Una Hipótesis Liberal: POR JOAQUIN NEBREDA


UNA HIPOTESIS LIBERAL PARA EL SIGLO XXI.

El liberalismo es una ideología en sentido estricto, porque ofrece una visión global del mundo y de la vida, porque ofrece una cosmovisión, ordenando ambos, mundo y vida, en razón del individuo y de su irrenunciable exigencia de libertad.

El liberalismo no plantea como dicotomía el binomio individuo-sociedad, porque éste contiene términos complementarios, sino que plantea la confrontación del binomio individuo/sociedad-Estado.

Tanto el pensamiento conservador como el socialista han personificado la sociedad en el Estado. El Estado está legitimado porque es la concreción de la sociedad y, por tanto, el único productor de interés general.

El conservadurismo entenderá que el Estado es el guardián de los valores tradicionales y, en todo caso, el ordenador del desarrollo económico y social y el garante de aquellos valores. Los socialistas considerarán al Estado como instrumento de transformación de la sociedad hacia posiciones más uniformes, tendentes al pensamiento único, más despersonalizadas, de evitación de las élites, de igualitarismo.

Ambas ideologías otorgan al Estado un papel central, por encima del otorgado al individuo, para conservar valores o para transformar la sociedad. Porque el Estado es un bien en sí mismo y es portador de una legitimidad superior a la de los individuos que serán, desde luego, los receptores del bien común que el Estado produce y garantiza.

Es el Estado padre, garante… Es el “poder anónimo”, de Ortega y Gasset, del que el, también, anónimo hombre-masa “cree que es cosa suya” de modo que, ante “cualquier dificultad, conflicto o problema: el hombre-masa tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el Estado… con sus gigantescos e incontrastables medios”.

Para conservadores y socialistas, con pretensiones distintas, se confunde el concepto de Nación con el de Estado, el Estado es el poder que la Nación ha cedido y que le representa, así que es en el Estado en el que se invita a poner la confianza en el futuro, la confianza en la seguridad de cada uno y en la seguridad de todos. De aquí que la intervención pública sea tenida como algo positivo, como “progresista” (así, sería más progresista la sanidad pública que la privada…, con independencia de su eficiencia).

Sin afán de molestar, pero para expresarlo de manera comprensible, puede decirse que conservadores y socialistas coinciden en lo que se llamaría “populismo estatalista”, fundado en el proteccionismo económico con limitación del mercado, lo que genera, en apariencia, seguridad y, realmente, produce estancamiento social, falta de movilidad social. Porque los ricos continúan siéndolo y los pobres, aunque protegidos, continúan siendo pobres. Una economía de mercado altera con rapidez el elenco de operadores, los hijos de los ricos dejan de serlo y surgen ricos nuevos.

El liberalismo no otorga al Estado la competencia de transformación social, porque tal eventual transformación la llevarán a cabo los individuos con su voluntad, articulados en las sociedades intermedias que libremente constituyan (son las “subsociedades libres, en cada una de las cuales pueden defenderse opiniones y creencias diferentes”, de Karl Popper).

Así que dicha transformación social no se produciría según los dictados de un visionario que establece el pensamiento único, que mueve los hilos del poder estatal para crear adeptos, sino que la transformación social se produciría, de manera espontánea, atendiendo al vigor y posibilidades de las corrientes ideológicas y de los intereses lícitos que circulen por la sociedad y se confronten en ella. El Estado sólo establecería el marco de libertad para que cualquier transformación social fuera posible.

El liberalismo, lo reitero, no tiene al Estado como un instrumento de transformación social, sino como un instrumento productor de libertad y justicia y, por tanto, necesario, pero de mínimos, porque entiende que el motor del desarrollo y del cambio es la libertad del individuo, su libre pensamiento, su lícito interés.

Ser garante de la liberad y de la justicia, es la única razón que explica la existencia del Estado. Libertad que se despliega en la sociedad que es pluralidad ordenada de individuos. Libertad que la Ley garantiza y que sólo la Ley puede limitar, con justa causa. Justa causa sólo es el riesgo cierto de un mal inmerecido para los demás.

