El feminismo: la negación de la biología


La expresión más elevada de la ignorancia humana consiste en desconocer la propia naturaleza de la vida. Y la manifestación más extendida de dicha incultura pretende afirmar que todo comportamiento humano es una mera construcción social, que resulta de la cultura. En este sentido, cabe señalar el constante ninguneo al que son sometidas nuestras raíces biológicas, sobre todo en lo tocante al sexo.

El sexo nació para aumentar la variabilidad de las especies y permitir que se adaptaran a las condiciones ambientales siempre cambiantes. El sexo no es otra cosa que la aplicación de una estrategia impecable por parte de la naturaleza para propiciar el cambio de las proporciones genotípicas de las poblaciones, y acelerar así la evolución y la adaptación biológicas. El sexo es uno de los principales caballos de batalla del progreso natural. La mezcla de genes provoca nuevas combinaciones alélicas que, llegado el caso, pueden generar otras estrategias adaptativas distintas de las habidas hasta entonces. El sexo es la estrategia por antonomasia, aquella que permite explorar nuevas formas de supervivencia, más fecundas. Ahí radica su importancia, y eso explica también su generalización a lo largo y ancho de la Tierra, implicando a toda la flora y fauna del planeta.

Lo que no se explica es que haya grupos de población que se reúnan en torno a ciertas ideas de igualdad, al objeto de reivindicar la equiparación absoluta de los sexos, más allá de la necesaria igualdad con la que hombres y mujeres debemos ser tratados por la justicia o la ley. No se explica que los hijos de la naturaleza quieran ahora obviar todas las diferencias, consecuencias y condiciones que trae aparejada esa estrategia natural que rentabiliza la forma de reproducirse y expandirse, y de la que ellos son meros deudores.

Podemos decir que la naturaleza es una empresa que invierte todos sus recursos en producir nuevas copias genéticas, ligeramente modificadas (mejoradas), utilizando como materia prima aquel ADN que ya ha demostrado su efectividad a lo largo de millones de años. Así, la vida trata de combinar esos genes de mil maneras distintas, de igual forma que el orfebre mezcla los metales para obtener aleaciones más resistentes o maleables. Toda empresa busca la especialización de sus trabajadores, en la medida en que esa división aumenta el rendimiento por unidad producida, y mejora significativamente la calidad y cantidad de tales productos. La ley de la división del trabajo es una de las leyes más aceptadas y asumidas por la comunidad de científicos y expertos economistas. Pero no hay que ser un académico para darse cuenta de todos estos aciertos. Nosotros mismos buscamos siempre dedicarnos a una única profesión y emplear todo nuestro conocimiento y recursos en aprender ese negocio en concreto. Y la naturaleza ha hecho exactamente lo mismo. Las especies se especializan en explotar determinados nichos ecológicos. Los órganos del cuerpo se aplican solo a determinadas tareas o funciones fisiológicas. Las células se diferencian a partir de un endodermo y ectodermo comunes, y dan lugar a toda la variedad tisular de la que goza una criatura viva. Y por encima de todo, los individuos nacen con una especialidad suprema, la capacidad para generar óvulos o producir espermatozoides. En términos generales, ningún individuo suele emplear sus recursos para producir los dos gametos en la misma proporción y con la misma insistencia. Si acaso hay criaturas hermafroditas, éstas son una excepción a la regla, y en cualquier caso también ellas utilizan sus órganos especializados para fabricar unas veces esperma y otras óvulos. Por tanto, la mejor estrategia, también aquí, es la de la especialización y la división de funciones. Y la forma más inculta de obviar esa realidad es aquella que niega las diferencias de género (o sexo) que permiten todos esos desempeños.

