Documental: vida y obra de Adam Smith (1723-1790)

Documental sobre la vida y obra de Adam Smith

Adam Smith (5 de juniojul./ 16 de junio de 1723greg. – 6 de juliojul./ 17 de julio de 1790greg.) fue un economista y filósofo escocés, uno de los mayores exponentes de la economía clásica.

Adam Smith basaba su ideario en el sentido común. Frente al escepticismo, defendía el acceso cotidiano e inmediato a un mundo exterior independiente de la conciencia. Este pensador escocés creía que el fundamento de la acción moral no se basa en normas ni en ideas nacionales, sino en sentimientos universales, comunes y propios de todos los seres humanos. En 1776 publica: La riqueza de las naciones, sosteniendo que la riqueza procede del trabajo. El libro fue esencialmente un estudio acerca del proceso de creación y acumulación de la riqueza, tema ya abordado por los mercantilistas y fisiócratas, pero sin el carácter científico de la obra de Smith. Este trabajo obtuvo para él el título de fundador de la economía porque fue el primer estudio completo y sistemático del tema.

http://newmedia.ufm.edu/gsm/index.php?title=Adam_Smith_y_la_riqueza_de_las_naciones

Publicado en Adam Smith, BIOGRAFÍAS, Ciencia, OTROS, Vídeos de ciencias humanas | Deja un comentario

La minoría de la minería

mineriaAyn Rand, filósofa de origen ruso y de residencia estadounidense, poco conocida en otros países, cuando no menospreciada, siempre fue muy elocuente a la hora de expresar sus ideas y sus opiniones. Además, mostraba una claridad inusual y una insistencia infatigable. Era una escritora diáfana. Tal vez por eso nunca fue muy popular. El clímax de su carrera, el último devenir de su vida, transcurrió en una época difícil: las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo. Este periodo está copado por los post-estructuralistas, que en ese momento estaban de moda y era muy complicado cuestionarlos.

Si por algo se puede caracterizar la filosofía contemporánea es por su artificiosidad. Sus construcciones teóricas han estado cada vez más alejadas de la vida cotidiana, empeñadas en descifrar conceptos abstrusos, distraídas con problemas fútiles, armadas con un lenguaje enigmático, poco comprensible. Pero los post-estructuralistas llevaron todo esto hasta sus últimas consecuencias. Juan José Sebreli, que en uno de sus libro hace un recorrido crítico por la filosofía de este periodo, nos dice: “el manierismo y el barroquismo estilístico de los posestructuralistas fueron llevados por Derriba hasta sus últimas consecuencias: el cultivo de la oscuridad, la artificiosidad y el malabarismo verbal servían para hacer inefable el contenido y para marcar sus pequeñas diferencias con otros autores”.

La escritura críptica siempre ha servido para camelar a los ignorantes, que suelen ser mayoría. Ofrece un aire solemne, y aparenta una seriedad y una profundidad con las que se oculta cualquier vacío argumental. Cuanto menos se entienda una frase más piensan los ignaros que ésta intenta transmitir algún concepto venerable, propio de eruditos, imposible de captar por las mentes más normales. Sin embargo, lo que ocurre es exactamente lo contrario. Cuando la razón no puede usarse, porque los legos y los iletrados no la podrían asimilar y no se sumarían a la causa, los filósofos emplean otras facultades más afines a estos, la sinrazón, la oscuridad, el misticismo. Los eruditos se ponen a la altura de los iletrados. No son éstos los que asumen resignados las destrezas inabarcables de aquellos. Más bien, son los sabios los que hacen suya la impericia de los indoctos. Esta posición define el movimiento posestructuralista, que a mediados y finales de los años sesenta constituyó la vanguardia del pensamiento europeo y mundial. Como ejemplo baste una única píldora, Bataille: “He querido hablar un lenguaje igual a cero, un lenguaje que sea el equivalente de nada, un lenguaje que retorne al silencio… lo que enseño es una embriaguez, no una filosofía: no soy filósofo sino un santo, quizá un loco”

Frente a todo esto, los argumentos de Ayn Rand son directos, francos, transparentes. Seguramente este fue uno de los motivos por los cuales nunca fueron suficientemente apreciados (hay otros motivos que tienen que ver con la ideología). La vida de Rand transcurrió en una época dura para la lógica y la razón. Sin embargo, ninguna lucha legítima cae en saco roto. Hoy en día Ayn Rand es un referente mundial para muchos liberales. En mi caso, sus libros constituyeron un descubrimiento impagable, su pensamiento me ha servido desde entonces de inspiración, una especie de detonante o espoleta que me ha ayudado a ordenar mejor mis ideas.

Este artículo también se basa en una reflexión suya. En ella, la escritora lleva a cabo una equiparación inconcebible (los legos no la entenderían: a la mayoría le parece absurda). Compara el fascismo que había devastado Europa durante la primera mitad del siglo XX con esos sistemas democráticos que se instauraron posteriormente, supuestamente para enmendar los errores anteriores. Estas democracias constituyentes suponen para Ayn Rand otro tipo de fascismo, un fascismo especioso al que, según nos dice la propia autora, estarían abocadas todas las sociedades hodiernas. Ese nuevo fascismo, que rige estas democracias actuales (que Ayn Rand llama economías mixtas, a medio camino entre la tiranía y la auténtica libertad) salidas de los rescoldos de esas guerras mundiales, no es, en palabras de Rand, un tipo militante de fascismo, ni un movimiento organizado de demagogos chillones, matones sangrientos, histéricos intelectuales de tercera y delincuentes juveniles; el nuestro es “un fascismo fatigado, cansado, cínico, fascismo por defecto… un desastre flameante… el colapso pasivo de un cuerpo letárgico lentamente carcomido por la corrupción interna.”

Para Rand, la diferencia entre el fascismo de Mussolini o el socialismo burgués de Hitler, y los regímenes ulteriores que vinieron a sustituir a esas dictaduras meridianas, no estriba en su naturaleza tiránica, que según parece estaría presente en todos ellos. La diferencia reside en aquellas cualidades que distinguen dos tipos distintos de tiranía. Las democracias actuales se erigen sobre supuestos ideales muy parecidos a los que jalonaban aquellas otras dictaduras: el estado del bienestar, el gobierno asistencial, la economía subvencionada, y las ayudas universales. También Hitler propagaba la necesidad de un Estado de este tipo. Ayn Rand nos convida a que revisemos los libros de historia. El padre y creador del estado del bienestar, el hombre que puso en práctica la noción de comprar la lealtad de algunos grupos con dinero, extorsionando a otros, fue Bismark, el predecesor político de Hitler. El programa político del partido nazi exigía al gobierno, por encima de todo, la obligación de proveer a los ciudadanos con una oportunidad adecuada de empleo y de ganarse la vida. Un extracto de ese programa dice lo siguiente: “No debe permitirse que las actividades del individuo choquen con los intereses de la comunidad, deben acontecer dentro de sus límites y deben ser para el bien de todos. Por consiguiente exigimos… poner fin al poder de los intereses financieros, participar de los beneficios de las grandes empresas, coberturas amplias…” ¿Les suenan estos eslóganes? Son los mismos que cantan hoy en día todos los manifestantes que protestan en la calle. Son también los que afloran cada vez que preguntamos a los políticos cuáles son sus ideales.

Sin embargo, para Ayn Rand el bien común es un concepto peligroso, que sirve para asentar todas esas actitudes que avalarían la preponderancia de un Estado fuerte, con visos totalitarios, y que viene a confirmar que existen unas intenciones soterradas, claramente absolutistas: “siempre que un concepto como el bien común, o el interés social, nacional o internacional, sea considerado como un principio básico para encauzar la legislación, las organizaciones de lobistas y los grupos de presión necesariamente seguirán existiendo. Dado que no hay tal entidad como el público ya que el público es meramente un numero de individuos, la idea de que el bien común reemplaza los interés o los derechos privados de algunos individuos, no puede tener sino un único significado: que los interés y los derechos de algunos individuos tiene prioridad sobre los derechos y los intereses de otros. Si es así, entonces todos los hombres y todos los grupos privados tienen que luchar a muerte por el privilegio de ser considerados como el público. La política del gobierno tiene que oscilar como un péndulo errático de grupo a grupo, castigando a una cierta cantidad y favoreciendo a otros, al antojo de algún momento dado, y una profesión tan grotesca como ser lobista (vendiendo influencias) se convierte en un trabajo de tiempo completo. Si el parasitismo, el favoritismo, la corrupción y la codicia de los no merecedores no existieran, una economía mixta los haría aparecer… Toda legislación en pro del interés público (y cualquier distribución de dinero que quite por la fuerza a algunos hombres para el beneficio inmerecido de otros) desciende finalmente a la concesión de un poder indefinido, indefinible, no objetivo, arbitrario de algunos personeros del Estado”

Todos los regímenes totalitarios, da igual el signo que tengan, presentan una raigambre común. Sueñan con una solución perfecta que remedie los problemas que acucian al hombre desde tiempo inmemorial. Son totalitarismos porque buscan una solución total, y también porque están dispuestos a todo, con tal de conseguir esa quimera. La panacea que anuncian solo puede producir un efecto: el bien común. Solo cuando todos estemos en perfectas condiciones podremos afirmar que hemos conseguido una solución idónea. Avalados por esta idealización, intentan remediar las injusticias que ellos consideran execrables, todas aquellas cosas que impiden alcanzar ese estado fetén. De este modo, conceden prerrogativas y exenciones que benefician a distintos grupos de individuos. Pero no se percatan de que cualquier beneficio conlleva siempre un perjuicio equivalente que recae necesariamente sobre todos los que no son objeto de la generosidad del benefactor. El paraíso anunciado solo funciona en las mentes utópicas y perfeccionistas de esos líderes y lacayos totalitarios. En realidad es imposible que todo el mundo resulte beneficiado siempre. Cuando se beneficia a unos, se hace a costa de los demás, que normalmente se convierten en esclavos de los primeros (Ayn Rand: “Muchas personas creen que el altruismo significa bondad, benevolencia, o respeto por los derechos de los otros. Pero significa exactamente lo opuesto: enseña el sacrificio personal, así como también el sacrificio de los otros ante cualquier necesidad pública no especificada; considera al hombre como un animal de sacrificio”). Algunas veces esta elección y estos privilegios se basan en un prejuicio racial, como ocurrió en la Alemania nazi. En otras ocasiones surgen como consecuencia de un rencor de clase, y acaban amparando una tiranía comunista. La mayoría de las veces, sin embargo, son fruto de unas ideas más elaboradas, aparentan modernidad (sus promotores no están dispuestos a todo, como si ocurre en los otros totalitarismos), avalan unas medidas constitucionales, un marco legislativo, y una representación parlamentaria. No obstante, estos nuevos regímenes, democráticos, persisten en la idea de apadrinar y favorecer a distintos grupos de individuos, al objeto de que todos acaben siendo beneficiados (esta es otra esencia del totalitarismo, la de querer una solución total).

Como he dicho, el totalitarismo se caracteriza por dos cosas, por buscar una solución total y por estar dispuesto a todo. Pero el totalitarismo moderno: la democracia, en vista de las masacres que se han llegado a cometer para alcanzar esos objetivos omnímodos, ha intentado lavar su imagen y ha sabido renunciar a la segunda cualidad: la de estar dispuesto a todo. Sin embargo, no por ello deja de ser un totalitarismo. Persisten las soluciones globales que buscan un mundo imaginario irreal, y que intentan usar los medios legales necesarios para ir consiguiendo sus propósitos. El mundo que imaginan los demócratas es el que ellos consideran mejor, un mundo maravilloso donde todos seremos finalmente felices, es decir, iguales. Pero en realidad las personas somos diferentes, carecemos de los gustos que tienen los líderes electos, no obtenemos la felicidad con las mismas soluciones. Así que ese mundo imaginado solo se puede implementar a través de la coacción y la dominación que ejerce la mayoría de votantes, amparados por la democracia.

En cambio, el beneficio real, el único posible, es el que establecen independientemente todos los ciudadanos, en el mercado, cuando obtienen unos de otros los productos que han conseguido trabajando. Es un beneficio real porque es fruto de un trabajo real y porque es ofrecido y conseguido voluntariamente, mediante los acuerdos que facilitan la compra y la venta de esos bienes. Este mecanismo es el único capaz de contemplar los diversos gustos y las distintas realidades, y por tanto es el único que puede complacer a un mayor número de individuos. Huelga decir que no es una solución perfecta, siempre habrá personas que queden insatisfechas, que no puedan producir determinados bienes o que no los puedan comprar en el mercado. Si fuera una solución fetén no se distinguiría en nada del ideal totalitario que he criticado más arriba.

El ideal totalitario de las democracias actuales persigue asegurar el bien común a través de la protección de los individuos menos favorecidos. Y es precisamente esta protección bienintencionada lo que desencadena todo el problema. Muchas veces, los individuos no son favorecidos por una razón bastante lógica: no son útiles, no se empeñan en un oficio acorde con sus habilidades, no ofrecen un bien que la sociedad esté dispuesta a comprar, o simplemente su trabajo no es tan demandado y no obtienen tantos beneficios (otras causas de su situación son la suerte o la genética, pero estas son cosas imposibles de cambiar). Sin embargo, según parece, son a estos individuos a los que hay que favorecer, hasta igualarlos con aquellos otros que sí ofrecen un bien y que sí se han enriquecido gracias al servicio que venden. Ahora bien, para favorecerles es necesario usar la fuerza, ya que no serán favorecidos por nadie que quiera comprar su mercancía de forma voluntaria. ¿Qué bien común es ese que va en contra de lo que la mayoría consideraría un bien y obtendría de forma espontánea en el mercado? Lo desconocemos. Pero lo que sí es seguro es que para conseguirlo es necesario emplear la fuerza. La esencia del totalitarismo es la coacción, necesaria siempre para elaborar esa ficción que exige el estado perfecto: el bien común. Así es como nacen todos los regímenes absolutistas. Un pequeño grupo de personas, una ristra de líderes, acicateados por unas ideas ilusivas, apoyados y aupados por la ciudadanía, que constituye distintos grupos de privilegio, promueven la coacción y el saqueo del resto de la población, la cual acaba padeciendo la abyección de esos tiranos y ese séquito de seguidores. Cuando esto sucede a una escala muy grande el totalitarismo se convierte en un Estado genocida y supone una abominación que quedará registrada para siempre en las páginas más negras de la historia humana. La legitimación del terror es la amenaza más peligrosa contra los derechos de la mayoría.

Pero no hace falta acudir a los grandes totalitarismos para encontrar ejemplos de este tipo de abyecciones. En las democracias actuales existen ejemplos de sobra. La coacción, ejercida por una minoría, a costa de una mayoría, en nombre del bien social y la igualdad, también sirve para justificar el régimen actual. La escala es menor. No obstante, las bases que sustentan esas canalladas son las mismas.

Los medios de comunicación y la sociedad en general suelen resaltar y encomiar los combates que protagonizan las clases menos favorecidas, pero jamás se preguntan cuál es la razón de que estén menos favorecidas. Tomemos como ejemplo a los mineros de las cuencas leonesas y asturianas. Su objetivo es claro, consiste en obligar al Estado, es decir, a todos los ciudadanos que pagamos impuestos, a seguir manteniendo con el dinero de los contribuyentes una industria que no es capaz de sobrevivir por sí misma y que está dando las últimas bocanadas. Es decir, una minoría de trabajadores pretende, por la fuerza y mediante la coacción, que todos los demás compremos el carbón a un precio mucho más caro que el que podríamos obtener voluntariamente en el mercado exterior. Además, exigen que paguemos todos los meses, religiosamente, con una parte de nuestro sueldo, en concepto de manutención. España pasa por una recesión enorme: cada vez hay más familias que no pueden llegar a fin de mes. Pero los mineros siguen tensando la cuerda, quieren que el Estado soporte más déficit, el déficit que genera esa industria del carbón paupérrima. La única forma de obrar este milagro es aumentando los impuestos y repercutiendo la ineficiencia de esas explotaciones mineras en los ciudadanos de este país, los cuales además tendrán que pagar un mineral de menor calidad y mucho más caro. Mientras, los mineros se aseguran un puesto de trabajo que no depende de la rentabilidad y la eficacia, o de una auténtica demanda, sino de la coacción y los privilegios que obtienen esos grupos de presión a través del chantaje y la coacción, cortando las vías del tren, quemando neumáticos, rompiendo escaparates, para mayor molestia de todos los ciudadanos. El estilo caciquil es el mismo que caracteriza a cualquier totalitarismo.

Las empresas tienen que existir si son rentables y si ofrecen un servicio que beneficie a más personas y que sea ampliamente demandado por la gente. La prueba de que funcionan es que no necesitan acudir al Estado para obtener subvenciones; no necesitan manifestarse por la calle ni amedrentar a los gobiernos. Las empresas no tienen que sobrevivir en virtud de la capacidad que tengan de presionar al gobierno para que privilegie su sector en detrimento de otros, o porque puedan intimidar a un mayor número de ciudadanos. Los trabajadores tienen que defender su trabajo mostrando un currículo que sea digno del puesto que quieren conseguir, y esmerándose para ser los mejores, no porque sean más fuertes o más numerosos, o porque puedan poner en jaque a todo un país.

Basta ya de privilegios. La crisis económica acontece cuando un pequeño grupo de personas, ineptas y arrogantes, pretende dirigir el mercado, imponiendo tasas al movimiento de productos extranjeros, favoreciendo determinados sectores industriales, o rescatando mercados estratégicos. Algunos bancos son beneficiados con fondos de garantía porque se dice que sería una catástrofe si se les dejase caer. También se alega que la agricultura debe ser una prioridad nacional, ya que la alimentación supone un bien esencial al que no se puede renunciar. Igualmente, se dice lo mismo de las minas leonesas: no pueden cerrar, ya que entonces se hundiría toda una comarca. Todo esto no se debe permitir, no porque sean industrias florecientes y saneadas, sino precisamente porque no lo son. Las escusas que se blanden a tal efecto tienen siempre la misma raíz: anuncian una catástrofe si no se mantienen las ayudas y las protecciones. Pero la verdadera catástrofe consiste en conservar sectores que no existirían si no fuera por esas ayudas que reciben.

Las empresas existen por un único motivo: el servicio que dan a los clientes. Este servicio nunca puede ser imprescindible, ya que depende de los clientes, de lo que éstos quieran y reclamen en un momento dado, y de las empresas, de lo barato que éstas consigan fabricar sus productos. No existe una empresa tal que no pueda ser sustituida por otra mejor. La agricultura provee alimentos básicos, pero esto no quiere decir que una empresa dada, dedicada al cultivo de la remolacha, no pueda dejar sitio a otra que venda remolacha de mejor calidad. No debemos confundir el carácter imprescindible del producto, el alimento básico, con el servicio concreto que pueda dar una empresa determinada. No debemos favorecer a una empresa solo porque vende un bien esencial. Tampoco debemos proteger los productos alegando otras razones igualmente espurias, por ejemplo, diciendo que se fabrican en nuestro país o en nuestra región. Este chovinismo miope y cavernícola no se percata del grave error que está cometiendo: cualquier promoción que no busque la calidad del producto supone siempre un perjuicio para todos. Si alegamos otros motivos distintos, acabaremos teniendo un producto mucho peor, mucho más caro, y menos demandado. Al final todos saldremos perdiendo; habremos pagado un precio inflado. Los únicos que salen ganando son aquellos privilegiados a los que se les ha concedido la protección: los agentes totalitarios. Si favorecemos industrias que no ofrecen ninguna rentabilidad, si invertimos el dinero en una explotación que solo produce pérdidas, con la disculpa de que las empresas son nuestras, o que las fábricas producen un artículo esencial, al final deberemos mucho más de lo que podemos pagar, nuestros acreedores dejarán de confiar en nosotros, y estaremos abocados a la pobreza más absoluta. Una empresa que funciona correctamente debe ofrecer un producto que aporte bienestar a las personas, que son las que mantienen esa empresa con el dinero que le dan al comprar sus productos. No importa de donde venga ese producto (si es de nuestro país o de un país extranjero) o cuán importante sea. Antes bien, cuanto más esencial sea el producto menos importa de donde venga, con tal de que sea mejor y más barato. Lo único que tiene que hacer una empresa es distribuir sus artículos de forma pacífica. Si los trabajadores de una empresa acusan al gobierno de inmovilidad, reclaman que haga algo en su beneficio, levantan barricadas, o prenden neumáticos, demuestran que no son capaces de sobrevivir por sí mismos, que no ofrecen un producto que la gente quiera, y que solo pueden recurrir a la violencia para obligarnos a todos a consumir su mercancía. Cuando los gobiernos intentan favorecer determinados sectores, con la escusa de que quieren una sociedad mejor, donde no haya gente desfavorecida (un paraíso y una utopía), acaban produciendo un gran perjuicio, ya que esos sectores que intentan devolver a la vida son todos los que han fracasado, los que no son en absoluto productivos y que por tanto deberían desaparecer.

Algunos columnistas emplean multitud de datos y ecuaciones para demostrar que la industria del carbón ya no es una industria rentable. Pero solo basta ver cómo se comportan los trabajadores y los empresarios de esos sectores. Los mineros defienden a capa y espada la rentabilidad del carbón que extraen en las minas donde trabajan. Pero les delatan sus acciones. Si el carbón fuera realmente rentable, no exigirían ninguna ayuda estatal ni emprenderían luchas callejeras. Y los gobiernos no se prestarían a esos chantajes. Yo nunca he visto que los trabajadores del Corte Inglés hagan lo mismo.

Ninguna industria existe por siempre jamás. El mundo está evolucionando constantemente, la sociedad progresa cada vez más rápido, las naciones pasan de una economía de subsistencia a una economía tecnológica o de servicios, de una economía del carbón a otra más limpia y eficaz. La clave de esta evolución está en aceptar los cambios, aprender a reciclarse, exigir una formación continua, cambiar de trabajo si hace falta, y adaptarse a las necesidades que reclaman los nuevos clientes. Si queremos conservar el mismo puesto de trabajo toda la vida, lo que tenemos que reconocer es que queremos obligar a los clientes, es decir, a todos los ciudadanos, a consumir permanentemente el producto que nosotros les digamos. Esta es la característica principal de todos los totalitarismos: un pequeño grupo de personas coaccionan a una mayoría. Los mineros que pretenden seguir viviendo en su comarca, extrayendo carbón, a pesar de que ya no pueden venderlo si no es obligando a que todos lo compremos, se comportan de forma totalitaria, igual que hacían los Estados señoriales de antaño, manteniendo sus feudos. No son las víctimas de ninguna coerción. Forman parte del problema: son los opresores. Solo son víctimas de su propia iniquidad.

Cualquier grupo privilegiado, junto con todos los líderes y gerifaltes que promueven esos privilegios, acaba siendo víctima de su propia estupidez, de sus incoherencias y sus falsedades. La Unión Soviética, el mayor experimento marxista de la historia, sufrió una implosión como consecuencia de las iniquidades que cometían los líderes que gobernaban esa dictadura. Las numerosas regalías con las que contaban los sátrapas, y las concesiones que se hicieron a una ideología errónea, propiciaron el desmoronamiento de todo el régimen. Las democracias actuales, basadas en el supuesto beneficio de la subvención, constituyen otro tipo de privilegio nefasto, da igual que se privilegie el carbón o cualquier otra industria. La subvención siempre crea un problema mayor, y al final todos lo terminan pagando, incluso aquellos que lo estuvieron fomentando: el parásito jamás sobrevive a su hospedador.

Si un sector recibe una subvención es porque no puede subsistir por sí mismo; no es rentable. Esto es una verdad de perogrullo. A partir de esta premisa podemos deducir toda otra serie de certezas. El propósito de la subvención es mantener y engordar una industria que al final tendrá que fracasar, cuando sea el propio gobierno el que quiebre, después de gastar todo el presupuesto en una empresa inútil. Además, se hace creer a la gente que existe un futuro cuando en realidad no es verdad. Se desplazan recursos humanos y monetarios hacia un sector improductivo, impidiendo el desarrollo de otros sectores que sí serían rentables. Y cuando este sector fracasa, miles de trabajadores que han invertido su esfuerzo y su inteligencia en desempeñar esos trabajos, se quedan sin empleo y sin saber qué hacer.

Lo que está pasando hoy, la crisis en la que estamos inmersos, es el resultado de todas estas imprudencias, que a su vez derivan de las subvenciones que concede el Estado a diestro y siniestro, presionado por los grupos de poder y los partidos socialistas. Las subvenciones condenan a la gente a una vida de subalternos y destruyen su futuro, aunque a corto plazo parezca lo contrario.

Mineros, decís que lucháis por vuestros hijos, para que el día de mañana disfruten de una vida más digna. Pero si queréis que vuestros hijos tengan un futuro mejor no hacéis bien en pedir subvenciones. Esto solo alargará la enfermedad. Debéis facilitarles la búsqueda de un trabajo productivo, que no esté subvencionado, un trabajo real, con demanda, y que no haya que mantener artificialmente. No mantengáis las constantes vitales del enfermo más tiempo. Dejad que muera tranquilo, y no insistáis en curar una dolencia que ya se ha vuelto irreversible. Las crisis económicas y las burbujas bursátiles son el resultado de una creencia cerril e ilusiva, que surge cuando todos confían infundadamente en una industria o sector, invierten e intervienen en él, y al final provocan una hipertrofia innecesaria. Hoy en día sabemos que la construcción de tantos edificios, durante el tiempo que duró el boom inmobiliario, fue una inversión errónea y nefasta. El Estado se endeudó para subvencionar la construcción de aeropuertos, vías de AVE, edificaciones elefantiásicas, se bajaron los tipos de interés para facilitar el crédito y proseguir con esas subvenciones, y a consecuencia de todo esto ahora sufrimos una crisis sistémica, y ya no hay dinero para nadie. Mineros, vuestras peticiones insisten en agravar el mismo problema. Con ello estáis alimentando esa crisis. No insistáis. Fuisteis las víctimas propiciatorias de un sistema falaz, en el que os hicieron creer; pensabais que el desempeño que realizabais tenía amplios márgenes de beneficio. También fuisteis culpables. Alentasteis y creísteis todas las estupideces que os decían, y alzasteis la mano para defender al gobierno que os untaba. En cierta medida, es normal que queráis conservar todos esos privilegios de los que habéis sido objeto, y que sigáis sosteniendo las mismas mamandurrias que antaño os servían para obtener buenos resultados. Pero todo eso ya se acabó. Debéis buscar sectores productivos, para que el día de mañana vuestros hijos no queden supeditados al Estado, y sean absolutamente independientes y libres. La dependencia del Estado en forma de subvención es un tipo de servidumbre que se acaba pagando cara. No lo permitáis. No reclaméis más subvenciones ni más servidumbres. El dinero que distribuye el Estado lo obtiene mediante impuestos que grava a aquellos que producen el parné (no podría ser de otra forma), y lo cede luego en forma de ayudas a aquellos otros que no producen nada rentable. Esto provoca que al final toda la nación se venga abajo, ya que lo que se hace es dejar el dinero en manos de personas que no saben sacarle partido, y quitárselo a aquellas que sí saben obtenerlo. Mineros, no deberíais permitir que vuestros hijos vivan en una nación paupérrima, donde no exista ya ningún futuro porque se habrán esquilmado todos los recursos lucrativos, al subvencionar aquellos sectores que no saben obtenerlos. Es comprensible que la gente luche para mantener su trabajo. Pero no os dejéis engañar. La ayuda del Estado no es la solución. La solución es que encontréis vosotros mismos un trabajo productivo, y que enseñéis a vuestros hijos, no a reclamar al Estado una servidumbre vitalicia, no a mantener una posición genuflexa y ovejuna, sino a ser personas libres y autónomas, deseosas de emprender negocios que ofrezcan servicios que demande la sociedad, y que por tanto también os dejen a vosotros unas ganancias reales. En este sentido, el único camino legítimo que vuestros hijos pueden tomar les deberá llevar lejos del Estado. Serán personas capaces, productivas, independientes, satisfechas…, y realizadas. Eso significará, con toda probabilidad, que tendrán que trabajar en sectores distintos a los vuestros. Si no aceptáis esto, su futuro será del color que tiene el mineral al que vosotros tantos esfuerzos habéis dedicado.

Publicado en Artículos de ciencias sociales, Artículos de economía, MIS ARTÍCULOS | Deja un comentario

La verdad de Lord Byron

“El diablo dice la verdad mucho más a menudo de lo que se piensa, pero tiene un público ignorante” (Lord Byron, 1784-1824)

Esta afirmación de Lord Byron no constituye ninguna apología del maléfico, aunque a primera vista pueda parecer eso. Es cierto que Byron tuvo una vida bastante tumultuosa. Incurrió en numerosos vicios e instó a sus amantes a hacer lo mismo. Fue sibilino y licencioso. Y algunas sectas luciferinas le recuerdan y le honran en sus ceremonias. Pero este adagio suyo no tiene nada que ver con el diablo. Únicamente, utiliza al diablo como figura metafórica. Lo hace para resaltar algunos aspectos de la verdad. Para Byron, la verdad es mefistofélica. Es una verdad cruda, descarnada, indolente, y éste es el motivo de que también resulte indeseable. La verdad es dura y el público ignorante la suele rechazar con fuerza, ávido de otras ideas más amables. La ignorancia hace que resulte más fácil inventar una realidad distinta, edulcorada, con la que poder obviar el auténtico drama de la vida diaria. A eso se refiere Byron cuando dice que el público rechaza las verdades del barquero que cuenta el diablo. En realidad es la propia verdad la que se rechaza.

No obstante, este aforismo de Byron también permite hacer otra conjetura más optimista. Podemos pensar que si el público no fuera tan ignorante probablemente no rechazaría la verdad. La verdad no se rechaza solo porque sea cruda, se rechaza también porque no se aprecia bien. Cuando uno conoce la verdad, ésta siempre acaba subyugándole. Es una novia exigente. Quiere hijos, sacrificios, fidelidad, pero merece la pena. Es cierto que la verdad puede despertar también grandes antipatías y temores, haciendo que la gente no quiera conocerla, sobre todo en aquellos espíritus que son más pusilánimes. Pero otras personas experimentamos una gran satisfacción cada vez que investigamos un nuevo fenómeno de la realidad, tratando de comprender alguna cosa nueva. Y no nos amilanamos al descubrir que la verdad no se corresponde con nuestros deseos. Más bien, esto nos sirve de acicate, pues no entendemos que se pueda querer algo que no existe.

Sin embargo, este atrevimiento y esta satisfacción también pueden llevar a creer que uno ya conoce la verdad. Entonces acabamos solazándonos con otra ilusión, esa que consiste en una ignorancia arrogante y una pedantería infinita. Existen dos tipos de ignorancia, la de aquellos que no quieren conocer y la de aquellos que creen que lo conocen todo. La primera ignorancia da la espalda a la realidad y solo se encargan de satisfacer los instintos más básicos. La segunda se embarcan en una serie de estudios y empresas intelectuales especiosas, sin ningún sentido lógico. Pero en el fondo ambas son iguales. No en vano, cualquier analfabeto puede decir que tiene razón, y cualquier diletante puede arrogarse unos conocimientos inexistentes y dedicar toda su vida a una tarea inútil. En ambos casos el resultado será el mismo: todos se apoyan en una mentira. Igualmente, solo existirá una manera de evitar estas dos formas de engaño. Debemos abjurar de la ignorancia, pero no hasta el punto de ignorar la propia ignorancia, porque entonces habremos caído en esa otra forma de incultura que acusan los petulantes y los vanidosos. Es necesario observar ciertos límites. Hay cosas que jamás podremos conocer, y otras que aún no hemos tenido tiempo de comprender.

Lo primero que uno debe hacer a la hora de emprender cualquier acción es conocer al menos las circunstancias de las que parte; hacerse una composición de lugar. En el ámbito del conocimiento de la realidad esas circunstancias iniciales vienen determinadas por un profundo desconocimiento. Por tanto, para conocer la verdad, cualquier composición de lugar pasa por hacerse algunas preguntas, tomar conciencia de la ignorancia, y establecer las incertidumbres que pondrán de manifiesto qué cosas son las que no se conocen. Puesto que partimos del desconocimiento y la desnudez más absolutos, y ya que nadie nace aprendido, lo más urgente es consignar la ignorancia y plantear las dudas que nos acucian, a las que habremos de dar alguna solución. El desconocimiento es lo primero que hay que conocer. Solo si sabemos que no conocemos podemos darnos cuenta que necesitamos algún tipo de remedio. Y solo cuando somos conscientes de cuáles son los defectos que acusamos podemos saber qué es lo que tenemos que remediar. Así, la consignación de ese desconocimiento básico, inicial, acabará inspirando también las respuestas más oportunas. Al final, el objetivo último debe aspirar a ofrecer alguna respuesta. Todo desconocimiento que quiera tener alguna utilidad tiene que servir a esta causa. No creo en esa pamema moderna que define la filosofía como el arte de hacerse las preguntas correctas. La duda es un medio, no un fin. El fin es conocer. Por eso la duda siempre debe ir acompañada de alguna respuesta, al menos tiene que tener ese objetivo. El compromiso con la verdad obliga a realizar una búsqueda exhaustiva, pero también defensa numantina. No todo lo que pensamos es fruto de la ignorancia o de la duda. A veces damos con la respuesta correcta. A veces los ignorantes son los otros. Entonces, cualquier egida posible se convierte en una necesidad absoluta.

Llegados a este punto es necesario hacer otra clasificación. La ignorancia también se divide en dos tipos: propia y ajena. Y en ambos casos es importante tomar conciencia de ella. Como hemos dicho, darse cuenta de la ignorancia propia es fundamental para ponerle remedio, para construir las bases del conocimiento sin caer en ninguna clase de arrogancia. Pero darse cuenta de la ignorancia ajena también resulta sumamente importante. Permite saber cuáles son las dudas y los errores más comunes, y ofrece una oportunidad para resolver y corregir todas esas falacias. En este sentido, la ignorancia de los demás, todas las estupideces, los argumentos hueros, o las afirmaciones equivocadas que observamos a nuestro alrededor, aportan un marco idóneo: permiten una contestación. Y no es una contradicción que digamos que somos ignorantes y al mismo tiempo afirmemos que lo son los demás. Porque a veces somos ignorantes para algunas cosas y no para otras, o lo somos en una etapa de la vida y no en otra, o al principio de una investigación y no al final. Tampoco debemos pensar que los límites al conocimiento son absolutos, y que al asumirlos estamos renunciando a cualquier tipo de conocimiento. Este es un relativismo que nos devuelve al pasado, a esa ignorancia originaria que no pretende ningún entendimiento y que da la espalda a la verdad, ya sea porque le tiene miedo o porque considera que no existe ninguna explicación. No debemos tener miedo a las respuestas. Tampoco debemos sentir pudor cuando el descubrimiento de alguna verdad nos obliga a llevar a cabo una defensa tajante. Si el objetivo último es el conocimiento, al menos tendremos que atribuirnos algún éxito. Existen verdades indiscutibles al alcance de la mano, no es difícil que las apreciemos, y es justo que intentemos defenderlas. Los principios más fundamentales también son los más accesibles, ya que las evidencias están por todas partes. Afortunadamente, son estos principios los más importantes de todos, y no debemos escatimar recursos a la hora de defenderlos. Tomar conciencia de la propia ignorancia es vital para aprehender algún tipo de conocimiento. Pero también lo es tomar conciencia de la ignorancia ajena, y defender ese conocimiento adquirido, como si nos fuera la vida en ello, frente a todas las idioteces que vamos escuchando por ahí. Sin estas dos formas de concienciación, no tiene sentido ningún conocimiento.

En la primera etapa de la vida cobra más importancia la ignorancia propia, porque es entonces cuando mas desconocemos y cuando más peligro existe de acabar cometiendo alguna imprudencia. Pero en una segunda etapa es más importante observar la ignorancia ajena, porque entonces uno ya debe tener una idea formada y tiene que dedicarse a defenderla frente a todos esos que intentan profanarla porque no la comprenden. También creo que yo estoy ya en esa segunda etapa, en la mitad de mi vida. Llevo veinte años haciéndome preguntas, y creo que ya ha llegado la hora de empezar a defender algunas respuestas. Es necesario que empiece a tomar conciencia de la ignorancia ajena, y emprenda así una crítica suficientemente mordaz. Como he dicho más arriba, el camino del conocimiento empieza por saber que ignoramos, lo que a su vez permite saber qué ignoramos. Esto nos vale para poner remedio a ese desconocimiento inicial que todos padecemos en algún momento. Pero una vez llegados a este punto la ignorancia propia deja de tener tanta importancia, y cobra más peso la ignorancia ajena. Tomar conciencia de la propia ignorancia es un acto de prudencia sumamente necesario, y una premisa imprescindible. Pero la concienciación de la ignorancia ajena también es importante. Sin esta última la primera no tendría ningún sentido. La prudencia permite aumentar la precaución, para que no nos equivoquemos. El objetivo es acertar, tener razón. Y cuando acertamos y tenemos razón es importante defender esas razones denunciando la ignorancia ajena. Solo siendo cautos podemos evitar el prejuicio y la precipitación de los primeros años, y aprehender algún conocimiento real. Pero todos estos cuidados no tendrían sentido si luego no supiéramos defender ese conocimiento aprehendido con suficiente determinación, de forma decidida. La duda está bien al principio. Después es más importante la convicción.

Publicado en AFORISMOS, MIS AFORISMOS | Deja un comentario

Pablo Iglesias y la rueda de la vida

Pablo-ZapateroDurante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero algunos nos dedicamos a prevenir a la gente del problema que entrañaba la política que llevaba a cabo este nuevo gurú del socialismo internacional. Todavía tengo frescas en mi memoria las discusiones que mantenía con la mayoría de mis amigos. Afortunadamente, todo tiene un final. Después de ocho años de legislatura, Zapatero dejó el poder. Pero también dejó la nación hecha unos zorros. Mis previsiones se habían cumplido. No obstante, no creo que me deba arrogar ningún mérito. Es bastante fácil predecir la debacle del socialismo, existen múltiples ejemplos a lo largo de la historia. En cambio, sí me habría gustado que alguno de aquellos amigos con los que tanto discutía hubiera venido a mí y me hubiera reconocido el error que había cometido al defender con tanta fruición la política del PSOE. No ocurrió nada de eso. Todo lo contrario. En vez de arremeter contra los políticos, mis amigos echaban la culpa al capitalismo. Y, en vez de denunciar la intervención estatal, exigían más. Los mismos que antes defendían a Zapatero ahora me cuentan que ha nacido un nuevo mesías. Se llama Pablo Iglesias, y ha venido para salvarnos. Les veo cómo contienen la emoción al darme la noticia, y no puedo evitar que se me escape una pequeña mueca de burla. La ideología de este nuevo líder es la misma que defendía Zapatero, pero multiplicada por un factor de mil. Los que excusaban las acciones intervencionistas del gobierno de Zapatero y los que defienden ahora a Pablo Iglesias parecen no enterarse de la fiesta (que siempre se pegan los políticos, y pagamos los ciudadanos). La gente es sumamente ignorante. Está ávida de ilusiones. En vez de fijarse en la teoría política que blande este nuevo líder de masas, que siempre conduce a la depauperación del pueblo, se fijan por el contrario en el mero acto de la renovación, y exigen un voto de confianza. Como ya no les gusta ningún político actual, una vez que ha caído en desgracia el socialismo de Zapatero, lo único que quieren es cambiar la vaca sagrada. Y a los que nos atrevemos a denunciar esa renovación suya nos acusan de formar parte de la casta. Apenas se percatan del problema de fondo que está detrás de todas las ideologías de izquierda. Todos coincidimos ahora en el diagnóstico de la enfermedad: el problema es la casta política. La diferencia es que algunos de nosotros llevamos diciendo eso desde hace mucho tiempo, sin ningún resultado positivo (no es necesario que venga un muchachito de coleta para apercibirnos de esto). Sin embargo, los que se acaban de caer del guindo se adjudican ahora la originalidad de ese descubrimiento, e incluso pretenden avanzar algunas soluciones. Y como no tienen ni pajolera idea de cuál es la raíz del problema, vuelven a defender una política intervencionista, esta vez mucho más radical. La solución a Zapatero es Zapatero elevado a la enésima potencia. La solución a los problemas de la política no consiste en reducir el poder del político, curiosamente consiste en aumentarlo. La fórmula de Pablo Iglesias pretende nacionalizar empresas, elevar los impuestos, conceder subvenciones y subsidios, manipular el mercado, ceder autonomía a los gobernantes locales, etc, etc… La rueda de la vida no se detiene. Siempre repite los mismos giros. El hombre regresa una y otra vez a los mismos errores y cada vez sus piernas se hunden más en el fango hediondo que él mismo se encarga de crear. Si Pablo Iglesias llega al poder algún día, la tierra cenagosa que ahora nos llega a la altura de la cintura acabará por cubrirnos todo el cuerpo, y los que una vez defendieron su política utilizarán las últimas fuerzas que les queden para levantar la barbilla, escupir el lodo que se les haya metido en la boca, y volver a lanzar arengas a favor de algún nuevo mesías. No obstante, esta vez el líder que salga elegido solo podrá sentenciar su muerte. Para entonces, mis amigos se habrán convertido en esqueletos en descomposición, sumergidos en el fondo de un cenagal. Y yo, probablemente, también les acompañaré. Todo habrá quedado descompuesto.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de política | Deja un comentario

Sandeces: Stolpkin

En esta pagina http://stolpkin.net/ Nicolas Stolpkin, Analista político nacional e internacional – Political Analyst – Crítico de política y Cultura Contemporánea, realiza una apologia del comunismo sumamente peligrosa.

Stolpkin: Paso a paso el continente europeo en vez de estar progresando pareciera ir en continuo retroceso. Si Europa quiere sobrevivir y no seguir cayendo al precipicio, inducido, debiera comenzar a alejarse de la esfera de influencia de los EEUU y acercarse más a la esfera de influencia tanto de Rusia como de China.

Publicado en SANDECES | Deja un comentario

El miedo de Charles Darwin

“Me da miedo que mi causa me supere. Soy como Creso, sumergido en la riqueza de los hechos que poseo.” (Darwin,1809-1882).

El conocimiento produce vértigo cuando es un solo hombre el que admira la obra que han construido una multitud de ellos.

Cada vez me siento más identificado con este adagio de Darwin: “Me da miedo que mi causa me supere. Soy como Creso, sumergido en la riqueza de los hechos que poseo”. Cuanto más cerca está uno de morir, menos es el tiempo que le queda para construir, y más son los datos que se acumulan esperando alguna ubicación. Aumenta la experiencia y se reduce el tiempo de trabajo. Y el agobio se multiplica por dos, y luego por cuatro. La obra de una vida se convierte en una carrera amarga contra el dios del tiempo, y el placer que antes te procuraba el descubrimiento y la elaboración de una nueva filosofía, va disminuyendo a medida que aumenta esa claustrofobia temporal. Necesito al menos mil años de vida. No pido la eternidad. La finitud también da sentido a la carrera. Si no existiera la muerte, no existiría la vida, ni la motivación que te encamina directamente a la meta, ni el placer que evoca la contemplación del trabajo terminado. Pero al menos podría vivir algunos años más. Ochocientos o novecientos. No pido demasiado. Ojalá se pudiera cambiar el tiempo como se cambia uno de zapatos. El suicida deja su calzado al lado del cadáver y se va de puntillas. Ojalá pudiera dejar también los años que le quedan de vida y que ya no tienen ningún valor para él. Yo iría recolectando esas añadas como si me fuera la vida en ello, como si los segundos fueran pepitas de oro y el tiempo un filón mineral o una veta deteriorada.

Publicado en AFORISMOS, MIS AFORISMOS | Deja un comentario

Los idearios de la escuela austriaca: una crítica desde el minarquismo a las teorías anarcocapitalistas y evolucionistas

Conferencia impartida en el VII congreso de economía de la escuela austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en el Centro Riojano de Madrid.

escuela-austriaca-e1330393032319

Indice

1. Conferencia

2. Diapositivas 


1. Conferencia


 

2. Diapositivas

Todas las diapositivas de mi ponencia aquí: https://app.box.com/s/6jqk70ykmqru64sov4z7

La diapositiva en la que aparece la Tabla Ideológica

20140730_034846

Hay que tener en cuenta que todas las disputas que se dan dentro y fuera de la escuela austriaca se pueden resumir apelando a dos conceptos legales: el Kosmos y la Taxis, lo natural y lo artificial, la ley natural y la aplicabilidad de esa ley.

La filosofía política tiene un caracter omnicomprensivo, al abordar los principios más fundamentales de la naturaleza y al decidir también su aplicabilidad en el ámbito social. Por eso, si usamos los dos tipos de leyes que trata esa filosofía (kosmos y taxis, ley natural y ley artificial), y los cruzamos utilizando una tabla de doble entrada, aparecen de inmediato todos los idearios que existen, y todos quedamos retratados.

Publicado en Conferencias y charlas en el Instituto Juan de Mariana, CONFERENCIAS, CHARLAS Y SIMPOSIOS, MEDIOS, Videoteca del blog | Deja un comentario

¡Coman hamburguesas carajo, que no comen!

«Quiero una hamburguesa norteamericana»

HamburguesaEl progresismo mundial ha estado fabricando desde hace tiempo un sinfín de formas dialécticas (y no dialécticas) con las que ha intentado destruir la imagen de primera potencia de los Estados Unidos. Todas estas formas suelen dejar bastante que desear. El progresismo utiliza una filosofía de bolsillo, que saca a relucir cada vez que puede, con aires eruditos, atacando todos los símbolos que tengan algo que ver con los yanquis. Una de las declaraciones más estúpidas que he escuchado de boca de estos pseudointelectuales intenta relacionar la obesidad con la ingesta de hamburguesas. Analicemos un poco esta asociación. Una hamburguesa pertenece a la categoría de comida rápida. Y todo lo que se hace de manera rápida consume siempre más calorías. Por tanto, la hamburguesa no puede provocar sobrepeso. Fin de la historia. El cocido que nos hacen nuestras abuelas tiene muchas más calorías, e invita al descanso y a la siesta mucho más que las hamburguesas. Pero no se pone en duda. Ningún cocido maragato despierta las suspicacias de nadie. Pero la hamburguesa si lo hace, las hamburguesas engordan. Es como si dijéramos que correr aumenta el tamaño de la panza, y el descanso lo reduce. O como si anunciásemos a bombo y platillo que una dieta de pasteles disminuye la grasa del abdomen. Los americanos no están gordos por comer hamburguesas. Lo están porque son más ricos. El poder adquisitivo es lo que tiene. Uno se vuelve más sedentario y se pega más homenajes.

Otra estupidez es afirmar que la hamburguesa es un alimento malo. ¿Cuántos niños comen lechuga y tomate gracias a las hamburguesas?, ¿se ha hecho algún estudio para comprobar este impacto positivo? En absoluto. Y con respecto a la carne otro tanto de lo mismo. La carne no deja de ser sana porque esté metida entre dos panes redondos. Todas las comidas pueden ser malas o buenas, dependiendo del tipo de ingredientes que lleven y de la cantidad que decidamos introducir en el cuerpo. Pero, al parecer, las hamburguesas son el único alimento que es malo de cualquiera de las maneras, ¡qué curioso! Como decía Jean-Francois Revel, existe una especie de obsesión antiamericana, un desprecio hacia los Estados Unidos por parte del resto del planeta, un resentimiento irracional y una desinformación absoluta, que es preciso que analicemos con más detalle. Y no estaría de más que antes de empezar ese análisis nos parásemos a deglutir una buena hamburguesa. La comida rápida no produce sueño. Permite comer aprisa, reponer calorías, y seguir trabajando. Es una de las bases del desarrollo y la producción norteamericanos, y todos tendríamos que tenerla en cuenta si queremos ser más fecundos. Al menos no deberíamos criticarla, y menos aun usar ese argumento estulto que asegura que la comida rápida está directamente relacionada con el aumento de peso. En nuestro caso, es lo que necesitamos para empezar a trabajar. ¡Coman hamburguesas carajo, que no comen!

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | 2 comentarios

La Teoría Sintética de la Libertad Individual: proyecto y deseos

 

todo

En alguna parte del espacio y del tiempo, en un futuro relativamente próximo –espero- existe un lugar reservado al tratado en ciernes que llevo escribiendo toda mi vida: un ensayo de filosofía política y económica, con el que espero sentar las bases de los principios naturales y sociales que precisa el estudio del hombre.

Hace ya un tiempo que terminé de escribir mi trabajo de fin de máster. En él hago una defensa cerrada del apriorismo extremo de Rothbard, e intento fundamentar y sustanciar mejor esa idea del autor. Para Rothbard, el apriorismo tiene un papel central en la economía y la política, a pesar de pertenecer a una categoría ciertamente distinta: filosófica. Mi estudio es el resultado de un año maravilloso de debates y convivencias, que deseo agradecer a todos los que lo han hecho posible. También es el fruto de dos décadas de búsqueda intelectual, que me han llevado de la ciencia a la filosofía, y de ésta a la economía. Dos décadas que he disfrutado como un niño chico, pero que también han supuesto un gran sacrificio (he tenido que renunciar a una vida material más abundante). Se abre a partir de ahora un camino que espero sea tan apasionante como el anterior. Mi intención es usar este trabajo para iniciar el doctorado, y en última instancia, para escribir el tratado de economía y filosofía que tengo en mente, una teoría general del conocimiento y la realidad. En éste nuevo proyecto me gustaría seguir contando con todos los que me han permitido llegar hasta aquí. Sobre todo quiero continuar teniendo a mi lado a esas personas que no han dudado nunca en llevarme la contraria (que son mayoría) y sin las cuales no habría podido elaborar mis ideas.

