que esas curvas están manipuladas, que las fuentes no son fiables, que las correcciones no tienen en cuenta este o aquel otro dato, y al instante ya tendría a una jauría de perros, a caballo de sus fórmulas, dirigiéndose en tropel hacia mi.

A pesar de todo, nunca renuncio a mostrar esas gráficas. Algunas ponen de manifiesto la gran cantidad de enfriamientos y calentamientos que se han dado a lo largo de la historia de la Tierra, mucho antes de que apareciera el hombre. Otras van acompañadas de imágenes de satélite de La Nasa donde queda patente el aumento de la masa forestal o el incremento del hielo de La Antártida. También se puede mostrar la ridícula cantidad de dióxido de carbono que existe en la atmósfera en comparación con otros gases (0,035%), a pesar de todo el que el hombre ha vertido a la misma en los últimos siglos.

Todos los días, al amparo de la noche, billones de criaturas marinas microscópicas (zooplancton) ascienden a la superficie de todos los océanos del mundo para alimentarse del fitoplancton. Por el día, el fitoplancton ha estado tomando dióxido de carbono para utilizarlo en el ciclo de Calvin al objeto de producir trillones de kilos de sustancias orgánicas. Luego, los microorganismos defecan sobre las profundidades gran parte del carbono que han tomado de sus presas, el cual se queda atrapado de manera efectiva por los siglos de los siglos, evitando su reingreso a la atmósfera. Sin embargo, los humanos somos capaces de sacrificar una gran cantidad de recursos, que podríamos destinar a nuestro bienestar, para crear programas inútiles que buscan fijar el CO2 mediante alguna técnica novedosa, o que pretenden detener las emisiones contaminantes, sin saber que ya existe un mecanismo mucho más rentable inventado por la naturaleza al amparo de la noche en la noche de los tiempos.

El mundo no está hecho para que lo comprenda el hombre. Es difícil que sepa cómo funciona. Tiende a creer que todo gira en torno a él. No tengo ninguna esperanza en que recapacite. Los números no le van a convencer. Billones de microorganismos no son nada si se comparan con el ego humano. Cuando los sistemas que se abordan son altamente complejos, la única solución que puede sacarnos del atolladero de cifras y datos, es la de fijarnos en algunas cuestiones esenciales de suyo incuestionables. Este sistema de herramientas utiliza el llamado apriorismo para llegar también a algunas conclusiones evidentes, evitando así el trasiego de guarismos que los cientistas se intercambian cada vez que tienen que resolver una cuestión peliaguda, como si eso fuera lo único que se puede hacer.

Hagamos lo que hizo Descartes en la filosofía, cuando tuvo que enfrentarse a la verdad de la que se hablaba en su época, y a las dudas que se generaban en torno al conocimiento aprehendido antes de su llegada. Intentemos partir de algunas proposiciones absolutamente ciertas, como ha hecho también la Escuela Austriaca, esta vez en el ámbito de la economía y los sistemas (complejos) formados por decenas de millones de personas. 

¿Cómo podemos encontrar un principio seguro si el problema es que la muestra (la Tierra) resulta demasiado compleja como para que podamos estudiarla sin caer en algún tipo de ambigüedad? Descartes se hizo la misma pregunta: ¿cómo puedo estar seguro de todo lo que me han dicho mis antecesores, si todos ellos han hablado desde su propia subjetividad y si yo mismo estoy atrapado en la misma mismidad? Esta apreciación es incuestionable, y debido a ello la seguridad de las afirmaciones, cualquiera que estas sean, se viene abajo de inmediato. A esta idea es a la que se aferran todos los relativismos. El individuo es un sujeto, y eso, además de constituir una afirmación irrefutable, echa por tierra cualquier intento de objetivación. Pero existe una forma de dar la vuelta al argumento, para favorecer a los objetivistas, y eso es precisamente lo que hizo Descartes. Puesto que la subjetividad de los individuos es un hecho incontrovertible, tomemos esta afirmación para construir un axioma del que partir a la búsqueda de la verdad, en el umbral de la revolución intelectual. “Pienso, luego existo”. La subjetividad no solo sirve para poner en duda todo lo que construye el hombre usando esa atalaya particular. Dado que es una afirmación incontrovertible, también puede usarse para partir de un principio seguro y construir una serie de conocimientos también infalibles. Ya sea que utilicemos la propia individualidad (como hizo Descartes), ya sea que tomemos la acción que emana directamente del sujeto (como hace Mises en La Acción Humana, donde deduce todas las reglas de la economía), podemos comenzar diciendo que el hombre es una criatura subjetiva, y a partir de ahí arbolar toda una serie de razonamientos e implicaciones que, sin duda, llenarán miles de páginas. Si ponemos cuidado y seguimos un razonamiento escrupuloso, podremos estar seguros de que lo que digamos va a tener el mismo efecto y el mismo grado de certitud que la afirmación de partida (es decir, un grado absoluto).

