El keynesianismo: sobre la violación de la ley de causalidad


medd_01_img0042Una de las leyes más básicas que existen en la naturaleza, si no la más básica de todas, es la que se conoce comúnmente como principio de causalidad. En correlación con esto, una de las explicaciones que mejor han sabido captar la esencia y el contenido de dicha ley, es la que nos ofrece Ayn Rand a través del discurso de su personaje literario Jonh Galt: “La ley de causalidad es la ley de identidad aplicada a la acción. Todas las acciones son causadas por entidades. La naturaleza de una acción es causada y determinada por la naturaleza de las entidades que actúan; una cosa no puede actuar en contradicción con su naturaleza (…) La Ley de Identidad no permite que comas tu torta y la tengas también. La ley de causalidad no permite que comas tu torta antes de que la tengas”

La identidad o individualidad de las cosas es condición esencial de su existencia. Constituye el axioma más básico. Nada existe que no tenga una identidad. Identidad y existencia son la misma cosa. Y la causalidad es su corolario lógico, es la identidad aplicada a la acción y al tiempo. Cualquier proceso de la naturaleza, real o imaginario, ha de presentar unas causas concretas y también debe producir unos efectos determinados. En consecuencia, dicho principio actúa como preámbulo de toda forma de conocimiento; es fundamental en todas las ciencias y disciplinas (la condición metafísica se transforma también en condición gnoseológica). El requisito básico para comprender el mundo consiste en presuponer que la realidad tiene siempre un carácter mecánico y causal. El científico que se enfrenta al funcionamiento de un fenómeno nuevo, y se afana en describirlo, debe empeñarse asimismo en hallar las causas ocultas que motivan el suceso en cuestión. El mundo está lleno de pequeños mecanismos, y nosotros estamos obligados a desmontar la maquinaria si queremos comprenderla. La búsqueda de correlaciones es la única actitud racional legítima, toda vez que no existe nada que no tenga un origen anterior y que a su vez no provoque unas consecuencias. Unas cosas influyen en otras. Las primeras se llaman causas. Las segundas se denominan efectos. La existencia requiere de orden, posiciones y leyes, y el orden exige a su vez que las cosas sean de una manera determinada, lo cual también quiere decir que tendrán que actuar siempre de la misma forma, regularmente, primero unas y luego otras, causas y efectos. Antes de pelar una patata tengo que preocuparme por arar el campo, abonar y regar la tierra, arrancar las malas yerbas, y finalmente escavar en el surco para acceder al tubérculo. Para que llueva, es necesario que previamente haya hecho un cierto calor. El agua solo cae al suelo si antes se ha elevado en el aire en forma de vapor. La energía cinética precisa de una acumulación previa de energía potencial. La fecundación siempre antecede al nacimiento. El ayer siempre ocurre antes que el mañana. La causa siempre anticipa el efecto. Estas relaciones cronológicas son tan evidentes que no hace falta demostrarlas; se dan por hecho. Si invirtiésemos el orden, si cambiásemos la flecha del tiempo, todos pensarían que estamos bromeando, o en el peor de los casos, creerían que somos estúpidos o que estamos locos.

Sin embargo, por extraño que parezca, existe una rama del conocimiento que ha elaborado su teoría basándose precisamente en ese tipo de inversiones. Curiosamente, dicha disciplina ha venido trocando el orden natural de los fenómenos de forma sistemática, sin que esa alteración provocase la más mínima alarma en la comunidad científica. Todo lo contrario. Se defiende a capa y espada, se utiliza como seña de identidad y se le rinde culto como fetiche ideológico. Me refiero a la política y la economía. En lo tocante al estudio del hombre, la mayoría de la gente, y también diversos académicos, suele conceder amplios poderes al socialismo, sin percatarse que al hacer esto están yendo en contra del principio natural más básico de todos: el principio de causalidad.

