Carta de Tolstoi a Nicolas II


Querido hermano:

Este calificativo me parece el más conveniente porque, en esta carta, me dirijo menos al emperador y al hombre que al hermano. Y, además, os escribo casi desde el otro mundo, encontrándome en espera de una muerte muy próxima.

No quisiera morirme sin deciros lo que pienso de vuestra actividad presente, lo que podría ser, y el gran bien que podría reportar a millones de hombres y a vos mismo, y el gran mal que puede hacer si persiste en continuar por el camino que ahora sigue.

Una tercera parte de Rusia está sometida a una continua vigilancia policíaca; el ejército de policías conocidos y secretos aumenta sin cesar; las prisiones, los lugares de deportación y los calabozos están repletos; aparte de doscientos mil criminales de derecho común, hay un número considerable de condenados políticos entre los cuales existen ahora multitud de obreros. La censura con sus medidas represivas ha llegado hasta un grado tal que no alcanzó en los peores momentos de los años que siguieron al de 1840. Las persecuciones religiosas no fueron nunca tan frecuentes ni tan crueles como lo son ahora, y cada vez van siendo más frecuentes y más crueles.

En las ciudades y en los centros industriales se han concentrado las tropas que, armadas de fusiles, se han enviado contra el pueblo. En algunos puntos ya se han producido choques y matanzas y en otros puntos se preparan, y su crueldad aún será mayor.

El resultado de toda esta cruel actividad del gobierno es que el pueblo agricultor, los cien millones de hombres sobre los cuales está fundada la potencia de Rusia, a pesar de los gastos del Estado que crecen considerablemente, o mejor dicho gracias a este crecimiento del presupuesto, se empobrecen de año en año, de manera que el hambre ha llegado a ser el estado normal, como igualmente el descontento de todas las clases y su hostilidad hacia el gobierno.

Y la causa de todo esto es clara y justa hasta la evidencia. Hela aquí: vuestros auxiliares os aseguran que deteniendo todo movimiento de la vida del pueblo garantizan la felicidad de este pueblo, al mismo tiempo que vuestra tranquilidad y seguridad. Pero es más fácil detener el curso de un río que el eterno movimiento de la humanidad hacia adelante, establecido por Dios. Es muy fácil comprender que los hombres a quienes tal estado de cosas es ventajoso y que en el fondo de su alma se dicen ¡Después de nosotros el diluvio! os hablan así; pero es sorprendente que vos, hombre de inteligencia y bueno podáis creerles, y que siguiendo sus abominables consejos hagáis o dejéis hacer tanto mal por una idea tan quimérica como es el detener el eterno movimiento de la humanidad.

Vos no podéis ignorar que desde que estudiamos la vida de los pueblos, las formas económicas y sociales, lo mismo que las políticas y religiosas de esta vida, han progresado de continuo hacia adelante, de groseras y crueles que eran, se han ido dulcificando, convirtiéndose en más humanas, en más razonables. Vuestros consejeros os dicen que esto no es verdad, os dicen que la ortodoxia y la autocracia son necesarias al pueblo ruso, lo mismo ahora que antes, y que deben serlo hasta la consumación de los siglos, de manera que para bien del pueblo, cueste lo que cueste, es preciso defender esas dos formas ligadas entre sí; la creencia religiosa y el estado político. Pero es una doble mentira: 1° Nadie puede sostener que la ortodoxia, que en otra época era propia del pueblo ruso, lo pueda ser ahora; de los informes dados por el procurador general del Santo Sínodo resulta que las personas del pueblo espiritual, de inteligencia más desarrollada, a pesar de todas las desventajas, de los peligros que corren, se separan de la ortodoxia para ingresar cada vez en mayor número en otras sectas. 2° Si fuera verdad que la ortodoxia es la religión propia del pueblo ruso, no habría necesidad de defender con tanta energía esta forma de creencia y de perseguir con tanta crueldad a los que la niegan.

En cuanto a la autocracia, sí, ha sido conveniente al pueblo ruso, cuando el pueblo miraba al Zar como un Dios terrenal e infalible, dirigiendo por sí solo los destinos del pueblo; ahora no es así, pues todos saben o llegan a saber: 1° Que un buen Rey no es más que una casualidad feliz, que los reyes pueden ser y fueron tiranos o locos, como Juan IV y Pablo. 2° Que por bueno y sabio que sea el Zar, no puede dirigir por sí mismo un pueblo de cien millones de hombres, que son los que están al lado del Zar los que dirigen al pueblo, y que se cuidan más de su propia situación que del bien del pueblo.
Se dirá: el Zar puede elegir por auxiliares hombres desinteresados y buenos.

