La generalización y el Islam

AnimalsZebras_DaretobeDifferentCada vez que surge alguien que afirma que el Islam es una cultura reprobable, surgen mil personas más que rechazan esa afirmación con el argumento de que no se pueden hacer generalizaciones, como si esta operación viniera a ratificar una cierta ligereza, o como si estuviera fuera de toda lógica. Me gustaría explicar, de forma breve, por qué creo que este argumento no es ni de lejos el más adecuado. El significado que entraña el concepto de generalización es lo suficientemente importante y está lo suficientemente avalado por la ciencia como para no prescindir de él. Es absurdo que se utilice como arma arrojadiza contra aquellos que lo emplean para hilvanar sus análisis. Generalizar no implica defender una misma identidad para todos los elementos de un determinado grupo. Generalizar también quiere decir que, en términos generales, esos objetos que se estudian son tal y como nosotros los describimos. En este caso, las excepciones también se encargan de confirmar la regla. Si decimos que los países musulmanes son teocracias infectas, no estamos afirmando que todos ellos lo sean, pero sí estamos haciendo una agrupación ciertamente útil, que nos permite identificar claramente aquellos regímenes de los que debemos cuidarnos, y que también nos permite resaltar y contrastar las virtudes que en general tienen las sociedades occidentales en las que nosotros vivimos.

Cualquier investigador que pretenda consignar o estudiar un sistema medianamente complejo, como es el caso de una gran civilización, está obligado a realizar medias estadísticas, utilizará tendencias y hablará de probabilidades, pero en ningún caso se le ocurrirá afirmar que su teoría es falsa porque no abarque todos los supuestos posibles. Si negamos la generalización porque no podemos hacer una declaración absoluta, también negamos la propia ciencia, e impedimos cualquier escrutinio sensato. Los negros no dejan de ser negros porque de vez en cuando nazca entre ellos algún albino. La generalización es necesaria en cualquier análisis lógico que hagamos. Y también es fundamental para precavernos de aquellas culturas que violan de manera sistemática los derechos más fundamentales del hombre, aunque algunas de ellas de vez en cuando no lo hagan. La razón y la prudencia están del lado de aquellos que saben identificar correctamente los problemas más complejos, para lo cual siempre es necesario hacer algún tipo de generalización. Lo irracional es no querer hacer ninguna afirmación de este tipo, aferrarse a ese relativismo cultural que no identifica nada, con el que algunos parecen querer cerrarnos la boca y trasmitirnos la sensación de que estamos incumpliendo algún sacrosanto principio de la lógica. Son ellos, sin embargo, los que impiden cualquier identificación sensata, los que anulan cualquier capacidad de discernimiento, y los que merman las posibilidades de realizar un examen más certero.

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El fin del mundo de Luis Llorente Benito

“Todo termina. Todo acaba dejando un reguero de ceniza, una luz en el fondo de la huella, un silencio solitario en el olvido: cuerpo en sangre, memoria del tiempo, frío del fin. Por eso la contemplación de las ruinas resulta siempre triste. Por eso al caer la tarde nos sentimos (los que sentimos) presos de esta vida, liberados de la muerte con olor a eternidad. Por eso el huracán amargo de los días inunda al tiempo de desolación. Y allí está la esperanza. En la desolación. Todo termina. Todo acaba porque el fin existe, porque no puede quedar un rastro de luz en la memoria. Es imposible. Todo muere, todo acaba siendo víctima de la muerte. Y la verdad última, la última gota de agua, la imagen del último adiós, está aquí, en la realidad de la vida, en el cuarto oscuro de la no esperanza. Porque todo termina, porque todo acaba si empieza, porque el fin existe. Porque el nacimiento es la causa de un efecto [.…] Es triste ver cómo acaban las cosas, cómo se destruyen (o autodestruyen), cómo es hermoso contemplar y sentir un buen momento, valorarlo, apreciarlo, cuando hay vida sobre el escenario, y no cuando todo se ha perdido.” (Luis Llorente Benito)

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Al universo solo le quedan dos alternativas lógicas; solo puede acabar sus días de dos maneras. Si continúa expandiéndose indefinidamente, las estrellas existentes se irán apagando, o se convertirán en agujeros negros, y todo se volverá oscuro y frío. Y si se vuelve a contraer, la materia colapsará en una singularidad espaciotemporal adimensional. De cualquier modo, nada de lo que hoy observamos permanecerá de pié, ni siquiera permanecerá. Es triste pensar que todas las obras literarias que ha escrito el hombre, miles de años de esfuerzo y de empeño intelectual, quedarán en cualquier caso reducidas a la nada. Todos los libros quemados, da igual las veces que se hayan librado de las piras de los censores, todos terminarán sus días de un modo parecido. No obstante, esta última orgía de destrucción será la única tragedia que no tenga culpables. Sin fin no hay principio, ni proceso, ni existencia. El fin es la única condición sine qua non que pone la vida, es la única que no favorece a nadie. Todos acabaremos siendo ceniza de la ceniza, y luego nada. El final es un requisito necesario, pero también es un desenlace triste. Y lo contrario, la continua repetición de la vida, un Einstein reproducido un millón de veces, tampoco ofrece una visión muy halagüeña. La repetición es la principal característica de la banalidad y la vaciedad, es el mito de Sísifo. De cualquier forma, el mundo parece moverse entre una comedia absurda y una ópera bufa, una fantasmagoría sin demasiado sentido. Si todo tiene un desenlace luctuoso, no se qué razón puede haber para seguir insistiendo, cualquier finalidad última deja de tener sentido. Pero lo mismo ocurre si no existe un final. En este caso, la eternidad (¿Dios?) también se encargará de hacer que las cosas dejen de tener importancia. Un bien ilimitado pierde al instante cualquier valor. La muerte ofrece un marco dentro del cual poder actuar y trabajar, es la referencia temporal que nos permite apreciar el momento presente y que nos insta para aprovecharlo. Sin muerte tampoco existirían intereses y preferencias; no habría deseos. Con que no hay salida a este absurdo del hombre. Cualquier perspectiva en el largo plazo alimenta el reflejo de un bufón. La inanidad y la vaciedad del mundo contrastan con el empeño que ponen los seres que en él habitan, y hace que parezcan grotescos.

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El feminismo y la feminidad: la atracción y la inteligencia

La principal crítica que ha recibido este artículo ha venido de la mano de algunas mujeres, como no podía ser de otra manera. Sugieren éstas que yo trato al género femenino con una falta de respeto absoluta. Me dicen que considero a la mujer como un objeto y que no apelo en ningún momento a su inteligencia. No tengo ningún problema en afirmar que la cuarta cualidad que más me fascina en una mujer es su inteligencia. Sin embargo, el artículo no trata la inteligencia y no considero oportuno apelar a esta obviedad. Si me gustasen las mujeres estúpidas no estaría criticando a las feministas. Pero no quiero dejar pasar esta ocasión para incidir de nuevo en el tema que he intentado exponer todo el tiempo: el problema de la tergiversación. Si yo digo que la mujer debe ser débil no estoy diciendo que tiene que estar sometida. Si digo que me gusta que sean espontaneas y naturales no estoy diciendo que me gusten tontitas. Si digo que la naturaleza nos ha hecho diferentes no estoy diciendo que los hombres seamos mejores. Pues bien, cuando digo que las mujeres deben ser todo eso, espontáneas, débiles, naturales, tampoco estoy diciendo que no deban ser inteligentes. Lo único que pasa es que este artículo no trata la inteligencia. Solo pretende subrayar aquellas reacciones instintivas y aquellas impresiones involuntarias e instantáneas que suscitan en los hombres esos primeros encuentros con las mujeres. En este contexto, hablo exclusivamente de la atracción que me producen las mujeres, la primera vez que las veo, o cuando pienso en ellas de forma desenfadada. La inteligencia no tiene nada que ver con esa atracción inicial. La inteligencia tiene que ver con la admiración, que se resuelve de otra manera, a través de una contemplación más pausada.

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El feminismo y la feminidad

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Loas al capitalismo y a la ciudad de Madrid

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Las pasadas Navidades asistí como invitado a una cena muy cuca en el barrio de La Latina, en el centro histórico de Madrid. El cursi, si hubiera sido interpelado, habría dicho que la velada era maravillosa; el gourmet, que la comida estaba preparada con un gusto exquisito; el esnob, que la casa se hallaba espléndidamente decorada; el nuevo rico, que el barrio era un entorno perfecto, a la altura de las circunstancias. Pero a mí, como lo que más me gusta es departir, si me hubieran preguntado no habría dudado en resaltar el ambiente general que se respiraba aquella noche, un ambiente agradable, tenso, cargado de polémica, magnífico, salpicado de batallas dialécticas, interminables, maravillosas.

Llegué al barrio en el metro, tranquilamente acomodado en un vagón de la línea verde, junto a muchos otros pasajeros de aspecto variopinto. Observante irrestricto, siempre me ha gustado acechar los ojos, las caras, los mohines, los tics, las expresiones, esperando quién sabe qué confirmación. Uno espera pacientemente en la cola para comprar acelgas y naranjas, o para rellenar engorrosos formularios o impresos. Uno espera la nota de un examen decisivo, o el resultado de un partido de fútbol. Uno espera ansiosamente al hijo que ha de llegar después de casarse, o espera que algún día le toque la lotería. Pero siempre me he preguntado qué es lo que espera esa mirada indiscreta que se atreve a cruzarse un instante con la de otra persona, a la cual nunca más se volverá a ver, de la que nada se sabe ni se sabrá, y con la que jamás se compartirá ninguna vivencia. Es esta la única acechanza que no depara nada, que no aspira a nada, que no tiene finalidad. Tal vez por eso sea la expectativa más cómoda. Sin exigencias ni compromisos de ningún tipo, uno se sienta tranquilamente en un banco de la Gran Vía una tarde cualquiera, y observa el deambular crepitante de la gente, o recorre los subterráneos de Madrid en vagones atestados de extraños y de ojeadas, todos ellos ambientes propicios para acechar de forma desinhibida, sin perspectiva de nada.

Llegué a la casa donde me esperaban mis amigos cuando ya había anochecido. Lloviznaba ligeramente. El agua me calaba las prendas y había humedecido algunas partes de mi cuerpo. Sin embargo, no me sentía incómodo. La penumbra de las callejas madrileñas, veteada de soportales decrépitos y desvencijados, pero imbuidos de una solera y una dignidad intemporal, es una visión magnífica que no tiene parangón. Esta visión solo se disfruta plenamente en los momentos que llueve. Cuando llueve en el barrio antiguo, el agua lava las aceras y se lleva los orines que el ciudadano suele esparcir subrepticiamente por las esquinas, a modo de recordatorio, rememorando tal vez aquellos comportamientos que antes servían a nuestros ancestros cuadrúpedos para señalar el territorio. Por eso sólo entonces, cuando llueve, uno puede discurrir por las calles pegado a las paredes de los edificios viejos, sin prisa, sin contener la respiración o afear el gesto, gustoso de no tener que soportar que miles de pises ajenos vulneren el espacio privado del cuerpo e impregnen con su olor la pituitaria. Además, cuando llueve es conveniente resguardase en los soportales. Y solo es en esos recorridos gatunos y penumbrosos, con la lluvia providencial como compañera, cuando se rozan las fachadas, se detiene el paso, y se alcanza a ver el interior de los portales, imbuidos todos de una solera de siglos, cubiertos de una patina señorial, investidos de una magnificencia proverbial, un boato de muros anchos y altos techos y pasadizos largos, que tanto gustaban a los antiguos arquitectos y moradores. Esos vistazos a los zaguanes vetustos, urdidos en la penumbra, me resultan enormemente gratificantes, se parecen a las miradas que echo a las personas con las que me cruzo en los vagones del metro. El placer que siento cuando observo la arquitectura antigua es el mismo que percibo cuando contemplo a la gente pasar de largo, sin nada más que hacer. Todo me sugiere la misma cosa, una especie de tranquilidad, un cerco de calma. En verdad, es necesario que el mundo se haya aplacado, que haya dejado de ser convulso, para que tantas caras desconocidas, y tantas personas indolentes, salgan al encuentro del paseante madrileño. El mundo parece que funciona más o menos bien. Cada uno va a la suya y hace su vida, y es esta especie de indiferencia, multiplicada por un millón de seres, lo que asegura que ha debido acontecer algún tipo de logro. La frivolidad indica una cierta despreocupación. Y la despreocupación es el signo más claro del bienestar. Además, la variedad de gentes y de personas señala que ese éxito ha sido duradero, que el entendimiento está bien afianzado y que la vida ha tenido tiempo suficiente para que todas esas diferencias saliesen a la luz. Me pasa lo mismo cuando observo los edificios antiguos, o la vetustez de las construcciones. Las casas prístinas corroboran todas estas sensaciones: también señalan una perpetuidad y una calma. Confirman que las cosas se llevan haciendo bien muchos años. De lo contrario, todo habría quedado arrasado.

La variedad y la indiferencia apelan al paso del tiempo. Y lo mismo se puede decir de la vejez de los edificios. Todas estas cualidades requieren lapsos muy largos, y se manifiestan solo cuando no existen motivos de preocupación, y solo cuando acontece algún tipo de logro.

madrid 0Tal vez sean estas relaciones entre el bienestar, la vejez, la frivolidad, la diversidad, o el acierto, lo que hace que me guste tanto esta ciudad. Al principio no lo podía explicar. Pero ahora lo entiendo mejor. ¿Por qué me agradan las grandes urbes?, ¿por qué me gustan sus edificios viejos, o también los nuevos?, ¿por qué me deleita contemplar la magnitud de sus avenidas, el tráfico de personas y enseres, y el fárrago de la circulación? ¿Por qué me alegra observar un mar inmenso de luces naranjas, e imaginar el bullicio de la gente que acude como insectos a esas claridades? ¿Por qué me gusta Madrid, contemplarla iluminada, mirar cómo se emperifolla, y cómo reluce bajo el fulgor metálico de los carteles de neón que resaltan en los frontispicios? ¿Por qué me gusta andar inmerso en el asfalto y en el cemento, y sentir el fragor de la vida a cada paso que doy? ¿Por qué me gusta venir a Madrid, y otearla desde las estribaciones por donde se vierten las aguas que bañan la ribera del Manzanares, en las faldas de los macizos de Somosierra? ¿Por qué exhalo un suspiro tónico cada vez que, a la noche, atravieso el túnel que esquiva el puerto de Guadarrama, cuando la luz de la ciudad se le viene a uno de golpe, titilante, extendida a lo largo de toda la superficie columbrada, como la piel de una criatura abisal, centelleando sobre un fondo de negritud indómita? ¿Por qué me sobrecoge esa visión de la ciudad? Ahora creo que tengo la respuesta. Todo eso es creación, magna creación. Y las creaciones implican habilidades, aciertos, progresos, prosperidad.

La discusión en la casa a la que acudí a cenar versaba sobre política: ¿de qué otro modo se puede discutir? Como siempre, ninguna de las declaraciones que se dijeron me dejó indiferente. En ellas, uno decía que estaba en contra de Occidente, otro que en contra de la riqueza, otro que en contra de las normas, otro que en contra del dinero, otro que en contra de la Iglesia, otro que en contra de los ricos, otro que en contra del Rey, otro que en contra de los bancos privados, y había incluso una chica que estaba en contra de Belén Esteban. Yo arremetí contra todas esas negaciones y disgustos, como de costumbre, enervando el ánimo y levantando la voz, haciendo más patente mi presencia. No obstante, en el fondo de mi mente deambulaba por Madrid, me acordaba de los edificios vetustos y los mohines del metro.

Allí, en aquel barrio tranquilo y antiguo, de portales ennoblecidos por el paso del tiempo, de casas acogedoras y gentes variopintas, de muchedumbres afanadas en las compras navideñas, indiferentes a la muerte, complacidas con el momento, felices hasta cierto punto, allí, en aquel barrio pacífico, y en uno de sus portales mas provectos, un grupo de comensales se dedicaba a defender, ora una revolución anarquista, ora una sedición comunista, ora un motín obrerista. Todos deseaban que volviera la guillotina, para que rodasen de nuevo las cabezas de los aristócratas y los reyes. Defendían el levantamiento del pueblo, la sangría de la población, la confiscación de los bienes, las asambleas doctrinarias, la emulación de los caciques, la quema de conventos, la venta de las obras de arte religiosas, la reprobación del dinero, la vuelta a una economía de subsistencia, el regreso del trueque, el emplazamiento selvático, la gleba, o la restitución del arado.

Las paradojas suelen acudir al filósofo cuando éste intenta dilucidar abstrusos algoritmos, o preguntas ontológicas o metafísicas de difícil solución. No obstante, a veces las paradojas se perciben en las cosas más cotidianas y de modo que entorpecen los entendimientos más sencillos. Mis amigos defienden todo lo que no son, todo aquello que acabaría con ellos, todo lo que implique destrucción y cambio. Y lo hacen, de la manera más natural, amparados por lo que rechazan, en cómodos sofás de casas antiguas, en ciudades capitalistas y países monárquicos. Con todos estos contrasentidos, no veo la necesidad de acudir a las aporías de Zenón o las paradojas de Olbers. Basta con irse de cena.

Por supuesto, el ágape que nos ofrecieron los anfitriones de la velada estaba compuesto de un surtido de vegetales estratégicamente condimentados. Para que no se diga luego que matamos a esos animales pacíficos que pastan tranquilamente en los montes y las sabanas, hermanados todos ellos en torno a las charcas y las praderías, como bien sabe la gente. Ahora bien, al hombre que ha logrado el bienestar, al hombre que ya no medra a la intemperie, expuesto a todo tipo de peligros, penurias o depredaciones, al hombre civilizado que ya no guerrea, al hombre occidental que ha conseguido habitar estas hermosas ciudades, símbolos del éxito duradero, efigies de las capacidades humanas, a ese hombre hay que cargárselo, no vaya a ser que ponga en riesgo el idilio bucólico de la grey cuadrúpeda (animal o humana).

Estas salmodias bucólicas, que animan el carácter de mis amigos, tienden a exaltar la vida natural y a recelar de las ciudades modernas, rechazando todo lo que se tiene más a mano. Su actitud está en sintonía con las ideas que defienden hoy muchos ciudadanos occidentales, proclives al aniquilamiento del mundo que les abastece de bienes, tesoreros de una ideología promisoria, que impetra el regreso de esa vida ancestral de la que huyeron sus abuelos y de la que ellos también renegarían si tuvieran oportunidad, arracimados en torno a unas creencias que animan a destruir la civilización occidental, mientras utilizan el tiempo libre para hacer suflé. Es el mismo discurso hipócrita de aquellos que viven bien, rodeados de buena comida y asistidos por todo tipo de lujos, y saben que tienen garantizado ese bienestar aunque no hagan nada más. Al escuchar todas estas reclamaciones, me ha venido a la memoria la imagen de Ovidio Nasón. Ovidio fue un poeta romano que nació en Sulmona y al que un enfrentamiento con el emperador César Augusto en el año 8 a. C. le llevó a un exilio obligado a Tomis, una ciudad ubicada en la costa oeste del Mar Negro, donde pasó el resto de sus días. Las voces de mis amigos alaban todo aquello que Ovidio tuvo que padecer, la estolidez de las hordas agrestes, la brutalidad del clima, la insensatez de los bárbaros. Las tristezas de Ovidio acuden a mi mente al escuchar todas estas exhortaciones. Le veo suplicante, sollozando, implorando la indulgencia de Roma, rodeado de naturaleza, en un entorno eglógico. Me embarga un poco el mismo desánimo y el mismo desamparo que él pudo haber sentido. Afortunadamente, mis cuitas no están motivadas por el destierro, solo son fruto de una evocación, suscitada al pensar en todas aquellas cosas que se empeñan en alabar mis amigos, y en todas esas otras que rechazan y desprecian.

Paradójicamente, el odio a Occidente es una característica muy arraigada en las culturas occidentales. Una especie de masoquismo muy común en estos lares. Pascal Bruckner tiene todo un libro dedicado a analizar esta mala conciencia occidental: él lo llama la tiranía de la penitencia. Y lo explica de una manera sencilla. Dice que la rememoración continua de las atrocidades históricas ha ido generando paulatinamente un sentimiento patológico de culpa en los países occidentales. Y también los éxitos y las diferencias de esos países avanzados, que ven cada día cómo hay otra serie de países que quedan atrasados con respecto a ellos, ha generado en el hombre moderno una sensación de culpa, pues todos creen que el dinero que ganan lo obtienen quitándoselo a los demás. Me resulta bastante absurdo que haya individuos que piensen que los hombres y las mujeres actuales tenemos que purgar los pecados que cometieron las personas algunas generaciones atrás. Tampoco entiendo que alguien pueda pensar que su trabajo y su esfuerzo, o aquellas acciones que llevan a una vida mejor, son la causa de que otras personas acaben viviendo peor. Los argumentos que defienden mis amigos nos incriminan a todos, por el mero hecho de conseguir mejores cosas. Esta forma de denuncia me parece una solemne estupidez.

A pesar de todo, cuando acabé de cenar salí de aquella casa sintiéndome bien, pues sabía que no tardaría en diluirme de nuevo en ese líquido amniótico que asiste al transeúnte en las calles de las grandes ciudades. Huía del engrudo que solidifica en los remansos y los recodos de la insensatez, coadyuvado por las habladurías y las mentes ineptas y envidiosas. Huía de las miradas que se clavan en uno cuando pasa por los pueblos pequeños, inquisidoras y miopes al mismo tiempo, achinadas para escrutar todos los detalles. Huía de ese nacionalismo paleto que solo se aviene a considerar importante una cultura en particular, ahíta de anacronismos y cachivaches inservibles. Huía también del repertorio socialista, que igualmente arenga a las masas para que vuelvan a emplear utensilios desplazados, la rueca y la bici, y que defienden supuestos expertos que exaltan el taparrabos y que creen que el capitalismo ha trastornado la mente del hombre, que antes yacía puro y sano, alrededor de las hogueras tribales. En definitiva, huía de lo que huimos todos, al cabo del tiempo, pues nadie puede escapar del futuro, a no ser que se muera. Al final, casi nadie escapa del capitalismo, aunque todos se empeñen en criticarlo continuamente. Solo prevalecen aquellos que quieren prosperar, y los que prosperan sin querer; los que son conscientes de la importancia de los éxitos alcanzados, de la supremacía de Occidente y las razones loables que han llevado a esa preeminencia, y los fariseos que, aunque no quieren reconocer esa prevalencia, siguen solazándose en las plazas y los restaurantes de las ciudades que critican, llenando las panzas con manjares espléndidos. Estos últimos, los hipócritas, reniegan del éxito de Occidente mientras piensan que la supremacía solo tiene una única causa, que solo se puede lograr a base de dominaciones y de oprobios. Esta creencia es el origen del mayor equívoco de todos, pues olvida esa otra forma de supremacía que es fruto de la excelencia y el esfuerzo, y que se consigue dejando al hombre libre, dispuesto a demostrar sus talentos y sus habilidades. Unas habilidades que sin duda procuran un éxito más duradero, sin forzamientos de ningún tipo, en el que se deja que las cosas ocurran de forma natural, según sea la aptitud de aquellos que quieran destacar. Ese ha sido el éxito de Occidente y de las culturas que encomian la libertad del individuo y se acogen al derecho que garantiza la misma. Un éxito capitalista que todos disfrutamos hoy, pero que solo algunos sabemos apreciar.

Consciente de mi suerte, embargado por estos pensamientos, salí de la casa en la que había cenado y me fui sumergiendo en el dédalo penumbroso de las callejuelas, y un poco más allá observé a las muchedumbres que formaban enjambres alrededor de las tiendas y los bulevares, con motivo de las compras de Navidad. Advertí el ir y venir de los coches, el aspecto rutilante de las avenidas, el rebujo agradable del ajetreo. Caminé por la acera atestada de viandantes, hacia la desembocadura de la Puerta del Sol. Me dejé arrullar por los empellones y los traqueteos, meciéndome a cada paso que daba, en manos de una madre solícita, como el hijo de la diosa Abundantia. Me sentí feliz y seguro, entre tanta gente extraña.

Vino a sacarme del ensimismamiento el sonido estentóreo del teléfono. Una amiga estaba en un bar no muy lejos de allí y reclamaba mi presencia, toda vez que hacía tiempo que no sabía nada de mi vida. Preludiando otra de esas discusiones que suelo entablar con mis amigos cada vez que les veo, puse un par de escusas absurdas y al final acepté la invitación de mala gana. Los postres estaban servidos.

Del bar en cuestión no hay mucho que decir. Era un bar como cualquier otro: con algún borrachín presidiendo la barra. Como había imaginado, la conversación que me aguardaba allí tampoco era diferente: los mismos ripios y tópicos de siempre. Los amigos que me rodeaban mostraban ahora unas facciones que me recordaban otras vicisitudes, pero sus argumentos seguían insistiendo en las mismas pamemas que había tenido que aguantar durante la cena. Así, uno me interpeló informándome de que había asistido a un congreso de empresarios donde se había atrevido a denunciar a uno de ellos de la siguiente manera. Le había dicho que las crisis económicas son fruto de la avaricia desmedida de sus colegas. Le había dicho que ahora no sabían cómo solucionar algo que habían provocado ellos, y que insistían en aplicar medidas que seguían amparando la codicia y el egoísmo. Le había dicho que la culpa la tenían ellos, los empresarios, y que si fuera por él, no dispondrían de ese poder. Al punto, otro amigo me asaltó anunciándome que estaba embarcado en un proyecto que consistía en la edición de revistas y periódicos que no admitían ningún patrocinio. La publicidad y las empresas, afirmaba, contribuían a difundir una información tendenciosa, del gusto de aquellos que estampan sus logotipos y sus emblemas en las páginas del periódico. De esta forma, fueron pasando los minutos y las horas, y yo, cada vez tenía más ganas de volver a perderme por las calles de Madrid.

Todas estas afirmaciones me sugieren siempre la misma respuesta. Todos desean emprender acciones que encaren las injusticias que achacan a la sociedad en la que viven. Pero como quiera que esas injusticias están provocadas por los empresarios del país, estas acciones que quieren promover no pueden estar apadrinadas por las empresas, y han de surgir del esfuerzo altruista de todos los ciudadanos, y en ningún caso deben estar dirigidas a ganar dinero, han de ser actividades lúdicas en las que todos participen de la manera que quieran, sin cobrar nada, sin estar forzados por el compromiso ni por la exigencia ni por la demanda del consumidor. El beneficio económico –según afirman estos iluminados- no puede servir en ningún caso de referencia, ya que la voluntad de los compradores y los vendedores alienta siempre una especulación desalmada.

Pero si el dinero no importa, y si los empresarios son defenestrados, y la excelencia no tiene cabida, y el esfuerzo no significa nada, es difícil ver cómo se pueden prolongar esas acciones. Algunos economistas pacatos (la escuela keynesiana), y la mayoría de políticos, quieren solucionar la crisis económica fomentando el consumo y el dispendio. Apenas reparan en el hecho de que ese consumo es el último paso de una larga cadena productiva, que depende de muchas otras actividades más imprescindibles. Igualmente hacen los que quieren salvar al mundo con esas ideas que van en contra del empresario, y que solo reparan en el débil y el subsidiado, sin percatarse de que la ayuda debe proceder de alguien que previamente se habrá dedicado con encono a producir dinero y enriquecimiento. Solo ven el último paso de la cadena: el donativo y el consumo. Pero permanecen ciegos frente a todos los pasos previos (la producción) que permiten esa generosidad o esa exuberancia. Esto les lleva a pensar que aquellos que ganan dinero y que se hacen ricos siempre proliferan a costa de los demás, aprovechándose de los otros. Pero esto es una estupidez. Incluso los periódicos que no aceptan ningún tipo de publicidad, deben mantenerse porque alguien cobra algún salario. Nada se sostiene si no existe detrás un beneficio real y un interés privado. Los subsidios o las aportaciones desinteresadas son consecuencia de algún beneficio previo. Ese beneficio no tiene por qué ser monetario, pero tampoco tiene por qué no serlo. Además, los rotativos subsidiados por el Estado, o por grupos congregados en torno a determinada ideología, siempre muestran un carácter más monolítico y una tendenciosidad mucho mayor que aquellos otros que dependen del patrocinio de las distintas empresas, de índole más diversa. Los argumentos de mis amigos hacen aguas por los cuatro costados.

En aquel bar, de nuevo enfrentado a todos estos dislates, volví a sentir la necesidad de salir a la calle y asegurarme de que seguía repleta, llena de gente y de comercios. No obstante, este prurito mío se debía más a una necesidad vital que a la exigencia de constatar un hecho verídico. Soy consciente de que las ensoñaciones de mis amigos no pasan de ser exiguas reclamaciones, imposibles de llevar a la práctica. Incurren en un error que las convierte de inmediato en inviables. No atienden a las causas reales, y solo constatan la superficie especiosa de las cosas. La ideología de izquierdas siempre está condenada al fracaso. Es una ideología carroñera, sus principios alientan el uso del dinero, pero no atienden a su producción. Creen en el Estado, y el Estado no es más que un fantasma, un ente mantenido. Exigen al gobierno que solucione los problemas, como lo haría un padre responsable, cuando en realidad solo es un niño protegido, caprichoso e indefenso, que se queja porque no percibe los tributos que desearía cobrar. Los estatistas y los partidarios de lo público son incapaces de razonar porque no saben de dónde viene todo lo que reciben con los impuestos; no son ellos los que tienen que producirlo, y por tanto no se dan cuenta del esfuerzo que supone. Se vuelven despilfarradores y veleidosos, y al final exigen cada vez más y malgastan todo el dinero que reciben, como hacen los niños malcriados.

La ciudad estaba preciosa. Los dinteles y las jambas de las casas se adornaban con luces multicolores. De las ventanas colgaban papanoeles panzones. El aire hervía de sonidos navideños que procuraban una alegre sensación de amparo, debido seguramente a que hacían recordar la época de la niñez, cuando las luces y los cánticos todavía se unen a la imagen de los padres colmándote de regalos y de besos, cuando aún estos padres son el único motivo de adoración y de alegría. Dentro del bar mis amigos pedían otra ronda más. Los otros, los que visité en La Latina, seguro que estarían imitándoles. Todos aceptaban esa situación ociosa. No obstante, todos me hablaban de la tragedia de Occidente, de lo mezquino que era saberse pobladores de unas naciones avaras y lucrativas. De repente, sentí que caminaba por un mundo de cínicos, en el país de los embusteros.

Tal vez fue el espíritu navideño lo que me hizo desistir finalmente de esa creencia. De camino a casa ya no pensaba que mis amigos mentían deliberadamente. Ellos creen en lo que dicen, estoy seguro. No obstante, es ahí donde radica el mayor problema de todos. La mentira no tiene un recorrido tan largo. La mentira acaba en el momento que se destapa. La mentira esconde un interés particular que pierde sentido cuando ya no se puede seguir mintiendo. La mentira es un ardid que se pone en marcha con el objeto de alcanzar un fin concreto, y termina justo cuando se consigue ese bien pretendido o cuando ya no se puede conseguir. Pero la ignorancia y el autoengaño se alimentan continuamente. Viven de utopías a las que siempre se puede apelar, dada su naturaleza. Los ignorantes nunca cejan en el empeño, se animan mutuamente, y son de una voluntad inquebrantable, pues no son conscientes de que están propiciando una falsedad dañina. Al menos el mentiroso se retracta de lo que dice cuando es descubierto, ya que no le interesa seguir con el engaño si no puede camelar a nadie. En cambio, el tonto siempre sigue adelante. Como suele decir la sabiduría popular «cuando un tonto coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue».

La ciudad, que hasta hace unos momentos bullía y resplandecía llena de colores, ahora estaba completamente vacía, apenas se veían algunas luces artificiales. Vuelvo de regreso a mi casa. La claridad crepuscular se va adueñando del espacio y la gente se retira a dormir, después de haber agotado todas sus energías. Camino por el arcén sin atender a nada más. Pero me despierta el sonido del claxon de un coche: el último vestigio del bullicio nocturno. Atisbo en el horizonte la promesa de un nuevo día. La madrugada hace que empiece a transparentarse la fisionomía de la sierra de Guadarrama que rodea la ciudad de Madrid, coronada de arreboles. Me da la sensación de que la naturaleza, habiendo visto que la ciudad declina, quiere demostrar que ella también sabe engalanarse y que no tiene nada que envidiar. Pero no creo que esa demostración sea necesaria: la ciudad es el fruto más eximio de la naturaleza. Es una señal del progreso de la vida. La gente se arremolina en torno a las grandes urbes para comerciar e intercambiar bienes y servicios, en un marco de libertad. La ciudad es fruto del instinto natural del hombre, y de la necesidad primaria que habita en él y que le insta a abastecerse y satisfacerse con las materias primas. Es fruto de su libertad, con la que todos tienden a demostrar sus distintas facetas y a luchar por conseguir mejores cosas, contribuyendo a la construcción de esas metrópolis. Lo que no es natural es que se quiera utilizar todo eso para criticar la avaricia de los ciudadanos que consiguen vivir bien, achacando a Occidente todas las penurias que aquejan a este mundo. Ir en contra de Occidente es ir en contra de la naturaleza, es ir en contra de los logros de las personas que nacen en un sistema que les garantiza los derechos y que les permite desarrollar sus diferencias, hasta el punto de descollar por encima de los otros. Todas esas personas que asocian el éxito con alguna forma de tiranía, no pueden dejar de usar ese mismo éxito en beneficio propio, yendo a comprar y participando del mercado, contribuyendo de esta manera a que la sociedad disponga las medidas que permiten el avance (en el bar, mis amigos no veían el momento de pedir otra ronda, y después solo querían ir a un restaurante a llenar la panza). Al fin y al cabo, solo obtienen prevalencia aquellas cosas que respetan los dictados de la naturaleza, de igual modo que solo pueden vivir quienes respetan la ley de la gravedad, evitando caer al vacío.

