Anatomía de la estulticia: los tontos se multiplican pero la estupidez no es infinita


La mayoría de la gente, como es inútil y no sabe producir nada nuevo, o no es capaz de emprender un negocio fecundo, piensa que la pobreza y la necesidad se solucionan interviniendo los precios, impidiendo el comercio voluntario o repartiendo los bienes producidos. No saben generar riqueza. En consecuencia no quieren producir, solo experimentan frustración y envidia, y solo conciben como alternativa posible la manipulación y la expropiación de los bienes ajenos, la adulteración, la rapacidad, o el parasitismo. Sin embargo, no hay otra solución para cubrir las necesidades de la gente que el aumento de la producción de bienes con alta demanda. Cualquier medida alternativa solo es un remedo fraudulento.

A esto tenemos que añadir que también se utiliza la necesidad (cualquiera que esta sea) como justificación para obligar a la gente a comportarse de determinada manera. No se promueve la producción real, aquella que cada uno puede ejercer sin problema. En cambio, se busca prohibir la prostitución, el vientre de alquiler o los contratos precarios, supuestamente para mejorar las condiciones de vida de las personas. Pero, en tanto en cuanto tu condición de inútil solo te permita tener un trabajo precario a tiempo parcial, si te quitan también esa posibilidad, y siendo que nadie puede sacarte de tu condición de imbécil (y que ese hurto te vuelve todavía más inepto), lo que se consigue con todas estas medidas antiproductivas es que ni siquiera puedas dedicarte a aquello poco para lo que vales. En consecuencia, la pobreza se agrava y las necesidades aumentan de forma exponencial.

Vivimos en un mundo lleno de inútiles y analfabetos, que se retroalimentan positivamente, incapaces de entender cuales son las causas de la riqueza, van dando tumbos por la vida, parcheando las dificultades, y agravando su situación. Como no saben producir, no quieren producir. Como no quieren producir, solo conciben como remedio a sus problemas el uso fraudulento de los bienes ajenos, las imposiciones, las regulaciones, y el socialismo. Y como son muchos y están convencidos de lo que piensan, y cada vez se hunden más en la miseria, el efecto retroactivo que esto tiene para la sociedad en su conjunto aboca a la misma a un ciclo permanente de explosiones de miseria seguidas de tímidas recuperaciones que nunca acaban de cuajar. Esta es la esencia de la historia humana. Avanzamos a regañadientes, a rebufo de aquellos pocos individuos que sí están capacitados para crear riqueza, pero lastrados por hordas de imbéciles, acumulando conocimientos, pero también destruyendo cada cierto tiempo una buena parte de lo conseguido.

Al fin y al cabo el mundo parece que sigue una línea ascendente. Y esto se debe también a otra faceta del estúpido: su hipocresía. A pesar de todo, la masa de gente acaba eligiendo aquello que le procura algún beneficio real. La selección natural impera por encima de todas las cosas. La estupidez no es infinita, como creía Einstein.  Solo decimos estupideces en la medida que podemos hacerlo, esto es, si las tonterías en las que creemos no nos llevan a la tumba. Se establece así un equilibrio entre lo que uno quiere hacer y lo que realmente puede hacer. Y es aquí donde hace acto de presencia la hipocresía, para salvar a la humanidad. La gente suele defender verdaderos dislates, pero luego no los aplican en sus vidas diarias. No son consecuentes con lo que creen porque saben (al menos inconscientemente) que ello les perjudicaría gravemente. Los que no siguen esta doctrina farisea, no suelen vivir para contarlo. Es por eso que el mundo avanza a trancas y barrancas, a pesar de todos los inconvenientes y obstáculos que el hombre pone en su camino una y otra vez. El mundo avanza aureolado por una masa ingente de tontos y majaderos. Así viene siendo desde siempre. Y así será siempre. Habitamos un planeta que se mueve desde tiempo inmemorial alrededor del Sol, impulsado por la fuerza de la gravedad y la fuerza centrífuga, y nos movemos dentro de él impelidos también por otras dos fuerzas contrapuestas: la estupidez y la hipocresía, creyendo mentiras pero obligados a vivir realidades.

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