Documental: vida y obra de Albert Einstein (1879-1955)

 

Albert Einstein (en alemán [ˈalbɐt ˈaɪnʃtaɪn];Ulm, Imperio alemán, 14 de marzo de 1879-Princeton, Estados Unidos, 18 de abril de 1955) fue un físico alemán de origen judío, nacionalizado después suizo y estadounidense. Es considerado como el científico más conocido y popular del siglo XX.

En 1905, cuando era un joven físico desconocido, empleado en la Oficina de Patentes de Berna, publicó su teoría de la relatividad especial. En ella incorporó, en un marco teórico simple fundamentado en postulados físicos sencillos, conceptos y fenómenos estudiados antes por Henri Poincaré y por Hendrik Lorentz. Como una consecuencia lógica de esta teoría, dedujo la ecuación de la física más conocida a nivel popular: la equivalencia masa-energía E=mc2. Ese año publicó otros trabajos que sentarían bases para la física estadística y la mecánica cuántica

En 1915 presentó la teoría de la relatividad general, en la que reformuló por completo el concepto de gravedad. Una de las consecuencias fue el surgimiento del estudio científico del origen y la evolución del Universo por la rama de la física denominada cosmología. En 1919, cuando las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones acerca de la curvatura de la luz, fue idolatrado por la prensa. Einstein se convirtió en un icono popular de la ciencia mundialmente famoso, un privilegio al alcance de muy pocos científicos.

Por sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico y sus numerosas contribuciones a la física teórica, en 1921 obtuvo el Premio nobel de física y no por la Teoría de la Relatividad, pues el científico a quien se encomendó la tarea de evaluarla no la entendió, y temieron correr el riesgo de que luego se demostrase errónea. En esa época era aún considerada un tanto controvertida.

Ante el ascenso del nazismo, Einstein abandonó Alemania hacia diciembre de 1932 con destino a Estados Unidos, donde se dedicó a la docencia en el Institute of advanced Study. Se nacionalizó estadounidense en 1940. Durante sus últimos años trabajó por integrar en una misma teoría la fuerza gravitatoria y la electromagnética.

Aunque es considerado por algunos como el «padre de la bomba atómica», abogó por el federalismo mundial, el internacionalismo, el pacifismo, el sionismo y el socialismo democrático, con una fuerte devoción por la libertad de expresión. Fue proclamado como el «personaje del siglo XX» y el más preeminente científico por la revista Time.

Fuente wikipedia

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Albert Rivera y Pablo Iglesias: la cantera del kantismo

250389-944-629Frecuentemente, los hombres tendemos a exigir a los políticos que sean un dechado de virtudes, que comprendan todas las materias del conocimiento humano, que sean guapos, jóvenes y locuaces, y que sepan también cuánto cuesta un café expreso, lo que vale un billete de metro, etc. Por eso les reprochamos que no lean a Kant, que no solucionen el problema del paro, que no viajen en transporte público, o que no conozcan los remedios del desastre al que se aboca la Tierra de no aplicar las medidas que sugieren los agoreros del calentamiento o los profetas de Malthus. Pero estas reivindicaciones, que en principio pretenden sacar los colores a los políticos, vienen en cambio a poner de manifiesto nuestro propio fanatismo y nuestras propias carencias. Tendemos a pensar que la política está ahí para resolver todos los problemas del hombre, y que los políticos tienen que ser poco menos que gurús o rajás de la sabiduría, dispuestos a solucionar cualquier acertijo de la naturaleza que se les plantee. Pero en el transcurso de esa creencia, acabamos nosotros constituyendo el verdadero problema, pues optamos por ceder el control de nuestras vidas a unos extraños que jamás sabrán que existimos ni cuáles son nuestras necesidades y nuestras cuitas. Curioso timonel ese que no sabe dónde está la quilla de su barco.

Digo todo esto a consecuencia del debate que ha tenido lugar el pasado viernes entre Albert Rivera (de Ciudadanos) y Pablo Iglesias (de Podemos) en la Universidad Carlos III, con el periodista Carlos Alsina como moderador. En el turno de preguntas, uno de los alumnos pidió a ambos que dieran su particular opinión sobre la filosofía y que recomendasen el libro de algún filósofo conocido. Iglesias sugirió la Ética de la razón pura, de Immanuel Kant, cuando en realidad el libro en cuestión se titula Crítica de la razón pura. Kant escribe sobre ética en la Crítica de la razón práctica. Parece mentira que un profesor de universidad incurra en un error de colegial a la primera de cambio, al responder a la única pregunta seria (académica) que le hicieron en el transcurso del debate. Pero eso no es todo. Al intentar contestar a la misma pregunta, su oponente, Albert Rivera, no se quedó atrás. En su opinión, la obra de Kant es un referente para pensadores y juristas de todo tipo. Sin embargo, el líder de Ciudadanos tuvo la desfachatez de admitir a continuación que no había leído nunca ningún libro del alemán, y que no sabía ningún título suyo.

Pero lo malo no es que ninguno de ellos haya leído a Kant, situación que comparten con el 99,9 % de la población, ni siquiera que recomienden al filósofo que más ha criticado el conocimiento y que más ha hecho por derruir el pensamiento objetivo y la verdad científica. Lo verdaderamente patético es que se den ínfulas de conocerlo y que solo reconozcan su carencia cuando son pillados por los moderadores o por el público. Y lo más dramático del asunto es que los políticos actúen así como resultado de las exigencias a las que les someten los votantes al reclamar de sus líderes un conocimiento omnímodo casi divino, dando a entender que están dispuestos a postrarse ante ellos y venerarles, como fieles esclavos y peones del regimen. Estas exigencias denotan un afán de sumisión a la política realmente escandaloso. Ese es el motivo que hace que hoy en día tengamos unos Estados tan grandes, rapaces y extractivos. Si tenemos socialismo es porque somos socialistas. El socialismo corre por nuestras venas, lo mamamos en la infancia, lo digerimos en la pubertad, y nos lo inoculamos directamente en la sangre al llegar a la madurez. Por tanto, no deberíamos criticar tanto a los estadistas. Tampoco ustedes ciudadanos han leído nunca nada de Kant. Y aunque lo hubieran leído, no tienen derecho a exigir al político que sea una fuente permanente de sabiduría y que sepa de todo. Si está ahí, respondiendo a sus preguntas, intentando quedar bien, y equivocándose cada dos por tres, es porque ustedes lo han encumbrado a las alturas, lo han divinizado, le han dotado de un poder y una capacidad que no tiene, han alimentado el monstruo, y, en consecuencia, han propiciado el nacimiento y la persistencia de regímenes totalitarios, líderes vanidosos y altivos, y sociedades envilecidas por el deseo y el afán de adoctrinar y dirigir a las masas. Háganse un examen de conciencia. Y dejen de examinar tanto a los políticos. Ustedes son los responsables de este constructivismo atroz que asola las naciones. Desconocen que los problemas se resuelven desde abajo, con la información que tiene cada una de las personas y que implementa en sus propios negocios y profesiones. No es necesario que aparezcan líderes que puedan desempeñar cualquier tarea. Y tampoco es posible.

La teoría de la imposibilidad del socialismo hace tiempo que demostró que los planes individuales no pueden ser sustituidos por un gobierno centralizado que dirija con mano de hierro todos los asuntos. La explicación de esto es sencilla. El politburó carece siempre de la información necesaria para acometer dicha planificación. La sociedad es un sistema complejo, y solo puede funcionar si la información y las acciones están distribuidas entre sus ciudadanos y no se concentran en las manos de unos pocos. Pero las personas han venido obviando desde siempre este teorema de la realidad y de la ciencia. Siguen pensando que el político debe conocer todas las soluciones, e incluso que tiene que haber leído alguna de las obras de Kant. Antes le pedirían que supiera hacer zapatos o recolectar azafrán. Pero estos son trabajos bastante vulgares. Le piden que sepa interpretar a Kant, y que conozca la abstrusa filosofía alemana. Quedan bien ellos y hacen quedar mal a los políticos. Sin embargo, todos forman parte del mismo problema. El error intelectual sobre el que inciden una y otra vez los epígonos de la Escuela Austriaca de Economía, el fallo lógico que denuncia en sus presupuestos el teorema de la imposibilidad del socialismo, no es otro que el de creerse capaz de dirigir y determinar la vida y las acciones de todos los ciudadanos. La fatal arrogancia que ensoberbece al líder, sus muestras y sus aires de ingenioso, no es más que una de las diversas representaciones de ese culto generalizado y ese fetiche ideológico que alimenta el ego y la creencia pagana de todo un pueblo, dominado por la idea de un sistema gerencial fetén y un Estado suficientemente grande, prudente y sabio.

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La pesadilla del yihadismo, el sueño de los cobardes y el desvelo de los justos

portada-Charlie-Hebdo-atentados-Paris_EDIIMA20151117_0527_5El viernes, 13 de Noviembre de 2015, quedará en el recuerdo de todos los hombres de bien como una fecha fatídica; una efeméride funesta. Ese día, París sufrió la mayor cadena de atentados de su historia reciente, perpetrados por el mal llamado Estado Islámico, que se cobró la vida de 130 personas inocentes, entre las cuales se contaban muchos adultos jóvenes que asistían despreocupados a las fiestas nocturnas que les ofrecía la metrópoli, en estrecha alianza con la nubilidad. Vaya por delante mi más sincera condolencia hacia todos aquellos que han perdido algún miembro de su familia, y también mi homenaje a los fallecidos en el transcurso de esos atentados. Pero este artículo no va de conmemoraciones ni aniversarios; su objetivo no mira hacia el pasado; no voy a encender más cirios ni voy a colocar más flores. Más bien, lo que voy a intentar es abordar la problemática que se cierne ahora, a raíz de todos estos hechos, y que sin duda pende peligrosamente sobre las cabezas de los franceses y, en general, sobre todos los que pertenecemos al mundo civilizado de Occidente.

Como siempre, cada vez que los malvados masacran a sangre fría a la población inocente e indefensa, y toca responder a esas atrocidades con la palabra o la acción, surgen innumerables voces que claman por la paz en el mundo y el perdón de los culpables, asumiendo todas las responsabilidades habidas y por haber, utilizando todas las escusas imaginables, compadeciéndose de los victimarios y los criminales, y acusando a las víctimas de ser las principales instigadoras de las atrocidades cometidas contra ellas. Su capitulación se antoja más parecida a un suicidio en masa que a lo que debería ser una respuesta consecuente con el peligro y contundente con la maldad, encabezada por una sociedad herida pero determinada a perdurar, defensora de lo más sagrado que tienen las personas al nacer, su libertad y su vida.

La progresía siempre ha declinado la oferta que le hacen los terroristas sanguinarios. Siempre se ha abstenido de combatirlos. Los justifican por diversas razones, y cuando no, los perdonan y se compadecen de ellos como si fueran unos desgraciados dignos de lástima. Los motivos principales de esta actitud son diversos. Pero sobre todo se resumen en uno. Los hombres solemos creer que el malo de la película siempre es aquel que más poder ostenta. No nos importa en absoluto constatar cómo se ha obtenido esa superioridad. Solo vemos la superficie especiosa del problema. Así, nos indignamos cada vez que observamos una situación de desigualdad, de la misma manera que se indigna un marido celoso ante cualquier mínima coquetería de su mujer. Si alguien es más poderoso, inmediatamente pensamos que en su camino ha tenido que someter a todos los que ahora muestran una mayor debilidad. Y puesto que Occidente se ha erigido en los últimos siglos como la civilización más potente, desarrollada y flamante del mundo entero, los estúpidos (que desconocen las fuentes de la riqueza) creen que la causa de su éxito se basa en la destrucción y el aprovechamiento que han hecho del resto de culturas.

Como representante máximo de esta actitud que acabamos de señalar, se encuentra el ideólogo socialista, el cual suele tener un único enemigo común: el rico. Desde que Marx les inoculara el veneno de la envidia, los fracasados y los inútiles vienen obsesionándose con la lucha de clases y la causa obrera, y no conciben otro combate que no sea ese. Dentro de este grupúsculo de inadaptados, campan a sus anchas esos mamertos a los que solo les mueve una única cosa, conseguir un puesto cómodo en las entretelas de la política, manteniendo sus cargos con los impuestos que retraen del trabajo ajeno, y con las artimañas que acostumbran a utilizarse en todos esos ámbitos profesionales, donde el dinero y el esfuerzo foráneo son los únicos medios de pago que contribuyen a satisfacer los deseos y las aspiraciones personales de los estadistas. Por eso, el socialista suele pensar que los terroristas son un resultado más del expolio al que han sido sometidas y expuestas las naciones más pobres, en favor de aquellas que tienen más riquezas. En ningún caso pensarán que son consecuencia directa de la propia inquina y el retraso endémico que afecta a las sociedades de las que surgen esas organizaciones, donde se educan los terroristas. Opinan a pies juntillas que todo ese horror se debe a la colonización y la utilización que de ellos han hecho los países prósperos. El político solo sabe medrar a base de usar el dinero ajeno. Por eso tiende a creer que el éxito de unos es siempre el fracaso de otros.

Cada vez que hay un conflicto armado, el socialista ya tiene de antemano un culpable de todo: la sociedad avanzada. Esta forma de masoquismo incondicional produce siempre dos consecuencias perversas. La primera es que se justifica a los asesinos y se les dota de razones. La segunda, mas grave si cabe, es que se ponen en marcha diferentes mecanismos que solo buscan oponer resistencia al progreso y el desarrollo. En el primer caso, el socialista se convierte en una persona casi tan vil como aquella que aprieta el gatillo; se vuelve un aliado de los asesinos. En el segundo caso, ese mismo socialista arremete, casi sin darse cuenta, contra su propio pueblo y su propia sangre. Se convierte en un traidor. No se me ocurre nada más abyecto que esto. En una situación de emergencia nacional es cuando un país se la juega, cuando más hay que defender los derechos individuales y la libertad humana, sin concesiones, de manera unilateral. Tras una matanza como la que ha sacudido París estos días, con los cadáveres sobre la mesa todavía calientes y las pistolas echando humo, hablar de paz y de perdón resulta casi irrisorio. Oponerse ciegamente a cualquier respuesta bélica coordinada por los países agredidos, socava todas las bases de la tolerancia y los principios que representan la antítesis de la barbarie y la violencia, principios que han venido a constituir la civilización occidental a la que pertenecen las propias víctimas, dentro de la cual también se cuentan todos aquellos biempensantes y pacifistas que ahora les niegan la posibilidad de defenderse. Esta actitud, resulta tan abyecta y miserable que uno casi prefiere al terrorista. Al menos éste se muestra consecuente con lo que dice. El progre en cambio, no solo se conchaba con el asesino, sino que además asume el papel de Edipo y se convierte en un traidor de la patria y de los ideales bajo los cuales se ha criado. A pesar de haberse educado en un país que le ha ofrecido de todo y que le ha permitido expresarse y prosperar en la vida, el progre se revuelve contra la madre que le ha dado de mamar y le ha cambiado los pañales, en un acto más propio de un forajido sin escrúpulos que de un ciudadano civilizado. Uno no puede evitar pensar que ese niño podría ahora ser muy distinto de haber recibido a tiempo una buena somanta de azotes.

En verdad, la sociedad occidental se ha vuelto de plastilina. Es lo que tiene haber sido criado entre algodones. Lo mismo les pasa a los animales domésticos. En las granjas están a salvo de cualquier depredador, no tienen que buscarse el alimento, todo son contemplaciones. Por eso han evolucionado como lo han hecho. Si tuvieran que sobrevivir un día en la selva, no pasarían la prueba. La sociedad occidental va camino de experimentar en carnes propias lo que la vaca lechera sentiría y padecería en medio de una estepa africana, si su propietario la dejara irse.

En España los terroristas mataron más personas en un día de las que han sido masacradas en la sala de fiestas de París, y el pueblo español reaccionó con cobardía y estupidez, votando a Zapatero para dejar de combatir a los radicales. Veremos lo que pasa ahora. Acaso esa sociedad adormecida empiece a despertar con los franceses. De momento ya han demostrado tener más unidad y sentido de la responsabilidad que nosotros, si bien Europa en su conjunto sigue tan dividida como siempre.

Una escusa habitual que suele adoptar la progresía, para quitarse el muerto de encima (nunca mejor dicho) y evadir así la responsabilidad que tiene como miembro honorario de la sociedad libre, consiste en decir que la causa de los atentados yihadistas es meramente política y no goza de ninguna preferencia religiosa. Con ello el progre busca exculparse a sí mismo y exculpar también a esa facción de creyentes más moderada, a la que tanto señala. No se dan cuenta que la religión y la política son una y la misma cosa en prácticamente todos los países musulmanes. Así que no tiene mucho sentido hacer esa separación. Con ello solo se consigue esconder el verdadero problema y retrasar la posible solución.

No seré yo el que diga que no existen musulmanes moderados a los que debemos tratar con el mismo respeto con el que tratamos a los que son de nuestra misma religión. Existen millones. Pero esto no obsta para afirmar a continuación que el caldo de cultivo del terrorismo hodierno se encuentra precisamente en la cultura musulmana, que en muchos aspectos aún está anclada en la Edad Media. No solo son culpables los terroristas que asesinan, también aquellos que les amparan, les educan o les soportan (y se callan). No solo los que matan a sangre fría. También los que promueven la sumisión de la mujer, el rezo obligatorio o la prevalencia de la teología por encima de la política (estos son muchos más numerosos y despiertan bastantes más simpatías; quizas por ello sean en el fondo más peligrosos que los otros).

Otra escusa relacionada con la anterior, pero mucho más grave, es la que busca achacar los asesinatos a las propias víctimas, a Occidente. Este es un delito de lesa humanidad. No solo es un argumento capcioso, sino que además evidencia una vileza infinita. Pongámonos en el peor de los casos. Incluso si fueran ciertas las razones que algunos aducen para atacar a Occidente, incluso si Occidente hubiera sido responsable de vender armas a los talibanes, en el caso de que les hubiera apoyado militarmente al objeto de combatir a otras facciones, aunque solo le moviera el vil metal y no tuviera otra motivación que la sola intención de enriquecerse, nada de todo esto cambiaría las cosas. No estoy diciendo que miremos para otro lado y ocultemos esos posibles errores. Lo que afirmo es que la causa de occidente está por encima de todo eso. Como dijo Ayn Rand en una ocasión: “Cuando ves a hombres civilizados luchando contra salvajes, apoyas a los hombres civilizados, no importa quienes sean” Y por supuesto tampoco importa lo que hayan hecho. No hay duda de que han cometido algunos errores tácticos, e incluso se les puede achacar cierta falta de moral. Pero con eso y con todo, constituyen una civilización muy superior a las demás, en todos los sentidos. Es nuestro deber apoyar las ideas y los principios en los que se funda dicha sociedad. Y sobre todo, no podemos equipararla con el resto de culturas ni sacar a colación sus defectos cada vez que tenemos que enfrentarnos al enemigo. Quienes así obran vienen a insinuar que Occidente es el principal culpable de todas las desgracias que ocurren en el mundo. Y como quiera que Occidente es la civilización que más ha hecho por defender el respeto entre las personas, la libertad de los individuos, y la prosperidad de sus ciudadanos, esos farsantes acaban por caer en un sofisma execrable, están yendo en contra de la cultura que más ha hecho por mejorar la ética y por ampliar la vida.

Entre aquellos que dicen que hay que expulsar a todos los musulmanes, y aquellos que afirman que todas las culturas son iguales, existe una tierra media en donde unos pocos nos desgañitamos y nos esforzamos todos los días para rebajar la histeria que exudan esos dos extremos. Una sociedad libre, que defienda al individuo como tal, no puede basar sus argumentos tomando en consideración a un colectivo determinado, como un tótum revolútum. Ahora bien, tampoco debemos olvidar que la cultura islámica adolece por término general de aquellos derechos individuales que han hecho de Occidente un mundo mejor, y en consecuencia es el caldo de cultivo en el que se fragua el terrorismo que golpea periódicamente nuestras vidas.

En los días en que Irak estaba siendo bombardeado por Estados Unidos, solo una minoría apoyábamos esos ataques norteamericanos. Los terroristas en aquella época centraron el objetivo en los trenes de Madrid que llegaban a Atocha, y reventaron el cuerpo de doscientas personas. Acto seguido, los españoles entraron en pánico, metieron el rabo entre las piernas, agacharon las orejas, y acabaron votando a Zapatero y al partido socialista para que les sacase de aquella guerra. Como no podía ser de otra manera, el nuevo presidente, que había sido elevado al poder gracias a la cobardía de la mayoría de españoles, legitimado en unas urnas infestadas de miedo y de sudor, cumplió con lo acordado, nos sacó de la guerra y nos puso en el sitio que nos correspondía, al lado de los pusilánimes, en el lado oscuro de la historia. Pero todos creyeron que las elecciones habían sido limpias y correctas. Y sin embargo, todos habían ido a votar con un fusil apuntándoles a la cabeza, el de los terroristas que se jactaban ahora de lo fácil que había sido cambiarles la mente y el gobierno. Hoy en día los islamistas nos ponen de ejemplo ante otras naciones a las que invitan a hacer lo mismo que nosotros hicimos en aquellos momentos.  ¡Valioso orgullo ese de ser nombrado por un criminal sanguinario! En cualquier caso, esas elecciones españolas no pueden recibir otro nombre que el de golpe de estado. No se puede llamar democracia a una situación que ha sido causada por la amenaza y el amedrentamiento de todo un pueblo. Pero como el tirano no era visible, como nadie asaltó el parlamento con tanques, como no hubo militares que se alzaran en armas y se atrincheraran en las calles y las plazas, la gente creyó que la democracia había triunfado. Sin embargo, todos habían sido llevados a votar bajo amenaza, maniatados y confundidos. Pues bien, lo que entonces ocurrió en Madrid, se repite hoy con el pueblo francés, con una diferencia clara. Los franceses sí están unidos, y no se arrugan ante la adversidad, conscientes de quiénes son y de qué es lo que defienden. Saben que protegen principios mucho mejores que aquellos que enarbolan los terroristas. Les veo y me produce mucha envidia. Aquí, los paletos se enojan cada vez que oyen el himno nacional y te llaman facha si se te ocurre entonar su música, revelando así lo estúpidos que son. Un himno solo es un símbolo de unión. Por si mismo, no es malo ni bueno. Dependerá de los valores que defienda el país en cuestión. Pero los adocenados no ven nunca lo que hay detrás. Tienen anteojeras ideológicas. En el pasado, los estúpidos y los ignaros no alcanzaban a ver que la Tierra era redonda y se movía alrededor del Sol. Se guiaban exclusivamente por sus sentidos y sus impresiones. Hoy en día, algunos descendientes intelectuales de aquellos incautos vuelven a cometer el mismo error, arguyen de forma simplista, apenas comprenden que el himno nacional solo es un signo de unión, en torno a unos valores que podrán ser verdaderos o no, pero que no se pueden rechazar per se. Lo curioso de todo es que esos mismos que niegan la nación acaban apoyando todo tipo de nacionalismos regionales, mucho más chovinistas, divisores e insensatos que el que ellos critican. La vida está llena de paradojas. Una de ellas ocurrió en aquellos días, cuando reventaron los trenes. Los españoles dejaron entonces de apoyar los ataques de la coalición contra el régimen de Irak. Luego vinieron las primaveras árabes, y de aquellos polvos estos lodos. Como consecuencia de dejar los territorios en manos de los estúpidos, de aquellos y de estos, hemos acabado teniendo un futuro en manos de los bárbaros.

Los terroristas se aprovechan siempre del carácter disoluto de los pueblos libres, los cuales no se esperan la arremetida de los salvajes, no conciben el odio que despiertan en los demás, alternan distraídamente en las calles y las plazas de sus respectivas ciudades, y han perdido la costumbre de morirse de difteria o diarrea. Es un hecho que las sociedades occidentales están reblandecidas, tienen el cuerpo fofo, han engordado. Una de las consecuencias más claras del progreso y el bienestar es la de volverse más despreocupados. La ganancia de superar las adversidades resulta en un éxito que, a la vez que te aleja de las calamidades también hace que te olvides de ellas. La felicidad y el champagne aumentan exponencialmente, pero también se incrementa la imprevisión. El hombre queda desnudo ante las nuevas catástrofes, y estas son más destructivas en la medida en que cogen de improviso a los incautos. Este es un precio que tenemos que pagar las sociedades prósperas. Es el precio de la felicidad. Y los terroristas se aprovechan de esto. Saben muy bien que si nos atacan con el salvajismo que acostumbran a mostrar, vamos a responder con estampidas y pánicos. Pero se olvidan de una cosa. El progreso y el bienestar también ocasionan sociedades más fuertes, tecnológicamente armadas. Sus ejércitos se han profesionalizado. Los habitantes de esos países parecen vulnerables. Pero detrás suyo tienen una fortaleza inexpugnable, que compensa con creces esa blandenguería que acusa el ciudadano medio. Las sociedades libres son más ricas y productivas. Son la avanzadilla del progreso. La libertad favorece el comercio, la iniciativa, la diversidad, la creatividad, y todo esto se aúna para producir un desarrollo sin parangón en las comunidades cerradas. Los terroristas de Isis luchan para implantar una sociedad medieval, y al hacer esto están cavando su propia tumba. Es imposible que puedan vencer. Una sociedad medieval no tiene nada que hacer frente a otra del siglo XXI. Es imposible que ganen. Al final se impondrá la ley darwiniana. Ellos no lo saben, pero están sentenciados. Creen que pueden extender el terror allende sus territorios, propagando en las redes las atrocidades que cometen con los pobres miserables que caen en sus manos. Y hasta cierto punto lo consiguen (el terror siempre es más llamativo y estentóreo). Pero están despertando una maquinaria que apenas llegan a comprender, analfabetos como son. Sin saberlo, ponen en marcha el engranaje que mueve a las sociedades libres, el desarrollo tecnológico y científico, y el poderío de los países occidentales, que a la postre se volverá contra ellos.

La solución ya está dada de antemano. Hemos abrazado la libertad y es eso lo que nos hará todavía más libres. Aquello contra lo que combaten los terroristas es lo mismo que les hará perder. Por eso tenemos que entender que dicha solución pasa por colonizar Irak y Afganistán y por aprovechar sus recursos. Muchos seguramente pondrán el grito en el cielo cuando oigan estas instigaciones. Como he dicho, suelen pensar que los países occidentales inician las guerras con vistas a usar comercialmente el petróleo que tienen sus enemigos. Los socialistas suelen creer que existen intereses económicos detrás, y solo tienen en su punta de mira al rico y al empresario. Creen que el problema se origina siempre que existen intereses de por medio. No se dan cuenta que los intereses económicos constituyen el único motor del mundo. Sin intereses económicos nadie saldría a la calle. Ninguno de estos imbéciles que denuncian esos intereses occidentales iría a trabajar si no tuviera un salario justo a fin de mes. Es más, suelen ser ellos los que más reivindican un salario digno, y los que menos se mueven si tienen que trabajar por determinada cantidad de dinero, que creen que no se merecen. No es que no tengan intereses económicos. Por supuesto que los tienen. Lo que pasa es que les interesa el dinero que otros producen, exigen una renta universal obligatoria, y dan la impresión de estar reclamando un derecho humano. En realidad, lo que están es interesados en ganar más dinero, como todo el mundo. Esto sería legítimo si fueran ellos los que lo produjeran. Pero son hipócritas. Denuncian la búsqueda de beneficio económico mientras ellos hacen lo mismo. Y pretenden obtener esos beneficios mediante el saqueo que hacen a los demás. Así que la próxima vez que alguien acuse a Occidente de tener intereses económicos, respóndele que sí. Dale la razón. Dile que es eso precisamente lo que hay que hacer. No conseguirás que se quede callado. Pero al menos le chocará.

No tendría que avergonzarnos defender que debemos ir a esos países de oriente en busca de petróleo. Somos sociedades mucho más civilizadas. Sabremos usar esos recursos para beneficiarnos nosotros al tiempo que beneficiamos a las gentes de esos lugares. Conocemos las reglas del capitalismo. Sabemos que no es un juego de suma cero, que el comercio beneficia a todas las partes. El progre siempre ha creído que el éxito de unos supone el fracaso de otros. Basa su campaña anticapitalista en esa creencia mística. Pero luego de debatir y arengar a sus camaradas en las asambleas a las que asiste, se va al bar de al lado a seguir debatiendo, el camarero le pone una cerveza fría y él le corresponde con unas monedas, participando de esos intercambios que tanto critica, los cuales benefician sin duda a las dos partes. De la misma manera, si un país democrático coloniza a otro que tiene una tiranía, el beneficio que de ello se obtenga será doble (mutuo). No se puede acusar al colono de querer apropiarse de todos los beneficios. No se puede decir que un país medianamente capitalista, que emplea en sus operaciones de transacción un reglamento que provee de bienes a todas las partes, va a ser el único que salga ganando en esa partida. El capitalismo no es un juego de mesa. Aquí ganamos todos. Por tanto, nos iría mucho mejor si las naciones libres se pusieran de acuerdo y colonizaran y derruyeran las tiranías que salpican la superficie de la Tierra. No estoy diciendo que invadamos el mundo entero. Solo digo que podemos colonizar aquellos países en los que ya hemos puesto la bandera, en donde hemos invertido y contribuido a aplastar la tiranía, y a los que seguimos ayudando. Esto tiene que convertirse en una prioridad para nosotros. No podemos abandonarlos. Debemos dirigirlos nosotros. Crear un vergel donde antes solo había un desierto. Extender la libertad lo más posible. Nunca acabaremos de exterminar al terrorista. Pero al menos podemos reducirlo hasta convertirlo en algo meramente residual.

¿De qué tenéis miedo los occidentales? Una coalición mundial, de corte capitalista, aplastaría a Isis en unas pocas campañas. El único temor que tengo proviene de la incertidumbre que me causa el no saber si los mandatarios mundiales estarán a la altura del nuevo desafío. Aunque la seguridad que proporciona el hecho de conocer que todo depende de nosotros, aporta también bastante tranquilidad.

Yo estoy tranquilo (dentro de lo que cabe). Afortunadamente en el mundo los malos son una clara minoría. Hay dos minorías execrables. Los yihadistas satánicos del Isis son una minoría (aunque el islamismo sea un caldo de cultivo mayoritario en muchos países). Y los progres y analfabetos que acusan a Occidente de ser el principal responsable de las masacres también son minoría (aunque muchos políticos y ciudadanos les bailen el agua). Son minoría unos y otros. Y juntos (que es como tienen que estar) también son minoría. Y son minoría a pesar de que en los últimos tiempos se hayan sumado a ellos algunas hordas de liberales. Tengo la triste impresión de que ciertos libertarios, anarquistas de mercado, muestran más afinidad por el Isis (porque es un protoestado pseudo-anárquico) que por los Estados occidentales, a los que no conceden atención y a los que ven como los verdaderos culpables (tal vez porque estos si son Estados consolidados). A eso les lleva la crítica del Estado. Solo ven estado, estado, estado…, sin pararse a valorar la defensa que determinado gobierno pueda estar llevando a cabo en determinado momento en determinado territorio. Pues bien, yo también critico a los Estados occidentales, por su constructivismo, por su socialismo, por su engorde. Pero soy lo suficientemente sensato como para diferenciar grados y no confundir la libertad de occidente con la tiranía de los bárbaros, la democracia moderna con la teocracia medieval, o el estado de derecho con el terrorismo y el anarquismo radical. Tengo que reconocer que estoy asombrado con estos liberales de postín de nuevo cuño, a los que les mueven más las demandas de los terroristas de palestina que las alianzas de Occidente. Me tienen ojiplático. Algunos liberales llegan a ser peores que ciertos socialistas.

Algunos de ellos afirman que el establecimiento de un protectorado en tierra enemiga es en cierto modo una inversión de dinero demasiado alta. Y aducen que ello llevará al Estado a acaparar nuevas cuotas de poder y hacerse todavía más grande. No estoy de acuerdo. Podemos explotar los recursos de esos países. Iremos aumentando su productividad a medida que la sociedad se desarrolle y se libere. La extensión del liberalismo y el capitalismo no ha de suponer necesariamente un aumento del poder estatal, sino más bien todo lo contrario. Algunos quieren colonizar Marte. Para mi es más importante colonizar antes algunas zonas deprimidas del planeta. Además, la historia demuestra que los países se crecen ante la adversidad. Tal vez salgamos mas reforzados de esta aventura. La colonización de América o la reconquista española de los territorios perdidos bajo el régimen musulmán dio lugar a una civilización más moderna y poderosa. Queda por saber si este nuevo enfrentamiento servirá también para endurecer nuestras costumbres y extender nuestra égida liberal.

Sabemos que la libertad es el arma mas poderosa de todas, que incrementa la productividad exponencialmente y libera enormes recursos para ir construyendo una nación más tecnológica e industrial. La guerra en cambio desvía muchos de esos recursos hacia la destrucción, recursos que ya no podrán ser empleados en construir ciudades, instar el progreso y armarnos con nuevas técnicas e inventos. Debemos ser cautos a la hora de embarcarnos en una nueva batalla. Pero llega un momento en el que la advertencia externa representa un peligro y una pérdida de seguridad tan altas, que amenazan gravemente nuestros sistemas de libertades y nuestra productividad, íntimamente ligada a esa seguridad, que nos vemos obligados a optar por el combate aun sabiendo que tendremos que invertir en él grandes recursos.

No estoy de acuerdo con las medidas que está dispuesto a adoptar el politburó francés, el cual ha dicho que quiere incurrir en un gasto y un déficit excepcionales. Pienso que los recursos pueden sacarse de otro lado (los estados del bienestar han creado en torno suyo una buena capa de panículo adiposo; tienen margen para adelgazar). No debemos tocar los pilares de nuestra sociedad. Precisamente es la capacidad de ahorro (el superávit) lo que ha permitido que invirtiésemos en nuevas tecnologías y lo que hace ahora que seamos más fuertes. Pero estoy de acuerdo en declarar la guerra al Estado Islámico y asumir las bajas que se produzcan en nuestras filas como parte de la solución, sin complacencias y sin dramatismo. El Estado Islámico es la nueva distopía, como antes lo fuera el estado alemán o el estado soviético. Sus muyahidines amenazan ya demasiadas cosas. Es la hora de la guerra. Es la hora de la libertad. Salvemos a los franceses de nuevo. Volvamos a desembarcar en Normandía.

Por lo pronto, tenemos que ser conscientes de que nuestra batalla es mucho más justa que la de nuestro enemigo. Como ha dicho Ignacio Medina: “Cuando nativos de países musulmanes escriban, produzcan, rueden y estrenen en países musulmanes una película como la Vida de Brian pero con Mahoma, y no pase nada grave, entonces y sólo entonces podremos compararlo con la cultura occidental actual. Mientras tanto no me vengan con las gilipolleces de las Cruzadas y la Inquisición. Mientras no tengan su Vida de Brian, Occidente tiene todo el derecho del mundo a considerarlos como los bárbaros que son.”

Y añado lo que nos ha dicho también Reverte: “En ese sentido, no estaría de más recordar lo que aquel gobernador británico en la India dijo a quienes querían seguir quemando viudas en la pira del marido difunto: «Háganlo, puesto que son sus costumbres. Yo levantaré un patíbulo junto a cada pira, y en él ahorcaré a quienes quemen a esas mujeres. Así ustedes conservarán sus costumbres y nosotros las nuestras.”

Y añadiría todavía otra frase más del grandísimo Revel, cuya obra se muestra hoy más necesaria que nunca. En las postrimerías de su libro La obsesión antiamericana nos dice lo siguiente: “¿Cómo tienen tantos millares de europeos el descaro de proclamar así, claramente, que, según ellos, los únicos responsables de la guerra de Afganistán fueron los Estados Unidos sin que hubieran sido a su vez, victimas de ninguna agresión previa? ¿Y cómo pueden esos europeos, no solo contra Estados Unidos, sino también contra su propio interés, contra el de la democracia en el mundo y contra la liberación de los pueblos oprimidos, gritar que, haga lo que haga Saddam Husein, nunca habría que intentar derrocarlo? La verdad es que la izquierda no ha entendido nada de la historia del siglo XX. Sigue siendo fanática con los moderados y moderada con los fanáticos”.

Afortunadamente, no todos los europeos opinan lo mismo. Eso es algo que ha quedado demostrado estos días. Francia sigue bombardeando en estos momentos al Estado Islámico. Ahora mismo los misiles caen en las cabezas adecuadas. Llevo varias horas enganchado a la tele, absorto en las noticias. Ya es hora de descansar. Me voy a la cama con la certeza de que hoy el islamismo salafista es un poco menos fuerte que ayer. Pienso en esos estúpidos pacifistas que critican cualquier acto de defensa. En esos relativistas que equiparan los valores occidentales con la bazofia islamista. En esos adocenados que afirman que la respuesta occidental es un acto de venganza. En esos que dicen que el culpable último de la masacre de París es Hollande y sus aliados. En esos cobardes que aseguran que el ataque va a remover el avispero yihadista y acabará trayendo peores consecuencias. En esos libertarios que, por criticar al estado, caen en la generalización de reprobar cualquier acción gubernamental. Pienso en todos ellos y poco a poco los bostezos van quedando entreverados con las arcadas, y casi no se distinguen. Me voy a la cama, no sea que acabe vomitando. ¡Ánimo Francia!

La pesadilla del yihadismo ha sido largo tiempo alimentada con el sueño de los cobardes y los pacifistas. Bruselas se ha llenado de salafistas por ese motivo. Estados Unidos se retiró de Irak porque Europa no quiso firmar un acuerdo para la estabilización de la zona. De aquellos polvos estos lodos. Pero ese sueño ha quedado interrumpido por las matanzas de París. El desvelo de los valientes hará que todo vuelva a su sitio. Tendremos una sociedad pacífica y abierta. Pero por el momento debemos combatir. Al contrario de lo que piensan los ignaros y los edulcorantes, la violencia solo se impugna con más violencia. Como dice Reverte, el terrorismo no se combate con besos en la boca.

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La sonrisa de Phyllis Diller

“La sonrisa es una curva que lo endereza todo.” (Phyllis Diller, 1917-2012)

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¿Han probado a reirse del mundo, de las cosas serias del mundo, de las cosas serias del mundo que hacen daño? Prueben. No estoy diciendo que no se tomen la vida en serio. Todo lo contrario. Lo que digo es que para tomársela en serio hace falta reírse un poco de ella. Solo cuando nos reímos de las cosas más importantes podemos soportarlas, y solo entonces llegamos a entenderlas y apreciarlas en toda su extensión. Sólo cuando nos reímos podemos distendernos, coger el toro por los cuernos y enfrentarnos a la vida con la seriedad y la serenidad que ésta se merece. Solo cuando nos reímos, quitamos hierro a las cosas, asumimos las críticas de los demás, aprendemos, y podemos tomar carrerilla y saltar sobre nuestros enemigos y cogerlos desprevenidos. Solo cuando nos reímos, podemos practicar un hedonismo sano, que no es que niegue la seriedad, sino que ayuda a enfocarla. La sonrisa es una curva que lo endereza todo, y ya se sabe que los caminos rectos permiten alcanzar la meta mucho antes. La felicidad y la libertad tienen una cosa en común. Ambas guardan una relación directa con los fines que persigue el hombre. Las dos aumentan con la consecución de los objetivos, la libertad porque es la condición que favorece esos logros y la felicidad porque es la que resulta de los mismos. Además, la felicidad también allana el camino y contribuye en gran medida a su mejoramiento. Riámonos pues, no para convertirnos en hedonistas estúpidos y licenciosos, no para hacer dejación de nuestras funciones como seres humanos, no para olvidarnos de este mundo desagradecido y agreste, sino para enfrentarnos con él, para reírnos en su cara mientras nos lo comemos, para incrementar nuestras posibilidades de tener éxito y, en definitiva, para ser más libres y felices.

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El ateismo de Richard Dawkins

“Todos somos ateos respecto a la mayoría de dioses en los que la humanidad ha creído alguna vez. Algunos simplemente vamos un dios mas allá” (Richard Dawkins, 1941-)

Ateo

Dice Richard Dawkins que todos somos ateos respecto a la mayoría de dioses en los que la humanidad ha creído alguna vez. Y continúa diciendo: “Algunos simplemente vamos un dios mas allá”. En consecuencia, según Dawkins existirían dos formas básicas de incredulidad, el ateísmo sensu estricto y el ateísmo de los creyentes. Esta clasificación apelaría a la naturaleza de la creencia y tendría la clara intención de criticar las incoherencias que acusan los crédulos y los píos. Pero existe también otra manera de ordenar las cosas. Si atendemos a las causas de la incredulidad, y no a su naturaleza, podemos diferenciar otra vez dos tipos distintos de ateos: los ateos viscerales y los ateos racionales. Los ateos viscerales abandonan su creencia en Dios tras aferrarse a alguna convicción pagana, sustituta de la primera. El socialismo es un tipo de ateísmo visceral, tal vez el más extendido de todos. Los creyentes socialistas abdican de sus creencias como consecuencia del odio y el anticlericalismo que despierta en ellos la visión pacata del cristiano, totalmente opuesta a su racionalismo y su constructivismo social. Su odio procede de la arrogancia y la vanidad, busca suplantar la imagen divina por la figura del tirano, y se asienta sobre preceptos falsos y consignas sociales atenazantes que por lo general suelen devenir en censura y pogromos. Por eso los creyentes viscerales tienen más probabilidades de regresar a su condición original y convertirse de nuevo al credo canónico. Se mueven por impulsos ciegos. En cambio, los ateos racionales dejan de creer en dios por una pura cuestión metodológica. Llegan a la conclusión de que el pensamiento religioso es un lastre para la ciencia, y no sirve en absoluto para alcanzar la verdad. Este ateísmo es más difícil de revertir que el otro. Se asienta sobre convicciones más elaboradas, más razonadas y racionales. No procede directamente de los sentimientos, y, por tanto, tampoco se diluye cuando estos desaparecen o cuando surgen otros nuevos. Yo pertenezco a esta segunda clase. Los ateos racionales no somos anticlericales (o no deberíamos serlo). Todo lo contrario. Respetamos la religión siempre y cuando ésta nos respete a nosotros. Entendemos al ser humano, comprendemos sus resortes, admiramos sus deseos, sus emociones, sus imaginaciones. Como he dicho, buscamos la verdad, y la verdad es que la mayoría de la población (incluso nosotros mismos en algún momento pretérito de nuestra vida) siente el deseo irrefrenable de la eternidad, lo canaliza a través de la religión, y lo emplea para su propio beneficio. La religión tiene una función social importantísima. Es amalgamadora, ejerce de tranquilizante, y constituye un pegamento social. Por lo cual, también contribuye al éxito reproductivo de la especie. Desempeña una función netamente adaptativa. Es como la pierna o el corazón. Provee al ser humano de fortaleza, de aliento, y le insta a vivir y agruparse. Evidentemente también puede contribuir a su aniquilamiento. Pero nadie dijo que las adaptaciones fueran siempre positivas. Lo serán para unas cosas y no para otras, en unos momentos y no en otros, en tanto en cuanto el individuo demuestre aptitudes y no se vea superado por un competidor o destruido por sus propias insensateces. Pero esto no obsta para apreciar también el valor evolutivo y social que tiene la religión, a despecho del negativo, y para aceptarla en aquellos casos en los que no resulte perjudicial.

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Charla: aborto y libertad

Una charla patrocinada por Students for Liberty, realizada en el centro de estudios OMMA de Madrid, editada y capitaneada por Gustavo Vargas, a la que tuve el placer de asistir, y en la que se analizó la problemática del aborto desde un punto de vista eminentemente liberal.

 

De izquierda a derecha: José Luis Ricón, Gustavo Vargas, Eladio García, José Augusto Domínguez.

José Luis Ricón es estudiante del máster en Dinámica Aeroespacial en la Universidad de Cranfield. Ingeniero, ergo, todólogo. Autor de «El Manifiesto Ingenieril».

Eladio García es licenciado en Biología Molecular por la universidad de León. Es máster en Economía de la Escuela Austriaca por la universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
Blog https://elreplicadorliberal.com/
Página Facebook https://www.facebook.com/eladio.garci…

José Augusto Domínguez es Licenciado en Derecho y Máster en Economía de la Escuela Austriaca, miembro del Instituto Juan de Mariana. Cree en los valores tradicionales de la vieja derecha antiestado, y defiende el valor supremo de la vida.
https://www.juandemariana.org/el-ijm/…
https://twitter.com/jadominguez1871

Artículos mencionados:
-Serie de artículos de José Luis Ricón sobre el Aborto:
https://artir.wordpress.com/series-de…

-Artículo de Albert Esplugas:
http://www.liberalismo.org/articulo/2..

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Rallo versus Capella: sobre la naturaleza de las leyes universales

En este paper se analiza el concepto de universalidad en Capella y en Rallo, y se intenta a continuación aportar algo de luz al debate

Rallo y Capella

Indice

1. Las leyes universales: La opinión de Capella

2. Las leyes universales: La opinión de Rallo

3. Las leyes universales: La opinión del autor


 

1. Las leyes universales: La opinión de Capella

La libertad es una palabra tan manida que ha acabado convirtiéndose en un objeto de culto vacío de contenido, lo que Hayek definía como palabras comadreja, en referencia al comportamiento alimenticio que muestra a veces este intrépido mustélido. Las comadrejas son mamíferos carnívoros capaces de sorber la yema de un huevo haciendo solo una pequeña incisión en su membrana exterior, con lo cual da la impresión de que éste sigue repleto de vitelo, con la cáscara intacta. Lo mismo pasa con ciertos vocablos. Desde fuera parece que tienen un gran lustre. Pero por dentro están vacíos. Han sido sometidos a tantas interpretaciones, y han sido objeto de tantas apropiaciones indebidas, que han acabado desfigurados, pervertidos por el lenguaje, exprimidos por las ideologías. Se han quedado sin contenido, rapiñados por el pensamiento, que los interpreta en su propio beneficio. El caso más paradigmático tiene que ver con el concepto de la libertad. Todos quieren beberse el contenido que rellena el interior de este término, hacerlo suyo, alardear delante de sus colegas dándoselas de liberales, aunque luego por detrás solo utilicen esa libertad para laminar las capacidades y la voluntad de los demás. En consecuencia, el concepto de la libertad acaba teniendo tantas acepciones que ya no sabemos muy bien qué significa. En estos casos, es preciso que usemos algún apellido que nos identifique y nos sitúe dentro de una determinada corriente. En el Instituto Juan de Mariana la libertad enraíza en la tradición de la escuela austriaca de economía; ese es su patronímico.

Dentro de este grupo de liberales marianos, se forma y se curte uno de los defensores de la libertad más carismáticos y locuaces del panorama español actual: Francisco Capella. Si me pidieran que motejara al interfecto usando solo unas pocas palabras, elegiría únicamente dos calificativos: iconoclasta y polímata.

Francisco Capella suele defender a la escuela austriaca de una forma muy particular: con un ataque permanente. Capella es un iconoclasta irreverente. No le importa lo más mínimo denunciar los errores que pudieron cometer sus padres intelectuales, si con ello cree que está redimiendo algún pecado original. Para él, la verdad siempre debe estar por encima de la paz, incluso en el seno de la familia. Muchas veces, el respeto que infunde la figura patriarcal solo conlleva una devoción estéril.

Capella es el perfecto polemista; siempre tiene alguna crítica que hacer. Le vemos asistir a las conferencias en silencio, concentrado en lo que se dice en ellas, tomando notas sin descanso, machacando las teclas de su ordenador portátil, que siempre va con él, como una extensión de su cuerpo, o de su mente. Cualquier idea le sugiere un aluvión de nuevas admoniciones. Capella ve mil problemas y matizaciones donde la mayoría no vemos nada en absoluto. El conferenciante teme el momento en el que, acabada la charla, toca responder las preguntas envenenadas que le lanza el interfecto. Sabe que no va a ser compasivo con él. Capella no hace prisioneros. Precisamente ese carácter de polemista que le acompaña siempre, hace de Capella una persona enigmática y distante, cuando no se la conoce bien. Sin embargo, en las distancias cortas suele ganar bastantes enteros; es mucho mas afable y cercano de lo que en principio parece.

Esta actitud agridulce tiene igualmente dos consecuencias opuestas, una positiva y otra negativa. Por un lado, la crítica acerba que practica y recomienda el susodicho suele tener el efecto de un revulsivo. Estimula el pensamiento y las ideas, sacude la molicie y la complacencia, y limpia de telarañas las esquinas de las cabezas. Pero también puede llevar a cometer algunos excesos. Capella suele hacer una enmienda a la totalidad, es un torpedo en la línea de flotación de la escuela austriaca, sus críticas son cargas de profundidad, dirigidas a veces a destruir los cimientos que sostienen a esta escuela. Por ejemplo, cuando acusa a la escuela austriaca de ser demasiado vehemente a la hora de defender sus principios, o cuando afirma que no existen verdades seguras. No tengo nada en contra de las admoniciones. Pero si lo criticamos todo, incluso los principios básicos que son la razón de ser de cualquier institución intelectual, corremos el riesgo de cargarnos aquello que estamos intentando corregir, y entonces no nos queda nada que podamos enmendar. Hay ciertas concepciones que no se deberían tocar, igual que no se debería tocar el pilar central de un edificio en construcción. Al escuchar a Capella, a veces uno tiene la impresión de que no es posible afirmar nada sin equivocarse en algo. Evidentemente, esto solo es una sensación. Capella también tiene principios que defiende sin concesiones. Pero a veces se muestra demasiado elocuente en sus críticas, y esto le lleva a denunciar ciertas ideas de la escuela austriaca que, de ser falsas, anularían la identidad de dicha escuela y también el sentimiento de pertenencia de muchos adeptos. Me refiero a esas acusaciones que hace a veces a la filosofía. Si por algo se caracteriza la escuela austriaca es por haber sabido combinar el estudio científico y empírico, con ese otro método que emplea la filosofía y que utiliza la deducción para llegar a conclusiones más esenciales, afines a la existencia, y deducibles de evidencias indemostrables y seguras (ej. la acción humana). El dualismo metodológico es el motivo que hizo que la escuela austriaca rompiera el cascarón y saliera al mundo. El dualismo es la esencia que diferencia a la escuela austriaca del resto de corrientes. Si contravenimos ese método estamos alterando también la naturaleza de dicha escuela.

Para Capella la fundamentación de la escuela austriaca llega hasta la biología, o como mucho hasta la física. Pero no va más allá. Apenas aborda la filosofía (parece que no acepta la filosofía como método racional). Yo creo en cambio que hay que ir más allá de Capella y aceptar también esta disciplina. La escuela austriaca se fundamenta en las declaraciones de Menger, el cual era indudablemente un dualista. Menger enfatizó el método deductivo de la razón pura por encima del método empírico que pregonaba la escuela historicista, lo cual le valió en su época profundas críticas. Pero con ello dio origen a una aplicación metodológica que ha servido para fundar una nueva corriente de pensamiento en el área de la economía y la política que, a día de hoy, está más viva que nunca.

Por su parte, Capella aspira a reducir el pensamiento de la escuela austriaca a través de la interpretación y la refundación biológica de sus postulados y sus teorías. En diversas ocasiones ha insistido en la necesidad de reconocer que la biología es más esencial que la praxeología, o que la acción intencional del hombre solo es un caso particular. No tengo ninguna objeción a este respecto. Convengo con Capella a la hora de afirmar que es preciso basar la acción humana en algunos conceptos de la biología y la evolución. Y estoy tan comprometido con esa idea que incluso pienso que Capella se queda corto (Capella apenas toca el asunto de la filosofía). No solo hay que ir más allá de la escuela austriaca. Hay que ir también más allá de la escuela de Capella. Las pocas ocasiones en las que Capella recomienda la lectura de algún filósofo, suele acudir a la bibliografía de Daniel Dennett, que no es un filósofo puro, sino un filósofo de la ciencia. Pero desde Menger sabemos que la filosofía también es fundamento de las ciencias económicas. Los axiomas en los que se basan los filósofos para principiar sus indagaciones intelectuales son elementos del pensamiento completamente generales, cuyas implicaciones abarcan y estimulan el conocimiento en todas las áreas académicas. Y hay que saber reconocer esto.

Algunos principios filosóficos tienen un carácter eminentemente existencial, y por tanto incumben a todas las cosas, también al hombre. Y por eso también deben quedar reflejados en los estudios sociales. El hombre no detiene la evolución, tal y como dicen algunos. El hombre continúa evolucionando. Todo evoluciona. La evolución no es otra cosa que la persistencia del ser: su existencia en el tiempo. Para mí, la falsación de Popper es fundamental en el ámbito científico, donde la prueba juega un papel esencial. Pero no puede aplicarse a cosas tan básicas y evidentes como lo son la libertad individual y el individualismo metodológico. La individualidad es condición de posibilidad de la existencia. Hay principios existenciales que justifican y acreditan la metafísica y que estarían reclamando su independencia con respecto a la ciencia y al método empírico, y su aplicación ética. Por ejemplo, cuando constatamos que lo bueno te mantiene y lo malo te destruye no estamos haciendo otra cosa que consignar una cualidad universal. Capella también rubrica esta afirmación siempre que puede, pero luego no presta suficiente atención a la filosofía. No obstante, no cabe duda de que al usar estos términos existenciales estamos legitimando de alguna manera la metafísica general. Hablamos en cualquier caso de la persistencia del ser, como la llaman los filósofos (Platón, Aristóteles, Spinoza), o de la supervivencia del animal de la que hablan los biólogos. Para mí, es exactamente lo mismo. La teoría de la evolución es una teoría metafísica. Por eso tiene tanto éxito. Existen algunos fundamentos tan esenciales que no precisan demostración. Se llaman axiomas. La existencia o supervivencia individual es uno de ellos. Y también la acción que emana de esa existencia y que determina la persistencia del ser a lo largo del tiempo.

Al apreciar estas diferenciaciones, nos damos cuenta de que podemos partir de algunos supuestos generales y llegar a entender también el funcionamiento de algunas cosas. De esta apreciación nace el dualismo metodológico. La ciencia y el empirismo hacen exactamente lo contrario: parten de evidencias locales y hechos particulares y a continuación intentan establecer una teoría más general. Por su parte, la filosofía acomete el camino inverso, parte de hechos generales necesarios y luego deduce algunas implicaciones locales. El dualismo metodológico resulta de apreciar dos tipos de cualidades distintas: necesarias y contingentes. Cuando un fenómeno tiene alternativas, esto es, cuando puede ocurrir de distinto modo, estamos obligados a investigar las causas reales que lo determinan. De aquí surge el método científico (o el popperiano). Pero cuando un hecho no tiene alternativa, cuando es necesario para que las cosas existan, cuando nada puede ocurrir sin que se dé también esa cualidad, no es preciso que indaguemos en sus causas o sus motivos, sabemos de antemano que tiene que ocurrir tal y como se intuye, y entonces estamos capacitados para utilizar esas cualidades como axiomas y para partir de ellas al objeto de conocer la realidad.

El dualismo metodológico no implica la existencia de dos realidades materiales distintas. No es un dualismo cartesiano. No es un dualismo metafísico. Es un dualismo gnoseológico. Afirma que existen dos herramientas para analizar el mismo mundo físico. Muchos economistas austriacos tienden a separar el mundo interior de las ideas del mundo exterior de las cosas. Ello les lleva a querer separar también el estudio de la sociedad y el pensamiento humano, que según ellos solo se puede abordar de forma deductiva, partiendo del análisis de la acción y las intenciones humanas, del estudio del resto de la naturaleza, en el que sí se podría usar la matemática y la estadística. En cambio la idea de dualismo que aquí se defiende no aprueba una separación tal. Únicamente afirma que existen dos herramientas de análisis, y que todas las cosas de la naturaleza deben ser descritas con ambas dos. Si acaso, las sociedades humanas, debido al carácter de su información, requieran una metodología que haga más énfasis en el estudio deductivo o axiomático, pero esto no obsta para que también queden iluminadas con el análisis empírico. Lo único que vino a decirnos Menger fue que la sociedad humana requiere un estudio alternativo al que habitualmente hacen sus analistas. Pero esto no quiere decir que haya que renegar de las matemáticas y los gráficos. Ese no es el dualismo que yo defiendo.

Tengo la impresión de que, en el fondo, Capella no está negando el dualismo metodológico cuando critica la filosofía. Sinceramente, creo que acepta sin problemas esos principios deductivos que acabamos de describir. Lo que él dice es que los axiomas no son absolutos, por dos motivos. En primer lugar, no son absolutos porque no lo explican todo, ya que también debemos aceptar las herramientas que la ciencia pone a nuestra disposición (matemáticas, estadística…). Y en segundo lugar no serían absolutos porque no podemos estar completamente seguros de que funcionen siempre. Aunque ahora sean válidos para elaborar una interpretación del mundo correcta, en el futuro puede que no sea así. Respecto a la primera apelación no tengo nada que decir. Al igual que Capella, yo también rechazo aquellas interpretaciones del dualismo que hacen algunos liberales, en donde vienen a negar uno de los métodos: la experimentación científica. Precisamente, el dualismo metodológico adquiere sentido en la medida en que se acepten las dos metodologías, con todas sus consecuencias. Que debamos analizar la sociedad humana con el método de Mises no significa que no podamos abordar y complementar su estudio con medidas y medias estadísticas, o con fórmulas matemáticas. Esto me lleva a pensar que la crítica de Capella no va dirigida tanto al dualismo metodológico, como a la interpretación que algunos liberales hacen del mismo. En cuanto a la segunda apelación, la que afirma que los axiomas no son proposiciones seguras, aquí sí me veo en la obligación de hacer una crítica a los argumentos de Capella. Para mí, un axioma válido tiene que estar respaldado necesariamente por una afirmación o descripción de la naturaleza que no tenga alternativas y que por tanto no cambie jamás. Dado que la evidencia no se extrae de la experimentación, como ocurre en la ciencia, ésta debe obtenerse de otra manera. En su caso, la evidencia de los axiomas procede del hecho de que el principio que describen utiliza cualidades absolutamente generales, que en ningún caso pueden ni podrán ser distintas, y que por tanto es posible afirmarlas ahora y siempre, y se pueden usar de forma segura para iniciar el desarrollo del razonamiento, aunque no las hayamos demostrado empíricamente. Capella parece no entender ese concepto de absolutez. Un axioma no es lo mismo que una teoría científica. No es preciso que usemos la modestia para admitir que las teorías que hoy defendemos, mañana acabarán teniendo alguna modificación. Si un axioma no es un elemento seguro, no tiene ningún sentido defenderlo, no sería más que otra teoría científica. Solo podemos partir de una idea general, como hacen los economistas austriacos, si admitimos que el axioma que usamos como inicio de nuestras reflexiones no tiene alternativa posible y no se va a modificar nunca. De lo contrario, no tendría sentido que apreciáramos ese principio sin comprobarlo antes de manera empírica. Es absurdo decir que uno usa el axioma porque funciona bien a día de hoy: no podemos hablar en términos científicos. Si usa el axioma es porque puede afirmar lo que dice sin necesidad de demostrarlo, y solo puede hacer esta afirmación si admite una verdad existencial irrefutable, que no tenga alternativas y que tampoco dependa del momento histórico en el que se lleva a cabo la investigación. Y esto no es arrogancia científica. No estamos hablando de ciencia. Y no estamos diciendo que lo conocemos todo. Tan solo afirmamos que conocemos algunas cualidades de manera segura y que por tanto podemos usarlas para deducir otra serie de cosas. Conviene que distingamos el estatuto de la filosofía y el de la ciencia, y apreciemos dos métodos distintos. Esa es la única manera de completar el conocimiento del mundo del que somos capaces.

En cualquier caso, Capella tiene un rasgo personal que a mí siempre me ha atraído mucho. De todos los afectos al Instituto Juan de Mariana, él tal vez sea el pensador más interdisciplinar. Es un polímata consumado, esa es la segunda cualidad que quiero resaltar de Capella (anteriormente afirmé que también es un iconoclasta). Sus conocimientos no se circunscriben a un área concreta. Normalmente, existen dos tipos de comportamientos académicos: el generalista y el especialista. Ambos son necesarios. Pero el primero suele ser menos frecuente. El Instituto Juan de Mariana es un caso típico, hay más especialistas que generalistas, casi todos son economistas, sociólogos, periodistas, psicólogos o abogados. No obstante, la escuela austriaca de economía es la más interdisciplinar de todas las corrientes de pensamiento. Por lo menos, es la que más se ha acercado al planteamiento de una teoría económica verdaderamente general, abordándola desde todas sus vertientes (económica, ética, psicológica, filosófica). Se entenderá por tanto la necesidad de reivindicar la figura de Capella. Si hay una escuela de pensamiento en donde las concepciones generales puedan fructificar mejor, y constituir el hecho diferencial que marque el camino a seguir, esa es la Escuela Austriaca de Economía. Tenemos un terreno abonado que podría convertirse en un páramo intelectual si no sabemos aprovecharlo. En este sentido, la visión que nos ofrece Capella resulta sumamente importante para endurecer la causa que involucra al liberal austriaco.

Sin embargo, también resulta paradójico que la persona que más tiende a la generalización sea la más reacia a aceptar la filosofía y la deducción pura como métodos de estudio. Esta paradoja no debe inducirnos a rechazar las aportaciones de Capella. Antes bien, su señalización contribuye a ensalzar aún más esa labor. La filosofía es parte indiscutible de dicho proceso. Es más, podemos afirmar que la filosofía es la parte más importante de todas, el único camino por el que deviene la generalización más grande. No estaría de más que Capella reflexionase también sobre este punto.

No obstante, las contribuciones de Capella al pensamiento generalista no paran de sucederse. Con motivo de la publicación del libro de Juan Ramón Rallo: La Renta Básica, donde se hace mención a los fundamentos que, según el autor, definen el ideario liberal de la escuela austriaca, ha aparecido recientemente una réplica de Capella en la que éste viene a denunciar la forma que tiene Rallo de presentar dichos principios. Con ello, el delator nos ofrece una nueva piedra de toque para afianzar las causas de la generalización y la unificación del conocimiento.

Rallo define tres principios básicos. Y Capella le rebate el argumento afirmando que solo puede existir un principio. Y es que es aquí, a la hora de interpretar y definir la naturaleza de esos principios, cuando se ponen de manifiesto más claramente las dos actitudes académicas que hemos descrito más arriba. Donde los especialistas solo ven un pequeño batiburrillo de preceptos y de principios equivalentes, los generalistas tienden a observar exclusivamente uno. Mientras que los primeros resaltan la importancia de atender a la complejidad de las causas y los  determinantes que condicionan la orientación normativa, los segundos insisten en la necesidad de contemplar una integración mayor y una máxima suprema.


 

2. Las leyes universales: La opinión de Rallo

Capella inicia la crítica del libro de Juan Ramón Rallo exponiendo los principios que el autor amortiza a lo largo de los capítulos que componen esta obra. Así, empieza diciéndonos que los principios de justicia que blasona Rallo son tres: libertad, propiedad y contratos. A continuación, Capella resalta lo que para él es el principal fallo que comete Rallo a la hora de describir dichos principios. Para Rallo esos principios presentan una serie de ideas que, llegado el caso, pueden entrar en disputa: “Según Rallo, los principios de justicia son libertad, propiedad y contratos, y son ideas diferentes o separadas que podrían entrar en conflicto”. En palabras del propio Rallo: “Que existan tres principios de justicia con los que estructurar la convivencia humana implica que estos principios no siempre tendrán que interrelacionarse de manera armoniosa…”

Pero Capella no ve las cosas de la misma manera. Para él, no existen principios equivalentes: “El pensamiento avanza a menudo mediante procesos de unificación y equivalencia, descubriendo cómo diversos fenómenos aparentemente independientes y diferentes son en realidad aspectos múltiples de la misma realidad básica. Yo creo que sólo hay un principio fundamental que se expresa con tres términos complementarios: libertad, propiedad y no agresión; bien entendidos no son ni pueden ser contradictorios, ya que expresan las mismas ideas desde diferentes puntos de vista, cada uno de ellos enfatizando ciertos aspectos y completando, aclarando y precisando a los otros”.

Capella explica más adelante cuáles son las razones que le llevan a pensar así: “La idea de contratos, aunque en la práctica es muy importante, no es fundamental en el sentido de básica o primitiva sino que es un corolario o derivado del principio fundamental: es posible para los propietarios modificar normas y transmitir derechos mediante contratos pactados de forma libre y voluntaria; pero no es necesario, en el sentido de que puede haber libertad, propiedad y no agresión sin que exista ningún contrato (aunque sería una situación muy rara). El principio de autonomía contractual puede entenderse como una aclaración, explicación o expansión de las ideas de libertad y propiedad: puedes libremente modificar o intercambiar tu propiedad; el principio de responsabilidad contractual enfatizaría que un contrato genera obligaciones entre partes que por definición deben ser cumplidas sin excusas.”

Capella también nos aclara los posibles motivos que estarían detrás de la postura de Rallo. En ese sentido, nos dice: “Rallo separa libertad, propiedad y contratos para dar preeminencia a la libertad e intentar justificar el no tener derecho a defender la propiedad cuando esta es robada por alguien que la necesita para seguir vivo (parecido pero no exactamente equivalente a la obligación de ayudar a individuos en caso de necesidad extrema o delito de omisión de socorro) y la legitimidad de romper algún contrato (como los de esclavitud o sumisión total voluntaria)”.

Según Rallo: “No hay ningún motivo para que, bajo ciertos supuestos excepcionales, el liberalismo no pueda aceptar que la libertad personal prevalezca sobre la propiedad privada o sobre los contratos, esto es, que la libertad personal pueda limitar el uso que se ejerce de la propiedad privada y de los derechos contractuales… Situaciones que, siguiendo a la doctrina penalista continental, podríamos denominar «estados de necesidad» de carácter extremo. Si, como hemos dicho, la razón última que justifica la prevalencia universal de los principios de justicia es el valor que toda persona implícitamente le reconoce a la capacidad de los seres humanos para actuar intencionalmente y, por tanto, a la necesidad de que cada persona disponga de un espacio moral propio dentro del cual ejercer sin interferencias externas esa capacidad de agencia propia (espacio moral delimitado por los anteriores principios de justicia), deberemos a su vez admitir que aquellas situaciones que amenazan con anular irreversiblemente esa capacidad de agencia podrán constituir excepciones a los principios de justicia (Lomasky, 1987, capítulos 4 y 5). Algunos ejemplos de estos estados de necesidad extremos donde la libertad personal prevalecería parcialmente sobre la propiedad privada o los contratos para vindicar la capacidad de agencia de una persona podrían ser los siguientes: un individuo que resida en una propiedad rodeada de otras propiedades y que no tenga vida alguna de salida podría pasar a través de las propiedades colindantes incluso con la oposición de los dueños (Van Dun, 2009); un individuo que suscriba un contrato de esclavitud sin posibilidad de rescisión podría, pese a ello, rescindir el contrato; un individuo al borde de la inanición y sin otra alternativa podría arrebatar la abundante comida de otras personas si no existiera ninguna otra alternativa en el muy corto plazo; o un naufrago en un bote extraviado en medio del océano podría obligar a su compañero a que le ayudara a remar para llegar a la orilla cercana si ésta es la única opción mediante la que ambos podrían sobrevivir… Los principios de justicia propios del liberalismo admiten ciertas limitaciones con tal de evitar la anulación irreversible de la capacidad de agencia de los individuos en condiciones de extrema necesidad… Los estados de extrema necesidad que anulen irreversiblemente la capacidad de agencia humana condicionan la aplicabilidad de los principios de justicia sin anular su régimen de protección (p. 282)”

En opinión de Capella: “La causa de fondo de esta posible prevalencia del principio de libertad sobre el de propiedad o el de autonomía contractual es que tanto la propiedad privada como los contratos son mecanismos jurídicos mediante los cuales ordenar las interacciones de los planes de acciones individuales y, por tanto, siempre deberían ser interpretados de tal modo que minimicen aquellas situaciones que anulen grave e irreversiblemente la capacidad de agencia (la capacidad de ejecutar fines propios) de una persona (Mack, 1995a).”


 

3. Las leyes universales: La opinión del autor

Me considero un adherente de la posición que manifiesta Capella frente a su homónimo intelectual. Los principios verdaderos jamás pueden tener equivalencias; no hay dos úteros para un mismo feto. El principio siempre es único. Por eso es un principio. Otra cosa es que más adelante ese camino se bifurque y afloren distintos itinerarios o alternativas. Es más, el hecho de que existan dos o más principios aparentes nos debería alertar sobre la posibilidad de encontrar un fundamento más básico, que reúna ambos en una misma proposición.

La provisionalidad de nuestro conocimiento hace que surjan este tipo de espejismos. Siempre da la impresión de que acabamos de llegar al fondo de una cuestión fundamental. Cuando Newton propuso su teoría de la gravitación muchos fueron los que pronosticaron el final inminente de la física. Organizamos todo para pensar que hemos alcanzado las fuentes originarias del saber, que brotan aquí y allá, a lo largo del lecho de un río. Y sin embargo, siempre existe algún avezado explorador que osa remover los turrones de yerba que crecen en derredor del agua, para acabar descubriendo un enorme lago subterráneo. Por eso es que muchas veces consignamos una serie de principios que luego se demuestra que estaban conectados con otros a través de alguna vía más general. Esto es lo que, al parecer, le ocurre al profesor Rallo.

Si hablamos exclusivamente de economía, no es difícil consensuar la existencia de varias proposiciones fundamentales. En ese caso, Rallo no estaría demasiado equivocado (es muy posible que esta sea la única explicación de su error). Pero la economía no es una ciencia básica. Trata de un caso muy particular, la especie humana. Por tanto, ninguna ley económica puede tener un carácter realmente general. El liberalismo clásico siempre ha avistado una meta en la lejanía: universalizar y caracterizar las reglas sociales. De este modo, muchos han sido los que han intentado buscar en lo más profundo de la naturaleza humana (iunsnaturismo). Su objetivo señala en la buena dirección. Pero con frecuencia sucede que acaban quedando atorados en el fango, víctimas de sus propias limitaciones. Muchas veces les pasa que, si bien tienen el deseo de legitimar sus ideas por medio de fundamentos reales, no disponen de las herramientas ni la mirada apropiadas. Muchos de estos liberales son especialistas en su materia: economistas, financieros, empresarios, etc. Les falta la visión integradora del generalista, la sabiduría del polímata que domina y abarca conocimientos sobre campos diversos. Y de ahí devienen las peleas encarnizadas que se brindan los unos a los otros. Unos resaltan la legitimidad absoluta de los contratos, por encima incluso de la propia vida. Otros convienen en aclarar que los contratos pueden ser ilegítimos, y ponen el ejemplo de aquellos casos en los que se obliga a una de las partes a rubricar el acuerdo. Estos últimos ponen el acento en el principio de la propiedad privada y la acción voluntaria. Algunos pocos afirman que la vida es sagrada y que debería defenderse independientemente de las circunstancias que concurrieran en el contrato. Y entonces se alzan iracundos los defensores irrestrictos del acuerdo voluntario y la propiedad privada, a los que la vida del marginado no les parece tan importante, siempre y cuando no se haya vulnerado un contrato mercantil o no se haya producido una extracción fiscal involuntaria, y descargan toda su ira sobre aquellos otros que tienen el cuidado de contemplar algunas medidas generales de última hora (estatales) que salven la vida de algún desarrapado o que protejan a los menores en el caso de que queden indefensos ante sus mayores. En esto, aparecen los rothbardianos que, merced a la savia nueva (revolucionaria) que les recorre el cuerpo, se atreven a realizar afirmaciones que al resto de mortales nos parecen abyectas y crueles, e impropias de un liberal. Aseguran que no estamos legitimados para obligar a un padre a conservar la vida de su hijo, si éste no quiere hacerlo. O que no se puede extraer un mínimo de renta para mantener ciertos servicios sociales básicos, tales como la defensa o la seguridad. O que la vida de un feto no vale absolutamente nada, y solo cobra sentido cuando resbala por el conducto del parto.

Todos estos embates surgen de considerar algún tipo de fundamento. Sobre todo se tienen en cuenta tres: los contratos voluntarios, la propiedad privada y el principio de no agresión. Se toman por valores absolutos incuestionables, y de ponerlos por encima de todo lo demás, se acaba cuestionando la salvaguarda de la propia vida.

En cambio, quienes coinciden en defender la vida por encima de todas las cosas, quedan horrorizados con esas ideas inéditas. Les horroriza sobre todo que estas opiniones tengan la misma raíz que aquellas que a ellos les han servido para identificarse dentro del movimiento liberal. Les parece asombroso que las ideas de Hayek y Mises hayan derivado en esto, que existan seguidores de la escuela austriaca que llegan a la conclusión de que un padre tiene derecho a dejar morir de hambre a una criatura indefensa. Este libertarianismo de postín ha hecho metástasis en muchas organizaciones de la sociedad. Ejemplo de ello es que algunos han llegado incluso a considerar a Ayn Rand como una defensora más del anarquismo de mercado. En la contraportada del libro Ayn Rand y Leo Strauss, dedicado al análisis del asalto a la cultura occidental del capitalismo durante el pasado siglo, cuyo autor es Francisco José Fernández-cruz, se afirma literalmente que: “el pensamiento anarcocapitalista de Ayn Rand, junto con el pensamiento neoconservador de Leo Strauss y los herederos políticos de ambos, han intentado en la recta final del siglo pasado y lo transcurrido en el presente afrontar la crisis histórica de la nación elegida por dios como campeones intelectuales del capitalismo, luchando por mantener a cualquier precio su hegemonía mundial. Y lo han hecho, una con la mano izquierda y el otro como la mano derecha del Leviatán capitalista” Muy grande tiene que ser el angioma del anarquismo para que se escriban y se publiquen libros cuya tesis central mantiene que la señora Rand era una pensadora de adscripción anarquista. Mucha lata han tenido que dar algunos para que hayamos acabado asumiendo que todos los liberales son anarcocapitalistas.

Los defensores acérrimos del contrato o la propiedad privada aducen que ellos son los únicos que llevan el razonamiento hasta sus últimas consecuencias, y nos tachan a los demás de irracionales e ilógicos. Dicen que nos dejamos llevar por el sentimentalismo y la sensiblería. Afirman que no somos coherentes con los axiomas, que si estos implican el abandono de niños o la aceptación del aborto, no deberíamos preocuparnos por la vida más de lo que lo hacemos por una larva de mosquito.