Entré en mi casa cuando ya era pleno día. El sueño me cogió rápido. Estaba tranquilo. Ganamos los que aceptamos la verdad, aquella que va imponiéndose con el transcurso de los siglos, la que rezuma en las calles de las grandes ciudades, nada más salir de los portales. Los otros, los que van en contra de la realidad mas patente, revolucionarios y sediciosos, defienden una doctrina de corto recorrido, que ni siquiera ellos saben cómo cumplir. La tiranía es terca, pero más terca es la verdad, y el anhelo de libertad, y el confort y la abundancia que procura ese anhelo. Los malos pueden armar mucho escándalo y pueden tener éxitos puntuales, y pueden instigar las masacres en determinados países en algunos momentos de la historia. Pero al final habrán de sucumbir bajo el yugo de sus propias insensateces. Los países que no respetan la libertad individual, y que no promueven el desarrollo de las ciudades modernas, están condenados a volverse cada vez más pobres, asfixiados por la torpeza de sus gobernantes y por la complacencia de sus ciudadanos. El mundo está de parte de los buenos y los justos, y de todos aquellos que aprecian y atienden a la verdad. La existencia siempre se basa en una acción constructiva, a través de la cual van creándose millones de formas y seres distintos. Todos aquellos que, dejándose llevar por la irracionalidad y por el odio, o por un ansia renovadora incomprensible, quieran destruir ese orden establecido, han de saber que están yendo en contra de la existencia y de la verdad. Deben saber que irán en contra de la creación y de la evolución, y que tendrán un justo final, acorde con sus intenciones: todos ellos tenderán a desaparecer y acabarán extinguiéndose.

La defensa de la verdad es un largo y solitario camino por la estepa de la indiferencia, pero a la larga, al final del día, siempre acaba siendo un camino triunfante. Es cierto que no corren buenos tiempos para el capitalismo y para la libertad, pero ninguna verdad puede ocultarse demasiado tiempo. Al final, los frutos de ese capitalismo siempre acaban dando la cara (ya lo están haciendo), y es entonces cuando los cainitas y los estúpidos tienen que arrepentirse, y asumir sus contradicciones. Hoy en día, rodeados de tanta desesperación, en medio de un amasijo de ideas socialistas y demostraciones de poder, no viene mal recordar esto, no viene mal un poco de esperanza, sobre todo, no viene mal dejarse caer por las calles y las plazas de Madrid, recorrer sus avenidas y sus travesías, y empaparse del espíritu de libertad que espolea a los individuos que moran y llenan esos magníficos espacios.

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La biblioteca de Maquiavelo

“Llegada la noche, vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en su puerta me despojo de la ropa cotidiana, llena de barro y mugre, y me visto con paños reales y curiales; así, decentemente vestido, entro en las viejas cortes de los hombres antiguos, donde acogido con gentileza, me sirvo de aquellos manjares que son sólo míos y para los cuales he nacido. Estando allí no me avergüenzo de hablar con tales hombres, interrogarles sobre las razones de sus hechos, y esos hombres por su humanidad me responden. Durante cuatro horas no siento fastidio alguno; me olvido de todos los contratiempos; no temo a la pobreza ni me asusta la muerte. De tal manera quedo identificado con ellos.» (Nicolás Maquiavelo, 1469-1527)

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Muchos son los que sueñan con el día en que el hombre consiga por fin desarrollar una máquina que le permita viajar en el tiempo. Pero casi nadie se percata de que esa máquina ya fue inventada hace muchos siglos: se llama libro. La literatura es una suerte de agujero de gusano, una arruga en el espacio y el tiempo que nos permite arribar sin dificultad a otras épocas, yendo hacia atrás (biografías) o hacia adelante (ciencia ficción), caminando por lugares inhóspitos que jamás imaginamos que podríamos pisar, contrayendo el tiempo de vida de una persona hasta conseguir que quepa en el rato que tardamos en leer una de sus novelas o ensayos, libando en tan solo unas pocas jornadas de lectura el pensamiento y la sabiduría que a un hombre le llevaron toda una vida de decantaciones y reposo, o expandiendo ese mismo tiempo sobre un tamiz casi infinito, regresando a los anaqueles de nuestra librería cada vez que las circunstancias nos obliguen, y encontrando en ellos los mismos argumentos de antaño, como si nada hubiese cambiado, como si el tiempo, de repente, se hubiese detenido sobre cada uno de los momentos que configuran el pasado de los autores, en definitiva, como si no existiese tiempo, o como si no existiesen límites para aquellos que se proponen recorrerlo. La literatura y la imaginación no entienden de fronteras, hace mucho que dejaron de ser un recurso limitado. Hace varios siglos que se inventó y se popularizó la imprenta, y más tiempo ha que la naturaleza nos regaló la capacidad de pensar y de soñar.

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Miguel Sebastián: un animal político al servicio del Estado

animal_politicoEl pasado sábado, el Instituto Juan de Mariana acogió en su sede madrileña una conferencia del antiguo ministro español de industria y comercio, Miguel Sebastián, a la sazón profesor de macroeconomía en la universidad complutense de Madrid, y según algunos, un acérrimo y entregado polemista. Lo que allí se dijo y se vivió no dejó indiferente a ninguno de los presentes, ya fuera porque esperaban mucho más, o sencillamente porque no esperaban menos.

Yo me incluyo dentro de los segundos. Asistí a la conferencia a sabiendas de que iba a tener que prestar mis oídos a un político consumado, y el sermón de la montaña que acabé escuchando no me defraudó lo más mínimo. Su charla no pasará a los anales de la historia ni será recordada por haber marcado ningún punto de inflexión en la comprensión general del pensamiento económico moderno. Muy al contrario, fue una conferencia bastante aburrida y anodina, que no despertó demasiado interés entre los asistentes. Su autor se limitó a describir algunos gráficos y a componer un relato a veces pseudobiográfico, y a veces perogrullesco, que no fue capaz de atraer la atención de nadie. Afirmar en la sede del Instituto Juan de Mariana, bastión del liberalismo más radical, que la agenda para la recuperación de nuestro país consiste en hacer algunas mínimas reformas en materia de libertad económica (por ejemplo, decir que no se debió subvencionar la energía solar, pero, en cambio, sí se hizo bien al auxiliar a todas las demás), no pasa de ser una aclaración innecesaria y timorata, escasamente impresionante para aquellas personas que se han pasado la vida insistiendo en esas mismas reformas, desde mucho antes de que el exministro y ponente accediera al cargo que le granjeó fama. Da la impresión de que el antiguo ministro se acabara de caer del guindo y, tras analizar los golpes recibidos a consecuencia del impacto, quisiera darnos lecciones a todos los que nos caímos de un guindo mucho más alto hace mucho más tiempo. Realmente, suena bastante ridículo.

El título que eligió el exministro de Zapatero para encabezar su charla: Los retos pendientes de la economía española, seguramente quería aludir a los fallos que, en opinión del propio ponente, se habían cometido durante el mandato de Rodríguez Zapatero. Pero bien podría haber pasado por otra cosa, perfectamente podía haber sugerido otro tipo de asignatura pendiente, la que sin duda demostró tener el propio conferenciante en materia económica durante todo el tiempo que ostentó su cargo de responsabilidad al frente del gobierno.

La única lección que un servidor extrajo de dicha charla, fue más bien una constatación casi innecesaria a estas alturas, la confirmación de que todos los políticos, en mayor o menor medida, utilizan un registro dialéctico bastante parecido, el cual está trufado de eufemismos, falsos reconocimientos, salidas de pata de banco, huidas por la puerta de atrás, y otras muchas artes escapistas. La mayoría de políticos son incapaces de sostener un debate mínimamente intelectual, desconocen completamente el sentido de una teoría bien asentada, o actúan como si no lo conocieran. En la presentación que hizo Miguel Sebastián se pusieron de manifiesto, una vez más, todos estos desconocimientos y despropósitos que asperjan el currículo y la biografía de cualquier estadista medianamente digno de tal nombre.

Sebastián rehuía las peticiones que le íbamos haciendo todos los asistentes. Previamente, había dejado claro que no aceptaría que el turno de preguntas se retrasmitiese a todo el mundo. Respondía constantemente con evasivas, o apelaba continuamente a su gestión ministerial. Todas las cuestiones que le íbamos planteando, las redirigía él de manera que pareciera que estábamos atacando a su persona, poniendo en duda su misión al frente del gobierno. Para un político, la praxis personal está totalmente disociada de la teoría. Ninguno quiere profundizar demasiado en el pensamiento de base, prefieren hablar de su cara bonita, de sus gestiones que siempre consideran necesarias, o de sus logros al frente del Estado, que siempre descollan por encima de todo lo demás.

Tras reconocer que pudieron haber cometido algunos errores menores, el exministro se justificó diciendo que no hubo forma de hacerlo de distinta manera, y pasó a continuación a decir que los liberales también debíamos hacer acto de contrición y reconocer que nos habíamos equivocado. Esta apelación a nuestra capacidad de autocrítica fue la revelación más importante de la charla. Con ella quedó claro el aspecto y la facha contradictoria que engalanan el discurso de Miguel Sebastián. Por un lado, defendía que la crisis se había debido al exceso de libertad y al capitalismo salvaje que veía reflejado en nosotros. Pero, al mismo tiempo, su reconocimiento consistió en decir que se habían cometido algunos errores allí donde se tendría que haber dejado que el mercado hubiese marcado las directrices del progreso. Primero se acusaba a sí mismo por haber sido poco liberal, y acto seguido, acusaba a los liberales de ser los adalides de una liberalización desmedida, que había llevado a la privatización de diversas empresas, las cuales habían puesto de manifiesto lo pernicioso que es dejar todas las decisiones en manos de los empresarios privados. O sea, primero reconocía algunas falacias y acciones del intervencionismo, y a continuación aseguraba que el problema había sido el exceso de libertad. Esto es una absurdez absoluta. O una cosa o la otra, o la crisis se debió al exceso de intervención, o se debió al exceso de libertad, pero los dos supuestos no se pueden haber dado a la vez. No se puede afirmar que se equivocaron todos los que defendían las regulaciones de determinados sectores económicos, y a continuación decir que la crisis vino motivada por un exceso de desregulación. No se puede decir que el problema fue la falta de voluntad política para poner en marcha las reformas que habrían corregido las debilidades estructurales del sector público, y decir al mismo tiempo que la culpa la tuvieron aquellos que promovieron y consiguieron una liberalización excesiva. Sobre todo, no se puede afirmar que faltó voluntad política, y decir al mismo tiempo, para justificar el cargo, que los políticos que dirigen un país y atienden a todas las sensibilidades, siempre tienen las manos atadas, y no pueden emprender las reformas necesarias. Todas estas afirmaciones resultan bastante paradójicas viniendo de quien vienen.

En cierto momento de la discusión, ya no me pude contener más tiempo. A sabiendas de que estaba contribuyendo a acrecentar el gallinero que allí se había creado, me dirigí al exministro e intenté hacerle ver que su planteamiento estaba viciado desde el principio, porque partía de una negación ominosa de la realidad, a saber, la que asegura que la sociedad no se encuentra fuertemente intervenida. En seguida me contestó que él no hablaba de teorías, y que en la práctica política no se podía aplicar la visión del mundo que nosotros le proponíamos. A la salida, cuando ya había acabado todo, le oí decir que nosotros éramos iguales que los comunistas, que vivíamos en una realidad utópica e imaginaria. En verdad -le repliqué- el mundo que habitamos está muy lejos de ser aquello que algunos soñamos. Pero no se puede decir que la mera actitud soñadora, o el objetivo aún incumplido, constituyan de por sí un ejemplo de utopía parecido al comunismo. Por mucho que el liberalismo sea también un sueño incumplido, las razones de ese incumplimiento no son ni de lejos las mismas que asisten al marxismo. Este último se debe a una visión irreal, a una burda falacia propalada por un grupo de facinerosos y asumida por un pueblo inculto e impotente. En cambio, la otra imposibilidad, la que impide que el liberalismo se haga efectivo, está propiciada, no tanto por el hecho de ser una mentira con las patas cortas, como por el hecho de constituir una propuesta demasiado verdadera para ser adoptada por la gente vulgar, que esta siempre más abierta a aceptar las promesas falsas que les ofrece su líder en bandeja de plata. Al comparar comunismo y liberalismo, Miguel Sebastián se refugiaba de nuevo en la labor que tiene que realizar el político consecuente, siempre en medio de dos fuegos abiertos, incapaz de contentar a las partes que participan en el conflicto social, sometido a los debates del parlamento y a las sensibilidades dispares que allí se congregan.

En el turno de preguntas posterior a la charla magistral, Miguel Sebastián adujo que él nunca había defendido la duplicidad administrativa que hoy en día limita la funcionalidad del gobierno español, y que por tanto no se le podían achacar los problemas que generan las tensiones que surgen entre las diecisiete comunidades autónomas que fragmentan el país. Pero acto seguido no se arrugaba al defender la legitimidad histórica de las autonomías vasca y catalana, precisamente esa reivindicación cuya propuesta condujo en la transición española al sistema de división territorial que hoy padecemos todos los ciudadanos. De nuevo, el eximio exministro incurría en otra contradicción grave.

Sebastián es conocido dentro del ámbito socialista como un liberal auténtico. Se le acusa de defender alguna que otra liberalización y se le reprocha que reconozca ciertos errores puntuales cometidos cuando ejercía como ministro, errores que, según el interfecto, tienen que ver con el exceso de regulación y las artes socialistas. En el mundo de los ciegos, el tuerto es el rey. No obstante, no nos llevemos a engaño. Al mismo tiempo, este supuesto liberal se justifica diciendo que siempre tuvo las manos atadas. En el fondo, piensa que es imposible llegar a la política y realizar algunos cambios sustanciales. A su vez, opina que nosotros, los liberales austriacos, vivimos ubicados en una utopía permanente, y que con más motivo deberíamos apelar a nuestra capacidad de autocrítica, como él dice que hace. Sebastián afirma que debemos reconocer algunos errores de cálculo, ya que el liberalismo que arengamos no funcionó como nosotros predijimos: la liberalización fue un fracaso y fue lo que trajo la crisis. Desde luego, el exministro no entiende en absoluto cuales son las causas de dicha depresión. Parte de una negación de la realidad que oculta que el mundo nunca ha llegado a tener el nivel de libertades que algunos reivindicamos.

En un momento de la discusión, Juan Ramón Rallo le insistió para que dijese qué entendía por liberalismo. Miguel Sebastián balbuceó un poco y a continuación ofreció una definición bastante vaga: “yo creo en la libertad de las personas”. Esta respuesta nos remite de nuevo a la pregunta de partida: ¿qué es la libertad de las personas? Por tanto, no responde absolutamente nada (de nuevo, apareció el político resbaloso). Pero podemos intuir cuál es la opinión que esconde Miguel Sebastián. Estoy seguro de que tiene el mismo concepto de libertad que tienen todos los socialdemócratas, es decir, aquel que asegura que la libertad es un estado que conceden y procuran los políticos, al crear un sistema de bienestar suficientemente omnímodo y paternalista. Pero los liberales auténticos no entendemos el liberalismo de ese modo, como una especie de relación paternofiliar. Creemos que la auténtica libertad no se puede basar en conceptos que nos remiten a la obediencia y las irresponsabilidades de los niños y los menores. Nosotros creemos en una sociedad de adultos responsables, hombres hechos y derechos, que no dependen de las dádivas del político y que tampoco están anclados y sometidos a sus mandatos. La libertad del individuo no puede hacerse depender de aquello que establezcan los demás, basándose en sus propias creencias, y menos aun de aquello que dicten los gobiernos, amparados por un poder cada vez más extensivo.

Si algo se puso de manifiesto el sábado pasado en la conferencia de Miguel Sebastián, es que este economista es un animal político bastante característico. Las declaraciones que efectuó en el transcurso de su exposición y durante las réplicas posteriores, seguramente no servirán de inspiración a ninguno de los futuros premios Nobel de economía, pero en cambio, sí permiten entender una cosa importante. Ponen de manifiesto las principales cualidades que suelen detentar todos los políticos, su tendencia a eludir las preguntas, su incapacidad para el diálogo teórico, su continua apelación a la responsabilidad y a las imposiciones que dicta el cargo que ostentan, o la forma que tienen de justificar su permanente inacción o sus meteduras de pata, alegando que les fue imposible hacer alguna mínima reforma en la buena dirección.

En definitiva, se puede decir que la conferencia del pasado sábado no aportó demasiadas cosas en el plano de las ideas, pero en cambio sí permitió hacer una vivisección completa bastante fidedigna, la biopsia del espécimen político que habita en el páramo intelectual y que baja al abrevadero a beber en las fuentes de la obcecación doctrinaria y las escusas baratas. Un estadista sibilino que se complace al entregarse a las estrategias cambiantes que le dicta el partido. Este prototipo de ejemplar, lejos de extinguirse, está adquiriendo cada vez más protagonismo y más fama internacional, convenciendo a las masas para que confíen en él, exagerando el papel que tiene el Estado en la sociedad, atribuyéndose más importancia, y extendiéndose por todo el mundo como una plaga de langostas, sin encontrar apenas ninguna resistencia ciudadana.

El intervencionismo que estimula y que acicatea a la mayoría de políticos y de adeptos a la causa, lejos de desaparecer, renueva sus fuerzas cada vez que uno de ellos retoma el poder del parlamento, o cuando lo pierde al cabo de unos años y se empeña en ofrecer todas las escusas que uno se pueda imaginar. Miguel Sebastián es un ejemplo de ambas cosas. Cuando estuvo en el gobierno no hizo nada para remediar los problemas que acuciaban al país. Y ahora que ya no está, no encuentra el momento para disculpar su ejercicio (el político siempre será político, es más, su carácter se ve acrecentado cuando pierde el poder; al dejar de gobernar, se vuelve más rencoroso y receloso, o peor aún, se convierte en profesor de universidad, y va por ahí dando lecciones a todos los demás). Y si acaso reconoce algún error, lo justifica diciendo que no pudo hacerlo de otra manera, y lo emborrona con todo tipo de aporías y de contradicciones. Miguel Sebastián es el prototipo de gobernante, un hombre escurridizo y resbaloso, que en cuanto es abordado se pone a hablar como lo hacen los políticos: “no te permito que pongas en duda mi gestión, “la teoría no tiene nada que ver con la práctica, “cuando uno sube al poder tiene las manos atadas”. Esos latiguillos son los que todo buen estadista utiliza para salir del paso. Miguel Sebastián representa el mayor problema que debe enfrentar la sociedad moderna, ahora que todo depende cada vez más del progreso tecnológico y la libertad económica. En este sentido, la charla que nos ofreció el pasado sábado resulta bastante instructiva. Por lo demás, no pasó de ser una exposición anodina, otra escusa de Miguel, en este caso una que servía para venir al instituto a echarnos el muerto y enfrentarse con nosotros. Por lo menos esa fue mi impresión. Me dio la sensación de que Miguel había preparado su decálogo de reformas de manera apresurada, solo para esperar el turno de preguntas y poder defender entonces con uñas y dientes su gestión al frente del gobierno. Pero esto solo es una sensación personal. No estoy diciendo que fuera exactamente así. Lo que sí quedó de manifiesto de manera clara fue el animal político que todos los estadistas guardan dentro de sus entrañas. Una bestia que se abalanza sobre el contrincante sin utilizar demasiados argumentos, y sin importarle las contradicciones y las incompatibilidades de su razonamiento, ni los reveses de las experiencias vividas en el pasado, cuando se ostentaba el poder y se perfilaba el desastre. En fin, todo un dechado de virtudes y de bondades, puestas al servicio del Estado.

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Los políticos de Antonio Escohotado

«El mundo progresa cuando los políticos duermen» (Antonio Escohotado)

hombre durmiendo en un sillon

La profesión del político es la única en el mundo que genera una productividad mayor a medida que disminuye el esfuerzo que realizan sus trabajadores. Esta relación inversa no se da en ningún otro trabajo. Paradójicamente, también es la profesión que más expectativas genera y que más protagonismo adquiere en todos los medios de comunicación. Estos dos aspectos del político constituyen en conjunto el principal problema que enfrentan todas las sociedades modernas. No en vano, es la mayor traba que existe al progreso de las mismas.

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Librería: Ciencia

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  • David Casacuberta, ¿EUREKA?
  • Dyson Freeman, EL CIENTIFICO REBELDE
  • Gould, CIENCIA VERSUS RELIGIÓN
  • Gould, MILENIO
  • Harold J. Morowitz, EL FILANTROPICO DOCTOR GUILLOTIN
  • José Manuel Sánchez Ron, CINCEL, MARTILLO Y PIEDRA
  • Kuhn Thomas S. LA ESTRUCTURA DE LAS REVOLUCIONES CIENTIFICAS
  • Martin Gardner, ¿TENIAN OMBLIGO ADAN Y EVA?
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  • Michael P. Murphy, LA BIOLOGIA DEL FUTURO
  • Michael White, LENGUAS VIPERINAS Y SOÑADORES TRANQUILOS
  • Robert L. Park, CIENCIA O VUDU
  • Robert Wright, NADIE PIERDE
  • Sagan, EL MUNDO Y SUS DEMONIOS
  • Sokal, IMPOSTURAS INTELECTUALES
  • Steven Weinberg, PLANTAR CARA
  • Wilson Eduard O., CONSILIENCE O LA UNIDAD DEL CONOCIMIENTO
  • Ian Stewart, DE AQUÍ AL INFINITO
  • Jeremy J. Gray, EL RETO DE HILBERT
  • Simon Singh, EL ENIGMA DE FERMAT
  • Brockman, EL NUEVO HUMANISMO Y LAS FRONTERAS DE LA CIENCIA
  • Ramón y Cajal, REGLAS Y CONSEJOS SOBRE LA INVESTIGACION CIENTIFICA
  • Hayek, LA CONTRARREVOLUCION DE LA CIENCIA
  • Spencer, SISTEMA DE FILOSOFIA SINTETICA
  • Jorge Wagensberg, EL PENSADOR INTRUSO
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El ateismo de Steven Weinberg

 «Vivir sin Dios no es facil. Pero la propia dificultad le ofrece a uno otro consuelo: que hay un cierto honor, o quiza solo una enferma satisfacción, en enfrentarnos a nuestra condición sin desesperarnos y sin falsas ilusiones, con buen humor, pero sin Dios.» (Steven Weinberg, 1933- )

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El ateísmo no es un descreimiento, simplemente es otra forma de consuelo. El lenitivo que procura la razón y la verdad se muestra a veces tan eficaz como ese otro que proviene del éter. El alivio sigue intacto en el ateo, incluso se puede acrecentar. La trascendencia y la espiritualidad se manifiestan de varias maneras, y una de ellas es la que arraiga en la mente del científico. El amor a la sabiduría, la honestidad intelectual, o el aprecio del conocimiento son tan apetecibles como el amor a Dios, la fe ciega o la devoción del sacerdote. Somos seres emocionales. La razón solo se encarga de dirigir esas emociones por unos raíles fijados al suelo, hacia unos objetivos distintos, evitando el sesgo que suele provocar la turbación emocional que nos invade a la hora de entender y explicar la realidad. No obstante, la ilusión nunca desaparece. Aunque el conocimiento nos depare una visión pedánea muy alejada de las imágenes promisorias que nos ofrece la religión, seguimos creyendo en algo. Lo que viene a sustituir a esa confianza religiosa es otra tal vez mucho mayor, la que aviene a la mente al contemplar el hallazgo de la ciencia, el empeño del investigador, y las maravillas que tachonan y llenan de misterio el universo visible al que se aboca el hombre de ciencia.

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La futilidad del político y la educación elemental

educacion-global-300x270Decía un historiador famoso, allá por el siglo XX, que el mayor error del hombre hodierno había sido, sin duda, la profesionalización de la política y la profanación de la vida privada que ésta nueva actividad traía consigo. Pues bien, hoy podemos afirmar sin ambages que este error laboral lleva visos de convertirse en un problema verdaderamente crónico, de una magnitud temporal difícil de imaginar. Bien entrado el siglo XXI, seguimos a vueltas con el mismo yerro. Los políticos continúan poniendo palos y piedras en las ruedas del progreso, y cada vez lo hacen con una impunidad mayor. Cada vez copan un nicho de poder más grande, y cada vez están más convencidos del papel social que aseguran ostentar. Nada que nosotros podamos hacer parece detenerles o disuadirles de sus propósitos. Se han convertido en una plaga para la que no existe por el momento ningún veneno efectivo. Cada vez más gente parece aceptar con agrado el destino que les depara la servidumbre voluntaria de la que son objeto y con la que consiguen animar aun más a los políticos para que sigan cometiendo vasallaje. El único antídoto viable a largo plazo es la educación de estos siervos sociales. Es preciso cambiar la mentalidad sumisa que anida en el corazón de todas esas personas congraciadas con el Estado. No obstante, dicha educación se antoja una tarea casi imposible.

Por muy raro que pueda parecer, la labor pedagógica más importante que existe hoy en día no es la que se suele entender como tal, aquella que se preocupa por inculcar al alumno unas habilidades y unas competencias en Álgebra o Biología. La labor formativa más importante es la que intenta enseñar al adulto hasta que punto es innecesario el roll que el político está dispuesto a jugar en la sociedad actual. La ignorancia del menor es una cualidad consustancial a la vida. Todos nacemos siendo ignorantes. Pero la incultura que manifiestan los adultos no es consustancial. Su desconocimiento resulta de la voluntad y la libre determinación; es fruto de una elección personal, la que ya hicieron esos adultos hace tiempo, a la hora de aprender. Por tanto, también será una ignorancia más difícil de erradicar, y su solución tendrá en consecuencia un valor netamente superior. Además, la idea que suscita el discurso del político en la mayoría de la gente trasmite la sensación de que el gobernante es una figura imprescindible, necesaria para organizar la sociedad de la mejor manera posible. La gente no suele dudar de esa necesidad, mas bien, de lo que duda es de la capacidad de ciertos políticos para ejercer determinadas funciones, lo cual lleva a que intenten sustituirlos por otros mejores. Pero nunca se plantean si la política no será en realidad una actividad sobrevalorada. Por todo ello, la función instructiva más complicada que podemos enfrentar ahora mismo es aquella que aspira a educar a esa parte de la ciudadanía que ya tiene una cierta edad, al objeto de conseguir que se acabe dando cuenta de la futilidad que entraña la profesión del político. Esta educación se enfrenta con la cerrazón que suele caracterizar a todas las ideologías, intenta inculcar conceptos y valores poco intuitivos, y debe lidiar con la pereza intelectual, el costumbrismo identitario y el acomodo pelágico que afectan a la mayoría de las personas adultas. Sin embargo, también es la trasmisión de conocimientos más importante de todas. Una sociedad que haya conseguido erradicar las creencias que idolatran el poder del Estado, y que haya extendido entre su población las ideas que avalan y corroboran esa erradicación, será una sociedad mucho más sana y mejor preparada. En ella, la libertad y la acción privada florecerán con más nitidez, los menores tendrán más oportunidad de aprender, y todo se desarrollará a mayor velocidad y de la mejor manera posible, atendiendo a la demanda real y a los deseos y los gustos que instigan la vida de todos los ciudadanos, por encima de aquellos que mueven los intereses miopes de sus gobernantes.

La mejora de la educación del adulto, o del mentor, conduce sin duda a la mejora de la educación del púber. Para enseñar al niño es necesario educar primero a su padre. Solamente cuando los profesores y los ascendientes familiares acepten y defiendan un modelo de sociedad en el que los hijos puedan educarse en libertad, y donde el rendimiento de dicho aprendizaje quede optimizado, podremos afirmar que hemos logrado sentar las bases de una doctrina educativa superior. La mayoría de docentes aseguran que una de las claves del progreso humano es la inversión que los países hacen en desarrollo educativo y en recursos escolares. Imaginan que la sociedad alcanzará una mayor prosperidad en la medida en que un mayor número de adolescentes aprendan letras y matemáticas y acceda a la universidad. Pero no se dan cuenta que el conocimiento que más hace progresar el mundo es el que ellos podrían obtener si decidiesen establecer un sistema social más libre y menos intervenido, lo cual también quiere decir que tendrían que abstenerse de dirigir y planificar la educación de los menores. Hoy en día, los políticos son los que deciden el número de abogados que tienen que existir, estimulan unas profesiones al tiempo que desincentivan el aprendizaje de otras, promueven la creación de un número indefinido de facultades, tantas como alcaldes estén dispuestos a llevarlas en su programa electoral, e invierten cada vez más recursos en el desarrollo de nuevas escuelas y nuevos centros, como si la inversión desproporcionada y desiderativa que tienden a realizar todos los gobernantes locales se ajustase siempre a la demanda real que luego se solicita en cada uno de los sectores económicos. El resultado de todo esto es un paro estructural desbocado, que aflora en el momento en el que se titulan muchos más profesionales que el número de puestos de trabajo que el mercado puede absorber.

En definitiva, la actitud racional y el hecho diferencial que más hace por la alfabetización de la sociedad y la mejora de sus cualidades intelectuales y culturales, tiene que ver más con la educación de los adultos que con aquella otra que atesoran los menores. Mientras los adultos sigan promoviendo y manipulando deliberadamente la enseñanza de sus descendientes, al tiempo que descuidan su propio aprendizaje, y mientras apuesten por unas medidas educativas espurias, basadas en la creencia de que el Estado está obligado a subvencionar, determinar y cuantificar las condiciones y los recursos de la educación, nada de lo que hagan los hombres servirá para mejorar las futuras generaciones de profesionales más de lo que sirve un grano de arroz para hacer una paella valenciana.

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El remanso de las ciencias naturales y el calvario de las ciencias sociales

kiwi_bird2La ciencia y la política son dos empresas incompatibles, antitéticas. La política está trufada de beatos y de eunucos, adultos que se comportan como adolescentes, razonan como púberes, y arguyen como infantes. Aquí no valen demostraciones de ningún tipo: puede más la ideología del sacerdote o la palabra que emana de la boca del profeta. El fracaso que acarrea la política, de izquierda o de derecha, sirve exclusivamente para que cada uno de esos sectores de la bancada se tire los trastos a la cabeza del otro, y ascienda al poder de manera periódica. En eso consiste precisamente la alternancia democrática que tanto alaban los creyentes del Estado. Jamás se falsea ningún programa político. Los que abandonan el poder quedan en evidencia delante de su electorado, pero lo retoman sin problemas al cabo de unos años, vuelven a ser votados y vuelven a aplicar las mismas medidas que les llevaron en su día a la derrota. En cualquier caso, todos hacen prácticamente lo mismo. Es como si un ptolemaico y un creacionista se disputasen el dudoso honor de ejercer como referentes intelectuales. Durante unos años todos actuaríamos como si la Tierra fuera el centro del universo, y en la legislatura siguiente todos obraríamos como si el centro del universo fuese la Tierra. Y todos acusarían a los heliocentristas de ser los causantes de los errores que, con toda seguridad, arreciarían invariablemente cada vez que el geocentrismo decidiese utilizar unos cálculos equivocados. El ejemplo cobraría matices todavía más absurdos si los heliocentristas, que son los acusados, ni siquiera supusiesen una promesa lejana en el panorama electoral, apenas constituida por una minoría representativa, y solo sirviesen de chivo expiatorio, para hacer recaer la culpa sobre ellos, cada vez que dijesen que la Tierra gira alrededor del Sol. Pues bien, aunque parezca increíble, esto es precisamente lo que ocurre hoy en día con las democracias parlamentarias que gobiernan una buena parte de países occidentales. De igual modo, se culpabiliza a los neoliberales (los heliocentristas de la política) de ser los causantes de todas las crisis económicas, cuando en realidad jamás ha existido un gobierno mínimamente liberal. Todos los socialistas, de derecha o de izquierda, utilizan la política para intervenir masivamente en la economía de sus respectivos países, y acaban destruyendo todo aquello que tocan, y cuanto más destruyen, más insisten en decir que ellos son los únicos que pueden arreglarlo, y que son otros, los liberales desaparecidos, los que deben responsabilizarse de todas esas negligencias y desastres. Y cuanto más aúllan, más palmeros y adocenados surgen de entre las ruinas de los edificios y salen a recibirles, y por eso chillan todavía más fuerte, y por eso siguen disputándose el poder cual aves de rapiña y arruinando a la sociedad cada vez más, y volviendo a gritar a la menor oportunidad, en contra del capitalismo salvaje, que nunca termina de llegar.

Afortunadamente, hoy en día ya casi nadie piensa que Ptolomeo tenía razón cuando afirmó que la Tierra se encuentra en el centro del universo. Sin embargo, con respecto a la política no pasa lo mismo. El ideario social sigue anclado y aferrado a las concepciones religiosas de otras épocas, adorando al político como el sumo sacerdote, y deseando la venida del paraíso socialista que proclamaba Marx en sus ensayos filosóficos. Así es como progresa el mundo de la política. Así es como nos movemos todos los días, balanceados en medio de una inepcia infinita, movidos por dos estúpidos intratables, el ptolemaico y el creacionista, que se ofrecen la mano y se dan la vez en la cola del ministerio, antes de acceder al poder y repartirse la tarta parlamentaria.

Así las cosas, se entenderá que la ciencia básica constituya el último refugio que tenemos aquellos que, por una u otra razón, nos hemos deleitado alguna vez con la precisión y la belleza de una demostración matemática, pero también nos hemos interesado por el problema de la gobernación y por las cuestiones y matices de la política y la economía mundiales. A duras penas, resistimos por el día hablando sobre todos estos temas sociales tan espinosos, rodeados de estúpidos que repiten la misma salmodia de manera compulsiva. Pero al caer la noche necesitamos refugiarnos en las estancias que nos ofrece la lectura de un buen libro de Biología, o en el recuerdo agradable que rememora un pasado lleno de descubrimientos científicos y aperos materiales, lejos de las pamemas matutinas que nos aguardan al día siguiente al abrir el periódico.