Traslademos todos estos pensamientos al ámbito de la política y las acciones medioambientales. Asumamos por una vez que los datos y las gráficas no consiguen que lleguemos a ningún consenso. Partamos de las mismas cuitas, que casi siempre se deben al mismo problema: la complejidad. Admitamos que el clima es también un sistema tremendamente complejo. No podemos utilizar datos porque estos parecen decir una cosa y la contraria, y se prestan a todo tipo de interpretaciones y malentendidos (la culpa no es tanto de los datos como de los humanos). Lo único absolutamente cierto es que estamos hablando de un sistema altamente complejo. Tomemos por tanto esa única verdad. Los ecologistas utilizan esta circunstancia engorrosa para arrojarnos a la cabeza decenas de estudios. Para Descartes el problema reside en la subjetividad del ser humano. Su habilidad consistió en tomar esta subjetividad como principio absoluto, y extraer de ella todos los postulados que defendía en sus razonamientos y sus escritos. Nosotros vamos a partir también de la duda metódica para construir nuestro propio edificio. Nadie de los que discuten sobre las consecuencias del cambio climático puede poner en duda que el clima es un sistema complejo. Aprovechemos esa certitud para asentar el conocimiento, como haría Descartes.

Si hacemos lo que acabamos de decir, el debate sobre el cambio climático bascula a favor de los escépticos (o negacionistas, según se nos conoce) y contradice a todos los que afirman que el calentamiento antropogénico es una verdad irrecusable. Esto se debe a que los escépticos son los únicos que de verdad tienen en cuenta la complejidad del clima.

Las implicaciones que tiene esta primera afirmación, cuando la tomamos como axioma, son básicamente de dos tipos. En un caso podemos referirnos a las causas del calentamiento, y en otro a las consecuencias que tienen o tendrían las medidas propuestas para enfrentarnos al mismo. Vayamos por partes. Empecemos por las causas.

Puesto que el clima es un sistema complejo, podemos usar esa certeza surgida de nuestra incapacidad (como la subjetividad) para negar todo lo que vienen a decirnos los ecologistas y las madres del Planeta. Es materialmente imposible afirmar que los cambios de temperatura están provocados por el hombre cuando son tantas las causas que intervienen en la motivación de los mismos (punto para los escépticos). No hace falta acudir a los datos, podemos usar el sentido común y la lógica pura. Esto no es un ataque a las ciencias que utilizan magnitudes mensurables para analizar la realidad. Como no hay forma de dilucidar quién tiene razón, y asumiendo que nunca nos vamos a poner de acuerdo por muchos datos que acumulemos, lo lógico es emprender un camino paralelo que parta de un consenso real, esta vez compartido por todos: el hecho de que el clima es un sistema altamente complejo.

Muchos son los que dicen que hay que respetar el consenso científico, los descubrimientos en materia ambiental que se han venido realizando en las últimas décadas. En realidad, no es un problema de conocimiento y consensos científicos. Es un problema de desconocimiento profundo. El clima, como la sociedad, es un sistema altamente complejo y lo prudente aquí es decir que, de momento, somos incapaces de saber si el hombre está provocando el cambio climático, toda vez que existen muchas causas. Tampoco podemos saber si hay un cambio significativo. Las temperaturas han variado en un grado mucho más alto a lo largo de la historia pre homínida. El consenso popular dice que el hombre es el principal culpable, pero comete un grave error. El socialismo y el intervencionismo político incurren también en el mismo error cuando se arrogan la capacidad de redirigir y controlar la economía al objeto de resolver el cálculo económico que resulta de la acción de millones de individuos. No es extraño por tanto que ecologistas y socialistas vayan siempre de la mano a todos los encuentros y aquelarres que ellos mismos patrocinan.

La Tierra es un sistema con múltiples soluciones tampón y sistemas de retroalimentación. En dos palabras: se regula a sí misma. Bien podría ser que estuviera muy lejos de perder el equilibrio, a pesar de estar sometida a la acción humana de desgaste que denuncian los grupos de calentólogos que suben a la palestra a pronunciar sus peroratas.