Siempre he considerado que la economía y la sociología son disciplinas esenciales, que pueden contribuir en gran medida a mejorar la calidad de vida de las personas, y que por tanto deben estar respaldadas por leyes que también tengan esa condición esencial, compuestas por normas jurídicas fundamentales, inspiradas en el iusnaturalismo, delimitadas por el derecho natural y afines a la condición humana. Mi línea de investigación se centra en buscar esas leyes y esas relaciones, haciendo partícipe a la economía de los avances que se han efectuado en otras ramas del conocimiento ajenas a ella, aunque no por esto menos importantes. Por ejemplo, uno de los objetivos de mi tesis aspira a fundamentar el pensamiento económico mediante el uso de un conocimiento más básico, de carácter ontológico, que recoja el legado de autores de reconocido prestigio y de mirada profunda, tales como el matemático y filósofo moravo Edmund Husserl, o el ensayista y pensador español José Ortega y Gasset.

En mi primera época, más o menos durante el periodo que va de los veinte a los treinta años, me interesaron exclusivamente las ciencias naturales. Posteriormente mi gusto viró hacia las humanidades, la economía, la ética, o la novela. De repente, descubrí que la ciencia natural no lo era todo en materia de conocimiento. Existía una búsqueda intelectual paralela; una filosofía integral. Desde entonces, me dedico con asiduidad a buscar principios filosóficos (axiomáticos) que me permitan obtener las bases necesarias para comprender el mundo con una visión más amplia, más ecuménica.

Con treinta y pocos años, me encontré de frente con las ideas de la Escuela Austriaca de Economía, y fue para mí un revulsivo y un golpe de aire fresco que nunca habría pensado que pudiera darse. En la escuela austriaca hallé los fundamentos que necesitaba. Los epígonos de esta corriente han aplicado a la economía, muchas veces sin saberlo, aquellos primeros principios de los que hablaban los filósofos presocráticos y los tótem del pensamiento antiguo, Aristóteles, Santo Tomas, o Descartes. Esto me hizo recapacitar, y empecé a pensar que debía luchar para que la gente comprendiese que la teoría austriaca es mucho más que una teoría económica. Esa es mi égida. Mi investigación consiste en hurgar en la historia primigenia del pensamiento humano, con la intención de recabar los apoyos que demuestran la enorme importancia que tienen y tendrán siempre las ideas que ha elaborado la Escuela Austriaca de Economía, al efecto de entender mejor el orden y el funcionamiento de la sociedad civil.

Para desarrollar una Teoría del Todo es preciso realizar un recorrido por todo el conocimiento (crear un sistema completo), lo cual obliga a fijar la atención en tres objetivos básicos:

  1. Identificar los fundamentos históricos (presocráticos) y teóricos (apodícticos) que sean constitutivos de una ciencia radical de evidencias absolutas.Es decir, elaborar una clasificación gnoseológica y un aparato axiomático.
  2. Aplicar esas evidencias a las ciencias naturales(física, biología, neurología), relacionando las mismas con los principios más básicos de la teoría darwiniana de la evolución.
  3. Aplicar esas evidencias a las ciencias sociales(ordenamiento social, jurisprudencia, deontología política), relacionando las mismas con los principios que defiende la teoría económica de la escuela austriaca.

El objetivo de esta presentación aspira a describir una teoría de tipo fundamental, bajo la cual tendrán cabida todos los fenómenos de la naturaleza, y especialmente aquellos procesos económicos que constituyen la base natural de las acciones humanas.

El hombre es un elemento más del universo. Si hablamos de fundamentos reales no podemos limitar el estudio a una mera interpretación de los hechos sociales. Tenemos que describir fenómenos que estén presentes en todas las estructuras del cosmos, y aplicar luego esas nociones en el marco concreto del ser humano.

Mi sistema axiomático opera a través de una reducción ontológica radical: la descomposición del concepto económico de la libertad individual en sus dos términos gramaticales: libertad e individual, y su posterior conversión en concepto metafísico: la identificación de las propiedades entitativas que competen a todos los existentes (individuación y acción). A continuación, mi sistema aspira a implementar esos principios en las ciencias naturales y en las ciencias sociales, aplicando la metafísica a la física, cumpliendo de ese modo con el sueño que siempre movió a Espinosa y a tantos otros filósofos.

La libertad individual es una locución que se compone de dos términos: individual y libertad. Lo individual es lo identitario, la esencia del ente, su ordenación interna, su naturaleza existente, su cosificación. Por su parte, la libertad alude directamente a la acción, es la facultad que tienen todos los seres para actuar según sus potencialidades.

Estas dos cualidades, la individuación y la acción, constituyen los dos fundamentos más básicos de la realidad, y dan a la libertad individual el carácter trascendental que ésta tiene luego en la economía.

Todas las cosas que existen en el universo son individuos, y también podemos decir que todas ellas tienen cierto grado de libertad. Todos los seres tienen una identidad particular. Su individualidad es lo que los convierte en entidades existentes y reconocibles. Sin esa propiedad no podrían existir, y tampoco podrían ser identificados como tales.

Además, la individualidad también supone una cierta independencia a la hora de actuar. Todas las cosas que existen provocan algún efecto en su entorno, que viene determinado en parte por la naturaleza concreta de la cosa. Todos los seres actúan con un cierto grado de independencia y libertad. La existencia individual siempre va seguida de acciones individuales. Estas acciones se consideran libres en tanto en cuanto sean generadas por el individuo, sin que intervengan factores externos.

Bajo estas premisas, resulta poco dudosa la importancia que tiene la Escuela Austriaca de Economía en el panorama general del pensamiento humano. No en vano, su principal valedor, Ludwig von Mises, ha sido el único economista que ha fundado su disciplina en el principio de la acción. Aunque tampoco él ha sabido ver la enorme trascendencia que tenía su teoría. Para Mises, la acción es una mera actuación intencional. Su tesis, como bien reconoce el propio autor, nunca pretendió ir más allá de la esfera económica, esto es, de la relación que se crea entre seres conscientes que buscan un beneficio particular de manera deliberada.

Mises sostenía por activa y por pasiva que la acción humana era fruto de un acto totalmente consciente e intencional. Pero muchos de los pupilos que han heredado esas ideas han acabado reconociendo que existen también muchas acciones económicas inconscientes (tácitas), con lo cual han extendido el significado del axioma de Mises mas allá de lo que él mismo pretendió en vida. Los más atrevidos aseguran incluso que los animales deben ser incluidos dentro de la misma categoría, como agentes actores. Con ello buscan dar una base más sólida a los principios económicos, que afecte también a la biología y la física. Sin desmerecer esta osadía, que para mi cobra un significado pleno, debo decir que todavía se queda corta. Considero que hay que ser más atrevidos. Si somos consecuentes con el sentido último de los axiomas, debemos reconocer en la acción un fundamento universal, que afecta a todas las cosas que existen, ya sean estas orgánicas o inorgánicas. Eso es, en términos generales, lo que intenté demostrar en la charla que impartí en el Instituto Juan de Mariana el pasado año, a modo de primera aproximación:

La Teoría del Todo, patrimonio de la Escuela Austriaca de Economía

Pero la escuela austriaca no solo tiene un fundamento teórico indiscutible. También goza de unas raíces históricas profundas, que pueden rastrearse hasta llegar a los primeros Presocráticos. Los fundamentos filosóficos que caracterizan el ideario y el objetivo de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. A tal efecto, he querido proponer un sistema axiomático inspirado en el concepto rothbardiano de la libertad individual, demostrando de ese modo que dicho concepto tiene su asiento en los abismos y las simas que albergan el pensamiento más radical de todos: el pensamiento ontológico, la fosa mariana de la filosofía. Para cubrir este viaje a las profundidades, se deben aclarar primero algunos aspectos teóricos especialmente relevantes. En primer lugar, es necesario demostrar que la filosofía es una disciplina legítima, indispensable y rigurosa. Y posteriormente, debemos utilizar esta herramienta gnoseológica para realizar también una fundamentación filosófica y una defensa metafísica de los principios que ensalza la Escuela Austriaca de Economía. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos más imprescindibles de la realidad (individuación y acción) y aplicarlos en el ámbito de la sociedad. Por tanto, también es la única que permite llevar a cabo un análisis filosófico adecuado, suficientemente profundo y extenso. A su vez, estas aserciones quedan más ratificadas si cabe cuando volvemos la cabeza hacia atrás y nos paramos a analizar la historia del pensamiento.

El análisis de la historia humana nos ofrece también una clara evidencia de la importancia que tiene el principio gnoseológico que contempla y da sentido a la escuela austriaca, el dualismo metodológico. Su razón y su necesidad han quedado patentes desde el momento en que aparece la figura del pensador. Cuando surge la razón, es decir, cuando el hombre racional se enajena de la mística y supera las creencias órficas, emergen también dos escuelas paralelas perfectamente distinguibles, en clara representación de los dos caminos que enfatiza el dualismo metodológico.

Por un lado aparece la escuela jónica de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, ubicada en la Grecia oriental, conocida por llevar a cabo una aproximación física al mundo y un intento detallado por explicar aquellos aspectos de la realidad que pueden derivarse de la experiencia fáctica. Son los primeros científicos experimentales que intentan explicar los fenómenos meteorológicos, o la forma de los astros. Los jónicos tenían especial interés en demostrar que todas las sustancias se derivan de un único elemento, al modo en que los actuales físicos intentan unificar las fuerzas de la naturaleza y las partículas materiales. Tales de Mileto afirmaba que esa sustancia era el agua. Anaxímenes pensaba que era el aire. Y Anaximandro creía que era una mezcla de varios elementos primarios.

En cambio, la escuela itálica, situada en la parte occidental de Grecia, adoptó tempranamente una posición bien distinta, se preocupó por problemas nuevos concernientes a la teología, la unidad en la disposición de las cosas, la finitud y la infinitud. Esto dio inicio al diálogo que posteriormente se llevaría a cabo en torno al Ser y a la cosa.

Como intenta subrayar Kirk en su libro sobre la filosofía presocrática, «el segundo estadio importante en la historia de la especulación filosófica lo constituyen dos grandes escuelas itálicas: la pitagórica y la eleática. El carácter y el tema central de su pensamiento difiere profundamente del de los milesios… En palabras del propio Aristóteles, emplean principios y elementos más extraños que los físicos porque los tomaron del campo de los seres no sensibles. La cosmología pitagórica, al menos en un principio, se interesa más por la forma o estructura del mundo que por su mero principio material.»

Estos principios abstractos constituyen el origen de la filosofía, la especulación pura, y la metafísica. Sus divagaciones giran en torno a la naturaleza última del Ser, su finitud y su concreción, y no en torno a una materia concreta, al ser como cosa en sí, como individuo, y no como cosa formada por un elemento particular.

La dualidad metodológica también queda condensada y explicada en el poema que escribió Parménides por aquella época. Como también nos aclara Kirk: “Después de una introducción alegórica, el poema se divide en dos partes: la vía de la verdad y la vía de la opinión. La primera parte… ofrece una ejercicio sin precedentes de la deducción lógica: partiendo de la premisa existe de un modo similar a como Descartes partió de la premisa cogito, llega Parménides mediante el uso solo de la razón, y sin la ayuda de los sentidos, a deducir todo lo que podemos conocer sobre el Ser, acabando por negarle a los sentidos validez alguna de veracidad o ninguna realidad a lo que ellos parecen percibir. En la vía de la opinión…reintroduce el mundo de las apariencias que con tanta vehemencia había destruido. Aunque al principio Parménides parece decantarse por la vía de la verdad, al final parece aceptar la legitimidad de las dos vías. Parménides, a pesar de su énfasis teórico sobre la negación del mundo de los sentidos, adujo un número considerable de detalles respecto a su explicación.”

Esta apología del método constituye la primera ocasión en la historia en la que un hombre admite y describe de forma clara el dualismo metodológico, esto es, la aceptación conjunta de dos disciplinas básicas: la ciencia y la filosofía. Resulta sorprendente que dicha declaración ocurriese tan temprano. En general, toda la filosofía griega pone de manifiesto la necesidad de dividir el saber haciendo constar dos fuentes diferentes, lo que nosotros hemos venido a llamar dualismo metodológico.

De igual modo, el concepto metafísico de la individuación queda convenientemente descrito y enfatizado por los primeros pitagóricos, quienes decían que el primer principio es la unidad. Y posteriormente es aclarado y sistematizado por el más insigne de todos los filósofos: Aristóteles. Como dice el polímata griego: “…y esto es la sustancia o el individuo, que es precisamente lo que se manifiesta en una categoría tal; sin ello, no decimos nunca bueno o sentado, por ejemplo. Es evidente pues que gracias a esta categoría, son también todas las demás, por lo tanto el Ser en su sentido primero, y no el ser algo, sino el Ser absoluto, ha de ser la sustancia [el individuo]”

Y Aristóteles también se da cuenta de que la acción es el otro principio básico: “De manera que, si hay un fin de todas las cosas propias de la acción, este sería el bien propio de la acción” (Aristóteles, 2012, Libro I, p.28).

La causa que anima toda mi vida encuentra alimento en ese intento por crear una teoría verdaderamente general. Llevo pensándola y escribiéndola desde que tenía veinte años, y estaré retocándola y completándola toda mi vida. No encuentro otro motivo ni otra hazaña intelectual más noble e importante que esa.

En términos generales, mi propósito doctoral consiste en realizar un estudio teórico completo, así como también una retrospectiva histórica que me permita analizar en detalle los dos conceptos que más impacto e importancia han tenido en la filosofía: la individuación y la acción, rastreando estas nociones a lo largo y ancho del pensamiento metafísico, natural, político y económico de todas las épocas, y consignando el legado que nos han dejado los principales pensadores y catedráticos que han existido. El objetivo último es demostrar cuán esenciales son estos dos principios, su necesidad como objetos de descripción del mundo y como elementos de juicio en cualquier discurso o debate filosófico. La estructura de mi trabajo revela, mejor que ninguna otra cosa, esas intenciones mías. Tras una primera parte en la que expongo y desarrollo los principios básicos, en la segunda me encargo de analizar en profundidad el primero y más fundamental de ellos: la individuación, mientras que la última sección la dedico sobre todo a comprender el segundo axioma: la acción en el mundo. Finalizo pues con una teoría de la acción que pretende servir de complemento de aquellas otras que la han precedido (principalmente me fijo en la teoría económica que nos legó Mises en su obra más reconocible: La Acción Humana), agotando dicho concepto y llevándolo hasta sus últimas consecuencias, entendiendo la acción como una propiedad física y ecuménica, y aplicando dicho principio en todos los ámbitos del conocimiento humano (física, biología, sociología, tecnología).

Las propiedades de los elementos son función periódica de sus pesos atómicos. Dimitri Mendeléyev publicó en el año 1869 una tabla periódica en la que situó todos los elementos conocidos en aquella época, ordenándolos de forma tal que aparecieran distribuidos por familias, y ubicados en la misma línea horizontal. Debido a la universalidad de esta ley, Mendeléyev predijo el descubrimiento futuro de los elementos químicos con las características indicadas por el espacio que ocuparían en la tabla que él había creado a tal efecto. En consecuencia, dejó una serie de huecos en la misma que años después irían rellenándose con nuevos descubrimientos, confirmando de ese modo las sospechas y la teoría del autor de dicha tabla.

En mi vida aparecen también algunos espacios vacíos, a la espera de ser rellenados. Esta entrada en mi blog es un buen ejemplo de ello. Aquí va el trabajo que estoy escribiendo sobre filosofía, economía, ciencia, ética, y que todavía me demorará bastante tiempo (tal vez me lleve toda la vida). Mientras tanto, dejo la vacante vacía, y conservo la esperanza de que algún día pueda ver confirmados todos estos pronósticos y deseos. Espero que se acaben cumpliendo con la misma exactitud de aquellos que dieron fama y reconocimiento a Mendeléyev. En mi caso, eso significará que habré acabado de escribir el tratado que tengo entre manos, con el cual espero remedar el desierto intelectual que ahora se abre delante de mí, que hará valer por fin el vaticinio que ahora realizo. Con el objeto de promover y divulgar este proyecto vital, he creado una página en Facebook a la que todos ustedes están invitados:

https://www.facebook.com/Teor%C3%ADa-del-Todo-234956283530687/

Publicado en ENSAYO, OPUS MAGNUM I: LA TEORÍA DEL TODO, Resumen del libro | Deja un comentario

Librería: Novela

novelas

1. ÉPOCA ANTIGUA

1.1. LITERATURA GRECOROMANA (origen histórico de la novela)

  • Petronio, EL SATIRICÓN (siglo I d.C.)
  • Apuleyo, EL ASNO DE ORO (siglo II d.C.)
  • Longo, DAFNIS Y CLOE (siglo II d.C.)
  • Anónimo, LA HISTORIA DE GENJI (siglo XI d.C.)

1.2. LITERATURA MEDIEVAL (precursores de la novela moderna)

  • Anónimo, EL LAZARILLO DE TORMES (1554)
  • Rabelais (Francia, 1494-1553), GARGANTUA Y PANTAGRUEL (1564)

2. ÉPOCA MODERNA

2.1. EL MODERNISMO CLÁSICO (de 1605 a la generación de 1880)

2.1.1. Infancia de la novela moderna (siglos XVII Y XVIII)

  • Cervantes (Madrid, 1547-1616), EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA (1605)
  • Cervantes (Madrid, 1547-1616), ENTREMESES
  • Baltasar Gracián (España1601-1658), EL CRITICON
  • Voltaire (Paris, 1694-1778), MICROMEGAS Y OTROS RELATOS (1752)
  • Voltaire (Paris, 1694-1778), CANDIDO O EL OPTIMISMO (1759)
  • Moliere (Paris, 1622-1773), EL TARTUFO (sobre la figura paterna)
  • Goethe (Alemania, 1749-1882), LAS DESVENTURAS DEL JOVEN WERTHER (1774).
  • Thomas Love Peacock (Inglaterra, 1785-1866), ABADIA PESADILLA

2.1.2. Madurez de la novela moderna (SIGLO XIX)

2.1.2.1. Los clásicos franceses

  • Standal (Francia, 1783-1842), ROJO Y NEGRO (1830)
  • Standal (Francia, 1783-1842), LA CARTUJA DE PARMA (1846)
  • Flaubert Gustave (Francia, 1821-1880), MADAME BOVARY (1857)
  • Flaubert Gustave (Francia, 1821-1880), SALAMBÓ (1862)
  • Flaubert Gustave (Francia, 1821-1880), LA EDUCACION SENTIMENTAL (1869)
  • Flaubert Gustave (Francia, 1821-1880), TRES CUENTOS (1877)
  • Victor Hugo (Francia, 1802-1885), LOS MISERABLES (1862)
  • Balzac (Francia, 1799-1850), LAS ILUSIONES PERDIDAS (1843)
  • Balzac (Francia, 1799-1850), EUGENIA GRANDET (1834) editorial losada
  • Balzac (Francia, 1799-1850), PAPA GORIOT (1834)
  • Balzac (Francia, 1799-1850), LA BUSQUEDA DEL ABSOLUTO (1834)
  • Balzac (Francia, 1799-1850), EL CORONEL CHABERT
  • Maupassant (1850-1893) BOLA DE SEBO Y OTROS CUENTOS (1880)
  • Zola (Paris, 1840-1902, izquierdista), YO ACUSO (articulo), LA CONFESION DE CLAUBERT
  • Proust (Francia 1871-1922), EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (1927). 7 libros (editorial lumen)
  • Anatole France (Paris, 1844-1924), LOS DIOSES TIENEN SED (1834) ç

2.1.2.2. Los clásicos rusos

  • Gogol (Rusia 1809-1852), ALMAS MUERTAS
  • Dostoievski Fiodor (Moscú, 1821-1881), CRIMEN Y CASTIGO (1866)
  • Dostoievski Fiodor (Moscú, 1821-1881), MEMORIAS DEL SUBSUELO (1864)
  • Dostoievski Fiodor (Moscú, 1821-1881), LOS DEMONIOS (muy bueno)
  • Dostoievski Fiodor (Moscú, 1821-1881), LOS HERMANOS KARAMAKOV
  • Chejov (Rusia, 1860-1904), EL BESO Y OTROS CUENTOS (1885)
  • Tolstoi Lev (Rusia, 1828-1910), JADZHI MURAT (1904)
  • Tolstoi Lev (Rusia, 1828-1910), EL CUPON FALSO
  • Tolstoi Lev (Rusia, 1828-1910), LA MUERTE DE IVAN ILICH
  • Tolstoi Lev (Rusia, 1828-1910), GERRA Y PAZ
  • Tolstoi Lev (Rusia, 1828-1910), ANA KARENINA, ed. austral
  • Gorki (Moscú 1868-1936), LA INFANCIA
  • Gorki (Moscú 1868-1936), ENTRE LOS HOMBRES
  • Gorki (Moscú 1868-1936), MIS UNIVERSIDADES
  • Gorki (Moscú 1868-1936), LA MADRE

2.1.2.3. Los clásicos ingleses

  • Oscar Wilde (Dublín, 1854-1900), EL RETRATO DE DORIAN GRAY (1891)
  • Oscar Wilde (Dublín, 1854-1900), CUENTOS COMPLETOS
  • Chesterton (Londres, 1874-1936), EL HOMBRE QUE FUE JUEVES (1908)
  • James Joyce (Dublin, 1882-1941), ULISES (1922)
  • James Joyce (Dublin, 1882-1941), DUBLINESES (1914)

2.1.2.4. Los clásicos alemanes

  • Thomas Mann (Alemania, 1875-1955), LA MONTAÑA MAGICA (1924)
  • Musil (Alemania, 1880-1942), EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS (1943)
  • Kafka (Alemania, 1883-1924), EL PROCESO
  • Kafka (Alemania, 1883-1924), CARTA AL PADRE

 2.1.2.5. Los clásicos austriacos y suizos

  • Hermann Broch (Austria, 1886-1951), LOS SONAMBULOS (1932)
  • Stefan Zweig (Viena, 1881-1942), NOVELA DE AJEDREZ (1941)
  • Robert Walser (Suiza, 1878-), JAKOB VON GUNTER  

 2.1.2.6. Los clásicos españoles

  • Bécquer (Sevilla 1836-1870), LEYENDAS, Ed. cátedra
  • Baroja Pio (España, 1872-1956), EL ARBOL DE LA CIENCIA (1911)
  • Baroja Pio (España, 1872-1956), EL MUNDO ES ANSI (1912)
  • Unamuno (Bilbao, 1864-1936), NIEBLA (1914)
  • Unamuno (Bilbao, 1864-1936), SAN MANUEL BUENO
  • Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-1920), DOÑA PERFECTA
  • Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-1920), MISERICORDIA
  • Clarín (Zamora, 1852-1901), LA REGENTA
  • Clarín (Zamora, 1852-1901), DOÑA BERTA
  • Azorín (Alicante, 1873-1967), DOÑA INES

 2.1.2.7. Los clásicos norteamericanos

  • Jane Austen (New York, 1775-1817), ORGULLO Y PREJUICIO
  • Edgar Allan Poe (1809-1849) LA NARRACION DE ARTHUR GORDON PRIM (1838)
  • Henry James (New York, 1843-1916), OTRA VUELTA DE TUERCA (1898)
  • Henry James (New York, 1843-1916), LOS PAPELES DE ASPERN ç
  • Henry James (New York, 1843-1916), LA HEREDERA
  • Edith Wharton (New York, 1862-1937), ESTIO (1917)

 

2.2. EL MODERNISMO CONTEMPORANEO (de 1890 en adelante; siglo XX)

 2.2.1. Novela norteamericana

  • Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962), EL RUIDO Y LA FURIA (1929)
  • Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962), MIENTRAS AGONIZO (1930)
  • Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962), LUZ DE AGOSTO (1932)
  • Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962), ¡ABSALÓN,ABSALÓN! (1936)
  • Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962), EL VILLORRIO (1940)
  • Chandler (Chicago, 1888-1959), ADIOS MUÑECA (1940)
  • Chandler (Chicago, 1888-1959), EL LARGO ADIOS (1953)
  • Hammett Dashiell (Estados Unidos, 1894-1961), COSECHA ROJA (1929)
  • James M. Caín (Estados Unidos, 1892-1977), EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES (1940)
  • Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961), EL VIEJO Y EL MAR (1952)
  • Horace McCoy (1897-1955), LOS SUDARIOS NO TIENEN BOLSILLOS
  • Nabokov (Rusia, 1899-1977), LOLITA (1955)
  • Bukowski (Alemania, 1920-1994), FACTOTUM (1975)
  • Bukowski (Alemania, 1920-1994), LA SENDA DEL PERDEDOR (1982)
  • Bukowski (Alemania, 1920-1994), MÚSICA DE CAÑERIAS
  • Patricia Highsmith (Texas, 1921-1995) ESE DULCE MAL (1960)
  • Truman Capote (Estados Unidos, 1924-1984), A SANGRE FRIA (1964)
  • John Kennedy Toole (Nueva Orleans, 1937-1969), LA CONJURA DE LOS NECIOS
  • Ayn Rand (Imperio ruso, 1905-1982), LA REBELION DEL ATLAS
  • John O´Hara (Estados Unidos, 1905-1970), CITA EN SAMARRA (1974)
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), ELEGIA (2006)
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), GOODBAY COLUMBUS (1959)
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), NEMESIS (2011)
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), PASTORAL AMERICANA
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), EL ANIMAL MORIBUNDO
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), ME CASÉ CON UN COMUNISTA
  • Philip Roth (Estados Unidos, 1933-), LA MANCHA HUMANA
  • Bellow (Estados Unidos, 1915-2005), EL LEGADO DE HUMBOLTD
  • Bellow (Estados Unidos, 1915-2005), HERZOG
  • Bellow (Estados Unidos, 1915-2005), RAVELSTEIN
  • Tom Wolfe (Estados Unidos, 1931), LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
  • Jonh Dos pasos (Chicago, 1896-1960)
  • Raymond Carver (Oregon 1934-1988), CATEDRAL
  • Paul Auster (New York, 1947-) TRILOGIA DE NEW YORK (1991)
  • Paul Auster (New York, 1947-) LEVIATAN (1992)
  • Don winslow (New York, 1953-) EL PODER DEL PERRO
  • Don winslow (New York, 1953-) SALVAJES
  • Norman Mailer (New York, 1953-) EL FANTASMA DE HARLOT (1991)

 2.2.2. Novela sudamericana

  • Borges (Buenos aires, 1899-1986), FICCIONES (1944)
  • Borges (Buenos aires, 1899-1986), EL ALEFP
  • Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-), CIEN AÑOS DE SOLEDAD (1967)
  • Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014), RELATO DE UN NAUFRAGO (1970)
  • Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014), EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA (1970)
  • Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014), EL OTOÑO DEL PATRIARCA (1967)
  • Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014), DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS (1967)
  • Mario Vargas Llosa (Perú 1936-), LOS JEFES (1959)
  • Mario Vargas Llosa (Perú 1936-), LA CIUDAD Y LOS PERROS (1962)
  • Mario Vargas Llosa (Perú 1936-), LOS CACHORROS (1967)
  • Mario Vargas Llosa (Perú 1936-), LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR (1977)
  • Mario Vargas Llosa (Perú 1936-), LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO (1981)
  • Mario Vargas Llosa (Perú 1936-), LA FIESTA DEL CHIVO (2000)
  • Mario Vargas Llosa, CONVERSACION EN LA CATEDRAL
  • Mario Vargas Llosa, EL PARAISO EN LA OTRA ESQUINA
  • Mario Vargas Llosa, EL SUEÑO DEL CELTA (2010)
  • Luis Cortázar (Bélgica 1914-1984), RAYUELA (1963)
  • Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003), 2666
  • Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003), LOS DETECTIVES SALVAJES
  • Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003), ESTRELLA DISTANTE
  • Cabrero Infante, TRES TRISTES TRIGRES
  • Onetti (Montevideo, 1909-1994), LA VIDA BREVE
  • Alejo Carpentier (Cuba, 1904-1980) EL SIGLO DE LAS LUCES (1962)
  • Juan Rulfo (Madrid 1917-1986), PEDRO PÁRAMO (1955)
  • Rodolfo Fogwill (Argentina, 1941-2010), LOS PICHICIEGOS
  • Carlos Fuentes (Panamá, 1928-), LA REGION MÁS TRANSPARENTE
  • Carlos Fuentes (Panamá, 1928-), TERRA NOSTRA
  • Carlos Fuentes (Panamá, 1928-), LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ
  • Adolfo Bioy Casares (Buenos aires, 1914-1999) UN CAMPEON DESPAREJO (1993)
  • Héctor Abad Faciolince, EL OLVIDO QUE SEREMOS

 2.2.3. Novela inglesa

  • Rebecca West (Irlanda, 1892-1983), EL REGRESO DEL SOLDADO (1918)
  • Rebecca West (Irlanda, 1892-1983), CUANDO LOS PAJAROS CAEN (1966)
  • Aldous Huxley (Reino Unido, 1894-1963) UN MUNDO FELIZ (1932)
  • Robert Graves (Londres, 1895-1985), YO CLAUDIO (1934)
  • Orwell (India británica, 1903-1950), 1984
  • Lawrence George Durrell (India británica, 1912-1990) EL CUARTETO DE ALEJANDRIA (1957)
  • Barnes (Reino Unido, 1946-), EL LORO DE FLAUBERT (1984)
  • Douglas Adams (Reino Unido, 1952-2001), DIRK GENTLY, AGENCIA DE INVESTIGACIONES HOLISTICAS (1987)
  • Martin Amis, CAMPOS DE LONDRES
  • Tibor Fischer, BAJO EL CULO DEL SAPO
  • Graham Greene, EL FACTOR HUMANO

 2.2.4. Novela francesa

  • Sartre (Paris, 1905-1980), LA NAUSEA (1938)
  • Camus Albert (Argelia, 1913-1960), EL EXTRANJERO (1942)
  • Albert Camus (Francia, 1913-1960), LA PESTE (1947)
  • Albert Camus (Francia, 1913-1960), LOS JUSTOS (1950)
  • Albert Camus (Francia, 1913-1960), EL PRIMER HOMBRE
  • Irene Nemirovsky (Ucraniana, 1903-1942), SUITE FRANCESA (2007)
  • Irene Nemirovsky (Ucraniana, 1903-1942), NIEVE DE OTOÑO (2007)
  • Georges Perec (Francia 1936-1982), LA VIDA: INSTRUCCIONES DE USO (1978)
  • Pierre Michon (Francia, 1945-), ABADES (2002)

 2.2.5. Novela rusa y de los países del este

  • Bulgakov (Rusia, 1891-1940), EL MAESTRO Y MARGARITA (1928)
  • Milan Cundera (Republica Checa, 1929-), LA BROMA (1965)
  • Milan Cundera (Republica Checa, 1929-), LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER (1984)
  • Milan Cundera (Republica Checa, 1929-), LA INMORTALIDAD (1988)
  • Milan Cundera (Republica Checa, 1929-), LA IGNORANCIA (2000)
  • Vasili Grossman (Moscú, 1905-1964), TODO FLUYE (1980)
  • Vasili Grossman (Moscú, 1905-1964), VIDA Y DESTINO
  • Sandor Marai (Eslovaquia, 1900-1989), EL ÚLTIMO ENCUENTRO
  • Pavel Kohout (Republica checa, 1928-)(novela negra), LA HORA ESTELAR DE LOS ASESINOS
  • Pavel Kohout (Republica checa, 1928-)(novela negra), MI MUJER Y SU MARIDO

 2.2.6. Novela italiana

  • Lampedusa (Roma, 1896-1957), EL GATOPARDO (1959)
  • Alberto Moravia (Roma, 1907-1990), EL CONFORMISTA (1951)
  • Primo Levi (Turin, 1919-1987), CUENTOS DE PRIMO LEVI (ed. el aleph)
  • Claudio Magris (Trieste, 1939-), EL DANUBIO

 2.2.7. Novela española

  • Cela Camilo José (Sevilla 1916-2002), LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE (1942)
  • Chaves Nogales (Sevilla 1897-1944), JUAN BELMONTE (1935)
  • Chaves Nogales (Sevilla 1897-1944), EL MAESTRO JUAN MARTINEZ QUE ESTABA ALLI (1934)
  • Julián Ayesta (Gijón 1919-1996), HELENA O EL MAR DEL VERANO (1952)
  • Javier Marías, MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MI
  • Javier Marías, CORAZON TAN BLANCO
  • Javier Marías, LOS ENAMORAMIENTOS
  • Delibes Miguel (Valladolid, 1920-2010), LOS SANTOS INOCENTES (1981)
  • Delibes Miguel (Valladolid, 1920-2010), EL HEREJE (1998)
  • Delibes, CINCO HORAS CON MARIO
  • Benet (Madrid 1927-1993), VOLVERAS A REGION (1967)
  • Benet (Madrid 1927-1993), SAUL ANTE SAMUEL (1980)
  • Benet (Madrid 1927-1993), EL AIRE DE UN CRIMEN (1980)
  • Álvaro Pombo (1939-), EL TEMBLOR DEL HEROE
  • Lorenzo Silva (Madrid, 1966-), EL DESPOTA ADOLESCENTE (2003)
  • Fernando Aramburu, LOS OJOS VACIOS (2000)
  • Fernando Aramburu (San Sebastián 1959-), LOS PECES DE LA AMARGURA (2006) ç
  • Juan Marsé, ÚLTIMAS TARDES CON TERESA
  • Horacio Vázquez rial, EL CAMINO DEL NORTE
  • Lozano, UN PINTOR DE ALEJANDRIA
  • Fernando Sabater, EL JARDIN DE LAS DUDAS (volteriano)
  • Antonio Prieto, TRES PISADAS DE HOMBRE
  • Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943-), LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS (1986)
  • Eduardo Mendoza, EL LABERINTO DE LAS ACEITUNAS
  • Eduardo Mendoza, SIN NOTICIAS DE GUR
  • Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943-), LA AVENTURA DEL TOCADOR DE SEÑORAS
  • Alberto Olmos, EJERCITO ENEMIGO

 2.2.8. Novela alemana

  • Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962), EL LOBO ESTEPARIO (1927)

 2.2.9. Novela japonesas

  • Derio Murakami, SOPA DE MISO (novela negra)
  • Haruki Murakami CRONICA DEL PAJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO
  • Haruki Murakami, 1Q84
  • Yasunari, LO BELLO Y LO TRISTE
  • Mishima, CONFESIONES DE UNA MASCARA
  • Kazuo Ishiguro, LO QUE QUEDA DEL DIA

 2.2.10. Novela de otros países

  • Simenon Georges (Bélgica, 1903-1989), EL HOMBRE QUE MIRABA PASAR LOS TRENES (1938)
  • Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979), SINUHÉ EL EGIPCIO (1945)
  • Jean Rhys (Caribe, 1890-1979), ANCHO MAR DE LOS SARGAZOS (1966)
  • Naguib Mahfuz (El Cairo, 1911-2006), EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS
  • Batya Gur (Tel Aviv, 1947-2005), ASESINATO EN EL KIBBUTZ (2000)
  • Salman Rushdie (Bombay, 1947-), HIJOS DE LA MEDIA NOCHE
  • Sansal (Argelino, 1949-), LA ALDEA DEL ALEMAN
  • Coetzee (Sudáfrica 1940-), DESGRACIA
  • Coetzee (Sudáfrica 1940-), INFANCIA
  • Coetzee (Sudáfrica 1940-), JUVENTUD
  • Coetzee (Sudáfrica 1940-), VERANO
  • Mankell (Suecia, 1948-), EL HOMBRE INQUIETO
  • Lobo Antunez (Portugal, 1942-), TRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA
  • Zoe Valdes (cuba), TE DI LA VIDA ENTERA

 

 

Publicado en Librería de Novelas, MI BIBLIOTECA | 1 comentario

Librería: Poesia

  • Cesar Vallejo, LOS HERALDOS NEGROS
  • Borges, LA CIFRA
  • Arthur Rimbau
  • Yeats
  • Eliot
Publicado en Librería de Poesía, MI BIBLIOTECA | Deja un comentario

Las femicomunistas

 «El feminismo es el machismo de las mujeres»

Feminista Comunista

Las femicomunistas son amazonas afines al régimen de Lenin. Cualquier defensor de la libertad que se precie de serlo está obligado a hacer este tipo de asociación. ¿Por qué los liberales debemos estar en contra de las feministas? Muy sencillo. Son los mismos motivos que nos llevan a estar en contra de los socialistas. Los liberales no amparamos ningún sistema de igualación que pretenda equipararlo todo, anulando de ese modo las distintas naturalezas del ser humano. No creemos que los trabajadores tengan que cobrar la misma renta, y tampoco queremos renunciar a nuestra identidad sexual. A los liberales nos apasiona la verdad. Somos conscientes de que las personas son únicas, y solo pueden ser libres en tanto en cuanto puedan seguir siendo diferentes. Las feministas no son capaces de entender esto. Tal vez por eso tampoco entienden la diferencia que existe entre el condicionamiento natural y el condicionamiento social, error al que también se adscriben la mayoría de socialistas. Los liberales no queremos que la mujer esté sometida a ningún condicionamiento socio-legal por el mero hecho de haber nacido mujer. En eso debe ser igual al hombre. Pero, al mismo tiempo, somos conscientes de que existen ciertos condicionamientos naturales que son imposibles de superar y que además es bueno que existan. Una mujer es distinta de un hombre, igual que un hombre es distinto de otro hombre. Perico, el de los palotes, no se parece en nada a Manolo, el del bombo. Sus diferencias les condicionan a ambos, pero también les permite tener distintas habilidades. A los liberales nos gusta distinguir dos conceptos de libertad. Defendemos una libertad negativa, basada en el hecho cierto de que las personas deben poder hacer solo aquello que sean capaces de realizar por sí mismas, o ayudadas por otros voluntarios. Y rechazamos al mismo tiempo la libertad positiva, que afirma que ésta solo llegará cuando todos puedan hacer lo que deseen, en igualdad de condiciones, y con independencia de sus habilidades, es decir, aprovechándose de los demás. Las feministas se adscriben a este segundo concepto de libertad, por eso no contemplan ningún tipo de condicionamiento, por eso aseguran que todos tenemos que ser igualmente capaces, y por eso piensan que eres un machista si acaso te atreves a defender alguna limitación o desigualdad. Las feministas no descansarán hasta ver cumplido ese sueño húmedo (edénico) en el que todos aparecemos iguales. Por eso nunca dejarán de dar la matraca (afortunadamente, la naturaleza y la realidad tampoco descansan). Las feministas solo se cubrirán los pechos cuando consigan alcanzar una paridad absoluta, por ejemplo, si existiese el mismo número de bomberos que de bomberas. Pero, como quiera que esto es imposible, ya que los hombres y las mujeres tienen distinto físico y distintas vocaciones, las feministas seguirán en pie de guerra eternamente, por siempre jamás. En el fondo, las feministas y los marxistas están hechos de la misma materia onírica. Los comunistas sueñan con un mundo edénico, en el que solo exista una clase social, y donde todos tengan satisfechas sus necesidades. Y las feministas sueñan con vivir en un paraíso parecido, lleno de ángeles sin sexo. Téngalo en cuenta la próxima vez que vea una manifestación. Los ecologistas son rojos disfrazados de verde. Y las feministas son rojas disfrazadas de rosa. La historia demuestra que el socialismo es una ideología recalcitrante, que se renueva cada generación, y que es capaz de mudar la piel y cambiar de color, para continuar apostada en su mundo de paja. Para ello utiliza una estrategia que le ha dado muy buenos resultados: trata de sembrar el odio y la división en todos los órdenes de la vida, enfrentando a los trabajadores con los empresarios, a los pobres con los ricos, a los animales con las personas, a los blancos con los negros, a los profesores con los alumnos, a las mujeres con los hombres, y, en definitiva, a todos los grupos sociales, en la medida en que todos manifiestan alguna identidad  natural que el socialista no acepta de ninguna de las maneras. Por eso los liberales estamos en disposición de afirmar que el socialismo es una ideología antinatural y falaz. Buscando una igualdad absoluta, provoca una división estéril y destructiva. Enfrentado a una naturaleza que necesariamente es plural y diversa, solo puede acercarse a sus objetivos a través de una refriega permanente, por la vía de la fuerza. El socialismo siempre será sinónimo de guerra y desolación. Y las feministas representan esa parte embrutecida del mismo que aboga por igualar los sexos.

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

Mi perfil

DSCN4930

Me llamo Eladio, nombre masculino de origen griego “Helas” (Grecia). Su significado es “Griego”, “aquel que procede de la Helade”.

Me licencié en Biología Molecular por la Universidad de León, y he trabajado como investigador en dicha universidad, y como docente en distintos institutos de secundaria, en España y en el extranjero. En 2014 realicé el máster de economía de la escuela austriaca con el profesor Jesús Huerta de Soto, en la universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Y posteriormente me doctoré (2021) en la misma institución y con el mismo profesor. El título de mi tesis es La heurística biológica como herramienta de investigación para el análisis de la economía.

Me considero un autodidacta. Aunque al principio me interesaba únicamente aquello que tenía que ver con la Biología y las ciencias de la vida, en seguida mi atención recayó sobre otras disciplinas anejas a ésta, la Física o la Sociología, y más tarde sobre aquellas materias que casi ningún biólogo consideraría de su incumbencia, la Metafísica, la Ontología, o la Filosofía General. Desde entonces, siempre me ha cautivado la idea del saber unificado, lo cual ha hecho que me interesasen todas las ramas del conocimiento, y que haya buscado incansablemente la manera de integrarlas en una visión conjunta suficientemente amplia. En resumidas cuentas, ese es el objetivo teórico y el prurito intelectual que ha determinado y que ha marcado mi carrera académica.

En mi vida se han producido varias catarsis intelectuales. La primera de ellas –aún no tendría dieciocho años- me llevó a descubrir el mundo interior de las moléculas y asistir a las lecciones magistrales de Richard Dawkins, las cuales me hicieron ver la naturaleza de un modo que nunca habría imaginado. De repente, toda la vida cobraba sentido. Todas las criaturas de la Tierra tenían una fácil explicación. El hechizo jónico había despertado en lo más profundo de mí ser, y reclamaba un estudio vitalicio.

La segunda catarsis, casi solapada con la primera, vino de la mano de Carl Sagan y de sus vídeos y libros sobre el universo y el gran proyecto de la ciencia. Descubrí que el mundo no se limitaba a la Tierra, y colegí por fin cuáles eran sus verdaderas dimensiones. Y en todas partes comprobé la misma mecánica general.

La tercera catarsis aconteció en el ámbito de las ciencias sociales, cuando comprendí por fin el comportamiento principal que está detrás de la acción del hombre, y me di cuenta, no sin cierto agrado, que dicho impulso está profundamente relacionado con las ciencias más básicas de la vida. Esto sucedió cuando empecé a leer a los epígonos de la Escuela Austriaca de Economía, sobre todo la gran figura de Hayek.

Finalmente, todo este peregrinaje me condujo a la última y más trascendental de todas las etapas, la catarsis filosófica. Esta purificación fue más tardía que las demás, un acceso que me avino habiendo pasado la treintena, pero que de algún modo ya estaba sentenciado de antemano (la Escuela Austriaca de Economía es, sobre todo, una escuela filosófica). De repente descubrí que la ciencia solo era una parte de la historia intelectual del hombre. La metafísica y la especulación pura podían ser tan racionales como lo son las ciencias empíricas, incluso me llevaban a contemplar unos principios más fundamentales, imposibles de apreciar de otra forma. Esto amplió mi esfera de entendimiento de una manera que todavía hoy me provoca vértigo y admiración. La comprensión del mundo apareció de repente como una vasta llanura despejada que, a grandes trazos, ofrecía una maravillosa imagen del infinito y una explicación integral del cosmos.

Últimamente, creo haber entendido el significado de todo este peregrinaje intelectual, la causa de que se haya distribuido tal y como lo he descrito. Cada una de las catarsis que he atravesado se  corresponde con una de las áreas más básicas del conocimiento. Existen dos disciplinas fundamentales, la ciencia y la filosofía, y dentro de la primera existen también tres objetos de estudio básicos, la materia inerte (Carl Sagan), la materia viva (Richard Dawkins), y la materia intelectiva (Hayek). Cada vez que he atravesado la puerta de uno de estos cuatro paraninfos, la imagen del mundo no ha vuelto a ser la misma que era: ha quedado enriquecida para siempre con todo el conocimiento que me ha traído el nuevo paradigma.

Esta atracción mía por todas las ciencias tiene una raíz genética indiscutible. En el fondo, siempre he sido un aficionado ecléctico. En general me gusta todo, las cosas más banales y también las más importantes, salir a divertirme y a recorrer las calles, o encerrarme en casa con un tocho de mil páginas en las manos. Considero que la trivialización y la frivolidad no son cualidades necesariamente negativas, igual que no lo son el sueño y el descanso. No obstante, siempre tienen que ir acompañadas de contrapesos, tales como la trascendencia o el compromiso. Cuando uno se queda dormido demasiado tiempo no está descansando: es un finado.

El título de este blog hace referencia a dos ideas que cambiaron mi vida de forma definitiva, los replicadores de Richard Dawkins, y el liberalismo económico de la Escuela Austriaca. Pero también tiene otro significado mas elocuente. Me gusta verme a mi mismo como una especie de replicador liberal. Me explico. Para mí, un replicador liberal es una persona que arguye en contra de las creencias que tienen los liberticidas (que les replica) y que hace frente a la legión de adocenados que siempre están intentando justificar y promover alguna forma de totalitarismo. Pero también es una persona empeñada en propagar el mensaje liberal (un replicador de memes), catalizando al mismo tiempo la difusión de aquellas ideas que hacen una égida razonable de la libertad. Estas dos acciones, la que interviene en segundo lugar, como respuesta a las críticas que se le vienen a uno encima, y la que actúa sin esperar esas acusaciones, emprendiendo una ardua y difícil predicación, constituyen dos caras de una misma moneda. Cualquier estratega sabe que la victoria solo depende de dos cosas, una buena defensa y un ataque certero. Igualmente, en la contienda dialéctica solo se deberían contemplar dos tácticas básicas. Este blog nace con la vocación de dar la batalla, y adquiere por tanto esta intención en virtud de esa doble maniobra indispensable en cualquier conflicto, la defensa y el ataque.

IMG_0877 - copiaIMG_0877 - copia    Donde más hay que dar la batalla es a la hora de defender la libertad en el ámbito económico. La relación comercial es la relación social por antonomasia, es el acto social más cotidiano. Sin embargo, también es la relación más vulnerada e incomprendida. En este sentido, me defino como un fiel seguidor de la Escuela Austriaca de Economía. Cuando uno acepta y comprende el ideario de ésta escuela, se traslada a una época anterior a la revolución industrial, cercana a la edad media. De repente las otras ideologías aparecen como un conjunto esotérico de adivinaciones, malamente defendidas por una masa de ignorantes y analfabetos. Uno casi siente cómo crepita el fuego de la pira que arde bajo sus pies, avivado con los soplidos del rebuzno que emiten todos esos ignaros. La gente aún cree en ese desiderátum marxista que anuncia la llegada inexorable del socialismo científico. Ante esto, solo cabe utilizar esa famosa frase que se atribuye a Galileo y que al parecer fue murmurada por éste después de ser obligado a retractarse en público. Muchos son los que afirman que el capitalismo está destinado a desaparecer… y sin embargo se mueve.

Me atraen todas las disciplinas del pensamiento, las científicas y las filosóficas. Todas me parecen importantes. Y considero que todas deben tener puesta su mira telescópica en el objetivo de la libertad. La única verdad eterna, la metafísica más trascendental, es la que se basa en el principio filosófico de la libertad individual. Asimismo, creo que la ciencia solo encuentra su camino, de continua evolución y de sucesivas rectificaciones, cuando se deja que los hombres actúen libremente, contrastando sus opiniones, en sana competencia, y en pro de las ideas y demostraciones más eficaces y prósperas, las cuales suelen ser también las que a la larga tienen una mayor aceptación.

Soy fisiócrata, minarquista e isónomo. Es decir, defiendo unas leyes sociales básicas, que estén en armonía con las leyes de la naturaleza (fisiocracia). No soy creyente, no creo en leyes divinas, y tampoco pienso que el método gnoseológico pueda aceptar las verdades de la fe. Sin embargo, no soy anticlerical, y tengo una enorme simpatía por la religión católica, que actualmente se ha convertido en una religión de paz, y constituye sin duda uno de los pilares tradicionales de la civilización occidental. Estoy convencido de que el Estado no debe entrometerse en los acuerdos voluntarios que firman o aceptan los hombres de forma natural, y que por tanto debe quedar reducido a la mínima expresión (minarquía), encargándose únicamente de defender la libertad y la vida cuando no se puede garantizar de otra manera. El mercado no puede estar determinado por la política o la creencia, que siempre son contingentes, sino que debe regirse por unas leyes naturales básicas, que aseguren el funcionamiento espontáneo de la sociedad, la voluntad individual, la igualdad ante la ley y la garantía del cumplimiento normativo (isonomía).