Cuando solo me interesaba la ciencia básica, el mundo era mucho más tranquilo y gratificante de lo que es ahora. Recuerdo que en aquellos tiempos solía disfrutar del consenso y el esfuerzo conjunto de todos los científicos por encontrar la verdad, y me maravillaba con ese tesón mucho más de lo que lo he hecho nunca con mis propios empeños. Pero por desgracia, en algún punto de ese peregrinaje, la vida se truncó para mí, irremediablemente. Todo se volvió más oscuro y complicado en el momento en que empecé a interesarme también por las ciencias sociales. En estas no hay consenso que valga. Todos están en contra de todos, nadie parece agradecer las contribuciones de los demás, y da la impresión de que jamás se admirarán los logros intelectuales que consigue el hombre cuando se interesa por conocer la verdad. Recuerdo cómo se me quedaba el cuerpo hace algunos años, el entusiasmo que me embargaba cada vez que leía algún artículo nuevo que resumía los hallazgos que se iban publicando en torno a la Física y la Biología más punteras. Ahora en cambio tengo que aguantar la ligereza con la que algunos académicos y profesores afirman que el socialismo es una teoría científica completamente racional (la ciencia básica también debe hacer frente a la superstición que viene de fuera, pero en el caso de las ciencias sociales la situación es más grave: la superchería y la irracionalidad están infiltradas en el corazón de las universidades). Tengo que asumir que los mitos y las creencias más infundadas que uno se pueda imaginar –la deuda se corrige con mas deuda, la pobreza se soluciona subvencionando a los pobres, la falta de bienes se arregla fabricando papelitos de colores y monedas de metal acuñado- acaben siempre sustituyendo a las ideas razonables, y ocupen todo el espacio intelectual que en principio debería estar reservado a éstas. Y por si ello todavía no fuera poco, tengo que lidiar con esas opiniones que, incluso cuando coinciden en lo fundamental con las mías, a sus defensores les importan tanto los detalles y quieren distinguirse tanto de mí, que no me conceden ni siquiera una mínima tregua, y prefieren distanciarse mucho más de lo que lo hacen aquellos que nunca han dicho nada que tenga el más mínimo parecido con lo que afirmo yo.

Se fueron los tiempos en los que todo era más sencillo y diáfano, cuando un átomo era un átomo, una gacela era un bóvido de tamaño medio, y un Kiwi suponía un ejemplo delicioso de evolución. Quisiera recuperar aquellos tiempos primorosos, quisiera volver a sentir lo que me sugería la vida de entonces. Pero a la vez me veo abocado a seguir discutiendo sobre economía y política, y creo que nunca podré atraer a estas ciencias el sentimiento general de orgullo que me invadía cada vez que decidía sumergirme en la lectura de algún libro de Carl Sagan, o cuando me entretenía leyendo las obras completas de Ramón y Cajal. En la ciencia se da un consenso, una honestidad intelectual, una claridad de exposición, y una aceptación de las verdades del otro, que no existe en el ámbito de la política y la economía. En este caso, solo cuando contemplo la ciencia básica y la comparo con la política, me doy cuenta de las diferencias que separan a ambas, y constato de inmediato la importancia que tiene aquella manida frase que pronunciaban todo el rato nuestros abuelos y allegados más ancianos, pero que entonces casi nadie de nosotros comprendía. Y es que, cuando se trata de analizar las experiencias que uno ha tenido al intentar entender el mundo, solo cabe afirmar una única cosa, que todo tiempo pasado fue mucho mejor.

No obstante, no quiere decir esto que no me emocionen también las lecturas que ahora hago de algunos autores, economistas y sociólogos reputados. Lo único que ocurre es que esta vez soy consciente de que formo parte de una minoría ninguneada e incomprendida, y me embarga la misma sensación de desamparo que seguramente atormentó también a Gionardo Bruno mientras recorría los senderos del conocimiento en medio de un huracán de ignorancia y oscurantismo. Salvando las distancias, yo también echo en falta la sensatez del hombre, la cortesía del científico moderado y juicioso, y las razones que justifican el método y el anhelo que anticipa la elaboración de una teoría integral. En mi caso, añoro aquellos discursos de otros tiempos, cuando solo me interesaba la estructura interna de los átomos, y cuando todos aceptábamos las evidencias físicas, la existencia de protones y neutrones, y la necesidad de seguir investigando y consensuando en la misma dirección. Me gustaría que esos mismos razonamientos se aplicasen también en el ámbito de las ciencias sociales, que fuéramos capaces de comprender el mundo que nos es más cercano, y que aceptásemos los únicos valores que permiten el progreso y el desarrollo armonioso de todos los Estados. Normalmente, se piensa que las ciencias más complejas no pueden gozar del mismo asidero y seguridad que otorga solidez a las teorías que se proponen en el entorno de las disciplinas más exactas. Pero en relación con los principios, todas las ciencias son iguales. Los principios siempre son sencillos y siempre se pueden conocer de manera fehaciente. Me gustaría que se pudiese comprender el principio social que representa la soberanía del individuo, la mayor realidad de todas, la existencia de entidades individuales, de átomos independientes, de personas responsables, y de seres libres y felices. Y por encima de todo, me gustaría que dejásemos por fin de organizar esos rituales colectivos y esos aquelarres electorales que solo consiguen que los políticos se den un baño de masas detrás de otro, que sus feligreses apoyen y aplaudan ese sentimiento de unidad que acaba por excluir cualquier libertad y cualquier volición, y que todos terminemos esclavizados y absorbidos por la grey que pace tranquila al cuidado del tonsurado, dispuesta como una sierva voluntaria o como una puta agradecida. Me gustaría que todo eso dejase de existir. Sin embargo, soy consciente de que mis reclamos quedarán ahogados por los chillidos de la masa enfebrecida que siempre se agolpa en torno al sacerdote. Reconozco que ese mundo con el que sueño, y en el que creo, está todavía muy lejos de hacerse realidad.

En lo que respecta a los políticos y a las mayorías que les aclaman y les eligen, vivimos todavía en una época medieval, adoramos a un líder supremo, esperamos la inminente venida de un nuevo salvador, estamos permanentemente eligiendo a otros representantes, poniendo todas nuestras esperanzas en ellos, como si todo dependiera de su mandato, como si todo fuera obra de un gran hacedor, y como si nosotros solo pudiéramos actuar movidos por su voluntad, al socaire de sus decisiones divinas, adormecidos por esa placidez colectiva que exculpa toda responsabilidad y que atrae a todos los tiranos. Si uno se atiene a la realidad que observa a diario, constata una naturaleza humana ahíta de tendencias serviles, y no le quedan muchas ganas para la esperanza y el optimismo.

Se ha hecho tarde. La noche se acerca. Me refugio otra vez en mis lecturas científicas. Ya es hora de dejar de lado las reflexiones políticas. De repente, doy un respingo de gigante, atravieso en un momento un periodo de varios siglos. La ciencia avanza que es una maravilla. Devoro las últimas novedades que han salido en torno a la teoría del quantum. Apenas me acuerdo ya de las disputas y los aquelarres que organizan por el día los santones del socialismo y los bufones del Estado. Mañana será otro día. Tengo que renovar las fuerzas. Las luchas medievales me dejan exhausto.

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La deflación, el fracking y los tontos

fracking-bajo-sospecha-el-paisUna de las noticias más interesantes que nos ha deparado este último año ha sido la bajada paulatina del precio de los carburantes y todos sus derivados, como consecuencia del uso de la técnica del fracking y la mejora de la explotación de los yacimientos de petróleo y gas que tienen repartidos por todo su territorio los Estados Unidos. El interés de esta noticia se debe a varios motivos. Esa bajada afecta a todos los sectores de la economía. La producción energética es, con diferencia, la elaboración industrial más importante de todas. Pero esta bajada también tiene otra consecuencia reseñable. Es la constatación de un éxito maravilloso. Durante muchos años distintas empresas de Estados Unidos han venido invirtiendo en el desarrollo y la mejora de las técnicas que, a la larga, han permitido abaratar enormemente los costes de extracción de crudo. El hecho de que ahora todos los consumidores disfrutemos de un poder adquisitivo mayor y de un bienestar más generalizado se debe sin duda al éxito de la ciencia, la investigación, el ingenio humano y el afán competitivo de una serie de instituciones y empresarios que han demostrado sobradamente su valía, y que nos han enseñado lo importantes que son estas cualidades y estas iniciativas a la hora de poder ofrecer a las personas una vida más satisfactoria. Además, todas estas consecuciones también cobran más importancia por cuanto que ponen de manifiesto la gravedad del dispendio y la estafa que han venido cometiendo con sus ciudadanos todas aquellas dictaduras y pseudodemocracias que se han aprovechado de los precios inflados del petróleo para poner en marcha sus proyectos megalómanos y sus medidas intervencionistas.

Pero la estupidez que se deriva del uso masivo del petróleo no afecta en exclusiva a los países y las repúblicas bananeras. También en aquellas naciones que han salido beneficiadas, donde se ha demostrado que la técnica y el libre mercado constituyen condiciones necesarias para que la gente viva cada vez mejor, han aparecido popes de todo tipo que nos han querido advertir de los supuestos peligros que estarían detrás de la bajada continuada del precio de los bienes y servicios que dependen de los carburantes. Como siempre, no faltan tontos que prefieren recibir los parabienes del progreso anunciando todo tipo de cataclismos mundiales e invocando aquellas otras medidas que avocan sin duda al fracaso de las naciones y al atraso de las sociedades que las adoptan.

Una de las filfas más frecuentes que se han escuchado estos días en torno a la noticia que aquí nos ocupa es esa que dice que la deflación, si se prolonga y se agudiza, constituye una situación tan perjudicial al menos como la que se ocasiona con la inflación que la suele preceder. Resulta increíble que este tipo de pronósticos estén avalados por economistas y escuelas de pensamiento que en principio deberían tener algunas nociones básicas de la materia en la que son expertos y a la que dedican sus esfuerzos. En general, se suele hacer un diagnóstico muy simplista de todo este asunto. Ni la deflación ni la inflación son de por si malas o buenas. Estas consideraciones dependen siempre de varios factores. Un análisis más profundo nos lleva a enumerar cuatro causas principales. La variación del valor de los bienes puede tener motivos naturales, si no existe intervención estatal, o motivos artificiales, cuando sí existe una manipulación deliberada de la economía que no se ajusta a la oferta y la demanda reales. Además, dicho precio también fluctuará en función de la propia oferta y demanda naturales. Los cambios que dependen solo del oferente o del demandante de bienes, del aumento de la producción real o del incremento de la demanda, no son en ningún caso variaciones problemáticas. Se adecúan a una situación auténtica, y por tanto no deparan peligros ulteriores que deban ser subsanables o que puedan evitarse. Los verdaderos problemas solo pueden provenir de la manipulación artificial de los precios, y solo se producen cuando dicha manipulación conlleva un aumento desproporcionado del consumo (que provoca una inflación artificial) o de la producción (que propicia una deflación igualmente falsa). Solo cuando hay un aumento anormal del consumo y la producción, cuando los consumidores son incitados a comprar pensando que obtendrán mayores beneficios, o cuando el gobierno estimula determinadas industrias, haciendo que parezca que existen bienes que realmente se necesitan o se demandan, solo en esos casos se llevan a cabo inversiones que tarde o temprano se acaba demostrando que son infructuosas y ruinosas. Pero si se especula para contraer el consumo y la demanda, absteniéndose de comprar, o si se contrae la oferta y se deja de producir por los motivos que sean, en ningún caso eso estará forzando una situación irreal que suponga un problema grave de mala inversión. En ninguno de estos casos se incurre en un gasto excesivo ni se vive por encima de las posibilidades. Aunque la producción o el consumo se contraigan por motivos artificiales, esto no supone nunca un problema verdadero, ya que no existe despilfarro, ni se incurre en un esfuerzo inútil del que haya que arrepentirse. Al contrario, se genera ahorro y se sientan las bases para un desarrollo ulterior mucho mayor. No obstante, ningún gobierno manipula la economía para contraer la producción o la demanda netas. Todos quieren disparar el gasto. Solo cuando se incita al consumo o la producción desmedidas, y se implementan medidas keynesianas que aborrecen el ahorro, se está preparando el caldo de cultivo necesario para que se avecine la debacle y se inicie la crisis económica.

La bajada del precio del petróleo a la que estamos asistiendo en los últimos tiempos se debe a un factor económico real: el aumento de la producción como consecuencia de la mejora técnica. Todos los que interpretan esa bajada como un peligro, afirmando que la deflación que acarrea supone siempre un problema grave, en absoluto entienden nada de lo que dicen, aunque se digan economistas reputados. La deflación nunca es mala de por sí. Es necesario analizar las causas de la misma para poder hacer esa valoración. No es mala si se produce como consecuencia de una situación real, de una producción saneada (caso de los carburantes extraídos por la técnica del fracking). Pero además tampoco sería mala si se produjese porque el consumidor, deliberadamente, intentase especular y se abstuviera de consumir, a la espera de que los precios siguiesen bajando. Aunque estos precios no se redujesen nunca, y aunque las predicciones del consumidor se demostrasen falsas, y su especulación artificiosa no se basase en hechos reales, en ningún caso se estaría produciendo un despilfarro grave de recursos. A lo sumo, el consumidor ahorraría un dinero que tarde o temprano tendría que invertir en algún otro servicio o sector. Conviene repetir una vez más que el único problema proviene del despilfarro que se produce como consecuencia de la intervención de la economía y de los precios, cuando el Estado subvenciona una industria paupérrima que no tiene una demanda real, o cuando el consumidor especula con los precios y compra determinados bienes, creyendo que estos van a seguir subiendo eternamente, y se encuentra un buen día con que tiene que vender unas posesiones que valen mucho menos de lo que él esperaba. Continuamente salen economistas que afirman que existe un riesgo real en la especulación que hacen los consumidores cuando se abstienen de comprar esperando que los precios sigan bajando, como si esta suposición fuese igual que esa que se produce cuando dichos consumidores invierten en un bien porque creen que va a subir de precio. Es necesario decirles a todos esos profesionales de pacotilla que el ahorro que va asociado a la deflación nunca puede ser un problema. No es lo mismo promover el gasto y favorecer la subida de precios, que estimular el ahorro y la bajada de los mismos. Normalmente, los keynesianos lo arreglan todo fomentando un gasto y un dispendio desproporcionados, tanto cuando existe inflación como cuando existe deflación. Pero el único problema real es ese gasto desproporcionado e incondicional, no el ahorro disforme que puedan hacer productores y consumidores. El ahorro siempre agranda la cadena de producción y siempre sienta las bases para una fabricación futura más efectiva. Y la deflación es el primer síntoma de todas estas siembras productivas. El único problema real es el keynesianismo, y toda la estela de académicos paniaguados y políticos aviesos que, al socaire del mismo, intentan obtener algún beneficio rápido y fácil, al tiempo que ofrecen al votante o al ciudadano una imagen distorsionada de la realidad, basada en un gasto y unas expectativas prometedoras, que acaban siendo pan para hoy y hambre para mañana. Ese es el único motivo de todas las crisis financieras y de todo el sufrimiento asociado a las mismas.        

 

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Librería: Física

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  • Thorne Kip S., AGUJEROS NEGROS Y TIEMPO CURVO
  • Susskind Leonard, LA GUERRA DE LOS AGUJEROS NEGROS
  • Wheleer, UN VIAJE POR LA GRAVEDAD Y EL ESPACIO TIEMPO
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Los límites de la libertad de expresión

Libertad de expresion iiEstas Navidades serán recordadas para siempre como las Navidades en las que Occidente comenzó a desperezarse de su sueño idílico e ilustrado y su época de las luces, y se avino con una realidad esencialmente distinta, la del terror, la superstición y la barbarie yihadista. Es preciso que nos demos cuenta de una vez por todas de que los principios en los que siempre se ha basado nuestra cultura occidental, el arjé griego, el concepto de democracia, la isonomía legal, no son situaciones que debamos de ningún modo dar por hechas. Hay todo un mundo de bárbaros esperándonos ahí afuera. Las hienas nunca desesperan; tienen mucho menos que perder que nosotros. Debemos hacernos a esa idea. De ello depende también nuestra propia supervivencia.

Los tres Reyes Magos, que otros años recibían a los niños de todo el mundo y les colmaban de regalos y presentes, se han trocado esta vez en tres representantes orientales muy distintos. Su número no ha variado, así como tampoco lo ha hecho el color de su piel (dos de ellos tenían la piel blanca mientras que el tercero también era de un color negro intenso, casi azul). Pero su cometido y su mensaje ha sido el opuesto de aquel que llevaban los reyes que se acercaron a visitar a Jesús de Nazaret el día de su nacimiento. Aquellos le llevaron presentes que simbolizaban la riqueza y la prosperidad de sus respectivas naciones, y le transmitieron la noticia de que las religiones paganas del extranjero y los pueblos vecinos aceptaban con alegría el nuevo credo que acababa de nacer. En cambio, estos que ahora nos han visitado, los asesinos que irrumpieron hace unos días en las instalaciones del semanario Charlie Hebdo, masacrando a todos los periodistas que se encontraban en el camino, han venido a decirnos que los islamistas jamás admitirán una religión y una cultura que no siga al pie de la letra los preceptos de Mahoma. Sin duda, los niños de estas Navidades, todos los adultos que acabamos de perder la inocencia, recordaremos con tristeza a los reyes que este año nos han visitado, los veremos como las personas que un día acabaron con la vida tranquila que todos disfrutábamos, y con la seguridad aparente de la que creíamos disponer. No obstante, este suceso también tiene una cara más positiva, el ataque del que hemos sido objeto nos permitirá estar más atentos a partir de ahora, contribuyendo de ese modo a acrecentar la poca seguridad que aun nos queda.

El mensaje que nos han trasmitido estos príncipes de Belcebú es un mensaje completamente inaceptable. La libertad de expresión no se puede limitar tal y como ellos quieren que se haga. Nadie me va a decir en qué tengo que creer, y menos aun si esta creencia que se me quiere imponer es fruto de la más absoluta de las ignorancias.

La libertad de expresión que conceden las constituciones occidentales, que rigen la vida de todos los ciudadanos que habitan en dichos territorios, debería ser una premisa básica, transparente y clara. Dicha libertad se deriva directamente de ese otro arbitrio más fundamental que se sustenta en el derecho que tienen las personas a existir y a vivir. La existencia se extiende y se materializa solo gracias a la libertad de expresión. Por tanto, esta libertad debería ser diáfana, y no debería tener grises ni ser objeto de ambigüedades. Sin embargo, por toda Europa surgen ahora debates que revelan las grandes diferencias que se dan entre los propios occidentales a la hora de definir los límites de la libertad que dicen disfrutar. En cierto modo, esto es otro atentado contra la libre expresión, uno que se comete alevosamente y que se sustenta en la traición de los propios representantes de la libertad. A los que creemos de verdad en dicha libertad, nos urge la necesidad de aclarar cuáles son los términos y las fronteras que deberían determinar uno de los bastiones más importantes de nuestro modelo de vida. Es perentorio que ofrezcamos una solución inmediata.

Sin duda, la libertad de expresión tiene ciertos límites que no se pueden traspasar. Solo un estúpido puede abogar a favor de una libertad absoluta. La cuestión principal y más importante reside en saber dónde hay que poner esos lindes. Existen algunas opiniones que aducen que dichos límites se alcanzan cuando alguien hiere la sensibilidad de otras personas. Pero este es un límite demasiado ambiguo e incierto. La sensibilidad de las personas tiene un arco muy amplio. Si ponemos ahí el límite acabaremos cargándonos la libertad de expresión, la cual no puede depender de lo que le parezca a unos y otros, en base a lo que consideren que les puede herir.

Otros dicen que nadie debería poder mofarse de las creencias más sagradas que amamantan el anhelo y la esperanza de algunos colectivos. Pero también aquí es imposible determinar un límite realmente claro. Las creencias pueden llevar a cometer muchos crímenes, y cada cual interpreta las mismas como le viene en gana. Si impedimos que la gente se mofe de las creencias religiosas de otras personas, estamos abriendo la espita para que una infinidad de indeseables se cuelen en nuestras casas y se atrincheren detrás del respeto que exijan hacia sus creencias, aunque con ellas quieran eliminar de un plumazo las que nosotros tenemos.

Otra alegación que se hace al objeto de saber donde están los límites a la libertad de expresión, afirma que estos deben tener en cuenta que no se puede hacer ningún tipo de generalización. Así, si yo critico a la sociedad árabe en su conjunto, porque promueve la creación de una serie de sistemas políticos en los que la religión determina profundamente la vida pública, y en donde se imponen una serie de tradiciones sagradas que laminan la libertad de los individuos de modo que nadie puede ir en contra de las obligaciones arbitrarias de dichas religiones, algunos piensan que esa generalización es del todo indebida, ya que dentro de las sociedades también hay personas bastante más moderadas, y además también existen países árabes que no resultan tan restrictivos. Pero estas admoniciones a la libertad de expresión también son del todo falsas. Para empezar, la generalización no es siempre una actitud incorrecta. Evidentemente, siempre van a existir excepciones de todo tipo, pero estas no pueden impedir que hagamos un análisis conjunto. Si no generalizásemos, no podríamos denunciar aquellos casos en los que, mayoritariamente, se cometen negligencias y abusos palmarios. Igual que existen individuos relativamente indeseables, también existen sociedades y culturas más indeseables que otras. Si no ponemos en el punto de mira a estas sociedades, abdicaremos de nuestra responsabilidad como garantes y representantes de los derechos más fundamentales del hombre, y no podremos quejarnos luego de que vengan a matarnos si osamos ofender la sensibilidad de determinados grupos religiosos o fascistas. Friedrich Hayek, en la introducción que hace a su libro Los fundamentos de la libertad, nos advierte y nos persuade de la necesidad que existe a veces de considerar en su conjunto a toda la sociedad: “Lo que una sociedad libre ofrece al individuo es mucho más de lo que podría conseguir si tan solo él gozara de libertad. Por lo tanto, no cabe apreciar plenamente el valor de la libertad hasta conocer cuanto difiere una sociedad de hombres libres de otra en que prevalezca la ausencia de libertad”

Por consiguiente, ya sabemos donde no debemos poner los límites a la libertad de expresión. No se puede impedir la denuncia conjunta de determinados regímenes o colectivos inaceptables. No se puede apelar a la sensibilidad subjetiva de los individuos. Y tampoco se pueden usar las convicciones más sagradas como escusa para no recibir ninguna crítica. Ahora, quedaría por saber lo más importante de todo, dónde hay que poner esos límites. Para ello, creo que es conveniente que determinemos con antelación cual es el motivo de nuestra detracción, es decir, a quién estamos ofendiendo con nuestras denuncias. Eso debe ser lo único que fije la legitimidad de las admoniciones que hagamos. Si nos burlamos y caricaturizamos a Mahoma, en clara alusión a los crímenes que en su nombre se están cometiendo en todo el mundo, no podemos afirmar que eso va en contra del respeto de las creencias de otras personas, porque precisamente estamos denunciando una realidad que atenta gravemente contra ese respeto. Ahora bien, si nos burlamos de los muertos inocentes que se producen en las guerras religiosas, a cuenta del profeta, en ese caso sí estaremos sobrepasando claramente los límites de la libertad de expresión, en cuyo caso será deseable y justo que se nos impida hacer bandera de tamaña barbaridad.

La libertad de expresión será legítima si no instiga su propia reprobación. Mofarse de la religión y los gustos del creyente es un ejercicio legítimo de libertad, por mucho que les duela a algunos. En cambio, defender y hacer apología de una creencia que asesina a hombres y niños inocentes en todo el mundo, no es en absoluto justificable. La burla de la religión no puede estar limitada por las sensibilidades subjetivas de los creyentes, porque entonces lo estará también cualquier crítica que se haga a las ideas de la gente. Lo que debe estar penado es la apología que vaya en contra de la propia libertad de expresión, y no aquella que se limite a ejercerla. Esa es la única referencia objetiva, y deberá ser la única consideración que hagamos al objeto de limitar la libertad.

El respeto de la libre expresión afecta solamente a las personas que respetan y aceptan cualquier crítica de sus valores, aunque ésta apele a lo más sagrado de sus creencias. Pero el respeto no puede extenderse a todos aquellos que afirman que hay que mofarse también de las víctimas que caen a manos de criminales y asesinos, porque entonces estamos yendo en contra del propio principio que decimos respetar. La apología del terrorismo, la justificación de ciertas sociedades mayoritariamente tiránicas, la mofa de los muertos que caen a manos de los asesinos de toda índole y religión, o la violación de los derechos más fundamentales del individuo, son albedríos que van claramente en contra de la libertad que deben aspirar a tener los seres humanos, y no se pueden admitir.

El día que Occidente encuentre el hontanar del cual ha surgido, y haga hincapié en su acrecentamiento, ese día habremos despejado el camino que conduce directo al mar de la tranquilidad, lugar en el que todos acabaremos entendiendo por fin en qué consiste el respeto de las convicciones del prójimo, en qué se fundamenta el desarrollo de nuestra civilización, y cuáles son los límites objetivos de la libertad. Como dice Hayek: «Si no se concediese la libertad, incluso cuando el uso que algunos hacen de ella no nos parece deseable, nunca lograríamos los beneficios de ser libres, nunca obtendríamos esos imprevisibles nuevos desarrollos cuya oportunidad la libertad nos brinda»

Me parece indigno que, en nombre de esa libertad, se quiera equiparar a todas las personas y a todas las sociedades, que solo se pueda generalizar si es para decir que todos son igual de buenos, que no se pueda criticar al Islam pero en cambio si se pueda mofar uno del Papa, que se critique a los liberales tachándolos o confundiéndolos con los conservadores, y luego se defienda y se minimicen los riesgos de una religión islámica que, en el mejor de los casos, es tan conservadora como aquellas que suelen imaginarse cuando se critica el cristianismo. Eso es lo que me parece indignante e hipócrita.

Ninguna sociedad libre se podrá defender jamás si los imbéciles que la integran achacan cualquier ataque externo a ciertas fuerzas conspiranoicas que según ellos confabulan y preparan en la sombra los propios atacados. Cada vez que se produce un nuevo atentado surgen inmediatamente muchos voceros que afirman que éste ha sido provocado sin duda por los propios paises occidentales, con el objeto de justificar luego sus ataques y sus defensas frente a los asaltantes. De este modo, con este tipo de argumentaciones, no hay manera de poder luchar a favor de ningún principio, porque siempre se nos acusará de combatir a nuestros enemigos con la fuerza ilegítima que se asigna a aquellos que se supone que son los promotores últimos de todas las matanzas.

Algunos biempensantes de Occidente intentan comparar a los curas pedófilos con los yihadistas que asesinan a los niños. Otros afirman que Europa también tiene muchas cosas de las que avergonzarse y arrepentirse, por ejemplo, el fascismo y el nazismo. Pero no se dan cuenta de la diferencia sustancial que existe entre estas dos realidades que intentan equiparar. En nuestros países occidentales un cura no puede imponer un decreto político que apruebe y que obligue a desvirgar y violar a todas las niñas púberes. En cambio el islamista si está amparado por legislaciones y leyes que imponen de manera absoluta el asesinato de los homosexuales, los católicos y las mujeres violadas. Esta es una diferencia radical, y quienes no la ven están demostrando que no entienden en absoluto el significado y la necesidad de la separación de poderes y la justicia igualitaria. Por su parte, aquellos que nos intentan recordar que Europa también ha sido el origen de profundas y abyectas tiranías, deberían tener en cuenta que fue la propia sociedad occidental la que se levantó en contra de las mismas, y la que consiguió vencerlas y erradicarlas de manera definitiva. Sin embargo, en muchos países musulmanes siguen vigentes unos regímenes tan atroces al menos como los que se instauraron durante algunos lustros en el continente europeo, y en este caso, nadie hace nada para impedirlo. Todas estas diferencias radicales representan el alegato más importante que se puede hacer a la hora de proteger y amparar nuestras libertades, y aquellos que no hacen estas distinciones están comprometiendo gravemente los derechos más fundamentales del hombre, están favoreciendo el avance de las sociedades más despreciables que existen, y están conspirando, junto con todas las hienas miserables de este mundo, para que no seamos beneficiarios de esos derechos básicos. En este sentido, se les debería considerar iguales que los asesinos. En ese caso sí que no hay distinciones posibles. Los terroristas de la yihad, y aquellos que los justifican, los permiten, los disculpan, no los identifican claramente, ni identifican el caldo de cultivo y las causas sociológicas a partir de las cuales se han originado (la cultura árabe), son en el fondo tan culpables los unos como los otros.     

Me preocupa que haya personas dispuestas a defender la libertad de expresión, pero que al mismo tiempo intenten ocultar las diferencias evidentes que existen entre una sociedad esencialmente libre, donde la religión hace mucho que dejó de influir decisivamente en la vida política, y otra en la que se impone mayoritariamente un régimen teocrático indeseable, donde las mujeres son lapidadas o se permite que vivan con la condición de que vayan siempre tapadas, como si fueran muebles de mudanza. También me parece absurdo, y muy ignorante, mezclar liberalismo con creacionismo y conservadurismo, toda vez que no tienen nada que ver. Precisamente, los liberales defendemos una sociedad que no esté regida por ninguna religión laica o divina (como actualmente pasa en muchos países árabes). Quienes defienden el relativismo cultural, el odio a occidente, la auto flagelación y la equiparación de sus sociedades con la cultura musulmana, los progres y los multiculturalistas que ahora están saliendo en todos los medios de comunicación para denunciar la respuesta que se empieza a ver contra el mundo islámico, son los que están mas próximos al conservadurismo y el creacionismo cultural, ya que no se percatan de la gravedad de una religión y unas creencias que quieren imponérsenos a todos por la fuerza, a través de la política. Ese comportamiento melifluo e irresponsable de los occidentales es el que de verdad aboga por conservar unas tradiciones fanáticas. Es un caballo de Troya en contra de la libertad de expresión. Nuestros propios amigos y paisanos intentan ahora convencernos de que la libertad consiste en un respeto absoluto hacia todos los hombres de la Tierra, como si todos ellos fueran dignos de dicho respeto, o como si no hubiese sociedades enteras que, a día de hoy, todavía impiden que los ciudadanos crean y hagan lo que les de la gana, bajo pena de muerte.

 

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La barbarie del islamismo y la estulticia medrosa de Occidente

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Nada menos que doce personas han muerto ayer en un ataque brutal contra la sede parisina del semanario satírico Charlie Hebdo, que había sido objeto de amenazas en el pasado por haber publicado caricaturas de Mahoma. Todas las fuerzas policiales de la capital francesa están en máxima alerta. No obstante, sobre lo que se quiere alertar en este artículo, y lo que debería ser el motivo más importante de nuestras cuitas, es la muerte de una víctima mucho más grande, la muerte de la sociedad entera, la sociedad occidental.

Una de las cacas más grandes y malolientes que existen en este mundo de mierda, es esa idea que excretan algunos biempensantes occidentales, en torno a la cual esperan erigir una versión propia de la defensa que, según ellos, abogaría a favor de las verdaderas libertades del ser humano, afirmando que todas las sociedades son equivalentes culturales respetables, que en realidad solo existen unos pocos grupúsculos incorrectos que cometen barbaridades, y que por tanto no es conveniente dibujar el escenario de una batalla general. De este modo, aducen que no es cierto que estemos asistiendo a un choque de civilizaciones que enfrenta a dos culturas y dos formas de ver la vida básicamente opuestas, por un lado la que se ha bruñido y ha triunfado en los últimos siglos alrededor de Occidente, siguiendo las enseñanzas de Locke, Hume y otros padres del liberalismo anglosajón, y por otro lado la que ha calado en el corazón y el ADN de una gran parte de la sociedad oriental, complacida y fanatizada por las enseñanzas de profetas y turiferarios mahometanos, heraldos todos ellos de unas creencias religiosas ignominiosas e intolerantes. Y es que algunos siguen empeñados en defender ese aborto intelectual que parió hace ya algunos lustros la élite política de Europa, conocido como alianza de civilizaciones, y que tantos adeptos y seguidores tiene también en nuestro país (aún se recuerdan las égidas que llevó a cabo el insigne Zapatero, caballero donde los haya, hombre de honor y leal amigo de las causas que fijan sus empresas allende los mares). Sin embargo, dicha concepción no es más que la muñiga infecta de un relativismo cultural que se afana en abrogar los principios más objetivos de la libertad, con la escusa del respeto y la moderación. El fanatismo islamista tiene en Europa un amigo de juegos incondicional, que la mayoría de las veces demuestra una fidelidad rayana en lo absurdo.

Aún están calientes los cuerpos de los diez periodistas que ayer escribían y dibujaban libremente en la revista Charlie Hebdo y que hoy han entrado a formar parte del tesoro de trofeos humanos que enarbola jubiloso el victimario musulmán, y ya han salido a la palestra algunos compañeros y medios de comunicación para reivindicar el respeto de todas las culturas y religiones y el anhelo de una alianza de civilizaciones incondicional.

En el mundo existen dos tipos de personas despreciables, los “valientes” que asesinan a sangre fría a seres humanos indefensos, y los cobardes que miran para otro lado y esperan que no les toque a ellos la próxima vez. Los terroristas musulmanes pertenecen a la primera categoría, y los ciudadanos europeos, que se abstienen de condenar tajantemente los orígenes culturales de esos sanguinarios y malnacidos, se adscriben sin duda a la segunda clase. Todas las tiranías se alimentan con estos dos tipos de visaje. Cuando Hitler ascendió al poder y masacró en los campos de concentración a millones de personas, la sociedad alemana en general estaba mirando para otro lado, justificaba los crímenes de lesa humanidad utilizando cualquier disculpa que encontraba, o simplemente no quería enterarse de nada. No es que no supiera lo que estaba pasando, lo sabía o lo intuía, pero le daba igual. No quería enfrentarse a la realidad. Solo un imbécil puede pensar que los nazis pudieron haber erigido por todo el país esas catedrales de Belcebú, donde se quemaban todos los días decenas y centenas de judíos y disidentes, al mismo tiempo que ocultaban a la población toda la infraestructura, el apoyo logístico, y el abastecimiento industrial que las mismas requerían. Solo un estúpido puede pensar que el nazismo fue obra solo de un grupo de asesinos. Los campos de concentración fueron el resultado de una sociedad envilecida y aborregada, que por un lado asesinaba en masa a la población, y por el otro cerraba los ojos y miraba para otro lado, o seguía con su vida hedonista como si tal cosa. Pues bien, en el caso de los islamistas pasa exactamente lo mismo. Algunos grupos de personas son capaces de asaltar las embajadas y los periódicos de todo el mundo, poniendo en jaque su propia vida y jugando con la muerte como si no les fuera la vida en ello, preocupados únicamente por saber cuántas esclavas y rameras van a poder tener en el paraíso que esperan alcanzar. Pero tampoco hay que ignorar el caldo de cultivo en el que esos fanáticos se han criado. No hay que minusvalorar el poder de una sociedad entera, enferma y carcomida por el odio a Occidente y a todo lo que tiene que ver con las libertades y los derechos fundamentales del hombre, y analfabeta por tantos años de adoctrinamiento y prohibiciones. No hace falta que sus ciudadanos se encorseten un cinturón de explosivos alrededor del cuerpo y salgan a matar infieles. Basta con oír su silencio, o con apreciar las diversas manifestaciones y expresiones de alegría que se producen en muchos países árabes después de estas masacres. Es verdad que a veces también se producen condenas directas, pero la tónica general no suele ser esa (apenas hay algunos que saben balbucear los principios que sostienen a una civilización realmente libre; esto se ve sobre todo en el trato que dan a las personas más indefensas, los niños y las mujeres). Igual que hay individuos y asociaciones de malhechores que ejercen el asesinato sin ninguna contemplación, también hay sociedades enteras que están podridas y enmohecidas por dentro, aunque por fuera aparenten una cierta solidez. Un buen grupo de países árabes pertenecen a ese género. Y un buen grupo de medios de comunicación, voceros políticos, mojigatos blandengues, cobardes imberbes, y ciudadanos occidentales contribuyen a engordar las filas de ese fanatismo con su negativa a condenar y aceptar el origen sistémico y sociológico de la bazofia intelectual y moral que representan algunos exponentes y grupúsculos asesinos. Con todas esas apreciaciones amaneradas y esos eufemismos hipócritas que evitan la crítica de ciertas sociedades y culturas, los europeos están convirtiendo Occidente en la segunda patria de los ayatolás, y están alisando el terreno para la segunda venida del profeta Mahoma.