Desde hace unos años se viene diciendo que el declive de los gorriones tiene su causa en el entorno contaminado. Pero también puede ser que se deba a que la ciudad esta mucho mas limpia y ahora tienen que competir con las palomas torcaces, que antes no se acercaban tanto a las zonas habitadas debido a su naturaleza más propensa a padecer los efectos de la contaminación. Como vemos, las causas que afectan a un hecho pueden ser muy distintas, a veces hasta contradictorias. Y esto se agrava cuando analizamos, no ya dos especies de pájaros, sino todas las especies que habitan el Planeta, junto con todos los procesos físicos que lo determinan.

Todos los problemas se dividen en dos: determinar si el hombre es el principal causante del cambio climático y, en el caso de que lo sea, determinar también si la estrategia correcta para combatir ese cambio es la de reducir las emisiones de dióxido de carbono. Yo creo que no se puede aseverar que el hombre es el principal causante del cambio. Otros muchos fenómenos están contribuyendo también a este efecto. Existen fenómenos terráqueos como el vulcanismo (que emite mucho más CO2) y los ciclos de realimentación negativa (que controlan el incremento de los gases atmosféricos), los cuales alteran y modelan el clima en una proporción bastante significativa, harto ignorada por muchos. Luego están los fenómenos asociados al Sistema Solar, las variaciones en la órbita de la Tierra (los ciclos de Milankovitch), los ciclos del Sol (las manchas solares), y los impactos de meteoritos. Y finalmente también hay que tener en cuenta la alteración que provocan los fenomenos cosmicos: las radiaciones cósmicas que impactan contra las capas altas de la atmósfera e influyen en la formación de nubes, e incluso las explosiones de otras estrellas del entorno de la Vía Láctea. 

A todo esto hay que añadir que, si el hombre fuera el culpable principal del cambio climático, la solución no sería reducir las emisiones de dióxido de carbono, sino avanzar lo más rápido posible, para que la tecnología nos ofrezca las soluciones que precisamos. Poner trabas al desarrollo, como quieren los ecologistas, es lo que más perjudica al Planeta, como se puede ver en las gráficas que revelan la enorme contaminación que provocan los países en vías de desarrollo en comparación con las naciones más avanzadas. 

Existe un desacople entre las mediciones de temperatura atmosférica que ha hecho La Nasa utilizando sus satélites y las mediciones de producción de dióxido de carbono en las últimas décadas.  Los datos no coinciden tal y como se esperaría que lo hicieran si fuera el dioxido el único culpable del ascenso de temperatura. Lo lógico es pensar que los cambios se deben a otros factores. Como hemos visto, candidatos no faltan: hay causas interestelares, planetarias, terráqueas.

Lo único de lo que podemos estar seguros es de la enorme complejidad que acusa el sistema que tratamos de analizar, lo cual dice mucho en favor de todos aquellos que negamos que el cambio tenga solo una causa antrópica, o que estemos a las puertas de una catástrofe medioambiental de proporciones bíblicas, como consecuencia del aumento de la producción y la industria fabril. 

Además, podemos usar el mismo axioma de partida para analizar las consecuencias que derivan de las medidas propuestas por unos y otros. Volvemos al mismo supuesto de partida: la sociedad es un sistema complejo, sostenido por una frágil linea de acontecimientos, consistente en la acumulación sucesiva de conocimientos, herramientas de trabajo, y materiales de construcción. Nadie con dos dedos de frente puede negar, por ejemplo, que el carbón y el petróleo han sido cruciales para incrementar la calidad de vida y elevar a la sociedad a las cotas de bienestar de las que hoy en día disfruta. He dicho nadie con dos dedos de frente. Al parecer, algunos homínidos si tendrían una escama frontal más corta. Al margen de todo esto, lo que es cierto es que la vida (nuestra vida), tal y como la conocemos ahora, no puede existir sin el carbón y el petróleo, igual que tampoco puede existir la vida en general sin las cianobacterias o las bacterias con fotosíntesis oxigénica (que llenaron la atmósfera de oxígeno cuando este gas todavía era mortal para la mayoría de seres vivos). Los ecologistas pueden patalear todo lo que quieran, pueden infligir cierto daño a las sociedades, a cuya sombra han medrado. Pero lo que es absolutamente seguro (tan seguro como el principio del que partimos) es que casi nadie está dispuesto a cambiar el sistema capitalista que hoy nos nutre con todo tipo de parabienes, por otro que intente, como antaño pretendía el comunismo, cambiar el modelo de producción para adaptarlo a las exigencias ilusorias que plantea el ecologismo. La hipocresía acaba dando la victoria a los justos. Luchamos contra unas personas que proponen algo que jamás podrá cumplirse. Como dice Manuel Llamas: Décadas atrás, los estudiantes critican el capitalismo con la excusa de que empobrece a la “clase obrera”… Hoy, siendo ya clase acomodada (con su ropa de marca, sus Iphone y sus viajes por toda Europa) gracias al capitalismo, su excusa es “salvar el planeta”. 

