La curva de Laffer, los beneficios de Xiaomi, y la ley de inercia de la masa keynesiana


Subir los impuestos a menudo disminuye la recaudación. Esto es lo que predice, a grandes rasgos, la curva de Laffer, una expresión matemática sencilla que, en palabras de su propio autor, entienden sus alumnos de primero, pero apenas comprenden los políticos: “Como profesor universitario, siempre intenté que mis estudiantes comprendiesen fácilmente todo lo que les explicaba. En mis clases introducía ejemplos de la vida cotidiana, anécdotas… La curva de Laffer, antes de ser la Curva de Laffer, era simplemente una de las curvas que presentaba durante mis lecciones. Con ese gráfico simplemente pretendía recordar a mis alumnos que subir impuestos no siempre genera los ingresos esperados. De hecho, en ocasiones se puede recaudar más con tasas más bajas. Mis alumnos lo entendían a la primera, pero los políticos… ¡Con ellos todo es mucho más complicado de lo que debería!”

Laffer solo está poniendo de manifiesto una obviedad. El sentido común nos dice que la bajada de impuestos favorece un escenario propicio para el crecimiento y la proliferación de nuevas empresas. En cambio, la presión fiscal ahoga el ahorro y la inversión privadas. Pongamos un ejemplo sencillo que entienda todo el mundo. En un campo de naranjos también hay que favorecer el crecimiento de los árboles para esperar una buena cosecha. Sin embargo, por lo general los políticos hacen todo lo contrario, esperan una buena cosecha aunque no sepan nada de cultivos. En lo único que son expertos es en matar a la gallina de los huevos de oro. Solo se ocupan de recaudar, hasta que todo queda esquilmado.

La curva de Laffer se puede aplicar también al sector privado. La empresa china Xiaomi ha obtenido en los últimos años una recaudación muy superior al resto de competidores. Para ello, solo ha tenido que seguir una política de reducción de ingresos por artículo. Al disminuir el margen de beneficio en todos sus productos, ha conseguido aumentar la demanda ciudadana, y el balance neto ha sido tremendamente positivo. Si el Estado rebajase el beneficio que obtiene por cada ciudadano reduciendo también los impuestos que le cobra, lograría incrementar los ingresos al propiciar un aumento del número de empresas que seguro proliferarían en ese caldo de cultivo, empresas que son a fin de cuentas las únicas entidades que llenan las arcas del gobierno. Esta sencilla regla de tres la entiende hasta un niño de cinco años. Pero continuamente es puesta en duda por los políticos, que solo saben retraer dinero del cliente (los contribuyentes) sin reparar en las necesidades monetarias y económicas que son requisito fundamental para la aparición de nuevas empresas y para la consecuente recaudación de una parte de sus beneficios.

En su mayoría, los políticos se suman alegres a la recolección de la naranja, pero ignoran todo el trabajo que hay detrás de esa acaparación final, el cultivo y cuidado de los árboles hasta que llegan a adultos. En cualquier caso, es el mismo problema que evidencia un gran número de personas. Es muy fácil gastar el dinero que otros han conseguido con esfuerzo, pero muy difícil producir los bienes y servicios que otros demandan.

El Keynesianismo es la constatación académica de un error masivo. El imaginario colectivo está plagado de este tipo de sofismas. Al poner por delante el consumo a la producción, se traslada el esfuerzo a los demás, se justifica la vagancia y la irresponsabilidad, se ponen las bases de una mala previsión, se altera el orden lógico de los sucesos, y se dinamitan las causas de la riqueza. Los ciudadanos parecen niños pequeños, pidiendo todo el rato juguetes nuevos que nadie puede fabricar, o rompiendo aquellos que ya se han producido. El keynesianismo ha intentado vestir de seriedad lo que solo es un montón de imbecilidades pueriles, y todo ello ha redundado en un problema mucho mayor. Ahora las universidades y los falansterios estatales se llenan también de imbéciles y de gente infantil. Todos reclaman derechos. Pero nadie conoce cómo se producen los bienes que nos dan derecho a hacer esas reclamaciones y que permiten acceder libremente a aquellos servicios que mejor cubran nuestras demandas.

El tramo descendente de la curva de Laffer no es otra cosa que la expresión matemática de la fuerza de inercia que arrastra a las masas a pensar que la ecuación de gasto que les propone el Estado, y que sufraga con altos impuestos, solo puede traer más beneficios a la economía. Todos creen  que el consumo por sí mismo estimulará la inversión. Keynes les ha contado esa filfa, y ellos se ven muy contentos. El paraíso ha llegado. La solución mágica ya está aquí. No hay que producir nada. Todo te lo dan hecho. La cigarra puede echarse a dormir. Solo hace falta gastar lo que otros han generado con antelación. El problema llega después, cuando ya no hay otros que produzcan y se acaban las reservas. Entonces el elíseo se viene abajo. Los niños crecen de golpe. Y el tramo descendente de la curva de Laffer (con niveles más altos de impuestos) se hace más patente y grave que nunca.

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