El asco profundo que me producen los asesinos que ejecutan a periodistas, y todos los que quieren que solo se expresen aquellos ciudadanos que reproducen como papagayos las enseñanzas de la Sharia islámica, se ve acrecentado infinitamente por el desprecio que me provoca la visión de una sociedad occidental claudicante, que prefiere tragarse las heces que han desalojado los esfínteres aflojados de los finados que los terroristas arrojan en los portales de sus casas, a combatir a esos terroristas allí donde éstos se han venido fraguando. La fuente más importante de ese odio a Occidente se encuentra en aquellas sociedades donde no existe ya ningún atisbo de esperanza o de respeto, donde se acepta por término general la vejación de las mujeres y la mutilación de las niñas, y donde ya hace tiempo que se dio la espalda a los derechos humanos, bien porque sus comunidades están dominadas por una élite de dirigentes y predicadores embrutecida, o bien porque están compuestas por un rebaño de acémilas o ciudadanos que se han olvidado de dichos derechos, que no los quieren recordar, o que los rechazan fervientemente después de adscribirse a un fanatismo ignorante que les induce a matar a todos los que no congenien con sus ideas. De esto no se libra nadie. La masa enfervorizada utiliza indistintamente las mezquitas y las iglesias, o los cenáculos de los ateos y los racionalistas extremos. Unas veces piden a Dios que siga permitiéndoles masacrar a los infieles (el fanatismo oriental), y otras que no se juzgue demasiado duro a esos sanguinarios y asesinos, en nombre del progreso y la moderación racional (la mojigatería occidental). Al parecer, en el reino de los cielos, ya sea porque haya que destruir al apóstata o porque haya que perdonarle, la primera consigna a tener en cuenta a la hora de ser recibido es la que favorece la multiplicación y promueve la barbarie religiosa, y la que defiende a los sanguinarios y los criminales, de manera directa, o por medio de la complacencia, el indulto irresponsable, o el boato almibarado (que merma siempre la defensa que aleja a esos asesinos). El mundo está lleno de feligreses y devotos, que unas veces matan sin compasión, y otras favorecen esos asesinatos en nombre de la compasión y el perdón.

Occidente ha alcanzado un grado de desarrollo y civismo que no tiene parangón en la historia del mundo. Pero también ha pagado un precio muy alto. Los mismos modales que han conducido al respeto de todas las creencias, también están llevando a la sociedad por unos derroteros bastante peligrosos, que hacen que se olvide de las ideas que le han permitido progresar. Cuando se tiene el respeto como la más elevada de las máximas, también se puede cometer el error de pensar que dicho respeto debe ser indulgente incluso con aquellos que no respetan a nadie. Esta es otra forma de fanatismo, otra adscripción incondicional, una en la que han caído las sociedades que mejor han comprendido las causas del progreso, pero que ahora, sumidas en una nueva contradicción, laminadoras de sus propios principios, creyendo que éstos significan también el respeto hacia quienes no les respetan, están a punto de zozobrar, hundidas en el océano de relativismo moral que ha prendido en el corazón de Occidente, a rebufo del desarrollo, la modernidad, el apósito de la molicie y el bienestar adormecedor.

Diríase que la inteligencia se ha vuelto ininteligible. El hogar del hombre se está viniendo abajo en virtud de su propio peso, gracias a una interpretación exagerada de la libertad, que no comprende que ésta necesita a veces de algún grado de intransigencia, por muy contradictorio que esto pueda parecer. Los principios, aunque contengan respeto, y aunque aboguen por una amplia permisividad, solo se pueden hacer respetar mediante la fuerza física y la coacción. En un mundo lleno de fanáticos no cabe otra alternativa. Todos los principios lo son en la medida en que otorgan alguna prevalencia necesaria. Y todos ellos serán tarde o temprano objeto de alguna vulneración violenta, si es que no atienden correctamente a esa necesidad, y no se protegen ofreciendo una respuesta proporcional a la amenaza que sufren. Quienes no entienden esto, los mojigatos y los indolentes, no puede decirse que tengan principios. Occidente está dejando de tenerlos. Y puesto que esos preceptos son la causa de su existencia, y están siendo también el motivo de que hayan claudicado, dichos principios también supondrán el día de mañana su extinción irrevocable.

Cada vez que se asesine a ciudadanos inocentes, y los medios de comunicación digan que no hay que avivar el fuego (como está ocurriendo el día de hoy, posterior a la masacre), y opten por mirar para otro lado, y no se congracien con esas víctimas, publicando las mismas viñetas que han sido el objetivo de los fanáticos, estaremos cavando la tumba que, algún día, se convertirá en el último vestigio de la civilización occidental, o ni siquiera eso, que será saqueada y destruida por las mismas hordas y las mismas culturas que hoy se libran de ser denunciadas. Por mor de una pusilanimidad y una cobardía incomprensibles, tan criminales como la propia criatura que infunde el terror, acabaremos todos siendo exterminados, sin posibilidad de remisión.

La única revista en Francia que osó enfrentarse a esos miedos y afrontar su responsabilidad de país occidental, ya ha sido masacrada. Su lucha en el desierto la convirtió en un blanco bastante fácil. Pero no duden aquellos que se han escondido de que también ellos serán asesinados por los mismos criminales, si es que finalmente triunfa la barbarie que todos ellos han contribuido a fomentar.

Mis condolencias a los familiares de los periodistas y los policias asesinados ayer por los terroristas islámicos. Valga este artículo como muestra de mi contribución a la causa que les ha valido la muerte. Como decía el director de la revista que ayer fue salvajemente atacada, humor o muerte.

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El mito de la obsolescencia programada

Se denomina obsolescencia programada a la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto, éste se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible.

Se dice que esta planificación tiene el único objetivo de beneficiar y enriquecer al fabricante, al tiempo que obliga a los consumidores a comprar y adquirir bienes de modo artificialmente acelerado, para que los empresarios y los productores se enriquezcan con esas adquisiciones y engorden aún más su cartera y su barriga, a costa siempre del pobre y el ingenuo.

También se suele decir que la obsolescencia programada es una conspiración del lobby empresarial, que urde ese plan para beneficio propio. En cambio, algunos pensamos que la idea obsolescencia es más una enfermedad mental que un defecto técnico. Muchas personas padecen un síndrome que les lleva a rechazar todo lo que tiene que ver con la modernidad, el progreso y el bienestar. Este síndrome se agrava a medida que la sociedad evoluciona, y en la medida en que se hacen más patentes los nuevos avances y las mejoras técnicas. Dichos avances ponen de manifiesto lo absurdo que es defender la obsolescencia planificada en un mundo tecnológico que está cambiando y quedándose obsoleto continuamente, por el mero hecho de evolucionar.

En un entorno de libertad, sin privilegios ni subvenciones públicas de ningún tipo, las empresas solo pueden sobrevivir si aumentan el número de sus clientes, y por tanto deben estar siempre sometidas a la soberanía del consumidor, y tienen que competir constantemente para satisfacerle, únicamente para satisfacerle. Como es lógico, el consumidor demanda productos más baratos y mejores, y eso impulsa el mercado y obliga a cambiar los aparatos por otros de mejores prestaciones. Esto es algo natural, lógico y saludable, y todos los que interpretan eso como parte de una confabulación empresarial que impone deliberadamente todos esos cambios, en realidad lo que están haciendo es ir en contra del progreso natural y las demandas de mayor bienestar y mejores servicios que realiza la gente de forma voluntaria.

La elección de la durabilidad de un producto, como todas las demás características, se ejerce de manera espontánea cuando existe libre competencia. En este caso, es el consumidor el que acaba eligiendo la mejor opción. No hace falta acudir a explicaciones enrevesadas que sugieren la existencia de planes perversos por parte de las empresas. 

Si no existe verdadera libertad, como es el caso de nuestro mundo, la solución tampoco pasa por imponer una obsolescencia determinada, como quieren aquellos que afirman que los aparatos duran demasiado poco. Lo que hay que hacer es dejar que ésta la determinen los consumidores y los empresarios en acuerdos mutuos. Los que dicen que los aparatos son manipulados para que duren poco se comportan igual que aquellos empresarios a los que denuncian por conspirar para que esa durabilidad sea cada vez más corta. Todos son intervencionistas, que van en contra de la voluntad del consumidor, que se ejerce espontáneamente. El remedio que ofrecen los que denuncian la obsolescencia programada pasa por proponer soluciones que participan del mismo problema que ellos critican. Incluso si fuera verdad lo que afirman (si existieran empresarios perversos), su propuesta no haría otra cosa que agravar la situación que provocan aquellos que quieren manipular la duración de los bienes sin tener en cuenta al consumidor. Es lo mismo que hacen todos los intervencionistas cuando intentan solucionar algo. Practican un remedio que lo único que hace es incidir en el problema que pretenden solventar.

En todos los bienes hay siempre dos variables directamente proporcionales, cuyos valores deben ser determinados y ponderados por el consumidor. Si los bienes duran más tiempo, también será más caro producirlos, y es el consumidor el que debe elegir si quiere que duren más o que sean más baratos. Además, a medida que la tecnología avanza más rápido, interesa más que los bienes sean baratos, aunque no duren tanto, ya que la velocidad de reposición se incrementa con cada uno de esos avances. En este sentido, cada vez interesa menos que los bienes sean duraderos y caros.

La obsolescencia es connatural a la evolución. Los aparatos no se quedan obsoletos porque así lo quiera un empresario, sino porque la propia evolución los convierte en antiguallas. El empresario debe encargarse entonces de calcular esa obsolescencia para no incurrir en errores que provoquen una producción desfasada e inútil. No se pueden fabricar coches que duren treinta años si dentro de diez ya no van a ser demandados porque existan nuevos automóviles más económicos y seguros. Y sobre todo, no se pueden fabricar coches más duraderos, y por tanto también más caros, si los consumidores no están dispuestos a pagar por esa durabilidad y lo que desean es tener un bien más barato y renovable.

La soberanía del consumidor es una ley sagrada de la economía. La demanda siempre tira de la oferta, hasta el punto de decidir los costes y los gastos en los que incurren los propios empresarios. En una sociedad relativamente libre, donde existe un intercambio fluido, el empresario siempre se debe al consumidor; solo puede hacer aquello que resulte en un beneficio claro para éste. De lo contrario, no vendería jamás sus productos y acabaría siendo barrido del mercado. Por eso resulta paradójico que algunos crean que esos empresarios tienen el poder de manipular los aparatos a su gusto, provocándoles una muerte rápida y prematura. Son en realidad los empresarios los que quedan obsoletos si no satisfacen las necesidades del consumidor. Y son los consumidores los únicos que se ponen de acuerdo para comprar productos de menor durabilidad, al objeto de que sean también más baratos y de que duren el tiempo suficiente para poder cambiarlos en el futuro por otros mejores y más modernos.

Todos aquellos que dan crédito a esa estúpida idea que asocia la conspiración encubierta de los empresarios con el capitalismo y con la obsolescencia programada, podrían hacernos al resto un pequeño favor. Se podrían ir a vivir a una comuna hippie. Allí les podríamos ofrecer una lavadora que durase 50 años, un ordenador que estuviese activo durante 12 lustros, y una bombilla que no se apagase en 7 décadas. De esta manera, cuando dentro de cinco años los demás podamos tirar a la basura los electrodomésticos viejos, y comprar una lavadora que ahorre más energía, un ordenador más potente, barato y liviano, y una bombilla de menor consumo, también podremos beneficiarnos del avance de la ciencia y la tecnología sin tener que soportar a todos estos neoluditas y anticapitalistas de la «nueva era». Ahorraremos muchos vatios, y también nos ahorraremos muchos comentarios, admoniciones y obligaciones inútiles, y no tendremos que aguantar la matraca que nos dan algunos con motivo de ese mito absurdo de la obsolescencia programada.

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Librería: Cosmología

  • Longair, LA EVOLUCIÓN DE NUESTRO UNIVERSO
  • Paul Murdin, SUPERNOVAS
  • Sagan, COSMOS
  • Sagan, UN PUNTO AZUL PÁLIDO
  • Stephen Hawking, HISTORIA DEL TIEMPO, DEL BIG BANG A LOS AGUJEROS NEGROS
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Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.800 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 47 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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Librería: Biología

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  • Brian Goodwin, LAS MANCHAS DEL LEOPARDO, LA EVOLUCION DE LA COMPLEJIDAD
  • Carlos Castrodeza, LA DARWINIZACION DEL MUNDO
  • Chris Buskes, LA HERENCIA DE DARWIN
  • Darwin, EL ORIGEN DE LAS ESPECIES
  • Dawkins, EL ESPEJISMO DE DIOS
  • Dawkins, EL RELOJERO CIEGO
  • Dawkins, EL RIO DEL EDEN
  • Dawkins, EL GEN EGOISTA
  • Dawkins, DESTEJIENDO EL ARCOIRIS
  • Dawkins, ESCALANDO EL MONTE IMPROBABLE
  • Dawkins, EL CAPELLAN DEL DIABLO
  • Dawkins, EL CUENTO DEL ANTEPASADO
  • Dennett Daniel, LA PELIGROSA IDEA DE DARWIN
  • Dennett Daniel, LA EVOLUCION DE LA LIBERTAD
  • Diamond Jared, ¿POR QUÉ ES DIVERTIDO EL SEXO?
  • Dyson Freeman, LOS ORIGENES DE LA VIDA
  • Dorion Sagan, LA TERMODINAMICA DE LA VIDA
  • Douglas R. Hofstadter, GODEL, ESCHER, BACH
  • Ernst Mayr, POR QUE ES UNICA LA BIOLOGIA
  • Francisco Ayala, LA TEORIA DE LA EVOLUCION
  • Francisco Capello, LA TAUTOLOGIA DARVINISTA
  • Francis Jacob, LA LOGICA DE LO VIVIENTE
  • Fernando Bartolo Luque, ASTROBIOLOGIA, UN PUENTE ENTRE EL BIG BANG Y LA VIDA
  • Gould, LA ESTRUCTURA DE LA TEORIA DE LA EVOLUCIÓN
  • Gould, ERASE UNA VEZ EL ZORRO Y EL ERIZO
  • Gould, EL PULGAR DEL PANDA
  • Gould, BRONTOSAURIUS Y LA NALGA DEL MINISTRO
  • Gould, LA SONRRISA DEL FLAMENCO
  • Gould, DIENTES DE GALLINA Y DEDOS DE CABALLO
  • Gould, LA MONTAÑA DE ALMEJAS DE LEONARDO
  • Gould, UN DINOSAURIO EN UN PAJAR
  • Gould, OCHO CERDITOS
  • Gould, LAS PIEDRAS FALACES DE MARRAKECH
  • Gould, ACABO DE LLEGAR
  • Humberto Maturana, DE MAQUINAS Y SERES VIVOS
  • Jerry Fodor y Massimo Piattelli-Palmarini, WHAT DARWIN GOT WRONG, Profile Books
  • Joel de Rosnay, LA AVENTURA DEL SER VIVO
  • Jonathan Weiner, EL PICO DEL PINZÓN
  • Jonathan Weiner, TIEMPO AMOR Y MEMORIA
  • Jorge Wagensberg, LA REBELION DE LAS FORMAS
  • Lewontin R. C., NO ESTA EN LOS GENES, CRITICA DEL RACISMO BIOLOGICO
  • Lynn Margulis, MICROCOSMOS
  • Monod Jacques, EL AZAR Y LA NECESIDAD
  • Paul Davies, EL QUINTO MILAGRO
  • Penrose Roger, LA NUEVA MENTE DEL EMPERADOR
  • Prigogine Ilya, LAS LEYES DEL CAOS
  • Randolph M. Nesse, ¿POR QUE ENFERMAMOS?
  • Stuart Kauffman, INVESTIGACIONES
  • Scott, DAWKINS EN OBSERVACION
  • Wilson Eduard O., SOBRE LA NATURALEZA HUMANA
  • Wilson Eduard O., LA DIVERSIDAD DE LA VIDA
  • Wilson Eduard O., EL SUPERORGANISMO
  • Watson James, LA DOBLE HELICE
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Anarcocapitalismo: el oxímoron de los liberales

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En la segunda mitad del siglo XX, el economista y teórico político Murray Rothbard, principal epígono de la escuela austriaca por aquella época, emprendió una campaña de depuración ideológica que alentaba la creación de un movimiento libertario dedicado a propugnar la erradicación de cualquier forma de gobierno que tuviera una penetración general y un marcado carácter ecuménico. Rothbard consideraba que todo Estado debía ser objeto de las mismas críticas y denuncias, toda vez que cualquiera de ellos acarreaba los mismos peligros y obedecía a la misma lógica que los demás, independientemente del tamaño que tuviera o de las disposiciones que impartiese. Rothbard también aseguraba que el liberalismo tenía una ascendencia izquierdista, más cercana a las ideas revolucionarias de Bakunin que a aquellas otras que habían sostenido hasta entonces los liberales clásicos. Su obsesión por la propiedad privada y por la independencia de las decisiones individuales le llevó incluso a decir que el aborto estaba justificado en todos los casos, y que el feto era poco menos que un parásito maligno infiltrado en el útero de su progenitora, y del que ésta tenía derecho a deshacerse en cualquier fase de la gestación. En palabras del propio Rothbard: “Antes del nacimiento… el niño no puede ser considerado persona humana […] El auténtico dato de partida para el análisis del aborto se encuentra en el derecho absoluto de cada persona a la propiedad de sí misma. Esto implica, de forma inmediata, que todas las mujeres tienen el derecho absoluto sobre su cuerpo, que tienen dominio total sobre él y sobre cuanto hay dentro de él, incluido el feto. En la mayoría de los casos, los fetos se encuentran en el seno materno con consentimiento de las madres. Ahora bien, si una mujer no desea que se prolongue esta situación, el feto se convierte en «invasor» de su persona y la madre tendría perfecto derecho a expulsarlo de sus dominios. Según esto, habría que considerar el aborto no como el «asesinato» de una persona, sino como la expulsión de un invasor indeseado del cuerpo de la madre. Por consiguiente, todas las leyes que restringen o prohíben el aborto invaden derechos de las mujeres afectadas por esta normativa.”

Como resultado de todas estas incitaciones anarquistas, algunas de las cuales se atreven incluso a definir la vida y a decidir qué personas son dignas de seguir viviendo, hoy en día existen decenas de miles de libertarios que están convencidos de que la eliminación completa del Estado es poco menos que una suerte de instrucción lógica necesaria, coherente con los principios del liberalismo verdadero y con los preceptos de una teoría totalmente depurada. Sorprende la soberbia con la que algunos de ellos defienden la desaparición de cualquier marco o institución general, toda vez que la tradición liberal nunca se ha caracterizado por sostener esa tesis, y sobre todo teniendo en cuenta que no existen pruebas sólidas que demuestren la veracidad de esta aserción, a saber, que un Estado mínimo es sustancialmente peor que un sistema ácrata (nunca ha existido un verdadero Estado mínimo). Los anarcocapitalistas aducen que no se necesitan tales pruebas, que la lógica pura es contundente a este respecto, y que solo existe una manera de defender la teoría liberal, y es la de llevarla hasta sus últimas consecuencias, afirmando que el individuo es propietario absoluto de su vida y de sus bienes, y no se le puede coaccionar con impuestos o con mandatos generales que él no haya aprobado voluntariamente. Demostraré en este artículo que esa afirmación es errónea, y que lo que realmente pone de manifiesto la lógica deductiva es precisamente lo contrario, a saber, que existen algunos casos en los que el individuo sí debe ser sometido y obligado. Dichos casos se dan cuando alguien intenta vulnerar el principio que garantiza la propiedad y la soberanía individuales. Como quiera que esas vulneraciones son palmarias, y en tanto en cuanto representan el mayor agravio que se puede hacer a la libertad, su erradicación también debe ser general, y por tanto se hace necesaria la figura de una entidad que implique a toda la sociedad, y la exigencia de una cuota mínima o impuesto universal que permita sufragar la creación y mantenimiento de ese sistema de fuerzas, el cual estará dedicado exclusivamente a la supervisión, protección y garantía de las propiedades privadas. Sin esa coacción institucional (y general) la defensa incondicional del individuo carece por completo de sentido.

El absolutismo que manifiesta ésta exigencia no tiene que llevarnos a creer que la defensa de un sistema general que salvaguarde la libertad supone una nueva forma encubierta de tiranía. El absolutismo no es sinónimo de totalitarismo. No lo será si lo que se pretende es defender el derecho que tienen todos los individuos a disponer de su cuerpo y sus propiedades como ellos quieran, sin excepciones de ningún tipo. Pero ese mismo absolutismo resulta ciertamente dañino, y deviene en perjuicio, si ese derecho fundamental se pone en cuestión por los motivos que sean. Existen principalmente dos formas de cuestionarlo. La más común de ellas consiste en negarlo tajantemente. El socialismo basa toda su ideología en esa negación. Los socialistas solo creen en la propiedad comunal y anteponen ésta a los derechos individuales. Pero también existe otra forma más sutil de negar las libertades individuales. El anarcocapitalismo hodierno defiende la propiedad privada con tanto celo que acaba pensando que toda coacción es ilegítima. Piensa que el principio de la propiedad privada no puede tener excepciones de ningún tipo, y que cualquier intromisión pública en la vida del individuo es de por sí un acto injusto claramente denunciable. Los anarquistas de mercado equiparan propiedad con falta de coacción estatal, y al hacer esto actúan en detrimento del propio principio que dicen apoyar, pues no extienden su defensa a todas las personas, dejando la misma en manos de muchos organismos privados, que la relativizarán y la ningunearán, diluyendo de esta manera el sentido de la legislación y el carácter de la verdad (no puede existir una ley absoluta que no se deba a una única obligación general).

Para el anarcocapitalista, la excepción a su principio se produce cuando existe alguna coacción estatal. Para la otra rama liberal, la minarquista, las excepciones devienen cuando no se dan las condiciones generales necesarias para que se cumpla el principio que trata de defender. La naturaleza física de los cuerpos celestes, y la fuerza gravitatoria que actúa sobre ellos en todo el universo, garantiza que estos astros se muevan tal y como predice la ley. Igualmente, la existencia de una norma general que regule el derecho de los individuos a ser libres (Estado minárquico) evita las excepciones que este principio puede sufrir. Las excepciones no devienen con la regulación institucional, devienen cuando el Estado es demasiado grande (socialismo), lo que ocasiona graves intromisiones en la libertad del individuo, o cuando no existe ningún Estado (anarcocapitalismo), lo que provoca un vacío legal que da lugar a todo tipo de injerencias y experimentos. En esto, el socialismo y el anarquismo de mercado tienen una mayor afinidad, y se diferencian ambos de la posición que adopta el minarquismo y el liberalismo clásico, que sí hacen una defensa activa y absoluta de las libertades individuales.

Tal vez, el ejemplo más claro de que el anarcocapitalismo constituye una ideología más próxima a la socialdemocracia que al liberalismo sea la posición absolutista que éste ha decidido adoptar en los últimos años, su defensa radical de la propiedad, que ha llevado a muchos partidarios a abrazar de inmediato cualquier medida que lesione mínimamente la integridad y la soberanía de una nación. Incluso están dispuestos a coaligarse con los nacionalismos más ultramontanos, que no son sino una versión extrema del estatismo y el socialismo que los propios libertarios intentan combatir. Se puede decir que muchos de esos liberales han acabado firmando un pacto con el diablo, a través del cual han entregado su alma a una causa que no es la que en principio decían defender.

Es muy curioso que el liberal del siglo XXI piense que el mejor camino para promover la libertad del individuo pase por abrazar las mismas ideas que apoyan los colectivos nacionalistas, favoreciendo de esa manera la división social y la entronización de todas las castas comarcales que proliferan en la periferia de los territorios nacionales. Algunos liberales no entendemos cómo se puede conciliar la existencia de múltiples Estados y legislaciones con la defensa de un principio de libertad único y con la tendencia natural del mundo a la globalización y la unidad. Esto es lo que nos parece contradictorio, y no la existencia de un gobierno de mínimos que garantice esas libertades y esa evolución.

El anarcocapitalista hodierno, de corte nacionalista, comete una equivocación grave bastante pueril. Identifica erróneamente la secesión nacional con la asociación voluntaria. Al hacer esto, mezcla dos ámbitos disciplinarios completamente distintos, el ámbito de la economía y el ámbito de la política, la voluntad privada del individuo y la voluntad colectiva que reivindican los Estados independentistas. El anarcocapitalista afirma defender el mercado libre y la libertad del hombre, pero en el asunto del nacionalismo comparte las mismas ideas que proclaman los chovinistas políticos y los gobernantes autárquicos, que solo buscan la homogeneidad cultural y la dominación territorial. Resulta paradójico que, por querer alejarse de cualquier posición que apoye la existencia del Estado, acabe coincidiendo con aquellos grupos que se sirven del Estado para imponer un gobierno de facto. Esta deriva, ciertamente ilógica, proviene de confundir la libertad del ciudadano para disponer de sus bienes como quiera con la libertad del político y del colectivo para sacar adelante cualquier legislación que se presente y se apruebe democráticamente. Esta estirpe de anarcocapitalistas ha dejado de considerar que la libertad del individuo es un principio supremo incuestionable, y ahora antepone la voluntad del colectivo, la cerrazón de la grey, y el voto democrático. El anarcocapitalista actual se ha convertido en un remedo de lo que antes era. Tiene una ascendencia liberal. Pero ahora defiende los mismos ideales que atesora el constructivismo socialista, capaz de cocinar una constitución detrás de otra, para satisfacer a todos los comensales que acuden al festín que se dan los nacionalistas.

No obstante, no es necesario que el libertario coincida en todo con ese político casposo que se jacta de defender un nacionalismo despótico, o con aquellos sectores de la población obsesionados con la idea de implantar una auténtica autarquía. Es evidente que no parten de los mismos principios. Pero comparten el afán por conseguir una mayor prodigalidad y división de los territorios. Y esto es lo único que se necesita para ir en contra de todos ellos. En este artículo se critica la autodeterminación como principio. Desde luego, hay algunos casos en los que la secesión siempre será preferible a la unidad, por ejemplo, cuando se disuelve una tiranía y como consecuencia aparecen nuevas naciones más libres. Sin embargo, la fragmentación, como principio o precepto de la teoría liberal, no es aceptable en ninguno de los casos.

En el fondo, el anarcocapitalismo es un fraude teórico que acaba cometiendo el mismo error que acusan todas las ideologías que han fracasado anteriormente. La condena del anarcocapitalismo puede adoptar el mismo aspecto que tiene la condena de la monarquía, la condena de la aristocracia, la condena de la democracia y la condena de la república. Resulta imposible defender un principio invulnerable: la libertad del individuo, aludiendo al mismo tiempo a las decisiones particulares de una entidad arbitraria. La monarquía antepone la voluntad de un individuo en particular; la oligarquía prima las decisiones de una camarilla, la democracia prefiere las resoluciones de una mayoría electoral, y la república elige guiarse por una mayoría asamblearia. Finalmente, los anarcocapitalistas también preponen un arbitrismo parecido. Creen que todo debe quedar en manos de los territorios locales o las empresas propietarias, siendo éstos inmunes a las legislaciones de los demás, y teniendo por tanto una clara incompatibilidad con el principio universal que debería regir en todos los casos. Todas estas elecciones se refieren a organismos más o menos concretos, que hoy pueden defender la libertad y mañana no. Todas se constituyen a título personal, favorecen la multiplicación de opiniones en materia de leyes, y contravienen el carácter y la naturaleza del principio elemental, que solo puede ser uno.

Los anarcocapitalistas equiparan la competencia del mercado y la diversidad que debe existir en la oferta y la demanda de servicios, con la ley que garantiza que dichas ofertas y demandas sean realmente diversas. Al hacer esto cometen un error de identificación grave, que les lleva a creer que las constituciones y las reglas fundamentales de los países también tienen que estar en continua competencia, evolucionando de manera selectiva, como si no supiéramos de antemano qué normas son mejores que otras, o cuáles de ellas protegen sin ambages la libertad del individuo y permiten la extensión del bienestar y del mercado.

Las normas más básicas son extremadamente sencillas, no hace falta descubrirlas evolutivamente. Además, también son unívocas, por tanto no es necesario que compitan entre ellas. No existen diversas posibilidades que debamos escoger. Solo hay un principio verdadero, aquel que garantiza la libertad y la existencia del ser individual. Los gustos de los consumidores, en cambio, muestran una gran diversidad y complejidad, por eso debe haber muchos servicios y muchos oferentes, y una competencia permanente entre ellos. Pero la ley que garantiza esa diversidad y esa complejidad es única, y no se puede identificar con los bienes y los productos que llenan el mercado de posibilidades y satisfacen a todos los consumidores. Todos los bienes son heterogéneos, excepto uno. El bien que provee la ley que garantiza la libertad de oferta y de demanda, y que permite el mercado y el comercio, es homogéneo, y no cabe confundirlo con el resto de los bienes. Sin embargo, eso es precisamente lo que hacen los anarquistas de mercado. Su error es un error teórico fundamental, una identificación falaz, y una equiparación peligrosa que pone en duda el único principio que legitima el mercado. Confunden la libertad en materia de consumo y producción, con la libertad en materia de leyes, y al hacer esto, terminan por cercenar la libertad que dicen defender. Tan mala es una ley que coaccione la libertad individual como una que no lleve a cabo ninguna coacción en absoluto. Tan ingenuo es creer que necesitamos un Estado elefantiásico (hobbesiano), porque no somos capaces de progresar por nosotros mismos, como creer que no necesitamos ningún Estado en absoluto, porque todos acabaremos aceptando voluntariamente las normas que incitan ese progreso.

El punto óptimo es el Estado mínimo: la minarquía. Es verdad que la diversidad de leyes, y la existencia de Estados competitivos, pueden hacer que el sistema social sea más flexible. Es verdad que los Estados que defiendan la libertad de sus ciudadanos se desarrollarán con más velocidad que aquellos que se acogen al atavismo que provoca el intervencionismo. Igualmente, es cierto que la existencia de un Estado único conlleva el riesgo de que todo se venga abajo de repente. No vamos a negar estos supuestos, que juegan a favor del anarcocapitalista. Pero también es verdad que la existencia de muchos Estados siempre acaba beneficiando a aquellos que defienden el estatismo y el intervencionismo, pues son estos sistemas los que a lo largo de la historia han tenido más bombo y platillo, y los que se han extendido más rápidamente por la sociedad, a despecho del retraso que ocasionan. Además, una minarquía que se constituya en base al principio de la libertad, que apuntale la norma básica, y que alcance un cierto grado de ordenación, está más lejos de acabar destruida que un sistema sin reglas comunes, donde todo depende de los distintos gobiernos que existan. Esto se ve más claramente cuando uno analiza la amenaza exterior y las conflagraciones mundiales. En ese caso, el anarcocapitalista pierde toda la razón. Las amenazas exteriores, que siempre serán más frecuentes en un sistema con muchos países y muchas constituciones, se combaten además mucho mejor si existe unanimidad en los países atacados. Lo cual me lleva a pensar que la minarquía es en cierta medida superior al anarcocapitalismo. No se trata de buscar el sistema perfecto, sino el estado más óptimo. En este sentido, me da la impresión de que los pros que avalan a la minarquía superan a los contras, y que en el anarquismo de mercado ocurre lo contrario, siendo en este caso los contras más numerosos que los pros.

El problema que se achaca a la minarquía se puede achacar igualmente al anarcocapitalismo. Ninguno de esos dos sistemas es viable si no existe un consenso tácito y general. Los dos están expuestos a las revoluciones y las secesiones que puedan aparecer, y serán insostenibles si existe una cantidad considerable de personas que no quieran adoptarlos. Pero la minarquía revela algunas virtudes que no tiene el anarcocapitalismo.

De cualquier modo, si finalmente se demuestra que el anarcocapitalismo es más ventajoso que la minarquía, esa mejora seguramente será mínima, o vendrá condicionada por alguna otra propiedad o circunstancia cultural. Las discusiones entre liberales que buscan resolver este asunto son, en todo caso, legítimas y entretenidas, igual que lo son los juegos matemáticos que describen mil tipos distintos de universos. No obstante, deben considerarse de una importancia muy inferior a aquellas otras que intentan demostrar la iniquidad de los estados socialistas, y en consecuencia nunca tienen que servir para crear distintas facciones y para enfrentar a los liberales, los cuales deben tener la mira puesta en un único objetivo. Lo más perentorio es eliminar la inmensa intervención que lleva a cabo el Estado en todos los demás ámbitos de la vida. La mayor ventaja vendría al pasar del estatismo al minarquismo. Que luego también se eliminase el sistema judicial y los tribunales de última instancia adeptos del Estado y encargados de ilegalizar todas esas intervenciones, es probablemente una cuestión menor, más anecdótica que sustancial. En este sentido, el minarquismo también puede considerarse un objetivo más importante que el anarcocapitalismo, incluso en el caso de que el segundo resultase finalmente más apropiado que el primero.

