Conversaciones con mi primo a la sombra de un árbol relativo


I

Las conversaciones que mantuve con mi primo este verano, durante los días que estuve alojado en el chalet de sus padres, resultaron muy gratas, y también bastante útiles. Pero no puede decirse que fueran sorprendentes: están precedidas por muchas otras iguales. Pocas personas hay con las que pueda discutir sobre temas que me apasionan durante tantas horas (escribí este artículo hace ya más de diez años; entonces todavía no conocía a ningún liberal de la Escuela Austriaca). 

La finca que administran mis tíos está ubicada en el municipio de Gata, un pueblote típico de la costa mediterránea, que reverbera bajo el sol del estío, con sus casas encaladas, a veces mal repartidas, a veces rodeadas de palmeras y cubiertas de jazmines, y siempre abiertas al turismo, con las calles repletitas de coches extranjeros y tiendas de suvenires. El entorno que rodea el pueblo es incomparable. Se sitúa en una zona privilegiada. Corresponde a esa parte del litoral alicantino que limita por el sur con los alcores yermos de Benidorm, y por el norte con las fértiles huertas que conforman la ribera valenciana, una zona que además se encuentra surcada de montañas relativamente altas, con una orografía compuesta de riscos escarpados y quebradas, cuyas imágenes enhiestas contrastan bellamente con la llanura infinita que ofrece la superficie del mar. El encuentro en la costa de esas geometrías tan distintas, vertical una y horizontal la otra, dibuja una línea de ensenadas y pequeñas calas a las que se llega por caminos y carreteras abruptas, que parecen que van a dar a una tierra inexplorada. No obstante, dicha sensación no dura mucho. Una vez llegamos a la arena, debemos ir esquivando las toallas, que se extienden hacinadas en el pequeño espacio que conforma la playita, los aullidos incontrolables de los niños, que acuden a la alarma de sus madres, el rumor constante que proviene de los chiringuitos, el sonido artificial de vasos y enseres domésticos, o el estrépitos de los vehículos, cuando aparcan al borde mismo de la arena, como si fueran enormes anfibios metálicos. Existen pocas calas inmunes, que no hayan sucumbido al acoso progresivo de los turistas. No obstante, con mucha frecuencia, si uno se aleja lo suficiente, acaba descubriendo rincones apartados bellísimos, que, en este caso, sí permiten percibir la sensación de ultramar, que seguro sintieron también los navegantes que arribaban por primera vez a un continente nuevo. 

Decidí visitar a mis tíos porque es eso lo que se suele hacer con la familia (de todas maneras, iba a pasar por Alicante de camino a la isla de Tabarca, donde había quedado en verme con unos amigos). Pero también y sobre todo porque mis tíos siempre han sido unos anfitriones excelentes (me agasajan con toda clase de productos endémicos: uvas moscatel, paellas, higos, pasas, vino). Además, existe una especie de reminiscencia infantil muy agradable que siempre justifica mis visitas, y que me sobreviene cuando transito por esas tierras tan hermosas. Tengo todavía fresco el recuerdo de mis primeras vacaciones, cuando mi padre aún tenía ganas de viajar y nos llevaba por toda la costa, desde Barcelona donde vivíamos, hasta llegar a la casita de su hermana, casi siempre de sorpresa, sin avisar, para comprobar la cara de alegría y embobamiento que se les quedaba a todos cuando nos veían aparecer. En aquellos años mi padre aún conservaba el gusto por lo imprevisible, y no denostaba esa frescura espontánea y desenfadada que tiene la vida. Desgraciadamente, con el tiempo se le ha ido agriando el carácter. Ahora manifiesta siempre un temperamento sobrio y adusto. Los años no pasan en balde. Mi padre ha llenado su existencia de rigideces, muestra casi siempre unas facciones sostenidas, defiende una moral kantiana, se impone unas costumbres ascéticas…, pero queda el recuerdo de aquellos años infantiles. 

Todos los motivos que acabo de referir habrían bastado por sí solos para visitar a mis tíos. Pero no voy a ocultar que existe uno más que siempre tengo presente, cada vez que voy a verles. Sé que me encontraré con mi primo, y que discutiremos durante horas sobre cuestiones que nos interesan a nosotros dos solos y a nadie más en la familia. Mis padres y los suyos suelen reprendernos si hablamos un poco más alto de lo normal, o si mantenemos enfrentamientos dialécticos que por lo general se prolongan durante toda la tarde. Muchas personas no entienden que se pueda discutir acaloradamente sin acabar malogrando la amistad. Normalmente, piensan esto porque ellos no son capaces. La gente tiene miedo de discutir; saben que acabarán enfadándose y que entonces la relación se enturbiará para siempre. Por tanto, optan por evitar las discusiones. Y a esa elusión la llaman respeto, para justificarse. Pero a mí me parece que el respeto es algo muy distinto. Se trata de aceptar la controversia sin alterar la relación. Lo otro no es respeto, es un silencio falaz e hipócrita que esconde la verdadera opinión, que se oculta para no molestar ni molestarse, porque no se respetaría.

Pero mi primo no es así. Encuentro en él una serie de cualidades que suelen escasear en los demás. Un conocimiento aceptable de las materias que aborda. Un interés por los temas más fundamentales y abstractos. La capacidad de discutir ciñéndose al asunto que se trata, sin entrar a valorar la posible inconveniencia de la discusión. Y una pasión igual que la mía, que a veces se desborda, y que le lleva a interrumpirme (lo cual comprendo y reconozco). Pero sobre todo, mi primo alberga una cualidad que es imprescindible para poder debatir y polemizar conmigo: está profundamente equivocado. Esto me da a mí la oportunidad de pulir y aquilatar las ideas, armando una defensa más cuidada, que contrarreste la calidad que tienen los ataques. Considero que mi primo es suficientemente inteligente, aunque esté a veces bastante desacertado. El error no está reñido con la inteligencia, y muchas veces se alimenta de ella. Existen grandes intelectuales que han defendido grandes estupideces. Miren sino a Sartre, cuya dialéctica y prosodia eran impecables, pero que estuvo toda la vida apoyando la misma causa que espolea a los comunistas de todas las épocas, y que le llevó a abrazar una ideología achicada basada en una creencia ilusoria y pueril, una utopía de tres al cuarto que ha llevado al cadalso a millones de personas en todo el mundo. Sartre era un hombre con una inteligencia superior a la media. Pero nadie jamás pudo convencerle de que la Unión Soviética era un hervidero de asesinos, que estaba destinada a ser el mejor ejemplo de estupidez y barbarie humanas. 