Desgraciadamente, el Zar no puede hacerlo porque no conoce más que algunas docenas de hombres que, por casualidad o por diferentes intrigas, se han acercado a él y separado cuidadosamente a los que podrían reemplazarlos. De manera que el Zar elige, no entre esos millares de hombres verdaderamente instruidos y honrados que aspiran a ocuparse de los negocios públicos, y sí entre aquellos de quienes ha dicho Beaumarchais: El hombre mediocre y rastrero llega a serlo todo. Y si los rusos están prontos a obedecer al Zar, no pueden, sin sentir ganas de rebelarse, obedecer a las personas que desprecian. Vuestra errónea creencia en el amor del pueblo por la autocracia y por su representante, el Zar, os la ha podido dar el hecho de que cuando llegáis a Moscú y a otras ciudades os sigue una multitud corriendo y gritando ¡Hurra! No creáis que esto sea expresión de afecto a vuestra persona. No, es una multitud de curiosos que corren de igual manera detrás de cada espectáculo poco frecuente. A menudo, estas gentes que vos tomáis por representantes de los sentimientos del pueblo no son más que una multitud arrastrada e instruida por la policía.

Si vos pudierais pasearos, durante el paso de un tren imperial, entre los campesinos colocados detrás del cordón de tropas que están a lo largo de la vía, y oír lo que dicen estos campesinos, los síndicos y otros funcionarios de las aldeas llevados allí por la fuerza desde las aldeas inmediatas, y que con frío o lluvia, sin ninguna recompensa, y llevándose sus provisiones, esperan algunas veces durante varios días el paso del tren, entonces oiríais a los verdaderos representantes del pueblo, a los simples campesinos, y sus palabras no expresan ningún amor por la autocracia ni por su representante.

Si, hace cincuenta años, en tiempo de Nicolás I, el prestigio del poder imperial era aún muy grande, desde hace treinta años no ha cesado de bajar, y en estos últimos años ha caído tan bajo en todas las clases, que nadie se oculta en censurar abiertamente, no sólo las órdenes del gobierno, sino hasta las del propio Zar, y hasta de burlarse de él o de insultarle.

La autocracia es una forma de gobierno que ha muerto. Tal vez responda aún a las necesidades de algunos pueblos del África central, alejados del resto del mundo, pero no responde a las necesidades del pueblo ruso, cada día más culto gracias a la instrucción que va siendo cada vez más general. Así es que para sostener esta forma de gobierno y la ortodoxia ligada a él, es preciso, como ahora se hace, emplear todos los medios de violencia, la vigilancia policíaca más activa y severa que antes, los suplicios, las persecuciones religiosas, la prohibición de libros y de periódicos, la deformación de la educación, y en general toda clase de actos de perversión y crueldad. Tales han sido hasta aquí los actos de vuestro reinado, empezando por vuestra contestación, que provocó la indignación general de toda la sociedad. Vuestro calificativo de sueños insensatos respecto de los deseos más legítimos del hombre que os dio a conocer la diputación de zemstvos del gobierno de Tver. Todas vuestras órdenes sobre la Finlandia, sobre los acaparamientos en China, el proyecto de conferencia de La Haya, acompañado de un aumento de tropas, la restricción de la autonomía local, el acrecentamiento de los abusos administrativos, vuestro consentimiento a las persecuciones religiosas, el consentimiento al monopolio del alcohol, es decir, a la venta, por el gobierno, de un veneno que mata al pueblo, y por último vuestra obstinación a mantener la pena corporal, a pesar de todas las peticiones que os han sido hechas para demostraros la necesidad de derogar tan insensata medida, absolutamente inútil y que constituye la vergüenza del pueblo ruso; todos estos actos vos no podéis haberlos cometido a no ser inspirado por el consejo de auxiliares poco serios, con el fin de detener la vida del pueblo y hasta con la intención de volverle al antiguo estado de cosas, ya pasado.

Por la violencia se puede oprimir al pueblo, pero no dirigirle. En nuestro tiempo el único medio de dirigir al pueblo de una manera efectiva consiste en colocarse a la cabeza del movimiento del pueblo que, buscando el bien, combate el mal, de los que huyen de las tinieblas buscando la luz y de darle los mejores medios para lograr lo que anhela. Y para hallarse en condiciones de hacerlo, ante todo hay que dar al pueblo facilidades para que exprese sus deseos y sus necesidades, y, una vez oídos, satisfacer lo que corresponda, no a las necesidades de una clase, sino a las de la mayoría del pueblo, a las de la masa del pueblo trabajador.

Y los deseos que ahora expresaría el pueblo ruso, si se le diese posibilidad de poderlo hacer, serían los siguientes:

Ante todo, el pueblo trabajador diría que desea verse libre de esas leyes exclusivistas que le colocan en la situación de un paria, no gozando de los derechos de los demás ciudadanos. Además, diría que quiere la libertad de viajar, la libertad de enseñanza, de la creencia que responda a sus necesidades espirituales. Y, principalmente, el pueblo de cien millones de habitantes diría, en una sola voz, que desea gozar libremente de la tierra, es decir, la abolición del derecho de propiedad sobre la tierra.

Y la abolición de este derecho de propiedad, según mi parecer, es el problema principal y el más perentorio que el gobierno debe resolver.

En cada periodo de la vida humana, existe cierto grado de reforma que debe realizarse antes que otros, puesto que tiende a la mejora de la vida. Cincuenta años antes, el problema más interesante y perentorio que resolver era la abolición de la esclavitud, en nuestros días es la emancipación de las clases obreras, de esa tutoría que pesa sobre ellas, de lo que se llama la cuestión obrera.

