El Spinoza de Vidal Peña


“Desde que aparecieron las primeras biografías de Spinoza, laudatorias u hostiles, la sombra de su vida ha transmigrado por entre hagiografías e invectivas… Y así, el hombre ebrio de Dios, que pronuncia sin cesar su sagrado Nombre, el que deposita una mosca en la tela de araña y contempla sonriente el necesario desenlace, el que rechaza ofertas de dinero y honrosos cargos académicos, el que labra cristales, el que envía a prisión a un deudor, el que se informa cortesmente de las enseñanzas que un huésped ha obtenido en un sermón dominical, el que no puede evitar una sonrisa cuando rezan en su presencia, el el que declara que la guerra y la matanza no le incitan a risa ni a llanto, el apacible fumador de pipa, el arrebatado personaje que intenta salir a la calle, panfleto en mano,  para llamar bárbaros a quienes han atentado contras sus amigos y protectores políticos, el que dice que en la naturaleza no hay bien ni mal, el que llama ética a su obra cumbre, el defensor de la democracia, el que menosprecia al vulgo, el tísico, el que acaso fue rechazado por la hija de su profesor de latín, , el que habla serenamente de las pasiones como de lineas superficies y  y cuerpos, el que acota quizá abruptamente, tratando de los celos, que esa pasión se incrementa al imaginar los genitales y secreciones de quien posee al objeto amado… ese hombre es al parecer el mismo, pero la reconstrucción de su integridad habría de integrar cosas dispares: la imperturbabilidad estoica,, el resentimiento, el culto a la verdad, el sadismo. Quizá en su caso fuera de aplicación el celebre dicho: el filosofo construye un palacio de ideas y vive en una choza.” (Vidal Peña)

Spinoza

De toda la variedad de cualidades personales que se pueden atribuir a un filósofo, la más característica y la que más le identifica es la que afirma que el filósofo construye un palacio de ideas, y vive en una choza. La filosofía aborda la difícil tarea de levantar un edificio enorme, que ofrezca cobijo a todas las formas de conocimiento que existen. Para explicar el mundo, el filósofo debe abstraerse de él, renunciar a los bienes tangibles, y litigar con una vida escasa en remuneraciones y salarios económicos. La filosofía es la pura idea, y las ideas no se compran ni se venden. Además, las opiniones del filósofo tampoco tienen una demanda muy alta. De este modo, el filósofo debe estar dispuesto a renunciar a la vida material, y a vivir la mayoría de las veces en un humilde chamizo, sin demasiados lujos. La pobreza es a la vez la causa y la consecuencia del proceso filosófico. La pobreza inspira el pensamiento abismático, lo libera de problemas y responsabilidades, y deja tiempo a la reflexión. A la vez, la filosofía también resulta de adoptar una vida tranquila y ascética, que necesariamente pasa por aceptar el desarraigo económico y el aislamiento social. La pobreza y la soledad son los estados naturales del filósofo. Solo cuando admitimos la pobreza, cuando comprendemos su dinámica y su propedéutica, accedemos a las ambrosías y las riquezas que nos depara el ultramundo de las ideas, el paraíso de Platón. Casi de la misma manera, los cristianos acceden al edén que describen los apóstoles en el canon bíblico, también cuando renuncian a los placeres materiales con los que les tienta continuamente el Demonio, y cuando se desprenden definitivamente de cualquier atadura pedánea que les impida alcanzar la vida etérea que, según ellos, aviene después de la muerte. El filósofo no tiene porqué creer en una existencia mas allá de la muerte. No obstante, sus condiciones de vida se asemejan bastante a las del cristiano. Las razones que están detrás de esas existencias paralelas, escuálidas y frugales, son bien distintas. El filósofo necesita tiempo para pensar. Le gustaría que la eternidad transcurriera ahora mismo, en este mundo que se le presenta misterioso, y cuya mecánica trata de desentrañar empleando una cadena inacabable de meditaciones, razonamientos y quebraderos de cabeza. El cristiano, por el contrario, busca la eternidad en el otro mundo. Para el creyente el misterio esta en otro lado. No obstante, la hermenéutica que utilizan ambos -filósofos y cristianos- es bastante similar. Los dos alcanzan el clímax por medio de la negación de los placeres y la abstinencia sensual, y los dos acceden al paraíso que cada uno concibe como tal, en el momento que dejan de terraquear y se desprenden de los apegos sensitivos que despiertan el apetito sicalíptico del resto de mortales.

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