Toda persona debería tener siempre en mente tres proyectos u objetivos proteicos, un proyecto literario, un proyecto académico y un proyecto empresarial. Creo que estos tres itinerarios completan en conjunto el programa de vida al que debe adscribirse cualquier ser humano que desee prosperar y que quiera realizarse. No en vano, agrupan en total tres acciones intelectuales medulares, de vital importancia. El proyecto literario pretende acaparar un conocimiento y una opinión generales, que hablen sobre diversos asuntos, utilizando a la escritura como única herramienta. La escritura es la forma de expresión que mejor sabe describir el mundo, aplicando el máximo rigor y clarividencia a cualquier acontecimiento de la vida. El proyecto académico aspira a canalizar todo ese conocimiento aprehendido y generado con la intención de articular un estudio más exhaustivo, profundo y específico, un gran tratado general, un doctorado, o una carrera docente. Finalmente, el proyecto empresarial se encarga de materializar esos conocimientos en forma de bienes y servicios tangibles, aptos para ser producidos en masa, transmitidos, enseñados, consumidos y disfrutados por todos. En mi caso, las materializaciones a las que dan paso estos tres trabajos son, en el mismo orden, las siguientes:

El replicador Liberal https://www.facebook.com/elreplicadorliberal/ (blog donde vierto todo lo que pienso y escribo).

La Teoría del Todo https://www.facebook.com/Teoría-del-Todo-234956283530687/ (título general que da pie a mi trabajo académico).

El Instituto Arquitas https://www.facebook.com/groups/arquitasdetarento/ (proyecto empresarial con el que algún día aspiro a crear una institución educativa con una filosofía de enseñanza nueva).

No se si me moriré habiendo cumplido todos estos proyectos. No obstante, el mapa geográfico ya está trazado. Y eso me ofrece también una cierta tranquilidad. Puedo moverme sabiendo hacia dónde tengo que dirigir mis esfuerzos. Sin duda, esta nueva situación mejora bastante mis posibilidades reales y marca un hecho diferencial con respecto a la vida de vagabundo que llevaba antes.

Mi felicidad no depende de grandes inversiones o ejecuciones crematísticas. Por encima de todas las cosas, lo que más me gusta es leer y escribir, y reflexionar sobre los hechos que acontecen a diario en el mundo. Yo soy casador de ideas. Existen escritores que, para referirse a su profesión, han inventado un término delicioso que se ajusta bastante bien a lo que ellos hacen. Dicen que son juntapalabras. Pero esta definición apela sobre todo al estilo literario. Yo, en cambio, intento casar las ideas; me considero un ensayista. Me preocupa la forma, pero me interesa también el contenido. Yo soy casador de ideas. Y así soy feliz.

Publicado en MI PERFIL | Deja un comentario

El feminismo y la feminidad

el feminismo y la feminidadLa indefensión del ser humano es la cualidad que mejor le define; es la que más acrecienta sus zozobras y sus pesadumbres. El hombre contempla la naturaleza, y de inmediato se ve inmerso en una vorágine sin sentido. Poco a poco se va afianzando en él un sentimiento intenso, de indefensión y de impotencia. La vida le va quitando la salud y el vigor, de manera irremediable. Es una batalla que ya tiene perdida de antemano. Al final, todo se acaba. Cualquier esperanza desaparece cuando hacen acto de presencia los primeros estertores de la muerte, que preceden a la inexistencia.

El hombre tampoco puede dejar de sentir una cierta indefensión cuando traba contacto con otros humanos, que también le pueden arrebatar la vida. Esto no es muy habitual en los países occidentales, donde muchos hombres han hallado por fin una vida más o menos digna. Pero existen otras maneras de acentuar su naturaleza desvalida que no implican necesariamente el asesinato. Le pueden quitar la palabra; no hace falta que le quiten la vida. La censura también es una forma de indefensión. Pero no solo la censura. Pueden dejarle hablar todo lo que quiera, pero modificar al momento todo lo que diga. La tergiversación también causa indefensión, porque no está en nuestra mano corregir lo que otros se empeñan en adulterar. Por tanto, no se está faltando a la verdad si se afirma que la vida es un cumulo de sinsabores, y que estos están causados sobre todo por esas frustraciones e incapacidades que caracterizan cualquier existencia. Todo lo que existe es susceptible de dejar de existir. Todo lo que se dice puede ser interpretado de otra manera.

Afortunadamente, yo todavía puedo presumir de tener una salud de hierro. Nadie cercano a mí parece estar dispuesto a quitarme la vida. Y no estoy sometido a ningún tipo de censura. Por tanto, la indefensión que más me preocupa en estos momentos gloriosos, la única que todavía puede afectarme, es esa que aparece cuando los demás interpretan erróneamente mis palabras. Es una indefensión menor, si la comparamos con la que viene propiciada por la muerte o el anatema. Pero casi estoy dispuesto a afirmar que produce en mí los mismos estragos que causaría cualquier otra. Hace unos días llegué a mi casa con una zozobra inverosímil, que no creía que la pudiera causar ninguna discusión. Había sido víctima de una tergiversación.

Todo empezó en un bar de Madrid, platicando con dos amigas. En un momento de la conversación se me ocurrió que podía enumerar las cualidades que se dan en una mujer, y que son las que yo creo que atraen la atención de la mayoría de hombres. Desde mi punto de vista, son principalmente tres: la coquetería, la debilidad y la naturalidad.

Una mujer que se cuida, y que da la impresión de querer estar bonita, transmite un montón de sensaciones al género opuesto. Como mínimo, y aunque esto pueda parecer pueril, está dando a entender que no padece ninguna enfermedad. Cuando alguien no está sano empieza perdiendo el apetito por la comida, y acaba perdiendo el deseo de vivir. El enfermo no tiene ganas de salir a la calle, y por supuesto tampoco hace ningún esfuerzo para parecer mejor. Todo deja de tener importancia. La vida solo tiene sentido cuando uno está sano. Cuando está enfermo la vida es un sinsentido. El único motivo que nos da fuerzas para existir es la constatación de que podremos seguir viviendo y existiendo. Y existimos solo si no enfermamos y morimos. Por tanto, si una mujer quiere estar bonita, si da muestras de querer estar bella, en definitiva, si es coqueta y zalamera, los hombres podemos estar seguros que la enfermedad no va a estar presente en ella, que no devastará su imagen, y que podremos amarla sin riesgo de perderla.

La coquetería también nos indica que la mujer tiene una cierta disposición a ser contemplada y, en cierto modo, que muestra algún tipo de interés por nosotros. En los animales eso se llama celo y es la única señal que tienen los machos que desean copular. En el hombre no es tan sencillo. No obstante, la mujer también debe mostrarse receptiva. En este sentido, la belleza y la coquetería son el indicativo de un cuerpo saludable y preparado. Igual que una fruta madura se vuelve de color carmesí para llamar la atención de los animales que pasan a su lado, la mujer también anuncia una cierta disposición y entrega cuando arregla y luce sus atavíos.

La debilidad es la segunda cualidad que tiene que tener una mujer si quiere atraer al hombre. Una mujer débil despierta un sentimiento que insta al hombre a protegerla, abnegadamente. El cuerpo de la mujer ha sido creado y modelado por la naturaleza para dar a luz, para amamantar a los retoños, y para rebullirlos en sus brazos hasta que se quedan dormidos. Pero no está hecho para la lucha física. Los peligros físicos debe solucionarlos el hombre. El poderío del macho, su masa muscular, su altura, sus espaldas anchas, son la garantía que tiene una mujer de que no le pasará nada a ella o a sus hijos. La mujer se siente amada cuando la rodean unos brazos grandes y poderosos, y cuando tiene que alzarse de puntillas para abrazar la figura esbelta de su pareja. Como complemento, el hombre siente que debe ofrecer protección a la mujer, y le atrae su debilidad. Este es un hecho biológico incontrovertible.

La tercera cualidad que debe tener una mujer deseada es la naturalidad. Como he señalado más arriba, la mujer debe ser coqueta y también debe ser débil, pero ninguna de estas virtudes servirían de nada (no servirían para atraer la atención del hombre) si fueran fruto de una sobreactuación y si estuvieran debidamente calculadas. Deben ser reales, lo que quiere decir que tienen que ser sinceras y espontaneas. La naturalidad es una condición necesaria. Si la mujer no es espontánea tampoco será coqueta o débil. Si intenta parecer bonita afectando los rasgos de su cara, sin convicción, con cálculo, el hombre sabrá que solo intenta engañarle, y no se sentirá atraído por ella. De aquí, podríamos deducir que la espontaneidad sirve igualmente a la mujer para saber que el hombre no la está engañando. Sin embargo, no creo que la espontaneidad sea un rasgo masculino que incremente la sensualidad del hombre igual que lo hace con la mujer. La espontaneidad le queda bien sólo a la mujer. En el hombre sugiere cierta precipitación. El hombre tiene que ser más calculador, más seguro. La naturaleza le ha asignado una función física, como protector de la manada, si se me permite la expresión. Su atractivo debe residir por tanto en aquellas actitudes que demuestren cierta prudencia y cierto pundonor. Tiene que ser reservado. A la mujer le atrae un hombre seguro de sí mismo, que inste a pensar que ha analizado todos los peligros que se ciñen sobre ella y que sabe desempeñar el papel que la naturaleza le ha encomendado. Por supuesto, esto no quiere decir que no tenga que ser sincero, solo que no debe manifestar esa sinceridad a través de la espontaneidad y la ligereza. Yo diría que el hombre debe ser simplemente sincero, llano. La sinceridad que mejor sirve para atraer la atención de la mujer es aquella que se muestra a las claras. La mujer solo pide sinceridad. En cambio, el hombre desea que la mujer también sea espontanea. Le gusta una mujer loquita; que la espontaneidad resulte sincera.

Hace algunos días, en un bar del centro de Madrid, a altas horas de la madrugada, acabé discutiendo con dos amigas sobre todas estas cosas que nos distinguen a los hombres y las mujeres. Luego me fui a casa con una sensación de indefensión que nunca había sentido antes. Uno intenta expresarse en términos correctos, busca las expresiones que mejor convengan en cada caso, arma una argumentación lo más clara posible. Pero cuando tergiversan todas tus palabras sientes una desprotección absoluta, y te parece que nada de lo que dices sirve. No puedes hacer nada. Ninguna explicación vale. Yo intenté describir las cualidades que me atraían en una mujer. Pero no podía imaginar que esto despertaría la animosidad de mis amigas.

Mis amigas no aceptan la coquetería; piensan que no puede ser natural. Creen que una mujer que se arregla para agradar a un hombre esta poniéndose en ridículo. Les enseñé unas fotos de una chica que me gustaba, posando delante de la cámara, y empezaron a criticar a todas las mujeres que se esfuerzan para parecer más bonitas. Mis amigas rechazan cualquier gesto en la mujer dirigido a agradar a los hombres. Pienso que esto tiene un motivo claro. Existe un resentimiento moderno cada vez más frecuente, que hace que algunas mujeres necesiten atestar de algún modo esa independencia que han logrado en el último siglo. Quieren vengarse de los hombres, que durante tantos años las han tenido en un segundo plano. Ese resentimiento hodierno es el germen del movimiento feminista, y de muchas injusticias. La mujer desea reivindicar sus derechos, tanto tiempo usurpados por los hombres, y como quiera que ya no existe ese abuso, ahora ellas empujan una puerta abierta, golpeando en las narices de aquellos que al otro lado estamos agarrando el vano dispuestos a dejarlas pasar. El feminismo ha matado la feminidad. El feminismo hace que la mujer deje de ser mujer. La mujer siente que cualquier diferencia con el hombre es una injusticia. Esto hace que no quiera comportarse como una mujer normal, anulando todas aquellas cualidades que más la caracterizan y que son las que más atraen la atención de los hombres. La mujer que actúa de esta guisa siente que cualquier cosa que haga con objeto de agradar al hombre es un acto de sumisión, indefectiblemente. Siente que cualquier concesión es un paso atrás. Se olvida de que el juego del amor es un intercambio mutuo que siempre busca agradar al otro. Se olvida de que la sensualidad fundamenta la relación solo cuando está basada en la concesión. La atracción mutua solo es posible cuando existe un acuerdo, y cuando las partes interesadas permiten y facilitan que el otro acceda a ellas. La atracción se basa en la concesión, también por parte de la mujer. Pero hay mujeres que sienten que cualquier concesión es un acto vejatorio. La mujer está resentida, después de tantos años de dominación masculina. Pero se olvida de que la concesión también es un acto voluntario. Cualquier relación sentimental se sostiene sobre una serie de concesiones voluntarias imposibles de anular.

Mis amigas desaprueban la coquetería. Están convencidas de que las mujeres se rebajan cada vez que intentan hacer algo que sea del agrado del hombre. Por eso ridiculizan a las mujeres coquetas, y por eso ven gracioso que yo muestre interés por este tipo de señoras. Se ríen un poco de mi, con ese aire de superioridad que tienen todas las lesbianas, convencidas como están de que no necesitan a los hombres para satisfacerse (no estoy diciendo que mis amigas sean lesbianas, solo digo que se ríen de la misma manera). A mí no me importa que se rían. Pero de la risa han ido pasando a la indignación. La segunda cualidad de una mujer atractiva es la debilidad. Esto no les ha hecho ninguna gracia. Cualquiera que sea medianamente sensato podrá deducir que el aprovechamiento de la debilidad de otras personas no acarrea necesariamente un abuso. La debilidad del otro puede ser usada para someterle, pero también pude mover a la protección. Si yo digo que alguien es débil esto no implica que esté defendiendo que se le puede someter. Para mí la debilidad física de una mujer, por otro lado suficientemente demostrada, es un rasgo que me lleva a protegerla. Y esto es exactamente lo contrario del sometimiento. La estoy ofreciendo algo que no la perjudica y que no va en contra de su voluntad. Cuando yo hablo de las cualidades que deben darse en una relación entre un hombre y una mujer hablo de la necesidad de que ambos sientan que el otro les aporta algo. Evidentemente, la mujer sentirá que el hombre le da una protección física, y el hombre se verá retribuido cuando la mujer percibe esa seguridad. Pero mis amigas interpretan otra cosa. Entienden que la debilidad es un síntoma de inferioridad, en cualquier situación. Y creen que los hombres siempre se aprovechan de esta circunstancia con la intención de dominarlas. De nada valen mis explicaciones. De nada sirve que intente definir el concepto de debilidad. Hay dos tipos de debilidades, la que inspira el sometimiento de la parte más frágil, y la que inspira su protección y su cuidado. Pero mis amigas solo atienden al primero. Debido a ese resentimiento feminista que he descrito más arriba, desean creer que yo estoy defendiendo la inferioridad de la mujer, y la dominación masculina. Esta exegesis es completamente falaz y muy injusta. Sería cierta si yo realizase una aclaración expresa que abogase a favor de ese sometimiento. Pero yo me desgañité para explicar que mi posición era exactamente la contraria, opuesta a todo tipo de dominación. No obstante, mis esfuerzos no sirvieron de nada. Mis amigas habían encontrado un espantajo ideal, al cual zarandear y culpar de todas las atrocidades cometidas por los hombres a lo largo de la historia. Y no estaban dispuestas a dejar pasar la ocasión. Podían sentirse a gusto viendo el resultado de su venganza: la impotencia que yo sentía al ser acusado de un delito que no había cometido. Parece como si todos los hombres las estuvieran violando. Esto es muy injusto. Seguramente hay médicos que tienen en su árbol genealógico un pariente lejano que ha sido un asesino y un convicto. ¿Deberíamos acusarles a ellos también de esos asesinatos, cuando seguramente habrán salvado muchas más vidas que nosotros? ¿Deben las mujeres acumular ese resentimiento hacia los hombres, como si todos fuéramos unos profanadores? Me parece que no.

Cuando afirmo que las libertades de la mujer se deben a algunos hombres, esto no quiere decir que defienda que las mujeres tienen que dar las gracias a todos los hombres, incluso a esos que ampararon el sometimiento al que ellas se vieron expuestas en el pasado. Mis amigas me dicen que no tienen que dar las gracias a nadie. ¿Quiere decir esto que ellas han conseguido solitas todos esos derechos, y que los hombres no han contribuido en nada? Esto me parece también una estupidez. Es una negación absoluta de la realidad y de la historia, tan flagrante que solo se explica si tenemos en cuenta que las mujeres que dicen eso están dominadas por un odio visceral hacia todos los hombres, que les nubla el entendimiento.

No hace mucho los hombres pensaban que las mujeres dependían totalmente de ellos, y que debían ser sumisas y comedidas, y obedecerles en todo. Afortunadamente, existen en el mundo muchos países que ya han abolido ese tipo de discriminación. Sin embargo, algunas mujeres siguen disconformes. Son ellas ahora las que piensan que son independientes, y que los hombres son un estorbo incómodo. Por eso, no les quieren agradecer nada, tampoco el hecho de haber conseguido las mismas libertades que ellos. Antes eran los hombres los que creían que las mujeres debían ser dependientes de ellos, y mostrar una actitud sumisa. Ahora son las mujeres las que creen esto de los hombres. La emancipación de la mujer les ha llevado a pensar que los hombres valen menos que ellas. Las mujeres son más inteligentes, más sinceras, más leales, y las únicas que han conseguido tener los derechos que ahora disfrutan. Esta creencia es tan arrogante y ruin como la que tenían muchos hombres antes. En cualquier caso, lleva a unos y otros a creer que son totalmente independientes. Esto destruye cualquier relación natural entre hombres y mujeres, y por supuesto cualquier sensualidad y atracción que pueda darse entre ellos. La arrogancia actual que muestran las feministas, algunas de las cuales incluso llegan a afirmar que en futuro no harán falta los hombres (y sueñan con el día que puedan reproducirse ellas solas, por partenogénesis), es parecida a esa otra arrogancia que mostraban los hombres no hace mucho, cuando convenían en creer que la mujer era una especie distinta, claramente inferior, y prescindible en la mayoría de los casos.

Mis amigas me acusan de ser un determinista genético, simplemente porque subrayo todas esas diferencias biológicas que hacen que tengamos que depender los unos de los otros. El fin último de la vida es la reproducción. Si estamos aquí es porque todas las generaciones que nos precedieron lograron reproducirse con éxito. Nuestros cuerpos están creados con este propósito. Primeramente, los individuos se reproducían simplemente dividiendo su cuerpo. Este es el caso de las bacterias o las esponjas. La reproducción, tal y como la conocemos nosotros, es decir, la reproducción que requiere la unión de dos individuos de distinto sexo, surgió hace millones de años con un objetivo muy claro. Gracias a la reproducción los individuos están obligados a mezclar sus genes. Cuando un hombre y una mujer unen sus gametos están mezclando sus genes. De esta forma crean nuevos genotipos, aumentan la variabilidad de la especie, y dan lugar a individuos muy distintos. Dicha variabilidad es una ventaja evolutiva enorme, que estimula la propia evolución. Surte los cambios genéticos necesarios para poner en marcha todo el proceso. Cualquier especie se adapta al entorno mucho mejor si tiene muchos individuos distintos, que pueden enfrentarse a distintas enfermedades y que sobreviven en distintos ambientes. Por eso es buena la mezcla de los genes, y por eso existe el sexo, y también el amor, y todos los sentimientos que van asociados a estos comportamientos. Por consiguiente, el determinismo genético tiene una importancia trascendental a la hora de definir los comportamientos y los caracteres de las personas. Esto es más cierto si tenemos en cuenta esos comportamientos que tienen que ver con la reproducción y con el sexo, tan importantes para la vida y la evolución. No obstante, mis amigas se empeñan en desacreditarme diciendo que estoy abrazando un determinismo genético inverosímil. Yo simplemente apunto algunos rasgos que diferencian e identifican a los hombres y las mujeres. Sin embargo, no puedo luchar contra esta ideología. El feminismo consiste en eso, es un orgullo que niega todas esas diferencias. La feminista observa el trato discriminatorio que han sufrido las mujeres en el pasado, y deduce inmediatamente que cualquier diferencia con los hombres debe suponer un abuso. Lo mismo han hecho los comunistas en el ámbito de la sociedad y la economía. El marxismo desencadenó una revolución que, si bien iba a suponer el fin de un régimen absolutista centrado en la figura del terrateniente o el monarca, instauraba otro totalitarismo igual o peor que el anterior: la tiranía del proletariado. Se contemplaron unas diferencias basadas en privilegios regios injustos, y se dedujo que cualquier diferencia social suponía una injusticia, también aquellas que eran fruto de la libertad, del esfuerzo de unos y la incapacidad o la vaguería de otros. Una sociedad sin clases quiere decir una sociedad donde no existen diferencias y donde la gente trabajadora y diligente no obtiene mejores resultados que la gente perezosa. Esto también es una injusticia.

La diferencia entre hombres y mujeres es una realidad que no se puede negar. Por tanto, la libertad tiene que acabar resaltando esas distinciones. Ahora bien, cualquier exageración por uno u otro lado acabará eliminando estas diferencias, y también la libertad. El machismo exagera todas las diferencias. Con ello elimina cualquier tipo de discrepancia. Todos deben comportarse según el dictado del más fuerte. El feminismo pretende corregir esta situación de discriminación, equiparando completamente a las mujeres con los hombres, y presuponiendo que esa igualación absoluta resarcirá los males que ha ocasionado el machismo. Sin embargo, acaba produciendo los mismos efectos, porque la igualación que pretenden las feministas también anula las diferencias entre hombres y mujeres. El feminismo es el equivalente femenino del machismo. En el ámbito de la sociedad, el machismo se parece a una tiranía monárquica, y el feminismo es como esas dictaduras marxistas que buscan generar una comunidad sin clases; igualitaria. Y ya sabemos a que conducen estas dos organizaciones.

Los seres humanos estamos profundamente determinados; desde el momento que nacemos las circunstancias sociales y la dotación genética imponen una serie de restricciones imposibles de eliminar. Mis amigas confunden este tipo de restricción, necesaria, natural, con la que podían sufrir sus antepasados, cuando los hombres sometían a las mujeres sin ninguna necesidad. Cuando yo defiendo el determinismo genético no estoy defendiendo el trato diferente que sufrían las mujeres con respecto a los hombres, y que las obligaba a obedecerles en todo lo que hacían. No defiendo la discriminación de las mujeres si digo que los hombres son más fuertes y ellas más débiles, porque estoy constatando una realidad natural, y porque solo me estoy refiriendo al poderío físico, en el contexto de una relación sana, donde dos personas deciden unir sus vidas de forma voluntaria. En este caso el hombre se aprovecha de la debilidad de la mujer, pero no lo hace para someterla, sino porque desea estar con ella y quiere ofrecerle alguna protección. Si mis amigas no entienden esta diferencia de matiz es porque están cegadas: les nubla la vista el odio que sienten. Entiendo que desprecien a los hombres que han abusado de ellas a lo largo de la historia, así como a todos aquellos que desgraciadamente todavía siguen haciéndolo. Pero esto no justifica que aborrezcan a todos los hombres, ni que salten al cuello de uno cada vez que surge el tema de la diferencia de sexos. Es evidente que no somos iguales. En nuestras relaciones debemos ofrecer cosas distintas. Jugamos dos roles diferentes. La naturaleza ha querido que nos especializáramos, al objeto de que quedasen cubiertas todas las necesidades que tienen las crías. Si las mujeres pretenden que esto no sea así, están destruyendo cualquier relación con los hombres. Eliminan el deseo y la sensualidad. Niegan la atracción carnal. Impiden ese juego sempiterno que busca en el otro lo que uno no tiene, complementando determinadas funciones. Si las mujeres quieren equipararse a los hombres, no solo a la hora de reivindicar ciertos derechos, sino también cuando comparan sus cuerpos y niegan su debilidad constitutiva, están llevando al extremo su postura, y están eliminando una de las razones de la existencia, la que nos hace distintos a todos, evidenciando alguna identidad. Igualmente hacían los comunistas cuando deseaban que todas las clases sociales fueran iguales. Se cargaban la diferencia, y con ella la búsqueda del otro, el nexo de cualquier sociedad, que solo puede estar basado en algún tipo de dependencia. En una comunidad de personas cada individuo se especializa en una tarea distinta, la gente tiene distintas profesiones, compra y vende los productos del trabajo ajeno, y todos dependen de todos. Estos actos constituyen la base del desarrollo de las sociedades modernas. La especialización aumenta el rendimiento de forma considerable. Pero también implica que las personas no puedan vivir únicamente de lo que producen ellas, como en esas economías de subsistencia primitivas. No obstante, son esas dependencias que se crean las que acaban cimentando y reforzando los lazos entre las personas, y amalgamando a la sociedad entera. Pues bien, esas dependencias se deben exclusivamente a la diferencia, a los distintos quehaceres y habilidades, que solo pueden surgir en una sociedad dispar, donde cada individuo produce distintas cosas y debe comprar los productos que fabrican los demás. De este modo, todos aquellos credos que van en contra de las diferencias que resultan de estas circunstancias, todos los que dan preeminencia a la igualdad y al comunismo, y todos los idearios que se derivan o se asimilan a estos (entiéndase socialismo, humanismo, panteísmo…), están abocados al fracaso, acaban destruyendo los lazos que en principio se proponían remendar. De la misma forma, la relación entre un hombre y una mujer debe basarse en la diferencia. La añoranza de la persona amada, que solo encuentra sentido cuando nos falta algo y cuando deseamos encarecidamente que otros vengan y nos lo den, fortalece esos lazos que nos unen a los demás y que constituyen el asidero de cualquier relación humana. Y solo se puede tener añoranza de aquellas cosas que no tenemos, de aquello que es distinto a nosotros. La verdadera comunión, el verdadero comunismo, ya sea en una gran sociedad o en una simple pareja, nace siempre de la diferencia y se consagra con ella. El comunismo que se basa en la igualdad, el que normalmente entiende toda la gente, es una mentira que solo encuentra asidero en las creencias de las personas ingenuas, porque es una idea que ha sido repetida hasta la saciedad. No obstante, algunas mujeres rencorosas no olvidan los ultrajes y los agravios a los que han sido sometidas en el pasado, y creen que cualquier distinción con los hombres les acerca a aquella situación. Y como quiera que los hombres siempre son distintos, ven en ellos una constante amenaza. Se comportan igual que esos perrillos que han sido maltratados por sus amos y que ya no congenian con ningún cuidador, y muerden a cualquiera que se acerque a ofrecerles algún alimento. Estos animales corren el riesgo de morir de hambre, o de ser sacrificados para que no sigan sufriendo. Algunas mujeres tampoco distinguen a los hombres buenos de los malos, no aprecian sus cualidades masculinas, ni tampoco las virtudes femeninas que ellas tienen y que suponen una ambrosia para los hombres. No creen en ninguna diferencia y consideran que cualquier distingo supone siempre un agravio. Están resentidas y escaldadas. En el pasado esas diferencias conllevaban grandes vejaciones. Y ahora estas mujeres deducen erróneamente que las diferencias son siempre así, impropias, infames. Pero igual que hay hombres buenos y hombres malos también hay diferencias buenas y diferencias malas. Si no se hace este tipo de consideraciones, si solo se realiza una valoración somera, fruto de una inquina rencorosa, se corre el riesgo de incurrir en una injusticia, y meter a todos los hombres en el mismo saco. Este es un error que tiene un largo recorrido, muy común en el pensamiento actual de las personas. Con razón se dice que siempre acaban pagando justos por pecadores.

Me gustaría que el comportamiento que mostraron mis amigas hace unos días hubiera sido fruto de un arrebato momentáneo, un acceso de furia pasajero, debido más a la intensidad y la vehemencia del debate, que a una verdadera convicción. Así, deseo que esta carta contribuya a aclarar las cosas, que tal vez quedaron un poco enturbiadas por el alcohol y por el sueño, aquella madrugada aciaga. Sin embargo, también soy consciente de que muchas mujeres creen realmente lo que dicen, y rubrican todos los eslóganes y las directivas que exponen los movimientos feministas, aunque sus reclamaciones suenen ya un poco anacrónicas, y se realicen a toro pasado.

Postdata: la principal crítica que ha recibido este artículo ha venido de la mano de algunas mujeres, como no podía ser de otra manera. Sugieren éstas que yo trato al género femenino con una falta de respeto absoluta. Me dicen que considero a la mujer como un objeto y que no apelo en ningún momento a su inteligencia. No tengo ningún problema en afirmar que la cuarta cualidad que más me fascina en una mujer es su inteligencia. Sin embargo, el artículo no trata la inteligencia y no considero oportuno apelar a esta obviedad. Si me gustasen las mujeres estúpidas no estaría criticando a las feministas. Pero no quiero dejar pasar esta ocasión para incidir de nuevo en el tema que he intentado exponer todo el tiempo: el problema de la tergiversación. Si yo digo que la mujer debe ser débil no estoy diciendo que tiene que estar sometida. Si digo que me gusta que sean espontaneas y naturales no estoy diciendo que me gusten tontitas. Si digo que la naturaleza nos ha hecho diferentes no estoy diciendo que los hombres seamos mejores. Pues bien, cuando digo que las mujeres deben ser todo eso, espontáneas, débiles, naturales, tampoco estoy diciendo que no deban ser inteligentes. Lo único que pasa es que este artículo no trata la inteligencia. Solo pretende subrayar aquellas reacciones instintivas y aquellas impresiones involuntarias e instantáneas que suscitan en los hombres esos primeros encuentros con las mujeres. En este contexto, hablo exclusivamente de la atracción que me producen las mujeres, la primera vez que las veo, o cuando pienso en ellas de forma desenfadada. La inteligencia no tiene nada que ver con esa atracción inicial. La inteligencia tiene que ver con la admiración, que se resuelve de otra manera, a través de una contemplación más pausada.

 

Publicado en Artículos de ciencias sociales, Artículos de sociología, MIS ARTÍCULOS, Sociología | 1 comentario

La divulgación de Richard Dawkins

«Richard Dawkins no es un teólogo, es sobre todo un etólogo y un teórico de la evolución.»

dawkinsLa ignorancia es la madre de todos los atrevimientos. Estas fotos que se han puesto de moda, en las que se añade sobrepuesta una frase con alguna referencia a la imagen que aparece debajo, se han venido a llamar memes. Este uso terminológico no es nuevo. La palabra la inventó Richard Dawkins hace ya más de 35 años, para referirse a las ideas que, como los genes, se multiplican y se extienden por la sociedad. Hace veinte años leí el libro en el que presentaba este concepto, y me maravilló al instante. El uso que ahora se hace de esta palabra me produce un sentimiento agridulce. Por un lado me gusta que se haga frecuente, ya que tiene para mí una gran significación. Pero su aplicación actual me parece una banalización innecesaria. No obstante, lo realmente curioso del asunto es que algunos están usando estas imágenes-meme para poner la estampa de Dawkins y para asegurar que sólo escribe libros sobre religión. Esto demuestra una ignorancia supina, un desconocimiento de la obra fundamental de este autor. Y además supone también una paradoja, pues la palabra que se ha elegido para nombrar estas fotos es un término que inventó el propio acusado: Richard Dawkins.

 

Publicado en MIS NOTAS, Notas de sociología | Deja un comentario

El Estado: POR FREDERIC BASTIAT

Publicado originalmente en el Journal des Débats el 25 de septiembre de 1848.

Yo quisiera que se concediera un premio, no de quinientos francos, sino de un millón, con coronas, cruz y condecoración, a quien diera una definición buena, simple e inteligible del Estado.

¡Qué gran servicio prestaría a la sociedad! ¡El Estado! ¿Qué es? ¿Dónde está? ¡Qué hace? ¿Qué debería hacer?

Todo lo que sabemos es que se trata de un personaje misterioso, y seguramente el más solicitado, el más atormentado, el más atareado, el más aconsejado, el más acusado, el más invocado y el más provocado que hay en el mundo.

Porque, señor, no he tenido el honor de conocerle, pero apuesto diez contra uno a que usted lleva seis meses fraguando utopías, y si usted fragua utopías, apuesto diez contra uno a que encargará al Estado que se lleven a efecto.

En cuanto a usted, señora, estoy seguro de que desea de todo corazón acabar con todos los males de la triste humanidad, y que no le importaría en lo más mínimo que el Estado se ocupara de ello.

Pero, ¡ay!, el infeliz, como Fígaro, no sabe a quién escuchar ni a quién dirigirse. Las cien mil bocas de la prensa y de la tribuna claman al unísono:

«Organiza el mundo del trabajo».
«Erradica el egoísmo».
«Combate la insolencia y la tiranía del capital».
«Haz estudios sobre el estiércol y sobre los huevos».
«Tiende líneas férreas por todo el país».
«Irriga los llanos».
«Tapiza con árboles las montañas».
«Crea granjas modélicas».
«Pone en marcha armoniosos talleres».
«Coloniza Argelia».
«Amamanta a los niños».
«Instruye a la juventud».
«Protege a los ancianos».
«Manda al campo a los habitantes de los pueblos».
«Pondera los beneficios de todas las industrias».
«Presta dinero sin interés a quienes lo deseen».
«Libera Italia, Polonia y Hungría».
«Perfecciona el caballo de montar».
«Estimula el arte, forma músicos y bailarines».
«Prohíbe el comercio y, a la vez, crea una marina mercante».
«Descubre la verdad y mete en nuestras cabezas una pizca de razón. El Estado tiene por misión esclarecer, desarrollar, agrandar, fortalecer, espiritualizar y santificar el alma de los pueblos».

«¡Eh, señores, un poco de paciencia!», responde el Estado, con aire lastimero. «Trataré de satisfacerlos, pero para eso me hacen falta recursos. Tengo pensado implantar cinco o seis impuestos totalmente novedosos, y los más benignos del mundo. Verán con qué gusto los pagan».

Pero entonces se produce un griterío:

¡Ah, no! ¡Ah, no! ¿Qué mérito tiene hacer algo si se dispone de recursos para ello? Para eso no hace falta el Estado. Lejos de querer pagar más impuestos, le conminamos a retirar los existentes. Así pues, suprimir el impuesto sobre la sal, el impuesto sobre las bebidas, el impuesto sobre las cartas; los fielatos, las patentes, las prestaciones.

En medio de este tumulto, y después de que el país haya cambiado dos o tres veces de Estado por no haber satisfecho todas las demandas, he querido advertir de que éstas eran contradictorias entre sí. ¡Qué atrevimiento el mío! ¿No podría haberme guardado para mí esta infortunada observación?

Heme aquí por siempre desacreditado ante todos. Se me acusa de ser un hombre sin corazón y sin entrañas, un filósofo rancio, un individualista, un burgués y, para decirlo todo en una palabra, un economista de la escuela inglesa o americana.

¡Oh! Perdónenme, escritores sublimes, a los que nada detiene, ni las propias contradicciones. Estoy equivocado, sin duda, y me retracto de todo corazón. No pido nada mejor, estén seguros, de lo que ustedes ya han descubierto: un ser bienhechor e infatigable, llamado Estado, que tiene pan para todas las bocas, trabajo para todos los brazos, capital para todas las empresas, crédito para todos los proyectos, aceite para todas las llagas, alivio para todos los sufrimientos, consejo para todos los perplejos, soluciones para todas las dudas, verdades para todas las inteligencias, distracciones para todos los aburrimientos, leche para los bebés, vino para los ancianos; un ser que provee a todas nuestras necesidades, previene todos nuestros deseos, satisface todas nuestras curiosidades, endereza todos nuestros entuertos, repara todas nuestras faltas y nos dispensa de juicio, orden, previsión, prudencia, juicio, sagacidad, experiencia, orden, economía, templaza y actividad.

¿Y por qué no habría de desearlo? Dios me perdone. Cuanto más lo pienso, más interesante me parece y mayor es mi impaciencia por tener a mi alcance esa fuente inagotable de riquezas y de luces, esa medicina universal, ese tesoro sin fondo, ese consejero infalible que ustedes llaman Estado.

También pido que me lo muestren, que me lo definan, y por eso propongo que se conceda un premio al primero que descubra ese fénix. Porque, en fin, se me concederá que todavía no se ha realizado semejante descubrimiento; hasta ahora, todo lo que se presenta bajo el nombre de Estado es de inmediato rechazado por el pueblo, precisamente porque no cumple las condiciones algo contradictorias del programa.

¿Hay que decirlo? Me temo que somos víctimas de la más extraña ilusión que se haya apoderado jamás del ser humano.

Al hombre le repugna el dolor, el sufrimiento. Y sin embargo está condenado por la naturaleza al sufrimiento de la privación si no acepta la pena del trabajo. No tiene, pues, otra alternativa que elegir entre ambos males.

¿Puede, con todo, evitarlos? Lo cierto es que no ha encontrado ni encontrará jamás otro medio que no sea sacar provecho del trabajo ajeno; hacer que la pena y la satisfacción no recaigan sobre cada uno según la proporción natural, sino que toda la pena sea para unos y todas las satisfacciones para otros. De ahí la esclavitud, el expolio en cualquiera de sus formas: guerras, imposturas, violencias, restricciones, fraudes, etc.; abusos monstruosos pero coherentes con el pensamiento que les ha dado origen. Se debe odiar y combatir a los opresores, pero no se les puede acusar de caer en el absurdo.

La esclavitud está en las últimas, gracias a Dios. Por otro lado, nuestra disposición a defender lo nuestro hace que el expolio liso y llano no sea tarea fácil. Pero persiste la maldita inclinación primitiva a poner a un lado el sufrimiento ajeno y al otro la gratificación propia. Queda por ver bajo qué nueva forma se manifiesta esta triste tendencia.

El opresor ya no actúa directamente con sus propias fuerzas sobre el oprimido. No, nuestra conciencia es demasiado escrupulosa para eso. Todavía hay tiranos y víctimas, pero entre ellos se interpone un intermediario, el Estado, es decir, la mismísima ley. ¿Qué mejor para acallar nuestros escrúpulos y, aún mejor, vencer las resistencias? Así las cosas, todos, por tal o cual razón o pretexto, nos dirigimos al Estado y le decimos:

No veo que haya proporción entre mi trabajo y mis expectativas. Para establecer el deseado equilibrio, quisiera hacerme con una parte del bien ajeno. Pero se trata de una empresa peligrosa. ¿No podrías facilitármela? ¿No podrías conseguirme un buen puesto? ¿O poner trabas a mis competidores? ¿O prestarme capital que previamente hayas tomado a otros? ¿O asegurarme el bienestar cuando tenga cincuenta años? De este modo conseguiré mi objetivo y tendré la conciencia tranquila, porque la ley habrá actuado por mí, y disfrutaré de todas las ventajas del expolio sin asumir sus riesgos ni soportar los odios que despierta.

Dado que todos nos dirigimos al Estado con alguna demanda de este tipo y que, por otra parte, está comprobado que el Estado no puede procurar satisfacción a unos si no es a costa de otros, a la espera de una definición mejor me veo autorizado a proponer la mía. ¿Quién sabe si me llevaré el premio? Hela aquí:

El Estado es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a expensas de todo el mundo.

Porque, hoy como ayer, quien más, quien menos trata de aprovecharse del trabajo ajeno. Este deseo no se exhibe, incluso nos lo ocultamos a nosotros mismos. ¿Qué se hace, pues? Imaginamos un intermediario, nos dirigimos al Estado y las planteamos nuestras peticiones. «Tú que puedes tomar leal, honestamente, toma de la gente y compartamos». El Estado estará encantado de seguir tan diabólico consejo; pues está compuesto de ministros, funcionarios, hombres al fin y al cabo que, como tales, ardientemente aprovechan toda ocasión de ganar riquezas e influencia. El Estado capta enseguida el juego que puede darle el papel que la gente quiere confiarle. Será el árbitro, el dueño de todos los destinos: tomará mucho, se quedará con mucho; multiplicará sus agentes; ampliará el ámbito de sus atribuciones; terminará por adquirir unas dimensiones aplastantes.

Lo más notable es la asombrosa ceguera de la gente en todo este asunto. Cuando los soldados victoriosos someten a sus enemigos a la esclavitud se comportan como bárbaros, ciertamente, pero no incurren en el absurdo. Su objetivo, como el nuestro, es vivir a expensas del prójimo. Pero, diferencia de nosotros, lo consiguen. ¿Qué debemos pensar de un pueblo donde no parece sospecharse que el pillaje no es menos pillaje por el mero hecho de que sea recíproco; que no es menos criminal por el mero hecho de que se ejecute ordenada y legalmente; que no se ajusta para nada al bienestar público, sino que más bien lo reduce en función de lo que cueste mantener a ese intermediario manirroto al que denominamos Estado?

A esta gran quimera la hemos colocado, para edificación del pueblo, en el frontispicio de la Constitución. He aquí las primeras palabras del preámbulo:

Francia se constituye en República para llamar a todos los ciudadanos a un grado cada vez más elevado de moralidad, luz y bienestar.

Es, sí, Francia o la abstracción quien llama a los franceses o a las realidades a la moral, al bienestar, etc. ¿No es esto abundar en esa curiosa ilusión que nos lleva a todos a esperar el concurso de energías distintas a las nuestras? ¿No se da a entender que, al lado y al margen de los franceses, existe un ser virtuoso, esclarecido, próspero, que puede y debe verter sobre ellos sus magnificencias? ¿Hay que suponer, y por cierto muy gratuitamente, que entre Francia y los franceses, es decir entre la simple denominación abreviada, abstracta, de todos los individuos y los propios individuos, hay una relación padre-hijo, tutor-pupilo, maestro-alumno? Sé bien que a veces se dice, metafóricamente: la patria es una madre tierna. Pero para atrapar en flagrante delito de inanidad a la proposición constitucional basta mostrar que se le puede dar la vuelta diría que no sólo sin inconveniente, sino incluso con ventaja. ¿La exactitud sufriría si el preámbulo dijera: «Los franceses se han constituido en República para llamar a Francia a un grado cada vez más elevado de moralidad, luz y bienestar»?

¿Qué valor tiene un axioma en el que el sujeto y el predicado pueden cambiarse impunemente las posiciones? Todo el mundo entiende la frase «La madre amamantará al niño», pero sería ridículo decir «El niño amamantará a la madre».

Los estadounidenses tenían otra idea de las relaciones de los ciudadanos con el Estado cuando pusieron al principio de su Constitución estas sencillas palabras:

Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer a la defensa común, acrecentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad a nosotros mismos y a nuestra posteridad, decretamos (…)

Aquí no hay creación quimérica alguna, ninguna abstracción a la que los ciudadanos pidan todo. No esperan nada sino de sí mismos y de sus propias energías.

Si critico las primeras palabras de nuestra Constitución, no lo hago, como podría parecer, por una mera cuestión de sutileza metafísica. Sostengo que tal personificación del Estado ha sido en el pasado y será en el futuro una fuente fecunda de calamidades y revoluciones.

La gente, por un lado. Por el otro, el Estado. Éste, obligado a derramar sobre aquélla, con todo su derecho a reclamarlo, el torrente de la felicidad humana. ¿Qué pasará?

El Estado no es manco ni puede serlo. Tiene dos manos, una para recibir y otra para dar, o la mano áspera y la mano amable. La actividad de la segunda está necesariamente subordinada a la actividad de la primera. En rigor, el Estado puede tomar y no dar, dada la naturaleza porosa y absorbente de sus manos, que retienen siempre algo y a veces todo lo que tocan. Lo que nunca se ha visto ni se verá jamás, de hecho ni siquiera puede concebirse, es al Estado dando más de lo que recibe. No tiene, pues, sentido que adoptemos ante él la humilde actitud del mendigo. Es radicalmente imposible conferir una ventaja particular a ciertos miembros de una comunidad sin infligir un daño superior a la comunidad en su conjunto.

Nuestras exigencias colocan, pues, al Estado en un círculo vicioso.

Si rehúsa hacer el bien que de él se exige, es acusado de impotencia, mala voluntad, incapacidad. Si lo intenta, se verá en la necesidad de castigar al pueblo con más impuestos, a hacer más mal que bien y a atraerse la desafección general.

Tenemos, pues, dos esperanzas en la gente y dos promesas en el Gobierno: muchos beneficios y ningún impuesto. Esperanzas y promesas que, al ser contradictorias, jamás se llevan a efecto.

¿Acaso no es ésta la causa de todas nuestras revoluciones? Porque entre el Estado, que prodiga promesas imposibles, y la gente, que concibe esperanzas irrealizables, vienen a interponerse dos clases de hombres: los ambiciosos y los utópicos. Su papel está totalmente trazado por la situación. A estos cortejadores del favor popular les basta gritar a la gente: «El poder te engaña; si mandáramos nosotros, te colmaríamos de beneficios y te liberaríamos de los impuestos».

Y el pueblo cree, y el pueblo espera, y el pueblo hace una revolución.

Tan pronto como aquéllos se hacen con la situación, son urgidos a cumplir sus promesas. «Dadme trabajo, pan, seguros, crédito, instrucción, colonias –dice el pueblo–, y, tal como prometisteis, libradme de las garras del fisco».

Los apuros del nuevo Estado no son menores que los del antiguo, pues, ciertamente, lo imposible se puede prometer, pero no cumplir. Busca entonces ganar tiempo para madurar sus grandes planes. Primero hace algunos tímidos ensayos; por un lado, extiende un poco la instrucción primaria; por el otro, retoca ligeramente el impuesto sobre las bebidas (1830). Pero siempre choca con la contradicción: si quiere ser filántropo, no tiene más remedio que reforzar la fiscalidad; si renuncia al fisco, igualmente ha de renunciar a la filantropía.

Estas dos promesas se anulan siempre y necesariamente la una a la otra. Usar del crédito, es decir, devorar el porvenir, es de hecho un medio de conciliarlos: se trata de hacer un poco de bien hoy a costa de provocar mucho mal en el futuro; pero este proceder evoca el espectro de la bancarrota en quien toma el crédito. ¿Qué hacer? Entonces el Estado se arma de coraje, concentra fuerzas para mantenerse, sofoca a la opinión, recurre a la arbitrariedad, ridiculiza sus antiguas máximas, declara que sólo se puede administrar incurriendo en la impopularidad. En resumidas cuentas, se proclama gubernamental.

Y ahí es donde le esperan otros cortejadores del favor popular. Que explotan las mismas ilusiones, transitan el mismo camino, cosechan el mismo éxito y no tardan en ser engullidos por el mismo abismo.

Así llegamos a febrero. La ilusión objeto de este artículo había penetrado más que nunca en la mentalidad del pueblo con las doctrinas socialistas. Más que nunca, se esperaba que el Estado, bajo la forma republicana, abriera por completo el grifo de la fuente de los beneficios y cerrara el de la fuente de los impuestos. «Me he equivocado muchas veces», dice el pueblo, «pero tendré buen cuidado de que no vuelvana engañarme».

¿Qué podía hacer el Gobierno provisional? Lo que se hace siempre en tales circunstancias: prometer y ganar tiempo. Lo hizo, y para dar mayor solemnidad a sus promesas las concretó en decretos. Aumento del bienestar, disminución del trabajo; seguridad, crédito; instrucción gratuita; colonias agrícolas, roturaciones; y al mismo tiempo reducción de los impuestos sobre la sal, las bebidas, las cartas, la carne… Todo será concedido. En cuanto venga la Asamblea Nacional.

La Asamblea Nacional vino, y como no se pueden hacer cosas contradictorias, su tarea, su triste tarea, se limitó a retirar, lo más suavemente posible, uno tras otro, todos los decretos del Gobierno provisional.

Pero, para que la decepción no fuera tan cruel, hubo de transigir un poco. Se mantuvieron ciertos compromisos, y otros empezaron a ejecutarse tímida y limitadamente. Por eso que la administración actual se esfuerza en imaginar nuevos impuestos.

Ahora me traslado con el pensamiento a dentro de unos meses, y me pregunto, con tristeza en el alma, qué pasará cuando los nuevos funcionarios vayan por nuestros campos a recolectar los nuevos impuestos sobre sucesiones, sobre las rentas, sobre los beneficios de la explotación agrícola. Que el Cielo desmienta mis presentimientos, pero veo ahí un papel para los cortejadores del favor popular.

Lean el último manifiesto de los Montañeses, el que se ha emitido a propósito de la elección presidencial. Es un poco largo, pero, después de todo, se resume en esto: El Estado debe dar mucho a los ciudadanos y tomar poco de ellos. Es siempre la misma táctica o, si se quiere, el mismo error.

El Estado debe procurar gratuitamente instrucción y educación a todos los ciudadanos.

Debe procurar una enseñanza general y profesional adecuada, hasta donde sea posible, a las necesidades, tendencias y capacidades de cada ciudadano.

Debe enseñar a los ciudadanos sus deberes para con Dios, para con los hombres y para con ellos mismos; desarrollar sus sentimientos, aptitudes y facultades; brindarles, en fin, la ciencia de su trabajo, el entendimiento de sus intereses y el conocimiento de sus derechos

Debe poner al alcance de todos las letras y las artes, el patrimonio intelectual, los tesoros del espíritu, y todos los disfrutes intelectuales que elevan y fortalecen el alma.

