Miguel Sebastián: un animal político al servicio del Estado


animal_politicoEl pasado sábado, el Instituto Juan de Mariana acogió en su sede madrileña una conferencia del antiguo ministro español de industria y comercio, Miguel Sebastián, a la sazón profesor de macroeconomía en la universidad complutense de Madrid, y según algunos, un acérrimo y entregado polemista. Lo que allí se dijo y se vivió no dejó indiferente a ninguno de los presentes, ya fuera porque esperaban mucho más, o sencillamente porque no esperaban menos.

Yo me incluyo dentro de los segundos. Asistí a la conferencia a sabiendas de que iba a tener que prestar mis oídos a un político consumado, y el sermón de la montaña que acabé escuchando no me defraudó lo más mínimo. Su charla no pasará a los anales de la historia ni será recordada por haber marcado ningún punto de inflexión en la comprensión general del pensamiento económico moderno. Muy al contrario, fue una conferencia bastante aburrida y anodina, que no despertó demasiado interés entre los asistentes. Su autor se limitó a describir algunos gráficos y a componer un relato a veces pseudobiográfico, y a veces perogrullesco, que no fue capaz de atraer la atención de nadie. Afirmar en la sede del Instituto Juan de Mariana, bastión del liberalismo más radical, que la agenda para la recuperación de nuestro país consiste en hacer algunas mínimas reformas en materia de libertad económica (por ejemplo, decir que no se debió subvencionar la energía solar, pero, en cambio, sí se hizo bien al auxiliar a todas las demás), no pasa de ser una aclaración innecesaria y timorata, escasamente impresionante para aquellas personas que se han pasado la vida insistiendo en esas mismas reformas, desde mucho antes de que el exministro y ponente accediera al cargo que le granjeó fama. Da la impresión de que el antiguo ministro se acabara de caer del guindo y, tras analizar los golpes recibidos a consecuencia del impacto, quisiera darnos lecciones a todos los que nos caímos de un guindo mucho más alto hace mucho más tiempo. Realmente, suena bastante ridículo.

El título que eligió el exministro de Zapatero para encabezar su charla: Los retos pendientes de la economía española, seguramente quería aludir a los fallos que, en opinión del propio ponente, se habían cometido durante el mandato de Rodríguez Zapatero. Pero bien podría haber pasado por otra cosa, perfectamente podía haber sugerido otro tipo de asignatura pendiente, la que sin duda demostró tener el propio conferenciante en materia económica durante todo el tiempo que ostentó su cargo de responsabilidad al frente del gobierno.

La única lección que un servidor extrajo de dicha charla, fue más bien una constatación casi innecesaria a estas alturas, la confirmación de que todos los políticos, en mayor o menor medida, utilizan un registro dialéctico bastante parecido, el cual está trufado de eufemismos, falsos reconocimientos, salidas de pata de banco, huidas por la puerta de atrás, y otras muchas artes escapistas. La mayoría de políticos son incapaces de sostener un debate mínimamente intelectual, desconocen completamente el sentido de una teoría bien asentada, o actúan como si no lo conocieran. En la presentación que hizo Miguel Sebastián se pusieron de manifiesto, una vez más, todos estos desconocimientos y despropósitos que asperjan el currículo y la biografía de cualquier estadista medianamente digno de tal nombre.

Sebastián rehuía las peticiones que le íbamos haciendo todos los asistentes. Previamente, había dejado claro que no aceptaría que el turno de preguntas se retrasmitiese a todo el mundo. Respondía constantemente con evasivas, o apelaba continuamente a su gestión ministerial. Todas las cuestiones que le íbamos planteando, las redirigía él de manera que pareciera que estábamos atacando a su persona, poniendo en duda su misión al frente del gobierno. Para un político, la praxis personal está totalmente disociada de la teoría. Ninguno quiere profundizar demasiado en el pensamiento de base, prefieren hablar de su cara bonita, de sus gestiones que siempre consideran necesarias, o de sus logros al frente del Estado, que siempre descollan por encima de todo lo demás.

