El anarcocapitalismo pragmático: por qué Rallo y Capella tampoco tienen razón


1. Introducción

El baluarte intelectual más importante de la Escuela Austriaca de Economía se proyecta hacia el exterior a través de un muro fortificado que tiene en la oposición al socialismo la única justificación lógica que da sentido y coherencia a todos sus argumentos. La teoría de la imposibilidad del socialismo, así como los principios y conocimientos acerca de los órdenes sociales extensos y espontáneos, han acabildado los esfuerzos que diversos grupos de teóricos del liberalismo vienen realizando desde principios del siglo XIX. En este sentido, el colofón a todas esas ideas lo puso el premio Nobel de economía, Friedrich Hayek, el cual destacaba en su libro La contrarevolución de la ciencia lo siguiente: “El modo en que las acciones independientes de los individuos producen un orden que no forman parte de sus intenciones solo puede mostrarse en los casos más simples y sin recurrir a cuestiones técnicas; y en estas circunstancias la explicación es con frecuencia tan obvia que nunca nos paramos a examinar el tipo de argumento que nos lleva a ella. El modo en que se forman los senderos de un terreno agreste es un buen ejemplo. En primera instancia, todo el mundo buscará por si mismo lo que, a primera vista, parece la mejor ruta. Pero el hecho de que esa ruta ya haya sido utilizada una vez hace que sea más fácil de transitar, y de este modo, gradualmente irán apareciendo caminos más definidos que serán transitados en detrimento de otras posibles rutas. Los movimientos de la gente a lo largo de esa región se irán ajustando a una pauta concreta, aunque el resultado de las decisiones deliberadas de mucha gente no haya sido conscientemente buscado por nadie”

Estas reflexiones de Hayek solo pueden conducirnos a una conclusión. Existe una suerte de ordenamiento social distinta de aquella a la que aspiran los socialistas y los comunistas, que surge de forma automática y natural, que se desarrolla en el transcurso de varias generaciones, que por eso se hace invisible al ojo humano, pero que se demuestra más eficaz cuanto más complejos son los problemas sociales que los hombres estamos obligados a resolver. Es más, hay fenómenos naturales que no podemos precisar con el grado de acierto que nos gustaría. Básicamente, ello se debe al elevadísimo nivel de interacciones e interdependencias que se generan en el interior de tales sistemas. Y dado que la sociedad es el ejemplo más palmario de todos ellos, el sistema más complejo que existe en la naturaleza, con mayor número de partes independientes y redes de interacción, el afán por dirigir y gobernar de manera centralizada ese dédalo insalvable (anhelo que caracteriza sobre todo a los líderes y profetas del socialismo y el intervencionismo) se da de bruces contra una suerte de imposibilidad ontológica, la incapacidad de conocer la información que está presente en dichos sistemas y que se encuentra distribuida en cada uno de los individuos que actúan en esas sociedades, hecho que deriva en el fracaso ideológico que acontece con todas estas formas de intervención política.

Ahora bien, cabe resaltar que no todo en la teoría austriaca consiste en constatar la inhabilitación que aqueja al hombre a la hora de conocer y concebir la realidad social. La teoría austriaca deviene también en un desarrollo paralelo que ofrece una alternativa a esa incapacidad inherente del hombre. Es más, lo que la teoría viene a reivindicar es la capacidad que cada persona tiene para actuar de manera acertada dentro de su pequeño reducto de seguridad. La organización se fraguaría gracias a la información que cada uno de nosotros portamos como individuos, la cual manejamos de manera más fiable, y ponemos a disposición de los demás cada vez que realizamos alguna transacción comercial. El individualismo metodológico, la única defensa razonable de la libertad que cabe realizar (la única legítima), parte de un planteamiento que consiste en considerar a la persona como el único y exclusivo foco de información útil, en aras a conseguir los fines que cada cual persigue de manera voluntaria, que serán los que a la larga promuevan el bienestar de la sociedad como conjunto.

