La izquierda reaccionaria: Por Gorka Etxebarría


“Lo que siguió al 11 de setiembre fue un estallido. Una confesión pública de identificación con la barbarie, de repudio a la civilización y al pensamiento como tal, de repugnancia ante lo político, de tolerancia ante el terrorismo, y de cólera frente a la legalidad y la legitimidad de los Estados como garantía de los derechos humanos. Nada de eso era nuevo”.
(Horacio Vázquez Rial, La izquierda reaccionaria, pág. 17).

Introducción

Ser de izquierdas no es ir a la contra, sino seguir la corriente del progreso, la razón y la Ilustración. Ésta viene a ser la tesis predominante. Los que la ponen en tela de juicio pasan por ser retrógrados y fascistas.

El propósito de este ensayo es desterrar el mito de la izquierda ilustrada. Como veremos, el socialismo es anti-ilustrado, reaccionario e irracional. Y diremos aún más: tiene más similitudes con el fascismo de lo que muchos creen.

De este modo, podremos decir a nuestros adversarios, como recordaba Nicolás Sánchez Dávila: no compartimos vuestras ideas porque las entendemos, y no compartís las nuestras porque no las entendéis.

Fantasía igualitaria y uniformidad garantizada

Si algo caracteriza a la izquierda es su acérrima defensa de la igualdad. Según el progresista, hay que desterrar todas las desigualdades del mundo si queremos lograr la justicia social. Tanto es así, que uno de los teóricos más reconocidos dentro de la socialdemocracia, John Rawls, señalaba que es problemática “la afirmación de que es justo para un hombre poseer y beneficiarse del superior carácter que le permite cultivar sus habilidades, porque su carácter depende, en gran parte, de una familia afortunada y de circunstancias sociales sobre las que él no tiene ningún control”. De aquí se desprende que hasta el mero hecho de ser más inteligente es un insulto al prójimo. Parece que las cualidades y características del individuo son el resultado arbitrario de una especie de lotería biológica, y que el hombre no merece haberlas recibido. Por ello, la desigualdad natural del hombre provoca un resquemor en la izquierda que le lleva a intentar aniquilar esas diferencias.

A veces se utiliza el sistema educativo para que, en lugar de estimular el mérito e incentivar la alta cultura, se baje el rasero por el que se mide el talento. Aún más, como señalaba cierta novelista, “esta teoría de la justicia plantea que los hombres luchen contra la injusticia natural instituyendo la más obscena de las injusticias: quitar a los favorecidos por la naturaleza, es decir, a los que tienen talento, son inteligentes y creativos, el derecho a los beneficios que producen, el derecho a la vida, y entregar a los incompetentes y estúpidos el derecho al disfrute sin esfuerzo de lo que otros han conseguido y ellos no han producido, aunque no sepan qué hacer con ello”.

No nos olvidemos de que si para esta ideología la inteligencia es un problema, lo es mucho más la existencia de la familia como reducto en que se educa al niño en valores y actitudes que le permiten vivir de forma responsable y con éxito. La justificación es clara: supone un quebranto del principio igualitarista porque los padres invierten mucho tiempo y recursos en conseguir que sus hijos sean, como se solía decir, personas de provecho. Por eso, un antiguo igualitarista como Platón recomendaba que los niños, al nacer, fueran separados de sus madres, para que todos los hombres y mujeres los trataran como si fueran suyos. Esta idea sería la conclusión lógica del igualitarismo, porque permitiría no hacer ningún tipo de distingos entre niños y otorgarles las mismas oportunidades.

La razón del éxito de este ideario es que apela a nuestros miedos ancestrales, inspira una vuelta a la seguridad que confería la vida en comunidades cerradas, donde el papel de cada uno estaba predeterminado desde la cuna a la tumba. Es una acepción de igualdad que no se ciñe a la igualdad ante la ley que predica el liberalismo, sino que pretende la igualdad de atributos personales, de virtudes, independientemente de la elección individual, el carácter o el trabajo. Sin embargo, a nadie se le escapa que no se puede redistribuir la belleza, como tampoco se pueden repartir los músculos o la simpatía personal. Pensar de este modo evidencia cierta demencia que los psiquiatras deberían tratar como enfermedad mental, ya que supone tanto como contrariar la realidad hasta el punto de implantar un modelo que choca con las leyes de la lógica.