Mi primo está equivocado en todos los asuntos fundamentales que propone: siempre acaba en alguna forma de relativismo. Todavía recuerdo cómo me decía, las primeras veces que discutimos, recostados debajo de un árbol centenario y rotundo, de esos que son frecuentes en los climas benévolos de la franja mediterránea, que era imposible afirmar con total seguridad que tales árboles existían. Todo es producto de un concepto dado por el hombre, para servirle solo a él, me decía. Mi primo siempre ataca las clasificaciones, seguramente vea en ellas el intento del hombre por ordenar el pensamiento, al objeto de conocer y aprehender mejor la realidad. Mi primo dice que no se puede ver el árbol como un elemento perteneciente al conjunto de todos los árboles, y que la idea que nos hacemos de esas clasificaciones es fruto de un afán arrogante, profundamente arbitrario, empecinado en etiquetar todas las cosas que vemos. Los últimos años me he dado cuenta de que ya no defiende el relativismo de forma tan clara. 

Últimamente (igual me equivoco) noto en él un cariz más realista. Ya no le gusta tanto que le llamen relativista. Recuerdo que al principio aceptaba con mayor honor ese epíteto. Pero un análisis más profundo deja entrever en sus palabras el mismo gusto innato por esta ideología informe, que nunca ha dejado de defender del todo. Mi primo sigue empeñado en afear esa costumbre que yo tengo de definir y etiquetar todas las cosas, como si eso fuera un hábito insano y presumido, como si todo el conocimiento no consistiera en otra cosa que en un mero ejercicio de inventarios, como si la ciencia, que nos ha provisto de tantas cosas, no estuviese basada en esa obra clasificatoria que luego permite hablar de los fenómenos y discutir las leyes que los provocan, como si antes que Darwin no hubiera existido Linneo, que clasificó a todos los seres vivos y permitió que el propio Darwin supiese a qué atenerse cuando describía las prácticas dispares que observaba en los distintos grupos de animales. Sin taxonomía, no hay ciencia; no hay nada. 

Pero mi primo es relativista. Odia las clasificaciones en la medida en que son la manifestación más clara del ordenamiento objetivo que siempre han perseguido los hombres de ciencia. Su elaboración prueba que la realidad presenta unos patrones definidos, al alcance de la inteligencia humana. Los relativistas están en contra de cualquier certeza aparente. El relativismo de mi primo no se ensaña solo con la taxonomía. Su ataque es general, impugna todas las ciencias. Esto me da la opción de elaborar también una defensa general. Este artículo pretende resumir las controversias que nos mantuvieron entretenidos las pasadas vacaciones. La temática que abordamos fue muy extensa. Por tanto, me siento obligado a considerar todas las disciplinas que existen. Con este objeto, me voy a referir a las tres grandes materias que, desde mi humilde punto de vista, acaparan todo el conocimiento que es posible consignar: la Epistemología, la Metafísica, y la Física. Defenderé la objetividad que albergan las enseñanzas que nos proponen esas disciplinas. Y al mismo tiempo iré desgranando las ideas que expuso mi primo en relación a cada una de ellas.

 

II

La epistemología es la rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es el conocimiento. La epistemología, como teoría del conocimiento, se ocupa de problemas que tienen que ver con las circunstancias históricas, psicológicas y sociales que llevan a la obtención de la información, y los criterios por los cuales dicha información se justifica o invalida, así como la definición clara y precisa de los conceptos epistémicos más usuales, tales como verdad, objetividad, realidad o creencia. Sin duda, la epistemología aborda cuestiones realmente esenciales, necesarias para acometer cualquier empresa intelectual. La metafísica es otra disciplina de la filosofía que también trata asuntos cardinales. En su caso, estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad. Trata aquellas cuestiones o cualidades de la naturaleza que son necesarias para la existencia de cualquier cosa y que por tanto no necesitan ser demostradas o ponderadas. Finalmente, la física sería el estudio y la consecuente acumulación de todo ese conocimiento más detallado que no se compone de principios realmente fundamentales. También estaría compuesta por principios, pero estos no dependerían de verdades necesarias e imprescindibles, y por tanto requerirían algún tipo de demostración. Suele llamarse física a la rama que estudia las propiedades y el comportamiento de la energía y la materia, como también cualquier cambio en ellas que no altere su naturaleza, así como el tiempo y el espacio, y las interacciones entre todos estos conceptos. Pero esta definición es demasiado estricta, se refiere solo a algunas de las cosas que podemos medir. En cambio, la definición que yo pretendo usar aquí es más extensa, comprende todas las ciencias experimentales, diferentes de esas otras que no requieren ningún tipo de demostración. Mi intención es oponer la física a la metafísica y elaborar así una clasificación general que abarque todo el conocimiento, basada en las tres disciplinas que he anunciado más arriba. En este sentido, llamo física al estudio propiamente científico, que trata todos los fenómenos físicos que se manifiestan con relativa claridad y que pueden ser objeto de análisis, a través de una serie de comprobaciones muy exhaustivas, que utilizan el método científico. 

La epistemología trata de los métodos para conseguir el conocimiento. La metafísica y la física describen ese conocimiento, y se diferencian entre ellas porque la primera analiza verdades incuestionables, apriorísticas, mientras que la segunda desvela verdades contingentes, que por tanto son refutables, podrían ser de otra manera, y necesitan ser comprobadas (se obtienen a posteriori, después de un análisis exhaustivo). 