En el nivel epistemológico o metodológico, la teoría de la imposibilidad del socialismo se convierte en una suerte de dualismo. No podemos analizar la sociedad como lo haría un científico al uso, consagrado a la tarea de manipular las muestras que tiene delante de sus narices y que ha preparado él mismo para invocar alguna función concreta. La sociedad es un sistema altamente complejo, que no se deja analizar de dicha manera. En consecuencia, debemos actuar de forma inversa, partiendo de un principio simple, necesario, cuya constatación proviene del hecho de comprender que no hay ninguna alternativa posible. Muchos son los que conocen la tesis de Hayek en torno a los órdenes espontáneos y la imposibilidad del socialismo. Pero muy pocos los que se dejan persuadir por la lógica de ese juicio hayekiano, hasta desembocar en el concepto de axioma y su disciplina correspondiente, la metafísica (el propio Hayek rechazaba la metafísica). Todos critican los excesos del cientismo y los abusos que comete su hermano mayor: el intervencionismo político. Casi todos comprenden las circunstancias que ha traído esa rémora moderna, al ensoberbecer al investigador y elevarlo a las alturas del mesianismo, y al hacerle creer que debía aplicar los mismos aperos que propiciaron el éxito arrollador de la ciencia experimental también al estudio de la sociedad y la política. Como dice Hayek en La contrarevolución de la ciencia: “La gran desgracia de nuestra generación es que la dirección que el sorprendente progreso de las ciencias naturales ha dado a sus intereses, de nada nos sirve para comprender el más amplio proceso del que, en cuanto individuos, simplemente formamos parte, o para apreciar cómo contribuimos constantemente a un esfuerzo común sin que lo dirijamos nosotros mismos o lo sometamos a las órdenes de otros” A esto solo habría que añadir que el éxito de la ciencia, además de demostrarse inútil a la hora de realizar algunas valoraciones sociales, resulta en una suerte de ensoberbecimiento que, cuando es infundado, puede producir un efecto en las personas tremendamente dañino. Este peligro también es un motivo continuo de preocupación en Hayek y en todos sus discípulos y admiradores. Todos entienden los excesos que comete la ciencia al aplicarse al estudio de la sociedad. Sin embargo, nadie repara en esa otra manifestación del cientismo, casi inapreciable, que sigue solapando el discurso que construyen muchos liberales austriacos seguidores de Hayek, a pesar de todas las advertencias dadas por ellos mismos. Parece mentira que muchos sigan todavía anclados en la posición de partida, defendiendo las mismas opiniones que sus padres intelectuales se encargaron de combatir, aquellas que invocaban la unilateral defensa del empirismo como única herramienta de análisis y monopolio de la razón.

El criticismo hayekiano debería tener un corolario metafísico evidente. Si no podemos actuar sobre la sociedad empíricamente, debemos optar por usar un camino paralelo, el de la metafísica, y partir de un principio axiomático incuestionable, el cual podrá ser usado a priori precisamente debido a que es un principio de suyo necesario. Sin embargo, muchos austriacos siguen enrocados en una actitud claramente monista, que ha deslumbrado a tantas y tantas generaciones de investigadores, y que solo concede prestigio al método que emplea la ciencia. De ese modo, se empeñan continuamente en aplicar el análisis fáctico a todos los órdenes del conocimiento. Tenemos un buen ejemplo de esto en la actitud que adoptan Capella y Rallo con motivo del debate abierto que viene enfrentando a las facciones más anarquistas del liberalismo con aquellos liberales clásicos que abogan por el establecimiento de un gobierno limitado. El anarcocapitalismo pragmático que defienden estos autores no es más que la enésima muestra del cientifismo, otra consecuencia de esa obsesión maniática que lleva a muchos a querer aplicar la praxis del investigador en todos los asuntos intelectuales en los que deciden embarcarse. A continuación trataré de arropar con argumentos esta denuncia desnuda que acabo de realizar.

2. Admoniciones al discurso de Francisco Capella

En un artículo reciente aparecido en la página del Instituto Juan de Mariana, Francisco Capella aborda abiertamente el asunto del anarquismo de mercado, espoleado en parte por las discusiones que sobre dicho tema mantuvieron Juan Rallo y Miguel Anxo Bastos en el paraninfo de la universidad de verano que organiza todos los años el propio Instituto. No entraré a valorar la crítica general que realiza Capella en dicho opúsculo, con la que intenta poner de manifiesto los problemas que conlleva la visión del anarcocapitalismo, y con la que básicamente estoy de acuerdo. Rubrico completamente la descripción que realiza el autor a cuenta del anarquista libertario, la arrogancia que caracteriza a muchos de sus cofrades, la pose teatral e histriónica que adoptan la mayoría de ellos, la burla que ejercen y que les sirve para cohesionar a los miembros de su grupo contra otros que son enemigos y no merecen respeto o miedo, y el orgullo henchido que resulta de creerse la punta de lanza del liberalismo y la solución definitiva al planteamiento cobarde y acomodaticio que, según ellos, proponemos todos los demás (así es como Capella moteja a los anarquistas de mercado; las palabras no son mías).

