Nacionalismo español versus nacionalismo separatista


Los que comparan el nacionalismo catalán con el español deberían saber que, mientras el primero se basa en la negación radical de cualquier principio de igualdad (aplicable a todas las personas), el segundo subraya la importancia cardinal de tales principios, cualquiera que sea el contexto social. El primero solo concede legitimidad a las instituciones si sus leyes se aplican a determinadas comunidades, mientras que el segundo tiende a concebir la ley como algo que está al margen de la raza, el gremio o el lugar de nacimiento.

El nacionalismo periférico concede a la descentralización un valor absoluto y exclusivo. Mientras más descentralización exista, mejor le irá al país. Su objetivo final es la completa destrucción de la nación: la secesión. Por el contrario, el nacionalismo español aboga por una descentralización moderada, que conserve algunas competencias centrales. Uno se obstina en observar solo lo que nos divide, y el otro conviene en defender también aquello que nos une. Por tanto, no pueden ser más opuestos.

El nacionalismo de corte excluyente es incapaz de apreciar todos los matices de la realidad, y solo alcanza a ver una alícuota: los particularismos. En cambio, el nacionalismo español contempla el mundo desde una atalaya más alta, observando todo el paisaje, lo que nos separa, pero también lo que nos une, las diferencias en competencia, pero también las condiciones generales que estarían permitiendo esas diferencias. Uno se quiere cargar la unidad española. El otro en cambio solo habla de recuperar algunas competencias esenciales.

Por supuesto, yo me quedo con la visión más general, la idea de que existen cosas fundamentales que son comunes y cosas particulares que son privadas. Y lo que no voy a aceptar es que se pretenda comparar los dos tipos de nacionalismo (las churras con las merinas), como si todos los que defendemos la idea de España (una cierta unidad) pudiéramos ser tachados también de nacionalistas radicales. El auténtico nacionalista es aquel que no cree en ningún fundamento general, y todo lo condiciona al terruño en el que vive. Por el contrario, el nacionalista español, aunque respeta la división provincial, la deslocalización del poder, no pierde de vista tampoco los fundamentos centrales que dan solidez a ese proyecto, y el acondicionamiento del terreno de juego (el contexto internacional) que estaría permitiendo la globalización de aquellos principios de libertad que se dicen defender.

Los independentistas, y algunos liberales como Rallo (vease: https://blogs.elconfidencial.com/economia/laissez-faire/2019-05-27/elecciones-municipales-autonomias-contrapoder-derecha_2037130/?fbclid=IwAR3fQYTjm_ubbbbJ0M5W02MQDKIjwoRstQLwNukucKZD1PC20EbClDueies), se escudan detrás del papel que ellos adjudican, no sin cierta razón, a la organización territorial autonómica, como importante contrapoder y alternativa de gobierno. Pero ese papel lo pueden desempeñar perfectamente las provincias y los municipios, evitando así las duplicidades innecesarias y la deriva nacionalista. Eliminar las autonomías no es lo mismo que centralizar todo el gobierno, como parecen afirmar algunos rallistas. Esa relación que intentan hacer los seguidores de Rallo es totalmente falsa. Para aumentar o disminuir el grado de descentralización, y fomentar con ello la competencia fiscal, no es necesario disponer de varios niveles territoriales. Puedes centrarte en uno solo y aumentar o disminuir a continuación algunas de sus competencias políticas o económicas. Y sobre todo, no hace falta un nivel (autonómico) que lo único que hace es exacerbar el espíritu de conquista que solivianta a algunos políticos, y que promueve en otros el sentimiento tribal que alimenta el odio entre las regiones, y el nacionalismo excluyente.

El objetivo principal que persigue cualquier búsqueda intelectual, ya sea de científicos o de filósofos, es conseguir integrar y relacionar los aspectos más particulares de la realidad con aquellas leyes universales que trascienden el plano de lo cotidiano. Solo de esta relación es de la que sale todo el conocimiento que el ser humano va acumulando sobre el mundo a lo largo de la historia. Y la política no es una excepción. Todos aquellos que rechazan lo universal en favor de lo particular (nacionalistas y secesionistas), y los que al revés se quedan con lo universal mientras ningunean la vida particular y pisotean las libertades individuales (totalitarios), no saben cómo funciona en realidad una sociedad moderna, y tampoco pueden arrogarse ningún éxito duradero. Solo una España unida en lo universal, pero respetuosa al mismo tiempo con las particularidades y capacidades de cada provincia o cada individuo, es capaz de integrar en una única teoría política todos los niveles de concreción necesarios que requiere un análisis profundo, y todas las posibilidades que ofrecen esos niveles de acción; la única que puede aplicar una acción eficaz para la organización del territorio.

Los españoles (algunos) que abogamos por la unidad territorial no estamos a favor, ni de la España herida de muerte que quieren los nacionalistas, ni de la España completamente centralizada que algunos difamadores dicen que defendemos. Lo que queremos es una España viva formada por muchas células provinciales en libre competencia, que no pierda por ello su identidad de nación. Ni somos iguales que los separatistas, ni somos centralistas estrictos. No nos equiparen con ellos, y tampoco tergiversen el mensaje. Nosotros somos los únicos que combinamos un mundo de fundamentos con una realidad independiente y particular. Precisamente, esa es nuestra mayor fortaleza, no somos nacionalistas, y tampoco somos ese espantajo absurdo que agita Rallo en los medios de comunicación para trasmitir la idea de que el españolista, cuando aboga por la desaparición de las autonomías, lo que quiere en realidad es concentrar todas las competencias en el Estado central, como si las autonomías fueran las únicas unidades territoriales legítimas, las únicas sobre las que se puede actuar para contrarrestar el poder. Antes bien, existen muchas más provincias que autonomías.

Los españoles no estamos en contra de la descentralización. A lo que nos oponemos es a la mala descentralización, la que quiere cargarse el Estado. ¿Que sentido tiene el traspaso de competencias si al final ya no queda nada que traspasar? No se puede acusar de centralistas a quienes creen en el estado de las provincias. Y sobre todo, no se nos puede acusar de nacionalistas. Nuestra pretensión no es la de organizar la sociedad atendiendo exclusivamente a la división en distintas regiones, sino la de hacerlo contemplando también el hecho más importante que nos une.

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