Para Locke, la Ley, más que la imposición de la voluntad mayoritaria, ha de ser la garantía del individuo frente al Estado y frente a cualquier grupo poderoso, incluso frente a la propia mayoría. Porque la mayoría sólo sirve para asignar el poder, no para dar la razón ni para negar derechos. La mayoría no tiene por qué acertar, pero si tiene por qué mandar. Y es, precisamente, el poder de la mayoría el que debe ser controlado por la Ley.

El liberalismo considera a los individuos, a los ciudadanos, como productores del interés general, lo que también es el Estado, siempre que sea necesaria su intervención y será necesaria sólo cuando los individuos no puedan o no quieran desarrollar una actividad necesaria para el confort común.

El Estado siempre produce interés general cuando actúa, correctamente, como regulador y controlador de las actividades desarrolladas en la sociedad, en los estrictos términos de regulación y control que cada actividad exija. El Estado produce interés general, sólo si es garante de libertad y de justicia.

El Estado democrático no es más que un instrumento representativo, caracterizado por dos elementos: elección, y control, que no es sino derecho a la desconfianza. Elección, o procedimiento aritmético para elegir a quienes ejerzan el poder; Control, o función de quienes no lo han alcanzado (oposición). Porque los electores, incluso los votantes de quien detenta el poder, si son inteligentes, deben ejercer su derecho a la desconfianza respecto de sus elegidos. Nunca debiera ser a la inversa, pese a que ocurra, con frecuencia, que el poder considere como sospechosos y posibles defraudadores a los ciudadanos. Si ocurre así es porque se tiene al Estado como el “Bien” y, consiguientemente, los ciudadanos, la Sociedad, son el riesgo que puede perturbarlo.

De aquí que la clave de una sociedad de hombres libres, de ciudadanos, sea la de disponer de leyes que garanticen y fomenten la libertad y persigan su perturbación y disponga, también, de una justicia imparcial y de calidad. Así que, desde la perspectiva de los liberales, el progreso, la política “progresista”, no se vincula a la mayor intervención pública (que es instrumental y frecuentemente perturbadora), sino que se identifica con la mayor producción de libertad y de justicia.

El liberalismo propugna administraciones con recursos suficientes pero escasos, porque la burocracia es un riesgo para la libertad individual y porque todos los recursos posibles de una sociedad deben estar destinados a producir riqueza, en manos de la iniciativa privada, y sólo los mínimos han de destinarse a la organización que garantice la libertad y la justicia.

El liberalismo fomenta las élites, fomenta la promoción de los mejor preparados. Partiendo de que todos han de tener las mismas posibilidades en origen, cree en el esfuerzo y en el mérito individuales.

La igualdad ha de hacer referencia a los derechos fundamentales, a las exigencias básicas de vida con un necesario mínimo confort y a las posibilidades de poner en evidencia los propios méritos, pero no puede defenderse la igualdad del resultado derivado de méritos y esfuerzos distintos.

El liberalismo, no cabe ocultarlo, no garantiza la bondad de los resultados por el ejercicio de la libertad, precisamente porque la libertad es un bien en sí mismo, que se justifica en sí misma no por sus resultados, y así decía Friedrich Hayek que “La libertad concedida tan solo cuando se sabe de antemano que sus efectos serán beneficiosos, no es libertad”.

Los individuos son iguales en lo básico y distintos en todo lo demás, piénsese que, desde el inicio de la vida humana, en el planeta Tierra no han existido dos seres humanos iguales. El objetivo de los liberales no es hacer ciudadanos iguales (salvo en lo esencial) sino hacer ciudadanos libres y, por tanto, desiguales, distintos entre si. Me temo que este objetivo no es tenido como progresista en la acepción hoy dominante en la opinión pública, en los mass-media.

Si es necesario concretar aquí los pilares del liberalismo, señalo tres: individuo, razón y ley. El individuo libre, como eje del mundo, he aquí el antropocentrismo que emergió en el Renacimiento, tras la oscura Edad Media, y se consolidó en la Ilustración. Como exigencia del individuo libre, la razón, contraste al que ha de someterse toda conducta humana. En el ámbito de lo público, el individuo único sujeto de derechos, y la razón guía de conductas, se concretan en la ley, como garantía del individuo frente a los poderes que tienden a coartar su libertad

LA ADJETIVACION DEL LIBERALISMO.