Los científicos, y la mayoría de intelectuales, debido tal vez a una profunda deformación profesional, hartos de comprobaciones y acostumbrados a asumir un papel que requiere un laborioso trabajo de investigación, fundado en experimentos repetibles, asépticos, pormenorizados, necesarios en cualquier caso, no suelen dar crédito a ese otro conocimiento, metafísico, que no necesita laboratorios y que es producto únicamente del pensamiento humano. De esta forma, siempre han denigrado la filosofía, creyendo que la metafísica supone la aceptación de unas ideas falsas, que recogen todas esas creencias del pasado y del presente fundadas en supersticiones abstrusas y desiderativas, que en ningún caso se someten al diagnóstico y al filtro del método científico. No se dan cuenta que las creencias incontestables, aquellas que dicen no requerir ninguna demostración factual, pueden tener dos orígenes distintos. Efectivamente, pueden ser producto de una fe, una cerrazón y una ignorancia absolutas, y entonces serán completamente falsas. Pero también pueden ser producto de una evidencia sustancial, apoyada en una cualidad de la naturaleza indubitable, necesaria para que exista cualquier cosa, y entonces serán completamente ciertas. Aunque esta metafísica verdadera tenga cierto parecido con esa otra basada en la fe y la revelación, ya que las dos aseguran no necesitar a los científicos experimentales, no se puede deducir que son exactamente lo mismo, y denigrar una por los mismos motivos que se rechaza la otra. Esto lo hacen los científicos, en un arrebato de celos, porque no soportan que los filósofos lleguen a conclusiones más profundas sin esforzarse como lo hacen ellos, usando solo el pensamiento. Sin embargo, deberían hacer caso de las palabras que dijo en una ocasión Ludwig von Mises: “no se dan cuenta de que la percepción es más que la sola aprehensión sensitiva, que es un acto intelectual de la mente humana”.

El acto de conocer, fundamento de todo proceso intelectivo, exige siempre una primera observación accesible a través de los sentidos, y espontánea. Tenemos que tener constancia del mundo, de algún tipo de realidad, para ser conscientes de que existe la necesidad de buscar. Solo así estaremos en disposición de elaborar a continuación un plan de estudio efectivo. La epistemología es el primer paso serio y concienzudo hacia la obtención de ese conocimiento que deseamos. Ahora bien, existe también un conocimiento abstracto, que surge de la mera especulación, y que no requiere de la erística que la ciencia utiliza con el objeto de demostrar cómo funcionan las cosas. A este tipo de conocimiento lo llamamos conocimiento metafísico o filosófico, y también deviene espontáneamente. Esto, a los científicos que deben elaborar toda una serie de medidas de control, muy necesarias para alumbrar los descubrimientos que se dan en el ámbito de las ciencias experimentales, les resulta difícil de comprender, y suelen denigrar la filosofía por lo mismo que denigran las creencias que profesa el fideísmo, basadas en una idea inicial igualmente indemostrable.

Cuando aceptamos el método de estudio más apropiado (mediante análisis epistemológico), debemos también aceptar unos principios fundamentales e irrefutables (metafísicos), y abordar a continuación el estudio de ese otro conocimiento que compone la ternada y que, al ser menos fundamental, es más arbitrario y requiere una serie de comprobaciones exhaustivas (este tercer tipo de conocimiento nos lo aporta la física, entendiendo por ésta la propia física, pero también todas las otras ramas experimentales: la química, la biología, la sociología, la economía, etc.) Considero muy propicio dividir el conocimiento en esos tres tipos principales, incluyendo la filosofía, a pesar de lo que digan o quieran los propios científicos, que únicamente vanaglorian sus métodos de análisis, ignorando la existencia de otras formas de conocimiento. Todo parte de un acto intelectivo, que primero debe asentarse en una metodología concreta (epistemología), y que puede progresar de dos maneras, de forma meramente especulativa (metafísica), utilizando el único instrumento que nos es dado de antemano: la mente, o mediante toda una serie de aperos experimentales que permitan ir describiendo los detalles concretos que componen el mundo que nos rodea (física).

Las controversias que dinamitaron el tiempo de mi primo y el mío, durante las pasadas vacaciones, versaron sobre temas de índole muy diversa. Por eso creo conveniente resumir y ordenar los asuntos de esas discusiones apelando a las tres ramas principales del conocimiento, que me he encargado de detallar más arriba. En cada una de ellas mi primo defiende una postura esencialmente relativista. Sospecho que no se encuentra demasiado a gusto con esta etiqueta que yo le asigno. Sin embargo, es indudable que esta pose suya constituye el aliciente que desencadena todas las polémicas que tenemos, ya que yo siempre me he considerado un realista empedernido y un enemigo acérrimo del relativismo en todas sus versiones: cultural, praxeológica, religiosa, etc.

En primer lugar, voy a referirme a la epistemología, es decir, a los métodos que permiten alcanzar el conocimiento. Mi primo defiende claramente la idea de que la religión y la ciencia son la misma cosa, que da igual una que otra, al menos en lo que respecta a las cualidades más fundamentales. Como buen relativista que es, se niega a aceptar cualquier diferencia esencial. Según me dice, el poder del método científico es relativo, y siempre se basa en convenciones sociales que nunca podrán desvelar el auténtico entramado de la realidad. No digo que mi primo acepte que la ciencia es lo mismo que la religión. Él refiere algunas diferencias que le sirven para rehuir momentaneamente la acusación que yo le hago, al exigirle que me aclare esa actitud absurda y estéril que adopta en todos los debates, empeñada en negar continuamente la verdad, diciendo que todas las afirmaciones son iguales y están expuestas a las mismas incertidumbres. Tampoco estoy diciendo que mi primo se niegue a aceptar ciertas verdades. Lo que digo es que estas pequeñas diferencias que él sí conviene en admitir le sirven para ocultar una defensa del relativismo que va más allá de lo que yo puedo considerar aceptable (yo soy consciente de que el conocimiento científico también tiene límites y que la subjetividad se impone en determinados casos, pero no hasta el extremo de negar la diferencia esencial entre dos aprehensiones tan distintas: la religión y la ciencia, supersticiosa una e ilustrada la otra). 