Convengo también con Capella en afirmar que existe un problema de bienes públicos y externalidades (negativas o positivas) que debe resolverse con la participación de todos los miembros, y que hace absurdas esas afirmaciones que suele realizar el profesor Bastos, donde dice literalmente que el Estado no existe, o que la ausencia del mismo puede hacer más difícil la conquista de un invasor externo. Según Capella: “Es cierto que el Estado, como entidad ineficiente que es por sus problemas de información, incentivos y corrupción, no puede determinar qué cantidad y calidad de servicios de seguridad es óptima según las valoraciones subjetivas personales. Pero esto tampoco se resuelve por individuos produciendo, comprando y vendiendo en el mercado, porque la defensa es un bien especial que suele proporcionarse y recibirse de forma colectiva, en forma de cooperativa de producción y consumo. Cuánta defensa obtener y cómo conseguirlo es un problema de decisión y acción colectiva: las preferencias y capacidades de los individuos deben agregarse de algún modo para producir una única solución global, y este proceso puede resultar muy problemático. Los intercambios libres y voluntarios permiten conocer las preferencias de los individuos y la posibilidad de competencia fomenta la eficiencia, pero en algunos ámbitos no son posibles ni las decisiones puramente individuales ni la existencia de alternativas simultáneas en competencia entre las cuales elegir. Además las preferencias existen aunque no se manifiesten en elecciones individuales: puede haber individuos insatisfechos con los servicios de seguridad recibidos (por escasos o excesivos), pero también puede haber individuos que reciban grandes beneficios a costa del sacrificio de otros; y todo el mundo puede mentir en sus declaraciones verbales al respecto… El tema de la guerra es tan importante que conviene tratarlo de forma científica, con buenas teorías y buenos datos, y no con ideas sueltas y anécdotas anómalas y poco representativas… Es posible que muchos problemas de bienes públicos no existan, no sean graves, o tengan solución privada. Pero esto no garantiza que el problema de la defensa común sea poco importante o fácil de resolver” (https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/mas-problemas-del-anarcocapitalismo)

Igualmente, Capella está muy acertado cuando dice que cualquier sistema es una estructura finita que necesariamente debe presentar un nivel superior que no tenga a nadie por encima. El hecho principal sobre el que hace hincapié en todo momento es el de considerar la realidad en todas sus modalidades y jerarquías, haciendo acopio de todas las posibles soluciones que se le plantean al hombre en relación con la organización y la libertad en cada uno de estos niveles. No puedo estar más de acuerdo con esto. De hecho, llevo varios años reivindicando el doble papel que juegan el mercado y el Estado, el uno a la hora de otorgar validez a las decisiones individuales que toman a diario los individuos de una sociedad en relación con los bienes que tienen naturaleza heterogénea, y el otro en cuanto a aquellas otras decisiones de las que depende todo ese sistema de libertades y que se basan en unos principios y presupuestos incuestionables, que yo he llamado bienes homogéneos. Para más detalles, véase mi charla en el congreso de la escuela austriaca de 2015 y el artículo correspondiente:

https://elreplicadorliberal.com/2014/08/18/los-idearios-de-la-escuela-austriaca-una-critica-desde-el-minarquismo-a-las-teorias-anarcocapitalistas-y-evolucionistas/

https://elreplicadorliberal.com/2015/04/28/los-idearios-de-la-escuela-austriaca-de-economia-una-critica-desde-el-minarquismo-a-las-teorias-anarcocapitalistas-y-evolucionistas/

Pero me separo radicalmente de la línea argumental que cierra el artículo de Capella, con la que quiere concluir sus admoniciones. Dice Capella que el minarquismo también tiene muchos problemas, y que analizarlos y enfatizarlos no implica automáticamente que la respuesta sea el anarcocapitalismo. Dependerá en cualquier caso de cuáles sean más graves de resolver, y qué soluciones puedan encontrarse a los mismos. Y concluye: “Tal vez no exista una respuesta clara a cuál de los dos sistemas funciona mejor”. Casi podemos oler el tufillo cientista que desprende esta última afirmación. Con ella, parece que todo queda abierto. Todo deberá resultar de la investigación progresiva y siempre inacabada que realiza la ciencia. El autor se declara anarcocapitalista sensato, seguidor de un ideal deseado que, sin embargo, debe quedar sometido a la crítica y la investigación objetiva y continua.

Con todo, podemos constatar que el anarquismo pragmático no es más que otra versión del mismo cientismo de siempre. Para un cientista solo existe una vía al conocimiento, la vía inductiva y empírica. En mala hora aseguró Capella que hay que contemplar todas las jerarquías y circunstancias de una sociedad, si luego se olvida de la categoría epistémica que mejor define a la Escuela Austriaca de Economía, aquella que describe también una buena parte de la realidad: los axiomas y el deduccionismo austriaco que desarrolla los mismos.

Capella afirma que, aunque el Estado como gobierno monopolístico no es necesario en la mayoría de los casos, eso no significa que sea prescindible siempre. Y continúa diciendo: “…su existencia depende de ciertas circunstancias como la escala o tamaño del sistema y la complejidad de la tarea de coordinación…”. Pero, al mismo tiempo, es incapaz de aplicar estas reflexiones al ámbito de la epistemología y el anarquismo, evaluando de la misma manera las dos posibilidades que tenemos de conocer la realidad y ordenar la sociedad, la inducción científica y la deducción filosófica, la que analiza hechos complejos y se aplica en demostrarlos fácticamente, y la que parte de hechos sumamente sencillos y necesarios, que no tienen alternativa y que por tanto no requieren de ningún probatorio.