Desgraciadamente, la naturaleza es muy terca y no se puede adaptar a los deseos de los utópicos. Por desagradable que resulte, el 80% de la variabilidad en la inteligencia humana es genética en origen. Cualquier intento político de proveer de la misma igualdad de entornos a los ciudadanos para promover su uniformidad sólo intensificará, como señaló el profesor Richard Herrnstein, dichas diferencias innatas.

Esta obsesión por crear clones con el mismo cerebro y los mismos intereses implica pensar que la realidad es una tabula rasa que se puede modificar al gusto del consumidor. La vehemencia con que la izquierda ha prometido futuros prósperos, hombres nuevos, sociedades perfectas, llega hasta extremos delirantes, como en el caso de Fourier, que llegó a decir que bajo el socialismo los océanos contendrían limonada.

Y como las cosas no se pueden cambiar fácilmente, se ha intensificado el grado de coacción con que los sucesivos Gobiernos socialistas han tratado de conseguir llevar a cabo sus aspiraciones. La principal arma de la que se han servido ha sido el ir destruyendo instituciones como la propiedad o el mercado.

En este sentido, podemos decir sin riesgo a equivocarnos que la máxima expresión del igualitarismo es la redistribución de la renta. Consiste en quitar a unos para dárselo a otros. Este principio se apoya en una concepción de la justicia claramente marxista: de cada quien según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades. Por eso la gente oculta progresivamente “sus capacidades”, para no verse sometida al yugo de la sociedad, mientras crece el negocio de dedicarse a vivir del prójimo.

Sin embargo, este mecanismo oculta un hecho fundamental: los grupos de presión son los que más fondos obtienen del Estado. Argüir que el objetivo es que los pobres prosperen y que ellos son los destinatarios de las políticas sociales no es más que el engaño con que se encubre un expolio a gran escala. Nadie se escapa a la redistribución masiva. Los ricos subvencionan a otros ricos; los pobres, a otros pobres y a los ricos; y aquéllos a todos éstos. El resultado es lamentable, puesto que sólo ganan los políticos, los burócratas y los lobbies.

El peligro es evidente, puesto que, como señaló el premio Nobel de Economía Friedich Hayek, “una comunidad en la que tan sólo determinados individuos está en situación de obtener, por vía de la extorsión, cuanto según su propia opinión merecen, puede resultar insufrible para el resto de la población”. “Si el proceso se generaliza –añade–, necesariamente cualquier orden social tiene sus días contados”.

Como de costumbre, la lógica no acompaña a las tesis socialistas. Quizá en un universo paralelo pudieran tener sentido, pero en el nuestro pasan por ser ideas infantiloides cuyos efectos son perversos a la par que ineficaces.

Del hombre primitivo a las naciones oprimidas

Si el igualitarismo es irracional a la par que antinatural, el tribalismo implica conducir a la sociedad hacia una época en que la escasez, la miseria y la muerte eran habituales. Desgraciadamente, la izquierda también se ha plegado a este mito de una etapa histórica en la que, supuestamente, no existía propiedad privada.

La época de las culturas tribales, señalaba Rousseau –uno de los padres de los izquierdistas postmodernos (Lyotard, Deleuze, Derrida) –, “al mantener una posición equidistante entre la indolencia de nuestro primitivo estado y la actividad petulante del egocentrismo vigente, (…) tuvo que ser feliz”. “Cuanto más reflexiona uno al respecto –añadía–, más se percata de que este estado era el menos sujeto a cambios y el mejor para el hombre”.

En ese empeño por retornar a la edad en que el hombre se realizaba como tal, el autor del Discurso sobre el origen de la desigualdad ha inspirado tanto a asesinos de la talla de Robespierre como a los ecologistas, que pretenden reestablecer las condiciones naturales en que vivía el hombre primitivo.

No es de extrañar que un viejo marxista, Juan José Sebreli, se quejara, en su espléndido El asedio a la modernidad, del retorno a las cavernas por parte de la izquierda, abandonando “el racionalismo, la idea de progreso y modernidad” para sustituirlos por “relativismo y particularismo culturales”.