Cuando aplicamos el principio de causalidad a la economía y a su rama más directa: la ética social, no podemos dejar de apreciar que el origen de la felicidad se halla en última instancia en el trabajo físico que acumulan sobre sus espaldas los futuros beneficiarios. Primero el esfuerzo, luego los frutos. Ese es el orden correcto. No en vano, Adam Smith, en la introducción que hace a su obra más famosa, La riqueza de las Naciones, nos obsequia al principio de la misma con una frase lapidaria: “El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias para la vida que la nación consume anualmente…” Para tener derecho a disfrutar de un bien, cualquiera que sea, primero tenemos que producirlo con las manos. Los deberes siempre van por delante de los derechos. Pero los socialistas, obsesionados a todas horas con el igualitarismo y la utopía, quieren conceder más derechos a un mayor número de personas en el menor tiempo posible, sin atender a sus méritos y sus deberes, e independientemente de todo lo demás. Por eso nunca recuerdan que en la vida real las obligaciones constituyen la única fuente de la que brotan esos derechos que ellos tanto exaltan, y en consecuencia acaban promoviendo más leyes en nuestra contra que a nuestro favor.

Por lo mismo, los socialistas tampoco reparan jamás en el origen del dinero. Solo aspiran a repartir ecuánimemente el que obtienen mediante los impuestos que cobran a los demás. Por esa razón, conceden gran importancia a los bienes nominales (fabrican moneda, elevan el tipo de interés, asperjan la sociedad con billetes de papel), mientras que apenas reparan en el motivo que da valor a esos bienes monetarios, que no es otro que el esfuerzo productivo, el emprendimiento, la destreza, la competencia, el mérito, la sensación de escasez, las ganas de destacar, la desigualdad, y el trabajo real. Los socialistas habitan en un mundo ficticio, igualitario, sin cambios, isotónico. Por eso sus soluciones también se basan en supuestos imaginarios que nunca pueden funcionar. Imaginan un paraíso perfecto, el final del camino, la eliminación del sufrimiento y el trabajo, el final de la historia, y por eso acaban deteniendo la misma y provocando el atraso.

Cuanto más lo pienso más increíble me parece. ¿Cómo es posible que el hombre, adulto, acabe creyendo en estas filfas económicas? ¿Cómo puede pensar que el agua cae hacia arriba, o que la parturienta es fecundada en el momento que sale de cuentas? Sin embargo, eso es exactamente lo que pasa. El socialismo es una farsa enorme. Es una mentira tan grande que nadie en su sano juicio debería dejarse arrastrar por ella. Pero paradójicamente casi nadie se escapa. La mentira es grande por lo que tiene de absurda y por lo que tiene de atractiva. Grande es su negación de la verdad y grande también su penetración y su filiación en la sociedad. Por eso parece una contradicción. Una falacia de ese tamaño, que contraviene las leyes más básicas de la naturaleza y que altera el orden de los fenómenos, no debería pasar desapercibida. Sin embargo, muchos hemos sufrido en carne propia sus efectos tranquilizantes y sus visiones psicodélicas. Y la mayoría padecerá esa enfermedad mental toda su vida. El socialismo es la droga que más muertes ha ocasionado a lo largo de la historia, el cáncer que más metástasis ha desarrollado, y la neurastenia social que más parálisis ha provocado. No en vano, los pregoneros de esta ideología se jactan de defender todo lo que supone un mayor atraso: la bici frente al coche, el minifundio frente al latifundio, el campo frente a la ciudad, el trabajo de mil hombres frente al desempeño de un robot, el ecosistema eclógico frente al ecosistema urbano. En verdad, el mundo se habría desarrollado mucho más, y todos seríamos más felices, si el socialismo no hubiera medrado como lo ha hecho. Pero entonces el hombre no sería hombre, es decir, no sería estúpido. Si avanzamos es gracias a ese pequeño porcentaje de la humanidad que siempre ha sabido reconocer el lugar del que manan las fuentes del progreso, a despecho de la gran mayoría, que languidece lastrada y paralizada por la ideología promisoria del igualitarismo.

