Albert Rivera y Pablo Iglesias: la cantera del kantismo


250389-944-629Frecuentemente, los hombres tendemos a exigir a los políticos que sean un dechado de virtudes, que comprendan todas las materias del conocimiento humano, que sean guapos, jóvenes y locuaces, y que sepan también cuánto cuesta un café expreso, lo que vale un billete de metro, etc. Por eso les reprochamos que no lean a Kant, que no solucionen el problema del paro, que no viajen en transporte público, o que no conozcan los remedios del desastre al que se aboca la Tierra de no aplicar las medidas que sugieren los agoreros del calentamiento o los profetas de Malthus. Pero estas reivindicaciones, que en principio pretenden sacar los colores a los políticos, vienen en cambio a poner de manifiesto nuestro propio fanatismo y nuestras propias carencias. Tendemos a pensar que la política está ahí para resolver todos los problemas del hombre, y que los políticos tienen que ser poco menos que gurús o rajás de la sabiduría, dispuestos a solucionar cualquier acertijo de la naturaleza que se les plantee. Pero en el transcurso de esa creencia, acabamos nosotros constituyendo el verdadero problema, pues optamos por ceder el control de nuestras vidas a unos extraños que jamás sabrán que existimos ni cuáles son nuestras necesidades y nuestras cuitas. Curioso timonel ese que no sabe dónde está la quilla de su barco.

Digo todo esto a consecuencia del debate que ha tenido lugar el pasado viernes entre Albert Rivera (de Ciudadanos) y Pablo Iglesias (de Podemos) en la Universidad Carlos III, con el periodista Carlos Alsina como moderador. En el turno de preguntas, uno de los alumnos pidió a ambos que dieran su particular opinión sobre la filosofía y que recomendasen el libro de algún filósofo conocido. Iglesias sugirió la Ética de la razón pura, de Immanuel Kant, cuando en realidad el libro en cuestión se titula Crítica de la razón pura. Kant escribe sobre ética en la Crítica de la razón práctica. Parece mentira que un profesor de universidad incurra en un error de colegial a la primera de cambio, al responder a la única pregunta seria (académica) que le hicieron en el transcurso del debate. Pero eso no es todo. Al intentar contestar a la misma pregunta, su oponente, Albert Rivera, no se quedó atrás. En su opinión, la obra de Kant es un referente para pensadores y juristas de todo tipo. Sin embargo, el líder de Ciudadanos tuvo la desfachatez de admitir a continuación que no había leído nunca ningún libro del alemán, y que no sabía ningún título suyo.

Pero lo malo no es que ninguno de ellos haya leído a Kant, situación que comparten con el 99,9 % de la población, ni siquiera que recomienden al filósofo que más ha criticado el conocimiento y que más ha hecho por derruir el pensamiento objetivo y la verdad científica. Lo verdaderamente patético es que se den ínfulas de conocerlo y que solo reconozcan su carencia cuando son pillados por los moderadores o por el público. Y lo más dramático del asunto es que los políticos actúen así como resultado de las exigencias a las que les someten los votantes al reclamar de sus líderes un conocimiento omnímodo casi divino, dando a entender que están dispuestos a postrarse ante ellos y venerarles, como fieles esclavos y peones del regimen. Estas exigencias denotan un afán de sumisión a la política realmente escandaloso. Ese es el motivo que hace que hoy en día tengamos unos Estados tan grandes, rapaces y extractivos. Si tenemos socialismo es porque somos socialistas. El socialismo corre por nuestras venas, lo mamamos en la infancia, lo digerimos en la pubertad, y nos lo inoculamos directamente en la sangre al llegar a la madurez. Por tanto, no deberíamos criticar tanto a los estadistas. Tampoco ustedes ciudadanos han leído nunca nada de Kant. Y aunque lo hubieran leído, no tienen derecho a exigir al político que sea una fuente permanente de sabiduría y que sepa de todo. Si está ahí, respondiendo a sus preguntas, intentando quedar bien, y equivocándose cada dos por tres, es porque ustedes lo han encumbrado a las alturas, lo han divinizado, le han dotado de un poder y una capacidad que no tiene, han alimentado el monstruo, y, en consecuencia, han propiciado el nacimiento y la persistencia de regímenes totalitarios, líderes vanidosos y altivos, y sociedades envilecidas por el deseo y el afán de adoctrinar y dirigir a las masas. Háganse un examen de conciencia. Y dejen de examinar tanto a los políticos. Ustedes son los responsables de este constructivismo atroz que asola las naciones. Desconocen que los problemas se resuelven desde abajo, con la información que tiene cada una de las personas y que implementa en sus propios negocios y profesiones. No es necesario que aparezcan líderes que puedan desempeñar cualquier tarea. Y tampoco es posible.

La teoría de la imposibilidad del socialismo hace tiempo que demostró que los planes individuales no pueden ser sustituidos por un gobierno centralizado que dirija con mano de hierro todos los asuntos. La explicación de esto es sencilla. El politburó carece siempre de la información necesaria para acometer dicha planificación. La sociedad es un sistema complejo, y solo puede funcionar si la información y las acciones están distribuidas entre sus ciudadanos y no se concentran en las manos de unos pocos. Pero las personas han venido obviando desde siempre este teorema de la realidad y de la ciencia. Siguen pensando que el político debe conocer todas las soluciones, e incluso que tiene que haber leído alguna de las obras de Kant. Antes le pedirían que supiera hacer zapatos o recolectar azafrán. Pero estos son trabajos bastante vulgares. Le piden que sepa interpretar a Kant, y que conozca la abstrusa filosofía alemana. Quedan bien ellos y hacen quedar mal a los políticos. Sin embargo, todos forman parte del mismo problema. El error intelectual sobre el que inciden una y otra vez los epígonos de la Escuela Austriaca de Economía, el fallo lógico que denuncia en sus presupuestos el teorema de la imposibilidad del socialismo, no es otro que el de creerse capaz de dirigir y determinar la vida y las acciones de todos los ciudadanos. La fatal arrogancia que ensoberbece al líder, sus muestras y sus aires de ingenioso, no es más que una de las diversas representaciones de ese culto generalizado y ese fetiche ideológico que alimenta el ego y la creencia pagana de todo un pueblo, dominado por la idea de un sistema gerencial fetén y un Estado suficientemente grande, prudente y sabio.

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