Ante esto solo cabe una alternativa posible: explicar mediante la razón cuales son los motivos que deberían tenerse en cuenta para salvaguardar la vida, por sobre los contratos o las propiedades. Es decir, debemos explicar por qué la vida es un principio más fundamental. En el fondo, no es difícil entender que la existencia de la vida es lo único que hace posible que existan también acuerdos y propiedades.

La defensa de la vida, así como la de todo acto que busque persistir en la existencia, ya sea mediante una garantía propia o a través de la conservación de los demás, no es en absoluto una dedicación arbitraria o secundaria. El principio más básico de todos se fundamenta en la vida del individuo, en su existencia como tal. Y por extensión también se fundamenta en la acción que emana de ese ser viviente. Individuación y acción son dos presupuestos básicos, los únicos que deberíamos tener en cuenta a la hora de desarrollar una verdadera fundamentación del mundo y de la sociedad (ontológica). Los contratos y las propiedades privadas entran dentro de una categoría secundaria, es decir, son distintos tipos de acción. Resultan como consecuencia de la acción de las personas. En cambio, la acción como tal, la acción en sí, y la individuación física que es condición de posibilidad de dicha acción, son requisitos existenciales sin los cuales no podría darse nada. De los contratos y las propiedades no resultan principios básicos, solo son fundamentales y necesarios en la medida en que respeten y se sigan de los verdaderos principios. Es decir, solo si los contratos favorecen la existencia individual y la acción voluntaria del individuo (la capacidad de agencia), pueden considerarse parte de los mismos fundamentos.

En este sentido, Capella hace bien en resaltar que la propiedad privada y los contratos mercantiles son mecanismos jurídicos mediante los cuales ordenar las interacciones de los planes de acciones individuales y, por tanto, siempre deberían ser interpretados de tal modo que minimicen aquellas situaciones que anulan grave e irreversiblemente la capacidad de agencia. El principio verdadero, el más esencial de todos, es aquel que se refiere directamente a la existencia del individuo, la cosa en sí. Dicha existencia implica una serie de acciones individuales que, en la medida en que mejoren y permitan la permanencia en el tiempo del ente en cuestión, constituyen también una parte esencial del condicionamiento apriorístico de dicha existencia. En este sentido, la capacidad de agencia a la que se refiere Capella, esto es, la acción intencional del hombre, es una manifestación más de la acción en general (de la posibilidad de existencia de las entidades individuales), y por tanto se integra plenamente en el concepto ecuménico al cual nos referimos. La vida como tal es la expresión que damos a todas esas condiciones existenciales. Por su parte, el contrato o la propiedad no pueden ser en ningún caso valores absolutos. Prueba de ello es que se pueden usar para ir en contra de la propia vida y de la libertad del sujeto. En tanto en cuanto esto sea así, serán deslegitimados si con ellos se viola esa existencia libre y esa capacidad de acción.

El principio de no agresión que suscriben los rothbardianos, el cual viene a negar toda recaudación fiscal y por ende también la existencia del Estado, por entender que es otra forma de agresión, no es en realidad un verdadero principio. Ni la agresión como tal, ni la ausencia de impuestos, ni la eliminación del Estado, constituyen principios reales. Si un sistema minárquico emplea un mínimo extractivo para mantener las condiciones y normas básicas que posibilitan y garantizan la vida, esto no va en detrimento de las causas teóricas que vendrían a justificar la ética liberal. Muy al contrario, ese estado se convierte en garante del principio de comportamiento que hace posible esas causas: la vida, la existencia, el progreso (la vida continuada) y la libertad individual.

El principio de no agresión solo es bueno en tanto en cuanto sirva para minimizar los agravios que se puedan cometer a la vida y la libertad o acción del hombre. Si esperamos que los órdenes espontáneos de la naturaleza solucionen todos los problemas que surgen cuando se viola el principio de no agresión, provocaremos sin quererlo el efecto contrario, aumentaremos la vulnerabilidad de dicho principio. El principio en cuestión no debe entenderse como que nadie puede obligar a nadie. La sociedad libre se basa y se justifica en una serie de deberes y obligaciones mutuos. Cualquier derecho esta precedido por una obligación. Si tengo derecho a habitar una vivienda es porque previamente habré trabajado duro para tenerla. Siempre debemos actuar. Las obligaciones son consustanciales a la vida, son los actos que se requieren para llevar una vida próspera. Igualmente, el principio de no agresión no implica el rechazo inmediato de cualquier detracción obligatoria de una parte de nuestra renta. Los impuestos no están totalmente deslegitimados. El principio no tendría que centrarse en saber si se produce agresión, o quién origina la misma. El principio debería atender exclusivamente a la finalidad que se busca con dicha agresión. Si la misma pretende garantizar el orden general a través del respeto y la defensa del individuo, debería legitimarse ipso facto. El principio es el individuo, no la falta de agresión. Para garantizar la libertad individual son necesarias dos cosas aparentemente contradictorias. Las personas deben conservar el máximo de su renta. Pero también es imprescindible que un mínimo de esa renta vaya destinado a mantener y conservar ese orden general que garantiza el marco de libertad y las condiciones básicas que son necesarias para que las personas sean libres. Esta defensa se pone más en cuestión cuando no existe un órgano general que proteja esos derechos fundamentales. Cuando la vida de un individuo corre evidente riesgo, no cabe esperar a que el asesino actúe primero, y tampoco debemos suponer que el agredido podrá defenderse. Es necesaria una institución que garantice la vida por encima de todas las cosas y que contribuya así a mejorar las condiciones básicas. El principio de no agresión no es un axioma fundamental. No lo es porque la falta de agresión no es una condición unívoca. La agresión podrá ser buena o mala dependiendo de a quien se agreda o para qué se agreda. El axioma fundamental es la existencia y la vida de millones de seres, todos los cuales constituyen y completan la comunidad global. El único axioma que puede incrementar el orden espontáneo hasta alcanzar unos niveles óptimos es aquel que protege la existencia de todos los individuos, sin limitarse a dejar que sea ese orden natural el único motor que mueva la evolución de los mismos. Esto parece una contradicción (los anarquistas de mercado usan continuamente esta aparente aporía para criticar a los defensores del estado mínimo). Pero no lo es. Evidentemente, estas medidas estatales siempre deberán ser mínimas, las necesarias para conservar unas condiciones básicas. De lo contrario, si intentamos detraer un gran porcentaje de renta, también nos estaremos cargando la libertad individual (socavaremos las propiedades individuales). El óptimo consistirá por tanto en detraer un mínimo porcentaje y dedicar este a crear una institución gubernamental que garantice hasta cierto punto la libertad de todos los individuos, en el nivel general.

Se podría aducir que la existencia individual y la vida humana tampoco son principios universales, que debamos proteger de manera incondicional. Si un individuo atenta contra la vida de otra persona, el afectado estaría legitimado para defenderse y acabar si es necesario con la vida del agresor, en el caso de que pudiera hacerlo. Aquí debemos realizar varias apreciaciones. Sin duda, el principio fundamental es el hecho individual. Todas las cosas son individuos, y todas actúan para permanecer como individuos, en virtud de la libertad que les concede esa condición. De lo contrario no existirían. Hasta aquí el axioma. Ahora bien, las acciones de supervivencia pueden ser siempre de dos tipos. Pueden ser colaborativas o pueden ser destructivas. Las primeras son condición para que los elementos de un sistema acaben integrándose y constituyendo una estructura en el nivel superior (por ejemplo, una sociedad con respecto a los individuos que la integran). En cambio, las segundas no pueden dar paso a ninguna organización más compleja. Todas estas acciones tienen existencia. Pero no todas contribuyen en el mismo grado a conservar y respetar esa existencia vital. Las acciones que propician la destrucción en derredor suyo, aunque son acciones que provienen lógicamente de individuos, en gran medida están yendo en contra del individuo como hecho general y de la individuación como principio universal. El principio es el hecho individual, no la acción de un individuo en particular o un tipo de acción. Todas las cosas son individuos. Todas las acciones emanan del individuo. El individuo es la fuente de todo acto y todo progreso o evolución. Pero no todas las acciones contribuyen en la misma medida a crear sistemas más complejos. Una sociedad está compuesta por individuos, como no podría ser de otra manera. La consignación de ese individualismo esencial hace posible que la sociedad progrese. El colectivismo y el socialismo niegan al individuo, y por tanto niegan también la realidad más básica de todas, la condición existencial del ente que constituye el sistema en cuestión. Pero esto no quiere decir que todo individuo esté legitimado para actuar. La condición para que surja el sistema social, y para que se agreguen, compitan y colaboren todas sus partes, es la de permitir solo aquellas acciones que no vayan en contra del propio principio de acción, aquellas que permitan la diversidad y que lleven a la constitución y evolución del sistema en cuestión. La condición universal es la existencia del individuo. Pero la sociedad de individuos tiene además otra condición, devenida de la primera. Una sociedad solo se puede formar si existen muchos individuos. Y es por eso que no todos los individuos ni todas las acciones son igualmente válidos (solo serán válidas aquellas acciones que colaboren entre sí y que fomenten esa construcción social).

Muchos liberales no alcanzan a entender que la defensa del individualismo, como hecho eidético, derive indefectiblemente en la defensa de unos principios éticos afines al hombre y concurrentes con ese concepto general. Consideran que es un salto lógico demasiado arriesgado; insalvable. Afirman que las acciones y los individuos no son necesariamente éticos y, por tanto, no aceptan que de la defensa de la individualidad emerja la defensa de una ley moral correcta. No entienden que algunos afirmemos la preeminencia del individuo por encima de todas las cosas, y luego pretendamos sacar de esto alguna conclusión ética universal. En este caso, lo que hay que saber es que el valor ético supremo entraña el respeto de la vida de las personas, en tanto en cuanto esta contribuya a incrementar la capacidad de agencia, la diversidad de seres, las posibilidades humanas, y el hecho individual. Y la propia vida queda anulada cuando se utiliza para disminuir esas capacidades, como muy bien afirma Capella en su réplica del trabajo de Rallo, y, antes que él, todos los liberales austriacos que han puesto el acento en la acción humana.

Nadie va a encontrar jamás una ley verdaderamente universal en la economía o la política. Sencillamente no existen. Pero esto no quiere decir que no haya leyes universales. Por supuesto que las hay. No obstante, estas nunca pueden basarse en una circunstancia particular, una acción económica o una institución social (caso de los contratos). Por el contrario, tienen que enmarcarse en un ámbito mucho más general. Si son leyes universales deben referirse a una cualidad ecuménica, que pueda consignarse en cualquier lugar del universo y que afecte sin restricciones a la existencia de cualquier cosa o fenómeno. Por el contrario, un contrato es un papel que firman dos seres humanos en un momento dado de su vida. Realmente, es algo muy específico. Ninguna regla que se base en contratos podrá jamás constituir una ley universal.

El principio de identidad de Aristóteles, así como la libertad individual que defienden los liberales clásicos, presupone una característica indiscutible. Las cosas solo pueden existir si tienen entidad propia, esto es, si son individuos concretos. Los contratos voluntarios son manifestaciones de dicha individualidad, lo mismo que la propiedad privada. Pero no representan el sustrato básico, y por tanto su consideración como tales puede conllevar cierto peligro. En cambio, la acción como tal sí es un fundamento básico. Todos los seres actúan y modifican su entorno próximo buscando un beneficio propio, que les permita perdurar y seguir actuando y evolucionando en el contexto del mundo. La acción humana de Mises es el caso que se aplica a la sociedad y la economía, y es importante porque viene a implementar el principio natural para el caso del hombre. No obstante, hay que entender que el principio consiste en describir una acción genérica autorreferencial, la acción en sí, la acción de perpetuación que luego se manifiesta a nivel local en un sinfín de acciones distintas (algunas de las cuales se constituyen como contratos voluntarios). Además también hay que entender que la acción conlleva siempre dos implicaciones contrarias, una buena y una mala. La buena consiste en provocar una situación acorde con el principio del cual se deriva toda acción. Y la mala supone lo opuesto, contravenir el propio principio, esto es, actuar para ir en contra de la propia acción (destruir las acciones de los demás de manera sistemática). Por eso, debemos distinguir muy bien lo que es el principio general de lo que son sus implicaciones lógicas, y posteriormente debemos primar aquellas acciones que en verdad respeten y propicien las implicaciones correctas y los presupuestos de dicho principio. Lo mismo ocurre con los contratos y la propiedad. Son acciones que pueden tener dos consecuencias lógicas, una mala y una buena. Los convenios entre los hombres se pueden usar para ejercer el mal o para fortalecer el respeto. De tal modo que, si consideramos equivocadamente que esos contratos o esa propiedad privada son valores absolutos (como hacen muchos rothbardianos y anarquistas), lo que estamos haciendo es fomentar los dos tipos de acciones, las positivas y las negativas, lo cual nos lleva irremisiblemente a una situación peor que la que tendríamos si distinguiéramos las implicaciones correctamente y si estableciésemos unas garantías de cumplimiento generales (estado mínimo) que minimizasen el impacto de las acciones malas (destructivas).

Todas las cosas están determinadas a ser como son, y dejan de ser si no son algo concreto. Si queremos defender la libertad y la propiedad del individuo, tenemos que defender también su característica más fundamental. La propiedad privada por excelencia, de la cual deriva la legitimidad de todo derecho de propiedad, es la propiedad entitativa, esto es, el carácter de cosa. La propiedad del cuerpo humano, así como la de los bienes materiales obtenidos con éste, constituyen la consecuencia más lógica de dicho principio, cuando este se aplica al estudio del hombre. Y su importancia social no tiene otro motivo que el de ser también una parte indiscutible de esa realidad ontológica. La propiedad privada que contempla el ordenamiento jurídico, y que establece la convivencia entre las personas, no deja de ser un tipo de identidad, aquella que apela a las circunstancias concretas que determinan la razón de ser de dichas personas (su vida y sus relaciones).

No podemos poner por encima de la vida en general (de un mínimo de garantías) la legalidad de los contratos o la legitimidad de las propiedades. Otra cosa es que la implementación de esos contratos enraíce y se sustente en leyes universales, a modo de implicaciones lógicas. Podemos decir lo siguiente. Dado que las normas que garantizan el cumplimiento de los contratos voluntarios están motivadas y se inspiran en el respeto a la existencia individual y la acción del individuo, dichas normas pueden representar generalidades del siguiente tipo: toda sociedad que se acoja a ellas evolucionará y prosperará más rápido, en la medida en que las distintas partes y elementos del sistema muestren una mayor diversidad y capacidad de acción. Pero esto siempre estará condicionado a que esos contratos respeten realmente la individualidad y la acción y no propicien lo contrario.

El principio básico es el individuo y su acción perpetuadora. El respeto por el individuo conduce a la explosión de individuos, a la diversidad de acciones y a la variedad de soluciones que vienen a mejorar la vida e impulsar el progreso. Pero un contrato no es más que una acción específica, circunstancial, homínida. Por eso Rallo intenta justificar la ayuda estatal mínima bajo ciertos supuestos excepcionales, alegando que la libertad personal prevalece sobre la propiedad y los contratos. En realidad lo que prevalece es la visión de un principio anterior: la capacidad de agencia, y en último caso la acción y la existencia individual de todos los seres.

La escuela austriaca se caracteriza y se diferencia del resto de corrientes por buscar principios económicos realmente básicos, que encuentra en la naturaleza humana y en los axiomas de la realidad praxeológica. Por su parte, los economistas y académicos que suscriben esas ideas no se deberían quedar en la mera contemplación de sus respectivas asignaturas. Deberían ir más allá, llegando hasta las ciencias más básicas, la biología y la física, e incluso tomando el testigo de la filosofía.

Estoy tan convencido de que ese carácter interdisciplinar es la seña que mejor define a la escuela austriaca, coincido tanto con Capella en cuanto a la búsqueda de una fundamentación que exceda de una vez por todas lo meramente económico (en la que se implique la física y la biología), que no puedo dejar de pensar que incluso el propio Capella se queda corto en este propósito. Él mismo suele decir que hay que ir más allá de la escuela austriaca. Por mi parte, coincido tanto con esta visión que pienso que hay que ir incluso más allá de la escuela de Capella. Es decir, no nos podemos limitar a la biología o la física. Debemos encontrar también una fundamentación filosófica, no solo científica.

Si algo define a la escuela austriaca de economía es su carácter esencialmente filosófico, la adopción del dualismo metodológico y el método deductivo, que básicamente viene a sugerir la necesidad de interpretar los hechos de dos maneras. No solo de forma empírica, sino también a través de la especulación pura, al modo de la filosofía, y en contraposición con esos positivistas e historicistas que solo resaltan el método científico. Los economistas austriacos aseguran que existen verdades evidentes que nadie puede negar sin contradecirse, y de las que se puede partir para acometer un razonamiento lógico sin necesidad de demostrarlo empíricamente. Si nos olvidamos de esta posibilidad gnoseológica, estaremos ignorando la razón que hizo nacer a la escuela austriaca de economía, que no es otra que la de aceptar esa dualidad epistémica. Y estaremos obviando la cualidad que hace de esta escuela una corriente de pensamiento interdisciplinar, que admite la praxis científica, pero que también asume como propio el método intuitivo de la deducción.

La ciencia ha dispuesto siempre de un éxito arrollador, que se ha intensificado en los últimos siglos. Esto ha ejercido en la filosofía un efecto devastador. Los hombres dejaron de confiar en el arjé de los griegos, y se volvieron más prácticos y reacios a aceptar las preguntas fundamentales que les planteaban los filósofos. En el mejor de los casos, la filosofía pasó a un segundo plano. En el peor, se tornó en una disciplina dudosa. Para muchos científicos los filósofos son una clase de apestados que hay que evitar, y la filosofía es una superchería barata. Pero hay una función que la ciencia nunca podrá suplantar. La filosofía es conocedora de un principio básico, con el que jamás se podrá equiparar ninguna generalización científica. Dicho principio hace referencia a una cualidad de la naturaleza tan general que no se puede negar sin contravenirla al mismo tiempo. Dicha cualidad evoca una condición irrecusable, necesaria para existir. La ciencia estudia las distintas alternativas que pueden adoptar los fenómenos físicos; por eso necesita hacer siempre una comprobación ulterior. Pero la filosofía se encarga del estudio de una propiedad absoluta, cuya necesidad vuelve innecesario el experimento científico, ya que no puede existir nada que no cumpla dicha regla. Esa propiedad existe, a pesar de que los científicos piensen lo contrario. El mundo está lleno de alternativas, y la ciencia es una herramienta indispensable para conocerlas todas y saber cuáles son las que realmente describen nuestro mundo. Pero esto no obsta para que exista alguna propiedad completamente necesaria, que no precise del instrumental quirúrgico que despliega el científico. Los hombres de ciencia suelen rechazar ese otro método porque han sido educados para priorizar y rigorizar el suyo propio. El celo que sienten por la demostración empírica juega un papel importantísimo a la hora de describir los hechos sobre los que suelen teorizar. Deben ser muy cuidadosos: esos hechos pueden ser de muy diversas maneras. No deben dejar ningún cabo suelto. Pero esta meticulosidad también les juega una mala pasada, pues creen que no existe otro método alternativo al suyo propio. Sobre todo, niegan que se pueda acceder al conocimiento sin esforzarse por contrastar los datos, usando simplemente la introspección y la intuición deductiva, como hace la filosofía.

Aunque sea por motivos diferentes, Capella y Rallo coinciden en una cosa. Ninguno de ellos niega en el fondo ese método alternativo, ni la preeminencia del único principio que se deduce con él. Rallo afirma que existen tres principios equivalentes, pero subrepticiamente acaba dando la razón a Capella, al decir también que, bajo ciertas circunstancias, prevalece uno de los principios sobre los demás. Lo que en realidad está reconociendo Rallo es que, en el fondo, solo existe un principio verdadero originario. En consecuencia, estoy seguro de que el propio Rallo rubricaría lo que asegura Capella en su artículo, a saber, que existe un precepto más general que engloba a todos los demás:“La universalidad puede interpretarse de diversas maneras progresivamente más exigentes (universalidad más fuerte): que las normas se aplican a todos los sujetos éticos sólo como agentes (todo el mundo debe ayudar al prójimo); que las normas se aplican a todos los sujetos éticos como agentes y como receptores de efectos de acciones (todo el mundo debe respetar a todos los demás); que las normas se aplican a todos los sujetos éticos como agentes y como receptores de efectos de acciones en todas las circunstancias posibles (de tiempo, lugar y cualesquiera otras condiciones internas o externas a los agentes). La universalidad sobre las circunstancias implica que estas no pueden considerarse, que las normas deben ser las mismas en todas ellas, sin excepción… Sin embargo a mi juicio la funcionalidad de las normas éticas se refiere a que las normas permiten la convivencia pacífica y la cooperación armoniosa de individuos que podrían tener conflictos, para evitar, minimizar o resolver estos: son normas que permiten en el sentido legal (ni prohíben ni obligan), no que garantizan que la gente va a seguir viva como requisito para convivir e interactuar, o que va a disponer con seguridad de medios de acción suficientes para así poder actuar y cooperar con otros”.

Por otro lado, Rallo también se puede defender alegando que él solo está hablando de economía, en cuyo caso existen varios principios secundarios que derivan del principio original y que por tanto pueden tener cierta equivalencia. Estoy seguro de que Capella también sabrá reconocer esto.

Con todo, Capella y Rallo están más cerca en estas cuestiones de lo que seguramente puedan llegar a admitir en algún momento. Rallo acepta de forma velada la existencia de un principio superior a los demás. Y Capella suele incidir con frecuencia en la idea de que la economía no es una ciencia realmente fundamental y por tanto podría admitirse la existencia dentro de ella de algunas proposiciones equivalentes que en ningún caso vendrían a negar el principio más básico que está detrás de las mismas.

En general, ni siquiera la vida constituye un hecho ecuménico. Nadie puede garantizar la vida. Lo que sí se puede es crear condiciones jurídicas (el marco legal) que permitan un mayor progreso de la sociedad. El axioma fundamental se refiere al hecho individual, no a la vida de un individuo en particular. Lo que es seguro es que las sociedades prosperan cuando aprenden a garantizar en lo posible la existencia de los individuos de los cuales están compuestas. Y esto es así porque lo que en el fondo subyace, lo que se está optimizando con esas medidas, es la propia existencia de diversos individuos y, en consecuencia, su esfuerzo por permanecer y conservarse en el tiempo (la evolución). Por encima de todo, lo que hay que entender es que el principio más básico de todos es el principio de individuación, la individualidad, la existencia de lo individual, el individuo en el espacio, y su corolario lógico, el individuo en el tiempo, su acción perpetuadora y su progreso. Estos dos axiomas son todo lo que hay que decir en cuanto a ontología se refiere. Los contratos voluntarios, la propiedad privada, o el respeto armonioso de las partes, son meras implicaciones lógicas, deducciones del principio ontológico, aplicaciones sociales que incumben exclusivamente a la especie humana y que deben tener un respaldo legal para que no se conviertan en implicaciones de otro tipo. Todas estas implicancias suponen consideraciones generales solo si respetan y derivan del principio de existencia, asiduo de todas las cosas del universo. Capella tiene razón. La capacidad de agencia, y más específicamente, la acción y la individuación de los entes, constituye el único fundamento a tener en cuenta.

Un principio realmente general (universal) debe ser capaz de describir las condiciones básicas que permiten la existencia de todas las cosas. En su elaboración, solo debemos atender a esas exigencias. Todos los existentes tienen que cumplir estas condiciones. De lo contrario no existirían. La existencia es un hecho dimensional, ocurre en el espacio y en el tiempo. Lo individual apela a la existencia del ser en el espacio, independiente de otras regiones, limitado y reconocible, inmiscible e indivisible. Por su parte, la acción alude a esa misma existencia cuando se prolonga en el tiempo, esto es, cuando el ser individual actúa para permanecer y conservarse. Por eso el principio se debe descomponer a su vez en otros dos axiomas: individuación y acción. Nada existe si no es un individuo y si no actúa como individuo, para mantenerse.

Y finalmente, también tenemos la obligación de atender a las implicaciones lógicas que se predican del principio en cuestión. Así, diremos que la mejor forma de favorecer el progreso y el bienestar social consiste en crear resortes institucionales que blinden y garanticen la prevalencia del hecho individual y la acción libre, asegurando que éstas se amplíen al máximo número de personas posible, convirtiendo en norma general lo que ya es en sí una ley natural absoluta, la existencia del individuo y su correlato social: el respeto por la vida y la propiedad de uno, y asentando todos estos propósitos sobre bases jurídicas, concordatos e instituciones generales que velen por el cumplimiento de dichas normas y que coadyuven en la realización de una sociedad mucho más dinámica y próspera, unida en lo esencial pero diversa en lo particular, defensora unánime de la libertad, y por ello compuesta también por muchas y muy distintas gentes, y promotora del mayor progreso de todos.

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El desmantelamiento del Estado: un proyecto de plazos

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1. Introducción

Una sociedad sana, que se encamine hacia el progreso en línea recta, debería también ser una sociedad tranquila, que camine con paso lento pero firme en la buena dirección. Carlos Rodriguez Braun, que de esto sabe mucho, aprecia de manera significativa el pensamiento de Adam Smith, precisamente por esa moderación que recorre toda su obra. En la introducción que hace al libro de Smith, La Teoría de los Sentimientos Morales, nos dice lo siguiente: “La moderación smithiana se observa en los criterios que recomienda seguir para las reformas… Las reformas han de hacerse con cautela y con una permanente atención al consenso popular. Hay que adaptarse a lo que piensa la gente y seguir el consejo de Solón: no buscar el mejor sistema, sino el mejor que el pueblo sea capaz de tolerar.” Por eso es conveniente que, antes que nada, consignemos las etapas que entrarían en juego en este desarrollo paulatino y tanteemos las posibilidades que tenemos de llevarlas a cabo. Todo proceso gradual tiene algunas zonas grises donde no se sabe muy bien a qué atenerse. Unos dirán que la fase concita determinados supuestos, y otros verán conveniente añadir o quitar algunos, o cambiarlos por otros. Sin embargo, no es mi objetivo dirimir ahora estas cuestiones técnicas. Solo aspiro a plantear un esquema general, sin entrar demasiado en los detalles. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos contemplar únicamente tres periodos principales.

2. Primera fase:

2.1. Objetivo: Sentar las bases de una sociedad minarquista incipiente.

2.2. Medios: Reducir y eliminar el déficit y la deuda del Estado, que acaba ahogando las economías familiares y los proyectos de futuro bajo una losa de intereses cada vez más ominosa. Reducir y eliminar todas las subvenciones, que lo único que hacen es premiar la falta de eficacia, distribuyendo el dinero entre aquellos que no saben producirlo y que no se mantendrían de otra manera. Reducir y eliminar todos los aranceles, que entorpecen el libre intercambio entre las personas, su iniciativa y su desarrollo. Reducir y eliminar los impuestos directos a las empresas, que estrangulan su financiamiento y su funcionamiento normal. Eliminar cualquier otra manifestación de la intervención masiva del Estado en la industria en general. Mantener solo un impuesto universal al consumo, que premie el ahorro y que garantice aquellos servicios sociales básicos que aún continúen en manos del Estado.

3. Segunda fase

3.1. Objetivo: Alcanzar el estado de una sociedad minarquista madura.

3.2. Medios: Reducir y eliminar la educación y la sanidad públicas, manteniendo exclusivamente una política de cheques para las rentas más pobres. Reducir y eliminar cualquier intervención en materia de infraestructuras, salvo quizás aquellas mas imprescindibles. Mantener únicamente una justicia y una defensa sólidas y eficaces, que permitan el cumplimiento de la ley marco y que se limiten exclusivamente a actuar como tribunales de última instancia.

4. Tercera fase

4.1. Objetivo: La sociedad anarcocapitalista.

4.2. Medios: Reducir a la mínima expresión, y finalmente eliminar, la estructura orgánica del Estado. Privatizarlo todo. Incluir las leyes y la justicia en el engranaje de la competencia.

5. Conclusiones

El ideal del liberal debería aspirar a alcanzar y completar la segunda fase. Ese es el punto óptimo en el que se lograría por fin una sociedad con el máximo grado de libertad y desarrollo. Sin embargo, la sanidad y la educación públicas son dos vacas sagradas para la mayoría de la gente, y no están dispuestos a ponerlas en tela de juicio, y menos aún a sacrificarlas. Esto compromete gravemente el anhelo del liberal, le obliga a rebajar el nivel de exigencia y a renunciar a la segunda fase de su proyecto.

La tercera fase es un ideal falso, un objetivo espurio. El minarquismo es un equilibrio inestable. Una vez alcanzado el punto óptimo, de máximo rendimiento, tras conseguir instaurar un estado minarquista, pretender ir más allá solo puede hacer que nos deslicemos por la otra ladera, sembrada de anarquistas y carente de normas generales que blinden el correcto desarrollo y desenvolvimiento de toda la sociedad.

Finalmente, el único ideal posible a medio plazo es el de encarrilar y completar en la medida de lo posible la primera de las fases que arriba se han consignado. Esta aspiración parece insignificante, al lado de las otras dos. Sin embargo, la buena noticia es que, si superamos ese primer escollo, y vencemos las complicaciones y los retos que éste nos plantea, habremos conseguido la mayor parte de nuestros objetivos. La sociedad sería mucho más libre, y el progreso se dispararía enormemente. La segunda fase es un accesorio o añadido en la buena dirección, pero no proporciona tanto impulso ni tantos éxitos como el paso anterior. A tenor de esto, es fácil ver que el ideal del liberal no es un objetivo tan lejano (no es una utopía). Si tenemos en cuenta que lo realmente importante, en lo que tenemos que incidir y fijarnos, es en lograr esa primera fase, nuestro objetivo aparece mucho más cercano y el optimismo que despierta en nosotros esa confinidad nos llena de fuerza y nos aproxima todavía más a la meta.

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Reseña: Aristóteles – Metafísica

Aristóteles-Metafísica

Reseña: Metafísica (en latin: Metaphysica, y este del griego: Tα Μετα Tα φυσικά [ta meta ta physika]) es una de las obras más controvertidas e importantes de Aristóteles. El nombre es post-aristotélico, generado por Andrónico de Rodas para denominar un conjunto de tratados dispersos y en cierta manera también disímiles. El objeto principal de la metafísica es errático, comprendiéndose tanto un aspecto ontológico como teológico que generará diversas interpretaciones acerca de la predominancia e importancia de uno u otro aspecto. En parte, examina lo que puede ser afirmado sobre cualquier cosa que exista sólo debido a su existencia y no debido a las cualidades especiales que tiene (interpretación de Gómez Lobo). También analiza los distintos tipos de causa, forma y materia, la existencia de objetos matemáticos, cuestiones tratadas en otras obras. (Fuente: Wikipedia)

Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber. Con estas palabras se inicia el libro primero de la Metafísica de Aristóteles. Ese deseo de saber culmina en la adquisición de la sabiduría que consiste, para Aristóteles, en el conocimiento de las causas y los principios del ser. Y ese conocimiento es el objeto de la metafísica, de la ciencia de las primeras causas y principios del ser, el conocimiento del ser «en cuanto ser», el conocimiento de la causa última de la naturaleza y de la realidad. (Fuente: Webdianoia)

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Documental: vida y obra de Richard Feynman (1918-1988)

 

Richard Phillips Feynman (11 mayo 1918 hasta 15 febrero 1988) fue un físico teórico estadounidense conocido por su trabajo en la formulación integral de la trayectoria de la mecánica cuántica, la teoría de la electrodinámica cuántica y la física de la superfluidez del helio líquido subenfriado, así como en la física de partículas para el que propuso el modelo Parton. Por sus contribuciones al desarrollo de la electrodinámica cuantica, Feynman, en forma conjunta con Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga, recibió el Premio Nobel de Física en 1965. Él desarrolló un esquema de representación pictórica ampliamente utilizada para las expresiones matemáticas que rigen el comportamiento de las partículas subatómicas, que más tarde se conoció como los diagramas de Feynman. Durante su vida, Feynman se convirtió en uno de los científicos más conocidos en el mundo. En una encuesta de 1999 de los 130 principales físicos de todo el mundo de la revista británica Physics World, Feynman fue clasificado como uno de los diez más grandes físicos de todos los tiempos.

Ayudó en el desarrollo de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y se hizo conocido a un amplio público en la década de 1980 como miembro de la Comisión Rogers, el panel que investigó el desastre del transbordador espacial Challenger. Además de su trabajo en física teórica, Feynman se ha acreditado con pioneros en el campo de la computación cuántica, e introdujo el concepto de nanotecnología. Ocupó la cátedra de Richard Chace Tolman en física teórica en el Instituto Tecnológico de California.

Feynman fue un divulgador entusiasta de la física a través de libros y conferencias, incluyendo una charla de 1959 sobre nanotecnología de arriba hacia abajo llamada “There’s Plenty of Room at the Bottom” (Hay mucho sitio al fondo), y la publicación de tres volúmenes de sus conferencias de pre-grado,The Feynman Lectures on Physics. Feynman también se dio a conocer a través de sus libros semi-autobiográficos “Surely You’re Joking, Mr. Feynman!(«Está usted de broma Sr. Feynman?) y “What Do You Care What Other People Think?” (¿Qué te importa lo que otros piensan?) y los libros escritos sobre él , como “Tuva or Bust!” y “Genius: The Life and Science of Richard Feynman by James Gleick”. (fuente wikipedia)

Personalmente recomiendo dos libros maravillosos: Está usted de broma Sr. Feynman? y El arco iris de Feynman

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Razones para votar al partido libertario: Juan Pina o la contrapolítica

Razones para votar al partido libertario español:

– La riqueza expresiva y de exposición que muestra su dirigente al hablar y que denota una gran inteligencia por su parte.

– La coincidencia en la mayoría de las ideas de fondo que plantea dicho partido y que sin duda están en consonancia con los ideales del liberalismo.

– La necesidad de extender el mensaje liberal en un mundo infestado de políticos interesados y políticas socialistas.

– La intención de luchar contra cualquier agente infiltrado que aspire a romper la unidad de los liberales resaltando las diferencias anecdóticas por encima de la esencia de los principios. Aquí quiero subrayar la especial inquina que los propios libertarios y los anarquistas de mercado muestran a veces hacia cualquier proyecto político, desconociendo absolutamente la realidad en la que viven y la situación de su país. Por contra, el partido de Juan Pina es consecuente con esa realidad y sabe que su programa es un proyecto a largo plazo, progresivo y transitorio, que necesariamente pasa por hacer política.

– La apelación constante del líder de este partido a la figura y el pensamiento de Ayn Rand, en contraposición con aquellos acomplejados que la rechazan y que buscan el disenso permanente, seguramente porque desean crear su propia tribu de liberales dentro de la familia de pensadores austriacos, tal vez para sentirse integrados y acogidos en un grupo más pequeño y manejable. Sin embargo, ningún proyecto intelectual puede surgir y prosperar tomando como ejes la división, la pertenencia tribal o el sentimiento primitivo. Ganamos cuando usamos toda la artillería dialéctica y todo el legado académico que tenemos a nuestra disposición: escuela austriaca, escuela objetivista, escuela de la elección pública, etc…

Todos estos motivos quedaron patentes ayer, en la charla que ofreció Juan Pina en la sede del Instituto Juan de Mariana. Recomiendo encarecidamente su visualización y garantizo su provecho.

Aquí la charla:

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Dos admoniciones a Juan Pina:

  • Que resuelva con tanta ligereza el problema de la unidad de España. La unidad en lo esencial es algo incuestionable. Me cuesta creer que la federación que el señor Pina defiende pueda ser otra cosa que un sistema unido en lo esencial. El partido libertario promueve una competencia fiscal de las regiones, pero no creo que quieran también que compitan en leyes básicas. Tal vez Juan Pina peque de ingenuo en este punto, al defender con tanta elocuencia la segregación incondicional. Pero creo que ello va en contra de la esencia de su mensaje. Ninguna de sus ideas se sostendría una semana si injertara una clausula que permitiera la disolución del sistema liberal que por otro lado promueve. No obstante,  esa postura de Juan Pina es lo único que a mí me hace recelar del programa de este partido político en ciernes.
  • Que resuelva con tanta ligereza el problema del aborto. Cuando le preguntan sobre este tema lo único que sabe responder es que él esta, como en todo, a favor de la libertad personal. Cabria preguntarle si la libertad ha de aplicarse igual cuando el feto tiene un día de vida que cuando tiene nueve meses.  
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Por qué no soy monárquico, y tampoco demócrata y, menos aún republicano: porque yo solo defiendo la libertad individual

Una de las mejores cosas que podemos hacer los intelectuales a la hora de evaluar las leyes de la naturaleza (y de la sociedad) es la de insistir en diferenciar dos categorías distintas. Las reglas que afectan a los hechos particulares, como por ejemplo las que se deben debatir dentro de una comunidad o una asociación (ej. el tipo de puerta que habrá de colocarse en la entrada de una urbanización) deben someterse necesariamente a votación. Pero no pasa lo mismo con aquellas reglas más generales que no pueden tener alternativa y que son universales y necesarias. Los democraticistas intentan someter todo a plebiscito popular. Al hacer esto, ponen en duda las leyes más generales e importantes, que deberán someterse en cualquier caso al arbitrio de la mayoría, y al mismo tiempo se entrometen en aquellas otras normas que solo deben dirimirse en el ámbito del individuo. En ambos casos incurren en medidas coactivas que disminuyen gravemente la libertad de las personas, bien porque no se respeten sus derechos más fundamentales, bien porque no se les permita decidir sobre asuntos que solo les afectan a ellos.

Yo no soy monárquico. Ahora bien, esto no me impide ver que la democracia puede ser un sistema mucho peor. ¿Y por qué esto es así? ¿Por qué la democracia puede ser peor que la monarquía, o la monarquía peor que la democracia? Pues por la misma razón que vengo aduciendo todo el rato. La única verdad absoluta es aquella que defiende la libertad del individuo. Si no se defiende de manera absoluta esta libertad, se acaba cayendo en un relativismo ideológico que puede convertir la sociedad en un sistema mejor o peor, según lo quiera el monarca de turno o el populacho que represente la mayoría en ese momento. Las ideas no son buenas porque lo diga un rey o porque lo diga una mayoría. Las ideas son buenas porque se ajustan a la verdad, y serán más buenas en tanto en cuanto se ajusten a la verdad más grande de todas: la libertad individual.

El principal problema, y el drama que acucia el desmembramiento y el cainismo de las sociedades de todas las épocas, reside en el hecho de que la gente siempre ha creído fervientemente en el Estado y en el político, ya sea éste un representante del pueblo, o haya sido fruto de un golpe de mano dirigido militarmente. Da igual. Todos creen que es imprescindible que exista un gobierno consolidado y robusto, que dictamine las normas que deben seguir todos los ciudadanos de un país. Es por ello que, no bien depuesto un sistema, ya surgen voceros y personajes mesiánicos que arengan al pueblo para sustituir éste por otro equivalente, que ellos piensan que será mucho mejor. Pero, como quiera que no existe un gobierno mejor que otro, porque todos son igual de malos, al final el problema se repite y se agrava, y siempre vuelve a caer otro gobierno y a alzarse uno más. La historia está jalonada por este tipo de sustituciones. El motivo de ello está bastante claro. La gente piensa que el político desempeña un papel imprescindible, que la sociedad debe guiarse desde la democracia socialista, que hace falta intervenir constantemente la economía de los ciudadanos, que es preciso cambiar las cosas, combatir la injusticia. Esta escusa les sirve a los totalitarios para camuflarse y para pasar desapercibidos, para aparentar respeto, y para cubrirse con todo tipo de artificios y máscaras de attrezzo. Todos afirman que son demócratas, que son ellos los que dejan que la gente se exprese en las urnas, y que respetan las votaciones y la voluntad de los demás. Sin embargo, el verdadero respeto no reside en dejar que las personas elijan al próximo déspota y al siguiente gobierno, sino en dejar de decidir por ellos, en dejar de votar a políticos, en dejar de convocar referéndums, en dejar de votar, en dejar hacer. El verdadero voto, el más libre de todos, es el que echamos todos los días cada vez que actuamos y decidimos de manera particular, cada uno de nosotros. Ese voto no se puede impugnar, ni hace falta estimularlo con panfletos y propagandas. Ocurre de forma natural, cuando no existen electores de otro tipo. En cambio, el voto de la mayoría solo busca imponer una determinada idea, que siempre será necesario consensuar en las urnas.

Los que antes se trataban de camaradas, y elevaban la voz para gritar consignas nazis o leninistas, ahora salen a la calle para aclamar a la república y a la democracia. Una vez que el comunismo y el totalitarismo han conseguido exterminar a millones de personas, y se hace casi imposible su defensa, aquellos que en otra época sí los habrían defendido, ahora se visten de demócratas, porque eso les permite seguir apoyando el totalitarismo de manera soterrada, a través de la coacción que ejerce la mayoría representativa sobre la minoría ácrata, en el parlamento y en las instituciones, copando los mecanismos de producción, y haciendo política. Ahora ya no se agrede ni se viola la vida, pero sí se utiliza una agresión sistemática e institucionalizada sobre la renta de todos los ciudadanos. Hoy en día el Estado nos roba en impuestos la mitad de lo que ganamos en un año de trabajo, y en cierto modo, también nos está robando la mitad de nuestra vida. Es preciso que detengamos esta sangría, de una vez por todas. Hay que encontrar y eliminar al genocida.

Ahora bien, en un régimen democrático el Estado es un mero reflejo de lo que desea y elige la mayoría plebiscitaria. Por tanto, el asesino no es un sujeto en particular. Existen muchos culpables, todos los que creen en estas socialdemocracias hiperinfladas y pseudofascistas, todos los que reclaman cada vez más poder popular, más Estado, más republica, y más sediciones. Todos tienen las manos manchadas de sangre. El homicida de la libertad presenta, a día de hoy, el aspecto de una Hidra; es un monstruo de muchas cabezas. Y el homicidio que está perpetrando acaso solo encuentre similitudes con ese crimen que relata Agatha Christie en su obra más famosa: Asesinato en el Orient Express. La historia de la democracia occidental tiene la traza de una novela negra, con muchos cómplices, y con un final poco tranquilizador.

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Por qué no soy monárquico, y tampoco demócrata, y menos aún republicano

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El keynesianismo: sobre la violación de la ley de causalidad

medd_01_img0042Una de las leyes más básicas que existen en la naturaleza, si no la más básica de todas, es la que se conoce comúnmente como principio de causalidad. En correlación con esto, una de las explicaciones que mejor han sabido captar la esencia y el contenido de dicha ley, es la que nos ofrece Ayn Rand a través del discurso de su personaje literario Jonh Galt: “La ley de causalidad es la ley de identidad aplicada a la acción. Todas las acciones son causadas por entidades. La naturaleza de una acción es causada y determinada por la naturaleza de las entidades que actúan; una cosa no puede actuar en contradicción con su naturaleza (…) La Ley de Identidad no permite que comas tu torta y la tengas también. La ley de causalidad no permite que comas tu torta antes de que la tengas”

La identidad o individualidad de las cosas es condición esencial de su existencia. Constituye el axioma más básico. Nada existe que no tenga una identidad. Identidad y existencia son la misma cosa. Y la causalidad es su corolario lógico, es la identidad aplicada a la acción y al tiempo. Cualquier proceso de la naturaleza, real o imaginario, ha de presentar unas causas concretas y también debe producir unos efectos determinados. En consecuencia, dicho principio actúa como preámbulo de toda forma de conocimiento; es fundamental en todas las ciencias y disciplinas (la condición metafísica se transforma también en condición gnoseológica). El requisito básico para comprender el mundo consiste en presuponer que la realidad tiene siempre un carácter mecánico y causal. El científico que se enfrenta al funcionamiento de un fenómeno nuevo, y se afana en describirlo, debe empeñarse asimismo en hallar las causas ocultas que motivan el suceso en cuestión. El mundo está lleno de pequeños mecanismos, y nosotros estamos obligados a desmontar la maquinaria si queremos comprenderla. La búsqueda de correlaciones es la única actitud racional legítima, toda vez que no existe nada que no tenga un origen anterior y que a su vez no provoque unas consecuencias. Unas cosas influyen en otras. Las primeras se llaman causas. Las segundas se denominan efectos. La existencia requiere de orden, posiciones y leyes, y el orden exige a su vez que las cosas sean de una manera determinada, lo cual también quiere decir que tendrán que actuar siempre de la misma forma, regularmente, primero unas y luego otras, causas y efectos. Antes de pelar una patata tengo que preocuparme por arar el campo, abonar y regar la tierra, arrancar las malas yerbas, y finalmente escavar en el surco para acceder al tubérculo. Para que llueva, es necesario que previamente haya hecho un cierto calor. El agua solo cae al suelo si antes se ha elevado en el aire en forma de vapor. La energía cinética precisa de una acumulación previa de energía potencial. La fecundación siempre antecede al nacimiento. El ayer siempre ocurre antes que el mañana. La causa siempre anticipa el efecto. Estas relaciones cronológicas son tan evidentes que no hace falta demostrarlas; se dan por hecho. Si invirtiésemos el orden, si cambiásemos la flecha del tiempo, todos pensarían que estamos bromeando, o en el peor de los casos, creerían que somos estúpidos o que estamos locos.

Sin embargo, por extraño que parezca, existe una rama del conocimiento que ha elaborado su teoría basándose precisamente en ese tipo de inversiones. Curiosamente, dicha disciplina ha venido trocando el orden natural de los fenómenos de forma sistemática, sin que esa alteración provocase la más mínima alarma en la comunidad científica. Todo lo contrario. Se defiende a capa y espada, se utiliza como seña de identidad y se le rinde culto como fetiche ideológico. Me refiero a la política y la economía. En lo tocante al estudio del hombre, la mayoría de la gente, y también diversos académicos, suele conceder amplios poderes al socialismo, sin percatarse que al hacer esto están yendo en contra del principio natural más básico de todos: el principio de causalidad.

Cuando aplicamos el principio de causalidad a la economía y a su rama más directa: la ética social, no podemos dejar de apreciar que el origen de la felicidad se halla en última instancia en el trabajo físico que acumulan sobre sus espaldas los futuros beneficiarios. Primero el esfuerzo, luego los frutos. Ese es el orden correcto. No en vano, Adam Smith, en la introducción que hace a su obra más famosa, La riqueza de las Naciones, nos obsequia al principio de la misma con una frase lapidaria: “El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias para la vida que la nación consume anualmente…” Para tener derecho a disfrutar de un bien, cualquiera que sea, primero tenemos que producirlo con las manos. Los deberes siempre van por delante de los derechos. Pero los socialistas, obsesionados a todas horas con el igualitarismo y la utopía, quieren conceder más derechos a un mayor número de personas en el menor tiempo posible, sin atender a sus méritos y sus deberes, e independientemente de todo lo demás. Por eso nunca recuerdan que en la vida real las obligaciones constituyen la única fuente de la que brotan esos derechos que ellos tanto exaltan, y en consecuencia acaban promoviendo más leyes en nuestra contra que a nuestro favor.

Por lo mismo, los socialistas tampoco reparan jamás en el origen del dinero. Solo aspiran a repartir ecuánimemente el que obtienen mediante los impuestos que cobran a los demás. Por esa razón, conceden gran importancia a los bienes nominales (fabrican moneda, elevan el tipo de interés, asperjan la sociedad con billetes de papel), mientras que apenas reparan en el motivo que da valor a esos bienes monetarios, que no es otro que el esfuerzo productivo, el emprendimiento, la destreza, la competencia, el mérito, la sensación de escasez, las ganas de destacar, la desigualdad, y el trabajo real. Los socialistas habitan en un mundo ficticio, igualitario, sin cambios, isotónico. Por eso sus soluciones también se basan en supuestos imaginarios que nunca pueden funcionar. Imaginan un paraíso perfecto, el final del camino, la eliminación del sufrimiento y el trabajo, el final de la historia, y por eso acaban deteniendo la misma y provocando el atraso.

Cuanto más lo pienso más increíble me parece. ¿Cómo es posible que el hombre, adulto, acabe creyendo en estas filfas económicas? ¿Cómo puede pensar que el agua cae hacia arriba, o que la parturienta es fecundada en el momento que sale de cuentas? Sin embargo, eso es exactamente lo que pasa. El socialismo es una farsa enorme. Es una mentira tan grande que nadie en su sano juicio debería dejarse arrastrar por ella. Pero paradójicamente casi nadie se escapa. La mentira es grande por lo que tiene de absurda y por lo que tiene de atractiva. Grande es su negación de la verdad y grande también su penetración y su filiación en la sociedad. Por eso parece una contradicción. Una falacia de ese tamaño, que contraviene las leyes más básicas de la naturaleza y que altera el orden de los fenómenos, no debería pasar desapercibida. Sin embargo, muchos hemos sufrido en carne propia sus efectos tranquilizantes y sus visiones psicodélicas. Y la mayoría padecerá esa enfermedad mental toda su vida. El socialismo es la droga que más muertes ha ocasionado a lo largo de la historia, el cáncer que más metástasis ha desarrollado, y la neurastenia social que más parálisis ha provocado. No en vano, los pregoneros de esta ideología se jactan de defender todo lo que supone un mayor atraso: la bici frente al coche, el minifundio frente al latifundio, el campo frente a la ciudad, el trabajo de mil hombres frente al desempeño de un robot, el ecosistema eclógico frente al ecosistema urbano. En verdad, el mundo se habría desarrollado mucho más, y todos seríamos más felices, si el socialismo no hubiera medrado como lo ha hecho. Pero entonces el hombre no sería hombre, es decir, no sería estúpido. Si avanzamos es gracias a ese pequeño porcentaje de la humanidad que siempre ha sabido reconocer el lugar del que manan las fuentes del progreso, a despecho de la gran mayoría, que languidece lastrada y paralizada por la ideología promisoria del igualitarismo.

Dentro del socialismo existen diversas variantes (diversas parálisis), tantas como recovecos encuentran sus adeptos para ocultar la mentira, maquillarla y adornarla. Y entre todos esos escondrijos, destacan las universidades y las escuelas de economía. En ellas se ha fraguado el mayor ardid de todos, merced a las enseñanzas del taumaturgo más grande de todos los tiempos: John Maynard Keynes. El keynesianismo es el hijo espabilado de ese gran patriarca que llamamos socialismo. Ha llegado a la universidad. Se instala en las aulas. Ocupa la primera fila. Se propone como portavoz de la clase. Todos los catedráticos lo ensalzan y le dedican panegíricos. Pero en el fondo no es menos estúpido que su padre. El keynesianismo es a la ciencia económica lo que la astrología es a la astronomía, o lo que la alquimia es a la química: una superchería barata con una apariencia falsa de formalidad. El keynesiano es un vendedor ambulante de crecepelos con un título falso bajo el brazo que no duda en enseñar a la menor oportunidad. En su afán por aplicar las mismas políticas que ya llevaron a cabo sus predecesores, acaba cometiendo los mismos errores. Vuelve a trocar las causas por los efectos, aunque en este caso se asegure el éxito untando toda la superficie con un barniz de seriedad científica. Básicamente, lo que viene a decirnos Keynes, el embuste que quiere hacer pasar por solución, consiste en afirmar que solo existe una forma de salir de las crisis. Tenemos que inyectar más capital en la economía del país, condonar las deudas, aumentar la liquidez de los bancos, subvencionar los sectores estratégicos, llenar de monedas los bolsillos de los agricultores y los lobbys ganaderos, igual que se ha hecho siempre, sin que importe la procedencia del dinero ni su uso posterior, atendiendo exclusivamente al chovinismo barato y el resentimiento airado de quienes acostumbran a exigir cada vez más ayudas para eximirse de trabajar y evitar a la competencia. Jay Baptiste Say, uno de los padres de la economía moderna, llama la atención sobre este hecho. Afirma que no puede haber comprador si no existe previamente un productor. Igualmente, para Adam Smith el origen de la riqueza se encuentra en el trabajo y el ahorro. El esfuerzo antecede siempre a cualquier abundancia. Y también la escuela austriaca de economía, con Hayek a la cabeza,  propone un análisis del mercado y una reforma financiera que enfatiza la importancia de aquellas etapas productivas que están más alejadas del consumo y cuyas inversiones dependen en mayor medida del acúmulo de capitales, del ahorro y del largo plazo. Pero keynes invierte completamente el orden de los factores. Según él, no es el ahorro y la producción, sino el consumo y la demanda, lo que tira de la economía y permite en última instancia incrementar la riqueza. Es por ello que debemos fomentar el cortoplacismo, el gasto gubernamental y la borrachera inflacionaria, en aras de conseguir una reactivación y un mayor empuje de la sociedad. Muchos economistas mentecatos parecen convenir con esta solución. Y también muchos políticos, que están deseosos de obtener más ingresos para acabar sus proyectos faraónicos y alimentar de ese modo su megalomanía infinita. La mayoría de la gente abraza estas ideas porque les resultan más fáciles de aceptar (no cabe duda que el gasto inmediato de los ahorros que otros han acumulado en el pasado propone una perspectiva más agradable que aquella otra que reclama el esfuerzo propio y que solo garantiza un éxito a largo plazo). En consecuencia, todos aplauden con las orejas esas nuevas medidas sin importarles en absoluto las consecuencias futuras. Es más, gracias a Keynes ahora todos creen que persiguen una causa loable, que disponen de una justificación científica. Y esto les estimula todavía más. El mayor peligro siempre proviene de aquellos estúpidos que se creen capaces de hacer grandes cosas.

Es inconcebible que la gente no alcance a entender algo tan sencillo, que todas las subvenciones sin excepción vienen a poner de manifiesto un problema estructural grave, una falta de recursos y destrezas por parte de las empresas e instituciones que reciben esas ayudas, las cuales solo pueden subsistir de la forma que lo hacen si son privilegiadas de dicha manera, contribuyendo a consolidar un proyecto fracasado de antemano, improductivo, que deja de lado el beneficio económico que derivaría de la venta voluntaria del artículo en cuestión. Cuanto más subvenciones se conceden a una empresa, menos se preocupa esta por ofrecer un servicio real a la sociedad, a través de la oferta de sus productos y la satisfacción de sus clientes. Por muy pequeña que sea la ayuda, siempre habrá un mayor porcentaje de personas perjudicadas que de empresarios beneficiados. Todos somos consumidores potenciales, y por tanto todos acabaremos pagando el pato de esos privilegios estatales, que siempre encarecen el precio de los productos y empobrecen su calidad, pues no se establecen en función de las necesidades reales de la gente, sino únicamente para mantener una industria que no sobreviviría de otra manera, incapaz de competir en precios y calidad. Por el contrario, los empresarios que son untados con esas ayudas y que obtienen beneficio de ella siempre son una clase minoritaria, y en cualquier caso también ellos acabarán algún día pagando las consecuencias que traen estas políticas. Esta es una regla de oro que muchos economistas y políticos, que se dicen inteligentes, no dudan en incumplir sistemáticamente.

Las manzanas solo caen al suelo cuando están completamente maduras, cuando han absorbido todos los nutrientes que fabrica el árbol con ayuda del Sol y están finalmente preparadas para servir de portadoras y trasmisoras de la información genética a la siguiente generación. Intentar comer una manzana antes de que la fotosíntesis haya producido el citado efecto, solo puede llevarnos al fracaso más ridículo y, a lo peor, si persistimos, a la inanición y la muerte. De igual manera, incentivar el consumo cuando no se dispone de producción y ahorro reales lleva a los países al abismo de la historia. Y el cataclismo aun será mayor si, como suele pasar, lo que se pretende es enmendar una situación de crisis social, en la que ya existe de antemano una producción inadecuada. En suma, lo que viene a hacer el keynesianismo es trocar de nuevo las causas por los efectos, la producción por el consumo. Cae otra vez en esa suerte de espejismo que consiste en apreciar solo la superficie de los fenómenos (la última etapa de la producción: el consumo), sin atender al mecanismo interno (sin observar todas las etapas anteriores de la cadena productiva). Los keynesianos, y la mayoría de economistas, se comportan igual que se comportaban en el pasado los analfabetos y los iletrados, que pensaban que la Tierra era plana porque solo acertaban a ver el plano que ellos habitaban.

Cuando iniciamos el colegio, con tres o cuatro años, la maestra nos enseña las operaciones básicas de la aritmética: la suma, la resta, la división, y la multiplicación. Aunque somos todavía muy pequeños, no nos cuesta demasiado entenderlo. Pero paradójicamente, cuando crecemos y alcanzamos la madurez, muchos de nosotros no somos capaces de comprender algunas cosas más sencillas, y acabamos abrazando una ideología que nos lleva a creer que el subsidio, el consumo, o la demanda son la causa del progreso, cuando en realidad son su consecuencia última. Desde ya, es necesario que emprendamos una nueva reforma educativa, aun a riesgo de acumular otro fracaso más. A partir de ahora añadiremos una asignatura nueva. El objetivo será hacer que los Keynesianos entiendan por fin en qué consiste la ley de la causalidad. Han de saber que las manzanas verdes siempre preceden a las rojas, y que las rojas siempre caen al suelo desde una posición más alta (y que la producción siempre antecede al consumo). Esa nueva asignatura será obligatoria para todos ellos, que tendrán que volver a pasar por las aulas y sentarse en los pupitres que antaño ocuparon sin demasiado provecho. Muchos son los economistas y políticos que deberían ponerse otra vez el mandilón, y guardar la fila después del recreo. Ya es hora de que comprendan cuales son las leyes que rigen el mundo y determinan sus vidas y su felicidad. Y también la nuestra.

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Documental: vida y obra de Carl Sagan (1934-1996)

 

Carl Edward Sagan (Nueva York, Estados Unidos, 9 de noviembre de 1934- Seattele, Estados Unidos 20 de diciembre de 1996) fue un astrónomo astrónomo, astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense.

Sagan publicó numerosos artículos científicos y comunicaciones y fue autor, coautor o editor de más de una veintena de libros. Defensor del pensamiento escéptico científico y del método científico, fue también pionero de la exobiología, promotor de la búsqueda de inteligencia extraterrestre a través del Proyecto SETI e impulsó el envío de mensajes a bordo de sondas espaciales, destinados a informar a posibles civilizaciones extraterrestres acerca de la cultura humana. Mediante sus observaciones de la atmósfera de Venus, fue de los primeros científicos en estudiar el efecto invernadero a escala planetaria.

En la Universidad Cornell, Carl Sagan fue el primer científico en ocupar la Cátedra David Ducan de Astronomía y ciencias del Espacio creada en 1976, y fue director del Laboratorio de Estudios Planetarios.

Carl Sagan ha sido muy popular por sus libros de divulgación científica —en 1978, ganó el Premio Pulitzer de Literatura General de No Ficción por su libro Los Dragones del Eden—, por la galardonada serie documental de TV Cosmos: Un viaje personal, producida en 1980, de la que fue narrador y coautor, y por el libro Cosmos que fue publicado como complemento de la serie, además de por la novela Contacto, en la que se basa la película homónima de 1997. A lo largo de su vida, Sagan recibió numerosos premios y condecoraciones por su labor como comunicador de la ciencia y la cultura. Está considerado como uno de los divulgadores de la ciencia más carismáticos e influyentes, gracias a su capacidad de transmitir las ideas científicas y los aspectos culturales al público no especializado con sencillez no exenta de rigor, lo que ha dado origen a multitud de vocaciones científicas entre el público general.

Fuente: Wikipedia

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El arte de la novela

El arte novelesco es con mucho el género más difícil de abordar. Un buen novelista tiene que reunir todas las virtudes que se pueden imaginar: capacidad memorística, vocabulario, ingenio, fantasía, disciplina, investigación, etc… Asi como el ensayo requiere solo algunas destrezas: sistematización, lógica, coherencia, perseverancia, la novela las demanda todas. A las anteriores debemos sumar la agudeza, la chispa, la creatividad, la facundia, la verbosidad, la humanidad.

Me gustaría poder llenar el espacio que las musas tienen reservado a los escritores de novela, y contribuir al acervo de la cultura con algún texto medianamente digno. No me gustaría morirme si haber rellenado ese hueco de mi literatura. Sin embargo, soy consciente de mis limitaciones. Probablemente jamás llegue a ver cumplido este sueño. Soy realista: la ficción no es lo mio. Que se le va a hacer. Mientras tanto, esta esquina de mi blog permanecerá vacía de contenidos, yerma y desolada, como testigo de mi incapacidad para las letras.

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Tratado de filosofía natural

Basándose en la hipótesis de que las propiedades de los elementos son función periódica de sus pesos atómicos, Dimitri Mendeléyev publicó en el año 1869 una tabla periódica en la que situó todos los elementos conocidos en aquella época, ordenándolos de forma tal que los elementos pertenecientes a una misma familia aparecieran en la misma línea horizontal. Debido a la universalidad de esta ley, Mendeléyev predijo el descubrimiento futuro de los elementos químicos con las características indicadas por el espacio que ocuparían en la tabla que él había creado a tal efecto. En consecuencia, dejó una serie de huecos en la misma que años después irían rellenándose con los nuevos descubrimientos, confirmando de ese modo las sospechas y la teoría del autor de dicha tabla.

En este blog también aparecen espacios vacíos, a la espera de ser rellenados. Esta entrada es un buen ejemplo de ello. Aquí va el trabajo que estoy escribiendo sobre filosofía natural y que todavía me demorará bastante tiempo (tal vez me lleve toda la vida). Mientras tanto, dejo esta vacante vacía, y conservo la esperanza de ver algún día como mis pronósticos se acaban cumpliendo, con la misma exactitud de aquellos que dieron fama y reconocimiento a Mendeléyev. En mi caso, eso significará que habré acabado de escribir el tratado que espero ocupe este hueco intelectual y haga valer el vaticinio que ahora realizo.

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Mario Vargas Llosa en «El libro como universo»

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa (Arequipa, 28 de Marzo de 1936), marqués de Vargas Llosa, conocido como Mario Vargas Llosa, es un escritor peruano. Uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos, su obra ha cosechado numerosos premios, entre los que destacan el príncipe de asturias de las letras 1986 y el Nobel de literatura 2010 —este último otorgado «por su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y su derrota»—;el Cervantes (1994), el Planeta (1993), el Biblioteca breve (1963), el Rómulo gallegos (1967), entre otros. Desde 2011 recibe el tratamiento protocolar de Ilustrísimo señor al recibir de Juan Carlos I de España el título de marqués de Vargas Llosa.

Fuente: Wikipedia.

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Documental: vida y obra de Charles Darwin (1809-1882)

Charles Robert Darwin (12 de febrero de 1809-19 de abril de 1882) fue un naturalista inglés que postuló que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural. La evolución fue aceptada como un hecho por la comunidad científica y por buena parte del público en vida de Darwin, mientras que su teoría de la evolución mediante selección natural no fue considerada como la explicación primaria del proceso evolutivo hasta los años 1930.1 Actualmente constituye la base de la síntesis evolutiva moderna. Con sus modificaciones, los descubrimientos científicos de Darwin aún siguen siendo el acta fundacional de la biología como ciencia, puesto que constituyen una explicación lógica que unifica las observaciones sobre la diversidad de la vida.

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Socialismo versus capitalismo

o-mundo-bipolar-guerra-fria-53ade1cd7e0bcVivimos en un mundo en el que los pobres votan para seguir siendo pobres y los ricos votan para seguir siendo ricos, y todos votan lo mismo: socialismo. La explicación de esto es simple. El intervencionismo político permite que unos pocos, siempre los mismos, mantengan sus cargos y sus poltronas a costa del resto, sin ofrecerles nada y sin permitirles nada. La antítesis de este sistema se llama capitalismo. Sin políticos y sin intervención económica, los ricos solo son ricos si ofrecen algo a los pobres. Y los pobres solo son pobres si no tienen nada que ofrecer. La relación mas importante de una sociedad es la relación de intercambio que se produce en el mercado libre, la cual se basa únicamente en la voluntad y la capacidad real de las personas. Cualquier intervención sobre esta relación va en detrimento de dicha voluntad y de dicha capacidad. Y a fuerza de intervenir, se reduce drásticamente la libertad del hombre y se empobrece su vida. Y esto es todo. No hay nada más que saber sobre política. Basta con entender que es la propia política la que genera casi todos los problemas, y que los políticos son los únicos individuos que tendrían que desaparecer de la escena mundial.

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El Cosmos de Carl Sagan: En la orilla del océano cósmico

Cosmos: un viaje personal, es una serie documental de divulgación científica escrita por Carl Sagan, Ann Druyan y Steven Soter (con Sagan como guionista principal y presentador), cuyos objetivos fundamentales fueron: difundir la historia de la astronomía y de la ciencia, así como sobre el origen de la vida. Concienciar sobre el lugar que ocupa nuestra especie y nuestro planeta en el universo, y presentar las modernas visiones de la cosmología y las últimas noticias de la exploración espacial, y en particular, las misiones Voyager.

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El profesor Braun hablando sobre Adam Smith

Brillantísima conferencia de Braun sobre Adam Smith. Da gusto escuchar a un profesor que respeta a los clásicos y que no se suicida en esa especie de huida hacia adelante que es el libertarianismo de nuestros dias (ciertos sectores anarquistas). En el penúltimo minuto Braun hace una critica pintiparada de todos esos economistas austriacos que, a rebufo de Rothbard, se entretienen criticando a Adam Smith y expulsándole una y otra vez del movimiento liberal. Lo mismo se podría decir de todos los que quieren cargarse el marco institucional. Rothbard fue un gran pensador, pero también cometió grandes errores que ahora se multiplican en manos de los más extremistas.

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El asombro de Carl Sagan

«En la ciencia suele ocurrir que un científico diga: es un buen argumento, yo estaba equivocado. No recuerdo la última vez que algo así pasó en política o religión.» (Carl Sagan, 1934-1996)

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Siento algo muy especial por Carl Sagan. Seguramente es la misma sensación que tuvo el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, recordando aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Gabriel García Márquez utiliza a este personaje de su obra cumbre, Cien Años de Soledad, para describir el embebecimiento que aviene con los primeros descubrimientos. En mi caso, Carl Sagan fue el primer pensador serio que entró en mi vida, el que me despertó al mundo y me llenó de asombro. Nunca encontraré la forma de agradecérselo. Puso a mi disposición toda la artillería racional que se necesita para combatir y vencer la mentira y la ignorancia. Y lo hizo utilizando el lenguaje con gran maestría, con esa forma tan deliciosa que tenía de exponer los argumentos. Mi década de los veinte está presidida por este gran poeta de la ciencia. Gracias a él, esos años tienen una resonancia especial en mi interior. En la década siguiente (cumplidos los 30), mis intereses viraron de repente hacia el campo de las humanidades. Empecé a leer sobre economía, política, ética y literatura. Pero de fondo siempre resonaba en mi cabeza la misma música, aquella banda sonora que daba inicio a todos los capítulos de la serie Cosmos, cuyo director y protagonista principal era el propio Carl Sagan (Banda sonora de la serie https://www.youtube.com/watch?v=aNxY_8sHOjg). Se entenderá pues que me resulte agradable encontrar máximas como la que encabeza este comentario, donde Sagan, el científico, realiza también una denuncia de la cerrazón que acompaña a los políticos, tal y como hace el liberalismo clásico.

Tras completar el recorrido de lo que podríamos llamar el circuito de las ideas, a la edad en la que Aristóteles aseguraba que el filósofo alcanza la madurez, solo espero ahora que esta nueva andadura (la década de los cuarenta) me permita exprimir todo lo posible el bagaje acumulado los años de atrás, canalizar y decantar el líquido extraído de esa manera, y parir mi propia visión del mundo. Solo hay una cosa más importante que leer, y es escribir. Me considero una persona bastante afortunada. Sin pretenderlo, he ido ascendiendo los escalafones del conocimiento de forma más o menos ordenada, primero las ciencias naturales, luego las ciencias sociales, más tarde la filosofía, y finalmente, como colofón de todo, mi propia obra (o eso espero). Siempre acompañado de grandes mentes. Siempre rodeado de libros. Y con una figura de fondo insustituible: la sombra inconmensurable de aquel físico de Brooklyn de apariencia campechana que de pequeño también recordaba haberse emocionado el día que su padre lo llevó a conocer la Feria Mundial de New York, o cuando supo por fin, tras recorrer todas las bibliotecas de su barrio, a qué se debían esas luces enigmáticas que titilaban en el firmamento por encima de su cabeza cuando se alejaba de la ciudad.

Definitivamente, he sido bastante feliz, no puedo pedir más. Si acaso, solo una cosa. Que la década de los cincuenta y los sesenta sea igual de propicia para mi, poder seguir estudiando, pensando, escribiendo. Que siga brillando la estela de Carl Sagan que ha marcado y guiado toda mi vida.

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El liberalismo es determinismo

máquina-humana-26238878Son numerosos los liberales que afirman que el determinismo, el materialismo o el fisicalismo constituyen idearios absolutamente incompatibles con las doctrinas de la libertad que ellos defienden. Y solo unos pocos osados se muestran a favor de tamaña acomodación. Uno de ellos es Francisco Capella, liberal español y miembro fundador del Instituto Juan de Mariana. En sus últimos escritos este pensador madrileño se ha caracterizado por dos cosas, por hacer una defensa cerrada del determinismo material, en contra de aquellos que aseguran que el hombre dispone de libre albedrío, y por criticar ese racionalismo extremo que suelen manifestar algunos seguidores incondicionales de Ayn Rand. Este artículo describe mi particular visión al respecto. Al igual que Capella, yo también me declaro determinista, y también critico algunos aspectos de la doctrina de Rand. Pero esto no quiere decir que vaya en contra de la libertad del individuo (el determinismo no es eso), ni que menosprecie la trascendencia que tiene la filosofía objetivista para la causa del liberalismo (mi crítica de Rand no es una refutación completa, es más bien una enmienda parcial). A continuación intentaré desgranar las razones que me llevan a pensar así. Explicaré el motivo de mi adscripción al determinismo, y también probaré que esta postura mía entra necesariamente en contradicción con algunas tesis y convicciones de los adeptos de Rand.

El determinismo físico es una de las cuestiones más espinosas y peliagudas que existen en el panorama intelectual moderno, un problema que trae de cabeza a muchos pensadores y estudiosos de la naturaleza, todos ellos preocupados por entender mejor el mundo que les rodea, del cual forman una parte inseparable. Los deterministas defienden que todos los acontecimientos están sometidos a leyes naturales de carácter causal y mecánico. Unos rechazan esta doctrina sin paliativos. Otros la defienden sin hacer ningún tipo de concesión. En este debate no existen medias tintas. Están en juego demasiadas creencias. El determinismo echa por tierra las esperanzas de muchas personas, las cuales desearían que sus comportamientos estuviesen envueltos en un aura especiosa, o que al menos no fuesen objeto del mismo tratamiento que damos a los instintos animales o a las cosas inanimadas.

Ahora bien, ya sea para afirmar su existencia o para negarla, lo que está claro es que todos intentan definir el objeto que tratan de defender; quieren justificar su postura. Y es por ello que los únicos que incurren en contradicción son aquellos que se declaran enemigos acérrimos del determinismo y el materialismo. De lo que no se percatan estos es de que cualquier definición o descripción del universo (y cualquier defensa) pasa necesariamente por aceptar alguna forma de determinismo material. El mundo no se entendería si no fuera determinista. Y no solo eso. Además tampoco existiría. Esta cuestión del determinismo se zanja definitivamente cuando queda claro que, para comprender y describir el mundo, es necesario presuponer la existencia de una realidad determinada, esto es, abrazar una concepción determinista. Este es el mejor argumento del que disponemos quienes combatimos abiertamente cualquier forma de idealismo.

La idealización del mundo es una hidra de muchas cabezas. El ser humano es un individuo principalmente numinoso. Necesita sentirse especial, y para ello busca rodearse de una pléyade de ideas surrealistas. Imagina mundos etéreos, personifica los números, adora figuras totémicas, inventa infinidad de avatares, o sueña con ser abducido por seres provenientes de otra galaxia. Nada es suficiente. Siempre es necesario ir un paso mas allá, huir de esta realidad asfixiante que ahoga todas las esperanzas, y habitar en un mundo de ensueño hecho a  medida.

Pero ahora me interesa sobre todo analizar esa forma de trascendencia que aplican también algunos pensadores liberales. Ciertos liberales, con ascendencia de sociólogos, aducen que el determinismo biológico o físico que suelen reflejar los tratados de los científicos naturalistas es incompatible con la libertad individual que ellos defienden en sus estudios sociológicos. Les resulta difícil comprender que nuestro cerebro es un producto más de la evolución, y aunque admiten esa teoría en casi todos los casos, cuando se trata de describir la mente humana siempre se cuidan de hacer una clara separación. Argumentan que la mente y la consciencia tienen “un algo” inmaterial que sería lo que permitiría rehuir las leyes físicas de la naturaleza. Esta sustancia mágica convertiría las reacciones químicas en algo distinto a lo esperado. Una especie de fuerza mística, que nunca acaba de definirse, habría invadido en algún momento de la evolución la masa encefálica del Homo sapiens, y le habría dotado de una portentosa capacidad de elegir, permitiéndole escoger entre distintas alternativas sin que medie en el proceso ningún factor mecánico externo o interno. Llaman a esa supuesta capacidad del hombre libre albedrío. Pero yo digo que no es más que otro capítulo de ese largo culebrón cuyo guión trata siempre de convertir al ser humano en un individuo especial, numinoso. Ya lo hicieron antes todas las creencias que, a lo largo de la historia, intentaron rebatir la antigüedad de la Tierra o la teoría de la evolución. Cualquier concepción o evidencia que hiciera saltar por los aires las convicciones de nuestros antepasados, que hiciera pensar que el hombre no había sido creado en unos pocos días a imagen y semejanza de dios, era inmediatamente desoída y en su lugar se contaban historias de profetas y milagros. Ahora ya casi nadie niega la evolución biológica. Pero esto no quiere decir que no se siga mitificando al hombre. Lo que se hace ahora es reservar algún área de su cuerpo (el cerebro), que inmediatamente pasa a estar al margen del proceso evolutivo, como por arte de magia, como si las leyes que actúan a todos los niveles sufriesen aquí un proceso de paralización y quedasen congeladas. Si contamos con diez mil millones de neuronas, estas funcionan en virtud de las reacciones químicas y las corrientes eléctricas de las que son deudoras. Pero súmale diez veces más (el cerebro humano cuenta con cien mil millones de células neuronales) y de repente todo cambia. Aparece el libre albedrío, y la voluntad se vuelve independiente de la materia. No parece tener mucho sentido. ¿De dónde surge entonces esa voluntad? Lo único que prueba esto es que el hombre tiene la imperiosa necesidad de inventar realidades alternativas para satisfacer su ego y sentirse a gusto consigo mismo. Su voluntad es de hierro cuando se trata de crear pamemas. Pero el hierro no es sino otro material más de la naturaleza, uno de los metales más abundantes. Antiguamente los hombres creían literalmente que ocupaban el centro del universo. Hoy en día ya nadie puede sostener esto. Pero todavía queda un último recurso: la mente. Ya no somos especiales porque ocupemos el centro del mundo. Pero de alguna manera seguimos pensando que lo somos. Queremos creer que Dios ha tenido alguna consideración a la hora de hacernos. Ahora creemos que somos la única especie que tiene un cerebro intangible, incorpóreo.