Mi primo afirma que la religión, así como la ciencia, aspiran a encontrar un conocimiento determinado, y que el acicate que mueve dicha búsqueda está basado en lo mismo: el miedo y la inseguridad que produce la vida. Yo le contesto que esto es verdad para la religión y para toda las creencias espurias que inventan una realidad agradable, que siempre se amolda a las necesidades y los deseos de la mayoría de hombres, pero no puede ser cierto en el caso de la ciencia, la cual trata de evitar esas creencias agradables elaborando un método que pretende columbrar la verdad, independientemente de lo dura o inaccesible que ésta se pueda mostrar. Si no, ¿a qué viene tanto cuidado, tantas pruebas y tanto análisis? No nos preocuparíamos si no hubiera que desterrar todas esas creencias iniciales, que alimentan nuestros gustos y nuestros deseos. La esencia que está detrás del método científico, su razón de ser, todas las herramientas que implementa (la reproducción del experimento, los falsos negativos, las condiciones asépticas), así como las conclusiones a las que llega (que nunca han sido del agrado de la gente), tienen el claro objetivo de desterrar cualquier prejuicio y guiarse únicamente por la necesidad de encontrar una evidencia objetiva, descartando esas otras necesidades que tienen un carácter desiderativo. Pero mi primo se empeña afirmar que no existen diferencias esenciales entre la religión y la ciencia. Con ello está demostrando que no entiende en qué consiste la ciencia. Sigue obcecado en defender que la búsqueda científica surge también como consecuencia del miedo que nos produce la vida. Intenta transmitir la idea, muy extendida entre los relativistas más acérrimos, de que todo el conocimiento que alcanzamos es producto de una necesidad ilusoria y subjetiva, creada para agradarnos únicamente a nosotros, y que no hay manera de escapar a ella. 

Con relación a la metafísica, mi primo es de esos que no le dan crédito alguno, igual que la mayoría de científicos, los cuales aceptan únicamente aquellos hechos que han sido demostrados mediante experimentación, en un ejercicio de arrogancia que a mi me parece muy poco aconsejable. Mi primo piensa que los apriorismos de la metafísica, al no basarse en ningún otro principio, son entidades absolutamente arbitrarias, producto también de convenciones sociales. No se da cuenta de que los fundamentos necesarios que componen esos apriorismos, verdaderos, son los más esenciales de todos, que están basados en unas necesidades omnímodas que hace que no requieran ninguna prueba y tampoco ningún otro fundamento más esencial. Si una cualidad es necesaria para que existan todas las cosas, no es necesario demostrarla con experimentos, y por supuesto tampoco puede decirse que sea arbitraria. No es necesario demostrar que el universo tiene que tener algún tipo de regularidad. Si no fuera así, no existiría el universo, o todo se habría desmoronado hace tiempo. La ciencia que practican los experimentalistas está llena de arbitrismos que es necesario resolver, porque el universo bien podría ser de otra manera (con otras fuerzas físicas y otras partículas). Por eso existe el método científico. Pero la metafísica es distinta. Aquí la evidencia va implícita en el propio hecho de existir, porque las cuestiones que se tratan no pueden ser diferentes. 

Mi primo piensa que una teoría irrefutable (o indemostrada) siempre será una teoría defectuosa, y que estas cualidades jamás podrán promover una virtud intelectual. Se equivoca. Igualmente hacen muchos científicos, cuyo celo profesional impide que aprecien otras formas de conocimiento que no sean aquellas que ellos acumulan, y que siempre les exigen la elaboración de una batería de pruebas. Mi primo también comparte este error con los relativistas, que no conciben ninguna seguridad y que siempre acaban abrazando el anarquismo solo para estar a salvo de cualquier doctrina. No se dan cuenta de que las doctrinas no son malas por sí solas. Para ser malas tienen que estar equivocadas. Si no existieran doctrinas tampoco existiría el mundo. El mundo debe tener un funcionamiento fijo, que cuando se desentraña solo puede tomar la forma de doctrina. Y existen algunas particularidades de ese funcionamiento sin las cuales ningún mundo podría existir, que por tanto no es necesario demostrar, y cuya aseveración no se puede comparar con las certezas insostenibles que defienden todos los que creen en los milagros que vienen recogidos en los libros sagrados, o con ese otro comportamiento cerril que no atiende a explicaciones. La intransigencia, como cualquier cualidad referida a un sujeto, como la propia irrefutabilidad o las visiones doctrinarias, necesita siempre una aclaración. En sí mismas, no son malas ni buenas; depende de qué sea lo que estemos dispuestos a salvaguardar. Si estamos dispuestos a proteger la vida, o si defendemos ideas verdaderas, la intransigencia, la seguridad, o las doctrinas que afianzan esas ideas ciertas, siempre serán virtudes importantísimas. 

 

III

Finalmente, el último día que estuve en la casa de mis tíos, surgió entre mi primo y yo un tema de conversación que resulta incómodo incluso para nosotros: el nacionalismo. Ya he hablado de la epistemología y la metafísica, y he denunciado el modo particular que tiene mi primo de abordar estas materias, que es el mismo que tienen todos los relativistas. Pero ahora quiero detenerme en el tercer tipo de conocimiento: la física. En este sentido, las políticas nacionalistas me ofrecen la oportunidad de tratar también esta materia, y al mismo tiempo criticar otra vez esas posiciones sesgadas que acusan todos los movimientos que sustancian y enfatizan el relativismo. 

La política es una ciencia que se enmarca dentro del tercer tipo de disciplinas que he descrito más arriba (la física), las cuales abarcarían todo el conocimiento que se obtiene mediante experimentación. La política es una ciencia práctica, porque se practica con asiduidad. También es una ciencia experimental: todos los días experimentamos sus efectos. Y a la vez es una ciencia que trata asuntos contingentes, que siempre requieren algún tipo de demostración o matización a posteriori. Sin embargo, esto no quiere decir que solo debamos tener en cuenta los experimentos. Evidentemente, cualquier disciplina práctica tiene que estar basada también en una serie de presupuestos metafísicos, si quiere albergar alguna solidez, y a su vez tiene que usar los recursos que se emplean en el análisis epistemológico. Además, la política nunca va a ser una ciencia puramente experimental, porque su objeto de estudio es un sistema absolutamente complejo: el ordenamiento social, cuyas variables son imposibles de controlar y predecir con exactitud. Pero esto no quiere decir que no se puedan implementar diversos registros y pruebas: el estudio de la historia deja clara constancia de cuáles han sido los peores regímenes. Además, las ciencias físicas, como yo las he definido, abarcan todas aquellas ramas del conocimiento que tratan fenómenos observables, independientemente del grado de precisión que puedan alcanzar estas observaciones. También son las ciencias encargadas de analizar y describir los detalles concretos y las particularidades que caracterizan el mundo que habitamos, al margen de los principios necesarios que siempre son los mismos. Es decir, son ciencias que analizan hechos contingentes, que pueden tomar diversas formas, y que por tanto siempre será necesario demostrar. Y no hay duda de que la política encaja perfectamente dentro de este tipo de descripciones. La política trata de analizar un sistema físico, la sociedad, que es el más arbitrario y complejo de todos, que ha venido tomando multitud de formas, y que aún deberá tomar muchas más. La política es una ciencia física.