Tras reconocer que pudieron haber cometido algunos errores menores, el exministro se justificó diciendo que no hubo forma de hacerlo de distinta manera, y pasó a continuación a decir que los liberales también debíamos hacer acto de contrición y reconocer que nos habíamos equivocado. Esta apelación a nuestra capacidad de autocrítica fue la revelación más importante de la charla. Con ella quedó claro el aspecto y la facha contradictoria que engalanan el discurso de Miguel Sebastián. Por un lado, defendía que la crisis se había debido al exceso de libertad y al capitalismo salvaje que veía reflejado en nosotros. Pero, al mismo tiempo, su reconocimiento consistió en decir que se habían cometido algunos errores allí donde se tendría que haber dejado que el mercado hubiese marcado las directrices del progreso. Primero se acusaba a sí mismo por haber sido poco liberal, y acto seguido, acusaba a los liberales de ser los adalides de una liberalización desmedida, que había llevado a la privatización de diversas empresas, las cuales habían puesto de manifiesto lo pernicioso que es dejar todas las decisiones en manos de los empresarios privados. O sea, primero reconocía algunas falacias y acciones del intervencionismo, y a continuación aseguraba que el problema había sido el exceso de libertad. Esto es una absurdez absoluta. O una cosa o la otra, o la crisis se debió al exceso de intervención, o se debió al exceso de libertad, pero los dos supuestos no se pueden haber dado a la vez. No se puede afirmar que se equivocaron todos los que defendían las regulaciones de determinados sectores económicos, y a continuación decir que la crisis vino motivada por un exceso de desregulación. No se puede decir que el problema fue la falta de voluntad política para poner en marcha las reformas que habrían corregido las debilidades estructurales del sector público, y decir al mismo tiempo que la culpa la tuvieron aquellos que promovieron y consiguieron una liberalización excesiva. Sobre todo, no se puede afirmar que faltó voluntad política, y decir al mismo tiempo, para justificar el cargo, que los políticos que dirigen un país y atienden a todas las sensibilidades, siempre tienen las manos atadas, y no pueden emprender las reformas necesarias. Todas estas afirmaciones resultan bastante paradójicas viniendo de quien vienen.

En cierto momento de la discusión, ya no me pude contener más tiempo. A sabiendas de que estaba contribuyendo a acrecentar el gallinero que allí se había creado, me dirigí al exministro e intenté hacerle ver que su planteamiento estaba viciado desde el principio, porque partía de una negación ominosa de la realidad, a saber, la que asegura que la sociedad no se encuentra fuertemente intervenida. En seguida me contestó que él no hablaba de teorías, y que en la práctica política no se podía aplicar la visión del mundo que nosotros le proponíamos. A la salida, cuando ya había acabado todo, le oí decir que nosotros éramos iguales que los comunistas, que vivíamos en una realidad utópica e imaginaria. En verdad -le repliqué- el mundo que habitamos está muy lejos de ser aquello que algunos soñamos. Pero no se puede decir que la mera actitud soñadora, o el objetivo aún incumplido, constituyan de por sí un ejemplo de utopía parecido al comunismo. Por mucho que el liberalismo sea también un sueño incumplido, las razones de ese incumplimiento no son ni de lejos las mismas que asisten al marxismo. Este último se debe a una visión irreal, a una burda falacia propalada por un grupo de facinerosos y asumida por un pueblo inculto e impotente. En cambio, la otra imposibilidad, la que impide que el liberalismo se haga efectivo, está propiciada, no tanto por el hecho de ser una mentira con las patas cortas, como por el hecho de constituir una propuesta demasiado verdadera para ser adoptada por la gente vulgar, que esta siempre más abierta a aceptar las promesas falsas que les ofrece su líder en bandeja de plata. Al comparar comunismo y liberalismo, Miguel Sebastián se refugiaba de nuevo en la labor que tiene que realizar el político consecuente, siempre en medio de dos fuegos abiertos, incapaz de contentar a las partes que participan en el conflicto social, sometido a los debates del parlamento y a las sensibilidades dispares que allí se congregan.

En el turno de preguntas posterior a la charla magistral, Miguel Sebastián adujo que él nunca había defendido la duplicidad administrativa que hoy en día limita la funcionalidad del gobierno español, y que por tanto no se le podían achacar los problemas que generan las tensiones que surgen entre las diecisiete comunidades autónomas que fragmentan el país. Pero acto seguido no se arrugaba al defender la legitimidad histórica de las autonomías vasca y catalana, precisamente esa reivindicación cuya propuesta condujo en la transición española al sistema de división territorial que hoy padecemos todos los ciudadanos. De nuevo, el eximio exministro incurría en otra contradicción grave.

