Youtubers, estatistas, y liberales: a vueltas con la democracia


 

Hace unos meses asistimos al enésimo resurgimiento del populismo, esta vez encarnado por algunos youtubers como Rubén Gisbert. También hace unos años Podemos alzó la voz en las calles para defender a las clases populares más desfavorecidas con la vana excusa de que un Estado fuerte garantizaría mucho mejor los derechos de los ciudadanos que lo que existía hasta entonces. Pero ahora la pelota parece que está en el otro tejado. Algunos youtubers están denunciando la escasez de democracia que rige en España. No les falta razón. Algunas de sus reivindicaciones son harto sensatas, por ejemplo, la separación de poderes o la eliminación de duplicidades administrativas. Sin embargo, aunque a primera vista parece que estuvieran largando un mensaje contrario al de Podemos, el uno estatista y el otro antioligárquico, la realidad de fondo es otra bien distinta. Ambas corrientes participan del mismo juego, se pasan la misma patata caliente, y proponen, para enfriarla, las mismas soluciones de fondo. 

Un trevijanista como Rubén Gisbert piensa que el origen de todos los problemas es que el pueblo no puede elegir a sus instituciones, o que estas no cumplen con las garantías que serían necesarias para convertirse en una verdadera democracia. En cambio, los liberales pensamos que el problema de fondo reside precisamente en el peligro que supone que alguien tenga capacidad para decidir lo que sea. Un trevijanista no acaba de entender que existen principios objetivos que están muy por encima de la decisión colectiva de cualquier grupo de humanos, ya sea que estos formen una oligarquía o una mayoría de ciudadanos. Sin embargo, el mensaje liberal pasa mucho más desapercibido entre la gente que cualquier arenga a favor del pueblo llano. En esto, los trevijanistas coinciden en su demagogia con el resto de populismos. 

El liberalismo también aboga para que la mayoría de la gente tenga herramientas suficientes para decidir sobre su vida. Pero utiliza un instrumento distinto. Al contrario que los populismos oligárquicos (estatistas), o que aquellos otros disfrazados de democracia, el liberal no centra el debate sobre el problema de dirimir qué grupo social tiene que decidir las reglas de juego. El liberal acude a la propia esencia de las decisiones, las cuales jamás pueden poner en riesgo los principios que amparan y protegen las elecciones particulares que hace cada persona en su día a día. No se cuestiona que la democracia sea una condición necesaria para que exista libertad. Se cuestiona que sea suficiente. Es por ello que el liberal antepone por encima de todo la libertad del individuo. Esta preferencia es la única medicina que puede curarnos de la demagogia, y prevenirnos de los populismos de toda laya. Desgraciadamente, los excipientes que dan consistencia al mensaje liberal son poco atractivos y dejan también un sabor agridulce en la boca de los enfermos. Resulta difícil defender una ley universal, aséptica e indecidible. Es más práctico utilizar un edulcorante que apele a las emociones de las mayorías y reivindique el voto unánime de la gente como única solución (democraticismo), o que emplee la figura del Estado para llevar el mensaje salvífico a todos los conversos que todavía hoy en día creen en alguna forma de poder colectivo: comunismo o socialismo. En cualquiera de los dos casos se está dando carta blanca a la mayoría para cambiar o derogar cualquier principio de ley, en un ejercicio de relativismo político bastante poco edificante. 

De todas maneras, resulta cuanto menos sorprendente que los trevijanistas recurran al pueblo para cambiar un gobierno que, sí está ahí, es precisamente porque lo ha elegido el pueblo en repetidas ocasiones. Al menos es tan absurdo como pensar que una oligarquía de izquierdistas va a luchar por los derechos de la gente cuando lo que siempre ha demostrado es un apetito voraz y una ignorancia infinita en materia de economía y relaciones humanas. Al menos el liberalismo, aunque es conocedor de lo difícil que resulta que su mensaje llegue a calar, defiende por encima de todo (y de todos) aquellos principios de la naturaleza que son de suyo incuestionables, los mismos que en otras áreas sirven para acabildar a los académicos en torno a la misma mesa de trabajo, la de una ciencia seria y acreditada. Todo lo que no sea esto es pura superchería barata, una justicia indígena, y un escarnio de masas.

Acerca de Eladio

Licenciado en biología. Profesor de instituto. Doctorando en economía.
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