Las excusas sirven para justificar un hecho que jamás se va a ver corroborado con acciones. Nadie va a cambiar de modelo. Afortunadamente, seguiremos avanzando y contaminando lo que tengamos que contaminar, para que algún día podamos, esta vez sí, utilizar fuentes de energía más limpias y rentables. A la gente le gusta vivir bien, esa es la mayor fuerza de la naturaleza, y ningún ecologista puede hacer nada para cambiarla. 

No albergo la esperanza de que los ecologistas den dos pasos atrás y reconozcan que se equivocaron. Cuando todo haya pasado, dirán que ellos fueron los paladines de ese cambio a mejor, a pesar de que la realidad les demuestre lo contrario, que solo el capitalismo, unido de la mano de la libertad, es lo que permite progresar y alcanzar tamaños niveles de pureza ambiental:  “Quizás Greta ha perdido muchos días de colegio por estar en huelga por el clima y no sepa que el crecimiento económico es la mejor manera de combatir el cambio climático. Está demostrado que cuando el PIB per cápita de un país llega a los US$5.000 a la gente le empieza a importar lo que pasa con el medio ambiente. Antes de eso está demasiado preocupada con sobrevivir. Por eso cocinan con leña, comen proteína animal, se calientan con carbón, se movilizan en vehículos viejos, no tienen alcantarillado y usan recipientes plásticos para conservar líquidos. Quienes ya tienen resueltas estas necesidades básicas, como ocurren en Suecia, la tierra de Greta, pueden darse el lujo de ser veganos, de conducir vehículos eléctricos, de usar paneles solares y de tomar agua de la llave en vasos de cristal.” (Luis Guillermo Vélez Cabrera, La República, miércoles, 25 de septiembre de 2019).

Estamos acabando con el planeta. Eso es lo que repiten una y otra vez, como papagayos, la mayoría de la gente, adscritos todos a ese pensamiento agorero por otro lado nada nuevo. Pero el planeta aún conserva muchos recursos. Además, el hombre también tiene muchos recursos propios que explotar, su inteligencia, su disposición, sus inventos, habilidades nuevas que se suman a las capacidades que ya de por sí tiene la Tierra. Estos últimos son recursos que aumentan cada año que pasa. Sumados a los de la Tierra suponen una cantidad casi inagotable. Todo esto no se tiene en cuenta. Un lápiz de memoria ha salvado más árboles que todos los ecologistas que han existido.

La tecnología nos salva continuamente de los problemas naturales. La sociedad se liberaliza y se independiza gracias a la tecnología, cuando se descubren y se explotan nuevas fuentes de energía, y se impulsan otras ideas. El marxismo y el ecologismo surgen también después de la revolución industrial, cuando se descubre carbón y petróleo, y el hombre goza de más tiempo libre para pensar (también en cosas absurdas). Hoy en día estamos asistiendo a una nueva revolución, y nada ni nadie va a detenerla.

Los ecologistas llevan años haciendo predicciones fallidas. No vale que hayan dicho mil veces que la Tierra se va a destruir. Nunca han acertado. Las causas del calentamiento son diversas, no solo tienen su origen en el hombre. El sistema global es lo suficientemente complejo como para que al menos dudemos de que sabemos a ciencia cierta que somos nosotros los que lo estamos poniendo en riesgo. Además las soluciones a ese supuesto calentamiento son tan absurdas como sus predicciones. Lo que se proponen es irrealizable. Tendrían que detener el crecimiento de todos los países en desarrollo, con el consecuente perjuicio añadido para millones de personas que ahora mismo están pasando las de caín. Algunos privilegiados vivimos en Occidente y ya hemos aprovechado los beneficios que trajo la revolución industrial y el capitalismo del siglo XIX. 

Con las feministas pasa lo mismo. Su ideario pretende obligarnos a todos a hacer lo que ellas decidan, en la creencia de que las causas que están propiciando esa supuesta desigualdad entre hombres y mujeres tienen solo una raíz social o cultural. Igual que los comunistas, también ellas obvian todas las diferencias naturales y la innumerable cantidad de fuentes que están provocando el fenómeno en cuestión. Igual hacen los ecologistas, que dan la espalda a las causas naturales que producen los cambios en el clima, en uno de los ejemplos anticientificos más ominosos de toda la historia. Como no podía ser de otra manera, sus soluciones sólo se basan en más imposiciones, más impuestos, y más lastres para la economía, el desarrollo natural, y las vidas de millones de personas. Cuando no se tiene razón, cuando toda la naturaleza está en tu contra, solo te queda una salida: la fuerza del Estado. Feministas, ecologistas, socialistas, todos ellos acuden en masa atraídos por el poder que despliega la mafia más grande de todas. 