La teoría y la práctica (la metafísica y la física) siempre deben ir de la mano, en cualquier estudio que hagamos. Cuando describimos una teoría fundamental tenemos que derivar de ella todos los casos prácticos que podamos, porque eso es precisamente lo que pone a prueba su cualidad fundamental. Igualmente, cuando analizamos los hechos contingentes estamos obligados a basarnos en algunas ideas irrefutables. Cuando digo que la política es una ciencia práctica no estoy diciendo que no deba contemplar ciertos principios necesarios. Por lo mismo, tampoco afirmo que los experimentos que lleva a cabo esa ciencia tengan que obtener un conocimiento completo del objeto que se trata de analizar. Quiero dejar claro esto porque los relativistas siempre utilizan esas contingencias y esas incertidumbres para intentar demostrar que las cosas pueden ser de muy diversas maneras, sin percatarse de que todas esas alternativas y posibilidades deben basarse siempre en algún principio fundamental, a partir del cual todas se deriven. Igualmente, tampoco se percatan de que no es necesario alcanzar un conocimiento perfecto de todo para estar seguro de las cosas. Aunque no se conozcan los detalles, los principios siempre se mantienen fijos y claros; siempre serán los mismos. Aunque no sepamos con exactitud qué deriva puede tomar la sociedad, y cuáles van a ser los descubrimientos que cambiarán nuestras vidas, sabemos que avanzaremos más rápido y mejor en la medida en que respetemos ciertas leyes generales y permitimos que los individuos que constituyen esa sociedad puedan trabajar en condiciones favorables. Para los liberales esas condiciones favorables vienen determinadas por la libertad. El Estado debe abstenerse de intervenir. No debería prefijar un camino concreto (con subvenciones que favorecen determinados desempeños), y tampoco impedir que los ciudadanos sigan el curso que ellos deciden (con impuestos que gravan sus acciones). La libertad es un principio fundamental, y su verosimilitud no depende de ninguna demostración detallada.

El mayor enfrentamiento con mi primo siempre gira en torno a las ciencias que tocan más de cerca al hombre: la política, la economía, la ética. Aquí es donde más se agrava su pensamiento relativista. Mi primo está a favor de esas doctrinas nacionalistas arraigadas en las zonas rurales (el padre de mi primo es oriundo de Gata, un pueblito del norte de Alicante que, a pesar de enmarcarse a pocos kilómetros de la costa, en las zonas más turísticas de la región, sigue conservando ese aire provinciano que tienen todos los pueblos), y en algunas localidades de España, que consideran conveniente emprender una inmersión cultural radical, aleccionando y adoctrinando a la ciudadanía, inculcando una serie de ideas subversivas y una patriotería barata que asegura que existen distintas clases de regiones, algunas con una historia más importante, tan distinta que merece una categoría a parte. Los separatistas son los encargados de materializar estas diferencias; desean crear una nación independiente, como si el mero establecimiento de la misma ya pudiera remediar todos sus males, que siempre achacan al país del que forman parte y que consideran invasor. Una ideología basada en una afirmación de este tipo nunca puede asumir los principios correctos que tendrían que corregir los defectos de un pueblo o de un gobierno determinado. Si lo más importante es que se gobiernen ellos solos, y si los causantes de los problemas siempre son los demás y ellos no tienen la culpa de nada, todas esas ideas solo pueden derivar en una cosa: el establecimiento de un régimen arrogante que facilite el ascenso de aquellos líderes que demuestren una petulancia y una estrechez mayores. Eso es lo que defiende cualquier nacionalista que apoye el derecho de autodeterminación, anteponiéndolo a todos los demás, prefiriendo las decisiones arbitrarias de los ciudadanos de una determinada región (estas decisiones sí son arbitrarias, y no los axiomas que critica mi primo por la misma razón), en vez de fijar los objetivos en la construcción de una nación más grande, donde poder implementar las ideas verdaderas, y en la que la legislación defienda a todos los individuos por igual y no se limite a complacer únicamente el gusto de algunos de ellos, del colectivo chovinista, de las minorías recelosas, o de una mayoría de enajenados. 

Mi primo afirma que el sentimiento más importante es el sentimiento de pertenencia, el sentimiento identitario que hace que te identifiques con un pueblo y una historia determinada. Esta ha sido siempre la argucia que han utilizado todos los tiranos cuando han intentado instaurar un régimen totalitario. Los pogromos siempre seleccionan a aquellos individuos que, según el pensamiento del líder, poseen unos sentimientos acordes con los destinos de la patria. Yo le digo a mi primo que las cosas más importantes no pueden basarse en una defensa que prima un sentimiento particular, sino en una que brinda la posibilidad de que las personas expresen el sentimiento que quieran, independientemente de lo que cada uno pueda considerar como sentimiento fundamental. Los sentimientos siempre han sido exacerbados desde el poder; en eso consiste la demagogia. Los líderes apelan a los sentimientos porque saben que el ser humano es fácil de convencer cuando se le invita a sentir algo. El sentimiento patriótico, de pertenencia, es uno de los afectos más arraigados que existen. El odio al extraño, al extranjero, y la exaltación de todo lo que tenga que ver con la familia o con el clan al que uno pertenece, es uno de los sentimientos más primitivos, y siempre ha sido el motor de todas las guerras, desde las primeras tribus nómadas a las naciones y los pueblos que se asentaron luego en determinadas partes del mundo. El sentimiento nacionalista prende con una simple chispa, y produce unas llamaradas enormes. Esto lo saben todos los líderes, y por eso alientan a las masas para que reivindiquen su derecho de autodeterminación. El régimen que disfruta el dirigente político depende de esto. Cuantos más países y gobiernos existan, más nichos habrá para que esa caterva de líderes, que está esperando una oportunidad, salte a la palestra y elabore un estatuto nuevo que satisfaga sus aspiraciones presidenciales. Existe un claro interés en esa arenga que hacen los líderes, alentando a las masas para que reivindiquen una patria nueva. Saben que este tipo de discursos darán lugar a muchos recelos y promoverán la división de los ciudadanos, y que ellos podrán encabezar entonces los gobiernos que surjan de estas escisiones, y establecer las normas que quieran los diversos grupos, las cuales no se basarán nunca en unos principios auténticamente generales. 

