Los límites de la libertad de expresión


Libertad de expresion iiEstas Navidades serán recordadas para siempre como las Navidades en las que Occidente comenzó a desperezarse de su sueño idílico e ilustrado y su época de las luces, y se avino con una realidad esencialmente distinta, la del terror, la superstición y la barbarie yihadista. Es preciso que nos demos cuenta de una vez por todas de que los principios en los que siempre se ha basado nuestra cultura occidental, el arjé griego, el concepto de democracia, la isonomía legal, no son situaciones que debamos de ningún modo dar por hechas. Hay todo un mundo de bárbaros esperándonos ahí afuera. Las hienas nunca desesperan; tienen mucho menos que perder que nosotros. Debemos hacernos a esa idea. De ello depende también nuestra propia supervivencia.

Los tres Reyes Magos, que otros años recibían a los niños de todo el mundo y les colmaban de regalos y presentes, se han trocado esta vez en tres representantes orientales muy distintos. Su número no ha variado, así como tampoco lo ha hecho el color de su piel (dos de ellos tenían la piel blanca mientras que el tercero también era de un color negro intenso, casi azul). Pero su cometido y su mensaje ha sido el opuesto de aquel que llevaban los reyes que se acercaron a visitar a Jesús de Nazaret el día de su nacimiento. Aquellos le llevaron presentes que simbolizaban la riqueza y la prosperidad de sus respectivas naciones, y le transmitieron la noticia de que las religiones paganas del extranjero y los pueblos vecinos aceptaban con alegría el nuevo credo que acababa de nacer. En cambio, estos que ahora nos han visitado, los asesinos que irrumpieron hace unos días en las instalaciones del semanario Charlie Hebdo, masacrando a todos los periodistas que se encontraban en el camino, han venido a decirnos que los islamistas jamás admitirán una religión y una cultura que no siga al pie de la letra los preceptos de Mahoma. Sin duda, los niños de estas Navidades, todos los adultos que acabamos de perder la inocencia, recordaremos con tristeza a los reyes que este año nos han visitado, los veremos como las personas que un día acabaron con la vida tranquila que todos disfrutábamos, y con la seguridad aparente de la que creíamos disponer. No obstante, este suceso también tiene una cara más positiva, el ataque del que hemos sido objeto nos permitirá estar más atentos a partir de ahora, contribuyendo de ese modo a acrecentar la poca seguridad que aun nos queda.

El mensaje que nos han trasmitido estos príncipes de Belcebú es un mensaje completamente inaceptable. La libertad de expresión no se puede limitar tal y como ellos quieren que se haga. Nadie me va a decir en qué tengo que creer, y menos aun si esta creencia que se me quiere imponer es fruto de la más absoluta de las ignorancias.

La libertad de expresión que conceden las constituciones occidentales, que rigen la vida de todos los ciudadanos que habitan en dichos territorios, debería ser una premisa básica, transparente y clara. Dicha libertad se deriva directamente de ese otro arbitrio más fundamental que se sustenta en el derecho que tienen las personas a existir y a vivir. La existencia se extiende y se materializa solo gracias a la libertad de expresión. Por tanto, esta libertad debería ser diáfana, y no debería tener grises ni ser objeto de ambigüedades. Sin embargo, por toda Europa surgen ahora debates que revelan las grandes diferencias que se dan entre los propios occidentales a la hora de definir los límites de la libertad que dicen disfrutar. En cierto modo, esto es otro atentado contra la libre expresión, uno que se comete alevosamente y que se sustenta en la traición de los propios representantes de la libertad. A los que creemos de verdad en dicha libertad, nos urge la necesidad de aclarar cuáles son los términos y las fronteras que deberían determinar uno de los bastiones más importantes de nuestro modelo de vida. Es perentorio que ofrezcamos una solución inmediata.

