El Estado mundial de Ludwig von Mises


«El ideal último del liberalismo es la perfecta cooperación de toda la humanidad, llevada a cabo en paz y sin fricciones. El pensamiento liberal siempre ha tenido en cuenta a toda la humanidad y no solo a una parte. No se limita a ciertos grupos; no se limita al borde de la ciudad, de la provincia, de la nación o del continente. Es cosmopolita e internacional: tiene en cuenta a las personas de todo el mundo. El liberalismo es, en este sentido, humanismo, y el liberal, un ciudadano del mundo, un cosmopolita». (Ludwig von Mises, 1881-1973)

El liberalismo siempre es internacional, tiene en cuenta a las personas de todo el mundo. La declaración de Mises no deja lugar a la duda, no puede ser más certera. La defensa de la libertad tiene vocación de universalidad, como la ciencia, como el progreso…

Para que los diversos Estados del mundo respeten esos derechos universales del individuo, tiene que existir una entidad supranacional de control. O dicho de otra forma, si todos los Estados respetasen esos derechos, habría una entidad supranacional.

Lamentablemente, parece que algunos liberales no son conscientes del flaco favor que le hacen al liberalismo cuando se ponen del lado de los separatistas y los independentistas, creyendo acaso que están contribuyendo en algo a la defensa de la libertad y las voluntades individuales. En realidad, no son capaces de distinguir la libertad legítima que tiene una persona para elegir su propia manera de vivir, de las libertades políticas que ejercen las instituciones a la hora de inventarse nuevos estados y leyes que afectan sin excepción a la vida particular de todos los ciudadanos.

Siempre lo he dicho y lo mantengo ahora, muchos liberales no son capaces de diferenciar la economía de la política, el juego legítimo del mercado (heterogéneo) de aquellas reglas básicas (homogéneas) que permiten el desarrollo normal de ese juego tan importante; las necesidades subjetivas de los individuos de aquella necesidad objetiva que garantiza tales necesidades privadas a través de la articulación de unas reglas elementales unívocas. No son capaces, y mira que han tenido buenos maestros.

Comparar las instituciones del matrimonio y el Estado, como hace Rallo, para afirmar a continuación que todas las partes tienen derecho a independizarse, es no entender las diferencias que existen entre la economía y la política, o entre los acuerdos voluntarios (individualizables) y aquellos otros que son de necesario y obligado cumplimiento para todas las personas en una sociedad libre. Es la misma falta de entendimiento que acusan los anarcocapitalistas cuando abogan por la desaparición absoluta del Estado (de derecho).

Antes creía que existían dos tipos principales de personas: liberales y estatistas. Ahora creo que los dos grupos son estos: liberales universalistas (defensores del principio universal de la libertad) y el resto (relativistas, pseudoliberales, separatistas, chovinistas, estatistas).

Me da pena que mis hermanos liberales le hagan el caldo gordo a los separatistas y vendan su alma al diablo para defender una idea de secesión que no es otra cosa que una invitación a la ruptura, el relativismo y la proliferación mas abyecta de políticos y administraciones públicas.

Como siempre ha pasado a lo largo de la historia humana, los instintos animales mas bajos acaban venciendo a la razón por goleada y se llevan todos los triunfos y los aplausos del público. La gente prefiere frotarse el escroto en los árboles para impregnarlos de almizcle, miccionar en los arbustos para empaparlos de orines, y pelearse con otros grupos para dirimir el territorio, antes que buscar una solución verdadera, la cual siempre tendría que pasar por hallar una razón común y universal (científica). Cataluña y los separatistas solo son un ejemplo más dentro de esa historia de animalidad.

Lo más curioso del asunto es la forma en la que esos instintos se visten de racionalidad (liberales) o de democracia (charnegos) para aparentar una cosa que no son.

Lo más patético de todo es ver como una banda de delincuentes sediciosos se pasan la ley por el arco de triunfo y se hacen los demócratas y las víctimas. Seguro que ahora muchos atracadores de banco tirarán las pistolas y asaltarán las cajas con una urna bajo el brazo.

El pasado 1 de octubre, Cataluña declaró un órdago al estado español. Se convocó un referéndum para proclamar la independencia de facto. Las imágenes de nacionalistas votando en los colegios improvisados, entre gritos y lágrimas, como si vinieran de una dictadura totalitaria y llevaran cien años sin plebiscitos, hablan por si solas del nuevo estado (de histeria colectiva) que quieren crear.

En el pasado, cuando la barbarie reinaba en todo el mundo, nadie se andaba con chiquitas, se usaba la fuerza sin contemplación, para implantar todo tipo de tiranías. Ahora que todos nos hemos moderado, se enarbola la democracia para hacer exactamente lo mismo. Antes los débiles eran las víctimas. Ahora los débiles se hacen las víctimas. La diferencia no es trivial.

Las cámaras de televisión enfocan de cerca los negrales que presentan en el cuerpo muchos manifestantes, como efecto de las cargas policiales. Parece que esas muestras fueran suficiente para probar la legitimidad de sus reclamaciones. Hoy en día no se puede tocar a nadie. Te acusan enseguida de tirano. Pero yo me pregunto, si los buenos fueran siempre aquellos que reciben palos, ¿cómo podríamos justificar los palos que reciben los malos?

O mejor aún, si los buenos son siempre los que quieren separarse de un Estado constituido, como dicen algunos libertarios, ¿dónde queda el respeto a las leyes más básicas? Si defendemos la libertad del individuo, sin importar su color, su procedencia o sus gustos, ¿no deberíamos defender por encima de todo la universalidad del principio del que nos habla Mises, o la unidad de destino de Ortega, o el carácter universal de la ciencia?

Muchos liberales han perdido el norte. Ya no son liberales, son separatistas, anarquistas, sediciosos. Han sustituido el valor universal de la libertad por otras cuestiones de carácter secundario, tales como la secesión, la propiedad absoluta, o la abolición completa del Estado. Buscando la libertad de todos, ya no defienden la de nadie. Así pues, se han olvidado de la propia libertad, así como de las leyes generales que la garantizan en última instancia.

Creo que el liberal ya entiende suficientemente bien la trascendencia de la voluntariedad humana. Ahora hace falta que comprenda también la importancia que tiene el carácter universal de ese principio de obligado cumplimiento. No todo es voluntad. No todo es sedición e independencia. Sin unidad tampoco hay libertad.

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Una respuesta a El Estado mundial de Ludwig von Mises

  1. A leer dijo:

    Bob Higgs. Lea a Bob Higgs si aún no lo ha leído. No creo que después se atreva a repartir carnés de liberal.

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