Debe cubrir todo siniestro, incendio, inundación, etc. (y este etcétera es muy largo), que sufra el ciudadano.

Debe intervenir en las relaciones entre el capital y el trabajo y regular el crédito.

Debe fomentar la agricultura y protegerla eficazmente.

Debe hacerse con los ferrocarriles, los canales, las minas, y administrarlos con esa sapiencia industrial que le caracteriza.

Debe fomentar iniciativas generosas, estimularlas y ayudarlas con los recursos capaces de hacerlas triunfar. Como regulador del crédito, ha de dar apoyo a las asociaciones industriales y agrícolas, a fin de asegurar su éxito.

El Estado deberá hacer todo eso sin perjuicio de los servicios que ya está prestando; y, por ejemplo, deberá mantener siempre respecto de los extranjeros una actitud amenazante, pues, dicen los signatarios del programa,

ligado por esta solidaridad santa y por las precedentes de la Francia republicana, llevamos nuestros votos y nuestras esperanzas más allá de las barreras que el despotismo eleva entre las naciones: el derecho que queremos para nosotros, lo queremos para todos aquellos a los que oprime el yugo de las tiranías; queremos que nuestro glorioso ejército sea, si es preciso, el ejército de la libertad.

La mano amable del Estado, esta buena mano que da y reparte, estará muy ocupada bajo el Gobierno de Montagnard. ¿Creen ustedes que también lo estará la mano áspera, esa mano que se mete en nuestros bolsillos y los saquea?

Desengáñense. Los cortejadores del favor popular no sabrían su oficio si no se apañaran para, cuando muestan la mano amable, ocultar la áspera.

Su reinado será seguramente el jubileo del contribuyente. El impuesto, dicen, debe pesar sobre lo superfluo, no sobre lo necesario. ¿Y no hemos de alegrarnos de que, para colmarnos de beneficios, el fisco se contente con mermar nuestros bienes superfluos?

Esto no es todo. Los Montañeses aspiran a que el impuesto «pierda su carácter opresivo» y no sea más que «un acto de fraternidad».

¡Bondad divina! Sabía que está de moda colar la fraternidad en todas partes, pero no sospechaba que tambiñen pudiera caber en el boletín del recaudador.

Llegando a los detalles, los signatarios del programa dicen:

Queremos la abolición inmediata de los impuestos que pesan sobre los objetos de primera necesidad, como la sal, las bebidas, etcétera. La reforma del impuesto sobre los bienes raíces, de las concesiones, de las patentes. La justicia gratuita, es decir la simplificación de formas y la reducción de gastos. [Esto sin duda se refiere al timbre].

Estos señores han encontrado la fórmula secreta de dar una actividad frenética a la mano amable del Estado y paralizar la ruda.

Y yo pregunto al lector imparcial: ¿acaso no es esto una puerilidad, una puerilidad peligrosa por lo demás? ¿Acaso no hará el pueblo revolución tras revolución hasta hacer posible la contradicción de no dar nada al Estado y recibir mucho de él?

Creen que si los Montañeses llegaran al poder no serían víctimas de los intrumentos que emplean para alcanzarlo?

Ciudadanos, siempre ha habido dos sistemas políticos, y ambos pueden apoyarse en buenas razones. Según uno, el Estado debe hacer mucho, pero también debe tomar mucho. Según el otro, el Estado debe hacerse sentir poco en ámbos ámbitos. Es preciso optar por uno de los dos. Un tercer sistema que participe de ellos y que consista en exigir al Estado sin darle nada es algo quimérico, absurdo, pueril, contradictorio, peligroso. Quienes abogan por él para darse el placer de acusar a todos los gobernantes de impotencia y exponerles así a sus ataques son unos aduladores que tratan de engañar a la gente, o cuando menos se engañan a sí mismos.

En cuanto a nosotros, pensamos que el Estado no es o no debería ser otra cosa que la fuerza común instituida no para ser entre un instrumento de opresión y expoliación recíproca, sino, por el contrario, para garantizar a cada uno lo suyo y que imperen la justicia y la seguridad.

Frédéric Bastiat

(1801-1850)

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

España es socialista: POR MANUEL LLAMAS

Suele decirse que la clase política es reflejo de la sociedad que existe en un determinado país. Partiendo de esta hipótesis, y puesto que PP y PSOE son partidos de izquierda, en menor o mayor grado, la mayoría de españoles, en teoría, debería declararse abiertamente socialista. Esto es, precisamente, lo que viene a corroborar con datos concretos el estudio Values and Worldviews elaborado por la Fundación BBVA.

La población española es una de las más anticapitalistas e intervencionistas de Europa, y la crisis tan sólo ha acentuado este marcado perfil estatista. La inmensa mayoría de españoles apoya firmemente el Estado del Bienestar e incuso aboga por acrecentar su tamaño, aunque ello suponga subir aún más los impuestos. El 81% de los encuestados prefiere contar con un amplio sistema de Seguridad Social, el 78% quiere que el Estado eleve el gasto público en Sanidad, el 65% en Educación pública, el 73% las partidas destinadas a los ancianos y el 69% el dinero destinado a los parados. No en vano, entre el 77% y el 86% de la población cree que el sector público tiene «mucha» responsabilidad en asegurar la cobertura sanitaria y las pensiones, pero es que, además, entre el 64% y el 77% opina que el Gobierno también debe garantizar precios bajos y una vivienda «digna», entre otras materias. De hecho, la mayoría considera que el Estado tiene «mucha» o «bastante» responsabilidad en asegurar un nivel de vida «digna» a los desempleados, así como controlar los beneficios de las empresas y los salarios.

Ante tales conclusiones, no es de extrañar que los españoles aboguen claramente por mantener o aumentar el gasto público (planes de estímulo) para salir de la crisis (59%), en lugar de aplicar drásticas políticas de austeridad, con tan sólo un apoyo del 2,1%. Normal que con estos mimbres el perfil del español medio sea el de una persona gritona, protestona y llorona en las calles, pero muy poco implicada en el asociacionismo civil. Además, y puesto que demanda un papel muy activo por parte del Gobierno, con el creciente coste que ello supone, los españoles ven con buenos ojos que se suban los impuestos, siempre y cuando, eso sí, sean otros los que paguen (los ricos). Por último, llama la atención las fuertes críticas que genera la clase política entre la población sin que ello, curiosamente, sea óbice para que la inmensa mayoría defienda otorgar al Gobierno un mayor poder y capacidad de influencia, lo cual no deja de ser contradictorio e hipócrita.

Dicha encuesta evidencia, por tanto, la profunda incultura económica -además de financiera- que sigue existiendo en España, tras largas décadas de paternalismo y proteccionismo estatal bajo distintos regímenes. A modo de ejemplo, basta con decir que el 42,3% de los españoles identifica la «libertad individual» con «ser de izquierdas», según el CIS. El 40,6% de los encuestados se declara socialista, en sus distintas acepciones y matices, y tan sólo el 25,8% liberal conservador, si bien izquierda y derecha coinciden, con escasas diferencias, en la necesidad de fortalecer el Estado del Bienestar e incrementar el intervencionismo público. Este pernicioso sustrato ideológico que impregna la sociedad española es, sin duda, unos de los grandes problemas que sufre el país, más allá de los desequilibrios derivados de la burbuja inmobiliaria. Una sociedad sin sólidos valores y fuertes convicciones sobre el sentido de la libertad, la responsabilidad individual y la propiedad privada es síntoma de un país enfermo.

 

Opinión de los lectores

JUAN ANTONIO

Muy acertado como siempre, señor Llamas. Soy muy pesimista en cuanto al futuro, a medio y largo plazo, de este país, todavía llamado España. Yo vengo de la extrema izquierda, y gracias a que tengo la extraña capacidad de pensar y leer mucho, llegué a la conclusión hace ya muchos años, de que ser marxista-leninista, o incluso social-demócrata, era algo absolutamente estúpido, e irracional. Sobre todo viendo la plasmación práctica de dichas filosofías en la gente. Volviendo al tema que nos ocupa, son muchísimos años de educación filo-socialista en este país, generaciones enteras han sido educadas en la adoración al becerro de oro, siempre y cuando los gastos los paguen otros, claro. Hay una profunda idiotez en millones de personas que ven cada día en sus propias carnes como el Estado les exprime y controla, y encima les gusta. Este país se ha convertido en un gran plató de Salvame Deluxe, criticando al vecino por lo que tiene, hace y dice. Nunca asumiendo responsabilidad individual alguna. Hemos elegido ser Venezuela, pudiendo ser Finlandia, Suiza, Corea de Sur, o cualquier otro país serio del planeta. Yo prefiero el liberalismo al socialismo, en cualquiera de sus variantes, pero los millones de idiotas prefieren ser esclavos antes que libres. Pobres de espíritu y de mente.
Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Sandeces: Dentro de la madriguera

Este documental utiliza los descubrimientos de la física cuántica para construir una religión nueva, que intenta implementar las cualidades del microcosmos en el ámbito del hombre, para que éste también tenga esas cualidades, la ubicuidad, el entrelazamiento, etc… Esto es una solemne estupidez. Vean el documental. http://www.youtube.com/watch?v=VzZ2vloEbsw

Publicado en OTROS, SANDECES | Deja un comentario

entrevista a DANIEL DENNETT

Religión y Evolución. Entrevista
Daniel Dennett · · · · ·
 
26/02/06
 
 

Daniel Dennett es sin disputa uno de los grandes filósofos vivos. Ha hecho contribuciones decisivas a la filosofía de la mente y a la filosofía de la biología, e interesantes e internacionalmente apreciadas incursiones en la metafísica y aun en la teoría moral. El pasado noviembre publicó un demoledor artículo en el New York Times contra la derecha religiosa norteamericana y su campaña política –apoyada por Bush— en favor de la enseñanza del la llamada teoría del Diseño Inteligente, que trata de colar por la puerta trasera el creacionismo. SinPermiso reproduce a continuación una interesante entrevista que Dennett concedió al semanario alemán Der Spiegel el pasado 26 de diciembre. Le enrevistaron los periodistas científicos alemanes  Jörg Blech y Johann Grolle sobre la atracción del creacionismo, las consecuencias metafísicas de la “idea peligrosa”  de Darwin, la aplicación a la propia religión del enfoque explicativo evolucionario y la irresponsabilidad social de la derecha religiosa estadounidense. SP.

SPIEGEL: Profesor Dennett, más de 120 millones de estadounidenses creen que Dios creó a Adán del barro hace unos 10.000 años e hizo a Eva de su costilla. ¿Conoce personalmente a alguno de estos 120 millones?

Dennett: Sí. Pero la gente que cree en el creacionismo no está dispuesta a hablar de ello. Aunque aquellos que son partidarios del Diseño Inteligente, hablarían sin parar. Y lo que he aprendido acerca de ellos es que están llenos de información errónea. Pero han encontrado esta información errónea en fuentes verosímiles. No es solamente su pastor el que les habla de esto. Compran libros que son publicados por los más importantes editores. O bien visitan páginas web y ven propaganda muy inteligente puesta por el Discovery Institute  de Seattle, que es financiado por la derecha religiosa.

Una idea peligrosa, de grandes consecuencias filosóficas

SPIEGEL: La teoría de la evolución está en el centro del debate. ¿Por qué la evolución provoca mucha más oposición que ninguna otra teoría científica, como el Big Bang o la mecánica cuántica?

Dennett: Creo que ello es debido a que la evolución va directo al corazón del más perturbador descubrimiento científico de los últimos siglos, que refuta una de las más viejas ideas que tenemos, tal vez más vieja que nuestra especie.

SPIEGEL: ¿Cuál exactamente?

Dennett: Es la idea de que se precisa algo muy grande y sofisticado para hacer una cosa menor. Lo llamo el efecto goteo de la creación. Nunca se verá una lanza haciendo un alanceador. No se verá nunca una herradura haciendo un herrero. Nunca se verá un tarro haciendo un alfarero. Es siempre el camino inverso y esto es tan obvio como lógico.

SPIEGEL: ¿Piensa usted que esta idea ya estaba presente en los monos?

Dennett: Quizás en el Homo habilis, el habilidoso, que empezó construyendo herramientas de piedra hace 2 millones de años. Se sentían más maravillosos que sus artefactos. Así que la idea de un creador más maravilloso que las cosas que crea es, pienso, una muy idea intuitiva muy profundamente arraigada. Precisamente a esa idea se refieren los promotores del Diseño Inteligente, cuando preguntan: “¿Se ha visto nunca un edificio que no haya tenido un constructor? ¿Se ha visto nunca una pintura que no haya tenido un pintor?” Eso capta a la perfección esa idea intuitiva intuitiva profunda de que nunca se obtendrá diseño gratis.

SPIEGEL: Un viejo argumento teológico…

Dennett: … el que Darwin impugnó completamente con su teoría de la selección natura, mostrando no solamente que se puede obtener diseño de cosas no diseñadas, sino que incluso se puede tener evolución de diseñadores a partir de algo no diseñado. Acabas teniendo autores y poetas y artistas e ingenieros y otros diseñadores de cosas, otros creadores: el más reciente producto del árbol de la vida. Esto cambia la idea que mucha gente tiene de que la vida tiene significado.

La mente humana y el lenguaje

SPIEGEL: ¿Incluso el espíritu de los humanos –su alma- es producida de esta forma?

Dennett: Sí. Como una multicelular y móvil forma de vida que es, necesita una mente porque precisa estar prestar atención a los lugares por los anda. Se precisa un sistema nervioso que pueda extraer información del mundo en forma rápida y pueda elaborar esa información y usarla rápidamente para guiar el comportamiento. El problema básico para todos los animales es encontrar lo que necesitan y evitar lo que podría dañarles, y hacerlo más rápido que sus competidores. Darwin comprendió esta ley y comprendió que este proceso había estado en curso de desarrollo durante centenares de millones de años, produciendo mentes cada vez más androides.

SPIEGEL: Pero alguna cosa fuera de lo ordinario sucedió cuando los humanos llegaron?          

Dennett: Efectivamente. Los humanos descubrieron el lenguaje: una aceleración explosiva de los poderes de la mente. Porque ahora no solamente se puede aprender de la propia experiencia, sino que también se puede aprender indirectamente de la experiencia de cualquier otro. De gente que nunca se ha conocido. De antecesores muertos hace mucho tiempo. Y la cultura humana misma se convierte en una fuerza evolucionaria profunda. Esto es lo que nos da un horizonte epistemológico que es mucho más grande que el de cualquier otra especie. Somos la única especie que sabe quién es, que sabe que ha evolucionado. Nuestras canciones, nuestro arte, nuestros libros y nuestras creencias religiosas son en última instancia un producto de algoritmos evolucionarios. Hay gente que encuentra esto emocionante, y otra que lo encuentra deprimente.

Biología, religión y sociedad

SPIEGEL: Nada hace a la evolución tan evidente como el código ADN. Sin embargo, los que creen en el Diseño Inteligente encuentran el código ADN menos problemático que las ideas de Darwin. ¿Por qué?

Dennett: No lo sé, porque soy de la opinión de que la mayor evidencia que tenemos de la verdad de la teoría de Darwin es la que llega cada día de la bioinformática, de la comprensión del código ADN. Los críticos del darwinismo no quieren hacer frente al hecho de que las moléculas, los encimas y las proteínas obligan a pensar. Sí, tenemos un alma, pero está hecha de muchos robots minúsculos.

SPIEGEL: ¿No cree que sería posible dejar la vida en manos de los biólogos, y dejar a la religión cuidar del alma?

Dennett: Esto era lo que Juan Pablo II estaba pidiendo cuando emitió su muy citada encíclica, en la que sostenía que la evolución era un hecho, para apresurarse a añadir: excepto en lo que afecta al alma humana. Esto puede hacer a alguien feliz, pero es falso. Podría ser tan falso como decir: nuestros cuerpos están hechos de material biológico, excepto, por supuesto, el páncreas. El cerebro no es un tejido más maravilloso que los pulmones o el hígado. Es solamente un tejido.

SPIEGEL: Las ideas de Darwin han estado manipuladas por los racistas y los eugenistas. ¿Es ésa también una de las razones de que el darwinismo sea tan enérgicamente atacado?

Dennett: Sí. La forma más suave de presentarlo es decir que la idea darwiniana es muy simple; se puede explicar a cualquiera en un minuto. Pero por esa misma razón es extremamente vulnerable a la caricatura y al mal uso. Explico muy pacientemente a mis estudiantes las bases de la teoría evolucionaria, y tengo que detenerme y retroceder, hacer limpieza, porque se vuelven muy entusiastas y pueden caer en malentendidos. El darwinismo es una golosina mental, es delicioso. Pero la cosa es que tomar demasiada golosina puede distraer de la verdad. Y puede caer en manos de racistas o sexistas. Así que hay que mantener una suerte de higiene mental siempre.

SPIEGEL: Parece, hoy en día, que todo –desde el adulterio a la violación hasta el asesinato- es analizado a la luz de la evolución. ¿Cómo se puede separar la investigación seria de la golosina? 

Dennett: Hay que ser un coleccionador meticuloso de hechos relevantes y ordenar esos hechos forma tal, que salga una hipótesis empíricamente contrastable, capaz de ser o confirmada o rechazada. Es lo que hizo Darwin.

SPIEGEL: Su colega Michael Ruse le ha acusado de salirse del campo de la ciencia y entrar dentro de la ciencia social y de la religión con sus teorías. Ha dicho incluso que, como resultado de eso, usted está inadvertidamente ayudando al movimiento del Diseño Inteligente.

Dennett: Michael está tratando de sacar las implicaciones de la perspectiva de Darwin desde puntos de vista suaves, y de tranquilizar a la gente con la idea de que no hay mucho conflicto entre la perspectiva de la biología evolucionaria y su forma tradicional de pensar.

Cosmología, religión, evolución

SPIEGEL: ¿Y sobre la acusación de que está ayudando sin quererlo al Diseño Inteligente?

Dennett: Aquí hay probablemente un elemento de verdad. Acabo de escribir un libro en donde miro a la religión desde la perspectiva de la biología evolucionaria. Creo que se puede e incluso se debería tomar esta perspectiva. Hay gente que dice: “¡no, fuera las manos de este asunto! No ha de permitirse que la evolución se acerque a las ciencias sociales” Creo que es un mal consejo. La idea de que se debería proteger a las ciencias sociales y humanas del pensamiento evolucionario es una receta desastrosa.

SPIEGEL: ¿Por qué?

Dennett: Yo daría a Darwin la medalla de oro por la mejor idea que nadie haya tenido. Esa idea unifica el mundo del significado, el del propósito, el de los objetivos, y el de la libertad con el mundo de la ciencia, con el mundo de las ciencias físicas. Quiero decir, hablamos acerca de la gran brecha entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. ¿Qué cierra esta brecha? Darwin, que nos mostró la forma en que propósito y diseño pueden surgir de la falta de propósito, de la materia bruta.

SPIEGEL: ¿Entra en juego el darwinismo cada vez que algo se crea? ¿Incluso la creación del universo, por ejemplo?                           

Dennett: Por lo menos es interesante ver que ideas quasi- o pseudo- darwinianas también son populares en la física. Postulan una gigantesca diversidad, a partir de la cual, por así decirlo, ha procedido la selección. Y el resulutado de esa selección es el mundo físico en el que estamos, que es solamente una parte, la parte de la que somos testigos, de aquella gigantesca diversidad. Esto no es la idea darviniana, pero guarda cierta relación con ella. El filósofo Friedrich Nietzsche tuvo la idea –aventuro que inspirada en Darwin—de la eterna repetición: la idea de que todas las posibilidades son llevadas a cabo, y el tiempo y la materia son infinitos, de manera que cada variante será probada, no una, sino millones y millones de veces.

SPIEGEL: Otra idea de Nietzsche era que Dios está muerto. ¿Es ésta también una conclusión alcanzada por el darwinismo?

Dennett: Es una muy clara consecuencia. Las razones del diseño, pienso, habían sido siempre el mejor argumento de la existencia de Dios, y cuando Darwin llegó, estropeó la fiesta.

SPIEGEL: En otras palabras, ¿la evolución no deja lugar para Dios?

Dennett: Debe comprenderse que el papel de Dios se ha visto empequeñecido a través de los siglos. Primero teníamos a Dios, como Usted dijo, creando a Adán y a cada criatura con sus manos, extrayendo una costilla de Adán y haciendo a Eva a partir de esta costilla. Luego cambiamos aquel Dios por el que pone en marcha la evolución. Y ahora ni siquiera necesitamos a este Dios –el dador de la ley—, porque si tomamos estas ideas de la cosmología seriamente, entonces hay otros sitios y otras leyes, y la vida evoluciona donde puede. De manera que ahora ya no tenemos a Dios ni como creador ni como legislador, sino a un Dios reducido al papel deslucido de maestro de ceremonias. Cuando Dios es el maestro de ceremonias y no juega ningún papel más en el universo, se convierte en una suerte de disminuido, incapaz de intervenir en nada.

SPIEGEL: ¿Cómo es entonces que muchos científicos naturales son religiosos? ¿Cómo pega eso con su trabajo?

Dennett: Esto pega no mirándolo muy de cerca. Es un ardid que está al alcance cualquiera. Todos tenemos nuestras formas de compartimentar nuestras vidas, a fin de evitar en lo posible tener que enfrentarnos con nuestra propias contradicciones.

SPIEGEL: Pero esta compartimentación también tiene un lado positivo: la ciencia natural trata de la vida, mientras que la religión trata del significado de la vida.

Dennett: Claro. Una frontera. El problema es que la frontera se mueve. Y cuando se mueve, la descripción del trabajo de Dios se encoge. Yo también me sobrecojo delante del universo. Es maravilloso. Soy tan feliz de estar aquí, es un gran sitio a pesar de todos sus defectos, me encanta estar vivo. El problema es: no hay nadie a quien agradecérselo, no hay nadie a quien expresarle mi gratitud.

Moral y religión

SPIEGEL: Pero la religión nos da calidad moral y nos proporciona orientación sobre cómo tenemos que comportarnos.

Dennett: Si la religión fuera eso, no sería una idea necia. Pero la religión no es eso. Entre lo mejor de las religiones está el servir como excelentes organizadores sociales. Hacen que el trabajo moral en equipo sea mucho más efectivo de lo que sería sin religión. Sin embargo, esto es un arma de doble filo. Porque hacer trabajo moral en equipo depende en muy alto grado de la cesión  del propio juicio moral a la autoridad del grupo. Y esto puede llegar a ser muy peligroso, como es harto sabido.

SPIEGEL: Pero la religión aún nos ayuda a alcanzar calidad moral.                       

Dennett: Pero ¿sólo nos comportamos de manera moralmente buena para tener recompensa en el cielo, aquello de que Dios nos castigará por nuestros pecados y nos recompensará por nuestro buen comportamiento? Encuentro esta idea muy paternalista. Es ofensiva, porque sugiere que es la única razón por la cual la gente es moral. ¿Lo es, sólo a fin de disponer de 76 vírgenes en el paraíso? Esta es una idea que mucha gente en Occidente consideraría una burla.

El enfoque evolucionario, aplicado a las religiones

SPIEGEL: ¿Por qué entonces casi todas las culturas tienen religión?

Dennett: Creo que la respuesta a esta pregunta es parcialmente histórica, en el sentido de que tradiciones que sobreviven desarrollan adaptaciones para sobrevivir. Así, las mismas religiones son –y lo son en grado sumo—fenómenos culturales bien diseñados que han evolucionado para sobrevivir.

SPIEGEL: Como las especies biológicas.

Dennett: Efectivamente. Un diseño religioso es completamente inconsciente, lo mismo que el diseño de los animales y de las plantas, que también lo es.

SPIEGEL: ¿Tienen todas las religiones rasgos similares?

Dennett: Todas han de tener rasgos aptos para prolongar la propia identidad, y muchos de esos rasgos son interesantemente similares a los que encontramos también en biología.

SPIEGEL: ¿Puede darnos un ejemplo?

Dennett: Muchas religiones empezaron antes de ser puestas por escrito. ¿Cómo obtener una gran fidelidad a los textos antes de disponer de ellos? Cantar y recitar en grupo es un buen mecanismo para mantener y expandir la información. Y tenemos otros rasgos también, por ejemplo: hay que asegurar que haya algunas partes que sean realmente incomprensibles.

SPIEGEL: ¿Por qué?

Dennett: Porque entonces la gente debe recurrir a la memorización. La misma idea de la Eucaristía es un bonito ejemplo: la idea de que el pan es simbólicamente el cuerpo de Cristo y el vino es simbólicamente la sangre de Cristo, no es suficientemente emocionante. La idea necesita ser estrictamente incomprensible: el pan es el cuerpo de Cristo y el vino es su sangre. Solamente entonces la atención queda absorbida. Entonces ganará la competición frente a ideas más aburridas, simplemente porque es incomprensible. Es parecido a cuando se tiene un dolor de muelas y uno no puede sacar la lengua de allí. Todo buen musulmán debe supuestamente rezar cinco veces al día, cualquiera que sea la circunstancia en que se halle.

SPIEGEL: ¿Ve usted esto también como una estrategia evolucionaria para conservar viva la religión?

Dennett: Es muy posible. El biólogo evolucionario israelí Amotz Zahavi argumenta que las conductas que son costosas –que son duras de imitar— son las que mejor logran ser transmitidas, porque las señales no costosas pueden ser y serán falsificadas. Este principio de las conductas costosas está bien establecido en biología, y está bien presente en la religión. Es importante hacer sacrificios. Si quieres pagar tan alto precio, házlo por tu cuenta y riesgo. Si los imanes decidieran suprimir ese rasgo de su religión que obliga a tanta oración, podrían dañar uno de los más robustos mecanismo adaptativos del Islam.

SPIEGEL: Utilizando este tipo de argumentación, ¿podría predecir  qué religiones ganarán al final?

Dennett: Mis colegas Rodney Stark y Roger Finke han investigado por qué unas religiones se expanden rápidamente, y otras, no. Se sirven para ello de la teoría económica de la oferta, y dicen que hay una especie de mercado ilimitado, a través del cual las religiones pueden realizar ofertasr, pero sólo si son costosas. Eso explicaría, en su opinión, por qué las muy sosas y liberales religiones protestantes están perdiendo adeptos, y por qué, en cambio, las más extremistas y vehementes los están ganando.

Miedo a una derecha religiosa norteamericana tan irresponsable socialmente

SPIEGEL: ¿Y tiene Usted una explicación de por qué la creencia en el Diseño Inteligente no está en ninguna parte tan extendida como en los Estados Unidos?

Dennett: No, desgraciadamente no. Pero puedo decir que la alianza entre las religiones fundamentalistas o evangélicas y la derecha política es un fenómeno muy preocupante, y es ciertamente una de las más poderosas razones de esta extensión del Diseño Inteligente por los Estados Unidos. Lo que realmente da miedo es que muchos de ellos parecen pensar que el segundo advenimiento está a la vuelta de la esquina, es decir,  la idea de que, de todos modos, el Armagedón está a la vuelta de la esquina, de modo que no hay nada que hacer. Es mi convicción que eso es de todo punto irresponsable socialmente. Es de terror….  

SPIEGEL: Profesor Dennett, muchas gracias por esta entrevista.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias naturales | Deja un comentario

Gobernados por bandidos: POR IGNACIO MONCADA

En ocasiones la gente despierta de la sedación a la que nos somete el gobierno. Los hay que tienden a mitificar a sus políticos, a considerarlos ángeles que velan por nuestra libertad y prosperidad sin mirar por sus intereses. Pero ya están los propios políticos para recordarnos, insistentemente, que esa idealización no corresponde con la realidad. Cuando la prensa reveló que, supuestamente, la sede del Partido Popular se había convertido poco menos que en la trastienda de Los Soprano, en la que circulaban sobres con sobresueldos y regalos de agradecimiento, el sueño de muchos se disipó. El del PP no es un caso único, por supuesto. Más bien al contrario. Todo partido político que haya disfrutado de una determinada cuota de poder tiene sus casos de corrupción, sus muertos en el armario. Y cuando asoman, se apresuran a esconderlos como si no pasara nada, negando la evidencia ante la ciudadanía.

Muchos ciudadanos se preguntan: ¿Pero es que no hay político honrado? ¿Por qué todos están pringados? Es como si fuéramos presa de una maldición, como si fuera cuestión de mala suerte. Pero no, no es mala suerte. Es lo lógico. Ya lo decía Lord Acton: «el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente». Los únicos partidos que no están implicados en casos de corrupción son los que no tienen ni han tenido suficiente poder. Y si en algún momento pensamos que para acabar con la corrupción hay que votar a alguno de estos inmaculados partidos minoritarios, nos equivocaremos: tan pronto como lleguen al poder se corromperán. La solución a la corrupción no consiste en votar a éste o a aquél. No es un problema de personas, sino de incentivos.

Anthony de Jasay comienza su libro El Estado con una simple pregunta: «¿Qué harías si fueras el Estado?». Es sorprendente cómo a menudo nos entretenemos demasiado pensando en cómo nos gustaría que fuera el Estado, o cómo querríamos que el gobierno actuase. Y sin embargo dedicamos poca atención a pensar qué es realmente el Estado, cómo funciona, o cuáles son los incentivos de los gobernantes a la hora de determinar sus acciones. Al hacernos esas incómodas preguntas podemos descubrir que la corrupción no es un golpe de mala suerte, sino la natural respuesta a los incentivos a los que se enfrentan los políticos.

Ludwig von Mises afirmó en su gran obra La Acción Humana que «la corrupción es la consecuencia natural del intervencionismo». «Los políticos y empleados públicos no son seres angélicos. Muy pronto se dan cuenta de que sus decisiones suponen para los empresarios considerables pérdidas o importantes beneficios. Sin duda hay burócratas que no se corrompen, pero hay otros ansiosos por aprovecharse de cualquier oportunidad segura de compartir los beneficios con aquellos a los que sus decisiones favorezcan».

Cuando los políticos pueden tomar decisiones arbitrarias que suponen una ganancia para unos a costa de pérdidas para otros, que es en lo que se basa cualquier política intervencionista, se crean los perversos incentivos que conducen a la corrupción. En este marco, el responsable de tomar la decisión recibirá una gran presión por parte de los potenciales beneficiados o perjudicados, ya sea en forma de dinero o de servicios. Escapar una vez es posible, pero a largo plazo se hace más difícil resistirse. De hecho, como en política no sucede como en el mercado, en el que los que no sirven bien a los ciudadanos quiebran y quedan apartados, sino que incluso les beneficia si saben elegir quiénes deben salir favorecidos, este tipo de prácticas tienden a prosperar. Si los ciudadanos queremos realmente combatir la corrupción gubernamental debemos tener claro que el camino para esto no es pedir un cambio de personas, sino exigir una reducción del poder discrecional que disfrutan los políticos. Como escribió Anthony de Jasay: «La reducción de la corrupción resultará de forma natural como consecuencia de una reducción en el ámbito de actuación del gobierno».

Este pecado original, el del uso del poder para beneficio de unos a costa de otros, está en la propia esencia del Estado. El sociólogo alemán Franz Oppenheimer explicó de manera esclarecedora el origen del Estado en su libro Der Staat. El Estado nace en el momento en el que las antiguas bandas de saqueadores descubren que hay una forma más rentable de obtener riquezas que arrasar con los pueblos de campesinos: someterlos. Cuando se aniquila a los más productivos, éstos dejan de producir riqueza y no se les puede volver a saquear. Pero si los bandidos se instalan en el poblado y les rapiñan poco a poco, permitiéndoles continuar produciendo, los saqueadores a la larga salen ganando. El Estado, dice Oppenheimer, nunca surgió a partir de un inexistente «contrato social», como decían Locke o Rousseau, sino de la conquista. Del sometimiento de los productivos por los grupos más organizados para el saqueo.

Es cierto que el Estado ha evolucionado mucho desde entonces. Ahora incorpora, aunque muy imperfectos, algunos contrapesos que permiten al ciudadano tratar de fiscalizar la labor del gobierno y deshacerse de él cuando la mayoría se pone de acuerdo en que es excesivamente perjudicial. Pero tampoco se ha avanzado tanto como parece. La política sigue siendo un potente mecanismo que permite a unos vivir a costa de otros. Los gobernantes son elegidos por votación mayoritaria, sí, pero a partir de listas cerradas, sin competencia, entre partidos casi iguales y por un mecanismo con insuperables barreras de entrada. El ámbito de intervención del Estado es inmenso y arbitrario. Los políticos siguen sin ser responsables por el incumplimiento de ese supuesto contrato que contraen con los ciudadanos al presentarse a las elecciones, ni tienen que responder por los daños y perjuicios que puedan provocar. No se hacen responsables de sus actos, y eso se nota. Lo que nos han demostrado es que tampoco se molestan en disimular su verdadera naturaleza. No pierden la ocasión para recordarnos que en esencia siempre fueron iguales; que seguimos gobernados por bandidos.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Carta de Tolstoi a Nicolas II

Querido hermano:

Este calificativo me parece el más conveniente porque, en esta carta, me dirijo menos al emperador y al hombre que al hermano. Y, además, os escribo casi desde el otro mundo, encontrándome en espera de una muerte muy próxima.

No quisiera morirme sin deciros lo que pienso de vuestra actividad presente, lo que podría ser, y el gran bien que podría reportar a millones de hombres y a vos mismo, y el gran mal que puede hacer si persiste en continuar por el camino que ahora sigue.

Una tercera parte de Rusia está sometida a una continua vigilancia policíaca; el ejército de policías conocidos y secretos aumenta sin cesar; las prisiones, los lugares de deportación y los calabozos están repletos; aparte de doscientos mil criminales de derecho común, hay un número considerable de condenados políticos entre los cuales existen ahora multitud de obreros. La censura con sus medidas represivas ha llegado hasta un grado tal que no alcanzó en los peores momentos de los años que siguieron al de 1840. Las persecuciones religiosas no fueron nunca tan frecuentes ni tan crueles como lo son ahora, y cada vez van siendo más frecuentes y más crueles.

En las ciudades y en los centros industriales se han concentrado las tropas que, armadas de fusiles, se han enviado contra el pueblo. En algunos puntos ya se han producido choques y matanzas y en otros puntos se preparan, y su crueldad aún será mayor.

El resultado de toda esta cruel actividad del gobierno es que el pueblo agricultor, los cien millones de hombres sobre los cuales está fundada la potencia de Rusia, a pesar de los gastos del Estado que crecen considerablemente, o mejor dicho gracias a este crecimiento del presupuesto, se empobrecen de año en año, de manera que el hambre ha llegado a ser el estado normal, como igualmente el descontento de todas las clases y su hostilidad hacia el gobierno.

Y la causa de todo esto es clara y justa hasta la evidencia. Hela aquí: vuestros auxiliares os aseguran que deteniendo todo movimiento de la vida del pueblo garantizan la felicidad de este pueblo, al mismo tiempo que vuestra tranquilidad y seguridad. Pero es más fácil detener el curso de un río que el eterno movimiento de la humanidad hacia adelante, establecido por Dios. Es muy fácil comprender que los hombres a quienes tal estado de cosas es ventajoso y que en el fondo de su alma se dicen ¡Después de nosotros el diluvio! os hablan así; pero es sorprendente que vos, hombre de inteligencia y bueno podáis creerles, y que siguiendo sus abominables consejos hagáis o dejéis hacer tanto mal por una idea tan quimérica como es el detener el eterno movimiento de la humanidad.

Vos no podéis ignorar que desde que estudiamos la vida de los pueblos, las formas económicas y sociales, lo mismo que las políticas y religiosas de esta vida, han progresado de continuo hacia adelante, de groseras y crueles que eran, se han ido dulcificando, convirtiéndose en más humanas, en más razonables. Vuestros consejeros os dicen que esto no es verdad, os dicen que la ortodoxia y la autocracia son necesarias al pueblo ruso, lo mismo ahora que antes, y que deben serlo hasta la consumación de los siglos, de manera que para bien del pueblo, cueste lo que cueste, es preciso defender esas dos formas ligadas entre sí; la creencia religiosa y el estado político. Pero es una doble mentira: 1° Nadie puede sostener que la ortodoxia, que en otra época era propia del pueblo ruso, lo pueda ser ahora; de los informes dados por el procurador general del Santo Sínodo resulta que las personas del pueblo espiritual, de inteligencia más desarrollada, a pesar de todas las desventajas, de los peligros que corren, se separan de la ortodoxia para ingresar cada vez en mayor número en otras sectas. 2° Si fuera verdad que la ortodoxia es la religión propia del pueblo ruso, no habría necesidad de defender con tanta energía esta forma de creencia y de perseguir con tanta crueldad a los que la niegan.

En cuanto a la autocracia, sí, ha sido conveniente al pueblo ruso, cuando el pueblo miraba al Zar como un Dios terrenal e infalible, dirigiendo por sí solo los destinos del pueblo; ahora no es así, pues todos saben o llegan a saber: 1° Que un buen Rey no es más que una casualidad feliz, que los reyes pueden ser y fueron tiranos o locos, como Juan IV y Pablo. 2° Que por bueno y sabio que sea el Zar, no puede dirigir por sí mismo un pueblo de cien millones de hombres, que son los que están al lado del Zar los que dirigen al pueblo, y que se cuidan más de su propia situación que del bien del pueblo.
Se dirá: el Zar puede elegir por auxiliares hombres desinteresados y buenos.

Desgraciadamente, el Zar no puede hacerlo porque no conoce más que algunas docenas de hombres que, por casualidad o por diferentes intrigas, se han acercado a él y separado cuidadosamente a los que podrían reemplazarlos. De manera que el Zar elige, no entre esos millares de hombres verdaderamente instruidos y honrados que aspiran a ocuparse de los negocios públicos, y sí entre aquellos de quienes ha dicho Beaumarchais: El hombre mediocre y rastrero llega a serlo todo. Y si los rusos están prontos a obedecer al Zar, no pueden, sin sentir ganas de rebelarse, obedecer a las personas que desprecian. Vuestra errónea creencia en el amor del pueblo por la autocracia y por su representante, el Zar, os la ha podido dar el hecho de que cuando llegáis a Moscú y a otras ciudades os sigue una multitud corriendo y gritando ¡Hurra! No creáis que esto sea expresión de afecto a vuestra persona. No, es una multitud de curiosos que corren de igual manera detrás de cada espectáculo poco frecuente. A menudo, estas gentes que vos tomáis por representantes de los sentimientos del pueblo no son más que una multitud arrastrada e instruida por la policía.

Si vos pudierais pasearos, durante el paso de un tren imperial, entre los campesinos colocados detrás del cordón de tropas que están a lo largo de la vía, y oír lo que dicen estos campesinos, los síndicos y otros funcionarios de las aldeas llevados allí por la fuerza desde las aldeas inmediatas, y que con frío o lluvia, sin ninguna recompensa, y llevándose sus provisiones, esperan algunas veces durante varios días el paso del tren, entonces oiríais a los verdaderos representantes del pueblo, a los simples campesinos, y sus palabras no expresan ningún amor por la autocracia ni por su representante.

Si, hace cincuenta años, en tiempo de Nicolás I, el prestigio del poder imperial era aún muy grande, desde hace treinta años no ha cesado de bajar, y en estos últimos años ha caído tan bajo en todas las clases, que nadie se oculta en censurar abiertamente, no sólo las órdenes del gobierno, sino hasta las del propio Zar, y hasta de burlarse de él o de insultarle.

La autocracia es una forma de gobierno que ha muerto. Tal vez responda aún a las necesidades de algunos pueblos del África central, alejados del resto del mundo, pero no responde a las necesidades del pueblo ruso, cada día más culto gracias a la instrucción que va siendo cada vez más general. Así es que para sostener esta forma de gobierno y la ortodoxia ligada a él, es preciso, como ahora se hace, emplear todos los medios de violencia, la vigilancia policíaca más activa y severa que antes, los suplicios, las persecuciones religiosas, la prohibición de libros y de periódicos, la deformación de la educación, y en general toda clase de actos de perversión y crueldad. Tales han sido hasta aquí los actos de vuestro reinado, empezando por vuestra contestación, que provocó la indignación general de toda la sociedad. Vuestro calificativo de sueños insensatos respecto de los deseos más legítimos del hombre que os dio a conocer la diputación de zemstvos del gobierno de Tver. Todas vuestras órdenes sobre la Finlandia, sobre los acaparamientos en China, el proyecto de conferencia de La Haya, acompañado de un aumento de tropas, la restricción de la autonomía local, el acrecentamiento de los abusos administrativos, vuestro consentimiento a las persecuciones religiosas, el consentimiento al monopolio del alcohol, es decir, a la venta, por el gobierno, de un veneno que mata al pueblo, y por último vuestra obstinación a mantener la pena corporal, a pesar de todas las peticiones que os han sido hechas para demostraros la necesidad de derogar tan insensata medida, absolutamente inútil y que constituye la vergüenza del pueblo ruso; todos estos actos vos no podéis haberlos cometido a no ser inspirado por el consejo de auxiliares poco serios, con el fin de detener la vida del pueblo y hasta con la intención de volverle al antiguo estado de cosas, ya pasado.

Por la violencia se puede oprimir al pueblo, pero no dirigirle. En nuestro tiempo el único medio de dirigir al pueblo de una manera efectiva consiste en colocarse a la cabeza del movimiento del pueblo que, buscando el bien, combate el mal, de los que huyen de las tinieblas buscando la luz y de darle los mejores medios para lograr lo que anhela. Y para hallarse en condiciones de hacerlo, ante todo hay que dar al pueblo facilidades para que exprese sus deseos y sus necesidades, y, una vez oídos, satisfacer lo que corresponda, no a las necesidades de una clase, sino a las de la mayoría del pueblo, a las de la masa del pueblo trabajador.

Y los deseos que ahora expresaría el pueblo ruso, si se le diese posibilidad de poderlo hacer, serían los siguientes:

Ante todo, el pueblo trabajador diría que desea verse libre de esas leyes exclusivistas que le colocan en la situación de un paria, no gozando de los derechos de los demás ciudadanos. Además, diría que quiere la libertad de viajar, la libertad de enseñanza, de la creencia que responda a sus necesidades espirituales. Y, principalmente, el pueblo de cien millones de habitantes diría, en una sola voz, que desea gozar libremente de la tierra, es decir, la abolición del derecho de propiedad sobre la tierra.

Y la abolición de este derecho de propiedad, según mi parecer, es el problema principal y el más perentorio que el gobierno debe resolver.

En cada periodo de la vida humana, existe cierto grado de reforma que debe realizarse antes que otros, puesto que tiende a la mejora de la vida. Cincuenta años antes, el problema más interesante y perentorio que resolver era la abolición de la esclavitud, en nuestros días es la emancipación de las clases obreras, de esa tutoría que pesa sobre ellas, de lo que se llama la cuestión obrera.

En la Europa occidental, el logro de este fin parece posible por la socialización de las fábricas. ¿Esta solución del problema es justa o no? ¿Es posible para los pueblos occidentales? Pero, para la Rusia actual esta solución no es aplicable.

En Rusia, en donde una enorme parte de la población vive de la tierra, y se halla bajo la absoluta dependencia de los grandes propietarios terratenientes, la emancipación de los trabajadores es evidente que no puede solucionarse por la socialización de las fábricas. Para el pueblo ruso, la liberación no puede ejecutarse más que por medio de la abolición de la propiedad de la tierra y del reconocimiento de la libre posesión de la tierra. Desde hace mucho tiempo es este el deseo más ardiente del pueblo ruso, y espera de continuo que sus gobiernos lo realicen.

Sé que vuestros consejeros verán en estas ideas el colmo de la ligereza y la falta de sentido práctico de un hombre que no comprende toda la dificultad de lo que es gobernar, y sobre todo parecerá semejante idea de reconocer la propiedad de la tierra como una propiedad común, como el mayor de los absurdos, pero sé también que para no tener por fuerza que cometer violencias sobre el pueblo, que cada vez han de ser más crueles, no hay más que un solo medio: tomar por objeto lo que es el deseo del pueblo y, sin esperar a que la avalancha caiga de la montaña y aplaste lo que encuentre, guiarla por sí mismo, es decir, caminar delante para la realización de las mejores formas de vida. Para los rusos, este fin no puede ser otro más que la abolición de la propiedad territorial. Solamente entonces podrá el gobierno, sin hacer concesiones indignas, ejercer de lazo de unión entre los obreros de las fábricas y la juventud de las escuelas, y, sin temer por su existencia, servir de guía a su pueblo y dirigirle de una manera real.

Vuestros consejeros os dirán que declarar libre la tierra del derecho de propiedad es una fantasía irrealizable. Según ellos, forzar a un pueblo viviente, de cien millones de almas, a dejar de vivir, a volver a meterse en la concha que desde hace tiempo es necesario romper, no es una fantasía, pero sí lo es la realidad y la obra más sabia y más práctica, Pero basta con reflexionar seriamente lo que es irrealizable y enojoso, por más que se haga, y por el contrario lo que es realizable, necesario y oportuno, por más que aún no se haya comenzado.

Yo, personalmente, pienso que en nuestra época la propiedad territorial es una injusticia, tan evidente como hace cuarenta años ya lo era la servidumbre. Pienso que su abolición colocaría al pueblo ruso en el mayor grado de independencia, de felicidad y de tranquilidad. Pienso también que esta medida destruiría por completo esa irritación socialista y revolucionaria que ahora caldea a los obreros y amenaza con mayores males al gobierno y al pueblo.

Pero puedo equivocarme y la solución del problema no puede darse, por el momento, más que por el pueblo mismo, si tiene posibilidad de expresar este deseo. De manera que en todo caso, la primera misión que incumbe al gobierno es abolir el yugo que impide al pueblo manifestar sus deseos y necesidades. No se puede hacer bien al hombre que se ha amordazado con el fin de no oír lo que desea para su bien. Solamente conociendo los deseos y las necesidades del pueblo, o de la mayoría, es como puede dirigírsele y hacerle bien.

Querido hermano, en este mundo vos no tenéis más que una vida, y la podéis gastar en vanas tentativas para detener el movimiento de la humanidad desde el mal hacia el bien, desde las tinieblas hacia la luz, movimiento establecido por Dios y que vos podéis, teniendo conocimiento de los deseos y de las necesidades del pueblo, y consagrando vuestra vida a satisfacerlos, poner remedio al mal, vivir tranquilo y gozoso, sirviendo a Dios y a los hombres.

Y, por grande que sea vuestra responsabilidad, por los últimos años de vuestro reinado durante los cuales podéis hacer mucho bien o mucho mal, aun más grande es vuestra responsabilidad ante Dios de vuestra vida en la Tierra, de la cual depende vuestra vida eterna, y que Dios os ha dado no para hacer obras perversas o tolerarlas, sino para cumplir su voluntad. Y su voluntad es hacer el bien a los hombres y no el mal.

Reflexionad sobre esto, no ante los hombres, y sí ante Dios, y haced lo que Dios os diga, es decir, vuestra conciencia. Y no tengáis miedo a los obstáculos que podáis encontrar, si entráis en esta nueva vía de la vida. Estos obstáculos se destruirán por sí mismos, y apenas los notaréis, si solamente procedéis no por la gloria humana, y sí por vuestra alma, es decir, por Dios.

Perdonadme si por casualidad os he ofendido o apenado con este escrito. Sólo el deseo del bien del pueblo ruso y del vuestro me ha guiado.

¿He logrado mi intento? El porvenir lo dirá; porvenir que según todas las probabilidades yo no veré. He hecho lo que creía era mi deber.

Vuestro hermano que, sinceramente, os desea el verdadero bien.

León Tolstoi

Gaspra, 16 de enero de 1902.

Publicado en NOVELAS, OTROS | Deja un comentario

El escéptico como absolutista: POR MURRAY N. ROTHBARD

Una presunción habitual de los liberales modernos del siglo XX es que el escepticismo, la actitud de que nada puede realmente reconocerse como la verdad, es el mejor fundamento para la libertad individual. El fanático, convencido de la certidumbre de sus opiniones, pisoteará los derechos de los demás, el escéptico, no convencido de nada, no lo hará. Pero la verdad es precisamente la contraria: el escéptico no tiene base sobre la que defender su libertad o la de otros frente a ataques. Como siempre habrá gente dispuesta a atacar a otros en busca de poder o pasta, el triunfo del escepticismo significa que las víctimas de la agresión quedarían indefensas ante el ataque. Además., al ser el escéptico incapaz de encontrar un principio para los derechos o cualquier organización social, probablemente ceda, aunque con resignación, ante cualquier régimen existente de tiranía. Faute de mieux, tiene poco más que decir o hacer.

Un excelente ejemplo es el de uno de los grandes escépticos del mundo modern, el muy leído y alabado ensayista francés del siglo XVI Michel Eyquem de Montaigne (1533-92).[1] Montaigne nació en una familia noble de la región del Périgord en el suroeste de Francia, cerca de la ciudad de Burdeos. Fue juez en el parlement de Burdeos en 1557, a la edad de 24 años, como había sido también su padre. También se unió en el parlement con un tío (hermano de su padre), un primo hermano de su padre y un cuñado. Permaneció en el parlement durante 13 años y luego renunció a la promoción a la cámara alta de esa institución. Montaigne se retiró a su chateau rural en 1570 para escribir sus famosos Ensayos. Allí permaneció, excepto durante un periodo de cuatro años como alcalde de Burdeos al principio de la década de 1580. Destacado humanista, Montaigne virtualmente creó la fórmula del ensayo en Francia. Empezó a escribir estos breves ensayos a principios de la década de 1570 y publicó los dos primeros volúmenes en 1580. El tercer libro de ensayos se publicó en 1588 y los tres volúmenes juntos se publicaron póstumamente siete años más tarde.