El liberalismo, si tuviera que ser algo, es “lo más liberal posible”, y así será cuanta más capacidad tengan sus propuestas de producir libertad efectiva para los ciudadanos y requiera menor auxilio de los poderes públicos, que garantizan la justicia porque, desde mi punto de vista, esta mayor potencia productiva de libertad está en relación inversa a la intervención pública.

Ya he advertido que, en mi opinión, el término progresista está contaminado por intenciones poco liberales, porque nació en pagos de dudosa vocación por las libertades y, por otra parte, porque me parece que no es útil para describir, correctamente, los contenidos de las diversas orientaciones del pensamiento liberal.

Si progresismo es el conjunto de criterios en pro del progreso. ¿Quién se va a confesar contrario al progreso y, por tanto, no progresista?. Percátense de que ni siquiera existe el término regresista, por innecesario, aunque yo lo he colado en tres ocasiones, a lo largo de mis DIEZ CONCRECIONES que se acompañan, entrecomillado y con cierta perversidad.

El término progresista no tiene antinomia en el leguaje político, porque es la condensación de todo el bien sin mácula de mal, de modo que quien se excluya de su contorno se hace titular de toda la maldad, esto es lo que quiere transmitir al hombre-masa el vulgar pensamiento único. ¿Cabe mayor simpleza intelectual?.

Es de sentido común que, según desde qué perspectiva se plantee, el progreso podría considerarse una cosa o la otra y, por tanto, deberá alcanzarse por una u otra vía. Los liberales creemos que la libertad individual es, en sí misma, progreso y que la explotación de las propias habilidades, en un marco regulado, genera progreso. Otros, los conservadores y socialistas, creerán que el progreso es la seguridad y la transformación social pre-diseñada, que se alcanza mediando la intervención pública. Así que todos somos progresistas y ninguno “regresista”.

En todo caso. ¿Por qué no define el concepto, quien lo defienda?. Definir un concepto es aislarlo del todo e identificarlo como algo distinto al resto. Naturalmente, habrá que definir primero el concepto progreso y después el de progresismo.

Para Hayek el progreso es “el proceso de formación y modificación del intelecto humano…”, y si hay un ejemplo de progreso ese es nuestra civilización occidental, “objeto de envidia y deseo del resto del mundo”, progreso que nunca fue planificado, porque no son planificables las proyecciones seculares.

En 1960, en plena coexistencia pacífica, Hayek lo dice claramente al advertir que ambos bloques buscan el progreso pero que “La principal diferencia estriba en que sólo los totalitarios saben claramente cómo quieren lograr estos resultados, mientras que el mundo libre puede mostrar únicamente sus logros pasados, dado que, por su misma naturaleza, es incapaz de ofrecer cualquier “plan” detallado de su propio desarrollo”.

Amigos, es la espontaneidad social de Ortega y Gasset y es el fracaso de del marxismo con su falso cientificismo.

¡Cuánto se parece aquella vocación planificadora, barnizada de huero cientificismo, al vigente pensamiento único que, arrogantemente, se autoproclama progresista en exclusiva!.

Pero, realmente, no es novedoso apropiarse de denominaciones. Decía Ortega y Gasset, en referencia a la derecha y la izquierda, que aplico yo hoy al progresismo, que cuando alguien nos pregunta sobre si somos de derecha o de izquierda (hoy, si somos progresistas), “… debemos preguntar al impertinente, qué piensa él que es el hombre y la naturaleza y la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos”.

Vuelvo con Hayek quien, renegando del liberalismo racionalista, también se plantea la denominación de sus ideas y duda de que le sirva hasta el término liberal, cuya connotación americana desprecia, y niega su coincidencia con “…quienes en el continente europeo se denominaron liberales (y) propugnaron, en su mayoría, teorías… impulsando… más al deseo de imponer al mundo un cierto patrón político preconcebido que el de permitir el libre desenvolvimiento de las gentes”. ¿Se dejaría llamar Hayek progresista?. No lo creo.

Recuerden que, también, Karl Popper quería huir de tan pobre alternativa, derecha-izquierda. Siempre sirve para que los arrogantes pensadores de lo políticamente correcto nos dividan, maniqueamente, entre los tocados por el dulce dedo de la modernidad, ellos, y los ajenos a su buena nueva, los críticos, e incluso los escépticos, con el pensamiento único.