De todas formas, lo más coherente, si uno cree en la libertad, es que también quiera defenderla de manera incondicional, con una institución unívoca. Lo otro es querer defender una causa sin tener una defensa. Lo contradictorio es defender algo sin defenderlo en absoluto, apoyar la libertad sin establecer una norma, hacer una afirmación sin convenir una aplicación general. Es incomprensible que los libertarios puedan compaginar su creencia absoluta en la propiedad privada con la negación de una institución (Estado mínimo) que, también de manera absoluta, permita que se cumpla ese principio fundamental.

El anarcocapitalista cree que la contradicción consiste en defender la propiedad privada y al mismo tiempo exigir un impuesto público mínimo que prive al individuo de una parte de su renta. Piensa que un hombre es dueño absoluto de todos sus bienes y que no hay tal cosa como la propiedad comunal, que obliga a todos a cumplir cierta normativa. Pues bien, la propiedad comunal sí existe, y se encuentra por todas partes. El hombre no vive aislado del mundo, y por tanto está obligado a compartir ciertos bienes (por ejemplo, la puerta que da acceso a las zonas comunes de una urbanización). Y sobre todo, deberá compartir la producción del bien más preciado que tiene, el que establece la ley que garantiza la libertad en todo el territorio, asegurando de ese modo el resto de propiedades. Si no hay unanimidad a este respecto, todo el sistema de libertades y propiedades acabará viniéndose abajo, o funcionará de manera precaria.

Un minarquista considera que la contradicción consiste en defender la propiedad y al mismo tiempo permitir que cada cual defina la misma como mejor le convenga o como establezca su sistema de seguridad privado. Yo no afirmo que los anarcocapitalistas no crean en normas u órdenes, claro que creen, pero precisamente por eso digo que son contradictorios, ya que no las quieren aplicar con carácter general. Los anarquistas de mercado creen en un orden general correcto. Para ellos, un gobierno institucional surgido de la voluntad de todos y garante de la propiedad privada, es una posibilidad evolutiva casi segura. No obstante, la única manera segura de implementar una norma fundamental es hacerlo de manera general y de forma deliberada. Creer en unas normas básicas y pensar que se van a extender por el mundo espontáneamente, cuando la historia está llena de ejemplos que demuestran todo lo contrario, es ser bastante ingenuo y actuar además de un modo irresponsable.

Por todo esto, se hace imprescindible resaltar cuán importante es entender que no se puede confundir el derecho de secesión (que compromete leyes fundamentales, constitucionales) con el derecho a asociarse libremente (que se refiere a leyes más particulares, propias de las asociaciones y las comunidades, y que solo se garantizan si existen unas leyes fundamentales inquebrantables). La competencia debe darse respecto a las leyes más particulares, pero no en lo tocante al principio más básico.

Yo no niego la posibilidad de que surjan comunidades pactadas de forma privada. Todo lo contrario. Precisamente, aborrezco las reivindicaciones nacionalistas porque ponen en riesgo la creación de comunidades pactadas y asociaciones libres. El derecho de autodeterminación y la secesión del territorio dan pie a que existan muchos más países, y por tanto también ofrecen muchas vías legales y subterfugios políticos, una parte de los cuales acabarán negando el derecho que tienen las personas a asociarse libremente. Por el contrario, la unión del país en torno a un gobierno mínimo que defienda esas libertades individuales, y que sea de todas indisoluble, garantiza en mayor medida (aunque no absolutamente) que dichas libertades se cumplan y afecten al mayor número de personas.

Si al menos viviésemos en un mundo donde los ciudadanos se mostrasen respetuosos, donde nadie estuviese dispuesto a imponerle al otro su visión particular, donde ningún individuo quisiera encorsetar los gustos de la población y las apetencias de sus coetáneos, si viviésemos en ese mundo podría tener algo de sentido la propuesta que hace el anarquismo de mercado. Pero vivimos en un sistema que promueve el socialismo y la política hasta la extenuación, en donde las personas intentan constantemente hacerse con el poder e imponer su particular modelo de sociedad, y donde todos quieren intervenir la economía, la educación, el arte, la sanidad, y hasta la manera de comer, de jugar o de hablar. En un mundo así, las reivindicaciones separatistas y las demandas de los anarcocapitalistas están todavía menos justificadas, y son mucho más peligrosas. En un mundo así, se hace más necesaria una norma básica que consista en exigir el respeto y en garantizar la libertad de todos los convidados.

Se equivocan los anarcocapitalistas cuando dicen que el minarquismo lleva la semilla del estatismo y que sus instituciones siempre tienden a hacerse más grandes. La semilla del estatismo no es el minarquismo, es la condición humana. Aunque no exista Estado, siempre existirán hombres dispuestos a imponer su santa voluntad. Ese es el verdadero origen del Estado mafioso, del que no se libra ninguna sociedad, ni siquiera una sociedad anarcocapitalista. Es más, como una sociedad anarcocapitalista promueve diversas legislaciones, tantas como propiedades haya, no salvaguarda suficientemente las leyes que podrían impedir que algunos hombres establezcan un Estado propio, y se impongan a los demás.

Solo somos verdaderos liberales si defendemos por encima de todo la libertad del individuo, sin condiciones ni concesiones de ningún tipo. Los comunistas siempre anteponen la voluntad del colectivo. Por eso sacrifican los derechos individuales en el altar del templo que erigen a tal efecto, y por eso justifican las matanzas que cometen, aduciendo que son necesarias para alcanzar el paraíso que anuncian en sus prédicas y sus sermones. Asimismo, los anarcocapitalistas y rothbardianos de hoy en día llevan a cabo una jugada parecida. Buscando la libertad, acaban justificando las demandas de los grupos separatistas, la secesión voluntaria, y la segregación nacional. No se dan cuenta de que al hacer esto están avalando las mismas ideas y medidas colectivas que persiguen sus oponentes, y están dejando en un segundo plano aquellas demandas que verdaderamente se preocupan por defender al individuo. La libertad del individuo no pasa por liberar el territorio, pasa por integrarlo en un espacio único que garantice los derechos de las personas y que impida que estos sean vulnerados y lesionados cada dos por tres, con la escusa del nacionalismo.

Todos aspiramos a ser libres, pero para acercarnos a ese propósito debemos apreciar un único camino, hay un caso en el que no podemos actuar con absoluta libertad, y es cuando debemos decidir entre respetar la libertad del otro o no hacerlo. En ese caso, tiene que existir una norma que nos conmine al cumplimiento de dicha obligación. Esa norma general es el primer objetivo que tiene que perseguir un liberal auténtico.

La libertad exige un derecho negativo. Y ese derecho negativo exige también una coacción institucional, no la coacción que impone al otro un gusto particular, sino la coacción contraria, la que impone el respeto de esos gustos particulares. El anarcocapitalista no sabe distinguir entre estos dos tipos de coacciones, los confunde, los identifica, y piensa que no puede haber ningún tipo de coerción.

La libertad también tiene un carácter obligatorio. Si no fuera así no sería libertad, no sería una norma o un principio, y no tendría sentido defenderla o reivindicarla. Por muy contradictorio y contraintuitivo que esto parezca, la libertad es una cualidad que exige a su vez alguna obligatoriedad. Esto es algo que el anarcocapitalista debería tener presente, para no caer en contradicción y para no resultar absurdo. Una cosa es el contenido de la teoría, la variedad de servicios y productos que se deben proveer en el mercado y que deben estar recogidos y reconocidos en las descripciones lógicas que hace la propia teoría, y otra cosa es el continente de la misma, el carácter general y homogéneo de la ley que debe contemplar cualquier normativa verdadera y cualquier marco constituyente que promueva la libertad de movimiento, de expresión o de acción. Esta diferenciación epistemológica es la clave para entender la legitimidad que avala a la minarquía y el abuso de la lógica que deslegitima al anarcocapitalismo. Ya lo dijo Bastiat en el siglo XIX, cuando, respondiendo a las afirmaciones de su colega y amigo Gustave de Molinari, el primer anarcocapitalista de la historia, adujo que éste se había excedido en sus declaraciones y se había dejado llevar por una ilusión de la lógica. Pues bien, esa ilusión es en realidad un error epistemológico, que atenta contra los fundamentos más básicos de la teoría y la razón. No se puede defender una teoría sin pretender su generalización. Y no se puede defender la libertad del individuo sin promover al mismo tiempo la creación de un Estado mínimo que garantice su aplicación y que haga honor al carácter esencial de la ley, es decir, a su naturaleza universal y su condición necesaria. La ley no es un bien privativo y no es propiedad de nadie, la ley es un bien ecuménico, público, e imprescindible en cualquier proceso económico o social. El mercado libre solo funciona si se respeta un único principio: la libertad individual. Esto no es cuestión de gustos. El bien que provee la seguridad y que garantiza la propiedad no es un bien equiparable a los demás. No es decidible, ni es necesario que lo sometamos a la competencia. Por tanto, no puede quedar en manos de los particulares, ni depender de sus preferencias. Debe establecerse con carácter obligatorio.

En un edificio de viviendas cada casa está decorada según los gustos particulares de sus habitantes o inquilinos, y nadie puede decirles cómo tienen que pintar las paredes o cómo tienen que colocar los muebles. Sin embargo, es necesario que todo el edificio se refuerce con hormigón armado y que se asiente sobre unos pilares sólidos. Sin estas condiciones nadie podría elegir la decoración de su casa, porque no existiría ninguna vivienda. Ocurre lo mismo con el edificio de la teoría liberal. Dicha teoría afirma que nadie tiene derecho a entrometerse en la vida de los demás. Pero este principio solo puede hacerse efectivo si existe al mismo tiempo una decisión unívoca que imponga el fundamento que permite esta efectividad. Vemos, por tanto, que existen dos componentes teóricos distintos, uno subjetivo (el contenido) y otro objetivo (el continente). Lo que esa teoría afirma (su contenido o su significado) es que los individuos deben ser libres para hacer lo que ellos quieran. Pero el carácter de la teoría (su continente o su significante), y su razón de ser, son cuestiones netamente universales y objetivas, que obligan a todos los individuos, y que no pueden compararse con los atributos particulares que la propia teoría describe y promueve. La teoría en si es un constructo que solo puede tener una intención hegemónica. No tiene sentido que una teoría se abstenga de buscar una aplicación general.

El principal error que comete el anarcocapitalista es precisamente el de identificar contenido y continente, y creer que, como la teoría que describe trata de defender la importancia y la inviolabilidad de la propiedad, también la propia ley y su legislación deben quedar en manos de los particulares y las empresas privadas. Esta identificación es un error epistemológico grave, que lleva al anarquista de mercado a defender un oxímoron absurdo, que confunde y mezcla dos conceptos incomparables, el concepto objetivo de la ley y el concepto subjetivo del individuo. Básicamente, lo que hace el anarquista de mercado es subsumir el concepto objetivo en el concepto subjetivo. Paradójicamente, es Rothbard el que nos advierte en uno de sus libros de la necesidad de diferenciar y apreciar ambos componentes, la objetividad teórica y las descripciones o los usos del sujeto: “…de lo que la economía nos informa correctamente no es de que los principios morales son subjetivos, sino de que lo verdaderamente subjetivo son las utilidades y los costes: las utilidades individuales son puramente subjetivas y ordinales y por tanto resulta ser de todo punto ilegítimo sumarlas y ponderarlas para llegar a una especie de valoración de las utilidades y los costes sociales”. Ya hemos dicho que los anarcocapitalistas creen fehacientemente en principios objetivos y en axiomas absolutos (el Cosmos), pero no en su implementación social (la Taxis). De esta forma, pueden llegar a entender la diferencia que existe entre el objeto teórico y el sujeto descrito (de hecho, Rothbard siempre defendió una ética objetiva). No obstante, al no apreciar una aplicación también general, en forma de un Estado mínimo que haga cumplir el axioma de la propiedad privada, terminan dejando que ese principio dependa en cualquier caso del arbitrio y la voluntad subjetiva de cada una de las empresas y propietarios que participan en el mercado. Por eso, el resultado final es que el elemento objetivo acaba siendo desnaturalizado, y solo queda un elemento subjetivo. La defensa del principio fundamental y el espíritu de la norma, que no puede ser otra cosa que objetivo, terminan dependiendo también de las decisiones que toman los particulares, los empresarios o los territorios. Y como quiera que estos son muchos y muy distintos, también son muchas las constituciones fundamentales que acaban dirigiendo la vida de las personas, desapareciendo con ello el componente ecuménico que avala y da sentido a la teoría general. En consecuencia, toda la defensa se pervierte y se malogra, y el liberal deja de inmediato de serlo.

La evidencia de un problema teórico demuestra que el anarquismo de mercado presenta una falla deductiva que es independiente de su aplicación práctica (esta manifestación deductiva es el propósito que me he puesto al principio del artículo). No obstante, tampoco debemos menospreciar las demostraciones fácticas. Ojalá algún día pueda existir la suficiente libertad como para que seamos capaces de poner en práctica todas estas ideas. Ojalá exista un sistema minárquico y otro anárquico, que puedan someterse a comparación, y bajo cuyo contraste podamos precisar qué forma de gobierno es mejor. Afirmar que la minarquía es el mejor de todos los estados, deja todavía algunos cabos sin atar. ¿Tienen que desaparecer todos los políticos, o debe quedar una muestra residual?, ¿es el poder judicial un estamento absolutamente inquebrantable, o existen algunas normas menos importantes que puedan someterse a votación? ¿Quiénes eligen a los que eligen? Todas estas cuestiones todavía están por resolver. Lo único claro es que debe existir un órgano general insustituible que se encargue de defender el principio básico. Pero todas las normas que entran a definir los detalles del acuerdo pueden tener una naturaleza más variable. La minarquía tiene sentido en tanto en cuanto exista un principio invulnerable y unas estipulaciones que impidan las vulneraciones mas palmarias del mismo. Por ejemplo, ningún político puede afectar la propiedad privada de las personas con decisiones que pretendan dirigir la economía quitando o poniendo empresas o empresarios. Ahora bien, algunos detalles de la norma sí pueden resultar del acuerdo ciudadano y del plebiscito general. En una urbanización hay decisiones que solo pueden someterse al consenso general y decidirse democráticamente. De igual manera, puede existir un órgano transnacional democrático que tenga potestad para tomar decisiones menores y que esté compuesto por algunos políticos electos. El minarquismo no aspira a hegemonizar la seguridad, no niega la existencia de empresas de seguridad privada, ni tampoco es su intención dirimir en todos los casos. Lo único que afirma es que deben existir algunos preceptos básicos inmutables, y que es necesaria una institución que los ampare. En cambio, el anarquismo de mercado sí niega esa institución, y por tanto solo admite una dimensión legal. Y como quiera que existen dos dimensiones, leyes generales y leyes particulares, los anarquistas ningunean y desprecian una parte de la realidad, y acaban perdiendo toda la razón.

El odio al Estado está sobradamente justificado, pero a veces también se sobredimensiona. Ese odio no nos debe nublar la vista. No debemos concluir que todo Estado es malo, y que por tanto lo único que cabe hacer es eliminarlo. Hay una única cosa que el Estado hace bien. El Estado es el único ente social verdaderamente general. Si lo que tratamos de defender es la libertad humana por encima de todas las cosas, también debemos defender un Estado mínimo que haga cumplir esa ley defensora de la libertad en todo el territorio. El establecimiento de una ley artificial que proteja la libertad natural del individuo, o la institución de un ente general y minárquico que tenga como único cometido garantizar ese principio, siempre contribuirá a mejorar el sistema social mucho más que si no se dieran esas medidas.

Aquellos que critican la minarquía, bien porque quieren implantar un Estado mucho mayor en el que todas las decisiones emanen de un ente objetivo único, bien porque no quieren ningún Estado en absoluto ya que lo que desean es que todo quede en manos de entes privados, no entienden ese equilibrio epistémico que existe entre el contenido y el continente teórico, o entre el sujeto y el objeto, o entre lo particular y lo universal. Básicamente, ese es el error que cometen todos los que critican o han criticado alguna vez el sistema minarquista.

Que existan deseos subjetivos necesarios no quiere decir que no existan valores objetivos y universales, susceptibles de aplicarse a la sociedad entera para que ésta camine en la dirección correcta de la manera más rápida posible. Muchos economistas austriacos dan tanto valor a las acciones subjetivas que se olvidan de que existen algunas proposiciones completamente objetivas y aplicables a toda la población. Existe una ética universal cuya imposición no puede suponer un menoscabo de la libertad y la independencia de las personas, precisamente porque lo que busca esa norma es defender el valor más importante de todos, a saber, el respeto de la libertad individual. Podemos llamar a esto constructivismo si queremos. Es el deseo deliberado de construir una sociedad mejor, que a todos nos asiste. No obstante, dicho deseo se basa en la creencia de que los individuos son libres de decidir qué situaciones les satisfacen más. Este constructivismo social es precisamente el opuesto a aquel otro que quiere inmiscuirse en la vida de todos, y es también el opuesto de cualquier ideología anarquista (capitalista o comunista) que renuncie a hacer una defensa unívoca del principio que mueve ese deseo de libertad. La única manera de combatir el totalitarismo falso es mediante la implantación de un totalitarismo verdadero, que defienda al individuo por encima de todo, y que lo proteja de todos sus enemigos.

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James Watson, descubridor del ADN, y cabeza de turco de los biempensantes

james-watsonDice un rotativo aparecido estos días en algunos medios de comunicación (Libertad Digital) que el ganador del premio Nobel de medicina, el famoso biólogo James Watson, tiene la intención de subastar la medalla de oro del prestigioso galardón que obtuvo en 1962, junto con varios documentos más, con el objeto de recaudar con esta operación entre 2,5 y 3,5 millones de dólares. En declaraciones publicadas este lunes por el Financial Times, y de las que se hace eco el periódico digital arriba citado, «Watson asegura que sus ingresos descendieron de forma dramática desde que en 2007 se hicieron públicas unas declaraciones en las que sugería que de manera general las personas de raza negra tienen menos inteligencia que los blancos. La polémica generada por sus palabras le obligó a abandonar su puesto de rector emérito y miembro de la junta directiva del Laboratorio Cold Spring, así como cargos en otras instituciones. -Me convertí en un paria y fui despedido de los consejos de empresas, así que no tengo ingresos más allá de los académicos-, anunció Watson al periódico británico.»

Normalmente, todo el mundo acepta sin problemas que los negros son por lo general mejores velocistas que los blancos, ya que están genéticamente mejor preparados, son más musculosos y tienen una composición ósea más resistente. Solo hay que ver una competición de atletismo para darse cuenta de esto. Por el contrario, las personas de raza blanca tienen un porcentaje mayor de grasa subcutánea, una densidad ósea menor, y unas extremidades más cortas, cualidades que les dan una mayor flotabilidad y les hacen destacar en natación. Por eso no se suelen ver negros en las piscinas olímpicas. Sin embargo, cuando se trata de estudiar el cerebro humano, las cosas cambian considerablemente. Con el resto del cuerpo no importa que existan diferencias, pero si alguien afirma que el cerebro es distinto según qué raza se analice, en seguida aparece una muchedumbre de biempensantes dispuestos a pedir la cabeza del primero que se atreva a defender esa declaración. Resulta absurdo pensar que el cuerpo de las distintas razas muestre tantas evidencias étnicas, en su aspecto externo, y sin embargo todas sean exactamente iguales en lo que respecta a las capacidades intelectivas. Evidentemente, nadie dice que los negros sean más inteligentes que los blancos, o que los blancos sean más inteligentes que los negros. Tampoco se puede saber si esas diferencias son significativas o si, por el contrario, apenas existen. Eso habrá de determinarlo la investigación. Pero lo más probable es que no seamos completamente iguales en nada y que, como afirma Watson, no resulte descabellado contemplar la posibilidad de que los negros sean, en términos generales, algo menos inteligentes que los blancos (también es posible lo contrario). Sin embargo, cuando dices esto, parece que estas defendiendo el Apartheid americano y que vas a salir a la calle a matar negros y a violar a sus mujeres, envuelto en una sábana blanca con dos agujeros en el medio. Resulta triste que el descubridor de la estructura en doble cadena del ADN, uno de los mayores hitos que ha conseguido la ciencia moderna, haya sido excomulgado y apartado de la profesión por hacer una declaración en la que se limita a anunciar una posibilidad real. La ciencia consiste en plantear hipótesis probables, y en hacer lo indecible por demostrarlas. Lo que no hace la ciencia es ningunear esas hipótesis y posibilidades, y condenar a sus portavoces al destierro, solo porque han dicho algo que no es del agrado de los buenistas y los neófitos. Lo que no hace la ciencia es afirmar que la Tierra está en el centro del universo, solo porque así lo quieran los sacerdotes y los profetas de lo sobrenatural.

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La teoría de la imposibilidad de la trasmisión del mensaje

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Una de las cosas que se achaca al liberal, es que no sepa trasmitir su mensaje con la misma eficacia con la que los socialistas trasmiten el suyo. Se dice que el liberal no es suficientemente didáctico, y que por eso no llega a la ciudadanía como llega el socialista. De ese modo, todo el peso de la culpa cae sobre el liberal, pero también queda en sus manos cualquier posible solución. Yo pienso, en cambio, que el problema principal no reside en el mensajero, reside más bien en el receptor, y en el propio mensaje. Las ideas del liberalismo nunca podrán tener la misma aceptación que tienen aquellas que afirman lo contrario. La mayoría de esas ideas liberales son contraintuitivas, no apelan a los sentimientos, no utilizan la demagogia, y no se aprovechan de la ignorancia del destinatario. Esta visión es más desagradable, ya que deja al liberal con las manos atadas. Da igual lo que haga. El problema no depende de él. Su mensaje es intrínsecamente incomprensible y sus oyentes parecen incapaces de entenderlo. Por eso al liberal le gusta pensar que dicho problema se debe sobre todo a la forma que elige para comunicarse y no tanto a la naturaleza del recado o a la torpeza del auditorio.

La teoría de la imposibilidad del socialismo asegura que dicho sistema jamás puede funcionar con la suficiente eficacia como para permitir que la sociedad se desarrolle de manera sana. Es imposible que una élite gubernamental capte toda la información que existe en el mercado y redirija luego las fuerzas de producción en la dirección correcta. La sociedad es un sistema altamente complejo, que funciona gracias a las acciones que llevan a cabo millones de seres todos los días y, por tanto, no puede ser manipulado por unos pocos de forma centralizada. Sin embargo, también es imposible que una mayoría de personas acaben persuadidas de la veracidad de esta teoría científica y no se dejen arrastrar por las iniquidades del socialismo. Más bien, lo que todos creen es que esa elite de gobernantes es absolutamente necesaria. No se percatan del orden espontáneo y de la iniciativa privada que a cada momento, y de manera anónima, va construyendo desde abajo las redes de intercambio y la argamasa social que es necesaria para expandir la riqueza e incrementar el nivel de vida. Estas fuerzas permanecen ocultas, y son invisibles a los ojos del común de los mortales (la mano invisible de Adam Smith). Se basan en acciones anónimas que no tienen el impacto y la presencia que puede tener una movilización masiva y colectiva. Ejecutan sus movimientos buscando un interés particular y atendiendo a una responsabilidad individual que la mayoría de la gente no quiere o no sabe asumir. Además, van en contra del sentimiento de grupo, de la dedicación altruista y de la idolatría del líder que en el pasado sirvieron para cohesionar a las tribus, pero que ahora, en las sociedades modernas, se han revelado inservibles y nefastas. Por si esto no fuera poco, el liberalismo tiene que bregar con la condición humana más elemental y recalcitrante de todas: la ignorancia. La verdad siempre tiene unas raíces más profundas. Hace falta escarbar mucho más. Y la gente no está dispuesta a mancharse las manos. Para entender el liberalismo y la economía de mercado habría que leer grandes tratados teóricos, tener suficiente tiempo para dedicarse a la reflexión, abandonar las tareas cotidianas, y cuestionarse las cosas. Nada de esto se hace. El hombre está más apegado al mundo de lo que en realidad cree. La mayoría ni siquiera se plantea la opción de perder un poco de su tiempo leyendo libros que no le van a reportar ingresos. La satisfacción personal está directamente relacionada con la consecución de aquellas metas biológicas que nos impone el programa genético que tenemos incrustado en la carne. Tendremos hijos, seremos cotillas, comeremos en buenos restaurantes, animaremos a nuestro equipo de futbol, pero no perderemos el tiempo leyendo abstrusos tratados de economía o intentando entender la teoría de la relatividad. La escuela austriaca de economía, y en general todo el liberalismo, plantea una visión que requiere un profundo análisis de la sociedad. Además, la realidad no suele coincidir con las expectativas que tiene la gente. Por tanto, el mensaje que trasmite esta escuela es un mensaje frustrante, difícil de asimilar. Su falta de difusión no es un problema del transmisor. Es un problema del receptor, el cual no es capaz de entender la información que se le hace llegar.

La teoría de la imposibilidad del socialismo, que explica la depauperación en la que caen todos los países que deciden implantar un régimen soviético o comunista, tiene su contrapartida en la teoría de la imposibilidad de la trasmisión del mensaje liberal, que explica por qué esos países acaban abrazando las ideas socialistas, y caen una y otra vez en los mismos errores. La realidad y la verdad terminan por frustrar las intenciones golpistas e ilusas de los dirigentes comunistas y los utopistas fanáticos, que siempre acaban llevando al desastre a los países en donde gobiernan y acelerando de ese modo su caída. Pero, al mismo tiempo, también favorecen su ascenso al poder, ya que la verdad no suele ser un bien demasiado apreciado por la gente, y todos se empeñan en ocultarla y ningunearla, y en apoyar al sátrapa y al delincuente. La verdad es un muro infranqueable contra el que todos se estrellan una y otra vez. Los liberales tenemos la solidez de la verdad de nuestro lado. Sabemos que nuestros enemigos siempre acabarán dándose de bruces contra ella. Pero nuestros enemigos poseen también un arma poderosa. Ellos saben explotar otra cualidad de la verdad: su exigüidad. El desprecio general que despierta la realidad en la mayoría de la gente llena las plazas de tontos y hace que nadie se percate del peligro que entraña una determinada política. De esta forma, el mundo y la historia se debaten continuamente entre dos fuerzas contrarias, la verdad y la mentira, la libertad individual y la coacción gubernativa, la propiedad privada y las exacciones públicas, el progreso tecnológico y el freno del Estado, el auge de la economía y la recesión ulterior, los éxitos del liberalismo y la depauperación del socialismo, la lucha por la existencia y el ocaso de la raza. Este zigzagueo sempiterno es un sino que tenemos que aceptar, y con el que tenemos que aprender a convivir. No obstante, esto no nos puede llevar a pensar que no hay nada que hacer, y que lo único que cabe es adoptar una actitud derrotista. Los liberales representamos a una de las partes enfrentadas, aquella que está del lado de la verdad. Si claudicamos y abandonamos el combate, vencerán los malos, ya no habrá ningún contrapeso, y el mundo se dirigirá sin remedio al precipicio de la historia. Por tanto, estamos obligados a exigirnos cada día más, a no flaquear en ningún momento, y a proseguir nuestra lucha intelectual sin detenernos un instante, aunque ésta se presuma eterna y aunque el mensaje que intentamos trasmitir nunca acabe de calar.

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El arte y la política

LOQUILLO-300x241 Clint Eastwood

A veces uno conoce primero al artista, y luego se percata de la persona. Primero escucha una canción, o contempla un cuadro, o visualiza una película. Luego conoce la identidad política del personaje, y se da cuenta de lo bien que encaja todo. Me ocurrió esto con Clint Eastwood, y también con Loquillo, la primera vez que les vi y les escuché en la pantalla. Ahora ya no admiro solo su obra de arte, también su arte de obrar. Clint Eastwood: “Me gusta la visión libertaria que es la de dejar a la gente en paz. Aun desde niño me molestaba quienes pretendían indicarle a los demás como debían vivir”. Loquillo: “A mí no me roba España sino los Pujol y Millet”. La primera película que vi de Clint Eastwood, así como la primera canción que escuche de Loquillo, supusieron para mí una evolución estética que aun recuerdo con gran alegría, el despertar a una nueva forma de belleza. La imagen que transmiten estos dos iconos del arte, es la de unos individuos que no se arrugan ante nada, pero que tampoco pedirían responsabilidades a terceros si acaso fracasasen en sus intenciones. Exactamente lo contrario de lo que hace la mayoría de los políticos, que tienen como mascota al chivo expiatorio, y que siempre andan quejándose de lo mal que les tratan las encuestas, o de lo mal que le entiende el resto de la población. El arte que despliegan los políticos no es un arte virtuoso, es el arte de un comediante histrión, que busca siempre la atención del público, mediante la mueca exagerada y la demagogia. La mojigatería, la complacencia, la estupidez, la servidumbre, la blandenguería, la afectación, la charlatanería, o la hipérbole, son cualidades que le pegan al político, pero que no tienen nada que ver con la pose y la mirada que muestra Clint Eastwood delante de la cámara, o con la figura enhiesta y esbelta de Loquillo en el escenario, o con el argumento de las películas o la letra de las canciones que escriben estos dos monstruos de la interpretación. Por eso me gustaron la primera vez que les vi, aunque solo conociera de ellos su fachada y su envoltura. Ahora me doy cuenta de que la forma y el fondo tienen a veces unos vasos comunicantes mucho más anchos de lo que en principio nos puede parecer. El amor a primera vista, o la apariencia del sujeto, pueden hacer que nos equivoquemos a la hora de realizar una primera valoración. Pero no cabe duda que otras veces nos permiten acertar de lleno.

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Librería: Antropología

antropologia-tomista-15526_426_464_1

  • Adam Kuper, EL PRIMATE ELEGIDO
  • Antonio Damasio, EN BUSCA DE ESPINOSA
  • Crick Francis, LA BUSQUEDA CIENTIFICA DEL ALMA
  • Darwin, EL ORIGEN DEL HOMBRE
  • Darwin, LA EXPRESION DE LAS EMOCIONES
  • Diamond Jared, ARMAS GERMENES Y ACERO
  • Diamond Jared, EL TERCER CHINPANCÉ
  • Lee R. Berger, TRAS LAS HUELLAS DE EVA
  • Richard Leakey, LA FORMACION DE LA HUMANIDAD
  • John Searle, EL MISTERIO DE LA CONCIENCIA
  • Infra Michel, FREUD, EL CREPUSCULO DE UN IDOLO
  • Rubia Francisco, EL CEREBRO NOS ENGAÑA
  • Smith Adam, SOBRE LOS SENTIMIENTOS MORALES
  • Hayek, EL ORDEN SENSORIAL
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La casta de Pablo Iglesias

Pablo-Iglesias_EDIIMA20130920_0396_4 Pablo Iglesias afirma que su partido ha nacido para combatir a la casta, en clara referencia a todos esos políticos y burócratas que hoy en día campan a sus anchas en las instituciones democráticas, llevándoselo crudo, sin dar un palo al agua. Y tiene razón en un aspecto: la casta política tiene que ser exterminada sin demora, cual tumor maligno. Pero de lo que nadie se percata es de que el propio Pablo Iglesias forma parte de la misma estirpe, y no importa que todavía no haya llegado al poder. La tradición intelectual que le precede ha sido y es la única que provoca todos esos desmanes políticos. Podemos, el partido que dirige con mano de hierro Pablo Iglesias, no va en contra de la casta. Podemos es la casta. Dice el diccionario que casta significa ascendencia y linaje. Y si nos vamos a lo básico, a las ideas, constatamos que ésta definición se ajusta como un guante a las creencias que enarbola y pregona este nuevo partido. No existe mayor linaje que ese que traspasa toda la historia del hombre, que se origina en Esparta, de la mano de adalides tan insignes y eruditos como Sócrates o Platón, que se moderniza y se vuelve académico con el mercantilismo y el marxismo, que se pone en práctica bajo el yugo de los totalitarismos y los fanatismos que asolaron y llenaron de muertos el siglo XX, y que se intenta reciclar y reinventar con ese socialismo refrito y esas democracias bananeras que proliferan en el mundo en este último siglo. La mayor casta de todas es la que lleva toda la historia ejerciendo el dominio, sodomizando y ultrajando a los individuos, mediante el uso injusto de la fuerza del Estado. Me refiero a la ideología comunista y socialista. Esa es la única casta que existe, la única que puede perdurar siglos, la única que sabe como apoltronarse y encastillarse en el poder, al objeto de limitar nuestras libertades más básicas, la única que defiende abiertamente un régimen hegemónico de mil años, el fin de la historia y el paraíso perpetuo. La camarilla de Podemos solo es la última entrega de este culebrón que se antoja eterno. Díganme ahora si no es una casta. La segunda acepción que tendría que contemplar el diccionario debería hacer referencia a este partido de nueva creación que, en el fondo, es tan antiguo como el átomo.

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La mujer de Josep Pla

“La mujer es la quintaesencia del antirromanticismo. Son realistas, quieren hijos, una familia, etc…,” (Josep Pla, 1897-1981)

Efectivamente, las mujeres quieren hijos, mientras que los hombres solo desean tener sexo, todos los dias, con todas las mujeres. No hay duda de que ellas son más realistas.

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La indisolubilidad de la nación

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Cualquier ente, sea del tipo que sea, debe pugnar por subsistir si es que no quiere extinguirse. Un pingüino tiene que caminar todos los días hasta el borde de la playa y zambullirse a continuación en el agua del océano en busca de comida. Todos los seres vivos, y en general todas las cosas, aspiran a mantenerse íntegros el mayor tiempo posible. En términos generales, la subsistencia coincide con la existencia. Cualquier estructura debe presentar algún modo de subsistencia. Una piedra existe gracias a que está hecha de un material muy sólido. Un pingüino existe porque lucha todos los días para alimentarse y no descomponerse.