Aunque católico practicante, Montaigne fue un minucioso escéptico. El hombre no puede saber nada, siendo insuficiente su razón para llegar a una ética de la ley natural o a una teología sólida. Tal y como lo dijo: “la razón no hace sino descarriarse en todo y especialmente cuando se ocupa de las cosas divinas”. Y durante un tiempo, Montaigne adoptó como su divisa oficial la pregunta “¿Qué se yo?”.

Si Montaigne no sabía nada, difícilmente sabría lo suficiente como para defender jugarse el tipo contra la floreciente tiranía absolutista de su tiempo. Por el contrario, la resignación estoica, una sumisión a las tendencias prevalecientes, se convertía en la forma precisa de afrontar el mundo público. Skinner resume el consejo político de Montaigne en mantener “que todos tienen una tarea en la que someterse al orden de cosas existente, no resistiéndose nunca al gobierno efectivo y cuando sea necesario soportándolo con fortaleza”.

En particular, Montaigne, aunque escéptico respecto sobre la misma religión, acentuaba cínicamente la importancia social de que todos observaran externamente las mismas formas religiosas. Sobre todo, Francia debe “someterse completamente a la autoridad de nuestro gobierno eclesiástico [católico]”.

De hecho, la sumisión a l autoridad constituida era la clave del pensamiento político de Montaigne. Todos debe permanecer obedientes al rey en todo momento, sin que importe cómo cumpla su obligación de gobernar. Incapaz de usar la razón como guía, Montaigne tenía que retrotraerse al status quo, la costumbre y la tradición. Advertía grave y repetidamente que todos deben “seguir totalmente la moda y formas aceptadas” pues es “la norma de las normas y la ley de leyes universal, que todo hombre debe observar lo del lugar en que está”. Montaigne alababa a Platón por querer prohibir a los ciudadanos que atendieran “siquiera a la razón de las leyes civiles”, pues dichas leyes deben “ser respetadas como ordenanzas divinas”. Aunque podemos desear otros gobernantes, “de todas formas debemos obedecer a los que están aquí”. El mayor logro de la religión cristiana, de acuerdo con Montaigne, fue su insistencia en “la obediencia a los magistrados y el mantenimiento del gobierno”.

Considerando la visión esencial de Montaigne, no sorprende que abrazara calurosamente el concepto maquiavélico de la “razón de estado”. (¿Podemos decir que sostenía que la razón del hombre es inútil, pero la razón de estado es primordial?). Como es habitual, aunque Montaigne escribe que personalmente le gusta apartarse de la política y la diplomacia porque prefiere evitar la mentira y el engaño, también afirma la necesidad de un “vicio lícito” en las operaciones de gobierno. El engaño puede ser necesario en un gobernante y además, esos vicios son positivamente necesarios “para mantener junta nuestra sociedad, pues [son] tóxicos para el mantenimiento de nuestra salud”. Luego Montaigne continúa integrando su defensa del engaño en un príncipe con su aparentemente paradójica defensa de la razón de estado sin que tenga utilidad en absoluto el uso de la razón humana. Pues al seguir la razón de estado, el príncipe simplemente “ha abandonado su propia razón a favor de una razón más universal y poderosa” y esta superrazón mística le ha mostrado que necesitaba realizarse una acción ordinariamente maligna.

Michel de Montaigne también hizo una contribución notable y muy influyente al mercantilismo (el aspecto estrictamente económico del estado absolutista). Aunque afirmaba no saber nada, de una cosa sin duda afirmó que era verdad, desapareciendo de repente su pretendido escepticismo: insistió en lo que Ludwig von Mises iba a llamar más adelante la “falacia de Montaigne”, como en el título de su famoso ensayo Número 22, “El beneficio de unos es perjuicio de otros”, donde nos dice lo siguiente:

«El ateniense Demades condenó a un hombre de su ciudad, cuyo oficio era vender las cosas necesarias para los entierros, so pretexto de que de su comercio quería sacar demasiado provecho y de que tal beneficio no podía alcanzarlo sin la muerte de muchas gentes. Esta sentencia me parece desacertada, tanto más, cuanto que ningún provecho ni ventaja se alcanza sin el perjuicio de los demás; según aquel dictamen habría que condenar, como ilegítimas, toda suerte de ganancias. El comerciante no logra las suyas sino merced a los desórdenes de la juventud; el labrador se aprovecha de la carestía de los trigos; el arquitecto de la ruina de las construcciones; los auxiliares de la justicia, de los procesos querellas que constantemente tienen lugar entre los hombres; el propio honor y la práctica de los ministros de la religión débese a nuestra muerte y a nuestros vicios; a ningún médico le es grata ni siquiera la salud de sus propios amigos, dice un autor cómico griego, ni a ningún soldado el sosiego de su ciudad, y así sucesivamente. Más aun puede añadirse: examínese cada uno en lo más recóndito de su espíritu, y hallará que nuestros más íntimos deseos en su mayor número, nacen y se alimentan a costa de nuestros semejantes. Todo lo cual considerado, me convence de que la naturaleza no se contradice en este punto en su marcha general, pues los naturalistas aseguran que el nacimiento, nutrición y multiplicación de cada cosa tiene su origen en la corrupción y acabamiento de otra.»

Esta es la esencia del teoría mercantilista, si es que el mercantilismo tiene alguna teoría; en contraposición a la vedad fundamental bien conocida por los escolásticos de que ambas partes se benefician de un intercambio, Montaigne opinaba que en el comercio un hombre sólo puede beneficiarse a costa de otro. La consecuencia es que el mercado es una jungla depredadora, así que ¿por qué no debería un francés reclamar al estado francés que tomara de otros tanto como pudiera?

Montaigne desarrolló este tema en su Ensayo 22, de una forma característicamente cínica y mundana. Explica que un ateniense condenó una vez al director de un funeral so pretexto de que de su comercio quería sacar demasiado provecho y de que tal beneficio no podía alcanzarlo sin la muerte de muchas gentes. Esta sentencia me parece desacertada, tanto más, cuanto que ningún provecho ni ventaja se alcanza sin el perjuicio de los demás; según aquel dictamen habría que condenar, como ilegítimas, toda suerte de ganancias.

Todo trabajo se hace a costa de otros y Montaigne advierte correctamente que al médico podría condenársele igualmente. Podría realizarse la misma acusación al granjero o tendero por “obtener ganancias a causa del hambre de la gente”, al sastre por “obtener beneficios a causa de la necesidad de vestirse de alguien” y así sucesivamente. Concluía en general que el beneficio de cualquier entidad es necesariamente “la disolución y corrupción de alguna otra cosa”.

Por supuesto, por desgracia no pudo ver al tiempo que esos productores no crean esas necesidades, sino por el contrario, las atienden y eliminan así las carencias y dolor de sus clientes y aumentan sus felicidad y su nivel de riesgo. Si había ido tan lejos, se habría dado cuenta del sinsentido de su “perro come perro” o lo que ahora se llamaría la visión del mercado como “juego de suma cero”.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

La falacia de la ventana rota: POR FRÉDÉRIC BASTIAT

Frederic Bastiat es tal vez el más claro y entretenido economista que conozca hasta hoy la profesión. Bastiat vivió en Francia desde 1801 a 1850, aunque la vasta mayoría de su obra fue producida en los últimos seis años de su vida. Su esfuerzo principal consistió en crear conciencia de la problemática económica en el ciudadano común.


http://www.youtube.com/watch?v=mlT7qaOif58

Un chico algo travieso, tira un ladrillo contra la ventana de la panadería de su barrio y la destroza. El panadero sale furioso a la calle, pero el chico ya se ha ido.

Rápidamente comienza  a reunirse un grupo de curiosos que observan los restos de la vidriera sobre los panes y las facturas del local. Algunos de los curiosos comienzan a filosofar acerca del hecho y expresan que, después de todo, esta desgracia puede tener su lado bueno: significará una ganancia para algún vidriero.

¿Cuánto cuesta un nuevo vidrio? ¿100 pesos? No es una suma tan importante. Además, si los vidrios nunca se rompiesen ¿Qué pasaría con los negocios de vidriería?

El razonamiento continúa. El vidriero tendrá $100 más para gastar en otras cosas y esto a su vez hará que otros gasten esos $100  y así hasta el infinito.

La «ventana rota», va a ir generando dinero y empleos en forma de espiral y la muchedumbre concluirá, entonces, que el chico travieso lejos de ser una amenaza pública, se ha convertido en un benefactor social!.

Hasta aquí la historia, pero veamos el caso desde otra perspectiva.

La multitud estaba en lo cierto al menos en algo: la ventana rota implicará más ganancia para algún vidriero, quien seguramente, se pondrá muy feliz gracias a este pequeño acto de vandalismo. Pero ¿Qué sucede con el panadero?

El panadero tendrá $100 menos para gastar, por ejemplo, en comprarse un traje nuevo.

Debido a que tuvo que reponer su vidriera, se quedará sin su traje nuevo (o cualquier otra cosa que hubiese deseado adquirir). En lugar de tener una ventana y $100, ahora sólo tiene la ventana. Más bien, como él pensaba ir a comprarse el traje esa tarde, en lugar de tener ambas cosas, la ventana y el traje, deberá contentarse con tener solamente la ventana.

Si pensamos en el panadero como miembro de la comunidad, la misma ha perdido la posibilidad de tener un nuevo traje que de otra forma hubiese existido, es decir que en este sentido: se ha empobrecido (carece de algo que necesitaba).

La ganancia que obtiene el vidriero, no es otra cosa que la pérdida que tiene ahora el sastre. Ningún nuevo  «empleo»  ha sido creado.

La multitud solamente estaba pensando en 2 partes de la transacción: el panadero y el vidriero.Se olvidaron de la 3a parte potencial involucrada en ella: el sastre.

Ese olvido se debe precisamente a que el sastre nunca entró en escena.

La gente verá la nueva ventana colocada al día siguiente. Lo que nunca verán es el traje nuevo, simplemente porque nunca será confeccionado.Ven solamente lo que es inmediatamente visible a sus ojos.

Esta «Falacia de la ventana rota», bajo innumerables disfraces ha sido una de las más persistentes en la historia de la economía.

Es solemnemente reafirmada cada día por grandes capitanes de la industria, cámaras de comercio, lideres sindicales, editorialistas y periodistas radiales, expertos en estadísticas y profesores de economía de las mejores universidades.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

El mito sueco: POR DIEGO SANCHEZ DE LA CRUZ

Si hay un lugar que evoca las mayores aspiraciones de la socialdemocracia europea, sin duda se trata de Suecia. Históricamente, este país escandinavo ha sido al progresismo lo mismo que Suiza para el liberalismo: un feliz ejemplo de la utopía convertida en realidad, una prueba fehaciente de que la batalla merece la pena.

Eso sí, es importante subrayar que, por mucho que el relato habitual de la “utopía sueca” haya seducido a millones de europeos, los hechos desmienten rotundamente el mito. Un análisis frío de la realidad sueca arroja conclusiones reveladoras al respecto.

Comenzamos en la segunda mitad del S. XIX, cuando Suecia aún era un país marcado por las hambrunas. Ante la necesidad de salir adelante, Suecia comenzó un proceso de apertura económica en la década de 1860. Esta estrategia se tradujo en un periodo de prolongado desarrollo socioeconómico. De hecho, entre 1870 y 1950, Suecia tuvo un crecimiento anual promedio de casi el 2%, superando a EEUU y solamente por detrás de Suiza. En su excelente estudio sobre esta cuestión, Mauricio Rojas ha descrito este periodo histórico como una fase de “capitalismo pujante y abierto al mundo. Una economía de mercado libre y de industrias de primera clase”.

En la Suecia de 1933, la carga tributaria total era inferior al 20% del PIB, un 5% menos que la fiscalidad francesa o británica. En aquellos tiempos comenzó a consolidarse una nueva situación política marcada por la hegemonía política del Partido Socialdemócrata, que ocupará el poder desde 1932 hasta 1976 y desde 1982 hasta 1991. Desde entonces, el intervencionismo del Estado creció de manera firme. No se trató únicamente de una cuestión económica: por ejemplo, entre 1935 y 1975 se esterilizó por la fuerza a decenas de miles de mujeres

Por supuesto, la ingeniería social no venía sola: estuvo acompañada de un creciente rol del Estado en la economía. El gasto público pasó del 31% al 60% entre 1960 y 1980, y la plantilla de funcionarios se multiplicó por tres. Los sindicatos no pararon de ganar influencia, y el sector privado fue entrando poco a poco en decadencia.

La carga tributaria soportada por los suecos pasó del 28% del PIB en 1960 al 56% en 1989.  En este contexto, Suecia empezó a experimentar una lenta pero continuada sangría laboral. Entre 1965 y 1985 se perdieron 274,000 empleos. Eso sí: a finales de los 80, tres de cada diez suecos trabajaban como funcionarios, doblando la media de la OCDE.

Sin un sector privado capaz de generar riqueza y empleo, el “modelo sueco” empieza a quebrar en los años 80. La crisis que siguió fue especialmente profunda: entre 1989 y 1994 el paro pasó del 2% al 14% y la deuda estatal se multiplicó por dos. El déficit público llegó a superar el 11%, mientras que el gasto público sobrepasó el 70% del PIB.

El hundimiento de las empresas dejó sin recursos al Estado, y la realidad se impuso a la ficción. La situación era tan desesperada que el Banco Central subió la tasa de interés al 500% para evitar el derrumbe de la corona sueca. Los suecos habían tocado fondo: en 1970 eran el cuarto país más rico del mundo según el “ránking” per cápita… pero a comienzos de los 90, Suecia apenas ocupaba la decimoséptima posición.

Ante esta situación de colapso, el país escandinavo necesitaba volver a explorar la senda de la apertura económica para encontrar una salida viable. Por eso, tal y como ha descrito Aparicio Caicedo, los años 90 estuvieron marcados por “un curso de liberalización económica que continua hasta la actualidad. Los suecos se percataron de los estragos que estaba causando la omnipresencia del Estado y la regulación excesiva”.

Las reformas de los 90 no fueron modificaciones puntuales, sino rectificaciones profundas que se han mantenido con el paso del tiempo. Conviene subrayar, además, que la Alianza por Suecia (que agrupa a tres partidos liberales con una formación democristiana) encadena ya dos triunfos electorales consecutivos, algo que no había ocurrido en casi cien años. De hecho, el resultado de los socialdemócratas en 2010 (30% de los votos) es el más bajo conseguido por dicha formación desde que se introdujo el sufragio universal…

En las últimas dos décadas, Suecia ha enderezado el rumbo gracias a una progresiva transición hacia el liberalismo. Los resultados son esperanzadores:

  • – Se han creado numerosos puestos de trabajo gracias a la liberazación de numerosos sectores (transporte, telecomunicaciones…). El desempleo se mantiene por debajo del 8% pese al contexto global.
  • – Los impuestos no han parado de bajar en los últimos añosDesde que la Alianza por Suecia llegó al poder en 2006 se han producido ya cuatro diferentes rebajas de impuestos, permitiendo que los contribuyentes se liberen poco a poco de un Estado excesivamente grande. Solamente en 2010, el Ejecutivo recortó los tributos por valor de más de 1,000 millones de euros.
  • – La productividad de las PYMES suecas ha aumentado tanto que ya es un 15% superior a la del comercio estadounidense.
  • – Lejos de acusar la crisis económica, la previsión de crecimiento para 2011 supera el 4% según las estimaciones del semanario británico The Economist. Además, el presupuesto está prácticamente equilibrado, y la deuda pública es inferior al 39%.
  • – Para mejorar la calidad de la enseñanza, Suecia ha introducido el “cheque escolar”, introduciendo así una dosis de competencia y dinamismo emprendedor que ya funciona en centenares de colegios. En el curso 2006-2007, más de 135,000 alumnos acudían a escuelas independientes. Al hilo de este éxito, el país escandinavo ha introducido también el llamado “cheque sanitario”, de nuevo con estupendos resultados. Sin duda, no estamos ante una situación ideal, pero sí supone una mejora frente al fracaso de un sistema basado en el monopolio estatal.
  • – Se ha modificado el sistema de pensiones, introduciendo una reforma parcial que incorpora diferentes aspectos del exitoso “modelo chileno” impulsado por José Piñera.
  • – El tipo máximo del Impuesto de Sociedades acumula varias rebajas y se sitúa en el 27%, acercándose progresivamente hacia cifras menores y mejorando la situación de Reino Unido (28%), Alemania (29%), España (30%) o Francia (34,4%).

Ahí están los datos. La próxima vez que alguien les diga que Suecia es un ejemplo del éxito socialdemócrata, sonrían y sepan que, sencillamente, el mito no existe.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Los principios del liberalismo: POR JESUS HUERTA DE SOTO

El liberalismo es una corriente de pensamiento (filosófico y económico)

y de acción política que propugna limitar al máximo el poder coactivo

del Estado sobre los seres humanos y la sociedad civil. Así, forman parte

del ideario liberal la defensa de la economía de mercado (también denominada

«sistema capitalista» o de «libre empresa»); la libertad de

comercio (librecambismo) y, en general, la libre circulación de personas,

capitales y bienes; el mantenimiento de un sistema monetario rígido

que impida su manipulación inflacionaria por parte de los gobernantes;

el establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todos los seres

humanos —incluidos aquellos que en cada momento formen parte del

gobierno— estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes entendidas

en su sentido «material» (normas jurídicas, básicamente de derecho

civil y penal, abstractas y de general e igual aplicación a todos); la

limitación del poder del gobierno al mínimo necesario para definir y

defender adecuadamente el derecho a la vida y a la propiedad privada,

a la posesión pacíficamente adquirida, y al cumplimiento de las promesas

y contratos; la limitación y control del gasto público, el principio del

presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de

impuestos; el establecimiento de un sistema estricto de separación de

poderes políticos (legislativo, ejecutivo y judicial) que evite cualquier

atisbo de tiranía; el principio de autodeterminación, en virtud del cual

cualquier grupo social ha de poder elegir libremente qué organización

política desea formar o a qué Estado desea o no adscribirse; la utilización

de procedimientos democráticos para elegir a los gobernantes, sin

que la democracia se utilice, en ningún caso, como coartada para justificar

la violación del Estado de Derecho ni la coacción a las minorías; y

el establecimiento, en suma, de un orden mundial basado en la paz y en

el libre comercio voluntario, entre todas las naciones de la tierra.

Estos principios básicos constituyen los pilares de la civilización occidental

y su formación, articulación, desarrollo y perfeccionamiento son

uno de los logros más importantes en la historia del pensamiento del

género humano. Aunque tradicionalmente se ha afirmado que la doctrina

liberal tiene su origen en el pensamiento de la Escuela escocesa del

siglo XVIII, o en el ideario de la Revolución Francesa, lo cierto es que tal

origen puede remontarse incluso hasta la tradición más clásica del pensamiento

filosófico griego y de la ciencia jurídica romana. Así, sabemos

gracias a Tucídides (Guerra del Peloponeso), cómo Pericles constataba que

en Atenas «la libertad que disfrutamos en nuestro gobierno se extiende

también a la vida ordinaria, donde lejos de ejercer éste una celosa vigilancia

sobre todos y cada uno, no sentimos cólera porque nuestro vecino

haga lo que desee»; pudiéndose encontrar en la Oración fúnebre de

Pericles una de las más bellas descripciones del principio liberal de la

igualdad de todos ante la ley.

Posteriormente, en Roma se descubre que el derecho es básicamente

consuetudinario y que las instituciones jurídicas (como las lingüísticas

y económicas) surgen como resultado de un largo proceso evolutivo e

incorporan un enorme volumen de información y conocimientos que

supera, con mucho, la capacidad mental de cualquier gobernante, por

sabio y bueno que éste sea. Así, sabemos gracias a Cicerón (De re publica,

II, 1-2) cómo para Catón «el motivo por el que nuestro sistema político

fue superior a los de todos los demás países era éste: los sistemas

políticos de los demás países habían sido creados introduciendo leyes

e instituciones según el parecer personal de individuos particulares

tales como Minos en Creta y Licurgo en Esparta … En cambio, nuestra

república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino

de muchos. No ha sido fundada durante la vida de un individuo particular,

sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no

ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para

preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros

en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en

cuenta todo al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que

se deriva de la práctica en el transcurso de un largo periodo de la historia.

El núcleo de esta idea esencial, que habrá de constituir el corazón

del argumento de Ludwig von Mises sobre la imposibilidad teórica de

la planificación socialista, se conserva y refuerza en la Edad Media gracias

al humanismo cristiano y a la filosofía tomista del derecho natural,

que se concibe como un cuerpo ético previo y superior al poder de cada

gobierno terrenal. Pedro Juan de Olivi, San Bernardino de Siena y San

Antonino de Florencia, entre otros, teorizan sobre el papel protagonista

que la capacidad empresarial y creativa del ser humano tiene como

impulsora de la economía de mercado y de la civilización. Y el testigo

de esta línea de pensamiento se recoge y perfecciona por esos grandes

teóricos que fueron nuestros escolásticos durante el Siglo de Oro español,

hasta el punto de que uno de los más grandes pensadores liberales

del siglo XX, el austriaco Friedrich A. Hayek, Premio Nobel de Economía

en 1974, llegó a afirmar que «los principios teóricos de la economía

de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico no fueron

diseñados, como se creía, por los calvinistas y protestantes escoceses,

sino por los jesuitas y miembros de la Escuela de Salamanca durante

el Siglo de Oro español». Así, Diego de Covarrubias y Leyva, obispo

de Segovia y ministro de Felipe II, ya en 1554 expuso de forma impecable

la teoría subjetiva del valor, sobre la que gira toda economía de libre

mercado, al afirmar que «el valor de una cosa no depende de su

naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso

aunque tal estimación sea alocada»; y añade para ilustrar su tesis

que «en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los

hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es

la misma en ambos lugares».

Otro notable escolástico, Luis Saravia de la Calle, basándose en la

concepción subjetivista de Covarrubias, descubre la verdadera relación

que existe entre precios y costes en el mercado, en el sentido de que son

los costes los que tienden a seguir a los precios y no al revés, anticipándose

así a refutar los errores de la teoría objetiva del valor de Carlos Marx

y de sus sucesores socialistas. Así, en su Instrucción de mercaderes (Medina

del Campo 1544) puede leerse: «Los que miden el justo precio de la cosa

según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería

yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de

mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y

peligros.»

Otra notable aportación de nuestros escolásticos es su introducción

del concepto dinámico de competencia (en latín concurrentia), entendida

como el proceso empresarial de rivalidad que mueve el mercado e

impulsa el desarrollo de la sociedad. Esta idea les llevó a su vez a concluir

que los llamados «precios del modelo de equilibrio», que los teóricos

socialistas pretenden utilizar para justificar el intervencionismo y

la planificación del mercado, nunca podrán llegar a ser conocidos. Raymond

de Roover (Scholastics Economics, 1955) atribuye a Luis de Molina

el concepto dinámico de competencia entendida como «el proceso de

rivalidad entre compradores que tiende a elevar el precio», y que nada

tiene que ver con el modelo estático de «competencia perfecta» que hoy

en día los llamados «teóricos del socialismo de mercado» ingenuamente

creen que se puede simular en un régimen sin propiedad privada.

Sin embargo, es Jerónimo Castillo de Bobadilla el que mejor expone

esta concepción dinámica de la libre competencia entre empresarios en

su libro Política para corregidores, publicado en Salamanca en 1585, y en

el que indica que la más positiva esencia de la competencia consiste en

tratar de «emular» al competidor. Bovadilla enuncia, además, la siguiente

ley económica, base de la defensa del mercado por parte de todo liberal:

«los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación

y concurrencia de vendedores.»

Y, en cuanto a la imposibilidad de que los gobernantes puedan llegar

a conocer los precios de equilibrio y demás datos que necesitan para

intervenir en el mercado, destacan las aportaciones de los cardenales

jesuitas españoles Juan de Lugo y Juan de Salas. El primero, Juan de

Lugo, preguntándose cuál puede ser el precio de equilibrio, ya en 1643

concluye que depende de tan gran cantidad de circunstancias específicas

que sólo Dios puede conocerlo («pretium iustum mathematicum licet

soli Deo notum»). Y Juan de Salas, en 1617, refiriéndose a las posibilidades

de que un gobernante pueda llegar a conocer la información específica

que se crea, descubre y maneja en la sociedad civil afirma que

«quas exacte comprehendere et pondedare Dei est non hominum», es

decir, que sólo Dios, y no los hombres, puede llegar a comprender y

ponderar exactamente la información y el conocimiento que maneja un

mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y

lugar.

Tanto Juan de Lugo como Juan de Salas anticipan, pues, en más de

tres siglos, las más refinadas aportaciones científicas de los pensadores

liberales más importantes (Mises, Hayek). Por otro lado, tampoco debemos

olvidar al gran fundador del Derecho Internacional, Francisco

de Vitoria, a Francisco Suárez y a su escuela de teóricos del derecho natural,

que con tanta brillantez y coherencia retomaron la idea tomista

de la superioridad moral del derecho natural frente al poder del estado,

aplicándola con éxito a múltiples casos particulares que, como el de

la crítica moral a la esclavización de los indios en la recién descubierta

América, exigían una clara y rápida toma de posición intelectual.

Pero, sin duda alguna, el más liberal de nuestros escolásticos ha sido

el gran padre jesuita Juan de Mariana (1536-1624), que llevó hasta sus

últimas consecuencias lógicas la doctrina de la superioridad del derecho

natural frente al poder del estado y que hoy han retomado filósofos

liberales tan importantes como Murray Rothbard y Robert Nozick. Especial

importancia tiene el desarrollo de la doctrina sobre la legitimidad

del tiranicidio que Mariana desarrolla en su libro De rege et regis

institutione, publicado en 1599. Mariana califica de tiranos a figuras históricas

como Alejandro Magno o Julio Cesar, y argumenta que está justificado

que cualquier ciudadano asesine al que tiranice a la sociedad

civil, considerando actos de tiranía, entre otros, el establecer impuestos

sin el consentimiento del pueblo, o impedir que se reúna un parlamento

libremente elegido. Otras muestras típicas del actuar de un tirano son,

para Mariana, la construcción de obras públicas faraónicas que, como

las pirámides de Egipto, siempre se financian esclavizando y explotando

a los súbditos, o la creación de policías secretas para impedir que los

ciudadanos se quejen y expresen libremente.

Otra obra esencial de Mariana es la publicada en 1609 con el título

De monetae mutatione, posteriormente traducida al castellano con el título

de Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra

en Castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este notable trabajo Mariana

considera tirano a todo gobernante que devalúe el contenido de metal

de la moneda, imponiendo a los ciudadanos sin su consentimiento el

odioso impuesto inflacionario o la creación de privilegios y monopolios

fiscales. Mariana también critica el establecimiento de precios máximos

para «luchar contra la inflación», y propone la reducción del gasto

público como principal medida de política económica para equilibrar

el presupuesto.

Por último, en 1625, el padre Juan de Mariana publicó otro libro titulado

Discurso sobre las enfermedades de la Compañía en el que ahonda en

la idea liberal de que es imposible que el gobierno organice la sociedad

civil en base a mandatos coactivos, y ello por falta de información. Mariana,

refiriéndose al gobierno, dice que «es gran desatino que el ciego

quiera guiar al que ve», añadiendo que el gobernante «no conoce las

personas, ni los hechos, a lo menos con todas las circunstancias que tienen,

de que pende el acierto. Forzoso es se caiga en yerros muchos, y

graves, y por ellos se disguste la gente, y menosprecie gobierno tan ciego

»; concluyendo que «es loco el poder y mando», y que cuando «las

leyes son muchas en demasía; y como no todas se pueden guardar, ni

aun saber, a todas se pierde el respeto».

Toda esta tradición se filtra por los ambientes intelectuales de todo

el continente europeo influyendo en notables pensadores liberales de

Francia como Balesbat (1692), el marqués D’Argenson (1751) y, sobre

todo, Jacques Turgot, que desde mucho antes que Adam Smith, y siguiendo

a los escolásticos españoles, ya había articulado perfectamente

el carácter disperso del conocimiento que incorporan las instituciones

sociales entendidas como órdenes espontáneos. Así, Turgot, en su

Elogio a Gournay (1759) escribe que «no es preciso probar que cada individuo

es el único que puede juzgar con conocimiento de causa el uso

más ventajoso de sus tierras y esfuerzo. Solamente él posee el conocimiento

particular sin el cual hasta el hombre más sabio se encontraría a

ciegas. Aprende de sus intentos repetidos, de sus éxitos y de sus pérdidas,

y así va adquiriendo un especial sentido para los negocios, que es

mucho más ingenioso que el conocimiento teórico que puede adquirir

un observador indiferente, porque está impulsado por la necesidad». Y

siguiendo a Juan de Mariana, Turgot concluye que es «completamente

imposible dirigir mediante reglas rígidas y un control continuo la multitud

de transacciones que, aunque sólo sea por su inmensidad, no puede

llegar a ser plenamente conocida, y que además dependen de una

multitud de circunstancias siempre cambiantes, que no pueden controlarse,

ni menos aún preverse».

Desafortunadamente, toda esta tradición liberal del pensamiento hispano

fue barrida en la teoría y en la práctica, como indica Francisco

Martínez Marina (Teoría de las Cortes o Grandes Juntas Nacionales de los

Reinos de León y Castilla) por los Austrias y los Borbones, que han producido

una «monstruosa reunión de todos los poderes en una persona,

el abandono y la abolición de las Cortes y siglos de esclavitud del más

horroroso despotismo». Se termina de consolidar así en nuestro país un

marco político y social intolerante e intervencionista ajeno a las más

genuinas tradiciones representativas y liberales de los viejos reinos de

España: la antigua tolerancia y modus vivendi entre las tres religiones de

judíos, moros y cristianos de la época de Alfonso X El Sabio es sustitui157

da por la intolerancia religiosa de los Reyes Católicos y sus sucesores,

que Américo Castro (La realidad histórica de España) y otros han interpretado

como una desviación mimética de la cultura y sociedad españolas

que paradójicamente terminan reflejando e incorporando en su esencia

más íntima las características más negativas de sus seculares «enemigos

»: el integrismo religioso musulmán justificador de la Guerra Santa

contra el infiel, y la obsesión por la pureza de la sangre, propia del pueblo

judío.

No se absorben, por contra, la proverbial iniciativa y espíritu empresarial

de los comerciantes y artesanos hebreos y moriscos que hasta su

expulsión constituyeron la médula económica del país. En España se

termina menospreciando, por considerarse impropia de cristianos viejos,

la función empresarial y prácticamente hasta hoy el éxito económico

se valora negativamente a nivel social y se critica con envidia destructiva,

en vez de ser considerado como una sana y necesaria muestra

del avance de la civilización, que es preciso emular y fomentar.

Si a todo esto añadimos la «Leyenda Negra», que, impulsada por el

mundo protestante y anglosajón, tuvo como objetivo desprestigiar todo

lo español, se comprenderá la soledad y el vacío ideológico con que se

hallaron los ilustrados españoles del siglo XVIII, como Campomanes y

Jovellanos, y los padres de la patria reunidos en las Cortes de Cádiz que

habrían de redactar nuestra primera Constitución de 1812, y que fueron

los primeros en el mundo en calificarse a sí mismos con el término,

introducido por ellos, de «liberales».

La situación en el resto del mundo intelectual europeo no evolucionó

mucho mejor que en España. El triunfo de la Reforma protestante

desprestigió el papel de la Iglesia Católica como límite y contrapeso del

poder secular de los gobiernos, que se vio así reforzado. Además, el pensamiento

protestante y la imperfecta recepción en el mundo anglosajón

de la tradición liberal iusnaturalista a través de los «escolásticos protestantes

» Hugo Grocio y Pufendorf, explica la importante involución

que respecto del anterior pensamiento liberal supuso Adam Smith.

En efecto, como bien indica Murray N. Rothbard (Economic Thought

before Adam Smith, 1995), Adam Smith abandonó las contribuciones

anteriores centradas en la teoría subjetiva del valor, la función empresarial

y el interés por explicar los precios que se dan en el mercado real,

sustituyéndolas todas ellas por la teoría objetiva del valor-trabajo, sobre

la que luego Marx construirá, como conclusión natural, toda la teoría

socialista de la explotación. Además, Adam Smith se centra en explicar

con carácter preferente el «precio natural» de equilibrio a largo

plazo, modelo de equilibrio en el que la función empresarial brilla por

su ausencia y en el que se supone que toda la información necesaria ya

está disponible, por lo que será utilizado después por los teóricos neoclásicos

del equilibrio para criticar los supuestos «fallos del mercado» y

justificar el socialismo y la intervención del Estado sobre la economía y

la sociedad civil. Por otro lado, Adam Smith impregnó la Ciencia Económica

de calvinismo, por ejemplo al apoyar la prohibición de la usura

y al distinguir entre ocupaciones «productivas» e «improductivas». Finalmente,

Adam Smith rompió con el laissez-faire radical de sus antecesores

iusnaturalistas del continente (españoles, franceses e italianos)

introduciendo en la historia del pensamiento un «liberalismo» tibio tan

plagado de excepciones y matizaciones, que muchos «socialdemócratas

» de hoy en día podrían incluso aceptar.

La influencia negativa del pensamiento de la Escuela Clásica anglosajona

sobre el liberalismo se acentúa con los sucesores de Adam Smith

y, en especial, con Jeremías Bentham, que inocula el bacilo del utilitarismo

más estrecho en la filosofía liberal, facilitando con ello el desarrollo

de todo un análisis pseudocientífico de costes y beneficios (que se

creen conocidos), y el surgimiento de toda una tradición de ingenieros

sociales que pretenden moldear la sociedad a su antojo utilizando el

poder coactivo del Estado.

En Inglaterra, Stuart Mill culmina esta tendencia con su apostasía del

laissez-faire y sus numerosas concesiones al socialismo, y en Francia, el

triunfo del racionalismo constructivista de origen cartesiano explica el

dominio intervencionista de la Ecole Polytechnique y del socialismo cientificista

de Saint-Simon y Comte (véase F.A. Hayek, The Counter-Revolution

of Science, 1955), que a duras penas logran contener los liberales

franceses de la tradición de Juan Bautista Say, agrupados en torno a

Frédéric Bastiat y Gustave de Molinari.

Esta intoxicación intervencionista en el contenido doctrinal del liberalismo

decimonónico fue fatal en la evolución política del liberalismo

contemporáneo: uno tras otro, los diferentes partidos políticos liberales

caen víctimas del «pragmatismo», y en aras de mantener el poder a corto

plazo consensúan políticas de compromiso que traicionan sus principios

esenciales confundiendo al electorado y facilitando en última instancia

el triunfo político del socialismo.

Así, el partido liberal inglés termina desapareciendo en Inglaterra

engullido por el partido laborista, y algo muy parecido sucede en el resto

de Europa. La confusión a nivel político y doctrinal es tan grande que

en muchas ocasiones los intervencionistas más conspicuos como John

Maynard Keynes, terminan apropiándose del término «liberalismo» que,

al menos en Inglaterra, Estados Unidos y, en general, en el mundo anglosajón,

pasa a utilizarse para denominar la socialdemocracia intervencionista

impulsora del Estado de Bienestar, viéndose obligados los

verdaderos liberales a buscarse otro término definitorio («classical liberals

», «conservative libertarians» o, simplemente, «libertarians»).

En este contexto de confusión doctrinal y política, no es de extrañar

que en nuestro país nunca haya cuajado una verdadera revolución liberal.

Aunque en el siglo XIX se puede distinguir una señera tradición

del más genuino liberalismo, con representantes tan notables como Laureano

Figuerola y Ballester, Álvaro Flórez Estrada, Luis María Pastor, y

otros, se desarrolla doctrinalmente muy influida por el tibio liberalismo

de la Escuela Anglosajona (la traducción española de José Alonso

Ortiz de La Riqueza de las Naciones ya se había publicado en Santander

en 1794), o por el racionalismo jacobino de la Revolución Francesa.

En el ámbito político el liberalismo español se enfrenta primero a las

poderosas fuerzas absolutistas y después al pragmatismo disgregador

de los «moderados», todo ello en un entorno continuo de guerra civil

desgarradora. De manera que el triunfo de la Gloriosa Revolución Liberal

de 1868 es efímero, y cuando se produce la Restauración Canovista

de 1875, triunfa el arancel proteccionista y se traicionan principios liberales

esenciales, por ejemplo en el ámbito de la autodeterminación del

pueblo cubano, con un coste tremendo para la nación en términos de

sufrimientos humanos.

Y ya entrado el siglo XX la pérdida de contenido doctrinal del Partido

Liberal Democrático se hace cada vez más patente y en cierta medida

culmina con el «reformismo social» de José Canalejas que impregna

su política de medidas intervencionistas y socializadoras, restablece el

servicio militar obligatorio y sigue adelante con la inmoral y nefasta

política de gradual implicación militar de nuestro país en Marruecos.

En este contexto de vacío doctrinal no es de extrañar que los pocos españoles

que continúan aceptando calificarse de «liberales» crean que el

liberalismo, más que un cuerpo de principios dogmáticos a favor de la

libertad, es un simple «talante» caracterizado por la tolerancia y apertura

ante todas las posiciones.

Así, para Gregorio Marañón (véase el Prólogo a sus Ensayos liberales),

«ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto

a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir

jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los

medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y,

por tanto, es mucho más que una política.» Posición que en gran medida

es compartida por otros grandes liberales españoles de la primera

mitad del siglo XX, como José Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga,

y que en gran parte explica por qué el protagonismo político, primero

durante la Dictadura del General Primo de Ribera, después durante la

República y más tarde durante el Franquismo, nunca estuviera en manos

de verdaderos liberales, sino más bien en la esfera de ambos extremos

del intervencionismo (el socialismo obrero o el fascismo o socialismo

conservador o de derechas), o bajo el control de políticos racionalistas

jacobinos como Manuel Azaña.

A pesar de que el siglo XX será tristemente recordado como el siglo

del Estatismo y de los totalitarismos de todo signo que más sufrimiento

han causado al género humano, en sus últimos veinticinco años se ha

observado con gran pujanza un notable resurgir del ideario liberal que

debe achacarse a las siguientes razones. Primeramente, al rearme teórico

liberal protagonizado por un puñado de pensadores que, en su mayoría,

pertenecen o están influidos por la Escuela Austriaca que fue

fundada en Viena cuando Carl Menger retomó en 1871 la tradición liberal

subjetivista de los escolásticos españoles.

Entre otros teóricos, destacan sobre todo Ludwig von Mises y Friedrich

A. Hayek, que fueron los primeros en predecir el advenimiento

de la Gran Depresión de 1929 como resultado del intervencionismo

monetario y fiscal emprendido por los gobiernos durante los «felices»

años veinte, en descubrir el teorema de la imposibilidad científica del

socialismo por falta de información, y en explicar el fracaso de las prescripciones

keynesianas que se hizo evidente con el surgimiento de la

grave recesión inflacionaria de los años setenta.

Estos teóricos han elaborado, por primera vez, un cuerpo completo

y perfeccionado de doctrina liberal en el que también han participado

pensadores de otras escuelas liberales menos comprometidas como la

de Chicago (Knight, Stigler, Friedman y Becker), el «ordo-liberalismo»

de la «economía social de mercado» alemana (Röpke, Eucken, Erhard),

o la llamada «Escuela de la Elección Pública» (Buchanan, Tullock y el

resto de los teóricos de los «fallos del gobierno»).

En segundo lugar, cabe mencionar el triunfo de la llamada revolución

liberal-conservadora protagonizada por Ronald Reagan y Margaret

Thatcher en Estados Unidos e Inglaterra a lo largo de los años ochenta.

Así, de 1980 a 1988 Ronald Reagan llevó a cabo una importante reforma

fiscal que redujo el tipo marginal del impuesto sobre la renta al 28

por 100 y desmanteló, en gran medida, la regulación administrativa de

la economía, generando un importante auge económico que creó en su

país más de 12 millones de puestos de trabajo. Y más cerca de nosotros,

Margaret Thatcher impulsó el programa de privatizaciones de empresas

públicas más ambicioso que hasta hoy se ha conocido en el mundo,

redujo al 40 por ciento el tipo marginal del impuesto sobre la renta, acabó

con los abusos de los sindicatos e inició un programa de regeneración

moral que impulsó fuertemente la economía inglesa, lastrada durante

decenios por el intervencionismo de los laboristas y de los conservadores

más «pragmáticos» (como Edward Heath y otros).

En tercer lugar, quizás el hecho histórico más importante haya sido

la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del socialismo en

Rusia y en los países del Este de Europa, que hoy se esfuerzan por construir

sus economías de mercado en un Estado de Derecho.

Todos estos hechos han llevado al convencimiento de que el liberalismo

y la economía de libre mercado son el sistema político y económico

más eficiente, moral y compatible con la naturaleza del ser humano.

Así, por ejemplo, Juan Pablo II, preguntándose si el capitalismo es la vía

para el progreso económico y social, ha contestado lo siguiente (véase

Centessimus annus, cap. IV, num. 42): «Si por ‘capitalismo’ se entiende

un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de

la empresa, el mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente

responsabilidad para con los medios de producción, la respuesta es ciertamente

positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de ‘economía

de empresa’, ‘economía de mercado’, o simplemente ‘economía libre’.»

El pensamiento español no se ha mantenido ajeno a este resurgir

mundial del liberalismo. Pensadores como Lucas Beltrán o Luis de Olariaga

supieron mantener viva la llama liberal durante los largos años

del autoritarismo franquista, llevándose a cabo un importante esfuerzo

de estudio y popularización del ideario liberal por parte de los profesores,

intelectuales y empresarios aglutinados en torno a la sociedad liberal

Mont Pèlerin, fundada por Hayek en 1947, y al proyecto de Unión

Editorial que, a lo largo de los últimos 25 años, ha traducido, publicado

y distribuido incansablemente en nuestro país las principales obras de

contenido liberal escritas por pensadores extranjeros y nacionales.

Dada la trágica trayectoria del socialismo a lo largo de este siglo, no

es aventurado pensar que el liberalismo se presenta como el ideario

político y económico con más posibilidades de triunfar en el futuro. Y

aunque quedan algunos ámbitos en los que la liberalización sigue planteando

dudas y discrepancias —como, por ejemplo, el de la privatización

del dinero, el desmantelamiento de los megagobiernos centrales a través

de la descentralización autonómica y del nacionalismo liberal, y la

necesidad de defender el ideario liberal en base a consideraciones predominantemente

éticas más que de simple eficacia— el liberalismo promete

como la doctrina más fructífera y humanista. Si España es capaz

de asumir como propio este humanismo liberal y de llevarlo a la práctica

de forma coherente, es seguro que experimentará en el futuro un

notable resurgir como sociedad dinámica y abierta, que sin duda podrá

ser calificado como «Nuevo Siglo de Oro español».

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Una Hipótesis Liberal: POR JOAQUIN NEBREDA

UNA HIPOTESIS LIBERAL PARA EL SIGLO XXI.

El liberalismo es una ideología en sentido estricto, porque ofrece una visión global del mundo y de la vida, porque ofrece una cosmovisión, ordenando ambos, mundo y vida, en razón del individuo y de su irrenunciable exigencia de libertad.

El liberalismo no plantea como dicotomía el binomio individuo-sociedad, porque éste contiene términos complementarios, sino que plantea la confrontación del binomio individuo/sociedad-Estado.

Tanto el pensamiento conservador como el socialista han personificado la sociedad en el Estado. El Estado está legitimado porque es la concreción de la sociedad y, por tanto, el único productor de interés general.

El conservadurismo entenderá que el Estado es el guardián de los valores tradicionales y, en todo caso, el ordenador del desarrollo económico y social y el garante de aquellos valores. Los socialistas considerarán al Estado como instrumento de transformación de la sociedad hacia posiciones más uniformes, tendentes al pensamiento único, más despersonalizadas, de evitación de las élites, de igualitarismo.

Ambas ideologías otorgan al Estado un papel central, por encima del otorgado al individuo, para conservar valores o para transformar la sociedad. Porque el Estado es un bien en sí mismo y es portador de una legitimidad superior a la de los individuos que serán, desde luego, los receptores del bien común que el Estado produce y garantiza.

Es el Estado padre, garante… Es el “poder anónimo”, de Ortega y Gasset, del que el, también, anónimo hombre-masa “cree que es cosa suya” de modo que, ante “cualquier dificultad, conflicto o problema: el hombre-masa tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el Estado… con sus gigantescos e incontrastables medios”.

Para conservadores y socialistas, con pretensiones distintas, se confunde el concepto de Nación con el de Estado, el Estado es el poder que la Nación ha cedido y que le representa, así que es en el Estado en el que se invita a poner la confianza en el futuro, la confianza en la seguridad de cada uno y en la seguridad de todos. De aquí que la intervención pública sea tenida como algo positivo, como “progresista” (así, sería más progresista la sanidad pública que la privada…, con independencia de su eficiencia).

Sin afán de molestar, pero para expresarlo de manera comprensible, puede decirse que conservadores y socialistas coinciden en lo que se llamaría “populismo estatalista”, fundado en el proteccionismo económico con limitación del mercado, lo que genera, en apariencia, seguridad y, realmente, produce estancamiento social, falta de movilidad social. Porque los ricos continúan siéndolo y los pobres, aunque protegidos, continúan siendo pobres. Una economía de mercado altera con rapidez el elenco de operadores, los hijos de los ricos dejan de serlo y surgen ricos nuevos.

El liberalismo no otorga al Estado la competencia de transformación social, porque tal eventual transformación la llevarán a cabo los individuos con su voluntad, articulados en las sociedades intermedias que libremente constituyan (son las “subsociedades libres, en cada una de las cuales pueden defenderse opiniones y creencias diferentes”, de Karl Popper).

Así que dicha transformación social no se produciría según los dictados de un visionario que establece el pensamiento único, que mueve los hilos del poder estatal para crear adeptos, sino que la transformación social se produciría, de manera espontánea, atendiendo al vigor y posibilidades de las corrientes ideológicas y de los intereses lícitos que circulen por la sociedad y se confronten en ella. El Estado sólo establecería el marco de libertad para que cualquier transformación social fuera posible.

El liberalismo, lo reitero, no tiene al Estado como un instrumento de transformación social, sino como un instrumento productor de libertad y justicia y, por tanto, necesario, pero de mínimos, porque entiende que el motor del desarrollo y del cambio es la libertad del individuo, su libre pensamiento, su lícito interés.

Ser garante de la liberad y de la justicia, es la única razón que explica la existencia del Estado. Libertad que se despliega en la sociedad que es pluralidad ordenada de individuos. Libertad que la Ley garantiza y que sólo la Ley puede limitar, con justa causa. Justa causa sólo es el riesgo cierto de un mal inmerecido para los demás.

Para Locke, la Ley, más que la imposición de la voluntad mayoritaria, ha de ser la garantía del individuo frente al Estado y frente a cualquier grupo poderoso, incluso frente a la propia mayoría. Porque la mayoría sólo sirve para asignar el poder, no para dar la razón ni para negar derechos. La mayoría no tiene por qué acertar, pero si tiene por qué mandar. Y es, precisamente, el poder de la mayoría el que debe ser controlado por la Ley.

El liberalismo considera a los individuos, a los ciudadanos, como productores del interés general, lo que también es el Estado, siempre que sea necesaria su intervención y será necesaria sólo cuando los individuos no puedan o no quieran desarrollar una actividad necesaria para el confort común.

El Estado siempre produce interés general cuando actúa, correctamente, como regulador y controlador de las actividades desarrolladas en la sociedad, en los estrictos términos de regulación y control que cada actividad exija. El Estado produce interés general, sólo si es garante de libertad y de justicia.

El Estado democrático no es más que un instrumento representativo, caracterizado por dos elementos: elección, y control, que no es sino derecho a la desconfianza. Elección, o procedimiento aritmético para elegir a quienes ejerzan el poder; Control, o función de quienes no lo han alcanzado (oposición). Porque los electores, incluso los votantes de quien detenta el poder, si son inteligentes, deben ejercer su derecho a la desconfianza respecto de sus elegidos. Nunca debiera ser a la inversa, pese a que ocurra, con frecuencia, que el poder considere como sospechosos y posibles defraudadores a los ciudadanos. Si ocurre así es porque se tiene al Estado como el “Bien” y, consiguientemente, los ciudadanos, la Sociedad, son el riesgo que puede perturbarlo.

De aquí que la clave de una sociedad de hombres libres, de ciudadanos, sea la de disponer de leyes que garanticen y fomenten la libertad y persigan su perturbación y disponga, también, de una justicia imparcial y de calidad. Así que, desde la perspectiva de los liberales, el progreso, la política “progresista”, no se vincula a la mayor intervención pública (que es instrumental y frecuentemente perturbadora), sino que se identifica con la mayor producción de libertad y de justicia.

