El escéptico como absolutista: POR MURRAY N. ROTHBARD


Una presunción habitual de los liberales modernos del siglo XX es que el escepticismo, la actitud de que nada puede realmente reconocerse como la verdad, es el mejor fundamento para la libertad individual. El fanático, convencido de la certidumbre de sus opiniones, pisoteará los derechos de los demás, el escéptico, no convencido de nada, no lo hará. Pero la verdad es precisamente la contraria: el escéptico no tiene base sobre la que defender su libertad o la de otros frente a ataques. Como siempre habrá gente dispuesta a atacar a otros en busca de poder o pasta, el triunfo del escepticismo significa que las víctimas de la agresión quedarían indefensas ante el ataque. Además., al ser el escéptico incapaz de encontrar un principio para los derechos o cualquier organización social, probablemente ceda, aunque con resignación, ante cualquier régimen existente de tiranía. Faute de mieux, tiene poco más que decir o hacer.

Un excelente ejemplo es el de uno de los grandes escépticos del mundo modern, el muy leído y alabado ensayista francés del siglo XVI Michel Eyquem de Montaigne (1533-92).[1] Montaigne nació en una familia noble de la región del Périgord en el suroeste de Francia, cerca de la ciudad de Burdeos. Fue juez en el parlement de Burdeos en 1557, a la edad de 24 años, como había sido también su padre. También se unió en el parlement con un tío (hermano de su padre), un primo hermano de su padre y un cuñado. Permaneció en el parlement durante 13 años y luego renunció a la promoción a la cámara alta de esa institución. Montaigne se retiró a su chateau rural en 1570 para escribir sus famosos Ensayos. Allí permaneció, excepto durante un periodo de cuatro años como alcalde de Burdeos al principio de la década de 1580. Destacado humanista, Montaigne virtualmente creó la fórmula del ensayo en Francia. Empezó a escribir estos breves ensayos a principios de la década de 1570 y publicó los dos primeros volúmenes en 1580. El tercer libro de ensayos se publicó en 1588 y los tres volúmenes juntos se publicaron póstumamente siete años más tarde.

Aunque católico practicante, Montaigne fue un minucioso escéptico. El hombre no puede saber nada, siendo insuficiente su razón para llegar a una ética de la ley natural o a una teología sólida. Tal y como lo dijo: “la razón no hace sino descarriarse en todo y especialmente cuando se ocupa de las cosas divinas”. Y durante un tiempo, Montaigne adoptó como su divisa oficial la pregunta “¿Qué se yo?”.

Si Montaigne no sabía nada, difícilmente sabría lo suficiente como para defender jugarse el tipo contra la floreciente tiranía absolutista de su tiempo. Por el contrario, la resignación estoica, una sumisión a las tendencias prevalecientes, se convertía en la forma precisa de afrontar el mundo público. Skinner resume el consejo político de Montaigne en mantener “que todos tienen una tarea en la que someterse al orden de cosas existente, no resistiéndose nunca al gobierno efectivo y cuando sea necesario soportándolo con fortaleza”.

En particular, Montaigne, aunque escéptico respecto sobre la misma religión, acentuaba cínicamente la importancia social de que todos observaran externamente las mismas formas religiosas. Sobre todo, Francia debe “someterse completamente a la autoridad de nuestro gobierno eclesiástico [católico]”.

De hecho, la sumisión a l autoridad constituida era la clave del pensamiento político de Montaigne. Todos debe permanecer obedientes al rey en todo momento, sin que importe cómo cumpla su obligación de gobernar. Incapaz de usar la razón como guía, Montaigne tenía que retrotraerse al status quo, la costumbre y la tradición. Advertía grave y repetidamente que todos deben “seguir totalmente la moda y formas aceptadas” pues es “la norma de las normas y la ley de leyes universal, que todo hombre debe observar lo del lugar en que está”. Montaigne alababa a Platón por querer prohibir a los ciudadanos que atendieran “siquiera a la razón de las leyes civiles”, pues dichas leyes deben “ser respetadas como ordenanzas divinas”. Aunque podemos desear otros gobernantes, “de todas formas debemos obedecer a los que están aquí”. El mayor logro de la religión cristiana, de acuerdo con Montaigne, fue su insistencia en “la obediencia a los magistrados y el mantenimiento del gobierno”.