Ya habrán advertido que resolver, con arrogancia y altanería, el dilema izquierda-derecha, a favor de la primera opción, no tiene más finalidad que evitar justificar su elección, presentándola como obvia. Pero los liberales estamos sometidos a la razón y tenemos que explicarlo todo, de modo que la arrogancia no nos evitaría la justificación necesaria.

Los liberales somos críticos, no aceptamos, mansamente, el pensamiento único, ni tenemos que aceptar su terminología, porque tenemos la nuestra. ¿Qué pensador liberal se ha autodefinido como liberal progresista?. ¿Por qué utilizar un término radicalmente devaluado por su abusiva utilización y desnaturalizado por su vinculación con el más arcaico antiliberalismo?.

Articulemos líneas de pensamiento sólidas y dejemos de escupir adjetivos, sin contenido reconocido y carentes de utilidad. Porque para los liberales, todos los gatos no son pardos…, cada gato tiene su color.

Pero puestos a adjetivar al pensamiento liberal, por fortuna muy variado, podría ensayarse la de liberalismo radical, refiriéndonos a aquel orientado a la mayor libertad individual y menor intervención pública, y social liberalismo, en referencia al que sugiera una mayor intervención del Estado, a costa de menor libertad individual.

No creyendo, como está dicho, en la adjetivación del liberalismo, me parece que esta clasificación, liberalismo radical y social liberalismo, aporta mayor comprensión de sus respectivos contenidos, siempre y sólo a título meramente orientativo y siempre con el riesgo de que cada cual se adjetive, más que según contenidos según el mayor brillo público del adjetivo. Así somos los seres humanos… El término radical está reconocido en Europa, aunque en España, tenga una mayoritaria acepción negativa, con la ventaja de que nos evitaría muchos presuntuosos (disculpas por el exceso).

He de advertir que, a ojos vista, ni la trayectoria de la Unión Europea ni el derrotero del propio Estado español se orientan en mínima sintonía con las ideas expuestas en estas páginas ni en su anexo. Las cosas son como son y no reconocerlas es muy poco útil, además de estúpido.

Esta realidad negativa me sugiere, aprovechando este debate, la necesidad de mantener vivo, actualizado y combativo, el variado pensamiento liberal (sin calificativos o con ellos, siempre que no sean excluyentes), en pro de reorientar Europa hacia su realidad en trance de olvido, como creadora de la civilización occidental, y a favor de la regeneración del Estado español, empeñado tercamente en acunar el sueño suicida del hombre-masa y en impedir el despertar del hombre-libre, del ciudadano.

Los liberales, acostumbrados a saber que aún no ha llegado nuestra hora, tenemos serenidad y tiempo para afanarnos en la tarea de profundizar en una alternativa doctrinal que sea útil para el momento en que se haga patente la crisis del Estado de las Autonomías, la crisis del Estado del derroche, que, huyendo de sí mismo, corre por un callejón sin salida. Aunque no se lo crean, acabará llegando nuestra hora, no se si solos o en compañía de otros.

Los liberales encuadrados en los partidos políticos, que ya están en compañía de otros, tienen una gran tarea en la introducción de esta alternativa doctrinal, aunque sea limitados por las exigencias de oportunidad y prudencia, digámoslo obiter dicta, propias de la obediencia debida.

Los liberales a la intemperie o encuadrados en entidades de debate y reflexión, también tenemos nuestra tarea, menos encorsetada, menos condicionada y hasta más descarada, para difundir la alternativa de la libertad, sin concesiones a lo vacuo, a lo que hoy se tiene por políticamente correcto.

DIEZ CONCRECIONES ¿UTOPICAS? A LA HIPOTESIS LIBERAL

Para precisar las líneas que anteceden, manifiestamente genéricas, las hago acompañar de estas DIEZ CONCRECIONES, posiblemente utópicas que, si bien no abordan la inmensidad de las exigencias de libertad, pueden dar una idea de lo que entiende su autor por liberalismo en el siglo XXI, pidiendo disculpas por su excesiva apariencia programática.

I.- ESPAÑA ES UNA NACION QUE GARANTIZA LOS PRINCIPIOS DE IGUALDAD Y DE LIBERTAD.