Capella aplica el criticismo (o cretinismo) científico a todas las formas de gobierno, tanto si se trata de anarquismo como si se trata de minarquismo. Lleva el método científico a todas las áreas del pensamiento; todo está sujeto a revisión permanente. De lo que no se da cuenta es que el minarquismo representa precisamente esa solución política que él pospone para dentro de cien años. Los problemas que entraña la falta de gobierno central solo pueden subsanarse con la instauración de un gobierno central. Y los problemas que resultan del gobierno central solo pueden corregirse limitando al máximo las funciones del mismo. Y esto, señores míos, no es otra cosa que la minarquía. El minarquismo es la única teoría verdaderamente inclusiva, la única que es consciente de los problemas que existen a uno y otro lado del espectro ideológico, y la única que aboga por una solución intermedia, que repare ambos tipos de problemas, haciendo uso de todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición, permitiendo el libre mercado allí donde este opera mejor, y reservando algunas funciones claves para el Estado, concretamente aquellas que desempeñan un papel colectivo insustituible, la garantía de los derechos individuales y la defensa del territorio y el marco institucional que sirven para poner en práctica esos derechos. Resulta absurdo que Capella reivindique el valor de contemplar adecuadamente todos los niveles jerárquicos y todos los problemas, y luego ponga en igualdad de condiciones al anarquismo y al minarquismo, toda vez que el primero manifiesta un grave déficit de soluciones, mientras que el segundo intenta poner en práctica todos los arreglos posibles, los que resultan de la acción en el nivel individual y los que avienen con el ordenamiento común y la jerarquía general. El único sistema capaz de optimizar al máximo las energías de una sociedad capitalista es el sistema minarquista. Esta es una afirmación invariable que no depende de demostración alguna. Pero Capella se deja seducir de nuevo por ese señuelo de la ciencia que imita el canto de las musas, y al cual tantos hombres han sucumbido a lo largo de la historia reciente. Habitualmente, la mayoría de ellos ni siquiera son capaces de concebir un mecanismo intelectual distinto. Si acaso intentas llevarles al terreno de la filosofía, y les quieres persuadir de la existencia de algunos procedimientos alternativos muy concretos, que no niegan el amplio y vasto campo de la ciencia, sino que lo enriquecen con argumentos apodícticos, enseguida te responden con alguna alusión al método científico, la falsación de Popper, el criticismo de Hayek, el escepticismo de Hume, o el empirismo de Bacon (para un ejemplo de esto véase la charla que impartí en el Instituto Juan de Mariana, concretamente la parte final donde me someto a las preguntas de los oyentes: https://elreplicadorliberal.com/2015/06/30/la-teoria-del-todo-patrimonio-de-la-escuela-austriaca-de-economia/). Parece evidente que no entienden la diferencia entre ciencia y filosofía. Estas respuestas ponen los pies fuera del tiesto, incapaces de identificar el tema que se trata de abordar, llevan el debate a un terreno baldío, y ejercen el mismo impacto que tendría una discusión de besugos en un bar de carretera.

Acaso los liberales han acabado interiorizando tanto el discurso que define a la escuela austriaca, a saber, la preeminencia del orden espontáneo por encima de las acciones deliberadas de los líderes políticos, que han terminado por rechazar cualquier organización planificada. Pero esto resulta de no entender en qué se basan esas ideas liberales que apuestan por dar preeminencia a los órdenes extensos. Estas se deben a la incapacidad implícita del ser humano para conocer una realidad compleja inaprensible. Pero nada tienen que decir de aquellas situaciones o facetas de la sociedad que se rigen por principios sencillos. Las normas negativas, la inviolabilidad de la propiedad privada, ciertos bienes públicos, o algunas externalidades ominosas, son pruebas tan claras y manifiestas de la intransigencia y deslealtad del hombre, es tan evidente la solución que requieren, y tan necesaria su puesta a punto, que no deberían plantear ninguna discusión. En este sentido, pueden ser objeto de una acción deliberada por parte del hombre. No se nos debe arrugar la cara al defender una cierta ingeniería social, y, por supuesto, no podemos aplicar el criticismo popperiano en tales circunstancias. Los axiomas y principios más fundamentales no pueden ser objeto de experimentación. Son verdades apodícticas. La minarquía se basa en esas verdades, al tiempo que afirma que tales certitudes están dirigidas a permitir la extensión de los órdenes espontáneos. La minarquía por tanto es el único sistema que contempla esa división esencial que distingue los fenómenos complejos, que no pueden dirigirse de forma centralizada y que dependen en cualquier caso de los gustos, los experimentos, las acciones y las decisiones de los particulares, de aquellos otros hechos que son tan claros y necesarios que constituyen las condiciones de posibilidad de todo el sistema, y que por tanto deben estar representados y asegurados por un único órgano central, al que llamamos gobierno limitado o estado mínimo. La minarquía es la única solución al problema del gobierno, la única que da muestras de alcanzar una mayor operatividad y optimización, la única interpretación de la realidad que tiene en consideración todos los niveles jerárquicos, todos los grados de complejidad, todas las formas posibles de gobernabilidad, y todas las heurísticas del conocimiento.