Dentro del socialismo existen diversas variantes (diversas parálisis), tantas como recovecos encuentran sus adeptos para ocultar la mentira, maquillarla y adornarla. Y entre todos esos escondrijos, destacan las universidades y las escuelas de economía. En ellas se ha fraguado el mayor ardid de todos, merced a las enseñanzas del taumaturgo más grande de todos los tiempos: John Maynard Keynes. El keynesianismo es el hijo espabilado de ese gran patriarca que llamamos socialismo. Ha llegado a la universidad. Se instala en las aulas. Ocupa la primera fila. Se propone como portavoz de la clase. Todos los catedráticos lo ensalzan y le dedican panegíricos. Pero en el fondo no es menos estúpido que su padre. El keynesianismo es a la ciencia económica lo que la astrología es a la astronomía, o lo que la alquimia es a la química: una superchería barata con una apariencia falsa de formalidad. El keynesiano es un vendedor ambulante de crecepelos con un título falso bajo el brazo que no duda en enseñar a la menor oportunidad. En su afán por aplicar las mismas políticas que ya llevaron a cabo sus predecesores, acaba cometiendo los mismos errores. Vuelve a trocar las causas por los efectos, aunque en este caso se asegure el éxito untando toda la superficie con un barniz de seriedad científica. Básicamente, lo que viene a decirnos Keynes, el embuste que quiere hacer pasar por solución, consiste en afirmar que solo existe una forma de salir de las crisis. Tenemos que inyectar más capital en la economía del país, condonar las deudas, aumentar la liquidez de los bancos, subvencionar los sectores estratégicos, llenar de monedas los bolsillos de los agricultores y los lobbys ganaderos, igual que se ha hecho siempre, sin que importe la procedencia del dinero ni su uso posterior, atendiendo exclusivamente al chovinismo barato y el resentimiento airado de quienes acostumbran a exigir cada vez más ayudas para eximirse de trabajar y evitar a la competencia. Jay Baptiste Say, uno de los padres de la economía moderna, llama la atención sobre este hecho. Afirma que no puede haber comprador si no existe previamente un productor. Igualmente, para Adam Smith el origen de la riqueza se encuentra en el trabajo y el ahorro. El esfuerzo antecede siempre a cualquier abundancia. Y también la escuela austriaca de economía, con Hayek a la cabeza,  propone un análisis del mercado y una reforma financiera que enfatiza la importancia de aquellas etapas productivas que están más alejadas del consumo y cuyas inversiones dependen en mayor medida del acúmulo de capitales, del ahorro y del largo plazo. Pero keynes invierte completamente el orden de los factores. Según él, no es el ahorro y la producción, sino el consumo y la demanda, lo que tira de la economía y permite en última instancia incrementar la riqueza. Es por ello que debemos fomentar el cortoplacismo, el gasto gubernamental y la borrachera inflacionaria, en aras de conseguir una reactivación y un mayor empuje de la sociedad. Muchos economistas mentecatos parecen convenir con esta solución. Y también muchos políticos, que están deseosos de obtener más ingresos para acabar sus proyectos faraónicos y alimentar de ese modo su megalomanía infinita. La mayoría de la gente abraza estas ideas porque les resultan más fáciles de aceptar (no cabe duda que el gasto inmediato de los ahorros que otros han acumulado en el pasado propone una perspectiva más agradable que aquella otra que reclama el esfuerzo propio y que solo garantiza un éxito a largo plazo). En consecuencia, todos aplauden con las orejas esas nuevas medidas sin importarles en absoluto las consecuencias futuras. Es más, gracias a Keynes ahora todos creen que persiguen una causa loable, que disponen de una justificación científica. Y esto les estimula todavía más. El mayor peligro siempre proviene de aquellos estúpidos que se creen capaces de hacer grandes cosas.

Es inconcebible que la gente no alcance a entender algo tan sencillo, que todas las subvenciones sin excepción vienen a poner de manifiesto un problema estructural grave, una falta de recursos y destrezas por parte de las empresas e instituciones que reciben esas ayudas, las cuales solo pueden subsistir de la forma que lo hacen si son privilegiadas de dicha manera, contribuyendo a consolidar un proyecto fracasado de antemano, improductivo, que deja de lado el beneficio económico que derivaría de la venta voluntaria del artículo en cuestión. Cuanto más subvenciones se conceden a una empresa, menos se preocupa esta por ofrecer un servicio real a la sociedad, a través de la oferta de sus productos y la satisfacción de sus clientes. Por muy pequeña que sea la ayuda, siempre habrá un mayor porcentaje de personas perjudicadas que de empresarios beneficiados. Todos somos consumidores potenciales, y por tanto todos acabaremos pagando el pato de esos privilegios estatales, que siempre encarecen el precio de los productos y empobrecen su calidad, pues no se establecen en función de las necesidades reales de la gente, sino únicamente para mantener una industria que no sobreviviría de otra manera, incapaz de competir en precios y calidad. Por el contrario, los empresarios que son untados con esas ayudas y que obtienen beneficio de ella siempre son una clase minoritaria, y en cualquier caso también ellos acabarán algún día pagando las consecuencias que traen estas políticas. Esta es una regla de oro que muchos economistas y políticos, que se dicen inteligentes, no dudan en incumplir sistemáticamente.

