El arte y la política


LOQUILLO-300x241 Clint Eastwood

A veces uno conoce primero al artista, y luego se percata de la persona. Primero escucha una canción, o contempla un cuadro, o visualiza una película. Luego conoce la identidad política del personaje, y se da cuenta de lo bien que encaja todo. Me ocurrió esto con Clint Eastwood, y también con Loquillo, la primera vez que les vi y les escuché en la pantalla. Ahora ya no admiro solo su obra de arte, también su arte de obrar. Clint Eastwood: “Me gusta la visión libertaria que es la de dejar a la gente en paz. Aun desde niño me molestaba quienes pretendían indicarle a los demás como debían vivir”. Loquillo: “A mí no me roba España sino los Pujol y Millet”. La primera película que vi de Clint Eastwood, así como la primera canción que escuche de Loquillo, supusieron para mí una evolución estética que aun recuerdo con gran alegría, el despertar a una nueva forma de belleza. La imagen que transmiten estos dos iconos del arte, es la de unos individuos que no se arrugan ante nada, pero que tampoco pedirían responsabilidades a terceros si acaso fracasasen en sus intenciones. Exactamente lo contrario de lo que hace la mayoría de los políticos, que tienen como mascota al chivo expiatorio, y que siempre andan quejándose de lo mal que les tratan las encuestas, o de lo mal que le entiende el resto de la población. El arte que despliegan los políticos no es un arte virtuoso, es el arte de un comediante histrión, que busca siempre la atención del público, mediante la mueca exagerada y la demagogia. La mojigatería, la complacencia, la estupidez, la servidumbre, la blandenguería, la afectación, la charlatanería, o la hipérbole, son cualidades que le pegan al político, pero que no tienen nada que ver con la pose y la mirada que muestra Clint Eastwood delante de la cámara, o con la figura enhiesta y esbelta de Loquillo en el escenario, o con el argumento de las películas o la letra de las canciones que escriben estos dos monstruos de la interpretación. Por eso me gustaron la primera vez que les vi, aunque solo conociera de ellos su fachada y su envoltura. Ahora me doy cuenta de que la forma y el fondo tienen a veces unos vasos comunicantes mucho más anchos de lo que en principio nos puede parecer. El amor a primera vista, o la apariencia del sujeto, pueden hacer que nos equivoquemos a la hora de realizar una primera valoración. Pero no cabe duda que otras veces nos permiten acertar de lleno.

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