Para mí el libre albedrío no significa nada. Ahora bien, conviene matizar que esto no quiere decir que no poseamos libertad. Dicha libertad no es otra cosa que la capacidad que tenemos para elegir y perseguir aquellos objetivos que nos planteamos como individuos, sin que otras personas se interpongan en nuestro camino y nos obliguen a detenernos. Pero esto no quiere decir que las decisiones que tomamos no estén determinadas físicamente (son dos niveles distintos). Pueden estarlo (de hecho lo están) sin que por ello se resienta lo más mínimo la libertad de acción (la libertad se refiere aquí a la capacidad para actuar por nuestra cuenta y riesgo, sin que otros nos lo impidan). Todo lo contrario. Precisamente porque tenemos un organismo y una materia, es por lo que podemos existir como individuos volitivos altamente complejos. Como decía Hegel: “La independencia del hombre consiste en esto: en que sabe lo que lo determina” El hombre no es libre porque disponga de un alma o una mente indeterminadas, sin explicación. Es libre porque sabe lo que lo determina y porque puede utilizar ese conocimiento para maniobrar la máquina que le ha sido designada. Sabemos cómo funciona la realidad y eso es lo que finalmente nos libera. Sin embargo, si afirmamos que la mente es una suerte de sustancia inmaterial, nunca nos preocuparemos por saber cómo funciona en realidad, y seremos presos de esas incoherencias e ignorancias. La ciencia se enmarca en la búsqueda de conocimientos tangibles, y este proyecto solo cobra sentido cuando se presupone un mecanismo capaz de ser desvelado. Decir que hay algo que no está hecho de materia es abandonar el terreno de la lógica y la razón. Incluso si imaginamos por un momento que fuera cierta esta afirmación, su proposición seguiría careciendo de sentido, igual que no tiene sentido afirmar que existe un mundo etéreo imposible de constatar mediante prueba alguna. Por esa misma razón yo puedo hacer cualquier tipo de aseveración y pretender que sea cierta. Bastaría con asegurarme de que nadie pudiese comprobar lo que digo. Por ejemplo, podría decir que existen unicornios debajo de mi cama y acto seguido impedir que nadie se agachase para confirmarlo.

La concepción material de las cosas se encuentra inextricablemente unida a su razón de ser como objetos de estudio y deliberación, aptos para ser analizados. Pero es que además, incluso si nos abstraemos del campo fáctico de la experimentación, es fácil advertir que la naturaleza de las cosas, su cosificación entitativa, no es solo una necesidad epistemológica y conceptual, imprescindible para poder hablar y debatir sobre las mismas. Es también una necesidad metafísica, existencial. Solo puede existir un universo regido por la ley de la causalidad. Lo contrario, como muy bien señala Francisco Capella en un artículo reciente (https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/libertad-libre-albedrio-y-determinismo), sería un mundo aleatorio, donde nada de lo que sucediese tendría su origen en leyes concretas. Un universo así no tiene el menor sentido. Si existe el universo es porque existe también un funcionamiento concreto del mismo. La principal característica de las cosas es su naturaleza concreta, su carácter de cosa. La teoría entitativa del ser se basa precisamente en eso para afirmar que todo el universo está compuesto por individuos concretos. Y esta es también la razón por la cual los seres existentes funcionan y actúan en dicho universo. Una cosa es concreta porque se dispone en el mundo de una forma determinada. Igualmente, será una cosa concreta si actúa también bajo ciertos mecanismos deterministas. El determinismo no apela exclusivamente a la capacidad del hombre para conocer las cosas con precisión, no significa que el hombre es capaz de determinar el funcionamiento de cualquier proceso físico (no en vano, el conocimiento tiene muchos límites). Determinismo significa que todo tiene que estar determinado por algo, esto es, que todo tiene que ser un ente determinado. Y esto es independiente de que lo conozcamos o no. Ahora bien, si prescindimos de las causas y las leyes físicas que describen también la mente, y extendemos esta salvedad a todos los actos que realiza el ser humano, estaremos afirmando que el hombre no es un Ser concreto, esto es, que no existe. Estaremos yendo en contra del principio más fundamental del universo, la naturaleza entitativa de las cosas. Todo tiene que tener una identidad, ser una cosa. Esto es una regla metafísica (el universo no puede ser de otra manera). Y como consecuencia de ello, también es una regla gnoseológica. Las cosas también pueden ser identificadas, pueden dejarse analizar y conocer. Pero lo que tenemos que entender es que la identificación de las cosas, su estudio epistémico, tiene en último caso un motivo más fundamental: la identidad de las cosas (su naturaleza metafísica). El determinismo no consiste solo en decir que las cosas pueden ser analizadas y determinadas por el hombre, sobre todo consiste en afirmar que todas las cosas, sus identidades y sus acciones, están determinadas físicamente, constituyen procesos concretos, y son entes reales.

El principio de identidad de Aristóteles, así como la libertad individual que defienden los liberales clásicos, presupone una característica indiscutible. Las cosas solo pueden existir si tienen entidad propia, esto es, si son individuos concretos (en términos económicos esto se denomina propiedad privada). Y el determinismo no es otra cosa que el corolario lógico de este principio. Todas las cosas están determinadas a ser como son, y dejan de ser si no son algo concreto. Si queremos defender la libertad y la propiedad del individuo, tenemos que defender también su característica más fundamental, su naturaleza determinada. La propiedad privada por excelencia, de la cual deriva la legitimidad de todo derecho de propiedad, es la propiedad entitativa, esto es, el carácter de cosa. La propiedad del cuerpo humano, así como la de los bienes materiales obtenidos con éste, constituyen la consecuencia más lógica de dicho principio. Y su importancia social no tiene otro motivo que el de ser también una parte indiscutible de esa realidad ontológica. La propiedad privada que contempla el ordenamiento jurídico, y que establece la convivencia entre las personas, no deja de ser un tipo de identidad, aquella que apela a las circunstancias concretas que determinan la razón de ser de dichas personas (su vida y sus relaciones). Y el determinismo materialista es la postura que más se ajusta a esta realidad fundamental (el ente solo puede ser algo determinado). Cualquier otra adscripción del pensamiento refleja un idealismo difícil de sostener, que viola el principio más elemental que existe, el principio de identidad.

Es curioso que algunos de los que defienden el pensamiento de Ayn Rand, el cual está basado a su vez en la filosofía de Aristóteles y en el principio de identidad, defiendan al mismo tiempo una entidad inmaterial, en lo tocante a la consciencia humana. Entidad inmaterial es un oxímoron. La filosofía racional de Rand debería excomulgar a todo el que se atreviese a realizar esta afirmación. No obstante, quizás la razón de esto se encuentre dentro del propio ideario de Rand, como parte incuestionable del único error grave que cometió esta filósofa a la hora de presentar su exposición del mundo. Ayn Rand utilizó el axioma de la existencia y la identidad para basar gran parte de su cosmovisión. Pero también quiso integrar un tercer axioma: el axioma de la consciencia. Sin embargo, la consciencia es más un resultado que un principio, el producto último de la evolución, y por tanto no podemos asignarle esencia alguna. Es verdad que la consciencia es necesaria para comprender el mundo, pero esto no significa que sea necesaria para existir. Los axiomas verdaderos tienen que basarse exclusivamente en una propiedad que represente una necesidad existencial, y que afecte a todas las cosas. Pero a veces el hombre se entretiene buscando principios del entendimiento y no de la realidad (que solo son necesarios para entender el mundo). El principal artífice de esta confusión es Emmanuel Kant. Y resulta paradójico que su principal oponente, la filósofa Ayn Rand, haya caído de nuevo en el mismo error. Yo lo llamo la falsa identificación de la gnoseología con la metafísica. Queremos buscar verdades universales, y sin embargo nos atoramos analizando y consignando realidades como la consciencia, que solo afectan al entendimiento del ser humano (son consideraciones gnoseológicas) y que no pueden constituir principios realmente generales. Quizás, esto se deba a esa necesidad sempiterna del hombre que busca trascender lo inmanente y alterar por siempre su espacio vital, aleteando en el éter como si fuese un ser divino. Es tan fuerte esa necesidad de trascendencia, que ha impregnado incluso aquellas ideologías que se suponen más racionales. Los seguidores de Rand suelen otorgar a la consciencia tanta importancia que acaban igualándose con aquellos místicos religiosos que intentan demostrar la existencia del alma. Quienes defendemos la razón, y tratamos de salvaguardar todas sus implicaciones, no podemos dejar de asombrarnos con estas derivas irracionales, aunque comprendamos en el fondo a qué se deben. Como decía Carl Sagan: “para encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran océano de confusión y engaño se necesita atención, dedicación y valentía. Pero si no ejercitamos esos duros hábitos de pensamiento no podemos esperar resolver los problemas realmente graves a los que nos enfrentamos y corremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a disposición del primer charlatán que nos pase por delante.”

No es extraño que creamos que el ser humano es la única especie que dispone de libre albedrío. Somos los primeros animales conscientes, pero al mismo tiempo también somos inconscientes de todos los procesos moleculares que se requieren para que aparezca el pensamiento. Además, somos seres individuales y por tanto solemos mostrar gran independencia con respecto a los demás. Pero esto no debería llevarnos a creer que no existe determinismo físico.

El asombro al que nos someten algunos defensores de Ayn Rand fija nuestra atención en ese fenómeno de masas que siempre ha sido el idealismo, y nos pone sobre aviso de lo difícil que resulta a veces desembarazarse de las ideas y los camelos que alimentan la superchería y que institucionalizan las religiones. No debemos bajar la guardia nunca. Si algo nos enseña esta disputa con los objetivistas es que la razón es una especie difícil de apresar. Una criatura casi extinta, abisal, huidiza, que ha tenido que aprender a esconderse y a mimetizarse con el entorno donde habita. Aquellos que dicen ser los más racionales de todos (objetivistas), utilizan a veces la razón como mero revestimiento, para encubrir un trasfondo de idealismo insospechado. Esto debería hacer saltar todas las alarmas.

El vitalismo o animismo es una corriente de pensamiento que tiene la dudosa facultad de reportar felicidad a todos los que se abrazan a ella. En realidad, no tengo nada en contra de este placebo ideológico, siempre y cuando constituya una sensación privativa y particular, y no aspire a nada más. El problema surge con relación al pensamiento político y social, cuando se intenta trasmitir una idea falsa que puede poner en riesgo a toda la sociedad. En este caso hay que ser más exigentes y cuidadosos, y transigir menos. Por eso soy tan escrupuloso cuando se trata de señalar los errores que pudo haber cometido Ayn Rand. No es porque odie a esta autora, sino más bien por todo lo contrario. La tengo tan alta estima, y pienso que sus ideas son tan importantes, que no tengo ningún problema en criticar abiertamente algunas tesis de su obra.

Una persona que cree a pies juntillas que los extraterrestres la han secuestrado, la han abducido y la han examinado en un habitáculo de su nave, no supone un peligro tan grande como un político que piensa lo mismo, cuya locura puede derivar en algo mucho peor, haciendo tal vez que todos seamos examinados de la misma manera. Hace tiempo que me di cuenta que la superchería y las creencias de las personas solo adquieren peligro real cuando van acompañadas de ideas políticas. Antes me encocoraba cada vez que oía a alguien asegurar que la posición de los astros en el momento de nacer había determinado profundamente su carácter, hasta el punto de decidir sus hábitos alimenticios, su pareja o sus hobbies. Me enojaba toda forma de estupidez. Ahora eso me importa menos. Me parece mucho más preocupante la superchería marxista y la irracionalidad del comunismo, que suelen manifestar muchos de nuestros representantes en las instituciones y que suele derivar en graves consecuencias para todos. Y por lo mismo, también pienso que es preciso atender al pensamiento extremado de los filósofos sociales, y dejar en un segundo plano a los naturalistas y los cienciólogos excéntricos. Algunos defensores de Ayn Rand se encuentran entre esos filósofos. No tengo reparos a la hora de criticar algunas convicciones suyas. Sobre todo, rechazo esa deriva que han adoptado ciertos objetivistas, con la que dan tanta importancia a la razón que terminan pensando que la consciencia humana es una especie de objeto de adoración, un tótem milagroso y un emblema al margen de las leyes más básicas de la física y la biología. Quizás algún día se hagan con el poder y acaben matando a todos aquellos que muestren un atisbo de emoción. Por supuesto, esta admonición no deja de ser una caricatura del objetivismo de Rand. Personalmente pienso que esa exacerbación de la razón solo afecta a ciertos seguidores. Pero resulta significativo que la mayoría de ellos aseguren que defienden la razón y luego pongan en cuarentena la misma cuando se asoman al cerebro humano para descubrir dentro un ánima inmaterial. No encuentro otra justificación a esto que la mera defensa de un vitalismo antiquísimo, instintivo, que ya primaba las vidas de los primeros habitantes de la Tierra.

Tenemos que ser muy cautos a la hora de definir algo. No podemos hablar sobre una realidad que no podemos catalogar como materia física (valga la redundancia). Y sobre todo, no podemos confundir el determinismo con la falta de libertad, toda vez que determinismo e individualismo son la misma cosa. El individuo es por definición algo determinado. Y como esto es así, y como eso es un principio universal irrefutable, la consciencia también tiene que regirse por las mismas reglas. Todo está determinado a ser de alguna manera. No puedo dejar de pensar en esto cada vez que un objetivista sugiere que la mente supone una paralización de las reglas físicas. Nada es ajeno a dichas reglas. Todo resulta de la organización atómica que acontece bajo el influjo de los campos de fuerza y los vectores que proyectan en su entorno las partículas materiales. Lo cual no quiere decir que los hombres seamos un puñado de átomos sueltos. Todo lo contrario, somos combinaciones y organizaciones altamente complejas. Pero no somos entes inmateriales. Nuestra volición es el resultado de millones de procesos químicos y eléctricos, que a su vez son resultado de la historia evolutiva. Y la libertad es la manera de ser de todas esas estructuras. Con respecto al hombre, la libertad se define como la ausencia de coacción, y consiste en aquel estado que se alcanza de motu propio cuando no existen agencias externas que condicionen el movimiento y la acción de un individuo en particular, hasta el punto de modificar su conducta impidiendo que persiga sus propios fines. Pero esto no quiere decir que el hombre en sí no esté determinado físicamente. Quiere decir simplemente que esos determinismos físicos que lo condicionan, en función de los cuales se mueve y actúa, no sufren influencias externas ni son obligados a separarse del camino que siguen normalmente cuando no quedan sometidos a los demás, esto es, cuando el hombre puede elegir por si mismo el objetivo que desea alcanzar, sin que medien por él.

Por consiguiente, resulta fundamental distinguir dos conceptos de libertad. Por un lado tenemos el concepto de libertad social, que acontece cuando no existe coacción por parte de los hombres. Y por otro lado tenemos la noción de libertad física (o libre albedrío), situación que acontecería exclusivamente si las moléculas pudieran contravenir las leyes naturales. Por supuesto, esto no ocurre jamás, pues únicamente resulta de la imaginación y la fantasía que despliegan algunos mortales, incapaces de asumir su propia condición.

Y es particularmente importante de nuevo no confundir el determinismo materialista que siempre se suele asociar al marxismo, en el cual se afirma que las sociedades están predeterminadas por la dialéctica hegeliana, la lucha de clases, la supremacía de la igualdad, la victoria final de un único colectivo y la colectivización y homogenización de todos los medios de producción, del determinismo que estamos defendiendo aquí, que afirma todo lo contrario, esto es, que las cosas son entes determinados, mecánicos y concretos, y que por tanto presentan una individualidad y una pluralidad constitutivas. El determinismo hegeliano es de corte colectivista, mientras que el determinismo que defendemos aquí es individualista. Y esta es una diferencia crucial. En el marxismo los individuos quedan determinados y conminados por las imposiciones y las veleidades de aquellos líderes totalitarios que se hacen con el poder de forma violenta. En cambio, en el determinismo individualista la persona que actúa es libre para expresar su propia naturaleza individual, pero precisamente por eso debe ser consciente también de sus propias limitaciones, de los mecanismos y condicionamientos internos (físicos, químicos y biológicos) que la determinan, a los que debe la posibilidad de actuar de la manera que lo hace.

Una vez hechas estas aclaraciones, resulta más fácil entender que la defensa o consignación del determinismo físico (los condicionamientos internos) en nada supone un desmedro o un menoscabo de la libertad social, que tiene que ver con otra cosa, con el grado de permisibilidad política (con condicionamientos externos), y que se podrá seguir defendiendo aún cuando pensemos que en el fondo no somos otra cosa que moléculas y citoplasmas.

El determinismo y la libertad no son conceptos antitéticos. Antes bien, son definiciones equivalentes. Ninguna de ellas tiene sentido sin la otra. Estamos determinados a ser individuos libres (la libertad de acción es el más claro reflejo de la individualidad, y esta a su vez solo tiene sentido si el ente que actúa está delimitado y determinado en todo momento, esto es, si es un ente concreto) y al mismo tiempo, y como ya dijera Hegel, solo somos libres si sabemos lo que nos determina, es decir, si conocemos la máquina que somos, y si la podemos manipular a nuestro antojo. La sabiduría se materializa en el hombre cuando éste es capaz de determinar y modificar el funcionamiento de algún proceso natural (necesidad gnoseológica). Pero además, con independencia de este conocimiento, el propio mundo está obligado a ser algo determinado (necesidad metafísica). Y el liberalismo es la única ideología que ha sabido interpretar correctamente esa condición ecuménica. Cuando toma al individuo como principio básico, no está haciendo otra cosa que defender el determinismo. El individualismo metodológico afirma que todos los fenómenos sociales son explicables por elementos individuales, y esta es sin duda una concepción determinista. Un elemento individual solo puede definirse si dispone de alguna entidad, esto es, si es algo determinado y si actúa también para serlo (si a una causa le sigue un efecto). El reduccionismo que aplican las ciencias naturales tiene en el individualismo metodológico su máxima expresión. Cualquier explicación material (y racional) de la naturaleza busca describir las partes individuales que constituyen, condicionan y provocan el funcionamiento de todas las cosas. Lo cual nos debería llevar a aceptar que, en el fondo, solo estamos hechos de partes moleculares (nanomáquinas), y que no somos otra cosa que el resultado de su movimiento. Por eso y por todo, no nos confundimos si afirmamos sin ambages que el liberalismo es determinismo. Cualquier defensor de la libertad individual debería defender también el estudio material de la mente, como parte indiscutible del individuo. De lo contrario, estará cayendo en clara contradicción, es decir, estará yendo en contra del principio entitativo que sustenta en último término esa concepción individualista (determinista).

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Las imprevisiones del liberal con motivo de la avalancha de refugiados sirios: pequeña objeción al pensamiento de Juan Ramón Rallo

dibujos-niños-Siria-1-660x350Los liberales suelen cometer con cierta frecuencia un pequeño e inapreciable error de cálculo. Movidos tal vez por el celo de sus ideas, ansiosos ante la posibilidad de que éstas se hagan realidad, tienden a poner el arado por delante de los bueyes. De este modo, defienden “per se” la apertura incondicional de todas las fronteras, la segregación nacional, la banca libre, o incluso la eliminación completa del Estado. Y esperan consumar este proceso de desnaturalización en el menor plazo posible, unos pocos años. Pero no se dan cuenta que estas reivindicaciones, que podrían llegar a ser muy positivas en una sociedad de cierta madurez, en la que previamente se hubieran podado todas las ramas secas (administraciones inservibles), pueden volverse en contra del liberal si éste pretende instaurarlas precipitadamente en una región asolada por el intervencionismo y el estatismo, sin asegurarse antes de que existen las condiciones generales que podrían permitir el funcionamiento correcto de dichas medidas. Si por defender la segregación individual, de repente aprobásemos una Constitución que contemplase en alguna de sus cláusulas la división nacional, y el ascenso de todos los nacionalistas al poder, no estaríamos defendiendo la libre adscripción a un territorio determinado, más bien estaríamos convirtiendo el país en un reino de taifas, y fomentando la creación de decenas de pequeños regímenes autoritarios. De nuevo, si por defender la libertad de segregación de un territorio nacional, permitiésemos que un país como España, profundamente socialista, lleno de caciques locales y politicuchos agazapados en sus covachas, esperando una oportunidad al socaire de sus paisanos, fuera libre de dividirse en distintos gobiernos locales, lo que conseguiríamos no es promover la libertad de segregación, sino multiplicar la tiranía y las políticas excluyentes. El efecto sería el contrario del deseado. Y lo mismo ocurre con la política de fronteras abiertas. Liberales de referencia como Juan Ramón Rallo abogan por ceder el paso a cualquier inmigrante que quiera instalarse en nuestro país de motu propio. Esto, que podría ser muy bueno si la sociedad ya fuera de por si abierta y flexible, sin embargo puede convertirse en un drama insoluble si no se dispone de los recursos necesarios para absorber a esa nueva población. Si decidimos que cualquier persona que quiera venir a Europa puede hacerlo, siendo Europa como es, un erial de subvenciones, cuotas y aranceles, no estaremos fomentando la libertad individual, estaremos creando una red social estatalizada mucho más grande, con muchos más mantenidos y subsidiados. El liberal debería recapacitar sobre estos supuestos. Tal vez entonces entendería que sus medidas, aunque resulten positivas para el desarrollo de los pueblos, o precisamente porque lo son, funcionan solo cuando existen unas condiciones básicas previas, acordes con esas directrices. Y la mejor forma de medir esas condiciones favorables tal vez sea la de permitir que entren solo aquellos inmigrantes que tengan contrato de trabajo y que respondan a una demanda de mano de obra real.

El liberalismo no es una revolución sangrienta, como lo puedan ser las demás. El liberalismo es una evolución gradual, moderada. Devendrá paulatinamente, como devienen todas las cosas buenas, sobre bases sólidas. Por eso, el verdadero intelectual no debe esperar que las soluciones que propone puedan ser hoy útiles para todos. Tendrá que esperar a mañana, e incluso asumir que sus ojos jamás llegarán a ver los frutos de sus ideas. La cordura y la inteligencia también se deben a la paciencia. Si por algo se caracteriza el sabio es porque sabe esperar. Acepta la realidad tal y como es, aunque también la quiera modificar. Precisamente porque la acepta tal que así, es por lo que se da cuenta de que hay que alterarla. Pero al mismo tiempo es consciente de que eso no puede ocurrir de la noche a la mañana. A la gente le llevó mucho tiempo asumir que la Tierra era redonda o que venimos del mono. Y aún hoy les cuesta. El liberalismo se enfrenta a los mismos reparos. Si quiere demostrar que es una corriente de pensamiento verdadera, tendrá que hacerse cargo de esa realidad que caracteriza al hombre, su ceguera y su tendencia al rechazo de todo aquello que no conoce. Y esta es la razón también de que debamos obrar con precaución a la hora de abrir nuestras fronteras para que entre el extranjero. Debemos ser conscientes de nuestra realidad actual como país, y también de la realidad que rodea a los refugiados que arriban a nuestras costas, los cuales pueden tener unas intenciones muy distintas de aquellas que se les presuponen (existe la posibilidad de que no sean tales refugiados).

Si yo quiero que mi bebé tome leche todas las mañanas, para que esté bien alimentado y pueda crecer a buen ritmo, no solo tendré que asegurarme de que la leche está en buen estado y es un producto saludable, también tendré que constatar que mi hijo está completamente sano, y que no presenta alergia a los productos lácteos. En caso contrario, es probable que la criatura se me muera en los brazos, afectada por un choque anafiláctico fulminante, de respuesta inmediata. De la misma manera, si yo quiero que mi país adopte el temple y la seriedad que caracterizan a una nación moderna, y aplique una política liberal sin que por ello se muera de éxito, no solo deberé fijarme en los dictados de la propia teoría (como hace Rallo), a su vez deberé asegurarme de que sus habitantes y sus mandatarios están facultados para dirigir tamaña empresa, y de que la idiosincrasia legislativa e institucional de dicho país se presta a esos cambios.

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Yael Fareche, otra víctima del fanatismo

AAdXyGnVivimos en una sociedad supuestamente civilizada, compuesta de personas cívicas y agradables. Pero debajo de este revestimiento artificial, ruge el animal que todos llevamos dentro. En algunos países árabes se entretienen asesinando a los niños y violando a las mujeres. En el mundo occidental no es posible ya esa via de escape para los instintos. Pero estos se siguen manifestando de otra manera: se asesinan las palabras, se destruye la vida literaria de una persona y se calumnian sus obras sin motivo, todo para denunciar un hecho inexistente, inventado a tal efecto. Realmente, el ser humano es un especimen indeseable, capaz de inventarse historias falsas para hundir la vida de los demás, capaz de ver racismo allí donde solo existe valentía y claridad. Alguien describe a los negros como lo que son, y en seguida las hienas se abalanzan sobre el cuello del interfecto. Vivimos en la hipocresía constante y en la corrección política. Y lo peor es que todos estos perros sarnosos han acabado trasmitiendo la rabia a todo el mundo. Los medios de comunicación se hacen eco de la noticia. Acusan a una persona por llamar negro a otra que, oh dios mio, resulta que es negro de verdad. Le tachan de racista después de ver un vídeo donde en ningún momento se dice que los negros son indeseables por el mero hecho de ser negros. Ni siquiera ese es el tema que aparece en dicho vídeo. Mi impresión al ver la grabación fue de completa sorpresa. La gente no denuncia el racismo. La gente lleva el racismo en las venas y por eso lo ve por todas partes y critica la mera descripción del color que puedan hacer otras personas. Son hipócritas. Y estúpidos. Y todo ello se refleja en los medios de comunicación. Los periódicos tradicionales publican noticias tergiversando la información, para que parezca que la perseguida ha sido apaleada y crucificada con motivo. Y Facebook le cierra la cuenta, convirtiéndose en la nueva censura. Realmente el mundo no ha dejado de ser lo que siempre fue: ruido y furia. El animal que llevamos dentro sigue rugiendo, aunque ahora esté perfumado y vaya depilado y aderezado con mil finuras. Somos imbéciles. Y no lo sabemos. Igual que los animales. Mis respetos y todo mi ánimo para Yael Fareche. Sigue adelante. Aunque te quemen los libros, aún te queda la dignidad y el respeto de algunos. Eso, teniendo en cuenta como es el mundo de hoy, y lo difícil que resulta remar a contra corriente, ya es mucho.

Enlace al video de Yael que ha ocasionado el revuelo:

Problemas del primer mundo

Añado a continuacion las explicaciones de Yael, para que se extienda la verdad en la medida de lo posible:

Yael Fareche: «Las últimas 72 horas fueron una auténtica vergüenza: los periódicos El País y Público publicaron en sus versiones web artículos acerca de mí llamándome racista y clasista. Incluyeron una versión editada de mi vídeo del probador en la que sacaron frases de contexto para que pareciera que lo que dijeron de mí era verdad. El País incluso utilizó de titular una frase entrecomillada que yo nunca dije como si fuera una cita textual de mi vídeo. Mi abogado me dijo que me quedara tranquila y esperara a que la ola pasara para actuar. Me tranquilicé pensando que cualquiera que quisiera conocer la verdad podría ver mi vídeo directamente en mi cuenta de Facebook y descubrir que nada de lo que dijo Público ni El País era cierto.»

Pero entonces un grupo de personas me reportó a Facebook con alguna excusa y Facebook me quitó mi cuenta. De manera que la única versión de los vídeos que quedó en internet era la versión editada de El País. He tenido que pelear mucho para que me devuelvan mi cuenta, pero en mi blog podéis leer un post que escrbí contando toda la historia de lo que ocurre cuando periódicos de tirada nacional desatan un linchamiento colectivo en contra de un ciudadano cualquiera como lo soy yo:

http://acapulco70.com/me-cerraron-la-cuenta-de-facebook/

Gracias a todos los que me apoyaron en Twitter, los que me escribieron emails, y me ayudaron a difundir mi versión de los hechos.»

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La libertad y la tecnología

exoesqueletoEl desarrollo tecnológico y la libertad son dos facetas de la condición humana íntimamente relacionadas, que se retroalimentan y que evolucionan conjuntamente, en proporción directa. Popper decía que era una maravillosa casualidad que la libertad representase a la vez dos tipos de valores, un valor ético y una valencia práctica. Pero lo realmente significativo es que eso no es ninguna casualidad. La defensa de la libertad del individuo enfatiza y subraya una cualidad sustancial de la realidad: la individualidad. Y es esto lo que hace que también sea una egida útil. La fórmula empleada en esta maravillosa combinación no es otra que aquella por ejemplo que hace también que el conocimiento de la fisiología de una enfermedad pueda ser util para desarrollar un fármaco de nueva generación que permita mejorar ostensiblemente nuestras vidas.

El desarrollo y la libertad se retroalimentan. La libertad permite incrementar el número de acciones, con ella se dispara el emprendimiento, se estimula la competitividad y se promueve el esfuerzo. Todo esto agiliza enormemente el desarrollo, y con el desarrollo aumentan también las capacidades y las acciones, y se vuelve a favorecer la libertad. Es lo que se llama un círculo virtuoso. Y precisamente el motivo de que dicho círculo acabe cerrándose por completo no es otro que aquel que señala que la libertad y el desarrollo son sin duda dos caras de una misma moneda, el resultado de adecuarse a la realidad y la posibilidad de manipularla con conocimiento de causa y con el propósito expreso de mejorar la vida humana.

Pero la libertad y el desarrollo tecnológico tienen aun otra correspondencia más. La libertad de la que hablamos no es solo una libertad para actuar, emprender, trabajar, competir y producir. También es una libertad hedonista. Y la tecnología también sirve para disfrutar y entretenerse.

La tecnología que ha traído la revolución informática ha constituido uno de los avances más importantes y propedéuticos de todos los que ha impulsado la raza humana a lo largo de su historia. Pero incluso esta revolución acabará pareciendo pequeña cuando consigamos transportar, ya no paquetes de información binaria, sino materia totalmente ordenada. Y no me estoy refiriendo aquí al teletransporte, objetivo que tal vez nunca pueda convertirse en una realidad. Me refiero al transporte real de materia a través de autopistas y redes semejantes a las que hoy en día transmiten la información por internet. Algún día podremos mover nuestros cuerpos y cualquier otro objeto de nuestro entorno a velocidades supersónicas, de forma automatizada, a través de cualquier terreno, por mar, aire y agua, teledirigidos o programados. Ningún punto del mundo estará a más de un par de horas de viaje. Podremos ir donde queramos, a cualquier rincón del planeta, llevando los enseres que deseemos, sin esforzarnos en saber el camino que tenemos que seguir. Simplemente meteremos la ruta en un ordenador programable, recargaremos la batería de nuestro exoesqueleto, nos prepararemos para contemplar nuevos paisaje, soñaremos con mil destinos distintos.

Internet ha revolucionado nuestra forma de interactuar con el mundo. Ahora lo hacemos de forma virtual y hemos perdido un cierto contacto con la realidad. El exoesqueleto y las redes materiales del futuro repondrán ese contacto directo con el mundo. Volveremos a mirar a la naturaleza como antes lo hacíamos, con el cuerpo físico. Esto también es libertad. No en vano, la verdadera revolución (o evolución) acontece en cualquier caso cuando el hombre decide emanciparse, defiende sus derechos individuales, manifiesta sus apetencias y deseos, lucha por conseguirlas, y adquiere más parcelas de libertad. Cualquier avance abre nuevas alternativas y ofrece otras oportunidades. Y en eso consiste en definitiva la libertad y la acción, eso es lo que la libertad significa, lo que acaba propiciando, el éxito tecnológico. La causa y el efecto son en este caso la misma cosa. El circulo se cierra. La libertad individual lo es todo.

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El totalitarismo de la democracia y la alternativa liberal

descarga (2)La democracia es una superstición, basada en la estadística. Toda la gente no entiende de política, como no podemos entender todos de retórica, de psicología o de álgebra. Estas no son palabras mías. Las repetía el escritor argentino Jorge Luis Borges cada vez que los medios de comunicación le ofrecían una tribuna y le invitaban a posicionarse políticamente. Esta afirmación no puede tener mayor vigencia hoy en día. Desgraciadamente, sus palabras han pasado a cobrar un vigor incuestionable y han convertido a su autor en un futurólogo consagrado.

En la actualidad la creencia en la democracia alcanza unos tintes realmente grotescos. Todos se suben a ese carro y a nadie parece importarle la superstición que acarrea esa adscripción. Sabido es que las supersticiones políticas (socialismo, comunismo, nazismo), como cualquier creencia infundada que pretenda tener algún viso de verosimilitud, terminan por destruir la vida y las esperanzas de muchas personas que, a pesar de todo, seguirán creyendo a pies juntillas en esas pamemas. Y la democracia es otra tozudez igual; otra forma de superchería. En este caso una muy sutil que aparenta otra cosa y que por eso está teniendo tantos éxitos y está haciendo tantos estragos en algunos de los países que supuestamente habían abrazado ya el primer mundo y estaban prosperando (Venezuela, Argentina, ¿España?).

Cuando un democraticista asevera que todo debe quedar en manos de la decisión mayoritaria, tal y como suelen creer muchos hoy en la mayoría de los países occidentales, lo que está haciendo en realidad es vulnerar dos condiciones del ser humano completamente legítimas e intocables: la que le da los derechos más fundamentales y la que le da los derechos más particulares. Las normas más fundamentales garantizan la libertad del individuo y no pueden ser cuestionadas de ninguna manera. Tampoco hay nada que decidir en cuanto a las reglas por las que cada persona se conduce en su vida diaria cuando hace suyas esas normas elementales que protegen su vida y su propiedad. Si nos paramos a analizarlo detenidamente, la mayoría democrática no debería tener poder de veto en ningún parlamento nacional. Dichas votaciones se deberían reservar para aquellos casos en los que una asociación privada debe decidir sobre una cuestión de su incumbencia que afecta a un bien comunal. A lo sumo, se podrían someter a votación algunas cuestiones nacionales suficientemente complejas, pero en ningún caso los principios más básicos (el derecho del individuo a actuar libremente) ni las medidas más particulares (el derecho del individuo a comer hamburguesas los domingos).

Sin embargo, hoy en día existe la creencia popular de que el sistema social fetén es uno que deja todo en manos de la decisión del pueblo. Esto no es de extrañar. Si es una creencia popular es normal que quiera reservar el poder para el populacho. Tampoco es extraño que sean los socialistas los que más hacen por propagar esas ideas. Pero los liberales estamos obligados a denunciar esta nueva mitificación del poder. El democraticismo actual no es más que una escusa y una nueva representación de aquellos visajes que en otra época habrían defendido las medidas de Stalin, pero que ahora están obligados a mostrarse más moderados. El totalitarismo se puede ejercer de dos maneras. Puede tomar la iniciativa un grupo de tiranos aupados al poder por sus secuaces y sus incondicionales, o puede ser el pueblo el que de forma más discreta, en las urnas, acabe votando y decidiendo sobre todo y sobre todos. Los comunistas de principios del siglo veinte intentaron seguir el primer camino. Pero tras millones de muertes y décadas de depauperación se dieron cuenta de que esa era una vía muerta e iniciaron el segundo camino. Hoy en día nos encontramos en esa segunda vía. El totalitarismo ha conseguido prender en algunas sociedades después de ponerse la careta de la democracia. Muchas personas creen que lo correcto es decidirlo todo en las urnas, en la calle, en los municipios, constituyendo asambleas interminables que se prolongan días enteros. De esa forma dan salida a sus ansias genéticas de dominio, en cierta medida frustrados por no poder implantar ya un comunismo puro y duro. Pero esas creencias son infundadas. En primer lugar no se dan cuenta que es imposible ese nivel de participación. Afirmar que todos deberíamos dedicarnos a la política, esto es, que todos deberíamos estar permanentemente votando, es tan absurdo como decir que todos tendríamos que ser de la misma clase social o que todos tendríamos que ejercer el oficio de panadero. Además, esas alegaciones también se olvidan de que existen algunos principios sobre los que no se puede decidir y cuya puesta en duda socaba las bases de cualquier sociedad mínimamente libre. Si todo fuera decidible, si solo importara la decisión mayoritaria, ni siquiera la democracia tendría sentido. La defensa radical de la democracia es una contradicción de términos. No se puede defender algo y a continuación afirmar que se aceptará cualquier cosa que salga de las urnas.

La democracia tiene muchos problemas internos, el principal de todos es que el votante medio padece habitualmente una percepción de la realidad sesgada y torcida. Las personas no suelen dedicar mucho tiempo al estudio de la sociedad, al análisis filosófico, o a la asimilación de las teorías más básicas de la economía. Cada cual se especializa en un determinado trabajo; bastante tienen con llegar a fin de mes y sacar adelante a una familia. Otro problema de la democracia es que al final todas las decisiones quedan en manos de un politburó, un grupo reducido de hombres que no son ajenos tampoco a las debilidades y mediocridades que afectan a la mayoría de las personas. Por eso los liberales insistimos tanto en reivindicar los derechos del individuo frente al Estado, abogamos por realizar una renovación y una disminución considerable de la política, y luchamos por sustituir esos arbitrismos humanos por unas leyes que sean simples, generales, objetivas y verdaderas, y que estén basadas no en la intervención masiva sino en todo lo contrario. Queremos pocas injerencias en la vida y la acción de las personas, solo aquellas que sean estrictamente necesarias para garantizar esas abstenciones políticas. Nuestra propuesta antepone la ley a las opiniones mudables de los hombres. Pero no una ley cualquiera, porque entonces estaríamos en la misma tesitura. La única forma de avanzar en el proyecto liberal y minimizar los errores que cometen los hombres es implantando una ley objetiva que otorgue menos importancia a las decisiones que toman los individuos en relación con cuestiones que no les afectan a ellos, y más importancia a aquellas otras que son propias de cada uno y que no incumben al resto. Estas son las leyes del liberal. Estamos convencidos de que esa es la única forma de conseguir que los hombres no se equivoquen de forma masiva, que no evadan sus responsabilidades y que no anulen los deseos o manden al traste los proyectos de los demás. Quien mejor sabe lo que le conviene a alguien es el propio afectado, aquel que se implica y persigue un determinado proyecto, y no aquel otro que le dice desde una butaca del ministerio lo que debe o no debe hacer. Es más, ningún gobernante goza de la información suficiente como para arrogarse ese poder. Esto no es una declaración de intenciones, es una imposibilidad epistemológica. La sociedad es un sistema complejo que resulta únicamente de la acción y la información que se encuentra distribuida entre cada uno de los ciudadanos. El socialismo es imposible. No hay forma de que el Estado sepa cuáles son las decisiones que debe tomar para que aumente la prosperidad y el número de necesidades satisfechas. En el fondo, cualquier regulación e intervención de la economía sólo tiene un único sentido: decirles a los demás lo que deben hacer. Lo que afirmamos los liberales es que eso no sólo no tiene justificación ética sino que además tampoco tiene ningún sentido efectivo. Esto es incuestionable, y no depende de la decisión mayoritaria. Es más, esas decisiones masivas de la plebe suelen abogar por aumentar el poder de sus dirigentes, utilizan las corazonadas como guía de sus votaciones, se emocionan con la demagogia que derrochan sus líderes, y se ilusionan con cualquier pamema que les prometan los nuevos voceros del gobierno. La mayoría de la gente necesita creer en algo, es esencialmente mediocre, y no suele atenerse a razones. La campana de Gauss también se aplica a estas cualidades. La normalidad siempre está representada por las mayorías. Por eso la democracia suele fracasar en muchos casos, normalmente cuando no existe una constitución con unas leyes básicas inquebrantables.

Ahora bien, dicho lo cual también tenemos que admitir una cosa positiva de la democracia. El sistema democrático se constituye gracias a que una mayoría de integrantes está de acuerdo en dejarse gobernar de la manera que han elegido en las urnas y los parlamentos. Esto otorga a la sociedad un consenso y una estabilidad que es condición sine qua non para que la revolución y la sedición no acaben minando todo el sistema. Cualquier sociedad, para ser estable, tiene que componerse de una masa crítica de creyentes que aporten solidez y seguridad y que rubriquen con su apoyo esa forma común de vivir. En este sentido, cualquier reivindicación que rechace el sistema democrático actual, y que abogue por sustituirlo por otro distinto, habrá de saber que eso solo será posible si existe una mayoría que acepte esas modificaciones. Nadie pone en duda que la ley es un bien comunal que requiere de un cierto grado de imposición institucional. Pero está también la cuestión de saber si esa imposición será igual de efectiva con un número cada vez mayor de opositores. Implantar un sistema con carácter obligatorio resulta tarea difícil si la gente no aprecia suficientemente sus ventajas. Con todo, al final la democracia parece que es, hasta cierto punto, un mal menor necesario, no necesario para decidir cualquier cosa , sino para recabar un apoyo mayoritario en defensa de los derechos, las leyes y las libertades del individuo.

La democracia radical es una contradicción de términos. Si todo fuera decidible, si solo importara la decisión mayoritaria, ni siquiera la democracia tendría sentido. No se puede defender algo y a continuación afirmar que se aceptará cualquier cosa que salga de las urnas. Por su parte, un liberalismo sin democracia tampoco tendría razón de ser. Ninguna norma se puede imponer por la fuerza si no tiene un respaldo mayoritario. La solución última, por tanto, no pasa por rechazar la democracia o el liberalismo, sino por entender que ambas opciones tienen cualidades imprescindibles, sin las cuales no tendrian sentido ninguna de ellas. La democracia liberal, basada en leyes y rubricada por las mayorías, es una condición de estabilidad, y la única solución posible, necesaria en cualquiera de los casos. Sin una masa crítica de votantes y partidarios de un régimen, ningún sistema se puede sostener demasiado tiempo. Y sin unas pocas leyes claras e incuestionables, inmunes a cualquier plebiscito, toda democracia acaba degenerando en arbitrismo y totalitarismo. Por eso la democracia liberal, que toma lo mejor de ambos sistemas, es la única salida a todos los problemas que los liberales y los demócratas se vienen planteando en los últimos años. La solución no pasa por rechazar la democracia o el liberalismo, sino por integrarlos en un mismo núcleo comprensivo, entender que ambas opciones presentan cualidades imprescindibles sin las cuales ninguna tiene futuro.

Incluso la creación del más pequeño de los países (estoy pensando en los proyectos de ciudades libres que se han puesto en marcha en algunas partes del mundo), requiere el consenso de sus socios, sus antiguos propietarios y sus vecinos territoriales. Por tanto, a los liberales solo les queda una única opción: habrán de esforzarse por transmitir su mensaje hasta que quede suficientemente democratizado e interiorizado en el imaginario colectivo, lo cual permitirá a su vez que ese modelo de sociedad al que aspiran acabe cristalizando y termine por ser algún día una realidad viable. Esto puede resultar descorazonador si se tiene en cuenta la tendencia prácticamente inerradicable que tiene el hombre a creer en supercherías y falacias políticas de todo tipo. Pero hay que admitir que no queda otra opción.

Sea como fuere, ya defendamos una minarquía, una anarquía, o una sociedad liberal más tradicional, al final lo único que podemos hacer es hablar de nuestras ideas, proyectar nuestro mensaje, difundir las razones que nos asisten con cordura e inteligencia, e intentar convencer lo más posible a todos aquellos que tenemos a nuestro alrededor para que al final se conviertan en mayoría. Nos sobran los motivos. Nos pueden las ganas. Nos asiste la razón. Hagámoslo.

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La tabla ideológica: anarcocapitalistas, anarquistas, evolucionistas, socialistas, minarquistas

ideologia10La filosofía política es con mucho la doctrina más importante que existe. Abarca un área de estudio muy extensa, que involucra a muchas disciplinas académicas. Tiene la vocación de explicar un gran número de fenómenos físicos. Por ende, representa un ámbito intelectual idóneo para acometer la unificación de todo el conocimiento y para hacer una interpretación y clasificación general de todas las ideologías que salpican el panorama cultural.

La filosofía política es una disciplina omnicomprensiva, no porque alcance a comprender todo el abanico de detalles que enriquecen la realidad, sino porque extiende su análisis cubriendo diversos órdenes. Incluye el estudio de las leyes naturales más elementales (filosóficas), y también el de aquellas otras más específicas que rigen la ordenación de la sociedad humana (políticas).

Los filósofos son estudiosos que parten siempre de presupuestos universales, y que intentan a continuación construir con esas teorías una red de explicaciones suficientemente amplia. Por su parte, la política pretende aplicar esos fundamentos básicos en el ámbito concreto del ser humano. Si unimos estas dos disciplinas obtenemos la filosofía política, la cual consistirá en usar los elementos más importantes del pensamiento, los fundamentos, en aquellas áreas que más le interesan al hombre, las sociedades. No existe otra ciencia que pueda afirmar esto.

A su vez, esta visión omnímoda de la filosofía nos obliga a considerar también dos clases de leyes. Los fundamentos más básicos de la realidad están constituidos por leyes naturales (filosóficas). Mientras que su aplicación en el ámbito del ser humano da lugar a las leyes sociales (políticas), las cuales rigen la vida de todos los individuos. Esta dicotomía trascendental ya se puede verificar en los clásicos. Es la dicotomía que mantienen los griegos entre lo artificial y lo natural. Para Hayek, es la dicotomía entre Kosmos y Taxis.

Todas las disputas que acontecen cuando el hombre intenta establecer las normas que deberían regir el ordenamiento social, se pueden resumir de manera lacónica apelando a esos dos conceptos legales, el Kosmos y la Taxis, lo natural y lo artificial, la ley de la naturaleza y la aplicabilidad de esa ley en el ámbito comunitario. Como hemos visto, la filosofía política tiene un carácter omnicomprensivo, ya que integra en su visión las dos clases básicas de leyes que existen. Por un lado, aborda principios fundamentales, y por el otro intenta determinar su aplicabilidad en el ámbito social. Por eso, si usamos los dos tipos de leyes que trata esa filosofía (Kosmos y Taxis; ley natural y ley artificial), y los cruzamos utilizando una tabla de doble entrada, aparecen de inmediato todos los idearios que existen, y todos quedamos retratados. En general, todas las ideologías tienen su origen en el análisis de los problemas que enfrentan aquellos que intentan definir y aplicar esos dos tipos de leyes (leyes naturales y leyes artificiales), origen que acontece siempre en el cuadrilátero político que dispone la filosofía a tal efecto. A continuación se expone esta tabla.

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Nuestra obligación ahora es pasar a detallar las cuatro variantes ideológicas que se intercalan en el casillero del cuadro que acabamos de exponer.

Socialismo. El socialismo es el control por parte de la sociedad, organizada con todos sus integrantes, tanto de los medios de producción y comunicación como de las diferentes fuerzas de trabajo aplicadas a la misma. El socialismo implica por tanto una planificación estatal y una organización colectivas. Los socialistas reclaman siempre una ley artificial omnímoda (que se haga cargo de esa planificación) y por lo mismo ignoran y ningunean cualquier ordenación que tenga una causa más natural. Por consiguiente, el socialismo establece unas normas artificiales que eclipsan cualquier regla que emane de la conveniencia espontánea y natural de los individuos que viven y medran al margen de la política y el Estado.

El socialismo puede ser de muchos tipos (la utopía y la mentira siempre han gozado de gran aceptación) Puede ser un socialismo laico o religioso, totalitario o democrático, ingenuo o avieso, militar o popular. Pero en todos los casos esas visiones políticas obedecen sin duda a una conquista social ilusoria y engañosa. Así por ejemplo, el “liberalismo socialista” de los constructivistas seculares aboga por crear una sociedad civil perfecta. En su caso, solo conciben la libertad como un estado fetén. De suyo es sabido que para el socialista cualquier padecimiento humano supone una injusticia evitable. El hombre solo será libre si alcanza una existencia al margen de cualquier condicionamiento o sufrimiento natural o social, casi como si se tratase de un semidiós. Los constructivistas seculares aspiran a crear un paraíso terrenal donde los seres humanos sean iguales en todo, es decir, donde todos puedan alcanzar cualquier cosa que se propongan (parusía totalitaria). El igualitarismo que persiguen los socialistas solo hallará descanso el día que se erradique toda distinción, ya que cualquier mínima diferencia supone siempre algún impedimento para algunos individuos (de ahí que solo quieran que exista una única clase social). Pero no se quedan ahí, también justifican todo ello apelando a unas fuerzas irrenunciables, históricas y universales, articuladas en torno a la idea sacrosanta de la dialéctica de Hegel y el materialismo histórico, un milenarismo inexorable e ineluctable que acabará necesariamente cuando la clase proletaria consiga derrotar a la burguesía y alcance para siempre la gloria edénica. En consecuencia, conciben el camino al paraíso que imaginan dentro de sus cabezas como un recorrido de fuego y sangre, en el que a ambos lados habrán de ir quedando los cadáveres de aquellos individuos que no pertenezcan a la clase trabajadora. Esta visión constituye un cheque en blanco para asesinar a una buena parte de la población, al renegado, al blasfemo o al distinto. Por tanto, solo es otra forma de racismo, una que se fija, no en el color de la piel, sino en la clase o condición social del afectado.

Por su parte, el “liberalismo socialista” de los constructivistas religiosos promete una libertad de tipo etéreo, una libertad salvífica, un mundo extraterrestre gobernado por leyes divinas (que tampoco son naturales) y al que solo podemos acceder después de la muerte física, tras cumplir los mandatos teocráticos que vienen impuestos desde arriba.

No obstante, tanto los constructivistas seculares como los religiosos requieren para sus hazañas de un Estado suficientemente grande y necesariamente poderoso, que ofrezca una salida a todas sus aspiraciones de dominación. Por tanto, su cometido consistirá siempre en exaltar las normas artificiales que inventan esos hombres ensoberbecidos por el mando y el afán de dominio, y en ningunear las leyes naturales que habitualmente se oponen a esas reglas elucubradas y fabuladas en los califatos del poder por los hombres de estado. Llamamos socialismo a la expresión política que reúne bajo su férula a todas esas aspiraciones artificiales (constructivistas) que en mayor o menor medida vienen a negar algún aspecto importante de la naturaleza humana. Los socialistas, laicos o religiosos, obsesionados todos por construir una Taxis perfecta, suelen olvidar con frecuencia los aspectos más relevantes del Kosmos.

Anarquismo. El anarquismo es una filosofía política y social que llama a la oposición y abolición del Estado, y por extensión de toda autoridad jerárquica o control social que se imponga al individuo, por considerarlas indeseables, innecesarias y nocivas. Los anarquistas rechazan cualquier ley, no se avienen a las normas estatales, pero tampoco aceptan aquellas que surgen en el ámbito privado. Por consiguiente, lo que proclaman es un sistema ácrata, afirman que el hombre no debe ni puede estar sometido a ningún tipo de condicionamiento. No creen en leyes estatales. Pero tampoco aceptan aquellas otras que se derivan de la propiedad privada, el comercio libre, y la organización capitalista. Es decir, se niegan a aceptar esas reglas consuetudinarias que surgen de forma natural, como resultado de las consecuciones y los logros voluntarios de los distintos individuos. Para el anarquista, cualquier institución social es autoritaria. Rechazan la organización deliberada y también la que resulta del orden espontáneo. Ahora bien, como la naturaleza impone unas reglas que no se pueden desdeñar, dado que la libertad supone asumir unas diferencias entre los hombres que surgen del mero hecho de vivir, como los anarquistas rechazan también las imposiciones naturales que resultan de esa situación, todos los que abrazan esta suerte de ideología se ven obligados sin pretenderlo a imponer unas normas que contravienen la evolución natural de la sociedad. Por tanto, un anarquista no es otra cosa que un socialista inconsciente de su condición. En ambos casos se adopta una ideología totalitaria. La diferencia entre unos y otros radica en la concepción que tienen de ese poder coactivo. Unos lo aceptan y lo defienden (socialismo). Los otros lo ignoran (anarcocomunismo). Pero en cualquier caso todos lo necesitan, todos intentan eliminar el orden espontáneo de la naturaleza y su corolario social, las diferencias y los méritos que surgen al aceptar dicho orden. Los socialistas son conscientes de la necesidad de establecer una regulación hegemónica distinta. En cambio, los anarquistas piensan ingenuamente que es suficiente con desear una sociedad en la que no exista ningún condicionamiento físico. Pero como quiera que los hombres somos distintos, unos más capacitados que otros, dado que la evolución y la libertad de la sociedad dependen del grado de permisibilidad de todas esas manifestaciones distintas, al anarquista solo le queda una única opción: subvertir el orden que emerge de forma espontánea y que deriva en el capitalismo, y solo tiene una herramienta: la ley artificial de la dictadura. El anarquismo no es otra cosa que un socialismo ingenuo que desconoce que para librarse de cualquier condicionamiento natural es necesario aplicar algún condicionamiento social. En principio, esta ideología consiste en negar tanto el Kosmos como la Taxis. Aunque, como hemos visto, subrepticiamente acaba implantando una Taxis particular y lo único que se niega es el Kosmos. En el fondo, no cabe otra alternativa. La realidad necesita siempre de algunas reglas.

Anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo (conocido también como anarquismo de mercado o anarquismo libertario) es una filosofía política que promueve la eliminación del Estado y la protección de la soberanía del individuo por medio de la propiedad privada y el mercado libre. En una sociedad anarcocapitalista, la policía, los tribunales y todos los otros servicios de seguridad tendrían una financiación privada y serían prestados por empresas de competencia en un mercado completamente abierto. Por tanto, las actividades personales y económicas serían reguladas exclusivamente por la ley de gestión privada, en lugar de a través de la política.

Los anarcocapitalistas resaltan el papel único del orden natural espontáneo. Por consiguiente rechazan cualquier forma de gobierno artificial. No obstante, dado que la naturaleza del hombre tiene una doble vertiente, hegemónica y voluntaria, los anarcocapitalistas subestiman el peligro que deparan también esas acciones naturales. Los estados totalitarios surgen en último lugar como resultado de la naturaleza servil del ser humano. Evidentemente, el orden espontáneo tenderá a seleccionar aquellos sistemas que sean más eficaces y cuyos esfuerzos ímprobos por progresar se vean respaldados por unas leyes permisivas. Puesto que la eficacia de una sociedad se mide por la libertad de sus ciudadanos, parece probable que el algoritmo evolutivo tiene que acabar favoreciendo a las sociedades libres, al tiempo que provoque la extinción de aquellas otras que no asuman esa condición. En cierta medida esto es lo que pasa. Pero falta considerar la otra vertiente de la naturaleza humana. El hombre también está condicionado por su ignorancia, su servilismo y su afán de poder. En consecuencia, el orden natural también conlleva una maldición nefasta, el establecimiento de regímenes totalitarios en muchos casos más promiscuos y estables que los sistemas libres. Todo lo cual ha dado lugar a una lucha sempiterna entre dos visiones completamente distintas, las que defienden la libertad del individuo y las que vulneran permanentemente esa libertad. La historia del hombre es una continua lucha entre dos formas de entender el mundo, lo cual viene a constatar esa doble condición. Por consiguiente, los anarcocapitalistas, al asumir que el orden espontáneo debe dar lugar necesariamente a una sociedad mucho más libre, están obviando una de las dos características y derivas que adopta el ser humano de forma natural, aquella que supone un incremento de la violencia y la coacción hacia el resto de los ciudadanos. Y en consecuencia, están sentando las bases para que devenga ese tipo de sistema, creado en torno a unas relaciones de poder hegemónicas que surgen igualmente de forma natural, aun a pesar de que no exista ninguna fuerza compulsiva estatal. En definitiva, los anarcocapitalistas hacen exactamente lo contrario de lo que hacen los socialistas y los anarquistas puros (o anarcocomunistas). Estos solo confían en las leyes artificiales; en Estados poderosos. Aquellos en cambio se encomiendan tanto a las leyes naturales, al Kosmos, que acaban olvidando que las tiranías estatistas que ellos rechazan hallan su fuente primordial en la naturaleza individual del ser humano, que solo se puede combatir eficazmente implementando algunas reglas artificiales (Taxis) que se opongan a esos comportamientos y corrijan en la medida de lo posible todas esas desviaciones éticas.

Minarquismo. El minarquismo, llamado algunas veces estado mínimo o gobierno limitado, propone que el tamaño, papel e importancia del Estado en una sociedad libre debería ser mínimo, solo lo suficientemente grande como para proteger el espacio privado de cada individuo, maximizar su libertad y su independencia, y garantizar la neutralidad de las leyes.

El minarquismo es la única ideología que no rehúsa el análisis de ninguna dimensión de la ley, aceptando su integración completa y su carácter doble, artificial y natural. Negar la existencia de uno de estos dos aspectos legales es tan absurdo como negar la propia realidad, y normalmente redunda en mayores problemas. La ley natural (el Kosmos) es un atributo existencial inerradicable. Por su parte, la ley artificial (la Taxis) también es un aspecto sustancial de la naturaleza humana, es la capacidad deliberativa y organizativa que supone el desarrollo del pensamiento del hombre. Evidentemente, hay que saber hasta dónde llega esa capacidad de decisión. Pero no es posible negarla (algunos anarquistas de mercado llegan a afirmar que no existe ningún interés común, ninguna apreciación colectiva, ningún estado general). Cuando comprendemos que la sociedad se rige mayoritariamente por un orden natural espontáneo (ley natural), asumimos también la incapacidad y la inutilidad de intervenir en dicho orden. Pero, si tampoco obviamos el orden artificial, como hacen los anarcocapitalistas, podremos armar un sistema legal enfocado exclusivamente a la fortificación y apuntalamiento de esas normas naturales tan importantes. La expresión más completa del liberalismo, la mayor defensa de la libertad individual, deviene cuando se aceptan las reglas naturales que dirigen la vida y gestionan las motivaciones internas de todos los individuos, y cuando se asumen al mismo tiempo algunas reglas artificiales encaminadas a garantizar el orden espontáneo de la naturaleza. Lo único que hace falta entender es que esas reglas artificiales se refieren exclusivamente a cuestiones muy básicas y generales, que no entran a valorar los aspectos y los actos más particulares de cada uno de los individuos, sino que solo previenen de su incumplimiento general, garantizando de esa manera que todas las personas dispongan de la posibilidad de elegir el camino que quieren seguir, y cuáles van a ser los actos particulares que desean efectuar.

Una de las mejores cosas que podemos hacer los intelectuales a la hora de evaluar las leyes de la naturaleza (y de la sociedad) es la de insistir en diferenciar dos categorías distintas. Las reglas que afectan a los hechos particulares, como por ejemplo las que se deben debatir dentro de una comunidad o una asociación (ej. el tipo de puerta que habrá de colocarse en la entrada de una urbanización) deben someterse necesariamente a votación. Asimismo, las reglas por las que cada cual se quiere regir, y cuya aplicación no afecta a las decisiones que también toman los demás, no deben estar sometidas a la votación de nadie. Pero no pasa lo mismo con aquellas reglas más generales que no pueden tener alternativa y que son universales y necesarias. Los democraticistas intentan someter todo a plebiscito popular. Al hacer esto, ponen en duda las leyes más generales e importantes, que deberán someterse en cualquier caso al arbitrio de la mayoría, y al mismo tiempo se entrometen en aquellas otras normas que solo deben dirimirse en el ámbito privado del individuo. En ambos casos incurren en medidas coactivas que disminuyen gravemente la libertad de las personas, bien porque no se respetan sus derechos más fundamentales, bien porque no se permite que decidan sobre asuntos que solo les afectan a ellos.

En un análisis introductorio que Zanotti hace a la obra de Hayek, el filósofo argentino comenta lo siguiente: “El cosmos se refiere a un orden no planificado, fruto de la acción humana pero no del designio humano. Taxis, en cambio, hace referencia a órdenes en lo social que los seres humanos pueden deliberadamente planear. La distinción entre sus dos tipos de normas es esencial para la filosofía política de Hayek, inseparable en su filosofía del derecho. La ley Law emana como normas espontáneas del orden social, al igual que la common law inglesa. Mientras que la legislatión hace referencia a disposiciones administrativas que emanan de organismos ad hoc, donde los seres humanos pueden deliberar, decidir, planear.” (Zanotti, 2008). Lo que yo propongo y defiendo en este artículo viene a constatar lo que Zanotti intenta resaltar en la cita que se muestra más arriba. Defiendo una visión hayekiana, la admisión de una dicotomía legal, de leyes naturales basadas en la acción individual, la propiedad privada, y la competencia comercial, y reforzadas con una constitución general ad hoc.

Otro de los autores que más se ha empeñado en resaltar el doble aspecto de las leyes y la realidad es el profesor Jesús Huerta de Soto: “…no podemos dejar de resaltar que precisamente es el carácter esencialmente subjetivo de los elementos de la acción humana (fines, medios y costes) lo que, de forma tan solo aparentemente paradójica, confiere plena objetividad a la economía, en el sentido de que esta sea una ciencia teórica cuyas conclusiones son aplicables a cualquier tipo de acción [praxeología]”. (Huerta de Soto, 2010)

Algunos no entienden que la subjetividad y la objetividad no son categorías incompatibles, que al contrario deben basarse la una en la otra y ser aceptadas e integradas en cualquier paradigma y programa de investigación. Todas las teorías sociales que se basen en valores subjetivos y que alaben las acciones individuales tienen al mismo tiempo una validez universal indiscutible, completamente objetiva, precisamente porque esa subjetividad es un presupuesto irreductible, que no cabe referirlo a ningún otro ni explicarlo más, como diría el profesor Huerta de Soto. Nótese que esta declaración no es fruto de un racionalismo extremo, como en cambio nos dirían los relativistas y los evolucionistas radicales. Defender una verdad absoluta basada en la subjetividad del individuo, es decir, concebir la subjetividad como un presupuesto irreductible, no significa afirmar que se puede conocer todo, más bien significa todo lo contrario: como es imposible conocerlo todo, existe una única verdad absoluta, la de esa imposibilidad, y una ley también absoluta, la que se basa en esos valores subjetivos y parciales. Además, aspirar a que esa ley se cumpla y se aplique políticamente con carácter general no es incurrir en una excepción nefasta, como afirmaría Gustave de Molinari, el primer anarquista de mercado. Todo lo contrario, esas aspiraciones eliminan cualquier incumplimiento de la norma, cualquier negación de la misma. Solo aquellos exégetas que confunden el contenido y el continente de la ley, esto es, lo que la ley dice (el alegato en defensa del hecho subjetivo y del subjetivismo en general) y lo que la ley es (el presupuesto objetivo) piensan que el carácter neutral y universal que tiene la misma debe quedar subsumido en el carácter subjetivo, cambiante y particular, que tienen los hechos y las empresas que se describen con ella. Entonces, quedan dispuestos a renunciar a cualquier órgano general (estatal), y a dejarlo todo en manos de entidades privadas y asociaciones legales de carácter ecléctico.

Una de las cosas que más me han impactado, cuando he tenido la oportunidad de conocer de cerca el pensamiento de algunos liberales austriacos, es lo mucho que ha prendido en esta corriente de pensamiento el germen nefasto del relativismo cultural. Yo pensaba que esta forma de irracionalismo había sido purgada del ideario liberal de la escuela austriaca, que yo entendía completamente racional. Para mí la escuela austriaca representa el mayor baluarte que existe para la defensa de unos principios generales y objetivos. Pero algunos parece que entienden el subjetivismo que pregonaba Menger, y que enfatiza el austrianismo en general, de un modo totalmente retorcido, como legitimador de una arbitrariedad y unas convenciones caprichosas y temporales. Cabría resaltar que el subjetivismo solo cobra sentido cuando se interpreta como lo que es, como un principio gobernador del universo. Subjetivismo no quiere decir que todo sea subjetivo e interpretable, sino que todo proviene del sujeto y del individuo. Son dos cosas muy distintas que no se deberían confundir si queremos ofrecer un discurso coherente. Si todo proviene del individuo, no es posible relativizar esta afirmación, como vienen haciendo muchos diletantes y algunos expertos, sino afirmarla y defenderla de manera absoluta. Resulta irónico que la escuela austriaca, que ha sido y es bastión de las verdades más generales, albergue también el lupanar que más se ha empeñado en prostituir el concepto del individualismo, y el muladar que han elegido los relativistas de la nueva hornada para arrojar los residuos que produce su ideario.

Los anarquistas de mercado se obcecan tanto con la idea del subjetivismo y el individualismo metodológico que afirman que el Estado es siempre un ente maléfico y perverso, y no admiten ninguna cualidad colectiva que de suyo sea buena. Al hacer esto, no se dan cuenta que están yendo en contra del propio principio que dicen defender, aquel que les lleva a odiar todo lo que tenga que ver con el Estado, el principio de la libertad individual. Cualquier principio, y más aquellos que tienen un carácter tan importante (caso de la libertad individual), presentan una dimensión colectiva indiscutible, su esencia de principio, esto es, la descripción necesaria de un fenómeno general. Los anarcocapitalistas acaban negando uno de los elementos de la realidad, el carácter objetivo y conjunto que tienen ciertas propiedades naturales, la constatación de que los seres humanos constituimos también una entidad única, que tenemos todos una misma identidad. Negar la sociedad como conjunto también puede suponer un error intelectual muy grave. Dicho error conduce al ocultamiento de una verdad común, la más importante que existe, el carácter distintivo y particular de todos los individuos que integran y que forman la sociedad. Por refutar el socialismo, los liberales a veces acaban negando la aplicación colectiva de cualquier principio o regla general, y caen en la equivocación de negar también la esencia del propio principio que dicen defender, la naturaleza continental y absoluta de la verdad que ellos quieren afirmar: el fundamento de la individualidad.

No deberíamos olvidar que el principio de la libertad individual se compone de dos elementos fundamentales, un elemento general y absoluto (el carácter de principio), y un elemento particular y privado (el hecho individual). Asumir que la naturaleza está constituida por una realidad doble, individual y general, entender que los principios más fundamentales tienen siempre un carácter absoluto, y comprender que dicha ecumenicidad debe estar representada en las instituciones por un organismo que tenga la misma característica, es el mayor favor que podemos hacer los hombres a la causa de la libertad, y es exactamente lo contrario de lo que hacen aquellos que obvian esa naturaleza absoluta (anarcocapitalistas y evolucionistas radicales), o aquellos que dicen que el principio absoluto consiste en negar la libertad del individuo (socialistas).

Cuando se ningunea el carácter más básico de las leyes, su ecumenicidad, se tiende a poner a los hombres, sus arbitrariedades y sus actitudes caprichosas, por encima de aquellos valores que conforman el verdadero credo del liberal y que protegen a los individuos de los tiranos que quieren someterlos. Por eso, Hayek deja bien claro que el nudo gordiano de cualquier declaración liberal consiste en poner a las leyes por encima de los hombres. Por supuesto, huelga decir que dichas leyes deberán proteger la libertad del individuo, ya que de lo contrario seguiríamos quedando al albur de esos hombres. En el capitulo doce de su obra Los fundamentos de la libertad, Hayek arremete de forma clara contra todos estos arbitrismos: “Tanto en la conducta social como en la individual, tan solo podemos acercarnos a una medida de racionalidad o consistencia al tomar decisiones particulares, sometiéndolas a principios generales independientes de las necesidades momentáneas. Al igual que cualquier otra actividad humana, la legislación no puede pasarse sin la guía de los principios si quiere tener en cuenta las consecuencias que de ella se deduzcan… para preservar la bendición e la libertad es absolutamente necesario recurrir constantemente a principios fundamentales.” Hayek nos recuerda entonces las palabras que escribió C. H. McIlwain en Constitutionaslism and the Changing World: “despojado de lo que podríamos denominar su vaina, el liberalismo es constitucionalismo; es el gobierno de las leyes y no de los hombres”.

De este modo, podemos decir que la prevalencia de los hombres sobre las leyes conlleva siempre diversas consecuencias nefastas. En la democracia se tiende a pensar que los votos de los hombres tienen que decidir en cualquier caso el carácter que deberán tener las normas que estos se concedan en determinados momentos de su historia, como si todo lo que se votase se volviese inmediatamente legítimo. Esa creencia es la enfermedad moderna de los demócratas; su estado febril les lleva a pensar que todo debe someterse a plebiscito, y que solo cabe aceptar lo que se aprueba en sesión asamblearia. Precisamente ese pensamiento es simiente del totalitarismo más acerbo, ya que si todo debe quedar en manos de lo que decida la mayoría de la gente, esto necesariamente significa que vamos a tener que conculcar muchas decisiones minoritarias que forman parte del ámbito privado de las personas. Además, también conllevará la imposición de una visión utópica ciertamente nefasta, que cuando choca de bruces contra el muro de la realidad, suele rebotar con ira acusando a los demás de haber propiciado esa derrota (no obstante, que la mayoría vote una propuesta irreal, imposible de cumplir, y que ésta no se pueda llevar a efecto, no significa que estemos dando la espalda a la voluntad de la gente. Significa que esa voluntad se basa en supuestos imposibles)

Igual que en la democracia, en la tiranía se tiende a anteponer las voluntades arbitrarias a las leyes generales, con un resultado bastante parecido. En este caso, es la oligarquía cambiante la que sustituye a los políticos electos y acaba imponiendo esos arbitrismos, y la que toma las decisiones que habrán de conculcar los derechos universales del individuo.

Finalmente, incluso existen algunas corrientes liberales de corte anárquico (anarcocapitalistas) que llegan a coincidir con las anteriores afirmaciones al opinar que solo debe prevalecer una norma particular (privada), negando la existencia institucional de leyes generales (estatales). De la misma manera, algunos evolucionistas hayekianos se toman tan en serio la evolución y el cambio social que de nuevo niegan que existan principios generales independientes de todo tiempo y lugar. Así, ya sea porque solo dan crédito a la competencia privada o porque solo creen en el cambio evolutivo, ciertos liberales se olvidan de que esa evolución que tanto resaltan debe de basarse en algunas reglas invariables que sustancien todo el proceso. Los anarcocapitalistas creen en unas reglas absolutas (kosmos) pero no las traducen en reglas sociales (Taxis), no admiten el Estado. Por su parte, los evolucionistas no renuncian al Estado, pero afirman que no existen normas axiomáticas, y que todas las reglas son en cualquier caso convenciones transitorias. Sea como fuere, todos ellos pueden agruparse bajo una misma ideología, la cual se caracteriza por hacer de nuevo un análisis sesgado, en el cual se obvia uno de los dos elementos de la realidad, el aspecto más general de las leyes, promoviendo en su lugar el arbitrismo de los hombres, que acaba imponiéndose otra vez al carácter ecuménico de la norma.

Evolucionistas y anarcocapitalistas tienen en común el hecho de que ambos promueven una noción más descafeinada de la ley, que no apele tanto a la unidad y la universalidad. Aunque el modo que usan para llevar a cabo tal pretensión es distinto en cada uno de ellos. Los anarcocapitalistas rechazan cualquier implementación estatal y general de la norma, mientras que los evolucionistas hayekianos no reniegan completamente del Estado, pero a condición de afirmar que las leyes que éste representa jamás son construcciones invariables, y que por tanto pueden mutar en cualquier momento de la historia, y que en teoría no existen normas generales, y que todas son convenciones y aplicaciones útiles en determinadas situaciones, incluso aquellas más generales que no se pueden negar sin incurrir en graves aporías y cuyas afirmaciones no cabe discutir.

Estas nuevas interpretaciones del evolucionismo hayekiano obligan por tanto a expandir la tabla que presentamos al inicio de este artículo para poder apreciar todos los matices que distinguen a esas dos ideologías (anarquistas de mercado y evolucionistas hayekianos). El siguiente cuadro muestra claramente estas sutiles variaciones. Solo hace falta insistir en distinguir tres posiciones principales a la hora de considerar las leyes artificiales, los que creen en Estados grandes (intervencionistas), los que creen en Estados pequeños (minarquistas y evolucionistas) y los que no creen en absoluto en ningún Estado (anarcocapitalistas y anarquistas). Aclararemos también que, aunque tanto los constructivistas religiosos como los seculares requieren para sus hazañas de un Estado suficientemente grande y poderoso, esto es, de una ley artificial que acaba por anular y negar el núcleo esencial de la ley natural (la verdadera, la que se basa en la acción espontánea del individuo), los primeros acuden exclusivamente a leyes divinas que nada tienen que ver con la naturaleza y el funcionamiento físico de las cosas, mientras que los segundos sí que intentan apelar a ese funcionamiento, se autodenominan estudiosos de la naturaleza, aprueban la interpretación mecanicista del mundo, y justifican su postura recurriendo a unas fuerzas históricas y universales irrenunciables (la inevitable dialéctica de la historia y del materialismo, el milenarismo inexorable, y la llegada ineluctable de la victoria proletaria) que, a pesar de toda el aura mística que arrastran, pueden entenderse dentro del marco de otra ley natural, una que se opone radicalmente a la que defienden los liberales y los individualistas. Por eso, aunque en la primera tabla exponíamos indiferenciadamente a la teocracia y al socialismo (de uno o de otro modo todos son intervencionismos) y los representábamos juntos dentro de la misma casilla (la que quedaba fijada cuando se cruzaba la defensa de una ley artificial todopoderosa y el consecuente rechazo de la ley natural), ahora afinaremos más esa exégesis y convendremos en diferenciar dos tipos de constructivismo. Por un lado está la teocracia (constructivismo religioso), que no cree en sentido estricto en ninguna ley natural (física), pues basa toda su constitución en revelaciones divinas y reglas de carácter numinoso. Y por otro lado está el socialismo (constructivismo laico), que confía todas sus creencias y su normativa a unas leyes de la naturaleza erroneas. El socialismo utiliza la coacción generalizada y la ley estatal para arrumbar la ley natural que enraiza en la libertad del individuo. En ese sentido, deciamos que el socialismo rechaza el Kosmos y solo acepta la Taxis. Pero es necesario precisar ahora que ese rechazo no es hacia el Kosmos en sí, sino hacia esa ley natural que se basa en la soberanía incuestionable del individuo. En este otro sentido, el socialismo no reniega del Kosmos, sino que utiliza una ley natural equivocada (basada en la colectividad y no en la individualidad). Por eso ahora, en la nueva tabla, lo colocamos en una posición ligeramente distinta, a favor de la ley artificial, pero también a favor de una ley natural engañosa, que es la que viene a ratificar y corroborar el constructivismo secular, y la que deriva en esa defensa a ultranza del estatismo. Pero dejémonos ya de más explicaciones. Todas estas gamas ideológicas quedan mejor representadas en la tabla expandida que proponemos a continuación:

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La única salida legítima para todas estas derivas ideológicas que vienen a ningunear, de uno o de otro modo, el carácter más básico de la ley (su generalidad) es la de aceptar una dicotomía legal, entender el aspecto doble que tienen todas las leyes por el hecho de serlo, y, en el caso del liberalismo, comprender que la defensa de la voluntad del individuo (relativa) es una égida incuestionable (absoluta). Solo de esa manera conseguiremos que la norma se anteponga a las decisiones arbitrarias del hombre. Solo de esa manera afirmamos y apuntalamos lo que para Hayek era la esencia del liberalismo, el establecimiento de unas leyes objetivas que ratifiquen los derechos de todos los individuos. Y el único órgano que está capacitado para aplicar esas leyes generales es el órgano estatal, que también es una entidad general. No en vano, Hayek defendía la instauración de un gobierno de mínimos que pudiera llevar a efecto esa normativa fundamental. Poco después de las palabras que hemos introducido más arriba, Hayek también cita a otro liberal para defender el estado de derecho. F. Neumann decía que el requisito importantísimo y quizá decisivo del liberalismo es que no se permita la interferencia con los derechos reservados al individuo sobre la base de leyes particulares, sino solamente de acuerdo con leyes generales. Para este autor, la tradición legal liberal descansa sobre una declaración muy simple: el estado únicamente puede interferir en los derechos individuales si ajusta su pretensión a una ley general que regule un número indeterminado de casos futuros.