De la misma forma, una nación asegura su existencia y se blinda ante cualquier eventualidad que amenace su integridad, si no repara en gastos a la hora de asegurar su unidad. La indisolubilidad de la nación debe ser un principio constitucional tan importante para ésta como lo son las aletas para el pingüino del ártico. En un sentido lato, las aletas y las leyes tienen la misma función y el mismo objetivo.

Imaginemos que queremos construir una nación que esté basada en la libertad y el derecho. Junto a los artículos que dispongan esta cimentación, deberán aparecer también otros que garanticen la continuidad del proyecto, asegurando la subsistencia de todo el sistema nacional. Por consiguiente, cualquier nación libre estará obligada a ser también una nación indisoluble. La indisolubilidad de la nación, su unidad y su solidez, constituye un precepto necesario para lograr este programa político. La libertad de un pueblo solo se consigue en la medida en que aseguremos su persistencia indefinida y continuada. En realidad, cualquier proyecto exige que se den este tipo de condiciones. Siempre que queramos conseguir algo, tenemos que asegurarnos de que eso que logremos va a presentar esa condición. Todo lo que existe debe permanecer. Y todo lo que permanece debe tratar de ser indisoluble. Cualquier cosa que existe consigue permanecer en la medida en que no se fragmenta ni se disuelve.

Las cosas deben ser indisolubles. Una nación también. A la hora de juzgar si conviene o no disolver una nación, no tenemos que fijarnos en el grado de integridad que manifiestan sus ciudadanos. El derecho de autodeterminación no es un derecho simplemente porque permita esa disgregación. Los pueblos tienen derecho a ser libres, no a separarse. La unidad es un requisito para la libertad. Si queremos que todas las personas sean libres e iguales ante la ley, estamos obligados a aumentar el rango de acción de esas leyes, no a disminuirlo.

La disolución solo está justificada en aquellos casos en los que las instituciones no respeten la libertad. Una tiranía puede fragmentarse sin que esto suponga un empeoramiento para sus ciudadanos. Pero esto no significa que la segregación sea algo bueno de por sí. La cosa es bastante sencilla. Si la nación apela a su identidad o sus tradiciones, si los políticos llevan la voz cantante, si no se cansan de reclamar el derecho de autodeterminación de los pueblos, entonces no hay duda de que lo que quieren conseguir es una mayor cuota de poder, a costa de la libertad de sus ciudadanos. En ese caso, la disolución nunca podrá estar justificada.

Hay muchas personas que ven en la indisolubilidad de la nación un acto dictatorial. Cuando se defiende una nación grande y libre, todos piensan que lo que se defiende en realidad es un sistema totalitario. Todos creen que las regiones tienen derecho a secesionarse si así lo desean sus ciudadanos. Pero esta afirmación es falsa. La disolución también puede poner en riesgo la libertad. Lo que hay que evaluar es si la nación que aspira a separarse quiere implantar un régimen mejor.

Sin embargo, los nacionalistas y muchos demócratas consideran el derecho de autoderminación como un derecho superior a todos los demás, incondicional, de primer orden. Es decir, piensan que las personas y los pueblos son libres solo porque tienen la posibilidad de independizarse.

Los no nacionalistas debemos anteponer un valor superior: la unión. Tanto los separatistas como los unionistas pueden tener razón en determinados casos, siempre que se quieran separar o unir para constituir un Estado más libre. No obstante, la unión aventaja a la separación en un punto. Tiene una virtud añadida que no tiene el separatismo. La unión implica siempre a un mayor número de personas. A igualdad de condiciones, la unión siempre promueve la libertad individual mucho más que la separación. Además, la unificación forma parte de una tendencia evolutiva general. La evolución siempre ha tendido a la unión. Los átomos se unen en moléculas, estas a su vez se unen en células, las células se unen en organismos. Las personas se congregan en torno a las ciudades. La unión es sinónimo de cooperación, de creación, de novedad, de respeto. La evolución del universo progresa gracias a la unión y a la complejidad de las estructuras que aparecen como consecuencia de esas fusiones. La creación de una estructura nueva a partir de sus constituyentes elementales se hace siempre a través de la unión. La segregación nacional solo puede excusarse si la región que aspira a desgajarse pertenece a un Estado totalitario. La unión y la integración nacional, además de poder justificarse sobre la base de la defensa de la libertad, tiene también otra justificación igual de importante, la que apela al progreso, la igualdad y la conciliación de todas las partes. La separación nunca puede ampararse en este tipo de cualidades.

La unión también tiene un marchamo científico: tiene que ver con la honestidad intelectual. Todas las teorías científicas aspiran a la generalización. Las ideas correctas son aquellas que buscan esa universalidad. Serán más correctas en tanto en cuanto sean más generales. Con las leyes y normas de un Estado pasa lo mismo. Si son correctas, deben aspirar también al ecumenicismo y la universalidad.

La unión legislativa tiene dos enemigos principales. Los nacionalistas (de derechas o de izquierdas) y los anarquistas (anarcocapitalistas o anarcocomunistas). Los primeros se dejan llevar por un sentimiento primitivo, que anhela la entidad de la tribu, y que aspira a gobernar en aquellas localidades donde exista un respaldo mayoritario, compuesto casi siempre por adeptos y palmeros incondicionales y por sentimentalistas políticos. Los segundos no son chovinistas, no quieren gobernar, no apelan a la demagogia. Pero precisamente por esto, porque no tienen ningún afán político, desean que todos los ciudadanos convivan en armonía, sin imposiciones de ningún tipo, y sin Estados de ninguna clase. Ambos grupos se equivocan. Tan perjudicial es el chovinismo cerril que tiende a imponer unos controles férreos, como el anarquismo ingenuo que afirma que no tiene que existir ninguna coerción. Por razones muy distintas estas dos visiones acaban abrazándose al mismo chopo. En el fondo, ambas se declaran nacionalistas, y ambas están en contra de una ley general y verdadera.

La verdad y la generalización son dos conceptos que están íntimamente ligados. Una verdad es más cierta cuanto más general sea, y cuantos más fenómenos pueda explicar. Lo general siempre es más cierto que lo particular. Por tanto, para abrazar una posición más real debemos admitir esos dos conceptos, el concepto de ley y el concepto de generalidad. El mundo funciona mediante leyes generales. No cabe describirlo de otra manera. Los nacionalistas repudian la ley, les da igual qué leyes existan, con tal de que éstas les permitan segregarse. Desean ser ellos los que establezcan esas reglas, en el terruño donde gobiernan, y para lograr esto están obligados a admitir la posibilidad de que exista un número infinito de reglas y regiones autónomas. Por su parte, los anarcocapitalistas repudian y execran la generalidad, porque solo ven en ella un motivo para imponer la coacción del Estado. Se olvidan de que existe un tipo de coacción necesaria y general (un estado mínimo), aquella que debe existir para conseguir un sistema de libertades duradero, aquella que impide a los hombres imponer su propia voluntad a los demás (sin ese gobierno de mínimos, el vacío de poder siempre acaba llenándose de ineptos y de bandidos).

Ambas visiones, la nacionalista y la anarcocapitalista, caminan en el mismo sentido, van en contra de la verdad universal y del precepto científico. Ya sea porque rechacen la verdad o porque rechacen el carácter universalidad de la ley (y su legitimación institucional), en los dos casos describen un mundo lleno de arbitrismos, ídolos ineptos y hombres de paja.

 

 

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La sinrazón del nacionalismo

que-pasa-en-catalunaComo muchos otros veranos, éste que ahora termina me ha permitido de nuevo escapar por unos días del bullicio madrileño, que tanto crispa el ánimo, y recalar en la casa que regentan mis tíos en el municipio de Gata de Gorgos, próximo a la localidad de Javea, en uno de los enclaves turísticos más importantes de la costa mediterránea. Y como muchos otros veranos, en esta ocasión también han reaparecido las mismas rencillas y discrepancias que salpimientan las discusiones políticas que mantengo todos los años con esa parte de mi familia. Mis primos son catalanistas. Aunque la localidad donde viven pertenece a la provincia de Alicante, ellos defienden a pies juntillas la secesión de Cataluña, conmemoran la Diada, apoyan el referéndum separatista, y seguramente también coman alguna que otra butifarra. Como yo defiendo todo lo contrario, y no me ando con tapujos, enseguida ha saltado la polémica. De repente, ha venido mi tío por detrás y me ha soltado de sopetón la siguiente frase: “cómo es que tu defiendes el liberalismo y luego pretendes impedir que la gente decida libremente si quiere seguir perteneciendo a la nación española”. Según se deduce de estas palabras, la actitud de un liberal auténtico pasaría por permitir que los hombres hagan lo que sea, siempre y cuando sea eso lo que quieren hacer. En este caso, cualquier legislación quedaría legitimada con tal de que la gente decidiese mayoritariamente la independencia, y se acogiese a otras constituciones. Esta asociación de ideas es muy común también entre los propios libertarios y anarcocapitalistas, muchos de los cuales están igualmente a favor del derecho incondicional a la libre secesión.

Los nacionalistas defienden una postura que acaba por relativizarlo todo. Por supuesto, también relativizan el tamaño del Estado. Para ellos el nacionalismo español puede ser objeto de las mismas acusaciones que les hacemos quienes apoyamos la integración nacional. Si afirmamos que el suyo es un sentimiento tribal injustificable, ellos nos replican diciendo que nosotros también somos nacionalistas y que lo único que nos diferencia de ellos es el lugar que elegimos para trazar las fronteras, o la extensión territorial que concedemos a nuestra patria.

En el caso de los anarcocapitalistas el asunto es todavía más grave. Para estos no existe ninguna equivalencia, ya que para ellos siempre es mejor que el Estado actúe sobre un territorio reducido. Cuanto más pequeño y mas fragmentado esté un país –nos dicen-, mas lejos estaremos de acabar en manos de un gobierno omnipresente y totalitario. Según ellos, la pequeñez es casi el único indicativo fiable que existe. No obstante, la única pequeñez que queda de manifiesto en esta afirmación es la que hace referencia a la visión menguante que tienen las personas que eligen ese tipo de barómetro para medir la libertad.

Yo pienso que la libertad es completamente incompatible con el derecho de decisión (que excita el ánimo de los democraticistas), o con el derecho de secesión (que excita el ánimo de los nacionalistas), y también es incompatible con ese escenario multiestatal que predican y que publicitan algunos libertarios. Lo que yo defiendo es la libertad del individuo, no la libertad de secesión de un colectivo regional o de una alícuota de ciudadanos. No todas las normas son susceptibles de someterse a votación, como parece que dan a entender aquellos que quieren dejar todas las decisiones en manos del partido mayoritario o del pueblo mejor organizado. Si me manifiesto a favor de la libertad del individuo es porque creo que este principio es un principio racional, que avala una teoría incuestionable, plenamente objetiva. En cambio, el nacionalismo y el separatismo se basan en unos sentimientos que nacen de las vísceras, y cuya seña de identidad viene representada por unos principios particulares y arbitrarios, asiduos de las tradiciones y las costumbres que exaltan los comportamientos de ciertas regiones y localidades, por encima de aquellos que serían objetivamente mejores.

Yo estoy manifiestamente en contra del uso partidista de las instituciones. No quiero que las leyes más importantes, que aspiran a garantizar la libertad de todos los individuos, dependan en cualquier caso de las decisiones que adopte una mayoría democrática o una minoría nacionalista. Y por lo mismo, también estoy en contra de cualquier división que venga a romper el marco de aplicación que es necesario para que estas leyes sean efectivas. Me niego a admitir cualquier justificación que priorice la fragmentación y la división de la nación española, y que solo contemple ese tipo de operaciones. Esta actitud mía no refleja ningún patrioterismo barato, pues no deseo la unión porque defienda la superioridad de mi raza o de mi pueblo. Defiendo la unión porque esa es la única manera de aplicar una ley verdaderamente objetiva y general. Y defendería la disolución de la nación española dentro de un gobierno más general si éste se atuviera a los mismos principios que me sirven a mí para defender la integridad española. La ruptura siempre nos aleja de la meta que debería perseguir cualquier liberal de pro. El liberalismo es la afirmación de un principio universal, que se basa en un derecho absoluto: el derecho de todos los ciudadanos a ejercer la libertad. Por tanto, no debería poder ser alterado o influido por el resultado de unas elecciones plebiscitarias, o por las consecuencias que se derivasen del adoctrinamiento infantil de una generación de charnegos. Cuando se somete a votación una ley tan importante e incuestionable como esta, no se está defendiendo la libertad de todos los ciudadanos sino la capacidad para que algunos de ellos elijan el gobierno que más les convenga, aquel que satisfaga mejor sus intereses colectivos, o aquel que ofrezca más privilegios a los charlatanes y los trileros que realizan la función de políticos y que, al fin y al cabo, son los que más incitan y exaltan ese sentimiento y ese odio chovinista. Yo defiendo un principio ecuménico, unitario, que atiende a una realidad absoluta, que compromete la vida de todas las personas, y que aspira a establecer un orden general pacífico. La libertad del individuo está por encima de cualquier opinión particular; no en vano, es la única norma que permite que todos se puedan expresar y puedan convivir armónicamente. Y también está por encima de cualquier proyecto nacionalista que aspire a romper esa unidad de trato y ese orden general.

Muchos son los que confunden la libertad del individuo con otra cosa, por ejemplo, con la capacidad para hacer todo lo que uno quiera, con las decisiones de independencia, con las secesiones voluntarias, o con la inexistencia de un órgano general. Pero la libertad real no tiene nada que ver con esto. Efectivamente, se basa en la capacidad de las personas para hacer lo que estas decidan de manera particular, a título personal. Ahora bien, esa capacidad solo puede ser protegida y fomentada de una única manera, mediante una normativa general que se blinde ante cualquier corriente que quiera imponer unas normas distintas. Al fin y al cabo, el nacionalismo centrífugo no es más que otra forma de relativismo, uno en el que se relativiza la ley y se legitiman muchas legislaciones, todas las cuales abogan por la necesidad de organizar la sociedad sobre la base de muy diversas constituciones, cada una con distintas ordenanzas y distintas normativas, la mayoría de ellas opuestas. Esto no puede ser nunca una defensa liberal, más bien es la defensa que escogen los políticos y los tiranos, que ven como se acrecientan sus posibilidades cada vez que aumenta el número de legislaciones y lugares en los que poder medrar; si no son capaces de prosperar en determinada región, siempre podrán hacerlo en otras ciudades-estado, de las muchas que existan. El auténtico liberal debe enfrentarse a éste tipo de oportunismo político, y tiene que creer por encima de todo en la libertad de los individuos, hayan nacido éstos donde hayan nacido. Esta defensa solo es compatible con una situación que sea igualmente unívoca, en la que solo se establezca una constitución, la cual deberá afectar al máximo territorio posible. Hacia ahí nos tenemos que mover todos los liberales, alejándonos en cualquier caso de las posiciones nacionalistas que caminan en sentido contrario. El desarrollo y el progreso de la sociedad constituyen proyectos unidireccionales, que deben implicar a todos los hombres sin excepción. La libertad individual atiende a un principio universal, inconciliable con el nacionalismo y el cortoplacismo. Progresamos en mayor medida si somos más los que nos acogemos al principio que aboga por defender la libertad de todos los ciudadanos. Igual que la ciencia progresa por medio de la generalización y la abstracción, las leyes que afectan a la sociedad también deben progresar de la misma manera, acogiéndose a un principio general, que es el único que puede respaldar un proyecto verdadero.

Cuando mi tío me interpela y me acusa de sostener una posición contradictoria, porque según él no se puede ser liberal y al mismo tiempo defender la obligatoriedad de una ley que nos hace a todos partícipes de un mismo proyecto nacional, en realidad lo que está haciendo es tergiversar el sentido y el concepto de la libertad. La libertad no es una libertad positiva (incondicional), gracias a la cual todos puedan hacer lo que quieran, votar cualquier constitución, acogerse a la legalidad de cualquier región, o romper con cualquier marco constitucional. La libertad es un proyecto científico, racional, unívoco, y por tanto su metodología debe trascender cualquier situación particular. La verdadera libertad defiende el derecho de las personas a hacer lo que éstas quieran, pero es precisamente por eso que dicha defensa está obligada a contemplar unos principios inalterables, que solo pueden implementarse mediante la imposición de una legislación unívoca.

Muchos no comprenden la compatibilidad que existe entre esas decisiones personales libres y esas exigencias de cumplimiento generales. Es necesario que hagamos aquí un poco de pedagogía. La libertad se basa en la abolición de cualquier intromisión o imposición que pretenda decidir sobre valores, intercambios, gustos o actos de personas adultas. Pero al mismo tiempo esta abolición tiene que estar respaldada por una imposición, la única legítima, que tendrá la función de proteger esas libertades individuales, haciéndolas incuestionables e invulnerables. Cualquier otra solución acaba recalando en un relativismo incompatible con la libertad y la soberanía individual, que siempre han de ser universales.

El único rastreo que permite acometer la empresa de la racionalidad humana es aquel que aspira a encontrar una teoría general. Cualquier búsqueda de conocimiento pasa por comprender los hechos que permiten agrupar aquellos otros fenómenos que no presentan ningún vínculo apreciable. La comprensión humana es una capacidad de relación. Cualquier análisis racional conlleva una visión integradora. La búsqueda intelectual y la razón del hombre atienden a un único motivo general: deben encontrar un nexo teórico, y solo adquieren sentido si tienen el propósito de buscar y describir ese hecho objetivo. La razón es incompatible con las visiones sesgadas y con las opiniones maniqueas. La razón es incompatible también con la religión, en la que todo depende de la creencia particular, es incompatible con el historicismo, en el que todo depende del momento histórico, es incompatible con el polilogismo, en el que todo depende de la raza o la estructura del cerebro, es incompatible con el socialismo, en el que todo depende de la clase social o el nivel de riqueza, y es incompatible con el nacionalismo, en el que todo depende de la región geográfica que tomemos en consideración, o del color de la bandera que ondee en los ayuntamientos de dicha región.

El filósofo granadino Francisco Suárez, en la disputación I de su libro Disputaciones Metafísicas, nos dice lo siguiente: “…nosotros, en cada arte o ciencia, juzgamos más sabio a aquel que conoce las causas de las cosas con más intimidad y universalidad… el conocimiento humano es perfecto en tanto que alcanza la causa, y mientras no logra esto permanece imperfecto, e indicio de esto es que el ánimo del investigador no descansa hasta que da con la causa. Por consiguiente, será sabiduría absoluta aquella que alcance las causas más elevadas y universales de las cosas, de donde le vendrá también el ser más apta para enseñar”. Con más motivo, si cabe, en la ciencia política nos vemos obligados a buscar también una ley absoluta que afecte y beneficie a todos los individuos. Y una vez que la tenemos, solo podemos actuar de forma coherente si defendemos esa ley de manera incondicional, mediante un acto sacramental de legitimación política que aspire a proteger a todas las personas, no solo a los catalanes, y que impida que las decisiones que se tomen en torno a dicha ley dependan en cualquier caso de la voluntad de unos pocos individuos, o de una mayoría de ellos.

A veces, un Estado pequeño puede resultar mejor que un Estado más grande. Otras veces puede ser el Estado grande el que defienda con más insistencia la libertad de sus ciudadanos, incrementando su disfrute. Por tanto, la cuestión que dirime el problema de la libertad no gira exclusivamente en torno al tamaño del Estado, como parece que piensan algunos libertarios y anarcocapitalistas, gira sobre todo en torno a la propia libertad, a su grado de implementación y al carácter universal del principio bajo el cual ésta se establece. A veces es mejor un Estado secesionado, que rompa con la unidad de un gobierno totalitario. Otras veces los devotos del separatismo aspirarán a implantar un régimen mucho peor, aprovechando esa devoción y ese aislamiento, y entonces lo correcto consistirá en impedir que se segreguen.

No obstante, lo que está claro es que siempre es mejor que la libertad afecte al mayor número posible de personas. Por tanto, el programa liberal deberá incluir entre sus objetivos uno que aspire a unir a las regiones y los pueblos, y no uno que insista en separarlos. Tal vez, ese gobierno unitario no sea posible a corto o medio plazo, tal vez no lo sea nunca, pero esto no obsta para que se incluya en la agenda y se perfile como un objetivo. La separación nos acerca irremisiblemente al estado tribal y a las condiciones de vida de nuestros antepasados más remotos. Por el contrario, la unificación nos sumerge en un mundo globalizado, conectado, moderno y abierto. Estas derivas no son casuales: la unificación es la única medida científica que existe, es el único fruto de la razón, y también es la raíz que sostiene cualquier evolución cultural, cualquier proyecto intelectual, cualquier acúmulo de conocimiento y cualquier acercamiento a la verdad.

Muchos liberales tienden a confundir la libertad del individuo con el derecho incondicional del mismo a la libre secesión, con su derecho de adscripción a un territorio determinado, y con todas aquellas defensas que luchan en mayor o menor medida para que los pueblos gocen de una completa independencia jurídica. Pero por ese camino los liberales no están defendiendo ninguna égida individual. Cualquier separación que implique a un territorio completo y que modifique todas las normas de una región no puede ser en ningún caso una acción o un derecho individual, más bien será un ejercicio exclusivamente colectivo. Esos mismos liberales, y por los mismos motivos, tienden a equiparar más de lo debido el nacionalismo español y el nacionalismo catalán. Con ello, están contraviniendo completamente sus principios liberales. No solo dan alas a los políticos de todas las regiones habidas y por haber. Además, defienden una causa que está muy alejada de aquella que siempre ha inspirado la búsqueda objetiva que caracteriza a la ciencia y que es la seña de identidad de cualquier proyecto racional. La unidad nacional entraña siempre una postura racional más objetiva, más acorde con los principios de cualquier teoría científica (simples y únicos). En cambio, la defensa que hacen los chovinistas y los separatistas se aleja siempre de esta postura. En segundo lugar, aquellos que igualan el nacionalismo centrífugo con el centrípeto se olvidan de que el primero excluye cualquier ventaja que pueda abrigar el segundo (ej. mayor eficacia y economía de las normas, unión en torno a la única defensa legítima, generalización de la teoría, extensión de la libertad), mientras que el segundo no excluye las ventajas que habitualmente se atribuyen a los Estados pequeños (ej. se puede mantener cierta autonomía regional sin destruir completamente el estado de derecho, como quiere los independentistas; se puede fomentar la competencia entre regiones y la independencia fiscal sin necesidad de renunciar por completo a los principios fundamentales que tienen que regir en todas ellas; es más, solo se puede competir de esta manera si existen unos principios centrales que guíen las decisiones de todas las autonomías; más allá de eso toda división es un error).

La ciencia consiste en buscar la generalidad, y la política del liberal no puede tener otra meta distinta de esa. La libertad también requiere algunas exigencias de cumplimiento generales (llámense colectivas si se quiere). Las leyes más fundamentales siempre aspiran a la simplicidad y la generalización. Buscan explicar más fenómenos con menos premisas. Este es el único camino que garantiza el éxito, no solo porque es el que más se ajusta a la verdad, sino también porque es el que mejor se puede implementar. Las leyes simples son fáciles de aplicar y de establecer. Aquellos que ven un problema en el hecho de elegir por consenso unas normas concretas, no entienden que el gobierno de la libertad es sumamente sencillo. No es necesario resolver complicados acertijos, basta con proteger y permitir que lo hagan todas las personas, de forma individual, con la poca información de que disponen en sus ámbitos particulares, y creando un orden espontáneo suficientemente extenso y diverso. Luchar para eliminar las constituciones regionales que proliferan y se multiplican bajo el nacionalismo, o combatir el exceso de leyes que los socialistas quieren imponernos, requiere que establezcamos una legislación única y sencilla, fácil de implementar, verdadera, e inmune a los ataques de los chovinistas y los estatistas. No podemos estar equivocados. La ciencia, la realidad y la experiencia cotidiana nos avalan.

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La tiranía de las rosas

el tirano rosasZoofilia: Comportamiento de las personas consistente en tener contactos sexuales con animales. La zoofilia es una parafilia, una perversión que se define como enfermedad, que se diagnostica, se trata y se cura.

Fitofilia: Comportamiento de las personas consistente en tener contactos sexuales con plantas. La fitofilia no es una enfermedad. Todo lo contrario. Oler los genitales de las plantas, aspirar el aroma de las flores, es una práctica muy habitual y está muy bien considerada. Las personas recogen genitales de todos los colores cuando acuden al campo, y se los entregan a las personas más queridas, en señal de amor.

La zoofilia es una degeneración sexual. La fitofilia, en cambio, representa el cariño y la entrega personal. Dos consideraciones muy distintas para dos prácticas que, en el fondo, son equivalentes.

Con estas similitudes no pretendo justificar la zoofilia, ni mucho menos. Solo quiero colegir la engañifa a la que están sometidos muchos. A veces adoramos cosas que, si de verdad supiéramos lo que son, no podríamos menos que soltar una carcajada de asombro. El comunismo es otra parafilia perniciosa, que muchos siguen recogiendo y cultivando en sus huertos, como si fuera una hermosa rosa. Habría que avisarles que en realidad están admirando unos genitales, los genitales del sátrapa que se dedica a llenarles la cabeza de pájaros.

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La economía del tiempo y la dieta paleolítica del hombre moderno

neolitico2--644x362Todos los años la industria del entretenimiento nos sorprende con una nueva fórmula alimenticia. La dieta de la galleta del doctor Siegal, que consistía en comer exclusivamente galletas rellenas de chocolate, o la dieta de la orina, que sugería empezar el día tomándose un vasito caliente de concentrado de urea, son dos de las medidas más extravagantes que se han prescrito. Pero existen muchas más. Lo cierto es que ninguna de estas dietas ha demostrado nunca la más mínima efectividad. Los médicos recomiendan comer todo tipo de alimentos, en bajas proporciones, y hacer ejercicio físico. Esta es la única solución dietética que ofrecen los profesionales al problema de la obesidad y la salud. Pero la gente no suele hacer demasiado caso a los profesionales. Les gusta más lo exótico y lo milagroso.

En el último año se ha hecho famoso un nuevo régimen alimenticio: la dieta paleolítica. Esta nueva fórmula ha cautivado la atención de muchas personas. En el fondo, éste régimen es exactamente igual que los demás, en cuanto a efectividad se refiere. Pero tiene un aura científica que lo hace atractivo para un sector de la población más amplio, dentro del cual se encuentran también muchas personas cultas. Tengo amigos que defienden esa dieta a capa y espada, y que no son sospechosos de padecer ignorancia.

¿En qué consiste la dieta paleolítica? En realidad, no tiene mucho secreto: el nombre ya lo dice todo. Consiste, lisa y llanamente, en imitar la dieta que estaban obligados a seguir los hombres del paleolítico. ¿Y por qué deberíamos parecernos a unos hombres que vivieron hace miles de años? Según los adalides de esta nueva prescripción, el hombre del paleolítico se alimentaba bastante mejor que el actual. Por tanto, sería beneficioso para nosotros recuperar esas costumbres culinarias.

En un sentido lato, esta idea se enmarca dentro de esa categoría de creencias que aseguran que cualquier pasado siempre fue mejor, y que suelen repetir como un mantra las personas que ya no tienen nada que aportar a este mundo, o también aquellas que pretenden imponer unos valores sociales propios que, según nos dicen, es urgente que recuperemos de inmediato. Lo cierto es que la mitificación que se suele hacer del pasado (el buen salvaje de Rousseau), así como la que se hace del futuro (el devenir y el fin de la historia que auguran los marxistas), suele servir al hombre para disculpar cualquier acción deliberada dirigida a controlar y cambiar las costumbres que las personas han decidido adoptar en el presente, de manera voluntaria.

El paso al neolítico representa un periodo clave de la historia del hombre: es el periodo que mayor progreso ha experimentado. El ser humano consigue domesticar a las fieras, aprende a cultivar varias especies de vegetales silvestres, se asienta en pequeñas aldeas, y constituye comunidades que con el tiempo se acabarán convirtiendo en la polis moderna. Con ello, se da inicio a la civilización, de la que hoy somos todos participes y beneficiarios. Pues bien, la tesis que vendrían a sostener quienes defienden la dieta paleolítica afirma que esos avances que dieron lugar a la modernidad no fueron tan maravillosos como podría suponerse. La ganadería y la agricultura trajeron también un cambio brusco en la dieta, y una alimentación más perjudicial que la que había hasta entonces. Diez mil años después de aquella revolución humana surgen algunos movimientos que quieren recuperar esas tradiciones alimenticias que dejamos atrás, cuyo desprendimiento nos llevó a ser la especie más exitosa del planeta. Estos advenedizos modernos afirman que nuestro cuerpo no está preparado ni adaptado para digerir los alimentos que se consumen en una dieta neolítica, basada en los productos obtenidos de la agricultura y la ganadería, y que en cambio está mejor adaptado al régimen que existía previamente, en el paleolítico, cuando el hombre era cazador y recolector. Al vestir estas ideas con consideraciones científicas (antropológicas) y al utilizar palabras rimbombantes que parecen extraídas de un discurso de eruditos, estos nuevos dietistas encuentran en el público general una mayor aceptación. No en vano, la gente siempre suele confundir la ciencia con otra cosa. Si confunden la astronomía con la astrología, y la química con la alquimia, ¿qué no harán con aquellas disciplinas que no son tan ortodoxas? Así, cuando se les habla de una dieta milagrosa, que nos devuelve a los tiempos eclógicos que al parecer disfrutaban nuestros antepasados, antes de que advinieran las revoluciones modernas, enseguida aceptan esta posibilidad sin cuestionarse nada. Sin embargo, si conocieran realmente cómo funciona la evolución, con tal de que se parasen a reflexionar un poco, se darían cuenta de la tontería que están afirmando.

Si adoptamos hace diez mil años la comida que provenía de los animales y plantas que conseguíamos domesticar, fue sencillamente porque ésta era mejor que la que había antes. Además, la evolución humana no se ha quedado detenida en aquella época. Desde entonces venimos evolucionando a la par que lo hace nuestro entorno, y nuestra genética se ha ido adaptando también a las nuevas condiciones alimenticias (a la leche, al azúcar, etc…). La evolución jamás se detiene. Lo único que se ha quedado estancado es la mente de algunos hombres actuales que, por la razón que sea, se empeñan en construir obeliscos en memoria del pasado, y mitifican fervorosamente a la diosa naturaleza, sin apreciar apenas las ventajas que les ofrece el desarrollo actual del ser humano. Todos los que entronizan algún aspecto del pasado, o que anhelan un futuro lleno de querubines y de edenes, necesariamente acaban olvidándose del presente, dejan de sembrar la tierra, de valorar los logros conseguidos, y con ello cierran también las puertas a cualquier progreso futuro. Existe otra dieta absurda, que deviene con este comportamiento, y que también se manifiesta cada cierto número de años: es la dieta de la hambruna, a la que se ven abocados aquellos que deciden dar la espalda al progreso. Debemos tener cuidado con todas esas ideas que enraízan en la creencia rousseauniana del buen salvaje. Debemos abstenernos de ensalzar cualquier aspecto romántico del pasado. Por ese camino podemos acabar defendiendo cosas mucho más peligrosas. Por ejemplo, podemos despreciar los bienes que tenemos en el presente, y desatender las causas que han motivado ese progreso. La dieta paleolítica es una dieta inofensiva a la par que inútil, pero puede conllevar ideas bastante más peligrosas y efectivas, puede convertirse en una dieta de verdad, en un régimen de hambruna y de retraso.

No quiero que se me entienda mal. No estoy afirmando que la defensa o la práctica de la dieta paleolítica conlleven necesariamente una especial predilección por los sistemas totalitarios y anquilosados, o por aquellas economías que no incluyen en sus fórmulas ninguna variable temporal y que, por tanto, tampoco promueven el progreso y el avance. Precisamente, lo que quiero indicar es lo contrario, el hecho de que existan personas que, aun sin defender esos sistemas políticos arcaizantes, sin embargo sí encuentren motivos suficientes para abrazar una dieta que hace milenios que fue abandonada. Lo único que quiero resaltar es la tremenda facilidad que tiene la mente humana para aceptar este tipo de soluciones, y el peligro que existe de que, en algunos casos, esa mitificación del pasado pueda suponer un riesgo mayor. Cada uno elige la dieta que quiere seguir. No obstante, siempre se suelen escoger aquellas ideas que apelan a los sentimientos con más fuerza. Esto puede aplicarse tanto a la economía como a la gastronomía, lo cual resulta bastante significativo. La defensa que hacen algunos de la dieta paleolítica es sintomática de una mentalidad demagógica que puede verse abocada a defender otras antiguallas parecidas.

Decía Mises que la acción es cambio, y el cambio implica secuencia temporal. Y continuaba afirmando: “En la economía de giro uniforme, sin embargo, se elimina tanto el cambio como la sucesión de los acontecimientos… En este sistema no pueden aparecer individuos que escojan y prefieran y, tal vez, sean víctimas del error, estamos por el contrario ante un mundo de autómatas sin alma ni capacidad de pensar; no se trata de una sociedad humana, sino de termitas.”. Mises se refiere en esta cita exclusivamente al problema que siempre han enfrentado los economistas de la escuela austriaca, que tienen que lidiar con esos otros economistas que pretenden garantizar la conservación del Estado, el estancamiento de la economía, y el reparto justo de una cantidad de bienes fija, que piensan que nunca se puede incrementar. No obstante, existen muchas más formas de obviar o de despreciar el cambio y el desarrollo social. El imaginario colectivo está poblado de creencias que se basan, de una u otra manera, en conceptos e imágenes fijas, todas las cuales acaban impidiendo en mayor o menor medida el progreso humano. Una de esas imágenes es la que ha contribuido a extender la práctica de la dieta paleolítica. Mises también decía que: “se equivocan estos pensadores suponiendo que el reposo es un estado más perfecto que el movimiento. La idea de perfección implica que se ha alcanzado una situación que excluye todo cambio, ya que cualquier cambio supone necesariamente un empeoramiento.” Los apologistas de la dieta paleolítica también consideran que el cambio evolutivo es malo. Aseguran que los cambios que supusieron la entrada en el neolítico conllevaron un empeoramiento evidente, una dieta menos sana. Y al mismo tiempo también ningunean los cambios genéticos que evolucionaron a la par que los alimentos y las costumbres. Constituyen por tanto el equivalente gastronómico de esa idea económica y política que ha ido siempre en detrimento del progreso y la mejora, y como tal se les debe considerar.