Este autor argentino ataca a la “nueva izquierda”, que tras el descubrimiento del genocidio estalinista se lanzó a negar la realidad y exaltó el irracionalismo. Este movimiento rescató a pensadores reaccionarios como Heidegger y Nietzsche, que contraponían a la Grecia clásica, “apolínea, de Pericles y de Sócrates, la de la mesura, la claridad y la racionalidad, la Grecia primitiva, arcaica, salvaje, la de la embriaguez extática de los cultos dionisíacos, la de los sacrificios sangrientos”.

El nazismo también predicó una vuelta a los orígenes, con versiones sofisticadas como la del freudiano Carl Jung, quien sostenía que en el inconsciente colectivo se depositaban los arquetipos, símbolos eternos, predisposiciones innatas heredadas filogenéticamente y que se remontan a los “restos arcaicos de los recuerdos de la humanidad”.

Sorprendentemente, también a Freud se remiten izquierdistas de pro como Horkheimer o Marcuse, célebres críticos del capitalismo, al que califican de “universo totalitario de racionalidad tecnológica” que reprime el instinto individual, con lo que produce neurosis y paranoias al “hombre unidimensional”.

Ensalzando el primitivismo, la izquierda se lanzó al culto del tercermundismo; en eso sigue: basta recordar la admiración que el Subcomandante Marcos o Castro producen en progresistas como Saramago, el recientemente fallecido Eduardo Haro Tecglen o Rodríguez Zapatero. También en este punto existen paralelismos con los fascistas como Mussolini.

El Duce dividía a las naciones en plutocráticas y proletarias, transformando así las relaciones de clase en relaciones entre naciones. Otro tanto se puede escuchar al socialista actual cuando divide el mundo en países imperialistas y naciones oprimidas por aquéllas. Entre las últimas, cómo no, siempre estarán la Cuba de Castro, la Argentina de Kirchner o el Brasil de Lula; aparte, claro está, de los musulmanes, que, al fin y al cabo, asesinan para defenderse de Israel o los Estados Unidos.

Como señala Sebreli, “todo acto de guerra, terrorismo o mera agresión verbal contra las grandes potencias occidentales es considerado por los tercermundistas y las izquierdas que los siguen, por definición y esencia, como una contribución a la lucha de liberación del Tercer Mundo contra el opresor (…) aclamándose, de este modo, dictaduras oscurantistas, ultra reaccionarias, que violan los derechos humanos, que imponen un moralismo medieval, que persiguen y asesinan a las propias izquierdas que los apoyan”.

Un buen ejemplo de la visión sesgada de la realidad nos la ofrece un pensador muy valorado por la izquierda: Noam Chomsky. Chomsky es un superventas que se permite el lujo de prologar libros en que se discute el Holocausto judío y se culpa a Estados Unidos de apoyar a Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Tampoco le duelen prendas a la hora de negar genocidios como el de Pol Pot en Camboya. Para rematar lo dicho, podemos recordar lo que señaló hace unos años José Ignacio del Castillo en Libertad Digital: “Noam Chomsky sostiene que los presos etarras son prisioneros políticos y víctimas (…) y que (…) el Estado español fomenta la tortura garantizando su impunidad en todos los ámbitos: brutalidad policial, complicidad de la judicatura en el encubrimiento, incomunicación de detenidos, transferencia de las ‘víctimas’ fuera del País Vaco bajo supervisión de tribunales hostiles, etcétera”.

Resulta sorprendente observar cómo los antiguos paladines del “socialismo científico” han vuelto a las cavernas con tanta ansiedad como desesperación. Quizá se deba a que sus ideas no se sostienen y, en el fondo de su ser, lo reconocen. Ni los obreros se mueren de hambre ni el nivel de vida de las naciones prósperas se ha reducido progresivamente, sino más bien lo contrario. Ni siquiera pueden argüir que las desigualdades van en aumento, aunque todavía algunos iletrados y mentirosos lo repitan para criticar el capitalismo.