Para Hayek, todas esas actividades de los poderes públicos forman parte de su esfuerzo por facilitar un marco favorable a las decisiones individuales. No es cierto que el orden de planificación centralizada sea más eficiente que el mercado inadulterado, pero sí lo es, en cambio, que únicamente el sistema planificador puede intentar la implantación de un mecanismo que asegure que la gente reciba aquello que realmente desea. Eso se llama Estado de derecho o gobierno de mínimos y es lo que reivindica el minarquismo tradicional.

El principal producto de la razón humana es la ley, su observancia más estricta, su enunciación en forma de principio, y su articulación efectiva. Esto tiene claros ejemplos tanto en las ciencias naturales como en las ciencias sociales. En las ciencias naturales la academia dicta las normas y teorías científicas que acaban siendo el canon de la investigación y el sustrato necesario sobre el que prenden y reposan los descubrimientos y las precisiones ulteriores. Mientras que en las ciencias sociales es el Estado, a través de la implementación de un sistema minárquico, el que debe encargarse de preservar ésta médula normativa. Aquellos que niegan esa forma de generalización, están negando también la esencia más básica de la libertad, su carácter eidético y su importancia incuestionable. Igualmente, los que se empeñan en negar la ley de la gravitación universal o la teoría darwiniana, van en contra de los principios más elementales sobre los que se construye todo lo demás en ciencia. Nada cabe esperar de estas obcecaciones arbitrarias, ya vengan del totalitarismo, el cientismo, el democraticismo, el anarquismo de mercado, el evolucionismo, el surrealismo, o el relativismo.

Los anarcocapitalistas tal vez sean, de entre todos los grupos que hemos señalado más arriba, los que representan el caso más pintoresco. Aunque defienden una visión correcta de la naturaleza, no se preocupan en absoluto por hacerla efectiva. Piensan que la propia naturaleza se encargará de eso. No les importan las miles de pruebas que a lo largo de la historia han venido a confirmar que el ser humano tiene un lado maléfico que acaba por destruir muchos de los proyectos comunes que esos mismos hombres intentan levantar. No entienden que el propio Estado surge igualmente de la acción individual y espontánea que ellos defienden a machamartillo. Suelen afirmar, para justificar su posición, que ellos también creen en un gobierno único (el gobierno de la ley natural y la propiedad privada), e intentan diferenciar este gobierno del concepto de Estado que tienen los liberales más tradicionales. Pero esta posición es absurda. Si existe un gobierno único, también existe una única forma de actuar legalmente. Y si existe una única legalidad, tampoco podemos negar la existencia de una entidad estatal que, al menos en las cuestiones más básicas, defienda de forma unilateral las libertades y los derechos fundamentales del ciudadano. Dado que el ser humano tiene una doble naturaleza, resulta perentorio crear cuanto antes las condiciones básicas que favorezcan la expresión más dichosa de ese carácter natural, la que respeta las decisiones de los demás, el intercambio voluntario (capitalismo), la libertad de culto (sociedad laica), o la diversidad de opiniones (prensa libre). Y esto solo se puede hacer si asumimos una dicotomía legal, esto es, si aceptamos la naturaleza individual del hombre y los constitucionalismos estatales que primen y protejan esa libertad, y si contribuimos de manera decisiva a la defensa y la creación de un estado mínimo que garantice todo esto.

Una de las personas que más han ayudado a esta égida fue sin duda Ayn Rand, escritora estadounidense de adopción, y de origen ruso. Rand promulgaba un sistema filosófico que insistía de manera especial en la importancia que debe ostentar la razón en cualquier proyecto que emprenda el hombre. No es casualidad que también defendiera un sistema político inspirado en la minarquía. Los que somos afines a ese pensamiento tenemos la obligación de demostrar que la razón y el minarquismo son dos instituciones que se dan la mano y que no se pueden separar.

La razón no consiste solo en entender el funcionamiento de la naturaleza, también consiste en articular un mecanismo que permita beneficiarse de ese conocimiento. Ese mecanismo, en el caso de las sociedades complejas, debe asentarse en la idea que asume la imposibilidad de controlar de manera centralizada esos sistemas complejos, lo que lleva irremisiblemente a pensar en la importancia que tienen todas las decisiones individuales. En consecuencia, dicho mecanismo solo debe afectar a los problemas más básicos que tienen que ver con el respeto de la individualidad; no estamos reivindicando un constructivismo social, ni queremos aliarnos con ese cientismo que en los últimos años ha creído que puede dominar y cambiar todo el planeta. Ahora bien, tenemos que tener claro que sin ciencia básica, la técnica no tiene ninguna posibilidad de mejora. De igual modo, sin el desarrollo de la técnica la investigación tampoco tiene ningún sentido. En las ramas sociales, la ciencia básica consiste en desarrollar una teoría verdadera que describa con rigor la naturaleza real del ser humano. Y la técnica consiste a su vez en crear unas instituciones (estado mínimo) que se aprovechen de ese conocimiento para contribuir a la creación de una sociedad realmente libre. Los anarquistas de mercado creen que solo es necesario consignar el funcionamiento. En cambio, el minarquismo intenta acomodarse a ese funcionamiento, reforzarlo y ampliarlo. Por eso, el único sistema completamente racional, el único que incluye la teoría y la técnica, el único que acepta el Kosmos y la Taxis, y el único que admite la particularidad y la generalidad, es el sistema minarquista. La razón, la verdad y la lógica encuentran su máxima expresión en esta forma de gobierno. Todas las demás, incluido el anarquismo de mercado, son propuestas fallidas, mayonesas cortadas que obedecen exclusivamente a una carencia de tipo intelectual, que unas veces se olvida del Kosmos (Anarquismo) o lo tergiversa (Socialismo), y otras veces rechaza la Taxis (Anarcocapitalismo).

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La ciudad de Ayn Rand

«Cambiaría el más bello atardecer del mundo por una sola visión de la silueta de Nueva York. Particularmente cuando no se pueden ver los detalles. Sólo las formas. Las formas y el pensamiento que las hizo. El cielo de Nueva York y la voluntad del hombre hecha visible. ¿Qué otra religión necesitamos?. Y entonces la gente me habla de peregrinaciones a algún agujero infecto en una jungla, a donde van a homenajear a un templo en ruinas, a un monstruo de piedra con barriga, creado por algún salvaje leproso. ¿Es genio y belleza lo que quieren ver?. ¿Buscan un sentido de lo sublime?. Dejadles que vengan a Nueva York, que vengan a la orilla del Hudson, miren y se pongan de rodillas. Cuando veo la ciudad desde mi ventana -no, no siento lo pequeña que soy- sino que siento que si una guerra viniese amenazar esto, me arrojaría a mí misma al espacio, sobre la ciudad, y protegería estos edificios con mi cuerpo». (Ayn Rand, 1905-1982)

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Tal vez sean esas coincidencias entre el bienestar, la vejez, la frivolidad, la diversidad, o el acierto, lo que hace que me gusten tanto las ciudades grandes. Al principio no lo podía explicar. Pero ahora lo entiendo mejor. ¿Por qué me agradan las grandes urbes?, ¿por qué me gustan sus edificios viejos, y también los nuevos?, ¿por qué me deleita contemplar la magnitud de sus avenidas, el tráfico de personas y enseres, y el fárrago de la circulación? ¿Por qué me alegra observar un mar inmenso de luces naranjas, e imaginar el bullicio de la gente que acude como insectos a esas claridades? ¿Por qué me gusta Madrid, contemplarla iluminada, mirar cómo se emperifolla, y cómo reluce bajo el fulgor metálico de los carteles de neón que resaltan en los frontispicios? ¿Por qué me gusta andar inmerso en el asfalto y en el cemento, y sentir el fragor de la vida a cada paso que doy? ¿Por qué me gusta venir a Madrid, y otearla desde las estribaciones por donde se vierten las aguas que bañan la ribera del Manzanares, en las faldas de los macizos de Somosierra? ¿Por qué exhalo un suspiro tónico cada vez que, a la noche, atravieso el túnel que esquiva el puerto de Guadarrama, cuando la luz de la ciudad se le viene a uno de golpe, titilante, extendida a lo largo de toda la superficie columbrada, como la piel de una criatura abisal, centelleando sobre un fondo de negritud indómita? ¿Por qué me sobrecoge esa visión de la ciudad? Ahora creo que tengo la respuesta. Todo eso es creación, magna creación. Y las creaciones implican habilidades, aciertos, progresos, prosperidad.

Siempre que salgo de casa acabo sintiéndome bien, pues sé que no tardaré demasiado tiempo en diluirme de nuevo en ese líquido amniótico que asiste al transeúnte en las calles de las grandes ciudades.  Esos paseos propedéuticos me alejan de las ideas ahítas de anacronismos y cachivaches inservibles. Me libro también del repertorio de insultos que evacua el socialista iracundo, que igualmente arenga a las masas para que vuelvan a emplear todos aquellos utensilios que ya han sido convenientemente desplazados del panorama urbano, por ejemplo, el rebaño trashumante o la bici de pedales. Me exaspera ese discurso que defienden algunos hotentotes con ínfulas de expertos en el que se exalta el taparrabos, se hacen retumbar los tambores y se afirma que el capitalismo ha trastornado la mente del hombre, que antes yacía puro y sano alrededor de las hogueras tribales.

En definitiva, cuando salgo de casa huyo de lo que huimos todos al cabo del tiempo, pues nadie puede escapar del futuro, a no ser que se muera. Al final, casi nadie escapa del capitalismo, aunque todos se empeñen en criticarlo continuamente. Solo prevalecen aquellos que quieren prosperar, y los que prosperan sin querer; los que son conscientes de la importancia de los éxitos alcanzados, de la supremacía de Occidente y las razones loables que han llevado a esa preeminencia, y los fariseos que, aunque no quieren reconocer esa prevalencia, siguen solazándose en las plazas y los restaurantes de las ciudades que critican, llenando las panzas con manjares espléndidos, regados con los mejores vinos del país. Estos últimos, los hipócritas, reniegan del éxito de Occidente mientras piensan que la supremacía solo tiene una única causa, que solo se puede lograr a base de dominaciones y de oprobios. Para ellos, cualquier desigualdad es un motivo para denunciar una situación abusiva. Esta creencia infundada es el origen del mayor equívoco de todos, pues olvida esa otra forma de supremacía que es fruto de la excelencia y el esfuerzo, y que se consigue dejando al hombre libre, dispuesto a demostrar sus talentos y sus habilidades. Unas habilidades que sin duda procuran un éxito más duradero, sin forzamientos de ningún tipo, en el que se deja que las cosas ocurran de forma natural, según sea la aptitud de aquellos que quieran destacar. Ese ha sido el éxito de Occidente y de las culturas que encomian la libertad del individuo y se acogen al derecho que garantiza la misma. Un éxito capitalista que todos disfrutamos hoy, pero que solo algunos sabemos apreciar.

Consciente de mi suerte, embargado por estos pensamientos, salí de la casa y me fui sumergiendo en el dédalo penumbroso de las callejuelas, y un poco más allá observé a las muchedumbres que formaban enjambres alrededor de las tiendas y los bulevares, con motivo de las compras de Navidad. Advertí el ir y venir de los coches, el aspecto rutilante de las avenidas, el rebujo agradable del ajetreo. Caminé por la acera atestada de viandantes, hacia la desembocadura de la Puerta del Sol. Me dejé arrullar por los empellones y los traqueteos, meciéndome a cada paso que daba, en manos de una madre solícita, como el hijo de la diosa Abundantia. Me sentí feliz y seguro, entre tanta gente extraña.

La ciudad estaba preciosa. Los dinteles y las jambas de las casas se adornaban con luces multicolores. De las ventanas colgaban papanoeles panzones. El aire hervía de sonidos navideños que procuraban una alegre sensación de amparo, debido seguramente a que hacían recordar la época de la niñez, cuando las luces y los cánticos todavía se unen a la imagen de los padres colmándote de regalos y de besos, cuando aún estos padres son el único motivo de adoración y de alegría.

Pero nada es para siempre. El intervalo también es una necesidad vital. El hombre también necesita descansar. De madrugada toca regresar al hogar. Vuelvo a mi casa. La ciudad, que hasta hace unos momentos bullía y resplandecía llena de colores, ahora estaba completamente vacía, apenas se veían algunas luces artificiales. La claridad crepuscular se va adueñando del espacio y la gente se retira a dormir, después de haber agotado todas sus energías. Camino por el arcén sin atender a nada más. Pero me despierta el sonido del claxon de un coche: el último vestigio del bullicio nocturno. Atisbo en el horizonte la promesa de un nuevo día. La madrugada hace que empiece a transparentarse la fisionomía de la sierra de Guadarrama que rodea la ciudad de Madrid, coronada de arreboles. Me da la sensación de que la naturaleza, habiendo visto que la ciudad declina, quiere demostrar que ella también sabe engalanarse y que no tiene nada que envidiar. Pero no creo que esa demostración sea necesaria: la ciudad es fruto de la naturaleza, es su producto más eximio. La ciudad es una señal del progreso de la vida. La gente se arremolina en torno a las grandes urbes para comerciar e intercambiar bienes y servicios, en un marco de libertad. La ciudad es fruto del instinto natural del hombre, y de la necesidad primaria que habita en él y que le insta a abastecerse y satisfacerse con las materias primas. Es fruto de su libertad, con la que todos tienden a demostrar sus distintas facetas y a luchar por conseguir mejores cosas, contribuyendo a la construcción de esas metrópolis. Lo que no es natural es que se quiera utilizar todo eso para criticar la avaricia de los ciudadanos que consiguen vivir un poco mejor, achacando a Occidente todas las penurias que aquejan a este mundo. Ir en contra de Occidente es ir en contra de la naturaleza, es ir en contra de los logros de las personas que nacen en un sistema que les garantiza sus derechos y que les permite desarrollar sus diferencias, hasta el punto de descollar por encima de los otros. Todas esas personas que asocian el éxito con alguna forma de tiranía, no pueden dejar de usar ese mismo éxito en beneficio propio, yendo a comprar y participando del mercado, contribuyendo de esta manera a que la sociedad disponga las medidas que permiten el avance. Al fin y al cabo, solo obtienen prevalencia aquellas cosas que respetan los dictados de la naturaleza, de igual modo que solo pueden vivir quienes respetan la ley de la gravedad, evitando caerse al vacío.

Entré en mi casa cuando ya era pleno día. El sueño me cogió rápido. Estaba tranquilo. Ganamos los que aceptamos la verdad, aquella que va imponiéndose con el transcurso de los siglos, la que rezuma en las calles de las grandes ciudades, nada más salir de los portales. Los otros, los que van en contra de la realidad más patente, revolucionarios y sediciosos, defienden una doctrina de corto recorrido, que ni siquiera ellos saben cómo se puede cumplir. La tiranía es terca, pero más terca es la verdad, y el anhelo de libertad, y el confort y la abundancia que procura ese anhelo. Los malos pueden armar mucho escándalo y pueden tener éxitos puntuales, y pueden instigar las masacres en determinados países en algunos momentos de la historia. Pero al final habrán de sucumbir bajo el yugo de sus propias insensateces. Los países que no respetan la libertad individual, y que no promueven el desarrollo de las ciudades modernas, están condenados a volverse cada vez más pobres, asfixiados por la torpeza de sus gobernantes y por la complacencia de sus ciudadanos. El mundo está de parte de los buenos y los justos, y de todos aquellos que aprecian y atienden a la verdad. La existencia siempre se basa en una acción constructiva, a través de la cual van creándose millones de formas y seres distintos. Todos aquellos que, dejándose llevar por la irracionalidad y por el odio, o por un ansia renovadora incomprensible, quieran destruir ese orden establecido, han de saber que están yendo en contra de la existencia y de la verdad. Deben saber que irán en contra de la creación y de la evolución, y que tendrán un justo final, acorde con sus intenciones: todos ellos tenderán a desaparecer y acabarán extinguiéndose.

La defensa de la verdad es un largo y solitario camino por la estepa de la indiferencia, pero a la larga, al final del día, siempre acaba siendo un camino triunfante. Es cierto que no corren buenos tiempos para el capitalismo y para la libertad, pero ninguna verdad puede ocultarse demasiado tiempo. Al final, los frutos de ese capitalismo siempre acaban dando la cara (ya lo están haciendo), y es entonces cuando los cainitas y los estúpidos tienen que arrepentirse, y asumir sus contradicciones. Hoy en día, rodeados de tanta desesperación, en medio de un amasijo de ideas socialistas y demostraciones de poder, no viene mal recordar esto, no viene mal un poco de esperanza, sobre todo, no viene mal dejarse caer por las calles y las plazas de Madrid, recorrer sus avenidas y sus travesías, y empaparse del espíritu de libertad que espolea a los individuos que moran y llenan esos magníficos espacios.

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Las concesiones del minarquismo también son su mayor baza

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Las leyes sociales que defienden minarquistas y anarquistas de mercado son prácticamente las mismas. Es el modo de alcanzarlas lo que hace que ambas doctrinas difieran. Los minarquistas debemos reconocer que el motivo ideológico que utilizan los anarcocapitalistas para lograr el estatus de libertad que ellos querrían imprimir a la sociedad se aproxima bastante a la idea que tenemos los propios minarquistas. Todos utilizamos la libre competencia como el revulsivo más importante que tenemos para hacer que la sociedad progrese de manera adecuada. Y todos somos conscientes de que el mercado libre compone un sistema de relaciones que purga de forma espontánea las acciones más ineficaces, y por supuesto también aquellas leyes que no resultan apropiadas para alcanzar ese nivel de desarrollo. Nadie pone en duda que la competencia de distintas legislaciones puede acabar propiciando una selección de aquellos sistemas que tengan normas más ajustadas al ideal que los minarquistas y los anarcocapitalistas perseguimos.

Otra concesión que debemos hacer los minarquistas consiste en aceptar una realidad difícil pero inevitable. Al final, de lo que se trata es de lograr una sociedad más estable y más próspera. En este sentido, cualquier sistema  requiere de una masa crítica de simpatizantes. Si la mayoría de la gente desaprueba el sistema, aun siendo este el mejor posible, no habrá nada que hacer, no se podrá establecer ninguna forma de gobierno general, cualquier intento será seguido de una revolución. Los sistemas pueden ser buenos en cuanto a eficacia pero malos en cuanto a estabilidad. Una sociedad libre puede llenarse de elementos disruptivos y venirse abajo en cuestión de años. Los anarcocapitalistas alegan que no se puede imponer un estado mínimo si previamente no lo ha aceptado la mayoría. Y arguyen que la opción anarquista es más viable, al basarse únicamente en la evolución espontánea y voluntaria de la sociedad, que no precisa de imposiciones generales. Y no les falta cierta razón.

Ahora bien, una vez hemos reconocido los problemas que entraña el sistema minarquista, hechas las concesiones oportunas, solo podemos constatar que dichos problemas no son exclusivos suyos, y que afectan en cualquier caso a todos los sistemas que pretenden una cierta estabilidad. El anarcocapitalismo también debe tener una masa crítica de creyentes para no venirse abajo. Al mismo tiempo, los anarcocapitalistas deben reconocer que cualquier sistema de libre competencia debe sustanciarse en último lugar en alguna norma básica y general, que imponga las reglas que se necesitan para que todos los participantes admitan y respeten ese intercambio espontáneo, libre y natural. Y es aquí donde cobra más importancia la opción minarquista. Esta norma básica siempre será más efectiva si está gestionada por un tribunal de última instancia, esto es, una entidad ajena al problema que de facto surgirá entre los competidores a la hora de dirimir las cuestiones más esenciales de su contrato.

Con todo, como los anarcocapitalistas aquejan las mismas dificultades que los minarquistas, y como ambos coinciden también en el objetivo que hay que lograr, no tiene sentido defender la anarquía si podemos convenir una normativa que garantice en mayor medida el cumplimiento de todas esas reglas básicas. De todos modos, una sociedad sin Estado también necesita un apoyo mayoritario de la gente, y alguna norma que asegure el respeto que todos deberán tener hacia ese sistema ácrata. Como dice Hayek en el capítulo XII de Los fundamentos de la libertad «lo que ocurre es que un grupo de hombres puede formar una sociedad capaz de hacer leyes porque los individuos integrantes tienen principios comunes que hacen posible la discusión y la persuasión, a los que deben conformarse las reglas articuladas para que se acepten como legítimas.»  Estamos de acuerdo en que esos principios pueden plasmarse de dos maneras distintas, pueden ser deliberados o pueden ser tácitos. Por tanto, resulta innecesario e insuficiente esperar a que la evolución natural traiga con el tiempo esos principios, sin hacer nada más que quedarnos de brazos cruzados. No en vano, somos seres conscientes de nuestras necesidades, y podemos anticipar los problemas y deliberar para salir de ellos. En la medida de lo posible, deberemos luchar por reducir todo lo necesario el tamaño del Estado, y establecer al mismo tiempo un sistema normativo elemental, cuando las circunstancias sociales lo permitan. De todos modos, vamos a tener que hacer esto querámoslo o no. No existe ningún sistema estable que no se base en la aceptación voluntaria de una mayoría de individuos, en cuyo caso no habrá problema en plasmar por escrito esa aprobación mayoritaria. Antes bien, la observancia inflexible de las reglas mejora considerablemente si éstas quedan rubricadas en un papel e inscritas en un texto constitucional. Las palabras se las lleva el viento. En cambio, los acuerdos escritos son una prueba mucho más fehaciente. Si todo pudiera basarse en una aceptación tácita, si esta fuera la mejor manera de consolidar una relación, tampoco habría motivo para que los contratos voluntarios, que se cierran todos los días en el mercado privado, hubieran tenido que recurrir a esta rúbrica física. Y si existen miles de manifiestos privados donde quedan claros los propósitos de interés común que afectan a las partes contratantes, con más motivo digo yo que deberá existir otro manifiesto público, que dé buena cuenta de las reglas más básicas que afectan a todos los ciudadanos. La entidad que respalda, faculta, garantiza y representa todo eso es lo que los minarquistas denominamos estado mínimo. A todas luces, la piedra de toque del liberalismo es el sistema minarquista. Las propias dificultades que entraña esta forma de organización dan razón de la legitimidad que detentan sus enmiendas más básicas. Además, la esencia de la libertad radica siempre en el respeto que se debe otorgar a la ley, y la ley cristaliza mejor si está respaldada por un cuerpo físico que sea materia de derecho.

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La extensión del trabajo y la brevedad de la vida

libro-gigante-y-un-esqueleto-sin-ojos-leyendo-y-eso-la-lleaCuando escribo siempre exprimo las ideas hasta que ya no queda más que decir. Por eso muchas veces soy incapaz de ofrecer un texto más breve. Mis artículos cortos siempre están inacabados. No son artículos, son bosquejos de artículos. No obstante, el tiempo de la vida cada vez apremia más, hay muchas ideas que nunca podré pulir con el debido rigor. Todas ellas, reunidas en un libro, podrían suponer varios volúmenes llenos de reflexiones sin ningún orden, cosas que se quedaron en el tintero, frases que nunca tuve tiempo de desarrollar. Hubiera deseado tener una vida más larga. Este deseo no desaparecería aunque viviese trescientos años.

Aquellos que no quieren vivir más tiempo, pero que tampoco tienen el valor suficiente para quitarse del medio, están condenados a sufrir lo que les queda de vida, hasta que al final la muerte venga en forma de regalo, y se cumpla lo que llevan esperando tanto tiempo. Pero los que queremos vivir con todas nuestras fuerzas tampoco estamos exentos de condena. Para nosotros ese suplicio llega también cuando nos morimos. Darwin sentía miedo de que su causa le superase. Cuando uno concibe una obra monumental, pasa el resto de su vida intentando concluirla. Siente una pasión desbordante. Pero a la vez padece una enfermedad crónica, que se agrava a medida que pasan los años. Tiene miedo de morir demasiado pronto, dejando inconcluso el trabajo al que ha dedicado tantos años. Pero también tiene miedo de morir a una edad avanzada, porque sabe que entonces apenas habrá empezado a entender la magnitud de su proyecto. La vida es demasiado corta. Y es más corta para aquellos que tienen algo que ofrecer. Soy como Creso- decía Darwin- sumergido en la riqueza de los hechos que poseo. Así se sienten todos los que tienen grandes cosas que ofrecer al mundo. Se encuentran oprimidos por todas las obligaciones que exige la vida, muchos malgastan el tiempo en una oficina cualquiera, desarrollando un trabajo insulso, a sabiendas de que la vida se acaba y que no pueden dedicar todas sus energías a los asuntos que realmente les interesan. Darwin estaba eximido de todas esas obligaciones laborales. Había heredado una pequeña fortuna que le permitía vivir holgadamente. Y a pesar de ello, padecía también a causa del tiempo. Pero muchos no tienen la suerte de cobrar una herencia. Por tanto, su sufrimiento se agrava todavía más.

Como testimonio del tiempo, quedan las obras que nunca se terminaron, todos los libros truncados por la mitad, muchos de ellos publicados póstumamente. Son monumentos erigidos en honor a la vida, que nos recuerdan uno de sus atributos más elocuentes, lo efímera y pasajera que resulta esa existencia. Los libros inacabados reflejan una intención frustrada, y constituyen siempre un proyecto imposible. El autor nunca sospechó que podría ser ese el libro que se quedaría tullido, o que habrían de completar sus pupilos. Se murió mientras lo escribía. No obstante, cualquier escritor prolífico es consciente de este final agridulce, todos quieren morir con las botas puestas, y saben que no les dará tiempo a concluir lo que tienen que escribir. Esto les angustia. Les angustia la vida. Les obsesiona la seguridad de la muerte. No les da miedo la inexistencia infinita que viene después. Lo que temen es no poder acabar a tiempo.

Las frases y los párrafos que han ido reuniendo durante años, podrían haberse extendido mucho más, hasta convertirse en obras más grandiosas. Constituyen el testimonio de su propia brevedad, de su vida perecedera y de su angustia existencial. Queda la satisfacción de haber podido plasmar por escrito tantas ideas. Si tienen algún éxito, los lectores que cojan esos libros lo harán cuando su autor ya esté muerto y enterrado. La causa le habrá superado. Pero ahí quedará la obra, inconclusa pero testimonial, señalando hacia la tumba donde reposan los huesos de su artífice, urgiendo al lector para que también se dé prisa, que la vida es breve, y que aún queda mucho por hacer. En el fondo, todos somos como Creso, tenemos muchas cosas que decir y poco tiempo para hacerlo. En cierto sentido, la vida es un regalo envenenado, o mejor dicho, una miel en los labios.

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La Teoría del Todo, patrimonio de la Escuela Austriaca de Economía

En esta charla se reivindica el valor de la filosofía, en igualdad con la ciencia, como otro elemento del proceso racional. Por eso se reclama la existencia de dos Teorías del Todo, una en el ámbito de la experiencia empírica y otra en el campo de los principios axiomáticos. No es que existan dos realidades fundamentales distintas. Es que existen dos observatorios distintos desde los que contemplar los fundamentos de la realidad. Y uno es la filosofía. La solución pasa por integrar los dos métodos en una síntesis global. Conferencia presentada en la sede del Instituto Juan de Mariana, el 23 de Mayo de 2015.

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Indice

1. Entrevista previa

2. Conferencia y preguntas

3. Entrevista escrita y ampliada

4. Resumen de la charla

5. Respuestas a las críticas


1. Entrevista previa


2. Conferencia y preguntas


3. Entrevista escrita y ampliada

3.1. ¿De qué nos vas a hablar? Quiero presentar una teoría del todo, pero no la teoría del todo que normalmente se conoce (científica), sino una teoría del todo filosófica. En términos más académicos, se puede decir que voy a intentar desarrollar una teoría general del conocimiento.

3.2. ¿Se pueden superar las divisiones entre las distintas ramas de la ciencia? Se pueden y se deben superar. Y no solo entre las distintas ramas de la ciencia, sino también entre la ciencia y la filosofía. Es necesario superar el maniqueísmo de filósofos y científicos, los unos afeando el método empírico al decir que existe un problema de la inducción, los otros rechazando la filosofía por considerarla una pseudociencia, asociando la metafísica con la religión sin pararse a pensar que existe una metafísica y una filosofía racionales, husserlianas.

No obstante, también hay que entender que esta superación de divisiones afecta exclusivamente a los principios. La división se supera porque existe un principio que traspasa todo, que se puede aplicar a todo. Sin embargo, las divisiones también son importantes para acotar el marco de estudio de cada disciplina. Hay una afirmación que creo que es de los escolásticos que dice que hay que “unir para separar”. Ese debe ser el objetivo de cualquier empresa intelectual.

3.3. ¿Hay límites a la teoría darwinista? La teoría darwinista es una teoría omnicomprensiva y generalista. Es una teoría existencial. Habla de lo que existe y de lo que no existe. En este sentido, se basa en aquellas cualidades que determinan la existencia y que están insertas en todas las cosas. No obstante, hay que entender que todo conocimiento tiene sus límites. La teoría darwiniana se refiere a principios, los define, los implementa y los desarrolla. Pero siempre quedarán flecos en ese desarrollo y, además, siempre habrá sistemas complejos que no se puedan analizar con el método de la filosofía, o que no se puedan analizar de ningún modo.

3.4. ¿Un sistema axiomático puede abarcarlo todo? De nuevo te debo responder lo mismo. Debemos entender que la Teoría del Todo no es una teoría que lo explique todo. La reducción siempre es una condición necesaria, pero no suficiente. Lo que se pretende siempre es elaborar una teoría basada en unos principios elementales, sencillos. No se pretende conocer todo, sino aplicar esos elementos básicos a todo, lo cual es muy distinto. En el segundo caso, lo único que tenemos que hacer es identificar esos elementos. No se necesita un conocimiento absoluto de todo, más bien al revés, solo requerimos el conocimiento de alguna cualidad básica.

3.5. ¿Qué problema le ves al marxismo? El marxismo es el mayor error de todos. Lo es porque contraviene el mayor acierto, la mayor verdad. El marxismo, así como las distintas denominaciones que el hombre ha inventado para designar a la misma cosa, el comunismo, el socialismo, el colectivismo o el estatismo se caracterizan básicamente por negar el hecho individual. En realidad existen dos maneras de negar ese principio básico, trocándolo por su principio antagónico (cambiando el individualismo por el colectivismo), o obviándolo deliberadamente, dejando de considerar la esencia del ser, y buscando principios en la metodología y en las formas de conocer, como hacen las corrientes filosóficas posmodernas (neokantianas).

3.6. ¿Te ves dentro de esta empresa dentro de cinco años? Si te refieres a la empresa filosófica, al afán por conocer la realidad y resaltar los aspectos más básicos de la misma, te diré que sí. La filosofía es un proyecto y una forma de vida. No se abandona nunca. Cuando uno se sumerge en la filosofía ya no emerge más. He sacrificado mucho para poder llegar a comprender algo del mundo que me rodea e, independientemente de si lo he logrado o no, no voy a renunciar a ello ahora. He construido mi propio edificio intelectual, o estoy en vías de hacerlo, y no voy a demoler o abandonar ahora esa construcción. Como dice un dicho popular que leí en un libro de Ortega y Gasset “el filósofo construye un palacio de ideas y vive en una choza” Mi sitio está en ese palacio. Para habitar ahí he tenido que aceptar una vida distinta, he tenido que abandonar muchas cosas, y no voy a renunciar ahora a eso que me ha obligado a aceptar una renuncia mucho mayor. Todo esto es independiente del hecho de que acabe o no levantando un palacio que sea digno de ser admirado. Lo único que digo y que puedo afirmar sin equivocarme es que me he esforzado mucho y no voy a tirar ahora la toalla.

Siempre me ha movido el afán de buscar unos principios básicos. En la universidad quedé seducido por la teoría de la evolución. Siempre intuí que debajo de esa teoría subyacía una verdad universal, mucho más general de lo que el propio Darwin llegó nunca a imaginar. En esos años me rondaba la cabeza una sola idea. Me preguntaba qué era la vida, no tanto como evolucionaba sino como se había originado, qué era lo que diferenciaba a la materia orgánica de la materia inorgánica. En su momento llegué a algunas conclusiones que más tarde reconocería también al estudiar la sociedad, cuando me interesé por la escuela austriaca de economía. De esta manera, concebí un sistema general de conocimiento, que es lo que intento mostrar en esta charla, y lo que me va a ocupar una buena parte de mi vida futura.

3.7. ¿Cuáles son los libros que han marcado tu vida? Aquellos que han supuesto un punto de inflexión en mi pensamiento. El gen egoísta de Richard Dawkins me permitió comprender la esencia de la biología. Los estudios de economía, política, historia y filosofía de Hayek me abrieron el camino hacia una comprensión de las sociedades humanas, y me enseñaron las relaciones que existen entre estas comunidades y toda la vida animal o vegetal. Y finalmente, existen también algunos libros de filosofía (Los Primeros Presocráticos de Kirk, Metafísica de Aristóteles, o La Acción Humana de Mises) que me han enseñado algo muy importante, que las ideas que uno se hace sobre el mundo, en biología y en sociología, se pueden basar en fundamentos reales incuestionables (axiomas), lo cual permite alcanzar finalmente un sistema de conocimiento completo, entender lo integradas que pueden llegar a estar todas las disciplinas, y denunciar la visión sesgada que tienen la mayoría de pensadores modernos.


4. Resumen de la charla

4.1. Definición del objetivo de la charla

El objetivo principal de esta charla aspira a proponer y desarrollar un sistema completo de conocimiento, una especie de Teoría del Todo que, a modo de columna vertebral, recorra el centro de todas las disciplinas académicas y las integre y vincule a un mismo cuerpo doctrinal. Por tanto, es preciso que realicemos un recorrido general por todo el conocimiento, lo cual obliga a fijar la atención en tres objetivos secundarios:

4.1.1. Identificar los fundamentos históricos (presocráticos) y teóricos (apodícticos) que sean constitutivos de una ciencia radical de evidencias absolutas. Es decir, se deberá elaborar una clasificación gnoseológica y un aparato axiomático que nos permitan obtener los instrumentos y las herramientas que son necesarias para abordar ese ambicioso proyecto.

4.1.2. Aplicar esas evidencias a las ciencias naturales (física, biología, neurología) relacionando las mismas con los principios más básicos de la teoría darwiniana de la evolución.

4.1.3. Aplicar esas evidencias a las ciencias sociales (ordenamiento social, jurisprudencia, deontología política), relacionando éstas con los principios que defiende la teoría económica de la escuela austriaca.

4.2. Tipología del objetivo de la charla: unificar la metafísica, la física, la biología, la neurología, la economía y la ética social

Es preciso superar los divorcios y los fosos que se producen entre las diversas disciplinas del pensamiento humano, cismas que muchos intelectuales ni siquiera son capaces de advertir, o se empeñan en mantener a toda costa. Por tanto, mi intención es obtener una mayor unanimidad entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, así como también entre la ciencia y la filosofía en general.

Sobre todo, es preciso unificar los fundamentos metafísicos con los comportamientos morales o éticos, a través de dos operaciones elementales: la identificación de esos elementos básicos y la implementación de dichos elementos al estudio de los sistemas más complejos (las sociedades humanas). Solo así se podrá componer un sistema completo de conocimiento.

Nuestro objetivo es el mismo que ya movía a Spinoza hace varios siglos. Dice Manuel Garrido en una introducción a la obra de Spinoza: “A los pensadores estoicos se remonta la costumbre de dividir la filosofía en dos partes: natural, que investiga el cosmos, y moral, que regula la conducta humana. Aunque ambas suelen estar disociadas en el pensamiento contemporáneo, los grandes clásicos… tendieron a pensar que la primera es fundamento de la segunda.”

También fue el objetivo de Ayn Rand, que decía que «hablar de valor como algo separado de la vida es peor que una contradicción en términos. Solo el concepto de vida hace posible el concepto de valor… el hecho de que un ser viviente “sea” determina lo que “debe” hacer. Esto es suficiente en cuanto a la relación entre ser y deber»

En mi experiencia personal también puedo destacar una anécdota muy reveladora, que pone de manifiesto lo relacionadas que pueden estar las distintas ramas del conocimiento. Descubrí a Ayn Rand al leer en la cubierta de uno de sus libros la referencia que esta autora hacía al egoísmo. Esto me chocó mucho. Uno de los libros que más han determinado mi vida es El Gen Egoísta de Richard Dawkins. Por consiguiente, también me atrajo el título del libro de Rand: La Virtud del Egoísmo. Resulta muy significativo que al hablar de economía y humanidades se reivindique la misma propiedad que cuando hablamos de moléculas.

El egoísmo que nos atribuimos los hombres no es más que la propiedad que se deriva del principio de individuación y del principio de acción, del hecho de que todos los seres son entidades existentes que buscan necesariamente su propia permanencia (de manera egoísta), consciente o inconscientemente.

La teoría filosófica de la individuación (el Ser entitativo de Aristóteles), la teoría evolutiva de la biología (el Ser vivo superviviente de Darwin), y la teoría económica de la escuela austriaca (el Ser humano individual y libre), solo son distintas variantes de un mismo tema general: el hecho existencial.

4.3. Estructura de la charla

La charla se divide en tres partes principales, que se corresponden con cada una de las disciplinas troncales que se van a contemplar en la misma.

4.3.1. Gnoseología (o epistemología): Clasificación de la teoría del Todo. La ordenación del conocimiento. Elementos básicos de la gnoseología: inducción (ciencia) y deducción (filosofía). La metodología de la escuela austriaca y sus antecedentes históricos.

4.3.2. Filosofía (o metafísica): Explicación de la teoría del Todo. El sistema axiomático. Elementos básicos de la metafísica: el axioma de la individuación y el axioma de la acción. El objetivo de la escuela austriaca, y sus antecedentes históricos.

4.3.3. Ciencia (o física): Aplicación de la teoría del Todo. Implicaciones de los axiomas en la ciencia y la economía. Elementos básicos de la física: plicadores y replicadores.

4.4. Operaciones lógicas empleadas en el desarrollo de la charla

En todas las disciplinas que voy a abordar en esta conferencia efectuaré también dos tipos de operaciones lógicas: una identificación elemental y una implementación general. El motivo de esto es sucinto y evidente. Si identificamos los elementos más básicos de la realidad, y si acordamos éstos con aquellos otros que afectan a los sistemas más complejos, habremos logrado una unificación del conocimiento completa y verdadera.

4.4.1. Identificación (o fundamentación metafísica) de los elementos más básicos de la realidad: importancia de la gnoseología, la metafísica y la física.

4.4.2. Implementación (o aplicación sociológica) de los elementos básicos en el ámbito de la historia, la economía y la ética: importancia de la Escuela Austriaca de Economía.

4.5. Fundamentos del razonamiento utilizado en la charla: axiomas

De las tres ciencias que voy a contemplar, las dos primeras (la gnoseología y la metafísica) son ciencias apriorísticas y constituyen por tanto los fundamentos más básicos de la realidad.

4.5.1. Fundamentos gnoseológicos.

Las herramientas siempre son previas a la obra y no pueden depender de descubrimientos ulteriores. Siempre se debe partir de un principio instrumental.

Cualquier búsqueda de conocimientos debe iniciar su travesía resolviendo una cuestión cardinal. Tiene que identificar el método que le va a permitir atravesar la parte del océano desconocida en la que decida adentrarse, y debe hacerlo sin emplear ninguna herramienta fáctica.

4.5.2. Fundamentos metafísicos

La segunda disciplina fundamental es la metafísica. La metafísica se basa en principios esenciales, que tampoco pueden depender de los descubrimientos que se hagan con posterioridad. La metafísica parte de hechos generales y está por tanto obligada a contemplar principios que son absolutamente ciertos. Al utilizar una evidencia inmediata, que se extrae a partir del conocimiento de un fenómeno necesario e inevitable, esta disciplina consigue superar esa condición de partida.

En este sentido, el individualismo metodológico, que designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad (y la existencia), es el único principio filosófico que tiene la capacidad de responder a estas necesidades.

La idea seminal que constituye la matriz teórica de esta presentación se inspira en una declaración del economista y pensador Murray Rothbard, que éste escribió en 1982, en los prolegómenos de uno de sus libros más famosos: La Ética de la Libertad. En ella el autor afirmaba lo siguiente: “Todas mis obras han girado en torno al tema central de la libertad humana. Tengo, en este punto, la convicción de que, si bien cada disciplina posee su propia autonomía e integridad, en el análisis final todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana están interrelacionadas y pueden integrarse en una ciencia o disciplina de la libertad individual.” (Rothbard, 2009, p. 21)

Pero la libertad individual no es solo un principio de la actividad humana, es también un principio existencial; es el requisito más básico de todos. Todos los entes son estructuras independientes e individuales (si no lo fueran no serían entes, no existirían). Y la libertad es la forma en la que todos ellos se manifiestan, a través de las acciones particulares que provocan en sus entornos. Tanto la individualidad como la acción individual, constituyen propiedades de carácter absoluto, que se pueden asignar a cualquier cosa del universo, y que se predican en último término de la libertad individual que detentan todos los seres del orbe.

La libertad individual es la propiedad más universal de todas cuantas podamos concebir. La libertad individual es una expresión que apela a dos hechos existenciales inseparables, la individuación de la cosa, y la acción libre del individuo. Estas propiedades constituyen dos axiomas irrefutables, imposibles de negar. Es imposible que exista algo que no se disponga en el espacio de una manera concreta, con una identidad. Y también es imposible que una vez que haya adquirido esa identidad, esa cosa no provoque ningún efecto en el entorno beneficioso para ella, a través de algún tipo de acción que le permita conservar su existencia.

La libertad individual es una locución que se compone de dos términos: individual y libertad. Lo individual es lo identitario, la esencia del ente, su ordenación interna, su naturaleza existente, su cosificación. Por su parte, la libertad alude directamente a la acción, es la facultad que tienen todos los seres para actuar según sus potencialidades.

Estas dos cualidades, la individuación y la acción, constituyen los dos fundamentos más básicos de la realidad, y dan a la libertad individual el carácter trascendental que ésta tiene. 

4.6. Aplicaciones de los fundamentos

De las tres disciplinas que tengo a bien contemplar aquí, la física es la única que no es apriorística. Por tanto, va a ser también la única que puede utilizar herramientas empíricas. Su método es el más científico de todos. No obstante esto no quiere decir que se pueda abordar igualmente a través de un estudio de los axiomas.

La teoría darwiniana, en el ámbito de las ciencias naturales, y teoría económica de la escuela austriaca, en el ámbito de las ciencias sociales, constituyen las dos implicaciones más importantes de la teoría metafísica. Con la vida, y más concretamente con la evolución del hombre, se pone claramente de manifiesto la importancia que tienen los principios axiomáticos que aquí se contemplan, la individuación y la acción. Al aumentar la complejidad, las acciones de perpetuación van a ser cada vez más numerosas y sutiles, y van a permitir manipular y crear entornos más beneficiosos. La replicación y la reproducción, esto es, la existencia de múltiples copias de una estructura dada, hará que estas formas puedan experimentar pequeños cambios sin poner en riesgo la información acumulada previamente. Aparecen nuevos seres, surgen nuevos individuos (axioma de la individuación) y se prueban nuevas maneras de actuar (axioma de la acción).

4.7. Modo de lograr el objetivo: reivindicar los principios de la Escuela Austriaca de Economía y de la Escuela Objetivista

La Escuela Austriaca de Economía es también una escuela filosófica, heredera de los primeros y más grandes pensadores de la historia (los presocráticos), heraldo de los principios más básicos de la realidad: el dualismo y el individualismo metodológicos, y defensora de la libertad individual. Por tanto, la EA es el apero académico que nos permite completar la gran unificación del conocimiento.

El análisis de la historia humana nos ofrece una evidencia clara de la importancia que tienen los principios gnoseológicos que se contemplan aquí, el dualismo y el individualismo metodológicos. Su razón y su necesidad han quedado patentes desde el primer momento, cuando aparece la figura del filósofo. En el momento en el que surge la razón, es decir, cuando el hombre se enajena por primera vez de la mística y supera la etapa órfica, emergen también dos escuelas paralelas perfectamente distinguibles, la jónica y la itálica, en clara representación de los dos caminos que enfatiza el principio del dualismo metodológico (los jónicos representan a los primeros científicos y los itálicos a los primeros filósofos). Además, dentro de las escuelas itálicas emergen con fuerza los pitagóricos, que son los primeros que defienden el principio filosófico de la individualidad.

Si en la filosofía se considera a los descubridores del método deductivo (Euclides, Descartes, Spinoza) como grandes pensadores, y si consideramos que los presocráticos fueron los primeros seres verdaderamente racionales que avalaron y desarrollaron esta metodología, ¿por qué se ningunea a los economistas que, como Mises, han aplicado ese método en el ámbito de la economía? Esta actitud no tiene ninguna justificación, aunque muchos sepamos las causas que están detrás de ese rechazo.

Otra escuela moderna que se ha destacado por defender los principios más básicos de la realidad es la escuela fundada por Ayn Rand. Esta corriente es la única que enfatiza de forma clara el concepto de la identidad, abordando la unión entre la filosofía y la economía, basándose en el principio de no contradicción de Aristóteles y aplicándolo al estudio de la sociedad (sistema completo de conocimiento). Por su parte, quien mejor ha sabido aplicar el principio de la acción al ámbito de la economía fue Mises.

Ayn Rand centra sus investigaciones en el axioma de la existencia individual, o axioma de la identidad o individuación. Mises hace lo mismo con el axioma de la acción individual o acción humana.

Mises y Rand aplican los principios metafísicos a la economía. Con ello, logran completar la unificación del conocimiento al identificar los elementos más básicos de la realidad y aplicarlos luego a los sistemas más complejos: las sociedades.

Mi intención es poner de manifiesto las profundas relaciones que creo que existen entre la escuela objetivista que fundó la filósofa ruso-americana y la escuela subjetivista de Menger y Mises. Las rencillas intestinas que se dan entre los integrantes de estas dos corrientes no tienen ninguna justificación. Hay buenas razones para pensar que esas dos escuelas representan los pilares del pensamiento más general de todos, y que por tanto se complementan y encajan como dos piezas de puzle, en el rompecabezas del universo.

La siguiente tabla compone una visión general, que reúne los aspectos más importantes que se han destacado mas arriba:

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4.8. Logro de la charla: objetivo cumplido

Si conseguimos demostrar que el concepto de la libertad individual, y el individualismo que enarbolan con orgullo los economistas austriacos, se basa a su vez en un principio ontológico absolutamente cierto, estaremos en disposición de probar también que su concepto antagónico, la negación del individuo (el colectivismo, el comunismo, el estatismo), es la mayor mentira que jamás nos han contado, el error intelectual más grave de todos y el que peores consecuencias ha traído para la humanidad.

El mayor acierto consiste en aplicar los fundamentos más básicos de la realidad al sistema más complejo que existe (las sociedades humanas). La escuela austriaca es la única que ha completado este camino. Su objetivo es la pura aplicación de la teoría sérica, de las propiedades básicas del Ser (el axioma de la individuación y el axioma de la acción), al estudio de la economía y la ética.

El mayor error se produce al contravenir el mayor acierto, y esto se realiza de dos maneras, trocando un principio por otro, o cambiando los principios por los métodos. O sea, cambiando el atributo básico de la metafísica por su contrario (el individuo por el colectivo), como hace el socialismo, o cambiando la metafísica por la gnoseología, como hace una parte de la filosofía. Esto último es lo que yo he venido a llamar la falsa identificación entre la metafísica y la gnoseología, error que inició Platón con su teoría de las ideas (que corrige Aristóteles al fijarse en la sustancia individual), que modernizó Kant al hablar exclusivamente de principios del entendimiento, y que agravaron los filósofos posmodernos al centrarse en el lenguaje, el marco, el contexto (que solo son herramientas). Lo que tenemos que entender, si queremos reparar este grave error, es que el objetivo a conseguir siempre es ontológico y que la gnoseología solo es una herramienta, el camino que nos permite alcanzar ese objetivo. Hay que identificar claramente estas dos categorías. No se pueden buscar principios en la metodología, y olvidarse de los principios que nos enseña la metafísica (olvidarse del Ser).

Las propiedades ontológicas básicas son la individuación y la acción. El concepto de la libertad individual se refiere en su terminología a estas dos propiedades. Aquellos que defiendan la libertad individual por encima de todas las cosas serán correspondidos con el mayor de los premios, habrán alcanzado un conocimiento vitalicio, una eidética y una ética verdaderas.

Como decía Sócrates: «Solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia».

Solo hay un bien incomparable: el conocimiento del más grande de todos los principios (la libertad del individuo). Y solo hay un mal superlativo: la ignorancia de ese principio (el hábito del socialismo).


5. Respuestas a las críticas

5.1. El principio de incompletitud de Gödel

El teorema de incompletitud de Gödel afirma que toda teoría matemática presenta ciertas proposiciones indecidibles, que no pueden probarse ni refutarse de ninguna de las maneras. Nunca se podrá encontrar un sistema axiomático que sea a la vez formal y totalmente decidible, en el que se puedan probar todas las verdades matemáticas que se integran en él. Por tanto, cualquier sistema axiomático consistente es también un sistema incompleto, con una serie de proposiciones iniciales que deben ser asumidas sin más. En una teoría completa todas sus fórmulas deberían poder ser demostradas, o bien debería existir una demostración de su contraria, es decir, deberían poderse refutar. Pero esto no pasa nunca. Siempre existen algunas proposiciones de partida que se deben dar por sentado. Hay quienes piensan que esta incompletitud tienen una serie de consecuencias muy peligrosas para las axiomáticas. En cambio, yo opino todo lo contrario. Es precisamente esa incompletitud godeliana lo que hace que un axioma no carezca de sentido. Un axioma no puede analizarse en los mismos términos en los que se analiza cualquier otra proposición. Por necesidad, un axioma es una verdad indemostrable. En la naturaleza existen algunas cualidades que no requieren de ninguna demostración, pues no tienen ninguna alternativa. Es decir, cualquier alternativa nos conduce necesariamente a una situación en la que no es posible ningún tipo de existencia o realidad. Hay algunas verdades que no es necesario demostrar, pues su contraria carece por completo de sentido. En mi opinión, el principio de incompletitud de Gödel cae en una suerte de cientismo cuando pretende tratar los axiomas como si fuesen verdades empíricas que necesitan en cualquier caso algún tipo de demostración, como si fuesen proposiciones que tuvieran alternativas que debiéramos descartar. Un axioma es el final de todo razonamiento. Se apoya en una necesidad impepinable, universal, y no es concebible de otra manera. Es impepinable porque su negación pondría en jaque la propia existencia de todas las cosas. Por tanto, la incompletitud de Gödel no viene a negar los axiomas. Todo lo contrario, constituye la esencia de los mismos. Si todas las proposiciones estuvieran sometidas a una recursividad infinita, si siempre pudiéramos ir hacia atrás para encontrar unas causas más profundas, cualquier proposición tendría siempre alguna otra alternativa, no habría un suelo firme sobre el que basar todo el sistema, habría en cambio una regresión infinita, un regreso in infinitum, y un consecuencialismo permanente. Todo esto entraña un absurdo para la lógica mucho mayor. Un axioma es por necesidad un presupuesto irreductible, que no cabe referirlo a ningún otro ni explicarlo más, pues criticarlo o ponerlo en duda implica una contradicción lógica insoluble, la negación de la propia realidad y de la existencia del mundo. En este sentido, el principio de individuación que he utilizado para basar toda mi exposición, es el equivalente material de los axiomas formales que constituyen el punto de arranque de las matemáticas. La individuación es una cualidad de la materia indemostrable. No se puede demostrar, no porque sea falsa, sino por todo lo contrario, porque no se puede negar. La indemostrabilidad tiene dos posibles lecturas. Un hecho es indemostrable porque es falso o porque es completamente cierto. Cualquier realidad pasa por concebir alguna estructura individual, alguna cosa. En este caso, no caben alternativas de ningún tipo. La individuación es un principio absoluto. Su carácter indemostrable no debe inducirnos a pensar que existe alguna falla en el sistema. Antes bien, la irrefutabilidad es lo que da sentido y coherencia a toda su demostración. Si no pudiéramos concebir alguna propiedad de la materia completamente general, la propia existencia carecería de sentido. La existencia lo es todo. Fuera de la existencia no hay nada. Con lo cual, podemos deducir algunas cualidades afines a ésta que no tienen alternativa. Esas cualidades constituyen la esencia de los axiomas. Negarlas significa negar la propia existencia. Afirmar que la incompletitud de Gödel pone en peligro los axiomas es no entender en absoluto lo que significan estos. Es no entender que la existencia es una condición completamente irrefutable. Los principios axiomáticos no son incompletos porque no sepamos si son ciertos, como sucede con los principios no axiomáticos. Los principios axiomáticos son incompletos porque no necesitan ser demostrados, y no necesitan ser demostrados porque son absolutamente ciertos. Es importante entender la diferencia que entraña este razonamiento. Debemos comprender que existe una dualidad fundamental, cualidades contingentes y cualidades necesarias. Los hechos y los principios que atañen a las primeras son incompletos cuando no sabemos cómo se producen. En cambio, los hechos necesarios no precisan demostración. Su incompletitud teórica, el desconocimiento de las causas más profundas que los provocan, no es un defecto de la teoría, antes bien, es su explicación. En ciencia debemos estar continuamente averiguando las causas que producen los fenómenos, y eligiendo entre todas las alternativas posibles. Pero la filosofía es distinta. La filosofía es apriorística, se basa en principios necesarios completamente generales. En su caso, la falta de demostración o de causas es más una virtud que un defecto, es la señal inequívoca de que los principios que tratamos son en realidad los que debemos considerar, aquellos que pueden sustentar un análisis deductivo. El uso del teorema de Gödel para refutar los axiomas dice mucho del carácter intelectual que acusan todos los investigadores y las personas en general. La mayoría de la gente es monista metodológica. Suelen concebir un único método de investigación, el método científico. Por tanto, no entienden que existe otra alternativa racional, el deductivismo. Por eso creen que toda demostración tiene que asentarse en unas causas y una explicación más profunda, como hace la ciencia. Y por eso aplican ese razonamiento también con los axiomas, que creen que son incompletos (en el sentido peyorativo de la palabra) si no se asientan sobre una explicación más general. Sin embargo, esta aserción viene a contradecir el propio carácter de los axiomas. Un axioma no se asienta sobre nada más, antes bien, es el asiento sobre el que descansan todas las demás cosas. Un axioma alude a una cualidad de la realidad completamente general. Por eso no puede estar basado en nada anterior. La explicación del mundo que se basa en la propia existencia de las cosas no puede tener una causa anterior. Las condiciones existenciales son la causa de todo lo demás. Para integrar una visión del mundo completamente general, tenemos que aceptar esta dualidad esencial, la existencia de principios apodícticos, que no requieren demostración, y de principios circunstanciales, que si la requieren. En definitiva, tenemos que concebir un dualismo metodológico, dos aperos intelectuales, la filosofía y la ciencia. El mundo se compone de hechos generales absolutamente ciertos y de hechos particulares y contingentes. No deberíamos obviar ninguno de ellos.

5.2. La reivindicación de la escuela austriaca

El motivo principal de mi charla ha sido el de enarbolar una defensa de los principios esenciales de la escuela austriaca, sustentando estos en dos pilares básicos, una fundamentación histórica y una fundamentación teórica. Lo que he pretendido es reivindicar los principios de esta escuela acudiendo a los principios de la filosofía. Pero mi objetivo no es incompatible con la ciencia, no niega la importancia del método empírico. De hecho, la defensa del dualismo metodológico exige que reafirmemos la trascendencia que tienen esas dos herramientas, la ciencia y la filosofía. No obstante, como la filosofía siempre suele ser apartada de los cenáculos académicos, considero imprescindible resaltar sus principios, que deben ser tan legítimos como los que aquilata la ciencia en todas sus investigaciones. Con ello, no pretendo negar la importancia de la ciencia, sino equiparar la filosofía con esta. Tampoco es mi intención decir que la escuela austriaca es la única escuela legítima, o que es una escuela superior a las demás en todo. Ninguna escuela que defienda los principios de la filosofía puede decir que tiene la exclusividad del conocimiento. Los axiomas no son el final del camino, todavía hay que detallar las implicaciones, asumir que existen mutiles sistemas complejos y cualidades que no se pueden conocer con el método deductivo, y aceptar que hay ciertas partes de la realidad que son incognoscibles. Ahora bien, la escuela austriaca ha hecho algo que no hecho ninguna otra escuela. Se ha servido de un bagaje intelectual y un aparato metodológico que las demás escuelas, ahítas de cientistas, se negaban en redondo a aceptar. Ese aparejo ha acabado siendo vital para estudiar sistemas muy complejos (caso de las sociedades) y para descubrir algunas propiedades fundamentales de los mismos (la libertad individual). En este sentido, la escuela austriaca sí es superior a las demás corrientes. Pero de nuevo debemos entender aquí que estamos defendiendo un dualismo metodológico, y que no decimos que la escuela austriaca es superior porque es la única que puede ser legitimada. Precisamente, lo que hace el dualismo es aceptar todos los caminos que llevan al conocimiento. Son los monistas metodológicos los que se sienten superiores porque solo se entienden y se aceptan a ellos mismos. Son ellos los que se creen el ombligo del mundo. En eso consiste el cientismo que infecta sus razonamientos. De nuevo, existe una falta de entendimiento del motivo esencial de la naturaleza: el dualismo. Cualquier apelación a la arrogancia de los dualistas, a su búsqueda de principios irrefutables, es en realidad una afirmación de la arrogancia de los monistas, que solo conciben un método de investigación posible, el suyo propio.

5.3. El dualismo, la falibilidad y el problema del salto ético

Al abordar el problema ético, es necesario insistir de nuevo en la misma idea que he venido resaltando en todas las respuestas que he dado con antelación. La mayoría de las críticas que se han hecho a mi exposición surgen por no comprender adecuadamente el dualismo metodológico, esto es, no se entiende que existen principios sencillos y absolutos (filosóficos) y cualidades complejas y contingentes (científicas). Cuando afirmo que existen principios básicos irrefutables no estoy negando la problemática del mundo. Simplemente, estoy identificando los problemas más sencillos, que se pueden resolver inmediatamente, de manera segura, pero no niego que existan otros problemas mucho más complejos e irresolubles. Quienes atacan mi sistema diciendo que me muestro inflexible, que no admito ninguna falla, o que no aplico la falibilidad, no entienden que no estoy afirmando una irrefutabilidad aplicable a todos los casos. Solo estoy diciendo que algunos principios básicos son irrefutables. Esto es bien distinto. Aquellos que me atacan de esta manera, carecen de la habilidad para comprender que la naturaleza está representada y traspasada por un dualismo esencial (tienen un sesgo monista), la existencia de propiedades particulares (circunstanciales) y propiedades necesarias (absolutas), y que es menester analizar esas cualidades por separado, con distintas herramientas. La falibilidad es imprescindible a la hora de abordar el estudio científico, en el que siempre hay que reacomodar los nuevos hechos para agrandar y mejorar la teoría. Pero si partimos de unos principios simples y evidentes, la falibilidad no tiene ningún sentido. En este caso, la teoría no se agranda ni se corrige. Antes bien, se implementa en los casos más concretos y se supone segura.

A muchos les resulta chocante que se pueda componer un sistema completo de conocimiento, que vaya desde la metafísica a la ética. En algunos casos me han recriminado esa actitud. Los principios axiomáticos que defiendo –me interpelan- no se pueden aplicar con el mismo rigor al comportamiento social del hombre, mucho más complejo y problemático que la mera afirmación de una tautología. En este caso debemos analizar varios aspectos importantes. En primer lugar, tenemos que puntualizar que los principios éticos no son axiomas, sino que son las implicaciones lógicas de esos axiomas. Las implicaciones no constituyen realidades absolutas, aplicables a todos los casos, tal y como ocurre con los axiomas. En mi charla solo contemplo dos hechos apodícticos, la individuación que permite la aparición de las estructuras, y la acción de perpetuación que garantiza su existencia continua. Esos dos principios se pueden aplicar a todas las cosas. Ahora bien, las implicaciones de estos hechos, especialmente, cualquier regulación social (la taxis), toda ley humana, tienen una aplicación exclusiva en el hombre, no son leyes absolutas, en el sentido de que no se aplican a todas las cosas. Pero si tienen una absolutez facultativa, esto es, podemos deducir algunas conclusiones para el caso de los humanos completamente generales, que se pueden implementar en todos los casos sociales. Del principio de individuación y del principio de acción derivamos que todos los sistemas naturales funcionan a través de estos dos axiomas. Si negamos o impedimos de algún modo que los individuos de esos sistemas actúen libremente, negamos también el motivo principal que está detrás del funcionamiento de los sistemas a los que aplicamos nuestras medidas. En este sentido, podemos decir que todas las sociedades que consigan garantizar estos principios esenciales evolucionan siempre hacia un estado más complejo. Además, también tenemos que entender que el principio absoluto que contempla el sistema axiomático que aquí se propone no describe una acción que siempre sea beneficiosa para la estructura en cuestión. El principio absoluto, el axioma de la acción, afirma que todas las estructuras que existen actúan de esa manera, produciendo algún beneficio que las mantiene como existentes, y que aquellas que no actúan así acaban desapareciendo. Por tanto, en una sociedad de humanos el principio que deberíamos contemplar no es el principio de no agresión, o el principio de máxima libertad, sino aquel otro que garantice, mediante una cierta coacción, que todos los individuos de dicha colectividad pueden disponer de la libertad suficiente como para actuar tal y como ellos consideren oportuno, en pro de su propia existencia. Los individuos, buscando su propio bienestar, pueden destruir o beneficiar a otras estructuras. Si las benefician, se coaligan con ellas y acaban constituyendo sistemas de un orden de complejidad mayor, en los que todos se integran y se benefician mutuamente. Si las destruyen, pueden ocurrir dos cosas. La destrucción competitiva de una estructura puede conllevar un beneficio para todo el sistema, que garantice la existencia y las acciones de todos aquellos componentes que salen beneficiados, al ser más productivos o eficaces. Pero la acción individual también puede suponer un perjuicio general. En este último caso las normas sociales deben impedir que se actúe en detrimento de la individualidad y la existencia de todos los individuos. Por tanto, a veces es preciso remediar los problemas que enfrenta un sistema complejo, en el que necesariamente van a aparecer algunos elementos disruptivos, a través de una coacción institucional que elimine en la medida de lo posible a esos agentes destructivos. La simple evolución y la competencia no pueden optimizar esas soluciones. La acción individual no es siempre beneficiosa. Ni la acción privada ni la acción del estado, que emergen y aparecen como consecuencia de acciones individuales, son en todos los casos buenas o malas. El principio no se puede basar en la bondad sempiterna de los entes privados (anarcocapitalismo), como tampoco en la negación absoluta de los entes públicos (estatismo). El principio es la libertad del individuo. La norma que garantiza ese principio propicia la prosperidad continuada de la sociedad. Estas normas aparecen de dos maneras. Pueden ser normas consuetudinarias, que surgen evolutivamente. Y pueden ser normas que se establecen de manera deliberada, con conocimiento de causa. Lo único que hay que entender es que la norma debe primar la libertad de acción de los individuos, y esto es independiente de que esa norma sea resultado de la competencia privada o del acuerdo institucional al que lleguen todos los componentes de la sociedad. Siempre existirá una entidad general, y siempre será necesaria alguna regulación también general. Lo importante y necesario es entender que esa regulación general no tiene que caer en manos de aquellos que no creen en la libertad de los individuos. El principio ético consiste en respetar las acciones individuales que benefician la integridad del sistema. O sea, deberemos establecer un orden mínimo que encare exclusivamente aquellos problemas que surgen con los individuos que no respetan las normas generales y que no se resuelven de manera privada (o que se resuelven en menor medida).

El principio ético no es un principio universal, que se aplique a todas las cosas (solo compete al hombre). Tampoco es un principio que afirme que los hombres actúan siempre bien, con tal de dejarles que busquen sus propios fines y objetivos. El principio ético se deriva de un principio universal, el hecho individual y la acción de perpetuación que caracteriza a todas las cosas. A partir de este principio podemos deducir varias cosas importantes. Tenemos que respetar la individualidad, que los individuos puedan actuar libremente, beneficiando o perjudicando a otros individuos (los sistemas más complejos se construyen con ese beneficio propio que redunda también en un beneficio general). Pero también tenemos que impedir las acciones de aquellos otros individuos que, al perjudicar a los demás, no lo hacen porque esto beneficie al sistema en general (por ejemplo, porque sean más eficaces a la hora de ofrecer un producto o un servicio), sino que lo hacen precisamente impidiendo la libre competencia y la manifestación individual. En conclusión, el principio que debemos constatar es el hecho individual. Todo sistema se basa en acciones individuales. Cuantos más individuos participen de ese sistema mejor para el sistema. Se debe favorecer la individuación y la acción, porque eso es lo que al final trae la evolución y el progreso (y más oportunidades para ser felices). Pero se debe comprender también que el principio no consiste en decir que todas las acciones de perpetuación son buenas o que todas permiten la existencia. Hay acciones que deben ser eliminadas, todas las que van en contra de esa multiplicidad y esa diversidad de individuos.

5.4. El problema de los niveles

Cuando se defiende la esencia del individuo no se está negando el colectivo. Todo lo contrario. Los individuos actúan, y fruto de esa acción es la creación de aglomerados de individuos que, en un nivel superior, actúan también como individuos particulares. Ahora bien, hay que comprender que la esencia de un sistema se halla en el funcionamiento y la acción de cada una de sus partes. Cualquier científico busca siempre estudiar los componentes de sus objetos de investigación. Después se podrá analizar el sistema como un conjunto. Pero resulta vital llegar a comprender como se forma el sistema y cómo interactúan los elementos constitutivos del mismo. De nuevo son los colectivistas y no los individualistas los que vienen a negar una parte de la realidad, la más esencial. El individualismo no niega el colectivo, lo fundamenta sobre presupuestos de la organización más básicos. Son los holistas (y en el caso del estudio de la sociedad los socialistas) los que se niegan a aceptar alguno de los niveles de la realidad. Son ellos los que ven el mundo compuesto solo por conjuntos y agregados, más fáciles de manipular y adoctrinar. El socialista concibe el mundo de esta manera por dos motivos, uno basado en la ignorancia y otro en el interés. Al tirano le resulta más fácil manipular un agregado de personas, sin atender a sus particularidades. Además, también ignora ese funcionamiento, que está oculto detrás o debajo de la superficie especiosa de los fenómenos, que siempre resalta por encima de su mecanismo interno. Por eso, la mayoría de las personas ignoran que se equivocan y convienen con el tirano a la hora de determinar las medidas que habrá de implementar en una sociedad, al objeto de que vaya mejor. En general, todo el mundo contribuye a acrecentar esa creencia fatal en el socialismo. No en vano, ningún tirano se podría mantener en el poder sin el beneplácito de la mayoría.

5.5. La esencia del egoísmo

Cuando hablo de la esencia del egoísmo y de la importancia de considerar un principio subyacente, no digo que todas las cosas sean egoístas tal y como lo somos los humanos. Esto sería absurdo. Simplemente estoy diciendo que el interés propio de los hombres reposa en un hecho más general, la acción de todas las cosas. Cualquier ente debe actuar de tal modo que el resultado de sus acciones le beneficie como estructura y le permita seguir existiendo. Lo primordial es ese beneficio propio, sin el cual ninguna estructura tendría existencia. El hombre, al evolucionar hacia un nivel de consciencia más elevado, ha dotado a este hecho de un marchamo volitivo. La predicción, la disposición o la volición son cualidades que se unen al hecho que define a todos los seres, la búsqueda de su propio beneficio. Pero esta búsqueda no es siempre consciente. Muy al contrario, en la mayoría de los casos esa búsqueda es inconsciente. Todas las cosas producen una acción y un efecto en el entorno que les beneficia como estructuras, ya que de lo contrario no existirían. El beneficio de los otros es una alternativa más, que también permite alcanzar el objetivo señalado. Pero el principio básico es el beneficio propio. La base fundamental de cualquier existencia y de cualquier acción es el beneficio que esta supone para las estructuras que actúan. No existe otra forma de ser y de permanecer. Esa búsqueda no es un acto consciente. Simplemente es algo que resulta del propio hecho de existir. Cuando me refiero a la esencia del egoísmo me estoy refiriendo exclusivamente a este hecho existencial. Nadie dice que los genes tengan intencionalidad. Que los hombres asociemos el egoísmo con la consciencia, o que le demos ese nombre, es solo una consecuencia del hecho de que nosotros, al provocar nuestro propio beneficio, somos capaces de preverlo o anticiparlo, gracias a la mayor complejidad y representatividad que tiene nuestro sistema nervioso.

5.6. El origen de la vida

A la hora de determinar las causas últimas que dieron lugar a la vida en la Tierra suelen aparecer siempre dos posturas enfrentadas, supuestamente irreconciliables. La posición holista, basada en la teoría de sistemas y en la búsqueda de las leyes de la complejidad, y la posición reduccionista, que, como dice Juan Moreno en un artículo del numero 9 de la revista oficial de la Sociedad Española de Biología Evolutiva, «intenta entroncar la biología con la química sin renunciar al papel crucial de la selección natural en el propio origen de la vida». La posición de Juan Moreno se centra –como él dice- en presentar argumentos que defienden que la biología es una extensión de cierto tipo de química y que la evolución darwiniana es en sus orígenes un proceso físico-químico, tal y como Darwin sospechaba cuando aludía al principio de continuidad. Por el contrario, los holistas arguyen que las propiedades emergentes no son reducibles a las partes que componen los sistemas y que por tanto se deben estudiar aparte. Vienen a negar la importancia del efecto que tiene cada componente en la organización general. Por su parte, los reduccionistas no niegan las propiedades emergentes, simplemente afirman que éstas se derivan en cualquier caso de las cualidades individuales de cada uno de los componentes que constituyen el sistema. De nuevo, creo que hay que defender una postura que integre y que no ningunee ningún tipo de cualidad. Desde mi punto de vista, los holistas son los verdaderos negacionistas de la realidad. No admiten los procesos que subyacen debajo de las propiedades emergentes. Los reduccionistas no niegan, como se suele creer, los fenómenos complejos. Únicamente consideran que la aproximación más adecuada debe partir de los elementos más simples. Solo cuando contemplamos las bases atómicas de un sistema natural podemos incluir luego todos los fenómenos y procesos que se deriven del funcionamiento de las mismas. Al revés esto no pasa. Quienes solo admiten propiedades emergentes sustentadas en el vacío, obvian la parte más fundamental de la realidad. Los holistas de la sociología obvian la libertad de los individuos porque solo conciben la sociedad como si fuera una masa informe, a la que ellos desean dar forma. Sus primos hermanos, los holistas de la biología, también yerran el tiro. En su caso, intentan explicar la vida partiendo de un punto erróneo; por el camino se dejan todos los procesos básicos que en realidad están produciendo las formas vivas. Los reduccionistas de la biología suelen fijarse en la replicación de las moléculas para aquilatar la causa que da origen a la vida. La replicación es un proceso físico-químico fundamental. En cambio quienes solo desean analizar las propiedades emergentes, suelen tener más apego por todas aquellas ideas que hablan de sistemas entrópicos disipadores de energía. Los reduccionistas no negamos el hecho de que los sistemas vivos tienen que ser sistemas abiertos que disipan energía y que cumplen la segunda ley de la termodinámica. Pero nos negamos en rotundo a aceptar que esa disipación sea la causa última de todo. La disipación de energía apela directamente al sistema en general, el cual debe producir más desorden en su entorno que el orden que se genera con la disposición de su estructura. Esta visión es holista. Advierte un fenómeno neto, una especie de conjunción material que se resuelve con una disipación global y un desorden universal. Pero no enfoca el asunto en el proceso físico concreto que lleva a los sistemas a comportarse de esta manera. En cambio, la replicación si es un fenómeno físico concreto, que nos permite entender por qué la materia inorgánica acaba complicándose de la manera que lo hace. La replicación es el proceso que mas habitualmente señala el reduccionista de la biología. Ese debe ser el proceso que nos aporte las claves para entender este fenómeno tan singular, el origen de la vida. No cabe otra manera de interpretarlo. Tampoco se deben contraponer los sistemas autopoyéticos con los sistemas replicativos. En el fondo, un sistema autopoyético es un sistema replicativo. La autopoyesis designa un sistema capaz de reproducirse y mantenerse por sí mismo. Y la forma de reproducción más básica de todas es la replicación molecular. Una estructura material adquiere moléculas del entorno y las ordena en un sistema complejo, solo cuando consigue replicarse. La replicación permite la complicación. Y la complicación permite una acción de mayor calado, más elaborada. Dichas acciones son precisamente las que describen todos los teóricos de la autopoyesis cuando hablan de sistemas capaces de autoabastecerse de elementos y construirse a sí mismos. No obstante, hay que entender que esa construcción proteica, esas maquinas moleculares que se reúnen para disipar energía, se basan en cualquier caso en el hecho replicativo. Evidentemente, cualquier sistema que se crea tiene que disipar energía, y más aun si el sistema en cuestión adquiere una complejidad cada vez mayor, que tiene que compensar produciendo un desorden más grande en su entorno. Pero esta no es la razón básica de su existencia. La disipación es solo una condición que tienen que cumplir como estructuras que son. En lo que hay que insistir es en el motivo último de esos ordenamientos, que no es otro que el proceso de la replicación y la copia interna.

