Los argumentos de Margaret Thatcher


“Amo los argumentos, amo el debate y no espero que quien se siente frente a mí esté de acuerdo conmigo”.

thatcher

Hace unos días, en una clase, mientras explicaba el origen del hombre, un chico se levantó de su asiento y me pidió educadamente que no siguiera hablando, porque en aquella clase había muchas personas susceptibles que podían sentirse ofendidas. Tuve que parar la explicación para darle una lección de ética. El respeto no consiste en silenciar al disidente. Consiste en aceptar sus ideas con nobleza, por mucho daño que nos puedan hacer ¿Qué sentido tiene un respeto que no acata ni se enfrenta a ninguna opinión? En esta ocasión la admonición venía de un menor preadolescente. Pero el verdadero drama de nuestro tiempo es la existencia de un número considerable de adultos que piensan y razonan igual que ese niño. Se creen los adalides del respeto. Te piden con voz engolada que te calles. Aparentan tratarte con consideración y deferencia. Pero solo son un trasunto del tirano, una versión más hipócrita.

Es curioso la cantidad de veces que te dicen: para qué discutir si no vamos a llegar a ningún acuerdo. Enfrentar las ideas es lo único que lleva a cambiar de opinión y evolucionar, pero no es lo único para lo que sirve la controversia. Más tarde, las disputas dialécticas también permiten reforzar las opiniones cuando éstas ya han encontrado un asidero sólido y no necesitan modificarse más. Además, el debate es lo único que puede demostrar el respeto que se procesa hacia los demás. Y por si esto fuera poco, está el mero hecho de discutir por amor al arte, para satisfacer el placer estético que nace de admirar los buenos argumentos. Cuando te digan que no merece la pena discutir, diles que entonces tampoco merece la pena vivir. Solo los muertos han perdido definitivamente la capacidad de hablar. El habla es la característica evolutiva que más ha impulsado el progreso humano. Y la discusión es sin duda su expresión más elevada. Solo nos convertimos en verdaderos humanos cuando comenzamos a hablar y construimos un lenguaje complejo. Y solo alcanzamos la civilización cuando aprendimos a discutir y respetar las opiniones ajenas, sin acallar a nadie.

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