Pero, parafraseando a Bugs Bunny, esto no es todo, amigos; porque, como veremos, la degradación de la izquierda pasa por la negación de la razón, la lucha de sexos y razas y la adoración del becerro nacionalista.

El socialismo del sexo, la raza y la identidad étnica

Sustituyendo la vieja idea marxista del proletario como clase universal, la nueva izquierda ha puesto el énfasis en la defensa de colectivos y sexos. Recientemente, el presidente del Gobierno español se declaraba “feminista radical”. Pocos recordaban que el feminismo plantea el mismo esquema que el marxismo, al considerar que la mujer, como el proletario, no puede tener éxito en la vida por su propio esfuerzo y mérito. Como señala un periodista norteamericano, para las feministas la mujer está “a merced de fuerzas de las que no puede escapar, incapaz de obtener trabajo, educación y autoestima sin la ayuda de Mamá Estado”. Es extraño calificar de “liberadora” una filosofía que trata a las mujeres como seres indefensos e irresponsables, incapaces de dirigirse por sí mismos.

Una buena muestra de cómo se llevan estas ideas a la práctica la dio el PSOE al introducir cuotas ministeriales. Por el artículo treinta y tres, la mitad de los ministerios debían ocuparlos mujeres. Y este triunfo del “género femenino” no sirvió para acallar las voces que discutían el hecho de que hombres y mujeres, al fin y al cabo, son personas, y que para nombrar a un ministro había que atender a su valía, no a su sexo. De ser así, siempre cabría dudar de si esa persona era merecedora del cargo o simplemente lo ejercía gracias al feminismo de Rodríguez Zapatero.

Desbrozado el tribalismo de género, sólo queda el odio. Si antes se tenía a los burgueses por explotadores, ahora se les califica de asesinos. No hace mucho que un colaborador de esta revista quiso invitar a la presidenta de un colectivo feminista a un debate y fue tachado de “potencial terrorista maltratador”… por el mero hecho de ser varón.

Ahondando en la perversidad del macho, Andrew Dworkin, una célebre luchadora de los “derechos de la mujer” (sic), dijo que el sexo era una “invasión y ocupación” de la mujer. “La Mujer físicamente es un espacio inhabitado que es ocupado incluso cuando no hay resistencia”. Dworkin, al igual que las que repiten el “nosotras parimos, nosotras decidimos”, introduce la disparidad y el conflicto social allá donde no existe.

Algo similar sucede con otra obsesión, la de la raza. Se asume que, como hay diferentes grupos étnicos, hay que promoverlos introduciendo cuotas en colegios, universidades y trabajos, porque si no se verían desplazados por los blancos. En Estados Unidos esta práctica ya es habitual. En nombre de la “diversidad”, otra de las ideas “políticamente correctas”, las universidades discriminan positivamente por razón de la raza. Como señala el economista negro Thomas Sowell, los rectores entienden que la diversidad racial enriquece la experiencia educativa de los estudiantes. Sin embargo, advierte que, “dado que la mayoría de los estudiantes y profesores son blancos, este tipo de medidas les produce una sensación de superioridad, porque tienen unas cuantas mascotas a su alrededor que no se sienten en deuda con ellos”.

Previsiblemente, el éxito de estas prácticas ha sido nulo. En la India se ha generado cierta hostilidad, por cuanto los trabajos no pueden repartirse de acuerdo con la capacidad de los solicitantes, sino según cuotas. Los excluidos por estas políticas braman, como señala un escritor indio, contra estas injusticias, hasta el punto de producir sangrientos altercados, como el que se produjo hace unos años: 42 personas fueron asesinadas por seis malditas plazas en una facultad de medicina.

La discriminación positiva ha venido acompañada de lo que ya se conoce como “alianza de civilizaciones” o “multiculturalismo”. Aunque promovido por la extrema derecha francesa, de la mano de la Nouvelle Droite, que se declaran “etnopluralistas” (sic), hoy en día la izquierda ha hecho de la “diversidad cultural” su bandera. Como explica el filósofo húngaro Tibor Machan, el multiculturalismo “sostiene que toda cultura, por inusual y ofensiva que sea para los miembros que no pertenezcan a ella, debe ser respetada”. “Este respecto tiene que garantizarse independientemente del hecho de que muchas culturas sostengan principios socio-políticos excluyentes –prosigue–. Por tanto, es erróneo condenar una cultura como bárbara, porque dicha condena emerge de la perspectiva cultural a la que pertenece el crítico”. Así pues, es imposible criticar prácticas como la ablación o la negación de cualquier derecho a las mujeres en el Islam, dado que estaríamos criticando desde nuestro occidentalismo una cultura ajena.