5.7. El concepto de la teoría del Todo

Una de las críticas o preguntas más interesantes que me hicieron al terminar la charla, aludía a la necesidad de acotar el concepto de Teoría del Todo que yo empleo en la misma. En este sentido, cabe decir que yo no he intentado realizar una unificación del conocimiento que integre las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza y que consiga reunir la mecánica cuántica y la relatividad general de Einstein bajo una misma teoría. Esa labor corresponde a la ciencia, concretamente a la física. Mi intención ha sido la de señalar una empresa análoga, la unificación filosófica. Es preciso comprender que existen dos formas de abordar el estudio del mundo. La unificación que yo pretendo consiste en resaltar esos dos métodos, la ciencia y la filosofía, y en afirmar que ambos pueden integrarse en una visión racional más general. Toda unificación pretende hallar unas cualidades muy generales, con las cuales poder estudiar todos los objetos que se observan en la naturaleza. La unificación no consiste en fundir esas dos visiones para acabar construyendo una Teoría del Todo científica, que posteriormente podamos implementar en la economía o la sociedad (de nuevo apreciamos aquí un sesgo cientista). La unificación consiste en entender que existe otro método de investigación equivalente al método de la ciencia. Y sobre todo consiste en comprender que dicho método se basa en unos principios o cualidades de la materia más generales que aquellos otros que podemos llegar a dilucidar con las herramientas empíricas. La materia tiene varias cualidades realmente generales. En el fondo, todos los objetos deberían responder a una única fuerza física y a una partícula elemental; al menos eso es lo que creen los físicos, ese es el santo grial que llevan siglos buscando. Pero la materia también tiene otra propiedad más elemental. La materia está particulada. La existencia requiere siempre unos componentes finitos, identificables. La individualidad o identidad de las cosas permite que éstas existan, y por tanto es su propiedad última. Si las cosas no fueran concretas, no existirían. Esta cualidad en una necesidad existencial, irrefutable, que por tanto no requiere de un análisis empírico, y que puede tomarse como punto de partida, implementando esos principios a los casos concretos. La unificación apatece las cualidades fundamentales. Ahora bien, esas cualidades pueden ser de dos tipos, fácticas (aposteriorísticas) o intuitivas (apriorísticas). De aquí deducimos que existen dos modos de reducción y dos Teorías de Todo. Y también consignamos una teoría filosófica más general. La unificación no concite en fundir esas dos conclusiones para acabar elaborando una Teoría del Todo única, porque entonces estaríamos negando la esencia del dualismo, que también es un principio básico. En cualquier caso, si tenemos que proponer una única Teoría del Todo, ésta solo puede predicarse del principio de individuación y del concepto de libertad. La noción de individuo es más general que las nociones de fuerza o masa o que cualquier otra constante o variable de la física. En otros universos la fuerza fundamental puede ser muy distinta a aquella que consigamos descubrir algún día en el nuestro. Pero no hay duda que cualquier universo tendrá que tener cosas, estará hecho de individuos. En este sentido, solo existe una Teoría del Todo y una unificación final: la unión de todas las cosas a través del principio más fundamental que existe: la libertad individual.

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La biblioteca de Cicerón

«Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín, ya no os faltará de nada» (Cicerón,106-43 a. D.)

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Los libros y las plantas tienen varias cosas en común. Ambos están hechos de celulosa, ambos se componen de hojas, y ambos exigen un cultivo obstinado. Ninguna de estas tres coincidencias es casual. La celulosa es una macromolécula que actúa como argamasa de un entramado nuclear de gran resistencia, capaz de aguantar el embate del viento (plantas), o el magreo y manoseo con que se manifiesta la curiosidad humana (libros). Por su parte, las hojas son estructuras laminares con una gran superficie de contacto, idónea para recibir el impacto energético de un elevado número de fotones (plantas), o para reflejarlos (libros). Y por último, tanto los libros como las plantas exigen una atención y un cuidado prolongados, que solo pueden ofrecer aquellos cultivadores que de verdad se conforman y se deleitan con ellos.

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El concepto de subsidio en Ayn Rand

«El beneficiario de una beca pública está moralmente justificado sólo en la medida en que él la considera como la restitución y se opone a cualquier forma del estatismo del subsidio. Los que abogan por becas públicas no tienen derecho a ellas; los que se oponen a ellas, sí lo tienen. Si esto parece una paradoja, el problema radica en las contradicciones morales del estatismo del subsidio, no en sus víctimas. Puesto que no existe el derecho de algunos hombres a quitarles por voto los derechos a los demás – ni el derecho del gobierno para apoderarse de la propiedad de algunos hombres para el beneficio inmerecido de otros – los defensores y partidarios del estado del subsidio son moralmente culpables de robarles a sus oponentes, y el hecho de que el robo esté legalizado hace que ello sea moralmente peor, no mejor. Las víctimas no tienen por qué añadir un martirio auto-impuesto al daño que otros ya les han hecho; no tienen por qué dejar que los saqueadores se beneficien por partida doble, dejándoles que les distribuyan el dinero exclusivamente a los parásitos que clamaban por él. En cada oportunidad que las leyes del estado del subsidio permitan alguna pequeña restitución, las víctimas deben tomarla.» (Ayn Rand, 1905-1982)             

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Resulta intelectualmente gratificante observar que el único recurso dialéctico que les queda a los intervencionistas consiste en acudir constantemente a los personalismos. Cada vez que critico alguna medida del partido comunista, quienes tienen la difícil y meritoria capacidad de combinar la idolatría hacia el Estado con la amistad y el conocimiento de mi persona, enseguida me despachan recalcando mi supuesta incoherencia por denunciar a aquellos gobiernos que luego admito implícitamente cuando acepto sus dispendios y me beneficio de sus subsidios. Así, intentan convencerme de que el paro que yo he percibido en algún momento de mi vida ha sido pagado por todos ellos, y que por tanto no tengo derecho a quejarme del estado del bienestar que ellos admiran. Yo les suelo responder diciendo que nadie ha pagado mi paro jamás. Yo pago mi propio paro al dar al Estado la mitad del dinero que gano durante un año, que se me devuelve en parte con ese reintegro. Además, si hablamos de ética, mi postura es más honesta que la suya. Si fuera por mi, no estarían gobernando aquellos que, como creen algunos, me nutren de regalos y de dádivas (subsidios). Es decir, yo soy capaz de votar a un partido (o no votar) para que desaparezcan esos que, según parece, me vienen muy bien para vivir. En cambio, ellos votan o defienden a todos aquellos que solo saben quitar el dinero a los demás y redistribuirlo luego entre los parásitos mas sórdidos de la sociedad. Yo estaría dispuesto a eliminar los parásitos, incluso si yo mismo fuera uno de ellos (aunque más arriba he demostrado que no lo soy). Ellos en cambio están dispuestos a seguir alimentando la envidia, la mediocridad, la morosidad, y la corruptela.

A mi no me gusta hablar de la vida particular de nadie. Hablo de medidas políticas y normas sociales. No obstante, también podría decir lo mismo de aquellos que me atacan. En una sociedad como ésta, todos estamos en cierta medida subvencionados de un modo o de otro; no hay forma humana de escapar y por tanto tampoco es achacable que no se haga. Lo que si es achacable es apoyar una opción política que favorece todo eso. Por tanto, no me parece correcto criticar a una persona por formar parte de un sistema social que se le impone y del que no puede huir, sobre todo si el que critica ese comportamiento es el mismo que promueve ese estado de cosas. La verdadera contradicción es esa. No es tanto la percepción de un subsidio eventual, sin estar de acuerdo con el mismo, como la percepción positiva de una realidad que en el fondo es falaz e inmoral, llena de justicieros injustos, parásitos exigentes, demandantes resentidos, e inútiles petulantes, que primero te cazan y te obligan a adoptar sus medidas, y después te acusan por hacer lo que ellos quieren.

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Mi historia de liberal

20070605211334caminoDurante mi infancia, siempre me atrajo la idea de abandonarlo todo e irme a la montaña a plantar tomates y ordeñar cabras. Consumía y aceptaba diversos mitos del comunismo. Renegaba del dinero y del capitalismo. Y amaba la pachamama. Pero por algún motivo empecé a darme cuenta de que existía alguna falla en mi sistema. Me atraía la ciencia, el conocimiento y el desarrollo humano, y empecé a ver una contradicción interna en esas dos visiones, el rechazo del capitalismo y el amor por el progreso. Un buen día, el padre de mi exnovia (que no tenía estudios pero sí era bastante inteligente; un empresario exitoso) me sentó en la cocina de su casa y me invitó a escuchar a Jimenez Losantos. Hablaba éste sobre la filfa de las energías renovables que yo ya estaba empezando a rechazar, y enseguida me cautivaron sus argumentos y su manera de articularlos. Años después, mientras escuchaba algún programa de Losantos, oí que alguien recomendaba un libro de Hayek y me animé a comprar sus estudios sobre economía, historia y filosofía. Desde entonces no he parado de leer a los economistas austriacos. Las ideas y las críticas periodísticas que escuchaba todos los días en Libertad Digital cobraron un nuevo sentido, quedaban confirmadas en el nivel académico. La teoría adquiría unas dimensiones universales y un marchamo racional. Las piezas sueltas del puzle quedaban unidas. Hoy busco armar mi propio rompecabezas, dentro del paradigma de la escuela austriaca. Y me siento discretamente satisfecho con el camino que he recorrido y con las perspectivas que aún se abren ante mi. Y no me olvido de aquellas personas que un buen día tuve la suerte de conocer y que supieron guiarme por la senda correcta.

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Las diferencias entre liberales y no liberales de Domingo Soriano

“He aquí, precisamente, una de las principales diferencias entre los intervencionistas y los liberales: los primeros creen que un Gobierno bueno puede cuidar de la vida de los ciudadanos mejor que los ciudadanos mismos, mientras los segundos están convencidos de que la sociedad y el orden espontáneo son inabarcables para ninguna casta de burócratas, por mucha inteligencia, estadísticas o buena voluntad que puedan llegar a atesorar.” (Domingo Soriano)

El avance del capitalismo se ve impedido continuamente por las convicciones imaginarias de las personas, la creencia en un gobierno bueno que puede cuidar de la vida de los ciudadanos mejor que los ciudadanos mismos, y que al final acaba gripando el motor que estimula y que anima ese progreso. En cambio, el avance del comunismo se ve impedido por las circunstancias de la realidad, por el hecho comprobado de que solo el respeto por el individuo y por el orden espontáneo permiten el desarrollo progresivo de las sociedades. Ficción frente a verdad. ¿Quién acabará venciendo? La historia lo dirá. A no ser que la historia esté condenada a repetirse. Tal vez el hombre tenga que lidiar eternamente con este enfrentamiento. En ese caso, no existe salvación, ni tampoco descanso. Si nos consideramos capitalistas y amamos la verdad, tenemos que aceptar esta última alternativa, por muy contradictoria y triste que pueda parecer. Los paraísos no existen. Por eso, tal vez nunca exista una sociedad verdaderamente libre. La ruindad y la estupidez conforman la esencia del ser humano tanto o más que su inteligencia y su honestidad. Mientras existan hombres, existirán tiranos. Mientras exista el mundo, habrá socialismo. Los enemigos del capitalismo serán legitimados por los ciudadanos una y otra vez. La realidad les hará morder el polvo del camino. Caerán del caballo. Su penco tiene los pies de barro. Pero ellos solos se volverán a levantar y se subirán a la silla de nuevo. Los capitalistas cabalgamos a lomos de un corcel espléndido. Podríamos avanzar mucho más rápido si no fuera porque la mayoría de la gente se empeña en ensillar y domar a los pencos. En consecuencia, nadie acabará venciendo. Los pencos y los corceles, el socialismo y el capitalismo, presentan grandes diferencias, son dos visiones completamente opuestas, pero están condenados a cabalgar juntos por el resto de los tiempos.

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El lema minarquista de San Agustín

«En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad (San Agustín, 354-430)»

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Este aserto de San Agustín podría ser también el eslogan del minarquismo. Lógicamente, tendríamos que podar previamente la parte final. La caridad puede ser un acto muy loable, pero en ningún caso un acto general obligatorio. Dicha obligatoriedad no concuerda con el resto de la afirmación: si la caridad fuera una exigencia omnímoda, como dice San Agustín, la libertad que también se defiende en esta afirmación quedaría claramente comprometida, se nos podría exigir que fuésemos condescendientes hasta en los casos más particulares, y la caridad pasaría a ser una imposición (un impuesto estatal), y perdería su esencia volitiva y moral. En cualquier caso, la frase del santo puede servir como lema del minarquismo, resume muy bien en qué consiste esta forma de gobierno. Las normas básicas deben estar supeditadas a un orden general, a una única institución que pueda garantizar en la medida de lo posible una unidad de derecho que favorezca las condiciones requeridas para que exista libertad y propiedad (en lo esencial unidad). Ahora bien, esa unidad solo tiene sentido si el resto de normas, de carácter más dudoso y arbitrario, dependen en cualquier caso de la elección, la voluntad y la privacidad de cada uno de los ciudadanos o empresas. Los anarquistas de mercado no alcanzan a entender esa diferencia sustancial entre la norma básica y aquella otra más dudosa. Por eso querrían que todas fueran puestas en cuestión por las distintas comunidades. Por eso rechazan el minarquismo y abrazan una suerte de relativismo cultural. Y por eso afirman que la minarquía es sumamente peligrosa, que guarda en su seno la semilla del Estado. Desconocen que la naturaleza de dicha institución es necesariamente contraria a cualquier crecimiento estatal. Esto no quiere decir que el Estado no pueda crecer. Quiere decir que su crecimiento anula cualquier defensa del minarquismo. Y en todo caso, la ausencia de Estado tampoco previene completamente contra ese crecimiento. Antes bien, suele favorecerlo. Al final, el Estado solo deviene con las acciones de los individuos. El propio Estado nace de una situación sin Estado. El Estado no ha existido siempre. En algún momento de la historia tuvo que surgir. Este surgimiento fue muy temprano. Ello se debió precisamente a que la semilla del Estado se encuentra inserta en la genética del propio individuo, imposible de erradicar. La minarquía no es el factor responsable del origen del Estado. Su principal responsable es el individuo, único ente que existía antes de la aparición de esta organización. Y el anarcocapitalismo, al favorecer exageradamente al individuo, cualquier acción arbitraria de éste, contribuye en mayor medida al origen y consolidación del Estado que el propio minarquismo, el cual al menos pone algunas cortapisas a la acción de esa parte constitutiva del individuo, tal vez la más decisiva, que le lleva a aceptar y apoyar una y otra vez la hegemonía que practican sobre él sus padres ideológicos. Por tanto, es el anarquismo y no el minarquismo el principal causante y promotor del gobierno elefantiasico y del poder excesivo. Es pues el anarquismo, la inobservancia de aquellos principios que garantizan un orden correcto mínimo, el único sistema que está en el origen del Estado. Solo cuando obviamos los principios básicos y creamos un vacío de poder o emborronamos la pizarra con miles de leyes distintas u opuestas, aparece una oportunidad para todos aquellos que están deseando legitimar su propio sistema totalitario.

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La frustración de Jose Luis Rodriguez

«Hasta en el más rotundo éxito subyace un trasfondo de amargura, frustración y desencanto.» (Jose Luis Rodriguez Jimenez, 1961)

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La vida nos regala una infinidad de motivos para amar, pensar, escribir, leer, y nos concede un tiempo infinitamente más pequeño. Por eso, el sentimiento que preside la existencia del hombre y que descolla por encima de todos los demás es la frustración. La impotencia a la que nos vemos abocados desde el primer momento de nuestras vidas no se va ni siquiera cuando somos más felices. Es más, cuanto más felices somos más sentimos la perdida de nuestro estado, más conscientes somos del poco tiempo que nos queda por disfrutar y más rápido pasa la vida. La frustración es el único sentimiento negativo que crece a medida que aumenta la felicidad. Por eso es un sentimiento constante, que no se va ni cuando fracasamos ni cuando tenemos éxitos. La frustración es el sentimiento de dolor por antonomasia.

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El fundamento metodológico de la deontología política

Paper publicado en el segundo número de la Revista de Estudios sobre Justicia Derecho y Economía (RJDE)

Pagina de la revista: https://es-es.facebook.com/pages/Revista-de-estudios-sobre-Justicia-Derecho-y-Econom%C3%ADa-RJDE/159991790852232

PDF:  https://app.box.com/s/yeat59hznj73426gcqes3b4fx48ybxss

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Índice

Introducción

I. Los fundamentos gnoseológicos 

1. El dualismo metodológico 

2. Clases de información

3. La ética de la investigación

II. Los fundamentos teleológicos

1. El individualismo metodológico

2. Clases de errores

3. La ética de la acción

Conclusiones


Nota preliminar

En los primeros epígrafes de este trabajo analizo el concepto del dualismo metodológico, abordo diferentes aspectos de la teoría de la información, y describo dos tipos distintos de conocimiento. En esta primera parte del análisis utilizo la bibliografía correspondiente a las clases que el profesor Jesús Huerta de Soto imparte en el máster de economía de la escuela austriaca el primer semestre de cada curso. Concretamente, me baso en su libro Socialismo, cálculo económico y función empresarial.

Posteriormente, y a la luz de lo anterior, analizo el concepto de eficiencia dinámica que de nuevo el profesor Huerta de Soto desarrolla en el documento La Teoría de la Eficiencia Dinámica. Uno de los nexos que integra el enfoque que aquí trato de abordar relaciona ese concepto de eficiencia con el concepto más general del dualismo metodológico y con la teoría de la información que se deriva del mismo. Estoy convencido de que el dualismo metodológico es clave para entender la teoría de la eficiencia dinámica del profesor Huerta de Soto. A su vez, también creo que dicha teoría se puede incardinar con otros aspectos importantes de la ética y la conducta humana. No en vano, el motivo último de esta exposición es ofrecer al lector una interpretación deontológica del concepto de eficiencia, en orden a conseguir una mayor claridad y rigor a la hora de analizar la sociedad y la economía. A ello dedico la parte final de la primera sección de este opúsculo.

A continuación, tras examinar el concepto de dualismo metodológico (y sus derivas deontológicas), en la segunda parte del trabajo abordo el otro aspecto fundamental de la realidad: el individualismo metodológico. En este caso llevo a cabo un análisis del apriorismo kantiano con la intención de entender mejor las categorías que estableció este filósofo y las posibles influencias que éstas categorías han tenido en el trabajo académico de Ludwig von Mises. Esto me va a permitir demostrar hasta qué punto es cierto el principio de la acción humana que defiende el economista austriaco.

Finalmente, y como ya hiciera en la primera parte del trabajo, también deduzco aquí todas las implicaciones éticas que en mi opinión tienen estos conceptos axiomáticos de Mises. Para ello, me sirvo del material sito en los primeros capítulos del libro Teoría e Historia, que el citado autor publicó en el año 1957. Considero que el principio misiano es un principio completamente cierto, que además tiene unas fuertes connotaciones éticas que no se pueden pasar por alto y que es imperioso que se destaquen.


Introducción

El objetivo que persigue este trabajo pretende analizar el pensamiento económico y político desde un punto de vista puramente metodológico. Concretamente, se propone conocer los fallos que afectan a los métodos y los fundamentos que suelen asistir a ese pensamiento, así como también proponer una alternativa que ofrezca una solución más adecuada. Este acercamiento metodológico se enmarca dentro de la ortodoxia que define a la Escuela Austriaca de Economía, la cual siempre ha exhibido un interés por la filosofía y la metodología bastante superior al de sus rivales. Además, dicha escuela es la única que ha sabido consignar y analizar correctamente los dos principios más fundamentales de la realidad, el dualismo metodológico, en el ámbito de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el ámbito de la metafísica.

El análisis filosófico de la economía tiene una importancia cardinal, mayor de la que en principio podemos presuponer. Los errores que se suelen cometer con este análisis, a la hora de tratar la organización social, y con motivo de aplicar métodos y fundamentos indebidos, son con diferencia los más graves y onerosos de todos. Por tanto, exigen una atención y un tratamiento especiales. Los métodos y los fundamentos constituyen herramientas básicas. Su mal uso convierte todo el proyecto intelectual en un fiasco. Cualquier error en este ámbito conlleva siempre un fracaso general. Además, cualquier aplicación errónea en el ámbito de la política y la economía produce unas consecuencias nefastas, no solo porque afecta de manera inmediata a toda la población, sino también porque la gente suele estar infectada con el bacilo de la ideología, y siempre insiste en repetir los mismos errores. Un experimento de física mal realizado solo puede afectar al ánimo del investigador, y casi nunca atrae la atención de nadie. Pero los actos punibles que cometen los gobernantes durante el tiempo que están en el poder afectan a todos los ciudadanos del país, y son habitualmente jaleados por esos mismos ciudadanos que, como si de una turba de masoquistas se tratara, mantienen la fidelidad al gobernante y aspiran a renovarle la confianza tantas veces como sea necesario.

En vista de lo anterior, es preciso que reivindiquemos la importancia que tiene la filosofía política en el análisis de las sociedades; su estatus de ciencia elemental. Mediante la filosofía se establecen y se corroboran una serie de fundamentos básicos, que describen las partes más esenciales de la realidad. Por su parte, la política pretende aplicar esos fundamentos en el ámbito concreto del ser humano. Si unimos estas dos disciplinas obtenemos la filosofía política, la cual consistirá en usar los elementos más importantes del pensamiento, los fundamentos, en aquellos ámbitos que más interesan al hombre, las sociedades. No existe otra ciencia que pueda hacer gala de estas cuitas, capaz de preocuparse por unos asuntos tan importantes.

En cuanto a la estructura del trabajo, éste se compone de dos partes principales. En la primera de ellas se analizan los fundamentos gnoseológicos, y se propone un método de conocimiento correcto, más conveniente que el que se ha venido usando hasta el día de hoy. Una vez aclarado el método, la segunda parte del libro aborda los principios metafísicos, que habrán sido deducidos al emplear las herramientas que se describen en la primera parte.

En cualquier caso, a lo largo de todo este estudio se repite constantemente una preocupación elemental. Los fundamentos y los métodos que apliquemos en el análisis político y económico deberán estar encaminados a aclarar los valores y los principios deontológicos que tenemos que implementar en la sociedad, al objeto de conseguir una mejora significativa de la vida de las personas. Una de las tesis principales que se van a defender aquí pretende demostrar que los fundamentos metodológicos que avalan a la Escuela Austriaca de Economía constituyen, sin la menor duda, la fuente de legitimación más importante que existe del principio deontológico. La fundamentación austriaca y la ética social guardan una relación íntima indiscutible, y se refuerzan mutuamente cada vez que se proponen de manera conjunta.


I. Los fundamentos gnoseológicos: La clasificación de la información

1. El dualismo metodológico

La tesis principal de este trabajo se apoya en la siguiente afirmación: todos los regímenes absolutistas provienen en último lugar de un error intelectual de tipo metodológico. O dicho de un modo más rotundo: la esencia de la tiranía es de índole procedimental. El error en cuestión consiste en ningunear el concepto de dualismo metodológico. Este concepto afirma que existen dos métodos de investigación básicos. Sin embargo, los monistas metodológicos aseguran que solo cabe contemplar uno. Puestos a elegir, escogen el que ellos utilizan. Al hacer esto se adscriben a una postura simplista. Al contemplar una única vía de conocimiento, los monistas desprecian toda la riqueza intelectual que de hecho conseguirían si aceptasen recorrer también el otro camino.

Para comprender esto es preciso que indiquemos, en primer lugar, qué entendemos aquí por dualismo metodológico, y también es necesario que corrijamos algunos malentendidos surgidos con motivo de esa definición. El dualismo metodológico es un principio filosófico que afirma que existen dos maneras distintas de llegar a la verdad, una experimentar y otra especulativa. El dualismo metodológico no avala la existencia de dos realidades alternativas, lo que dice es que existen dos modos de conocer la realidad. Un dualista metodológico tampoco cree que existen varios modos de razonar. Un dualista metodológico no es un polilogista. Conviene dejar claro estos puntos de vista. De lo contrario corremos el riesgo de ceder a las presiones de algunos exégetas, los cuales intentan desacreditar este concepto de dualismo utilizando precisamente esas interpretaciones. Solo existe una actitud racional, aquella que se preocupa por conocer la verdad. El mundo funciona solo de una manera; no existe dualidad a este respecto. Lo único que afirma el dualismo metodológico es que hay dos formas distintas de aproximarse a esa verdad.

Un dualista metodológico tampoco acepta esa dicotomía que aspira a separar el mundo en dos bloques incompatibles, el de los fenómenos externos y el que acontece en el interior de la mente. Es cierto que existe un mundo exterior ajeno a los observadores, y unos observadores inmersos en ese mundo y obligados a elaborar una representación mental del mismo. Pero el objetivo intelectual del investigador no puede propugnar la separación de esos dos mundos. Todo lo contrario, ese objetivo se alcanza solo cuando el observador genera en su cabeza modelos certeros, tan parecidos a la realidad como le sea posible. Cualquier reflexión que hagamos, incluso aquellas que se derivan de la lógica y que son fruto de una intelección pura (que no requieren un contacto continuo con el exterior y una experimentación exhaustiva), tienen que hacer referencia a fenómenos que acontecen en el mundo exterior. Cuando decimos que no hace falta testear la realidad para poder estudiarla, no estamos afirmando que no sea necesaria ninguna experiencia en absoluto; esto sería absurdo. Lo primero que hace el ser humano cuando viene al mundo es experimentar la realidad, por medio de los sentidos. A lo que nos referimos es a que existen certezas y conceptos que no necesitan ser probados en el laboratorio usando un apero experimental aparatoso.

Un dualista metodológico tampoco afirma que existen dos modos de conocer la verdad, uno basado en la revelación y otro basado en la razón. El hombre solo puede alcanzar el conocimiento a través de la razón, mediante un proceso que atienda exclusivamente cuestiones que tengan que ver con fenómenos materiales adscritos a este mundo, y no con formas etéreas imposibles de resolver. La actitud racional solo debe dar pie a un análisis que trate de describir fenómenos físicos, no a uno que intente hacer lucubraciones ficticias indecidibles. No estoy diciendo que no deba existir la fe, o que no se pueda combinar ésta con otras ideas (cosa que ocurre frecuentemente con muchos intelectuales). Lo que digo es que la fe y la razón no pueden tener el mismo estatus intelectual. Son dos formas de pensar completamente opuestas, la una imaginativa, la otra realista, la una basada en la revelación y en la autoridad, la otra escéptica y curiosa. Un dualista metodológico no es alguien que cree que la fe y la razón contribuyen por igual al conocimiento del ser humano, al menos no es la definición de dualismo que se usa en este ensayo. Si el dualismo consistiera en eso, sus proponentes incurrirían en una grave contradicción (la fe y la razón son empresas distintas y constituyen visiones que no se deben mezclar).

Pero entonces, ¿qué debemos entender por dualismo metodológico? La dicotomía que enfatiza el dualismo metodológico que defendemos aquí afirma que existen dos vías de conocimiento complementarias: una inductiva y otra deductiva. En ningún caso recurrimos a la fe, ni nos entretenemos imaginando realidades alternativas. Decimos tan solo que existen dos vías de conocimiento distintas, que constituyen, cada una de ellas, una parte indiscutible de la racionalidad humana.

Por tanto, el dualismo metodológico no es un concepto que diferencie dos realidades distintas, como hacen los relativistas y los polilogistas. Tampoco es un concepto que distinga dos mundos separados: el de las ideas y el de los fenómenos, como hacen los kantianos. Y finalmente, tampoco es una noción cartesiana, que conciba la existencia de un ámbito extracorpóreo, al que se puede acceder solo a través de la revelación. El dualista metodológico es un investigador realista, que solo está interesado en analizar la materia. Esto tiene que quedar claro. El dualismo metodológico hace solo una distinción. Afirma que existen dos modos científicos de describir la realidad, uno deductivo y otro inductivo.

Ludwig von Mises, uno de los exponentes más importantes de la escuela austriaca, describía el origen de esta dualidad de la siguiente manera: «no es posible saber la forma exacta en que acontecimientos externos –físicos, químicos y fisiológicos- afectan al pensamiento humano, las ideas y los juicios de valor […] Esta ignorancia divide el reino de conocimiento en dos campos separados: el reino de acontecimientos externos, generalmente llamado naturaleza, y el reino del pensamiento y la acción humana”. La causa que Mises invoca como justificación para defender esta separación radical se basa sin duda en la ignorancia y la incapacidad que afectan al ser humano a la hora de conocer algunos fenómenos complejos. Existe una barrera que nos impide alcanzar determinado tipo de conocimiento. No es que existan por un lado el pensamiento y las ideas, y por otro el ámbito de los fenómenos externos, como dos mundos completamente separados, uno tangible y otro intangible. Ambos están compuestos por las mismas sustancias. Lo que ocurre es que existen algunos fenómenos tan complejos que no pueden describirse de forma fáctica, y la mente humana tiene que usar un camino alternativo. En estos casos, es necesario emplear otra estrategia.

Las ciencias naturales utilizan siempre la vía inductiva. Parten de una experiencia sensitiva, particular, y proceden luego a analizar dicha realidad utilizando complicados experimentos. Pueden obrar de esta manera porque limitan su estudio a aquellos sistemas que son relativamente simples, que están determinados por unas pocas variables, o que son susceptibles de reducirse a unos pocos elementos. En cambio, las ciencias sociales están obligadas a estudiar el comportamiento humano. Dicho comportamiento procede del órgano cerebral. Pero el cerebro es un sistema enormemente complejo, que además forma parte indisociable del observador y se integra en una realidad compuesta por millones de ellos. El comportamiento humano no se puede analizar de la misma forma que se analizan algunos fenómenos naturales. No es posible aislarlo, no podemos intervenir sobre él sin ocasionar algún trastorno y, aunque pudiéramos, tampoco seriamos capaces de manejar tanta información. Por tanto, es necesario utilizar otro método. En este caso debemos recurrir a la vía deductiva. Cualquier conclusión que obtengamos por medio de esta vía tiene que dimanar necesariamente de un principio incuestionable, una proposición apodíctica que no requiera ninguna demostración empírica.

El dualista metodológico solo accede a describir la realidad cuando ésta es susceptible de demostrarse. Ahora bien, a veces esas descripciones son tan evidentes que no necesitan una demostración empírica. Podemos admitir dos aproximaciones distintas. La realidad presenta una doble naturaleza. Está compuesta de hechos simples y hechos complejos. Los hechos complejos no pueden ser dilucidados mediante un análisis empírico y detallado; el hombre no puede abarcar un conocimiento tan amplio. No se puede saber si el fenómeno en cuestión se producirá de una u otra manera. Es imposible abordar un análisis de este tipo. Por consiguiente, la única solución pasa por encontrar un fenómeno incuestionable, que no esté abierto a distintas alternativas. Es decir, debemos hallar un hecho necesario, que utilizaremos luego para deducir el resto de la teoría. Afortunadamente, esa posibilidad es completamente factible.

La realidad está configurada de tal modo que cualquier indagación que emprendamos nos brinda siempre la oportunidad de aplicar dos tratamientos distintos. El mundo está conformado por hechos concretos y contingentes (facultativos), pero también por otros fenómenos más generales y necesarios. Veamos un ejemplo. Consideremos un acto cotidiano. Para que Pablo pueda beber un vaso de agua es imprescindible que el líquido atraviese su garganta y llegue al estómago a través de dicha vía. Pero el lugar en el que Pablo decida beber el agua, el vaso que utilice para saciarse, o la ansiedad que demuestre al tragar el líquido, son hechos contingentes, cuya intensidad o determinación no está prefijada de antemano en la afirmación que describe a Pablo bebiendo un vaso de agua. Este ejemplo prosaico ilustra dos tipos de fenómenos. Existen hechos generales que afectan a un ámbito más amplio de la realidad, y luego existen hechos particulares, que se producen en un contexto más reducido y que siempre pueden suceder de varias maneras.

Traslademos ahora el ejemplo que acabamos de poner al ámbito más formal de las ciencias. El estudio de la realidad puede contemplar igualmente dos tipos de fenómenos. Puede partir de la observación de hechos concretos y contingentes, o puede partir de hechos generales. La ciencia usa el método inductivo. Comienza observando fenómenos que pueden ser de muy diversa índole, y que por eso precisan siempre de algún tipo de demostración. A partir de estos hechos particulares los científicos intentan elaborar una teoría provisional. Siempre que se parta de hechos concretos y que se intente reunirlos en una teoría global, ésta nunca podrá ser absolutamente cierta. Cuando el razonamiento camina de lo particular a lo general es preciso atenerse a una cantidad concreta de fenómenos, todos los que hayamos considerado para realizar esa demostración. Esos hechos concretos nunca podrán ser todos los que existen en la naturaleza. Las teorías generales que emplean las ciencias empíricas son siempre provisionales. Uno debe esperar que cambien con el transcurso del tiempo, cuando la investigación pueda abarcar un mayor número de fenómenos (estos cambios no serán nunca completos, pero sí producirán modificaciones importantes). Si partimos de hechos concretos, tenemos que conformarnos con describir una realidad que nunca acabará de ser completamente definitiva.

El método que acabamos de describir es el que tradicionalmente usan todos los científicos. Pero no es el único. En realidad, existe un dualismo metodológico. ¿Cuál sería entonces el otro método? Evidentemente, el otro método es aquel que procede de manera inversa, partiendo de una teoría general que luego se aplica a los casos concretos. Como ya hemos dicho, la realidad presenta una dicotomía básica, los hechos pueden ser generales o particulares. Esto da lugar también a dos formas de conocimiento. Cuando usamos los hechos particulares para generar teorías generales estamos empleando el método inductivo de la ciencia. Y cuando partimos de una teoría general y la aplicamos a los casos particulares estamos usando el método deductivo de la filosofía.

A la hora de usar el método deductivo nos enfrentamos con un problema nuevo, que muchos monistas consideran insoslayable. Como hemos visto, la ciencia empírica elabora sus teorías con gran esfuerzo y parsimonia. Debe ir reuniendo una gran cantidad de datos, proceder a analizarlos de manera cautelosa (de tal forma que no nos engañen los sentidos y de modo que podamos avanzar paso a paso) y componer al final una visión general lo más amplia posible. Por ejemplo, para afirmar que todos los gansos de la comunidad de Madrid tienen el plumaje blanco tenemos que explorar todo el territorio que comprende esa región, e ir catalogando cada animal que hallemos, hasta haber incluido en la muestra a todos los individuos de la zona. Solo entonces podremos afirmar que todas las ocas de Madrid tienen un plumaje blanco. Esto supone emprender una tarea penosa, y requiere una gran preparación y un escrúpulo especial. Los científicos se emplean a fondo en estas labores. Su conocimiento solo contiene fenómenos contingentes, que siempre pueden ser de otra manera y que por tanto es preciso cotejar y catalogar continuamente. Las aves podrían muy bien tener otro color. Además, es imposible que uno acabe teniendo una certeza absoluta sobre aquello que investiga. No se pueden catalogar todos los individuos que existen, y aunque se pudiera, tampoco podríamos garantizar esos resultados eternamente. Si dijésemos que somos capaces de demostrar que todas las ocas son y serán siempre blancas, y que para ello no requerimos poner un pie en la comunidad de Madrid, todos los científicos nos mirarían estupefactos, y seguramente se compadecerían de nosotros. En el fondo, todos ellos saben que no se puede hacer una afirmación de esa envergadura sin que haya de por medio un trabajo extenuante, que a veces se prolonga décadas. Por eso, la mayoría de científicos son monistas metodológicos. Consideran que el método científico (el esfuerzo que ellos realizan) es el único que garantiza el conocimiento verdadero. Dan tanta importancia a sus investigaciones que no conciben otras formas de análisis distintas (no estoy diciendo que su método no sea importante, solo digo que no es el único que existe). Ahora bien, como ya hemos visto en el ejemplo de arriba, no es necesario conocer a Pablo (su estómago, su vajilla, etc…) para afirmar de forma categórica que el agua que bebe debe pasar siempre a través de su garganta, y llegar por ese conducto hasta su estómago. De hecho, podemos asegurar de manera inmediata que todos los hombres sanos de la Tierra utilizan esa vía para hacer llegar el agua hasta sus intestinos. Esta afirmación no requiere experimentos previos. No tenemos que ir persona por persona, comprobando que la bebida que toman utiliza ese recorrido. Sabemos de antemano que todos los individuos provienen de la misma estirpe, y que evolutivamente han adoptado la misma forma de ingerir los alimentos. Podemos elaborar una teoría general sin llevar a cabo una experimentación previa, sin que sea necesario analizar el sistema digestivo de todos los recién nacidos. Esto es posible porque el fenómeno que intentamos elucidar, aquel del cual hacemos una valoración, no está basado en un hecho contingente. Al contrario, es un hecho seguro y necesario (de obligado cumplimiento). El dualista metodológico sabe que también se pueden elaborar teorías partiendo de ideas generales, siempre y cuando se observe un fenómeno evidente, y se confirme que éste no puede ocurrir de otra manera. Por supuesto, el ejemplo que acabamos de poner más arriba, el trasiego del agua a través de las gargantas, tampoco sería un hecho estrictamente universal. No obstante, como veremos más adelante, existirían también algunos elementos de la naturaleza a los que sí podemos atribuir esa categoría. Dichos fenómenos constituyen la razón que vendría a confirmar la idoneidad en el uso del método deductivo que aquí reivindicamos.

Los economistas de la escuela austriaca son dualistas metodológicos. Se han dado cuenta de que la ciencia tradicional no sirve en todos los casos. De hecho, se han percatado de que la ciencia no puede acometer el estudio de algunos fenómenos importantes. El análisis exhaustivo que llevan a cabo los científicos requiere que los objetos analizados tengan siempre unas propiedades determinadas. Es preciso poder medirlos, tienen que ser sistemas ponderables. Si no es este el caso, el análisis no sirve de nada. Y es entonces cuando cobra importancia el otro modo que existe de conocer la realidad, el método deductivo.

Los sistemas complejos no se prestan a un análisis inductivo (científico). Pero si pueden ser objeto de un análisis deductivo. No es extraño que hayan sido los economistas los que más han hecho por defender ese segundo método. Ellos son los más interesados en conseguir que éste funcione. El sistema con el que se enfrentan: la sociedad humana, es el sistema más complejo que existe. Ya solo la mente de un individuo es el objeto conocido más complejo de todos. El hombre es incapaz de controlar los factores que intervienen en esos procesos sociales. No lo puede hacer ni siquiera utilizando un ordenador mil millones de veces más potente que el ordenador más potente que hoy exista. En resumidas cuentas, ese análisis es sencillamente imposible.

Sin embargo, sí podemos emplear un análisis alternativo (deductivo). Si localizamos una cualidad del sistema que deban cumplir necesariamente todas las partes, habremos hallado un hilo del cual poder ir tirando hasta obtener una información lo suficientemente relevante. Si yo sé de antemano que todos los hombres utilizan la boca y la garganta para saciar la sed, y que no puede existir ningún mecanismo natural alternativo, también puedo implementar medidas que sirvan para todos ellos, y evitar, llegado el caso, que todos mueran deshidratados. De igual manera, si yo parto de una premisa general evidente, y utilizo el razonamiento deductivo, inmediatamente obtengo una información que me va a permitir tomar en consideración algunas medidas generales importantes, sin necesidad de hacer ninguna investigación adicional. Si yo utilizo teorías generales basándome en ideas evidentes, y luego observo todas las conclusiones lógicas que esas teorías confirman de manera inmediata, puedo hacer uso de una información de gran importancia, que afectará de manera global a todo el sistema. Pues bien, eso es precisamente lo que hace un investigador cuando utiliza el análisis deductivo.

La adopción de este método supone una aptitud intelectual sumamente importante. Permite analizar el sistema que más nos interesa: el nuestro, la sociedad humana. Y permite además obtener una información valiosísima, que afecta al funcionamiento general de toda la estructura. Este conocimiento influye en todas las personas de esa sociedad. Las verdades que utiliza el deduccionista son verdades generales, universales y necesarias. Sin embargo, este método no suele ser del agrado de muchos; la mayoría de científicos lo rechaza de manera inmediata. En cambio, el dualista metodológico propone ese método como el único capaz de elaborar un conocimiento fidedigno de la realidad, en aquellos casos en los que esa realidad se muestra compleja. El dualista es el único que avala ese modelo de conocimiento. Representa a una élite intelectual que es la única que puede describir la realidad social de manera efectiva. No es necesario subrayar la importancia que tiene esto para el progreso de la humanidad. El científico que descubre una nueva medicina está introduciendo un avance que supondrá la salvación de miles de pacientes. Pero el sociólogo que describe el funcionamiento de toda la sociedad, y que conoce el principio de comportamiento que espolea el progreso de la misma, está sentando las bases de un conocimiento mucho más importante. A través de este aprendizaje se pueden determinar los cauces necesarios para que la sociedad entera alcance un grado de bienestar cada vez mayor.

El profesor von Mises ha desempeñado en todas estas cuestiones un papel impagable. Todos estamos en deuda con él. Ha expuesto, con admirable lógica, los principios esenciales que utiliza el método deductivo y que rigen en la ciencia económica. Según él, el funcionamiento de la sociedad se basa en el axioma de la acción humana. A su vez, esta acción depende del grado de libertad que disfruten los individuos que integran dicha sociedad. La libertad individual es lo único que puede garantizar la acción humana. El cumplimiento de esta premisa no exige mucho. Basta con dejar que el sistema proceda de forma espontánea. El único problema es la falta de apoyo que han recibido siempre estas ideas. Todos los monistas y los positivistas metodológicos aseguran que el conocimiento solo tiene un camino, el que ellos recorren todos los días en sus laboratorios y en sus mesas de trabajo. Los positivistas han aplicado esos métodos científicos al estudio del hombre. El resultado ha sido una clase dirigente envanecida por esas ideas, que ha creído que la sociedad podía manejarse igual que se maneja una muestra de tejido. Ninguno de ellos ha tenido reparo a la hora de tratar a los ciudadanos como conejillos de indias. La aplicación de los métodos científicos tradicionales en el ámbito de la sociedad convierte a los ciudadanos en meros datos, y hace que sus dirigentes actúen de manera despótica, avalados por lo que ellos creen que es un pensamiento verdaderamente científico, racional y razonable.

En cambio, el método deductivo que emplea Mises se basa en el apriorismo. Parte de una verdad fundamental, que se establece siempre con carácter previo, y que no necesita ninguna manipulación o intervención posterior. Además, esta verdad se sustenta en el principio de la acción humana, el cual requiere siempre de una cierta libertad. Todo lo que interfiera en esa acción individual, las medidas asépticas de los investigadores, los controles positivos, los experimentos colectivos, o los deseos de los políticos que preconizan un mundo mejor (manipulado por ellos), suponen en cualquier caso una negación de ese principio, y desembocan siempre en malas prácticas y controles ilegítimos. Todos los políticos intentan construir una sociedad perfecta, que nunca acaba de concretarse. Es evidente cómo se deben hacer efectivos todos esos propósitos utópicos: cualquier manipulación precisa de un objeto que manipular. En esas sociedades intervenidas todos los actos conllevan algún tipo de coacción.

La vía inductiva siempre exige algún tipo de manipulación. Las técnicas experimentales basan su éxito en el control absoluto de las muestras con las que trabajan. Si solo creemos en esta vía de conocimiento, estaremos favoreciendo que los hombres también quieran someter a examen las cuestiones sociales, y estaremos propiciando todo tipo de maniobras y de abusos. En cambio, el método deductivo no exige ninguna comprobación; no es necesario manipular la muestra. Todas las conclusiones a las que llegamos al utilizar el método deductivo están demostradas de antemano (son a priori). Por tanto, en este caso no se promueve el control social, no hace falta manipular a la gente, y no se precisan experimentos humanos concretos.

Además, el axioma de la acción humana también contribuye a la libertad de otra manera, no tanto por ser un principio deductivo como por hacer una defensa rotunda de la acción de cada individuo. El contenido de este axioma reivindica de forma clara la acción individual. Lo que importa es la acción en sí misma. Importa que el ser humano sea libre para actuar, que pueda decidir con independencia de los demás. No importa tanto de qué modo lo haga (evidentemente, sí tendremos que impedir aquellas acciones que vayan contra el propio principio de la libertad). Importa sobre todo que nadie le diga cómo tiene que hacerlo.

Por consiguiente, la verdadera libertad deviene solo cuando aceptamos el dualismo como método de investigación. La ética de la libertad está obligada a abrazar el dualismo metodológico. Solo existe libertad cuando respetamos las acciones de los individuos y cuando no creemos que tenemos que manipularlos. Y esto solo es posible si admitimos una técnica heurística congruente con estas ideas, que no implique ninguna manipulación.

A fin de cuentas, todo se reduce a entender una única cosa. La realidad tiene siempre una naturaleza doble. Por consiguiente, el método que nos permite aferrar y aprehender esa realidad también debe mostrar el mismo aspecto. Se trata de transformar la información del mundo en conocimiento útil. Pero esa información se presenta siempre de dos maneras. Puede ser una información sencilla y manejable, caso de los objetos empíricos, o puede ser una información compleja y de difícil manejo, caso de los sistemas compuestos por un número enésimo de elementos. Es muy importante distinguir esos dos tipos de información. Solo a través de esa diferenciación podemos abordar el estudio de la sociedad con las herramientas adecuadas, y denunciar aquellos proyectos sociológicos que planean experimentar con los seres humanos, como si fueran meras ratas de laboratorio.

En el siguiente apartado veremos algunas características importantes de la información. Sobre todo, analizaremos su carácter imponderable, y observaremos a qué causas obedece. La sociedad es un sistema enormemente complejo, imposible de predecir. En la medida en que entendamos esto, podremos precavernos de todos esos ideólogos maximalistas (políticos y positivistas) que aspiran a manipular el mundo entero, con las herramientas que ellos disponen. El dualista metodológico debe enfrentarse a todos ellos. Un sistema complejo no es un sistema medible, y por tanto solo cabe analizarlo utilizando el método deductivo. En el método deductivo que emplea la economía aflora un único principio: la acción humana. Este principio no precisa demostración: es evidente que todos los hombres tienen que actuar, por el mero hecho de existir. Por tanto, podemos aplicar dicho principio a todos los casos. Además, al utilizarlo estamos respaldando esas ideas que aseguran que es bueno que los hombres sean libres, que no se puede experimentar con ellos, ni se les debe impedir que actúen.

Pero antes de abordar estos asuntos, me gustaría hacer una pequeña digresión. Deseo resaltar un error menor que cometen con frecuencia algunos liberales, y que puede hacer que otros que no lo son incurran en errores mucho más graves.

La introducción que hace Mises en los primeros capítulos de su libro Teoría e Historia resulta bastante esclarecedora. En ella deja entrever la idea principal que guía todo su pensamiento: el principio de la acción humana. No obstante, cuando define el dualismo metodológico, Mises incurre en un error menor que me gustaría resaltar aquí y ahora. Este fallo no influye en el razonamiento general de su obra y no tiene sentido abordarlo cuando se trata la misma. Pero sí me parece oportuno reseñarlo ahora, sobre todo teniendo en cuenta que es un error que suelen cometer también otros liberales.

Mises no realiza una división metodológica suficientemente precisa. Para Mises, las ciencias naturales se encargan de estudiar sistemas totalmente predecibles (con constantes fijas), en los que siempre resulta posible determinar todas las variables. En cambio, en las ciencias sociales no podemos saber la forma en que acontecimientos externos –físicos, químicos o fisiológicos- afectan al pensamiento humano, las ideas y los juicios de valor. Esta afirmación de Mises no es del todo cierta. Es verdad que el estudio de la sociedad impone el análisis de sistemas complejos, en los que es imposible determinar todas y cada una de las variables que entran en juego. Pero no es cierto que las ciencias naturales solo se las tengan que ver con sistemas simples y predecibles. Lo que pasa es que tratan sistemas que pueden volverse simples, lo cual no tiene mucho que ver. Se vuelven simples porque el investigador consigue crear las condiciones de aislamiento que le permiten poner en marcha los experimentos. No obstante, la ciencia empírica también se interroga sobre cuestiones de gran complejidad. En el reino natural existen procesos sumamente complejos. Las ciencias naturales se enfrentan a veces con sistemas imposibles de predecir. Lo que ocurre es que solo prestan atención a unas pocas variables (en eso consiste el aislamiento que se efectúa en el laboratorio).

Por lo mismo, tampoco es verdad lo que afirma Jesús Huerta de Soto cuando se refiere a las ciencias sociales como aquellas que tratan eventos únicos; esto también lo hacen las ciencias naturales.

Además, tampoco es conveniente convertir los métodos experimentales en un anatema, aunque se critique su uso en algunos casos. De cualquier manera, siempre es posible implementar algunas técnicas de control y análisis de datos. La diferencia entre unas ciencias y otras no radica en eso. La diferencia es más una cuestión de grado, se debe sobre todo al hecho de que las ciencias sociales no se prestan tanto al análisis experimental, y precisan siempre de otro tipo de estudios. Por su parte, las ciencias naturales también abordan problemas complejos, pero estos no suponen para ellas una dificultad tan grande.

Todo esto nos debe llevar a entender una cosa. En el fondo, el problema epistemológico fundamental no consiste en elegir una técnica de análisis concreta. Más bien, radica en el mal o buen uso que hacemos de ella. Todos los científicos se enfrentan a problemas complejos. Sin embargo, no todos actúan de la misma manera. El problema radica en la actitud que muestran algunos de esos científicos. Cuando éstos analizan sistemas muy complejos, tales como un ecosistema o una población genética, emplean la estadística sin ningún inconveniente, y nunca se atreven a realizar afirmaciones categóricas (unívocas). Son conscientes de que la estadística solo puede ofrecerles medidas aproximadas. Sin embargo, cuando analizan la sociedad, un sistema sin duda también muy complejo, estos mismos científicos se vuelven frecuentemente bastante menos precavidos. Todos los investigadores saben que tienen que usar cobayas animales para probar cualquier medicamento nuevo, antes de pasar a la fase clínica. Pero cuando se trata de ponderar sobre política o economía todos quieren inocular en los demás las ideas que ellos tienen como las más correctas.

El problema se halla en ese comportamiento humano. Cuando los científicos actúan dentro de su propio campo, se abstienen de hacer valoraciones que saben que no se pueden sostener. Pero cuando salen a la calle, se quitan la bata de trabajo, y se convierten en críticos políticos, se arrogan una capacidad inverosímil. El análisis de la sociedad tiene una carga emotiva que no tiene ningún sistema natural. Todos dicen tener la fórmula mágica. Imaginan sociedades perfectas. Se dejan llevar por todo tipo de mitos. Todos desearían vivir en un mundo sin hambre y sin enfermedades. Por eso nunca sucumben al pesimismo, y siempre quieren convencer a los demás de que “otra sociedad es posible”. Para ello es necesario cambiar el mundo, intervenir la economía. El socialismo parece la única solución (la gran paradoja es que es la mayor equivocación de todas). Al menos da la impresión de que se está haciendo algo.

Esta diferencia de trato nos da la clave para entender el pensamiento de los positivistas y los científicos sociales. Ese pensamiento es resultado de unas emociones fuertísimas que, en el caso de que afectasen a un experimento de laboratorio, cualquiera vería que son poco recomendables. Pero a la hora de hacer valoraciones sociales, incluso las mentes más versadas y los hombres más eruditos ceden ante la fuerza implacable que ejercen sobre ellos todos esos hechizos y brillos ideológicos.

Por eso es fundamental comprender que el dualismo metodológico, aunque distinga en principio dos estrategias de investigación y dos objetos de estudio distintos, unos simples y otros complejos, indirectamente está diferenciando también dos actitudes completamente opuestas, una actitud científica consecuente, que asume los límites cognoscitivos que constriñen cualquier investigación (el dualista que, al analizar la sociedad, se abstiene de usar la inducción y emplea en cambio el método deductivo), y una actitud que no asume esos límites y que cree que es posible, e incluso recomendable, manipular al conjunto de la sociedad (el monista que afirma que solo existe un método válido para analizar el orbe: el método tradicional que emplea la ciencia, el método inductivo). En la medida en que entendamos y diferenciemos estos dos comportamientos, podremos saber qué posición científica debemos adoptar. Y también podremos señalar con el dedo a los verdaderos culpables. No se trata de dar la espalda a la ciencia tradicional. No es cuestión de desprestigiar su método de análisis, ni tenemos que impedir que estos métodos participen también en el estudio de la sociedad. Muy al contrario, se trata de actuar como verdaderos científicos, conscientes de los límites que entraña cualquier nueva investigación, atentos a todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance, y sabedores del uso que les tenemos que dar.

 2. Clases de información

En el sentido más lato y objetivo del término, podemos definir la información como aquel conjunto de datos que fluye entre dos puntos cualesquiera y que hace referencia a fenómenos que acontecen en el mundo. A medida que esos datos son organizados, procesados y utilizados por el hombre, adquieren un interés mayor para éste y pasan a llamarse conocimiento. Los datos dejan entonces de tener un carácter neutral y empiezan a constituir teorías comprensivas, con fuertes vinculaciones prácticas. Para que esas teorías sean efectivas deben describir la realidad de forma precisa; los datos elaborados de esta manera tienen que reflejar sucesos reales.

Ahora bien, como ya hemos visto en el epígrafe anterior, la realidad está compuesta por dos tipos distintos de información: simple y compleja. Los datos que obtenemos del mundo describen la posición de la materia en el espacio y en el tiempo. Esas posiciones permiten identificar elementos reales. Pero la dificultad no siempre es la misma. Los elementos que investigamos pueden presentarse en número bajo, o pueden combinarse de mil maneras y construir grandes conjuntos. Esta doble alternativa exige también una diferencia de trato. Para que los datos se vayan convirtiendo en conocimiento, adquieran una dimensión intelectual, y sean válidos y útiles para nosotros, necesitamos manejarlos y ordenarlos correctamente. Sin embargo, el ser humano es un ente limitado, no tiene el don de la ubicuidad, y tampoco le ha sido concedida la capacidad omnicomprensiva. Debe darse cuenta de que solo puede manipular un número determinado de datos. De hecho, es imposible que un ser finito pueda usar una cantidad ilimitada de información. Esto nos deja dos posibilidades. Podemos emplear nuestras capacidades reales, y manejar una cantidad asequible de datos (finita), o podemos abstenernos de investigar y aceptar que el conocimiento que queremos conseguir supera con mucho nuestras capacidades reales. En el primer caso podremos llegar a acumular cierta cantidad de información. En el segundo, estaremos asumiendo algunas limitaciones y evitaremos de ese modo hacer juicios que con toda seguridad acabarían siendo falsos. Y en cualquiera de los dos casos, habremos percibido una situación real.

Pero la cuestión que se nos plantea entonces es la siguiente: ¿realmente tenemos que renunciar a conocer el funcionamiento de los sistemas complejos (imponderables), o existe alguna otra vía a través de la cual podemos acceder a esa información y valernos de ella para extraer alguna enseñanza útil? Este es un problema de vital importancia. Las sociedades que constituyen los humanos, y de las cuales es preciso saber el mayor número de cosas, son precisamente sistemas de este tipo: imponderables. El monista metodológico asegura que no existe ninguna vía alternativa. No obstante, no por ello renuncia a conocer esos sistemas. Cegado por una especie de celo profesional, llega a creer que la vía empírica le proporciona las herramientas que necesita para conocer esos sistemas complejos. Esto le lleva a ejercer una soberbia infinita, que la mayoría de las veces desemboca en grandes errores de cálculo. En cambio, la actitud del dualista metodológico es muy distinta. Según él, los sistemas complejos no se prestan a un análisis detallado, pero sí se pueden conocer de otro modo (mediante un segundo método). Se puede partir de ciertos principios generales, e ir derivando después toda una serie de conclusiones lógicas, las cuales en este caso sí ofrecerán una información real y valiosa. Este segundo método es el método deductivo.

Para comprender en profundidad esta segunda alternativa, debemos examinar primero la naturaleza esencial de la información. Este análisis es un requisito importantísimo. Si conocemos las cualidades básicas de la información que pretendemos manejar, seremos capaces de saber también el uso que tenemos que hacer de la misma, es decir, sabremos cómo podemos obtener un conocimiento más verdadero. Y también podremos saber qué usos están abocados al fracaso, y qué razones se pueden alegar para aducir que los monistas y los racionalistas extremos se equivocan cuando afirman que solo existe un método de investigación. En el fondo, todo se debe al carácter inaccesible que suele tener esa información.

La sociedad humana es un sistema compuesto por millones de personas. La información que opera en esos sistemas está determinada por las acciones y las circunstancias que rodean a esos individuos. Esta información tiene siempre un alto carácter privativo. Es un conocimiento que pertenece solo al sujeto y que se adquiere únicamente a través de la práctica, a lo largo de decenas de años, y en contextos irrepetibles que solo el individuo habrá podido experimentar. Por tanto, no es una información susceptible de ser analizada y manejada por observadores externos. Nadie puede aprehender un conocimiento que solo se adquiere con el paso de los años, a través de una experiencia puramente individual, y en un proceso intersubjetivo en el que participan millones de seres distintos.

En primer lugar, hay que considerar la enorme complejidad que presenta un único individuo. El cerebro es el órgano más desconocido de todos. Ni siquiera aislando a las personas podríamos decir algo sobre ellas que permitiera predecir su comportamiento de un modo más exacto.

Además, el conocimiento social no se localiza en un punto concreto; no pertenece a un único individuo. Muy al contrario, aparece completamente disperso. Como dice el profesor Jesús Huerta de Soto: «cada hombre-actor posee tan solo, como si dijéramos, átomos o bits de la información que se genera y transmite globalmente a nivel social». Hay que tener en cuenta que no estamos analizando a un individuo aislado, sino a millones de ellos interactuando constantemente dentro de una red prácticamente infinita. Por tanto, a esa incapacidad del observador para adquirir el conocimiento de un único individuo hay que sumarle la que resulta al intentar observar a un número enésimo de ellos, y la que existe también cuando intentamos describir las interacciones sociales que se generan entre esos mismos sujetos todos los días de su vida. Solo esto, da fe de un conocimiento inimaginable para la mente humana: es imposible manejar ni siquiera una fracción infinitesimal de esa información. Pero si esto sigue sin convencer a algunos, todavía podemos acudir a otros agregados del conocimiento que complican aún más las cosas.

Una parte considerable de ese conocimiento se presenta de forma poco explícita: es un conocimiento tácito (según Huerta de Soto, es un conocimiento no articulable). Esto quiere decir que no es un conocimiento consciente. Ni siquiera los individuos, en calidad de sujetos, saben explicar cómo manejan toda la información que se encuentra a su disposición. Ni siquiera el sujeto que actúa puede decir por qué hace lo que hace. ¿Han pensado alguna vez sobre la causa que hace que no necesiten saber qué pierna deben usar primero cuando suben unas escaleras? La mayor parte de nuestros actos los llevamos a cabo de manera inconsciente. Gran parte de la información que procesamos utiliza el sistema límbico y el bulbo raquídeo. El hombre tiene, como si dijéramos, tres cerebros independientes. Un cerebro reptiliano que regula las funciones vegetativas. Un cerebro mamífero situado sobre el primero y encargado de las emociones y los recuerdos afectivos. Y por último un cerebro de primate, que rodea a los dos anteriores y que está compuesto por una corteza llena de circunvoluciones y protuberancias. Pues bien, solo en esta última parte, en el tejido nervioso que cubre la superficie de los hemisferios cerebrales, es donde ocurre la percepción consciente, y donde surgen la imaginación, los juicios y las decisiones deliberadas. Solo en esa delgada capa de unos pocos milímetros de grosor es donde se ubica el pensamiento lúcido. Las otras dos, mas grandes y primitivas, representan el inconsciente y están llenas de información tácita, que ni siquiera se encuentra al alcance del sujeto que la posee.

Hasta aquí, hemos hablado de la dimensión estática del conocimiento. Es decir, hemos descrito la estructura y la composición del objeto que tratamos de analizar. Con ello, hemos comprobado que la sociedad es un sistema compuesto por millones de individuos, y que cada uno de esos individuos guarda en su interior un mecanismo sumamente complejo, y maneja una información particular no articulable. Por si sola, esta visión debería convencernos de la dificultad que entraña toda esa información, y de lo complicado que es obtener algún conocimiento comprensible. Pero esto nunca ha detenido al empirista. El empirista no solo afirma que puede alcanzar ese grado de conocimiento, sino que además dice que lo puede lograr usando las mismas herramientas que emplea en sus investigaciones de laboratorio (es un monista metodológico). Parece increíble que alguien pueda pensar que es posible analizar la sociedad de esta manera, compilando datos y elaborando curvas y diagramas, como si los seres humanos pudiéramos ser reducidos a unos cuantos números.

Pero la historia no acaba aquí. Las cosas no dejan de complicarse para el empirista radical. Aparte de esta dimensión estática del conocimiento que acabamos de ver, existiría también una dimensión dinámica. Esta segunda dimensión hace que las intenciones de los monistas parezcan aun más inverosímiles. El conocimiento social tiene un carácter eminentemente creativo. Como muy bien refleja el profesor Jesús Huerta de Soto en su libro Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, los actos de empresarialidad están creando información continuamente de la nada, y los agentes económicos aprenden constantemente que esos cambios suponen nuevas oportunidades de beneficio. Esas oportunidades de ganancia desaparecen y no pueden ser aprovechadas por otros. Pero al mismo tiempo surgen otras nuevas. Los actos empresariales descubren, coordinan y eliminan desajustes. Y este proceso empresarial de coordinación social jamás se detiene ni se agota. Cualquier modificación da lugar a la aparición sin límites de nuevos desajustes que suponen nuevas oportunidades de ganancia empresarial, y así sucesivamente, en un proceso dinámico que nunca termina y que constantemente hace avanzar a la civilización.

La conclusión a la que llega Huerta de Soto en su libro es que la función empresarial, y en general la acción humana (individual y subjetiva), constituye el factor que determina y posibilita la vida en sociedad y el desarrollo progresivo de la humanidad, al crear continuamente nuevos objetivos y nuevos conocimientos, que se extienden en oleadas sucesivas a través de toda la población. La función empresarial es la fuerza que cohesiona la sociedad y que la empuja hacia adelante. Huerta de Soto nos ofrece una imagen muy sugestiva de este proceso: “el proceso empresarial da lugar por tanto a una especie de continuo Big Bang social que permite el crecimiento sin límite del conocimiento”.

La acción humana individual es lo que hace posible la vida, es lo que hace que ésta se llene de matices y de elementos. Es lo que impulsa a los hombres a juntarse y a compartir o intercambiar los bienes que producen de forma independiente. Todo lo que vaya en contra de esta acción dinamizadora y espontánea de la sociedad estará también impidiendo el progreso y el bienestar social. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de esto. Las concepciones estáticas contravienen e impiden la evolución. No es éste un razonamiento que requiera demasiada reflexión. El efecto paralizante que provocan los positivistas y los racionalistas cuando intentan obtener imágenes fijas, sometiendo a los ciudadanos a un continuo muestreo, como si pudieran hacer inclusiones de parafina con ellos, o las visiones constructivistas de los políticos, que manipulan a las personas para promover el denominado “bien común”, como si las necesidades de los ciudadanos fueran siempre las mismas, o los análisis de los economistas que utilizan modelos de equilibrio perfecto, como si el escenario que estuvieran observando, donde transcurren las vidas de las personas, fuera un ámbito de impecable simetría y estabilidad, son todas ellas actuaciones que avalan una concepción estática de la sociedad. No hay que asombrarse de que esas acciones acaben provocando también que la sociedad se paralice y se anquilose. Todas ellas parten de la premisa de que la sociedad es de por sí un ente estancado. Al suponer esto, van en contra de la realidad más elemental, de aquello que hace que la vida sea como es, un proceso diverso, de continuos cambios y mutaciones. Como dice el propio Huerta de Soto casi al final de su exposición sobre la humanidad: “Podríamos definir sociedad como un proceso (es decir, una estructura dinámica) de tipo espontáneo… muy complejo… de interacciones humanas… movidas todas ellas por la fuerza de la función empresarial… haciendo posible la vida en común”.

La sociedad es una estructura compuesta por millones de individuos. La información que manejan esos seres solo la conocen ellos, y muchas veces ni siquiera la conocen. Además, toda esa información está cambiando continuamente de una forma que nadie puede prever. Todo esto impide que podamos conocer los procesos que operan dentro de esos sistemas, y también hace inviable cualquier método inductivo que podamos imaginar. La inducción científica solo es efectiva cuando se pueden aislar y conocer todas las variables. Pero la sociedad no se presta a este tipo de manejos. En cambio, el método deductivo que avala el dualista metodológico no exige ese grado de detalle. El dualismo metodológico, admite una segunda vía de conocimiento, y al hacer esto pone en nuestras manos una herramienta cuyo uso no exige de ninguna demostración, lo que nos permite esquivar los problemas que aparecen cuando analizamos sistemas complejos. Gracias a la deducción, obtenemos una información que de otra manera quedaría totalmente desconocida. Podemos aprender algunas cosas importantes sobre el mecanismo que hace que los sistemas complejos funcionen del modo que lo hacen. El método deductivo aporta un conocimiento fundamental, que se asienta en principios ineludibles llenos de significado. A su vez, también nos previene de aquellas actitudes arrogantes que comprometen siempre el funcionamiento de esos sistemas.

En definitiva, el dualismo metodológico y el método deductivo instan al hombre a comportarse de forma más razonable. El hombre actúa con más sensatez, ya que es consciente de sus verdaderas capacidades. El dualismo también impulsa un comportamiento más racional. El hombre reconoce mucho mejor la realidad, que siempre suele estar llena de matices y complicaciones. Finalmente, también impulsa un comportamiento más ético. Si el hombre conoce la realidad del mundo, y sabe cómo funciona y cómo progresa la sociedad, estará en disposición de mejorar la vida de las personas mucho más que si no tiene esos conocimientos. Podrá aumentar su felicidad y mejorar su existencia. El dualismo metodológico se manifiesta de muchas formas. Pero quizás la más importante de todas sea esa que se expresa a través de la deontología política, cuando se tratan las normas morales que regulan las relaciones entre las personas e incrementan su bienestar. En el próximo epígrafe abordaré el análisis de estas cuestiones.

 3. La ética de la investigación

El dualismo metodológico es un concepto muy controvertido. Engloba todas las acciones encaminadas a conocer, tanto las que discurren por la vía inductiva como las que lo hacen por la vía deductiva. En muchos casos, esta dicotomía ha avivado arduas polémicas. Los filósofos y los pensadores deben escoger el camino más corto hacia la verdad. Y la mayoría de las veces no se ponen de acuerdo. Muchos creen que la única vía segura es la vía inductiva. Algunos reivindican también la vía deductiva. Y los hay que creen que no existe ningún camino fiable. No debe extrañar, por tanto, que este concepto constituya el centro focal de muchas de las polémicas que han atizado el debate intelectual a lo largo de la historia.

De todas las corrientes de pensamiento que existen, la única que ha adoptado el dualismo metodológico como emblema de su lucha es la Escuela Austriaca de Economía. Esta escuela solo es reconocible si se asocia con este concepto. Uno de sus principales representantes, Ludwig von Mises, afirmaba al respecto lo siguiente: “El hombre no sabe cómo el universo y todo lo que contiene podría aparecer a una inteligencia sobrehumana. Una mente así tal vez podría elaborar una interpretación monista coherente y completa de todos los fenómenos. Al menos hasta ahora el hombre ha fracasado en su intento de llenar el abismo que él va abriendo entre el espíritu y la materia, entre el jinete y el caballo, entre el albañil y la piedra. Sería absurdo interpretar este fracaso como prueba suficiente de la corrección de una filosofía dualista. Todo lo que podemos inferir de este fracaso es que la ciencia –al menos por ahora- debe adoptar un método dualista, menos como una explicación filosófica que como una estrategia metodológica.”.

Mises interpreta correctamente las causas que le llevan a adoptar el dualismo metodológico como herramienta de trabajo: el hombre no es omnicomprensivo y por tanto no puede conocer la realidad usando solo la inducción y la experiencia empírica. Más adelante, Mises explica las razones que permitirían asegurar que esa vía deductiva es un camino alternativo perfectamente válido. Además, Mises afirma que la ciencia debe adoptar el dualismo, menos como una explicación filosófica que como una estrategia metodológica. Esta aclaración es sumamente importante. Toda la discusión debe girar en torno a los métodos empleados. El dualismo metodológico no afirma que existen dos realidades distintas, lo que dice es que existen dos métodos para conocer la realidad. Por comparación, el monismo no se opone a ese dualismo diciendo que existe una única realidad, sino afirmando que existe solo un método para conocer la verdad. Conviene que hagamos esta aclaración. De lo contrario, estaríamos dando pie a todos aquellos pensadores que critican el dualismo porque dicen que acarrea un conocimiento ambiguo y contradictorio. El dualismo metodológico es una herramienta doble. Pero el objetivo que pretende es único. Aspira a describir la realidad del mundo de forma racional. No se incurre en ninguna contradicción si se dice que existen dos métodos de conocimiento distintos. Solo se incurre en contradicción cuando se sostiene un punto de vista que afirma una cosa y la contraria (dos realidades). Pero este no es el caso del dualismo metodológico. En ningún momento este concepto pone en duda el carácter objetivo de la realidad. Solo señala el camino correcto.

El dualismo metodológico es un instrumento básico, un fundamento de la metodología. A poco que miremos, comprobaremos la enorme influencia que ha tenido en la historia del pensamiento. En algunos casos ha llegado a determinar, no solo las obras, sino también las vidas de sus autores. Karl Popper nos ofrece un ejemplo de esto. Su vida se divide en dos periodos distintos. En la primera etapa construye su pensamiento sobre la base de conceptos que tienen que ver exclusivamente con la inducción. Pero en el último periodo empieza a reconocer la importancia que también tiene el método deductivo.

Según nos dice Gabriel Zanotti en un artículo reciente, la primera parte de la vida de Popper se puede llamar etapa científica. Durante este periodo toda su atención se centra en delimitar la verdad dentro del marco de las teorías empíricas. Estas teorías utilizan la vía inductiva, recopilan una información fragmentaria y dispersa, y tratan de reunirla en explicaciones de carácter general. Popper explica en su autobiografía el importante “episodio de 1919”. Rememora este pasaje 72 años después de que hubiera sucedido. El reciente partido comunista ruso ordena una revuelta al partido comunista vienés, en el cual el joven Popper había ingresado seis meses antes. Popper había decidido ingresar en el partido comunista a la edad de 17 años, pero enseguida se da cuenta que la consigna principal de ese partido es que las órdenes “no se discuten”. Durante el transcurso de una revuelta perecen seis de sus compañeros, episodio que el anciano Popper recordará toda su vida. La relación que el joven Popper establece entre violencia y carencia de libre crítica es inmediata. Al mismo tiempo, el mismo año, Einstein da una conferencia en Viena, cuyo final queda marcado de igual manera en la mente del joven Popper. En esa conferencia Einstein, a la vez que explica su teoría gravitatoria, también sugiere algunos experimentos que podrían refutarla. La contraposición entre el violento e intransigente partido comunista y el tolerante Einstein es clara. Y la conclusión de Popper no se hace esperar: el diálogo lleva a la paz, al progreso de nuestras ideas, al respeto del otro, a la revisión permanente de nuestros presupuestos y a la convivencia. En cambio, la carencia de crítica y la ausencia de diálogo conducen a la violencia y a la muerte. Todo esto hace que Popper se replantee las cosas y acabe entendiendo lo importante que es poder poner en duda cualquier teoría científica, e intentar refutarla desde el mismo momento que se propone. De ahí nace su concepto de falsabilidad. Todas las teorías deben poder falsarse de alguna manera, es decir, deben someterse a refutación.

En el fondo, esta nueva definición de Popper no tiene un contenido científico relevante. En realidad, el concepto de la demostración, que siempre ha instado a la ciencia, también pretende probar las nuevas teorías. Y también acaba refutando algunas ideas, en el caso de que sean falsas. No obstante, al poner el acento en la falsación, Popper incide en el carácter temporal que de hecho tienen todas las teorías científicas. Con esto, pretende denunciar esa creencia de los positivistas que interpretaba las demostraciones científicas como si fuesen soluciones perfectas.

El Popper de 1934 se concentra sobre todo en la falsabilidad empírica. Pero, como bien indica Gabriel Zanotti, a la luz del último Popper «esa falsabilidad se revela como un subgrupo de lo “criticable”: aquello que se dialoga, que se debate racionalmente, sea empíricamente falsable o no.» Según Zanotti este tema “cubre” los últimos ensayos y conferencias de Karl Popper. En la segunda etapa de su vida, Popper parece darse cuenta que la falsabilidad y la ciencia empírica tradicional no contribuyen a aclararlo todo. En un extracto de su obra tardía Popper explica muy bien esta segunda identidad:

“Entre las tradiciones que debemos considerar más importantes se cuenta la que podríamos llamar el “marco moral” (correspondiente al “marco legal” institucional) de una sociedad. Ese marco moral expresa el sentido tradicional de justicia o equidad de la sociedad, o el grado de sensibilidad moral que ha alcanzado. Es la base que hace posible lograr un compromiso justo o equitativo entre intereses antagónicos, cuando ello es necesario. No es inmutable en sí mismo, por supuesto, pero cambia de manera relativamente lenta. Nada es más peligroso que la destrucción de ese marco tradicional. (El nazismo trató conscientemente de destruirlo). Su destrucción conduce, finalmente, al cinismo y al nihilismo, es decir, al desprecio y la disolución de todos los valores humanos… Así, parece que, como preámbulo a toda acción política racional, debemos tratar primero de aclarar todo lo posible nuestros objetivos políticos últimos, por ejemplo, acerca del tipo de Estado que consideramos el mejor, y sólo después podemos empezar a determinar los medios que pueden ser más adecuados para realizar este estado o para dirigirnos lentamente hacia él, al considerarlo como el propósito de un proceso histórico que –en cierta medida- podemos influir y conducir hacia el fin elegido”

En su segunda vida, Popper se da cuenta finalmente de la existencia de algunos preámbulos y principios inalterables, que no se pueden poner en duda jamás y que por tanto debemos asumir al inicio de cualquier experiencia o experimento científico. El investigador siempre tendrá que dar por hecho que la realidad que estudia es conocible y tiene algún sentido trascendental. Sin esa asunción, no puede iniciar ninguna medición. Esta forma de conocimiento nos remite a esa otra visión de la filosofía: la vía deductiva, que parte de conceptos indemostrables (aprioris) e intenta aplicarlos luego a los casos concretos.

