La indisolubilidad de la nación


manosabuelas

Cualquier ente, sea del tipo que sea, debe pugnar por subsistir si es que no quiere extinguirse. Un pingüino tiene que caminar todos los días hasta el borde de la playa y zambullirse a continuación en el agua del océano en busca de comida. Todos los seres vivos, y en general todas las cosas, aspiran a mantenerse íntegros el mayor tiempo posible. En términos generales, la subsistencia coincide con la existencia. Cualquier estructura debe presentar algún modo de subsistencia. Una piedra existe gracias a que está hecha de un material muy sólido. Un pingüino existe porque lucha todos los días para alimentarse y no descomponerse.

De la misma forma, una nación asegura su existencia y se blinda ante cualquier eventualidad que amenace su integridad, si no repara en gastos a la hora de asegurar su unidad. La indisolubilidad de la nación debe ser un principio constitucional tan importante para ésta como lo son las aletas para el pingüino del ártico. En un sentido lato, las aletas y las leyes tienen la misma función y el mismo objetivo.

Imaginemos que queremos construir una nación que esté basada en la libertad y el derecho. Junto a los artículos que dispongan esta cimentación, deberán aparecer también otros que garanticen la continuidad del proyecto, asegurando la subsistencia de todo el sistema nacional. Por consiguiente, cualquier nación libre estará obligada a ser también una nación indisoluble. La indisolubilidad de la nación, su unidad y su solidez, constituye un precepto necesario para lograr este programa político. La libertad de un pueblo solo se consigue en la medida en que aseguremos su persistencia indefinida y continuada. En realidad, cualquier proyecto exige que se den este tipo de condiciones. Siempre que queramos conseguir algo, tenemos que asegurarnos de que eso que logremos va a presentar esa condición. Todo lo que existe debe permanecer. Y todo lo que permanece debe tratar de ser indisoluble. Cualquier cosa que existe consigue permanecer en la medida en que no se fragmenta ni se disuelve.

Las cosas deben ser indisolubles. Una nación también. A la hora de juzgar si conviene o no disolver una nación, no tenemos que fijarnos en el grado de integridad que manifiestan sus ciudadanos. El derecho de autodeterminación no es un derecho simplemente porque permita esa disgregación. Los pueblos tienen derecho a ser libres, no a separarse. La unidad es un requisito para la libertad. Si queremos que todas las personas sean libres e iguales ante la ley, estamos obligados a aumentar el rango de acción de esas leyes, no a disminuirlo.

La disolución solo está justificada en aquellos casos en los que las instituciones no respeten la libertad. Una tiranía puede fragmentarse sin que esto suponga un empeoramiento para sus ciudadanos. Pero esto no significa que la segregación sea algo bueno de por sí. La cosa es bastante sencilla. Si la nación apela a su identidad o sus tradiciones, si los políticos llevan la voz cantante, si no se cansan de reclamar el derecho de autodeterminación de los pueblos, entonces no hay duda de que lo que quieren conseguir es una mayor cuota de poder, a costa de la libertad de sus ciudadanos. En ese caso, la disolución nunca podrá estar justificada.

Hay muchas personas que ven en la indisolubilidad de la nación un acto dictatorial. Cuando se defiende una nación grande y libre, todos piensan que lo que se defiende en realidad es un sistema totalitario. Todos creen que las regiones tienen derecho a secesionarse si así lo desean sus ciudadanos. Pero esta afirmación es falsa. La disolución también puede poner en riesgo la libertad. Lo que hay que evaluar es si la nación que aspira a separarse quiere implantar un régimen mejor.

Sin embargo, los nacionalistas y muchos demócratas consideran el derecho de autoderminación como un derecho superior a todos los demás, incondicional, de primer orden. Es decir, piensan que las personas y los pueblos son libres solo porque tienen la posibilidad de independizarse.