Mi primo es un relativista cultural a ultranza. No quiere un gobierno general, basado en unas leyes auténticas. Él solo quiere que existan todos los gobiernos que consigan segregarse. Luego ya habrá tiempo de establecer el marco legislativo correcto, y en todo caso no existe un marco legislativo único. En cambio, yo procedo al revés, asegurando primero un marco general correcto, y viendo luego qué diferencias legislativas pueden adoptarse en cada uno de los casos. 

Si todas las regiones que lo decidan pueden establecerse como nación, con tal de que haya un grupo mayoritario de ciudadanos que vote a favor de esta medida, hay que reconocer también que existen muchos marcos legislativos igualmente válidos. Si lo más importante es que los países se dividan y que los grupos de ciudadanos que así lo decidan puedan segregarse e instaurar una nueva nación, importa menos el tipo de nación que acaben constituyendo. Esto da pie a que cualquier tiranía pueda considerarse legítima, con tal de que ostente el poder en una región concreta del planeta.

Quiero que el lector se dé cuenta que existen dos tipos de problemas. No solo está el problema que surge a la hora de elaborar un marco legislativo concreto. También hay una cuestión previa. Antes hay que decidir si queremos que exista un marco legislativo, que sea el mismo para todos. Mi primo se equivoca a la hora de abordar esos dos problemas. En medio de la conversación, siempre quiere saber cuáles son las leyes que yo defiendo, para decirme a continuación que pueden ser (las mías) unas normas falsas, muy distintas de las que puedan considerar otros, a los que también habría que respetar (el relativismo consiste en un respeto desmedido hacia todo el mundo, incompatible con ese otro respeto a la verdad que solo puede honrar determinadas ideas, aquellas que son ciertas). Esta afirmación entraña dos acusaciones: 1- mis leyes son falsas, y 2- mis leyes son hegemónicas y no respetan a las otras. Estas acusaciones de mi primo se corresponden con esos dos problemas que acabo de referir: la elaboración de un marco legislativo correcto, y la decisión que debería evaluar la necesidad de un marco común, igual para todos. Analicemos cada una por separado.

1- Las leyes son falsas. Esta acusación de mi primo no tiene ningún fundamento real y está basada sólo en prejuicios suyos. Yo defiendo unas leyes diferentes a todas las demás, que tal vez por eso no se entienden bien. Son leyes que protegen la libertad individual, y por tanto nunca pueden estar equivocadas, ya que no pretenden establecer unas normas de conducta concretas, y únicamente dejan que las establezcan todos los individuos, con sus actos diarios. Cuando las leyes solo protegen la libertad, los ciudadanos acaban siendo los únicos responsables de las equivocaciones que se puedan cometer. Además, mis leyes están basadas en normas que no nacen para alentar la segregación, y que por tanto no intentan enfatizar los atributos de un pueblo en particular, sino que defienden los derechos que asisten a todos los individuos, por el mero hecho de existir. Mi primo no lo entiende esto, y por eso desea saber qué leyes defiendo yo, y cuando le digo que no defiendo ninguna virtud en particular, que mis leyes no pretenden fomentar ninguna aptitud, más allá del propio respeto que sirve para permitir que la gente se exprese y viva de la manera que quiera, mi primo dice que eso no son leyes ni son nada. 

2- Las leyes son hegemónicas. Mi primo también desea saber cuáles son las leyes concretas que yo defiendo para poder así achacarme una actitud totalitaria. Él piensa que la única forma de no caer en esos excesos totalitarios pasa por no defender de forma clara ninguna ley. Hay que aceptar el derecho de cada pueblo a decidir las leyes que quiera, ya que es imposible determinar cuáles serán mejores. Sin embargo, me resulta difícil entender que una defensa de algo no deba implicar algún tipo de convencimiento. Y cuando estamos convencidos de una cosa, no entiendo que no queramos también que tenga una aplicación general. Las ideas generales no son malas porque sean generales, sino porque son falsas. Si dudamos de la doctrina que queremos avalar, al menos tenemos que reconocer que existen algunas normas verdaderas que deberían poder aplicarse en cualquier caso, para lo cual no podemos defender la segregación de los países bajo cualquier circunstancia.  

Pero mi primo niega también este supuesto: el marco común. Con la misma fuerza, niega cualquier acusación que le haga quedar a él como un relativista carente de principios, aunque luego aplique ese relativismo en todas las esferas del conocimiento. Igualmente, mi primo niega que su visión sea la misma que tienen todos los totalitarismos, aunque luego defienda ese arbitrismo que abre la puerta a cualquier forma de política. Por el contrario, afirma que siempre tiene en cuenta al individuo. Mi primo dice que es liberal, y que defiende el individualismo. Esto resulta tremendamente sorprendente, viniendo de una persona con esas ideas. No consigo hacerle entrar en razón. No logro que vea la contradicción en la que incurre con su razonamiento. O se defiende al individuo y se pretende construir una nación que proteja esta entidad, cuanto más grande mejor (ya que así un mayor número de individuos serán defendidos), o se quiere favorecer a determinados colectivos, ya sean regionales, laborales, etc…, y entonces no se puede defender a todos los individuos. Mi primo dice que él defiende al individuo porque protege su derecho a decidir el gobierno que quiere, y a no estar obligado a obedecer unas leyes concretas y generales. Dice que el derecho de autodeterminación es la garantía para que los individuos puedan librarse de la tiranía y el absolutismo, que siempre intentará impedir cualquier disidencia. Esto sería cierto en el caso de que esa tiranía existiese, o si el derecho de autodeterminación no fuera reivindicado en cualquier circunstancia. Pero los nacionalistas consideran que este derecho es una condición suficiente, y que cualquier pueblo puede decidir en las urnas si quiere erigirse o no como nación. Es indudable que este pensamiento también animará a todos aquellos que quieran separarse para constituir una nación dictatorial. Por tanto, ese tipo de reivindicaciones no pueden suponer la base de ninguna defensa de los individuos (del hecho individual). Más bien están defendiendo a un tipo de individuo muy concreto: aquel que quiere dictar y promover las leyes que él decida en cada uno de los casos. 

