Los idearios de la Escuela Austriaca de Economía: una crítica desde el minarquismo a las teorías anarcocapitalistas y evolucionistas


Paper publicado en la revista del VII congreso de economía de la escuela austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en el Centro Riojano.

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Indice

1. Introducción

2. El marco ideológico

3. Los errores ideológicos

4. El error del anarcocapitalista

5. El error del evolucionista

6. Conclusiones


Nota preliminar

A raíz del libro publicado recientemente por Michael Oliver (The New Libertarianism: Anarcho-Capitalism, CreateSpace, 2013), donde éste hace una defensa del anarcocapitalismo que intenta basar en la epistemología y la metafísica, se han desatado numerosas discusiones y debates que parecen concluir que dicho sistema, el anarquismo de mercado, es más coherente con las ideas del liberalismo de lo que lo es el minarquismo que defiende una cierta tradición de liberales.

Mi propósito en el trabajo que se va a presentar a continuación fue el de establecer una teoría que, basándose también en un razonamiento teórico y sistemático, diera argumentos a los minarquistas para defender su propia posición con las mismas armas.

David Gordon, en una reseña al libro de Oliver, manifiesta que la respuesta estándar de los objetivistas (minarquistas acérrimos) al anarquismo es que no puede haber un mercado en derecho y defensa. Por el contrario, el libre mercado presupone la existencia de un orden legal fijo, no sujeto a competencia y esto solo puede proporcionarlo el gobierno.

Según David Gordon, Oliver no solo responde a esta dificultad, sino que la dirige contra los defensores objetivistas del estado: “Es completamente cierto -dice Oliver- que el libre mercado presupone una ley objetiva, pero los requisitos de la ley objetiva están fijados por la naturaleza humana. Lejos de requerir un estado, la ley objetiva correctamente entendida impide su existencia. No hay necesidad de un proceso legislativo. La ley está implícita en la naturaleza de las cosas, incluyendo la naturaleza del hombre. Así que se requiere un descubrimiento de la ley en lugar de su creación. (…) Como el capitalismo/voluntarismo se basa en el reconocimiento de la necesidad de libertad de pensamiento y acción, no tiene sentido crear una agencia monopolística para el descubrimiento de la verdad y el derecho. En una sociedad anarcocapitalista, los elementos básicos del derecho no estarían disponibles, frente a las afirmaciones de los críticos randianos del anarquismo”.

Pero precisamente, si la ley está implícita en la naturaleza humana, esa ley no garantiza el intercambio voluntario y la sociedad libre, y más bien se ha demostrado que hace todo lo contrario, llevando a las personas a matarse entre ellas y a crear grandes Estados. Por tanto, lo mejor que podemos hacer es construir un estado mínimo que garantice en la medida de lo posible el cumplimiento de esta norma básica.

Como vemos, los anarcocapitalistas defienden un proceso de descubrimiento continuo, en el que las leyes van surgiendo y adoptándose según la necesidad y efectividad que presuponen en aquellas sociedades que las acaban aceptando. Igual hacen los evolucionistas hayekianos (mi trabajo intenta refutar ambas corrientes). Ahora bien, resulta paradójico que todos ellos pretendan llevar a cabo esa defensa partiendo de un análisis metafísico o epistemológico. Las normas básicas son sencillas y no necesitan ser descubiertas paulatinamente, como si se tratasen de objetos científicos. Una verdadera defensa metafísica debe contemplar unos principios irrefutables, obtenidos, no por descubrimientos paulatinos, sino por medio de una convicción o intuición inicial. La libertad individual es un presupuesto metafísico. Y las leyes de un país están obligadas a reflejar esta necesidad imponderable. Un cierto monopolio legislativo, que abandere la defensa unilateral de estos presupuestos básicos, es más coherente con la égida de la libertad que una sociedad anarcocapitalista en la que las normas fluctúan al albur de las circunstancias concretas. Al menos, los anarcocapitalistas no deberían arrogarse la potestad exclusiva del razonamiento metafísico (como hace Oliver en su libro), toda vez que son ellos los que abogan por unas leyes evolutivas y por un proceso de descubrimiento progresivo que nada tiene que ver con esos principios apriorísticos que rigen en la metafísica. Si hablamos en términos metafísicos, hablamos de leyes irrefutables, y si hablamos de leyes irrefutables no podemos decir que tienen que ser descubiertas a posteriori, solo cabe la instauración de un órgano único (minárquico), dirigido exclusivamente a atender y proteger esas pocas leyes básicas que son necesarias para todo el proceso de evolución social que viene después, el cual sí debe dejarse al arbitrio de los distintos individuos. Los anarcocapitalistas obvian el carácter básico de esas leyes, solo atienden a su carácter subjetivo. En este sentido, se olvidan de una de las dos patas que debe tener toda teoría liberal. Dicha teoría defiende el subjetivismo como hecho general. Por tanto, defiende la acción subjetiva, pero también requiere una cierta acción objetiva y monopólica, que haga que esa defensa del sujeto sea completamente general. Los anarcocapitalistas solo atienden al carácter subjetivo de la norma, y se olvidan de que dicho carácter requiere también una defensa objetiva, en el ámbito de las normas más básicas, que a su vez requiere de un sistema unilateral, esto es, una entidad estatal mínima que garantice y homogeneíce el cumplimiento de la regla básica en todo el territorio.


Resumen

En este trabajo se presenta una crítica del evolucionismo y el anarcocapitalismo austriacos, y se defiende al mismo tiempo una alternativa minarquista, que el autor considera más acorde con la realidad y la funcionalidad de una sociedad próspera y libre.

En términos generales, tanto el anarcocapitalismo como el evolucionismo surgen de negar, en algún sentido, las leyes más abstractas e importantes de la naturaleza. Esta negación acarrea una interpretación y una aplicación fallidas. Se desatiende la realidad y se ningunean los principios más básicos de la misma. En consecuencia, el problema de estas corrientes es principalmente epistemológico, y por tanto su enmienda está obligada a asumir la misma naturaleza filosófica.

En concreto, el error consiste en defender una identificación inviable: se identifica el componente objetivo de la teoría con su componente subjetivo. Dada la naturaleza esencialmente distinta de estas dos categorías, dicha identificación es imposible, e incurre en algunos problemas lógicos y contradicciones que exigen una reparación inmediata. La identificación del objeto teórico con el sujeto teórico conlleva el ninguneo del primero (el desprecio de la generalización), que queda irremediablemente subsumido en la naturaleza subjetiva y relativa del segundo.

Lo conveniente es aceptar un elemento objetivo y un elemento subjetivo, asunción que solo contempla de manera completa la minarquía liberal. La defensa absoluta de la libertad individual entraña a su vez dos égidas distintas, o si se quiere, dos dimensiones diferentes. La defensa de una proposición objetiva, incontrovertible y apodíctica. Y la defensa del elemento que describe dicha proposición: el sujeto o individuo particular, contingente y heterogéneo. La diferenciación y conciliación de estas dos categorías epistemológicas, es decir, la asunción de una realidad objetiva y a la vez subjetiva, es el motivo que más deberían resaltar aquellos que quieran justificar teóricamente la existencia de un estado minárquico.


