El minarquismo y la ciencia básica: una relación de iguales


¿Cuál es el carácter esencial de las leyes científicas? ¿Cuándo se admite a trámite una hipótesis de trabajo? ¿Qué parámetros utiliza la comunidad científica para saber si una idea tiene visos de convertirse en teoría? Yo se lo diré. Los investigadores valoran una teoría como cierta cuando los presupuestos sobre los que se basa tal construcción superan en simplicidad y comprensión a los que existían o se exigían con anterioridad. Es decir, cuando la hipótesis que se demuestra cierta utiliza un número menor de fórmulas para explicar una cantidad igual o mayor de fenómenos. Así es como avanza el conocimiento, ampliando su marco de explicación y simplificando hasta el extremo dichas aclaraciones.

Por consiguiente, así debe operar también cualquier teoría social que se precie de ser científica. Por eso el minarquismo es el único sistema de articulación válido para todos los casos, el único que cree en la aplicación general de unas normas básicas para todos. El minarquismo liberal desea aplicar el concepto de libertad negativa  al mayor número posible de personas y territorios. Unas leyes simples, en un vasto territorio. Esa es la clave. Pocas fórmulas y muchos fenómenos. Un estado de derecho pequeño en cuanto a su administración, pero grande en lo que se refiere a su geografía y sus ámbitos de aplicación.

Ni el anarquismo de mercado de corte nacionalista, con sus continuas apelaciones a la división política y el relativismo legal, ni el socialismo antediluviano de vocación constructivista, con sus listas infinitas y su pléyade de legajos y normas, hacen nada para elaborar una verdadera teoría científica, el uno porque no busca una aplicación general, y el otro porque no aspira a implementar unas normas sencillas (contrarias al intervencionismo).

En segundo lugar, debemos saber que las leyes científicas no se quedan nunca en el mero formalismo. Siempre admiten distintos grados de complejidad. Aceptan un plano más abstracto de la realidad (por eso buscan la generalidad), pero no se olvidan de todas las propiedades emergentes que conlleva su aplicación y que habrá que analizar y explicar en los casos más concretos. De ahí que el liberalismo auténtico diferencie también entre leyes negativas (cuando la normativa se atiene a unas funciones muy básicas) y leyes positivas (cuando la normativa extralimita sus funciones y aspira a regular todos los aspectos concretos de una sociedad de bienes). En el primer caso tendremos un sistema minarquista. En el segundo un sistema socialista. La diferencia es considerable.

Los nuevos motores eléctricos de Tesla tienen menos piezas que los tradicionales de combustión. Por eso se estropean menos, son más eficientes y duran más. Con los Estados pasa lo mismo. Cuantas menos piezas (unidades políticas nacionalistas) mucho mejor.

Las duplicidades y los sistemas de redundancia sirven para solucionar ciertos problemas complejos, pero no facilitan unas normas básicas generales (y simples) propias de un Estado de derecho. El mercado administra bienes heterogéneos y complejos y por eso puede tener duplicidades y puede apelar a la competencia entre empresas. El Estado en cambio se encarga de gestionar normas simples, bienes homogéneos, leyes básicas. Por eso aquí las duplicidades son siempre inútiles y perjudiciales (impropias).

La forma más racional de enfrentar los problemas de una sociedad es la de utilizar un modelo multinivel, con distintos grados de abstracción, como hace la ciencia. Resulta absurdo que el liberal afirme que solo existen los individuos. Tan absurdo como esa otra evacuación del socialista que reduce todo a la existencia de colectivos. La realidad en cambio esta compuesta por ambas entidades. Por consiguiente, para entender estos distintos niveles de abstracción, tenemos que aceptar también los roles que juegan la política y la economía en todo el desarrollo. Como dice Thomas Sowell en su libro Economía básica: “Comprender las funciones políticas puede resultar tan difícil como entender las funciones económicas. Lo que es particularmente difícil es decidir qué cosas deberían hacerse a través del sistema económico y qué cosas deberían hacerse a través del sistema político”. Pero muchos liberales hodiernos ni siquiera se paran a pensar en estos matices. En cambio, solo quieren atender a la economía. Su comportamiento es un acto de rebeldía en respuesta a ese movimiento contrario del socialismo que solo busca alcanzar sus metas a través de la política. Pero es una actitud que en ningún caso está justificada. La economía tiene un papel insustituible a la hora de satisfacer la pléyade de necesidades que reclaman las personas a título personal. Pero la política también juega un rol importantísimo, esta vez en un plano más abstracto. Se encarga de garantizar un marco de regulación general, simple y único, que permita poner en marcha todos esos proyectos mas concretos que se materializan y se plasman en el ámbito individual. Incluso la separación de poderes, división que afecta en este caso a la propia política, atiende en último lugar a la necesidad que existe de blindar algunas leyes para impedir que sean modificadas de forma arbitraria por ciertos estamentos o instancias del gobierno de turno.