Mi primo defiende la tiranía. Cuando uno defiende el hecho individual, y considera que lo más importante es que existan cuantos más individuos mejor, no defiende que algunos de estos individuos puedan segregarse y dividirse, porque las leyes tienen que proteger y garantizar la libertad de todos. El carácter general de la ley es la garantía del auténtico individualismo, aquel que protege a muchos más individuos y que hace hincapié en la importancia de esa égida absoluta. En cambio, si lo que se defiende es que existan regiones que se puedan constituir como Estados independientes, bloques de colectivos donde la libertad esté secuestrada por algunos hombres, que serán libres de elaborar una constitución propia, no se está defendiendo la individualidad y la libertad, sino a determinados individuos y grupos. Si se defiende determinado sentimiento (chovinista), no se defienden los sentimientos de todos, solo los de aquellos que suelen querer que todos sintamos lo mismo que ellos. Es conveniente no confundir estas dos defensas del individuo y de la libertad, porque son exactamente lo contrario. 

Mi primo sigue esa tradición platónica que siempre ha creído que lo más importante es encontrar un dirigente que presente una serie de virtudes muy concretas. En los diálogos que componen Las Leyes, Platón habla por boca del extranjero ateniense (Cicerón, en el primer libro de sus Leyes, dice que el extranjero ateniense es el mismo Platón) y afirma lo siguiente: “¿A qué conduce todo este razonamiento y que nos proponemos probar con él, sino que todo legislador un poco hábil, y sobre todo el de Creta, instruido como estaba por Júpiter mismo, no se propone otro objeto que la más acrisolada virtud, la cual, según Teognis, no es otra que una fidelidad a una prueba en circunstancias difíciles, fidelidad que se puede llamar con razón justicia perfecta?”. Toda la filosofía política de Platón pretende encontrar esas virtudes en función de las cuales el dirigente será capaz de obrar con suma diligencia. La filosofía política de Platón obtuvo eco en el maquiavelismo y en las ideas posteriores de Hobbes, que también buscaron esas virtudes. No fue hasta el periodo de los escolásticos españoles, y posteriormente con Locke y Hume, cuando se empiezan a cuestionar las ideas de Platón y Maquiavelo, y con ellas la idea del virtuosismo que debía caracterizar a los buenos gobernantes. Locke establece las bases para un estado de derecho que proteja al individuo frente al gobernante. Antes que él, Juan de Mariana había defendido el regicidio en aquellos casos en los que corriera peligro la vida de los ciudadanos. Estas actitudes filosóficas marcan un punto de inflexión en el pensamiento político, y separan dos concepciones muy distintas, que tienen arraigo en dos momentos de la historia muy diferentes. El maquiavelismo consideraba esencial ofrecer al príncipe una serie de argucias y fórmulas que le permitieran mantenerse en el poder el máximo tiempo posible, unas virtudes que debían seguirse a rajatabla, a pesar del sufrimiento que pudieran desencadenar en los ciudadanos. Pero los padres del Estado moderno vieron más importante garantizar la protección de esos ciudadanos, frente a los excesos que pudieran cometer sus dirigentes. De esta manera, inauguraron el periodo moderno de la ciencia política, que tiene al individuo como principio fundamental.   

Cuando uno se fija en unos sentimientos o unas virtudes concretas, no está defendiendo a los individuos, que siempre son diversos. Y cuando las virtudes que se defienden acentúan el carácter del líder, tampoco se salvaguarda la libertad de los ciudadanos. Si pretendemos adiestrar al gobernante, al objeto de conseguir que sea un líder idóneo, cometemos un error muy peligroso: confiamos en la infalibilidad del hombre. Los anarquistas creen en la infalibilidad de todos los individuos; por eso les dejan hacer. Luego están los demócratas, que creen en la infalibilidad de las mayorías, por eso confían en cualquier dirigente que salga elegido de las urnas. Y finalmente están los totalitarios, los platónicos o los maquiavélicos, que creen en la infalibilidad de un único individuo. Todos están equivocados: la infalibilidad está basada en un presupuesto falso. El único sistema que no incurre en este error, que no muestra esa arrogancia, que no fija de antemano unas virtudes concretas, que no señala cuales habrán de ser los mejores gobernantes o vendedores de ideas, y que asume de forma natural la falibilidad del ser humano, es el sistema capitalista, que permite la competencia, a sabiendas de que habrá muchos que no conseguirán tener éxito, al no aportar nada beneficioso a la sociedad. El capitalismo es un sistema de competencia que selecciona sólo aquellos trabajos que demuestran realmente alguna valía. El capitalismo promueve este mecanismo de selección, y para ello establece un marco normativo que se funda en la importancia del hecho individual. Son necesarios muchos individuos para asegurar ese mecanismo, para permitir la competencia y para conseguir que algunos de ellos descollen, obteniendo un éxito que acabe beneficiando a todos los demás, también a los más ineptos. En el mercado libre que establece el capitalismo cualquiera puede comprar y conseguir productos que han inventado y desarrollado las mentes más privilegiadas. Además, el precio siempre acaba siendo marginal, para acaparar mayor cuota de mercado, lo cual hace que aquellos que tienen pocos recursos también puedan beneficiarse de esta situación. Desde luego, no es un sistema perfecto, donde todos consiguen lo que quieren (si pretendiera la perfección no se distinguiría de esos otros sistemas que defienden los platónicos). Pero sí es el mejor sistema que existe, uno muy bueno, y el único que puede funcionar.

Sin embargo, mi primo, igual que todos los nacionalistas y los relativistas culturales, piensa que cualquier sistema es legítimo, siempre que esté apoyado por una mayoría. Esto es lo mismo que decir que hay que defender cualquier cultura. Dicha defensa nunca se basará en leyes apropiadas y objetivas, sino en decisiones arbitrarias que dependerán siempre de los gustos de las personas, o del grado de adoctrinamiento al que hayan sido sometidos los ciudadanos que decidan defenderlas. Esto implica promover también determinados comportamientos y virtudes, dándoles un marco legislativo favorable, cada vez más engorroso. 