1. Introducción

El objetivo de este trabajo es hacer una crítica teórica y praxeológica de las teorías del evolucionismo y del anarcocapitalismo austriaco, empleando para ello una perspectiva fundada en el concepto político de la minarquía. Sin embargo, no es mi intención hacer una refutación completa de estos idearios. Me considero un evolucionista hayekiano convencido, y también pienso que el anarcocapitalismo podría funcionar mejor de lo que hoy en día funcionan los sistemas estatistas que aceptamos y que padecemos. Lo único que voy a intentar demostrar es que, llevados hasta sus últimas consecuencias, el anarcocapitalismo y el evolucionismo austriacos incurren en algunos errores de base bastante graves, que suponen una aplicación teórica que en muchos casos tiene peores consecuencias que las que obtendríamos con un sistema minarquista.

En términos generales, tanto el anarcocapitalismo como el evolucionismo surgen de negar, en algún sentido, las leyes más generales de la naturaleza. Los anarcocapitalistas aceptan esas leyes absolutas cuando se trata de describir la realidad, pero niegan que éstas puedan plasmarse en normas sociales de carácter general (niegan la taxis; el Estado). Por su parte, los evolucionistas admiten ciertas normas institucionales, pero niegan a su vez que éstas se basen en reglas realmente absolutas (niegan el kosmos; los axiomas).

Esta negación de las leyes más generales de la naturaleza entraña graves errores lógicos: no se corresponde con el carácter esencial que deberíamos otorgar a dichas leyes. El concepto de ley universal que aquí abordamos (axiomática) no puede surgir como consecuencia del proceso evolutivo, como piensan los evolucionistas. Por definición, una ley axiomática es sencilla, necesaria y eterna; no cambia. En consecuencia, su conocimiento no requiere de aproximaciones paulatinas: podemos conocerla desde el principio.

A su vez, una ley universal tampoco puede surgir como resultado de aplicar un régimen de libre competencia, como quieren los anarquistas de mercado. Por definición, una ley universal es única. Solo hay una. Por tanto es absurdo pretender que compita con otras. Para competir hacen falta varios competidores.

En general, anarquistas y evolucionistas razonan de la misma manera. Los primeros alegan que la organización social debe confiarse plenamente a la evolución que emerge de la competición empresarial. Los segundos aducen que la evolución social es la única que debe determinar el carácter y la naturaleza de todas las leyes. Ninguno de ellos contempla unas normas apriorísticas, anteriores a cualquier tipo de evolución o experimentación, posibilitadoras del proceso, que puedan implementarse con carácter general y de manera previa.

Con todo, el objetivo de este opúsculo será refutar alguna de las ideas que hoy en día están ganando adeptos entre las filas de los libertarios, y que se enmarcan dentro de esos dos idearios que hemos motejado más arriba: el anarcocapitalismo y el evolucionismo.

Para refutar el anarcocapitalismo me voy a basar en un artículo que Gustave de Molinari publicó en el siglo diecinueve y que convulsionó la sociedad liberal de la época, que en aquel momento estaba encabezada por Fréderic Bastiat. A la sazón, impugnaré el evolucionismo austriaco a través de la crítica del libro de César Alonso Meseguer que lleva por título La Teoría Evolutiva de las Instituciones, donde el autor defiende una versión extrema de dicha corriente.

Para mi defensa usaré varias nociones importantes, que considero que abarcan un amplio número de procesos sociales, y que por tanto me ofrecerán la oportunidad de contrastar todas las posturas que se dan dentro de la Escuela Austriaca de Economía. Estas nociones giran en torno a la definición de filosofía política, al concepto de teoría, y al concepto austriaco de los tres niveles.

El modus operandi que voy a emplear es bastante sencillo. Pretendo partir de un razonamiento básico, usando conceptos importantes y generales, y aplicándolos después a la investigación de los motivos que aquilatan la defensa del minarquismo y la consecuente refutación del anarquismo y el evolucionismo.


2. El marco ideológico

Al objeto de cumplir con el programa que me he propuesto, es preciso que en primer lugar determine el marco ideológico que me va a permitir identificar, contrastar y oponer con claridad todas las corrientes de pensamiento que se dan dentro de la Escuela Austriaca de Economía. A tal efecto, empezaré por definir el primero de los conceptos que voy a emplear aquí, el concepto de filosofía política.

La filosofía política abarca un área de estudio muy extensa, que involucra a muchas disciplinas académicas. Tiene la vocación de explicar un gran número de fenómenos físicos. Por ende, representa un ámbito intelectual idóneo para acometer el propósito que busco con este trabajo.

La filosofía política es una ciencia omnicomprensiva, no porque alcance a comprender todo el abanico de detalles que enriquecen la realidad, sino porque extiende su análisis cubriendo diversos órdenes. Abarca el estudio de las leyes naturales más elementales (filosóficas), y también el de aquellas otras más específicas que rigen la ordenación de la sociedad humana (políticas).

Los filósofos son estudiosos que parten siempre de presupuestos universales, y que intentan a continuación construir con esas teorías una red de explicaciones suficientemente amplia. Por su parte, la política pretende aplicar esos fundamentos básicos en el ámbito concreto del ser humano. Si unimos estas dos disciplinas obtenemos la filosofía política, la cual consistirá en usar los elementos más importantes del pensamiento, los fundamentos, en aquellas áreas que más le interesan al hombre, las sociedades. No existe otra ciencia que pueda afirmar esto.

A su vez, esta visión omnímoda de la filosofía nos obliga a considerar también dos clases de leyes. Los fundamentos más básicos de la realidad están constituidos por leyes naturales (filosóficas). Mientras que la aplicación de esas leyes en el ámbito del ser humano da lugar a leyes sociales (políticas), las cuales rigen la vida de todos los individuos. Esta dicotomía trascendental ya se puede verificar en los clásicos. Es la dicotomía que mantienen los griegos entre lo artificial y lo natural. Para Hayek, es la dicotomía entre Kosmos y Taxis.

Todas las disputas que se dan dentro y fuera de la escuela austriaca se pueden resumir apelando a esos dos conceptos legales, el kosmos y la taxis, lo natural y lo artificial, la ley natural y la aplicabilidad de esa ley en el ámbito social. Como hemos visto, la filosofía política tiene un carácter omnicomprensivo, ya que integra en su visión las dos clases básicas de leyes que existen. Por un lado, aborda principios fundamentales, y por el otro intenta determinar su aplicabilidad en el ámbito social.