Los no nacionalistas debemos anteponer un valor superior: la unión. Tanto los separatistas como los unionistas pueden tener razón en determinados casos, siempre que se quieran separar o unir para constituir un Estado más libre. No obstante, la unión aventaja a la separación en un punto. Tiene una virtud añadida que no tiene el separatismo. La unión implica siempre a un mayor número de personas. A igualdad de condiciones, la unión siempre promueve la libertad individual mucho más que la separación. Además, la unificación forma parte de una tendencia evolutiva general. La evolución siempre ha tendido a la unión. Los átomos se unen en moléculas, estas a su vez se unen en células, las células se unen en organismos. Las personas se congregan en torno a las ciudades. La unión es sinónimo de cooperación, de creación, de novedad, de respeto. La evolución del universo progresa gracias a la unión y a la complejidad de las estructuras que aparecen como consecuencia de esas fusiones. La creación de una estructura nueva a partir de sus constituyentes elementales se hace siempre a través de la unión. La segregación nacional solo puede excusarse si la región que aspira a desgajarse pertenece a un Estado totalitario. La unión y la integración nacional, además de poder justificarse sobre la base de la defensa de la libertad, tiene también otra justificación igual de importante, la que apela al progreso, la igualdad y la conciliación de todas las partes. La separación nunca puede ampararse en este tipo de cualidades.

La unión también tiene un marchamo científico: tiene que ver con la honestidad intelectual. Todas las teorías científicas aspiran a la generalización. Las ideas correctas son aquellas que buscan esa universalidad. Serán más correctas en tanto en cuanto sean más generales. Con las leyes y normas de un Estado pasa lo mismo. Si son correctas, deben aspirar también al ecumenicismo y la universalidad.

La unión legislativa tiene dos enemigos principales. Los nacionalistas (de derechas o de izquierdas) y los anarquistas (anarcocapitalistas o anarcocomunistas). Los primeros se dejan llevar por un sentimiento primitivo, que anhela la entidad de la tribu, y que aspira a gobernar en aquellas localidades donde exista un respaldo mayoritario, compuesto casi siempre por adeptos y palmeros incondicionales y por sentimentalistas políticos. Los segundos no son chovinistas, no quieren gobernar, no apelan a la demagogia. Pero precisamente por esto, porque no tienen ningún afán político, desean que todos los ciudadanos convivan en armonía, sin imposiciones de ningún tipo, y sin Estados de ninguna clase. Ambos grupos se equivocan. Tan perjudicial es el chovinismo cerril que tiende a imponer unos controles férreos, como el anarquismo ingenuo que afirma que no tiene que existir ninguna coerción. Por razones muy distintas estas dos visiones acaban abrazándose al mismo chopo. En el fondo, ambas se declaran nacionalistas, y ambas están en contra de una ley general y verdadera.

La verdad y la generalización son dos conceptos que están íntimamente ligados. Una verdad es más cierta cuanto más general sea, y cuantos más fenómenos pueda explicar. Lo general siempre es más cierto que lo particular. Por tanto, para abrazar una posición más real debemos admitir esos dos conceptos, el concepto de ley y el concepto de generalidad. El mundo funciona mediante leyes generales. No cabe describirlo de otra manera. Los nacionalistas repudian la ley, les da igual qué leyes existan, con tal de que éstas les permitan segregarse. Desean ser ellos los que establezcan esas reglas, en el terruño donde gobiernan, y para lograr esto están obligados a admitir la posibilidad de que exista un número infinito de reglas y regiones autónomas. Por su parte, los anarcocapitalistas repudian y execran la generalidad, porque solo ven en ella un motivo para imponer la coacción del Estado. Se olvidan de que existe un tipo de coacción necesaria y general (un estado mínimo), aquella que debe existir para conseguir un sistema de libertades duradero, aquella que impide a los hombres imponer su propia voluntad a los demás (sin ese gobierno de mínimos, el vacío de poder siempre acaba llenándose de ineptos y de bandidos).

Ambas visiones, la nacionalista y la anarcocapitalista, caminan en el mismo sentido, van en contra de la verdad universal y del precepto científico. Ya sea porque rechacen la verdad o porque rechacen el carácter universalidad de la ley (y su legitimación institucional), en los dos casos describen un mundo lleno de arbitrismos, ídolos ineptos y hombres de paja.

 

 

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