Con esta visión de las culturas, sorprende que más de uno se eche las manos a la cabeza cuando arde la periferia parisina a manos de inmigrantes. En este punto, también sorprende que se predique la tolerancia cero, cuando antes se estaba alabando la convivencia de “civilizaciones”, incluso tras la muerte de españoles a manos de terroristas musulmanes.

Groucho Marx decía que si a alguien no le gustaban sus principios, tenía otros. Pues bien, la izquierda no tiene más que la lucha de sexos, culturas y razas para sustituir a la de clases. Los resultados no están siendo nada favorables, pero eso es indiferente a los ojos del progre actual. Es tal su irracionalismo que le impide captar los desastrosos efectos a que nos conduce su visión.

El asalto a la razón

Después de un repaso de las ideas de la izquierda, cabe hacerse una pregunta: ¿cómo ha llegado el socialismo a olvidar tan pronto el racionalismo con que parecía que diseccionaba la realidad? Uno de los mejores estudiosos de la izquierda, Stephen R.C Hicks, en su imprescindible Explicando el postmodernismo: Escepticismo y socialismo de Rousseau a Foucault“, considera que todo comenzó en los 50, tras las revelaciones de Kruschev acerca del carácter sanguinario de Stalin. A partir de ahí, la izquierda se replantea toda su filosofía.

La caída del Muro no hizo más que ahondar en la herida, de forma que se comenzó a predicar una filosofía que trastocaba el marxismo en puntos esenciales como la riqueza. Si para Marx el objetivo del socialismo era conseguir que todos fueran prósperos, ahora la nueva izquierda tenía como fin dedicar sus esfuerzos a sostener que la riqueza era la madre de todos los males. De ahí que, como los ascetas, lancen sus argumentos contra el consumismo.

Filosóficamente, la nueva izquierda toma un rumbo cuando menos preocupante. Por un lado, asume que la razón no permite aprehender la realidad. Las palabras dejan de tener relación con la verdad o la realidad y de ninguna forma son cognitivas, esto es, no sirven para entender el mundo que nos rodea. Por eso Lyotard, Derrida, Rorty y Foucault emprendieron una redefinición del lenguaje, que se convertiría en un arma retórica para ganar el debate contra el liberalismo.

Imaginemos por un momento una discusión entre un partidario del socialismo y otro del capitalismo. Cuando este último rebata todos los argumentos de su contrario, éste puede decir: “Bueno, al fin y al cabo, lo que dices es una cuestión de opinión y de semántica”. De este modo, introduciendo el relativismo semántico, se consigue ganar tiempo y hacer que el oponente se devane los sesos intentando explicar que existe la verdad y que no cabe sostener que se puede alcanzar la verdad analizando la realidad. El debate deja de ser acerca de cuestiones políticas para centrarse en epistemología. Sin duda, estamos ante una vuelta a los sofistas que crispaban, por su irracionalismo, a Aristóteles.

Moralmente, el odio aparecía como mecanismo de reacción ante el fracaso de sus tesis. De ahí que durante años apoyaran el terrorismo izquierdista allá donde imperó, principalmente en Sudamérica. Según Nietzsche, autor citado como pocos por los postmodernos, la moral de los débiles, envidiosos de los poderosos, es una racionalización de su fracaso, de ahí que prediquen la humildad y la obediencia, porque la suya es una filosofía de esclavos.