Sebastián es conocido dentro del ámbito socialista como un liberal auténtico. Se le acusa de defender alguna que otra liberalización y se le reprocha que reconozca ciertos errores puntuales cometidos cuando ejercía como ministro, errores que, según el interfecto, tienen que ver con el exceso de regulación y las artes socialistas. En el mundo de los ciegos, el tuerto es el rey. No obstante, no nos llevemos a engaño. Al mismo tiempo, este supuesto liberal se justifica diciendo que siempre tuvo las manos atadas. En el fondo, piensa que es imposible llegar a la política y realizar algunos cambios sustanciales. A su vez, opina que nosotros, los liberales austriacos, vivimos ubicados en una utopía permanente, y que con más motivo deberíamos apelar a nuestra capacidad de autocrítica, como él dice que hace. Sebastián afirma que debemos reconocer algunos errores de cálculo, ya que el liberalismo que arengamos no funcionó como nosotros predijimos: la liberalización fue un fracaso y fue lo que trajo la crisis. Desde luego, el exministro no entiende en absoluto cuales son las causas de dicha depresión. Parte de una negación de la realidad que oculta que el mundo nunca ha llegado a tener el nivel de libertades que algunos reivindicamos.

En un momento de la discusión, Juan Ramón Rallo le insistió para que dijese qué entendía por liberalismo. Miguel Sebastián balbuceó un poco y a continuación ofreció una definición bastante vaga: “yo creo en la libertad de las personas”. Esta respuesta nos remite de nuevo a la pregunta de partida: ¿qué es la libertad de las personas? Por tanto, no responde absolutamente nada (de nuevo, apareció el político resbaloso). Pero podemos intuir cuál es la opinión que esconde Miguel Sebastián. Estoy seguro de que tiene el mismo concepto de libertad que tienen todos los socialdemócratas, es decir, aquel que asegura que la libertad es un estado que conceden y procuran los políticos, al crear un sistema de bienestar suficientemente omnímodo y paternalista. Pero los liberales auténticos no entendemos el liberalismo de ese modo, como una especie de relación paternofiliar. Creemos que la auténtica libertad no se puede basar en conceptos que nos remiten a la obediencia y las irresponsabilidades de los niños y los menores. Nosotros creemos en una sociedad de adultos responsables, hombres hechos y derechos, que no dependen de las dádivas del político y que tampoco están anclados y sometidos a sus mandatos. La libertad del individuo no puede hacerse depender de aquello que establezcan los demás, basándose en sus propias creencias, y menos aun de aquello que dicten los gobiernos, amparados por un poder cada vez más extensivo.

Si algo se puso de manifiesto el sábado pasado en la conferencia de Miguel Sebastián, es que este economista es un animal político bastante característico. Las declaraciones que efectuó en el transcurso de su exposición y durante las réplicas posteriores, seguramente no servirán de inspiración a ninguno de los futuros premios Nobel de economía, pero en cambio, sí permiten entender una cosa importante. Ponen de manifiesto las principales cualidades que suelen detentar todos los políticos, su tendencia a eludir las preguntas, su incapacidad para el diálogo teórico, su continua apelación a la responsabilidad y a las imposiciones que dicta el cargo que ostentan, o la forma que tienen de justificar su permanente inacción o sus meteduras de pata, alegando que les fue imposible hacer alguna mínima reforma en la buena dirección.

En definitiva, se puede decir que la conferencia del pasado sábado no aportó demasiadas cosas en el plano de las ideas, pero en cambio sí permitió hacer una vivisección completa bastante fidedigna, la biopsia del espécimen político que habita en el páramo intelectual y que baja al abrevadero a beber en las fuentes de la obcecación doctrinaria y las escusas baratas. Un estadista sibilino que se complace al entregarse a las estrategias cambiantes que le dicta el partido. Este prototipo de ejemplar, lejos de extinguirse, está adquiriendo cada vez más protagonismo y más fama internacional, convenciendo a las masas para que confíen en él, exagerando el papel que tiene el Estado en la sociedad, atribuyéndose más importancia, y extendiéndose por todo el mundo como una plaga de langostas, sin encontrar apenas ninguna resistencia ciudadana.