El socialismo es un sentimiento congénito y aprendido al mismo tiempo, basado en la creencia de que toda forma de desigualdad humana entraña siempre algún tipo de dominación injusta. El desideratum en cuestión se alimenta con glotonería a partir de varias fuentes irracionales: la rabia incontenible que provoca la propia inutilidad, la frustración que deviene con el fracaso, el deseo de mejora malentendido, la envidia malsana, o la simple y llana ignorancia de los fenómenos eidéticos que propician el desarrollo social. En consecuencia, el enfermo está predispuesto a pensar en el cambio radical, quiere derrumbar todas las instituciones, se alía con las fuerzas del mal para acabar con las tradiciones y la naturaleza, y se ve a sí mismo como un héroe de las causas perdidas y los desamparados. El problema básico de esta ideología igualitaria es que se empeña en contravenir los mismos mecanismos que mueven el mundo y hacen que prospere, el aliciente del éxito, la diversidad natural, la superioridad de la excelencia, o la complementariedad de los opuestos. 

El socialismo real o socialismo marxista tuvo su apogeo y declive en los siglos XIX y XX con la lucha de clases y las guerras mundiales. El socialismo biológico o naturista es la vuelta del socialismo más radical, el socialismo real (marxismo), reconvertido esta vez en el rechazo más burdo hacia todas las diferencias que determinan la naturaleza. Una vez fracasada la vía de Marx basada en el repudio de las clases sociales, se buscan otras diferencias y otras fuentes de dominio a las que poder atacar, y se encuentran en la biología y la biopolítica. El socialismo se transmuta en naturalismo y se normaliza todavía más. Los cienciólogos del comunismo, que antes se limitaban a estudiar la sociedad humana, aspiran ahora a convertirse también en reputados naturalistas. Ya no vale con eliminar el sistema de clases sociales, extirpando así las diferencias laborales que esclavizan al hombre, ahora hay que reinterpretar también toda la diversidad natural y toda la realidad. Si el absurdo era ya muy grande con Marx, ahora el ridículo roza lo esperpéntico. 

Dentro del socialismo de corte naturista se pueden distinguir tres movimientos principales, según sea el motivo igualitario que alimenta su causa. El feminismo rechaza el supuesto dominio del varón sobre la mujer mediante la negación o la ridiculización de todas las diferencias de índole sexual. El anti racialismo rechaza el supuesto dominio de la raza blanca sobre las demás mediante la negación de las propias razas, y recurriendo a veces a la trasnochada excusa del colonialismo. Y finalmente, el ecologismo hodierno (el veganismo, el animalismo, el holismo, la pachamama, etc… ) rechaza el supuesto dominio de la especie humana sobre las demás especies mediante la igualación absoluta de todas las clases animales, vegetales y minerales.

Como vemos, las diversas versiones del socialismo han ido invadiendo la vida de todas las personas, han pervertido todas las ciencias, y han sabido explotar todos los niveles del sistema, sociales y naturales. Ya no existe un sitio virgen que el igualitarismo no haya pisoteado. Volvamos al principio. Descartes. Neguemos todo (por algo nos llaman negacionistas). Pero neguemos sobre la base sagrada de la duda metódica. Afirmemos que el sistema es muy complejo, que el hombre es muy ignorante y que la naturaleza tienen muchos medios. No hay forma de saber quién o qué está produciendo el cambio climático. Y aunque se supiera, no se puede detener el progreso como quiere la izquierda. Muy probablemente no exista ninguna amenaza. Y aunque la hubiera, la solución no consiste en impedir el desarrollo. Pero sobre todo, no hace falta confirmar estas afirmaciones con datos y números. Si el mundo es tan complejo, y lo es, ninguna de las arengas de los ecologistas tiene sentido. El axioma vence allí donde los datos han fracasado. Quizá no podamos demostrar empíricamente que tenemos razón. Asumamos eso (aunque hay muchas pruebas a nuestro favor). Pero lo que nadie puede refutar es que estamos hablando de un sistema complejo, que se retroalimenta, que está provocado por muchas causas, y que no va a detener su progreso ascendente por muchos palos que pongamos en sus ruedas.


MÁS INFORMACIÓN:

https://elreplicadorliberal.com/2019/04/19/el-mito-de-la-deforestacion/

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