Cuando la naturaleza se dispuso a producir gametos que pudieran fusionarse al objeto de barajar los genes que portaban en su interior, con la intención de aumentar la variabilidad y el fitness reproductivo, se encontró de inmediato con un doble problema de intereses. Por un lado, los gametos tenían que moverse con rapidez para poder encontrarse. Y por otro era imperativo que llevasen consigo las reservas energéticas que, luego de la fusión, iban a permitir al cigoto resultante aumentar su volumen y su tamaño e iniciar las fases de crecimiento del embrión y el feto. Esto lo resolvió la naturaleza, como no podía ser de otro modo, con división del trabajo. Algunos individuos se especializaron para producir gametos con alta movilidad: espermatozoides. Y hubo otros que fabricaron grandes células nutricias: óvulos. Así nacen los sexos masculino y femenino, y todas las diferencias físicas y comportamentales que traen aparejados estos roles y que determinan también la naturaleza particular del ser humano.

Ahora bien, todo esto supuso al mismo tiempo una diferencia radical en el uso que hacen machos y hembras de los recursos que tienen a su disposición. Mientras ellos destinaban mucha menos energía a la fabricación de gametos y al desarrollo del feto, ellas estaban obligadas por la naturaleza a invertir una cantidad de recursos muy superior. Ello hizo que los hombres reconocieran y reconducieran sus energías para emplearlas en otras funciones, tales como la defensa exterior (la guerra) o la caza mayor. Sus cuerpos se embrutecieron y se llenaron de músculos. Los de ellas por el contrario acumularon grandes reservorios de grasa en los pechos, las caderas y las nalgas. Todo esto contribuyó a su vez a hacer más atractivos esos rasgos sexuales secundarios, en la medida en que estos marcaban la diferencia entre el éxito (reproductivo) y el fracaso. Esa es la razón de que a nosotros nos gusten unas caderas anchas y unos pechos turgentes, y a ellas unos brazos musculosos y protectores. No tiene nada de misterioso. Nuestros gustos son simple reflejo de las estrategias más básicas que ha empleado la naturaleza para aumentar la supervivencia, precisamente porque esa supervivencia y esos gustos han permitido la selección eficaz de aquellos individuos que a día de hoy son los que habitan la tierra.  

Seguramente, lo que voy a decir a continuación puede escandalizar a una buena parte de los lectores que se acerquen a este artículo atraídos por el significado que el título les sugiere. Otros saldrán convencidos al acabar su lectura. En cualquier caso, no me preocupa ninguna de esas reacciones. No es mi cometido alegrar o entristecer a nadie en particular. Mi único objetivo es describir la realidad tal y como es, mal que pese a muchos. Empezaré por tanto por la parte más difícil de todas, la que describe al hombre como un ser superior a la mujer en algunas habilidades relacionadas con la inteligencia racional.

Por término general, el hombre está más predispuesto para la contemplación y el estudio pormenorizado de la naturaleza. Con esto no digo que haya que obligar a las mujeres a emplear su tiempo en otros menesteres, tales como coser o fregar. No se me alteren ustedes. No se marchen todavía. Sean valientes y sigan leyendo. A lo mejor entienden lo que quiero decir. No defiendo la dominación de la mujer por parte del hombre. Lo que afirmo es exactamente lo contrario a lo que ustedes puedan estar pensando, a saber, que en condiciones de absoluta libertad, los hombres tenderán siempre a estudiar y sistematizar la naturaleza, y convertirse de ese modo en científicos o directores de empresa en un grado mayor que las mujeres. La causa de que existan más científicos masculinos no reside sólo en el hecho de que las mujeres se hayan visto históricamente sometidas por los hombres, recluidas en el hogar y obligadas a ejercer tareas más pedáneas y menos agradecidas. La causa última se haya en los roles que la naturaleza ha dispuesto para hombres y mujeres. Las labores de los hombres han tenido siempre un campo de operaciones más extenso y abierto. Los hombres han salido a cazar, han ido a la guerra, o se han embarcado en exploraciones peligrosas mucho más que las mujeres. Por su parte las mujeres siempre han estado más enfocadas al interior, empleadas en el cuidado directo de las crías. Solo hay que ver el cuerpo que presentan unos y otros para deducir al instante estas conclusiones, sin entrar en más detalles. Repito que no estoy abogando por impedir que las mujeres hagan el trabajo que quieran. Mi constatación sólo cobra sentido en un ámbito de libertad plena, única situación que puede poner de manifiesto las distintas tendencias naturales que deben aflorar de forma espontánea en ambos sexos. No se equivoquen. No hablo de condicionamientos sociales sino de obligaciones naturales ineludibles.