Vemos por tanto que la vida de Popper está marcada por dos periodos distintos, que reflejan a la perfección los dos modos epistemológicos que defiende el dualismo metodológico y la escuela austriaca de economía. El dualismo metodológico es un concepto poderosísimo, que permea la vida y la obra de diversos autores austriacos. Incluso llega a determinar la vida del propio Popper, que nunca fue muy proclive a apoyar esta idea.

Todo esto no debe extrañarnos nada. La teoría austriaca carecería de sentido si no existiese ese concepto. Los economistas austriacos basan sus ideas en principios fundamentales de carácter filosófico. Por tanto, suelen criticar a los monistas, que tienen a bien aceptar únicamente las matemáticas y las ciencias empíricas. Tomemos como ejemplo a un representante actual de la escuela austriaca: el profesor Jesús Huerta de Soto. Este autor ha sabido reflejar como nadie el carácter trascendental que tiene el axioma misiano de la acción humana. Ha ligado esa acción a la figura del empresario, a su función como intermediario social, y a su papel como instigador del cálculo económico. Con ello, ha dotado a este concepto de un carácter mucho más pragmático, ha aclarado algunos aspectos concretos del mismo, y ha volcado toda su fuerza sobre una teoría que explica de manera magistral los motivos que han llevado al desarrollo actual de la civilización occidental.

Huerta de Soto insiste en la importancia que tiene la dimensión y acción dinámica del hombre en ese contexto de progreso. Explica dicha dimensión en un artículo suyo titulado La Teoría de la Eficiencia Dinámica. Aquí hace una contextualización histórica y científica del problema, y aborda otros muchos aspectos de la teoría, dando a sus ideas una mayor trascendencia, una condición ecuménica y un cariz más general. Con ello, Huerta de Soto sigue la línea de pensamiento que adoptan otros colegas suyos, representantes también de la Escuela Austriaca de Economía. La escuela austriaca se caracteriza por su visión filosófica de la sociedad y de la vida, por su carácter multidisciplinar, y por su actitud integradora. En consecuencia, se genera entre sus allegados una curiosidad intelectual y una amplitud de miras que no tienen parangón en el mundo académico. En este sentido, Huerta de Soto no es una excepción.

El profesor Huerta de Soto comienza el artículo sobre la eficiencia dinámica como le suele gustar hacerlo, señalando el origen etimológico de los términos que se dispone a examinar. Así, nos dice que: “«eficiencia» procede etimológicamente del latín efficiensque, que a su vez, viene del verbo latino ex facio, que significa «sacar algo de»”. Huerta de Soto nos recuerda entonces que esta idea de la eficiencia se remonta a los tiempos de los griegos, donde se utilizó por primera vez para referirse a la administración de la hacienda o la casa familiar:

“en el Económico, Jenofonte, 380 años antes de Jesucristo, pone en boca de Sócrates que la economía es «un saber» que «permite a los hombres acrecentar su hacienda»; considerando que la hacienda es «lo mismo que la totalidad de las propiedades», y definiendo la propiedad como «lo provechoso para la vida de cada cual». Ahora bien, el propio Jenofonte, tras esta definición tan moderna y subjetivista de la economía, se preocupa, en los diálogos subsiguientes, de explicar cómo existen dos formas distintas de acrecentar la hacienda, equiparables en última instancia a dos dimensiones diferentes del concepto de eficiencia. Por un lado, la dimensión que podríamos calificar de «eficiencia estática» y que sería aquella que consiste en la buena gestión de los recursos disponibles (o «dados») tendente a evitar su despilfarro. Según Jenofonte, esta gestión eficiente se conseguiría, ante todo, manteniendo en buen orden las cosas de la casa, así como supervisando con todo cuidado la administración de sus bienes, vigilándolos y cuidándolos de la mejor manera posible… Pero junto a esta dimensión del concepto de eficiencia que hemos calificado de «estática», Jenofonte da entrada también a una dimensión complementaria de carácter «dinámico», que consiste en tratar de incrementar la hacienda actuando empresarialmente y comerciando con ella. Se trata, en suma, de aumentar los bienes por vía de la creatividad empresarial, es decir, del comercio y la especulación, más que evitando el despilfarro de los recursos que ya se poseen. Dos son los ejemplos de actividades concretas que Jenofonte presenta para ilustrar este quehacer basado en la creatividad empresarial. Por un lado, el comprar tierras mal cultivadas o yermas, mejorándolas y vendiéndolas después mucho más caras. Otro ejemplo de eficiencia dinámica que permite incrementar la hacienda y allegar nuevos recursos que antes no se poseían es el de aquellos comerciantes que compran trigo allí donde éste es abundante y, por tanto, barato, y lo transportan y venden mucho más caro allí donde, por existir sequía o una mala cosecha, se ha propagado la escasez y el hambre.”

La introducción histórica que hace Huerta de Soto en este artículo nos permite dimensionar el grado de la tozudez humana. Aunque el concepto de la eficiencia dinámica quedó suficientemente claro en los albores de la civilización, muchos siguen empeñados en negarlo. Con el advenimiento de la ciencia moderna, la mayoría de los investigadores y los ingenieros se olvidan de esa doble vertiente del concepto de eficiencia y adoptan en cambio una visión más limitada. Es decir, empiezan a concebir los fenómenos físicos en términos absolutos, como si fueran sistemas totalmente controlables en los que solo cabe determinar las variables que intervienen, e implementar a continuación las medidas correctoras necesarias para controlar con más precisión esos procesos. El objetivo de esos ingenieros es reducir al máximo la energía calorífica perdida en los procesos de trabajo que llevan a cabo las máquinas que emplean a tal efecto. Huerta de Soto pone como ejemplo la máquina de vapor, que adquirió gran importancia al principio de la revolución industrial (se convierte en el bien de capital más típico de la revolución): “La máquina de vapor sirve para transformar calor en movimiento y levantamiento de pesos, siendo el objetivo de todo buen ingeniero mecánico el lograr el máximo de eficiencia (estática), entendida como el máximo de movimiento con el mínimo de consumo o despilfarro de energía”.

Huerta de Soto nos recuerda entonces que este concepto de eficiencia es incompleto. Y para demostrarlo, recurre a una legitimación histórica. Utiliza la definición que daba ya el filósofo griego Jenofonte en los albores de la civilización: “junto a esta dimensión del concepto de eficiencia que hemos calificado de estática, Jenofonte da entrada también a una dimensión complementaria de carácter dinámico, que consiste en tratar de incrementar la hacienda actuando empresarialmente y comerciando con ella”.

Esta doble dimensión del concepto de eficiencia económica, que ya advirtieron algunos griegos ilustres, tiene una significación clara. Por lo pronto, presenta las mismas causas que el otro concepto que se trata aquí: el dualismo metodológico. ¿Por qué necesitamos dos métodos de investigación y dos conceptos de eficiencia? La respuesta no se hace esperar: la naturaleza que se intenta describir, sobre la que pretendemos actuar, también tiene una dimensión doble. Está compuesta de información simple (conocida) e información compleja (imposible de conocer). Esto ya lo vimos en el epígrafe anterior.

A la hora de investigar cualquier fenómeno, o de actuar en el mundo, nos enfrentamos siempre con esa doble alternativa. Podemos analizar un sistema simple, por ejemplo, un proceso controlado o una máquina creada previamente por nosotros (la máquina de vapor), o podemos intentar conocer un sistema estocástico, compuesto por un número indefinido de nódulos, y de cuya construcción no hemos sido responsables. De igual forma, podemos administrar la hacienda usando una información que ya tenemos (que viene dada), pues hemos sido nosotros los que la hemos creado, o podemos afrontar esa administración usando una información nueva y desconocida. Es decir, podemos controlar el gasto de dinero y administrar el que ya tenemos, que hemos conseguido previamente (esta dimensión estática de la economía no implica nuevas creaciones), o podemos intentar incrementar la hacienda actuando empresarialmente, y participando en un proceso comercial complejísimo, que no podemos conocer al detalle, y del que todavía no sabemos nada. En este tipo de situaciones, solo cabe esperar que los agentes, de manera espontánea y de forma individual, utilicen el conocimiento que tienen a su disposición para crear nueva información, en un proceso dinámico que se prolonga indefinidamente y que continuamente está creando nuevos fines y nuevos medios.

La observación de esa doble posibilidad, nos lleva a asumir el carácter dual de la información, y a su vez permite que comprendamos mejor la importancia que tiene el dualismo metodológico en cualquier proceso de investigación. Quienes no observan esa doble dimensión, abrazan un monismo que acaba resultándoles bastante peligroso. Este monismo parte de la idea de que todos los sistemas son controlables y reducibles (información dada, estáticos). En consecuencia, sus defensores se arrogan una capacidad inverosímil, son proclives a la coacción, y tienden a intervenir en procesos que no pueden controlar y que frecuentemente acaban alterando de forma drástica. Esto es especialmente grave si el sistema complejo que se pretende manipular es la sociedad. Huerta de Soto también demuestra en su trabajo cómo este concepto reduccionista de la eficiencia (monista) se convierte en una especie de ídolo frente al que hay que sacrificarlo todo, extendiéndose esta obsesión incluso al ámbito de la ideología política. En este sentido, el profesor Huerta de Soto refiere varios ejemplos bastante reveladores: “el representado por el matrimonio de socialistas fabianos compuesto por Sydney y Beatriz Webb que, escandalizados ante los «despilfarros» que observan en el sistema capitalista, se deciden a fundar la London School of Economics con el objetivo de impulsar la reforma del sistema económico para eliminar el despilfarro y hacerlo «eficiente». Posteriormente, los Webb no dejarían de ocultar su gran admiración por la «eficiencia» que creen observar en la Rusia soviética, hasta el punto de que Beatriz manifestó que «llegó a enamorarse del comunismo soviético». Otro autor destacado que cayó en las redes de la concepción estática de la eficiencia económica es el propio John Maynard Keynes, que en su introducción a la versión alemana de la Teoría General, publicada en 1936, indica expresamente cómo sus prescripciones de política económica «son más fácilmente adaptables a las condiciones de un Estado totalitario». Keynes además alabó sin reservas el libro Soviet Communism que los Webb habían publicado en 1933.”

La progresiva implantación de la creencia monista culmina en los años 20 y 30 del siglo pasado, en los que el concepto estático de eficiencia económica se convierte –según Huerta de Soto- en el centro focal de investigación en torno al cual se desarrolla toda una nueva disciplina que termina denominándose economía del bienestar. Así, Huerta de Soto prosigue diciendo: “…según el enfoque pigoviano, la eficiencia máxima del sistema económico se alcanzaría cuando se igualasen las utilidades marginales de todos los factores, para lo cual sería preciso redistribuir la renta hasta que la última unidad monetaria de cada actor le proporcionase a cada uno la misma utilidad marginal […] Según el enfoque paretiano, un sistema económico se encuentra en una situación de eficiencia si no es posible mejorar a alguien sin empeorar a otro. Este enfoque […] abrió el camino para que diversos cultivadores de la economía del bienestar (Lerner, etc.) articulasen el denominado «primer teorema de la economía del bienestar», según el cual el sistema de competencia perfecta consigue una asignación eficiente en sentido paretiano”.

La competencia perfecta solo se lograría si todos los agentes económicos se encontrasen en igualdad de condiciones. Pero este supuesto es completamente irreal. De ahí que la visión estática de la economía implique siempre una intervención masiva y nefasta (una manipulación errónea de la economía y la sociedad, como si se tratase de un sistema de información conocida). En la naturaleza, los individuos y las empresas son siempre entidades diferentes (con distintos gustos y habilidades). Por tanto, si pretendemos igualarlos y equipararlos, no nos queda otro remedio que intervenir de forma drástica al objeto de cambiar esas circunstancias naturales. Como dirían algunos periodistas de la prensa amarilla, si la noticia (o la teoría) no se adapta a la realidad, hagamos que la realidad se adapte a la noticia. Para ello solo cabe manipular esa realidad.

Siempre que tengamos una teoría irreal, estaremos obligados a imponerla por la vía de la coacción. Pero además la coacción también surge de forma natural cuando tenemos un método de investigación erróneo. Concretamente, aparece cuando obviamos el concepto de dualismo metodológico. Si creemos que solo podemos obrar a través de la inducción, incluso en aquellos casos en los que intentamos estudiar la sociedad, tenderemos a pensar que los individuos que integran esa sociedad deben servir también como cobayas de nuestras investigaciones. Y esto, obviamente, nos llevará a justificar todo tipo de intervenciones y manipulaciones.

No nos vamos a extender en más ejemplos. Para una aclaración detallada del asunto el lector debe acudir al trabajo académico que ha realizado el profesor Jesús Huerta de Soto a este respecto. Lo que me interesa que quede claro ahora es esa doble visión que permea todas las disciplinas y empresas que acomete el ser humano. Si hemos de distinguir dos tipos de eficiencia, estática y dinámica, es sencilla y llanamente porque el mundo está conformado por dos tipos de información, la de los sistemas simples y la de los sistemas complejos. A su vez esto obliga al investigador a considerar una metodología también doble, que queda de manifiesto únicamente cuando se acepta el concepto gnoseológico de dualismo metodológico.

Cuando intentamos describir el mundo o actuar en él, nos enfrentamos siempre con dos tipos de problemas. Los objetos que tratamos de analizar pueden ser objetos simples fáciles de manipular, o pueden ser objetos complejos y abstrusos compuestos por millones de elementos. La función del empirista consiste en reducir al máximo el número de componentes. En su laboratorio prepara experimentos en condiciones controladas, utiliza muestras extraídas de un conjunto, y sacrifica cobayas preparadas a tal fin. Esta es la forma que tienen los científicos experimentales de determinar todos los factores que participan en el proceso que tratan de demostrar. Manipulan los datos diligentemente, y luego extraen conclusiones generales en forma de teorías.

Igualmente, los ingenieros maniobran máquinas que ha sido diseñada o construidas por ellos, conocen el aparato al dedillo, saben exactamente donde está cada pieza, y qué papel desempeña en el conjunto del engranaje. Utilizan una información que está dada de antemano, ya que son ellos los que la han elaborado.

Y lo mismo podemos decir de aquellos hombres que tienen una cantidad de dinero determinada y que lo único que pretenden es gastarla. En todos estos procesos la información está dada de antemano. El científico se ha encargado de reducir al máximo los factores que intervienen en el proceso natural. El ingeniero ha construido una máquina paso por paso. Y el administrador de la hacienda utiliza un dinero que ha ganado previamente y que representa, en cualquier caso, una cantidad fija.

No obstante, estas condiciones idóneas dejan de existir en el momento en el que el investigador sale de su laboratorio, o cuando el ingeniero deja de trabajar con un aparato conocido, o cuando el hacendado vende todos sus bienes y se ve obligado a conseguir más dinero. El mundo de ahí afuera está compuesto generalmente por sistemas de gran complejidad. Un ingeniero que repara ordenadores no puede curar un cáncer. De la misma forma, cualquier administrador que quiera incrementar su renta deberá someterse a las reglas del mercado y enfrentarse con la incertidumbre que supone esa operación. En estos casos es absurdo pretender conocer todas las variables que participan en esos procesos, e intentar manipularlas de forma conjunta. La información nunca viene dada; debemos descubrirla y crearla nosotros. Y también debemos modificar nuestra actitud científica.

En vez de intentar analizar datos concretos, podemos considerar la otra posibilidad, la que nos brinda la vía deductiva. Podemos partir de un principio general innegable, y deducir a continuación unas consecuencias lógicas. No podemos prever qué actuaciones concretas nos van a permitir alcanzar antes los objetivos y los fines que buscamos. Pero si sabemos una cosa. Sabemos que todos actuamos buscando algún fin concreto, de manera independiente, y usando la escasa información de que disponemos. Podemos utilizar este principio para comprender mejor la realidad social.

De este modo, entendemos que los sistemas complejos funcionan siempre de manera espontánea, mucho mejor de lo que funcionarían si interfiriéramos los hombres en ellos. Esto no es extraño. El mundo viene existiendo desde mucho antes de que surgiera nuestra especie, y la naturaleza se las ha apañado muy bien sin nosotros. De hecho, nosotros somos uno de sus últimos productos, fruto de ese proceso natural y de esas leyes generales que rigen el mundo.

El principio misiano de la acción humana, así como todas las teorías que ponen el acento en la acción de los individuos, en su carácter independiente, y en la eficiencia dinámica que resulta de esas acciones, no hacen sino apelar a esos órdenes naturales, sempiternos, generales y espontáneos. La sociedad está compuesta por millones de elementos. Cada elemento participa en esa sociedad de manera diferente, con una información subjetiva, tácita, dinámica, individual. Estas acciones acaban produciendo un orden interno y espontáneo, que no es posible manipular desde fuera. Lo que viene a decir el principio de la acción humana es que se debe dejar que los agentes actúen por su cuenta y riesgo; se debe permitir la acción humana individual.

La eficiencia del sistema depende de un montón de variables imposibles de controlar. Pero esto no impide que esos sistemas sigan funcionando. La naturaleza siempre ha buscado la eficacia de forma espontánea. Toda la vida evoluciona a través de estos órdenes espontáneos. Y la economía no es una excepción. Como dice Murray Rothbard: «Solo el comercio libre, merced a la armonía de los beneficios recíprocos, promueve el interés y la felicidad de todos a través de la prosecución que cada uno hace de su propio provecho e interés privado personal».

Debemos dejar que esos sistemas actúen de manera natural (es decir, debemos permitir que actúen los individuos, sin interferencias de ningún tipo, espontáneamente). No somos sus creadores, y tampoco conocemos sus detalles. En la medida en que comprendamos esto podremos contribuir a que sigan funcionando.

Sin embargo, existen muchas personas que actúan como si realmente hubieran sido ellos los constructores de toda la naturaleza, como si tuvieran una máquina de vapor en sus manos. La sociedad es fruto de un proceso que ha durado millones de años. Solo en los últimos siglos el hombre ha empezado a fabricar algunas herramientas por su cuenta. Pero los positivistas y los racionalistas, y en última instancia todos los políticos y socialistas, asumen un rol que les viene demasiado grande. Pretenden dirigir la sociedad entera. Desconocen algo que todos deberíamos saber: la sociedad es un sistema altamente complejo, imposible de controlar.

Como venimos diciendo en este trabajo, la información se puede presentar de dos maneras distintas, fáciles de reconocer: en forma simple, o en forma compleja. Por eso, los métodos de investigación deben distinguir también dos acercamientos diferentes. Y por eso es fundamental asumir una aptitud racional consistente en aceptar el dualismo metodológico. Sobre todo, es necesario incidir en esta división gnoseológica porque muchas personas en todo el mundo no la tienen en cuenta, y actúan como si toda la naturaleza pudiera ser observada bajo el mismo microscopio. Esto es muy grave. Cuando se intenta manipular un sistema complejo sin conocer sus variables, se termina por desajustarlo y destruirlo. Si el sistema que tratamos de analizar es la sociedad, se acaba con el orden que permite que todos los hombres vivan y prosperen de manera conjunta. Un error sistemático, la inobservancia del dualismo metodológico y la negativa a aceptar el método deductivo y el principio que se deriva de él, acarrea consecuencias nefastas que afectan a la vida de todas las personas. La ética social y el bienestar humano acaban desapareciendo.

No es extraño que el profesor Jesús Huerta de Soto, al finalizar el análisis que hace de la eficiencia dinámica, ponga el acento en la dimensión ética que tiene dicho concepto. La eficiencia dinámica está directamente relacionada con el propósito de la ética.

La ética es la parte de la filosofía que trata las normas morales que rigen la conducta del hombre y que le imponen unas obligaciones y unos valores determinados. Esas normas morales tratan del bien en general; de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia. A su vez, el bien es lo que resulta favorable y conveniente. Es evidente que al hombre le conviene la prosperidad, el progreso, y el incremento de sus capacidades y sus posibilidades. El cambio social es lo único que permite elegir entre un hecho inconveniente y otro conveniente. La eficiencia dinámica es un concepto que implica movimiento. Por el contrario, la eficiencia estática significa fijeza y estancamiento. Por tanto, huelga decir cuál de los dos conceptos estará más relacionado con el aspecto evolutivo de la sociedad. Independientemente de la dirección que decidamos tomar, es claro que debemos tomar alguna. Y es evidente que la moral tendrá que ver más con todo aquello que le conviene conseguir al hombre, y por tanto solo podrá arraigar en aquellos contextos en los que se produzca algún cambio evolutivo. Desde este punto de vista, el monismo metodológico queda completamente desacreditado. La visión estática del mundo ni siquiera permite el progreso del mismo. Cuando se adopta una visión estática, desaparecen también las reglas encaminadas a conseguir algún objetivo concreto, y también todas aquellas normas éticas que aspiran a mejorar la sociedad. El déspota querrá que el mundo permanezca parado, adorándole permanentemente a él. El monismo y todas sus derivaciones ideológicas, el fisicalismo, el positivismo, el enfoque paretiano, etc…, carecen por completo de sentido moral. No invitan al movimiento, y por tanto tampoco pueden albergar ningún progreso, ninguna motivación personal, ninguna libertad individual, ni ningún mejoramiento.

Pero además, como conducen al hombre hacia unas prácticas ingenieriles indebidas, también constituyen doctrinas profundamente inmorales. Con ellas, el hombre se arroga una capacidad inverosímil y unas posibilidades imaginarias, y actúa como si dijéramos a ciegas. El tirano interpreta la sociedad de un modo erróneo, y juega con ella como un niño pequeño lo hace con el reloj de su padre. El reloj termina por estropearse. Igualmente pasa con la sociedad, que acaba deteriorándose como consecuencia de las medidas que impone el dictador.

Según nos dice el profesor Huerta de Soto: “El paradigma de la teoría económica neoclásica hasta ahora dominante se basaba en considerar que la información es algo objetivo y se encuentra dada (bien en términos ciertos o probabilísticos), por lo que se consideraba, por un lado, que es posible efectuar análisis de costes y beneficios sobre la misma, y por otro, que, como ya se ha indicado, las consideraciones de maximización de la utilidad son totalmente independientes de los aspectos morales, por los que unos y otras pueden combinarse en diferentes proporciones. Además, la concepción estática hasta ahora dominante llevó casi de forma inexorable a concluir que, en cierto sentido, los recursos están dados y son conocidos, por lo que el problema económico de su distribución se consideró distinto e independiente del que plantea la producción de los mismos. En efecto, si los recursos están dados, posee excepcional relevancia el analizar cómo deberán distribuirse entre los diferentes seres humanos, tanto los medios de producción disponibles como el resultado final de los diferentes procesos productivos”

Cuando se obvia deliberadamente la parte de la producción, se comete seguramente el error más grave de todos. Todo el desarrollo social y el bienestar de la población dependen de la producción de bienes y servicios. El progreso no es otra cosa que la consecución de ciertos bienes. Sin embargo, la concepción estática de eficiencia omite todas estas necesidades, e impide que nos demos cuenta de ellas. Cualquier logro implica un recorrido, una evolución, o una producción. En cambio, la visión estática interpreta la realidad de un modo muy distinto: como una especie de parusía maravillosa, un paraíso socialista donde todo está dado de antemano y donde solo es necesario distribuirlo correctamente, para beneficio de todos. En este mundo idílico, todo se supone y se conoce, y siempre surge algún dictador que afirma ser el guardián de esas verdades.

La visión contraria, la de la eficiencia dinámica y el dualismo metodológico, distingue dos tipos de información: simple y compleja. Al hacer esto, asume también cierto desconocimiento, y acepta la dinámica intrínseca que opera en los sistemas complejos. Esa aceptación conlleva una renuncia: no se puede usar la vía inductiva. El experimento solo es posible cuando podemos controlar el sistema. En consecuencia, lo que debemos hacer es utilizar un camino alternativo: la vía deductiva. Como no podemos indagar buscando todos los detalles que conforman la realidad, deberemos proceder de forma inversa, planteando una serie de principios de naturaleza incuestionable, que no requieran ningún tipo de demostración, pero que permitan deducir todas las implicaciones lógicas que se deriven de ellos. Esta forma de conocimiento no es solo una herramienta gnoseológica de incalculable valor, sino que también constituye la base de una ética y una moral auténticas. Si conocemos cómo funciona el mundo, y si entendemos además cómo evolucionan los sistemas complejos, podremos ofrecer una interpretación de la sociedad más acorde con la realidad, y contribuiremos a que ésta no deje de funcionar y de progresar. Ha sido el orden natural el que ha dado lugar a todo lo que vemos a nuestro alrededor, y seguirá siendo éste el que permita continuar ese camino de mejora. El dualismo metodológico nos ofrece un conocimiento más completo y profundo. Desde un punto de vista puramente intelectual, es un pensamiento más honesto. Los fundamentos apriorísticos constituyen realidades absolutas. Solo podemos mejorar el mundo si sabemos cómo funciona en realidad. Y solo sabremos cómo funciona si podemos describir sus elementos más básicos. Pero describirlos no significa manejarlos, solo debemos entenderlos. Es evidente que la ética debe mucho a la gnoseología, y que ambas tienen bastantes cosas que decirse.

El dualismo metodológico provee al hombre de una prudencia y una honestidad intelectual mucho mayores. Conviene saber que no siempre podemos manipular la naturaleza del modo que nos gustaría. El hecho de que la naturaleza esté llena de sistemas complejos, obliga a usar una herramienta doble, y nos hace entender que la eficiencia y la mejora de esos sistemas no pueden basarse únicamente en una manipulación deliberada. Al contrario, el orden se genera espontáneamente si dejamos que actúen las partes que integran dichos sistemas. La ética de la libertad, el dualismo metodológico, y la eficiencia dinámica tienen en el fondo la misma raíz. En este sentido, no hay nadie mejor que Rothbard para mostrarnos esas sinergias. Huerta de Soto recurre también a él en el trabajo que hace sobre la eficiencia:

“Rothbard es quizás el autor que más claramente ha expuesto la conexión que existe entre la concepción dinámica de la eficiencia económica y el ámbito de la ética. Rothbard considera imprescindible, dado el desconocimiento respecto de los fines, medios y funciones de utilidad que existen en la realidad, establecer con carácter previo el marco ético adecuado que impulse la eficiencia dinámica. Este marco está constituido por el conjunto de normas que regulan el derecho de propiedad y hacen posible el intercambio voluntario en el que los diferentes agentes económicos siempre demuestran cuáles son sus preferencias verdaderas. Para Rothbard, sólo los principios éticos pueden servir como criterio de eficiencia a la hora de tomar decisiones… La mayor parte de los posicionamientos sobre justicia distributiva y ética social que hasta ahora se han mantenido con carácter general y que han constituido el «fundamento ético» de importantes movimientos políticos y sociales (de naturaleza «socialista» o «socialdemócrata») tiene su origen o fundamento en la concepción estática de la eficiencia económica. El paradigma de la teoría económica neoclásica hasta ahora dominante se basaba en considerar que la información es algo objetivo y se encuentra dada (bien en términos ciertos o probabilísticos), por lo que se consideraba, por un lado, que es posible efectuar análisis de costes y beneficios sobre la misma, y por otro, que, como ya se ha indicado, las consideraciones de maximización de la utilidad son totalmente independientes de los aspectos morales, por los que unos y otras pueden combinarse en diferentes proporciones. Y si los fines, los medios y los recursos no están «dados», sino que continuamente están creándose de la nada por parte de la acción empresarial de los seres humanos, es evidente que el problema ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente «lo existente», pasando a concebirse como la manera más conforme a la naturaleza humana de fomentar la coordinación y la creación empresarial. Por tanto, en el campo de la ética social se llega a la conclusión fundamental de que la concepción del ser humano como un actor creativo y coordinador, implica aceptar con carácter axiomático el principio de que todo ser humano tiene derecho a apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial. Es decir, que la apropiación privada de los frutos de aquello que crean y descubren los empresarios es un principio de derecho natural, porque, si el actor no pudiera apropiarse de lo que crea o descubre, entonces se bloquearía su capacidad de detectar oportunidades de ganancia y desaparecería el incentivo que tiene para llevar a cabo sus acciones. Además, el principio expuesto es universal en el sentido de que puede ser aplicado a todos los seres humanos en todas las circunstancias de tiempo y lugar concebibles.”

En definitiva, la solución a todos los problemas sociales que son susceptibles de alguna mejora pasa por asumir los límites intelectuales que determinan cualquier investigación científica. Debemos ser conscientes de las herramientas que tenemos a nuestro alcance y de lo que podemos hacer con ellas. El concepto de dualismo metodológico nos permite alcanzar este propósito. Nos da la clave para entender todos los caminos que podemos emprender, y en qué circunstancias debemos recorrerlos. Y en último lugar, permite entender también el funcionamiento general de la sociedad humana, y nos habilita a su vez para comprender las medidas que pueden ayudar a mejorarla. La ética de la investigación es la antesala de la ética social y es también el requisito intelectual más importante que existe a la hora de aplicar una deontología política correcta, que abarque todos aquellos asuntos que afectan al ciudadano y que tienen que ver con las condiciones más generales (las que se refieren a la libertad individual y el orden espontáneo de toda la sociedad).

No obstante, tras analizar el método gnoseológico más conveniente, el siguiente paso debe llevarnos a describir en profundidad los principios que se obtienen con ese método. La segunda parte de este trabajo no tiene otro propósito que ese. Pretende abordar los aspectos más esenciales de la realidad, y aspira a darles también una fundamentación metodológica y un corolario ético adecuado. Una vez que hemos dejado sentadas las bases gnoseológicas, lo siguiente que haremos será abordar el aspecto metafísico, es decir, describiremos aquellos principios fundamentales, de carácter indudable, que se obtienen utilizando el método deductivo que hemos establecido con antelación. A la postre, ese suministro de ideas nos permitirá entender mejor cómo funcionan los sistemas complejos, y también cómo se desarrolla y evoluciona la sociedad humana.


II. Los fundamentos teleológicos: Revisión del apriorismo misiano

 1. El individualismo metodológico

La Escuela Austriaca de Economía se fundamenta en dos principios metodológicos de gran trascendencia, el dualismo metodológico y el individualismo metodológico. El primero de ellos se encarga de resaltar la importancia que tiene el método deductivo en todo proceso investigativo (es una categoría gnoseológica). Este método se basa en axiomas. Los axiomas son principios evidentes, que por tanto no requieren de ninguna demostración. Por su parte, el individualismo metodológico enfatiza la importancia incuestionable que tienen todos los entes individuales (es una categoría metafísica). En consecuencia, lo que hace es describir un principio esencial, de carácter axiomático. Por tanto, el dualismo haría las veces de herramienta de búsqueda, y el individualismo sería el principio al que nos dirigimos cuando usamos correctamente ese utensilio metodológico. El concepto gnoseológico de dualismo tiene un corolario metafísico: el individualismo metodológico. Dicho corolario es el objetivo que abordaremos a continuación, en la segunda parte de este trabajo. Vamos a analizar las categorías axiomáticas que se derivan del uso del método deductivo.

Hasta ahora, he intentado ofrecer al lector una detallada descripción del concepto de dualismo metodológico. Este concepto me ha permitido diferenciar dos metodologías distintas. Sobre todo, hemos entendido cuan necesarios son esos procedimientos que ofrecen una alternativa al método que emplea habitualmente la ciencia. Esa alternativa permite realizar una descripción mejorada de la naturaleza. Es decir, permite analizar con más detalle la información que opera dentro de los sistemas complejos, lo que a su vez nos ofrece la oportunidad de entender cómo funciona ese proceso social y qué medidas podemos implementar para mejorarlo. En el ámbito de la ética, esto se traduce en una mayor libertad y satisfacción de todos los ciudadanos, y en la mejora real de la situación social que disfrutan todos los individuos. No en vano, lo que se pretende con este método es resaltar la importancia y el valor que cobran en la sociedad dichos individuos. El dualismo legitima el deduccionismo, y el deduccionismo basa sus implicaciones más importantes en el hecho individual.

Sin embargo, el método deductivo ha sido puesto en duda una y otra vez por diversos autores. Las críticas han venido sobre todo del lado de los empiristas, que no admiten otro método que no sea el que ellos utilizan. Muchos de estos investigadores aducen que el método deductivo es un método irracional. Alegan que sus presupuestos no son deducibles de los experimentos, que nadie se preocupa de ir a la realidad para demostrarlos, y que por eso jamás podrán describir fenómenos del mundo real. Además, entre aquellos que sí estarían más predispuestos a aceptar un método alternativo, los hay que también critican el racionalismo extremo que, según ellos, empobrece el discurso de sus colegas, defensores todos del método axiomático y las verdades inamovibles. Concretamente, dentro de la Escuela Austriaca de Economía, los evolucionistas hayekianos suelen mostrar bastantes reticencias a la hora de aceptar estas certezas apodícticas. Los evolucionistas piensan que una afirmación categórica siempre es un acto de fe o de arrogancia, y que como tal debe ser purgada del proceso intelectivo. Lo único que cabe hacer es sentarse a esperar, y aceptar aquellas hipótesis que la evolución acabe confirmando. Igual que hacen los cientistas, los evolucionistas hayekianos también esperan que los experimentos (en su caso, los que lleva a cabo la naturaleza) resuelvan todos los problemas sociales que van surgiendo en la vida, y, por consiguiente, tampoco dan crédito a esas aplicaciones fundamentales que, basándose en el apriorismo, se pueden acometer y utilizar con antelación. Sin embargo, todas estas críticas internas se acogen igualmente a argumentos que pueden ser refutados sin demasiada dificultad.

Los axiomas no son proposiciones infundadas. Más bien, son el resultado de un razonamiento impecable, que no admite crítica alguna. Además, concitan el conocimiento más relevante que existe. No hay verdades más fundamentales que esas. El propósito que guía mis pasos en este ensayo puede suscitar el escarnio de algunos lectores, los cuales no dudarán en decir que soy un soberbio y un engreído. Seguramente utilizarán estos apelativos u otros muy parecidos para embellecer sus réplicas y sus contravenciones. No obstante, esto no debe hacer que nos separemos del camino prefijado aquí. Ludwig von Mises y su pupilo Murray Rothbard elevaron el edificio teórico de más envergadura, y asentaron el mismo sobre principios axiomáticos irrecusables, que jamás podrán ponerse en duda sin incurrir al mismo tiempo en alguna contradicción. La escuela austriaca nunca ha ocultado su radicalismo a la hora de afirmar ciertas verdades fundamentales, una postura valiente que siempre ha suscitado una gran polémica en el campo académico. A muchos les parece una actitud inmoderada, y no dudan en calificarla de pretenciosa y radical, y en ningunear a todos los que se declaran partidarios de la misma. Por mi parte, no me preocupa que me acusen de radical. Eso es precisamente lo que quiero ser, deseo mantener una postura firme y profunda.

Mises fue uno de los fundadores más relevantes de la ciencia económica, la dotó de unas herramientas metodológicas y unas premisas inigualables. Posteriormente, analizó también todas las implicaciones que se derivaban de dichos preceptos y estableció una serie de teorías económicas, vinculadas para siempre a la premisa original, que explicaban con carácter definitivo muchos de los procesos sociales que afectan al hombre. Casi todas las relaciones en las que se ve involucrado el ser humano tienen que ver con la manufactura y el intercambio de bienes. Mises era un economista, así que se centró en este tipo de intercambios. A través de una serie de deducciones lógicas, supo explicar un gran número de conductas humanas. Las pautas de comportamiento del hombre siempre aspiran a obtener algún beneficio concreto, y siempre se apoyan y dan apoyo a las demás. En una sociedad todos buscamos permanentemente un bienestar mayor. Si no perseguimos la mejora de ciertas condiciones es porque estamos interesados en otras búsquedas. Si no buscamos, al menos siempre estamos anhelando alcanzar una situación distinta y mejor, o aspiramos a prolongar la que ya tenemos. En cualquier caso, siempre empleamos el tiempo libre que obtenemos al prescindir de un objetivo determinado para alcanzar algún otro fin que valoramos más en ese momento de nuestras vidas, o que creemos más asequible. Y en todas estas prosecuciones, siempre nos apoyamos en los demás. Vivimos en sociedad no por casualidad, sino porque esa amalgama de relaciones nos permite disponer de más recursos. Ese es el motivo que está detrás de todas nuestras acciones. Permanentemente, intentamos trabajar e intercambiar el fruto obtenido con dicho trabajo, para conseguir nuevos bienes. La economía es la ciencia que estudia todos estos fenómenos, y para algunos de nosotros es la reina de las ciencias sociales. Su objetivo es analizar el proceso económico. Este proceso no tiene parangón. Las relaciones comerciales de intercambio que se dan entre los distintos individuos, y los fines que persiguen todos ellos al emplear esas relaciones, son la causa de que vivamos en sociedad. Seguramente por eso los economistas son los únicos sociólogos a los que les impele el afán de elaborar unas premisas realmente fundamentales. Las acciones y las relaciones entre los individuos constituyen el elemento común sobre el cual pivota cualquier explicación. Como acabamos de decir, Mises dotó a estas relaciones de una base fundamental. Su teoría parte de un presupuesto innegable: la acción humana. La acción humana enfatiza la naturaleza individual de nuestro comportamiento, resalta su carácter libre y apela a las relaciones que deben darse con los demás a través del intercambio comercial. En este sentido, el individualismo metodológico es la herramienta que nos sirve para explicar la importancia de esas propiedades individuales.

Mises comienza el primer capítulo de La acción Humana definiendo el concepto que refiere en el título de su obra: “La acción humana es una conducta consciente, movilizada a voluntad, transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es una reacción consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquellas disposiciones del universo que están influyendo en la vida del sujeto”. Asimismo, al inicio del segundo capítulo, que dedica a la epistemología, Mises nos aclara el marco científico que determina el estudio de la acción: “La experiencia de que tratan las ciencias de la acción humana es siempre experiencia de fenómenos complejos. En el campo de la acción humana no es posible recurrir a ninguna experiencia de laboratorio […] No hay manera de establecer una teoría aposteriori de la conducta del hombre y de los acontecimientos sociales […] La praxeología no es una ciencia histórica, sino teórica y sistemática. Su objetivo es la acción humana como tal, con independencia de todas las circunstancias ambientales, accidentales e individuales de los actos concretos […] sus afirmaciones y proposiciones no derivan del conocimiento experimental. Como los de la lógica y la matemática son a priori […] Las relaciones lógicas fundamentales no pueden ser objeto de demostración ni de refutación.” Queda claro que, para Mises, la acción humana es un axioma inviolable, y es un hecho irrecusable, evidente, y esencial.

Todos los axiomas son proposiciones que aluden a algún hecho evidente. Es decir, son premisas verdaderas por sí mismas, que no necesitan ser demostradas, y que no es posible negarlas sin incurrir al mismo tiempo en alguna contradicción lógica. Además, también deben poner en marcha la cadena de deducciones que va a permitir inferir luego otras proposiciones secundarias, igualmente evidentes. Todos los axiomas tienen que cumplir estos dos requisitos. Si no son verdades evidentes, no pueden constituir la base fundamental de nada, y deberán ellos mismos estar basados en algo distinto. Y si esa cadena de deducciones no funciona, tendremos que introducir proposiciones auxiliares (empíricas) y ya no podremos decir que estamos utilizando el método deductivo. Tendremos que concluir que los axiomas de partida no son correctos.

El principio misiano de la acción humana cumple sin duda estos requisitos. Toda la teoría económica se deduce a partir de él. Además, la acción humana es una proposición evidente. No es necesario probar que actuamos. El propio intento de demostrarlo ya implica una acción. Por tanto, cualquier experimento que pretenda probar dicha categoría deberá asimismo presuponer aquello que intenta demostrar, y constituirá por ello un esfuerzo innecesario. Los axiomas son verdades dadas, no necesitan ser probados. Y tampoco necesitan retrotraerse a otras causas. El hombre actúa. Y actuaría igualmente si fuera un extraterrestre que habitase en otra galaxia.

Mises afirma en Los fundamentos Últimos de la Ciencia Económica que «no se anula el significado cognitivo del a priori por calificarlo de tautológico. Una tautología, ex definitione, debe ser la tautología –reafirmación- de algo dicho con anterioridad». Los críticos del a priori, normalmente aquellos científicos empíricos que solo aceptan su método de investigación (la prueba y el error permanentes), suelen decir que los principios de la filosofía son verdades tautológicas, y que la tautología es una afirmación inútil y viciosa, de la que no se puede extraer ningún conocimiento válido. Sin embargo, esta definición solo tiene en cuenta una de sus acepciones. En otra de ellas el diccionario indica claramente que la tautología es la repetición de un pensamiento expresado de distintas maneras. Esta acepción no tiene ningún sesgo peyorativo. Muy al contrario, aplicada a los axiomas, nos informa de una cualidad imprescindible. Cualquier principio incausado debe ser un principio repetitivo, es decir, debe contener dos expresiones distintas, la que lo describe y la que lo explica. Esto no es una redundancia inútil. Al contrario, es una cualidad necesaria en todo principio fundamental. Si la descripción de una proposición no conllevara también una explicación de sí misma, no sería un principio realmente fundamental. Podría ser explicado usando otras causas más profundas, y no constituiría la base última del razonamiento.

Un axioma tampoco es una afirmación exagerada, como dicen algunos críticos de la escuela austriaca (principalmente los que provienen de la rama evolucionista o hayekiana). Cuando decimos que existe una verdad universal, absoluta e incuestionable, no estamos demostrando arrogancia alguna, pues no pretendemos alcanzar un conocimiento completo de la realidad. Simplemente, afirmamos que podemos conocer de manera segura unos pocos presupuestos. Esto es distinto de decir que tenemos la verdad absoluta. No es lo mismo afirmar que lo conocemos todo que decir que conocemos con carácter absoluto algunas cualidades básicas de la naturaleza. Conviene que se entienda esto, para que no nos tachen de racionalistas extremos. Nosotros también estamos en contra de ese positivismo cientista que se arroga un conocimiento empírico de toda la realidad social. Precisamente por eso defendemos un método alternativo: la deducción, basado en principios que no necesitan acogerse a ningún proceso fáctico.

Una de las tesis que se vienen sosteniendo en este trabajo, de manera permanente, afirma que la ética debe apoyarse siempre en dos pilares básicos, en dos objetivos correlativos: la búsqueda de la verdad (la honestidad intelectual), y la consolidación de la actitud que emana de esta búsqueda (el respeto por los principios elementales, por los órdenes espontáneos de la naturaleza, por las acciones libres y voluntarias de los individuos, y por el progreso efectivo de la sociedad). Estos dos objetivos fueron considerados en su momento, cuando abordamos la gnoseología y el dualismo metodológico, y volverán a ser tratados ahora, al hablar de las cuestiones que están más relacionadas con la metafísica. Empezaré demostrando cuan verdaderos son esos principios metafísicos (la ética de la verdad). Y posteriormente, incidiré en el beneficio social que conlleva su aceptación y su aplicación (la ética de los principios). El primer propósito me llevará a estudiar una parte de la obra de Kant, concretamente sus categorías gnoseológicas. Y el segundo objetivo me permitirá analizar uno de los libros más representativos de Mises: Teoría e Historia.

2. Clases de errores

Para fundamentar la premisa misesiana sobre bases más auténticas, es necesario que la despojemos del aura kantiana que siempre la ha rodeado. Una premisa real solo tiene sentido si se refiere a la realidad (en palabras del propio Kant, sería un juicio sintético y no analítico). Una premisa no puede ser una abstracción puramente formal, o un artefacto producido por la mente del observador. Si queremos que la premisa tenga una dimensión más real tendremos que preservarla de todos aquellos que intentan demostrar su carácter imaginario.

Los relativistas son incapaces de concebir una verdad uniforme, están deseosos de que ésta tenga múltiples interpretaciones, tantas como individuos existen. Estos relativistas constituyen el principal problema de todos los que creemos que la verdad solo debe tener una cara. En esta parte del libro quiero abordar el estudio de una ética objetiva. La ética es la disciplina que trata las normas naturales o consuetudinarias que deben regir el comportamiento de los hombres. Por tanto, su adecuación a la realidad es un requisito de vital importancia.

Pero antes de tratar el carácter normativo de la ética (en el siguiente epígrafe), debemos entender que esas normas solo pueden tener sentido si se componen de reglas atinentes a la realidad. Las normas sociales por las que se rigen los hombres deben enraizar en unas leyes naturales claras y únicas, unos presupuestos lógicos y sencillos que sean fácilmente entendibles. Estos deberán limitarse a describir la realidad del mundo, alejada de cualquier interpretación subjetiva. Sin embargo, el primer error que cometen muchos exégetas de Mises es el de relacionar el apriorismo de la acción humana con las categorías imaginarias de Kant, y pensar que ambas tienen una correspondencia real. A continuación nos proponemos enmendar ese error frecuente.

Mises elaboró su teoría axiomática tomando como referencia las categorías a priori expuestas por el filósofo alemán Immanuel Kant en La Crítica de la Razón Pura. Esto es algo que reconoce incluso su discípulo más directo, Murray Rothbard: “El profesor Mises, en la tradición neo-kantiana, considera que este axioma [la acción humana] es una ley del pensamiento y por lo tanto una verdad categórica a priori a toda experiencia”.

Con todo, aunque las opiniones de Kant le sirvieran a Mises de inspiración, el abolengo kantiano ha hecho que muchos piensen que el axioma de la acción humana revela un acto introspectivo puramente intelectual, que nada puede decir acerca de la realidad exterior. Esta separación entre la mente y el mundo exterior está presente en toda la filosofía Kantiana y es la base de muchos errores y malentendidos. Desgraciadamente, estas interpretaciones también se han asociado a la obra de Mises.

La revolución copernicana que se atribuye a Kant supone que «en vez de ser nuestra facultad cognoscitiva la que se rige por la naturaleza del objeto, es este el que se rige por aquella.» En palabras del propio Kant: “el nuevo método partirá de la premisa de que solo conocemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas.” Para el filósofo alemán  la realidad no tiene una base objetiva; o si la tiene no la podemos conocer. En cambio -según nos dice Kant- sí podemos reconocer la impronta que deja nuestro pensamiento, y es esta huella la que deberá perseguir cualquier investigador si quiere andar por un camino seguro.

Kant no niega la posibilidad de descubrir verdades a priori. Sin embargo, afirma que estas son incapaces de describir la realidad. En cualquier caso, solo pueden ser principios que describan las reglas del entendimiento humano. Esta aserción constituye un alarde idealista inigualable. Lo que viene a afirmar Kant es que, incluso los principios más fundamentales de la naturaleza, aquellos que deberían pontificar sobre cuestiones de la realidad indiscutibles, deben ser considerados un mero producto de la incapacidad del sujeto y, como mucho, unas normas sobre nuestra manera de conocer el mundo. Por tanto, queda cerrada cualquier vía de acceso a una descripción ecuánime de la realidad exterior.

Para Kant, tanto la metafísica como la física, están obligadas a determinar unos objetos a priori. Pero así como la física y las matemáticas han sabido tomar otras fuentes de conocimiento distintas de la razón pura, la metafísica no ha gozado de la misma suerte. Kant nos propone algunos ejemplos que, según él, vendrían a confirmar esa estrategia correcta empleada por las ciencias naturales: “Cuando galileo hizo bajar por un plano inclinado unas bolas de un peso elegido por el mismo, o cuando Torricelli hizo que el aire sostuviera un peso que él, de antemano, había supuesto equivalente al de un determinado volumen de agua… entonces los investigadores de la naturaleza comprendieron súbitamente algo. Entendieron que la razón solo reconoce lo que ella misma produce según su bosquejo, que la razón […] tiene que obligar a la naturaleza a responder sus preguntas, pero sin dejarse conducir con andaderas, por así decirlo […] de modo que incluso la física solo debe tan provechosa revolución de su método a una idea, la de buscar en la naturaleza lo que la misma razón pone en ella, de lo cual no sabría nada por si sola”. Sin embargo, este razonamiento kantiano está asentado sobre suposiciones falsas. Sobre todo, incurre en un error metodológico grave. El hecho de que un científico tenga que manipular la naturaleza, al objeto de observar su funcionamiento, no significa que esté obligado a alterar la realidad hasta el punto de no poder comprobar nada de manera objetiva. Muy al contrario, el método de la ciencia se prevale de esas herramientas y esas manipulaciones para evitar el sesgo subjetivo implícito e todo proceso de observación. Aunque exista siempre un cierto margen de error, el investigador también considera esas desviaciones, y todos los posibles errores producidos al alterar la naturaleza del modo necesario. Además, siempre se encarga de repetir los experimentos y se asegura de que también los repitan sus colegas.

Siempre han existido corrientes de pensamiento que han defendido la idea de que es imposible conocer la realidad; incluso dudan de que esta exista realmente. Estas corrientes se han justificado alegando que no es posible realizar una observación sin adulterar la muestra. Los hechos siempre tienen que atravesar el prisma del observador -nos dicen- y es aquí cuando se altera drásticamente su condición natural. Pero esta idea solo puede llevar a adoptar un relativismo y un subjetivismo radicales, difíciles de sostener. Es cierto que cualquier objeto del mundo que se preste a ser analizado debe sufrir también un tratamiento sensible, debe ser observado por un sujeto, y su concepto solo puede ser fruto de la experiencia que obtenga dicho observador. Pero esto no quiere decir que no podamos conocer cómo es ese objeto de verdad, o que todo lo que conozcamos de él sean los cambios que nosotros provocamos al intentar estudiarlo. Esta exageración constituye el error más ominoso de toda la filosofía. Es el principio de una época de escepticismo que dura hasta nuestros días. Ha conducido a pensar que no se puede conocer nada, y que por tanto solo cabe abrazar alguna forma de relativismo. Si Kant siguiera vivo, diría que solo se pueden conocer los principios de la naturaleza si los vinculamos al entendimiento.

Para Kant la metafísica no ha tenido hasta ahora la suerte que han tenido otras disciplinas. No ha podido tomar el camino seguro de la ciencia. Y ello a pesar de ser más antigua que todas las demás. Según Kant, la metafísica tiene el problema de querer alcanzar verdades universales completamente objetivas. Por tanto, huelga decir cuál es la solución que propone el alemán. La metafísica deberá dejar de regirse por los objetos: “Intentemos pues, por una vez, si no adelantaremos mas en las tareas de la metafísica suponiendo que los objetos deben conformarse a nuestro conocimiento, cosa que concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos.”

Para Kant, los principios no serán nunca reglas de la realidad, sino reglas del entendimiento y la percepción. La nueva consigna metodológica de Kant consiste en decir que solo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas. El gran descubrimiento del alemán, su revolución copernicana, afirma que el propósito de la ciencia no es conocer la realidad tal cual es, sino conocer los fenómenos de nuestra mente, y de ahí, deducir la realidad proyectada por nosotros sobre el mundo. Esta idea kantiana es la semilla del relativismo moderno. Y al mismo tiempo parece dicha por un creyente de una época pretérita muy anterior. Algunos místicos antiguos creían que el mundo era una proyección de la mente del dios pagano que adoraban. En el caso de Kant, diríase que esa función divina la ejercen directamente los hombres. Para él, el mundo es fruto de nuestro entendimiento, nosotros somos sus grandes hacedores, lo creamos al intentar conocerlo, al plasmar nuestra impronta en los objetos que manipulamos.

En verdad, el pensamiento kantiano no hace nada por el progreso de la ciencia y el conocimiento humano. Más bien lo dificulta; dice que es imposible (que no puede ser objetivo). Evidentemente, Kant no defiende un impedimento completo. Si hubiera sido así, nadie le habría tomado en serio. Kant afirma que, aunque no sea posible conocer la realidad exterior, sí es posible conocer los a priori del entendimiento. No se comprende muy bien qué es lo que justifica ese conocimiento interior absoluto y objetivo, y al mismo tiempo impide que conozcamos la realidad foránea. En cualquier caso, lo que Kant está diciendo es que todo lo que conocemos es fruto de nuestras sensaciones y nuestras percepciones, y por tanto no es una realidad auténtica. Este mantra es viejísimo. Lo han defendido todos los irracionalistas. Los sofistas fueron los primeros que dijeron esto.

Los conceptos que presenta Kant como novedad, los juicios analíticos y sintéticos, son en realidad un añadido innecesario. Kant los introduce con la intención de justificar su teoría. Pero solo son una estratagema. En el fondo, solo existen juicios a priori y a posteriori, es decir, proposiciones indemostrables y demostrables. Los juicios analíticos y sintéticos equivalen a juicios a priori y a posteriori, en realidad son ejemplos tomados del lenguaje. Los juicios analíticos serían aquellos en los que el predicado explica lo que ya implícitamente queda explicado en el sujeto (por ejemplo, la lluvia es húmeda). Por tanto, son juicios que se explican por sí mismos, que no requieren una demostración posterior, que no requieren un predicado. Esto no es otra cosa que un juicio a priori, es decir, un juicio evidente, tautológico, axiomático. Por su parte, los juicios sintéticos sí requerirían una explicación ulterior, ya que esta no se encuentra contenida en ellos (ejemplo: la lluvia es abundante). Estos juicios son en realidad juicios a posteriori, que necesitan siempre una demostración, ya que aluden a fenómenos contingentes, que pueden ser de varias maneras, y que por tanto hay que comprobar a través de experimentos. Para saber si la lluvia es abundante debemos observarla previamente.

Ahora, veamos la estratagema que emplea Kant para llevar a cabo sus fines. Lo que intenta Kant es demostrar que los juicios a priori objetivos son en sí mismos proposiciones ilógicas (imposibles de afirmar). Kant intenta refutar la metafísica (el método deductivo, alternativo al de la ciencia). Quiere que la metafísica se parezca más a la ciencia experimental a la que tanto alaba. Para ello introduce con calzador el concepto de juicio sintético. Como hemos visto, los juicios sintéticos son en realidad ejemplos de juicios a posteriori tomados del lenguaje. Por tanto, Kant consigue ligar estos juicios sintéticos a los juicios a priori (en realidad solo le interesan los juicios sintéticos a priori, nunca nos ofreció ejemplos de juicios analíticos a priori). De esta manera, logra que los juicios a priori tengan una mayor carga subjetiva, y sean más dependientes de la experiencia (recordemos que los juicios sintéticos son a posteriori, o sea, resultan de la experiencia). Lo que Kant hace es inventarse otra palabra (juicios sintéticos) para definir los juicios a posteriori, y poder luego ligar estos con el concepto de juicio a priori, con la intención de obtener una nueva definición: los juicios sintéticos a priori. Así, pretende demostrar que el a priori también depende en último lugar de la experiencia sensitiva (del juicio sintético), y por tanto jamás puede ser un principio objetivo, y solo podrá describir un principio del entendimiento. En resumidas cuentas, esta es la artimaña que emplea Kant al objeto de justificar su teoría.

Kant secularizó el misticismo de los siglos anteriores, y en consecuencia le proporcionó una existencia mayor, un brillo moderno que le permitió seguir fascinando a los nuevos escépticos.

Según nos dice Leonard Peicoff en su artículo La dicotomía analítico-sintética, la forma de razonar de los subjetivistas y los kantianos es la siguiente: “si la negación de una proposición es inconcebible, si no existe posibilidad alguna de que algún hecho de la realidad pueda contradecirla, o sea, si la proposición representa un conocimiento cierto, entonces no representa conocimiento de la realidad. En otras palabras, si una proposición no puede ser incorrecta, entonces no puede ser correcta”. Por tanto, si los axiomas son verdades necesarias, obtenidas al margen de la experiencia, entonces no pueden explicar nada de la realidad. Si la realidad es indiscutible, entonces es falsa. Este razonamiento es una aberración intelectual inigualable. Pero además, también es tremendamente peligroso. Ofrece una apariencia de seriedad, y permite ocultar el embuste que en realidad propone. Esto ha propiciado el embelesamiento de muchos filósofos postkantianos, que han creído ver en esa nueva filosofía una forma razonable de justificar sus posturas irracionales. Otras corrientes subjetivistas niegan directamente los principios, y con ello también se niegan a sí mismas. Pero el idealismo kantiano no procede de este modo. Afirma por el contrario que los principios son elementos necesarios. Sin embargo, injerta esta necesidad en lo más profundo de la mente. Los principios no serian obligaciones de la naturaleza, sino imposiciones que nosotros requerimos para comprender el mundo. Esto le ha dado un halo de seriedad injustificado. En el fondo, es otra manera de decir que no hay forma de conocer la verdad.

A Mises también le impelía el deseo de establecer un sistema axiomático razonable. Pero al contrario que Kant no basó éste en presupuestos extraídos del entendimiento. Es posible que Mises se inspirase en el proyecto que persiguió toda su vida Kant. Pero sus axiomas no son equiparables. Mises no pretendió nunca elaborar unos principios desligados de la realidad. Nunca afirmó que el hombre no pudiera conocer el mundo de manera objetiva. El apriorismo misiano solo se parece al kantiano en las categorías que ambos aspiran a establecer. Puede que tuvieran las mismas intenciones. Los dos querían encontrar unos principios correctos. Incluso se puede aceptar que Mises se considerara a sí mismo un Kantiano. Pero por mucho que esto fuera así, el apriorismo que utiliza Mises no es el mismo que emplea Kant. Ambos intentaron establecer unas categorías a priori. No obstante, como vamos a ver más adelante, el único que lo consiguió de verdad fue Mises.

Rothbard y Hoppe han cogido el testigo de Mises y han llevado a cabo trabajos muy interesantes con el objeto de distinguir el apriorismo de Mises del de Kant. Así, en uno de sus escritos Rothbard se refiere a esto de la siguiente manera: “Mi propia posición epistemológica se apoya en Aristóteles y Santo Tomás en lugar de Kant, y por eso yo interpretaría la proposición [la acción humana] de manera diferente. Yo consideraría al axioma una ley de la realidad más que una ley del pensamiento, y por tanto “empírica” en lugar de “a priori.” Pero debe ser obvio que este tipo de “empiricismo” es tan diferente al empiricismo moderno que yo muy bien podría seguir llamándolo a priori para los propósitos presentes. Porque (1) es una ley de la realidad que no es concebiblemente falsable, y sin embargo es empírica­mente significativa y verdadera; (2) se basa en la experiencia interior universal, y no simplemente en la experiencia externa, esto es, su evidencia es reflexiva en lugar de física; y (3) es claramente a priori a eventos históricos complejos”

Por su parte, Hoppe explica en su libro La Ciencia Económica y la Metodología Austriaca, lo siguiente: “La idea de Mises sobre la praxeología está claramente influenciada por Kant. Esto no quiere decir que mises sea un simple Kantiano. De hecho mises lleva la epistemología kantiana mas allá de donde el propio Kant la dejó. Mises mejora la filosofía kantiana de una forma que hasta este mismo día ha sido completamente ignorada y poco apreciada por los filósofos kantianos ortodoxos”. Y en otra parte del mismo texto Hoppe tiene el detalle de aclararnos lo que nos intenta trasmitir más arriba: “Entendido como restringido por las categorías de la acción, el abismo aparentemente insalvable entre lo mental por una parte y el mundo real físico exterior por la otra se supera… solo a través de acciones es como la mente entra en contacto con la realidad”

Tanto Hoppe como Rothbard defienden un apriorismo que supera la imagen que seguramente tenía el propio Mises. Pero no hay duda de que el axioma de la acción hace referencia clara a la realidad. Mises nunca dudó de esto. Mises podía ser un Kantiano. Pero la idea que ofreció al mundo no era en absoluto idealista.

El apriorismo de la acción humana no es imaginario (por supuesto, no forma parte del idealismo alemán). Se refiere exclusivamente a la realidad, no a una realidad imaginada en la cabeza del observador, sino a una realidad objetiva.

Siempre es necesario que la realidad atraviese el filtro de los sentidos e impregne la mente del observador que está atento a la misma. Es lógico suponer que siempre sufrirá algún tipo de modificación. También es lógico que existan diversas interpretaciones y que la realidad no sea la misma para todos los sujetos. Igualmente, todas las acciones parten previamente de una planificación mental. Pero esto no significa que no podamos elegir aquellas interpretaciones que se ajustan más a la realidad, o que no podamos considerar ciertos algunos principios absolutos. Y la acción humana es uno de ellos. La acción no depende del observador. Es un hecho que está al margen de cualquier interpretación que hagamos. Por mucho que queramos negar la categoría de la acción nunca podemos hacerlo. La acción es un hecho inherente a la vida. Como dice Hoppe: “decir algo significativo ya presupone actuar y tener conocimiento del significado de las categorías de la acción”

Existen algunas afirmaciones que es imposible interpretar de otra manera, toda vez que no se pueden modificar sin incurrir en contradicciones absurdas. La categoría de la acción es una de ellas. Para Kant era imposible establecer un principio objetivo. Por tanto, lo único que se podía hacer era describir los principios que dirigen el entendimiento humano. Para los misianos lo que es imposible es negar una realidad evidente.

Mises fundamenta el apriorismo en una realidad indiscutible: la acción humana. Este presupuesto es irrenunciable: no cabe contemplar una existencia sin acciones. El apriorismo misiano afirma que los actos siempre son subjetivos (individuales). Pero no se debe confundir esa subjetividad con la categoría objetiva que tiene el hecho en sí. La afirmación que asegura que los actos son subjetivos tiene sin duda un carácter absolutamente general. Aunque los actos que describe son subjetivos, el hecho en sí, la propia acción, constituye una realidad apodíctica, completamente objetiva. La acción humana no es un hecho que se pueda discutir. No depende del entendimiento. El propio entendimiento es un modo de actuar.

En cambio, los fundamentos de Kant sí dependen del entendimiento. Y no aspiran a conseguir el mismo grado de objetividad. Están elaborados partiendo del supuesto de que la realidad no se puede conocer. Kant opina que es impensable saber con total objetividad algún aspecto del mundo. En consecuencia, lo único que hacemos es conocer aquello que nosotros mismos ponemos en él previamente, cuando intentamos aprehenderlo. En el caso de los a priori, Kant piensa que esta incapacidad es aún mayor, ya que para elaborar los axiomas ni siquiera nos preocupamos en observar la realidad con detalle. Por tanto, Kant concluye que la única forma de establecer categorías a priori (metafísicas), realidades elementales y autoevidentes, es fijándose en el modo que tienen los sentidos de procesar y aprehender toda la información. Kant no propone axiomas que describan algún fundamento de la realidad. Elabora verdades que describen únicamente una parcela de la misma, aquella que viene determinada por nuestros sentidos. En cambio, Mises si apela a una realidad general. La acción humana es un hecho del mundo. Todos los seres humanos actuamos, no hay forma de eludir las acciones. Toda existencia implica necesariamente una acción. La acción humana se refiere a la realidad, no a una realidad cualquiera, sino a la realidad más fundamental del ser humano, la que describe su modo particular de actuar y de medrar en el mundo. Si no existiese la acción no existiría el mundo tal y como lo conocemos, es más, no existiría ningún tipo de mundo. No es necesario viajar a otras galaxias para saber que todas las criaturas con las que podamos encontrarnos allí presentarán también algún tipo de acción. La existencia implica la acción. Por tanto, es absurdo someter la acción a verificación. Por lo mismo, también es absurdo pensar que puede existir una criatura que no actúe. Y finalmente, también resulta absurda la afirmación que haría Kant al respecto, a saber, que no podemos asegurar con total certeza y de forma objetiva que el mundo está compuesto de acciones.

Kant estaría dispuesto a aceptar la acción del entendimiento. Pero es obvio que el mundo está compuesto de acciones de muy diversa índole, que a veces no tienen nada que ver con entender las cosas.

Por tanto, queda suficientemente claro que el apriorismo misiano apela en cualquier caso a la realidad. Concretamente se refiere a una realidad absolutamente general, que compromete la existencia de todos los seres humanos. La acción humana es un hecho connatural a la existencia del hombre. Si negamos la acción tenemos que negar la existencia. Si afirmamos que no podemos conocer a ciencia cierta ningún aspecto de la realidad, tampoco podremos decir que podemos entender algunos aspectos del entendimiento (como decía Kant). Si dudamos de la existencia de algunos hechos innegables todo deja de tener sentido. Ni siquiera tiene sentido nuestra propia existencia. Si negamos la acción, nos estamos negando a nosotros mismos, por eso incurrimos continuamente en contradicciones. Si nos negamos a nosotros mismos, ni siquiera podemos afirmar que estamos dudando. Si no existiese la realidad, tampoco tendría sentido preguntarse por ella, ni cabría la posibilidad de buscar a prioris del entendimiento. La realidad y la existencia son conceptos inextricables e innegables, y de la misma manera lo es también la acción humana. La acción no es más que una manera de existir. Y todos los que ponen en duda estos conceptos no pueden dejar de incurrir en contradicciones. Para que sus opiniones fueran ciertas deberían dejar de existir, en cuyo caso ya no podrían opinar. En palabras de Ayn Rand: “Un axioma es una proposición que derrota a sus oponentes por el hecho de que ellos deben aceptarla y usarla en el proceso de intentar negarla.».  O como hizo notar el principal discípulo de Rand, Leonard Peikoff, al intentar defender a su preceptora: «no es una prueba de que los axiomas de existencia, conciencia, e identidad son verdaderos. Es una prueba de que son axiomas, de que están en la base del conocimiento y por lo tanto son ineludibles.»

El idealismo kantiano se basa principalmente en la defensa de dos negaciones. Por un lado, no cree en las pruebas fácticas que recaban los científicos. Alega que la observación siempre acaba trastocando el objeto que se está observando. Y por otro lado, tampoco da crédito a los axiomas que establece la metafísica. Cree que esos axiomas, al no acudir a la realidad para contrastarse, no pueden decir nada de ella. Con todo, al final no se sabe muy bien cómo se puede estar seguros de algo, es decir, cómo pueden los kantianos afirmar que existen aprioris del entendimiento.

Los kantianos no son conscientes de que existen algunos fenómenos indudables, y que no hace falta acudir a la realidad para demostrarlos. Pero los kantianos no son los únicos que comparten estas ideas. Los formalistas también dicen lo mismo. Existen dos formas de negar el axioma material (el axioma que se refiere a la realidad). Se puede afirmar que los axiomas solo se elaboran en la mente del sujeto y que es imposible pensar en algo que sea totalmente real y objetivo (razón kantiana). O se puede afirmar que los axiomas solo pueden tener una dimensión formal matemática, que solo son válidos si se presentan en esa forma, y que esta presentación no se corresponde con la realidad que observamos a diario en el mundo (caso de los formalistas). Lo que no entienden tampoco estos formalistas es que las matemáticas solo constituyen el lenguaje con el que nos comunicamos los científicos. La matemática es un conjunto de signos, que elaboramos para conocer y representar la realidad, y es imposible concebirla al margen de esta. Igualmente, no tiene sentido decir que la palabra casa (otro signo) carece de reflejo en el mundo real. Y tampoco cabe la posibilidad de que el cerebro elabore una imagen mental al margen del mundo exterior. Algunos formalistas aseguran que el triángulo es una representación abstracta, que no se encuentra en el mundo real. Pero les llevaría un minuto entender que esto no es así. Solo sería necesario mostrarles la cabeza de una víbora. Y si dicen que no existe el hexágono, solo sería necesario mostrarles un panal de abejas. La naturaleza está llena de formas geométricas bastante convincentes. Los triángulos existen.

Los formalistas creen que las matemáticas juegan con formas abstractas, sin conexión con la vida real. Sin embargo, lo único que hacen esas formas es describir la geometría de la naturaleza. Las matemáticas constituyen el lenguaje que nos permite describir de manera más exacta la realidad. Y los axiomas matemáticos (euclidianos) lo único que hacen es poner de manifiesto que existe una realidad fundamental a priori. Como dice Hoppe, «la acción es el empleo de un cuerpo físico en el espacio». La acción también se puede representar matemáticamente. No hay que olvidar que cualquier fórmula matemática tiene su correspondencia en el mundo real.

Ahora bien, incluso aquellos que defienden abiertamente el axioma real, a menudo ponen el acento en una propiedad subjetiva que puede llegar a provocar algunos malentendidos. Frecuentemente, cuando se defiende la lógica de los axiomas, se suele apelar a su naturaleza evidente y a su carácter no contradictorio. Aunque esto es verdad, creo que esa apelación contribuye poco a conseguir lo que se busca. Parece que uno se tiene que creer el axioma por narices. Los axiomas son evidentes. Punto y pelota. Sin embargo, si queremos demostrar que los axiomas describen hechos reales que pasan en el mundo, deberíamos insistir en explicar por qué esas proposiciones resultan tan evidentes para nosotros. Deberíamos hacer notar que el axioma se refiere a una realidad que ocurre en el mundo, que es independiente de nosotros, y que no depende de lo claro y evidente que nos resulte. Un axioma es evidente porque apela a una cualidad del mundo que es indiscutible. Esa cualidad es innegable porque es una necesidad universal. Es decir, es necesaria para que exista el mundo. Curiosamente, es Kant quien mejor explica esto: “en consecuencia, si se encuentra en primer lugar una proposición que, al ser pensada es simultáneamente necesaria, tenemos un juicio a priori. Si, además, no deriva de otra que no sea válida como proposición necesaria, entonces es una proposición absolutamente a priori. En segundo lugar la experiencia no otorga a los juicios una universalidad verdadera o estricta, sino simplemente supuesta o comparativa (inducción), de tal manera que debe decirse propiamente: de acuerdo con lo que hasta ahora hemos observado no se encuentra excepción alguna en esta o aquella regla. Por consiguiente si se piensa un juicio con suficiente universalidad, es decir, de modo que no admita ninguna posible excepción, no deriva de la experiencia sino que es válido absolutamente a priori […] Necesidad y universalidad estricta son, pues, criterios seguros de un conocimiento a priori y se hayan inseparablemente ligados entre sí”

Una afirmación universalmente válida, describe una propiedad que no requiere demostración, y que tampoco depende de nosotros (de cómo la percibamos, o de lo claro y evidente que nos resulte). Basta entender que estamos describiendo un fenómeno de la realidad indiscutible, que si no existiese tampoco existiría la realidad.

No hace falta tender ningún puente entre la mente y la realidad exterior, como intenta hacer Hoppe en sus escritos sobre epistemología, cuando explica el axioma misiano. Esta metáfora también produce una imagen fallida. Da la impresión de que los pensamientos y la realidad están separados por un abismo insondable, y que solo se pueden conectar por medio de un puente. Por el contrario, basta darse cuenta de que estamos opinando sobre un hecho de la realidad necesario, para entender al instante que tiene que ser un hecho universal y objetivo.

El axioma no está compuesto exclusivamente de reglas y conceptos matemáticos (como afirman los formalistas), y tampoco es un artefacto producido en la mente del individuo (como alegan los kantianos). El apriorismo estudia un fenómeno material, un hecho de la realidad, del cual se hacen cargo luego las matemáticas y las mentes de los sujetos. No hay que olvidar este orden cronológico. Primero existe el mundo, y después surge el hombre, su mente, sus matemáticas. El objetivo último de la razón siempre tiene que aspirar a describir la realidad del mundo que le precede. El mundo no ha sido creado a imagen y semejanza del hombre. Es el hombre el que ha sido creado en virtud de unas leyes concretas, que ya estaban ahí mucho antes de que él existiese. La realidad objetiva, el mundo exterior que nos precede y nos rodea, debe ser el único objetivo a estudiar.

El conocimiento verdadero no depende del hombre, igual que no dependen los planetas y las galaxias. Es el hombre, en su calidad de sujeto, el que se tiene que atener al orden establecido previamente por la naturaleza.

Una vez que aceptamos la realidad objetiva de los principios, el siguiente paso es aplicar ese conocimiento al objeto de mejorar nuestras vidas. Los fundamentos metodológicos, los principios universales que rigen el mundo que habitamos, son también los principios éticos que deben regir nuestros comportamientos sociales. No somos entidades ajenas a ese mundo, no estamos desgajados de él. Más bien, formamos una parte inextricable del mismo, acatamos sus reglas, y somos sin duda un objeto más en la naturaleza. La ética solo puede basarse en la ley natural. Sin una base sólida, enraizada en la naturaleza, que nos permita defender aquellos principios que rigen para todos, seremos incapaces de encontrar un ámbito de regulación donde poder fundamentar los derechos humanos. Por el contrario, si disponemos de un principio general, que describa todos los fenómenos del mundo, y del cual dependan también la libertad y el funcionamiento social y político, habremos encontrado un axioma ético irrecusable. Los economistas austriacos llaman a este principio el axioma de la acción humana. En el siguiente epígrafe daré algunas claves para entender por qué ese axioma austriaco tiene una dimensión ética tan clara, que no se puede negar.

3. La ética de la acción

Podemos definir la ética como aquella rama de la filosofía que trata el estudio de la moral y las obligaciones del hombre. La ética es un compendio de valores encaminados a encauzar el comportamiento humano en sociedad. El objetivo de este epígrafe es analizar esa definición a la luz de todas las explicaciones que se han venido vertiendo aquí en relación con los métodos y fundamentos básicos de la Escuela Austriaca de Economía.

Los métodos y los fundamentos constituyen el único punto de partida válido. El objetivo final de cualquier estudio sociológico debe aspirar a elaborar un marco deontológico que mejore la existencia de las personas. La felicidad es sin duda el mayor anhelo de todos. Todos buscamos de forma natural satisfacer nuestros intereses particulares y alcanzar una situación social mejor. Y la sensación de felicidad nos guía a través de todos esos objetivos. Pero no solo nos guía la sensación, también nos guían las normas. Estas normas nunca deben oponerse a las sensaciones de mejora que de manera subjetiva experimentamos los individuos. Cualquier marco normativo o jurídico que pretendamos implementar deberá centrarse en optimizar ese estado de ánimo natural. Ahora bien, esto no significa que tengamos que saber cuáles son los comportamientos humanos que proveen más satisfacción. Las normas éticas deben construirse sobre unos principios muy distintos. Tienen que basarse en la libertad, es decir, deben defender que la mejor forma de aumentar la felicidad es dejar que las personas se comporten del modo que quieran. En el fondo, solo ellas saben qué cosas les producen más placer. Ciertas corrientes anarquistas están convencidas de que las normas existen solo en aquellos casos en los que se desea imponer por la fuerza una doctrina determinada. Creen que detrás de cualquier norma existe siempre una persona autoritaria y tiránica. No obstante, las normas también son necesarias cuando no queremos imponer ningún gusto. En ese caso, debemos castigar aquellos comportamientos que sí querrían establecer medidas coactivas. Y para esto también tenemos que imponer algunas reglas.

