El remanso de las ciencias naturales y el calvario de las ciencias sociales


kiwi_bird2La ciencia y la política son dos empresas incompatibles, antitéticas. La política está trufada de beatos y de eunucos, adultos que se comportan como adolescentes, razonan como púberes, y arguyen como infantes. Aquí no valen demostraciones de ningún tipo: puede más la ideología del sacerdote o la palabra que emana de la boca del profeta. El fracaso que acarrea la política, de izquierda o de derecha, sirve exclusivamente para que cada uno de esos sectores de la bancada se tire los trastos a la cabeza del otro, y ascienda al poder de manera periódica. En eso consiste precisamente la alternancia democrática que tanto alaban los creyentes del Estado. Jamás se falsea ningún programa político. Los que abandonan el poder quedan en evidencia delante de su electorado, pero lo retoman sin problemas al cabo de unos años, vuelven a ser votados y vuelven a aplicar las mismas medidas que les llevaron en su día a la derrota. En cualquier caso, todos hacen prácticamente lo mismo. Es como si un ptolemaico y un creacionista se disputasen el dudoso honor de ejercer como referentes intelectuales. Durante unos años todos actuaríamos como si la Tierra fuera el centro del universo, y en la legislatura siguiente todos obraríamos como si el centro del universo fuese la Tierra. Y todos acusarían a los heliocentristas de ser los causantes de los errores que, con toda seguridad, arreciarían invariablemente cada vez que el geocentrismo decidiese utilizar unos cálculos equivocados. El ejemplo cobraría matices todavía más absurdos si los heliocentristas, que son los acusados, ni siquiera supusiesen una promesa lejana en el panorama electoral, apenas constituida por una minoría representativa, y solo sirviesen de chivo expiatorio, para hacer recaer la culpa sobre ellos, cada vez que dijesen que la Tierra gira alrededor del Sol. Pues bien, aunque parezca increíble, esto es precisamente lo que ocurre hoy en día con las democracias parlamentarias que gobiernan una buena parte de países occidentales. De igual modo, se culpabiliza a los neoliberales (los heliocentristas de la política) de ser los causantes de todas las crisis económicas, cuando en realidad jamás ha existido un gobierno mínimamente liberal. Todos los socialistas, de derecha o de izquierda, utilizan la política para intervenir masivamente en la economía de sus respectivos países, y acaban destruyendo todo aquello que tocan, y cuanto más destruyen, más insisten en decir que ellos son los únicos que pueden arreglarlo, y que son otros, los liberales desaparecidos, los que deben responsabilizarse de todas esas negligencias y desastres. Y cuanto más aúllan, más palmeros y adocenados surgen de entre las ruinas de los edificios y salen a recibirles, y por eso chillan todavía más fuerte, y por eso siguen disputándose el poder cual aves de rapiña y arruinando a la sociedad cada vez más, y volviendo a gritar a la menor oportunidad, en contra del capitalismo salvaje, que nunca termina de llegar.

Afortunadamente, hoy en día ya casi nadie piensa que Ptolomeo tenía razón cuando afirmó que la Tierra se encuentra en el centro del universo. Sin embargo, con respecto a la política no pasa lo mismo. El ideario social sigue anclado y aferrado a las concepciones religiosas de otras épocas, adorando al político como el sumo sacerdote, y deseando la venida del paraíso socialista que proclamaba Marx en sus ensayos filosóficos. Así es como progresa el mundo de la política. Así es como nos movemos todos los días, balanceados en medio de una inepcia infinita, movidos por dos estúpidos intratables, el ptolemaico y el creacionista, que se ofrecen la mano y se dan la vez en la cola del ministerio, antes de acceder al poder y repartirse la tarta parlamentaria.

Así las cosas, se entenderá que la ciencia básica constituya el último refugio que tenemos aquellos que, por una u otra razón, nos hemos deleitado alguna vez con la precisión y la belleza de una demostración matemática, pero también nos hemos interesado por el problema de la gobernación y por las cuestiones y matices de la política y la economía mundiales. A duras penas, resistimos por el día hablando sobre todos estos temas sociales tan espinosos, rodeados de estúpidos que repiten la misma salmodia de manera compulsiva. Pero al caer la noche necesitamos refugiarnos en las estancias que nos ofrece la lectura de un buen libro de Biología, o en el recuerdo agradable que rememora un pasado lleno de descubrimientos científicos y aperos materiales, lejos de las pamemas matutinas que nos aguardan al día siguiente al abrir el periódico.