Sin duda, la libertad de expresión tiene ciertos límites que no se pueden traspasar. Solo un estúpido puede abogar a favor de una libertad absoluta. La cuestión principal y más importante reside en saber dónde hay que poner esos lindes. Existen algunas opiniones que aducen que dichos límites se alcanzan cuando alguien hiere la sensibilidad de otras personas. Pero este es un límite demasiado ambiguo e incierto. La sensibilidad de las personas tiene un arco muy amplio. Si ponemos ahí el límite acabaremos cargándonos la libertad de expresión, la cual no puede depender de lo que le parezca a unos y otros, en base a lo que consideren que les puede herir.

Otros dicen que nadie debería poder mofarse de las creencias más sagradas que amamantan el anhelo y la esperanza de algunos colectivos. Pero también aquí es imposible determinar un límite realmente claro. Las creencias pueden llevar a cometer muchos crímenes, y cada cual interpreta las mismas como le viene en gana. Si impedimos que la gente se mofe de las creencias religiosas de otras personas, estamos abriendo la espita para que una infinidad de indeseables se cuelen en nuestras casas y se atrincheren detrás del respeto que exijan hacia sus creencias, aunque con ellas quieran eliminar de un plumazo las que nosotros tenemos.

Otra alegación que se hace al objeto de saber donde están los límites a la libertad de expresión, afirma que estos deben tener en cuenta que no se puede hacer ningún tipo de generalización. Así, si yo critico a la sociedad árabe en su conjunto, porque promueve la creación de una serie de sistemas políticos en los que la religión determina profundamente la vida pública, y en donde se imponen una serie de tradiciones sagradas que laminan la libertad de los individuos de modo que nadie puede ir en contra de las obligaciones arbitrarias de dichas religiones, algunos piensan que esa generalización es del todo indebida, ya que dentro de las sociedades también hay personas bastante más moderadas, y además también existen países árabes que no resultan tan restrictivos. Pero estas admoniciones a la libertad de expresión también son del todo falsas. Para empezar, la generalización no es siempre una actitud incorrecta. Evidentemente, siempre van a existir excepciones de todo tipo, pero estas no pueden impedir que hagamos un análisis conjunto. Si no generalizásemos, no podríamos denunciar aquellos casos en los que, mayoritariamente, se cometen negligencias y abusos palmarios. Igual que existen individuos relativamente indeseables, también existen sociedades y culturas más indeseables que otras. Si no ponemos en el punto de mira a estas sociedades, abdicaremos de nuestra responsabilidad como garantes y representantes de los derechos más fundamentales del hombre, y no podremos quejarnos luego de que vengan a matarnos si osamos ofender la sensibilidad de determinados grupos religiosos o fascistas. Friedrich Hayek, en la introducción que hace a su libro Los fundamentos de la libertad, nos advierte y nos persuade de la necesidad que existe a veces de considerar en su conjunto a toda la sociedad: “Lo que una sociedad libre ofrece al individuo es mucho más de lo que podría conseguir si tan solo él gozara de libertad. Por lo tanto, no cabe apreciar plenamente el valor de la libertad hasta conocer cuanto difiere una sociedad de hombres libres de otra en que prevalezca la ausencia de libertad”

Por consiguiente, ya sabemos donde no debemos poner los límites a la libertad de expresión. No se puede impedir la denuncia conjunta de determinados regímenes o colectivos inaceptables. No se puede apelar a la sensibilidad subjetiva de los individuos. Y tampoco se pueden usar las convicciones más sagradas como escusa para no recibir ninguna crítica. Ahora, quedaría por saber lo más importante de todo, dónde hay que poner esos límites. Para ello, creo que es conveniente que determinemos con antelación cual es el motivo de nuestra detracción, es decir, a quién estamos ofendiendo con nuestras denuncias. Eso debe ser lo único que fije la legitimidad de las admoniciones que hagamos. Si nos burlamos y caricaturizamos a Mahoma, en clara alusión a los crímenes que en su nombre se están cometiendo en todo el mundo, no podemos afirmar que eso va en contra del respeto de las creencias de otras personas, porque precisamente estamos denunciando una realidad que atenta gravemente contra ese respeto. Ahora bien, si nos burlamos de los muertos inocentes que se producen en las guerras religiosas, a cuenta del profeta, en ese caso sí estaremos sobrepasando claramente los límites de la libertad de expresión, en cuyo caso será deseable y justo que se nos impida hacer bandera de tamaña barbaridad.