Por eso, si usamos los dos tipos de leyes que trata esa filosofía (Kosmos y taxis; ley natural y ley artificial), y los cruzamos utilizando una tabla, aparecen de inmediato todos los idearios que existen, y todos quedamos retratados. En general, todas las ideologías surgen de los problemas que enfrentan a aquellos que intentan definir y aplicar esos dos tipos de leyes (leyes naturales y leyes artificiales), enfrentamiento que acontece siempre en el cuadrilátero de la filosofía política. A continuación se expone esta tabla.

Tabla Ideológica

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En la tabla expuesta más arriba aparecen seis tipos distintos de ideologías, las cuales paso a detallar a continuación.

El liberalismo de los constructivistas seculares aboga por crear una sociedad perfecta, aspira a construir un paraíso terrenal, donde asegura que todos seremos absolutamente libres, y podremos alcanzar todo lo que nos propongamos (parusía totalitaria). Pero no dice solo esto, justifica todo ello apelando a unas fuerzas históricas y universales irrenunciables (leyes naturales), la inevitable dialéctica de la historia y del materialismo, el milenarismo inexorable, y la llegada ineluctable de la gloria edénica del proletario.

El liberalismo de los constructivistas religiosos promete en cambio una libertad de tipo etéreo, una libertad salvífica, un mundo extraterrestre gobernado por leyes divinas (no naturales) al que solo podremos acceder después de la muerte, y tras cumplir los mandatos teocráticos que se nos impongan desde arriba.

Tanto los constructivistas seculares como los religiosos requieren para sus hazañas de un Estado suficientemente grande y poderoso, que de salida a todas sus aspiraciones de dominación.

Por su parte, los anarquistas puros, que aparecen en la parte inferior derecha de la tabla, no creen en leyes de ningún tipo y tampoco admiten ninguna fuerza estatal. Estos no merecen prácticamente ninguna atención. Realmente no creen en nada, son relativistas estrictos. Decía Camus que el anarquista más coherente es el que se suicida, porque para estar vivo ya hay que cumplir ciertas reglas.

Finalmente, dentro de la Escuela Austriaca de Economía podemos distinguir tres ramas principales, la anarcocapitalista, la evolucionista y la minarquista. El objetivo teórico al que debemos aspirar los austriacos, el que debemos comprar para consumo propio, consiste en averiguar cuál de estas tres corrientes ideológicas es mejor que las otras. Para ello, es preciso que analicemos cómo interpretan las leyes cada una de ellas.

Tanto los anarquistas de mercado como los evolucionistas austriacos obvian de alguna manera los fundamentos más importantes de la realidad. En cambio, los minarquistas los tienen muy en cuenta, tanto a la hora de analizar la naturaleza de las cosas, como a la hora de implementar esas normas en el ámbito de la sociedad. Huelga decir que aquí me refiero exclusivamente a la ley natural como concepto axiomático. No digo que Hayek no creyese en leyes naturales. El orden espontáneo se basa en dichas leyes. Lo que pasa es que los hayekianos nunca terminaron de comprender el carácter axiomático y apodíctico que afecta a algunas de esas verdades, como sí hicieron los misesianos. Lo que critico aquí es el ninguneo de esos principios axiomáticos, tanto por el lado de la Taxis, porque no se quieren reforzar con alguna entidad estatal minárquica (como creen los anarcocapitalistas), como por el lado del Kosmos, porque no se quiere entender su naturaleza absoluta e indiscutible (como hace la corriente hayekiana y sus seguidores actuales, mucho más radicalizados hoy en día que en tiempos de Hayek; el ejemplo que tomo aquí es el libro de Meseguer).


3. Los errores ideológicos

Una vez que hemos establecido el arco ideológico general, mediante el uso del concepto de filosofía política, vamos a ver cuáles son los errores lógicos en los que incurren los anarcocapitalistas y los evolucionistas, las dos ramas de la escuela austriaca que nos proponemos rebatir. Para ello usaré dos instrumentos teóricos nuevos: los elementos epistémicos y los niveles epistémicos.

Una teoría es un sistema lógico-deductivo compuesto de reglas encaminadas a confeccionar modelos científicos que interpretan, infieren, o predicen, un conjunto amplio de observaciones, en función de los axiomas o los principios que componen la misma.

Hay muchas maneras distintas de definir y analizar una teoría. Aquí me voy a centrar sobre todo en sus aspectos más epistemológicos. Desde este punto de vista, una teoría es una afirmación proposicional que consta de dos elementos básicos, un contenido (aquellos hechos concretos que se describen en la teoría; el elemento subjetivo) y un continente (el carácter de teoría; el elemento objetivo que reúne los elementos subjetivos y les da una interpretación única), o si se quiere, un significado, y un significante. A su vez, una teoría también consta de dos niveles de explicación básicos: una proposición principal y unas implicaciones lógicas.

Con respecto a los elementos epistémicos, si aplicamos el concepto de contenido y continente al caso concreto de la teoría de la escuela austriaca, obtenemos las siguientes definiciones:

  • Contenido: todo hombre al actuar pretende alcanzar unos determinados fines que habrá descubierto que son importantes para él (descripción de un hecho subjetivo; elemento subjetivo de la afirmación).
  • Continente: todos los hombres al actuar… (descripción de un hecho objetivo; elemento objetivo de la afirmación).

Cuando nos referimos a la propia ley ya no estamos hablando del contenido, sino del continente de la teoría. La naturaleza continental de la teoría tiene un carácter objetivo; las leyes que describen el mundo y aspiran a comprenderlo deben ser lo más universales posibles. La ciencia solo tiene sentido si emprende una búsqueda que tenga por objeto describir esos hechos universales. No en vano, su principal y única función es la de pretender esa generalización. Cada vez que se construye una nueva teoría, se está llevando a cabo este proceso.

Por otro lado, las teorías también constan de una proposición general y unas implicaciones lógicas, o si se quiere, de unas causas principales y unos efectos derivados. Si llevamos estos niveles de explicación al plano concreto de la escuela austriaca, igual que hemos hecho con los elementos epistémicos, nos encontramos con la teoría de los tres niveles, enunciada hace ya más de un siglo por el eminente economista y escritor austriaco Carl Menger. Esta noción abarca un amplio número de procesos sociales (como el concepto de filosofía política que se ha tratado mas arriba), y por tanto nos ofrece también la oportunidad de contrastar una gran variedad de fenómenos. A continuación definimos esos niveles:

  • Primer nivel: La proposición principal. El hombre actúa (praxeología). Mises denomina a estas acciones con el apelativo de autísticas. La acción humana es un presupuesto irreductible, que no cabe referirlo a ningún otro ni explicarlo más (esto está cogido de una cita de Huerta de Soto). Por tanto, la acción humana sería un presupuesto innegable y absoluto.
  • Segundo nivel: Las implicaciones lógicas. El hombre interactúa con otro individuo (cataláctica). Este presupuesto describe un aspecto de la acción menos universal. La acción no conlleva necesariamente una interacción.
  • Tercer nivel: El hombre interactúa dentro de una red extensa compuesta por millones de individuos (órdenes espontáneos; teoría de las instituciones evolutivas). El fenómeno que aquí se describe está compuesto por acciones muy particulares e individuales.