3. Admoniciones al discurso de Juan Ramón Rallo

La posición que ha acabado adoptando Juan Rallo con respecto a la anarquía es bastante similar a la que viene blandiendo Francisco Capella desde hace tiempo, al lado de sus partisanos, o delante de sus adversarios. Por este motivo, cabe catalogar también a este autor dentro de la categoría de anarquista pragmático, como por otro lado el mismo se define. Aun así, debemos repasar algunos puntos interesantes de su exposición, por lo que tienen de novedosos y originales. En la charla que impartió Rallo este año en la universidad de verano que organiza el Instituto Juan de Mariana se aprecian una serie de argumentos muy bien construidos y perfectamente ordenados y sistematizados, los cuales pretenden poner de manifiesto las fallas que presentaría el anarquismo de mercado que hoy en día se arroga la máxima pureza en cuanto a liberalismo se refiere.

Rallo comienza planteando dos dicotomías básicas. Para empezar considera oportuno diferenciar el anarquismo filosófico del político. Esto es, los ideales últimos de una teoría abstracta, de la praxis y aplicación que conlleva la misma en el ámbito de la organización social. En segundo lugar Rallo diferencia dos tipos de debate, aquel que se refiere a la posibilidad de implantar una anarquía liberal y aquel otro que analiza la conveniencia de tamaño proyecto. Esto es, la factibilidad y la deseabilidad de la empresa.

Convengo absolutamente con la segunda clasificación, como más adelante tendré oportunidad de demostrar. Pero me desligo totalmente de la primera dicotomía. Jamás he pensado que la filosofía, la ética, y la política pudieran discurrir por caminos separados. Como ya nos apercibiera Ayn Rand en el siglo pasado, la teoría y la práctica solo son correctas cuando se refieren la una a la otra; ninguna teoría es buena si no tiene una aplicación concreta, y ninguna práctica tiene sentido si no trata de demostrar alguna teoría. Esto, que es tan obvio, resulta negado una y otra vez por pensadores de la talla de Rallo, y requiere que lo recordemos tantas veces como sea necesario. Es más, la justificación del liberalismo y la ética política que éste avala, solo hallarán una defensa definitiva si consiguen demostrar la íntima relación que les une con los principios mas básicos de la realidad, los cuales solo encuentran asiento en el interior de las formaciones kársticas que dibuja el terreno de la filosofía. En este sentido, resulta bastante contradictorio afirmar que uno se considera anarquista filosófico y sin embargo tiene serias dudas sobre cómo aplicar el programa en el ámbito político. Si alguien es anarquista filosófico es porque ha llegado a la conclusión de que los principios más esenciales de la realidad demuestran la plausibilidad del programa que defiende, motivo por el cual debería ser también un programa susceptible de llevarse a la práctica. Si uno tiene dudas sobre la plausibilidad del programa, también debería plantearse las mismas dudas en lo que respecta a la filosofía que lo sustenta. Mi opinión es que Rallo intenta separar la praxis de la teoría para, a continuación, dar una cierta legitimidad e independencia al proyecto de investigación científica en ciernes que, según él, debe abordarse junto con el debate que gira en torno a la conveniencia del modelo anarcocapitalista. En este sentido, Rallo es un pragmático más. Solo concibe la investigación desde el plano de la ciencia. Piensa que la ciencia es la única empresa que puede dotarnos de las herramientas adecuadas para dilucidar el problema social al que nos enfrentamos. Y piensa asimismo que la filosofía solo puede ofrecer un ideal abstruso, que uno puede abrazar sin mancharse demasiado las manos, sin preocuparse por explicar a qué se está refiriendo o cuáles son las medidas para ponerlo en práctica, y del cual podemos prescindir para todo lo demás. Por eso comienza su charla declarando que es un anarquista filosófico, y a continuación, sin solución de continuidad, y sin detenerse a valorar alguna otra disquisición filosófica, pasa a analizar la praxis fundamental del problema. Ese desprecio hacia la filosofía que evidencia el discurso de Rallo, así como la obsesión por desarrollar en la medida de lo posible una demostración fáctica coherente, es lo que caracteriza al cientismo que ya vimos más arriba cuando diseccionamos las ideas de Capella. Es este cientismo una enfermedad tan extendida en la población que afecta incluso a la casta mejor preparada, la de los liberales austriacos, aquellos que tienen en sus manos unos argumentos filosóficos impecables, el sistema axiomático de Mises y Rothbard, la alternativa al historicismo, el cientismo, y el constructivismo social.