Ninguna sociedad puede existir sin normas. Y ninguna norma social es efectiva si no se conocen los elementos más básicos de la naturaleza, y el objetivo último que espolea el comportamiento del ser humano. Según la escuela austriaca, el fundamento que cabe considerar en estos casos es el que queda definido en el principio de la acción humana. Por tanto, es importante que entendamos por qué ese principio contribuye más que ningún otro a conseguir una sociedad de personas más satisfechas. El texto que me va a servir de fulcro para abordar dicho estudio está sito en la primera parte de una de las obras más importantes de Ludwig von Mises: Teoría e Historia.

Mises inicia ese libro con una breve introducción donde explica el concepto de dualismo metodológico (igual que yo he hecho también en este trabajo). Este exordio pretende aclarar el marco gnoseológico que el autor se dispone a emplear a lo largo de todo el libro. Acto seguido (en la primera parte de la obra), Mises hace una exégesis austriaca del concepto de valor humano. Esa exégesis se extiende a lo largo de tres epígrafes. El primero de ellos se titula Juicios de Valor. Aquí Mises realiza una breve descripción del apriorismo que rige en la Escuela Austriaca de Economía.

Por fin, una vez establecido el fundamento verdadero, Mises dedica el segundo y el tercer epígrafe (“Conocimiento y valor” y “La búsqueda del valor absoluto”) a examinar todas aquellas doctrinas que, de una u otra forma, han venido negando ese principio austriaco. En el segundo epígrafe hace un retrato en el que pone de manifiesto ese negacionismo. Y en el tercer epígrafe realiza una clasificación del mismo. Esta parte de la obra de Mises me va a permitir abordar en profundidad el aspecto más importante de la doctrina austriaca, su dimensión ética.

El dualismo metodológico tiene para Mises una causa diáfana. Se debe en cualquier caso a que «no es posible saber la forma exacta en que acontecimientos externos –físicos, químicos y fisiológicos- afectan al pensamiento humano, las ideas y los juicios de valor». Según Mises: “Esta ignorancia divide el reino de conocimiento en dos campos separados: el reino de acontecimientos externos, generalmente llamado naturaleza, y el reino del pensamiento y la acción humana”. Por tanto, será preciso analizar esos dos reinos por separado, con metodologías distintas. El conocimiento que se obtiene en las ciencias naturales utiliza la vía inductiva. Parte de una experiencia sensitiva particular, y procede luego a analizar otros hechos y a integrarlos en una visión más general. En cambio, las ciencias sociales no pueden actuar así. La escuela austriaca de economía propone que se utilice la vía deductiva. En esta, se parte en cambio de un principio incuestionable, una definición axiomática que se aplica luego a diversos ámbitos del saber, y que ofrece en último lugar una serie de conclusiones igualmente irrefutables, tan ciertas como el juicio que se toma como base.

Esta dualidad gnoseológica se aprecia también en el título general de la obra de Mises: “Teoría e historia”. La “teoría” sería el estudio sistemático, abstracto y general de la acción humana. Es decir, todo aquel conocimiento aprehendido únicamente de manera deductiva, a partir de un principio absoluto elucidado solo en la mente del pensador. Por su parte, la “historia” serían acontecimientos contingentes, hechos del pasado dependientes del tiempo y el espacio y que pueden ser abordados de manera inductiva, llevando a cabo, en la medida de lo posible, una investigación factual (arqueológica, documental, etc…).

Esta dualidad fundamental le sirve a Mises para distinguir dos posiciones irreconciliables. Por un lado estarían los que no respetan esa dualidad (los monistas), y por otro los que sí la respetan (los dualistas). Mises se posiciona al lado de los segundos, mientras critica vehementemente a los primeros.

Según Mises, aquellos que no respetan la dualidad proclaman que “los métodos experimentales de las ciencias naturales constituyen la única forma adecuada de investigación y que la inducción a partir de la experiencia sensible es la única forma legítima de razonamiento científico”. El panfisicalismo y el positivismo son las doctrinas que estarían detrás de esta afirmación. El planteamiento contrario, que defiende Mises, apoya la dualidad metodológica. Lo que dice Mises es que también se puede llevar a cabo un análisis razonado partiendo de un principio general (metafísico) y derivando por pura lógica una serie de conclusiones particulares. De esta manera, Mises también aclara: “No hay nada malo en la metafísica. El hombre no puede estar sin ella. Los positivistas están lamentablemente equivocados cuando usan el término metafísica como sinónimo de “sin sentido”.

Para probar la legitimidad de esta dualidad gnoseológica, y rebatir la postura monista que afirma que solo existe una vía de conocimiento, Mises insiste en comparar las constantes físicas de la naturaleza con las constantes de conducta que manifiestan los hombres de manera habitual. Así, nos dice:

“…todas las cantidades físicas que llamamos constantes están de hecho en continuo y lento cambio y solo la deficiencia de nuestros métodos de investigación no nos permite percatarnos de esos cambios. No los tenemos en cuenta, porque no influyen perceptiblemente en nuestras condiciones y no afectan a los resultados de nuestras acciones de forma notoria. Por consiguiente se podría decir que esas cantidades, establecidas por las ciencias naturales experimentales, pueden ser consideradas constantes, puesto que permanecen sin cambiar durante un periodo que excede en mucho las épocas que a nosotros nos interesa considerar como posibilidades vitales. Pero no vale argumentar de forma análoga respecto de las cantidades que observamos en el campo de la acción humana. Estas cantidades son evidentemente variables. Todas las cantidades que podemos observar son acontecimientos históricos, hechos que no pueden ser descritos plenamente sin especificar el tiempo y la situación geográfica. El económetra no puede refutar este hecho. No puede dejar de admitir que no hay constantes de conducta”.

Como consecuencia de todo esto, Mises concluye que el análisis de la naturaleza se apoya siempre en una regularidad impensable en el ámbito de la acción humana. Por tanto, no se puede usar la misma metodología. En las ciencias naturales podemos emplear el empirismo y llevar a cabo pruebas repetibles y controladas, a sabiendas de que seremos capaces de realizar predicciones bastante exactas. Pero esta técnica no puede implementarse en el estudio de la sociedad. En este caso, nos enfrentamos a seres impredecibles, que no reaccionan siempre de la misma manera a los mismos estímulos. Como dice Mises. “Los entes no humanos reaccionan de acuerdo con patrones regulares. El hombre elige. En la ciencia económica no hay relaciones constantes entre diversas magnitudes. Por consiguiente todos los datos descubribles son variables”.

Para Mises, los actos mentales que determinan el contenido de una elección son juicios de valor. El hombre enjuicia el fin último que quiere alcanzar, y también los medios que cree que le van a servir para lograr ese propósito. El fin último persigue una situación más satisfactoria y placentera, y las valoraciones que juzgan ese fin son siempre personales y subjetivas. Dependen de las circunstancias concretas que rodean al sujeto. Y lo mismo podemos decir de los medios y los fines. Mises ilustra esto con el ejemplo de los mártires. Para la mayoría de los mortales el fin último es conseguir una felicidad telúrica, aquí en la Tierra. Sin embargo, el mártir sacrifica la vida terrenal para conseguir un fin superior: la eternidad. Lo que para él son medios para nosotros son fines. Hasta ese punto llega la valoración personal. En el ámbito de la acción humana no existen valores objetivos. Cada hombre valora los medios y los fines de distinta manera. E incluso puede ocurrir que utilice el fin más preciado de todos, la vida, como mero medio para conseguir alguna otra cosa que se valore más.

Mises concluye el capítulo introductorio de la siguiente manera: “La elección de fines últimos es un asunto personal, subjetivo, individual.” Esta sentencia final tiene una gran significación. Los individuos son los únicos que pueden elegir. Ese aspecto es clave para entender todo el pensamiento de la escuela austriaca.

En el siguiente epígrafe (Juicios de Valor) Mises vuelve a insistir en lo mismo. Como ya hiciera en la introducción, intenta convencernos de que los juicios de valor son siempre actos voluntarios y personales. Así, nos dice: “[los juicios de valor] expresan sentimientos, gustos o preferencias del individuo que los profiere. Respecto de ellos no puede haber cuestión relativa a la verdad o falsedad […] No están sujetos a ninguna prueba o evidencia […] nos referimos a los juicios en sí y no a las oraciones que informan a otras personas acerca del contenido de tales juicios de valor […] un juicio de valor no dice nada acerca del estado de las cosas. Manifiesta una reacción afectiva de una persona a ciertas condiciones específicas del universo en comparación con otras condiciones específicas. El valor no es intrínseco. No está en las cosas o en las condiciones, sino en el sujeto que valora”

Mises es bastante locuaz a este respecto. Sin embargo, algunas veces no se muestra suficientemente explícito. Dentro de esta serie de afirmaciones existe una que tenemos que resaltar de manera especial. En un momento dado Mises afirma que «nos referimos a los juicios en si». Esta frase nos pone sobre la pista del concepto principal que Mises defendió siempre: en ella se trasluce el principio misiano de la acción humana. Como muy bien subraya María Blanco (profesora de historia del pensamiento económico en la universidad CEU-San Pablo) en un artículo publicado recientemente en la revista Procesos de Mercado: «Mises resalta el papel principal de la acción humana, y por ende de la decisión, que es la base de la existencia del hombre […] no se trata de prestar atención a lo que elige el hombre sino al mero hecho de la elección.» A lo que se refiere la praxeología cuando habla de la acción humana no es a la acción de algún agente en particular, sino a la acción en sí misma. Cuando la acción humana pasa de ser algo concreto a ser un hecho general adquiere inmediatamente un aspecto irrefutable; se convierte en un axioma. No se trataría de defender una acción o una opinión concretas. Las opiniones y las acciones concretas son múltiples, pueden ser contestadas y refutadas, y muchas veces resultan contradictorias y falsas. Por consiguiente, no pueden obrar como principios absolutos. Sin embargo, nadie puede negar que existan opiniones, e igualmente tampoco se puede negar que existen acciones que respaldan esas opiniones. Yo puedo estar en la universidad pronunciando una conferencia, o puedo estar en la cafetería de enfrente tomando una cerveza. Pero es necesario que esté en algún sitio y que haya elegido alguna acción. Esa inevitabilidad es la que usa Mises para elevar a categoría de principio el concepto de la acción humana (la acción en sí).

La acción humana es un hecho general e irrefutable. Para Mises, las ciencias sociales no adquieren el conocimiento al describir una realidad concreta, como hace la ciencia experimental cuando analiza una muestra determinada y expone a continuación unos hechos particulares. Para Mises ese conocimiento se adquiere de otra forma, partiendo de un hecho general. Para ello es preciso que ese hecho se apoye en una evidencia incontestable. La acción humana es un hecho de este tipo. Nadie puede afirmar que no actúa. La acción constituye una realidad indiscutible y necesaria, y, puesto que para Mises «los juicios de valor son resortes de la acción humana» también estos, junto con las opiniones y las voluntades  de los individuos, constituyen realidades imposibles de negar. No se trata de defender una opinión concreta. Se trata de defender el valor supremo que reside en el hecho de opinar. Se trata de defender la libertad de opinión.

Los positivistas piensan que la demostración empírica es la única vía para poder afirmar algo, y que ese camino se puede aplicar a cualquier disciplina del saber. Así, creen que los objetos que estudian las ciencias sociales también deberían ser analizados usando esa metodología científica. Este argumento ya fue defendido por Auguste Comte hace varios siglos. Pero Mises no está de acuerdo. Para él, la sociedad no es susceptible de ser analizada con las mismas herramientas. Aquí los actos son irregulares, voluntarios y personales, y no están sujetos a valoraciones objetivas. Por eso Mises no les presta ninguna atención. En vez de atender a unos valores concretos, Mises afirma que hay que resaltar la importancia que tiene el propio acto de valorar. Como las ciencias sociales no pueden demostrar nada mediante experimentación, por vía inductiva, Mises se acoge a la vía deductiva, y propone un principio metafísico, apodíctico. Ese principio no se puede probar de forma experimental. Sin embargo, como apela a un hecho seguro, intuitivo y evidente, no necesita ningún tipo de demostración. Ese hecho es la acción humana en sí. Como ya dijera Descartes, de lo único que podemos estar seguros es que pensamos. El equivalente misiano de este famoso adagio rezaría lo siguiente: «de lo único que podemos estar seguros es que actuamos». En el fondo, el pensamiento es simplemente el primer movimiento de la acción.

Mises termina el primer epígrafe de su libro de la siguiente manera: “El hombre se enfrenta a la necesidad de elegir entre dos cosas o estados, su decisión es un juicio de valor”. Ortega y Gasset, que en muchos aspectos presenta una visión del mundo similar a la que defiende la escuela austriaca, dice a este respecto algo muy parecido: “Por muy seguros que estemos de lo que nos va a pasar mañana [Ortega también adjudica a la vida un carácter imprevisible y cambiante] lo vemos siempre como una posibilidad. Este es otro esencial y dramático atributo de nuestra vida […] Por lo mismo que nuestra existencia es en todo instante un problema grande o pequeño, que hemos de resolver sin que quepa transferir la solución a otro ser, quiere decirse que no es nunca un problema resuelto, sino que en todo instante nos sentimos forzados a elegir entre varias posibilidades”. Para este filósofo madrileño esa elección siempre es una necesidad. La existencia nos obliga a elegir continuamente. Si no elegimos, dejamos de existir. Por eso el acto de la elección, la acción humana en sí, tiene para muchos autores (Mises, Ortega, Descartes…) la consideración de principio. Y esta es una categoría que no se debe confundir con las descripciones que hace el propio principio (con el contenido de su afirmación). Los actos que describe son subjetivos, ahora bien, esa realidad subjetiva es sin duda un hecho completamente objetivo y necesario.

Pero el principio de acción humana no es solo una proposición abstracta (un principio general). Mises demuestra que también tiene implicaciones prácticas y éticas muy importantes.

Cuando alguien opina que la verdad se encuentra en determinada doctrina, quiere que todos le rindan pleitesía y obedezcan los preceptos que él dictamine, porque no existen otros más valiosos que esos. Todos deben actuar al unísono, de manera colectiva, siguiendo las reglas concretas que el moralista decreta. Por tanto, todas esas doctrinas serán de tipo colectivista y totalitario. En cambio, cuando se afirma que lo más importante es la acción en sí misma, no se está promoviendo una doctrina particular, sino que se está favoreciendo la acción de millones de seres diferentes. En este caso, se defiende al individuo, se defiende el individualismo. No se protege a este o aquel individuo, sus ideas o sus opiniones. Se defiende la importancia de que existan millones de individuos, se defiende la acción en sí, las acciones de todos y cada uno de ellos.

Es precisamente esa diversidad de seres lo que hace que haya cooperación y competencia, y lo que al final genera la amalgama social, el desarrollo pacífico, y el progreso continuo. Si defendemos la acción en sí, defendemos todas las acciones, defendemos la voluntad individual, y defendemos la libertad humana. En cambio  si defendemos una acción concreta acabamos poniéndonos del lado del tirano. En general, todos los tiranos defienden alguna forma de colectivismo, y siempre quieren resolver sus diferencias mediante la lucha y el conflicto. No en vano, cuando alguien defiende una idea concreta, y quiere que esta se extienda a toda la población, inmediatamente se enfrenta a otros grupos de personas que luchan para defender lo contrario. En cambio, si lo que se defienden no son determinadas acciones, sino la acción humana en sí, la sociedad deja de batallar, todos conviven armónicamente, y aflora la convivencia y la paz. Si se protegen las acciones individuales, lo que cada uno desee realizar en un momento determinado, ya no tienen sentido las disputas, y ya no se luchará para dominar al prójimo.

Por tanto, la defensa de la acción humana, del acto en si (el concepto misiano de la acción) es una custodia necesaria, no solo porque permite proteger el hecho más relevante y trascendente de la vida (como decía Ortega, siempre tenemos que estar actuando), sino también porque sirve para elaborar una ética apropiada y para que la sociedad progrese por sí misma.

La sociedad se funda en la acción de sus individuos. Si no respetamos y permitimos esas acciones, la sociedad acaba resquebrajándose. Es como si a una molécula le quitaras los átomos.

Todos los ideólogos que defienden la gobernanza de determinadas doctrinas y la preponderancia de ciertos personajes, acaban promoviendo el totalitarismo y la guerra. En cambio, aquellos otros que afirman que la acción humana tiene un valor intrínseco, empiezan permitiendo todas las opiniones y las acciones de los demás, y acaban promoviendo el respeto y la paz. El respeto fomenta la deferencia, y facilita la vida en sociedad, la cooperación, y el progreso.

En el segundo epígrafe de su libro, Mises hace un retrato de los líderes totalitarios.  Para él, la condición que mejor define a estos líderes es el prejuicio. Quienes consideran necesario imponer una visión particular suponen también que existe un conflicto irreconciliable entre las diversas clases sociales. Los moralistas siempre creen que sus adversarios están a la vuelta de la esquina. Esa es la fuente de su prejuicio y sus recelos. Según estos moralistas, cada clase social o cada nación tiene una lógica indiscutible, que difiere de las demás y que solo se puede imponer a través de la fuerza (Mises denomina a esta doctrina polilogismo). Así, los socialistas ven un conflicto permanente entre los intereses de la clase trabajadora y los intereses de los patronos que la dirigen. Igualmente, los nacionalistas acusan a los países que tienen al lado de ser los responsables de sus desgracias.

La falacia de Montaigne viene en apoyo de todas esas ideas. Este filósofo francés fue el primero que propuso y defendió la falsa idea de que los bienes se presentan siempre en una cantidad fija, y que por tanto la pregunta más importante que nos podemos hacer con respecto a ellos es cómo vamos a repartirlos de forma adecuada (también hoy en día la mayor parte de la gente cree que el mundo está mal repartido). Como buen moralista que era, Montaigne no llegó nunca a comprender el aspecto dinámico y espontáneo de la sociedad. La acción humana siempre implica cambios, producciones, y nuevas creaciones. Si los bienes no se pueden producir, y lo que hay que hacer es distribuirlos de la mejor manera posible, resulta obvio que escasearán más a menudo, y que los hombres se pelearán siempre para poder conseguirlos. Si partimos del hecho, como hace Montaigne, de que los bienes no cambian nunca (no se producen) y que lo que tenemos que hacer es repartirlos, estaremos eludiendo el mayor principio de todos: la acción. La acción humana siempre implica cambios. La acción es un concepto temporal.

Los liberales austriacos siempre han dado un valor intrínseco a la acción, sin entrar a valorar si ésta acabará siendo apropiada para el individuo, advirtiendo que eso solo lo puede decidir la persona que realiza el juicio (juicios de valor subjetivos). Por tanto, no aprecian ningún conflicto de intereses. Si no es necesario imponer una doctrina particular tampoco es preciso iniciar un conflicto. Los economistas que afirman que no existen tales conflictos dicen en cambio que existe una armonía de intereses. La teoría de la armonía de los intereses debe su origen al economista francés Frédéric Bastiat, que ya utilizaba ese concepto cuando afirmaba que el libre mercado era una fuente de armonía entre los individuos. Uno de sus libros lleva precisamente ese título: Armonías Económicas.

Los moralistas aducen en su defensa que las ideas de los liberales también están llenas de juicios negativos. También pugnan por imponer una doctrina determinada, y se enfrentan de igual modo a todos los que les llevan la contraria. Pero, como dice Mises, no se percatan de que «justamente porque los economistas clásicos no tenían prejuicios y no se atrevían a poner en duda los fines obtenidos por las personas que actuaban presentaron el resultado de su deliberación en una forma que daba por sentadas las valoraciones de las personas en cuestión.». Evidentemente, la lucha de los liberales debe estar allí donde no se respeten los derechos del individuo. Pero esto no los equipara a los moralistas. Los moralistas quieren juzgar a todos los individuos. Los liberales solo juzgan a los moralistas que no respetan a los individuos.

Además, el solo hecho de que una persona muestre un desacuerdo, no es prueba suficiente de su prejuicio o su ignorancia. La simple referencia al prejuicio, sin mostrar falacias en el argumento, no es suficiente para refutar una teoría. Según nos dice Mises: “[los moralistas] hablan de prejuicios económicos, pero no detallan cuales son los errores de las ideas que denuncian. El simple hecho de que son ellos, y no sus adversarios que sostienen la doctrina de la armonía, quienes reprochan un supuesto prejuicio, muestra con claridad que son incapaces de rechazar las afirmaciones de sus adversarios por medio del raciocinio. Se dedican a examinar los problemas en cuestión desde el supuesto de que solo los defensores de siniestros intereses pueden, con sus prejuicios, poner en duda lo acertado de sus dogmas socialistas o intervencionistas.”

Una vez hecho el retrato del moralista, Mises pasa inmediatamente a clasificarlo. En el siguiente epígrafe (La búsqueda de valores absolutos) el autor nos enseña todos los tipos que existen. Están los religiosos, que afirman que la revelación es la única fuente de certeza. También están los racionalistas y los positivistas, que aseguran que la ciencia aplica el único método factible que existe. Los utilitaristas, que afirman que el único patrón válido para juzgar cualquier acción se debe fijar en los efectos producidos. Los nacionalistas, que afirman que el patrón correcto es el que impera en su nación. O los socialistas, que dicen que la clase obrera es la única que posee la verdad absoluta. Como se puede ver, existen diversos tipos de moralistas y colectivistas, y todos ellos intentan imponer a los demás unas medidas concretas.

Finalmente, Mises también incluye en esta clasificación a los demócratas. Los demócratas son los últimos moralistas, y seguramente los más recalcitrantes. Según nos dice Mises: “Una concepción superficial de los problemas del gobierno ve la distinción entre la libertad y el despotismo en una característica externa del sistema jurídico y administrativo, es decir en el número de personas que ejerce control directo sobre el aparato social de coacción. Tal patrón numérico es la base de la clasificación de Aristóteles de las diversas formas de gobierno. Los conceptos de monarquía, oligarquía y democracia todavía conservan esta forma de tratar el asunto. Sin embargo la tiranía ha sido muchas veces apoyada por las masas y el gobierno popular.” La democracia tampoco es la forma correcta de organizar la sociedad, pues no se ajusta al concepto misiano de la acción. Su objetivo no persigue proteger las acciones en sí (de todos los individuos), sino ratificar mediante plebiscito una acción política particular y unas medidas concretas (las que disponga el partido más votado), que luego serán ejercidas por las instituciones de manera indiscriminada. Esa acción parece que está más legitimada cuando la defiende y la vota una mayoría. No obstante, no deja de ser una acción concreta, colectiva, e impuesta. La mayoría nunca representa a todos los individuos.

Los seres humanos siempre han perseguido un patrón absoluto de justicia, y han supuesto que la cooperación pacífica solo era posible si todos tenían los mismos juicios de valor. Esta creencia tiene un arraigo muy antiguo; surge con el pensamiento. Platón fue el primero en afirmar esto. Platón creía en una idea de justicia absoluta y defendía que el deber del hombre era organizar todas las instituciones de acuerdo con esa idea. Así, en Las Leyes nos explica: “…lo más importante es que nadie, sea hombre o mujer, sacuda en ninguna ocasión el yugo de la obediencia, ni se acostumbre, lo mismo en los combates verdaderos que en los juegos, a obrar solo y de su cuenta, sino que lo mismo en la paz que en la guerra deben tener todos constantemente fijas sus miradas en el que manda, no haciendo nada sino bajo su dirección, y dejándose conducir por él aun en las cosas más pequeñas”

Estos maestros de la moralidad, empecinados en defender doctrinas normativas y castas sacerdotales, no acaban de entender que el florecimiento de la sociedad se ve favorecido solo cuando existe cooperación voluntaria entre los individuos, y cuando se vive de cara a los demás, respetando la diversidad y las acciones de todos. La ley de Ricardo demuestra que la cooperación, bajo el principio de la división del trabajo, favorece siempre a todos los que de ella participan. La división del trabajo permite la especialización, aumenta el rendimiento, ofrece un mayor número de servicios, incrementa la demanda, cubre más necesidades, aporta más soluciones, promueve el esfuerzo y la competencia sana, y permite el desarrollo permanente de toda la sociedad. La división del trabajo es otra manifestación del principio de la acción humana.

Este principio no es una ideología más. Muy al contrario, representa la superación de todas las ideologías. No promueve una doctrina concreta, dirigida a imponer de forma general algunas creencias o ideas. Favorece, en cambio, una doctrina que permite que cada cual piense y actúe como le dé la gana. Solo se muestra inflexible en un caso, cuando tiene que defender esa diversidad y esa libertad de acción tan denostadas siempre. Solo cree en una forma de colectivismo, aquel que obliga a respetar la diversidad y las creencias o actitudes de los demás, haciendo que todos sean iguales frente a este precepto.

Solo existe una ética posible. El único sistema que hace que la sociedad progrese y que las personas sean más felices y más prósperas, el único que tiene en cuenta a todos los individuos del Planeta y que permite que todos ellos elijan constantemente qué cosas prefieren, es aquel que se basa en el principio de la acción humana individual. Ese sistema se llama capitalismo y opera a través del libre mercado, sin intervención pública. En él, las personas pueden consumir y producir sin ningún tipo de cortapisas, y por tanto pueden estar escogiendo continuamente lo que ellas quieran en cada momento, y lo que sus capacidades verdaderas les permiten. Solo cuando nos atenemos a la verdad y cuando alimentamos el ego de las personas, cuando dejamos que se expresen como quieran y que luchen por sus objetivos, éstas tienden a actuar para satisfacer sus necesidades más urgentes lo antes posible. Si solo pueden satisfacer esas necesidades a través del intercambio voluntario y el respeto de todos los individuos, solo podrán conseguir esto satisfaciendo a los demás y propiciando que la sociedad en general salga beneficiada.


Conclusiones

Llegados a este punto, lo único que queda por hacer es repetir los dos fundamentos metodológicos que hemos venido defendiendo a lo largo de este trabajo, y resaltar una vez más su valor deontológico. El dualismo y el individualismo metodológicos constituyen la base del derecho natural, y nunca está de más que recordemos lo que dicen y lo que representan.

Estos principios tienen un valor ético incuestionable, por dos motivos principales que ya han sido expuestos a lo largo de este estudio. Todo hombre, al actuar, pretende alcanzar unos determinados fines, y para ello se vale siempre de los medios que tiene a su alcance. Esto es una condición elemental indiscutible. Todos los hombres actuamos de esta manera, y nuestra felicidad depende siempre de dicha actuación, de la libertad que tengamos para poder actuar y del éxito que tenga esa búsqueda particular (la vida no tiene otro sentido que este). La acción es un hecho irrefutable, apodíctico. Pero al mismo tiempo también es un hecho deontológico. La libertad del individuo y su felicidad se ven claramente limitadas si éste no es capaz de actuar, o si no se permite que lo haga. De ese modo, dicha condición elemental, la acción del individuo tendente a alcanzar esas satisfacciones, se divide a su vez en otros dos requisitos.

Para alcanzar esos fines y esa felicidad es preciso que se cumplan dos condiciones básicas. La primera condición tiene que ver con nuestras capacidades. En primer lugar, debemos ser capaces de conocer la realidad del mundo en el que nos movemos, los medios de los que disponemos, el coste de oportunidad, la desutilidad del trabajo, etc… Solo cuando conocemos la realidad y nos atenemos a ella, podemos recorrer el camino que nos separa de los fines que intentamos conseguir. La segunda condición tiene que ver más con la incapacidad de la que también somos partícipes. Su asunción nos permite comprender que no podemos imponer a los demás los gustos y los planes que nosotros consideramos mejores. El camino que decidamos emprender, al objeto de alcanzar nuestros propios fines, tiene que estar limpio de obstáculos humanos, es decir, ningún otro hombre puede impedir que lo recorramos. Y eso solo se consigue si dichos hombres asumen su desconocimiento y su incapacidad para dirigir nuestras vidas.

Por tanto, la consecución de los objetivos que nos proponemos, y la felicidad que se deriva de esa búsqueda y esos éxitos, queda determinada por dos condiciones elementales de la información, su grado de conocimiento y su grado de desconocimiento. El dualismo y el individualismo metodológicos contribuyen por igual a entender estas dos condiciones y, en último caso, a permitir que se cumplan. Veamos de qué manera.

El dualismo metodológico nos muestra una realidad que está compuesta por sistemas simples y complejos, y al mismo tiempo, nos provee de un método de estudio correcto, necesario para abordar esa dualidad y esa complejidad. Por su parte, el individualismo metodológico resalta una verdad fundamental que es la base de toda la vida: la acción humana individual. En este sentido, ambos principios contribuyen a lograr un conocimiento social más verdadero, que nos capacita para elegir los medios y las instituciones que permitirán que alcancemos los fines que ansiamos conseguir.

Pero las consecuencias de aplicar el dualismo y el individualismo metodológicos no se reducen a lo dicho más arriba. Además, su asunción también nos avisa del desconocimiento que acusan todos los hombres, y nos previene de los tiranos que se arrogan un conocimiento inexistente y que querrán determinar también nuestros gustos y nuestros fines, impidiendo de ese modo que alcancemos los que nosotros queremos.

El dualismo metodológico afirma que existe un camino alternativo al conocimiento (el deduccionismo), y que para recorrerlo no es necesario hacer ningún experimento científico. La demostración empírica exige siempre algún tipo de manipulación. Es preciso obtener, aislar, cambiar, y conservar la muestra que estemos utilizando. Por tanto, si decimos que no es necesario demostrar nada, también decimos que no tenemos que manipular nada. En el caso que queramos observar y analizar la sociedad, la muestra que tenemos que obtener se compondrá de seres humanos de carne y hueso. Pero si afirmamos que no necesitamos demostrar nada, y que esto es más cierto en el caso que queramos estudiar al hombre, estaremos defendiendo también la libertad del ser humano, y deslegitimando a todos aquellos grupúsculos exógenos que pretenden experimentar con él (ya sabemos a que conducen esos experimentos sociológicos). El dualismo metodológico es uno de los dos pilares sobre los que se asienta la ética de la libertad humana. A partir de él, deducimos que el hombre tiene todo el derecho a ser libre, y que nadie puede manipularle impunemente.

El otro principio que refuerza esta convicción es el individualismo metodológico. Este principio afirma que el elemento más importante de una sociedad es el individuo. La libertad solo puede arraigar en el seno del individuo. El individuo es la unidad básica de la sociedad. Es el agente autónomo por excelencia. El individuo es un ser racional, adulto, independiente, actuante. En cuanto dejamos de fijarnos en el individuo, esa autonomía elemental también queda desatendida, y dejamos la puerta abierta a todo tipo de abusos y delaciones. Como dijo en una ocasión el propio Mises: “En cuanto se admite la existencia de una entidad que opera por encima y con independencia de la actuación individual […] se ha formulado ya el concepto de una personalidad sobrenatural […] Admitida la existencia de una entidad que ex definitione es superior, más noble y mejor que el individuo, no cabe duda que sus aspiraciones deben prevalecer sobre las de los míseros mortales”.

El principio de acción humana de Mises es una aserción que resalta la importancia que tiene el individuo en el organigrama general de la sociedad. La acción humana es la acción de un individuo, ejecutada de manera particular, y tendente a satisfacer el gusto de su artífice. Los liberales creemos que esa acción interesada, sometida a unas reglas de conducta básicas, acaba proporcionando un bienestar general mayor, que se extiende a toda la sociedad, y que constituye, en último término, el único motivo de progreso. Mises llega a esa conclusión tras aceptar el dualismo metodológico, y al constatar que el único axioma que permite formular una teoría correcta se basa en la acción humana y el individualismo metodológico. El dualismo metodológico nos provee de la herramienta gnoseológica que se necesita para estudiar y organizar la sociedad: el método deductivo. Y esta herramienta nos permite contemplar a su vez un principio teleológico (o metafísico) incuestionable: la individualidad, el individualismo metodológico.

La felicidad que resulta del logro de los fines que anhelamos alcanzar, proviene del conocimiento de los principios que nos permiten actuar libremente y de forma correcta. Pero a la vez, ese conocimiento conduce igualmente a la asunción de un cierto desconocimiento. Cuando entendemos que la individualidad es el valor supremo, también entendemos que nosotros somos seres limitados (finitos), y que los demás son individuos tan libres, independientes y finitos como nosotros. Todo esto conduce a asumir que el hombre es incapaz de dirigir convenientemente la vida de otras personas, lo cual nos deja a nosotros también libertad para actuar del modo que queramos. La comprensión de la individualidad permite entender el grado de desconocimiento que afectamos todos los humanos.

En definitiva, la deontología política, las normas que señalan la forma correcta de organizar la sociedad, se basa por tanto en dos aspectos de la información igualmente importantes, a saber, el conocimiento de los principios elementales que sostienen todo el edificio, los cuales son simples y sencillos de identificar,  y el desconocimiento de los procesos complejos que operan en dichas sociedades y que siempre serán imposibles de aprehender. Los principios simples son el dualismo y el individualismo, y la información compleja resulta de la aplicación de dichos principios, cuando se deja que los individuos se manifiesten, actúen, se relacionen y exploten sus habilidades y su individualidad, dando lugar a los sistemas que hoy podemos apreciar, las comunidades compuestas por millones de seres humanos. El conocimiento y el desconocimiento pueden ser ambos instrumentos racionales muy valiosos. Solo hace falta saber cuándo debemos considerarlos. Los principios más universales son también muy sencillos, por tanto, también serán principios conocibles. Los sistemas complejos utilizan en cambio una información distribuida, de la que participan todos sus componentes solo en parte, y que nadie puede aprehender de manera particular. Por eso es importante conocer los principios de la naturaleza que guían todas las acciones, y conocer también lo que estos principios vienen a decirnos. La acción individual, autónoma y espontánea, no solo constituye un hecho irrefutable e innegable, es también un acontecimiento necesario para que toda la sociedad progrese debidamente, ya que nadie más que el sujeto puede disponer de la información que permite dirigir esas actuaciones. Si a esto sumamos que los actores se cuentan siempre por millones, entenderemos cuán importante es asumir al mismo tiempo los límites del conocimiento, y comprender la ignorancia inerradicable a la que nos tenemos que atener todos los seres humanos. Si conocemos los fundamentos, y si asumimos el desconocimiento que se deriva de su estudio, sabremos también qué cosas debemos permitir (la acción individual) y cuáles debemos perseguir (la acción colectiva que intenta manipular de forma conjunta a toda la sociedad y se arroga un conocimiento inexistente). Como dice Hayek en Los fundamentos de la libertad: “Los beneficios que yo deduzco de la libertad son de esta forma y principalmente el resultado de la utilización de la libertad por otros y la mayoría de aquellos usos de la libertad que yo no podría aprovechar por mi mismo; por lo tanto no es necesariamente la libertad que yo pueda ejercer por mi mismo la más importante para mí. Ciertamente, la posibilidad de ensayo de algo por alguien es más importante que la posibilidad de todos para hacer las mismas cosas […] El racionalista que desea subordinar todo a la razón humana se enfrenta, por lo tanto, con un dilema real. El uso de la razón apunta al control y a la predicción. Sin embargo, los procesos del progreso de la razón descansan en la libertad y en la impredicción de las acciones humanas.”

El dualismo y el individualismo permiten que comprendamos que una de las funciones más importantes de la razón es la que nos lleva a conocer sus límites, asumir nuestras taras físicas y, en consecuencia, dejar que los otros hombres actúen y se expresen libremente, propiciando así un conocimiento necesario, disperso y diverso, lo suficientemente amplio como para que la sociedad se desarrolle y se multiplique indefinidamente.

La fundamentación racional de una ética positiva de la libertad, como así la denomina Rothbard, halla suficiente asidero en estos dos principios de la metodología. Rothbard creía que todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana estaban interrelacionadas, y podían integrarse en una ciencia o disciplina de la libertad individual. Pues bien, esa integración social o política queda clara en el momento que entendemos y aceptamos estos dos principios fundamentales, el dualismo y el individualismo metodológicos. A la hora de estudiar las causas últimas de las cosas (el último motivo de la existencia), solo cabe llevar a cabo este tipo de análisis teleológico y sistemático de la realidad. El fin último siempre es la existencia del individuo, su manifestación y su acción particular, tendentes a conseguir que dicha existencia no se extinga. Y la felicidad no es otra cosa que la recompensa que nos ofrece la naturaleza como consecuencia de haber alcanzado ese éxito existencial. Si no existiera la felicidad, no habría tampoco ninguna motivación para existir. Por eso, al individuo no le cabe otra alternativa que la de buscar incansablemente su propia felicidad, ya que en ella acaba encontrando también la razón de su existencia. Solo existen aquellos individuos que sienten algún arraigo en este mundo y que hacen por quedarse en él, y este arraigo solo se puede manifestar si existe un sentimiento atrayente. La felicidad es ese sentimiento. La existencia del individuo y la felicidad del mismo tienen en el fondo la misma causa. Los fundamentos axiomáticos que describen el universo, y los principios deontológicos que consignan el bienestar del hombre, hallan aquí una raíz común. La ética y la eidética solo se entienden plenamente si se contemplan en conjunto. Los seres humanos formamos parte del orbe, somos un elemento más. Por tanto, los principios que regulan nuestro comportamiento, nuestros deberes y nuestras obligaciones morales, sí queremos que sean principios verdaderos, no pueden ser ajenos a aquellos que regulan el universo en general.

 


 

Bibliografía

Hans-Hermann Hoppe (2012). La Ciencia Económica y la Metodología Austriaca. Madrid: Unión Editorial.

Hayek, Friedrich (2008). Los Fundamentos de la Libertad. (p.59-65). Madrid: Unión Editorial.

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Huerta de Soto, J.  Art. La Teoría de la Eficiencia Dinámica.

Kant, I. (2007). Crítica de la Razón Pura. Editorial Taurus.

Mises, L. (2003). Teoría e Historia Madrid: Unión Editorial.

Rand, Ayn (2011). Introducción a la epistemología objetivista. Editorial Grito Sagrado

Rothbard, M. (2013). Historia del Pensamiento Económico. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2009). La Ética de la Libertad. Madrid: Unión Editorial.

Zanotti, Gabriel. Art. El Liberalismo Político de Karl Popper.

 

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La censura del nuevo Leviatán y el lamentable caso del profesor Rallo

autoritarismo

En uno de sus muchos libros, el profesor Jesús Huerta de Soto, catedrático de la universidad Rey Juan Carlos de Madrid, afirma que el socialismo más popular en los tiempos modernos es el socialismo democrático. Dicho socialismo, continúa diciendo, «surge como una separación táctica del socialismo de tipo real». El socialismo real, de tipo soviético, se caracteriza por la gran extensión y profundidad con la que se ejerce la agresión institucionalizada sobre la acción humana individual. Según Huerta de Soto, el socialismo actual (de tercera vía, democrático) realiza en cambio una agresión centrada sobre todo en el área fiscal, con el deseo de igualar las oportunidades ciudadanas y los resultados del proceso social.

Así las cosas, la diferencia que existe entre un régimen comunista totalitario y una democracia socialista es una mera cuestión de grados. En el aspecto cualitativo no existe ninguna distinción. En los dos sistemas se agrede al ciudadano y se le priva de libertad. La censura que se ejerce en una tiranía de corte soviético merma considerablemente las facultades de los individuos, al imponerles una serie de obligaciones o mandatos que entran a valorar cada aspecto de su vida. La censura entonces se convierte en un arma atroz sumamente destructiva. El régimen elimina a todos aquellos que osan poner en duda las decisiones de la camarilla de líderes fanáticos. Se cometen todo tipo de tropelías. Se construyen campos de concentración para recluir a las personas ajenas al régimen. Y a los más incómodos se les asesina, sin ningún tipo de miramiento. Se organizan aquelarres que sirven para quemar los libros que podrían despertar el instinto rebelde de los súbditos. Se cortan lenguas y se pinzan ojos, para condenar la imprudencia de aquellos que querrían cuestionar las decisiones de la casta oligárquica. Se viola a las mujeres y a las niñas para demostrar ante todos quien es el que manda, y también por puro placer, porque en una sociedad envilecida ya no se respeta nada, los facinerosos y los esquizofrénicos campan a sus anchas, y son condecorados con insignias al valor y a la lealtad por actos que, en otras circunstancias, les llevarían directamente a la cárcel.

Afortunadamente, la sociedad occidental de hoy en día ha abandonado definitivamente todas esas prácticas represivas. No obstante, no por ello se ha dejado de agredir y censurar a los ciudadanos. Lo único que se ha hecho es rebajar el grado de manipulación, tornando ésta un poco menos ominosa. Como explica Huerta de Soto, la violencia actual es de tipo fiscal, lo cual implica también una grave incursión en la vida privada de las personas. La censura hodierna consiste en privarnos de la mitad de nuestros recursos, mediante extracciones fiscales que sirven para engordar cada vez más la maquinaria burocrática que acomete esas sangrías. La censura que existe hoy en día en los países civilizados ha abandonado definitivamente la construcción de campos de concentración, pero se dedica ahora a levantar todo tipo de entramados políticos, que también condenan al hombre a una vida de menor calidad, más limitada. Es preciso que analicemos estas nuevas formas de gobierno.

El totalitarismo edulcorado, o socialismo democrático, opera actualmente a través de varias vías coincidentes. Primero te quita una parte considerable de los beneficios que obtienes trabajando, y los utiliza para construir una infraestructura de poder. A continuación, reviste estas obras con trajes de seda, con la idea de seguir engañando al contribuyente, para que parezca que todo se hace con el objeto de promover la justicia y la libertad. Y una vez montado todo el chiringuito, el político se encastilla cómodamente en su palacete, y se reserva el derecho de admisión. Solo deja pasar a aquellos que demuestran que son afines al régimen. Solo unos pocos serán beneficiados por los privilegios que conceden las máximas autoridades. Los demás son expulsados o ninguneados. Pero como esto no tiene que parecer injusto, se maquilla con todo tipo de disculpas. Una de las más frecuentes afirma que los liberales (los adversarios del régimen) no creen en el sistema que los políticos han implantado, y que por tanto tampoco tienen derecho de uso. Es decir, primero se les roba, y cuando las víctimas intentan resarcirse, utilizando alguna de las cosas que se han construido a su costa, el ladrón de guante blanco responde diciendo que la víctima, como se quejó al ser expropiada por la fuerza, ahora tampoco tiene derecho a disfrutar o reclamar los bienes que el recaudador ha obtenido con ese dinero retraído. El ciudadano sufre una doble vejación. No solo le hurtan el dinero, también le impiden recuperar una parte de su capital, aunque sea a través del uso de los bienes que le han expropiado.

Lo que se acaba de describir más arriba es justamente lo que ha pasado con la persona de Juan Ramón Rallo. El profesor y doctor en economía fue expulsado y se le rescindió el contrato que mantenía con RTE, solo un día después de su primera aparición, y tras la petición de UGT de que fuese eliminado de la parrilla del programa de la mañana, donde tenía un espacio en el que hablaba y ofrecía sus recomendaciones económicas. Esta circunstancia es realmente grave. Es una confirmación de las ideas que Huerta de Soto expone en las citas que se han añadido más arriba. El comunismo soviético no ha dejado de existir, sigue inserto en las instituciones, únicamente ha adoptado otro nombre y otro rostro, gracias a los cuales puede continuar limitando la libertad de los ciudadanos. Ahora es quizás más peligroso de lo que lo era antes, ya que actúa de manera velada, sin producir demasiado escándalo, con la anuencia de las mayorías. Tal vez sea por eso que el sindicato UGT no se preocupa por ocultar lo más mínimo su naturaleza censora. Los tiranos que manejan los hilos que sostienen al país se mueven holgadamente entre bambalinas, ocultos bajo el velo especioso de la democracia.

Los sátrapas modernos se justifican diciendo que ellos representan la verdadera libertad. Pero son incapaces de distinguir el prestigio y la tradición intelectual de la Escuela Austriaca de Economía (a la que pertenece Rallo). Confunden a los adeptos de esta escuela con esos infieles a los que ellos califican de derecha fascistoide. Sumidos en esa falsa identificación, solo alcanzan a diferenciar dos categorías básicas: la derecha y la izquierda, y ahogados en su propia ideología solo aciertan a distinguir una razón: la razón totalitaria que inspira al censor. Afirman que el Instituto Juan de Mariana es poco menos que una secta, compuesta por un pequeño grupo de economistas facinerosos que se reúnen con cierta frecuencia en una sede cerrada a cal y canto. Al hablar así del instituto en cuestión demuestran no tener ni idea de las ideas que están detrás de esta institución. La Escuela Austriaca de Economía no es una escuela de economistas, y tampoco está compuesta por adoradores o simpatizantes de Satán. La escuela austriaca es una escuela interdisciplinar, con una raigambre de siglos, que se asienta en principios filosóficos y científicos muy sólidos, principios que la clase de mandatarios que tenemos al frente del gobierno apenas sabe que existen.

El Estado mantiene la televisión pública gracias en parte al trabajo que realiza Juan Ramón, ya que la única manera que tiene el político de conseguir inversiones es extrayendo dinero de los bolsillos de todos los ciudadanos. A Juan Ramón se le priva de su dinero, y en cierta medida también se le está censurando, pues el dinero sirve para realizar aquellas cosas que uno quiere hacer, y Juan Ramón lo que quiere hacer es escribir artículos, es decir, que le dejen expresarse. Por tanto, los socialistas están cometiendo aquí una primera censura. Pero no les basta con esto. Cuando Juan Ramón consigue acceder de milagro a un medio de comunicación público, cuya construcción ha salido en parte de su bolsillo, y en parte del bolsillo de muchos otros, que desearían verle también en la televisión, los censores del medio en cuestión salen al paso afirmando que Juan Ramón no puede hacer uso de unas instalaciones en las que no cree, y vuelven a censurarle.

Se suele acusar a los liberales de falta de coherencia por acudir a medios de comunicación públicos para criticar todo lo que tenga que ver con el Estado, o por ejercer en una universidad estatal impartiendo asignaturas que avalan y defienden el sistema capitalista y la privatización, o por cobrar subvenciones y subsidios que luego no dudan en denunciar sin paliativos. Y también se suelen comparar estas denuncias con esa otra acusación que hacen los propios liberales cuando critican a los socialistas por usar los servicios que ofrecen las empresas privadas. Sin embargo, hay una diferencia radical entre un liberal que usa los medios públicos (por ejemplo, Juan Ramón Rallo en la TVE, y Jesús Huerta de Soto en la universidad estatal) y un socialista que usa los servicios y los productos que venden las empresas privadas. El liberal se ve obligado a utilizar los servicios monopolísticos que ofrece el Estado, los cuales tienden a copar todo el ecosistema productivo. En cambio, el socialista decide voluntariamente acudir a las empresas privadas, después de criticarlas con fervor y con desdén, y de desear su cierre. Al primero le obligan; no le queda otra alternativa. El segundo, sin embargo, no actúa en ningún caso bajo coacción. El capitalismo le ofrece muchas más alternativas, y él decide lo que quiere hacer. Por tanto, el incoherente siempre es el socialista, ya que el liberal no tiene otra opción, es obligado a actuar de ese modo. Sus acciones no revelan ninguna contradicción interna, porque no son del todo voluntarias, no son suyas. El socialista no puede acusar al liberal de incoherente por usar unos medios públicos que el propio socialista se ha encargado de imponer, asegurándose de que sean casi los únicos que se ofrezcan. La televisión pública tiene una gran difusión. El socialista se ha asegurado personalmente de que eso sea así. Y desde luego no acepta que se discuta su existencia y su preeminencia. Al liberal no le queda otra alternativa, para ser escuchado igual que los demás, que acudir a esas cadenas estatales. Pero entonces el socialista sale diciendo que el liberal es incoherente porque no compagina sus acciones con sus afirmaciones, y acude a unos medios en los que no cree, que desearía eliminar. Cabría entonces preguntarse: ¿muestran incoherencia los cristianos que son obligados a convertirse al islam bajo amenaza de muerte y luego, en la intimidad, siguen rezando al Dios en el que siempre han creído? Desde luego que no. Más bien, son las víctimas propiciatorias del fanatismo. Pues bien, con el socialismo pasa algo parecido. La sociedad colectivizada que desean los socialistas es, de uno u otro modo, una sociedad coercitiva, donde no queda más alternativa que seguir los preceptos del líder supremo o del grupo de leales y palmeros que le hacen el pasillo. ¿Podemos acusar a aquellos que son conminados a actuar como quieren esos líderes de falta de coherencia por defenderse de ellos y por criticar las imposiciones a las que se ven sometidos? ¿Podemos criticarles porque utilicen el aparato del Estado para solicitar su desmantelamiento? Me parece que no. La incoherencia reside más bien en aquellos que obligan a los demás a convertirse a su religión, como si esa conversión fuese real. Esa es la única incoherencia refutable, la de los liberticidas que luchan para crear una sociedad espuria, llena de ciudadanos sometidos, que no pueden actuar de manera honesta (con libertad).

Ricardo Manuel Rojas ha sabido resumir muy bien esa incoherencia explícita de los socialistas cuando ha dicho: “Me parece bien el argumento que se invoca para que Juan Ramón Rallo no pueda hablar en la TV pública. Pero con el mismo argumento ningún asqueroso político o burócrata debería tener acceso a un solo centavo producido por particulares. Si están dispuestos a negociar eso, yo firmo ahora.” Los políticos deberían tener presente, de una vez por todas, que la esfera pública a la que pertenecen ellos jamás se ha sostenido por sí misma. Los edificios públicos no son suyos, los pagan los contribuyentes, que son entidades privadas. Lo público, como tal, no tiene sostenimiento propio, tan solo es una excrecencia, una boca parasitaria, creada y convenida por algunos para mantenerse a costa de los demás. En el fondo, solo existen acciones privadas. Por tanto, ningún político puede reservarse el derecho de admisión. Si el político exige que, para ser coherentes, los hombres debemos subsistir consumiendo exclusivamente aquellos bienes que se fabrican gracias al sistema que defendemos, el propio político lo tiene verdaderamente crudo. Ningún parlamentario  subsiste de esa manera. El Estado no produce nada; es un mero recaudador. Si el político afirma que Rallo no puede usar los medios de comunicación públicos, porque no cree en ellos, podemos decirle al político que esos medios han sido financiados con el dinero de Rallo, y que por tanto sí serian suyos. Aunque no crea en ellos, tiene todo el derecho a utilizarlos. Si no cree en ellos solo es porque se ha visto obligado a financiarlos.

El político nos roba el dinero, se construye un palacete magnífico con él, y no duda en denunciarnos si intentamos acceder a su mansión. Y, para más inri, afirma que nuestras intenciones son espurias, dice que caemos en contradicción si queremos usar esas instalaciones. Pero lo único contradictorio aquí es pensar que el político tiene potestad para reclamar la propiedad de un palacete que ha financiado con el dinero de todos los ciudadanos.

El político reclama la propiedad del dinero que ganan los demás, y también la de aquellos bienes que obtiene con ese dinero. El ciudadano debe pagar impuestos sin rechistar, y luego se debe abstener de usar como quiera los instrumentos públicos fabricados con ese dinero. Los políticos y los sindicalistas afirman que Rallo no puede usar una plataforma en la que no cree. Que si no cree en ella tampoco es suya. Pero esta afirmación es hipócrita y falsa. Los políticos son los mayores parásitos de todos. Además, una persona puede no creer en algo y sin embargo reclamar también su propiedad. Yo no creo que un ladrón se pueda construir una piscina con el dinero que me ha hurtado, y por la misma razón creeré que tengo todo el derecho del mundo a usar esa piscina, en el caso de que pueda hacerlo. El político piensa que esto es una contradicción, ya que él no se ve como un ladrón. Pero como quiera que sí lo es, la contradicción que adjudica a los demás se vuelve claramente en su contra. No podía ser de otra manera. Las incoherencias siempre son socialistas.

Miguel Servet acabó sus días quemado en una hoguera, ajusticiado por una macabra comitiva de protestantes, mientras sufría enormes dolores (los reformistas solían usar madera verde para que el fuego ardiese con más lentitud). Pero la sangre de su verdugo, y la de todos los verdugos que han venido después de él, ha seguido circulando por las venas, tal y como defendía el propio acusado. La verdad no se puede censurar. Aunque se mate al mensajero, el mensaje seguirá siendo el mismo. Lo único que puede hacer el sindicato de la UGT es defender una mentira, decirla mil veces para que la gente acabe tragándosela, y demostrar con ello su carácter ignominioso y su bajeza intelectual.

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Los idearios de la Escuela Austriaca de Economía: una crítica desde el minarquismo a las teorías anarcocapitalistas y evolucionistas

Paper publicado en la revista del VII congreso de economía de la escuela austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en el Centro Riojano.

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Indice

1. Introducción

2. El marco ideológico

3. Los errores ideológicos

4. El error del anarcocapitalista

5. El error del evolucionista

6. Conclusiones


Nota preliminar

A raíz del libro publicado recientemente por Michael Oliver (The New Libertarianism: Anarcho-Capitalism, CreateSpace, 2013), donde éste hace una defensa del anarcocapitalismo que intenta basar en la epistemología y la metafísica, se han desatado numerosas discusiones y debates que parecen concluir que dicho sistema, el anarquismo de mercado, es más coherente con las ideas del liberalismo de lo que lo es el minarquismo que defiende una cierta tradición de liberales.

Mi propósito en el trabajo que se va a presentar a continuación fue el de establecer una teoría que, basándose también en un razonamiento teórico y sistemático, diera argumentos a los minarquistas para defender su propia posición con las mismas armas.

David Gordon, en una reseña al libro de Oliver, manifiesta que la respuesta estándar de los objetivistas (minarquistas acérrimos) al anarquismo es que no puede haber un mercado en derecho y defensa. Por el contrario, el libre mercado presupone la existencia de un orden legal fijo, no sujeto a competencia y esto solo puede proporcionarlo el gobierno.

Según David Gordon, Oliver no solo responde a esta dificultad, sino que la dirige contra los defensores objetivistas del estado: «Es completamente cierto -dice Oliver- que el libre mercado presupone una ley objetiva, pero los requisitos de la ley objetiva están fijados por la naturaleza humana. Lejos de requerir un estado, la ley objetiva correctamente entendida impide su existencia. No hay necesidad de un proceso legislativo. La ley está implícita en la naturaleza de las cosas, incluyendo la naturaleza del hombre. Así que se requiere un descubrimiento de la ley en lugar de su creación. (…) Como el capitalismo/voluntarismo se basa en el reconocimiento de la necesidad de libertad de pensamiento y acción, no tiene sentido crear una agencia monopolística para el descubrimiento de la verdad y el derecho. En una sociedad anarcocapitalista, los elementos básicos del derecho no estarían disponibles, frente a las afirmaciones de los críticos randianos del anarquismo».

Pero precisamente, si la ley está implícita en la naturaleza humana, esa ley no garantiza el intercambio voluntario y la sociedad libre, y más bien se ha demostrado que hace todo lo contrario, llevando a las personas a matarse entre ellas y a crear grandes Estados. Por tanto, lo mejor que podemos hacer es construir un estado mínimo que garantice en la medida de lo posible el cumplimiento de esta norma básica.

Como vemos, los anarcocapitalistas defienden un proceso de descubrimiento continuo, en el que las leyes van surgiendo y adoptándose según la necesidad y efectividad que presuponen en aquellas sociedades que las acaban aceptando. Igual hacen los evolucionistas hayekianos (mi trabajo intenta refutar ambas corrientes). Ahora bien, resulta paradójico que todos ellos pretendan llevar a cabo esa defensa partiendo de un análisis metafísico o epistemológico. Las normas básicas son sencillas y no necesitan ser descubiertas paulatinamente, como si se tratasen de objetos científicos. Una verdadera defensa metafísica debe contemplar unos principios irrefutables, obtenidos, no por descubrimientos paulatinos, sino por medio de una convicción o intuición inicial. La libertad individual es un presupuesto metafísico. Y las leyes de un país están obligadas a reflejar esta necesidad imponderable. Un cierto monopolio legislativo, que abandere la defensa unilateral de estos presupuestos básicos, es más coherente con la égida de la libertad que una sociedad anarcocapitalista en la que las normas fluctúan al albur de las circunstancias concretas. Al menos, los anarcocapitalistas no deberían arrogarse la potestad exclusiva del razonamiento metafísico (como hace Oliver en su libro), toda vez que son ellos los que abogan por unas leyes evolutivas y por un proceso de descubrimiento progresivo que nada tiene que ver con esos principios apriorísticos que rigen en la metafísica. Si hablamos en términos metafísicos, hablamos de leyes irrefutables, y si hablamos de leyes irrefutables no podemos decir que tienen que ser descubiertas a posteriori, solo cabe la instauración de un órgano único (minárquico), dirigido exclusivamente a atender y proteger esas pocas leyes básicas que son necesarias para todo el proceso de evolución social que viene después, el cual sí debe dejarse al arbitrio de los distintos individuos. Los anarcocapitalistas obvian el carácter básico de esas leyes, solo atienden a su carácter subjetivo. En este sentido, se olvidan de una de las dos patas que debe tener toda teoría liberal. Dicha teoría defiende el subjetivismo como hecho general. Por tanto, defiende la acción subjetiva, pero también requiere una cierta acción objetiva y monopólica, que haga que esa defensa del sujeto sea completamente general. Los anarcocapitalistas solo atienden al carácter subjetivo de la norma, y se olvidan de que dicho carácter requiere también una defensa objetiva, en el ámbito de las normas más básicas, que a su vez requiere de un sistema unilateral, esto es, una entidad estatal mínima que garantice y homogeneíce el cumplimiento de la regla básica en todo el territorio.


Resumen

En este trabajo se presenta una crítica del evolucionismo y el anarcocapitalismo austriacos, y se defiende al mismo tiempo una alternativa minarquista, que el autor considera más acorde con la realidad y la funcionalidad de una sociedad próspera y libre.

En términos generales, tanto el anarcocapitalismo como el evolucionismo surgen de negar, en algún sentido, las leyes más abstractas e importantes de la naturaleza. Esta negación acarrea una interpretación y una aplicación fallidas. Se desatiende la realidad y se ningunean los principios más básicos de la misma. En consecuencia, el problema de estas corrientes es principalmente epistemológico, y por tanto su enmienda está obligada a asumir la misma naturaleza filosófica.

En concreto, el error consiste en defender una identificación inviable: se identifica el componente objetivo de la teoría con su componente subjetivo. Dada la naturaleza esencialmente distinta de estas dos categorías, dicha identificación es imposible, e incurre en algunos problemas lógicos y contradicciones que exigen una reparación inmediata. La identificación del objeto teórico con el sujeto teórico conlleva el ninguneo del primero (el desprecio de la generalización), que queda irremediablemente subsumido en la naturaleza subjetiva y relativa del segundo.

Lo conveniente es aceptar un elemento objetivo y un elemento subjetivo, asunción que solo contempla de manera completa la minarquía liberal. La defensa absoluta de la libertad individual entraña a su vez dos égidas distintas, o si se quiere, dos dimensiones diferentes. La defensa de una proposición objetiva, incontrovertible y apodíctica. Y la defensa del elemento que describe dicha proposición: el sujeto o individuo particular, contingente y heterogéneo. La diferenciación y conciliación de estas dos categorías epistemológicas, es decir, la asunción de una realidad objetiva y a la vez subjetiva, es el motivo que más deberían resaltar aquellos que quieran justificar teóricamente la existencia de un estado minárquico.


1. Introducción

El objetivo de este trabajo es hacer una crítica teórica y praxeológica de las teorías del evolucionismo y del anarcocapitalismo austriaco, empleando para ello una perspectiva fundada en el concepto político de la minarquía. Sin embargo, no es mi intención hacer una refutación completa de estos idearios. Me considero un evolucionista hayekiano convencido, y también pienso que el anarcocapitalismo podría funcionar mejor de lo que hoy en día funcionan los sistemas estatistas que aceptamos y que padecemos. Lo único que voy a intentar demostrar es que, llevados hasta sus últimas consecuencias, el anarcocapitalismo y el evolucionismo austriacos incurren en algunos errores de base bastante graves, que suponen una aplicación teórica que en muchos casos tiene peores consecuencias que las que obtendríamos con un sistema minarquista.

En términos generales, tanto el anarcocapitalismo como el evolucionismo surgen de negar, en algún sentido, las leyes más generales de la naturaleza. Los anarcocapitalistas aceptan esas leyes absolutas cuando se trata de describir la realidad, pero niegan que éstas puedan plasmarse en normas sociales de carácter general (niegan la taxis; el Estado). Por su parte, los evolucionistas admiten ciertas normas institucionales, pero niegan a su vez que éstas se basen en reglas realmente absolutas (niegan el kosmos; los axiomas).

Esta negación de las leyes más generales de la naturaleza entraña graves errores lógicos: no se corresponde con el carácter esencial que deberíamos otorgar a dichas leyes. El concepto de ley universal que aquí abordamos (axiomática) no puede surgir como consecuencia del proceso evolutivo, como piensan los evolucionistas. Por definición, una ley axiomática es sencilla, necesaria y eterna; no cambia. En consecuencia, su conocimiento no requiere de aproximaciones paulatinas: podemos conocerla desde el principio.

A su vez, una ley universal tampoco puede surgir como resultado de aplicar un régimen de libre competencia, como quieren los anarquistas de mercado. Por definición, una ley universal es única. Solo hay una. Por tanto es absurdo pretender que compita con otras. Para competir hacen falta varios competidores.

En general, anarquistas y evolucionistas razonan de la misma manera. Los primeros alegan que la organización social debe confiarse plenamente a la evolución que emerge de la competición empresarial. Los segundos aducen que la evolución social es la única que debe determinar el carácter y la naturaleza de todas las leyes. Ninguno de ellos contempla unas normas apriorísticas, anteriores a cualquier tipo de evolución o experimentación, posibilitadoras del proceso, que puedan implementarse con carácter general y de manera previa.

Con todo, el objetivo de este opúsculo será refutar alguna de las ideas que hoy en día están ganando adeptos entre las filas de los libertarios, y que se enmarcan dentro de esos dos idearios que hemos motejado más arriba: el anarcocapitalismo y el evolucionismo.

Para refutar el anarcocapitalismo me voy a basar en un artículo que Gustave de Molinari publicó en el siglo diecinueve y que convulsionó la sociedad liberal de la época, que en aquel momento estaba encabezada por Fréderic Bastiat. A la sazón, impugnaré el evolucionismo austriaco a través de la crítica del libro de César Alonso Meseguer que lleva por título La Teoría Evolutiva de las Instituciones, donde el autor defiende una versión extrema de dicha corriente.

Para mi defensa usaré varias nociones importantes, que considero que abarcan un amplio número de procesos sociales, y que por tanto me ofrecerán la oportunidad de contrastar todas las posturas que se dan dentro de la Escuela Austriaca de Economía. Estas nociones giran en torno a la definición de filosofía política, al concepto de teoría, y al concepto austriaco de los tres niveles.

El modus operandi que voy a emplear es bastante sencillo. Pretendo partir de un razonamiento básico, usando conceptos importantes y generales, y aplicándolos después a la investigación de los motivos que aquilatan la defensa del minarquismo y la consecuente refutación del anarquismo y el evolucionismo.


2. El marco ideológico

Al objeto de cumplir con el programa que me he propuesto, es preciso que en primer lugar determine el marco ideológico que me va a permitir identificar, contrastar y oponer con claridad todas las corrientes de pensamiento que se dan dentro de la Escuela Austriaca de Economía. A tal efecto, empezaré por definir el primero de los conceptos que voy a emplear aquí, el concepto de filosofía política.

La filosofía política abarca un área de estudio muy extensa, que involucra a muchas disciplinas académicas. Tiene la vocación de explicar un gran número de fenómenos físicos. Por ende, representa un ámbito intelectual idóneo para acometer el propósito que busco con este trabajo.

La filosofía política es una ciencia omnicomprensiva, no porque alcance a comprender todo el abanico de detalles que enriquecen la realidad, sino porque extiende su análisis cubriendo diversos órdenes. Abarca el estudio de las leyes naturales más elementales (filosóficas), y también el de aquellas otras más específicas que rigen la ordenación de la sociedad humana (políticas).

Los filósofos son estudiosos que parten siempre de presupuestos universales, y que intentan a continuación construir con esas teorías una red de explicaciones suficientemente amplia. Por su parte, la política pretende aplicar esos fundamentos básicos en el ámbito concreto del ser humano. Si unimos estas dos disciplinas obtenemos la filosofía política, la cual consistirá en usar los elementos más importantes del pensamiento, los fundamentos, en aquellas áreas que más le interesan al hombre, las sociedades. No existe otra ciencia que pueda afirmar esto.

A su vez, esta visión omnímoda de la filosofía nos obliga a considerar también dos clases de leyes. Los fundamentos más básicos de la realidad están constituidos por leyes naturales (filosóficas). Mientras que la aplicación de esas leyes en el ámbito del ser humano da lugar a leyes sociales (políticas), las cuales rigen la vida de todos los individuos. Esta dicotomía trascendental ya se puede verificar en los clásicos. Es la dicotomía que mantienen los griegos entre lo artificial y lo natural. Para Hayek, es la dicotomía entre Kosmos y Taxis.

Todas las disputas que se dan dentro y fuera de la escuela austriaca se pueden resumir apelando a esos dos conceptos legales, el kosmos y la taxis, lo natural y lo artificial, la ley natural y la aplicabilidad de esa ley en el ámbito social. Como hemos visto, la filosofía política tiene un carácter omnicomprensivo, ya que integra en su visión las dos clases básicas de leyes que existen. Por un lado, aborda principios fundamentales, y por el otro intenta determinar su aplicabilidad en el ámbito social.

Por eso, si usamos los dos tipos de leyes que trata esa filosofía (Kosmos y taxis; ley natural y ley artificial), y los cruzamos utilizando una tabla, aparecen de inmediato todos los idearios que existen, y todos quedamos retratados. En general, todas las ideologías surgen de los problemas que enfrentan a aquellos que intentan definir y aplicar esos dos tipos de leyes (leyes naturales y leyes artificiales), enfrentamiento que acontece siempre en el cuadrilátero de la filosofía política. A continuación se expone esta tabla.

Tabla Ideológica

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En la tabla expuesta más arriba aparecen seis tipos distintos de ideologías, las cuales paso a detallar a continuación.

El liberalismo de los constructivistas seculares aboga por crear una sociedad perfecta, aspira a construir un paraíso terrenal, donde asegura que todos seremos absolutamente libres, y podremos alcanzar todo lo que nos propongamos (parusía totalitaria). Pero no dice solo esto, justifica todo ello apelando a unas fuerzas históricas y universales irrenunciables (leyes naturales), la inevitable dialéctica de la historia y del materialismo, el milenarismo inexorable, y la llegada ineluctable de la gloria edénica del proletario.

El liberalismo de los constructivistas religiosos promete en cambio una libertad de tipo etéreo, una libertad salvífica, un mundo extraterrestre gobernado por leyes divinas (no naturales) al que solo podremos acceder después de la muerte, y tras cumplir los mandatos teocráticos que se nos impongan desde arriba.

Tanto los constructivistas seculares como los religiosos requieren para sus hazañas de un Estado suficientemente grande y poderoso, que de salida a todas sus aspiraciones de dominación.

Por su parte, los anarquistas puros, que aparecen en la parte inferior derecha de la tabla, no creen en leyes de ningún tipo y tampoco admiten ninguna fuerza estatal. Estos no merecen prácticamente ninguna atención. Realmente no creen en nada, son relativistas estrictos. Decía Camus que el anarquista más coherente es el que se suicida, porque para estar vivo ya hay que cumplir ciertas reglas.

Finalmente, dentro de la Escuela Austriaca de Economía podemos distinguir tres ramas principales, la anarcocapitalista, la evolucionista y la minarquista. El objetivo teórico al que debemos aspirar los austriacos, el que debemos comprar para consumo propio, consiste en averiguar cuál de estas tres corrientes ideológicas es mejor que las otras. Para ello, es preciso que analicemos cómo interpretan las leyes cada una de ellas.

Tanto los anarquistas de mercado como los evolucionistas austriacos obvian de alguna manera los fundamentos más importantes de la realidad. En cambio, los minarquistas los tienen muy en cuenta, tanto a la hora de analizar la naturaleza de las cosas, como a la hora de implementar esas normas en el ámbito de la sociedad. Huelga decir que aquí me refiero exclusivamente a la ley natural como concepto axiomático. No digo que Hayek no creyese en leyes naturales. El orden espontáneo se basa en dichas leyes. Lo que pasa es que los hayekianos nunca terminaron de comprender el carácter axiomático y apodíctico que afecta a algunas de esas verdades, como sí hicieron los misesianos. Lo que critico aquí es el ninguneo de esos principios axiomáticos, tanto por el lado de la Taxis, porque no se quieren reforzar con alguna entidad estatal minárquica (como creen los anarcocapitalistas), como por el lado del Kosmos, porque no se quiere entender su naturaleza absoluta e indiscutible (como hace la corriente hayekiana y sus seguidores actuales, mucho más radicalizados hoy en día que en tiempos de Hayek; el ejemplo que tomo aquí es el libro de Meseguer).


3. Los errores ideológicos

Una vez que hemos establecido el arco ideológico general, mediante el uso del concepto de filosofía política, vamos a ver cuáles son los errores lógicos en los que incurren los anarcocapitalistas y los evolucionistas, las dos ramas de la escuela austriaca que nos proponemos rebatir. Para ello usaré dos instrumentos teóricos nuevos: los elementos epistémicos y los niveles epistémicos.

Una teoría es un sistema lógico-deductivo compuesto de reglas encaminadas a confeccionar modelos científicos que interpretan, infieren, o predicen, un conjunto amplio de observaciones, en función de los axiomas o los principios que componen la misma.

Hay muchas maneras distintas de definir y analizar una teoría. Aquí me voy a centrar sobre todo en sus aspectos más epistemológicos. Desde este punto de vista, una teoría es una afirmación proposicional que consta de dos elementos básicos, un contenido (aquellos hechos concretos que se describen en la teoría; el elemento subjetivo) y un continente (el carácter de teoría; el elemento objetivo que reúne los elementos subjetivos y les da una interpretación única), o si se quiere, un significado, y un significante. A su vez, una teoría también consta de dos niveles de explicación básicos: una proposición principal y unas implicaciones lógicas.

Con respecto a los elementos epistémicos, si aplicamos el concepto de contenido y continente al caso concreto de la teoría de la escuela austriaca, obtenemos las siguientes definiciones:

  • Contenido: todo hombre al actuar pretende alcanzar unos determinados fines que habrá descubierto que son importantes para él (descripción de un hecho subjetivo; elemento subjetivo de la afirmación).
  • Continente: todos los hombres al actuar… (descripción de un hecho objetivo; elemento objetivo de la afirmación).

Cuando nos referimos a la propia ley ya no estamos hablando del contenido, sino del continente de la teoría. La naturaleza continental de la teoría tiene un carácter objetivo; las leyes que describen el mundo y aspiran a comprenderlo deben ser lo más universales posibles. La ciencia solo tiene sentido si emprende una búsqueda que tenga por objeto describir esos hechos universales. No en vano, su principal y única función es la de pretender esa generalización. Cada vez que se construye una nueva teoría, se está llevando a cabo este proceso.

Por otro lado, las teorías también constan de una proposición general y unas implicaciones lógicas, o si se quiere, de unas causas principales y unos efectos derivados. Si llevamos estos niveles de explicación al plano concreto de la escuela austriaca, igual que hemos hecho con los elementos epistémicos, nos encontramos con la teoría de los tres niveles, enunciada hace ya más de un siglo por el eminente economista y escritor austriaco Carl Menger. Esta noción abarca un amplio número de procesos sociales (como el concepto de filosofía política que se ha tratado mas arriba), y por tanto nos ofrece también la oportunidad de contrastar una gran variedad de fenómenos. A continuación definimos esos niveles:

  • Primer nivel: La proposición principal. El hombre actúa (praxeología). Mises denomina a estas acciones con el apelativo de autísticas. La acción humana es un presupuesto irreductible, que no cabe referirlo a ningún otro ni explicarlo más (esto está cogido de una cita de Huerta de Soto). Por tanto, la acción humana sería un presupuesto innegable y absoluto.
  • Segundo nivel: Las implicaciones lógicas. El hombre interactúa con otro individuo (cataláctica). Este presupuesto describe un aspecto de la acción menos universal. La acción no conlleva necesariamente una interacción.
  • Tercer nivel: El hombre interactúa dentro de una red extensa compuesta por millones de individuos (órdenes espontáneos; teoría de las instituciones evolutivas). El fenómeno que aquí se describe está compuesto por acciones muy particulares e individuales.

Pues bien, el error que cometen tanto los anarcocapitalistas como los evolucionistas austriacos arraiga en estos aspectos básicos de la teoría y consiste en obviar deliberadamente sus elementos más objetivos. Con respecto a los elementos epistémicos, obvian el componente continental de la teoría, y con respecto a los niveles epistémicos obvian el más fundamental de todos ellos, el nivel praxeológico.

En concreto, anarcocapitalistas y evolucionistas llevan a cabo un intento de identificar teóricamente las categorías objetivas con las categorías subjetivas. En otras palabras, confunden el continente teórico de la proposición con su contenido teórico, y también confunden la proposición principal con las implicaciones lógicas. Se confunde el contenido (particular) con el continente (universal) de la proposición, y también se confunde la proposición principal (más general) con las implicaciones lógicas (más particulares). Y dado que esta identificación es imposible, puesto que la naturaleza esencial de dichas categorías es completamente opuesta, las consecuencias que tienen todas esas equivocaciones se dejan sentir inmediatamente. El elemento objetivo de la teoría se subsume en el elemento subjetivo y particular, y se ningunea. La teoría deja de ser teoría. La apuesta por la libertad que hacen los austriacos es menos apuesta si no se defienden unos principios generales de manera radical. La pérdida de objetividad conlleva la pérdida de credibilidad y la pérdida de efectividad. En los siguientes epígrafes analizaremos de forma más precisa el modus operandi de estas fallas teóricas.