Pues bien, el error que cometen tanto los anarcocapitalistas como los evolucionistas austriacos arraiga en estos aspectos básicos de la teoría y consiste en obviar deliberadamente sus elementos más objetivos. Con respecto a los elementos epistémicos, obvian el componente continental de la teoría, y con respecto a los niveles epistémicos obvian el más fundamental de todos ellos, el nivel praxeológico.

En concreto, anarcocapitalistas y evolucionistas llevan a cabo un intento de identificar teóricamente las categorías objetivas con las categorías subjetivas. En otras palabras, confunden el continente teórico de la proposición con su contenido teórico, y también confunden la proposición principal con las implicaciones lógicas. Se confunde el contenido (particular) con el continente (universal) de la proposición, y también se confunde la proposición principal (más general) con las implicaciones lógicas (más particulares). Y dado que esta identificación es imposible, puesto que la naturaleza esencial de dichas categorías es completamente opuesta, las consecuencias que tienen todas esas equivocaciones se dejan sentir inmediatamente. El elemento objetivo de la teoría se subsume en el elemento subjetivo y particular, y se ningunea. La teoría deja de ser teoría. La apuesta por la libertad que hacen los austriacos es menos apuesta si no se defienden unos principios generales de manera radical. La pérdida de objetividad conlleva la pérdida de credibilidad y la pérdida de efectividad. En los siguientes epígrafes analizaremos de forma más precisa el modus operandi de estas fallas teóricas.


4. El error del anarcocapitalista

Gustave de Molinari es el padre intelectual del anarquismo de mercado. Murray Rothbard nos lo describe de la siguiente manera: “Nacido en Lieja, hijo de un médico y barón belga que había sido oficial del ejército napoleónico, Molinari dedicó la mayor parte de su vida a escribir y editar innumerables obras, todas las cuales promovían la paz internacional, el laissez-faire, y la crítica decidida de toda forma de estatismo.” (Rothbard, 2013, p.1060)

Según afirma Rothbard en su libro Historia del Pensamiento Económico, «Molinari elaboró una ponencia en la que exponía por primera vez en la historia, un laissez-faire puro y coherente, llegando a exigir la introducción de la competencia libre y sin obstáculos en aquellos servicios que por lo general se considera que son exclusivamente públicos: en concreto la esfera de la protección policial y jurídica de la persona y de la propiedad privada.» (Rothbard, 2013, p.1060)

Entre otras cosas, Molinari aducía lo siguiente: “…considero a las leyes económicas como leyes naturales, y tengo tanta fe en el principio de la división, de la libertad de trabajo y del intercambio como la que puedo tener en la ley de la gravitación universal. Por consiguiente, pienso que si bien este principio puede sufrir perturbaciones, no admite en cambio ninguna excepción… Que la producción de la seguridad debe, por el interés de los consumidores de este bien inmaterial, permanecer sometida a la ley de la libre competencia… Repugna a la razón creer que una ley natural bien demostrada pueda admitir excepción alguna. Una ley natural es válida en todo momento y en todo lugar, o no es tal ley. No creo, por ejemplo, que la ley universal de la gravedad, que rige el mundo físico, se encuentre suspendida en ningún momento ni en ningún lugar del universo.” (Gustave de Molinari, 1849)

Igual que Molinari, muchos anarquistas de mercado que contemplan las maravillas del contenido que predica el principio de la acción individual y del intercambio voluntario, deducen que cualquier acción privada tiene que ser necesariamente buena, y llegan a decir que la aplicación de la ley, es decir, el continente de la teoría y la propia norma, debe depender también de esas provisiones privadas.

Pero al hacer esto están confundiendo el contenido y el continente de la teoría. En una sociedad avanzada y próspera la provisión de bienes es diversa y compleja. Tiene que satisfacer un número enésimo de gustos. Por eso debe haber múltiples maneras de proveer esos bienes, tantas como deseos existan. El proveedor no puede ser otro que el mercado. Pero la provisión de leyes abstractas (el continente de la ley), que garantizan a su vez la provisión diversa de esos bienes privados, es de una naturaleza totalmente distinta. Las leyes que sostienen el mercado son únicas y sencillas. Por tanto, solo hay una forma eficaz de garantizar esas satisfacciones: la defensa de la libertad individual. El proveedor de ese servicio irrenunciable debe ser un ente general. La aplicación de la ley tiene que ser unívoca. Y el encargado de aplicarla tiene que tener la misma característica.

Molinari afirma que la aplicación de la ley también debe someterse a la competencia del mercado, y que de no ser así supondría una excepción a la norma. Pero esto constituye un error de bulto. La propia ley no puede ser una excepción a la ley. Precisamente su cumplimiento general y unilateral es lo que garantiza que no haya excepciones. Molinari está confundiendo el continente de la teoría (la propia ley) con su contenido (aquello que describe). Con ello, está defendiendo una identificación imposible, la de dos categorías totalmente opuestas.

Molinari comete además un segundo error de identificación, que tiene que ver, ya no con los elementos epistémicos, sino con los niveles epistémicos. Confunde la proposición universal con sus implicaciones particulares, la acción en si con las acciones voluntarias que emprenden los individuos a título personal; en definitiva, está confundiendo la praxeología con la cataláctica.

Al confundir la acción en general (praxeológica) con las acciones concretas (catalácticas), Molinari piensa que el principio universal e irrefutable viene definido por los intercambios voluntarios. Y como cree erróneamente que éste es un principio universal, no ve ningún motivo para regular esos intercambios mediante entes generales que aseguren su cumplimiento. Por eso se siente tentado a querer que desaparezca cualquier forma deliberada de gobierno. Pero como quiera que los intercambios también pueden ser involuntarios, al hacer eso está favoreciendo el otro tipo de intermediaciones: los intercambios violentos.

El principio que contempla Molinari, basado en la división del trabajo, la libertad y el intercambio voluntario, no es un principio universal, pertenece al ámbito de la cataláctica, no al de la praxeología. Constituye una de las dos implicaciones catalácticas que existen, la que determina los beneficios como resultado de un proceso cooperativo.

Molinari interpreta un principio particular, la acción humana basada en la cooperación y el respeto a la propiedad privada, como si fuera una verdad universal (absoluta). Por tanto, inconscientemente tiende a olvidar el riesgo que suponen aquellas acciones humanas que no se basan en la cooperación, y tiende a pensar también que no hace falta ningún ente general que minimice el impacto social de este tipo de acciones violentas.