El intervencionismo que estimula y que acicatea a la mayoría de políticos y de adeptos a la causa, lejos de desaparecer, renueva sus fuerzas cada vez que uno de ellos retoma el poder del parlamento, o cuando lo pierde al cabo de unos años y se empeña en ofrecer todas las escusas que uno se pueda imaginar. Miguel Sebastián es un ejemplo de ambas cosas. Cuando estuvo en el gobierno no hizo nada para remediar los problemas que acuciaban al país. Y ahora que ya no está, no encuentra el momento para disculpar su ejercicio (el político siempre será político, es más, su carácter se ve acrecentado cuando pierde el poder; al dejar de gobernar, se vuelve más rencoroso y receloso, o peor aún, se convierte en profesor de universidad, y va por ahí dando lecciones a todos los demás). Y si acaso reconoce algún error, lo justifica diciendo que no pudo hacerlo de otra manera, y lo emborrona con todo tipo de aporías y de contradicciones. Miguel Sebastián es el prototipo de gobernante, un hombre escurridizo y resbaloso, que en cuanto es abordado se pone a hablar como lo hacen los políticos: “no te permito que pongas en duda mi gestión, “la teoría no tiene nada que ver con la práctica, “cuando uno sube al poder tiene las manos atadas”. Esos latiguillos son los que todo buen estadista utiliza para salir del paso. Miguel Sebastián representa el mayor problema que debe enfrentar la sociedad moderna, ahora que todo depende cada vez más del progreso tecnológico y la libertad económica. En este sentido, la charla que nos ofreció el pasado sábado resulta bastante instructiva. Por lo demás, no pasó de ser una exposición anodina, otra escusa de Miguel, en este caso una que servía para venir al instituto a echarnos el muerto y enfrentarse con nosotros. Por lo menos esa fue mi impresión. Me dio la sensación de que Miguel había preparado su decálogo de reformas de manera apresurada, solo para esperar el turno de preguntas y poder defender entonces con uñas y dientes su gestión al frente del gobierno. Pero esto solo es una sensación personal. No estoy diciendo que fuera exactamente así. Lo que sí quedó de manifiesto de manera clara fue el animal político que todos los estadistas guardan dentro de sus entrañas. Una bestia que se abalanza sobre el contrincante sin utilizar demasiados argumentos, y sin importarle las contradicciones y las incompatibilidades de su razonamiento, ni los reveses de las experiencias vividas en el pasado, cuando se ostentaba el poder y se perfilaba el desastre. En fin, todo un dechado de virtudes y de bondades, puestas al servicio del Estado.

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2 respuestas a Miguel Sebastián: un animal político al servicio del Estado

  1. Y sin embargo, don Miguel llevaba razon, en la practica (lo que equivale al Estado para un politico de oficio) no se pueden aplicar ninguno de los ideales del liberalismo clasico porque la sola existencia del estado contradice la idea de libertad, de propiedad privada, de libre competencia, de derecho, de justicia. Luego, las contradicciones una vez mas estan en los tintanes del Juan de Mariana y no en este monigote invitado, que lo unico que hizo fue ser coherente con lo que es, un politico y entender, mejor que ustedes, que la nocion de Estado no admite medidas sino que impone medidas, que un politico se hace por la misma racionalidad que un ladron: calcula costos contra beneficios. Lo que ahora imagino es a Miguel, reunido con sus amigotes de los partidos de gobierno, riendose de las cantinfladas verbales de los profes y los jovenazos del instituto.

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  2. jose dijo:

    Este es el que enseñó economía a Zapatero en dos tardes.

    Como no tengo duda de la asombrosa capacidad intelectual del “Asombro de León” , tengo que colegir que el responsable de todo este caos y ruina que los españoles hemos padecido se debe en amplísima medida a este Sebastián.

    Lo que es asombroso es que este Sebastián siga impartiendo doctrina. El que haya elegido estos foros, que son el enemigo, me dicen que este necio se crece ante el peligro (o de que está tan necesitado de recomponer su imagen, que tiene que pasar por todo)
    ¿No era este jefe de estudios de economía de un Banco?
    Será de esos rescatados, claro.

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