La segunda disposición que introduce Rallo en el debate aspira a diferenciar dos condiciones del sistema: su posibilidad y su deseabilidad. Esta apreciación es sumamente importante. En la charla que ofrecí en el congreso de la escuela austriaca en 2015 (https://elreplicadorliberal.com/2014/08/18/los-idearios-de-la-escuela-austriaca-una-critica-desde-el-minarquismo-a-las-teorias-anarcocapitalistas-y-evolucionistas/), empezaba mi crítica del anarcocapitalismo dejando claro que yo no iba a allí a rechazar de plano el programa anarquista bajo la hipótesis de que era un proyecto de suyo imposible, sino que lo que venía a demostrar es que el minarquismo es en cierta forma superior al anarquismo, sobre todo en lo que se refiere a su ejecución. Es decir, que el anarquismo es con toda seguridad un sistema factible, sobre todo en aquellas sociedades más evolucionadas que ya han interiorizado el respeto hacia el otro y las normas de convivencia. Pero que en ningún caso es el sistema más deseable, puesto que la optimización y adecuación a las reglas se consiguen solo cuando existe un gobierno central limitado. La minarquía aporta todas las soluciones posibles al problema, es una visión del mundo más acertada, completa e inclusiva. Los problemas que resultan de la falta de gobierno se solucionan con un Estado mínimo, y los problemas que nacen del exceso de gobierno se amortiguan también con un Estado controlado y pequeño. Además, la minarquía es la única teoría política realmente consecuente con los principios axiomáticos, precisamente aquellos que definen a la escuela austriaca de economía.

Por consiguiente, coincido con Rallo a la hora de considerar y avalar la posibilidad del anarquismo. Normalmente, los anarquistas de mercado pretenden desviar el debate hacia aquellas disquisiciones que intentan poner en duda la viabilidad de su sistema. De forma un tanto artera, achacan a los minarquistas que digamos que la anarquía es una utopía irrealizable. Pero el verdadero minarquismo, al menos el que yo defiendo, no afirma que la anarquía sea imposible, sino que lo que dice es que el minarquismo es un sistema más adecuado. De ahí la conveniencia de distinguir posibilidad y deseabilidad, para que los anarquistas no equivoquen el blanco cuando disparan sus rifles. El debate debería centrarse en saber cuál de los dos sistemas es el mejor (cuál es más estable), y no cuál de ellos es posible.

Ahora bien, centrándonos ya en la conveniencia del Estado mínimo, o en la utilidad de su ausencia absoluta, que dirían los anarquistas, debo manifestar mis reservas con respecto a la posición de Juan Rallo. Coincido con él en afirmar que el principio de no agresión tiene unos límites difícilmente reconocibles. Es complicado definir con precisión el sujeto al que debe ir dirigido tal principio (los menores no tiene responsabilidades y por tanto tampoco entran dentro de esas valoraciones, pero establecer una edad concreta para considerar a alguien adulto es de por sí bastante complicado y arbitrario), el tipo de propiedad (la propiedad intelectual no es objeto de protección por parte de todos los liberales), el momento en el que se establece el origen de dicha propiedad, el grado de agresión que resulta aceptable y objetivo (hasta qué punto una externalidad es realmente negativa), o cuándo se pasa de una promesa vinculante a un contrato del mismo tipo. Resulta conveniente resaltar el grado de indefinición que presenta en todos estos supuestos el principio de no agresión, sobre todo teniendo en cuenta que es el principio preferido de los anarquistas, al que atribuyen el mayor grado de absolutez.

Con todo, aunque el profesor Rallo acepta que el anarquismo de mercado presenta un equilibrio de Nash bastante bajo, lo que hace que sea muy difícil que se establezca en una sociedad estándar, en la que incluso los propios liberales no terminan de ponerse de acuerdo, en la que la mayoría de la gente cree a pies juntillas en el Estado elefantiásico, en la que los conflictos deben zanjarse en última instancia a través de la supervisión de un tribunal general, donde existen externalidades y bienes públicos que implican y afectan a todas las partes y que deben dirimirse de común acuerdo (haciendo uso de una normativa suficientemente general, unívoca y clara), y sobre todo, en una sociedad sometida constantemente a la agresión externa de otros Estados, mas fuertes y unidos gracias a la cohesión del grupo en torno a unas leyes comunes, aunque Rallo plantea todos estos problemas a la hora de considerar el anarquismo como la mejor alternativa, lo hace única y exclusivamente para demostrar, no que la minarquía es el sistema que todos deberíamos adoptar en última instancia, sino para probar que tenemos que adoptar una actitud crítica y un programa científico de investigación que resuelva finalmente todos esos hándicaps y problemas, y que nos convierta definitivamente en verdaderos anarquistas de mercado. Es decir, Rallo presupone de antemano que el anarquismo es más deseable que la minarquía, pero se cura en salud al decir que primero tendremos que demostrar experimentalmente esa afirmación. Y es aquí donde discrepo profundamente con su planteamiento.

Lo más curioso de todo es que Rallo, a pesar de abogar por la investigación empírica, se muestra también conforme con su designación de filósofo anarquista. Es decir, primero afirma que hay que investigar la viabilidad del anarquismo. Pero inmediatamente pasa a constatar que, en el ámbito filosófico, ya se habría probado la superioridad de tal sistema. Esta doble vara de medir no tiene ningún sentido, y solo se explica si entendemos que Rallo concibe la filosofía como un ideal y no como un sistema de evidencias reales (otra prueba más de su desprecio por esta disciplina). Por consiguiente, Rallo se equivoca de dos maneras, primero al pretender que la filosofía se constituya en ideal y apadrine la causa del anarquismo, y segundo al querer llevar a cabo una demostración definitiva por la vía del empirismo. Su anarquismo filosófico adolece de una demostración deductiva y ontológica suficientemente clara: es un brindis al sol. Y su programa de investigación en el ámbito del anarquismo político peca de un exceso de confianza científica: es una concesión a los mayores enemigos que ha tenido la escuela austriaca. Pero lo más paradójico de todo es que defienda la ciencia como el único método de investigación posible, y de antemano declare que la filosofía corrobora el anarquismo, siendo que en realidad es el minarquismo el único que queda constatado con este procedimiento.

