El desmantelamiento del Estado: un proyecto de plazos


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1. Introducción

Una sociedad sana, que se encamine hacia el progreso en línea recta, debería también ser una sociedad tranquila, que camine con paso lento pero firme en la buena dirección. Carlos Rodriguez Braun, que de esto sabe mucho, aprecia de manera significativa el pensamiento de Adam Smith, precisamente por esa moderación que recorre toda su obra. En la introducción que hace al libro de Smith, La Teoría de los Sentimientos Morales, nos dice lo siguiente: “La moderación smithiana se observa en los criterios que recomienda seguir para las reformas… Las reformas han de hacerse con cautela y con una permanente atención al consenso popular. Hay que adaptarse a lo que piensa la gente y seguir el consejo de Solón: no buscar el mejor sistema, sino el mejor que el pueblo sea capaz de tolerar.” Por eso es conveniente que, antes que nada, consignemos las etapas que entrarían en juego en este desarrollo paulatino y tanteemos las posibilidades que tenemos de llevarlas a cabo. Todo proceso gradual tiene algunas zonas grises donde no se sabe muy bien a qué atenerse. Unos dirán que la fase concita determinados supuestos, y otros verán conveniente añadir o quitar algunos, o cambiarlos por otros. Sin embargo, no es mi objetivo dirimir ahora estas cuestiones técnicas. Solo aspiro a plantear un esquema general, sin entrar demasiado en los detalles. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos contemplar únicamente tres periodos principales.

2. Primera fase:

2.1. Objetivo: Sentar las bases de una sociedad minarquista incipiente.

2.2. Medios: Reducir y eliminar el déficit y la deuda del Estado, que acaba ahogando las economías familiares y los proyectos de futuro bajo una losa de intereses cada vez más ominosa. Reducir y eliminar todas las subvenciones, que lo único que hacen es premiar la falta de eficacia, distribuyendo el dinero entre aquellos que no saben producirlo y que no se mantendrían de otra manera. Reducir y eliminar todos los aranceles, que entorpecen el libre intercambio entre las personas, su iniciativa y su desarrollo. Reducir y eliminar los impuestos directos a las empresas, que estrangulan su financiamiento y su funcionamiento normal. Eliminar cualquier otra manifestación de la intervención masiva del Estado en la industria en general. Mantener solo un impuesto universal al consumo, que premie el ahorro y que garantice aquellos servicios sociales básicos que aún continúen en manos del Estado.

3. Segunda fase

3.1. Objetivo: Alcanzar el estado de una sociedad minarquista madura.

3.2. Medios: Reducir y eliminar la educación y la sanidad públicas, manteniendo exclusivamente una política de cheques para las rentas más pobres. Reducir y eliminar cualquier intervención en materia de infraestructuras, salvo quizás aquellas mas imprescindibles. Mantener únicamente una justicia y una defensa sólidas y eficaces, que permitan el cumplimiento de la ley marco y que se limiten exclusivamente a actuar como tribunales de última instancia.

4. Tercera fase

4.1. Objetivo: La sociedad anarcocapitalista.

4.2. Medios: Reducir a la mínima expresión, y finalmente eliminar, la estructura orgánica del Estado. Privatizarlo todo. Incluir las leyes y la justicia en el engranaje de la competencia.

5. Conclusiones

El ideal del liberal debería aspirar a alcanzar y completar la segunda fase. Ese es el punto óptimo en el que se lograría por fin una sociedad con el máximo grado de libertad y desarrollo. Sin embargo, la sanidad y la educación públicas son dos vacas sagradas para la mayoría de la gente, y no están dispuestos a ponerlas en tela de juicio, y menos aún a sacrificarlas. Esto compromete gravemente el anhelo del liberal, le obliga a rebajar el nivel de exigencia y a renunciar a la segunda fase de su proyecto.

La tercera fase es un ideal falso, un objetivo espurio. El minarquismo es un equilibrio inestable. Una vez alcanzado el punto óptimo, de máximo rendimiento, tras conseguir instaurar un estado minarquista, pretender ir más allá solo puede hacer que nos deslicemos por la otra ladera, sembrada de anarquistas y carente de normas generales que blinden el correcto desarrollo y desenvolvimiento de toda la sociedad.

Finalmente, el único ideal posible a medio plazo es el de encarrilar y completar en la medida de lo posible la primera de las fases que arriba se han consignado. Esta aspiración parece insignificante, al lado de las otras dos. Sin embargo, la buena noticia es que, si superamos ese primer escollo, y vencemos las complicaciones y los retos que éste nos plantea, habremos conseguido la mayor parte de nuestros objetivos. La sociedad sería mucho más libre, y el progreso se dispararía enormemente. La segunda fase es un accesorio o añadido en la buena dirección, pero no proporciona tanto impulso ni tantos éxitos como el paso anterior. A tenor de esto, es fácil ver que el ideal del liberal no es un objetivo tan lejano (no es una utopía). Si tenemos en cuenta que lo realmente importante, en lo que tenemos que incidir y fijarnos, es en lograr esa primera fase, nuestro objetivo aparece mucho más cercano y el optimismo que despierta en nosotros esa confinidad nos llena de fuerza y nos aproxima todavía más a la meta.

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