4. El error del anarcocapitalista

Gustave de Molinari es el padre intelectual del anarquismo de mercado. Murray Rothbard nos lo describe de la siguiente manera: “Nacido en Lieja, hijo de un médico y barón belga que había sido oficial del ejército napoleónico, Molinari dedicó la mayor parte de su vida a escribir y editar innumerables obras, todas las cuales promovían la paz internacional, el laissez-faire, y la crítica decidida de toda forma de estatismo.” (Rothbard, 2013, p.1060)

Según afirma Rothbard en su libro Historia del Pensamiento Económico, «Molinari elaboró una ponencia en la que exponía por primera vez en la historia, un laissez-faire puro y coherente, llegando a exigir la introducción de la competencia libre y sin obstáculos en aquellos servicios que por lo general se considera que son exclusivamente públicos: en concreto la esfera de la protección policial y jurídica de la persona y de la propiedad privada.» (Rothbard, 2013, p.1060)

Entre otras cosas, Molinari aducía lo siguiente: “…considero a las leyes económicas como leyes naturales, y tengo tanta fe en el principio de la división, de la libertad de trabajo y del intercambio como la que puedo tener en la ley de la gravitación universal. Por consiguiente, pienso que si bien este principio puede sufrir perturbaciones, no admite en cambio ninguna excepción… Que la producción de la seguridad debe, por el interés de los consumidores de este bien inmaterial, permanecer sometida a la ley de la libre competencia… Repugna a la razón creer que una ley natural bien demostrada pueda admitir excepción alguna. Una ley natural es válida en todo momento y en todo lugar, o no es tal ley. No creo, por ejemplo, que la ley universal de la gravedad, que rige el mundo físico, se encuentre suspendida en ningún momento ni en ningún lugar del universo.” (Gustave de Molinari, 1849)

Igual que Molinari, muchos anarquistas de mercado que contemplan las maravillas del contenido que predica el principio de la acción individual y del intercambio voluntario, deducen que cualquier acción privada tiene que ser necesariamente buena, y llegan a decir que la aplicación de la ley, es decir, el continente de la teoría y la propia norma, debe depender también de esas provisiones privadas.

Pero al hacer esto están confundiendo el contenido y el continente de la teoría. En una sociedad avanzada y próspera la provisión de bienes es diversa y compleja. Tiene que satisfacer un número enésimo de gustos. Por eso debe haber múltiples maneras de proveer esos bienes, tantas como deseos existan. El proveedor no puede ser otro que el mercado. Pero la provisión de leyes abstractas (el continente de la ley), que garantizan a su vez la provisión diversa de esos bienes privados, es de una naturaleza totalmente distinta. Las leyes que sostienen el mercado son únicas y sencillas. Por tanto, solo hay una forma eficaz de garantizar esas satisfacciones: la defensa de la libertad individual. El proveedor de ese servicio irrenunciable debe ser un ente general. La aplicación de la ley tiene que ser unívoca. Y el encargado de aplicarla tiene que tener la misma característica.

Molinari afirma que la aplicación de la ley también debe someterse a la competencia del mercado, y que de no ser así supondría una excepción a la norma. Pero esto constituye un error de bulto. La propia ley no puede ser una excepción a la ley. Precisamente su cumplimiento general y unilateral es lo que garantiza que no haya excepciones. Molinari está confundiendo el continente de la teoría (la propia ley) con su contenido (aquello que describe). Con ello, está defendiendo una identificación imposible, la de dos categorías totalmente opuestas.

Molinari comete además un segundo error de identificación, que tiene que ver, ya no con los elementos epistémicos, sino con los niveles epistémicos. Confunde la proposición universal con sus implicaciones particulares, la acción en si con las acciones voluntarias que emprenden los individuos a título personal; en definitiva, está confundiendo la praxeología con la cataláctica.

Al confundir la acción en general (praxeológica) con las acciones concretas (catalácticas), Molinari piensa que el principio universal e irrefutable viene definido por los intercambios voluntarios. Y como cree erróneamente que éste es un principio universal, no ve ningún motivo para regular esos intercambios mediante entes generales que aseguren su cumplimiento. Por eso se siente tentado a querer que desaparezca cualquier forma deliberada de gobierno. Pero como quiera que los intercambios también pueden ser involuntarios, al hacer eso está favoreciendo el otro tipo de intermediaciones: los intercambios violentos.

El principio que contempla Molinari, basado en la división del trabajo, la libertad y el intercambio voluntario, no es un principio universal, pertenece al ámbito de la cataláctica, no al de la praxeología. Constituye una de las dos implicaciones catalácticas que existen, la que determina los beneficios como resultado de un proceso cooperativo.

Molinari interpreta un principio particular, la acción humana basada en la cooperación y el respeto a la propiedad privada, como si fuera una verdad universal (absoluta). Por tanto, inconscientemente tiende a olvidar el riesgo que suponen aquellas acciones humanas que no se basan en la cooperación, y tiende a pensar también que no hace falta ningún ente general que minimice el impacto social de este tipo de acciones violentas.

La acción cooperativa es universal en tanto en cuanto es la única acción que permite el desarrollo y el progreso de la sociedad (el Big-Bang social, y los órdenes extensos). Pero hay que tener en cuenta que no es un fenómeno realmente universal: no es un fenómeno que se produzca siempre (la única acción universal es la acción praxeológica). A veces el hombre obtiene beneficio a través de la violencia; otras a través de la cooperación. La violencia también puede llegar a convertirse en un problema sistémico, y a devastar una sociedad pacífica. El siguiente esquema intenta mostrar estas dos opciones, en el contexto general de la teoría.

1º Nivel: Praxeología (una única posibilidad: una acción)

  • El hombre actúa persiguiendo fines y usando medios.

2º Nivel: Cataláctica (dos posibilidades: dos acciones)

  • El hombre actúa mediante intercambios voluntarios y vínculos contractuales.
  • El hombre actúa mediante intercambios involuntarios y vínculos hegemónicos.

3º Nivel: Órdenes extensos (muchas posibilidades: millones de acciones)

  •  Los vínculos contractuales dan lugar a órdenes extensos compuestos por sociedades pacíficas y prósperas.
  • Los vínculos hegemónicos dan lugar a órdenes extensos compuestos por sociedades convulsas y atrasadas.

Lo que es absoluto en las leyes económicas es la afirmación que dice que los intercambios voluntarios dan lugar siempre a sociedades más prósperas. Pero esta absolutez no es comparable con aquella otra que se produce con la gravedad. Para que caiga una manzana no es necesario que el hombre acometa ninguna acción legislativa. Las manzanas caen en virtud de una fuerza natural. No hay alternativas. Pero para que una sociedad se rija por medio de intercambios voluntarios si es necesario un marco general de regulación, porque en este caso existen otras alternativas que ponen en peligro el principio que todos deseamos, aquellas acciones que comprometen esos intercambios voluntarios.

Por tanto, no es posible comparar el intercambio voluntario con la ley de la gravedad. La segunda se cumple siempre. Sin embargo el primero puede o no cumplirse. Existe intercambio voluntario e intercambio involuntario. La voluntariedad no es algo universal. Por lo menos no lo es en el mismo sentido que lo es la gravedad. Esta crítica del argumento de Molinari es clave para entender el error y el exceso que comete el anarcocapitalismo. Si la voluntariedad fuera universal, como lo es la gravedad, es decir, si el ser humano fuera absolutamente bueno, efectivamente no haría falta ningún ente de regulación general. Pero como no lo es, dicho ente está plenamente justificado, y el anarcocapitalismo se convierte en otro mito roussoniano. Molinari, sin querer, al intentar justificarse, nos está dando con su equivalencia la pista para entender el nudo gordiano del error que comete el anarquismo de mercado.

Incluso la propia teoría de la gravitación, el ejemplo que pone Molinari, nos ofrece la oportunidad de comprender cuan equivocado estaba este autor. Todas las proposiciones generales conllevan algunas implicaciones lógicas que no guardan nunca el mismo grado de generalidad. La gravedad de un agujero negro destrozaría al hombre. Sin embargo, la que existe en la Tierra le permite vivir con los pies en el suelo. Si confundimos una de esas implicaciones gravitatorias, por ejemplo, la más apreciada por nosotros (la que se produce aquí en la Tierra), con la proposición principal (la ley general de la gravitación), también confundiremos la eventualidad de la primera con la absolutez de la segunda, pensaremos que la gravedad siempre nos es beneficiosa, y tenderemos a creer que no hacen falta medidas generales que nos protejan de los agujeros negros, en el caso de que lo necesitáramos.

En la sociedad existe siempre una cierta violencia asistemática, que no procede de los Estados, sino que se gesta entre los individuos de a pie. Esta violencia también se debe perseguir en la medida de lo posible, y es preciso combatirla de forma unilateral. Como nos recuerda Nicolás Cachanosky: “…la libertad no es el estado natural del individuo. Cuando el hombre apareció en la Tierra por primera vez no vivía en sociedad ni era libre. El concepto de “hombre libre” tiene sentido dentro de una sociedad con normas que crean y resguardan esa libertad. La libertad es algo con lo que el hombre no vino a este mundo.” (Nicolás Cachanosky, 2008, p. 35-45).

Paradójicamente, es el propio Molinari quien también se ve obligado a reconocer las causas que hacen que el Estado sea necesario, y el que nos da las claves de esa necesidad: “Si el sentimiento de justicia estuviese universalmente extendido sobre la faz de la tierra; si, en consecuencia, cada hombre se limitase a trabajar y a intercambiar los frutos de su trabajo, sin desear atentar contra la vida de otros hombres o apoderarse, a través de la violencia o del fraude, del producto del trabajo de otros hombres; si, en una palabra, cada cual experimentase un horror instintivo hacia los actos que dañasen a otros, la seguridad existiría con toda certeza de forma natural sobre la tierra, y no sería necesaria ninguna institución artificial para fundarla.” (Gustave de Molinari, 1849).

Hayek siempre distinguió dos tipos de órdenes: los creados y los espontáneos. Asimismo, también diferenció dos clases de normas, articulables e inarticulables. Estas diferencias se hacen necesarias desde el momento en el que entendemos que las teorías atinentes a la realidad siempre se componen de dos categorías distintas, una categoría abstracta, que viene representada por cualidades trascendentales, y una categoría concreta, encarnada en cualidades y hechos particulares. Las necesidades de los individuos siempre son particulares y heterogéneas, entran dentro de la esfera de la decisión individual, dependen del orden espontáneo, no pueden ser redirigidas por ningún órgano director, y solo pueden venir determinadas por el Kosmos. Pero el carácter general de la norma, y el hecho que establece todas esas necesidades particulares, pertenecen a una categoría muy distinta. Las normas abstractas son comprensibles, homogéneas, y trascendentales. Todos los individuos requieren el mismo servicio, la garantía de que se van a respetar sus decisiones particulares, sin excepciones de ningún tipo. Por tanto, esta norma si es susceptible de una aplicación articulable, monolítica, y deliberada, que dependa en cualquier caso de una entidad también general, y que encaje dentro de la denominación griega de Taxis. A esto se refiere Hayek cuando introduce el concepto de isonomía para reclamar un sistema legislativo igual para todos los individuos que integran la sociedad.


5. El error del evolucionista

El error de los evolucionistas austriacos tiene en esencia la misma naturaleza y la misma estructura que el que acabamos de ver con respecto al anarcocapitalismo. En él también concurren dos fallos de identificación, con la inevitable consecuencia del menosprecio de los aspectos más objetivos de la teoría.

Existe una rama evolucionista que realiza una interpretación hayekiana extremadamente radical. Para ella, todas las instituciones y todas las definiciones deben tener un origen evolutivo. En caso contrario, no tendrán ninguna validez. Hasta cierto punto, esta aseveración es relativamente cierta. Sin embargo, entraña una idea que corrompe completamente las bases de una episteme verdaderamente objetiva, ya que, si todo evoluciona en el tiempo por prueba y error, no hay espacio para la determinación de unas leyes absolutas, universales y eternas.

Por supuesto, estos evolucionistas no dudan en atacar el concepto de axioma que defiende la Escuela Austriaca de Economía, el cual les parece extremadamente irracional. César Alonso Meseguer, en su libro La Teoría Evolutiva de las Instituciones, combate frontalmente este concepto austriaco; niega que existan verdades absolutas y eternas. Resulta harto curioso que no conceda al axioma ni siquiera la categoría de principio. Para él, dicho axioma sería simplemente una hipótesis, una conjetura que debe someterse a un análisis permanente. En ciencia una hipótesis tiene la categoría más baja, solo es una primera aproximación, el resultado de recabar datos.

Como el contenido de la teoría austriaca afirma que todas las instituciones se generan de forma evolutiva, los evolucionistas piensan que la propia teoría, y los principios de la evolución que determinan esos cambios, deben progresar de la misma manera. Hoy son estos, pero mañana pueden ser otros muy distintos. Al suponer esto, están cometiendo un claro error de identificación. Estos autores austriacos vuelven a confundir el continente teórico con el contenido teórico (los dos elementos epistémicos).

Es por ello que Meseguer ataca una y otra vez el concepto de ley natural de Rothbard fundado en axiomas de naturaleza irrefutable. Según Meseguer, “Rothbard es otro creador de utopías nacidas de la creencia en la omnipotencia de la razón. Incapaz de advertir que su supuesto mundo libertario no es más que una fantasía de su mente, al no darse cuenta de que la razón, su razón objetiva, no es el instrumento adecuado para alcanzar el conocimiento de lo universal y eterno” (Meseguer, 2009, p. 178)

Por otro lado, en lo tocante a los niveles epistémicos, los evolucionistas también cometen un segundo error de identificación. Igual que hacen los anarquistas de mercado, los evolucionistas confunden la proposición principal con las implicaciones lógicas. Meseguer afirma que, para llegar a comprender la complementariedad entre el pensamiento de Mises y el pensamiento de Hayek, es preciso que aprendamos a distinguir adecuadamente los tres niveles de organización social que existen: el nivel praxeológico, el nivel cataláctico, y el nivel de los órdenes espontáneos extensos. Sin embargo, en relación con la gnoseología, Meseguer apenas distingue los rasgos epistemológicos que caracterizan y que diferencian la praxeología de la cataláctica. Según nos dice, siempre tenemos que aplicar el mismo método hipotético deductivo, independientemente del nivel que estemos analizando.

Según Meseguer, la cataláctica puede calificarse como una ciencia económica en sentido estricto, separada de la praxeología. Y a continuación también indica: “En este tercer nivel, el método de análisis apriorístico-deductivo, que se aplica a los otros dos niveles como más adecuado, ya no resulta idóneo… se requiere un método diferente histórico-evolutivo.” (Meseguer, 2009, p. 170)

Sin embargo, posteriormente parece retractarse de lo dicho más arriba, y asegura que esa división es más una división teórica que real. Para demostrar esto aporta una cita extraída de La Acción Humana de Mises, y sacada de contexto: “Deviene, entonces, ciertamente algo difícil trazar neta frontera entre qué acciones deban quedar comprendidas dentro del ámbito de la ciencia económica, en sentido estricto, y cuales deban ser excluidas, pues la economía fue, poco a poco, ampliando sus primitivos horizontes hasta convertirse en una teoría general que abarca ya cualquier actuación de índole humana. Se ha transformado en praxeología. Por ello, resulta difícil precisar, dentro del amplio campo de tan general teoría, los límites concretos de aquella más estrecha disciplina, que se ocupa solo de las cuestiones más estrictamente económicas.” (Meseguer, 2009, p. 163)

En un primer momento, da la impresión de que Meseguer quiere diferenciar dos metodologías distintas. Pero un análisis más profundo y extenso de su obra nos permite confirmar algo muy distinto. Al negar las categorías axiomáticas, Meseguer está diciéndonos que solo existe un método posible. Afirma que las predicciones que realizan las ciencias económicas siempre son predicciones hipotéticas y de tendencia. Es decir, serían predicciones conjeturales sobre la forma que tienen de evolucionar determinados acontecimientos históricos complejos, dentro de entornos normativos particulares.

En realidad, Meseguer está proponiendo que el análisis del primer nivel (praxeológico) quede en cualquier caso supeditado al análisis que se haga en el segundo (cataláctico) y el tercer nivel, donde los fenómenos son mucho más complejos (órdenes espontáneos).

Si la praxeología es en la práctica indistinguible de la cataláctica (si todo son hipótesis), como parece decirnos Meseguer, y si la cataláctica es una ciencia menos fundamental que la praxeología, constituida por leyes más discutibles y provisionales, tal vez la praxeología también debería considerarse dentro de esta categoría; tal vez debamos admitir que sus leyes son igualmente provisionales.

Pero esta proposición hace un flaco favor a la idea de los tres niveles (tan importante en la Escuela Austriaca de Economía, y tan destacada también por el propio Meseguer), ya que, si todos ellos se deben analizar de la misma manera, no tiene sentido distinguir tres niveles.

Lo que Meseguer está queriendo decirnos aquí, al invitarnos a cambiar nuestros esquemas lógicos, es que debemos dejar de pensar en términos praxeológicos, en el sentido de que tenemos que abandonar esas creencias que intentan describir principios inalterables. Dado que el mundo es cambiante y diverso (tercer nivel), Meseguer deduce que todo debe estar afectado por esta variabilidad, también los principios más seguros de la praxeología, en los que paradójicamente se basa él para afirmar lo que dice.

Los evolucionistas extremos están en contra del dualismo metodológico, y niegan que existan principios irrefutables. Afirman que solo podemos basarnos en conjeturas. No creen en los axiomas. Hacen caso omiso de esa doble vía de acceso al conocimiento que resaltan los austriacos. En este sentido, vuelven a abrazar los conceptos y la metodología de la escuela histórica alemana, precisamente esa cuya oposición sirvió para que nacieran ellos, para que surgiera la Escuela Austriaca de Economía, de la mano de Menger.


6. Conclusiones

La principal idea con la que nos debemos quedar, tras analizar los errores que acusan algunas corrientes liberales, debe hacer hincapié en la necesidad de asumir dos componentes epistémicos fundamentales, un componente particular y un componente universal. La naturaleza se constituye de hechos concretos y contingentes y de hechos generales y necesarios, y no deberíamos obviar ninguno de ellos, a fin de componer una propuesta teórica que sea fiel a la realidad y que funcione mejor.

La cataláctica describe acciones voluntarias (mercado, intercambio, contratos) que en ningún caso son absolutamente generales (también existen acciones involuntarias, hegemónicas). Las acciones voluntarias son hechos contingentes, asiduos de un contexto institucional particular. No obstante, esas mismas acciones resultan completamente necesarias y fundamentales cuando se trata de conseguir que la sociedad progrese y se desarrolle más rápido. Por tanto, hace falta garantizar esos hechos con leyes generales creadas ad hoc (con instituciones públicas, con leyes artificiales, con isonomía, y con minarquía).

También es preciso que integremos lo natural y lo artificial, y que lo hagamos de tal modo que lo artificial imite a lo natural, es decir, que las leyes artificiales se atengan a las leyes naturales. Es necesario que el hecho natural que más trascendencia tiene en la sociedad, la acción humana voluntaria, obtenga reflejo en las leyes generales del ente público, y que pueda de este modo extenderse por toda la sociedad.

La minarquía, si se lograse, ofrecería más garantías que el anarcocapitalismo. Los dos sistemas pueden derivar en organizaciones mucho peores. La naturaleza perversa del hombre siempre estará presente en todos los actos que éste acometa, ya sean privados o públicos. Pero la minarquía tiene al menos un freno añadido. En ese sentido, es superior al anarcocapitalismo. Concibe un orden general absoluto basado en la libertad individual y en leyes de carácter abstracto. Pero además de concebir ese orden, lo protege por medio de instituciones creadas a tal fin. Por tanto, tiene en cuenta, tanto el componente apodíctico de la teoría (lo absoluto), como el componente subjetivo (el individuo particular). Y puede garantizar que ese elemento subjetivo sea capaz de actuar siempre con la libertad que se necesita.

Otro problema distinto consiste en darse cuenta de que ningún sistema social es perfecto. Pero hay que entender que esta afirmación no invalida el hecho de que la minarquía siempre será un sistema superior, en el caso de que lograse mantenerse estable. Y si no lo consiguiera, si tomaran el poder otros intereses, si los principios que se defienden dejaran de defenderse, o se hicieran un poco más engorrosos, la defensa de dicho Estado (de mínimos) dejaría en cualquier caso de tener sentido y de estar legitimada.

Cuando defiendo el minarquismo trato de resaltar que no estoy defendiendo un sistema totalmente estable, que pueda situarse al margen de la voluntad mayoritaria. Evidentemente, esos problemas son compartidos por todos los sistemas, también por el anarcocapitalismo. Siempre existe el riesgo de que el sistema degenere, o de que la mayoría se revele contra él. Cuando el anarcocapitalista afirma, para refutar el minarquismo, que cualquier Estado puede hacerse cada vez más grande y acaparar más cuota de poder, no se da cuenta que la ausencia de Estado deja la vía libre también para que ciertas organizaciones intenten hacerse con ese poder y crear de este modo un gobierno estatal incipiente que tienda igualmente a crecer. Lo que digo en cualquier caso es que, a igualdad de condiciones, con una sociedad determinada, el minarquismo ofrece al defensor de la libertad una garantía mayor.

Tomemos lo mejor de ambos mundos. El mercado funciona maravillosamente. La libre competencia, el respeto a la propiedad del otro, y el interés privado constituyen la base del desarrollo social, pero no representan un principio realmente universal. El mercado también tiene algún que otro fallo. A veces el ser humano, de manera privada, ejerce una violencia y una coacción desenfrenadas sobre sus coetáneos y sus vecinos, y es preciso que corrijamos lo más posible esos errores nefastos.

Por su parte, el Estado funciona calamitosamente. Llena la sociedad de errores, malas inversiones, cálculos nefastos, intromisiones, y adulterantes. Sin embargo, es bueno en una única cosa. El Estado es un ente realmente general, es el único que existe. Por tanto, también es el único que está capacitado para impartir una normativa general. En consecuencia, es lógico pensar que la única manera de proteger la propiedad privada y la libertad individual de manera general y absoluta es permitiendo que quede respaldada por una entidad de este tipo.

A este respecto, Hayek afirmaba lo siguiente: “El más importante bien colectivo a proporcionar no consiste en la satisfacción directa de las necesidades personales, sino en la creación de un conjunto de condiciones en base a las cuales los individuos o grupos de individuos pueden ocuparse de la satisfacción de la misma” (Hayek, 2006, p.7, tomo 2).

El Estado debe limitarse a producir seguridad y libertad. No puede intervenir de otro modo. Pero es el ente que mejor puede garantizar esas condiciones mínimas y esenciales (universales) que se necesitan para vivir en sociedad. No en vano, es el único gobierno cuya naturaleza también es general.

En un análisis introductorio que Zanotti hace a la obra de Hayek, el filósofo argentino comenta lo siguiente: “El cosmos se refiere a un orden no planificado, fruto de la acción humana pero no del designio humano. Taxis, en cambio, hace referencia a órdenes en lo social que los seres humanos pueden deliberadamente planear. La distinción entre sus dos tipos de normas es esencial para la filosofía política de Hayek, inseparable en su filosofía del derecho. La ley Law emana como normas espontáneas del orden social, al igual que la common law inglesa. Mientras que la legislatión hace referencia a disposiciones administrativas que emanan de organismos ad hoc, donde los seres humanos pueden deliberar, decidir, planear.” (Zanotti, 2008, p.74)

Un poco más adelante Zanotti afirma que a Hayek «no lo entienden sus críticos socialdemócratas, pero tampoco los anarcocapitalistas que lo acusan de socialista.» (Zanotti, 2008, p.75) Por supuesto, ninguno de ellos comprende la doble naturaleza de las leyes.

Lo que yo propongo aquí es una visión hayekiana, la admisión de una dicotomía legal, de leyes naturales basadas en la acción individual, la propiedad privada, y la competencia comercial, y reforzadas con una constitución general ad hoc.

Una de las mejores cosas que podemos hacer los intelectuales a la hora de evaluar las leyes de la naturaleza (y de la sociedad) es la de insistir en diferenciar dos categorías distintas. Las reglas que afectan a los hechos particulares, como por ejemplo las que se deben debatir dentro de una comunidad o una asociación (ej. el tipo de puerta que habrá de colocarse en la entrada de una urbanización) deben someterse necesariamente a votación. Pero no pasa lo mismo con aquellas reglas más generales que no pueden tener alternativa y que son universales y necesarias. Los democraticistas intentan someter todo a plebiscito popular. Al hacer esto, ponen en duda las leyes más generales e importantes, que deberán someterse en cualquier caso al arbitrio de la mayoría, y al mismo tiempo se entrometen en aquellas otras normas que solo deben dirimirse en el ámbito del individuo. En ambos casos incurren en medidas coactivas que disminuyen gravemente la libertad de las personas, bien porque no se respeten sus derechos más fundamentales, bien porque no se les permita decidir sobre asuntos que solo les afectan a ellos.

Otro de los autores que más se ha empeñado en resaltar el doble aspecto de las leyes y la realidad es el profesor Jesús Huerta de Soto: “…no podemos dejar de resaltar que precisamente es el carácter esencialmente subjetivo de los elementos de la acción humana (fines, medios y costes) lo que, de forma tan solo aparentemente paradójica, confiere plena objetividad a la economía, en el sentido de que esta sea una ciencia teórica cuyas conclusiones son aplicables a cualquier tipo de acción [praxeología]”. (Huerta de Soto, 2010)

En esta misma línea, Rothbard nos dice: “Afirmaremos  que un individuo tiene derecho a hacer lo que le plazca con su persona, que tiene derecho a no ser molestado ni entorpecido por medios violentos en el ejercicio de este derecho. Pero el modo moral o inmoral de ejercitarlo es más un problema de ética personal que de filosofía política. Nunca se insistirá demasiado en la importancia de esta crucial distinción. En efecto, como ha afirmado concisamente Elisha hurlbut el ejercicio de una facultad en los individuos se refiere únicamente a su uso. Una cosa es la manera como se ejerce, que implica una cuestión de moral, y otra cosa es el derecho a este ejercicio.” (Rothbard, 2009, p.53).

Todas las teorías sociales que se basen en valores subjetivos y en acciones individuales tienen una validez universal objetiva, precisamente porque esa subjetividad es un presupuesto irreductible, que no cabe referirlo a ningún otro ni explicarlo más, como diría el profesor Huerta de Soto. Nótese que esta declaración no es fruto de un racionalismo extremo, como en cambio nos diría Meseguer. Defender una verdad absoluta basada en la subjetividad del individuo, es decir, concebir la subjetividad como un presupuesto irreductible, no significa afirmar que se puede conocer todo, más bien significa todo lo contrario: como es imposible conocerlo todo, existe una única verdad absoluta, la de esa imposibilidad, y una ley también absoluta, la que se basa en esos valores subjetivos y parciales. Además, aspirar a que esa ley se cumpla y se aplique políticamente con carácter general no es incurrir en una excepción, como afirmaría Molinari. Todo lo contrario, esas aspiraciones eliminan cualquier incumplimiento y cualquier negación de la norma. Solo aquellos exégetas que confunden el contenido y el continente de la ley, piensan que el carácter objetivo y universal que tiene la misma es equiparable con el carácter subjetivo, cambiante y particular que tienen los hechos y las empresas que se describen con ella. Entonces, quedan dispuestos a renunciar a cualquier órgano general (estatal), y a dejarlo todo en manos de entidades privadas de carácter ecléctico.

Los anarquistas de mercado se obcecan tanto con la idea que afirma que el Estado es un ente maléfico y perverso, que no contemplan ninguna cualidad colectiva que sea buena. Al hacer esto, no se dan cuenta que están yendo en contra del propio principio que dicen defender, aquel que les lleva a odiar todo lo que tenga que ver con el Estado, el principio de la libertad individual. Cualquier principio, y más aquellos que tienen un carácter tan importante (caso de la libertad individual), presentan una dimensión colectiva indiscutible, una esencia común, la descripción necesaria de un fenómeno general. Los anarquistas acaban negando uno de los elementos más importantes de la realidad, el carácter objetivo y conjunto de ciertas propiedades naturales, la constatación de que los seres humanos constituimos también una entidad única y tenemos todos una misma identidad. Negar la sociedad como conjunto también puede suponer un error intelectual grave, que puede llevar a ocultar la verdad más importante que existe, el carácter distintivo y particular de todos los individuos que integran dicha sociedad. Por refutar el socialismo, los liberales a veces acaban negando la aplicación colectiva de cualquier principio o regla general, y caen en el error de negar también la esencia del propio principio que dicen defender, la naturaleza continental y absoluta de la verdad que ellos quieren afirmar.

Frente a estos elementos anarquistas, los que nos oponemos a ellos debemos enfatizar las ventajas de defender el dualismo metodológico y el principio axiomático que se deriva de éste. Dicha defensa es la vacuna más eficaz contra esas ideologías monistas y relativistas que solo conciben un método de investigación y que suelen derivar en positivismo y constructivismo.

Además, el dualismo metodológico y el método deductivo llevan a defender una verdad absoluta, basada en la libertad individual, que es una forma de blindaje más efectiva que las visiones erráticas del evolucionismo y el anarcocapitalismo austriacos, que nunca están seguras de nada y que siempre deben descubrir las cosas a posteriori, bien por medio de la evolución histórica (evolucionismo hayekiano), bien por medio de la competencia que se produce en el ámbito empresarial (anarquismo de mercado). Transmitir la idea de que esa defensa absoluta de la libertad es una cuestión indecidible, previa a cualquier otra condición, que solo puede ser acometida de manera eficaz por un órgano que tenga el mismo carácter general, es una labor que los minarquistas no podemos retrasar por más tiempo. El principio de la libertad individual se compone de dos elementos fundamentales, un elemento general y absoluto (el carácter de principio), y un elemento particular y privado (el hecho individual). Asumir que la naturaleza está constituida por una realidad doble, individual y general, entender que los principios más fundamentales tienen siempre un carácter absoluto, y comprender que dicha ecumenicidad debe estar representada en las instituciones por un organismo que tenga la misma característica, es el mayor favor que podemos hacer los hombres a la causa de la libertad, y es exactamente lo contrario de lo que hacen aquellos que obvian esa naturaleza absoluta (anarcocapitalistas y evolucionistas), o aquellos que dicen que el principio absoluto consiste en negar la libertad del individuo (socialistas). 


 

Referencias Bibliográficas

  • Cachanosky, Nicolás (2008). “Los límites del anarco-capitalismo. Breve comentario desde el liberalismo clásico.”. La Escuela Austríaca en el Siglo XXI – Revista Digital No. 9 – 35-45 – Año 2008
  • Hayek, Friedrich (2006). Ley, Legislación y Libertad (7, tomo 2). Madrid: Unión Editorial
  • Huerta de Soto, Jesús (2010). Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresaria. Madrid: Unión Editorial
  • Meseguer, Cesar Alonso (2009). La teoría evolutiva de las instituciones (p. 178). Madrid: Unión Editorial.
  • Meseguer, Cesar Alonso (2009). La teoría evolutiva de las instituciones (p. 170). Madrid: Unión Editorial.
  • Meseguer, Cesar Alonso (2009). La teoría evolutiva de las instituciones (p. 163). Madrid: Unión Editorial.
  • Molinari, Gustave (1849, febrero). “Sobre la Producción de Seguridad” Journal des Économistes.
  • Rothbard, Murray (2009). La Ética de la Libertad (p.53). Madrid: Unión editorial.
  • Rothbard, Murray (2013). Historia del Pensamiento Económico (p. 1060). Madrid: Unión Editorial.
  • Zanotti, Gabriel (2008). Introducción Filosófica al Pensamiento de F.A. Hayek (p.74). Madrid: Unión Editorial.
  • Zanotti, Gabriel (2008). Introducción Filosófica al Pensamiento de F.A. Hayek (p.75). Madrid: Unión Editorial.

 

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El corrupto bueno y el corrupto malo

politico1Existen dos maneras de afrontar o entender la corrupción. En una se define al corrupto como aquella entidad física o jurídica que consigue defraudar al fisco depositando su dinero en bancos que operan fuera de su país. En la otra, se define al corrupto como aquel político o empresario que utiliza el dinero público de todos los contribuyentes de manera fraudulenta, para enriquecerse él y su familia. De estas dos definiciones, solo la segunda es correcta. La primera no está describiendo al corrupto, mas bien, lo está evitando. No describe la forma por la que se comete la corrupción. Describe exactamente lo contrario, la manera de deshacernos de ella. Cuando evadimos al fisco estamos impidiendo que los gobernantes acaparen más dinero a través de los impuestos, y como es esto lo que al final propicia la corrupción (según la definición correcta), lo que conseguimos es reducir drásticamente el número de corruptelas. La corrupción surge principalmente cuando muchas personas gestionan unos ingresos abundantes que no han obtenido ellos, que les es fácil obtenerlos y gastarlos, y que no saben invertirlos ni producirlos. Y la corrupción se mitiga cuando las personas que sí saben producir y gestionar sus bienes, ya que han sido ellos los que los han producido, consiguen poner su dinero a buen recaudo, lejos de las manos de los que no saben: de los políticos y los funcionarios del fisco.

Los socialistas y los estatistas, en su afán por acaparar cada vez más poder, a instancias de la casta sacerdotal del Estado, solo quieren que el gobierno tenga más influencia en la sociedad civil, y solo ven corrupción cuando alguien huye de ellos a marchas forzadas, es decir, cuando dispone su dinero lejos de las manos sucias y el ariete mezquino que usa el político para derribar cualquier obstáculo que se interponga entre él y las casas y haciendas de todos los particulares. Pero, como quiera que el político y el Estado son la causa última de la corrupción, y aunque las intenciones del recaudador puedan ser a priori buenas, lo que al final se acaba favoreciendo es una podredumbre moral y económica cada vez más pestilente. La corrupción se soluciona con mas corrupción, y llegamos al estado actual en el que nos encontramos, inmersos en un entorno prácticamente irrespirable, lleno de estadistas adúlteros y políticos abarraganados.

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La minoría de la minería: el totalitarismo de la democracia

Este artículo se basa en una reflexión de Ayn Rand. En ella, la escritora ruso-americana lleva a cabo una equiparación inconcebible (los legos no la entenderían: a la mayoría le parece absurda). Compara el fascismo que había devastado Europa durante la primera mitad del siglo XX con esos sistemas democráticos que se instauraron posteriormente, supuestamente para enmendar los errores anteriores. Estas democracias constituyentes suponen para Ayn Rand otro tipo de fascismo, un fascismo especioso al que, según nos dice la propia autora, estarían abocadas todas las sociedades hodiernas. Ese nuevo fascismo, que rige estas democracias actuales (que Ayn Rand llama economías mixtas, a medio camino entre la tiranía y la auténtica libertad) salidas de los rescoldos de esas guerras mundiales, no es, en palabras de Rand, un tipo militante de fascismo, ni un movimiento organizado de demagogos chillones, matones sangrientos, histéricos intelectuales de tercera y delincuentes juveniles; el nuestro es “un fascismo fatigado, cansado, cínico, fascismo por defecto… un desastre flameante… el colapso pasivo de un cuerpo letárgico lentamente carcomido por la corrupción interna.”

La esencia del totalitarismo es la coacción, necesaria siempre para elaborar esa ficción que exige el estado perfecto: el bien común. Así es como nacen todos los regímenes absolutistas. Un pequeño grupo de personas, una ristra de líderes, acicateados por unas ideas ilusivas, apoyados y aupados por la ciudadanía, que constituye distintos grupos de privilegio, promueven la coacción y el saqueo del resto de la población, la cual acaba padeciendo la abyección de esos tiranos y ese séquito de seguidores. Cuando esto sucede a una escala muy grande el totalitarismo se convierte en un Estado genocida y supone una abominación que quedará registrada para siempre en las páginas más negras de la historia humana. La legitimación del terror es la amenaza más peligrosa contra los derechos de la mayoría.

Pero no hace falta acudir a los grandes totalitarismos para encontrar ejemplos de este tipo de abyecciones. En las democracias actuales existen ejemplos de sobra. La coacción, ejercida por una minoría, a costa de una mayoría, en nombre del bien social y la igualdad, también sirve para justificar el régimen actual. La escala es menor. No obstante, las bases que sustentan esas canalladas son las mismas.

Los medios de comunicación y la sociedad en general suelen resaltar y encomiar los combates que protagonizan las clases menos favorecidas, pero jamás se preguntan cuál es la razón de que estén menos favorecidas. Tomemos como ejemplo a los mineros de las cuencas leonesas y asturianas. Su objetivo es claro, consiste en obligar al Estado, es decir, a todos los ciudadanos que pagamos impuestos, a seguir manteniendo con el dinero de los contribuyentes una industria que no es capaz de sobrevivir por sí misma y que está dando las últimas bocanadas. Es decir, una minoría de trabajadores pretende, por la fuerza y mediante la coacción, que todos los demás compremos el carbón a un precio mucho más caro que el que podríamos obtener voluntariamente en el mercado exterior. Además, exigen que paguemos todos los meses, religiosamente, con una parte de nuestro sueldo, en concepto de manutención. España pasa por una recesión enorme: cada vez hay más familias que no pueden llegar a fin de mes. Pero los mineros siguen tensando la cuerda, quieren que el Estado soporte más déficit, el déficit que genera esa industria del carbón paupérrima. La única forma de obrar este milagro es aumentando los impuestos y repercutiendo la ineficiencia de esas explotaciones mineras en los ciudadanos de este país, los cuales además tendrán que pagar un mineral de menor calidad y mucho más caro. Mientras, los mineros se aseguran un puesto de trabajo que no depende de la rentabilidad y la eficacia, o de una auténtica demanda, sino de la coacción y los privilegios que obtienen esos grupos de presión a través del chantaje y la coacción, cortando las vías del tren, quemando neumáticos, rompiendo escaparates, para mayor molestia de todos los ciudadanos. El estilo caciquil es el mismo que caracteriza a cualquier totalitarismo.

Cualquier grupo privilegiado, junto con todos los líderes y gerifaltes que promueven esos privilegios, acaba siendo víctima de su propia estupidez, de sus incoherencias y sus falsedades. La Unión Soviética, el mayor experimento marxista de la historia, sufrió una implosión como consecuencia de las iniquidades que cometían los líderes que gobernaban esa dictadura. Las numerosas regalías con las que contaban los sátrapas, y las concesiones que se hicieron a una ideología errónea, propiciaron el desmoronamiento de todo el régimen. Las democracias actuales, basadas en el supuesto beneficio de la subvención, constituyen otro tipo de privilegio nefasto, da igual que se privilegie el carbón o cualquier otra industria. La subvención siempre crea un problema mayor, y al final todos lo terminan pagando, incluso aquellos que lo estuvieron fomentando: el parásito jamás sobrevive a su hospedador.

Todos los regímenes totalitarios, da igual el signo que tengan, presentan una raigambre común. Sueñan con una solución perfecta que remedie los problemas que acucian al hombre desde tiempo inmemorial. Son totalitarismos porque buscan una solución total, y también porque están dispuestos a todo, con tal de conseguir esa quimera. La panacea que anuncian solo puede producir un efecto: el bien común. Solo cuando todos estemos en perfectas condiciones podremos afirmar que hemos conseguido una solución idónea. Avalados por esta idealización, intentan remediar las injusticias que ellos consideran execrables, todas aquellas cosas que impiden alcanzar ese estado fetén. De este modo, conceden prerrogativas y exenciones que benefician a distintos grupos de individuos. Pero no se percatan de que cualquier beneficio conlleva siempre un perjuicio equivalente que recae necesariamente sobre todos los que no son objeto de la generosidad del benefactor. El paraíso anunciado solo funciona en las mentes utópicas y perfeccionistas de esos líderes y lacayos totalitarios. En realidad es imposible que todo el mundo resulte beneficiado siempre. Cuando se beneficia a unos, se hace a costa de los demás, que normalmente se convierten en esclavos de los primeros (Ayn Rand: “Muchas personas creen que el altruismo significa bondad, benevolencia, o respeto por los derechos de los otros. Pero significa exactamente lo opuesto: enseña el sacrificio personal, así como también el sacrificio de los otros ante cualquier necesidad pública no especificada; considera al hombre como un animal de sacrificio”). Algunas veces esta elección y estos privilegios se basan en un prejuicio racial, como ocurrió en la Alemania nazi. En otras ocasiones surgen como consecuencia de un rencor de clase, y acaban amparando una tiranía comunista. La mayoría de las veces, sin embargo, son fruto de unas ideas más elaboradas, aparentan modernidad (sus promotores no están dispuestos a todo, como si ocurre en los otros totalitarismos), avalan unas medidas constitucionales, un marco legislativo, y una representación parlamentaria. No obstante, estos nuevos regímenes, democráticos, persisten en la idea de apadrinar y favorecer a distintos grupos de individuos, al objeto de que todos acaben siendo beneficiados (esta es otra esencia del totalitarismo, la de querer una solución total).

Como he dicho, el totalitarismo se caracteriza por dos cosas, por buscar una solución total y por estar dispuesto a todo. Pero el totalitarismo moderno: la democracia, en vista de las masacres que se han llegado a cometer para alcanzar esos objetivos omnímodos, ha intentado lavar su imagen y ha sabido renunciar a la segunda cualidad: la de estar dispuesto a todo. Sin embargo, no por ello deja de ser un totalitarismo. Persisten las soluciones globales que buscan un mundo imaginario irreal, y que intentan usar los medios legales necesarios para ir consiguiendo sus propósitos. El mundo que imaginan los demócratas es el que ellos consideran mejor, un mundo maravilloso donde todos seremos finalmente felices, es decir, iguales. Pero en realidad las personas somos diferentes, carecemos de los gustos que tienen los líderes electos, no obtenemos la felicidad con las mismas soluciones. Así que ese mundo imaginado solo se puede implementar a través de la coacción y la dominación que ejerce la mayoría de votantes, amparados por la democracia.

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La minoría de la minería

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El Spinoza de Vidal Peña

«Desde que aparecieron las primeras biografías de Spinoza, laudatorias u hostiles, la sombra de su vida ha transmigrado por entre hagiografías e invectivas… Y así, el hombre ebrio de Dios, que pronuncia sin cesar su sagrado Nombre, el que deposita una mosca en la tela de araña y contempla sonriente el necesario desenlace, el que rechaza ofertas de dinero y honrosos cargos académicos, el que labra cristales, el que envía a prisión a un deudor, el que se informa cortesmente de las enseñanzas que un huésped ha obtenido en un sermón dominical, el que no puede evitar una sonrisa cuando rezan en su presencia, el el que declara que la guerra y la matanza no le incitan a risa ni a llanto, el apacible fumador de pipa, el arrebatado personaje que intenta salir a la calle, panfleto en mano,  para llamar bárbaros a quienes han atentado contras sus amigos y protectores políticos, el que dice que en la naturaleza no hay bien ni mal, el que llama ética a su obra cumbre, el defensor de la democracia, el que menosprecia al vulgo, el tísico, el que acaso fue rechazado por la hija de su profesor de latín, , el que habla serenamente de las pasiones como de lineas superficies y  y cuerpos, el que acota quizá abruptamente, tratando de los celos, que esa pasión se incrementa al imaginar los genitales y secreciones de quien posee al objeto amado… ese hombre es al parecer el mismo, pero la reconstrucción de su integridad habría de integrar cosas dispares: la imperturbabilidad estoica,, el resentimiento, el culto a la verdad, el sadismo. Quizá en su caso fuera de aplicación el celebre dicho: el filosofo construye un palacio de ideas y vive en una choza.» (Vidal Peña)

Spinoza

De toda la variedad de cualidades personales que se pueden atribuir a un filósofo, la más característica y la que más le identifica es la que afirma que el filósofo construye un palacio de ideas, y vive en una choza. La filosofía aborda la difícil tarea de levantar un edificio enorme, que ofrezca cobijo a todas las formas de conocimiento que existen. Para explicar el mundo, el filósofo debe abstraerse de él, renunciar a los bienes tangibles, y litigar con una vida escasa en remuneraciones y salarios económicos. La filosofía es la pura idea, y las ideas no se compran ni se venden. Además, las opiniones del filósofo tampoco tienen una demanda muy alta. De este modo, el filósofo debe estar dispuesto a renunciar a la vida material, y a vivir la mayoría de las veces en un humilde chamizo, sin demasiados lujos. La pobreza es a la vez la causa y la consecuencia del proceso filosófico. La pobreza inspira el pensamiento abismático, lo libera de problemas y responsabilidades, y deja tiempo a la reflexión. A la vez, la filosofía también resulta de adoptar una vida tranquila y ascética, que necesariamente pasa por aceptar el desarraigo económico y el aislamiento social. La pobreza y la soledad son los estados naturales del filósofo. Solo cuando admitimos la pobreza, cuando comprendemos su dinámica y su propedéutica, accedemos a las ambrosías y las riquezas que nos depara el ultramundo de las ideas, el paraíso de Platón. Casi de la misma manera, los cristianos acceden al edén que describen los apóstoles en el canon bíblico, también cuando renuncian a los placeres materiales con los que les tienta continuamente el Demonio, y cuando se desprenden definitivamente de cualquier atadura pedánea que les impida alcanzar la vida etérea que, según ellos, aviene después de la muerte. El filósofo no tiene porqué creer en una existencia mas allá de la muerte. No obstante, sus condiciones de vida se asemejan bastante a las del cristiano. Las razones que están detrás de esas existencias paralelas, escuálidas y frugales, son bien distintas. El filósofo necesita tiempo para pensar. Le gustaría que la eternidad transcurriera ahora mismo, en este mundo que se le presenta misterioso, y cuya mecánica trata de desentrañar empleando una cadena inacabable de meditaciones, razonamientos y quebraderos de cabeza. El cristiano, por el contrario, busca la eternidad en el otro mundo. Para el creyente el misterio esta en otro lado. No obstante, la hermenéutica que utilizan ambos -filósofos y cristianos- es bastante similar. Los dos alcanzan el clímax por medio de la negación de los placeres y la abstinencia sensual, y los dos acceden al paraíso que cada uno concibe como tal, en el momento que dejan de terraquear y se desprenden de los apegos sensitivos que despiertan el apetito sicalíptico del resto de mortales.

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Los impuestos de Frédéric Bastiat

«El gobierno no debe intervenir en este proceso ya que cualquiera sea la riqueza de un país no puede estimular actividades de una mayor sofisticación a través de los impuestos ya que esto implica el dañar actividades más esenciales y, por lo tanto, se revierte el avance de la civilización… Se dice que si el estado no interviene a través de impuestos para destinar recursos a las actividades religiosas es que se es ateo. Si no interviene a través de impuestos para las escuelas, se está en contra de la educación. Si el estado no entrega recursos a través de impuestos para establecer un valor artificial a la tierra o para subsidiar alguna rama de la industria, esto quiere decir que se es enemigo de la agricultura y del trabajo. Por último, se piensa que si el estado no subsidia a los artistas quiere decir que se patrocina la barbarie. Protesto con toda mi fuerza contra estas interferencias. Muy lejos está de mi ánimo el proponer la abolición de la religión, la educación, la agricultura, la industria, el trabajo o las artes. Por el contrario sostenemos que la libertad en todas estas áreas, sin que se opere a costa del fruto del trabajo de otros, fortalecerá el desarrollo armónico y el progreso de estas áreas. Nuestros adversarios creen ingenuamente que la actividad que no está subsidiada será abolida. Nosotros creemos lo contrario. Ellos tienen fe en el legislador no en el ser humano. Nosotros tenemos fe en el ser humano, no en el legislador» (Frédéric Bastiat, 1801-1850).

bastiat

El mundo en el que vivimos se ha convertido en los últimos tiempos en un hábitat intelectual difícil y farragoso. Las nuevas tecnologías han multiplicado por mil la información que nos entra por los sentidos. Ahora recibimos la ideología a borbotones, somos las víctimas propiciatorias de una comunicación atropellada, nos comportamos como los recipientes de las hijas de Dánao, que no tenían fondo. Por eso es importante que sepamos discernir la esencia de los problemas a los que nos enfrentamos. Sobre todo, donde más importante resulta esto es a la hora de abordar las ciencias complejas, las humanidades, la sociología, la economía. Estas disciplinas tienen por objeto el estudio de sistemas sumamente complejos. Pero no debemos entender con esto que están exentas de principios sencillos. Nada carece de principios. Por definición, los principios se aplican a todo. En materia de política, todos parecen opinar cosas radicalmente distintas, y todos creen tener fuertes y sólidos argumentos. Por eso es en este ámbito donde más hay que partirse el cobre, donde más hay que dar la batalla y reivindicar los principios que consagran una sociedad verdaderamente libre, exenta de intervencionismo y maniqueísmo político. El objetivo es reducir el poder de los gobernantes. Para ello es necesario emprender dos acciones muy sencillas: cortar el suministro que les abastece (reducir los impuestos) e impedir que ese suministro se pierda y se despilfarre en tareas vanas (impedir por ley que los políticos puedan incurrir en déficit). Estas dos acciones son las únicas que debe contemplar cualquier liberal. Ellas son el lugar de encuentro donde debemos coincidir todos. No puede haber discusión en esto. Las rencillas intestinas que se dan incluso dentro del ámbito de los liberales (entre anarcocapitalistas y minarquistas) deberían aquí quedar aparcadas. La empresa se enfrenta a unos enemigos peligrosos y correosos (los políticos corruptos). Por ello, el cometido debe ser diáfano. Hagamos de estas dos acciones una bandera de un solo palo, con la que poder enfrentarnos al postureo y la insensatez de aquellos que nos gobiernan. Fijemos nuestra atención en los impuestos y el déficit, nada más. Cualquier otra aspiración es secundaria, un movimiento de distracción poco recomendable. Como decía Bastiat, centrémonos en el legislador, deshagámonos de sus tasas, sus gravámenes y sus ordenanzas (sus impuestos). Y tapemos también el agujero de sus despilfarros (su déficit público), que no es otra cosa que el resultado de un abastecimiento incontrolado e irresponsable, de unos impuestos cada vez mas altos y ominosos. No hace falta nada más. Solo estas dos acciones. No es poco. Un objetivo sencillo siempre reúne más adeptos y sufre menos trabas. Hagamos que la sencillez y la claridad sean nuestras mejores armas. No en vano, la defensa de la libertad es la defensa de unos principios inalterables, y los principios siempre son premisas básicas y sencillas.

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La infame revolución del proletariado que quiere Pablo Iglesias

Una de las expresiones más desgraciadas y bochornosas que integran el repertorio político de Pablo Iglesias, el líder de ese nuevo fenómeno de masas que está convulsionando la sociedad española, afirma lo siguiente: “…la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injustas que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia…”. Asombrosamente, existen bastantes personas que disculpan esta retórica populista aludiendo a la regeneración que supuestamente estaría aportando a la batalla de las ideas la emergencia en el escenario político de un partido nuevo, como si cualquier cosa novedosa supusiese siempre una situación mucho mejor.

En mi opinión, pienso que a Pablo solo se le puede catalogar acudiendo a las raíces que soportan su manera de pensar, sin dejarse distraer por las trifulcas y los juegos dialécticos que agrandan el arco parlamentario y que lo único que hacen es alimentar aún más el mito que rodea a la política. En el fondo, la causa principal de la emergencia de esta nueva formación no es distinta de la que acontece cada vez que el comunismo y el socialismo acometen una nueva envestida. Dicha causa reside en esa creencia ceremoniosa y mayoritaria que avala, de algún modo, el desiderátum de la igualdad. El imaginario colectivo está trufado de ideas relacionadas con este concepto, que constituyen la vitualla más frecuente de los envidiosos y de los fracasados. Lo único que ha hecho Pablo Iglesias es explotar ese campo abonado por la crisis económica. No hay ningún misterio en esto: la gente apoya ese tipo de iniciativas siempre que tiene oportunidad, los dislates intelectuales están a la orden del día, subyace en el individuo una manía inquisitorial que le hace apostar por el argumento ramplón y que le lleva a defender la equiparación absoluta de todas las cualidades humanas, así que las suyas queden convenientemente ocultas dentro de esa masa amorfa. En relación con esto, me gustaría traer a colación aquí una anécdota que me ocurrió no hace mucho, y que ilustra muy bien hasta qué punto las personas son devotas de esa lucha de clases que aspira a imponer la igualdad social, a través de la exaltación y dominación de una única casta de privilegiados: la prosapia proletaria.

Hace unos días, durante una reunión nocturna, una amiga mía se puso como un basilisco al escuchar un comentario que yo hice sobre un libro que había ojeado en una librería de Madrid, unas semanas antes. El libro en cuestión reúne un cúmulo de despropósitos difíciles de igualar. Es un libro esperpéntico, que lleva por título La Abolición del Trabajo. No es que mi amiga defendiese exactamente todo lo que se dice en ese libro grotesco. Lo que pasa es que malinterpretó algo que yo le dije en relación con él, y en seguida se puso a gritarme.

Nadie tiene derecho a ponerse así por algo que piense otra persona. Yo mismo tengo que aguantar muchas ideas que me parecen descabelladas y ridículas, y jamás me he puesto así. No solo tengo que aguantar las ideas, sino que además tengo que ver cómo esa manera de pensar acaba provocando infelicidad y pobreza social. Al menos eso es lo que yo creo. Independientemente de que tenga o no tenga razón, es indudable que me enfrento a creencias que me desagradan al menos tanto como le disgustan a mi amiga las mías. Y no por ello me enojo, ni quito la palabra, ni dejo de hablar. El problema principal que tienen muchas personas es que no aguantan las opiniones que refutan las suyas, y no las quieren escuchar. Esto tiene bemoles: precisamente mi amiga estaba reprochándome eso mismo. Estaba diciendo que yo no sabía escuchar y, de repente, sin solución de continuidad, empezó a gritar como si estuviese poseída por el diablo, sin dar opción a que yo me pudiera explicar. También es frecuente que las personas saquen conclusiones anticipadas. Muchas veces desean oír aquello que más les disgusta. De esta forma, tienen una escusa para atacar al adversario, cuando se quedan sin argumentos. Sinceramente, desconozco cuales fueron las razones concretas que enervaron a mi amiga, pero seguramente tienen bastante relación con estas que he dicho.

La asertividad es un estilo de comunicación que se sitúa en un punto intermedio entre otras dos conductas polares: la agresividad y la pasividad. Suele definirse como un comportamiento comunicacional en el cual la persona no agrede ni se somete a la voluntad de los otros, sino que manifiesta sus convicciones y defiende sus derechos con autoconfianza y respeto. La asertividad es una forma de expresión consciente, congruente, clara, directa y equilibrada, cuya finalidad es comunicar las ideas sin herir o perjudicar, pero siendo al mismo tiempo intrépido e inflexible. Cuando una persona se comporta de ese modo, muchos piensan que está demostrando una actitud sumisa. No entienden cómo puede aguantar impertérrita todo el chaparrón de críticas y de invectivas que se ciernen sobre ella. Otros opinan todo lo contrario, consideran que la inflexibilidad es una mera manera de llevar la contraria y de reírse de ellos. Por tanto, creen que la otra persona les está agrediendo con esa actitud, de forma soslayada. En cualquier caso, estas dos exégesis tienen un origen parecido. La asertividad es una forma de expresión a medio camino entre la agresividad y la pasividad, y muchos la suelen confundir con estos extremos. Sin embargo, a mi me parece la actitud más honrosa que puede haber. Encuentro absurdo que alguien se enfade durante el transcurso de una discusión, simplemente porque el otro no te dé la razón. Jamás he visto que una persona admitiera sus errores al acabar una conversación. Esas admisiones son fruto de un proceso privado mucho más largo. Además, si uno cree que posee la verdad, poco importa lo que opinen los demás. Esas opiniones le hacen a uno creer que tiene una posición mejor, se ratifica en lo que dice, e incluso pueden ser fuente de muchas alegrías. Algunos disfrutamos por el mero hecho de discutir.

Otro motivo que me lleva a respetar y a escuchar impertérrito las ideas que expresan los otros, por muy absurdas que éstas me resulten, es que considero que mis opiniones estarán más elaboradas cuanto más sufran y soporten los embates del adversario. Igualmente, las manos callosas son más duras y firmes que aquellas que no han tenido que soportar ningún trabajo. Esto quiere decir que tendré que aguantar todas esas ideas, y dejar que se expresen como quieran.

La asertividad no es un comportamiento muy frecuente. Requiere de un equilibrio y un estoicismo difíciles de conseguir. Sin embargo, lo que he dicho hasta ahora puede contribuir a que nos acerquemos cada vez más a ese tipo de actitud. Al menos, a mí me ha servido.

Esto es todo lo que tengo que decir en relación con las formas. Ahora, volvamos al contenido de la discusión que encendió los ánimos de mi amiga. Platicábamos sobre el trabajo. Yo me estaba refiriendo a un libro que había encontrado unos días antes en una librería de Madrid y que había llamado mi atención, por lo absurdo de sus pretensiones. El libro abogaba a favor de una revolución lúdica un tanto ingenua. Según la tesis de su autor, el trabajo es la fuente de todas las miserias humanas. Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar. En consecuencia, había que iniciar una aventura colectiva basada en el júbilo generalizado. Yo me había mostrado crítico con todas estas ideas. Ya no es que el trabajo pueda dejar de existir, es que tampoco puede ser una fuente de satisfacción general. El trabajo nunca puede complacer a todos los trabajadores, ni siquiera a una mayoría. Por el contrario, mi amiga afirmaba que el trabajo tenía que reportar felicidad, en cualquiera de los casos. Al menos, eso tendría que ser lo que todos deberíamos promover: un mundo de trabajadores plenamente satisfechos.

Pero la felicidad no es algo que se pueda imponer con carácter general. Depende de cada persona, y siempre es fruto de las circunstancias particulares y de las capacidades individuales. Podemos aumentar la felicidad si permitimos que cada cual busque la misma en virtud de sus posibilidades reales. Pero debemos ser conscientes de que esa felicidad nunca podrá ser completa, en la medida en que tampoco lo son esas posibilidades. En ningún caso podrá consistir en una aventura generalizada, como parece que augura el autor del libro sobre el que discutíamos.

No obstante, mi amiga insistió. Afirmó que la vorágine capitalista en la que nos hallamos inmersos impide que las personas desempeñen profesiones que seguro les reportarían mucha más felicidad, y que por tanto es preciso cambiar esta circunstancia de una vez por todas. Lo que en realidad estaba defendiendo mi amiga con esta apelación es que el trabajador debe tomar las riendas de la sociedad, y decidir él qué trabajo desea desempeñar. En definitiva, estaba anunciando una nueva revolución proletaria, similar a la que ya existió en los siglos XIX y XX con la deriva comunista. Como veremos a continuación, estas ideas conducen siempre a una situación de dominación bastante reprobable.

Como trabajadores, los hombres no podemos convertirnos nunca en soberanos de nuestras vidas, porque entonces estamos obligados a actuar también como dictadores, y a decidir sobre la vida de los demás. En términos económicos, el trabajador es un elemento productivo; es un bien de capital. Constituye la mano de obra con la que se fabrican los bienes de consumo. Como productor, no puede decidir qué produce o deja de producir. La soberanía que importa aquí es la del consumidor, no la del trabajador. La libertad que hay que garantizar es la que se genera cuando se eligen los bienes de consumo, no la que acontecería si se pudieran elegir los bienes de capital sin tener en cuenta los gustos de los consumidores. Un trabajador siempre tiene cierto margen de decisión, puede elegir si quiere trabajar, incluso puede elegir donde hacerlo. Pero nunca podrá escoger el salario que le gustaría ganar, o el mejor sitio para obtenerlo. Todo eso depende en último lugar de la demanda que exista en un determinado momento.

La razón que yo iba a alegar, justo en el momento en el que mi amiga se levantó de la mesa y empezó a gritar como alma que lleva el diablo, podría haber aportado algo de luz al debate que manteníamos. Pero ella ya no escuchó más. Empezó a chillar como si yo le estuviera arrebatando a un hijo. Poco después me tenía que ir de la casa en la que estábamos, sin dar más explicaciones. Si hubiera sido más comedida y hubiera atendido al consejo que ella misma me había hecho un poco antes, el de escuchar a los demás, habría podido oír mis razones, y tal vez hubiera entendido lo que quería decirle. El trabajo siempre debe tener un componente desagradable. La mayoría de las cosas siempre cuestan esfuerzo. Venimos a este mundo con una mochila vacía, y para llenarla es necesario trabajar duro. Pero es que, además, el trabajo no es algo que podamos elegir nosotros, en virtud de aquello que nos guste. Cuando trabajamos nos convertimos en productores de bienes de consumo, lo que quiere decir que fabricamos bienes que están destinados al consumo de otras personas. Mientras no pretendamos obligar a los demás a consumir los productos que nosotros les digamos, tendremos que fabricar aquellos artículos que demanden ellos de manera voluntaria. Esto no tiene vuelta de hoja. El trabajo no es algo que esté dirigido a agradarnos a nosotros. Muy al contrario, tiene que venir determinado por los gustos y las apetencias de los consumidores. Si yo quiero ejercer la medicina, pero resulta que ya hay una oferta de médicos que cubre toda la demanda, solo tengo dos opciones. Puedo hacer que los demás enfermen, y aumentar así esa demanda, o puedo esforzarme para superar a mis colegas y agradar a un mayor número de clientes. Si acepto lo primero me habré convertido en un tirano. Si acepto lo segundo deberé esforzarme duro y afrontar todas las adversidades que vengan. Y muchas veces tendré que asumir que no puedo trabajar en aquello que me hace a mí más feliz. La demanda de un puesto de trabajo nunca coincide con la oferta. Y coincidirá menos si solo tenemos en cuenta los gustos del trabajador. Si esto fuera así, todos tendríamos un puesto agradable, estaríamos trabajando como capitanes, navegando en un bonito yate, recibiendo unos emolumentos abundantes, y dejándonos arrastrar por las olas, hacia una isla caribeña. Y todos los consumidores tendrían que comprarnos ese viaje. Sin embargo, los hombres tienen necesidades que exigen trabajos mucho más duros. Por ejemplo, necesitamos comer naranjas y patatas, y por tanto hace falta que alguien trabaje removiendo el abono que necesitan los campos. Si este ejemplo de trabajo no parece suficientemente desagradable puedo poner muchos más.

En cualquier caso, lo que tenemos que entender es que las personas tienen gustos profesionales que no coinciden al cien por cien con las necesidades reales que presentan por término medio todas las personas que consumen. Esta fórmula es bastante sencilla. Si mi amiga se hubiera parado a escucharla habría comprendido lo que quería decirle, y no me habría acusado de ser un negrero. Porque lo que se puso a decirme ella de manera atragantada es que yo, al asegurar que el trabajo supone un esfuerzo y una fatiga inerradicables, pretendía conseguir que todas las personas siguieran sufriendo. Sacó a colación a su abuelo, que había trabajado en la mina arriesgando su vida. Adujo que yo hablaba desde una posición muy cómoda. Pero esto no tiene nada que ver con lo que yo estaba intentando defender. Que yo describa la realidad como algo desagradable no quiere decir que me jacte de que sea así. Simplemente, constato una situación, y afirmo que existe una regla sencilla que refuta esa creencia ingenua que aboga por abolir el trabajo, o por sustituirlo por otros empleos más agradables. Me niego a creer en estas pamemas. Pero eso no quiere decir que me agrade el sufrimiento de los demás, o que no me emocione cuando veo que alguien lo pasa mal. En cierta medida, todos lo pasamos mal, todos venimos a este valle de lágrimas a sufrir, y la mayoría de nosotros trabajamos en oficios que no nos gustan demasiado. La realidad siempre es más dura de lo que imaginamos. Y si creemos que nos podemos librar de esta pena, acabaremos sufriendo todavía más: chocaremos contra un muro de piedra infranqueable; terminaremos siendo consumidores insatisfechos, laminados por la tiranía del trabajador.

Las condiciones laborales deben mejorar, y de hecho lo hacen, gracias a que la capacidad productiva aumenta a medida que las sociedades capitalistas se desarrollan y se apoyan más en la técnica y el conocimiento científico. Pero no deben mejorar porque lo diga un determinado sindicato, o porque constituya un deseo general o una apetencia profesional. Los deseos se convierten en realidad solo cuando la realidad quiere.

La única soberanía legítima es la que viene impuesta por la voluntad del consumidor. Todos somos consumidores de bienes. La libertad auténtica debe respetar los gustos de cada uno de los individuos, sin hacer excepciones. Debe prevalecer la voluntad de aquellos que utilizan esos bienes. Pero la revolución del proletariado, tal y como la conciben los comunistas, utiliza exactamente el argumento contrario. Centra sus reivindicaciones en torno a la figura del trabajador y del obrero. Y, al hacer esto, deja de defender que cada uno haga y consuma lo que quiera, y pasa a exigir que todos consuman lo que el productor decida, en virtud de las necesidades que le sean afines. El comunismo aduce que su compromiso es la lucha contra el empresario. Sin embargo, lo que hace es convertir al empresario en el mayor de los tiranos, ya que le permite decidir qué quiere producir, sin atender a las necesidades de las personas (en eso consiste precisamente la planificación social y económica que llevan a cabo todos los partidos, sus arengas a favor de los supuestos sectores estratégicos, que solo ellos, los políticos, saben determinar).

Por tanto, no es difícil imaginar las causas que han hecho que el marxismo haya acabado promoviendo siempre una sociedad totalitaria y atrasada. Los marxistas siempre han apoyado una teoría objetiva del valor, siempre han pretendido que los bienes fabricados tuvieran una estimación medible (que fueran los que ellos dijesen), siempre han intentado calcular este guarismo, siempre han buscado la forma de imponer al consumidor un valor extraído de sus propias cábalas, y ajeno por tanto a los menesteres que preocupan constantemente al usuario. Por ello, siempre han ido en contra de las necesidades reales de las personas, que siempre son subjetivas. Y al ir en contra de esas necesidades vitales, también han impedido el desarrollo social que impulsa esa búsqueda desiderativa.

En economía existe una ley que afirma que los costes siempre tienen que seguir a los precios. En términos sociales esto es lo mismo que decir que los productores (el empresario, el trabajador, el capitalista) siempre deben atenerse a la demanda del consumidor. El empresario incurre en costes si el cliente decide aceptar el precio de los productos que éste fabrica. No existe otra forma de libertad, ni un soberano mejor. Si el empresario no se atiene a esta doctrina, acaba desapareciendo, sustituido por otro empresario que sí reciba el apoyo y el dinero del cliente. Por eso, cualquier subvención, cualquier ayuda externa al empresario, cualquier reivindicación que atienda exclusivamente a las necesidades del patrón o del trabajador, cualquier defensa política, cualquier decisión que no sea la que el consumidor ejerce espontáneamente al comprar sus productos, va siempre en detrimento de todos nosotros (todos somos consumidores), e impide que se satisfagan las necesidades reales, y que se consiga un óptimo de felicidad.

En el siglo XXI aún existen países modernos como España en los que centenares de miles de personas están dispuestas a votar a un partido político que lleva en su programa las mismas reivindicaciones que ya defendían los socialistas del siglo XIX. Esto pone de evidencia que el totalitarismo, el fascismo, el estalinismo, el nazismo, etc…, no son meros accidentes históricos. Forman parte de la naturaleza humana y definen a la ralea de ignorantes que a pesar de todo siguen creyendo que la solución pasa siempre por acometer algún tipo de acción política.

No deberíamos confundir la soberanía que defiende Pablo Iglesias con la soberanía que debería caracterizar a una sociedad verdaderamente libre. Pablo quiere devolver la soberanía al pueblo, pero lo quiere hacer a través de la igualación de todos sus ciudadanos, emprendiendo una nueva revolución proletaria, una tiranía del trabajador. Esto requiere la presencia de un nuevo líder político, con mano de hierro, que diga cómo se debe acometer esa igualación y quiénes son los que tienen que desprenderse de sus bienes, para alcanzar esa paridad. Todo esto supone una imposición, un latrocinio y una exigencia ética incompatibles con la moral y con la libertad de las personas. Solo habremos devuelto la soberanía a los ciudadanos cuando los políticos dejen de meter sus narices en las decisiones privadas que toma la gente a diario, al actuar como verdaderos consumidores, eligiendo aquellos artículos que más les apetecen, y obligando a las empresas a cubrir esa demanda cambiante o a desaparecer si no la cubren. Esto se llama capitalismo, y libre competencia, y voluntad de las partes, pero ya sabemos qué opinión le merecen a Pablo estas palabras. Los liberticidas no congenian con esa forma de organización, pues nunca ha estado entre sus preferencias la defensa de una libertad auténtica, atenta a las necesidades reales del individuo.

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El orden espontáneo de Cicerón

“El motivo por el que nuestro sistema político fue superior a los de todos los demás países era éste: los sistemas políticos de los demás países habían sido creados introduciendo leyes e instituciones según el parecer personal de individuos particulares tales como Minos en Creta y Licurgo en Esparta… En cambio, nuestra república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No ha sido fundada durante la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en cuenta todo al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la práctica en el transcurso de un largo periodo de la historia”. (Marco Tulio Cicerón, 106 a.c. – 43 a.c.)

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Uno de los mayores descubrimientos intelectuales de mi vida lo realicé mientras leía las obras y los ensayos de Friedrich Hayek. Ahí pude constatar que todas las sociedades sin excepción se rigen por un orden intrínseco y espontáneo que es incompatible con el orden político que nos quieren imponer desde arriba todos los partidos que gobiernan. Siempre había intuido que el Estado, como tal, suponía un grave error intelectual. Pero no sabía explicar cuál era el motivo. Hace tiempo que venía coligiendo, en todos los razonamientos que excretan los políticos, con los que intentan demostrar la valía del sistema que defienden, una especie de juramento beato, insostenible desde cualquier punto de vista científico. El Estado era una expresión totémica, su manifestación actual, un sustituto de las religiones y los paganismos órficos que antaño proliferaban por todo el mundo. No obstante, quedaba por saber cuales eran las razones científicas que estarían justificando esta afirmación. Así que, cuando descubrí la teoría hayekiana del orden espontáneo, se produjo en mí una grata confirmación. La teoría del orden espontáneo es una teoría científica en toda regla. Demuestra que los sistemas complejos, los estados caóticos, no pueden ser dirigidos de forma centralizada, por políticos. Mas bien, hay que dejar que sean los individuos, las partes que componen esos sistemas, los que actúen a modo de pequeños átomos de información, de forma independiente, como minúsculos engranajes de un reloj. La información, cuando presenta tanta complejidad, solo puede ser manejada si se reparte y se divide de este modo. Todo esto viene a negar la existencia del Estado tal y como lo concebimos hoy en día, al tiempo que apoya la prevalencia e importancia de la acción individual y de la libertad humana. Esta explicación científica, que conecta la realidad social con la ética y la libertad del hombre y con la evidencia empírica (con la asunción de una empiria limitada), fue para mí uno de los mayores descubrimientos a los que he podido asistir. Por eso, resulta todavía mas excitante percatarse de que la teoría del orden espontáneo fue esbozada ya mucho antes de que Hayek la desarrollara, por una de las mentes más preclaras que han existido: la de Cicerón. Parece que las buenas ideas, igual que las malas, tienen su origen al comienzo de la humanidad, revelándose como cuestiones importantísimas que no pueden esperar. Caín y Abel llevan luchando desde la noche de los tiempos. Desgraciadamente, de momento va ganando Caín. Los Estados proliferan por todo el mundo, y nada parece detenerlos. Pero es agradable descubrir que no está todo perdido. Abel todavía sigue vivo en el pensamiento y el espíritu de algunas escuelas. Yo lo encontré el día que leí en los libros de Hayek la parábola que habla del orden espontáneo, de la que se deduce la moraleja que nos enseña el camino del desarrollo social, y la imposibilidad del socialismo y el marxismo cultural.

 

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Las contribuciones de Jesús Huerta de Soto

«…la caída del socialismo en los países del Este ha de considerarse sin duda alguna, como un gran triunfo científico y una ilustración, sin precedentes en la historia de la ciencia social, del análisis teórico del socialismo que ha venido haciendo la Escuela Austriaca de Economía desde los años 20 del siglo pasado. Sin embargo… puede considerarse una inmensa tragedia que hayan tenido que transcurrir tantos años de indecible sufrimiento de millones de seres humanos para que se haya puesto históricamente de manifiesto algo que ya desde un principio, y gracias a las aportaciones de la Escuela Austriaca de Economía, se sabía teóricamente que por fuerza tenía que ocurrir. De tal sufrimiento humano son especialmente responsables, no solo una mayoría de los miembros de la propia comunidad científica, al pasar negligentemente por alto e incluso ocultar dolosamente el contenido del análisis austriaco del socialismo, sino también este torpe positivismo trasnochado, aún imperante y de acuerdo con el cual, solo la experiencia, al margen de cualquier teoría, será capaz de poner de manifiesto las posibilidades de supervivencia de cualquier sistema social… Si esto es así, consideraremos un motivo de gran honor y satisfacción el haber aportado nuestro pequeño grano de arena para la destrucción de lo que no ha sido sino otro grave e injustificado mito de la ciencia económica.»

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Algunos liberales advenedizos todavía no se dan cuenta de la gran suerte con la que hemos sido agraciados los españoles al tener en nuestras filas a una persona que reúne ella sola todas las características necesarias para difundir las ideas que defienden la libertad individual. Jesús Huerta de Soto tiene amplios recursos económicos, conocimiento empresarial, y lustre académico. Es inteligentísimo, locuaz, rico, chistoso, y no se muerde la lengua. En buena medida, le debemos a él que se haya creado en nuestro país un núcleo de liberales austriacos de reconocimiento internacional. Si a esto sumamos la figura de Juan Ramón Rallo, que cubre esa parte del espectro que Huerta no abarca, esto es, la prensa y los medios de comunicación, tenemos ya todos los flancos protegidos y bien amartillados. No se puede pedir más. Pese a todo, todavía hay liberales que critican a uno u otro. Desde luego están en su derecho de hacerlo. Pero lo que no se puede decir es que no tengamos suficientes armas.

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La estrella de Carl Sagan

«Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas» (Carl Sagan, 1934-1996)

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No he encontrado en la literatura científica otra frase mas poética que sea al mismo tiempo tan real. El hombre es la conciencia del universo, literalmente. Cuando las estrellas explotan al final de su vida asperjan los materiales que han ido creando en su interior y los diseminan a lo largo de una circunferencia que tiene un radio de millones de años luz. A su vez, también crean ondas de choque que propician la aglutinación y compactación gravitatoria con la que se forman las galaxias y los planetas. Y finalmente, proveen a esos mundos con una materia prima que, andando los eones, permite que surjan las moléculas orgánicas, las estructuras vivas y, por último, los seres conscientes que vuelven la vista atrás y contemplan con arrobo el gran hontanar del que han venido. Cuando las tribus antiguas adoraban al Sol, se afanaban en rendir tributo a una divinidad mucho más real que la que ha tenido cualquier religión posterior. El gran hacedor es una estrella. Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas. Todos venimos de las estrellas.

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