Las manzanas solo caen al suelo cuando están completamente maduras, cuando han absorbido todos los nutrientes que fabrica el árbol con ayuda del Sol y están finalmente preparadas para servir de portadoras y trasmisoras de la información genética a la siguiente generación. Intentar comer una manzana antes de que la fotosíntesis haya producido el citado efecto, solo puede llevarnos al fracaso más ridículo y, a lo peor, si persistimos, a la inanición y la muerte. De igual manera, incentivar el consumo cuando no se dispone de producción y ahorro reales lleva a los países al abismo de la historia. Y el cataclismo aun será mayor si, como suele pasar, lo que se pretende es enmendar una situación de crisis social, en la que ya existe de antemano una producción inadecuada. En suma, lo que viene a hacer el keynesianismo es trocar de nuevo las causas por los efectos, la producción por el consumo. Cae otra vez en esa suerte de espejismo que consiste en apreciar solo la superficie de los fenómenos (la última etapa de la producción: el consumo), sin atender al mecanismo interno (sin observar todas las etapas anteriores de la cadena productiva). Los keynesianos, y la mayoría de economistas, se comportan igual que se comportaban en el pasado los analfabetos y los iletrados, que pensaban que la Tierra era plana porque solo acertaban a ver el plano que ellos habitaban.

Cuando iniciamos el colegio, con tres o cuatro años, la maestra nos enseña las operaciones básicas de la aritmética: la suma, la resta, la división, y la multiplicación. Aunque somos todavía muy pequeños, no nos cuesta demasiado entenderlo. Pero paradójicamente, cuando crecemos y alcanzamos la madurez, muchos de nosotros no somos capaces de comprender algunas cosas más sencillas, y acabamos abrazando una ideología que nos lleva a creer que el subsidio, el consumo, o la demanda son la causa del progreso, cuando en realidad son su consecuencia última. Desde ya, es necesario que emprendamos una nueva reforma educativa, aun a riesgo de acumular otro fracaso más. A partir de ahora añadiremos una asignatura nueva. El objetivo será hacer que los Keynesianos entiendan por fin en qué consiste la ley de la causalidad. Han de saber que las manzanas verdes siempre preceden a las rojas, y que las rojas siempre caen al suelo desde una posición más alta (y que la producción siempre antecede al consumo). Esa nueva asignatura será obligatoria para todos ellos, que tendrán que volver a pasar por las aulas y sentarse en los pupitres que antaño ocuparon sin demasiado provecho. Muchos son los economistas y políticos que deberían ponerse otra vez el mandilón, y guardar la fila después del recreo. Ya es hora de que comprendan cuales son las leyes que rigen el mundo y determinan sus vidas y su felicidad. Y también la nuestra.

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Una respuesta a El keynesianismo: sobre la violación de la ley de causalidad

  1. JUAN ANTONIO dijo:

    Como simpatizante de las ideas de Ayn Rand, también creo que su magnífico libro “La Rebelión de Atlas” debería también estudiarse en los Colegios y en las Universidades, para así contrarrestar la nefasta influencia del socialismo. Todos hemos padecido una enorme influencia a lo largo de nuestra vida, de las ideas socialistas, comunistas y colectivistas, nunca se nos ha enseñado otra cosa que no fuera el pensar en los demás, siempre los demás, por encima del yo .La enorme contribución de Ayn Rand, haciéndonos ver la importancia del YO, frente al NOSOTROS, abre una grieta tremenda en el muro del socialismo. Siglos de esclavitud y de idiotización general de las masas, anestesiadas por esa vieja mugrienta que se llama socialismo, nos han llevado hasta hoy, donde parece que se atisban otras alternativas nuevas alejadas del viejo estatismo, aunque tal vez sea sólo un espejismo, producto de mi imaginación y de mis deseos.

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