La acción cooperativa es universal en tanto en cuanto es la única acción que permite el desarrollo y el progreso de la sociedad (el Big-Bang social, y los órdenes extensos). Pero hay que tener en cuenta que no es un fenómeno realmente universal: no es un fenómeno que se produzca siempre (la única acción universal es la acción praxeológica). A veces el hombre obtiene beneficio a través de la violencia; otras a través de la cooperación. La violencia también puede llegar a convertirse en un problema sistémico, y a devastar una sociedad pacífica. El siguiente esquema intenta mostrar estas dos opciones, en el contexto general de la teoría.

1º Nivel: Praxeología (una única posibilidad: una acción)

  • El hombre actúa persiguiendo fines y usando medios.

2º Nivel: Cataláctica (dos posibilidades: dos acciones)

  • El hombre actúa mediante intercambios voluntarios y vínculos contractuales.
  • El hombre actúa mediante intercambios involuntarios y vínculos hegemónicos.

3º Nivel: Órdenes extensos (muchas posibilidades: millones de acciones)

  •  Los vínculos contractuales dan lugar a órdenes extensos compuestos por sociedades pacíficas y prósperas.
  • Los vínculos hegemónicos dan lugar a órdenes extensos compuestos por sociedades convulsas y atrasadas.

Lo que es absoluto en las leyes económicas es la afirmación que dice que los intercambios voluntarios dan lugar siempre a sociedades más prósperas. Pero esta absolutez no es comparable con aquella otra que se produce con la gravedad. Para que caiga una manzana no es necesario que el hombre acometa ninguna acción legislativa. Las manzanas caen en virtud de una fuerza natural. No hay alternativas. Pero para que una sociedad se rija por medio de intercambios voluntarios si es necesario un marco general de regulación, porque en este caso existen otras alternativas que ponen en peligro el principio que todos deseamos, aquellas acciones que comprometen esos intercambios voluntarios.

Por tanto, no es posible comparar el intercambio voluntario con la ley de la gravedad. La segunda se cumple siempre. Sin embargo el primero puede o no cumplirse. Existe intercambio voluntario e intercambio involuntario. La voluntariedad no es algo universal. Por lo menos no lo es en el mismo sentido que lo es la gravedad. Esta crítica del argumento de Molinari es clave para entender el error y el exceso que comete el anarcocapitalismo. Si la voluntariedad fuera universal, como lo es la gravedad, es decir, si el ser humano fuera absolutamente bueno, efectivamente no haría falta ningún ente de regulación general. Pero como no lo es, dicho ente está plenamente justificado, y el anarcocapitalismo se convierte en otro mito roussoniano. Molinari, sin querer, al intentar justificarse, nos está dando con su equivalencia la pista para entender el nudo gordiano del error que comete el anarquismo de mercado.

Incluso la propia teoría de la gravitación, el ejemplo que pone Molinari, nos ofrece la oportunidad de comprender cuan equivocado estaba este autor. Todas las proposiciones generales conllevan algunas implicaciones lógicas que no guardan nunca el mismo grado de generalidad. La gravedad de un agujero negro destrozaría al hombre. Sin embargo, la que existe en la Tierra le permite vivir con los pies en el suelo. Si confundimos una de esas implicaciones gravitatorias, por ejemplo, la más apreciada por nosotros (la que se produce aquí en la Tierra), con la proposición principal (la ley general de la gravitación), también confundiremos la eventualidad de la primera con la absolutez de la segunda, pensaremos que la gravedad siempre nos es beneficiosa, y tenderemos a creer que no hacen falta medidas generales que nos protejan de los agujeros negros, en el caso de que lo necesitáramos.

En la sociedad existe siempre una cierta violencia asistemática, que no procede de los Estados, sino que se gesta entre los individuos de a pie. Esta violencia también se debe perseguir en la medida de lo posible, y es preciso combatirla de forma unilateral. Como nos recuerda Nicolás Cachanosky: “…la libertad no es el estado natural del individuo. Cuando el hombre apareció en la Tierra por primera vez no vivía en sociedad ni era libre. El concepto de “hombre libre” tiene sentido dentro de una sociedad con normas que crean y resguardan esa libertad. La libertad es algo con lo que el hombre no vino a este mundo.” (Nicolás Cachanosky, 2008, p. 35-45).

Paradójicamente, es el propio Molinari quien también se ve obligado a reconocer las causas que hacen que el Estado sea necesario, y el que nos da las claves de esa necesidad: “Si el sentimiento de justicia estuviese universalmente extendido sobre la faz de la tierra; si, en consecuencia, cada hombre se limitase a trabajar y a intercambiar los frutos de su trabajo, sin desear atentar contra la vida de otros hombres o apoderarse, a través de la violencia o del fraude, del producto del trabajo de otros hombres; si, en una palabra, cada cual experimentase un horror instintivo hacia los actos que dañasen a otros, la seguridad existiría con toda certeza de forma natural sobre la tierra, y no sería necesaria ninguna institución artificial para fundarla.” (Gustave de Molinari, 1849).

Hayek siempre distinguió dos tipos de órdenes: los creados y los espontáneos. Asimismo, también diferenció dos clases de normas, articulables e inarticulables. Estas diferencias se hacen necesarias desde el momento en el que entendemos que las teorías atinentes a la realidad siempre se componen de dos categorías distintas, una categoría abstracta, que viene representada por cualidades trascendentales, y una categoría concreta, encarnada en cualidades y hechos particulares. Las necesidades de los individuos siempre son particulares y heterogéneas, entran dentro de la esfera de la decisión individual, dependen del orden espontáneo, no pueden ser redirigidas por ningún órgano director, y solo pueden venir determinadas por el Kosmos. Pero el carácter general de la norma, y el hecho que establece todas esas necesidades particulares, pertenecen a una categoría muy distinta. Las normas abstractas son comprensibles, homogéneas, y trascendentales. Todos los individuos requieren el mismo servicio, la garantía de que se van a respetar sus decisiones particulares, sin excepciones de ningún tipo. Por tanto, esta norma si es susceptible de una aplicación articulable, monolítica, y deliberada, que dependa en cualquier caso de una entidad también general, y que encaje dentro de la denominación griega de Taxis. A esto se refiere Hayek cuando introduce el concepto de isonomía para reclamar un sistema legislativo igual para todos los individuos que integran la sociedad.


5. El error del evolucionista

El error de los evolucionistas austriacos tiene en esencia la misma naturaleza y la misma estructura que el que acabamos de ver con respecto al anarcocapitalismo. En él también concurren dos fallos de identificación, con la inevitable consecuencia del menosprecio de los aspectos más objetivos de la teoría.

Existe una rama evolucionista que realiza una interpretación hayekiana extremadamente radical. Para ella, todas las instituciones y todas las definiciones deben tener un origen evolutivo. En caso contrario, no tendrán ninguna validez. Hasta cierto punto, esta aseveración es relativamente cierta. Sin embargo, entraña una idea que corrompe completamente las bases de una episteme verdaderamente objetiva, ya que, si todo evoluciona en el tiempo por prueba y error, no hay espacio para la determinación de unas leyes absolutas, universales y eternas.