Cuando solo me interesaba la ciencia básica, el mundo era mucho más tranquilo y gratificante de lo que es ahora. Recuerdo que en aquellos tiempos solía disfrutar del consenso y el esfuerzo conjunto de todos los científicos por encontrar la verdad, y me maravillaba con ese tesón mucho más de lo que lo he hecho nunca con mis propios empeños. Pero por desgracia, en algún punto de ese peregrinaje, la vida se truncó para mí, irremediablemente. Todo se volvió más oscuro y complicado en el momento en que empecé a interesarme también por las ciencias sociales. En estas no hay consenso que valga. Todos están en contra de todos, nadie parece agradecer las contribuciones de los demás, y da la impresión de que jamás se admirarán los logros intelectuales que consigue el hombre cuando se interesa por conocer la verdad. Recuerdo cómo se me quedaba el cuerpo hace algunos años, el entusiasmo que me embargaba cada vez que leía algún artículo nuevo que resumía los hallazgos que se iban publicando en torno a la Física y la Biología más punteras. Ahora en cambio tengo que aguantar la ligereza con la que algunos académicos y profesores afirman que el socialismo es una teoría científica completamente racional (la ciencia básica también debe hacer frente a la superstición que viene de fuera, pero en el caso de las ciencias sociales la situación es más grave: la superchería y la irracionalidad están infiltradas en el corazón de las universidades). Tengo que asumir que los mitos y las creencias más infundadas que uno se pueda imaginar –la deuda se corrige con mas deuda, la pobreza se soluciona subvencionando a los pobres, la falta de bienes se arregla fabricando papelitos de colores y monedas de metal acuñado- acaben siempre sustituyendo a las ideas razonables, y ocupen todo el espacio intelectual que en principio debería estar reservado a éstas. Y por si ello todavía no fuera poco, tengo que lidiar con esas opiniones que, incluso cuando coinciden en lo fundamental con las mías, a sus defensores les importan tanto los detalles y quieren distinguirse tanto de mí, que no me conceden ni siquiera una mínima tregua, y prefieren distanciarse mucho más de lo que lo hacen aquellos que nunca han dicho nada que tenga el más mínimo parecido con lo que afirmo yo.

Se fueron los tiempos en los que todo era más sencillo y diáfano, cuando un átomo era un átomo, una gacela era un bóvido de tamaño medio, y un Kiwi suponía un ejemplo delicioso de evolución. Quisiera recuperar aquellos tiempos primorosos, quisiera volver a sentir lo que me sugería la vida de entonces. Pero a la vez me veo abocado a seguir discutiendo sobre economía y política, y creo que nunca podré atraer a estas ciencias el sentimiento general de orgullo que me invadía cada vez que decidía sumergirme en la lectura de algún libro de Carl Sagan, o cuando me entretenía leyendo las obras completas de Ramón y Cajal. En la ciencia se da un consenso, una honestidad intelectual, una claridad de exposición, y una aceptación de las verdades del otro, que no existe en el ámbito de la política y la economía. En este caso, solo cuando contemplo la ciencia básica y la comparo con la política, me doy cuenta de las diferencias que separan a ambas, y constato de inmediato la importancia que tiene aquella manida frase que pronunciaban todo el rato nuestros abuelos y allegados más ancianos, pero que entonces casi nadie de nosotros comprendía. Y es que, cuando se trata de analizar las experiencias que uno ha tenido al intentar entender el mundo, solo cabe afirmar una única cosa, que todo tiempo pasado fue mucho mejor.