La igualdad esencial de todos los ciudadanos y su libertad individual son principios irrenunciables del liberalismo. Así que, si la hipótesis de una ESPAÑA, NACION DE NACIONES, con independencia de que sea discutible desde el punto de vista científico, pone en cuestión estos principios, tal hipótesis plurinacional debe ser rechazada.

A mi juicio, desde el punto de vista liberal, no es asumible la idea de ESPAÑA, NACION DE NACIONES, que supone el reconocimiento de hechos colectivos identitarios, fundados en la raza y en imaginarios “derechos históricos”:

a) Porque los “derechos históricos”, no sólo son un pésimo argumento de secesión sino, además, porque los “derechos forales originarios”, otorgados por el poder absoluto de los monarcas absolutos, sucumbieron con la caída del antiguo régimen, como se suprimieron las pruebas de limpieza de sangre, como desaparecieron los señoríos, como sucumbió el mayorazgo o como se produjo la confusión de estados.

b) Porque desde la Revolución Francesa no está en cuestión que el único sujeto de derechos políticos sea el ciudadano.

c) Porque, objetivamente, en dos de las regiones españolas (País Vasco y Cataluña) en que los nacionalistas reclaman tales “derechos históricos”, la mayoría social está compuesta por ciudadanos cuyos hipotéticos derechos históricos hundirían sus raíces en otras regiones españolas. Me refiero a la muy intensa emigración interior producida a lo largo de los siglos XIX y XX, que no se toma en consideración, como si los inmigrantes tuvieran la obligación de renunciar a su origen para confundirse con el que ya es manifiesta minoría.

El idioma es pieza clave para la igualdad de todos los ciudadanos, tanto para acceder a la educación y a la cultura como al puesto de trabajo, lo que exige establecer el principio de unidad idiomática que, desde luego, no impida la co-oficialidad subordinada de las lenguas vernáculas. El castellano ha de ser la lengua oficial del Estado, obligatoria para todos los españoles. Las lenguas vernáculas podrán ser protegidas pero nunca impuesto su aprendizaje ni exigido su conocimiento para actividad pública o privada alguna.

En mi opinión, desde la perspectiva liberal, no son asumibles las tesis nacionalistas, porque se fundan en derechos colectivos absolutamente inexistentes, por derogados, y utilizados como aparente derecho de secesión, sometiendo a los ciudadanos, con el vergonzoso apoyo de los poderes públicos, a conductas dirigidas a hacer verdad la falsedad identitaria que una minoría dominante pretende.

Creo que es exigencia de los liberales levantar bandera contra los nacionalismos excluyentes que niegan que el ciudadano sea el único sujeto de derechos políticos y, por tanto, hemos de levantar bandera contra las técnicas de uniformización aplicadas en determinadas regiones españolas para establecer, a posteriori, el falso hecho diferencial, para “hacer país” dicen, aunque sea, realmente, para inventarse un país (alteraciones toponímicas, imposiciones nominativas, represión lingüística, exacerbación del ruralismo en idílica vuelta a unos imaginarios orígenes, etc.).

Por tanto creo que es exigencia de los liberales levantar bandera contra las imposiciones identitarias nacionalistas que, con mayor o menor crueldad, pero cruelmente, se ha venido imponiendo en los últimos treinta años, tanto en el País Vasco como en Cataluña y que ahora asoman en Galicia.

Asombra que esta imposiciones identitarias nacionalistas haya hecho carne en, prácticamente, todos los movimientos de izquierda que se vienen identificando como progresistas, asumiendo esta opción identitaria, excluyente y obligatoria, radicalmente reaccionaria a los ojos de cualquier liberal y, suponía hasta hace algún tiempo, que también a los ojos de cualquier socialista.

CONCLUSION I.-

España es una nación, por sobradas razones históricas y, en todo caso, como garantía de la igualdad de todos los españoles, razón por la que no cabe transigir sobre su existencia y unidad.

El castellano ha de ser el idioma oficial de España, lo que es compatible con la co-oficialidad subordinada de las lenguas vernáculas, como garantía de igualdad de todos los españoles.

Las identidades colectivas con que se niega la nación española vulneran el concepto de ciudadano, único sujeto de derechos políticos, y, por tanto, vulneran los principios de igualdad y de libertad individuales.

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