Lo curioso del asunto es que algunos misesianos, que se jactan de pertenecer a la escuela austriaca y que ensalzan el cambio y la incertidumbre cuando hablan de economía o cuando discuten sobre el origen espontaneo y evolutivo de las instituciones sociales, quieran luego adscribirse a una filosofía cuya idea central consiste en negar la evolución espontanea de la dieta homínida, una creencia que afirma que el mundo de los alimentos dejó de evolucionar hace diez mil años, llegando a un estadio de perfección que ya nunca se ha vuelto a repetir, salvo cuando ellos han intentado recuperar aquellos hábitos gastronómicos. Soy testigo de primera mano de este tipo de contradicción, la cual vendría a confirmar la predisposición que tiene la mente humana para creer en todos esos mitos del pasado, y el riesgo que existe de que algunos de ellos acaben convirtiéndose en un problema verdaderamente grave.

 

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Librería: Política y economía

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1. LOS CLÁSICOS

  • Aristóteles, POLÍTICA
  • Platón, PROTÁGORAS Y GORGIAS
  • Platón, REPÚBLICA
  • Platón, EL POLÍTICO
  • Platón, LAS LEYES
  • Cicerón, LA REPÚBLICA
  • Cicerón, LAS LEYES
  • Maquiavelo, CORRESPONDENCIA
  • Luis De Molina, DE IUSTITIA ET IURE
  • Juan De Mariana, DEL REY Y DE LA INSTITUCIÓN REAL ç
  • Campanela, LA CIUDAD DEL SOL
  • Bacon, LA NUEVA ATLANTIDA
  • Erasmo de Rotterdam, ELOGIO DE LA LOCURA
  • Bodin Jean, LOS SEIS DE LA REPÚBLICA ç
  • Althusio, POLÍTICA ç
  • Leibninz, ESCRITOS POLÍTICOS ç
  • Spinosa, TRATADO TEOLÓGICO POLÍTICO
  • Pascal, PENSAMIENTOS
  • Hume David, ENSAYOS POLÍTICOS
  • Gracian, EL POLITICO ç
  • Baltasar Gracian, EL ARTE DE LA PRUDENCIA
  • Montesquieu, EL ESPIRITU DE LAS LEYES ç
  • Rousseau, DISCURSO SOBRE EL ORIGEN DE LA DESIGUALDAD ç
  • Rousseau, EL CONTRATO SOCIAL
  • Locke, DOS TRATADOS SOBRE EL GOBIERNO CIVIL
  • Robespierre, LA REVOLUCION JACOBINA ç
  • Robespierre, LA NUEVA DECLARACION DE DERECHOS
  • Sieyes, QUÉ ES EL TERCER ESTADO ç
  • Burke, REFLEXIONES SOBRE LA REVOLUCION FRANCESA ç
  • Paine, LOS DERECHOS DEL HOMBRE ç
  • Kant, TEORIA Y PRAXIS ç
  • Hegel, PRINCIPIOS DE LA FILOSOFIA DEL DERECHO ç
  • Marx, EL MANIFIESTO COMUNISTA ç
  • Comte, SISTEMA DE POLITICA POSITIVA
  • David Ricardo, PRINCIPIOS DE ECONOMIA POLITICA Y TRIBUTARIA ç
  • Voltaire, TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA
  • Goethe, FAUSTO
  • Marco Aurelio, LAS MEDITACIONES DE MARCO AURELIO ç
  • Montaigne, ENSAYOS DE MONTAIGNE
  • Hume ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS.
  • Boétie, DISCURSO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA
  • Burke Edmund, VINDICACION DE LA SOCIEDAD NATURAL
  • Rousseau Jean-Jacques, ESCRITOS POLITICOS
  • Tocqueville Alexis, RECUERDOS DE LA REVOLUCION DE 1848
  • Tomas Moro, UTOPIA
  • Constant Benjamin, EL CUADERNO ROJO
  • Turgot, REFLEXIONES SOBRE LA FORMACION Y DISTRIBUCION DE LA RIQUEZA
  • Ettienne Bonnot Condilac, EL GOBIERNO Y LOS COMERCIANTES ç
  • Bastiat, OBRAS ESCOGIDAS DE BASTIAT
  • Bastiat, ARMONIAS ECONOMICAS
  • Hobbes, LEVIATAN
  • Maquiavelo, EL PRINCIPE
  • Smith Adam, LA RIQUEZA DE LAS NACIONES
  • Jean Baptiste Say, TRATADO DE ECONOMIA POLÍTICA
  • Tocqueville, LA DEMOCRACIA EN AMERICA, ed. trota ç
  • Tocqueville, EL ANTIGUO REGIMEN Y LA REVOLUCION, ed. trota
  • Kant, SOBRE LA PAZ PERPETUA
  • Locke, CARTA SOBRE LA TOLERANCIA
  • HISTORIA DE LA DECADENCIA Y CAIDA DEL IMPERIO ROMANO, Gibbon, ed. Atalaya ç
  • EL ESPIRITU DE LA REVOLUCION Y LA CONSTITUCIÓN DE FRANCIA, Louis de Sant-just ç

2. LOS MODERNOS

2.1. Teoría política

  • Menger, PRINCIPIOS DE ECONOMÍA POLÍTICA ç
  • Max Weber, ECONOMÍA Y SOCIEDAD ç
  • Max Weber, LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO
  • Bertrand Russell, LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD ç
  • Marcuse, EL HOMBRE UNIDIMENSIONAL, EL FINAL DE LA UTOPÍA ç
  • Chesterton, LA UTOPÍA CAPITALISTA
  • Hanna Harendt, SOBRE LA REVOLUCIÓN ç
  • Rawls, EL LIBERALISMO POLITICO ç
  • Nozick, ANARQUIA, ESTADO Y SOCIEDAD ç
  • Habermas, ENSAYOS POLITICOS ç
  • Schumpeter, ANÁLISIS DEL PENSAMIENTO ECONÓMICO ç
  • Richard Dorkin, LA COMUNIDAD LIBERAL ç
  • Bertrand Russell, LO MEJOR DE BERTRAND RUSSELL
  • Huerta de soto, DINERO, CREDITO BANCARIO Y CICLOS ECONOMICOS
  • Huerta de soto, SOCIALISMO, CALCULO ECONÓMICO Y FUNCION EMPRESARIAL
  • Huerta de soto, LECTURAS DE ECONOMÍA POLÍTICA
  • O Driscoll y J. Rizzo, LA ECONOMÍA DEL TIEMPO Y DE LA IGNORANCIA
  • Rubio de Urquia, PROCESOS DE AUTOORGANIZACION ç
  • Berlin Isaiah, SOBRE LA LIBERTAD
  • Camus, Albert, EL MITO DE SÍSIFO
  • Camus, Albert, EL HOMBRE REBELDE
  • Camus, Albert, CRONICAS 1948-1953
  • Camus, Albert, REFLEXIONES SOBRE LA GUILLOTINA
  • Camus, Albert, EL VERANO
  • Galdós Benito Pérez, EL DOS DE MAYO DE 1808: TRES MIRADAS
  • Gustavo Bueno, ZAPATERO Y EL PENSAMIENTO ALICIA
  • Hayek Friedrich A. LA FATAL ARROGANCIA
  • Hayek, CAMINO DE SERVIDUMBRE
  • Hayek, LOS FUNDAMENTOS DE LA LIBERTAD
  • Hayek Friedrich A. ESTUDIOS DE FILOSOFÍA POLÍTICA Y ECONOMÍA
  • Hayek Friedrich A. NUEVOS ESTUDIOS DE FILOSOFÍA POLÍTICA ECONOMÍA E HISTORIA DE LAS IDEAS
  • Hayek Friedrich A. INDIVIDUALISMO: EL VERDADERO Y EL FALSO
  • Mises Ludwig, TEORÍA E HISTORIA: UNA INTERPRETACIÓN DE LA EVOLUCIÓN SOCIAL Y ECONÓMICA
  • Mises, LA ACCIÓN HUMANA
  • Mises, LA MENTALIDAD ANTICAPITALISTA
  • Mises, LOS FUNDAMENTOS ÚLTIMOS DE LA CIENCIA ECONÓMICA
  • Mises, PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS DE LA ECONOMÍA
  • Ortega y Gasset, LA REBELIÓN DE LAS MASAS
  • Pedro Schwartz, LA DEMOCRACIA EN PELIGRO, EN BUSCA DE MONTESQUIEU
  • Pla Josep MADRID, EL ADVENIMIENTO DE LA REPUBLICA
  • Popper Karl, LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS
  • Murray N. Rothbard, EL HOMBRE, LA ECONOMIA, Y EL MERCADO ç
  • Murray N. Rothbard, HACIA UNA NUEVA LIBERTAD
  • Murray N. Rothbard, HISTORIA DEL PENSAMIENTO ECONÓMICO
  • Hans Hoppe, LIBERTAD O SOCIALISMO ç
  • Hans Hoppe, MONARQUIA, DEMOCRACIA Y ORDEN NATURAL
  • David Fridman, LA MAQUINARIA DE LA LIBERTAD ç
  • Milton Fridman, LIBERTAD DE ELEGIR
  • Francisco Cabrillo, ECONOMISTAS EXTRAVAGANTES
  • Varios autores, ECONOMIA Y LITERATURA, ed. Ecobook
  • Roger Scruton, USOS DEL OPTIMISMO ç
  • Erich Fromm, EL MIEDO A LA LIBERTAD
  • Orwell, UNA BUENA TAZA DE TE ç
  • Braun, EL LIBERALISMO NO ES PECADO
  • Braun, TONTERIAS ECONÓMICAS
  • Juan Rallo, UNA REVOLUCIÓN LIBERAL PARA ESPAÑA
  • César Meseguer, LA TEORIA EVOLUTIVA DE LAS INSTITUCIONES
  • Rand Ayn, LA VIRTUD DEL EGOISMO
  • Rand Ayn, EL CAPITALISMO, ESE IDEAL DESCONOCIDO
  • Ricardo Manuel Rojas, REALIDAD, RAZÓN Y EGOISMO, EL PENSAMIENTO DE AYN RAND
  • Mauricio Rojas, LAS DESVENTURAS DE LA BONDAD EXTREMA ç
  • Manuel Ayau, SENTIDO COMUN
  • James Buchanan, EL CALCULO DEL CONSENSO
  • Antony de yasse, EL ESTADO
  • Antonio Escohotado, LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

2.2. Hipocresía occidental

  • Revel, LA OBSESION ANTIAMERICANA
  • Hans Graf Huyn, SEREIS COMO DIOSES
  • Bruce Bawer, MIENTRAS EUROPA DUERME ç
  • OCCIDENTE CONTRA OCIDENTE ç
  • Pascal, LA TIRANIA DE LA PENITENCIA (ensayo sobre el masoquismo occidental) ç
  • Jeffry Frieden, CAPITALISMO GLOBAL ç
  • Revel, LA GRAN MASCARADA ç
  • Horacio Vázquez rial, EN DEFENSA DE ISRRAEL, ed. certeza
  • Alain Finkielkraut, NOSOTROS LOS MODERNOS

2.3. Totalitarismos

  • Bunin Ivan, DIAS MALDITOS, UN DIARIO DE LA REVOLUCIÓN RUSA
  • Franco Volpi, EL NIHILISMO
  • Martin Amis, KOBA EL TEMIBLE, LA RISA Y LOS VEITE MILLONES
  • Primo Levi, TRILOGIA DE AUSCHWITZ
  • Revel, EL CONOCIMIENTO INUTIL
  • Thomas Mann, HERMANO HITLER ç
  • Arent, LOS ORIGENES DEL TOTALITARISMO ç
  • Jean Louis Panné, EL LIBRO NEGRO DEL COMUNISMO, ediciones B ç
  • Solseniche, ARCHIPIELAGO GULAG, editorial tusquets ç
  • Timothy Snyder, TIERRAS DE SANGRE
  • Primo Levi, EL SISTEMA PERIODICO ç
  • Robert Antelme, LA ESPECIE HUMANA ç
  • Carlos Alberto Montaner, VIAJE AL CORAZON DE CUBA
  • Weber, EL POLITICO Y EL CIENTIFICO ç
  • Raymond Aron, EL OPIO DE LOS INTELECTUALES
  • Carlos Rangel DEL BUEN SALVAJE AL BUEN REVOLUCIONARIO ç
  • Cioran, HISTORIA Y UTOPIA ç
  • Jean A Meyer, RUSIA Y SUS IMPERIOS ç
  • Plinio Apuleyo Mendoza, MANUAL DEL PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO
  • Plinio Apuleyo Mendoza, EL REGRESO DEL IDIOTA
  • Arthur, EL CERO Y EL INFINITO
  • Francisco Caja, LA RAZA CATALANA
  • Arcadi Espada, CONTRA CATALUÑA

2.4. Ética social

  • André Comte-Sponville, EL ALMA DEL ATEISMO
  • Murray N. Rothbard, LA ETICA DE LA LIBERTAD
  • Aristóteles, ETICA NICOMAQUEA ç
  • Espinosa, ETICA ç
  • Platón, EL FREDRO, EL FENDÓN
  • Platón, EL BANQUETE
  • Kant, CRITICA DE LA RAZON PRACTICA
  • Kant, LA METAFISICA DE LAS COSTUMBRES ç
  • Kant, LECCIONES DE ÉTICA
  • Schopenhauer, LOS DOS PROBLEMAS FUNDAMENTALES DE LA ÉTICA ç
  • Nietzsche, LA GENEALOGIA DE LA MORAL ç
  • Fredy Kofman, EMPRESA CONSCIENTE ç
  • Bertrand Russel, POR QUE NO SOY CRISTIANO
  • Kant, CRÍTICA DEL DISCERNIMIENTO
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Los ismos metodológicos

filosofia-cienciaToda teoría gnoseológica que aspire a detentar una cierta probidad, acorde con el objetivo que está obligada a perseguir, debería denunciar sin ambages dos clases de extremismo, dos visiones exageradas, o dos ismos racionales: el cientifismo y el filosofismo. El cientifismo incurre en un error metodológico que consiste en un exceso de confianza, que a su vez está basado en la idea de una capacidad de conocimiento ilimitada, capacidad que el hombre suele atribuir en exclusiva al proceso empírico que caracteriza a la ciencia moderna. Esta exageración lleva a los investigadores a creer que pueden describir la naturaleza de manera exhaustiva, con todo lujo de detalles, y en todos los ámbitos que se puedan imaginar. Cuando le preguntan a Stephen Hawkins si la ciencia y la mente humana tienen algún límite gnoseológico, éste siempre responde que no, y resuelve la pregunta con una negativa que no deja lugar a la duda. Pero se equivoca. Existen muchos fenómenos complejos que son imposibles de predecir, y barreras insalvables que aumentan enormemente la dificultad del proceso intelectivo, o que lo prohíben. El científico no es un ser totipotente. Por tanto, hace mal en pensar que será capaz de resolver cualquier problema, y que su solución solo es una cuestión de tiempo. No obstante, aunque la vanidad le lleve a creer en un futuro virtual utópico, el análisis actual que hace de la realidad suele ser bastante exhaustivo, y se suele ajustar bastante bien a lo que en verdad acontece en el mundo exterior. No en vano, la metodología científica busca extremar las precauciones, para no incurrir en ningún tipo de error. Los éxitos están ahí.

El filosofismo, en cambio, no se caracteriza por ser arrogante. Esto se debe a que la filosofía no requiere de tanta precisión, no se basa en la experimentación y la prueba, no tiene una aplicación práctica tan visible, no aspira a ser tan escrupulosa como la ciencia y, por tanto, no hay motivo para que los éxitos se le suban a la cabeza. Sin embargo, es precisamente esa falta de rigurosidad y de efectividad lo que hace que los filósofos tiendan a caer en el otro extremo, y se vuelvan descuidados, imprecisos, desligados, e irracionales. Los filosofistas hacen exactamente lo contrario de lo que hacen los cientistas, se vuelven tan prudentes y tan conscientes de los límites del ser humano que caen irremisiblemente en el otro extremo, el del relativismo y el irracionalismo. Un claro ejemplo de esto es la deriva que ha tomado la filosofía en el último siglo, el llamado postmodernismo filosófico, el cual se encuentra repleto de frases ampulosas y expresiones inanes e imaginarias, que no aportan nada al debate general de las ideas.

La ciencia analiza el objeto con gran detenimiento, acapara grandes éxitos, y como resultado de ello tiende a volverse prepotente y arrogante. No obstante, realiza descripciones de la realidad bastante fidedignas. La filosofía, menos precavida y más abstracta, no acusa tanta petulancia, pero se evade de la realidad con gran facilidad, y suele acabar describiendo unicornios y azuzando vanos idealismos.

No cabe duda que la ciencia y la filosofía son disciplinas lícitas, útiles y necesarias. Pero llegados a ciertos extremos, también pueden tornarse irrelevantes o, en el peor de los casos, trocarse en herramientas peligrosas al servicio del mal. Pueden convertirse en ismos metodológicos de indudable gravedad, que sirvan para justificar alguna quimera científica o alguna utopía romántica, y por medio de los cuales se pueda disculpar también la muerte o la eliminación de todo aquel que se interponga en esos caminos de fantasía. En definitiva, ciencia y filosofía pueden dar lugar a ideas que otorguen al sátrapa carta blanca para perseguir esos paraísos y esas quimeras, y para implantar un sistema que acabe sacrificando a la humanidad en el altar de la devoción ideológica. De hecho, siempre ha sido así. La historia está llena de ejemplos de este tipo. Las ideas son las primeras culpables de la muerte de tantos inocentes. Cualquier acción está precedida por un pensamiento. Y los actos sanguinarios no son una excepción. La arrogancia y la soberbia que manifiesta el cientifista, así como la ignorancia y el relativismo que afectan al filosofista, dan buena cuenta de ello. La estupidez del filósofo, cuando va unida a la confianza del científico, supone la mayor amenaza que puede existir a la razón y el sentido del hombre, y a veces también a su vida. Tanto el abuso de la razón como su ninguneo, pueden ser perfectos motivos de disculpa, pretextos que alivien y animen las intenciones perversas que anidan en la voluntad del tirano. Hegel y el romanticismo alemán son un buen ejemplo de ninguneo filosófico. Y el positivismo delirante de Comte sirve para ilustrar el otro extremismo, el abuso que comete a veces la ciencia y la razón.

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La verdad de Jean-Baptiste Say

“Para llegar a la verdad sólo importa el conocimiento completo de unos pocos hechos esenciales. Todo otro conocimiento empírico, como la erudición o un almanaque, no pasa de ser una mera compilación de la que nada resulta.” (Jean-Baptiste Say, 1767-1832)

Se suele pensar que el racionalismo extremo consiste en afirmar que el ser humano es capaz de conocer ciertas verdades elementales de manera absoluta. Se dice que el hombre peca de arrogante cuando se atribuye esa capacidad inverosímil. Yo en cambio pienso que es más bien al revés. El hombre cae en el racionalismo extremo, o se deja persuadir por el cientificismo ingenuo, precisamente cuando decide obviar algunas verdades fundamentales, por ejemplo, su incapacidad para conocer toda la realidad utilizando exclusivamente las herramientas que pone a su alcance la ciencia tradicional.

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Richard Dawkins: ¿Por qué estamos aquí?

Richard Dawkins nos ofrece una respuesta a la Gran Pregunta de «¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia?». Una respuesta realmente inspiradora y basada en los últimos descubrimientos científicos y teorías elaboradas a partir de «El Origen de las Especies», la obra de Charles.

Esplendido minidocumental de Richard Dawkins. Especialmente recomendados para todos aquellos que creen que Dawkins solo es un teólogo advenedizo. Se puede estar en contra de las campañas laicistas en las que Dawkins se implica, y con las que ataca a toda forma de religión, y al mismo tiempo ser también ateo, y admirar las aportaciones que ha efectuado este cientifico en el campo de la biología y la etología. Se puede: yo soy la prueba.

http://youtu.be/HavlsNsjCmY

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Por qué no soy monárquico, y tampoco demócrata, y menos aún republicano

Estos días anda la ciudadanía a vueltas con el asunto de la monarquía y la república. El rey de España ha abdicado, y sus detractores aprovechan para pedir la cabeza de su heredero. Yo no me postulo a favor de ninguno de esos sistemas. No creo en la monarquía, y tampoco en la alternativa republicana. Algunos me han dicho que esto es una imposibilidad ontológica. Si no defiendes la república –me dicen- tienes que creer en la monarquía, no existen grises. Pues bien, como esto es falso, voy a intentar explicar en un pequeño artículo cuál es en realidad mi postura.

La razón de que no sea monárquico es bien sencilla. Es la misma que me lleva a renegar de la democracia. Y también es la que hace que me aparte del discurso alambicado que excretan los republicanos cada vez que hablan para una audiencia. Yo solo creo en una verdad absoluta: la libertad individual, el respeto a las decisiones del individuo. Esta égida formidable es incompatible con cualquier sistema de gobierno que asuma la necesidad de disponer de una mayoría del electorado para determinar la forma de la sociedad, y también es incompatible con cualquier organización que anteponga, por encima de todas las cosas, las tradiciones dinásticas de un determinado país.

El conservadurismo y la monarquía alientan la idea de que las leyes y normas de una sociedad son mejores en tanto en cuanto lleven más tiempo existiendo en el mundo, y se atengan a las tradiciones y las convenciones sociales. Pero esto no es un pensamiento racional digno de ser resaltado. Existen ideas buenas y malas, que han perdurado más o menos tiempo. En consecuencia, no tiene sentido apelar al tiempo para justificar las bondades de un gobierno ecuánime, toda vez que la mayoría de las veces la putrefacción del gobierno solo es una cuestión de tiempo.

Sin embargo, muchos de los que rechazan la monarquía, también dan por hecho que la única vía de escape que nos aleja de ese sistema arcaico es la democracia. Pues bien, también aquí niego la mayor. Yo tampoco soy demócrata. Igual que no creo que las tradiciones deben decidir cuál ha de ser el comportamiento de todos los ciudadanos, tampoco creo que lo deba hacer la mayoría de votantes. Insisto, yo defiendo la libertad individual, defiendo la capacidad individual del ser humano, defiendo la libertad con letras mayúsculas. Antepongo la libertad a cualquier aspecto tradicional y a cualquier creencia mayoritaria. La defensa de la libertad (o de la verdad) es incompatible con la defensa de algo que esté basado en las decisiones particulares de ciertos personajes, ya sean éstos del pasado o del presente, escasos o numerosos.

La democracia tiende a corromper y destruir la esencia de la libertad. La democracia es, díganselo a Platón, la tiranía de la mayoría, la disolución de las minorías en el ácido corrosivo del colectivo, y la merma absoluta de los valores que hacen al individuo tal y como es. Yo defiendo el derecho a que las minorías sean libres y no estén atadas y coaccionadas por las mayorías. Sobre todo defiendo a esa minoría que es la más esencial de todas: el individuo.

Por lo mismo, tampoco creo que la república pueda estar legitimada para llevar a cabo una transición verdadera hacia la libertad. Si los demócratas no lo están, con menos motivo lo están sus hermanos mayores: los republicanos. Los republicanos son los democraticistas modernos. Ellos solo conciben la vida en sociedad si existe una cantidad dada de personas que continuamente está ejerciendo el voto, convocando referéndums y tomando decisiones en el lugar de otros. Esta obsesión por el referéndum es una enfermedad psicológica grave. En realidad, es una nueva forma de colectivismo, y es la única manera que tienen hoy en día los totalitarios de pasar desapercibidos.

Una de las mejores cosas que podemos hacer los intelectuales a la hora de evaluar las leyes de la naturaleza (y de la sociedad) es la de insistir en diferenciar dos categorías distintas. Las reglas que afectan a los hechos particulares, como por ejemplo las que se deben debatir dentro de una comunidad o una asociación (ej. el tipo de puerta que habrá de colocarse en la entrada de una urbanización) deben someterse necesariamente a votación. Pero no pasa lo mismo con aquellas reglas más generales que no pueden tener alternativa y que son universales y necesarias. Los democraticistas intentan someter todo a plebiscito popular. Al hacer esto, ponen en duda las leyes más generales e importantes, que deberán someterse en cualquier caso al arbitrio de la mayoría, y al mismo tiempo se entrometen en aquellas otras normas que solo deben dirimirse en el ámbito del individuo. En ambos casos incurren en medidas coactivas que disminuyen gravemente la libertad de las personas, bien porque no se respeten sus derechos más fundamentales, bien porque no se les permita decidir sobre asuntos que solo les afectan a ellos.

La monarquía puede ser mala o buena. Si es buena, puede ser mejor que la democracia. Si la monarquía implica la defensa absoluta e intergeneracional (hereditaria) de unos derechos y unas leyes correctas, esta institución será superior a aquella que viene determinada por un régimen democrático cortoplacista, que se tambalea cada vez que cambia el gobierno, y que se mueve al ritmo de las modas, sometido al prurito popular, a la decisión vacilante de los votantes, o a los intereses de los compromisarios del partido. En ese sentido, y solo en ese, se puede decir que la monarquía es un sistema más estable, capaz de representar una unidad y una lealtad a las ideas que tengan como referencia la libertad inquebrantable del individuo. Por supuesto, esta característica positiva está condicionada por el tipo de monarquía que exista. La monarquía no es por definición algo bueno. Con eso y con todo, el sistema monárquico supone una ventaja con respecto a la democracia. No es un sistema veleta, no depende de los vientos que expulse el trasero obsceno de la mayoría, henchida de resentimiento y de ignorancias.

No soy monárquico. No creo en los privilegios de una familia real. Yo no adoro a las personas. Adoro a las ideas. Ahora bien, dicho lo cual, he de aclarar que tampoco soy antimonárquico, en el sentido de que no defiendo la abolición de la monarquía porque quiera cortar la cabeza a los reyes y establecer de ese modo una república democrática. Es más, ante determinadas circunstancias podría llegar a defender la monarquía como mal menor, sobre todo teniendo en cuenta la catadura moral de aquellos que están dispuestos a hacer de la capa del rey un sayo, democraticistas republicanos, la mayoría de ellos socialistoides incurables y estatistas empedernidos. Repito: yo adoro las ideas, la razón que está detrás del concepto de la libertad individual, el derecho a no ser molestado por ninguna masa enfebrecida que quiera decirme lo que tengo que hacer, ya sea utilizando espadas y enarbolando la corona, o por medio del voto electoral.

Lo repetiré por tercera vez: yo no soy monárquico. Ahora bien, esto no me impide ver que la democracia puede ser un sistema mucho peor. ¿Y por qué esto es así? ¿Por qué la democracia puede ser peor que la monarquía, o la monarquía peor que la democracia? Pues por la misma razón que vengo aduciendo todo el rato. La única verdad absoluta es aquella que defiende la libertad del individuo. Si no se defiende de manera absoluta esta libertad, se acaba cayendo en un relativismo ideológico que puede convertir la sociedad en un sistema mejor o peor, según lo quiera el monarca de turno o el populacho que represente la mayoría en ese momento. Las ideas no son buenas porque lo diga un rey o porque lo diga una mayoría. Las ideas son buenas porque se ajustan a la verdad, y serán más buenas en tanto en cuanto se ajusten a la verdad más grande de todas: la libertad individual.

El principal problema, y el drama que acucia el desmembramiento y el cainismo de las sociedades de todas las épocas, reside en el hecho de que la gente siempre ha creído fervientemente en el Estado y en el político, ya sea éste un representante del pueblo, o haya sido fruto de un golpe de mano dirigido militarmente. Da igual. Todos creen que es imprescindible que exista un gobierno consolidado y robusto, que dictamine las normas que deben seguir todos los ciudadanos de un país. Es por ello que, no bien depuesto un sistema, ya surgen voceros y personajes mesiánicos que arengan al pueblo para sustituir éste por otro equivalente, que ellos piensan que será mucho mejor. Pero, como quiera que no existe un gobierno mejor que otro, porque todos son igual de malos, al final el problema se repite y se agrava, y siempre vuelve a caer otro gobierno y a alzarse uno más. La historia está jalonada por este tipo de sustituciones. El motivo de ello está bastante claro. La gente piensa que el político desempeña un papel imprescindible, que la sociedad debe guiarse desde la democracia socialista, que hace falta intervenir constantemente la economía de los ciudadanos, que es preciso cambiar las cosas, combatir la injusticia. Esta escusa les sirve a los totalitarios para camuflarse y para pasar desapercibidos, para aparentar respeto, y para cubrirse con todo tipo de artificios y máscaras de attrezzo. Todos afirman que son demócratas, que son ellos los que dejan que la gente se exprese en las urnas, y que respetan las votaciones y la voluntad de los demás. Sin embargo, el verdadero respeto no reside en dejar que las personas elijan al próximo déspota y al siguiente gobierno, sino en dejar de decidir por ellos, en dejar de votar a políticos, en dejar de convocar referéndums, en dejar de votar, en dejar hacer. El verdadero voto, el más libre de todos, es el que echamos todos los días cada vez que actuamos y decidimos de manera particular, cada uno de nosotros. Ese voto no se puede impugnar, ni hace falta estimularlo con panfletos y propagandas. Ocurre de forma natural, cuando no existen electores de otro tipo. En cambio, el voto de la mayoría solo busca imponer una determinada idea, que siempre será necesario consensuar en las urnas.

Los que antes se trataban de camaradas, y elevaban la voz para gritar consignas nazis o leninistas, ahora salen a la calle para aclamar a la república y a la democracia. Una vez que el comunismo y el totalitarismo han conseguido exterminar a millones de personas, y se hace casi imposible su defensa, aquellos que en otra época sí los habrían defendido, ahora se visten de demócratas, porque eso les permite seguir apoyando el totalitarismo de manera soterrada, a través de la coacción que ejerce la mayoría representativa sobre la minoría ácrata, en el parlamento y en las instituciones, copando los mecanismos de producción, y haciendo política. Ahora ya no se agrede ni se viola la vida, pero sí se utiliza una agresión sistemática e institucionalizada sobre la renta de todos los ciudadanos. Hoy en día el Estado nos roba en impuestos la mitad de lo que ganamos en un año de trabajo, y en cierto modo, también nos está robando la mitad de nuestra vida. Es preciso que detengamos esta sangría, de una vez por todas. Hay que encontrar y eliminar al genocida.

Ahora bien, en un régimen democrático el Estado es un mero reflejo de lo que desea y elige la mayoría plebiscitaria. Por tanto, el asesino no es un sujeto en particular. Existen muchos culpables, todos los que creen en estas socialdemocracias hiperinfladas y pseudofascistas, todos los que reclaman cada vez más poder popular, más Estado, más republica, y más sediciones. Todos tienen las manos manchadas de sangre. El homicida de la libertad presenta, a día de hoy, el aspecto de una Hidra; es un monstruo de muchas cabezas. Y el homicidio que está perpetrando acaso solo encuentre similitudes con ese crimen que relata Agatha Christie en su obra más famosa: Asesinato en el Orient Express. La historia de la democracia occidental tiene la traza de una novela negra, con muchos cómplices, y con un final poco tranquilizador.

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Jesús Poveda y el aborto

«Cuando el gobierno ve a un ecologista jugarse la vida por un huevo de halcón, ve en él un héroe, y cuando ve a un pro-vida en la puerta de una clínica abortista, ve en él a un fanático.» (Jesús Poveda)

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Los grupos pro-vida se parecen a los lobbies abortistas en una cosa. Ambos creen en los milagros. Los primeros piensan que la vida aparece de repente, en el momento de la concepción. Y los segundos creen que aparece espontáneamente cuando el feto rompe la placenta. Ahora no tiene vida y un instante después es un ser humano completo, con todos los derechos. ¡Milagro!. El problema del aborto no se puede resolver acudiendo a estas soluciones milagrosas. La manera más ecuánime de solucionarlo es implantando una ley de plazos. El desarrollo embrionario es un proceso gradual. Por tanto, requiere una solución que también contemple esa progresividad.

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El aborto de la razón

EL ABORTOEl error intelectual que invalida cualquier defensa incondicional del aborto.

Cada cierto tiempo, convocados por diversas organizaciones sociales, retenes de grupos abortistas invaden las calles de las principales ciudades del mundo para manifestar su oposición radical a cualquier ley que intente regular, aunque solo sea mínimamente, el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo. Aseguran que este derecho es incondicional y universal, y por tanto no debería ponerse en duda jamás. El eslogan manido que suelen utilizar para defender esa postura radical reza lo siguiente: «nosotras parimos, nosotras decidimos». Empero, esta afirmación que hacen los lobbies abortistas encierra una grave equivocación, pues, ya no es que se confundan a la hora de resolver una pregunta, es que se confunden a la hora de formularla. El derecho al aborto no plantea un problema relacionado con los derechos de la mujer. Lo que plantea es un problema que tiene que ver sobre todo con el derecho a la vida. Los grupos pro-vida no quieren anular la voluntad de las mujeres, quieren salvar la vida de sus hijos. La vida de un ser humano no puede estar por encima de cualquier voluntad particular. Hay que dirimir, por tanto, si un feto tiene derecho a la vida, y no si una madre tiene derecho a decidir. Siempre que se intenta legislar algún comportamiento que afecta especialmente a las mujeres, las feministas y las progres creen que se están atacando sus libertades. Sin embargo, en el caso del aborto lo que se pretende es proteger la vida de una persona. Ese es el principal problema. Podría ser que se decidiese que un cigoto de dos días no tiene derecho a la vida, pero que un feto de dos meses si que lo tiene. No estoy diciendo que haya que estar en contra de todos los abortos que se efectuan. Estoy diciendo que el problema que hay que resolver no gira en torno a la libertad de la madre, como quieren hacernos creer las feministas, gira más bien en torno a la definición de vida. La manía persecutoria que padecen algunas mujeres occidentales, probablemente resentidas por tantos años de dominación masculina, las lleva a pensar que se les está quitando un derecho inexistente. Tanto quieren defender a la mujer, que acaban creyendo que están legitimadas para hacer cualquier cosa, incluso para decidir sobre la vida de otra persona. Ni siquiera se plantean si el feto es un ser humano. No les preocupa en absoluto esa cuestión. Solo se obsesionan con la posibilidad de eliminarlo. Primero cometen un aborto racional, eliminando la pregunta que tendrían que hacerse en primer lugar: ¿en qué momento del desarrollo un embrión puede pasar a considerarse un ser con pleno derecho a la vida?, y acto seguido, y como consecuencia de la primera eliminación, practican también un aborto natural, expulsan el cuerpo del feto que crece en sus vientres, y no les importa nada el tiempo lleve ahí, o cómo de formado esté.