La libertad de expresión será legítima si no instiga su propia reprobación. Mofarse de la religión y los gustos del creyente es un ejercicio legítimo de libertad, por mucho que les duela a algunos. En cambio, defender y hacer apología de una creencia que asesina a hombres y niños inocentes en todo el mundo, no es en absoluto justificable. La burla de la religión no puede estar limitada por las sensibilidades subjetivas de los creyentes, porque entonces lo estará también cualquier crítica que se haga a las ideas de la gente. Lo que debe estar penado es la apología que vaya en contra de la propia libertad de expresión, y no aquella que se limite a ejercerla. Esa es la única referencia objetiva, y deberá ser la única consideración que hagamos al objeto de limitar la libertad.

El respeto de la libre expresión afecta solamente a las personas que respetan y aceptan cualquier crítica de sus valores, aunque ésta apele a lo más sagrado de sus creencias. Pero el respeto no puede extenderse a todos aquellos que afirman que hay que mofarse también de las víctimas que caen a manos de criminales y asesinos, porque entonces estamos yendo en contra del propio principio que decimos respetar. La apología del terrorismo, la justificación de ciertas sociedades mayoritariamente tiránicas, la mofa de los muertos que caen a manos de los asesinos de toda índole y religión, o la violación de los derechos más fundamentales del individuo, son albedríos que van claramente en contra de la libertad que deben aspirar a tener los seres humanos, y no se pueden admitir.

El día que Occidente encuentre el hontanar del cual ha surgido, y haga hincapié en su acrecentamiento, ese día habremos despejado el camino que conduce directo al mar de la tranquilidad, lugar en el que todos acabaremos entendiendo por fin en qué consiste el respeto de las convicciones del prójimo, en qué se fundamenta el desarrollo de nuestra civilización, y cuáles son los límites objetivos de la libertad. Como dice Hayek: “Si no se concediese la libertad, incluso cuando el uso que algunos hacen de ella no nos parece deseable, nunca lograríamos los beneficios de ser libres, nunca obtendríamos esos imprevisibles nuevos desarrollos cuya oportunidad la libertad nos brinda”

Me parece indigno que, en nombre de esa libertad, se quiera equiparar a todas las personas y a todas las sociedades, que solo se pueda generalizar si es para decir que todos son igual de buenos, que no se pueda criticar al Islam pero en cambio si se pueda mofar uno del Papa, que se critique a los liberales tachándolos o confundiéndolos con los conservadores, y luego se defienda y se minimicen los riesgos de una religión islámica que, en el mejor de los casos, es tan conservadora como aquellas que suelen imaginarse cuando se critica el cristianismo. Eso es lo que me parece indignante e hipócrita.

Ninguna sociedad libre se podrá defender jamás si los imbéciles que la integran achacan cualquier ataque externo a ciertas fuerzas conspiranoicas que según ellos confabulan y preparan en la sombra los propios atacados. Cada vez que se produce un nuevo atentado surgen inmediatamente muchos voceros que afirman que éste ha sido provocado sin duda por los propios paises occidentales, con el objeto de justificar luego sus ataques y sus defensas frente a los asaltantes. De este modo, con este tipo de argumentaciones, no hay manera de poder luchar a favor de ningún principio, porque siempre se nos acusará de combatir a nuestros enemigos con la fuerza ilegítima que se asigna a aquellos que se supone que son los promotores últimos de todas las matanzas.