No obstante, no quiere decir esto que no me emocionen también las lecturas que ahora hago de algunos autores, economistas y sociólogos reputados. Lo único que ocurre es que esta vez soy consciente de que formo parte de una minoría ninguneada e incomprendida, y me embarga la misma sensación de desamparo que seguramente atormentó también a Gionardo Bruno mientras recorría los senderos del conocimiento en medio de un huracán de ignorancia y oscurantismo. Salvando las distancias, yo también echo en falta la sensatez del hombre, la cortesía del científico moderado y juicioso, y las razones que justifican el método y el anhelo que anticipa la elaboración de una teoría integral. En mi caso, añoro aquellos discursos de otros tiempos, cuando solo me interesaba la estructura interna de los átomos, y cuando todos aceptábamos las evidencias físicas, la existencia de protones y neutrones, y la necesidad de seguir investigando y consensuando en la misma dirección. Me gustaría que esos mismos razonamientos se aplicasen también en el ámbito de las ciencias sociales, que fuéramos capaces de comprender el mundo que nos es más cercano, y que aceptásemos los únicos valores que permiten el progreso y el desarrollo armonioso de todos los Estados. Normalmente, se piensa que las ciencias más complejas no pueden gozar del mismo asidero y seguridad que otorga solidez a las teorías que se proponen en el entorno de las disciplinas más exactas. Pero en relación con los principios, todas las ciencias son iguales. Los principios siempre son sencillos y siempre se pueden conocer de manera fehaciente. Me gustaría que se pudiese comprender el principio social que representa la soberanía del individuo, la mayor realidad de todas, la existencia de entidades individuales, de átomos independientes, de personas responsables, y de seres libres y felices. Y por encima de todo, me gustaría que dejásemos por fin de organizar esos rituales colectivos y esos aquelarres electorales que solo consiguen que los políticos se den un baño de masas detrás de otro, que sus feligreses apoyen y aplaudan ese sentimiento de unidad que acaba por excluir cualquier libertad y cualquier volición, y que todos terminemos esclavizados y absorbidos por la grey que pace tranquila al cuidado del tonsurado, dispuesta como una sierva voluntaria o como una puta agradecida. Me gustaría que todo eso dejase de existir. Sin embargo, soy consciente de que mis reclamos quedarán ahogados por los chillidos de la masa enfebrecida que siempre se agolpa en torno al sacerdote. Reconozco que ese mundo con el que sueño, y en el que creo, está todavía muy lejos de hacerse realidad.

En lo que respecta a los políticos y a las mayorías que les aclaman y les eligen, vivimos todavía en una época medieval, adoramos a un líder supremo, esperamos la inminente venida de un nuevo salvador, estamos permanentemente eligiendo a otros representantes, poniendo todas nuestras esperanzas en ellos, como si todo dependiera de su mandato, como si todo fuera obra de un gran hacedor, y como si nosotros solo pudiéramos actuar movidos por su voluntad, al socaire de sus decisiones divinas, adormecidos por esa placidez colectiva que exculpa toda responsabilidad y que atrae a todos los tiranos. Si uno se atiene a la realidad que observa a diario, constata una naturaleza humana ahíta de tendencias serviles, y no le quedan muchas ganas para la esperanza y el optimismo.

Se ha hecho tarde. La noche se acerca. Me refugio otra vez en mis lecturas científicas. Ya es hora de dejar de lado las reflexiones políticas. De repente, doy un respingo de gigante, atravieso en un momento un periodo de varios siglos. La ciencia avanza que es una maravilla. Devoro las últimas novedades que han salido en torno a la teoría del quantum. Apenas me acuerdo ya de las disputas y los aquelarres que organizan por el día los santones del socialismo y los bufones del Estado. Mañana será otro día. Tengo que renovar las fuerzas. Las luchas medievales me dejan exhausto.

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2 respuestas a El remanso de las ciencias naturales y el calvario de las ciencias sociales

  1. JFM dijo:

    Un respeto para Ptolomeo que 1) Demostro que la Tierra era redonda. 2) Calculo su diametro con una precision mas que acceptable habida cuenta del estado primitivismo de la optica en su epoca. 3) Calculo la distancia de la Tiera a la Luna y 4) Calculo el diametro de la Luna

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    • Eladio dijo:

      Los griegos ya sabían de la esfericidad de la Tierra, e incluso la midieron con gran precisión. Creo que fue Empedocles el que utilizo la medida de la sombra para calcular el radio de la Tierra. De todos modos yo solo hice un simil y solo me referí a la creencia de Ptolomeo de que es el sol el que gira alrrededor de la Tierra y no al revés. No pongo en duda todas sus teorías y sus aciertos.

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