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La derrota del enemigo, POR SEBASTIAN URBINA

la-civilizacion-occidental-y-cristiana-1965-plastico-oleo-y-yeso-200-x-120-x-60cm1Posted by Liberalismoonline on 29/08/2012 in Ideas

Debemos saber que la cultura progresista, con sus acomplejados compañeros de viaje, representa una moderna versión del Caballo de Troya. Con otras palabras, la cultura progresista (en buena parte antisistema) facilita que nuestros enemigos se instalen en nuestra casa.

Decía von Clausewitz, uno de los más influyentes teóricos de la ciencia militar: ‘’Como es natural, las gentes de buen corazón piensan que hay algún medio ingenioso de desarmar o derrotar al enemigo sin excesivo derramamiento de sangre, y quizá imaginen que ésta es la verdadera finalidad del arte de la guerra”.

Pensé en este militar prusiano (s. XVIII-XIX) cuando leí en la prensa que algunas personas se preguntaban porqué los países occidentales no intervenían en Siria. El gobierno de Bashar-Al-Assad lleva sobre sus espaldas la responsabilidad de más de once mil muertos. La gran mayoría civiles.

La respuesta a esta pregunta sobre la intervención, me parece relativamente sencilla. Si aceptamos que una intervención occidental en Siria, con diálogo y buenas intenciones no sería suficiente para amansar al dictador Bashar Al-Assad, habrá que convenir en que se necesitarán soldados y armas.

O sea, habrá que pegar tiros, y habrá heridos y muertos. Los periodistas filmarán escenas de horror. Cuanto más horror, mejor, periodísticamente hablando. Ya se sabe que la peor noticia es la mejor noticia. Pero la sensibilidad occidental no está para estas cosas. Quiere que se arregle todo sin dolor. Y rápido. Esta es la idea de Clausewitz, citada al inicio de este artículo.

Probablemente no es un problema de nuestro tiempo sino que afecta a la naturaleza humana. Sin embargo, nuestro tiempo tiene algunas características que refuerzan esta ingenua y humanitaria idea. Hedonismo, relativismo, pacifismo (la mayoría de pandereta) y ‘buenismo’, en general.

Si se diera la intervención armada en Siria, habría las consabidas manifestaciones anti-USA, en todos los países occidentales. Y algunos no occidentales. También habría muertos USA, pero esto tiene menos importancia para el progresismo occidental. Las televisiones mostrarían escenas en las que familiares de los muertos llorarían sobre el ataúd, y los políticos lo temen. Se acusaría a USA de buscar beneficios matando gente. Petróleo por sangre. Como siempre. Terror imperialista.

También habría manifestaciones en el interior de USA. Porque también ellos disfrutan de un vociferante progresismo antiamericano. Especialmente si están los conservadores en el poder. Se lo pasaron muy bien con Bush. En cambio, con Obama (teóricamente progre y con el Nobel de la Paz) la cosa no mola tanto. En resumen, ¿para qué complicarse la vida se podría preguntar un Presidente USA?

Intensifiquemos las conversaciones (o sea, más diálogo) y de este modo no tendremos que enviar tropas. No habrá muertos ni heridos, ni escenas de horror y dolor por televisión. No se pagará un precio político. Además, nos ahorraremos mucho dinero. O sea, a dialogar. Pero sólo tiene sentido dialogar con el que, realmente, quiere y acepta los compromisos de un diálogo sincero. Sólo hay un pequeño inconveniente con los falsos diálogos. .Que los dictadores seguirán asesinando a inocentes. Por otra parte, los occidentales progresistas seguirán protestando. Tanto si se interviene (porque se buscan beneficios y petróleo, lo que es propio de un Occidente sin escrúpulos) como si no se interviene (porque son insensibles al dolor ajeno). En estas circunstancias no tiene nada de extraño que USA se repliegue. Aunque sea relativamente. Haga lo que haga, las gentes progresistas le acusarán de actuar como ‘el gendarme del mundo’, protegiendo, exclusivamente, sus propios intereses. Al precio que sea.

Nada de lo comentado tiene carácter puntual. Al contrario, forma parte del ambiente cultural dominante en Occidente desde hace décadas. Recordemos, a tal efecto, unas palabras de Willi Müzenberger. Este dirigente de la Komintern, llamaba ‘El club de los inocentes’ a estos intelectuales y artistas embobados con la izquierda emancipadora y la revolución soviética. Mentían, y/o se auto engañaban. Entre ellos, Bretch, Sastre, Hemingway o Dos Passos. Ahora se les cae ( o caía) la baba a Saramago, García Márquez y otros muchos, cuando hablan de Fidel Castro y otros dictadores. Siempre que sean de izquierdas, por supuesto.

Veamos un ejemplo de lo que digo. Las declaraciones del Premio Príncipe de Asturias (en el año 2010), el escritor Amin Maalouf: ‘El problema es que Occidente ha convertido la conciencia moral en instrumento de dominación’.

Este es el problema, Occidente. Gracias a escritores como Maalouf nos enteramos de que somos los responsables de las desgracias del mundo porque ‘convertimos la conciencia moral en instrumento de dominación’. El siguiente paso es pedir perdón. Luego la Alianza de Civilizaciones. Luego mantener la guardia baja. No defender con orgullo nuestros valores occidentales. Nos han hecho creer que no tenemos, o que son de mentira. Y en parte es cierto. Pero sólo en parte, porque Occidente ha cometido abusos de todo tipo (como Oriente) pero, también, ha aportado al mundo, pintores, músicos, escritores, y descubrimientos científicos que han mejorado el bienestar y salvado la vida de millones de personas. Incluso la de los que nos quieren matar. La funesta influencia de muchos intelectuales (preferentemente de izquierdas) ha ayudado mucho. Con la colaboración acomplejada de muchos intelectuales de derechas. Aunque hablar de ‘derechas e izquierdas’ sea una simplificación de la compleja realidad. Pongamos un ejemplo. La editorial Akal, publicó un libro, ‘Educación para la Ciudadanía’ que decía, entre otras cosas, lo siguiente: ‘El capitalismo impone su orden totalitario con infinitamente mayor eficiencia que todos los campos de concentración nazis juntos’. (página 153).

En todo caso, para que vean que Amin Maalouf (premio Príncipe de Asturias) no está solo, recordemos estas palabras del conocido filósofo y sociólogo Jean Baudrillard (1929/2007): ‘Cuando la situación está monopolizada de tal modo por la potencia mundial, cuando hay que hacer frente a esta formidable concentración de todas las funciones por parte de la maquinaria tecnocrática y del pensamiento único ¿qué otra vía queda que un cambio terrorista de la situación?’.

La enorme importancia de estos ejemplos y de miles de ejemplos más, es que ayudan a la demolición moral de nuestras jóvenes generaciones. Y no sólo de ellas. Les ayudan a sentirse inseguros, culpables. Es decir, manipulan sus conciencias para convencerles de que pertenecen a un mundo explotador y violento. Añadamos que el hedonismo y el relativismo son unos valores de moda, y podremos darnos cuenta de la situación de debilidad moral en que se encuentra Occidente. Aunque no solamente moral. Ya es el momento de añadir otra frase de Karl von Clausewitz. Decía el militar prusiano, al hablar de la destrucción de fuerzas enemigas, que nada nos obliga a limitar este concepto simplemente a las fuerzas físicas, sino que por el contrario, deben comprenderse en ellas, necesariamente, las morales.

No es el único que piensa esto, pero me parece suficiente para tomarse en serio la importancia de la dimensión moral en la guerra, o en los conflictos armados de diverso tipo. Como español me interesa especialmente el terrorismo de ETA, aunque sus voceros (y progresistas de diversa laya) hablen de ‘conflicto político’.

No pretendo hacer un repaso de la sangrienta historia de ETA, que excedería el objetivo de este artículo. Sólo pretendo exponer el enorme daño que ha causado a nuestra libertad y a nuestra dignidad, el discurso ‘comprensivo’ y ‘dialogante’ de una parte significativa de nuestras fuerzas políticas y de nuestros intelectuales. Una sociedad que no sabe, ni quiere, distinguir entre el bien y el mal, porque es relativista, estará dispuesta a ‘dialogar’ con los asesinos si éstos le dicen que dejarán de asesinar. Siempre, claro está, que se produzcan determinadas concesiones. Hay que denunciar públicamente a todos los que, directa o indirectamente, han ayudado a caminar hacia la pestilente ciénaga de la ‘comprensión de los asesinos’ y el ‘diálogo político’ entre éstos y políticos (supuestamente) democráticos. A esta vileza se ha añadido una mentira. Es decir, no se ha hecho esto por una grandeza moral propia de santos, sino por miedo y sectarismo. Miedo a sufrir los ataques terroristas y sectarismo que distingue entre terrorismo de izquierdas (que hay que comprender, aunque los medios no sean los más adecuados) y terrorismo de derechas (que hay que combatir). O entre dictadores buenos (de izquierdas) y malos (de derechas).

Nuestros males no se limitan a ETA, aunque son los más próximos a nosotros y los más directamente dolorosos. Porque la cobardía y la miseria moral están bastante generalizadas. Veamos lo que decía (en Febrero de 2012), Mark Thompson, director general de la BBC: “Nos burlaremos de Jesús, pero no de Mahoma”. Les ayudan y les justifican. En algunos casos, les animan a matarnos, como Baudrillard. Tal es su odio a Occidente. Tal es su odio a las bases en las que se asienta Occidente. El cristianismo, la economía de mercado, la propiedad privada, la libertad…. Usted decide.

Sebastián Urbina.

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Librería: Tecnociencia y prospectiva

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  • Bart Kosko, EL FUTURO BORROSO O EL CIELO EN UN CHIP
  • Daniel Crevier, INTELIGENCIA ARTIFICIAL
  • Daniel Hillis, MAGIA EN LA PIEDRA
  • Drake Frank, ¿HAY ALGUIEN MAS EN EL UNIVERSO?
  • Drexler Eric, LA NANOTECNOLOGIA
  • Evry Schatzman, LOS NIÑOS DE URANIA
  • Michio Kaku, VISIONES
  • Negroponte Nicholas, MUNDO DIGITAL
  • Ray Kurzweil, LA ERA DE LAS MAQUINAS ESPIRITUALES
  • Robert Aunger, EL MEME ELECTRICO
  • Rodney A. Brooks, CUERPOS Y MAQUINAS
  • Sagan, MILES DE MILLONES
  • Sian Griffiths, PREDICCIONES
  • Stephen R. Graubard, EL NUEVO DEBATE SOBRE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
  • Ray Kurzweil, LA SINGULARIDAD ESTA CERCA
  • Varios autores, EL RIVAL DE PROMETEO
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El secarral del político y el vergel del ciudadano

01977 alamo secarralImagina que dispones de un pequeño terreno rústico en la montaña, con una espléndida fuente de la que brota un chorretón de agua cristalina. Imagina ahora que decidieses ganarte la vida cultivando hortalizas y vendiéndolas luego en el mercado de tu pueblo. Construyes un canal para irrigar la plantación, un cobertizo para guardar las herramientas, una valla para impedir que el ganado estropee la cosecha. Ahora imagina que una mañana, mientras estás trabajando afanosamente, se acerca tu vecino, que tiene un terreno anejo al tuyo, y te propone construir una acequia que atraviese por su propiedad antes de descargar el agua en la tuya. Te cuenta que esa es una manera más eficaz de regar, y te promete estimular el crecimiento vegetativo de las hortalizas mucho más de lo que ahora lo haces tú. La tierra del vecino es un secarral. Podrías sospechar que tu vecino tiene intenciones aviesas, que está tramando algo. Pero no lo haces, aceptas la proposición sin más y le dejas que construya la acequia. Por supuesto, con el tiempo tus hortalizas dejan de crecer al ritmo que lo hacían antes. El agua que recorre la presa de tu socio se evapora y se filtra por el suelo, mucho más de lo que lo haría si solo tuviera que recorrer tu finca. Además, tu vecino utiliza una parte de esa agua para asperjar las plantas de su propio huerto. Y te sigue prometiendo una producción mayor, para que no sospeches de él y pueda así proseguir con sus planes. Solo riega tus hortalizas cuando tú estás en la finca. El resto del tiempo, como es lógico, mira por las suyas propias. ¿Verdad que esta situación es ridícula? ¿Verdad que nadie saldría a defenderte si te llamasen estúpido? ¿Verdad que hasta un niño entendería que las hortalizas crecen mejor si las riega el propietario y si el agua no se demora tanto atravesando la finca del vecino? ¿Verdad que todos sospecharían de ese vecino? Sin embargo, esto es lo que pasa hoy en todo el mundo, a nivel global, y con relación al sueldo que ganamos los adultos cada día del mes, cuando acudimos a nuestros trabajos. El Estado se lleva un porcentaje considerable del mismo, nos dice que eso avivará nuestra economía, que los estímulos públicos que realice con ese dinero aumentarán la productividad de las familias y las empresas privadas. Y nosotros le creemos a pies juntillas, admitimos la necesidad del Estado y lo defendemos como si nos fuera la vida en ello. ¿Verdad que nos merecemos que nuestras hortalizas se pongan mustias y se acaben secando? Piensa en esto la próxima vez que un político te diga que la única forma de salir de la crisis es aumentando los estímulos y la inversión pública, bajando artificialmente el tipo de interés, dando subvenciones, incrementando los subsidios, favoreciendo determinados productos, etc… Y si aun sigues permitiendo que tu dinero fluya a través de sus terrenos (a través del chiringuito que tiene montado el político), sin ni siquiera alzar la voz para denunciar el expolio, no te quejes luego de que la vida te vaya mal y de que no puedas salir adelante, por mucha dedicación que le pongas. No hay duda de que tú habrás contribuido a agravar significativamente ese problema.

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El nacionalismo de Josep Pla

«El nacionalismo es como un pedo, solo le gusta a quien se lo tira» (Josep Pla, 1897-1981)

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En un mundo en el que el fanatismo político y el engorde del Estado están a la orden del día, y donde los politicuchos, los estadistas y los mequetrefes tienen carta blanca, campan a sus anchas y se dan baños de masas, la autodeterminación de los pueblos no es en ningún caso un derecho legítimo, ni una opción sensata, es más bien la forma que tienen todos estos inútiles de justificarse, y la disculpa que utilizan para medrar en sus cargos y seguir así socavando las libertades de los ciudadanos, sin que éstos se percaten. Cada división geográfica ofrece la oportunidad de establecer un nuevo Estado, y cada Estado concede al profesional de la política nuevas herramientas y nuevas formas de exacción. El nacionalismo es una maquinaria puesta al servicio del político. Aquellos que creen que el político representa una amenaza grave para todos, deberian asustarse también cada vez que alguien defiende la fragmentación de una nación en decenas de pequeños gobiernos independientes.

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Librería: Biografías y memorias

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  • AQUILINO DUQUE: CRONICAS EXTRAVAGANTES
  • CAJAL: RECUERDOS DE MI VIDA
  • DARWIN CHARLES: AUTOBIOGRAFIA
  • DARWIN CHARLES: LA CAJA DE ANNIE; de Randal Keynes
  • EINSTEIN: LAS PASIONES DE EINSTEIN; de Dennis Overbye
  • FEYNMAN RICHARD: ESTA USTED DE BROMA SEÑOR FEYNMAN?
  • GALOIS; de Fernando Corbalán
  • GALILEO: LA HIJA DE GALILEO; de Dava Sobel
  • GIONARDO BRUNO: EL HEREJE IMPERTINENTE; de Michael White
  • GOETHE: CONVERSACIONES; de J. P. Eckermann
  • KEPLER; de Max Caspar
  • MARTIN AMIS: EXPERIENCIA
  • MENDEL GREGOR: EL MONJE EN EL HUERTO; de Robin Marantz Henig
  • MIGUEL SERVET: HISTORIA DE UN FUGITIVO; de Fernando Martínez Laínez
  • NIETZSCHE: BIOGRAFIA DE SU PENSAMIENTO; de Rüdiger Safranski
  • NIKOLA TESLA: RELAMPAGOS; de Jean Echenoz
  • POPPER KARL: BUSQUEDA SIN TÉRMINO, UNA AUTOBIOGRAFIA INTELECTUAL
  • RASPUTIN: LOS ARCHIVOS SECRETOS; de Edvard Radzinsky
  • REVEL: MEMORIAS, EL LADORN EN LA CASA VACIA
  • ROBERT GRAVES: ADIOS A TODO ESO
  • SARTRE: SARTRE, 1905-1980; de Annie Cohen-Solal
  • SARTRE: LAS PALABRAS
  • SCHILLER: LA INVENCION DEL IDEALISMO ALEMAN; de Rüdiger Safranski
  • STEPHEN HAWKING: UNA VIDA PARA LA CIENCIA; de Michael White John Gribbin
  • VALLE-INCLAN: DON RAMON MARIA DEL VALLE-INCLAN; de Ramón Gómez de la Serna
  • WATSON JAMES: GENES, CHICAS Y LABORATORIOS
  • PLATÓN: LA CARTA SEPTIMA
  • VARGAS LLOSA: PASION POR LA LIBERTAD, ed. gota a gota
  • GOETHE: POESIA Y VERDAD
  • AYN RAND: REALIDAD RAZON Y EGOISMO, EL PENSAMIENTO DE AYN RAND
  • HAYEK SOBRE HAYEK
  • OVIDIO: LAS TRISTIAS
  • CAJAL: EL MUNDO VISTO A LOS OCHENTA
  • MARGO: LAS ANTIMEMORIAS
  • PITOL: UNA AUTOBIOGRAFIA SOTERRADA
  • CHATEAUBRIAN: MEMORIAS DE ULTRATUMBA
  • AMANDO DE MIGUEL: MEMORIAS Y DESAHOGOS
  • BAROJA PIO: AVINARETA
  • BAROJA PIO: AQUÍ PARIS
  • RAYMON ARON: MEMORIAS
  • ALBERT CAMUS: UNA VIDA
  • MARIO VARGAS LLOSA: EL PEZ EN EL AGUA
  • CHRISTOFHER HITCHENS, Hitch-22
  • MISES: AUTOBIOGRAFÍA DE UN LIBERAL
  • CELA: VIAJE A LA ALCARRIA
  • PLA JOSEP: CUADERNO GRIS
  • TALESE GAY: HONRARAS A TU PADRE
  • STEVE JOBS: LA BIOGRAFIA, de Walter Isaacson
  • STEFAN ZWEIG: EL MUNDO DE AYER
  • PAUL AUSTER: DIARIO DE INVIERNO
  • CASANOVA: HISTORIA DE MI VIDA
  • ROBERT WALSER: PASEOS CON ROBERT WALSER, de Carl Seelig
  • PILAR DONOSO: CORRER UN TUPIDO VELO
  • MARK C. TAYLOR: REFLEXIONES SOBRE MORIR Y VIVIR
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El arte de Leonardo Da Vinci

“Una obra de arte no se termina, únicamente se abandona” (Leonardo Da Vinci, 1452-1519)

Cada vez que escribo algo y me pongo a corregirlo, y lo vuelvo a leer y lo vuelvo a redactar, y de nuevo lo repaso y de nuevo lo reformo, y lo leo otra vez y otra vez lo modifico, me acuerdo de esta cita de Leonardo y me quedo más tranquilo.

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El sindicato de la ignominia (UGT) y la nobleza del profesor (Rallo)

juan-ramon-rallo-libroEl profesor y doctor en economía Juan Ramón Rallo ha sido expulsado y se le ha rescindido el contrato que mantenía con RTE, solo un día después de su primera aparición, y tras la petición de UGT de que fuese eliminado de la parrilla del programa de la mañana donde tenía un espacio en el que hablaba y ofrecía sus recomendaciones económicas. Esta circunstancia es realmente grave; pone de manifiesto la bazofia de país que tenemos, y el servilismo que inunda y que carcome la estructura ostensible de los medios de comunicación y de las instituciones del Estado. El sindicato UGT no se preocupa por ocultar lo más mínimo su naturaleza censora. Motivo para suponer que habitamos un mundo lleno de estupidos y payasos, y de tiranos que manejan los hilos que sostienen a esos ignaros y que se mueven holgadamente entre bambalinas, ocultos bajo el velo especioso de la democracia. Palurdos todos que no distinguen el prestigio y la tradición intelectual de una corriente como la Escuela Austriaca de Economía (a la que pertenece Rallo) de esos infieles a los que ellos califican de derecha fascistoide. Sumidos en esa identificación, solo alcanzan a diferenciar dos contendientes: la derecha y la izquierda, y ahogados en su propio vómito solo aciertan a ver una razón: la razón totalitaria que siempre ha caracterizado al censor comunista. Mi apoyo máximo a Juan Ramón Rallo. Y mis condolencias a todos los que amen la libertad de expresión, que seguramente se sentirán hoy un poco más indefensos. Miguel Servet acabó siendo quemado en la hoguera, mientras sufría tremendos dolores (siempre usaban madera verde para que el fuego ardiese lentamente). Pero la sangre de su verdugo, y la de todos los verdugos que han venido después de él, ha seguido circulando por las venas, tal y como defendía el propio acusado. La verdad no se puede censurar. Aunque se mate al mensajero, el mensaje seguirá siendo el mismo. Lo único que puede hacer el sindicato de la UGT es defender una mentira, decirla mil veces para que la gente acabe creyéndosela, y demostrar con ello su carácter ignominioso y su bajeza intelectual.

 

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La religión de Daniel Dennett

“Yo creo en los que creen” (Daniel Dennett).

No soy creyente, pero tampoco soy laicista. Entiendo la importancia de la religión, su función de argamasa social, y su interés para el individuo. No soy un ateo yihadista, no pregono la abolición de la fe que el prójimo deposita en su creador. Por mi, puede creer en las piedras, si eso le hace sentirse mejor. Solo le pido que no me las arroje a la cabeza. Me disgusta cualquier doctrina que impida la libertad de culto, y aquí también incluyo a los ateos y los cientistas arrogantes, a todos esos fanáticos modernos que adoran a la diosa razón. Yo creo en la libertad. Yo creo en los que creen, y en los que dejan de creer. Por encima de todas las cosas, creo en los que dejan creer.

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La coherencia del liberal a debate

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Con frecuencia, se suele acusar a los liberales que acuden a medios de comunicación públicos para criticar al Estado, o que dan clases de economía en una universidad estatal, o que aceptan el cobro de subvenciones y subsidios que luego no dudan en denunciar sin paliativos. El motivo de dichas acusaciones es la supuesta falta de coherencia que entrañan todas estas acciones. También es común comparar tales denuncias con aquellas otras acusaciones que hacen los propios liberales cuando critican a los socialistas por usar los servicios que ofrecen las empresas privadas. Sin embargo, hay una gran diferencia entre un liberal que utiliza los medios públicos (Juan Ramón Rallo en la TVE, y Jesús Huerta de Soto en la universidad estatal) y un socialista que usa los productos que venden las empresas privadas. El liberal sufre una imposición mucho mayor, se ve obligado a utilizar unos servicios monopolísticos, que solo ofrece el Estado, y que tienden a copar todo el ecosistema productivo de un país. En cambio, el socialista no es obligado a nada  (más bien es él quien obliga a los demás). Si acude a las empresas privadas es porque éstas le ofrecen mejores servicios (el capitalismo siempre tiene una oferta mayor), aunque luego no dude en criticarlas con fervor y desdén, y desear su cierre inmediato. Al primero le obligan, y no le queda otra alternativa. Pero el segundo no actúa en ningún caso bajo el mismo yugo o nivel de coacción, pues está claro que el mercado siempre ofrece una variedad de opciones y elecciones mucho mas amplia. Por tanto, el incoherente siempre será el socialista, ya que al liberal no le queda otra opción, es obligado a actuar de ese modo. Sus acciones no revelan ninguna contradicción interna porque no son voluntarias, no son suyas. El socialista no puede acusar al liberal de incoherente por usar unos medios públicos que el propio socialista se ha encargado previamente de imponer, asegurándose de que sean casi los únicos que se ofrecen.

La televisión pública tiene a día de hoy una gran difusión. El socialista se ha encargado personalmente de que eso sea así. Y desde luego no acepta que se discuta su existencia y su preeminencia. Al liberal no le queda otra alternativa, para ser escuchado, que acudir a esas grandes cadenas estatales. Pero entonces el socialista sale en los mismos medios diciendo que el liberal es incoherente, ya que acude a unos canales de difusión en los que no cree. Y yo me pregunto: ¿son incoherentes los cristianos a los que se obliga a convertirse al Islam bajo amenaza de muerte y luego, en la intimidad, siguen rezando al Dios en el que siempre han creído? Desde luego que no. Por el contrario, los cristianos conversos son víctimas propiciatorias del fanatismo más execrable que cabe imaginar. Pues bien, con el socialismo pasa lo mismo. La sociedad colectivizada que desean los socialistas es, de uno u otro modo, una sociedad coercitiva, donde no queda más alternativa que seguir los preceptos del líder supremo o del grupo de leales y palmeros que le hacen el pasillo. ¿Podemos acusar a aquellos que son conminados a actuar como quieren esos líderes de falta de coherencia, cuando lo que están haciendo es defenderse de ellos? ¿Podemos acusarles de usar unas instituciones en las que no creen, siendo esta la única forma que tienen de subsistir y de revelarse? Me parece que no. La incoherencia reside más bien en las actitudes pendencieras que manifiestan todos los que obligan a los demás a convertirse a su religión, y luego dan por válida esa conversión. Esa es la única incoherencia refutable, la de los liberticidas que luchan para crear una sociedad espuria, llena de ciudadanos sometidos, que no pueden actuar de manera honesta (con libertad). Las incoherencias siempre son socialistas. Por el contrario, los liberales que reciben una subvención del Estado, pero que luchan todos los días para que esas subvenciones desaparezcan, y que eliminarían las mismas si tuvieran oportunidad, no son nada incoherentes, están aceptando un dinero que previamente les quitaron por la vía de la imposición (impuestos). Y están luchando por aquello en lo que creen sin ceder a la extorsión, sin engañarse a si mismos y sin engañar ni someter a los demás. En este sentido, manifiestan una coherencia inquebrantable, que no cede al chantaje de las subvenciones sino que las utiliza para enmendar la perversión que éstas suponen.

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Un tal Alfredito que se hace llamar liberal y solo lo es un poquito

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Esto es lo que pone en la biografía del blog de Alfredo, que escribe un tal Henry Roberts (me parto y me troncho): «Fue miembro del Instituto Juan de Mariana en Madrid, pero poco después de su ingreso fue expulsado por sus ideas a favor de la moderación y contra el extremismo anarco-capitalista y fascista (y expulsado de Red Liberal por haber atacado a Albert Esplugas, a los anarco-capitalistas y otros extremistas que mintieron sobre él como persona. Alfredo dijo sentirse «incómodo» entre las personas del Instituto Juan de Mariana, debido a que en el fondo son franquistas redomados que de repente encontraron el liberalismo, pero están podridos por el centralismo y el conservadurismo social católico español y que no se sentía cómodo en el país de su abuelo porque había mucha intolerancia y prejuicios en España.»

No soy anarcocapitalista, soy minarquista. No soy conservador ni católico. Soy ateo. Nunca fui franquista, ni siquiera viví ese régimen. Y, sin embargo, me siento muy cómodo en el Instituto Juan de Mariana. Creo que es uno de los pocos reductos de libertad que existen aún en España. Este tal Alfredo parece que hubiera pernoctado dos o tres noches en algún maloliente tugurio de la ciudad, y que después se hubiera marchado de España imaginando que había sido aceptado en el Instituto Juan de Mariana. Desde luego, la idea que tiene este personaje de dicha institución dice mucho de la forma de pensar del sujeto. Si Stalin pudiera visitar hoy Singapur también se alojaría en una pensión de mala muerte, y se iría de la ciudad a los pocos días pensando que todos los que habitan allí son unos indeseables y unos ignorantes, que no le hacen el menor caso.

Ya me he encontrado con visajes parecidos otras veces. La soberbia de algunos anglosajones les lleva a creer que en España todos somos franquistas, aznaristas, católicos, fachas, centralistas, y nos meten a todos en el mismo saco. Desconocen que en España lo que sobran son progres, laicistas, nacionalistas y separatistas. Pero claro, que se va a esperar de unos individuos que se hacen llamar liberales y luego van por ahí difundiendo las mismas monsergas que los socialistas y los estatistas.

Nos dice Alfredo, solazándose un poco con los insultos que nos dedica: “Si Rallo y sus amigotes -el inefable Huerta de Soto incluido- quisieran demostrar esa coherencia que tanto reclaman al resto, que somos unos comunistas simplemente por no pensar igual, deberían dejar de ser funcionarios. La universidad donde sientan cátedra de la Escuela Austriaca es pública, no privada. Son un oxímoron con patas. Se quejan del Estado y cobran de él. Estaría bien cerrarles el grifo para dotar de una comida extra a miles de niños. Seguramente sería posible.”

Estos pseudoliberales son “la bomba”. Primero promueven un sistema estatal que no deja espacio a la libertad del individuo, porfían para que la enseñanza y la sanidad sean completamente públicas, para que el Estado sea el único proveedor que adquiera derechos y competencia para dar esos servicios, y luego, cuando lo consiguen, denuncian a los liberales que trabajan en la universidad pública y sin embargo defienden su privatización inmediata. Les tachan de incoherentes, porque no laboran en instituciones privadas. Primero destruyen la posibilidad de que la gente pueda tener mayor oferta de puestos de trabajo en empresas privadas, y luego critican que se acojan a los servicios y a los trabajos que ellos mismos les han impuesto. ¿Quiénes son los incoherentes aquí? ¿De verdad tenemos que aguantar esto? Encima de cornudos, apaleados. Pero ya sabemos de qué va “este rollo”. Los sátrapas siempre imponen un sistema totalitario, y luego acusan a los demás por no seguir sus reglas. “Deberíamos cerrarles el grifo”, nos dice ufano Don Alfredito. No solo quieren que la universidad pública cope todo el espacio educativo. También quieren que las ideas que ellos defienden sean las únicas que puedan expresarse en ella. Y después se quejan de que han sido expulsados del Instituto Juan de Mariana, por manifestar un pensamiento moderado. El victimismo es otra de sus cualidades. También Hitler decía que la raza judía ponía en peligro la pureza de los arios. El progre siempre ha sido una plañidera muy bien pagada. Y los entierros a los que acude siempre están llenos de cadáveres de personas que han sido ajusticiadas por defender la libertad. La plañidera que llora la muerte de un hombre y el asesino que lo mata son en el fondo la misma persona. ¡He ahí la verdadera contradicción! Al lado de ésta, la supuesta incoherencia que aprecia Alfredito en Huerta de Soto, y que tanto se empeña en resaltar, parece una cuestión sin la más mínima importancia.

No me gusta desear el mal a nadie, ni soy de los que van por ahí echando a patadas a la gente. Pero no veo con malos ojos la excomunión de Alfredo, toda vez que ha sido él mismo quien se lo ha buscado ¿No soy suficientemente moderado? Bueno, solo deseo que Alfredo acabe viviendo en el lugar que le corresponde, lejos de los liberales españoles, en un sitio más propicio para sus intereses. En cambio, él nos cerraría la boca (el grifo) a todos si pudiera. Creo que hay una pequeña diferencia.

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Reseña: Ayn Rand – Capitalismo, El Ideal Desconocido

Reseña: Esta colección de 24 ensayos, con contribuciones de Alan Greenspan y otros, destacados participantes, explica la apuesta de Ayn Rand por el capitalismo, no sólo como un práctico sistema económico, sino como protección y personificación de los más altos ideales morales-filosóficos de los hombres, los cuales deben ser aún completamente alcanzados. Tratando asuntos como la persecución de los grandes negocios, los perjuicios del control gubernamental, el peligro de gobernar según el consenso, las raíces de la guerra, y muchos otros, “Capitalismo: el ideal desconocido” nos ofrece la más amplia exposición de la apremiante visión política de Ayn Rand.

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Librería: Crítica literaria

critica literaria

  • Azorín, RUTA DE DON QUIJOTE
  • Mario Vargas Llosa, LA ORGÍA PERPETUA: FLAUBERT Y MADAME BOVARY
  • Mario Vargas Llosa, LA VERDAD DE LAS MENTIRAS
  • Milan Kundera, EL TELON: ENSAYO EN SIETE PARTES
  • Philip Roth, ENGAÑO
  • Todorov, LITERATURA EN PELIGRO
  • Unamuno, COMO SE HACE UNA NOVELA
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Feministas: iros al cuerno

Foto%201Las feministas suelen autodenominarse investigadoras sociales. No obstante, rechazan cualquier análisis objetivo de la realidad. La ciencia objetiva es una imposición de los hombres, nos dicen. El cuerpo es el objeto de deseo que los hombres quieren que sea. La objetivación sexual es, para la feminista, una imposición masculina absolutamente denigrante. La feminista quiere que la mujer no sea mujer y el hombre no sea hombre. Quiere que el objeto no sea objeto. Y al mismo tiempo quiere que el sujeto no sea un sujeto (libre, con deseos). Quiere que no nos gusten sus cuerpos. Quiere que dejemos de sentir atracción física. Quiere que la veamos como una persona asexuada. Esto, además de ser una estupidez, es una imposibilidad. Curiosamente, estas demandas del feminismo se parecen más a la mojigatería que caracterizaba la sociedad retrógrada de nuestros abuelos, bastante más machista que la actual, que a la sociedad libre que las propias feministas dicen defender. Las feministas nos dicen cómo debemos sentirnos, qué tenemos que hacer con nuestros cuerpos, que el onanismo masculino es malo, que no deberíamos aceptar la ropa provocativa y diferenciadora, ni fijar nuestra atención en ella, etc… El feminismo es otra forma de totalitarismo. En todos estos casos, siempre se quiere decidir sobre los gustos de los demás. A las feministas les digo lo mismo que les diría a los sátrapas: iros al cuerno.

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