En la Europa occidental, el logro de este fin parece posible por la socialización de las fábricas. ¿Esta solución del problema es justa o no? ¿Es posible para los pueblos occidentales? Pero, para la Rusia actual esta solución no es aplicable.

En Rusia, en donde una enorme parte de la población vive de la tierra, y se halla bajo la absoluta dependencia de los grandes propietarios terratenientes, la emancipación de los trabajadores es evidente que no puede solucionarse por la socialización de las fábricas. Para el pueblo ruso, la liberación no puede ejecutarse más que por medio de la abolición de la propiedad de la tierra y del reconocimiento de la libre posesión de la tierra. Desde hace mucho tiempo es este el deseo más ardiente del pueblo ruso, y espera de continuo que sus gobiernos lo realicen.

Sé que vuestros consejeros verán en estas ideas el colmo de la ligereza y la falta de sentido práctico de un hombre que no comprende toda la dificultad de lo que es gobernar, y sobre todo parecerá semejante idea de reconocer la propiedad de la tierra como una propiedad común, como el mayor de los absurdos, pero sé también que para no tener por fuerza que cometer violencias sobre el pueblo, que cada vez han de ser más crueles, no hay más que un solo medio: tomar por objeto lo que es el deseo del pueblo y, sin esperar a que la avalancha caiga de la montaña y aplaste lo que encuentre, guiarla por sí mismo, es decir, caminar delante para la realización de las mejores formas de vida. Para los rusos, este fin no puede ser otro más que la abolición de la propiedad territorial. Solamente entonces podrá el gobierno, sin hacer concesiones indignas, ejercer de lazo de unión entre los obreros de las fábricas y la juventud de las escuelas, y, sin temer por su existencia, servir de guía a su pueblo y dirigirle de una manera real.

Vuestros consejeros os dirán que declarar libre la tierra del derecho de propiedad es una fantasía irrealizable. Según ellos, forzar a un pueblo viviente, de cien millones de almas, a dejar de vivir, a volver a meterse en la concha que desde hace tiempo es necesario romper, no es una fantasía, pero sí lo es la realidad y la obra más sabia y más práctica, Pero basta con reflexionar seriamente lo que es irrealizable y enojoso, por más que se haga, y por el contrario lo que es realizable, necesario y oportuno, por más que aún no se haya comenzado.

Yo, personalmente, pienso que en nuestra época la propiedad territorial es una injusticia, tan evidente como hace cuarenta años ya lo era la servidumbre. Pienso que su abolición colocaría al pueblo ruso en el mayor grado de independencia, de felicidad y de tranquilidad. Pienso también que esta medida destruiría por completo esa irritación socialista y revolucionaria que ahora caldea a los obreros y amenaza con mayores males al gobierno y al pueblo.

Pero puedo equivocarme y la solución del problema no puede darse, por el momento, más que por el pueblo mismo, si tiene posibilidad de expresar este deseo. De manera que en todo caso, la primera misión que incumbe al gobierno es abolir el yugo que impide al pueblo manifestar sus deseos y necesidades. No se puede hacer bien al hombre que se ha amordazado con el fin de no oír lo que desea para su bien. Solamente conociendo los deseos y las necesidades del pueblo, o de la mayoría, es como puede dirigírsele y hacerle bien.

Querido hermano, en este mundo vos no tenéis más que una vida, y la podéis gastar en vanas tentativas para detener el movimiento de la humanidad desde el mal hacia el bien, desde las tinieblas hacia la luz, movimiento establecido por Dios y que vos podéis, teniendo conocimiento de los deseos y de las necesidades del pueblo, y consagrando vuestra vida a satisfacerlos, poner remedio al mal, vivir tranquilo y gozoso, sirviendo a Dios y a los hombres.

Y, por grande que sea vuestra responsabilidad, por los últimos años de vuestro reinado durante los cuales podéis hacer mucho bien o mucho mal, aun más grande es vuestra responsabilidad ante Dios de vuestra vida en la Tierra, de la cual depende vuestra vida eterna, y que Dios os ha dado no para hacer obras perversas o tolerarlas, sino para cumplir su voluntad. Y su voluntad es hacer el bien a los hombres y no el mal.

Reflexionad sobre esto, no ante los hombres, y sí ante Dios, y haced lo que Dios os diga, es decir, vuestra conciencia. Y no tengáis miedo a los obstáculos que podáis encontrar, si entráis en esta nueva vía de la vida. Estos obstáculos se destruirán por sí mismos, y apenas los notaréis, si solamente procedéis no por la gloria humana, y sí por vuestra alma, es decir, por Dios.

Perdonadme si por casualidad os he ofendido o apenado con este escrito. Sólo el deseo del bien del pueblo ruso y del vuestro me ha guiado.

¿He logrado mi intento? El porvenir lo dirá; porvenir que según todas las probabilidades yo no veré. He hecho lo que creía era mi deber.

Vuestro hermano que, sinceramente, os desea el verdadero bien.

León Tolstoi

Gaspra, 16 de enero de 1902.

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