Pero mi afirmación no se basa solo en estas cuestiones generales. Hay muchas investigaciones que avalan lo que estoy diciendo. Expondré una de ellas. El autismo es una enfermedad bastante más común en hombres que en mujeres. Los niños autistas se caracterizan por la obsesión que muestran hacia el orden y por el miedo que les producen las situaciones nuevas que no han previsto. Y parece que este comportamiento está bastante relacionado con ese sentimiento científico que impulsa a los investigadores a buscar patrones de control y órdenes subyacentes en la naturaleza. De hecho, algunos grupos de trabajo han presentado estudios que demostrarían lo que estamos afirmando, que los genes que determinan el autismo están ligados a genes que favorecen el intelectualismo y el anhelo de conocimiento abstracto. No es absurdo pensar que, dado que el hombre ha sido escogido por la selección para desempeñar un rol que le predispone a enfrentarse con la naturaleza y con el mundo exterior, la propia naturaleza le fue dotando de un innato sentido para la observación y la exploración, al tiempo que le proporcionaba fuertes músculos para la guerra y las excursiones. La mujer en cambio se especializó en producir óvulos inmóviles y pesados, cargados de reservas, a la espera de que llegaran los espermatozoides para realizar la fecundación. Ello fue determinante para que se convirtiera en el individuo biológico que hoy es. La hembra es la que carga con todo el desarrollo embrionario y la que más invierte en el crecimiento de la descendencia. Cuando tú inviertes más en un determinado bien, sueles cuidar de tu capital con mayor ahínco y preocupación. Y eso es lo que pasó con las mujeres. Desde el principio han tenido una participación mayor en las acciones dirigidas al cuidado de la prole; las atan a sus hijos unos lazos mucho más fuertes. Por eso la naturaleza las ha ido convirtiendo en madres cada vez más abnegadas, reservorios de energía, y ha propiciado también que sean ellas las que al final deciden y eligen sacrificar la vida profesional para aplicarse en las tareas de la casa. Son seres de interior porque es en el interior de los hogares donde llevan a cabo la tarea para la que la naturaleza las ha dotado: el cuidado de los recién nacidos. Por supuesto, esto no es una norma absoluta, ni debe utilizarse para justificar ninguna imposición cultural o política. Pero sí estaría explicando la tendencia y las diferencias sociales que aparecen por todas partes. Sobre todo permite entender que ciertas diferencias son de suyo inerradicables, en tanto en cuanto forman parte de la constitución natural y funcional de todos los seres vivos.

Todo lo anterior invita a pensar que la brecha salarial entre hombres y mujeres es una realidad insalvable. Ellas invierten parte de sus recursos en una empresa (la crianza) que no está pagada con salarios. Y lo hacen voluntariamente, con delectación y con placer, porque han sido creadas por la naturaleza para realizar esa función en concreto. Es legítimo que combatamos aquella brecha de género que se debe a injusticias sociales o injerencias machistas que restringen la libertad de elección de la mujer. Pero no podemos ir contra esa otra brecha salarial que está asociada con la condición natural y la voluntad biológica de hombres y mujeres, como no podemos ir tampoco contra aquellos niños que a los quince años miden menos que la media de su edad.

