Ultimas tardes con Horacio: GINA MONTANER


Seguramente a Horacio Vázquez-Rial le habría gustado el título de esta columna, que en verdad es otra manera de decirle adiós después de su fallecimiento, este jueves. Seguro que habría sonreído como lo hacía él, entre la jovialidad y la melancolía, porque nada le gustaba más que una buena conversación en torno a la literatura y los libros.

Desde luego Horacio, que fue un escritor magnífico y fecundo, no era el Pijoaparte de la más célebre novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, pero habría aprovechado la oportunidad para contarme alguna jugosa anécdota del ambiente literario de la Barcelona de su juventud, cuando llegó de su Buenos Aires natal huyendo de la ultraderechista Triple A y resuelto a ganarse la vida como escritor, algo que logró hasta el final.

El azar quiso que Horacio y yo coincidiéramos este año desempeñando la muy respetable labor de escribidores. Recuerdo que se aproximaba el final del verano cuando nos conocimos en el centro de Madrid. A pesar del calor, Horacio vestía impecables trajes y sus corbatas denotaban el dandy que siempre fue. El esteta no sólo en la literatura, sino en su gusto por la buena cocina, el mejor cine, las mujeres más hermosas.

Fue instantánea la empatía mutua tal vez porque desde el principio, además de nuestro amor compartido (aunque no siempre coincidente) por los libros, reconocimos el uno en el otro la impronta del desarraigo extranjero. Él era argentino-español y yo cubano-española. Él había hecho el viaje ideológico desde el trotskismo hacia el pensamiento liberal. Yo soy hija de cubanos exiliados que huyeron de la dictadura castrista. Él había bebido las noches de la Barcelona de la Transición y en el camino se le instaló el desencanto frente a un nacionalismo que se alejaba de lo que definía a Horacio: un alma cosmopolita que se rebelaba contra los correajes ideológicos y vitales. De esa vocación libertaria que rechazaba las servidumbres nació una de sus mejores obras, La izquierda reaccionaria, que le costó el repudio sectario de muchos que en el pasado habían sido sus amigos.

Así fue como, a la hora de la comida en la que sólo los apátridas se reconocen mientras el resto duerme la siesta en el hogar de toda la vida, Horacio y yo aprovechábamos la quietud de los despachos para conversar. Pláticas que dominaba él con su sabiduría, sus vivencias, sus divertidos chismes literarios. Horacio me contaba de sus viajes a Cuba cuando todavía creía en aquella fallida revolución. “No puedes imaginar qué hermosa que es La Habana”, me dijo en numerosas ocasiones. Y el porteño que siempre llevó consigo salía a pasear aquellas tardes en las que me hablaba de su infancia en el barrio judío de Buenos Aires; del olor del pan de la tahona que todavía inundaba sus recuerdos. Aromas que ya no podía percibir en las calles de Madrid, porque los efectos de la quimioterapia habían arrebatado el sentido del olfato a un hombre que presumía de preparar suculentos asados y fina pasta al dente con un toque de aceite de trufas.

Fueron tardes en las que Horacio y yo hablamos del aleteo próximo de la muerte, de su afición a la novela negra, de nuestras diferencias con respecto a la obra de Bolaño. “No entiendo tanto revuelo”, me llegó a decir, sorprendido por mi entusiasmo con Los detectives salvajes. Nos unía, eso sí, nuestra pasión por el cine. Fueron, también, tardes de matinée que nos devolvían a las películas de nuestra adolescencia en tiempos distintos.

Mucho hablamos Horacio y yo de la nostalgia. Esa urgencia íntima del desarraigado por hacer la maleta de un momento a otro. Él, cuyo optimismo no lo cegaba, sabía que tenía los días contados antes de emprender el más definitivo de todos los viajes. Pero antes debía dejar arreglados sus papeles, sus escritos y, sobre todo, los asuntos del corazón, que en su caso estaba ocupado por el inmenso amor a sus dos hijas. De todos los recuerdos que conservo de él, lo que más me conmueve es el padre extraordinario que fue para Livia y Aitana. A diferencia de tanto intelectual desnortado, nunca dudó entre la responsabilidad familiar y las tentaciones de la vanidad literaria.

Este verano, justo un año después de conocernos, Horacio y yo nos despedimos. Él estaba a punto de emprender el recorrido final de una travesía sin retorno y yo debía reunirme con mis hijas en otra parte del mundo. En el abrazo breve pero estrecho me dijo al oído: “Prométeme que vas a ser feliz”. Aquella tarde su sonrisa era toda jovialidad y melancolía.

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