El liberalismo propugna administraciones con recursos suficientes pero escasos, porque la burocracia es un riesgo para la libertad individual y porque todos los recursos posibles de una sociedad deben estar destinados a producir riqueza, en manos de la iniciativa privada, y sólo los mínimos han de destinarse a la organización que garantice la libertad y la justicia.

El liberalismo fomenta las élites, fomenta la promoción de los mejor preparados. Partiendo de que todos han de tener las mismas posibilidades en origen, cree en el esfuerzo y en el mérito individuales.

La igualdad ha de hacer referencia a los derechos fundamentales, a las exigencias básicas de vida con un necesario mínimo confort y a las posibilidades de poner en evidencia los propios méritos, pero no puede defenderse la igualdad del resultado derivado de méritos y esfuerzos distintos.

El liberalismo, no cabe ocultarlo, no garantiza la bondad de los resultados por el ejercicio de la libertad, precisamente porque la libertad es un bien en sí mismo, que se justifica en sí misma no por sus resultados, y así decía Friedrich Hayek que “La libertad concedida tan solo cuando se sabe de antemano que sus efectos serán beneficiosos, no es libertad”.

Los individuos son iguales en lo básico y distintos en todo lo demás, piénsese que, desde el inicio de la vida humana, en el planeta Tierra no han existido dos seres humanos iguales. El objetivo de los liberales no es hacer ciudadanos iguales (salvo en lo esencial) sino hacer ciudadanos libres y, por tanto, desiguales, distintos entre si. Me temo que este objetivo no es tenido como progresista en la acepción hoy dominante en la opinión pública, en los mass-media.

Si es necesario concretar aquí los pilares del liberalismo, señalo tres: individuo, razón y ley. El individuo libre, como eje del mundo, he aquí el antropocentrismo que emergió en el Renacimiento, tras la oscura Edad Media, y se consolidó en la Ilustración. Como exigencia del individuo libre, la razón, contraste al que ha de someterse toda conducta humana. En el ámbito de lo público, el individuo único sujeto de derechos, y la razón guía de conductas, se concretan en la ley, como garantía del individuo frente a los poderes que tienden a coartar su libertad

LA ADJETIVACION DEL LIBERALISMO.

El liberalismo, si tuviera que ser algo, es “lo más liberal posible”, y así será cuanta más capacidad tengan sus propuestas de producir libertad efectiva para los ciudadanos y requiera menor auxilio de los poderes públicos, que garantizan la justicia porque, desde mi punto de vista, esta mayor potencia productiva de libertad está en relación inversa a la intervención pública.

Ya he advertido que, en mi opinión, el término progresista está contaminado por intenciones poco liberales, porque nació en pagos de dudosa vocación por las libertades y, por otra parte, porque me parece que no es útil para describir, correctamente, los contenidos de las diversas orientaciones del pensamiento liberal.

Si progresismo es el conjunto de criterios en pro del progreso. ¿Quién se va a confesar contrario al progreso y, por tanto, no progresista?. Percátense de que ni siquiera existe el término regresista, por innecesario, aunque yo lo he colado en tres ocasiones, a lo largo de mis DIEZ CONCRECIONES que se acompañan, entrecomillado y con cierta perversidad.

El término progresista no tiene antinomia en el leguaje político, porque es la condensación de todo el bien sin mácula de mal, de modo que quien se excluya de su contorno se hace titular de toda la maldad, esto es lo que quiere transmitir al hombre-masa el vulgar pensamiento único. ¿Cabe mayor simpleza intelectual?.

Es de sentido común que, según desde qué perspectiva se plantee, el progreso podría considerarse una cosa o la otra y, por tanto, deberá alcanzarse por una u otra vía. Los liberales creemos que la libertad individual es, en sí misma, progreso y que la explotación de las propias habilidades, en un marco regulado, genera progreso. Otros, los conservadores y socialistas, creerán que el progreso es la seguridad y la transformación social pre-diseñada, que se alcanza mediando la intervención pública. Así que todos somos progresistas y ninguno “regresista”.

En todo caso. ¿Por qué no define el concepto, quien lo defienda?. Definir un concepto es aislarlo del todo e identificarlo como algo distinto al resto. Naturalmente, habrá que definir primero el concepto progreso y después el de progresismo.

Para Hayek el progreso es “el proceso de formación y modificación del intelecto humano…”, y si hay un ejemplo de progreso ese es nuestra civilización occidental, “objeto de envidia y deseo del resto del mundo”, progreso que nunca fue planificado, porque no son planificables las proyecciones seculares.

En 1960, en plena coexistencia pacífica, Hayek lo dice claramente al advertir que ambos bloques buscan el progreso pero que “La principal diferencia estriba en que sólo los totalitarios saben claramente cómo quieren lograr estos resultados, mientras que el mundo libre puede mostrar únicamente sus logros pasados, dado que, por su misma naturaleza, es incapaz de ofrecer cualquier “plan” detallado de su propio desarrollo”.

Amigos, es la espontaneidad social de Ortega y Gasset y es el fracaso de del marxismo con su falso cientificismo.

¡Cuánto se parece aquella vocación planificadora, barnizada de huero cientificismo, al vigente pensamiento único que, arrogantemente, se autoproclama progresista en exclusiva!.

Pero, realmente, no es novedoso apropiarse de denominaciones. Decía Ortega y Gasset, en referencia a la derecha y la izquierda, que aplico yo hoy al progresismo, que cuando alguien nos pregunta sobre si somos de derecha o de izquierda (hoy, si somos progresistas), “… debemos preguntar al impertinente, qué piensa él que es el hombre y la naturaleza y la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos”.

Vuelvo con Hayek quien, renegando del liberalismo racionalista, también se plantea la denominación de sus ideas y duda de que le sirva hasta el término liberal, cuya connotación americana desprecia, y niega su coincidencia con “…quienes en el continente europeo se denominaron liberales (y) propugnaron, en su mayoría, teorías… impulsando… más al deseo de imponer al mundo un cierto patrón político preconcebido que el de permitir el libre desenvolvimiento de las gentes”. ¿Se dejaría llamar Hayek progresista?. No lo creo.

Recuerden que, también, Karl Popper quería huir de tan pobre alternativa, derecha-izquierda. Siempre sirve para que los arrogantes pensadores de lo políticamente correcto nos dividan, maniqueamente, entre los tocados por el dulce dedo de la modernidad, ellos, y los ajenos a su buena nueva, los críticos, e incluso los escépticos, con el pensamiento único.

Ya habrán advertido que resolver, con arrogancia y altanería, el dilema izquierda-derecha, a favor de la primera opción, no tiene más finalidad que evitar justificar su elección, presentándola como obvia. Pero los liberales estamos sometidos a la razón y tenemos que explicarlo todo, de modo que la arrogancia no nos evitaría la justificación necesaria.

Los liberales somos críticos, no aceptamos, mansamente, el pensamiento único, ni tenemos que aceptar su terminología, porque tenemos la nuestra. ¿Qué pensador liberal se ha autodefinido como liberal progresista?. ¿Por qué utilizar un término radicalmente devaluado por su abusiva utilización y desnaturalizado por su vinculación con el más arcaico antiliberalismo?.

Articulemos líneas de pensamiento sólidas y dejemos de escupir adjetivos, sin contenido reconocido y carentes de utilidad. Porque para los liberales, todos los gatos no son pardos…, cada gato tiene su color.

Pero puestos a adjetivar al pensamiento liberal, por fortuna muy variado, podría ensayarse la de liberalismo radical, refiriéndonos a aquel orientado a la mayor libertad individual y menor intervención pública, y social liberalismo, en referencia al que sugiera una mayor intervención del Estado, a costa de menor libertad individual.

No creyendo, como está dicho, en la adjetivación del liberalismo, me parece que esta clasificación, liberalismo radical y social liberalismo, aporta mayor comprensión de sus respectivos contenidos, siempre y sólo a título meramente orientativo y siempre con el riesgo de que cada cual se adjetive, más que según contenidos según el mayor brillo público del adjetivo. Así somos los seres humanos… El término radical está reconocido en Europa, aunque en España, tenga una mayoritaria acepción negativa, con la ventaja de que nos evitaría muchos presuntuosos (disculpas por el exceso).

He de advertir que, a ojos vista, ni la trayectoria de la Unión Europea ni el derrotero del propio Estado español se orientan en mínima sintonía con las ideas expuestas en estas páginas ni en su anexo. Las cosas son como son y no reconocerlas es muy poco útil, además de estúpido.

Esta realidad negativa me sugiere, aprovechando este debate, la necesidad de mantener vivo, actualizado y combativo, el variado pensamiento liberal (sin calificativos o con ellos, siempre que no sean excluyentes), en pro de reorientar Europa hacia su realidad en trance de olvido, como creadora de la civilización occidental, y a favor de la regeneración del Estado español, empeñado tercamente en acunar el sueño suicida del hombre-masa y en impedir el despertar del hombre-libre, del ciudadano.

Los liberales, acostumbrados a saber que aún no ha llegado nuestra hora, tenemos serenidad y tiempo para afanarnos en la tarea de profundizar en una alternativa doctrinal que sea útil para el momento en que se haga patente la crisis del Estado de las Autonomías, la crisis del Estado del derroche, que, huyendo de sí mismo, corre por un callejón sin salida. Aunque no se lo crean, acabará llegando nuestra hora, no se si solos o en compañía de otros.

Los liberales encuadrados en los partidos políticos, que ya están en compañía de otros, tienen una gran tarea en la introducción de esta alternativa doctrinal, aunque sea limitados por las exigencias de oportunidad y prudencia, digámoslo obiter dicta, propias de la obediencia debida.

Los liberales a la intemperie o encuadrados en entidades de debate y reflexión, también tenemos nuestra tarea, menos encorsetada, menos condicionada y hasta más descarada, para difundir la alternativa de la libertad, sin concesiones a lo vacuo, a lo que hoy se tiene por políticamente correcto.

DIEZ CONCRECIONES ¿UTOPICAS? A LA HIPOTESIS LIBERAL

Para precisar las líneas que anteceden, manifiestamente genéricas, las hago acompañar de estas DIEZ CONCRECIONES, posiblemente utópicas que, si bien no abordan la inmensidad de las exigencias de libertad, pueden dar una idea de lo que entiende su autor por liberalismo en el siglo XXI, pidiendo disculpas por su excesiva apariencia programática.

I.- ESPAÑA ES UNA NACION QUE GARANTIZA LOS PRINCIPIOS DE IGUALDAD Y DE LIBERTAD.

La igualdad esencial de todos los ciudadanos y su libertad individual son principios irrenunciables del liberalismo. Así que, si la hipótesis de una ESPAÑA, NACION DE NACIONES, con independencia de que sea discutible desde el punto de vista científico, pone en cuestión estos principios, tal hipótesis plurinacional debe ser rechazada.

A mi juicio, desde el punto de vista liberal, no es asumible la idea de ESPAÑA, NACION DE NACIONES, que supone el reconocimiento de hechos colectivos identitarios, fundados en la raza y en imaginarios “derechos históricos”:

a) Porque los “derechos históricos”, no sólo son un pésimo argumento de secesión sino, además, porque los “derechos forales originarios”, otorgados por el poder absoluto de los monarcas absolutos, sucumbieron con la caída del antiguo régimen, como se suprimieron las pruebas de limpieza de sangre, como desaparecieron los señoríos, como sucumbió el mayorazgo o como se produjo la confusión de estados.

b) Porque desde la Revolución Francesa no está en cuestión que el único sujeto de derechos políticos sea el ciudadano.

c) Porque, objetivamente, en dos de las regiones españolas (País Vasco y Cataluña) en que los nacionalistas reclaman tales “derechos históricos”, la mayoría social está compuesta por ciudadanos cuyos hipotéticos derechos históricos hundirían sus raíces en otras regiones españolas. Me refiero a la muy intensa emigración interior producida a lo largo de los siglos XIX y XX, que no se toma en consideración, como si los inmigrantes tuvieran la obligación de renunciar a su origen para confundirse con el que ya es manifiesta minoría.

El idioma es pieza clave para la igualdad de todos los ciudadanos, tanto para acceder a la educación y a la cultura como al puesto de trabajo, lo que exige establecer el principio de unidad idiomática que, desde luego, no impida la co-oficialidad subordinada de las lenguas vernáculas. El castellano ha de ser la lengua oficial del Estado, obligatoria para todos los españoles. Las lenguas vernáculas podrán ser protegidas pero nunca impuesto su aprendizaje ni exigido su conocimiento para actividad pública o privada alguna.

En mi opinión, desde la perspectiva liberal, no son asumibles las tesis nacionalistas, porque se fundan en derechos colectivos absolutamente inexistentes, por derogados, y utilizados como aparente derecho de secesión, sometiendo a los ciudadanos, con el vergonzoso apoyo de los poderes públicos, a conductas dirigidas a hacer verdad la falsedad identitaria que una minoría dominante pretende.

Creo que es exigencia de los liberales levantar bandera contra los nacionalismos excluyentes que niegan que el ciudadano sea el único sujeto de derechos políticos y, por tanto, hemos de levantar bandera contra las técnicas de uniformización aplicadas en determinadas regiones españolas para establecer, a posteriori, el falso hecho diferencial, para “hacer país” dicen, aunque sea, realmente, para inventarse un país (alteraciones toponímicas, imposiciones nominativas, represión lingüística, exacerbación del ruralismo en idílica vuelta a unos imaginarios orígenes, etc.).

Por tanto creo que es exigencia de los liberales levantar bandera contra las imposiciones identitarias nacionalistas que, con mayor o menor crueldad, pero cruelmente, se ha venido imponiendo en los últimos treinta años, tanto en el País Vasco como en Cataluña y que ahora asoman en Galicia.

Asombra que esta imposiciones identitarias nacionalistas haya hecho carne en, prácticamente, todos los movimientos de izquierda que se vienen identificando como progresistas, asumiendo esta opción identitaria, excluyente y obligatoria, radicalmente reaccionaria a los ojos de cualquier liberal y, suponía hasta hace algún tiempo, que también a los ojos de cualquier socialista.

CONCLUSION I.-

España es una nación, por sobradas razones históricas y, en todo caso, como garantía de la igualdad de todos los españoles, razón por la que no cabe transigir sobre su existencia y unidad.

El castellano ha de ser el idioma oficial de España, lo que es compatible con la co-oficialidad subordinada de las lenguas vernáculas, como garantía de igualdad de todos los españoles.

Las identidades colectivas con que se niega la nación española vulneran el concepto de ciudadano, único sujeto de derechos políticos, y, por tanto, vulneran los principios de igualdad y de libertad individuales.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

La demonizacion de otro: POR MARIO BLANCO

Rodríguez Braun aportaba diferentes argumentos para señalar lo nocivo de estas medidas de corte tan mercantilista. En primer lugar, las limitaciones comerciales benefician a unos pocos a costa de la mayoría de la población. En ese sentido, los grandes perjudicados de las políticas comerciales intervencionistas son los consumidores, es decir, la población en general. Por otro lado, generan una distorsión en la atribución de responsabilidades, lo que resulta muy atractivo, ya que los políticos aparecen como salvadores y se señala un culpable extranjero, en quien la población puede descargar su frustración.

Estos argumentos tan claros y lúcidos pueden aplicarse no solamente a empresas o países, también a los agentes económicos: a los individuos.

Por desgracia, estas reflexiones son de plena actualidad. Una de las aficiones de las sociedades, fruto del mito del Estado del Bienestar, consiste en demonizar al de al lado y tratar de mejorar a costa de los demás. Esa, según Ayn Rand, es la diferencia entre el socialismo y el capitalismo. El socialismo incentiva a los individuos a vivir a costa de los demás. El capitalismo incentiva a los participantes en el mercado a competir entre sí como medio de superar a los demás. Y, exactamente como describe el profesor Rodríguez Braun, el privilegio de unos pocos provoca el empobrecimiento de muchos, los contribuyentes.

Un ejemplo lo tenemos en la reacción de mucha gente cuando se expone la solución propuesta por el Instituto Juan de Mariana al caso de Bankia: la conversión forzosa de parte de las obligaciones en acciones. De esta manera, la deuda pasaría a ser propiedad y serían aquellos acreedores que se fiaron de Bankia y se involucraron más intensamente en su financiación los que habrían de pechar con la situación, no los contribuyentes. Ante esa solución, una de las pegas más comunes consiste en explicar que muchos pensionistas tienen en sus fondos de pensiones obligaciones de Bankia; acto seguido, se suele añadir que muchos otros compraron convertibles engañados.

En primer lugar, son cosas diferentes. El engaño hay que denunciarlo, y no es una característica del capitalismo o de la economía liberal. Es propio de la naturaleza humana, por eso existen leyes que protegen del engaño. Pero el argumento del fondo de pensiones es muy resbaladizo y populista. Es decir, es de los que la gente común se traga fácilmente. Uno se imagina a la pobre abuela que no tiene necesidad de saber los intríngulis del mundo financiero y se fía de su caja de ahorros, posiblemente la misma de siempre, en la que abrió la cartilla al nieto, en la que estaba su nómina. Y, claro, pensar en que esa señora va a perder su pensión nos indigna a todos. A los liberales, a los libertarios, a los capitalistas también. Sobre todo porque la frase con la que te atacan es: «¿Te parece justo que esa señora pierda su pensión mientras Rato, Blesa, Fernández Ordóñez y los demás se van de rositas?».

No me parece justo que los responsables de un delito se vayan de rositas, ni en el caso Bankia ni en ningún otro. Pero, empleando su lógica, lo que se está diciendo es que lo justo es que una madre soltera que trabaja, que no ha tenido oportunidad de formarse mucho, que mantiene a su hijo de meses, que paga sus impuestos y apenas llega a fin de mes pague el roto que han dejado entre unos y otros en una caja de ahorros con la que no tiene nada que ver. ¿Es justo que esa pobre mujer pague?

Para empezar, en el caso de la abuelita, es muy probable que el fondo esté diversificado, con lo cual no perdería el valor de todo; y además la propuesta es convertir obligatoriamente sólo parte de las obligaciones, así que el efecto final sería muy pequeño. Y, por otro lado, no se sabe quiénes son los poseedores de las obligaciones, pero muchas están en manos de bancos extranjeros y fondos de inversión de bancos españoles. El caso de la viejecita, como el de la madre soltera, es muy restringido.

Pero lo peor es el mensaje: no importa dónde ponga usted su dinero; si pierde, ya se lo paga el resto de los españoles. Es decir, se incentivan las malas inversiones y no las buenas.

No estaría de más plantearse cuál es la causa real de todo el problema de Bankia: la intervención directa del poder político en el sistema financiero. ¿Alguien ha propuesto que se acabe con ello? No, se ha pedido más Estado. Pues eso es lo que, por desgracia, vamos a tener.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Sandeces: Compartir el tiempo de trabajo es el inicio de la solución

Una de las sandeces mas grandes que existen es la de pensar que la economía es un juego de suma cero. Como resultado de esta creencia muchos opinan que lo mejor para combatir la pobreza es repartir el fruto del trabajo entre todos los ciudadanos. La hermana gemela de esta idea afirma que es el propio trabajo el que debe ser objeto de ese reparto. Aquí tienen un artículo que intenta justificar esta bobada:  

COMPARTIR EL TIEMPO DE TRABAJO ES EL INICIO DE LA SOLUCIÓN
Las medidas que hoy día se barajan para reducir el paro en los países de nuestro entorno se basan principalmente en «mimar» a las empresas, dado que son las que generan empleo. Cuestiones comunes de todas esas políticas o reformas laborales son el aumento de la productividad y el de las horas trabajadas, bien prolongando la jornada laboral o prolongando la vida laboral (o ambas cosas a la vez).
¿Funcionarán estas medidas? ¿Tendrán como resultado la creación de, por ejemplo, cuatro millones de puestos de trabajo en nuestro país en un plazo razonable? Si la respuesta es que no, que no confiamos en que las medidas desarrolladas en la actualidad generen el empleo prometido, entonces «malo». Y si la respuesta es que sí, también «malo», porque si trabajamos todos, trabajamos más y además con una productividad mayor, entonces estamos abocados a una enorme sobreproducción con consecuencias nefastas para nuestra sociedad: sobreconsumo exacerbado, conflictos políticos y armados por el control de los recursos, deterioro acelerado del medio ambiente, estrategias empresariales muy agresivas para captar nuevos clientes, despilfarro, corrupción… En resumen, el camino que estamos tomando no lleva a ninguna situación aceptable: o bien seguimos con unas tasas de desempleo elevadas, o bien vivimos en un planeta agotado y repleto de conflictos.

La solución pasa por compartir el tiempo de trabajo, que los privilegiados que aún conservan su empleo por cuenta ajena cedan parte de su jornada para que ese hueco que dejan lo ocupen nuevos empleados rescatados del pozo del paro. Pongamos, por ejemplo, que se reduce la jornada laboral un 20%, de forma que se limite a 32 horas semanales (en vez de 40 horas) o, expresado de otra forma, que se trabajen cuatro días a la semana en vez de cinco. De adoptarse esta medida, se crearían inmediata y directamente cerca de 4 millones de puestos de trabajo en España sin que ello supusiera sobreproducción, puesto que el total de horas trabajadas serían las mismas. Se comparte el trabajo y se comparte la renta.

SE NECESITA LA ACEPTACIÓN DE EMPRESARIOS Y TRABAJADORES

Ahora bien, ¿van a aceptar los empresarios una propuesta como ésta? Probablemente no, porque contratar a una persona más para obtener las mismas horas trabajadas le supone aumentar los costes  laborales (nada menos que un 20 %) manteniendo los ingresos, lo que se traduce en menos beneficios.

¿Aceptarán los trabajadores? Probablemente la mayoría no la acepte porque pensará que la reducción de la jornada en un 20 % estará acompañada de una reducción proporcional de su salario. Puede que algunos estén dispuestos a decir que sí, los que valoren mucho su tiempo de ocio, pero presumiblemente la mayor parte pondrá reparos, puesto que solemos estar «atados» a un nivel de vida de tal manera que no podemos permitirnos el lujo de ver reducidos nuestros ingresos.

Entonces ¿esta propuesta de compartir el tiempo de trabajo está abocada al fracaso? Aparentemente sí, pero añádase el matiz siguiente: ¿y si la propuesta se pudiera realizar sin que aumentara el coste laboral en las empresas y sin que los trabajadores vieran reducido su salario? Si esto es posible, entonces nadie tiene por qué negarse, ni empresas ni trabajadores, habría consenso de los principales protagonistas y el resultado sería un mundo mucho mejor, donde se produce lo mismo aunque trabajando y obteniendo renta todos, con más tiempo de ocio para dedicar a actividades enriquecedoras (familia, amigos, deportes, facetas creativas…), donde ya las personas no tienen por qué dejarse seducir por la economía sumergida, donde aumenta el consumo interno porque ahora hay millones de familias que obtienen nuevos ingresos, y este aumento será muy beneficioso para la economía del país, donde habría menos violencia doméstica, menos ansiedad, menos stress, menos delincuencia… Si poner en marcha esta propuesta es posible, no cabe duda que debe ser un objetivo prioritario desde todos los puntos de vista.

LOS BENEFICIOS ECONÓMICOS DE LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS COMPENSARÍAN EL COSTE LABORAL DE LOS NUEVOS EMPLEADOS

Si se rescata del paro a un nuevo empleado por cada cuatro actualmente ocupados, estaríamos hablando de cerca de cuatro millones de empleos nuevos. ¿Quién soportaría el coste laboral -salarios y costes sociales- de estos nuevos empleados? Estamos hablando de miles de millones de euros…

Esta humilde propuesta sugiere que no sean ni los empresarios ni los trabajadores los que abonen esta factura ¿Quién entonces? La clave está en que las administraciones públicas recibirían tantos beneficios económicos por poner en práctica esta idea, que compensarían con creces el coste mencionado, y aún más si añadimos los inmensos beneficios sociales que se derivarían de la aplicación de esta propuesta. De alguna manera, las administraciones públicas deberían convertirse en canalizadores de esos fondos para hacer factible esta propuesta.

El autor de este blog no pretende ser exhaustivo en este espacio, para eso se ha realizado un trabajo de investigación y documentación que ha dado sus frutos en el libro «Eliminar el paro… ES POSIBLE… trabajando menos». Pero con ánimo de propiciar el debate a continuación se muestran algunos de esos beneficios económicos:

  • Ahorro en prestaciones y subsidios por desempleo.
  • Ahorro en recursos necesarios para la gestión del desempleo.
  • Aumentan las cotizaciones a los fondos sociales.
  • Disminuyen los gastos sanitarios de la Seguridad Social.
  • Aumenta la demanda agregada (gracias al tirón del consumo interno).
  • Aumentan los ingresos por impuestos indirectos.
  • Aumentan los ingresos por impuestos directos.
  • «Emerge» gran parte de la economía sumergida.
  • Se reducen los gastos del Fondo de Garantía Salarial.
  • Aumenta la inversión extranjera.
  • Se evitan tentaciones de deslocalización de empresas.
  • Disminuye el absentismo laboral.
  • Disminuye la delincuencia.
  • Aumenta la productividad.
  • Se reduce la siniestralidad laboral.
  • Se revaloriza la cultura del ocio.
Euro a euro alcanzaríamos esos miles de millones necesarios para poner en marcha esta idea de compartir el tiempo de trabajo sin aumentar el coste laboral en las empresas ni reducir el salario de los actualmente ocupados, Y el resultado: un mundo mejor para todos. ¿No crees que merece la pena al menos debatir esta propuesta?
Publicado en OTROS, SANDECES | Deja un comentario

De servicios y servidumbres: POR JUAN RAMÓN RALLO

Decía Lysander Spooner que el Estado era peor que un asaltador de caminos porque éste, al menos, no intentaba sermonearte y convencerte de que te estaba robando «por tu bien»: el ladrón te arrebata la cartera, se va y te deja en paz, mientras que el Estado se instala a tu lado para convertirte no sólo en su esclavo económico sino, sobre todo, en su esclavo moral.

El Estado francés no sólo es una institución que año tras año se queda con más de la mitad de todos los ingresos de sus ciudadanos, sino que además trata de persuadirles de que todavía pagan demasiado poco y de que redunda en su interés el terminar de rendir sus haciendas particulares a la Hacienda de la República. Tampoco es que posea alternativa: cualquier banda organizada que ose sisar cantidades tan astronómicas a un grupo de personas necesariamente vivirá sometido a un riesgo potencial de rebelión que únicamente podrá aplacarse y controlarse con un continuado adoctrinamiento y una bombardeante propaganda.

A tal fin se dirigió el célebre Hollandazo fiscal por el que las rentas de más de un millón de euros pasaban a estar sometidas a un tipo marginal del 75%. Su propósito, a diferencia de lo que algunos quisieron creer, no era el de incrementar los ingresos del Estado francés, pues la recaudación de la medida se preveía absolutamente exigua, sino templar los ánimos de unas clases medias que se ven sometidos a un sistema fiscal igualmente invasivo y ahogante. En otras palabras, el objetivo del Hollandazo era hacerles más digerible la rapiña fiscal a la mayoría de franceses de ingresos moderados –que son el auténtico granero del que se nutre el erario– ofreciéndoles a modo de sacrificio y carnaza el despellejamiento de cuatro odiosos ricachones. En el fondo no era un impuesto contra los ricos, sino una campaña de marketing para consolidar la exacción fiscal de las clases medias y bajas.

De ahí que la reacción de Gerard Depardieu sea tan bienvenida. No porque Obelix esté combatiendo al César François por el bien de la irreductible aldea gala, sino porque, al tratar de salvaguardar su propiedad en su propio interés, no sólo recuerda a todos los franceses quiénes son siempre los auténticos sojuzgados en materia fiscal (todos aquellos que no pueden evitarlo, esto es, la mayor parte de las clases medias que no cuentan ni con recursos ni con asesores para protegerse de las mordidas gubernamentales) sino que, sobre todo, pone de relieve el auténtico fondo de la cuestión: la tributación confiscatoria de la Grandeur.

Así las cosas, a Hollande no le ha quedado otro remedio que salir a la palestra para tratar de redirigir la indignación social contra los exiliados fiscales como Depardieu en lugar de contra lel auténtico culpable: la voraz Hacienda gala. Peticiona Hollande que los contribuyentes tienen el deber de servir a Francia, es decir, al Estado francés, es decir, al propio Hollande. Otro con complejo de Rey Sol. En realidad, el mayor servicio que los contribuyentes franceses pueden prestar a su país y a sus connacionales no es agachar la cabeza e hincar la rodilla ante el publicano de turno, sino, entre otras contestaciones, ejercer en masa el muy democrático voto con los pies cruzando la frontera y acelerando la descomposición de su reaccionario, opresivo y pauperizador régimen tributario. Lo que reivindica Hollande no es un servicio a la ciudadanía, sino una servidumbre al Estado; mas sólo revistiendo lo segundo de lo primero tendrá oportunidad de canalizar el odio social contra el traicionero exiliado fiscal, minimizar futuros casos análogos, argamasar a quienes creen que pagan muchos impuestos porque los ricos no contribuyen y, en última instancia, lograr mantener en pie la descarada institucionalización del expolio en beneficio de políticos, burócratas, grupos de presión y buscadores de rentas. A nada más que esto se reduce toda la pomposa retórica de nuestros estatistas gobernantes.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Acabar con el comunismo: POR RAÚL BENOIT

Como los cubanos en el café Versalles de Miami, los venezolanos exiliados en el sur de la Florida se preparan para quemar pólvora y celebrar la inminente partida del dictador Hugo Chávez. Lo que no saben, ni los unos ni los otros, es que la desaparición de Fidel Castro y del cabecilla de la revolución bolivariana traerá más problemas que soluciones, tanto para la isla como para el otrora rico país petrolero de Suramérica. 

Desarraigar el comunismo –del sistema educativo, la sanidad, la burocracia neoburguesa, etc…– y persuadir a las fuerzas armadas de que apoyar a Chávez fue el peor error de su historia será tan difícil como acabar con los tumores que, supuestamente, han ido diezmando la energía y la fortaleza del perturbado líder. 

Tanto Chávez en Venezuela como Castro en Cuba son expertos populistas que generan antipatía con lo que llaman «imperialismo» y propagan el miedo advirtiendo a sus compatriotas de que los capitalistas les quitarán sus derechos y de que se cierne sobre sus países un golpe de estado. 

Llegaron al poder prometiendo equidad, justicia y seguridad, pero la realidad es otra. La gente pasa hambre, perdió libertades individuales y ciudadanas y soporta niveles de criminalidad insostenibles, como en Caracas. 

Quisiera ser menos pesimista y vaticinar que al desaparecer el ilusionista Chávez nadie podrá sustentar su mentira disfrazada, ni siquiera Nicolás Maduro, un exchófer de bus que ejerce como vicepresidente de Venezuela y que aparenta ser un hombre sereno y pacífico. Del agua mansa me libre Dios, que de la brava ya me libraré yo. Maduro es más calculador que el arrebatado y delirante Chávez, por lo tanto hay que temer sus movimientos y jugadas. Por algo el caudillo delegó semejante carga en él. 

La llamada «boliburguesía» no soltará el hueso del poder por muchos años; y cuando el pueblo despierte, si es que llega a hacerlo, los daños serán irreparables. 

Venezuela y Cuba tardarán décadas en volver a recuperarse económicamente, en erradicar el narcotráfico –incrustado en el poder– y reencauzar a la juventud, para que sepa que la doctrina comunista caducó y que es perjudicial para las sociedades modernas. Las nuevas generaciones deben aprender que los valores humanos no están cimentados en el odio y el resentimiento social. 

Irónicamente, el comunismo funciona a manera de una religión y no como una ideología. Es un culto que se basa en conceptos arcaicos, que inyecta veneno antiimperialista en escuelas y universidades y enseña que la justicia social comienza con la distribución equitativa de la riqueza, lo cual no sería tan malo si fuese verdad, pero en el comunismo el pueblo es pobre y los gobernantes ricos. El comunismo arrebata libertades, se apodera de los bienes, el patrimonio y hasta el espíritu de las personas que lo padecen, subyugadas por el tirano de turno. 

Todo eso lo hizo Chávez en Venezuela, siguiendo los parámetros que le enseñó Castro. En Cuba el comunismo está enquistado en los genes de la gente, que ha tolerado más de 50 años de dictadura. Modificar las cosas podría demorar décadas. 

Recuerden lo que les digo: teman el ilusionismo más que al ilusionista. En otras palabras, asústense con el poder y la penetración del chavismo más que con el propio Chávez.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Liberalismo: POR HUERTA DE SOTO

El liberalismo es una corriente de pensamiento (filosófico y económico) y de acción política que propugna limitar al máximo el poder coactivo del Estado sobre los seres humanos y la sociedad civil. Así, forman parte del ideario liberal la defensa de la economía de mercado (también denominada «sistema capitalista» o de «libre empresa»); la libertad de comercio (librecambismo) y, en general, la libre circulación de personas, capitales y bienes; el mantenimiento de un sistema monetario rígido que impida su manipulación inflacionaria por parte de los gobernantes; el establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todos los seres humanos -incluyendo aquellos que en cada momento formen parte del Gobierno- estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes entendidas en su sentido «material» (normas jurídicas, básicamente de derecho civil y penal, abstractas y de general e igual aplicación a todos); la limitación del poder del Gobierno al mínimo necesario para definir y defender adecuadamente el derecho a la vida y a la propiedad privada, a la posesión pacíficamente adquirida, y al cumplimiento de las promesas y contratos; la limitación y control del gasto público, el principio del presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de impuestos; el establecimiento de un sistema estricto de separación de poderes políticos (legislativo, ejecutivo y judicial) que evite cualquier atisbo de tiranía; el principio de autodeterminación, en virtud del cual cualquier grupo social ha de poder elegir libremente qué organización política desea formar o a qué Estado desea o no adscribirse; la utilización de procedimientos democráticos para elegir a los gobernantes, sin que la democracia se utilice, en ningún caso, como coartada para justificar la violación del Estado de Derecho ni la coacción a las minorías; y el establecimiento, en suma, de un orden mundial basado en la paz y en el libre comercio voluntario, entre todas las naciones de la tierra. Estos principios básicos constituyen los pilares de la civilización occidental y su formación, articulación, desarrollo y perfeccionamiento son uno de los logros más importantes en la historia del pensamiento del género humano. Aunque tradicionalmente se ha afirmado que la doctrina liberal tiene su origen en el pensamiento de la Escuela Escocesa del siglo XVIII, o en el ideario de la Revolución Francesa, lo cierto es que tal origen puede remontarse incluso hasta la tradición más clásica del pensamiento filosófico griego y de la ciencia jurídica romana. Así, sabemos gracias a Tucídides (Guerra del Peloponeso), como Pericles constataba que en Atenas «la libertad que disfrutamos en nuestro gobierno se extiende también a la vida ordinaria, donde lejos de ejercer éste una celosa vigilancia sobre todos y cada uno, no sentimos cólera porque nuestro vecino haga lo que desee»; pudiéndose encontrar en la Oración Fúnebre de Pericles una de las más bellas descripciones del principio liberal de la igualdad de todos ante la ley.
 
Posteriormente en Roma se descubre que el derecho es básicamente consuetudinario y que las instituciones jurídicas (como las lingüísticas y económicas) surgen como resultado de un largo proceso evolutivo e incorporan un enorme volumen de información y conocimientos que supera, con mucho, la capacidad mental de cualquier gobernante, por sabio y bueno que éste sea. Así, sabemos gracias a Cicerón (De re publica, II, 1-2) como para Catón «el motivo por el que nuestro sistema político fue superior a los de todos los demás países era éste: los sistemas políticos de los demás países habían sido creados introduciendo leyes e instituciones según el parecer personal de individuos particulares tales como Minos en Creta y Licurgo en Esparta… En cambio, nuestra república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No ha sido fundada durante la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en cuenta todo al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la práctica en el transcurso de un largo periodo de la historia». El núcleo de esta idea esencial, que habrá de constituir el corazón del argumento de Ludwig von Mises sobre la imposibilidad teórica de la planificación socialista, se conserva y refuerza en la Edad Media gracias al humanismo cristiano y a la filosofía tomista del derecho natural, que se concibe como un cuerpo ético previo y superior al poder de cada gobierno terrenal. Pedro Juan de Olivi, San Bernardino de Siena y San Antonino de Florencia, entre otros, teorizan sobre el papel protagonista que la capacidad empresarial y creativa del ser humano tiene como impulsora de la economía de mercado y de la civilización. Y el testigo de esta línea de pensamiento se recoge y perfecciona por esos grandes teóricos que fueron nuestros escolásticos durante el Siglo de Oro español, hasta el punto de que uno de los más grandes pensadores liberales del siglo XX, el austriaco Friedrich A. Hayek, Premio Nobel de Economía en 1974, llegó a afirmar que «los principios teóricos de la economía de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico no fueron diseñados, como se creía, por los calvinistas y protestantes escoceses, sino por los jesuitas y miembros de la Escuela de Salamanca durante el Siglo de Oro español». Así, Diego de Covarrubias y Leyva, arzobispo de Segovia y ministro de Felipe II, ya en 1554 expuso de forma impecable la teoría subjetiva del valor, sobre la que gira toda economía de libre mercado, al afirmar que «el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso aunque tal estimación sea alocada»; y añade para ilustrar su tesis que «en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares». Otro notable escolástico, Luis Saravia de la Calle, basándose en la concepción subjetivista de Covarrubias, descubre la verdadera relación que existe entre precios y costes en el mercado, en el sentido de que son los costes los que tienden a seguir a los precios y no al revés, anticipándose así a refutar los errores de la teoría objetiva del valor de Carlos Marx y de sus sucesores socialistas. Así, en su Instrucción de mercaderes (Medina del Campo 1544) puede leerse: «Los que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros».
 
Otra notable aportación de nuestros escolásticos es su introducción del concepto dinámico de competencia (en latín concurrentium), entendida como el proceso empresarial de rivalidad que mueve el mercado e impulsa el desarrollo de la sociedad. Esta idea les llevó a su vez a concluir que los llamados «precios del modelo de equilibrio», que los teóricos socialistas pretenden utilizar para justificar el intervencionismo y la planificación del mercado, nunca podrán llegar a ser conocidos. Raymond de Roover (Scholastics Economics, 1955) atribuye a Luis de Molina el concepto dinámico de competencia entendida como «el proceso de rivalidad entre compradores que tiende a elevar el precio», y que nada tiene que ver con el modelo estático de «competencia perfecta» que hoy en día los llamados «teóricos del socialismo de mercado» ingenuamente creen que se puede simular en un régimen sin propiedad privada. Sin embargo, es Jerónimo Castillo de Bovadilla el que mejor expone esta concepción dinámica de la libre competencia entre empresarios en su libro Política para corregidores publicado en Salamanca en 1585, y en el que indica que la más positiva esencia de la competencia consiste en tratar de «emular» al competidor. Bovadilla enuncia, además, la siguiente ley económica, base de la defensa del mercado por parte de todo liberal: «los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de vendedores». Y en cuanto a la imposibilidad de que los gobernantes puedan llegar a conocer los precios de equilibrio y demás datos que necesitan para intervenir en el mercado, destacan las aportaciones de los cardenales jesuitas españoles Juan de Lugo y Juan de Salas. El primero, Juan de Lugo, preguntándose cuál puede ser el precio de equilibrio, ya en 1643 concluye que depende de tan gran cantidad de circunstancias específicas que sólo Dios puede conocerlo («pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum»). Y Juan de Salas, en 1617, refiriéndose a las posibilidades de que un gobernante pueda llegar a conocer la información específica que se crea, descubre y maneja en la sociedad civil afirma que «quas exacte comprehendere et pondedare Dei est non hominum», es decir, que sólo Dios, y no los hombres, puede llegar a comprender y ponderar exactamente la información y el conocimiento que maneja un mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y lugar. Tanto Juan de Lugo como Juan de Salas anticipan, pues, en más de tres siglos, las más refinadas aportaciones científicas de los pensadores liberales más conspicuos (Mises, Hayek). Por otro lado, tampoco debemos olvidar al gran fundador del Derecho Internacional Francisco de Vitoria, a Francisco Suárez y a su escuela de teóricos del derecho natural, que con tanta brillantez y coherencia retomaron la idea tomista de la superioridad moral del derecho natural frente al poder del estado, aplicándola con éxito a múltiples casos particulares que, como el de la crítica moral a la esclavización de los indios en la recién descubierta América, exigían una clara y rápida toma de posición intelectual. Pero, sin duda alguna, el más liberal de nuestros escolásticos ha sido el gran padre jesuita Juan de Mariana (1536-1624) que llevó hasta sus últimas consecuencias lógicas la doctrina liberal de la superioridad del derecho natural frente al poder del estado y que hoy han retomado filósofos liberales tan importantes como Murray Rothbard y Robert Nozick. Especial importancia tiene el desarrollo de la doctrina sobre la legitimidad del tiranicidio que Mariana desarrolla en su libro De rege et regis institutione publicado en 1599. Mariana califica de tiranos a figuras históricas como Alejandro Magno o Julio Cesar, y argumenta que está justificado que cualquier ciudadano asesine al que tiranice a la sociedad civil, considerando actos de tiranía, entre otros, el establecer impuestos sin el consentimiento del pueblo, o impedir que se reúna un parlamento libremente elegido. Otras muestras típicas del actuar de un tirano son, para Mariana, la construcción de obras públicas faraónicas que, como las pirámides de Egipto, siempre se financian esclavizando y explotando a los súbditos, o la creación de policías secretas para impedir que los ciudadanos se quejen y expresen libremente. Otra obra esencial de Mariana es la publicada en 1609 con el título De monetae mutatione, posteriormente traducida al castellano con el título de Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este notable trabajo Mariana considera tirano a todo gobernante que devalúe el contenido de metal de la moneda, imponiendo a los ciudadanos sin su consentimiento el odioso impuesto inflacionario o la creación de privilegios y monopolios fiscales. Mariana también critica el establecimiento de precios máximos para «luchar contra la inflación», y propone la reducción del gasto público como principal medida de política económica para equilibrar el presupuesto. Por último, en 1625, el padre Juan de Mariana publicó otro libro titulado Discurso sobre las enfermedades de la Compañía en el que ahonda en la idea liberal de que es imposible que el gobierno organice la sociedad civil en base a mandatos coactivos, y ello por falta de información. Mariana, refiriéndose al gobierno dice que «es gran desatino que el ciego quiera guiar al que ve», añadiendo que el gobernante «no conoce las personas, ni los hechos, a lo menos, con todas las circunstancias que tienen, de que pende el acierto. Forzoso es se caiga en yerros muchos, y graves, y por ellos se disguste la gente, y menosprecie gobierno tan ciego»; concluyendo Mariana que «es loco el poder y mando», y que cuando «las leyes son muchas en demasía; y como no todas se pueden guardar, ni aun saber, a todas se pierde el respeto».
 
Toda esta tradición se filtra por los ambientes intelectuales de todo el continente europeo influyendo en notables pensadores liberales de Francia como Balesbat (1692), el marqués D’Argenson (1751) y, sobre todo, Jacques Turgot, que desde mucho antes que Adam Smith, y siguiendo a los escolásticos españoles ya había articulado perfectamente el carácter disperso del conocimiento que incorporan las instituciones sociales entendidas como órdenes espontáneos. Así, Turgot, en su Elegía a Gournay (1759) escribe que «no es preciso probar que cada individuo es el único que puede juzgar con conocimiento de causa el uso más ventajoso de sus tierras y esfuerzo. Solamente él posee el conocimiento particular sin el cual hasta el hombre más sabio se encontraría a ciegas. Aprende de sus intentos repetidos, de sus éxitos y de sus pérdidas, y así va adquiriendo un especial sentido para los negocios que es mucho más ingenioso que el conocimiento teórico que puede adquirir un observador indiferente, porque está impulsado por la necesidad». Y siguiendo a Juan de Mariana, Turgot concluye que es «completamente imposible dirigir mediante reglas rígidas y un control continuo la multitud de transacciones que aunque sólo sea por su inmensidad no puede llegar a ser plenamente conocida, y que además dependen de una multitud de circunstancias siempre cambiantes, que no pueden controlarse, ni menos aún preverse».
 
Desafortunadamente, toda esta tradición liberal del pensamiento hispano fue barrida en la teoría y en la práctica, como indica Francisco Martínez Marina (Teoría de las Cortes o Grandes Juntas Nacionales de los Reinos de León y Castilla) por los Austrias y los Borbones que han producido una «monstruosa reunión de todos los poderes en una persona, el abandono y la abolición de las Cortes y siglos de esclavitud del más horroroso despotismo». Se termina de consolidar así en nuestro país un marco político y social intolerante e intervencionista ajeno a las más genuinas tradiciones representativas y liberales de los viejos reinos de España: la antigua tolerancia y modus vivendi entre las tres religiones de judíos, moros y cristianos de la época de Alfonso X El Sabio, es sustituida por la intolerancia religiosa de los Reyes Católicos y sus sucesores, que Americo Castro (La realidad histórica de España) y otros han interpretado como una desviación mimética de la cultura y sociedad españolas que paradójicamente terminan reflejando e incorporando en su esencia más íntima las características más negativas de sus seculares «enemigos»: el integrismo religioso musulmán justificador de la Guerra Santa contra el infiel, y la obsesión por la pureza de la sangre, propia del pueblo judío. No se absorben, por contra, la proverbial iniciativa y espíritu empresarial de los comerciantes y artesanos hebreos y moriscos que hasta su expulsión constituyeron la médula económica del país. En España se termina menospreciando, por considerarse impropia de cristianos viejos, la función empresarial y prácticamente hasta hoy el éxito económico se valora negativamente a nivel social y se critica con envidia destructiva, en vez de ser considerado como una sana y necesaria muestra del avance de la civilización, que es preciso emular y fomentar. Si a todo esto añadimos la «Leyenda Negra» que impulsada por el mundo protestante y anglosajón tuvo como objetivo desprestigiar todo lo español, se comprenderá la soledad y el vacío ideológico con que se hallaron los ilustrados españoles del siglo XVIII, como Campomanes y Jovellanos, y los padres de la patria reunidos en las Cortes de Cádiz que habrían de redactar nuestra primera Constitución de 1812, y que fueron los primeros en el mundo en calificarse a sí mismos con el término, introducido por ellos, de «liberales».
 
La situación en el resto del mundo intelectual europeo no evolucionó mucho mejor que en España. El triunfo de la Reforma protestante desprestigió el papel de la Iglesia Católica como límite y contrapeso del poder secular de los gobiernos, que se vio así reforzado. Además el pensamiento protestante y la imperfecta recepción en el mundo anglosajón de la tradición liberal iusnaturalista a través de los «escolásticos protestantes» Hugo Grocio y Pufendorf, explica la importante involución que respecto del anterior pensamiento liberal supuso Adam Smith. En efecto, como bien indica Murray N. Rothbard (Economic Thought before Adam Smith, 1995), Adam Smith abandonó las contribuciones anteriores centradas en la teoría subjetiva del valor, la función empresarial y el interés por explicar los precios que se dan en el mercado real, sustituyéndolas todas ellas por la teoría objetiva del valor trabajo, sobre la que luego Marx construirá, como conclusión natural, toda la teoría socialista de la explotación. Además, Adam Smith se centra en explicar con carácter preferente el «precio natural» de equilibrio a largo plazo, modelo de equilibrio en el que la función empresarial brilla por su ausencia y en el que se supone que toda la información necesaria ya está disponible, por lo que será utilizado después por los teóricos neoclásicos del equilibrio para criticar los supuestos «fallos del mercado» y justificar el socialismo y la intervención del Estado sobre la economía y la sociedad civil. Por otro lado, Adam Smith impregnó la Ciencia Económica de calvinismo, por ejemplo al apoyar la prohibición de la usura y al distinguir entre ocupaciones «productivas» e «improductivas». Finalmente, Adam Smith rompió con el Laissez-faire radical de sus antecesores iusnaturalistas del continente (españoles, franceses e italianos) introduciendo en la historia del pensamiento un «liberalismo» tibio tan plagado de excepciones y matizaciones, que muchos «socialdemócratas» de hoy en día podrían incluso aceptar. La influencia negativa del pensamiento de la Escuela Clásica anglosajona sobre el liberalismo se acentúa con los sucesores de Adam Smith y, en especial, con Jeremías Bentham, que inocula el bacilo del utilitarismo más estrecho en la filosofía liberal, facilitando con ello el desarrollo de todo un análisis pseudocientífico de costes y beneficios (que se creen conocidos), y el surgimiento de toda una tradición de ingenieros sociales que pretenden moldear la sociedad a su antojo utilizando el poder coactivo del Estado. En Inglaterra, Stuart Mill culmina esta tendencia con su apostasía del Laissez-faire y sus numerosas concesiones al socialismo, y en Francia, el triunfo del racionalismo constructivista de origen cartesiano explica el dominio intervencionista de la Ecole Polytechnique y del socialismo cientificista de Saint-Simon y Comte (véase F.A. Hayek, The Counter-Revolution of Science, 1955), que a duras penas logran contener los liberales franceses de la tradición de Juan Bautista Say, agrupados en torno a Frédéric Bastiat y Gustave de Molinari.
 