4. Conclusiones

En primer lugar, debemos subrayar que el método científico no es la única alternativa epistémica que puede contemplar el investigador. Esto lo deberían saber los economistas austriacos más que ningún otro. La escuela austriaca se fundamenta en el método deductivo; nace cuando Menger declara que las ciencias sociales deben prescindir de las herramientas empíricas que utilizan los historicistas para dilucidar sus problemas, y que deben partir en cambio de unos axiomas que cobran importancia precisamente porque consiguen alejarse de cualquier demostración fáctica, renuncia que resulta vital cuando se trata de analizar sistemas altamente complejos, que no pueden someterse a experimentación. La postura de Rallo es claramente una postura cientifista, más cercana al historicismo decimonónico que combatía Menger que a la escuela a la que él mismo dice pertenecer, de la cual ha obtenido gran parte del bagaje intelectual que le caracteriza. Nadie discute el poder de la ciencia en aquellos campos que se dejan investigar. Como decía Hayek también en La contrarrevolución de la ciencia: “Tal vez sea recomendable recordar al lector una vez más que las críticas que aquí se han formulado solo se dirigen contra un mal uso de la ciencia, no contra el científico en el campo especial en que es competente, sino contra la aplicación de sus hábitos mentales en campos en los que no lo es. No hay conflicto entre nuestras conclusiones y las de la auténtica ciencia” Por el contrario, se discute su aplicabilidad en ámbitos que no le son propicios, cuando se trata de describir sistemas altamente complejos, y también cuando aspiramos a determinar la mejor manera de gobernar esos sistemas. Por tanto, nada hay que decir tampoco en relación con aquellos intentos que abogan por construir un Estado mínimo que se limite a definir el marco institucional y los términos generales de las condiciones de posibilidad que facultan al hombre para buscar su propia felicidad. La imposibilidad del socialismo se refiere exclusivamente a la incapacidad para dirigir órdenes extensos. Por tanto, esta imposibilidad no se puede aplicar a la minarquía, que únicamente decide sobre cuestiones muy básicas y elementales, de suyo conocidas. Los anarcocapitalistas meten en el mismo saco esas dos categorías, y resultado de ello es su manía por extender la crítica del socialismo también al minarquismo y el liberalismo clásico, como hace Jesús Huerta de Soto (para ver mi crítica a Huerta de Soto entrar aquí: https://elreplicadorliberal.com/2016/06/12/la-teoria-de-la-imposibilidad-del-liberalismo-la-macula-de-jesus-huerta-de-soto/). Cuando se trata de hablar de principios fundamentales, no hace falta recurrir a la ciencia fáctica, como también hacen Rallo y Capella. La discusión que enfrenta a minarquistas y anarquistas se lleva a cabo precisamente en ese plano, el de los principios más elementales. Unos abogan por implantar esos principios de manera deliberada, y otros dicen que los mismos devienen de forma natural con el paso del tiempo. Pero tales presupuestos no dependen nunca de ningún tipo de demostración fáctica. En todo caso, son principios apodícticos, condiciones de posibilidad, requisitos de partida, necesidades existenciales.

La escuela austriaca solo cobra sentido en el ámbito de los principios filosóficos mas esenciales, cuando partimos de tales principios para desarrollar la teoría liberal. Por consiguiente, resulta absurdo, y también innecesario, justificar o refutar esos principios desde posiciones científicas o fácticas (esto no viene a negar la utilidad de la ciencia incluso en el ámbito de la sociedad, tan solo hace hincapié en su futilidad a la hora de determinar algunas de las leyes más generales y básicas). Y también es contrario al espíritu de dicha escuela la manera en la que algunos de sus ideólogos pretenden justificar la ausencia del Estado. Los principios filosóficos de la escuela austriaca se sustentan en el individualismo metodológico, lo que quiere decir que el individuo es el primer elemento de comportamiento social. No obstante, esto no excluye la existencia de otras jerarquías superiores. Quienes defienden al individuo hacen mal en decir que no deberían existir órganos de dirección superior, tales como el Estado. Todo lo contrario, tiene la obligación de afianzar esos órganos sobre pilares adecuados, que convengan con las normas que tienen al individuo como la primera y más importante fuente de comportamiento. Si no cubrimos esta defensa, vendrán los enemigos a apostarse en las murallas que nosotros debimos proteger. Esos enemigos no son dignos de ocupar dichos bastiones. Ellos no creen en ningún principio. Si acaso creen en alguno, lo hacen por interés o por ignorancia, y no aciertan nunca a definir la mejor adecuación a las reglas. Si los liberales hacemos dejación de nuestras funciones, y no defendemos la libertad en todos los terrenos, tendremos que asumir tarde o temprano la derrota. Si defendemos la existencia de órdenes extensos, pero luego no disponemos de una normativa general acorde con dichos presupuestos, no podremos esperar salir victoriosos del lance.