Por supuesto, estos evolucionistas no dudan en atacar el concepto de axioma que defiende la Escuela Austriaca de Economía, el cual les parece extremadamente irracional. César Alonso Meseguer, en su libro La Teoría Evolutiva de las Instituciones, combate frontalmente este concepto austriaco; niega que existan verdades absolutas y eternas. Resulta harto curioso que no conceda al axioma ni siquiera la categoría de principio. Para él, dicho axioma sería simplemente una hipótesis, una conjetura que debe someterse a un análisis permanente. En ciencia una hipótesis tiene la categoría más baja, solo es una primera aproximación, el resultado de recabar datos.

Como el contenido de la teoría austriaca afirma que todas las instituciones se generan de forma evolutiva, los evolucionistas piensan que la propia teoría, y los principios de la evolución que determinan esos cambios, deben progresar de la misma manera. Hoy son estos, pero mañana pueden ser otros muy distintos. Al suponer esto, están cometiendo un claro error de identificación. Estos autores austriacos vuelven a confundir el continente teórico con el contenido teórico (los dos elementos epistémicos).

Es por ello que Meseguer ataca una y otra vez el concepto de ley natural de Rothbard fundado en axiomas de naturaleza irrefutable. Según Meseguer, “Rothbard es otro creador de utopías nacidas de la creencia en la omnipotencia de la razón. Incapaz de advertir que su supuesto mundo libertario no es más que una fantasía de su mente, al no darse cuenta de que la razón, su razón objetiva, no es el instrumento adecuado para alcanzar el conocimiento de lo universal y eterno” (Meseguer, 2009, p. 178)

Por otro lado, en lo tocante a los niveles epistémicos, los evolucionistas también cometen un segundo error de identificación. Igual que hacen los anarquistas de mercado, los evolucionistas confunden la proposición principal con las implicaciones lógicas. Meseguer afirma que, para llegar a comprender la complementariedad entre el pensamiento de Mises y el pensamiento de Hayek, es preciso que aprendamos a distinguir adecuadamente los tres niveles de organización social que existen: el nivel praxeológico, el nivel cataláctico, y el nivel de los órdenes espontáneos extensos. Sin embargo, en relación con la gnoseología, Meseguer apenas distingue los rasgos epistemológicos que caracterizan y que diferencian la praxeología de la cataláctica. Según nos dice, siempre tenemos que aplicar el mismo método hipotético deductivo, independientemente del nivel que estemos analizando.

Según Meseguer, la cataláctica puede calificarse como una ciencia económica en sentido estricto, separada de la praxeología. Y a continuación también indica: “En este tercer nivel, el método de análisis apriorístico-deductivo, que se aplica a los otros dos niveles como más adecuado, ya no resulta idóneo… se requiere un método diferente histórico-evolutivo.” (Meseguer, 2009, p. 170)

Sin embargo, posteriormente parece retractarse de lo dicho más arriba, y asegura que esa división es más una división teórica que real. Para demostrar esto aporta una cita extraída de La Acción Humana de Mises, y sacada de contexto: “Deviene, entonces, ciertamente algo difícil trazar neta frontera entre qué acciones deban quedar comprendidas dentro del ámbito de la ciencia económica, en sentido estricto, y cuales deban ser excluidas, pues la economía fue, poco a poco, ampliando sus primitivos horizontes hasta convertirse en una teoría general que abarca ya cualquier actuación de índole humana. Se ha transformado en praxeología. Por ello, resulta difícil precisar, dentro del amplio campo de tan general teoría, los límites concretos de aquella más estrecha disciplina, que se ocupa solo de las cuestiones más estrictamente económicas.” (Meseguer, 2009, p. 163)

En un primer momento, da la impresión de que Meseguer quiere diferenciar dos metodologías distintas. Pero un análisis más profundo y extenso de su obra nos permite confirmar algo muy distinto. Al negar las categorías axiomáticas, Meseguer está diciéndonos que solo existe un método posible. Afirma que las predicciones que realizan las ciencias económicas siempre son predicciones hipotéticas y de tendencia. Es decir, serían predicciones conjeturales sobre la forma que tienen de evolucionar determinados acontecimientos históricos complejos, dentro de entornos normativos particulares.

En realidad, Meseguer está proponiendo que el análisis del primer nivel (praxeológico) quede en cualquier caso supeditado al análisis que se haga en el segundo (cataláctico) y el tercer nivel, donde los fenómenos son mucho más complejos (órdenes espontáneos).

Si la praxeología es en la práctica indistinguible de la cataláctica (si todo son hipótesis), como parece decirnos Meseguer, y si la cataláctica es una ciencia menos fundamental que la praxeología, constituida por leyes más discutibles y provisionales, tal vez la praxeología también debería considerarse dentro de esta categoría; tal vez debamos admitir que sus leyes son igualmente provisionales.

Pero esta proposición hace un flaco favor a la idea de los tres niveles (tan importante en la Escuela Austriaca de Economía, y tan destacada también por el propio Meseguer), ya que, si todos ellos se deben analizar de la misma manera, no tiene sentido distinguir tres niveles.

Lo que Meseguer está queriendo decirnos aquí, al invitarnos a cambiar nuestros esquemas lógicos, es que debemos dejar de pensar en términos praxeológicos, en el sentido de que tenemos que abandonar esas creencias que intentan describir principios inalterables. Dado que el mundo es cambiante y diverso (tercer nivel), Meseguer deduce que todo debe estar afectado por esta variabilidad, también los principios más seguros de la praxeología, en los que paradójicamente se basa él para afirmar lo que dice.

Los evolucionistas extremos están en contra del dualismo metodológico, y niegan que existan principios irrefutables. Afirman que solo podemos basarnos en conjeturas. No creen en los axiomas. Hacen caso omiso de esa doble vía de acceso al conocimiento que resaltan los austriacos. En este sentido, vuelven a abrazar los conceptos y la metodología de la escuela histórica alemana, precisamente esa cuya oposición sirvió para que nacieran ellos, para que surgiera la Escuela Austriaca de Economía, de la mano de Menger.


6. Conclusiones

La principal idea con la que nos debemos quedar, tras analizar los errores que acusan algunas corrientes liberales, debe hacer hincapié en la necesidad de asumir dos componentes epistémicos fundamentales, un componente particular y un componente universal. La naturaleza se constituye de hechos concretos y contingentes y de hechos generales y necesarios, y no deberíamos obviar ninguno de ellos, a fin de componer una propuesta teórica que sea fiel a la realidad y que funcione mejor.

La cataláctica describe acciones voluntarias (mercado, intercambio, contratos) que en ningún caso son absolutamente generales (también existen acciones involuntarias, hegemónicas). Las acciones voluntarias son hechos contingentes, asiduos de un contexto institucional particular. No obstante, esas mismas acciones resultan completamente necesarias y fundamentales cuando se trata de conseguir que la sociedad progrese y se desarrolle más rápido. Por tanto, hace falta garantizar esos hechos con leyes generales creadas ad hoc (con instituciones públicas, con leyes artificiales, con isonomía, y con minarquía).