Esta intoxicación intervencionista en el contenido doctrinal del liberalismo decimonónico fue fatal en la evolución política del liberalismo contemporáneo: uno tras otro los diferentes partidos políticos liberales caen víctimas del «pragmatismo», y en aras de mantener el poder a corto plazo consensúan políticas de compromiso que traicionan sus principios esenciales confundiendo al electorado y facilitando en última instancia el triunfo político del socialismo. Así, el partido liberal inglés termina desapareciendo en Inglaterra engullido por el partido laborista, y algo muy parecido sucede en el resto de Europa. La confusión a nivel político y doctrinal es tan grande que en muchas ocasiones los intervencionistas más conspicuos como John Maynard Keynes, terminan apropiándose del término «liberalismo» que, al menos en Inglaterra, Estados Unidos y, en general, en el mundo anglosajón pasa a utilizarse para denominar la socialdemocracia intervencionista impulsora del Estado del Bienestar, viéndose obligados los verdaderos liberales a buscarse otro término definitorio («classical liberals», «conservative libertarians» o, simplemente, «libertarians»).
 
En este contexto de confusión doctrinal y política no es de extrañar que en nuestro país nunca haya cuajado una verdadera revolución liberal. Aunque en el siglo XIX se puede distinguir una señera tradición del más genuino liberalismo, con representantes tan conspicuos como Laureano Figuerola y Ballester, Alvaro Flórez Estrada, Luis María Pastor, y otros, se desarrolla doctrinalmente muy influida por el tibio liberalismo de la Escuela Anglosajona (la traducción española de José Alonso Ortiz de La Riqueza de las Naciones ya se había publicado en Santander en 1794), o por el racionalismo jacobino de la Revolución Francesa. En el ámbito político el liberalismo español se enfrenta primero a las poderosas fuerzas absolutistas y después al pragmatismo disgregador de los «moderados», todo ello en un entorno continuo de guerra civil desgarradora. De manera que el triunfo de la Gloriosa Revolución Liberal de 1868 es efímero y cuando se produce la Restauración Canovista de 1875, triunfa el arancel proteccionista y se traicionan principios liberales esenciales, por ejemplo en el ámbito de la autodeterminación del pueblo cubano, con un coste tremendo para la nación en términos de sufrimientos humanos. Y ya entrado el siglo XX la pérdida de contenido doctrinal del Partido Liberal Democrático se hace cada vez más patente y en cierta medida culmina con el «reformismo social» de José Canalejas que impregna su política de medidas intervencionistas y socializadoras, restablece el servicio militar obligatorio y sigue adelante con la inmoral y nefasta política de gradual implicación militar de nuestro país en Marruecos. En este contexto de vacío doctrinal no es de extrañar que los pocos españoles que continúan aceptando calificarse de «liberales» crean que el liberalismo, más que un cuerpo de principios dogmáticos a favor de la libertad, es un simple «talante» caracterizado por la tolerancia y apertura ante todas las posiciones. Así, para Gregorio Marañón (véase el «Prólogo» a sus Ensayos liberales) «ser liberal es, precisamente estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por tanto, es mucho más que una política». Posición que en gran medida es compartida por otros grandes liberales españoles de la primera mitad del siglo XX, como José Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga, y que en gran parte explica por qué el protagonismo político, primero durante la Dictadura del General Primo de Ribera, después durante la República y más tarde durante el Franquismo, nunca estuviera en manos de verdaderos liberales, sino más bien en la esfera de ambos extremos del intervencionismo (el socialismo obrero o el fascismo o socialismo conservador o de derechas), o bajo el control de políticos racionalistas jacobinos como Manuel Azaña.
 
A pesar de que el siglo XX será tristemente recordado como el siglo del Estatismo y de los totalitarismos de todo signo que más sufrimiento han causado al género humano, en sus últimos veinticinco años se ha observado con gran pujanza un notable resurgir del ideario liberal que debe achacarse a las siguientes razones. Primeramente, al rearme teórico liberal protagonizado por un puñado de pensadores que, en su mayoría, pertenecen o están influidos por la Escuela Austriaca que fue fundada en Viena cuando Carl Menger retomó en 1871 la tradición liberal subjetivista de los Escolásticos Españoles. Entre otros teóricos, destacan sobre todo Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek que fueron los primeros en predecir el advenimiento de la Gran Depresión de 1929 como resultado del intervencionismo monetario y fiscal emprendido por los gobiernos durante los «felices» años veinte, en descubrir el teorema de la imposibilidad científica del socialismo por falta de información, y en explicar el fracaso de las prescripciones keynesianas que se hizo evidente con el surgimiento de la grave recesión inflacionaria de los años setenta. Estos teóricos han elaborado, por primera vez, un cuerpo completo y perfeccionado de doctrina liberal en el que también han participado pensadores de otras escuelas liberales menos comprometidas como la de Chicago (Knight, Stigler, Friedman y Becker), el «ordo-liberalismo» de la «economía social de mercado» alemana (Röpke, Eucken, Erhard), o la llamada «Escuela de la Elección Pública» (Buchanan, Tullock y el resto de los teóricos de los «fallos del gobierno»). En segundo lugar, cabe mencionar el triunfo de la llamada revolución liberal-conservadora protagonizada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Estados Unidos e Inglaterra a lo largo de los años ochenta. Así de 1980 a 1988 Ronald Reagan llevó a cabo una importante reforma fiscal que redujo el tipo marginal del impuesto sobre la renta al 28 por 100 y desmanteló, en gran medida, la regulación administrativa de la economía, generando un importante auge económico que creó en su país más de 12 millones de puestos de trabajo. Y más cerca de nosotros, Margaret Thatcher impulsó el programa de privatizaciones de empresas públicas más ambicioso que hasta hoy se ha conocido en el mundo, redujo al 40 por ciento el tipo marginal del impuesto sobre la renta, acabó con los abusos de los sindicatos e inició un programa de regeneración moral que impulsó fuertemente la economía inglesa, lastrada durante decenios por el intervencionismo de los laboristas y de los conservadores más «pragmáticos» (como Edward Heath y otros). En tercer lugar, quizás el hecho histórico más importante haya sido la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del socialismo en Rusia y en los países del Este de Europa, que hoy se esfuerzan por construir sus economías de mercado en un Estado de Derecho. Todos estos hechos han llevado al convencimiento de que el liberalismo y la economía de libre mercado son el sistema político y económico más eficiente, moral y compatible con la naturaleza del ser humano. Así, por ejemplo, Juan Pablo II, preguntándose si el capitalismo es la vía para el progreso económico y social ha contestado lo siguiente (véase Centessimus Annus, cap. IV, num. 42): «Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, el mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de ‘economía de empresa’, ‘economía de mercado’, o simplemente ‘economía libre'».
 
El pensamiento español no se ha mantenido ajeno a este resurgir mundial del liberalismo. Pensadores como Lucas Beltrán o Luis de Olariaga supieron mantener viva la llama liberal durante los largos años del autoritarismo franquista, llevándose a cabo un importante esfuerzo de estudio y popularización del ideario liberal por parte de los profesores, intelectuales y empresarios aglutinados en torno a la sociedad liberal Mont Pèlerin fundada por Hayek en 1947, y al proyecto de Unión Editorial que, a lo largo de los últimos 25 años, ha traducido, publicado y distribuido incansablemente en nuestro país las principales obras de contenido liberal escritas por pensadores extranjeros y nacionales. Entre éstos destacan los hermanos Joaquín y Luis Reig Albiol, Juan Marcos de la Fuente, Julio Pascual Vicente, Pedro Schwartz, Rafael Termes, Carlos Rodríguez Braun, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Francisco Cabrillo, Joaquín Trigo, Juan Torras, Fernando Chueca Goitia y, como principal representante de la tradición liberal subjetivista en nuestro país, el prof. Jesús Huerta de Soto. La influencia de esta corriente doctrinal no ha dejado de sentirse en la vida política de nuestro país a partir del restablecimiento de la Monarquía constitucional, primero dentro de la extinta Unión del Centro Democrático a través de Antonio Fontán y del ya fallecido Joaquín Garrigues Walker; después vino el Partido Demócrata Liberal de Antonio Garrigues Walker, que integrado en el Partido Reformista de Miguel Roca no logró representación parlamentaria en las elecciones de 1986; posteriormente tuvieron representación parlamentaria la Unión Liberal de Pedro Schwartz y el Partido Liberal de Antonio Segurado, ambos integrados dentro, primero de Alianza Popular, y después en la Coalición Popular (1982-1987). Y tras los años de gobierno del PSOE, en los cuales, y a pesar de sus atentados al principio liberal de separación de poderes, también cupo distinguir una tímida corriente liberal de la mano de Miguel Boyer y Miguel Angel Fernández Ordóñez, tanto el Presidente del Gobierno del Partido Popular, José María Aznar, como alguno de sus ministros más significados (como Esperanza Aguirre y otros) no han dudado en calificarse como los herederos actuales del liberalismo y del centrismo político.
 

Dada la trágica trayectoria del socialismo a lo largo de este siglo no es aventurado pensar que el liberalismo se presenta como el ideario político y económico con más posibilidades de triunfar en el futuro. Y aunque quedan algunos ámbitos en los que la liberalización sigue planteando dudas y discrepancias -como, por ejemplo, el de la privatización del dinero, el desmantelamiento de los megagobiernos centrales a través de la descentralización autonómica y del nacionalismo liberal, y la necesidad de defender el ideario liberal en base a consideraciones predominantemente éticas más que de simple eficacia- el liberalismo promete como la doctrina más fructífera y humanista. Si España es capaz de asumir como propio este humanismo liberal y de llevarlo a la práctica de forma coherente es seguro que experimentará en el futuro un notable resurgir como sociedad dinámica y abierta, que sin duda podrá ser calificado como «Nuevo Siglo de Oro español».

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Centro de astrobiología español

Astrobiología

«La vida como consecuencia de la evolución del Universo»

Juan Pérez Mercader

http://cab.inta-csic.es/es/inicio

La Astrobiología es una nueva ciencia que surge de la necesidad de investigar el origen, presencia e influencia de la vida en el Universo. Es una rama del conocimiento relativamente reciente, pues su punto  de partida se puede situar en 1998, cuando la NASA creó el NASA Astrobiology Institute (NAI).

La Astrobiología es, desde su mismo origen, transdisciplinar. Relaciona ciencias tales como la  astronomía, la astrofísica, la biología, la química, la geología, la informática, la antropología y la filosofía,  entre otras. La esencia del estudio astrobiológico es el análisis de problemas científicos desde el punto de vista de varias disciplinas independientes con sus propios métodos y aproximaciones. Esto es especialmente útil en el caso de fenómenos históricos como la vida, en los que subyacen bases simples como la física y la química que se manifiestan de forma compleja como la biología.

No hay una definición consensuada de astrobiología, aunque su campo de interés es perfectamente reconocible: además de todo lo que tiene que ver con la comprensión del fenómeno de la vida tal y como lo conocemos (su emergencia, condiciones de desarrollo, adaptabilidad -extremofilia-, etc.), también involucra la búsqueda de vida fuera de la Tierra (exobiología) y sus derivaciones, como son la exploración espacial o la planetología.

La estrategia de investigación del CAB se fundamenta en encontrar una respuesta científica a la pregunta “qué es la vida”.  El éxito en este cometido vendrá dado por la aplicación del método científico para entender el origen, evolución y futuro de la vida, incluyendo el uso de las técnicas y métodos teóricos y experimentales a los organismos vivos, su síntesis y adaptabilidad. Nuestra aproximación es preguntarnos “qué es la vida” bajo la hipótesis de la vida como consecuencia de la evolución del Universo. Ello está motivado por la universalidad de la física y la química, que asegura que idénticos procesos tienen que ocurrir cuando los mismos componentes se encuentran en el mismo entorno.

La Astrobiología es esencialmente una ciencia multidisciplinar. La respuesta a estas cuestiones no ha de venir de ninguna disciplina específica, sino del esfuerzo combinado de muchas: astronomía, física, química, geología, microbiología, paleontología, ingeniería, etc. 

La Astrobiología exige algo más que un enfoque multidisciplinar, requiere de la suma de esfuerzos y estrategias conjuntas para tratar cuestiones comunes y con flujo horizontal de información: transdisciplinaridad. Esta es la base sobre la que se sustenta el Centro de Astrobiología.

http://cab.inta-csic.es/es/inicio

Publicado en CIENCIA, OTROS, Webs de ciencias naturales | Deja un comentario

Sandeces: Documental sobre la reacción del 15M

El Movimiento 15-M, también llamado movimiento de los indignados, es un movimiento ciudadano formado a raíz del 15 de mayo de 2011 con la intención de promover una democracia más participativa, con la intención de mejorar el sistema democrático. Ha aglutinado a diversos colectivos ciudadanos con distintos lemas, como el de la manifestación del 15 de mayo: «No somos marionetas en manos de políticos y banqueros» o «Democracia real ¡YA! No somos mercancía en manos de políticos y banqueros». Sin embargo, detras de este movimiento se esconden las mismas falacias que componen el pensamiento socialista de siempre. Se arremete contra los bancos y los ricos, se promueve alguna forma de intervencionismo gubernamental, se pretende aumentar el poder del Estado. Aquí les dejo un documental que reune y presenta todas esas tonterias.

http://www.youtube.com/watch?v=4r1KkVtrLoQ

Publicado en SANDECES | Deja un comentario

La izquierda reaccionaria: Por Gorka Etxebarría

«Lo que siguió al 11 de setiembre fue un estallido. Una confesión pública de identificación con la barbarie, de repudio a la civilización y al pensamiento como tal, de repugnancia ante lo político, de tolerancia ante el terrorismo, y de cólera frente a la legalidad y la legitimidad de los Estados como garantía de los derechos humanos. Nada de eso era nuevo».
(Horacio Vázquez Rial, La izquierda reaccionaria, pág. 17).

Introducción

Ser de izquierdas no es ir a la contra, sino seguir la corriente del progreso, la razón y la Ilustración. Ésta viene a ser la tesis predominante. Los que la ponen en tela de juicio pasan por ser retrógrados y fascistas.

El propósito de este ensayo es desterrar el mito de la izquierda ilustrada. Como veremos, el socialismo es anti-ilustrado, reaccionario e irracional. Y diremos aún más: tiene más similitudes con el fascismo de lo que muchos creen.

De este modo, podremos decir a nuestros adversarios, como recordaba Nicolás Sánchez Dávila: no compartimos vuestras ideas porque las entendemos, y no compartís las nuestras porque no las entendéis.

Fantasía igualitaria y uniformidad garantizada

Si algo caracteriza a la izquierda es su acérrima defensa de la igualdad. Según el progresista, hay que desterrar todas las desigualdades del mundo si queremos lograr la justicia social. Tanto es así, que uno de los teóricos más reconocidos dentro de la socialdemocracia, John Rawls, señalaba que es problemática «la afirmación de que es justo para un hombre poseer y beneficiarse del superior carácter que le permite cultivar sus habilidades, porque su carácter depende, en gran parte, de una familia afortunada y de circunstancias sociales sobre las que él no tiene ningún control». De aquí se desprende que hasta el mero hecho de ser más inteligente es un insulto al prójimo. Parece que las cualidades y características del individuo son el resultado arbitrario de una especie de lotería biológica, y que el hombre no merece haberlas recibido. Por ello, la desigualdad natural del hombre provoca un resquemor en la izquierda que le lleva a intentar aniquilar esas diferencias.

A veces se utiliza el sistema educativo para que, en lugar de estimular el mérito e incentivar la alta cultura, se baje el rasero por el que se mide el talento. Aún más, como señalaba cierta novelista, «esta teoría de la justicia plantea que los hombres luchen contra la injusticia natural instituyendo la más obscena de las injusticias: quitar a los favorecidos por la naturaleza, es decir, a los que tienen talento, son inteligentes y creativos, el derecho a los beneficios que producen, el derecho a la vida, y entregar a los incompetentes y estúpidos el derecho al disfrute sin esfuerzo de lo que otros han conseguido y ellos no han producido, aunque no sepan qué hacer con ello».

No nos olvidemos de que si para esta ideología la inteligencia es un problema, lo es mucho más la existencia de la familia como reducto en que se educa al niño en valores y actitudes que le permiten vivir de forma responsable y con éxito. La justificación es clara: supone un quebranto del principio igualitarista porque los padres invierten mucho tiempo y recursos en conseguir que sus hijos sean, como se solía decir, personas de provecho. Por eso, un antiguo igualitarista como Platón recomendaba que los niños, al nacer, fueran separados de sus madres, para que todos los hombres y mujeres los trataran como si fueran suyos. Esta idea sería la conclusión lógica del igualitarismo, porque permitiría no hacer ningún tipo de distingos entre niños y otorgarles las mismas oportunidades.

La razón del éxito de este ideario es que apela a nuestros miedos ancestrales, inspira una vuelta a la seguridad que confería la vida en comunidades cerradas, donde el papel de cada uno estaba predeterminado desde la cuna a la tumba. Es una acepción de igualdad que no se ciñe a la igualdad ante la ley que predica el liberalismo, sino que pretende la igualdad de atributos personales, de virtudes, independientemente de la elección individual, el carácter o el trabajo. Sin embargo, a nadie se le escapa que no se puede redistribuir la belleza, como tampoco se pueden repartir los músculos o la simpatía personal. Pensar de este modo evidencia cierta demencia que los psiquiatras deberían tratar como enfermedad mental, ya que supone tanto como contrariar la realidad hasta el punto de implantar un modelo que choca con las leyes de la lógica.

Desgraciadamente, la naturaleza es muy terca y no se puede adaptar a los deseos de los utópicos. Por desagradable que resulte, el 80% de la variabilidad en la inteligencia humana es genética en origen. Cualquier intento político de proveer de la misma igualdad de entornos a los ciudadanos para promover su uniformidad sólo intensificará, como señaló el profesor Richard Herrnstein, dichas diferencias innatas.

Esta obsesión por crear clones con el mismo cerebro y los mismos intereses implica pensar que la realidad es una tabula rasa que se puede modificar al gusto del consumidor. La vehemencia con que la izquierda ha prometido futuros prósperos, hombres nuevos, sociedades perfectas, llega hasta extremos delirantes, como en el caso de Fourier, que llegó a decir que bajo el socialismo los océanos contendrían limonada.

Y como las cosas no se pueden cambiar fácilmente, se ha intensificado el grado de coacción con que los sucesivos Gobiernos socialistas han tratado de conseguir llevar a cabo sus aspiraciones. La principal arma de la que se han servido ha sido el ir destruyendo instituciones como la propiedad o el mercado.

En este sentido, podemos decir sin riesgo a equivocarnos que la máxima expresión del igualitarismo es la redistribución de la renta. Consiste en quitar a unos para dárselo a otros. Este principio se apoya en una concepción de la justicia claramente marxista: de cada quien según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades. Por eso la gente oculta progresivamente «sus capacidades», para no verse sometida al yugo de la sociedad, mientras crece el negocio de dedicarse a vivir del prójimo.

Sin embargo, este mecanismo oculta un hecho fundamental: los grupos de presión son los que más fondos obtienen del Estado. Argüir que el objetivo es que los pobres prosperen y que ellos son los destinatarios de las políticas sociales no es más que el engaño con que se encubre un expolio a gran escala. Nadie se escapa a la redistribución masiva. Los ricos subvencionan a otros ricos; los pobres, a otros pobres y a los ricos; y aquéllos a todos éstos. El resultado es lamentable, puesto que sólo ganan los políticos, los burócratas y los lobbies.

El peligro es evidente, puesto que, como señaló el premio Nobel de Economía Friedich Hayek, «una comunidad en la que tan sólo determinados individuos está en situación de obtener, por vía de la extorsión, cuanto según su propia opinión merecen, puede resultar insufrible para el resto de la población». «Si el proceso se generaliza –añade–, necesariamente cualquier orden social tiene sus días contados».

Como de costumbre, la lógica no acompaña a las tesis socialistas. Quizá en un universo paralelo pudieran tener sentido, pero en el nuestro pasan por ser ideas infantiloides cuyos efectos son perversos a la par que ineficaces.

Del hombre primitivo a las naciones oprimidas

Si el igualitarismo es irracional a la par que antinatural, el tribalismo implica conducir a la sociedad hacia una época en que la escasez, la miseria y la muerte eran habituales. Desgraciadamente, la izquierda también se ha plegado a este mito de una etapa histórica en la que, supuestamente, no existía propiedad privada.

La época de las culturas tribales, señalaba Rousseau –uno de los padres de los izquierdistas postmodernos (Lyotard, Deleuze, Derrida) –, «al mantener una posición equidistante entre la indolencia de nuestro primitivo estado y la actividad petulante del egocentrismo vigente, (…) tuvo que ser feliz». «Cuanto más reflexiona uno al respecto –añadía–, más se percata de que este estado era el menos sujeto a cambios y el mejor para el hombre».

En ese empeño por retornar a la edad en que el hombre se realizaba como tal, el autor del Discurso sobre el origen de la desigualdad ha inspirado tanto a asesinos de la talla de Robespierre como a los ecologistas, que pretenden reestablecer las condiciones naturales en que vivía el hombre primitivo.

No es de extrañar que un viejo marxista, Juan José Sebreli, se quejara, en su espléndido El asedio a la modernidad, del retorno a las cavernas por parte de la izquierda, abandonando «el racionalismo, la idea de progreso y modernidad» para sustituirlos por «relativismo y particularismo culturales».

Este autor argentino ataca a la «nueva izquierda», que tras el descubrimiento del genocidio estalinista se lanzó a negar la realidad y exaltó el irracionalismo. Este movimiento rescató a pensadores reaccionarios como Heidegger y Nietzsche, que contraponían a la Grecia clásica, «apolínea, de Pericles y de Sócrates, la de la mesura, la claridad y la racionalidad, la Grecia primitiva, arcaica, salvaje, la de la embriaguez extática de los cultos dionisíacos, la de los sacrificios sangrientos».

El nazismo también predicó una vuelta a los orígenes, con versiones sofisticadas como la del freudiano Carl Jung, quien sostenía que en el inconsciente colectivo se depositaban los arquetipos, símbolos eternos, predisposiciones innatas heredadas filogenéticamente y que se remontan a los «restos arcaicos de los recuerdos de la humanidad».

Sorprendentemente, también a Freud se remiten izquierdistas de pro como Horkheimer o Marcuse, célebres críticos del capitalismo, al que califican de «universo totalitario de racionalidad tecnológica» que reprime el instinto individual, con lo que produce neurosis y paranoias al «hombre unidimensional».

Ensalzando el primitivismo, la izquierda se lanzó al culto del tercermundismo; en eso sigue: basta recordar la admiración que el Subcomandante Marcos o Castro producen en progresistas como Saramago, el recientemente fallecido Eduardo Haro Tecglen o Rodríguez Zapatero. También en este punto existen paralelismos con los fascistas como Mussolini.

El Duce dividía a las naciones en plutocráticas y proletarias, transformando así las relaciones de clase en relaciones entre naciones. Otro tanto se puede escuchar al socialista actual cuando divide el mundo en países imperialistas y naciones oprimidas por aquéllas. Entre las últimas, cómo no, siempre estarán la Cuba de Castro, la Argentina de Kirchner o el Brasil de Lula; aparte, claro está, de los musulmanes, que, al fin y al cabo, asesinan para defenderse de Israel o los Estados Unidos.

Como señala Sebreli, «todo acto de guerra, terrorismo o mera agresión verbal contra las grandes potencias occidentales es considerado por los tercermundistas y las izquierdas que los siguen, por definición y esencia, como una contribución a la lucha de liberación del Tercer Mundo contra el opresor (…) aclamándose, de este modo, dictaduras oscurantistas, ultra reaccionarias, que violan los derechos humanos, que imponen un moralismo medieval, que persiguen y asesinan a las propias izquierdas que los apoyan».

Un buen ejemplo de la visión sesgada de la realidad nos la ofrece un pensador muy valorado por la izquierda: Noam Chomsky. Chomsky es un superventas que se permite el lujo de prologar libros en que se discute el Holocausto judío y se culpa a Estados Unidos de apoyar a Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Tampoco le duelen prendas a la hora de negar genocidios como el de Pol Pot en Camboya. Para rematar lo dicho, podemos recordar lo que señaló hace unos años José Ignacio del Castillo en Libertad Digital: «Noam Chomsky sostiene que los presos etarras son prisioneros políticos y víctimas (…) y que (…) el Estado español fomenta la tortura garantizando su impunidad en todos los ámbitos: brutalidad policial, complicidad de la judicatura en el encubrimiento, incomunicación de detenidos, transferencia de las ‘víctimas’ fuera del País Vaco bajo supervisión de tribunales hostiles, etcétera».

Resulta sorprendente observar cómo los antiguos paladines del «socialismo científico» han vuelto a las cavernas con tanta ansiedad como desesperación. Quizá se deba a que sus ideas no se sostienen y, en el fondo de su ser, lo reconocen. Ni los obreros se mueren de hambre ni el nivel de vida de las naciones prósperas se ha reducido progresivamente, sino más bien lo contrario. Ni siquiera pueden argüir que las desigualdades van en aumento, aunque todavía algunos iletrados y mentirosos lo repitan para criticar el capitalismo.

Pero, parafraseando a Bugs Bunny, esto no es todo, amigos; porque, como veremos, la degradación de la izquierda pasa por la negación de la razón, la lucha de sexos y razas y la adoración del becerro nacionalista.

El socialismo del sexo, la raza y la identidad étnica

Sustituyendo la vieja idea marxista del proletario como clase universal, la nueva izquierda ha puesto el énfasis en la defensa de colectivos y sexos. Recientemente, el presidente del Gobierno español se declaraba «feminista radical». Pocos recordaban que el feminismo plantea el mismo esquema que el marxismo, al considerar que la mujer, como el proletario, no puede tener éxito en la vida por su propio esfuerzo y mérito. Como señala un periodista norteamericano, para las feministas la mujer está «a merced de fuerzas de las que no puede escapar, incapaz de obtener trabajo, educación y autoestima sin la ayuda de Mamá Estado». Es extraño calificar de «liberadora» una filosofía que trata a las mujeres como seres indefensos e irresponsables, incapaces de dirigirse por sí mismos.

Una buena muestra de cómo se llevan estas ideas a la práctica la dio el PSOE al introducir cuotas ministeriales. Por el artículo treinta y tres, la mitad de los ministerios debían ocuparlos mujeres. Y este triunfo del «género femenino» no sirvió para acallar las voces que discutían el hecho de que hombres y mujeres, al fin y al cabo, son personas, y que para nombrar a un ministro había que atender a su valía, no a su sexo. De ser así, siempre cabría dudar de si esa persona era merecedora del cargo o simplemente lo ejercía gracias al feminismo de Rodríguez Zapatero.

Desbrozado el tribalismo de género, sólo queda el odio. Si antes se tenía a los burgueses por explotadores, ahora se les califica de asesinos. No hace mucho que un colaborador de esta revista quiso invitar a la presidenta de un colectivo feminista a un debate y fue tachado de «potencial terrorista maltratador»… por el mero hecho de ser varón.

Ahondando en la perversidad del macho, Andrew Dworkin, una célebre luchadora de los «derechos de la mujer» (sic), dijo que el sexo era una «invasión y ocupación» de la mujer. «La Mujer físicamente es un espacio inhabitado que es ocupado incluso cuando no hay resistencia». Dworkin, al igual que las que repiten el «nosotras parimos, nosotras decidimos», introduce la disparidad y el conflicto social allá donde no existe.

Algo similar sucede con otra obsesión, la de la raza. Se asume que, como hay diferentes grupos étnicos, hay que promoverlos introduciendo cuotas en colegios, universidades y trabajos, porque si no se verían desplazados por los blancos. En Estados Unidos esta práctica ya es habitual. En nombre de la «diversidad», otra de las ideas «políticamente correctas», las universidades discriminan positivamente por razón de la raza. Como señala el economista negro Thomas Sowell, los rectores entienden que la diversidad racial enriquece la experiencia educativa de los estudiantes. Sin embargo, advierte que, «dado que la mayoría de los estudiantes y profesores son blancos, este tipo de medidas les produce una sensación de superioridad, porque tienen unas cuantas mascotas a su alrededor que no se sienten en deuda con ellos».

Previsiblemente, el éxito de estas prácticas ha sido nulo. En la India se ha generado cierta hostilidad, por cuanto los trabajos no pueden repartirse de acuerdo con la capacidad de los solicitantes, sino según cuotas. Los excluidos por estas políticas braman, como señala un escritor indio, contra estas injusticias, hasta el punto de producir sangrientos altercados, como el que se produjo hace unos años: 42 personas fueron asesinadas por seis malditas plazas en una facultad de medicina.

La discriminación positiva ha venido acompañada de lo que ya se conoce como «alianza de civilizaciones» o «multiculturalismo». Aunque promovido por la extrema derecha francesa, de la mano de la Nouvelle Droite, que se declaran «etnopluralistas» (sic), hoy en día la izquierda ha hecho de la «diversidad cultural» su bandera. Como explica el filósofo húngaro Tibor Machan, el multiculturalismo «sostiene que toda cultura, por inusual y ofensiva que sea para los miembros que no pertenezcan a ella, debe ser respetada». «Este respecto tiene que garantizarse independientemente del hecho de que muchas culturas sostengan principios socio-políticos excluyentes –prosigue–. Por tanto, es erróneo condenar una cultura como bárbara, porque dicha condena emerge de la perspectiva cultural a la que pertenece el crítico». Así pues, es imposible criticar prácticas como la ablación o la negación de cualquier derecho a las mujeres en el Islam, dado que estaríamos criticando desde nuestro occidentalismo una cultura ajena.

Con esta visión de las culturas, sorprende que más de uno se eche las manos a la cabeza cuando arde la periferia parisina a manos de inmigrantes. En este punto, también sorprende que se predique la tolerancia cero, cuando antes se estaba alabando la convivencia de «civilizaciones», incluso tras la muerte de españoles a manos de terroristas musulmanes.

Groucho Marx decía que si a alguien no le gustaban sus principios, tenía otros. Pues bien, la izquierda no tiene más que la lucha de sexos, culturas y razas para sustituir a la de clases. Los resultados no están siendo nada favorables, pero eso es indiferente a los ojos del progre actual. Es tal su irracionalismo que le impide captar los desastrosos efectos a que nos conduce su visión.

El asalto a la razón

Después de un repaso de las ideas de la izquierda, cabe hacerse una pregunta: ¿cómo ha llegado el socialismo a olvidar tan pronto el racionalismo con que parecía que diseccionaba la realidad? Uno de los mejores estudiosos de la izquierda, Stephen R.C Hicks, en su imprescindible Explicando el postmodernismo: Escepticismo y socialismo de Rousseau a Foucault«, considera que todo comenzó en los 50, tras las revelaciones de Kruschev acerca del carácter sanguinario de Stalin. A partir de ahí, la izquierda se replantea toda su filosofía.

La caída del Muro no hizo más que ahondar en la herida, de forma que se comenzó a predicar una filosofía que trastocaba el marxismo en puntos esenciales como la riqueza. Si para Marx el objetivo del socialismo era conseguir que todos fueran prósperos, ahora la nueva izquierda tenía como fin dedicar sus esfuerzos a sostener que la riqueza era la madre de todos los males. De ahí que, como los ascetas, lancen sus argumentos contra el consumismo.

Filosóficamente, la nueva izquierda toma un rumbo cuando menos preocupante. Por un lado, asume que la razón no permite aprehender la realidad. Las palabras dejan de tener relación con la verdad o la realidad y de ninguna forma son cognitivas, esto es, no sirven para entender el mundo que nos rodea. Por eso Lyotard, Derrida, Rorty y Foucault emprendieron una redefinición del lenguaje, que se convertiría en un arma retórica para ganar el debate contra el liberalismo.

Imaginemos por un momento una discusión entre un partidario del socialismo y otro del capitalismo. Cuando este último rebata todos los argumentos de su contrario, éste puede decir: «Bueno, al fin y al cabo, lo que dices es una cuestión de opinión y de semántica». De este modo, introduciendo el relativismo semántico, se consigue ganar tiempo y hacer que el oponente se devane los sesos intentando explicar que existe la verdad y que no cabe sostener que se puede alcanzar la verdad analizando la realidad. El debate deja de ser acerca de cuestiones políticas para centrarse en epistemología. Sin duda, estamos ante una vuelta a los sofistas que crispaban, por su irracionalismo, a Aristóteles.

Moralmente, el odio aparecía como mecanismo de reacción ante el fracaso de sus tesis. De ahí que durante años apoyaran el terrorismo izquierdista allá donde imperó, principalmente en Sudamérica. Según Nietzsche, autor citado como pocos por los postmodernos, la moral de los débiles, envidiosos de los poderosos, es una racionalización de su fracaso, de ahí que prediquen la humildad y la obediencia, porque la suya es una filosofía de esclavos.

Pues bien, estos socialistas predican el resentimiento contra el sistema que más bienestar ha producido de toda la historia: el capitalismo. Como no pueden sentirse especiales hasta que no destruyan los logros de otro, un autor esencial dentro de este campo, Jacques Derrida, se ha propuesto deconstruir obras literarias y filosóficas para concluir que carecen de sentido, y que incluso su sentido aparente puede transformarse en su opuesto. Este propósito es equiparable, en palabras de Hicks, al de alguien «que odie a un hombre que ama a sus hijos y (…) esparza rumores de que a aquél le gusta la pornografía infantil». «Da igual que no sea cierto. Lo único importante es que se consigue dañar directamente la psique del contrario», concluye. Por eso son tan habituales los ataques ad hominem. Los ejemplos son tantos que podrían llenar estanterías enteras.

Evidentemente, las estupideces que se pueden sostener con este punto de vista filosófico son numerosas. Por poner un ejemplo, Lyotard dijo que Sadam Husein era «el producto de los departamentos de Estado occidentales y las grandes compañías». El líder baazista era, pues, una víctima de Occidente y un portavoz de los anti-imperialistas. Otro tanto dijo Carrillo, en sus memorias, al calificar al tirano iraquí de «progresista».

Conclusión

Es trágico decirlo, pero cada día parece más palpable que la izquierda es destructiva en esencia. Odia el capitalismo, quiere restringir la libertad individual, prefiere aliarse con los musulmanes a relacionarse con los Estados Unidos y fomenta el antisemitismo. No hay muchas perspectivas de que esto cambie porque, como señaló uno de los hombres más cultos del siglo XX, Erik von Kuehnelt-Leddihn, «el izquierdismo es una enfermedad, una ideología».

De hecho, caben pocos antídotos contra el socialismo que no pasen por el liberalismo, el único ideario que ha ido desmontando uno a uno todos los mitos de la izquierda. Para muestra un botón. Cuando Marx publicó El capital, otro economista alemán, Eugen Böhm-Bawerk, refutó la teoría de la plusvalía. Desde entonces, nadie ha podido revivir a un cadáver prematuro. Un siglo después, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek explicaban cómo una economía regida bajo el comunismo estaba abocada a la miseria y la escasez. Ejemplos como éstos vienen a probar que la libertad sí que funciona, y que todo intento sistemático de coacción estatal inspirado por el socialismo conduce a la pobreza.

Sin embargo, el liberalismo padece muy mala prensa, dado el predominio del socialismo en los medios de comunicación. Aun así, gracias a internet y a periódicos en la Red como Libertad Digital, se expande progresivamente.

Ojalá que el siglo XXI deje a un lado la mitología izquierdista y retorne al liberalismo, que hizo de Occidente una civilización sin igual en derechos y libertades.

Bibliografía esencial

La izquierda reaccionaria. Horacio Vázquez-Rial (Ediciones B, Barcelona, 2003).

Classical Individualism. Tibor R. Machan (Routledge, Londres, 1998).

Explaining Postmodernism: Skepticism and Socialism from Rousseau to Foucault. Stephen R. C. Hicks (Scholargy Publishing, Milwaukee, 2004).

Egalitarianism as a revolt against nature and other essays. Murray N. Rothbard (Mises Institute, Auburn, 2000, 2ª edición).

Classical Liberalism. David Conway (Macmillan Press, Londres, 1998, 2ª edición).

Unholy Alliance: Radical Islam and the American Left. David Horowitz (Regnery, Washington, 2004).

Destructive generation: Second thoughts abouth the 60s. Peter Collier y David Horowitz (Free Press Paperbacks, Nueva York, 1996).

Return of the Primitive. Ayn Rand y Peter Schwartz (Meridian, Nueva York, 1999).

El asedio a la modernidad. Crítica del relativismo cultural. Juan José Sebreli (Ariel, Barcelona, 1992).

– ‘Chomsky, defensor del nazismo’. Gorka Echevarría. Revista ‘Ideas’ de Libertad Digital, 13-VIII-2004.

– ‘El incorregible Noam Chomsky’. José Ignacio del Castillo. Revista ‘Ideas’ de Libertad Digital, 4-X-2002.

Del buen salvaje al buen revolucionario. Carlos Rangel. (Monte Ávila Editores, Caracas, 1992).

Democracia, justicia y socialismo. Friedrich A. Hayek (Unión Editorial, Madrid, 2005, 3ª edición).

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Economía y Glamur: POR CARLOS RODRIGUEZ BRAUN

Ariadne Artiles, la modelo española más internacional, declaró al «Magazine» de El Mundo:

Los ricos son cada vez más ricos y los pobres, aún más pobres. Y las ayudas siguen siendo para los ricos. Vivo en un mundo que no comparto y no puedo entender, y sufro y me siento impotente por no poder hacer nada al respecto.

Primero, los pobres no son cada vez más pobres. En las últimas décadas la pobreza, el hambre, la miseria y la enfermedad, a pesar de las constantes jeremiadas sobre su empeoramiento, no han empeorado. En segundo lugar, si los ricos son cada vez más ricos, no hay razón alguna para lamentarlo, salvo que lo hagan a expensas de los pobres, algo que solo puede suceder fuera del mercado, es decir, mediante la intervención política. La propia señora Artiles es una mujer rica, y no creo que ella piense que su enriquecimiento se ha debido al empobrecimiento ajeno, porque no ha habido en ese enriquecimiento intervención política apreciable. Esa misma intervención, por cierto, es la que se encarga de ayudar a los bancos, crítica implícita en la frase de doña Ariadne.

Es muy loable que la modelo admita que no entiende el mundo: mucho mejor nos iría si lo admitieran muchos economistas, políticos e intelectuales arrogantes que creen que saben cómo organizar nuestra vida quitándonos la libertad y el dinero. Menos loable es que diga que no puede hacer nada ante los problemas del mundo. Esto es absurdo: todos podemos hacer algo para ayudar al prójimo. Es más, todo lo hacemos, y estoy seguro de que la propia señora Artiles lo hace.

También en El Mundo leí una entrevista al actor Juan Echanove. Me pareció enternecedor, porque primero confiesa que en la facultad no estudió nada y se la pasó bebiendo botellines… y después se queja de que la gente piense que los actores son vagos y bebedores. Pero observó además algo interesante sobre economía:

Si hay algo que odio es a estas agencias de calificación que son corresponsables de la crisis. Encima hay que pagarles para que lo digan.

Eso de que las agencias de calificación sean señaladas como corresponsables es típico del pensamiento único, que prefiere apuntar hacia lo que suene a más privado o más capitalista o más vinculado al mercado. Es evidente que la responsabilidad de esas agencias empalidece frente a la de los bancos centrales, por ejemplo. Pero el señor Echanove da una pista importante, quizá inadvertidamente, cuando subraya: «Hay que pagarles».

En efecto, hay que pagarles, pero no porque formen parte de unos contratos voluntarios característicos de la economía de mercado. Eso no. Hay que pagarles porque las autoridades, las mismas que establecen las agencias que pueden actuar, imponen a quienes usan sus servicios la obligación de contratarlas. Esto, por cierto, no era así en un principio, ni tiene por qué serlo necesariamente. En una economía libre las agencias serían libremente contratadas por los interesados en destacar la calidad de los activos ofrecidos. Esta libertad también existía en el mundo de la auditoría, pero, otra vez, fueron las autoridades las que impusieron la obligación de que las empresas se auditen. El papel de la intervención, su carácter contingente, y sus graves y onerosas consecuencias, no suele ser subrayado ni siquiera por bastantes economistas, con lo cual no sería justo cargar demasiado las tintas sobre el señor Echanove.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Título del blog: El Replicador Liberal

Publicado en BLOG, MIS NOTAS, Título del blog: El Replicador Liberal, TEMÁTICA | Deja un comentario

Fragmento de El Gen Egoista de Richard Dawkins

El relato que voy a hacer del origen de la vida es, necesariamente, de tipo especulativo; por definición, nadie se encontraba cerca para ver lo que sucedió. Existe cierto número de teorías rivales, pero todas poseen ciertos rasgos en común. El relato simplificado que presentaré probablemente no esté muy alejado de la verdad.

Desconocemos qué tipos de materia prima química abundaban en la Tierra antes de que se originase la vida, pero entre las posibilidades verosímiles podemos citar el agua, el dióxido de carbono, el metano y el amoníaco: todos ellos simples compuestos que se sabe se encuentran, por lo menos, en algunos de los otros planetas de nuestro sistema solar.

Los químicos han intentado imitar las condiciones químicas de la Tierra en su etapa joven. Han colocado las sustancias simples anteriormente nombradas en un matraz y le han aplicado una fuente de energía tal como la luz ultravioleta o chispas eléctricas, en calidad de simulación artificial del rayo primordial. Luego de transcurridas unas cuantas semanas suele descubrirse algo interesante dentro del matraz: un débil caldo café que contiene una gran cantidad de moléculas más complejas que las que originalmente se pusieron allí. Se han encontrado, en particular, aminoácidos, los cuales constituyen la base de las proteínas, una de las dos clases principales de las moléculas biológicas. Antes de que se efectuasen dichos experimentos, los aminoácidos que se presentasen de forma natural habrían sido considerados como elementos de diagnóstico que evidenciaban la presencia de vida. Si hubiesen sido detectados, digamos, en Marte, se habría considerado como casi una certeza la existencia de vida en ese planeta. Ahora, sin embargo, su existencia sólo constituye un indicio de la presencia de unos cuantos gases simples en la atmósfera y de algunos volcanes, rayos solares o tiempo tormentoso.

Recientes experimentos de laboratorio, en los que se simularon las condiciones químicas de la Tierra antes de que se produjese la vida, dieron como resultado sustancias orgánicas llamadas purina y pirimidina. Ambas son componentes de la molécula genética, denominada ADN (ácido y desoxirribonucleico).

Procesos análogos a éstos deben haber dado origen al «caldo primario» que los biólogos y químicos creen que constituyó los mares hace tres o cuatro miles de millones de años. Las sustancias orgánicas llegaron a concentrarse en determinados lugares, quizásadquiriendo la forma de una capa semiseca en torno a las playas, o bajo el aspecto de pequeñas gotitas en suspensión. Más tarde, bajo la influencia de una energía tal como la luz ultravioleta proveniente del Sol, se combinaron con el fin de formar moléculas mayores. En la actualidad las grandes moléculas orgánicas no durarían lo suficiente como

para ser percibidas: serían rápidamente absorbidas y destruidas por las bacterias u otras criaturas vivientes. Pero tanto las bacterias como el resto de nosotros somos recién llegados, y en aquellos tiempos las grandes moléculas orgánicas podían flotar a la deriva sin ser molestadas, a través del caldo cada vez más espeso.

En algún punto, una molécula especialmente notable se formó por accidente. La denominaremos el replicador. No tuvo que ser, necesariamente, la mas grande o la mas compleja de todas las moléculas, pero tenía la extraordinaria propiedad de poder crear copias de sí misma. Éste puede parecer un accidente con muy escasas posibilidades de que acaezca. En efecto: era extremadamente improbable. En la vida de un hombre las cosas que son tan improbables como ésta pueden ser consideradas, para fines prácticos, como imposibles. Ésta es la razón por la cual no hay manera de ganar un gran premio en las quinielas. Pero en nuestros cálculos humanos de lo que es probable y lo que no lo es, no estamos acostumbrados a calcular en cientos de millones de años. Si uno llenara boletos de apuestas cada semana durante cien millones de años es muy probable que ganase, varias veces, sumas considerables.

En realidad una molécula que hace copias de sí misma no es tan difícil de imaginar como parece a primera vista, y sólo tuvo que surgir una vez. Considérese el replicador como un molde o un modelo. Imagínese como una gran molécula consistente en una cadena compleja formada por varios tipos de moléculas. Las más pequeñas se encontraban, de manera abundante, en el caldo que rodeaba al replicador. Supóngase ahora que cada componente posee una afinidad por aquellos de su propio tipo. Luego, siempre que un componente que se encontrara en el caldo se acercase al replicador por el cual tenía afinidad, tendería a adherirse a él. Los componentes que se unieran de esta forma, automáticamente serían incorporados a una secuencia que imitara a la del replicador mismo. Es fácil, entonces, pensar que se unirían para formar una cadena estable con una formación igual que la del replicador original. Este proceso podía continuar en un acumulamiento continuo, capa tras capa. Es así como se forman los cristales. Por otra parte, las dos cadenas podrían disociarse, en cuyo caso tendremos a dos replicadores, cada uno de los cuales está capacitado para continuar haciendo más copias.

Una posibilidad más compleja sería que cada componente tuviese afinidad, no por los de su propio tipo o clase sino, y en forma recíproca, por otra clase determinada. En este caso el replicador actuaría como modelo no para obtener una copia idéntica sino un tipo de «negativo» que, a su vez, haría una copia exacta del positivo original. De acuerdo con nuestros propósitos no nos interesa si el proceso de replicación original fue positivonegativo o positivo-positivo, aunque vale la pena señalar que los equivalentes modernos del primer replicador, las moléculas de ADN, emplean la replicación positivo-negativo. Lo que sí interesa es que, de pronto, apareció en el mundo un nuevo tipo de «estabilidad». Es probable que anteriormente ningún tipo especial de molécula compleja se encontrase de manera muy numerosa en el caldo, ya que cada una de ellas dependía de que los componentes, por azar, adquirieran una configuración particularmente estable.

Tan pronto como nació el replicador, sin duda esparció rápidamente sus copias a través de los mares hasta que las moléculas más pequeñas, cuya función era la de ser componentes, se convirtieron en un recurso escaso y otras moléculas más grandes no pudieron formarse sino muy rara vez.

Parece que así llegamos a la etapa de una gran población de réplicas idénticas. Pero ahora debemos mencionar una propiedad importante de cualquier proceso de copia: no es perfecto. Ocurrirán errores. Espero que no haya erratas en el presente libro, pero si se observa con cuidado se podrán encontrar algunas. Es probable que no distorsionen gravemente el significado de las frases porque serán errores de «primera generación». Pero imaginemos los tiempos anteriores a la existencia de la imprenta, cuando libros tales como el Evangelio eran copiados a mano. Todos los escribientes, aun siendo muy cuidadosos, seguramente cometerán errores, y algunos se sentirán inclinados a «mejorar» voluntariamente el original. Si todas las copias fuesen hechas a partir de un original único, el significado no se falsearía mucho. Pero si las copias se hacen a partir de otras copias, las cuales, a su vez, fueron hechas de otras copias, los errores empezarán a ser acumulativos y graves. Tendemos a considerar las copias irregulares como algo malo, y en el caso de documentos humanos es difícil hallar ejemplos en que los errores puedan ser descritos como perfeccionamientos. Supongo que a los eruditos de la Versión de los Setenta se les podría atribuir el haber iniciado algo de enorme trascendencia cuando tradujeron, equivocadamente, la palabra hebrea «mujer joven» por la palabra griega «virgen», presentando así la profecía: «Una virgen concebirá y dará a luz un hijo…» De todas maneras, según veremos más adelante, las copias con errores de los replicadores biológicos pueden, en un sentido cierto, dar origen a mejoras, y para la evolución progresiva de la vida fue esencial que se produjesen ciertos errores. No sabemos con qué precisión las moléculas replicadoras originales hicieron sus copias. Sus descendientes modernos, las moléculas de ADN, son asombrosamente fieles comparadas con los procesos de copia efectuados por los humanos, considerando los de más alta fidelidad, pero aun ellas, ocasionalmente, cometen errores, y, en última instancia, son estos errores los que hacen posible la evolución. Probablemente los replicadores originales estaban más sujetos a errores, pero en todo caso podemos estar seguros de que sí se cometieron, y de que estos errores tuvieron un carácter acumulativo.

A medida que se efectuaron copias con errores y éstas fueron propagadas, el caldo primario se vio poblado, no por réplicas idénticas sino por diversas variedades de moléculas replicadoras, todas «descendientes» del mismo antepasado. ¿Serían algunas variedades más numerosas que otras? Casi podríamos asegurarlo. Algunas variedades tendrían que ser, inherentemente, más estables que otras. Ciertas moléculas, una vez formadas, presentarían una mayor resistencia a separarse que otras. Estos tipos habrían llegado a ser relativamente numerosos en el caldo, no sólo como consecuencia lógica directa de su «longevidad», sino también porque habrían dispuesto de mucho tiempo para hacer copias de sí mismas. Los replicadores de alto índice de longevidad tenderían, por tanto, a ser más numerosos y, dadas las mismas circunstancias, se habría producido una «tendencia evolucionista» hacia una mayor longevidad en la población de las moléculas.