Soy licenciado en biología. Cada vez que alguien dice una nueva tontería relacionada con esta disciplina me lo tomo como algo muy personal; es como si me dieran una patada en toda la espinilla. Lo irónico es que aquellos grupos de mujeres que reivindican la igualdad biológica y su equiparación absoluta con los hombres lo hacen levantando las camisetas y mostrando la firmeza de sus glándulas mamarias enhiestas, una de las partes del cuerpo que mejor representa la diferencia de sexos y el origen natural de los mismos. Lo que es irónico es que muchas feministas se comporten como machirulos, precisamente porque tienen en su sangre un plus anormal de testosterona que las conduce a ser más agresivas y atrevidas que la media de mujeres, y a encauzar esa agresividad dirigiéndola hacia un único objetivo, para negar las diferencias de género que la propia testosterona ha ido moldeando en todos los cuerpos. Y es que la negación de la naturaleza trae estos contrasentidos. Es como decir con palabras que uno no puede hablar. Acaba siendo el hazmerreir de toda la clase. Sin embargo, cuando envolvemos esos absurdos y los decoramos de ideología, parece que la gente no tiene mayores problemas en aceptarlos y difundirlos.

El feminismo rancio que hoy nubla la mente de tantos hombres y mujeres no es más que un antiguo contrasentido, un absurdo fácil de detectar si no fuera porque se presenta envuelto en el papel de oro que la ideología igualitaria fabrica hoy en día para consumo de masas, masas que quedaron huérfanas con la caída del comunismo y que por tanto ya no pueden emocionarse con esa versión del igualitarismo que abogaba por eliminar las clases sociales en nombre del proletariado. Ahora se utiliza como símbolo a la mujer, se sacrifica al hombre, y se igualan los sexos. Pero han de saber que esta nueva lucha fracasará igual que lo hizo la antigua, pues está asentada en los mismos errores del pasado, y le avalan las mismas soflamas inútiles que antaño venían a negar también la naturaleza disímil del hombre, la riqueza del acervo cultural (las clases sociales), o la herencia biológica (los sexos). El comunismo luchaba para destruir la especialización y la riqueza laboral, poniendo por encima de todo a una única clase social. El feminismo intenta ahora una operación parecida: quiere destruir las diferencias sociales en materia de sexo, todo lo que la naturaleza se ha encargado de construir a lo largo de millones de años de evolución y selección natural.

Por consiguiente, lo que ahora se pretende es todavía más grave. Ahora se quiere ir en contra, no ya de los condicionamientos sociales, sino de las obligaciones que impone la propia naturaleza (las diferencias en los cromosomas sexuales o la anatomía del cuerpo), las cuales están todavía mucho más arraigadas en la existencia de los individuos. Con más motivo, estos nuevos ataques a la razón están condenados al fracaso. No obstante, esto no quiere decir que no puedan seguir insultando a la inteligencia, machaconamente, por los siglos de los siglos. Tenemos feminismo para rato. Habrá que seguir atándose los machos, como hacen los toreros. Toda la historia de la humanidad es un enfrentamiento a dos bandas entre la estupidez y la razón, el socialismo y el liberalismo, la negación de la verdad y el estudio sincero de la naturaleza. Y no lo vamos a cambiar ahora. Atémonos los machos y enfrentemos juntos ese destino. Todo el conocimiento acumulado se basa en esa condición de lucha y superación que enfrenta a los hombres de ciencia con aquellos adoquines que vienen a negar, ora la redondez de la tierra, ora la adaptación de las especies, ora la aparición evolutiva del sexo (y ahora también las diferencias sexuales que conlleva esa evolución natural).

Hay dos maneras de negar la evolución. Se pueden negar todas sus causas y todos sus mecanismos, como han hecho siempre los creacionistas, o se pueden negar sus consecuencias más inmediatas, las adaptaciones, las diferencias de comportamiento y las distintas estrategias (sexuales). La última negación está protagonizada hoy en día por los movimientos feministas de segunda ola que, tras erigirse en los nuevos guardianes de la moral, no dejan de hostigar a la razón y al sentido común.

Charles Darwin era un pusilánime. No se atrevía a discutir en público. Si acaso debatía, siempre solía caer enfermo y pasar varios días en la cama. Pero tenía un bulldozer que lo defendía de los ataques de la Iglesia (Huxley). Esperemos que todavía queden hombres de verdad que se batan el cobre para ahuyentar también a este nuevo fanatismo religioso, lleno de catecúmenos obsesionados ahora con el sexo masculino.

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