También es preciso que integremos lo natural y lo artificial, y que lo hagamos de tal modo que lo artificial imite a lo natural, es decir, que las leyes artificiales se atengan a las leyes naturales. Es necesario que el hecho natural que más trascendencia tiene en la sociedad, la acción humana voluntaria, obtenga reflejo en las leyes generales del ente público, y que pueda de este modo extenderse por toda la sociedad.

La minarquía, si se lograse, ofrecería más garantías que el anarcocapitalismo. Los dos sistemas pueden derivar en organizaciones mucho peores. La naturaleza perversa del hombre siempre estará presente en todos los actos que éste acometa, ya sean privados o públicos. Pero la minarquía tiene al menos un freno añadido. En ese sentido, es superior al anarcocapitalismo. Concibe un orden general absoluto basado en la libertad individual y en leyes de carácter abstracto. Pero además de concebir ese orden, lo protege por medio de instituciones creadas a tal fin. Por tanto, tiene en cuenta, tanto el componente apodíctico de la teoría (lo absoluto), como el componente subjetivo (el individuo particular). Y puede garantizar que ese elemento subjetivo sea capaz de actuar siempre con la libertad que se necesita.

Otro problema distinto consiste en darse cuenta de que ningún sistema social es perfecto. Pero hay que entender que esta afirmación no invalida el hecho de que la minarquía siempre será un sistema superior, en el caso de que lograse mantenerse estable. Y si no lo consiguiera, si tomaran el poder otros intereses, si los principios que se defienden dejaran de defenderse, o se hicieran un poco más engorrosos, la defensa de dicho Estado (de mínimos) dejaría en cualquier caso de tener sentido y de estar legitimada.

Cuando defiendo el minarquismo trato de resaltar que no estoy defendiendo un sistema totalmente estable, que pueda situarse al margen de la voluntad mayoritaria. Evidentemente, esos problemas son compartidos por todos los sistemas, también por el anarcocapitalismo. Siempre existe el riesgo de que el sistema degenere, o de que la mayoría se revele contra él. Cuando el anarcocapitalista afirma, para refutar el minarquismo, que cualquier Estado puede hacerse cada vez más grande y acaparar más cuota de poder, no se da cuenta que la ausencia de Estado deja la vía libre también para que ciertas organizaciones intenten hacerse con ese poder y crear de este modo un gobierno estatal incipiente que tienda igualmente a crecer. Lo que digo en cualquier caso es que, a igualdad de condiciones, con una sociedad determinada, el minarquismo ofrece al defensor de la libertad una garantía mayor.

Tomemos lo mejor de ambos mundos. El mercado funciona maravillosamente. La libre competencia, el respeto a la propiedad del otro, y el interés privado constituyen la base del desarrollo social, pero no representan un principio realmente universal. El mercado también tiene algún que otro fallo. A veces el ser humano, de manera privada, ejerce una violencia y una coacción desenfrenadas sobre sus coetáneos y sus vecinos, y es preciso que corrijamos lo más posible esos errores nefastos.

Por su parte, el Estado funciona calamitosamente. Llena la sociedad de errores, malas inversiones, cálculos nefastos, intromisiones, y adulterantes. Sin embargo, es bueno en una única cosa. El Estado es un ente realmente general, es el único que existe. Por tanto, también es el único que está capacitado para impartir una normativa general. En consecuencia, es lógico pensar que la única manera de proteger la propiedad privada y la libertad individual de manera general y absoluta es permitiendo que quede respaldada por una entidad de este tipo.

A este respecto, Hayek afirmaba lo siguiente: “El más importante bien colectivo a proporcionar no consiste en la satisfacción directa de las necesidades personales, sino en la creación de un conjunto de condiciones en base a las cuales los individuos o grupos de individuos pueden ocuparse de la satisfacción de la misma” (Hayek, 2006, p.7, tomo 2).

El Estado debe limitarse a producir seguridad y libertad. No puede intervenir de otro modo. Pero es el ente que mejor puede garantizar esas condiciones mínimas y esenciales (universales) que se necesitan para vivir en sociedad. No en vano, es el único gobierno cuya naturaleza también es general.

En un análisis introductorio que Zanotti hace a la obra de Hayek, el filósofo argentino comenta lo siguiente: “El cosmos se refiere a un orden no planificado, fruto de la acción humana pero no del designio humano. Taxis, en cambio, hace referencia a órdenes en lo social que los seres humanos pueden deliberadamente planear. La distinción entre sus dos tipos de normas es esencial para la filosofía política de Hayek, inseparable en su filosofía del derecho. La ley Law emana como normas espontáneas del orden social, al igual que la common law inglesa. Mientras que la legislatión hace referencia a disposiciones administrativas que emanan de organismos ad hoc, donde los seres humanos pueden deliberar, decidir, planear.” (Zanotti, 2008, p.74)

Un poco más adelante Zanotti afirma que a Hayek «no lo entienden sus críticos socialdemócratas, pero tampoco los anarcocapitalistas que lo acusan de socialista.» (Zanotti, 2008, p.75) Por supuesto, ninguno de ellos comprende la doble naturaleza de las leyes.

Lo que yo propongo aquí es una visión hayekiana, la admisión de una dicotomía legal, de leyes naturales basadas en la acción individual, la propiedad privada, y la competencia comercial, y reforzadas con una constitución general ad hoc.

Una de las mejores cosas que podemos hacer los intelectuales a la hora de evaluar las leyes de la naturaleza (y de la sociedad) es la de insistir en diferenciar dos categorías distintas. Las reglas que afectan a los hechos particulares, como por ejemplo las que se deben debatir dentro de una comunidad o una asociación (ej. el tipo de puerta que habrá de colocarse en la entrada de una urbanización) deben someterse necesariamente a votación. Pero no pasa lo mismo con aquellas reglas más generales que no pueden tener alternativa y que son universales y necesarias. Los democraticistas intentan someter todo a plebiscito popular. Al hacer esto, ponen en duda las leyes más generales e importantes, que deberán someterse en cualquier caso al arbitrio de la mayoría, y al mismo tiempo se entrometen en aquellas otras normas que solo deben dirimirse en el ámbito del individuo. En ambos casos incurren en medidas coactivas que disminuyen gravemente la libertad de las personas, bien porque no se respeten sus derechos más fundamentales, bien porque no se les permita decidir sobre asuntos que solo les afectan a ellos.