Pues bien, estos socialistas predican el resentimiento contra el sistema que más bienestar ha producido de toda la historia: el capitalismo. Como no pueden sentirse especiales hasta que no destruyan los logros de otro, un autor esencial dentro de este campo, Jacques Derrida, se ha propuesto deconstruir obras literarias y filosóficas para concluir que carecen de sentido, y que incluso su sentido aparente puede transformarse en su opuesto. Este propósito es equiparable, en palabras de Hicks, al de alguien “que odie a un hombre que ama a sus hijos y (…) esparza rumores de que a aquél le gusta la pornografía infantil”. “Da igual que no sea cierto. Lo único importante es que se consigue dañar directamente la psique del contrario”, concluye. Por eso son tan habituales los ataques ad hominem. Los ejemplos son tantos que podrían llenar estanterías enteras.

Evidentemente, las estupideces que se pueden sostener con este punto de vista filosófico son numerosas. Por poner un ejemplo, Lyotard dijo que Sadam Husein era “el producto de los departamentos de Estado occidentales y las grandes compañías”. El líder baazista era, pues, una víctima de Occidente y un portavoz de los anti-imperialistas. Otro tanto dijo Carrillo, en sus memorias, al calificar al tirano iraquí de “progresista”.

Conclusión

Es trágico decirlo, pero cada día parece más palpable que la izquierda es destructiva en esencia. Odia el capitalismo, quiere restringir la libertad individual, prefiere aliarse con los musulmanes a relacionarse con los Estados Unidos y fomenta el antisemitismo. No hay muchas perspectivas de que esto cambie porque, como señaló uno de los hombres más cultos del siglo XX, Erik von Kuehnelt-Leddihn, “el izquierdismo es una enfermedad, una ideología”.

De hecho, caben pocos antídotos contra el socialismo que no pasen por el liberalismo, el único ideario que ha ido desmontando uno a uno todos los mitos de la izquierda. Para muestra un botón. Cuando Marx publicó El capital, otro economista alemán, Eugen Böhm-Bawerk, refutó la teoría de la plusvalía. Desde entonces, nadie ha podido revivir a un cadáver prematuro. Un siglo después, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek explicaban cómo una economía regida bajo el comunismo estaba abocada a la miseria y la escasez. Ejemplos como éstos vienen a probar que la libertad sí que funciona, y que todo intento sistemático de coacción estatal inspirado por el socialismo conduce a la pobreza.

Sin embargo, el liberalismo padece muy mala prensa, dado el predominio del socialismo en los medios de comunicación. Aun así, gracias a internet y a periódicos en la Red como Libertad Digital, se expande progresivamente.

Ojalá que el siglo XXI deje a un lado la mitología izquierdista y retorne al liberalismo, que hizo de Occidente una civilización sin igual en derechos y libertades.

Bibliografía esencial

La izquierda reaccionaria. Horacio Vázquez-Rial (Ediciones B, Barcelona, 2003).

Classical Individualism. Tibor R. Machan (Routledge, Londres, 1998).

Explaining Postmodernism: Skepticism and Socialism from Rousseau to Foucault. Stephen R. C. Hicks (Scholargy Publishing, Milwaukee, 2004).

Egalitarianism as a revolt against nature and other essays. Murray N. Rothbard (Mises Institute, Auburn, 2000, 2ª edición).

Classical Liberalism. David Conway (Macmillan Press, Londres, 1998, 2ª edición).

Unholy Alliance: Radical Islam and the American Left. David Horowitz (Regnery, Washington, 2004).

Destructive generation: Second thoughts abouth the 60s. Peter Collier y David Horowitz (Free Press Paperbacks, Nueva York, 1996).

Return of the Primitive. Ayn Rand y Peter Schwartz (Meridian, Nueva York, 1999).

El asedio a la modernidad. Crítica del relativismo cultural. Juan José Sebreli (Ariel, Barcelona, 1992).

– ‘Chomsky, defensor del nazismo’. Gorka Echevarría. Revista ‘Ideas’ de Libertad Digital, 13-VIII-2004.

– ‘El incorregible Noam Chomsky’. José Ignacio del Castillo. Revista ‘Ideas’ de Libertad Digital, 4-X-2002.

Del buen salvaje al buen revolucionario. Carlos Rangel. (Monte Ávila Editores, Caracas, 1992).

Democracia, justicia y socialismo. Friedrich A. Hayek (Unión Editorial, Madrid, 2005, 3ª edición).

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