Algunos biempensantes de Occidente intentan comparar a los curas pedófilos con los yihadistas que asesinan a los niños. Otros afirman que Europa también tiene muchas cosas de las que avergonzarse y arrepentirse, por ejemplo, el fascismo y el nazismo. Pero no se dan cuenta de la diferencia sustancial que existe entre estas dos realidades que intentan equiparar. En nuestros países occidentales un cura no puede imponer un decreto político que apruebe y que obligue a desvirgar y violar a todas las niñas púberes. En cambio el islamista si está amparado por legislaciones y leyes que imponen de manera absoluta el asesinato de los homosexuales, los católicos y las mujeres violadas. Esta es una diferencia radical, y quienes no la ven están demostrando que no entienden en absoluto el significado y la necesidad de la separación de poderes y la justicia igualitaria. Por su parte, aquellos que nos intentan recordar que Europa también ha sido el origen de profundas y abyectas tiranías, deberían tener en cuenta que fue la propia sociedad occidental la que se levantó en contra de las mismas, y la que consiguió vencerlas y erradicarlas de manera definitiva. Sin embargo, en muchos países musulmanes siguen vigentes unos regímenes tan atroces al menos como los que se instauraron durante algunos lustros en el continente europeo, y en este caso, nadie hace nada para impedirlo. Todas estas diferencias radicales representan el alegato más importante que se puede hacer a la hora de proteger y amparar nuestras libertades, y aquellos que no hacen estas distinciones están comprometiendo gravemente los derechos más fundamentales del hombre, están favoreciendo el avance de las sociedades más despreciables que existen, y están conspirando, junto con todas las hienas miserables de este mundo, para que no seamos beneficiarios de esos derechos básicos. En este sentido, se les debería considerar iguales que los asesinos. En ese caso sí que no hay distinciones posibles. Los terroristas de la yihad, y aquellos que los justifican, los permiten, los disculpan, no los identifican claramente, ni identifican el caldo de cultivo y las causas sociológicas a partir de las cuales se han originado (la cultura árabe), son en el fondo tan culpables los unos como los otros.     

Me preocupa que haya personas dispuestas a defender la libertad de expresión, pero que al mismo tiempo intenten ocultar las diferencias evidentes que existen entre una sociedad esencialmente libre, donde la religión hace mucho que dejó de influir decisivamente en la vida política, y otra en la que se impone mayoritariamente un régimen teocrático indeseable, donde las mujeres son lapidadas o se permite que vivan con la condición de que vayan siempre tapadas, como si fueran muebles de mudanza. También me parece absurdo, y muy ignorante, mezclar liberalismo con creacionismo y conservadurismo, toda vez que no tienen nada que ver. Precisamente, los liberales defendemos una sociedad que no esté regida por ninguna religión laica o divina (como actualmente pasa en muchos países árabes). Quienes defienden el relativismo cultural, el odio a occidente, la auto flagelación y la equiparación de sus sociedades con la cultura musulmana, los progres y los multiculturalistas que ahora están saliendo en todos los medios de comunicación para denunciar la respuesta que se empieza a ver contra el mundo islámico, son los que están mas próximos al conservadurismo y el creacionismo cultural, ya que no se percatan de la gravedad de una religión y unas creencias que quieren imponérsenos a todos por la fuerza, a través de la política. Ese comportamiento melifluo e irresponsable de los occidentales es el que de verdad aboga por conservar unas tradiciones fanáticas. Es un caballo de Troya en contra de la libertad de expresión. Nuestros propios amigos y paisanos intentan ahora convencernos de que la libertad consiste en un respeto absoluto hacia todos los hombres de la Tierra, como si todos ellos fueran dignos de dicho respeto, o como si no hubiese sociedades enteras que, a día de hoy, todavía impiden que los ciudadanos crean y hagan lo que les de la gana, bajo pena de muerte.

 

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