Pero otros factores probablemente no eran iguales, y otra propiedad inherente a una variedad de replicadores que hubo de tener aún mayor importancia para que fuese difundida en la población, sería la velocidad de replicación o «fecundidad». Si las moléculas de un replicador del tipo A hacen copias de si mismas con un promedio de una A hacen copias de si mismas con un promedio de una vez a la semana, mientras que las del tipo B hacen copias de si mismas a razón de una cada hora, no es difícil colegir que muy pronto las moléculas de tipo A van a ser superadas en número, aun si «viven» más tiempo que las moléculas de tipo B. Por lo tanto, probablemente hubo una «tendencia evolucionista» hacia una mayor «fecundidad» de las moléculas en el caldo. Una tercera característica de las moléculas replicadoras que habría sido positivamente seleccionada es la referente a la exactitud de la réplica. Si las moléculas de tipo x y las de tipo y duran el mismo periodo de tiempo y se replican a la misma velocidad, pero X comete como promedio un error por cada diez réplicas, mientras que el promedio de Y solo es de un error por cada cien réplicas, y llegará a ser obviamente, más numeroso. El contingente de X en la población pierde no tan solo a los «hijos descarriados» mismos, sino a todos sus descendientes, reales o potenciales.

 Si ya se conoce algo sobre evolución, se encontrará un matiz levemente paradójico en este último punto. ¿Podemos reconciliar la idea de que copiar errores es un prerrequisito esencial para que ocurra la evolución, con la declaración que afirma que la selección natural favorece al nivel alto en cuanto a la fidelidad de la replicación? La respuesta es que, a pesar de que la evolución pueda parecer, en un sentido indeterminado, algo «positivo», considerando especialmente que nosotros somos el producto de ella, nada, en realidad, «desea» evolucionar. La evolución es algo que sucede, de buen o mal grado, a pesar de todos los esfuerzos de los replicadores (y actualmente de los genes) para impedir que suceda. Jacques Monod dejó muy claro este punto en su conferencia sobre Herbert Spencer, al señalar irónicamente: «¡Otro aspecto curioso de la teoría de la evolución es que todo el mundo piensa que la comprende!»

 Retornemos al caldo primario. Sin duda llegaría a estar poblado por variedades estables de moléculas; estables ya sea porque las moléculas individuales duraban un largo período de tiempo, porque se replicaban rápidamente o porque lo hacían con precisión. Las tendencias evolutivas hacia estos tres tipos de estabilidad tuvieron lugar en el siguiente sentido: si se hubiesen extraído muestras del caldo en dos ocasiones distintas, la última muestra habría contenido una mayor proporción de variedades con un más alto nivel de longevidad/fecundidad/fidelidad de replicación. Esto es, esencialmente, lo que quiere decir un biólogo al referirse a la evolución cuando habla de criaturas vivientes, y el mecanismo es el mismo: la selección natural.

¿Deberíamos, entonces, llamar a los replicadores originales moléculas «vivientes»? Carece de importancia. Yo podría afirmar: «Darwin fue el hombre más grande que ha existido» y podría ser rebatido: «No, Newton lo fue», pero supongo que no prolongaríamos la discusión. Lo esencial es que ninguna conclusión relevante podría ser afectada por el resultado de la discusión. Los hechos de la vida y los logros de Newton y Darwin permanecen totalmente inalterables, al margen de si les otorgamos el calificativo de «grandes» o no. De manera similar, la historia de las moléculas replicadoras probablemente sucedió de forma parecida a lo que yo la estoy contando, indiferente al hecho de si escogemos calificarlas de «vivientes». Ha sido causa de sufrimiento humano el hecho de que muchos de nosotros no pueden comprender que las palabras son sólo herramientas para nuestro uso, y que la mera presencia en el diccionario de una palabra como «viviente» no quiere decir, necesariamente, que deba referirse a algo definitivo en el mundo real. Tanto si denominamos vivientes a los primeros replicadores como si no, ellos fueron los predecesores de la vida; fueron nuestros primeros padres.

El siguiente eslabón del argumento, que le sigue en importancia, y que Darwin mismo remarcó (si bien es cierto que él estaba hablando de animales y plantas, no de moléculas), se refiere a la competencia. El caldo primario no podía mantener a un número infinito de moléculas replicadoras. Por una parte, el tamaño de la Tierra es finito, pero otros factores limitativos también deben haber sido importantes. En la imagen en que representamos al replicador actuando como un molde o modelo, supusimos que se encontraba bañado en un caldo rico en pequeñas moléculas que hacían el papel de componentes y que eran necesarias para hacer las copias. Pero cuando los replicadores llegaron a ser numerosos, estos componentes debieron de ser utilizados en una proporción tan elevada que se convirtieron en un recurso escaso y precioso. Las diferentes variedades o especies de replicadores debieron de competir por ellos. Hemos considerado los factores que hubieron de influir para aumentar el número de tipos preferidos de replicadores. Podemos apreciar ahora que las variedades menos favorecidas reducirían su número debido a la competencia, y en última instancia, muchos de sus descendientes se extinguirían. Hubo una lucha por la existencia entre las distintas variedades de replicadores. Ellos no sabían que estaban luchando ni se preocuparon de ello; la lucha se llevó a cabo sin resentimientos, en realidad sin sentimientos de ningún tipo. Pero lucharon en el sentido de que cualquier copia con errores que diese como resultado un nivel más alto de estabilidad, o una nueva forma de reducir la estabilidad de los rivales era, automáticamente, preservada y se multiplicaba. El proceso de perfeccionamiento era acumulativo. Las maneras de aumentar la estabilidad y de disminuir la estabilidad de los rivales llegó a ser cada vez más elaborada y más eficiente. Incluso es posible que algunos de ellos «descubrieran» cómo separar las moléculas de las variedades rivales, químicamente, y utilizar los componentes así liberados para hacer sus propias copias. Estos protocarnívoros obtenían simultáneamente comida y eliminaban a los rivales que les hacían la competencia. Otros replicadores quizá descubrieron cómo protegerse a sí mismos, ya fuese por medios químicos o construyendo una barrera física formada por proteínas en torno a ellos. Ésta pudo ser la causa de que aparecieran las primeras células vivientes. Los replicadores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron maquinas de supervivencia para vivir en ellas. las primeras máquinas de supervivencia consistían, probablemente, nada más que en una capa protectora. Pero ganarse la vida se hizo cada vez más duro a medida que surgían nuevos rivales con mejores y más efectivas máquinas de supervivencia. Las máquinas de supervivencia se hicieron más grandes y más elaboradas, y el proceso fue acumulativo y progresivo.

¿Llegaría a tener algún final este gradual perfeccionamiento de las técnicas y artificios empleados por los replicadores para asegurarse su propia continuidad en el mundo? Habría mucho tiempo disponible para su perfeccionamiento. ¿Qué misteriosas máquinas de autopreservación producirían al cabo de milenios? En cuatro mil millones de años, ¿cuál sería el destino de los antiguos replicadores? No murieron, porque son maestros en el arte de la supervivencia. Pero no se les debe buscar flotando libremente en el mar; ellos renunciaron a esa desenvuelta libertad hace mucho tiempo. Ahora, abundan en grandes colonias, a salvo dentro de gigantescos y lerdos robots, encerrados y protegidos del mundo exterior, comunicándose con él por medio de rutas indirectas tortuosas, manipulándolo por control remoto. Se encuentran en ti y en mí; ellos nos crearon, cuerpo y mente; y su preservación es la razón última de nuestra existencia. Aquellos replicadores han recorrido un largo camino. Ahora se les conoce con el término de genes, y nosotros somos sus máquinas de supervivencia.

Dawkins, Richard.- El gen egoísta.- Biblioteca Científica Salvat.- Barcelona 1986.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias naturales | Deja un comentario

La ignorancia y la economía: POR CARLOS ALBERTO MONTANER

En 1556, el poderoso emperador Carlos V decide abdicar y se retira a vivir en el monasterio de Yuste, en Extremadura, España. Está cansado de las continuas guerras, deprimido por la muerte de su esposa –Isabel de Portugal–­ y de su madre –Juana la Loca–, y atormentado por los dolores que le produce la gota, ese trastorno metabólico que, convertido en una terrible punzada, suele alojarse en las articulaciones, preferiblemente en los dedos gordos de los pies, dolencia a la que entonces, por esa razón, llamaban podagra.

Carlos V, sencillamente, quiere huir de la muerte y del dolor.

Pero, una vez instalado en su nueva y austera residencia, razonablemente confortable para los estándares de la época, Carlos V de Alemania, o Primero de España, como prefieran llamarle, guiado por la ignorancia, toma dos decisiones fatales. Bebedor de cerveza, hace sembrar cebada, mientras un par de maestros cerveceros que se había traído de Alemania instalan un alambique para destilarla. Los médicos que lo acompañan intuyen, con cierta razón, que alguna relación tiene la gota con los riñones, y saben que la cerveza estimula las ganas de orinar, así que aprueban con entusiasmo la afición del exemperador por esta forma refrescante del alcohol. Entonces nadie sabía que esa bebida, rica en purina, aumentaba los niveles de ácido úrico de los gotosos, así que el pobre Carlos V incrementaba el problema con cada jarra de cerveza que ingería.

La segunda decisión equivocada tuvo que ver con un criterio estético. Carlos V se hizo construir una alberca para mirarla desde la ventana y acaso darse un chapuzón en los días de calor intenso. Pensaba que esos baños podían calmar el dolor de la gota. Tal vez, pero el agua estancada atraía a los mosquitos. Un mosquito le transmitió la fiebre amarilla y el pobre hombre murió en medio de los temblores y dolores de todo tipo que provoca el paludismo.

¿Cuál es el propósito de comenzar una reflexión sobre el desarrollo con esta curiosa anécdota histórica? Sencillo: demostrar que la ignorancia, generalmente convoyada por percepciones distorsionadas, conduce a la toma de decisiones equivocadas y fatales, incluso por las personas más poderosas.

Primera mentira: la riqueza de las naciones poderosas ha sido el resultado del saqueo de las más débiles

No es cierto. España, Portugal y Turquía han sido tres de los mayores imperios de la Tierra y no comenzaron, realmente, a prosperar hasta que se desembarazaron de sus conquistas. Constituir y defender un imperio suele costar mucho más que la riqueza que éstos suelen producir.

Recuerdo, a principios de los años noventa del siglo pasado, tras el derribo del Muro de Berlín, una consigna entonces en boga en Moscú: «Hay que liberar a Rusia del peso de la Unión Soviética». Los rusos, finalmente, comprendieron que el costo de mantener girando en torno a su país un rosario de satélites, a lo que agregaban costosas y lejanas colonias políticas del Tercer Mundo, como Cuba o Etiopía, desangraba inútilmente la tesorería nacional.

Holanda y Suecia nunca fueron más ricas que cuando se disolvieron sus imperios. La pequeña Suiza nunca lo ha tenido y es una de las naciones más prósperas del planeta. La riqueza de Francia no se derivaba del expolio de sus colonias, sino del comercio, como le sucedió posteriormente a los Estados Unidos.

Es mucho más lo que Inglaterra sembró en sus colonias que lo que extrajo de ellas, como puede comprobarse en Estados Unidos, Canadá, Australia, Irlanda o Nueva Zelanda. La pujanza económica que hoy vemos en un país como India, excolonia británica, se debe a la impronta civilizadora de Inglaterra y no a las milenarias tradiciones hindúes, totalmente alejadas de la mentalidad competitiva del capitalismo moderno.

Es verdad que las naciones imperiales obligaban a sus colonias a consumir productos generados por la metrópolis, dentro de la mentalidad mercantilista de la época, pero ya Adam Smith, a fines del siglo XVIII, advirtió que ésa era una medida mutuamente empobrecedora. Servía para enriquecer a ciertos cortesanos coludidos con la Corona, pero no favorecía al conjunto de la sociedad.

Ése fue uno de los caballos de batalla del pensamiento y las revoluciones liberales: abrirse al comercio internacional y a la competencia.

Segunda mentira: las naciones poderosas crean unas formas de comercio y producción que condenan a la miseria o a la mediocridad a los pueblos menos desarrollados

No es cierto. Nadie ha impedido a Taiwán convertirse en un país del Primer Mundo especializado en bienes de alta tecnología. Ninguna nación codiciosa ha tratado de evitar que Corea del Sur inunde el mundo con autos y electrodomésticos. Tampoco intentan que Brasil no produzca y venda buenos aviones, pese a que es un Estado notablemente proteccionista, o que México exporte cemento, muebles o petróleo a Estados Unidos.

La Teoría de la Dependencia, que una y otra vez asoma su equivocada cabeza, aunque a veces se disfraza de patriótico nacionalismo, es un total disparate.

Si mañana un laboratorio argentino desarrolla una vacuna contra el cáncer, o una empresa chilena de informática crea un buscador más eficiente que Google, impondrán sus productos en el mercado internacional si cuentan con el talento para comercializarlo. Por el contrario: una y otra vez los organismos financieros internacionales rescatan a los países pobres cuando se encuentran en apuros. En un mundo interdependiente como el nuestro, a ninguna nación le interesa la ruina del vecino.

Tercera mentira: el Estado debe dictar las líneas maestras del desarrollo porque el mercado abierto conduce al desorden

No es cierto. El Estado no debe frenar o limitar la creatividad de la sociedad imponiéndole una planificación ordenada. En gran medida, el desarrollo es producto de los avances tecnológicos, y estos espasmos creativos se dan de manera espontánea e imprevista. En el siglo XVIII, a unos técnicos desconocidos se les ocurrió colocar raíles en las minas para extraer los minerales en vagones de metal. Cuando se perfeccionó la máquina de vapor, otros ingeniosos mineros sustituyeron las mulas con locomotoras. Sin advertirlo, habían inventado el tren.

A fines del siglo XIX, el señor Edison inventó la bombilla incandescente y creó las redes y la empresa para distribuir la electricidad. Al teléfono, a la aviación, a la radio, a la televisión, les ocurrió lo mismo. Nada fue planificado por el Estado. Incluso internet, que surgió como un proyecto del Pentágono para comunicar los puestos de mando en caso de guerra, sólo explica su fenomenal desarrollo porque la iniciativa privada lo sacó de la cuna y lo hizo crecer.

Ésa no es la función del Estado. No puede hacerlo. No sabe hacerlo. Por eso el mundo socialista, dirigido por el Estado, fue prácticamente estéril en el terreno de la creación.

De la chispa genial surge la invención; tras la invención aparece la empresa; tras ella, la competencia y la actividad frenética que cambian el panorama económico. Nada de eso puede ser decidido por unos funcionarios agobiados que sólo pueden planificar sobre la realidad existente –como si viviéramos en una dimensión estática–, pero que no pueden avizorar el futuro… que ya se está cocinando en los laboratorios o en la imaginación de ciertas personas impetuosas y creativas.

Ante esa imposibilidad de prever el futuro, lo que debe hacer el Estado es crear y tutelar las condiciones para que la sociedad civil pueda desenvolverse y crear riqueza con la menor cantidad posible de limitaciones.

No es falso que cada invención también destruye empresas y capital acumulado, como advirtió Schumpeter, pero el daño de tratar de embridar la imaginación y la espontaneidad es mucho mayor.

Planificar el futuro colectivo y decidir arbitrariamente lo que debemos producir o consumir es una manera lamentable de empobrecernos.

Cuarta mentira: la calidad de un Estado se mide por el nivel de gasto social y la solidaridad que ello demuestra

No es cierto. Un Estado ideal es aquel que no requiere gasto social porque todas las personas encuentran la manera de ganarse la vida decentemente con su propio esfuerzo.

Sabemos que eso es imposible, dado que siempre hay un porcentaje de personas incapacitadas por diversas causas; pero cuanto menos gasto social se necesite, mayor será la calidad de un Estado y más clara será la demostración de que esa sociedad ha creado un tejido empresarial vasto y competitivo, en el que todas las personas encuentran su espacio.

Quinta mentira: una de las funciones principales del Estado es redistribuir la riqueza creada para evitar o limitar las desigualdades

No es cierto. O no debería serlo. La desigualdad es una de las consecuencias no buscadas de las sociedades económicamente libres.

Donde se puede crear riquezas, surgen desigualdades.

Es verdad que los gerentes y ejecutivos de las grandes empresas (especialmente en las multinacionales) reciben salarios y bonos que a veces suman hasta cincuenta o cien veces el salario promedio de los trabajadores de esas compañías, pero también es cierto que en ese tipo de empresa los salarios promedio y los beneficios marginales (seguros médicos, fondos de jubilación, asignaciones para estudios, vacaciones pagadas, etcétera) suelen ser más altos que la media. Si los accionistas de una empresa creen que la remuneración de sus ejecutivos debe ser millonaria, es una decisión que sólo les compete a ellos, de la misma manera que son los dueños de los equipos de fútbol o de béisbol los que deben decidir cuánto pagan a sus deportistas.

Por otro lado, no debe olvidarse que una de las características del mundo moderno desarrollado es que los modos de vida de las clases medias no distan demasiado de los de las clases adineradas.

La distancia real entre la posesión de un Rolex y un Mercedes Benz, por una parte, y un Citizen y un Chevrolet, por la otra, es, fundamentalmente, una cuestión de estatus. Una persona muy rica puede comprar un cuadro de Picasso en una subasta e ir a recogerlo en su avión privado. Un empleado medio, en cambio, deberá conformarse con adquirir un grabado del pintor español y volar como pasajero en un avión comercial, pero esas diferencias en el comportamiento social son totalmente adjetivas.

No le corresponde al Estado decidir qué posesiones o conductas legales son admisibles o censurables. Cada ser humano es diferente y tiene sus propias urgencias psicológicas y sus propias necesidades materiales.

En las naciones desarrolladas el puñado de ricos y las inmensas clases medias comerán los mismos alimentos, se atenderán en las mismas clínicas, tomarán medicamentos similares, se divertirán de igual manera y dispondrán de la misma información. No hay ningún estudio que indique que los ricos viven más años, o son más saludables y felices que los miembros de los sectores sociales medios. Es verdad que los ingresos son desiguales, pero ese dato no es tan importante, mientras que dedicarse a corregir esos desniveles en un tono acusador lo que provoca y fomenta es la dañina lucha de clases. Por otra parte, la evidencia indica que los grandes capitalistas, mientras acumulan sus fortunas, crean riquezas que benefician a millones de personas.

Los ejemplos de Bill Gates y Warren Buffet son clarísimos. Están entre las personas más ricas del planeta, pero el capital que han acumulado (y voluntariamente dedicado a ayudar a los necesitados) no ha empobrecido a nadie. Por el contrario, suelen remunerar muy bien a sus trabajadores y han enriquecido a millones de personas por medio de la venta de acciones y, en el caso de Buffet, reflotando empresas.

La riqueza crece por medio del trabajo y el comercio. No es una suma estática y limitada.

Sexta mentira: los países con menos desigualdades son aquellos en los que existe una mayor presión fiscal

No es cierto. Pueden coexistir ambos fenómenos, pero la presión fiscal no es la causa de que exista una menor desigualdad, sino la consecuencia de la calidad del tejido productivo y del volumen de riqueza que la sociedad puede crear.

Es en las naciones que tienen un aparato productivo variado y con gran valor agregado, en las naciones donde las empresas compiten entre sí y se disputan la mano de obra calificada, donde hay una mejor distribución de ingresos.

En un país como Brasil, por ejemplo, donde hay unos desniveles sociales enormes, eso no sucede con los empleados de la fábrica de aviones Embraer o con los trabajadores de Petrobras, porque el valor que agregan a la producción determina que sus salarios sean mucho más altos que los que reciben los recogedores de café o los lustradores de calzado. Para poder pagar veinticinco dólares por hora a un empleado, el bien que éste produce –o el servicio que presta– tiene que valerlos en un mercado competitivo.

Séptima mentira: el Estado debe determinar los salarios y los precios para evitar las injusticias

No es cierto. Los funcionarios públicos no tienen una manera racional de determinar qué es un salario justo. La definición de salario justo como «la cantidad que se requiere para tener una vida digna» es la expresión lírica de un deseo noble más que el producto de una realidad económica. La única forma de contar con salarios altos que respondan a la economía real pasa por disponer de un tejido empresarial denso y competitivo que tienda al pleno empleo, para que los empresarios tengan que pujar por los mejores trabajadores y compensarlos debidamente para retenerlos.

Los asalariados no van a ganar más por la bondad de los funcionarios o por la fiereza de los sindicatos, sino por la competencia y el valor que se agregue a la producción. Si el Estado, alentado por los sindicatos, marca unos salarios y unas prestaciones excesivas, acabará por generar desempleo, fuga de capitales, desinversión y destrucción de empresas. Tampoco tiene sentido esperar de los empresarios una actitud benevolente y generosa. La tendencia de la mayor parte de los empresarios será pagar lo menos posible a sus trabajadores. No debe olvidarse que la esclavitud existió hasta hace muy poco (yo conocí en mi niñez cubana a personas que habían nacido esclavas), y fueron escasos los empresarios que hacían ascos a lo que llamaban esa institución peculiar.

Octava mentira: la educación nos sacará de la miseria

No es cierto. La educación es sólo un componente del desarrollo y la prosperidad. Es muy importante, pero sirve de muy poco si no cuenta con una sociedad hospitalaria con la posibilidad de crear riquezas, dotada de las instituciones adecuadas para ello, tanto en el terreno legal como en el financiero.

Los países europeos del bloque socialista probablemente estaban mejor educados que Estados Unidos o Canadá, si lo que se juzgaba era el conocimiento medio de sus bachilleres o licenciados. Cuba, cuyo gobierno persigue con saña a las personas emprendedoras, cuenta con casi un millón de graduados universitarios, pero muchos de ellos prefieren conducir un taxi o vender pizzas porque obtienen mejor remuneración con esas actividades que con sus profesiones.

Lo maravilloso de la historia de Microsoft, Apple o Facebook no es que cuatro muchachos en un garaje puedan crear un imperio económico en poco tiempo, sino que la sociedad en la que viven sea tan porosa, tan flexible, y con una trama de instituciones jurídicas y financieras tan notable, que haga posible el surgimiento de esos milagros empresariales.

Más impresionante que el talento de esos jóvenes creadores es el capital intangible con que contaban para llevar adelante sus proyectos.

Novena mentira: el comercio libre nos sacará de la miseria

No es cierto. Al comercio libre le ocurre lo mismo que a la educación. Es muy importante, sin él el desarrollo es imposible, o al menos es muy difícil, pero hay que tener con qué negociar.

La clave está en la oferta.

Si seguimos vendiendo café, azúcar, leche, cacao o bananos, sólo nos beneficiaremos cuando esos productos suban de precio en el mercado por un aumento inesperado de la demanda. Es desconsolador saber que sólo la Nestlé, tras procesar y envasar convenientemente esos mismos productos, vende más que el conjunto de países centroamericanos, sin necesidad de un Tratado de Libre Comercio que ampare sus actividades.

Las sociedades escasamente productivas no pueden servirse del comercio como las que rebosan creatividad. Siempre se van a beneficiar, pero no de la misma manera ni con igual intensidad .

Hoy, centroamericanos y dominicanos se sienten frustrados porque el Tratado de Libre Comercio suscrito con Estados Unidos no ha cambiado sus vidas perceptiblemente, pero no suelen hacerse la pregunta clave: ¿qué tienen ellos que ofrecer a los 300 millones de consumidores norteamericanos? ¿Dónde están las empresas innovadoras aptas para servir a ese mercado, como hacen las chinos y comienzan a hacer las hindúes, o como hacen las de pequeños países desbordados de creatividad empresarial, como Israel, Dinamarca, Suiza u Holanda?

Décima mentira: la ayuda internacional nos sacará de la miseria

No es cierto. Ningún país puede rescatarnos. Pueden aliviarnos en una mala coyuntura económica, y suelen hacerlo, generalmente sin mucho entusiasmo, pero nadie puede salvarnos de nuestros propios demonios.

Tras el terremoto que destruyó medio Haití se supo que en ese pequeño desastre caribeño operan más ONG que en ninguna otra parte del planeta. Y todo es casi inútil.

Sin embargo, otras zonas desesperadas del mundo, como Corea del Sur en la década de los cincuenta o Singapur en los sesenta, han hecho las cosas de manera diferente y se han colocado en el pelotón de avanzada del mundo.

Colofón

En definitiva, el camino del desarrollo y la prosperidad comienza por desterrar la infinita cantidad de mentiras y errores que circulan en nuestra sociedad y nos precipitan en la dirección del desastre.

Termino por donde comencé. Se cuenta que mientras Carlos V agonizaba por la fiebre amarilla, que suele producir una gran sed, pedía y le daban cerveza para aliviarlo. Eso le incrementaba el dolor de la gota. Cuentan que murió gritando.

No hay nada más peligroso que la ignorancia.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

La primavera árabe: POR CARLOS ALBERTO MONTANER

La primavera árabe no acaba de florecer. El fin de las tiranías militares del norte de África –Túnez, Libia, Egipto­– no ha dado paso a una era de gobiernos democráticos como sucedió tras el derribo del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, o como vimos en Alemania, Italia y Japón después de la Segunda Guerra Mundial.

Hillary Clinton y, con ella, medio Estados Unidos están perplejos por el comportamiento brutal de las turbas libias. El asesinato del embajador Chris Stevens y otros tres funcionarios norteamericanos fue un espectáculo horrible, especialmente porque ocurría poco después de que Washington se hubiera empeñado a fondo en liberar a Libia de la dictadura brutal de Gadafi junto a una coalición de países europeos agrupados en la OTAN y liderados por la Francia de Sarkozy.

El presidente Obama reconoció al periodista José Díaz-Balart, de la cadena Telemundo, que este Egipto, el post Mubarak, no es un país aliado, aunque no se trate de una nación enemiga. (Espere un poco, presidente, todo se andará). Afganistán e Irak tampoco se han transformado en democracias funcionales naturalmente prooccidentales, pese a la presencia masiva del ejército americano y la inversión de miles de millones de dólares.

Todo era una vana ilusión. El plan de nation building, originado en la benévola arrogancia de una poderosa cultura aquejada de voluntarismo, no ha funcionado. Sencillamente, el objetivo de inducir entre los árabes, desde fuera del seno de la sociedad, el modelo de Estado conocido como democracia liberal ha fracasado.

¿Por qué? Porque la democracia liberal es mucho más que un diseño institucional. Los norteamericanos tienden a creer que es el resultado de poseer un cierto tipo de Constitución, poderes limitados y economía de mercado, elementos fácilmente reproducibles; pero ignoran el factor que da sustento a ese andamiaje formal: los valores de la tribu.

Si Estados Unidos, a fines del siglo XVIII, inventó el mundo moderno no fue porque suscribió las ideas del británico John Locke, sino porque la mayoría de su sociedad aceptaba como buena la noción de la tolerancia, la supremacía de los derechos individuales y la importancia de tener un gobierno de reglas imparciales y no de hombres.

Más importante que todo el andamiaje constitucional construido en 1787 es la Primera Enmienda impuesta a la ley de leyes para proteger las libertades. Si bien la Constitución americana surgía del pensamiento de los ilustrados ingleses y creaba, artificialmente, un tipo de Estado peculiar (la primera república moderna), esa Primera Enmienda, protectora de la libertad religiosa, del derecho de expresión, reunión y petición, expresaba algo mucho más trascendente: la voluntad de aceptar al otro aunque tuviera ideas con las que no comulgamos o comportamientos que nos resultaran desagradables.

La grandeza de la democracia liberal radica en eso: el valor supremo que se le asigna a la tolerancia, definida como la aceptación de el derecho del otro a existir y manifestarse, aunque nos repugne.

Por eso no funciona la construcción artificial de democracias liberales. Mucho antes de que Estados Unidos se convirtiera en una república independiente, William Penn, un cuáquero pacifista, fundó Pensilvania (así llamada en honor a su padre), decidido a vivir en paz con los indios, admitir todos los credos religiosos y someter su gobierno a una suerte de control y consenso social. Filadelfia sería eso: la cuna de la fraternidad y el amor.

¿Dónde está en las sociedades árabes ese espíritu de tolerancia, si las personas nacen y crecen repitiendo el mantra de que Alá es el único Dios, Mahoma su único profeta, y la gran tarea de los islamistas es la conquista del mundo para gloria de esas creencias religiosas y la imposición universal de la sharía? ¿Dónde están en el islamismo los valores de la tolerancia y la humilde aceptación del otro, del diferente, en un plano de igualdad y respeto?

Es verdad que las tres grandes religiones monoteístas en sus orígenes (y durante siglos) han sido intolerantes y brutales con quienes no pertenecían al círculo de sus creyentes, pero los valores de judíos y cristianos, en general, tal vez como consecuencia de guerras espantosas, han evolucionado en dirección de la tolerancia y la aceptación, mientras el islamismo permanece anclado en la vieja ortodoxia excluyente, que hace imposible que arraigue el modelo de la democracia liberal.

Es, en suma, una cuestión de valores. Mientras eso no cambie, no habrá primavera en el mundo árabe.

Publicado en OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

La independencia financiada: JOSÉ T. RAGA

¿Qué tendrá Cataluña, o qué tendrá Mas –también lo tuvieron Pujol y Montilla–, para que algunos pierdan el buen tino? ¿Está el Gobierno español tan proclive a las finanzas de las demás autonomías como lo está a las de Cataluña, o es que la amenaza resulta eficaz?

España es un país de sobresaltos y de situaciones que generan alarma social: unas veces porque los delincuentes no cumplen las penas a las que se les sentenció –privación de libertad–, y otras porque los fundamentos económicos y el compromiso de equidad nacional se menoscaban por amenazas que, de cumplirse, nada alterarían, pues hay experiencias históricas, no lejanas en el tiempo, que así lo confirman.

El escenario se repite. El presidente Mas llega ante el Gobierno de la Nación revestido de arrogancia y alardeando de mala educación. Es una muestra de su incapacidad para distinguir lo que se puede y lo que no se puede hacer en un mundo que se pretende armónico. El tono es el de siempre: el del chantaje. Un chantaje materializado en el referéndum independentista, la agencia tributaria catalana y la amenaza de convocatoria electoral. Ah, y no está dispuesto a participar en la rueda de prensa informativa en Moncloa: seguramente, porque al estar en un país extranjero se siente demasiado presionado.

Reconozco que nunca he disfrutado de esas cualidades políticas que permiten a algunos comulgar con ruedas de molino, o aceptar, con la mejor de las sonrisas, los carros y carretas de los compañeros de viaje. Por ello, ante un hecho semejante, si yo fuera el presidente del Gobierno español no habría dudado en anular la cita, por causas de mala educación y falta de respeto a los modos y al protocolo.

Me preocupa, por ello, una información que preferiría no fuese cierta. Al decir de la nota informativa, el presidente del Gobierno estaría dispuesto a ofrecer a Mas financiación adicional, pero no pasaría por el independentismo ni por la agencia tributaria propia. Que ahora, ante el chantaje, el señor presidente ofrezca financiación adicional a la Generalidad es tanto como reconocer que la que ha manejado hasta el momento no era la que les correspondía; es abundar en el argumento malintencionado de la explotación abusiva que España hace de Cataluña. El Estado, sencillamente, no puede inclinar la cerviz ante uno de sus órganos territoriales. Esto provocaría fundada alarma social.

Cataluña no se saciará, cualquiera sea el obsequio que se le ofrezca. Ese fue el argumento perverso cuando Zapatero prometió a los catalanes que tendrían el estatuto que quisieran. Con eso quedarán contentos para siempre, pensó el necio estadista. Cuando el hijo pródigo se arrepiente de su vida dilapidadora acude, con humildad y sin exigencias, a la presencia del padre. El caso del pródigo Mas es muy distinto: la humildad y petición de clemencia las sustituye por la arrogancia y el chantaje. ¿Caben, pues, las contemplaciones?

La verdad es que no entiendo nada.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

Pequeño saquete de maldades: POR CESAR VIDAL

De esa manera calificó Felipe González a Santiago Carrillo en aquellos años de la Transición tan idealizados, y que con sus polvos nos trajeron los lodos en que ahora estamos enfangados. Felipe González, por supuesto, menospreciaba al adversario y, en especial, mostraba su resentimiento consustancial hacia alguien que le podía haber causado un daño enorme.

Carrillo procedía del PSOE, donde había entrado bajo los auspicios de su padre, Wenceslao, un socialista histórico, y de Largo Caballero, el Lenin español. Sin embargo, el joven Santiago se percató desde muy pronto de que aquel PSOE no iría muy lejos en el camino de la revolución proletaria. En 1934, el retrato que aparecía, lustroso y revelador, en el despacho de Carrillo no era otro que el de Stalin, el hombre que modelaría su vida. Cuando, en octubre de ese año, el PSOE, apoyado en los nacionalistas catalanes, se alzó en armas contra el Gobierno de la República, Carrillo se hallaba entre los golpistas, pero no dio –según contaron sus compañeros de filas– muestras de valor físico. Incluso alguno se atrevió a acusarlo de haber sufrido descomposición intestinal. Fuera como fuese, Carrillo corrió a esconderse, pero acabó dando con sus huesos, brevemente, en la cárcel. Salió con la victoria del Frente Popular, y a esas alturas ya era un submarino del PCE que procedió a unificar las juventudes socialistas y comunistas bajo el control de Moscú.

De su paso por la guerra, su camarada Líster diría que «nunca asomó la gaita por un frente». Era cierto, pero no fue la suya la labor típica del emboscado. Por el contrario, convertido en el equivalente al ministro del Interior de la Junta de Madrid, llevó a cabo las matanzas de Paracuellos. El tema es discutido aún por algún apologista de la izquierda, pero hace años que Dimitrov y Stepanov zanjaron la cuestión atribuyendo directamente a Carrillo el mérito de las matanzas masivas en la retaguardia. Tampoco él lo ocultó durante años. Carlos Semprún refirió al autor de estas líneas cómo Carrillo reconocía en privado que los asesinatos en masa se habían debido a sus órdenes, aunque lo hacía sin jactancia, explicando que la guerra era así.

Cuando concluyó el conflicto, Carrillo formaba parte de los comunistas fanatizados aún creían en que Stalin descendería como deus ex machina para arrebatar el triunfo militar a Franco. Con el despiste de no comprender lo sucedido y el ansia de ajustar las cuentas a todos, escribió una carta memorable a su padre, uno de los alzados contra Negrín en el golpe de estado de Casado, carta en la que renegaba de su condición de hijo y afirmaba que, de estar en su mano, lo mataría. Su progenitor le envió una respuesta que haría llorar a las piedras, disculpando a Carrillo y atribuyendo el episodio a Stalin. Los comunistas se habían batido como nadie contra Franco, pero, a la sazón, no pasaban de ser un montón de juguetes rotos, niños de la guerra incluidos. Stalin colocó a Pasionaria al frente del PCE, más por su servilismo que por su inexistente talento; a un desengañado Díaz se lo quitó de en medio en un episodio que nunca se supo si era suicidio o asesinato, y comenzó a buscar a alguien totalmente desprovisto de escrúpulos para encabezar el PCE futuro.

A Carrillo le tocó la lotería del dictador georgiano simplemente porque reunía todas las cualidades: amoralidad, ausencia de afectos naturales, sumisión absoluta a Moscú, disposición a derramar sangre si así se le ordenaba… Décadas después, tras un programa de televisión en que participamos ambos, Jorge Semprún me diría que Carrillo era el único superviviente de aquella generación y que se iría con sus secretos a la tumba. No se equivocó. A cambio de ser el que tuviera las riendas del poder, Carrillo firmó un pacto absolutamente fáustico con Stalin en el que la sangre la pusieron otros.

Antes de acabar la guerra mundial, Carrillo desencadenó la estúpida operación de conquista del valle de Arán pensando que podría lograr en España lo que el PCI había conseguido en Italia o el PCF pretendía conseguir en Francia. Pero Carrillo no era Togliatti y las hazañas se limitaron a fusilar a unos pocos párrocos indefensos y a llamar a la sublevación armada a unas poblaciones hartas de guerra. El fracaso, a la staliniana, tenía que contar con responsables que cargaran con él como adecuados Cirineos. Así fue. Carrillo ordenó el asesinato de los presuntos culpables del desastre a manos de sus propios camaradas. Repetiría esa conducta una y otra vez, infamando a camaradas entregados como Quiñones o Comorera simplemente para que quedara claro que él no se equivocaba y que si los resultados no eran los esperados se debía a los traidores infiltrados. Y, sin embargo, ¿quién sabe? Carrillo y sus seguidores cercanos eran tan obtusos que, quizá, en lugar de chivos expiatorios de la ambición, las víctimas sólo fueron las paganas de la roma mentalidad de los comunistas. Así, nunca se sabrá si Grimau cayó en manos de la policía franquista porque Carrillo deseaba deshacerse de él o simplemente porque el PCE no daba más de sí.

La invasión de Checoslovaquia por los tanques soviéticos enfrentó a Carrillo por vez primera con unas bases que no veían bien cómo legitimar una acción así simplemente porque derivara de las órdenes de Moscú. Apoyándose en Claudín, antiguo compañero de la guerra, y Semprún, el intelectual del PCE por eso de que, al menos, sabía idiomas, Carrillo adelantó las líneas maestras de una cierta renovación ideológica –no mucha– dentro del PCE. Semejante paso no significaba ni que fuera más flexible ni que tuviera intención de ceder el poder. En una secuencia extraordinaria de ¡Viva la clase media!, un José Luis Garci actor ponía de manifiesto cómo todos los activistas del PCE en España eran, a fin de cuentas, cuatro y el de la vietnamita, y la famosa huelga general pacífica que derribaría a Franco no pasaba de ser un delirio basado en el desconocimiento de la España que se pensaba redimir. Eran como los testigos de Jehová a la espera del fin del mundo, sólo que ellos esperaban que el paraíso vendría por la acción de unas masas entregadas al fútbol y a la televisión.

En un intento de cambiar el rumbo porque era obvio que Franco se iba a morir en la cama, Claudín y Semprún realizaron un nuevo análisis marxista de lo que sucedía. Carrillo hizo que los expulsaran del PCE tras una tormentosa reunión celebrada –y grabada– en el este de Europa, y en la que tuvieron que escuchar cómo Pasionaria, que sabía leer y escribir lo justito, los calificaba, a ellos, cabezas pensantes del partido, de «cabezas de chorlito». En adelante, Carrillo –retratado magníficamente en la Autobiografía de Federico Sánchez de Semprún– se dedicó a esperar el «hecho biológico» de la muerte de Franco mientras disfrutaba de la sofisticada hospitalidad de dictadores como Ceausescu e intentaba que los prosoviéticos como Ignacio Gallego o Julio Anguita –al que con muy mala baba calificó de «compañero de viaje»– no le estropearan el festín.

De regreso a España, soñó –nunca mejor dicho– con llegar a un «pacto histórico» con Suárez que le permitiera convertir al PCE en la fuerza hegemónica de la izquierda. Pero la España de los setenta no era la Italia de los cuarenta. Estados Unidos decidió que la izquierda fetén no podía ser un PCE que propalaba un eurocomunismo cocinado en las zahúrdas del KGB y, a través de Alemania, se dedicó a financiar al PSOE de un joven abogado sevillano que respondía al nombre clandestino de Isidoro.

En su intento por lograr lo imposible y además por someter el PCE a su control stalinista, Carrillo sólo consiguió soliviantar a unos militantes del interior que, más allá del mito, encontraron totalmente insoportables a los comunistas regresados. En los años siguientes, aquellos comunistas se pasarían en masa al PSOE y al nacionalismo catalán –en ocasiones, a ambos–, buscando una iglesia más sólida y caritativa que la comunista.

Las derrotas electorales –la testarudez de los hechos que decía Lenin– obligaron a Carrillo a abandonar la Secretaría General de un PCE ya destruido –¡gracias de parte de todos los demócratas, Santiago!– mucho antes de que se desplomara el Muro de Berlín. Amagó con regresar al PSOE, insistió en que era comunista hasta la muerte y, por encima de todo, sufrió la conversión en espectro sin haber muerto. Ese fantasma, solo o en compañía de personajes emblemáticos de la izquierda como Leire Pajín, siguió apareciendo como quejumbroso contertulio de radios y engañador en memorias que, en la época de ZP, apoyó desde el pacto con los terroristas hasta la ley de memoria histórica, seguramente soñando con ganar de una vez las mil y una batallas que perdió a lo largo de su dilatada vida.

Al final, como señaló Solzhenitsyn en las páginas de conclusión de Pabellón de cáncer, desapareció de la Historia. Por desgracia, como también señaló el disidente ruso, lo hizo después de haber causado la desgracia de millares de personas.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

La muerte de Albert Camus

“Una mañana, después de tantas desesperaciones, un irreprimible deseo de vivir nos anunciará que todo ha terminado” (Albert Camus, 1913-1960)

Todo es relativo, si exceptuamos la muerte. La muerte es una verdad absoluta. Todas las cosas tienen remedio. Nada es para siempre. Solo hay dos excepciones: el todo y la nada, la vida y la muerte, la existencia y su equivalencia contraria.

Publicado en AFORISMOS, MIS AFORISMOS | Deja un comentario

Iconografía del blog: La Causa Liberal

image

La imagen que ocupa el frontispicio de esta nota (y el icono de la página de Facebook que conecta con este blog: https://www.facebook.com/elreplicadorliberal/) muestra la silueta de una mujer recortada contra el fondo de un océano indómito, ligeramente inclinada hacia el borde del acantilado, como si estuviera a punto de precipitarse al vacío y estamparse contra las rocas. Todo hace presagiar que estamos ante el dramático final de una persona arrasada por la angustia, en el momento de suicidarse. Ahora bien, una pintura también puede esconder un significado más profundo, que nos sugiera algo bastante distinto de lo que a priori parece trasmitir, como una representación metafórica. Para mí, la imagen que encabeza esta nota es una alegoría que viene a representar las dos cosas más importantes que existen en la vida, los dos motores que impulsan el mundo: la evolución biológica (o genética), y la evolución cultural (o memética), el ansia de los genes por multiplicarse (mi aprecio por las mujeres) y el ansia de los memes por hacer lo mismo (mi aprecio por el conocimiento de la naturaleza, por el descubrimiento de sus abismos y sus barrancos, y por la trasmisión de las ideas que resultan de dicha búsqueda). El cuadro en cuestión logra un equilibrio visual perfecto al integrar en un único fotograma los dos motivos vitales que acabo de referir (los únicos que existen), al tiempo que exhorta al observador a contagiarse con el anhelo que derrocha esta doble visión, la contemplación de un mundo en perpetuo movimiento, el vigor de una vida zarandeada en igual intensidad por dos fuerzas motrices, la morbosidad incidental que propicia la visión de una mujer maravillosa (delicada), que estimula la libido animal, y el placer inmarcesible que brinda la búsqueda incansable del conocimiento científico y filosófico, que invita a la contemplación y la dedicación intelectual. La imagen muestra un cuerpo hermoso y sensual, ligeramente inclinado hacia las simas más profundas del océano y hacia la luz del Sol, dispuesto a dejarse la vida por alcanzar ese piélago, alegoría que viene a significar el aprecio que algunos tenemos por el conocimiento abismático y por las leyes más básicas de la realidad. La libertad del individuo, el fulcro sobre el que se apoya todo lo que escribo, aquello que me desangra y me desvive, es un concepto que solo se comprende por completo cuando se alcanzan a entender todas las causas que nos permiten actuar y que hacen que nos movamos, todo lo que nos impulsa, nos aboca, y nos convierte en personas más libres e independientes. Como decía Hegel: “La independencia del hombre consiste en esto: en que sabe lo que lo determina”. En este sentido, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que las dos cosas más importantes del mundo son las mujeres y las ideas; la voluptuosidad de la carne y el erotismo del entendimiento; la reproducción biológica y la reproducción cultural; los genes y los memes. Ambas dos determinan en último lugar todas nuestras acciones y empresas. Son sin duda los únicos receptáculos naturales de información que cabe señalar, los únicos motivos de la existencia y la disposición animal o humana, los únicos tensores que dan sentido y significado a la vida, y lo único que hace que nos levantemos todas las mañanas y que nos acostemos al llegar la noche. No hay ninguna razón más por la que vivir o morir.

Publicado en BLOG, Iconografía del blog: La Causa Liberal, MIS NOTAS, TEMÁTICA | Deja un comentario

Ultimas tardes con Horacio: GINA MONTANER

Seguramente a Horacio Vázquez-Rial le habría gustado el título de esta columna, que en verdad es otra manera de decirle adiós después de su fallecimiento, este jueves. Seguro que habría sonreído como lo hacía él, entre la jovialidad y la melancolía, porque nada le gustaba más que una buena conversación en torno a la literatura y los libros.

Desde luego Horacio, que fue un escritor magnífico y fecundo, no era el Pijoaparte de la más célebre novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, pero habría aprovechado la oportunidad para contarme alguna jugosa anécdota del ambiente literario de la Barcelona de su juventud, cuando llegó de su Buenos Aires natal huyendo de la ultraderechista Triple A y resuelto a ganarse la vida como escritor, algo que logró hasta el final.

El azar quiso que Horacio y yo coincidiéramos este año desempeñando la muy respetable labor de escribidores. Recuerdo que se aproximaba el final del verano cuando nos conocimos en el centro de Madrid. A pesar del calor, Horacio vestía impecables trajes y sus corbatas denotaban el dandy que siempre fue. El esteta no sólo en la literatura, sino en su gusto por la buena cocina, el mejor cine, las mujeres más hermosas.

Fue instantánea la empatía mutua tal vez porque desde el principio, además de nuestro amor compartido (aunque no siempre coincidente) por los libros, reconocimos el uno en el otro la impronta del desarraigo extranjero. Él era argentino-español y yo cubano-española. Él había hecho el viaje ideológico desde el trotskismo hacia el pensamiento liberal. Yo soy hija de cubanos exiliados que huyeron de la dictadura castrista. Él había bebido las noches de la Barcelona de la Transición y en el camino se le instaló el desencanto frente a un nacionalismo que se alejaba de lo que definía a Horacio: un alma cosmopolita que se rebelaba contra los correajes ideológicos y vitales. De esa vocación libertaria que rechazaba las servidumbres nació una de sus mejores obras, La izquierda reaccionaria, que le costó el repudio sectario de muchos que en el pasado habían sido sus amigos.

Así fue como, a la hora de la comida en la que sólo los apátridas se reconocen mientras el resto duerme la siesta en el hogar de toda la vida, Horacio y yo aprovechábamos la quietud de los despachos para conversar. Pláticas que dominaba él con su sabiduría, sus vivencias, sus divertidos chismes literarios. Horacio me contaba de sus viajes a Cuba cuando todavía creía en aquella fallida revolución. «No puedes imaginar qué hermosa que es La Habana», me dijo en numerosas ocasiones. Y el porteño que siempre llevó consigo salía a pasear aquellas tardes en las que me hablaba de su infancia en el barrio judío de Buenos Aires; del olor del pan de la tahona que todavía inundaba sus recuerdos. Aromas que ya no podía percibir en las calles de Madrid, porque los efectos de la quimioterapia habían arrebatado el sentido del olfato a un hombre que presumía de preparar suculentos asados y fina pasta al dente con un toque de aceite de trufas.

Fueron tardes en las que Horacio y yo hablamos del aleteo próximo de la muerte, de su afición a la novela negra, de nuestras diferencias con respecto a la obra de Bolaño. «No entiendo tanto revuelo», me llegó a decir, sorprendido por mi entusiasmo con Los detectives salvajes. Nos unía, eso sí, nuestra pasión por el cine. Fueron, también, tardes de matinée que nos devolvían a las películas de nuestra adolescencia en tiempos distintos.

Mucho hablamos Horacio y yo de la nostalgia. Esa urgencia íntima del desarraigado por hacer la maleta de un momento a otro. Él, cuyo optimismo no lo cegaba, sabía que tenía los días contados antes de emprender el más definitivo de todos los viajes. Pero antes debía dejar arreglados sus papeles, sus escritos y, sobre todo, los asuntos del corazón, que en su caso estaba ocupado por el inmenso amor a sus dos hijas. De todos los recuerdos que conservo de él, lo que más me conmueve es el padre extraordinario que fue para Livia y Aitana. A diferencia de tanto intelectual desnortado, nunca dudó entre la responsabilidad familiar y las tentaciones de la vanidad literaria.

Este verano, justo un año después de conocernos, Horacio y yo nos despedimos. Él estaba a punto de emprender el recorrido final de una travesía sin retorno y yo debía reunirme con mis hijas en otra parte del mundo. En el abrazo breve pero estrecho me dijo al oído: «Prométeme que vas a ser feliz». Aquella tarde su sonrisa era toda jovialidad y melancolía.

Publicado en CIENCIA, OTROS, Textos de ciencias humanas | Deja un comentario

La muerte de Epicuro

“Mientras estoy viviendo el feliz último día de mi vida, me han acaecido dolores en la vejiga y en las vísceras mayores de los cuales no pueden darse. Pero por encima de todo resiste y contrasta con ello la serenidad del alma cuando recuerdo nuestros razonamientos filosóficos de otros tiempos” (Epicuro, Epístola e Idomeneo, 341 a C.- 270 a C.)

Nadie ha vuelto a describir con tanta genialidad y contundencia el amor que una persona puede llegar a sentir por la filosofía.

Publicado en AFORISMOS, MIS AFORISMOS | Deja un comentario