Otro de los autores que más se ha empeñado en resaltar el doble aspecto de las leyes y la realidad es el profesor Jesús Huerta de Soto: “…no podemos dejar de resaltar que precisamente es el carácter esencialmente subjetivo de los elementos de la acción humana (fines, medios y costes) lo que, de forma tan solo aparentemente paradójica, confiere plena objetividad a la economía, en el sentido de que esta sea una ciencia teórica cuyas conclusiones son aplicables a cualquier tipo de acción [praxeología]”. (Huerta de Soto, 2010)

En esta misma línea, Rothbard nos dice: “Afirmaremos  que un individuo tiene derecho a hacer lo que le plazca con su persona, que tiene derecho a no ser molestado ni entorpecido por medios violentos en el ejercicio de este derecho. Pero el modo moral o inmoral de ejercitarlo es más un problema de ética personal que de filosofía política. Nunca se insistirá demasiado en la importancia de esta crucial distinción. En efecto, como ha afirmado concisamente Elisha hurlbut el ejercicio de una facultad en los individuos se refiere únicamente a su uso. Una cosa es la manera como se ejerce, que implica una cuestión de moral, y otra cosa es el derecho a este ejercicio.” (Rothbard, 2009, p.53).

Todas las teorías sociales que se basen en valores subjetivos y en acciones individuales tienen una validez universal objetiva, precisamente porque esa subjetividad es un presupuesto irreductible, que no cabe referirlo a ningún otro ni explicarlo más, como diría el profesor Huerta de Soto. Nótese que esta declaración no es fruto de un racionalismo extremo, como en cambio nos diría Meseguer. Defender una verdad absoluta basada en la subjetividad del individuo, es decir, concebir la subjetividad como un presupuesto irreductible, no significa afirmar que se puede conocer todo, más bien significa todo lo contrario: como es imposible conocerlo todo, existe una única verdad absoluta, la de esa imposibilidad, y una ley también absoluta, la que se basa en esos valores subjetivos y parciales. Además, aspirar a que esa ley se cumpla y se aplique políticamente con carácter general no es incurrir en una excepción, como afirmaría Molinari. Todo lo contrario, esas aspiraciones eliminan cualquier incumplimiento y cualquier negación de la norma. Solo aquellos exégetas que confunden el contenido y el continente de la ley, piensan que el carácter objetivo y universal que tiene la misma es equiparable con el carácter subjetivo, cambiante y particular que tienen los hechos y las empresas que se describen con ella. Entonces, quedan dispuestos a renunciar a cualquier órgano general (estatal), y a dejarlo todo en manos de entidades privadas de carácter ecléctico.

Los anarquistas de mercado se obcecan tanto con la idea que afirma que el Estado es un ente maléfico y perverso, que no contemplan ninguna cualidad colectiva que sea buena. Al hacer esto, no se dan cuenta que están yendo en contra del propio principio que dicen defender, aquel que les lleva a odiar todo lo que tenga que ver con el Estado, el principio de la libertad individual. Cualquier principio, y más aquellos que tienen un carácter tan importante (caso de la libertad individual), presentan una dimensión colectiva indiscutible, una esencia común, la descripción necesaria de un fenómeno general. Los anarquistas acaban negando uno de los elementos más importantes de la realidad, el carácter objetivo y conjunto de ciertas propiedades naturales, la constatación de que los seres humanos constituimos también una entidad única y tenemos todos una misma identidad. Negar la sociedad como conjunto también puede suponer un error intelectual grave, que puede llevar a ocultar la verdad más importante que existe, el carácter distintivo y particular de todos los individuos que integran dicha sociedad. Por refutar el socialismo, los liberales a veces acaban negando la aplicación colectiva de cualquier principio o regla general, y caen en el error de negar también la esencia del propio principio que dicen defender, la naturaleza continental y absoluta de la verdad que ellos quieren afirmar.

Frente a estos elementos anarquistas, los que nos oponemos a ellos debemos enfatizar las ventajas de defender el dualismo metodológico y el principio axiomático que se deriva de éste. Dicha defensa es la vacuna más eficaz contra esas ideologías monistas y relativistas que solo conciben un método de investigación y que suelen derivar en positivismo y constructivismo.

Además, el dualismo metodológico y el método deductivo llevan a defender una verdad absoluta, basada en la libertad individual, que es una forma de blindaje más efectiva que las visiones erráticas del evolucionismo y el anarcocapitalismo austriacos, que nunca están seguras de nada y que siempre deben descubrir las cosas a posteriori, bien por medio de la evolución histórica (evolucionismo hayekiano), bien por medio de la competencia que se produce en el ámbito empresarial (anarquismo de mercado). Transmitir la idea de que esa defensa absoluta de la libertad es una cuestión indecidible, previa a cualquier otra condición, que solo puede ser acometida de manera eficaz por un órgano que tenga el mismo carácter general, es una labor que los minarquistas no podemos retrasar por más tiempo. El principio de la libertad individual se compone de dos elementos fundamentales, un elemento general y absoluto (el carácter de principio), y un elemento particular y privado (el hecho individual). Asumir que la naturaleza está constituida por una realidad doble, individual y general, entender que los principios más fundamentales tienen siempre un carácter absoluto, y comprender que dicha ecumenicidad debe estar representada en las instituciones por un organismo que tenga la misma característica, es el mayor favor que podemos hacer los hombres a la causa de la libertad, y es exactamente lo contrario de lo que hacen aquellos que obvian esa naturaleza absoluta (anarcocapitalistas y evolucionistas), o aquellos que dicen que el principio absoluto consiste en negar la libertad del individuo (socialistas). 


 

Referencias Bibliográficas

  • Cachanosky, Nicolás (2008). “Los límites del anarco-capitalismo. Breve comentario desde el liberalismo clásico.”. La Escuela Austríaca en el Siglo XXI – Revista Digital No. 9 – 35-45 – Año 2008
  • Hayek, Friedrich (2006). Ley, Legislación y Libertad (7, tomo 2). Madrid: Unión Editorial
  • Huerta de Soto, Jesús (2010). Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresaria. Madrid: Unión Editorial
  • Meseguer, Cesar Alonso (2009). La teoría evolutiva de las instituciones (p. 178). Madrid: Unión Editorial.
  • Meseguer, Cesar Alonso (2009). La teoría evolutiva de las instituciones (p. 170). Madrid: Unión Editorial.
  • Meseguer, Cesar Alonso (2009). La teoría evolutiva de las instituciones (p. 163). Madrid: Unión Editorial.
  • Molinari, Gustave (1849, febrero). “Sobre la Producción de Seguridad” Journal des Économistes.
  • Rothbard, Murray (2009). La Ética de la Libertad (p.53). Madrid: Unión editorial.
  • Rothbard, Murray (2013). Historia del Pensamiento Económico (p. 1060). Madrid: Unión Editorial.
  • Zanotti, Gabriel (2008). Introducción Filosófica al Pensamiento de F.A. Hayek (p.74). Madrid: Unión Editorial.
  • Zanotti, Gabriel (2008). Introducción Filosófica al Pensamiento de F.A. Hayek (p.75). Madrid: Unión Editorial.

 

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