La futilidad del político y la educación elemental


educacion-global-300x270Decía un historiador famoso, allá por el siglo XX, que el mayor error del hombre hodierno había sido, sin duda, la profesionalización de la política y la profanación de la vida privada que ésta nueva actividad traía consigo. Pues bien, hoy podemos afirmar sin ambages que este error laboral lleva visos de convertirse en un problema verdaderamente crónico, de una magnitud temporal difícil de imaginar. Bien entrado el siglo XXI, seguimos a vueltas con el mismo yerro. Los políticos continúan poniendo palos y piedras en las ruedas del progreso, y cada vez lo hacen con una impunidad mayor. Cada vez copan un nicho de poder más grande, y cada vez están más convencidos del papel social que aseguran ostentar. Nada que nosotros podamos hacer parece detenerles o disuadirles de sus propósitos. Se han convertido en una plaga para la que no existe por el momento ningún veneno efectivo. Cada vez más gente parece aceptar con agrado el destino que les depara la servidumbre voluntaria de la que son objeto y con la que consiguen animar aun más a los políticos para que sigan cometiendo vasallaje. El único antídoto viable a largo plazo es la educación de estos siervos sociales. Es preciso cambiar la mentalidad sumisa que anida en el corazón de todas esas personas congraciadas con el Estado. No obstante, dicha educación se antoja una tarea casi imposible.

Por muy raro que pueda parecer, la labor pedagógica más importante que existe hoy en día no es la que se suele entender como tal, aquella que se preocupa por inculcar al alumno unas habilidades y unas competencias en Álgebra o Biología. La labor formativa más importante es la que intenta enseñar al adulto hasta que punto es innecesario el roll que el político está dispuesto a jugar en la sociedad actual. La ignorancia del menor es una cualidad consustancial a la vida. Todos nacemos siendo ignorantes. Pero la incultura que manifiestan los adultos no es consustancial. Su desconocimiento resulta de la voluntad y la libre determinación; es fruto de una elección personal, la que ya hicieron esos adultos hace tiempo, a la hora de aprender. Por tanto, también será una ignorancia más difícil de erradicar, y su solución tendrá en consecuencia un valor netamente superior. Además, la idea que suscita el discurso del político en la mayoría de la gente trasmite la sensación de que el gobernante es una figura imprescindible, necesaria para organizar la sociedad de la mejor manera posible. La gente no suele dudar de esa necesidad, mas bien, de lo que duda es de la capacidad de ciertos políticos para ejercer determinadas funciones, lo cual lleva a que intenten sustituirlos por otros mejores. Pero nunca se plantean si la política no será en realidad una actividad sobrevalorada. Por todo ello, la función instructiva más complicada que podemos enfrentar ahora mismo es aquella que aspira a educar a esa parte de la ciudadanía que ya tiene una cierta edad, al objeto de conseguir que se acabe dando cuenta de la futilidad que entraña la profesión del político. Esta educación se enfrenta con la cerrazón que suele caracterizar a todas las ideologías, intenta inculcar conceptos y valores poco intuitivos, y debe lidiar con la pereza intelectual, el costumbrismo identitario y el acomodo pelágico que afectan a la mayoría de las personas adultas. Sin embargo, también es la trasmisión de conocimientos más importante de todas. Una sociedad que haya conseguido erradicar las creencias que idolatran el poder del Estado, y que haya extendido entre su población las ideas que avalan y corroboran esa erradicación, será una sociedad mucho más sana y mejor preparada. En ella, la libertad y la acción privada florecerán con más nitidez, los menores tendrán más oportunidad de aprender, y todo se desarrollará a mayor velocidad y de la mejor manera posible, atendiendo a la demanda real y a los deseos y los gustos que instigan la vida de todos los ciudadanos, por encima de aquellos que mueven los intereses miopes de sus gobernantes.

La mejora de la educación del adulto, o del mentor, conduce sin duda a la mejora de la educación del púber. Para enseñar al niño es necesario educar primero a su padre. Solamente cuando los profesores y los ascendientes familiares acepten y defiendan un modelo de sociedad en el que los hijos puedan educarse en libertad, y donde el rendimiento de dicho aprendizaje quede optimizado, podremos afirmar que hemos logrado sentar las bases de una doctrina educativa superior. La mayoría de docentes aseguran que una de las claves del progreso humano es la inversión que los países hacen en desarrollo educativo y en recursos escolares. Imaginan que la sociedad alcanzará una mayor prosperidad en la medida en que un mayor número de adolescentes aprendan letras y matemáticas y acceda a la universidad. Pero no se dan cuenta que el conocimiento que más hace progresar el mundo es el que ellos podrían obtener si decidiesen establecer un sistema social más libre y menos intervenido, lo cual también quiere decir que tendrían que abstenerse de dirigir y planificar la educación de los menores. Hoy en día, los políticos son los que deciden el número de abogados que tienen que existir, estimulan unas profesiones al tiempo que desincentivan el aprendizaje de otras, promueven la creación de un número indefinido de facultades, tantas como alcaldes estén dispuestos a llevarlas en su programa electoral, e invierten cada vez más recursos en el desarrollo de nuevas escuelas y nuevos centros, como si la inversión desproporcionada y desiderativa que tienden a realizar todos los gobernantes locales se ajustase siempre a la demanda real que luego se solicita en cada uno de los sectores económicos. El resultado de todo esto es un paro estructural desbocado, que aflora en el momento en el que se titulan muchos más profesionales que el número de puestos de trabajo que el mercado puede absorber.

En definitiva, la actitud racional y el hecho diferencial que más hace por la alfabetización de la sociedad y la mejora de sus cualidades intelectuales y culturales, tiene que ver más con la educación de los adultos que con aquella otra que atesoran los menores. Mientras los adultos sigan promoviendo y manipulando deliberadamente la enseñanza de sus descendientes, al tiempo que descuidan su propio aprendizaje, y mientras apuesten por unas medidas educativas espurias, basadas en la creencia de que el Estado está obligado a subvencionar, determinar y cuantificar las condiciones y los recursos de la educación, nada de lo que hagan los hombres servirá para mejorar las futuras generaciones de profesionales más de lo que sirve un grano de arroz para hacer una paella valenciana.

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