Considerando la visión esencial de Montaigne, no sorprende que abrazara calurosamente el concepto maquiavélico de la “razón de estado”. (¿Podemos decir que sostenía que la razón del hombre es inútil, pero la razón de estado es primordial?). Como es habitual, aunque Montaigne escribe que personalmente le gusta apartarse de la política y la diplomacia porque prefiere evitar la mentira y el engaño, también afirma la necesidad de un “vicio lícito” en las operaciones de gobierno. El engaño puede ser necesario en un gobernante y además, esos vicios son positivamente necesarios “para mantener junta nuestra sociedad, pues [son] tóxicos para el mantenimiento de nuestra salud”. Luego Montaigne continúa integrando su defensa del engaño en un príncipe con su aparentemente paradójica defensa de la razón de estado sin que tenga utilidad en absoluto el uso de la razón humana. Pues al seguir la razón de estado, el príncipe simplemente “ha abandonado su propia razón a favor de una razón más universal y poderosa” y esta superrazón mística le ha mostrado que necesitaba realizarse una acción ordinariamente maligna.

Michel de Montaigne también hizo una contribución notable y muy influyente al mercantilismo (el aspecto estrictamente económico del estado absolutista). Aunque afirmaba no saber nada, de una cosa sin duda afirmó que era verdad, desapareciendo de repente su pretendido escepticismo: insistió en lo que Ludwig von Mises iba a llamar más adelante la “falacia de Montaigne”, como en el título de su famoso ensayo Número 22, “El beneficio de unos es perjuicio de otros”, donde nos dice lo siguiente:

“El ateniense Demades condenó a un hombre de su ciudad, cuyo oficio era vender las cosas necesarias para los entierros, so pretexto de que de su comercio quería sacar demasiado provecho y de que tal beneficio no podía alcanzarlo sin la muerte de muchas gentes. Esta sentencia me parece desacertada, tanto más, cuanto que ningún provecho ni ventaja se alcanza sin el perjuicio de los demás; según aquel dictamen habría que condenar, como ilegítimas, toda suerte de ganancias. El comerciante no logra las suyas sino merced a los desórdenes de la juventud; el labrador se aprovecha de la carestía de los trigos; el arquitecto de la ruina de las construcciones; los auxiliares de la justicia, de los procesos querellas que constantemente tienen lugar entre los hombres; el propio honor y la práctica de los ministros de la religión débese a nuestra muerte y a nuestros vicios; a ningún médico le es grata ni siquiera la salud de sus propios amigos, dice un autor cómico griego, ni a ningún soldado el sosiego de su ciudad, y así sucesivamente. Más aun puede añadirse: examínese cada uno en lo más recóndito de su espíritu, y hallará que nuestros más íntimos deseos en su mayor número, nacen y se alimentan a costa de nuestros semejantes. Todo lo cual considerado, me convence de que la naturaleza no se contradice en este punto en su marcha general, pues los naturalistas aseguran que el nacimiento, nutrición y multiplicación de cada cosa tiene su origen en la corrupción y acabamiento de otra.”

Esta es la esencia del teoría mercantilista, si es que el mercantilismo tiene alguna teoría; en contraposición a la vedad fundamental bien conocida por los escolásticos de que ambas partes se benefician de un intercambio, Montaigne opinaba que en el comercio un hombre sólo puede beneficiarse a costa de otro. La consecuencia es que el mercado es una jungla depredadora, así que ¿por qué no debería un francés reclamar al estado francés que tomara de otros tanto como pudiera?

Montaigne desarrolló este tema en su Ensayo 22, de una forma característicamente cínica y mundana. Explica que un ateniense condenó una vez al director de un funeral so pretexto de que de su comercio quería sacar demasiado provecho y de que tal beneficio no podía alcanzarlo sin la muerte de muchas gentes. Esta sentencia me parece desacertada, tanto más, cuanto que ningún provecho ni ventaja se alcanza sin el perjuicio de los demás; según aquel dictamen habría que condenar, como ilegítimas, toda suerte de ganancias.

Todo trabajo se hace a costa de otros y Montaigne advierte correctamente que al médico podría condenársele igualmente. Podría realizarse la misma acusación al granjero o tendero por “obtener ganancias a causa del hambre de la gente”, al sastre por “obtener beneficios a causa de la necesidad de vestirse de alguien” y así sucesivamente. Concluía en general que el beneficio de cualquier entidad es necesariamente “la disolución y corrupción de alguna otra cosa”.

Por supuesto, por desgracia no pudo ver al tiempo que esos productores no crean esas necesidades, sino por el contrario, las atienden y eliminan así las carencias y dolor de sus clientes y aumentan sus felicidad y su nivel de riesgo. Si había ido tan lejos, se habría dado cuenta del sinsentido de su “perro come perro” o lo que ahora se llamaría la visión del mercado como “juego de suma cero”.

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