Tanto si creemos que podemos mejorar la sociedad apelando únicamente a la economía, como si pensamos que vamos a mejorarla utilizando solo los incentivos y garantías que ofrece la política, estamos cometiendo un error ontológico y epistemológico de proporciones gigantescas. La realidad más básica está compuesta de distintos niveles de abstracción. El método científico hace mucho que se dio cuenta de esta realidad (por eso actúa como actúa). Falta que también se enteren algunos liberales y todos los socialistas.

Una confederación es una alianza, unión o asociación entre personas, organizaciones o países para conseguir un determinado fin común, manteniendo cierta autonomía en otros aspectos. Eso es lo que define también a la minarquía: una dualidad legal basada en una unidad esencial en torno a ciertas leyes negativas (constitucionales) y una diversidad y variedad en todos los demás contratos (mercantiles). Para eso no hay que romper los países, como quieren los nacionalistas, sino luchar para conseguir un gobierno general basado exclusivamente en principios de libertad negativa. El Estado se tiene que limitar a regular esas libertades básicas. Lo que importa es la unión en torno a esos principios, no cualquier secesión y división política. Yo no creo que la decisión sobre los principios deba quedar al arbitrio de las decisiones voluntarias (bizcochables) de los distintos municipios. Creo en un gobierno central de mínimos,  suficientemente fuerte, que se limite a cumplir con su papel de árbitro. No creo en políticas regionalistas. Pero si apoyo una deslocalización provincial de las rentas y los gastos, hasta llegar al nivel privado de las empresas. Y poco más. Una federación de ayuntamientos cuasiprivados, sin apenas políticos. Y un gobierno central con una política austera, y muy pocos burócratas.

La ciencia también nos ha enseñado que lo más efectivo para combatir las plagas de parásitos consiste en atacarlos desde dos flancos distintos. O bien se reduce su grado de virulencia, o bien se disminuye su número y su distribución geográfica. Con el Estado pasa exactamente lo mismo. Hay que combatirlo siempre desde dos frentes opuestos: reduciendo y neutralizando su capacidad de hacer daño y reduciendo el número y la variedad de gobiernos en la sombra (o gobiernos emergentes). La primera es una lucha contra el socialismo y el intervencionismo dañinos. Y la segunda es un combate a muerte contra el nacionalismo (y todos sus adláteres), contra la creación de nuevos centros de mando, y contra la multiplicación exponencial de Estados y políticos.

Por lo demás, un territorio nacional grande tiende a ordenar sus instituciones sobre el principio de unidad de destino en lo universal del que nos habla Ortega y Gasset (es la única atalaya desde la que poder avistar ese destino). En cambio, un territorio nacional pequeño suele fomentar los sentimientos chovinistas, la autarquía, el cisma, el embrutecimiento pedáneo, la reducción al absurdo y todos esos sesgos y querencias pastoriles que alientan y promueven el salvajismo tribal, y que alejan al ser humano de la objetividad y la razón, acercándole a los animales. No en vano, la ciencia seria (docta) no casa nada bien con ninguna de esas pretensiones políticas que comulgan con el nacionalismo y se olvidan de que, en el plano más general, las leyes verdaderas siempre tienden a ser unívocas y uniformes.

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