Mi primo es un buen nacionalista. En su visión prima el sentimiento de pertenencia. Por eso nunca podrá creer en la libertad, aunque se le llene la boca cada vez que pronuncia esta palabra. Son cosas muy distintas. La libertad exige una defensa radical del individuo, no la defensa de un tipo de individuo o de un grupo de ellos. La libertad exige la defensa del hecho individual. El hecho individual está presente en todos los individuos, no sólo en aquellos que abrazan determinado sentimiento o cultura, o que quedan limitados dentro de determinadas fronteras. La libertad es una cualidad que exige una implementación total. No se puede querer que solo sean libres unos pocos. Normalmente, cuando se pretende la libertad de un pueblo en particular es porque se quiere someter a todos sus habitantes. Aquellos que creemos que la libertad es un principio universal deseamos que todos los pueblos unidos se acojan algún día a las medidas que determinan esa libertad. Queremos construir una nación más grande, y no dividir la que ya tenemos.

Lo que más tristeza me produce es constatar hasta qué punto mi primo puede llegar a defender los crímenes terroristas, con la falsa excusa de que España siempre ha sido un Estado opresor al que hay que combatir. Comparte los argumentos espurios de los asesinos, aunque al mismo tiempo diga que no lo hace, e intente limpiar su imagen y su conciencia. Sin embargo, cualquier mínima justificación o coincidencia con el terrorismo es en sí un hecho tremendamente lamentable. No sé de qué Estado opresor está hablando. España tiene muchos defectos, pero es una nación moderna que pertenece a la Unión Europea, en la que existe un marco legislativo garantista que aspira a proteger a todos los ciudadanos. En cualquier caso, es una nación que busca aliarse con los países más desarrollados y libres del planeta. Los nacionalistas, en cambio, buscan proteger solo a unos ciudadanos concretos, y siempre tienen puestas sus miras en la consecución de un objetivo retrógrado, una involución que consiste en restituir las fronteras, separar de nuevo a las personas, y dejarlas igual que antes, cuando el mundo no estaba conectado, cuando no existía el comercio mundial, y cuando todos vivíamos en aldeas aisladas y solo nos juntábamos para pelear. 

Cuando mi primo habla de un Estado opresor siento que está en un universo completamente distinto del mío. La doctrina nacionalista ha minado su inteligencia hasta un extremo insoportable. Es asombroso el poder que puede llegar a tener esta ideología, capaz de inflamar las mentes más cabales y educadas. Considero que mi primo es una persona de una cierta categoría intelectual. Por eso me asombra que se avenga a esas directrices paletas y totalitarias, poniéndose del lado de los agentes más estúpidos, y acompañando a todas esas personas que creen que España sigue siendo un Estado franquista, o que continúa oprimiendo y expoliando a las colonias (que ahora son las regiones del extrarradio), como lo hacía antaño, cuando era un imperio decadente y se resistía a perder esa condición. 

Sin embargo, a pesar de todas nuestras desavenencias, o tal vez gracias a ellas, mi primo mantiene una convicción que lo aleja de los planteamientos que defiende, y lo aproxima más a los míos. Yo creo que los enfrentamientos dialécticos nunca deberían poner en riesgo una buena relación. Esta convicción deriva directamente del individualismo que yo defiendo. Hay que respetar (hasta cierto punto) las diferencias de carácter de los demás, y aceptar todos los pensamientos y los gustos, aunque no coincidan con las virtudes que uno desearía, siempre y cuando no intenten imponerse por la fuerza. Este respeto no consiste en aceptar la independencia de cualquier colectivo regional, por los motivos que sean, ya que depende de unas leyes generales que tienen que proteger la independencia de todos los individuos, sin tener en cuenta la región que habiten. Ese respeto tampoco consistirá en quedarse callado, igual que hacen muchos miembros de mi familia, para que parezca que existe algún acuerdo. Hay que encajar los golpes sin enojarse, o con un enojo que se va a las primeras de cambio, en el momento que termina la discusión. 

Los cementerios no son un ejemplo de paz y de respeto, porque allí nadie tiene la posibilidad de iniciar ninguna discusión; todos están muertos. La autentica paz se consigue cuando los vivos, en el uso de sus facultades, deciden dejar las armas y convivir de forma tranquila. De igual modo, el respeto hacia la opinión del otro no queda confirmado cuando se evita la discusión, sino cuando, habiéndola tenido, se decide seguir aceptando al oponente. Eso es algo que echo de menos en mi entorno (mis parientes son muy dados a callarse la boca, para no alterar la paz de la casa, para no despertar viejos resentimientos, o para no armar un escándalo que dañe la imagen de la familia). Y es algo que admiro profundamente en mi primo, con el que siempre puedo hablar sin ningún tipo de tapujos. Mi primo discute sin apelar a las formas. Le importa menos que nos exaltemos o que podamos dar una imagen indebida. Esto permite centrarnos en el tema que queremos tratar. No es como esos otros que, habiendo sido acorralados argumentalmente, sin nada más que decir, empiezan a analizar y desaprobar la forma que uno tiene de discutir. 

Espero que todo siga igual, y que podamos discutir muchos años más. Aquellos que nos reprenden cuando discutimos, afirman que estamos perdiendo el tiempo, que nunca podremos llegar a un acuerdo. No entienden que la discusión sólo tiene sentido cuando existe desacuerdo. Piensan que el mero hecho de no alcanzar un consenso significa que la discusión no sirve de nada. Nosotros en cambio sabemos muy bien que todas esas discusiones tienen una gran utilidad. Sirven para distraer la mente y hacerla trabajar. Sirven también para elaborar una defensa que permita asentar las ideas que uno tiene. Y sobre todo sirven para asentar la amistad, que será más sólida a medida que se ponga a prueba y se endurezca con el calor de los debates. Para todo esto sirven las discusiones, y no hace falta que el otro te dé la razón o se avenga a lo que tú dices. No es necesario ese tipo de acuerdos. Basta con querer seguir discutiendo, para lo cual solo es necesario reafirmar la amistad una y otra vez, después del enfrentamiento.      

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