No existe un sistema más deseable y apropiado que la minarquía, la cual aboga por resolver los problemas complejos que enfrenta la sociedad en el día a día (por ejemplo, la mejor manera de desplazarse entre dos puntos, o el gusto de los tomates) dejando que sea el orden espontáneo y la acción voluntaria de los distintos agentes y consumidores los que ejerzan como únicos decisores, y en aquellas otras cuestiones, de suyo mucho más sencillas, que describen condiciones de posibilidad y principios elementales, y que tratan de dirimir problemas generales que afectan a todos los participantes y que no pueden ser individualizados ni concentrados en ninguno de ellos, dejando que sea un órgano de decisión común (un Estado mínimo) el que defienda en última instancia las leyes más básicas. Esta, y no otra, es la única manera de alcanzar el óptimo de Pareto. Tanto el anarquismo como el minarquismo adolecen de problemas propios (nadie dijo que el mundo fuera perfecto). En esto deberíamos estar todos de acuerdo. Pero por eso mismo, también todos deberíamos admitir la superioridad de la minarquía. Para saber cual de ambos sistemas es el más adecuado, no hay que esperar mil años a los resultados que obtengamos en las pruebas de campo que hayamos planificado con anterioridad. El anarquismo nunca podrá enfrentarse con aquellos problemas inminentes que devienen de la falta de Estado, precisamente porque no cree a priori en ninguna forma general de gobierno. Por su parte, el minarquismo, al ser mas consciente de todos los tipos de problemas (los que enfrenta el hombre como individuo solitario y los que encara la sociedad como conjunto), y al entender también cuáles son los peligros que conlleva el exceso de poder y el Estado (su tendencia a volverse hegemónico y excederse en el peso), será capaz de resolver en el medio plazo todos los dilemas, tanto aquellos que provienen de la ausencia de Estado, como aquellos otros que se deben a su presencia excesiva. Un piloto de carreras tiene muchas más probabilidades de llegar a la meta en primer lugar si dispone de neumáticos de lluvia y de ruedas especiales para terreno seco. Entender cuáles son los problemas, qué tipos existen, o qué soluciones podemos adoptar para resolver cada uno de ellos, es la mejor forma de alcanzar el óptimo de Pareto. Y no hace falta ninguna investigación científica que nos demuestre eso. La minarquía es el único sistema político que dispone de ambos tipos de neumáticos, el único que hace paradas en boxes para cambiar de ruedas, y el único, en definitiva, capaz de sacar todo el provecho al vehículo que tiene, mejorando al máximo su rendimiento. Traducido a un lenguaje político, esto quiere decir que la minarquía es el único sistema que optimiza al máximo el bienestar de los individuos y el progreso de la sociedad como conjunto. La meta de todo liberal debería ser la minarquía. El anarquismo es simplemente una vana ilusión de la lógica, un objetivo falso, la zanahoria que el dueño del burro pone delante del animal, sujeta a su cuello con un palo, para que se mantenga en constante movimiento, trabajando para lograr un fin engañoso.

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3 respuestas a El anarcocapitalismo pragmático: por qué Rallo y Capella tampoco tienen razón

  1. Pepe López dijo:

    ¿Quién es Friedman Hayek???? Por lo menos, antes de hablar de algo, hay que saber de qué estás hablando, ¿no?

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    • Eladio dijo:

      Gracias por señalar la errata y darme la oportunidad de corregirla. Ahora bien, podría haberse ahorrado la conclusión que extrae usted de la misma. Puede buscar en mi blog la palabra Friedrich y se dará cuenta que siempre me he referido a Hayek sin cambiarle el nombre. Si para usted cuenta más una simple equivocación puntual que toda la trayectoria y el contenido y citas del propio Hayek que incluyo en mi blog, entonces es que usted no tiene sentido de la justicia.

      Estos dias estoy releyendo la obra del físico Richard Feynman y eso ha podido influir en mi equivocación. Eso en el caso de que la culpa haya sido mia. A veces el corrector también juega malas pasadas. Le digo todo esto para que no vuelva usted a cometer el error de juzgar a las personas por las anécdotas que le cuenten sobre ellas o por alguna circunstancia esporádica. Valore usted lo que más pesa y extraiga sus conclusiones a partir de esa medida. Un saludo.

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      • Pepe López dijo:

        Es que con tanto “crítico” suelto uno ya no sabe si error por descuido o por ignorancia. Pero igual, interesante artículo. Capella está equivocado desde el nacimiento. Respecto a Rallo, no estoy muy convencido. Él tiene buenos argumentos (a diferencia de Capella quien solo repite lo que ha leido en alguien)

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